Juampy Ramírez y Daniel Arroyo, fueron mucho más allá que a mostrar que los roles no estaban cosidos al género, sino que el tango es arte y, por tanto, una vía para expresarse con libertad. Su apuesta artística fue rupturista desde la estética hasta la ética, dando a ver no sólo otro tipo de vestimenta, sino shows que entre el drama y el humor y promovieran no etiquetar a las personas, incluso dentro del ambiente queer que los tiene como referentes. Con una amplia formación artística que en el caso de Juampy incluye un exitoso paso por el flamenco y la formación en otras danzas, y en el caso de Dani el diseño de vestuario, ambos se han preocupado de formarse y conocer a fondo el arte tanguero que intentan enriquecer con su propuesta, hasta desarrollar un estilo único en este universo artístico. En otra vertiente artística, destaca especialmente su paso por el Grupo Caviar bajo la dirección de Jean François Casanovas y junto a Walter Soares. Una hermosa entrevista, sensible y divertida como ellos.

Cuéntenme que los llevó a bailar.
Dani: En mi caso fue consecuencia de un mal momento, porque mis padres se estaban separando. Fue un momento muy caótico y pensé “O me tiro de un balcón o…”
...o empiezo a bailar. (risas). ¿Qué edad tenías?
D: 14 cuando empecé; 13 cuando se estaban separando.
¿Y cómo sucedió?
D: Unos de mis mejores amigos -el que me defendía de todo el “bullying” que sufría- me contó que tenía una amiga que bailaba tango y flamenco. “¿Tango? ¿Qué es eso?”, me quedó dando vueltas y, como todo lo que venía de él era bueno, lo busqué en YouTube. Y vi una pareja, ¡súper dramáticos ellos!, no recuerdo quiénes eran, el tango era “Quejas de bandoneón”. Lo miré unas doscientas veces. Bailaba en mi habitación, me imaginaba cosas súper interesantes. Hasta que un día pregunté si alguno conocía una academia para estudiar tango. “Sí, mi tío tiene una”, dijo un compañero. Y así entré en el mundo del tango.
¿Y vos Juampy?
Juampy: Estaba en el último año del secundario, bachillerato biológico porque quería ser bioquímico, y una compañera me invita a una clase de tango porque no tenía con quien ir y sabía que a mí me gustaba bailar. Quedamos en el Centro Cultural de Santa Fe, pero nos desencontramos, y dije: “Bueno, no llega ¿Qué hago?”. Miré alrededor y vi una publicidad de clases de flamenco y me fui a tomar las clases al Centro Balear de Santa Fe. Me acuerdo cuando entré, mi profesora, Marta Bernazano, con su falda a lunares, el pelo muy negro y largo. Ella era de Santa Fe, aunque había vivido en España, y había vuelto hacía un año. Así empecé flamenco y ya me cambió la cabeza.
“Bioquímica, no”, dijiste.
J: Dije: “Quiero esto”.
¿Y cómo pasaste del flamenco al tango?
J: En el 2005, cuando ya estaba instalado en Buenos Aires, casi unos 10 años después. Yo bailaba flamenco desde el ’96 y viajaba a Buenos Aires desde el 2000 para tomar seminarios de flamenco. Mi maestra me había dicho: “Bueno, yo te veo condiciones. Ponete a estudiar ballet”, para mejorar mi formación. Y así hice, aunque un poco protestando. Estudié ballet en el “Liceo Municipal de Santa Fe”, en el “Seminario Provincial”, y con maestros privados, además de jazz y contemporáneo.
Y, un día en el 2005, ya viviendo en Buenos Aires, una alumna de flamenco me hace escuchar a Martirio cantando “En esta tarde gris” sobre una base de flamenco, y me estalló la cabeza. “¡Quiero hacer este tema! Me gustaría hacer algo donde se encuentren el tango y el flamenco, no que se fusionen”, dije, inspirándome en una idea de Martirio que dice que “el tango y el flamenco nacen en el corazón, ambos son sentimientos que se bailan”.
¿Cuál sería la diferencia entre un encuentro y una fusión?
J: A mí el encuentro me parece más poético. Me parece más sensible, emocional, y del momento. Es como encontrarte con alguien: sucede según como va fluyendo. Un encuentro puede suceder o no, y puede tener un montón de colores, formas y sensaciones. Fusión es un término más técnico, que me remite a una cuestión más de análisis y estudio, del que devendrán también colores, sensaciones, se generarán cosas, pero a partir de un análisis intelectual previo. Mientras que el encuentro- en mi idea, en mi cabeza- es más espontáneo, va más directamente a lo sensible. Por eso hablaba de encuentro entre el tango y el flamenco, dos danzas tan potentes, porque me imaginaba un encuentro entre las emociones y profundidades que comparten.
«A mí el encuentro me parece más poético. …es más espontáneo, va más directamente a lo sensible. …Fusión es un término más técnico, …a partir de un análisis intelectual previo. …Por eso hablaba de encuentro entre el tango y el flamenco, dos danzas tan potentes, porque me imaginaba un encuentro entre las emociones y profundidades que comparten.»
