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Entrevista a Patricia La Sala: “Meterse en la piel del poeta no es tan fácil.”

Patricia La Sala hizo su primera grabación con el maestro Osvaldo Pugliese, luego vinieron Berlingeri, Armando Caló y otros. Estudió canto con el mismo maestro de Carlos Gardel, Eduardo Bonessi. Actuó desde muy pequeña en tradicionales tanguerías donde se encontraba con grandes nombres del tango como Alberto Castillo o la orquesta de Leopoldo Federico. Formó parte de elencos, o compartió shows, con todos los grandes: Alberto Morán, Alberto Podestá, Alberto Belusi, el Polaco Goyeneche, Alba Solís, Elba Verón, “el Alemancito” Reynaldo Martín, “el Paya” Díaz, Jorge Falcón, Néstor Fabián, Chiqui Pereyra, Raúl Lavié y Alberto Del Solar, entre “tantos” otros. Integró el elenco de shows internacionales como el de Juan Carlos Copes y María Nieves, y el de Rodolfo y Gloria Dinzel y junto a Mayoral y Elsa María, o a Miguel Ángel y Osvaldo Zotto, Milena Plebs y Guillermina Quiroga, y la orquesta formada entre otros por Mario Arolaza en piano, Daniel Binelli en bandoneón y Fernando Suárez Paz en violín, en “Tango X2. Fue la voz femenina de “Tango Pasión” durante 4 años, acompañada por el Sexteto Mayor de Stazo y Libertella en bandoneón, Palermo en piano, Abramovich y Walczak en violín y Osvaldo Audicino, en contrabajo. También formó parte del elenco en los shows “Esquina Homero Manzi” y de los shows y giras de “Esquina Carlos Gardel” y durante casi 18 años.

Patricia La Sala, una gran artista que habiendo recorrido algunos de los teatros más importantes del mundo y habiendo trabajado al lado de los más grandes de la escena tanguera, sin embargo, cómo ella misma dijo, nunca se olvidó de su barrio.

Patricia La Sala junto al Sexteto Mayor en la final del último Campeonato Mundial de Tango – 17 de septiembre de 2022.

¿Por qué tango?

En realidad, comencé cantando boleros siendo muy chica. En casa siempre estuvimos rodeados de música. Mi papá tocaba la guitarra y era bandoneonista. Se escuchaba todo tipo de música, sobre todo boleros. Pero el tango siempre estaba presente, igual que el rock and roll. Un día, había un concurso en el Club de San Miguel y mi papá me dice: “Negrita, ¿querés que te apunte para cantar boleros?”. Le dije que sí, porque yo me prendía en todas. Pero cuando llegó el momento, le dije: “No, voy a cantar tangos”. Por decisión propia. ¡Mis viejos se sorprendieron de una manera! (con énfasis) ¡Increíble! Porque yo tenía en ese momento unos once años, pero ya escuchaba tangos en mi habitación. Me acuerdo de que ponía el “Winco” (tocadiscosWincofon”) y escuchaba a Montero (Miguel), Rufino (Roberto), Belusi (Alfredo), al “Paya” Díaz (Ángel), a Goyeneche (Roberto – “El Polaco”), a Valdéz (Jorge) … qué se yo…

A “nadie” escuchabas… (sarcásticamente)

¿Viste? Y sí, ellos fueron los que me nutrieron de “puro” tango. Yo me emocionaba mucho a pesar de mi corta edad. Los boleros, el tango. Los dos están muy relacionados en la poesía, los dos le cantan al amor. Bueno, en el tango el abanico es muy amplio. Está el tango que canta el amor de pareja, pero también el amor al barrio, a una madre. Siempre relacionado con el amor. Y a mí me emocionaban mucho esas letras.

¿Te emocionaban las letras del tango tan chiquita? Hace falta vida para que algunas letras te emocionen. ¿Qué papel jugaba en esa emoción la sonoridad del tango?

Era el conjunto, porque las letras a mí me llegaban a través de la melodía. La melodía me atrapaba y eso hacía que yo prestara atención a las letras y, de alguna manera, las analizara. Eso era lo maravilloso. Y lo que no entendía se lo preguntaba a mi papá. Él me ayudó muchísimo. Como vivíamos todo el tiempo escuchando música, hablando de música, éramos carne y uña. Mis viejos me apoyaron de manera incondicional. Si he logrado algo en esta carrera, se lo debo a mis viejos que me dieron las herramientas para que yo pudiera volar. Con mucho sacrificio, porque éramos una familia humilde, me pagaban las clases de canto, las de repertorio. En una época también estudié piano e hice unas clases de bandoneón. Y después las cosas llegaron de una manera inesperada. Yo quería cantar, pero jamás me imaginé -y creo que mis viejos tampoco-, que iba a llegar a hacer una carrera.

Nunca te imaginaste que ibas a llegar a ser Patricia La Sala.

(risas) No, no. Por lo menos no en ese momento. Ceo que fui una persona con suerte porque las cosas se me dieron de una manera natural. No fueron buscadas.

«…mi ego nunca estuvo demasiado elevado, en ese sentido. Sí, arriba del escenario, porque sin ego nadie podría subirse a un escenario. Debajo del escenario, no. …debajo del escenario soy una compañera más… Yo siempre fui una persona sencilla. No me considero más que nadie, tampoco menos. Hay que buscar un equilibrio. Arriba del escenario doy mi vida, y eso es lo que importa.»

¿En qué sentido? ¿Te fuiste encontrando con oportunidades, con gente, …?

Sí, con todo eso y, sobre todo, con gente muy linda, gente que apostó por mí, que me puso todas las fichas, y me dieron oportunidades. Como Osvaldo Pugliese.

Patricia La Sala con el maestro Osvaldo Pugliese.

Nada más y nada menos que el maestro Pugliese apostó por vos. Por eso crees que tuviste suerte. Te protege “San Pugliese”, el “antimufa”, el protector de los músicos.

Con Osvaldo Pugliese, fue mi primera grabación, en el ’82. Después en el ‘86 grabé con Osvaldo Berlingeri y con el Dúo Diapazon, ese mismo año, para Japón. Después con Armando Caló en España cuando fui de gira con “Tango Review”. Fue la grabación de todos los temas del espectáculo del show. En el ’90 saqué mi CD con Aníbal Berraute. Grabé también con Osvaldo Requena, para Japón, creo que fue en el 2000 y un año después ese material se editó para Argentina. No quiero olvidarme de nadie. Y con Juanjo Domínguez y “Las Guitarras Argentinas”. La verdad es que tuve muy lindas grabaciones.

Contame más de esa experiencia con el maestro Osvaldo Pugliese.

Yo estudiaba repertorio con Mario De Carlo en una sala de ensayos que se llamaba “Estudio Paraná” y Pugliese ensayaba a dos cuadras en la sala “APO”. Y un día De Carlo se entera que Osvaldo Pugliese estaba buscando de una voz femenina para su disco “Futuro”, y le dice a mi viejo que me tendría que presentar. Y empiezan a insistirme que me presentara a la audición. Y yo le decía: “Pero papá, ¿vos te pensás que Osvaldo Pugliese me va a dar bola a mí?”. Pero vi los ojitos de ilusión de mi viejo y fui. Me presenté así como estaba, en jeans y zapatillas, no como las otras chicas que estaban todas arregladas. Me acuerdo que fui la última en entrar y saludé como si nos conociéramos de toda la vida. Me hizo unas preguntas y me hizo cantar un tema. Y canté “Tarde”, y yo noté que él me dejó cantar el tema entero, y me pidió que cantar otro tema más, y canté “Pasional”. Entonces el se puso a comentar con los músicos, porque Osvaldo siempre hacía opinar a toda la orquesta. Después los músicos me hacían pregunta, pero yo, la verdad, no era consciente de lo que estaba pasando. Hasta que un momento Pugliese me da una partitura y me dice que vaya a sacar el tono a ese tema. Y me mandó a otra sala con Alejandro Prevignano (bandoneonista). Y yo le digo: “Pero Maestro, yo este tema no lo conozco”. Mirá vos qué inconsciencia la mía. Y yo insistía en que no lo podía cantar porque no lo conocía. Y él me dice: “Escúchame, este tema es el que vas a grabar.”. Y ahí me cayó la ficha. Ahí me agarró toda la emoción, todo el miedo. Y cuando salgo de esa sala de ensayo, veo a mi viejo, levanto la partitura para mostrársela y mi viejo, no sabés, la emoción que le dio. No lo podíamos creer. Y a los dos meses grabé. Fue, increíble, como tocar el cielo con las manos.

Y a partir de ahí me apadrinó, me presenté un par de veces con su orquesta en la “Casa del Tango”, y se me abrieron muchas puertas, me llegaron muchas oportunidades. Una fue la gira con Berlingeri a Japón.