Juampy Ramírez
¿Cómo continuó tu viaje del flamenco al tango?
J: Con esa idea ya en la cabeza, una noche que estaba con un chico con el que salía, escuchamos un tango al pasar por una milonga que quedaba por Independencia y Perú, y nos metimos. De repente ponen como cortina a Martirio y yo, que estaba medio en pedo, me pongo a bailarle a él. Cuando termino estaba toda la gente mirando y aplaudiendo. Al toque el Gordo Carlos Amaya me propone: “¡Che! ¿No querés venir a hacer una exhibición?” “Bueno, dale”.
Voy, llego dos horas antes, me quedo mirando la pista, y fue un flash. Yo desconocía el tango social, para mí sólo había tango escenario. Me encontré con una alumna de Pilates, y le pedí que me explique cómo funcionaba. “Hay gente que se conoce, gente que no, se cabecean …”, me explicó todo el ritual. Hasta que me dijo algo que me explotó la cabeza: “…y van improvisando…”. “¿Cómo que van improvisando?” “Sí.” “¡Uff! ¡Quiero estudiar esto!” Al otro día me fui a tomar una clase, pero era un señor mayor que hablaba en términos de “el macho, la mina…”, así que mucho no me enganché. Más allá que sea gay, siempre me sentí más identificado con el universo femenino y quería saber qué pasaría con la gente si vieran a un chico haciendo el rol de chica. Así que averigüé para hacer clases de tango queer, y me fui enganchando.
¿Con quién empezaste?
J: Empecé con Vilma Vega. Cinco meses trabajé con Vilma, hasta que ella me dijo: “MIrá, si querés técnica, andá a estudiar con Aurora Lubiz”. Y me recomendó que milongueara. “Todo lo que estudies, si tenés alguien con quien ensayar, ensayá, pero la milonga es donde vos vas a aprender, porque bailás con uno, con otro, con otro.”
Empecé a ir a “Cochabamba”, además de la milonga Queer, para milonguear todos los días y para explorar qué pasaba con la gente porque ni me planteaba ponerme el trajecito, la corbata, la gomina y hacerme el malevo. Quería hacer otra cosa porque ya lo venía haciendo con el flamenco. Un día en el show de una amiga dije “Quiero salir con una bata de cola” y desde ahí siempre busqué hacer cosas diferentes, no tan “cuadradas”.

Y vos Daniel, ¿qué buscabas en el tango en ese momento personal complicado?
D: Creo que me llamó la atención la conexión. Quizás porque yo no tenía mucha conexión con nadie, salvo con mi mamá. Mi conexión con el mundo era internet.
¿Y cómo fue tu recorrido hasta que encontrás a Juampy?
D: Había empezado a estudiar diseño integral porque mi familia me decía que no podía vivir del arte y tenía que estudiar algo, y yo quería algo artístico, pero no sabía qué. Así que entré en diseño integral que incluía todos los diseños. Hasta que, en el 2012, mi mamá me dice: “Voy a recibir un dinero, así que elige: o una semana en París o un mes en Bueno Aires”. Y le dije “una semana en París”, pero mi mamá me dijo: “No, un mes en Buenos Aires porque, en realidad, tú bailas tango”. Y yo que había estado estudiando francés para irme a París, me fui a Buenos Aires.
¿Qué quería decir tu mamá con ese “en realidad, tú bailas tango”? ¿Reconocía que era lo que verdaderamente te gustaba más allá de los estudios de diseño?
D: No sé, creo que un montón de cosas. ¿Viste que las madres siempre tienen un montón de razones de por qué dicen lo que dicen? Creo que también se sentía más segura si iba a Buenos Aires porque éramos un grupo de bailarines. Íbamos a ver el “Mundial”. Yo no quería ir porque no podía competir, tenía 17 años. Pero fui y vi el “Mundial”, y me imaginé a mí mismo bailando ahí. Y empecé a milonguear, milonguear, y milonguear.
Estaba medio deprimido, porque era mi primera vez solo, sentía que estaba necesitando algo y no sabía qué era. En parte era Bueno Aires: las calles mucho más grandes, ¡los adoquines!, yo no sabía que era eso y estaba parando por San Telmo. ¡Y los edificios! Pensá que yo no había ido nunca a Caracas más que dos días para comprar unas lentejuelas porque ahí salían más baratas. Fue potente. Me quedé enamorado de Buenos Aires. Y un día, ya de vuelta en Venezuela, estaba haciendo unos catorce diseños -unas cosas super locas que tenía que entregar al día siguiente y que me tomaban cada una unas siete horas hacerlas- y, de repente, cuando iría por el diseño ocho, rompí todo y le escribí a Juampy: “Me voy a Buenos Aires”.
«Yo creo que el tango tiene mucha potencia para la comunicación porque permite a personas que han experimentado situaciones terribles tener un diálogo con otro, sin tener que dar explicaciones, y sólo a través del abrazo.»
Daniel Arroyo
¡Ah! ¿Ya lo conocías del primer viaje a Juampy?
D: Sí, nos habíamos conocido en “La Marshal” (primera milonga queer de Buenos Aires). Ahí nos conocimos y fue …. (gesticula significando increíble) Empezamos a bailar por todas las milongas.
J: Sí, me acuerdo que un amigo me había dicho “¿Bailaste con el chico venezolano?, dicen que baila re lindo”. Lo vi entrar, lo vi bailar y me animé a sacarlo. Y bailamos. Creo que era una tanda de Pugliese.
¡Intenso!
J: Sí, muy intenso. ¿Viste cuando terminás de bailar y no podés decir nada hasta que empieza el otro tango y quedás así un rato, como reaccionando, hasta que caes de nuevo a tierra? Bueno, así. Y de ahí, nos fuimos cruzando en la milonga, porque yo también estaba buscando alguien que se copara en acompañarme a las milongas.
La verdad es que nos divertimos mucho aquel mes yendo a bailar. Quedábamos a eso de las 10 u 11 de la noche y volvíamos todos los días tipo 6 de la mañana.
D: ¡A comer medialunas! 894 medialunas. Comíamos medialunas como dos vaquillonas
J: ¡Sí!, bajábamos en Belgrano y Saenz Peña del 168 (autobús urbano) y caminábamos 3 cuadras hasta la panadería.
D: Y cada medialuna estaba como 2,50 pesos.
J: Y después de ahí, aclarando el amanecer, íbamos por Belgrano con la medialuna y el café, y cada uno a su casa.
¿Cómo llegó la decisión de formar una pareja de baile?
J: Habíamos conectado muy fuerte, y en todos los lugares que íbamos la gente nos decía: “Che, ¡qué lindo que bailan! Tienen que hacer algo juntos porque se los ve re lindo”.Hasta que un amigo, Hernán Martínez, nos propone dirigirnos. Y en el tercer ensayo dice: “Chicos, yo no voy a poder trabajar con ustedes, no vamos a poder hacer nada, me rindo. Ustedes creen que son dos gotas de agua y son como el agua y el aceite.” Hernán nos rompió la fantasía que nosotros estábamos creando en nuestra cabeza. Me acuerdo que caminamos como quince cuadras, en silencio…
Con los ecos de las palabras de Hernán retumbando en sus cabezas.
J: Total. Nos sentamos en las escalinatas de la iglesia que está en Belgrano y Defensa, y no me acuerdo si te lo dije yo (dirigiéndose a Dani) o vos me dijiste a mí: “¿Llamo la combi?” (“furgoneta”, transporte para el aeropuerto). Y ahí estallamos de la risa y nos dimos cuenta que éramos dos energías completamente diferentes que nos encastrábamos en el baile, pero sólo cuando bailábamos, después en la vida real nos queríamos matar a veces. Ahora estamos más centrados, nos conocemos más, pasamos un montón de cosas juntos, fuimos creciendo, el vínculo fue desarrollándose.
Fue como en “La Viruta” cuando encienden la luz a las 6 de la mañana.
J: ¡Claro! (risas) Caes en la realidad. Nosotros atravesamos esa instancia.
Lo nuestro se fue armando, pero uno nunca tiene la certeza de si va a funcionar. Aunque, no es por mandarme la parte, pero siempre que dije “voy a trabajar con esta persona”, fue una decisión acertada.
¿En qué te basás para decirlo? ¿En la energía que te trasmite?
J: Hay algo que me dice: “Es esta persona”. Tiene que ver con algo parecido a la “comodidad” pero esa no es la palabra…
Fluye.
J: Exactamente. Fluye. Y así fue. Cuando él me escribe, ¡en mayúsculas!, ¡VOY A BUENOS AIRES!, yo justo buscaba un cambio de vida: no quería trabajar más donde estaba y me mudaba solo. “Dale, venite y vemos de hacer algo.” La verdad es que los dos estábamos más o menos. Él que dejaba todo en Venezuela, yo que, después de 8 años, dejaba un lugar que había ayudado a levantar. Me agarró un poco la “depre” (depresión)…
¿Y vos Dani? ¿Con qué rompías cuando rompiste todos esos diseños?
D: Me di cuenta que mi familia quería convertirme en una imagen que yo no quería. Yo quería viajar por el mundo, desarrollarme, no quería vivir como ellos. Yo sentía que ellos vivían de una manera muy clásica. La verdad es que eran unos diseños increíbles, inspirados en Alexandre Mc Queen. Luego pensé “¿cómo pude haber roto todo esto?”

¿Cómo fueron los comienzos?, ¿difíciles?
J: Difícil fue todo.