Patricia La Sala con Osvaldo Pugliese en el Teatro Colón.

¡Impresionante! ¿Y cómo llegaste hasta ese momento desde aquel concurso en San Miguel?

Aquel concurso fue algo maravilloso. En mi segunda presentación me sacaron del concurso, me eligieron “mascota” del certamen, y me contrataron para cantar. Yo iba como invitada en cada presentación que hacían los participantes. Cantaba y ¡me pagaban! Eso era lo maravilloso.

Más tarde comencé a trabajar como solista con la orquesta de Amancio López, un director musical que tenía, a su vez, una tanguería (“Tanguería Amancio” de San Miguel). Con unos 12 o 13 años empecé a trabajar en Buenos Aires en distintas casas de tango -que había muchas, para argentinos incluso, no solo para turistas-. Una de las primeras casas en la que trabajé fue “La Balear” y allí estaba Alberto Morán, (Héctor) Pacheco y María Garay.

Ah, bueno, ¡y lo contás así!, como si nada.

Y lo lindo era que ellos me apoyaban mucho. Viste que los chicos provocan siempre mucha ternura. Yo los escuchaba con admiración.

Después se fueron dando otras casas, que ahora no recuerdo, porque había muchas. “El Viejo Almacén”, “Taconeando”, “Michelangelo”, “Casablanca”, “Casa Rosada”, «El Querandi». En «El Querandi» era cantante estable junto con Carlos Gari, que a su vez era el cantor estable de Leopoldo Federico. Tuve la suerte de trabajar en todas. Y lo maravilloso que se trabajaba todas las noches, no solo los fines de semana. Hubo una en la que trabajé, que estaba sobre la avenida San Juan, que tenía como actuación especial a Alberto Castillo que entraba desde la calle, acompañado por los negros tocando y bailando candombe, y cantando: “Siga el baile, siga el baile, …”.

¡Cómo en las películas! ¿Y actuabas por la noche? ¿Cómo lo compaginabas con la escuela? Porque eras muy chica.

Y, ahora que lo pienso, tengo que decir que era un sacrificio. Era un esfuerzo porque, además, yo vivía muy lejos, en José C. Paz y tenía tres horas de viaje. Cuando yo comencé a estudiar canto, repertorio y todo eso, yo viajaba tres horas hasta Capital (Ciudad de Buenos Aires), volvía a José C. Paz, y volvía a salir otra vez a la noche para el show. Era un sacrificio grande, pero yo no lo sentía así. Yo lo hacía con mucho gusto.

Mirá, te voy a contar algo muy íntimo. En esa época yo tenía dos vestidos para trabajar, que eran de verano. Yo me ponía alguno de mis vestiditos para el show y después para volver en el tren o el “bondi” (en lunfardo, colectivo o autobús de corta distancia), tenía un abrigo de piel sintética. En invierno ¡hacía un frío con esos vestiditos y el tapadito! Entonces mi viejo me ponía papeles de diario en los zapatos y en el pecho para calentarme. Viajábamos abrazaditos e íbamos hablando del espectáculo, con una felicidad tan grande, ¡tan grande!, que no te lo puedo explicar. Llegábamos a mi casa a la madrugada y estaba mi vieja esperándonos con el matecito para que le contáramos todo. Y yo muerta de frío. Pero el broche de oro para mí era acostarme en la cama de ellos y sentir el olorcito de papá y mamá. Esas cosas no tienen precio. Si las tuviese que volver a hacer, lo haría, porque fui muy feliz.

«Lo cierto es que las oportunidades que a mí me dio el tango, las puertas que se me abrieron, no me hicieron olvidar de mi esencia, de quién soy. Siempre tuve los pies sobre la tierra… Tal vez todo eso que viví de chica, el esfuerzo de mis viejos, no me permite olvidar quién soy. Y me ha tocado estar en lugares maravillosos y en teatros alucinantes y en hoteles increíbles, pero yo no me olvido de mi barrio. Como dijo Troilo: ‘¿Quién dijo que me fui si siempre estoy llegando? ‘ «

¿Y con qué otros “padrinos” te encontraste en ese camino con “suerte” como vos decís? ¿Quién más te dio qué otras oportunidades?

A la persona que le estoy muy, muy, muy agradecida es a Juan Carlos Copes. En el ’79 él me dio una oportunidad muy linda de integrar su elenco en mi primer show de tango internacional. Él fue el creador, con María Nieves, de ese tipo de shows. Y en aquel momento tenía un elenco muy lindo. Trabajábamos en un cabaret, en “King”. De cantor estaba Carlitos Morel, que en ese momento se llamaba Víctor Daniel. Creo que Varela (Héctor) lo había bautizado así, y luego él se cambió a Carlos Morel. La verdad es que después que trabajé con Juan Carlos Copes trabajé en muchísimos, ¡muchísimos!, lugares. Con el tiempo, además, hicimos varias giras. Yo le estoy muy, muy, agradecida a Juan Carlos Copes.

Patricia La Sala con Juan Carlos Copes y Cardenal Dominguez en Líbano.

A los Dinzel (Rodolfo y Gloria), también les estoy muy agradecida. Ellos me propusieron trabajar en su show en otro cabaret, “Karina”, otro show internacional. Estaban muy de moda los shows internacionales en esos lugares hasta las 12 de la noche, después empezaba la “juerga” (risas). Los Dinzel también me presentaron en “Casa Rosada”, otra casa de tango para el turismo. Los dueños fueron los mismos que después abrieron “Casablanca”. Así que una época, cuando abrieron, hacíamos doblete entre “Casa Rosada” y “Casablanca”. Y con el elenco de “Casablanca” hicimos gira en Holanda, con grandes artistas como Mayoral y Elsa María, Fernando Soler, Viviana y Omar Mazzei, y el cuarteto de Osvaldo Rizzo “Pichuquito”.

Y entre los directores de orquesta tengo que agradecer también al Tano Berlingeri (Osvaldo) Con él hice mi primer viaje a Japón. Yo había empezado en el ’75 y esto fue en el ’86.

¿Y llegaste a la tele, también, no?

Sí, sí. Como parte del elenco en “Grandes Valores del Tango”, conducido por Silvio Soldán, “La Botica del Tango”, conducido por Edgardo Bergara Leuman, “La noche con amigos”, conducida por Lionel Godoy, y “Los amigos del tango” conducido por Juan Carlos Mareco. Y como invitada en muchos programas como “Sábados de la bondad”, “Domingos para la juventud”, “Argentinísima”, … no sé, alguno me olvido seguro…

Patricia La Sala y Lionel Godoy en el programa de televisión «La Noche con amigos»

En “Grandes Valores” hiciste un dúo muy reconocido con Jorge Falcón. ¿Qué sentiste al cantar con Falcón?

Sí, en uno de los programas canté “La Flor de la Canela” con Jorgito Falcón. Lo que pasa es que a nosotros nos unía una amistad de antes porque yo estudié mucho con Mario Marmo y él era el cantante estable del “Quinteto Buenos Aires Cinco“ que dirigía Mario y que yo integré luego. Años más tarde, Mario formó otro grupo que se llamaba “Voces de Buenos Aires” y que integré con varios cantantes, entre ellas Silvia Nieves y Jorge Soler. Y además con Jorgito Falcón estábamos los dos en “Casa Rosada” cuando también estaba la Orquesta de Leopoldo Federico, el cuarteto de Pichuquito, Fernando Soler, Graciela y José Luis Cabrera, el grupo de folclore de Marian Ramírez y el grupo “Ecos Andinos”. ¡Un elenco maravilloso!

Patricia La Sala estudiando con Mario Marmo.

¡Qué tiempos aquellos! ¡Doblete todas las noches! ¡Y qué lujo de shows!

Sí, y había días que nos tocaba doble show en cada casa. O sea, cuatro shows por noche. ¡La verdad es que yo viví una época muy linda! Había muchas casas de tango, no solo para extranjeros, sino para argentinos. Muchas de esas casas para los argentinos se perdieron. Que yo sepa, después de la pandemia, solo quedaron “Catedral Tango” y “Quintino”. Antes de la pandemia, estaba todavía “Candilejas”, pero ahora, que yo sepa, solo quedaron esas dos.

Y algo parecido pasó con los programas de televisión. Porque además de “Grandes Valores”, “La Botica” en esa época estaba también “Sábados de la bondad”, “Domingo para la juventud. Después vino “La noche con amigos”, “Los amigos del tango”. Había un montón de programas y de casas donde la gente te podía ver. Hoy no hay espacios para las voces nuevas. Bueno, para ninguno. Así, el argentino que no está vinculado al tango no tiene la más pálida idea de cómo está el tango. Se quedaron en el tiempo. Se quedaron con la imagen de la chica con el tajo y el pañuelito al costado. Faltan más programas en los que se haga una difusión más masiva del tango.