D: Creo que también fue difícil encontrar la simbología de lo que hacemos, nuestra bandera, lo que somos. Ya había quienes venían generando una movida potente para cambiar las cosas. Estaban los hermanos Macana, Claudio (González), Augusto (La Marshal). Nosotros no nos queríamos quedar en la movida Queer, porque no nos sentimos solamente queer, somos más del género no binario. A mí si me dicen nena, todo bien, y si me dicen nene, todo bien también. Por eso creo que íbamos a “La Viruta” o a “Canning”, para decirle a ese público que también podían bailar como quisieran.
J: Sí, no solamente tender un puente desde lo queer hacia lo tradicional, sino incluso romper ese puente. Poder decir: “integrémonos todos y bailemos”.
¿Querían hacer sus shows en esas milongas tradicionales o milonguear?
J: Las dos vertientes. Teníamos claro que queríamos trabajar como cualquier pareja de baile en el ambiente del tango, proyectando nuestras ideas también en esos espacios. Fue difícil, porque no había nadie ofreciendo eso ahí. Pero, justamente por eso mismo yo pensaba que podíamos hacer lo que tuviéramos ganas. Todavía no sabía lo que sería, pero sabía que podíamos hacer algo que trascendiera.
Me acuerdo de la primera vez que fuimos a Canning: estuvimos como veinte minutos sin salir a bailar. Hasta que le dije a Dani: “Bueno, vamos ahora”. Terminamos el primer tango temblando. No por nosotros, era el afuera que estaba todo dirigido a nosotros.
Estamos hablando de hace 10 años. ¡Cómo han cambiado las cosas en esta década! ¿Llegaron a echarlos de alguna milonga?
J: No, eso no. Sí, nos pusieran la traba o nos empujaron. Era difícil, por eso y por la situación económica. Nosotros intentábamos dar clases y bailar, pero teníamos muy poco trabajo. Vivíamos a arroz, té y galletitas. Me acuerdo que íbamos a pedir sobrecitos de azúcar a la estación de servicio.
Y nos íbamos caminando desde Carabobo y Rivadavia hasta “Malcom”o “La Viruta” porque teníamos para pagar “un” boleto y preferíamos que fuese la vuelta.
D: Y con unas “Crocs” falsas y rotas. Sentía un frío que no me lo voy a olvidar nunca. Desde entonces, cuando me compro zapatos, me agarra una cosa: “¡Oh, tengo zapatos, gracias a Dios!” En ese momento sólo teníamos para comprar el par de zapatos de tango y listo.
J: Me acuerdo que, cuando empezaba a caer la noche, a mí me agarraba una angustia (con énfasis) … Entonces le decía a Dani: “Abrigate, vamos a bailar”. Hiciera lluvia, frío o calor, nos íbamos. Entonces, ir a bailar y encontrarte con todas esas situaciones era duro. Hasta que empezaron a cambiar las cosas por el “Mundial”, en el 2014.
¿Por qué empezaron a cambiar las cosas con el Mundial?
J: Porque la chica que nos inscribía, al ver que éramos una pareja de chicos, dijo “llamame a prensa” y nos hicieron una nota en Clarín, de una página, con una foto nuestra. A partir de ahí empezó a llamar más la atención lo que estábamos haciendo. La gente empezó a decirnos: “¿Ustedes son los que salieron en el diario?” “Sí, somos.”

J: Y otra cosa que influyó mucho, también, fue que, más tarde en ese mismo año, empezamos a trabajar con el “Grupo Caviar” de Jean François Casanovas y Walter Soares. Trabajar con Jean François nos terminó de ayudar a ver lo que queríamos. Él nos dio toda una estética. Nosotros ya teníamos claro que queríamos tener una estética diferente a la típica del tango, y que queríamos bailar con tacos, e ir descubriendo lo que éramos a través del baile. Él nos puso en un cuadro con corsé, tacos, medias y portaligas, y en otro con smoking y gomina, aunque todo, siempre, con el toque Caviar. A partir de ahí, sin copiar a Caviar, empezamos a definir nuestro estilo estético, jugando un poco a lo andrógino a partir del maquillaje.
¿Y cómo fue esa primera experiencia de estar en un escenario importante como el que podía estar el Grupo Caviar? ¿Sintieron un “¡Para esto me preparé yo!”?
J: Fue el escenario del Maipo. Dani había conocido a un tal Walter y me dice: “Nos va a llamar porque tiene un espectáculo en un teatro”. “Bueno”, dije yo. Estábamos milongueando en la Plaza Dorrego, suena el celular, “¡Walter!”, dice Dani, todo feliz. Empieza a hablar y, de repente, me dice… “para el Teatro Maipo…” A mí se congeló la piel. “…del Grupo Caviar…”, “…Jean François Casanovas”. Me iba tirando toda la data, y yo sí sentí “esto es lo que he querido toda mi vida”. “Walter Soares”, “Grupo Caviar”, “Jean François Casanovas”… ¡Guauu!
“El universo escuchó”, dijiste vos.