¿Y en milongas te has presentado?

No he hecho muchas milongas. Me gustan, pero nunca fui de frecuentarlas demasiado. Hice algo muy lindo en “Gricel”, una vez, con mi marido, Alberto (Del Solar) y con Nito y Elba. Cantamos dos temas cada uno y después hicimos un dúo con “Romance de barrio” que bailaron Nito y Elba.

¡Cuánto talento junto!

«La meta del intérprete es poder trasmitir lo que el poeta quiso decir, poder contar esa historia en tres minutos con todo el sentimiento, con toda la emoción con la que el poeta hizo esa obra. Y meterse en la piel del poeta, no es tan fácil. «

«´…Goyeneche dijo, en una oportunidad, que el tango tiene que pasar… por la piel. Hay que apuntar a la piel con la voz. Y para eso primero te tiene que conmover a vos para poder transmitirlo. No es hacer una demostración de voz. La dificultad del tango está en la interpretación.» 

Antes mencionaste a Juanjo Domínguez, ¿Qué diferencia hay entre cantar con una orquesta o cantar sola acompañada por un piano o una guitarra?

Quizás con una guitarra uno es más libre. Con una orquesta hay un arreglo musical que uno tiene que respetar. En cualquier caso, hay que adaptarse. Yo cuando tuve que cantar con dos guitarras, me adapté, y cuando tuve que cantar con el Sexteto Mayor, también lo hice, y cuando tuve que cantar con la orquesta de Osvaldo Pugliese, también.

El tema es entregarse y dar lo mejor, porque el tango son emociones y contar una historia en tres minutos. Y en esos tres minutos tenés que meter un gol. En el fondo el cantante siempre está muy solo, muy expuesto, más allá del apoyo que te da la orquesta que tenés detrás.

No es fácil cantar tango. Hoy estaba leyendo una frase de Carlos Gardel que decía que no basta con tener una voz melodiosa para entonar un tango, sino que hay que sentirlo, hay que vivir el espíritu de ese tango. Y también Goyeneche dijo en una oportunidad que el tango no solo tiene que pasar por el oído, sino también por la piel. Hay que apuntar a la piel con la voz. Y para eso primero te tiene que conmover a vos para poder transmitirlo. No es hacer una demostración de voz. La dificultad del tango está en la interpretación.

La meta del intérprete es poder trasmitir lo que el poeta quiso decir, poder contar esa historia en tres minutos con todo el sentimiento, con toda la emoción con la que el poeta hizo esa obra. Y meterse en la piel del poeta, no es tan fácil.  

Después están los cantantes. Yo por ejemplo cuando comencé lo cantaba todo. Cantaba, cantaba, cantaba, y no me detenía ni en un silencio ni en una pausa. O me comía una coma o un punto importante. Y así le cambiaba la intención. Entonces, cualquiera podría cantar tango, hay que ver si debe. Yo misma cuando elijo un repertorio, podría cantar cualquier tango, pero ¿debo hacerlo? ¿Estoy a la altura? También puede ocurrir que, a lo mejor, el estilo de ese tango no va con el mío.

Patricia La Sala con Alberto y Betina Podestá en Viña del Mar.

Cantaste con Falcón (Jorge), con Alberto Del Solar, con (Ricardo) “el Chiqui” Pereyra, con Néstor Fabián ¿Con quién más?

¡Uff! ¡Canté con todos! Bueno, “integré elencos”, sería más correcto decir. Canté con Alberto Podestá, Belusi (Alfredo), Oscar Ferrari, Gariel Reynal, “el Alemancito” Reynaldo Martín, con “el Paya” Díaz (Ángel), con “el Chino” Hidalgo (Alberto), ¡Alba Solís!, ¡Elba Berón!, Raúl Lavié, Carlos Gari. Me acuerdo cuando estaba trabajando, allá por el ’86, en el “Piano Bar de José Basso” en el Hotel Bauen, se le hizo un homenaje a Homero Expósito, y estuvieron Goyeneche (“el PolacoRoberto), el Chupita Stamponi (Héctor), Atilio Stampone, Homero y Virgilio. Yo tenía una gran amistad con Virgilio Expósito.

¿Cantaste, también, con Goyeneche, o solo fue esa noche?

Sí, sí, en varios shows. Esa noche fue algo maravilloso, porque fue algo muy íntimo, y estaban todos los grosos, y verlo a Goyeneche con esa humildad hablando del tango y de lo que significa, fue inolvidable. Después coincidimos en varios lugares más.

Patricia La Sala con Roberto «Polaco» Goyeneche y Virgilio Expósito en el Piano bar de José «Pepé» Baso en el Hotel Bauen. Homenaje a Homero Expósito

Siempre al lado de todos esos grosos ¿Cuándo te diste cuenta que vos eras Patricia La Sala? Es decir, que también tenías un nombre, un peso en el ambiente.

Nunca me creí eso. Y no sé si no creérmelo fue tan bueno para mí. Pero creo que mi ego nunca estuvo demasiado elevado, en ese sentido. Sí, arriba del escenario, porque sin ego nadie podría subirse a un escenario. Debajo del escenario, no. Había un periodista muy importante, Jorge Göttling (premio “Rey de España”, máximo galardón para el periodismo Iberoamericano y uno de los fundadores de la Academia Nacional del Tango) que tenía una columna en el diario “Clarín”, titulada “2X4”, en la que escribía sobre los espectáculos de tango, y  que me decía: “Gorda, usted es demasiado humilde. No está bueno ser tan humilde”. Y yo no entendía por qué me lo decía. Pugliese me lo decía también, y eso que él era una persona muy humilde. Yo siempre fui una persona sencilla. No me considero más que nadie, tampoco menos. Hay que buscar un equilibrio. Arriba del escenario doy mi vida, y eso es lo que importa.

Lo cierto es que las oportunidades que a mí me dio el tango, las puertas que se me abrieron, no me hicieron olvidar de mi esencia, de quién soy. Siempre tuve los pies sobre la tierra, nunca me creí nada. ¡Sí, arriba del escenario! Pero debajo del escenario soy una compañera más. Tal vez todo eso que viví de chica, el esfuerzo de mis viejos, no me permite olvidar quién soy. Y me ha tocado estar en lugares maravillosos y en teatros alucinantes y en hoteles increíbles, pero yo no me olvido de mi barrio. Como dijo Troilo: “… ¿Quién dijo que me fui si siempre estoy llegando? …”

Me contó un pajarito que estudiaste con el profesor de canto de Gardel ¿Cómo fue esa experiencia?

¡Eduardo Bonessi! Sí, Eduardo Bonessi fue el profesor de canto de Carlos Gardel. Él ya estaba grande, habré estudiado un año con él. ¡Fue maravilloso! Me acuerdo que nos ponía una maderita en la boca y con eso nos hacía vocalizar. Estaba muy pendiente de la afinación, de la respiración.

Mi primera profesora de canto fue Carmen Palazón. Después vinieron otros, como Guillermo Galvé. Se llamaba igual que el cantante, viste. Y después de Bonessi, estudié con Guillermo Parmigiani que era foniatra y profesor de canto y que fue un maestro espectacular para mí. La verdad es que he aprendido un montón de él.

Y después dejé de estudiar muchos años, y eso no está bueno. El cantante es como un jugador de fútbol que tiene que entrenar todos los días, que tiene que calentar sus músculos para estar con una afinación perfecta, listo para salir en cualquier momento a la cancha.

Además, el cantante no deja de aprender nunca, todos los días se aprende algo nuevo, nadie se las sabe toda en esta profesión. ¡Pugliese estudiaba todos los días! Me acuerdo que a veces yo iba a su casa a tomar mate cocido con él, charlábamos un poco y después se sentaba al piano a estudiar. Porque él lo hacía todos los días, y ya era una persona mayor.

¿Cómo ves a las nuevas generaciones en el canto?

Hay muy buenas voces, pero me parece que no terminan de lograr una personalidad definida. No quiero que nadie se ofenda, yo si no me piden la opinión no la doy, porque soy muy respetuosa de los artistas, pero me parece que tienen que buscar definir más su personalidad como artistas. Se parecen demasiado entre todos. Así como está pasando en el baile, en el canto también. Antes estaba Podestá, “el Tano” Marino, Montero, Belusi, Oscar Ferrari, Goyeneche, Rosita Quiroga, Elba Berón … y todos, cada uno, con su personalidad. Una personalidad muy fuerte. Cada uno tenía su “sello”. Yo no siento eso ahora. El sello es muy importante, que te escuchen y te identifiquen no solo por tu voz sino por tu forma de decir. Eso es maravilloso.

Y la otra cuestión es que no se pierda la esencia. Ayer lo hablaba con otros colegas, siempre lo hablamos. Ojalá que los chicos jóvenes no pierdan la esencia, que investiguen, que estudien, que intenten entender qué quiso decir el poeta. Eso se trabaja con un repertorista. Yo he estado hasta un mes trabajando un tema. Entiendo que no siempre se puede, … (pausa) pero es importante estudiar. Hay gente que monta un espectáculo solo porque le gusta cantar y tiene o encuentra los recursos económicos para hacerlo. Por momentos, me da la sensación que el público se subió al escenario.

«…Entonces, cualquiera podría cantar tango, hay que ver si debe. Yo misma cuando elijo un repertorio, podría cantar cualquier tango, pero ¿debo hacerlo? ¿Estoy a la altura? También puede ocurrir que, a lo mejor, el estilo de ese tango no va con el mío.»

«…Hay gente que monta un espectáculo solo porque le gusta cantar y tiene o encuentra los recursos económicos para hacerlo. Por momentos, me da la sensación que el público se subió al escenario.»

Y después de semejante carrera, ¿Cuál o cuáles son los recuerdos que más te emocionan?

Y… haber grabado con Pugliese… fue… como haber tocado el cielo con las manos.

Mi experiencia con cada director de orquesta que me tocó. Con “el Tano” Berlingieri (Osvaldo), con Spitalnik (Ismael), con Armando Caló. Todos estilos diferentes. ¡Cantar con José (Pepe) Colangelo es maravilloso! En una ocasión, Graciela Cabrera organizó un show en el Salón Dorado de la Casa de la Cultura y el marco musical fue de Colángelo con un sexteto, tres parejas de bailarines y yo. Y fue algo muy lindo, muy lindo.

También fue muy maravilloso haber trabajado con el Sexteto Mayor en “Tango Pasión”.

En la época de oro.

¡Sí! En la época que estaban Luis Stazo y José “Pepe” Libertella en los bandoneones, Oscar Palermo en piano, Mario Abramovich y Eduardo Walczak en violín, y Osvaldo Audicino, en contrabajo. Y de apoyo musical estaban Juan Carlos Zunini en teclados y Jorge Orlando en percusión. O sea que en realidad era un octeto, más que un sexteto. ¡Era maravilloso! ¡Lo he disfrutado tanto, tanto!

Patricia La Sala con los integrantes del Sexteto Mayor y Alberto Del Solar en Marbella con motivo de la gira por España de «Tango Pasión».

También he disfrutado mucho de la época que trabajé con Miguel Ángel Zotto en “Tango X2”. Esa fue una experiencia muy linda para mí.

¿De qué época de “Tango X2” estamos hablando?

Te hablo de la época que comenzó. Cuando estaba Milena (Plebs) con Miguel  y Osvaldito (Zotto) con Guillermina Quiroga, esas dos parejas. Y de los músicos estaba Marito Arolaza en piano, Daniel Binelli en bandoneón, Suárez Paz (Fernando) en violín, Bernardo Baraj en saxo y flauta y Fernando Galmarini en bajo.

Recientemente te vi actuando en el homenaje a “Tango Pasión” en la final del Campeonato Mundial de Tango, en la calle Corrientes, pero llevabas mucho tiempo sin presentarte en público.

Pasa que después que falleció Alberto, lo que para mí fue como un mazazo en la nuca, perdí la voz por completo, estaba muda. En realidad, en un segundo, en un instante, perdí todo. Perdí el trabajo porque se había clausurado dos meses antes “Esquina Carlos Gardel” (donde Patricia fue parte del elenco durante casi 18 años). Después pasó lo de Alberto. Eso fue terrible. Y después perdí la voz.

Y cuando lo intentaba (cantar) -tuve varios intentos- para mí era muy feo lo que hacía. Así que pensaba cerrar mi ciclo como cantante, pero mi hija -que lloraba un montón, la vi llorar como nunca- me dijo: “Mamá, no cierres ningún ciclo. Date tu tiempo. Esperá, porque vos vas a volver a cantar”. Y después también me agarró la pandemia, que a mí me llevó a aislarme mucho más y que mi angustia creciera. Pero, bueno, es la vida. Y la vida golpea duro. Y la única que se puede realmente ayudar es una misma.

Fueron dos duelos muy importantes, quedarse sin trabajo y perder el amor de tu vida. Y el cuerpo desde luego acusó el golpe -o los golpes, porque fueron dos-, en tu zona más sensible. Quizás `porque en un duelo uno no solo duela al que perdió, o lo que perdió en el caso del trabajo, sino la parte de sí mismo que perdió con ese o eso que se fue.

Totalmente, Alberto fue…. Ahhh (se emociona y no puede continuar).

Patricia La Sala con Alberto Del Solar en «Esquina Homero Manzi».

Se te anuda la garganta… dejalo. Cambiemos de tema.

…Fue mi mitad. Tal vez suene a frase hecha, pero sin duda fue mi mitad. Éramos muy compinches, lo compartíamos todo. Ahora me encuentro con mi soledad. Alguien dijo, no recuerdo quién, “es terrible sentir que te amputaron el alma y no hay prótesis para eso”.

Estuvieron, por supuesto, todos los amigos que no dejaron de alentarme. Chiqui Pereyra me llama siempre. Néstor Fabián, también, porque “Pichi” quiere que yo grabe. Y lo voy a hacer. La verdad es que estoy muy agradecida porque siempre tuve el apoyo incondicional de todos los amigos. Pero es difícil…

Patricia La Sala con Alberto Del Solar en «Tango Pasión».

Y sí, es un dolor muy grande y como tal una experiencia que, por momentos, como vos dijiste, solo uno puede atravesar, más allá de los apoyos.

Es muy difícil explicar el dolor que siente uno, trasmitírselo a otra persona, y que lo pueda entender. Salvo que haya vivido algo parecido, y entonces, quizás, puede llegar a entenderlo.

Por eso, justamente, también es difícil, como vos dijiste, “meterse en la piel de un poeta”. El dolor, la forma de vivenciarlo, es una de las marcas de la singularidad de cada uno.

Hay gente que lograr cantar a pesar de un duelo porque hacerlo los libera, les ayuda a superar el dolor A mí la emoción me ganaba. Siempre fui una persona muy emocional, desde muy chica. Es tremendo sentir que no puedo controlar esa emoción y que me gana. Me cuesta encontrar el punto justo de emoción y me quiebro…

«Mirá, ese 17 de septiembre va a quedar marcado en mí para siempre. Me movilizó de una manera increíble. Me temblaban las piernitas y al mismo tiempo me parecía escuchar la voz de Alberto decirme en el oído: “Vamos Negrita, vos podés.” Te lo juro que lo sentí en ese momento. Fue un placer salir y ver a tanto público, y también el reencuentro con los compañeros. Fue hermoso, realmente hermoso. …fue una «inyección de ganas.»

Pero volviste a cantar en público después de mucho tiempo y a lo grande. Me imagino que habrá sido tremendo estar ahí parada ante tantos miles de personas, en medio de calle Corrientes, con el Obelisco detrás…

Sí, esa noche volví a cantar en público después de mucho tiempo porque “Tango Pasión” cumplía 30 años. Mirá, ese 17 de septiembre va a quedar marcado en mí para siempre. Me movilizó de una manera increíble. Me temblaban las piernitas y al mismo tiempo me parecía escuchar la voz de Alberto (Del Solar) decirme en el oído: “Vamos Negrita, vos podés.” Te lo juro que lo sentí en ese momento. Fue un placer salir y ver a tanto público, y también el reencuentro con los compañeros. Fue hermoso, realmente hermoso. Después me cayó la ficha. Viste, que uno a veces no toma dimensión de las cosas en el momento, después se da cuenta. Y, además, esa noche hice doblete, porque después del Obelisco me fui a “La Nacional” (Tradicional salón de tango donde se organizan varias milongas) donde tuve show con el quinteto “Derecho Viejo”. Fue una noche tremenda para mí, hermosa, maravillosa. Al otro día no me podía levantar de tantas emociones (risas).

Pero a la noche, cuanto te tocó actuar, le ganaste vos la pulseada a la emoción, o quizás sería mejor decir a la “turbación” o angustia.

¿Sabés qué pasa? Yo las letras me las apropio, y me pegan fuerte. Las siento muy mías. Y eso me hace cruzar una línea. Me pone sobre el filo.

Pero la verdad es que ese 17 de septiembre fue una «inyección de ganas». Y me entusiasmé mucho con la propuesta que me hizo Leandro Gómez, que me presentó en el “Complejo Belgrano”, y se me ocurrió hacer un show con Silvia Nieves, mi amiga de toda la vida. Y le dije: “¿Por qué no festejamos 42 años de amistad y despedimos el año?” Y a ella la propuesta le gustó muchísimo y lo vamos a hacer el 9 de diciembre, con el quinteto “Derecho Viejo”, en el “Complejo Belgrano”. Y de esa manera volver a estar en carrera.