J: ¡Claro! Yo los había visto en televisión cuando tenía 13 años y nunca jamás hubiera podido pensar que iba a trabajar con el Grupo Caviar y Jean François y Walter. Imaginate cuando Dani me dice “Mañana tenemos que ir al Maipo, para empezar un show el lunes. Vamos a audicionar con Jean François Casanovas”. Fue un flash.
D: La verdad es que yo estaba recién llegado a Buenos Aires, y no tenía idea ni quién era el Grupo Caviar, ni entendía nada del mundo Drac. Con Walter nos conocimos en la milonga Queer. A partir de ahí, empezamos a compartir cosas muy lindas. Él empezó a mostrarme películas de Marilyn Monroe, Audrey Hepburn, Yma Zúmac, todas divas que influenciaron al arte Drac. ¡Y al mundo! Y yo siempre le decía a Juampy “Walter es divino, tiene una creatividad increíble, hace unos vestuarios, …” Un día Walter nos ve bailar y me dice “Ustedes tienen que estar con nosotros en el teatro”. Hasta ahí yo le hablaba a Juampy de Walter y no le sonaba nada. Hasta que le digo “Walter Soares” …
¿Y cómo fue trabajar con Jean François Casanovas?
D: Por un lado, sentías que te iba a matar, porque era muy directo. Pero, a la vez, era muy dulce, tan maternal, tan hermoso, tan fino. A mí me pasaba CD’s y me decía: “Escuchate esto que les puede servir”. O me decía: “Yo hice este número así, con esto, con esto, y con esto.” Por ejemplo, me regaló un CD de Yma Súmac del que ahorita estamos haciendo muchísimos temas, y en el que hay una versión del tema de “Birds” -que él me explicó como lo hacía con unos streapers a su alrededor y nadie entendía nada en aquella época-, que hacemos en “Fénix” (show) y llamamos “Chuncho”. Compartir un espacio con él fue una experiencia muy placentera.
J: Me acuerdo de una temporada en la que bailábamos una coreografía que le íbamos mostrando a medida que íbamos improvisando, y él siempre nos decía algo, nunca llegábamos a que dijera: “Sí, va por ahí”. No terminábamos de encontrarle la vuelta.
D: Hasta que un día vino y nos dijo: “Chicos, ustedes no están haciendo el final que habíamos hablado.” Y entonces ahí tú le preguntas…
J:“¿Qué querés de este baile? ¿Qué idea tenés?” “Yo quiero que cuando la gente los vea tenga la misma sensación que al mirar la estatua del Tutankamon.”
¿Magnificencia?
D: ¡Sí!
J: Y nos liquidó.
D: Es tremendo, te pone al límite. Me acuerdo que yo le dije: “¿Pero no oíste los aplausos, Jean François?” Y me dice: “A veces la gente aplaude cualquier mierda” “Ustedes pueden hacer más que lo que hicieron.”
J: Recién a la quinta función, yo salgo, lo miro porque esa vez nosotros sentíamos que había pasado algo, y me dijo “sí” y se fue.
D: ¡Sí! Fue hermoso.
¿Podrían intentar ahondar más sobre eso que sintieron esa vez?
J: Algo que para mí tiene que ver con el arte. Libertad. De repente no tenés piel, sos parte del universo.
«…la idea que intento trasmitir a colegas y, sobre todo a los alumnos, es que el tango es arte y el arte nos puede cambiar la vida. Para mí que la gente tome consciencia de eso ya es un montón, porque creo que cualquier persona que se deje atravesar por el arte, experimenta otra libertad. El arte te abre la cabeza.»
Juampy Ramírez
¿Trabajando con el grupo Caviar nace tu Drac, Dani?
D: Al entrar al grupo Caviar fui encontrando esa figura femenina desde el maquillaje. Jean François nos enseñó la técnica. Yo tenía mucho miedo de hacer Drac, porque mi familia me había aceptado como gay, pero serio, nada de maquillarme ¿no? (risas). Entrar al Drac fue sentir eso femenino que ya sentía desde chico, y después relajarme y vestirme de chico, y después volver. Ese entrar y salir fue lo que lo hizo posible, creo.
¿Es una actividad al margen del tango?
D: Exactamente. Juampy siempre me decía: “Vos tenés que crearte tu propia vida. No puedes pensar que vamos a estar siempre juntos”. Y yo “No, no, yo quiero estar siempre con Juampy” (con voz dramática) (risas). Claro, yo pasé de no haberme separado nunca de mi familia a estar solo con Juampy. Entonces Juampy era mi tía, mi abuela, mi prima, mi familia, ¡todo! Para mí era un drama buscar algo aparte de él, pero después fui entendiendo que yo tengo una personalidad que está bueno que desarrolle y eso no significa que lo voy a dejar de ver o que va a dejar de ser mi familia.
¿Y cómo llegaron a este momento en que Dani se viene a vivir a Europa y vos te quedás en Argentina y trabajas con otros?