Patricia La Sala con el elenco del Homenaje a «Tango Pasión – 30 años» en la final del último Campeonato Mundial de Tango.
Patricia La Sala con el quinteto «Derecho Viejo» en el salón «La Nacional».

En ese ponerte “sobre el filo” está tu arte. Vos misma dijiste que “… hay entregarse porque el tango son emociones…” Tu don no solo es tu voz, sino tu sensibilidad. Se puede decir que “te dejas la piel en el escenario”, y eso te hace no solo una cantante sino una artista.

Gracias. La verdad es que lo único que nos vamos a llevar de esta vida son los afectos, es el amor. Yo no me voy a llevar ni el vestuario, ni la plata, ni los zapatos, ni nada. Pero todo lo que viví, lo tengo grabado en mi retina, en mi mente y en mi corazón. Eso no me lo puede quitar nadie. Nadie me quita lo bailado. Eso y el amor, los afectos, es lo único que nos llevamos de este plano. Aunque suene reiterativa, pero es así.

¿Te viene algún tango a tu mente, en este momento?

Sí, muchos… Sí… y me emociono mucho… Algunos temas que interpretaba siempre, o los que hacía Alberto (Del Solar). A mí me pegaba mucho su versión de “Afiches”. ¡Era increíble!

Homero Expósito… tremendo… Si tuvieras que “extraer” como con una pinza alguna frase de “Afiches”, ¿cuál elegirías?

“…restregarse con arena el paladar y ahogarse sin poder gritar”. Es tremendo.

(y canturreando a media voz…) “Yo te di un hogar. Siempre fui pobre, pero yo te di un hogar. Se me gastaron las sonrisas de luchar…” (pausa)

Y pensar que yo era amiga de Homero y de Virgilio (Expósito). Más de Virgilio, nos veíamos todas las semanas. Él siempre me decía que para interpretar el tango hacía falta ese poquito de “barro” que se va adquiriendo con experiencias, con lo que vivís, y que te ayuda a entender la poesía, porque la vivís, porque decís “esto lo viví yo”.

Patricia La Sala con Flavia Mercier durante la entrevista en «Esquina Homero Manzi.»
Patricia La Sala y Flavia Mercier en el bar y restaurante «Esquina Homero Manzi», donde tantas veces Patricia actúo junto a Alberto Del Solar.

Dijo Atahualpa Yupanqui: “…Si tú no crees en tu pueblo, si no amas, ni esperas, ni sufres, ni gozas con tu pueblo, no alcanzarás a traducirlo nunca.»

Exacto, todo lo que te vengo diciendo, nada más que resumido en unas palabras maravillosas de Atahualpa Yupanqui. Te digo, lo que a mí me ha enseñado toda esa gente, no tiene nombre. Lástima que no hubiese la tecnología que hay ahora, porque los habría filmado. Si yo hubiese podido registrar todo lo que viví con ellos, sería para hacer una película en este momento. Una pena no tenerlo. Lo tengo acá (señala su cabeza) y acá (señala su corazón).

¡Los tenés en tu voz! ¡Muchísimas gracias, Patricia! Un verdadero placer y un honor haberte entrevistado.

El intérprete de tango es aquel que logra llegar a la piel del oyente con su voz, para lo cual primero necesita ponerse en la piel del poeta, defiende Patricia. En su caso, al prestarse al mensaje del poeta, en ocasiones la emoción le ha ganado anudándose en su garganta. A ese «angostamiento», a esa angustia, el saber popular lo nombra como un nudo en la garganta, ese que a veces no deja pasar bocado y otras no deja salir palabra. Homero Expósito la definió como «…restregarse el paladar con arena y ahogarse sin poder gritar…”, como Patricia lo recuerda. ¡Benditos los Homeros de la historia que nos reconcilian con el sinsentido de la vida cubriéndolo de belleza!

A los artistas se les suele decir que, pase lo que pase, “el show debe continuar”, cuando se trataría más bien de sostener el acto que de mantener, a cualquier costo, la demanda de show que hace el  mercado. Abrir la boca para decir, en lugar de tragar o tragarse la angustia, es tan nutritivo como ingerir un buen alimento. La puesta en acto alimenta el fuego del deseo, el que da sentido a una vida – ser cantante, ser bailarín, ser médico, ser maestro, …- , el que impulsa a hacer camino al andar, la “inyección de ganas” que el 17 septiembre recibió Patricia.

Ella advierte que el cantante está muy solo en el escenario, más allá de la orquesta que la acompaña. Todos estamos solos en ese «más allá «, tanto en el detrás de escena cuando se apagan las luces como cuando hay que salir a la palestra como protagonista.

Pero ¿acaso no se encuentra el intérprete, cuando está bajo el cenital, con sus vivencias que hacen de caja de resonancia para que el decir del poeta haga eco en su cuerpo, y desde allí se proyecte a quien la escucha? ¿Acaso no encuentra en el recuerdo de esas vivencias a sus propios seres queridos?

¿Acaso Patricia no encuentra en las notas que entona, el consejo de alguno de sus maestros, la nota que le devolvió aquel partenaire, el esfuerzo de sus padres como signo privilegiado de su amor, o el aliento al oído de su hija y de quien fue su gran amor que le susurra: «Negrita, vos podés»?

Caminante son tus huellas y las voces amorosas que alumbraron tu camino, la inyección de vida en tu andar.

Flavia Mercier

Entrevista a Fernando Rodríguez y Estefanía Gómez: “El secreto es trabajar”.

De sus Pergamino y San Antonio Oeste natales Fernando Rodríguez y Estefanía Gómez llegaron a Buenos Aires tras muchos años de bailar folclore argentino, habiendo comenzado muy pequeños. Una vez en la capital del tango mundial ambos comenzaron su andadura por el tango, recorriendo muy diferentes caminos. El de Estefanía con un paso previo por la UNA y el de Fernando formándose con Roberto Herrera y Vanina Bilous y siendo parte de importantes compañías, como “Tango Pasión” y “Tango Seducción”, con las que realizó numerosas giras, así como en las más renombradas Casas de tango como “Esquina Carlos Gardel”, “Rojo Tango” (Hotel Faeno). Comenzaron su andadura conjunta hace casi 10 años, trabajando en “Tango Porteño”, “Rojo Tango” y “Piazzola Tango”. Destaca su paso por el Campeonato Mundial de Tango en el 2019, momento en el que se consagraron campeones mundiales en la categoría de tango escenario. Y más allá de todo este currículo a Fernando y a Estefanía cabe presentarlos como dos “trabajadores” del tango, ya que el único secreto que destacan detrás de su trayectoria es “Trabajar”.

Fernando Rodríguez y Estefanía Gómez. Fotografía de Federico Paleo.

¿Qué los llevó a ser bailarines? ¿Qué hizo que a lo largo de su trayectoria nunca dijeran “hasta acá llegué, no sigo”?

Fernando: No sé, no te podría decir cómo arrancó, porque yo tenía tres años. Pero nunca me planteé hacer otra carrera. Sí me planteé quizás sumar una carrera por una cuestión económica. Creo que no podría hacer algo fuera de esto, no me imagino una vida sin esa adrenalina del escenario. Una gran prueba fueron estos dos años de pandemia.

¿Cómo lo pasaron?

F: A nivel emocional no tan bien porque me sentía angustiado por esa no actividad. Me sentía hasta inútil porque con 42 años de golpe estaba obligado a parar casi dos años.

Estefanía: Yo en lo personal pasé por todos los estados. Al principio fue como un descanso. Durante 7 años habíamos trabajado todas las noches y lo máximo que nos habíamos tomado de descanso había sido 1 semana. Y como soy muy exigente conmigo, me siento menos culpable de descansar si para todo el mundo. Como fue el mundo el que paró, al principio casi que lo disfrutamos, hasta que ya estábamos descansados y empezamos a estar más inquietos y a sentir más la necesidad de hacer cosas.

Además, replantearse si no hago esto qué haría, cuando estamos tan acostumbrados a hacer esto porque lo hicimos desde siempre, desde pequeños. En la pandemia todo el mundo encontró como una segunda fase de sí mismo y empezaron a hacer otras cosas: uno empezó a pintar, el otro a lo que sea… Y para nosotros como que no había otra cosa que nos llenara de la misma manera. De hecho, empezamos un emprendimiento para vender mates que quedó ahí.

¿Tuvieron miedo de no poder volver a bailar?

F: Miedo no, sentí más desesperación. Quería salir ya. Claramente una desesperación. Miedo, no, porque la globalización no permite que se pare por mucho tiempo.

La verdad es que nunca existió en mi vida la idea de hacer otra cosa. Siempre digo “el día que no me pueda dedicar más a bailar seré stage manager, sonidista o iluminador, o algo relacionado con el arte”. Sé que ese día va a llegar, pero hasta ahora nunca me planteé hacer otra cosa. De hecho, nos vinimos de provincia a Buenos Aires a bailar. Yo me vine de Pergamino a los 20 años, tengo 42.

E: Igual nosotros trabajamos un montón online durante la pandemia. La realidad fue que se nos abrió una posibilidad de armar coreografías para parejas del interior o de otros países, que aún hoy continua. Dimos algunas clases también, pero es un medio tan frío, y el tango es algo tan perceptivo, tan sensorial -necesitás tocar a la persona y ver lo que le produce-, que vimos que no servía y decidimos no hacerlo más.

Fotografía de Federico Paleo.

Vos, Fer, venías del folclore, ¿no?

F: Sí, los dos. Yo empecé a bailar folclore a los 3 añitos y hasta los 19 que empecé a bailar tango y me vine (a Buenos Aires). Y al poco tiempo de llegar empecé a tomar clases con Roberto (Herrera) y Vanina (Bilous).

¡Pavadita de maestros para empezar! (risas)

¡Sí! Me acuerdo cuando los vi por primera vez. Estaba en el living de mi casa viendo un programa que ya no existe, “La noche con amigos” de Lionel Godoy, y veo una pareja bailando “Recuerdos” y dije: “A mí me encantaría hacer algo así”.

¿Y cómo fueron esos primeros tiempos cuando llegaste a Buenos Aires?

Vine con una compañera que después se volvió. Ahí conocí a Dolores de Amo (Directora artística de “Esquina Carlos Gardel” y “Piazzola Tango”). Dolores fue la primera persona que me dio un trabajo en Buenos Aires. Dolores de Amo junto a Juan Fabri (Productor General de “Esquina Carlos Gardel” y “Piazzola Tango”). Juan y Dolores tenían una milonga en el Club Almagro, una de las más viejas que ya no existe más, y ella me invitó a trabajar y a bailar ahí. Ahí hice mi primera exhibición. Después, cuando mi compañera se volvió pasó de todo. Dormí en la calle, me recontra re mil cagué de hambre. Dormí en la cochera de un estacionamiento en un auto que no era mío. Dormí en una pensión con mucha humedad y mucho frío.

Se complicó un poco la cosa…

F: Se complicó porque yo me vine sin trabajo. Es decir, cuando trabajábamos en la milonga de Dolores y Juan, yo no vivía acá (Buenos Aires), yo venía de Perganimo. Después cuando decido venir a vivir, me vine sin trabajo. Son cosas que no me dan pena contarlas, porque me da satisfacción haber visto de dónde vengo. Hasta que me cansé de vivir así.

¿La pasaste mal?

F: Mirá Fla, ahora me cabe un montón decirte que la pasé mal, pero la verdad es que yo no sé si fue así. Porque sé que eso me fortaleció para saber que lo que venía no era fácil. No sé si la pasé mal. Capaz que me volví porque me acobardé un poco.

«…Dormí en la calle, me recontra re mil cagué de hambre. Dormí en la cochera de un estacionamiento en un auto que no era mío. Dormí en una pensión con mucha humedad y mucho frío… Son cosas que no me dan pena contarlas porque me da satisfacción haber visto de dónde vengo…»

Fernando Rodríguez

¿Habías llegado a hacer algún trabajo en ese período?

F: Había trabajado en “La Cumparsita” y después hice un reemplazo en “El Querandí” aunque terminé renunciando al mes. Creo que no llegué a hacer ni cinco shows y me volví a casa. Al tiempo me fui tres meses a dar clases a Brasil y de ahí volví para irme a Rosario a terminar el secundario, aunque terminé haciendo de todo menos el secundario. Y después de casi dos años sin trabajar en la danza, me dije: “Quiero volver a bailar”. Justo en Rosario había una audición de “Tanguera”, el musical, y de 200 bailarines quedé yo solo. Eso fue una pauta para decir: “Ah, puedo vivir de esto”. Tenía 24 años. “Me vuelvo”, dije. Y desde ahí cuando me vuelvo (a Buenos Aires), empiezo a trabajar, a trabajar, a trabajar, y no paré.

¿Te fuiste de gira con Tanguera?

No, aunque llegué a ensayar y todo, cuando todos iban a firmar el contrato, me dicen “Bueno, vos no, porque llegaste más tarde a los ensayos.” Yo llegué con dos semanas de ensayo y ellos ya hacía un mes que estaban ensayando. “Pero, ¿cómo? Me vine a Buenos Aires”. “Bueno, sí, pero no. Quedás afuera.” Así que viendo como todos mis compañeros se iban de gira a China tuve que salir a que buscar trabajo.

Y ahí me presentaron a Silvana Allievi que era bailarina de “Carlos Gardel” (“Esquina…”) y empecé a prepararme para bailar con ella. En esa época Jorge Pahl que era bailarín también de “Esquina” supo hacerme de hermano mayor y me aguantó incluso unos días en su casa.

¿Y vos Estefy?

E: Yo nací en Río Negro, en San Antonio Oeste, y me vine a los 18 a estudiar al IUNA, lo que ahora es la UNA (Universidad Nacional de las Artes). Me recibí, soy licenciada en folclore, mención danzas folclóricas y tango, y ahí empecé a bailar tango. En el IUNA había hecho algunas materias, pero recién cuando me recibí empecé a bailar tango, hasta entonces siempre había bailado folclore, desde los 8 años que empecé. Bailaba en una agrupación de San Atonio, “Martín Fierro”. Pero el IUNA te lleva a conocer otros ambientes, otra gente, y me gustó más el tango, y empecé a meterme más y más, hasta que lo conocí a Fer, empezamos a trabajar y no paré más.

¿Y cómo fue que se conocieron?

F: Nos presentó un compañero en común, Nicolás Shell. Yo estaba bailando con Karina Piazza en el Faena, pero haciendo un reemplazo, así que necesitaba buscarme una compañera. Un día me fui a tomar una cerveza con Nico, que era compañero mío del Faena, y le pregunté: “Che, Nico, vos que trabajás ahí en el IUNA ¿no conocés alguna bailarina que pueda llamar?” Y me dio el teléfono de dos. Una no me atendió y la otra era Estefy.

¡Se lo perdió!

F: No sé, ¡o ganó!, todavía no lo sabemos (risas). Me acuerdo que la llamé un domingo, el miércoles nos juntamos, al otro miércoles estábamos audicionando, y al otro miércoles ya estábamos trabajando. Y desde entonces hasta ahora.

¿Así, sin más? ¿O vos confiabas que la “podías preparar” como se dice?

F: Mirá Flavia, yo no creo mucho en “el circo” de “dejá, yo te manejo…” Naah, naah. Esto es un 50 y 50, hay que sacarse los anillos y trabajar. No hay “un” secreto, para mí es todo mentira. El secreto es trabajar ¿viste?

«Cuando ella me dijo: “Yo quiero ir a Cosquín y al Mundial”. Yo le dije: “A Cosquín puede ser, al Mundial, no.” “¿Al Mundial voy a ir después de que estuve en “Tango Pasión”, “Tango Seducción”, y en varias otras compañías, y viajo hace un montón?” Y después pensé: “¡Qué chiquita mi cabeza! ¡Qué chiquita mi cabeza! (con énfasis)” ¡¿Cómo me iba a perder esta situación?! No sabés lo feliz que fui atrás del escenario.»

«Muchos colegas me lo dijeron: “¡Pero, no! ¿Cómo te vas a presentar en el Mundial?” Y yo decía: “¿Qué tengo que perder?»

Fernando Rodríguez

E: La cosa fue así. Los primeros ensayos probamos un par de trucos y él dijo.: “Listo. Sabés hacer un par de trucos. Ya está.” Yo le dije: “Yo quiero presentarme en Cosquín, en el Mundial. Quiero un compañero para hacer todo.” Y él me dijo lo mismo: “Yo estoy buscando una compañera. No quiero un trabajo con una, otro con otra.”

F: Yo reniego mucho de los que pululan con todas las mujeres. Y sé que somos los hombres.

Algunas bailarinas también lo hacen…

F: Una, dos. Al menos que yo conozca. Hombres… puff  (su gesto implica “muchos”).

Entiendo que es por trabajo. Tal vez, no sé, hay quien elige eso. Aunque también veo que cuesta jugarse por alguien. Yo lo prefiero siempre.