D: Yo creo que fue a partir del momento de todos mis celos. En ese momento, realmente nos planteamos de dejar de hacer lo que hacíamos.
¿Dejar de hacerlo juntos, o simplemente dejar de hacerlo?
J: Dejar de hacerlo juntos, yo lo sentí así.
D: Para mí fue más un dejar de hacerlo, punto. Dejo el tango y me voy. Y así terminé en Berlín volviendo al diseño de moda. Pero luego me di cuenta que no quería hacer diseño de moda y me puse a estudiar alemán. Y así muchas cosas, hasta que dije: “Me tengo que quedar tranquilo. Está bien trabajar con energía, pero no atragantarme.”
¿Entonces fue cuando vos Juampy empezaste a trabajar con otros?
J: Porque me dejó, … ¡sola! (con tono melodramático) (risas). Pero también porque, a veces, yo sentía la necesidad de probar bailar con otra gente. Con el flamenco yo estaba acostumbrado a trabajar con diferentes personas, nunca había trabajado exclusivamente con alguien. Y me gustaba bailar con un chico que estaba “medio” saliendo con él (Dani), y él se ponía “re” celoso.
D: ¡Vos estuviste con él! (grita con tono de melodrama), yo le decía. Bien venezolana. Era una novela (risas)
J: Eran verdaderos capítulos de novela. Venezolana por parte de él, él era Grecia Colmenares, Caridad Canelón, todas las venezolanas juntas. Pero yo no era menos. Yo era Andrea del Boca, Luisa Kuliok, imaginate lo que eran las peleas (risas).
¿No se plantearon nunca llevar algo de eso al escenario?
D: Bueno desde ahí fue que empezamos a buscar toda esa cosa dramática en escena. De ahí salió “Dos rosas y un clavel”
J: Un día, trabajando con Nico Marini, tuvimos una charla para terminar las peleas, y yo les sugerí que hiciéramos algo con eso. Ahí ya nos empezamos a divertir y a meterle comedia a la performance.

Un buen ejemplo de sublimación: volcar una energía destructiva en la creación de algo bello. Pero, te fuiste igual, Dani. Y vos empezaste a bailar con otros, Juampy.
J: Porque a él le había quedado la idea de irse a vivir a Berlín y yo quería quedarme en Buenos Aires. Y en el 2019, cuando estábamos de gira, tengo un accidente serio con un ojo y tuve que volver de urgencia a Buenos Aires y Dani se queda en Berlín. Cuando me recupero me reencuentro con Ángela Meléndez D’Lima y le planteo que arranquemos con Guille Cerneaz un proyecto que teníamos pendiente desde el 2018. Habíamos hecho unos videos con Ángela y Krishna Olmedo y, cuando pensamos en hacer el show, Krishna no podía y entra Guille.
D: Antes habíamos hecho algo también con María Volonté y Kevin Carrel Footer. ¡Un delirio! Una cosa muy dramática. María cantaba “Ne me quittes pas”.
J: María chocha porque nos había pedido salir de su zona de confort. Y también nos habían llamado Mariana y Capussi para hacer algo los cuatro, y como ya habíamos pegado buena onda, cuando Dani se va, me sumo yo a ellos. Y durante la pandemia me mudé con Agustina Leoni -que es clown, bailarina y cantautora-; y, empezamos a hacer el dúo “Les chiqués” en cuarentena. Y, hace poco empecé a trabajar con Martín Lasiar que también tiene una formación muy linda de ballet y contemporáneo.
¿Y vos Dani? ¿Estuviste bailando con otras parejas?
D: Yo he estado probando hacer cosas más tradicionales con Ángeles Carrión en México y con una bailarina de Latvia, Karina Lilu Dovbush, pero nuevamente, algo en mí no encajaba, quería estar más libre. Y desde hace poco empecé a trabajar con Manuela Marce. Con Manuela nos conocíamos de un proyecto con Elina Roldán, un corto sobre su vida y trayectoria como maestra y bailarina, que Manuela al final no pudo hacer por cuestiones personales. Y ahora que nos reencontramos en Barcelona estamos empezando a crear cosas juntos, con una visión un poco tradicional pero más teatral, y también inspirada en procesos naturales, elementos químicos.
¿Y en Europa trabajan sólo en un circuito de Tango Queer o más general?
J: Al igual que como lo hemos hecho en Buenos Aires intentamos no cerrarnos al ambiente queer y trabajar como cualquier otra pareja de baile. De hecho, cuando vienen y nos dicen: “Ah, ustedes hacen tango queer”. Yo contesto: “Nosotros hacemos tango. Tratemos de no rotular”. Con lo cual trabajamos un 80% en milongas tradicionales y un 20% en milongas queer.
D: También pasa que tenemos como una especie de choque con el mundo queer. Porque en ese mundo hay gente que ha sufrido muchos más destratos que nosotros y son, quizás, más sensibles a ciertas cuestiones. Entonces, a la hora de explicar la técnica, si les decís, por ejemplo “la apertura se hace hasta acá y pones el pie así”-, te dicen “yo lo hago a mi manera porque yo soy libre”.