E: A mí me pasó que empecé a bailar con él y él venía con su carrera y su historia detrás -había bailado en un montón de compañías y había hecho un montón de cosas- y yo venía como recién llegada del folclore y con muy poco tango y sin conocer a nadie, y él nunca me hizo sentir menos. Dejó que yo colaborara en la creación de las coreografías, siempre pude decir mi punto de vista, siempre fue muy 50 y 50. Nunca me trasmitió algo así como: “Vos que recién empezás, haceme caso a mí”. Nunca, jamás. Ni ahora ni el primer día.

F: Igual no me lo hubieras permitido (risas). Tiene mucho carácter (dirigiéndose a mí).

«…Yo no creo mucho en “el circo” de “dejá, yo te manejo…” Naah, naah. Esto es un cincuenta y cincuenta, hay que sacarse los anillos y trabajar. No hay “un” secreto,… El secreto es trabajar ¿viste?»

Fernando Rodríguez

E: De hecho, en el primer lugar que audicionamos nos dijeron que no, porque yo era muy petisa. A mí me dijeron que no, a él lo querían. Estaban buscando bailarinas altas.

F: Muy altas.

E: Yo creo que otro bailarín en su lugar me hubiera dicho: “Bueno, gracias”, y se buscaba otra chica para entrar a laburar ahí. Hubiera dicho: “Mirá yo necesito este laburo…”, que es lo que hace la mayoría, y listo. Y él dijo: “Bueno, ya está. Si ella no entra, no entramos ninguno de los dos y nos vamos a buscar otro lugar”.

F: Nos fuimos, y después terminamos trabajando en esa casa. 

¿Dónde fueron?

E: Fuimos a “Carlos Gardel” (“Tango Carlos Gardel”) y Dolores (de Amo) nos dijo: “¡Empiezan ya!” Y nosotros llevábamos tres ensayos juntos.

¿Y después fueron al Faena, para al final volver con Dolores y Fabri al Piazzola?

F: Cuando entramos a “Carlos Gardel” Dolores nos envió a “Tango Porteño”. “Tango Porteño necesita frescura. Váyanse para allá”, nos dijo. Pero entramos para hacer un reemplazo hasta el 23 de abril, justo un año. Y, entonces, tres semanas antes del 23 de abril yo empecé a buscar otra cosa y el Faena nos llamó. Y ahí Fabri nos dijo: “Pero, ¿cómo? Si yo quería que se quedaran.” “Juan, vos me dijiste hasta el 23 de abril” “Pero no te dije más nada y ahora quiero que se queden.” “Juan, mi palabra es mi palabra, y yo la dí. Nosotros nos vamos…” Y nos fuimos.

E: Pero después empezamos a salir mucho de gira y el Faena nos dijo: “Necesitamos una pareja que se quede”. Así que terminamos nuestras giras y volvimos a trabajar con Juan (Fabri) y Dolores (De Amo) que siempre nos abrieron las puertas de sus casas.

Fernando Rodríguez y Estefanía Gómez en Rusia. Fotografía de Olga Akimicheva.

¿Cuáles serían los momentos más mágicos que recuerdan de su carrera?

F: Yo la otra vez tiré una frase que me gustó ¿Puedo hacerme el “artista” y decirla otra vez? “El mejor momento está por venir.”

Pero, si me dejo de hacer el artista y contesto como el del barrio, creo que uno es el haber entrado con muy poco tiempo de baile y muy jovencito -yo tenía 24 años- a “Tango Pasión”. No me fue fácil para nada, pero aprendí muchísimo de esos gauchos, de compartir escenario con ellos. Me tocó un elenco con gente con mucha experiencia. También el haber ganado el mundial. Y muchos lugares hermosísimos en los que estuve.

E: Yo siento que recién empiezo.

Que lo mejor está por venir, entonces (risas)…

E: Sí, aunque, obviamente, el Mundial fue muy importante. Era algo que yo quería hacer hace muchísimo. También cuando entré a la primera Casa de tango. La primera gira, que también era algo que yo quería hacer hace muchísimo. La primera gira que hicimos solos…

«Nosotros tenemos siempre muy presente que uno baila lo que es. Uno baila con la historia que trae. Puede ser que bailemos tango, pero bailamos más interpretativamente porque venimos del folclore… Estamos muy convencidos -mucho, mucho, mucho- que bailamos lo que somos. Muchos bailarines nos dicen que hay mucho folclore en el tango que hacemos y al revés. Ahora que estamos intentando volver a bailar algo de folclore, cuando lo hacemos delante de alguien que se dedica a eso, nos dice: “Ay, se les re ve lo tanguero que tienen.”»

Estefanía Gómez

¿No se la jugaron un poco participando del Mundial cuando ya tenían una carrera? ¿Qué pasaba si les iba mal?

F: Muchos colegas me lo dijeron: “¡Pero, no! ¿Cómo te vas a presentar en el Mundial?” Y yo decía: “¿Qué tengo que perder?”

¿Una imagen?

F: ¿Y eso qué es? Eso es ego, y el ego es el peor defecto que tenemos. Es el ego por lo que a veces le cuesta decir a la gente ¡Qué lindo que bailás! O ponerte un comentario en el Instagram o en el Facebook. Por supuesto que no a todos, pero a muchos.

Cuando ella me dijo: “Yo quiero ir a Cosquín y al Mundial”. Yo le dije: “A Cosquín puede ser, al Mundial, no.” “¿Al Mundial voy a ir después de que estuve en “Tango Pasión”, “Tango Seducción”, y en varias otras compañías, y viajo hace un montón?” Y después pensé: “¡Qué chiquita mi cabeza! ¡Qué chiquita mi cabeza! (con énfasis)” ¡¿Cómo me iba a perder esta situación?! No sabés lo feliz que fui atrás del escenario.

E: Yo siempre digo que Fer parecía un perrito cócker atrás del escenario. De hecho, en un momento sentí la necesidad de decirle: “Vení, vení. Conectemos un poquito entre nosotros.” Porque él estaba en Disney.

¿Y qué fue lo que produjo ese cambio Fer? ¿Qué encontraste detrás del escenario?

F: Gente buena, gente fresca, gente que estaba como nosotros atrás de una ilusión. Yo me ilusioné con el Mundial en el 2018 cuando salieron campeones Sagdiana y Dimitry (Sagdiana Xamzina y Dimitry Vasin). En un momento me toqué y tenía traspiradas las axilas -yo nunca transpiro las axilas, yo transpiro sólo el pecho y la espalda-, y pensé: “Esto es adrenalina. Me encanta, quiero esto.” Así fue que era enero de 2019 y yo ya me quería anotar en el Mundial. Salió la inscripción y al toque fuimos y nos inscribimos en la Plaza del Congreso. Y así viví todos los días. Mágicamente no hubo un día que nos peleáramos. Ni uno. Todas las parejas de tango nos peleamos en algún momento para ensayar. Hubo días que no salieron tan bien las cosas, y hubo un día que dijimos: “Che, hoy nos vamos a pelear, no vamos a estar bien. Paguemos la sala y vámonos.”

Fotografía de Federico Paleo.

¿Cuando se subieron al escenario estaban “re pilas” entonces?

E: La verdad es que yo siento que el Luna Park nos comió un poco.

F: Lo que pasa es que vos estabas atrás y escuchabas después de que bailaba cada una de las parejas anteriores que se caía el Luna Park. Y vos decías ¿Tan bien bailaron estos hijos de puta? ¿Qué tenemos que hacer nosotros? Claro, todo eso te avasalla, te come crudo. Todo lo que aprendiste hasta ahí, no vale. Todo lo que bailaste, todo el teatro, no vale. Hacés un reset de tu disco duro. Te morfa, te morfa.

Lo disimularon bien, no se notó. Más bien lo contrario.

E: De hecho, ¿viste que cuando ganás te hacen volver a bailar? Yo sentí que nunca había bailado tan mal. Me temblaban las piernas. No podía dejar de sonreír, así que mis gestos eran medio raros. Nos sentimos mucho mejor al otro día, en la exhibición, más relajados, lo disfrutamos.

F: A mí en lo personal me pasó algo un poco distinto. Porque, aunque esta es una experiencia de a dos, te mueve cosas muy profundas para cada uno. En la final, se le desprende el cinto a ella, hago un cuarta y se lo arranco, como si fuera parte de la coreografía. La gente aplaudió, pero nosotros nos fuimos re mal. Ella se quería ir del certamen, yo estaba re angustiado. Y entonces dijimos: “Pará. Vamos adentro, que se nos pase un poco la angustia.” Yo me fui muy angustiado, hasta que dije: “No, basta. Yo tengo que ganar esto. Me merezco ganar (con énfasis)”, como si los otros no se lo merecieran. “Yo me merezco ganar porque le puse mucho amor. Porque hasta acá yo tuve sólo esta meta.” Lo declaré, lo sentí, me veía campeón. No por una cuestión de ego, no con un afán de quedar por encima pisoteando cabezas, sino por un deseo profundo (con énfasis). Un deseo profundo y mucho amor, no sé si me logro explicar… Fue como un decreto del universo, creo.