J: Nos pasó bastante los primeros años, de explicar algo técnico y que te digan: “Ah, no, eso es muy tradicional. Nosotros somos queer y queremos romper”.
«Ambos hablábamos mucho de romper en un momento. Desde la rabia interna que teníamos, creo, rabia por querer expresarnos y ser aceptados. Con el tiempo el tango nos enseñó que la aceptación viene de una cuestión interna, aunque nos tomó unos 15 años verlo . Hoy creo que romper es también una forma de evolucionar, en la evolución hay una ruptura porque dejas de hacer lo mismo, de tomar los mismos caminos de siempre, para generar nuevas posibilidades.»
Daniel Arroyo.
«Si querés romper una estructura, primero tenés que saber cómo es. (…) ¿Querés armar un edificio redondo? Bueno, primero tenés que saber cómo se hace el edificio cuadrado porque ahí está la base de toda la estructura.»
Juampy Ramírez
¿Qué sería entonces, el tango queer? ¿En qué se diferencia del tango tradicional?
D: Es una forma de bailar tango en la que no hay roles predeterminados.
J: Exactamente, pero, por eso mismo, nunca terminan de entender un rol, para después romperlo. Si querés romper una estructura, primero tenés que saber cómo es. Al menos, basate en la música para que el otro entienda lo que querés hacer, que el movimiento -el que sea- tenga un sentido, una lógica para la comunicación con el otro.
¿Querés armar un edificio redondo? Bueno, primero tenés que saber cómo se hace el edificio cuadrado porque ahí está la base de toda la estructura.
¿Y cuál sería la base del edificio? ¿Por dónde arrancan a construir el edificio?
J: Para mí lo primero es que la persona entienda su cuerpo, porque a través de entender tu cuerpo vas a entender lo que el otro podrá hacer, o cómo se va a mover. Tenés que conocerte y sentirte cómodo con tu movimiento, primero.
D: Yo siempre digo, lo más importante es sentirse cómodo.
J: Y sí, porque para bailar incómodo, me voy a tomar un helado.
¿Pero, qué pasa si el estar cómodo de uno hace sentir incómodo al otro?
J: Entender la propia comodidad para, justamente, entender si el otro está cómodo. Porque es un baile de a dos, si fuera un baile de uno solo bastaría con entender la propia comodidad. Se trata de sensibilizarte al cuerpo del otro. Y que el abrazo sea con “cariño”, para disfrutar. Vamos a compartir y para eso cuentan un montón de factores, no solamente lo técnico. La técnica es una herramienta para poder expresar.

Y en esa búsqueda que tienen por lo diferente ¿Hasta dónde quieren llevar al tango?
D: Yo creo que el tango tiene mucha potencia para la comunicación porque permite a personas que han experimentado situaciones terribles tener un diálogo con otro, sin tener que dar explicaciones, y sólo a través del abrazo.
«Creo que el tango hasta aquí reflejó una correspondencia de género que está en el universo y que la historia catalogó como el lado femenino y el lado masculino y nos olvidamos que puede haber muchos más géneros. Sí creo que tiene que haber un rol que represente más una dirección y otro que represente más una contención que absorbe toda esa energía. Esa correspondencia está en el universo como dos polaridades necesarias para la creación.»
Daniel Arroyo
D: A mí, además, me gustaría llevar la moda al tango. ¿Por qué vestirnos siempre igual? Permitirnos abrir la cabeza a lo nuevo, acorde a todos los cambios que están pasando. Que la gente se pregunte “¿Qué quiero comunicar de mí?”
J: Para mí, tomando esto que dice Dani, la idea que intento trasmitir a colegas y, sobre todo a los alumnos, es que el tango es arte y el arte nos puede cambiar la vida. Para mí que la gente tome consciencia de eso ya es un montón, porque creo que cualquier persona que se deje atravesar por el arte, experimenta otra libertad. El arte te abre la cabeza. Por eso, como dice Dani, te podés liberar del traje y transformar todas las estructuras. Estudiándolas primero (con énfasis).
¿Y si en lugar de “romper” con lo tradicional, pensamos en “resignificar”? ¿Qué posibilidades habría de resignificar la palabra “llevar” en el tango, que sirva para repensar los roles? ¿Se trataría de “llevar” o de otra palabra?
J: Sí, creo que cuando se rompe algo se reconstruye a la vez. Y esa reconstrucción representa una resignificación. También podríamos hablar de evolución, cambio, mil cosas, van un poco de la mano. Es lo que yo nombro como “romper la postal”.
En cuanto a lo de “llevar”, muchos estamos tratando de encontrar cuál sería la palabra en reemplazo de ésta. No sé si se encontró la que nos haga sentir cómodos y cómodas, pero a mí me gusta “acompañar” para cualquiera de los roles. «Proponer», «acompañar», porque si bien son palabras que dan la idea de “guía”- y en ese sentido sirven para orientar a un alumno al principio sobre las características de cada rol-, cuando uno avanza en el baile uno empieza a entender, a ver, y a sentir, que esto de quien propone y quien acompaña se desconfigura, se mezcla. Habrá que seguir buscando la palabra, todavía falta indagar mucho para generar un cambio a nivel lingüístico.
D: Es curioso porque, hace un tiempo, releía una entrevista que nos hicieron hace unos siete años en la que Juampy usaba mucho la palabra «romper». Ambos hablábamos mucho de romper en un momento. Desde la rabia interna que teníamos, creo, rabia por querer expresarnos y ser aceptados. Con el tiempo el tango nos enseñó que la aceptación viene de una cuestión interna, aunque nos tomó unos 15 años verlo (risas). Hoy creo que romper es también una forma de evolucionar, en la evolución hay una ruptura porque dejas de hacer lo mismo, de tomar los mismos caminos de siempre, para generar nuevas posibilidades. Resignificar me parece también súper interesante.
Y con respecto a la palabra “llevar”, creo que hay una persona que propone y otra que complementa esa propuesta, quizás con una contrapropuesta, con lo cual tal vez la palabra sería «proponer». Creo que el tango hasta aquí reflejó una correspondencia de género que está en el universo y que la historia catalogó como el lado femenino y el lado masculino y nos olvidamos que puede haber muchos más géneros. Sí creo que tiene que haber un rol que represente más una dirección y otro que represente más una contención que absorbe toda esa energía. Esa correspondencia está en el universo como dos polaridades necesarias para la creación.
Muchas gracias a ambos. Ha sido un placer.
Juampy y Dani nos cuentan cómo, ante la forma tradicional de entender el tango danza, su recorrido artístico fue siempre construido rompiendo con lo estático de las costumbres y mitos. En este sentido, no les bastaba ni les basta con integrar nuevas corrientes, sino que también querían presentar su propuesta, tanto artística como social, en el seno mismo de las milongas más tradicionales. Dar a ver otra estética -en tanto otra forma de vestirse, incluso de caracterizarse-, reforzaba la intención de romper la postal que cristalizaba cierto juego de roles en el tango danza, en el que el hombre ejercía el papel del que lleva y la mujer el de la que se deja llevar.
No estuvieron solos en esta gesta, hubo quienes les precedieron y ellos reconocen en su charla, así como otros y otras -o otrxs- que les acompañaron a la par o vinieron después. El resultado está a la vista: de aquellos tiempos en los que Juampy y Dani sufrieron alguna hostilidad al presentarse en ciertas milongas, a un presente en la que los roles de la danza ya no están determinados por cuestiones de género. Así hoy, el tango queer plantea un intercambio fluido de roles entre el par que danza.
¿Es posible dar un paso más y plantear el tango como un baile sin roles fijos, como alguna vez propuso el “contact”? ¿Seguiría siendo tango danza? ¿Cuál es la estructura que lo sostiene? Para Dani y Juampy hay movimientos de base del baile que están unos ligados a un rol que propone y otros a un rol que acoge. Ellos coinciden en preferir la palabra “proponer” a “llevar” porque incluye la posibilidad de la contrapropuesta. Juampy sugiere además “acompañar”, y ambas palabras apuntarían a hacer de la danza la tan mentada y, sin embargo tan ausente de las milongas, conversación entre dos. Mucho se dice de llegar a hacer del tango danza una conversación en la que el líder o llevador, comúnmente el hombre, debería escuchar a la persona acompañante, esperarla incluso -se dice- para tomar su energía y con ese impulso devolver un movimiento a modo de respuesta, hasta el punto en el que se desdibujen esos roles, siendo ambos quienes responden y corresponden.
La finalidad de Juampy y Dani era mostrar que todos podían bailar con quien quisieran, hombre, mujer, “no binario”, dice Dani en algún momento. ¿Es posible alcanzar un tango “no binario” en alguna instancia; es decir, un tango no sustentado en polaridades? ¿O como dice Dani, esas polaridades son omnipresentes en la naturaleza porque son las dos fuerzas necesarias de la creación, el yin y el yang, opuestas pero complementarias? Si recordamos que la propuesta del Tao es que esas dos fuerzas están presentes en todos los elementos del universo, en todos los seres; la pregunta por el quién ya no resultaría orientadora y el único dejarse llevar que tendría sentido sería aquel guiado por la emoción que causa la música y el contagio que eso produce en el otro. El abrazo sería entonces el medio para un encuentro de emociones más que para el encaje perfecto de movimientos que arman una serie. Como cuando Juampy propone un encuentro poético entre el tango y el flamenco en lugar de una fusión intelectualizada de ambas técnicas. Quizás entonces volveríamos a la danza como ritual, en la que los cuerpos danzantes eran movidos por los espíritus y deidades que canalizaba la música.
Flavia Mercier