E: La verdad es que toda la experiencia, como balance, fue cien por ciento positivo. Porque ensayamos sin pelearnos -que es un re logro-, porque disfrutamos un montón, porque estuvimos en cada detalle, en la música, en el pelo, en la ropa, y como broche de oro, el premio. Y después obviamente el reconocimiento de la gente, de los pares que vienen y te felicitan. Ese fue también uno de los mejores premios.

«Yo me fui muy angustiado, hasta que dije: “No, basta. Yo tengo que ganar esto… Lo declaré, lo sentí, me veía campeón. No por una cuestión de ego, no con un afán de quedar por encima pisoteando cabezas, sino por un deseo profundo (con énfasis). Un deseo profundo y mucho amor, no sé si me logro explicar… Fue como un decreto del universo, creo.»

Fernando Rodríguez

¿Qué les impulsa más como artistas? ¿El bailar o el escenario?

F: No sé, creo que el escenario tiene una magia que no existe en otro lugar. Para mí es lo que se pone en juego en el escenario. La adrenalina. La adrenalina que te provoca saber que alguien está mirando y no sabés quién. Aunque suene medio cursi, esa cosa cuando se prenden las luces, se logra un silencio…

E: Ah, sí. Eso se me había olvidado. Eso nos pasó también. No sé si es el tema o qué, pero, por lo general, siempre que bailábamos Kicho (el tema con el que ganaron el Mundial de Tango Escenario) se producía un silencio total. Silencio, silencio, silencio. Y eso nos pasó en el Mundial, que con las otras parejas el Luna Park explotaba cuando hacían algún truco, y con nosotros fue silencio (con énfasis) hasta que terminamos.

¿Y qué lectura hace ustedes de ese silencio?

F: Seamos positivos. Creo que logramos ese imán, que la gente mire y se calle.

¿No será porque ustedes estaban contando algo además de moverse? Mientras que en los otros casos, como ustedes decían, el público explotaba con los trucos ¿No será eso que lo que hace que la gente mire y se calle sea que está siguiendo un hilo?

E: Bueno, fue uno de nuestros disparadores para hacer la coreo. Nosotros dijimos: “¿Qué podemos ofrecer al Mundial, que no tenga o que tenga menos?

F: Contar algo, un hombre y una mujer.

E: Sabíamos que coreográficamente podíamos hacer 50.000 ganchos pero nunca lo íbamos a hacer igual de perfecto que otros. O sí, capaz que sí, pero sabíamos que corríamos con desventaja con eso. Que quizás ensayando un montón íbamos a poder hacerlo pero no nos íbamos a distinguir. Entonces ¿Cuál era nuestro fuerte? Nuestro fuerte es más lo actoral, aguantar las quietudes. Por ejemplo, una de las cuestiones que nos planteamos fue: “Quedémonos quietos, a ver qué pasa”.

F: Hay un plano en el que ella se va sola hacia adelante y yo me voy solo hacia atrás, la vuelvo a buscar y pienso: “Uy pasaron tres ochos y ella no hizo nada.”

E: Eso fue lo que más tuve que trabajar: caminar hacia el frente sin hacer nada.

F: Sola.

E: Pensar: “Ay, ¿cómo pongo el cuerpo? ¿cómo pongo las manos? ¿y los hombros?, …”

«Nosotros creemos que somos una sociedad con la música… Ni competir con la música, ni sobreactuar nada, para que no se vea algo puesto. Por eso en nuestras clases,… les proponemos a los alumnos trabajarla desde el lado interpretativo. Para nosotros se trabaja desde el momento cero, porque los movimientos tienen que ver con lo interpretativo. Si vos aprendes un movimiento y después le querés dar una significación, no te va a salir nunca. Y te puedo asegurar que al final de la clase, si hay diez parejas, ninguna la hace igual.»

Estefanía Gómez
Fotografía de Federico Paleo.

¿Hay diferencias, a nivel de emocional, entre bailar tango o folklore?

F: Yo en lo personal me considero un bailarín. No sé si hay diferencias. Porque en mi casa no les gustaba el árabe y el flamenco, porque lo hubiera hecho con el mismo amor. A mí me gusta sentirlo al baile, me gusta bailar descalzo, me emociono tanto con una música de tango, como con una de folclore. Pero no sé si es más, menos, mejor o peor. Es como si nos preguntáramos ¿Qué es más importante, mamá o papá?

E: Nosotros tenemos siempre muy presente que uno baila lo que es. Uno baila con la historia que trae. Puede ser que bailemos tango, pero bailamos más interpretativamente porque venimos del folclore que siempre le busca un por qué o un significado a lo que hacemos. Yo hice también algo de contemporáneo y entonces creemos que lo que hacemos también tiene que ver con algo medio desarmado, porque venimos de ahí. Estamos muy convencidos -mucho, mucho, mucho- que bailamos lo que somos. Muchos bailarines nos dicen que hay mucho folclore en el tango que hacemos y al revés. Ahora que estamos intentando volver a bailar algo de folclore, cuando lo hacemos delante de alguien que se dedica a eso, nos dice: “Ay, se les re ve lo tanguero que tienen.”

¿Cómo ven hoy tanto al tango como al folclore?

F: Al tango lo veo re positivo, hay chicos por todos lados bailando muy bien, muy bien (con énfasis). Creo también que el tango está en un momento de receso, que hay un montón de información y cada uno la maneja cómo puede. Y creo que como todo receso hay que seguir alimentándolo, pero lo veo positivo.

Y el folclore también. Los certámenes de folclore son tremendos, cada vez más llenos. Cosquín está tremendo. A veces me pasa con el folclore que se ponen de moda cosas que no me gustan, y lo mismo me debe pasar con el tango, pero todo lo que suma, aunque a mí no me guste, es positivo.

E: Lo que está bueno es que en general hay mucho más estudio, de todo.

F: Sí, pero, si bien rescato el tema de tomar clases, clases, clases, porque eso es buenísimo, es el único secreto, no me gusta que algunas parejas bailen parecido a otras, que no busquen su identidad. Que las clases no sean para nutrirse sino para copiar al maestro. A mí me gustaría que no haya diez parejas de bailarines bailando igual que Juan y Mónica, ponele. Quisiera que haya diez parejas que vayan a la clase de Juan y Mónica pero que busquen su identidad, su estilo. Creo que hoy hay muchas más herramientas para poder forjar mejor tu estilo que hace unos 15 años. Nosotros lo encontramos cuando ensayábamos para el Mundial, eso fue otra de las cosas positiva.

La pregunta obligada es entonces ¿Cómo se logra un estilo propio?

E: Para mí tiene que ver primero con una investigación y después con no querer hacer de eso que le agrada a la mayoría.

F: Lo que está de moda.

¿Lo que vende?

E: Lo que vende tiene su lado bueno, porque nos da de comer. Nosotros trabajamos en una Casa de tango donde justamente se nos pide que hagamos tal cosa porque es lo que la gente quiere ver. Ahora, fuera de eso, cuando podemos ser más libres, nos juntamos con Fer, ensayamos y buscamos, primero, qué es lo que va más con nuestra personalidad, y después, si tomamos alguna clase, qué herramientas vamos a usar, y cuáles no, cómo sí y cómo no. En parte tiene que ver con una búsqueda de la energía de la pareja. Con lo que yo reacciono y él me devuelve. Porque yo, Estefanía, con Fer bailo de una manera. pero mañana con otro bailarín, será otra cosa.

Nosotros creemos que somos una sociedad con la música. Cuando escuchamos un tema primero pensamos qué nos dice para poder ir, más o menos, por ese lado. Ni competir con la música, ni sobreactuar nada, para que no se vea algo puesto. Por eso en nuestras clases, cuando enseñamos una secuencia les proponemos a los alumnos trabajarla desde el lado interpretativo. Para nosotros se trabaja desde el momento cero, porque los movimientos tienen que ver con lo interpretativo. Si vos aprendes un movimiento y después le querés dar una significación, no te va a salir nunca. Y te puedo asegurar que al final de la clase, si hay diez parejas, ninguna la hace igual.

«A mí me gustaría que no haya diez parejas de bailarines bailando igual que Juan y Mónica, ponele. Quisiera que haya diez parejas que vayan a la clase de Juan y Mónica pero que busquen su identidad, su estilo. «

Fernando Rodríguez

Retomando en este punto lo que decías antes de que “renegás” mucho con el hecho que en la actualidad se cambia mucho de pareja ¿Lo podrías ampliar a la luz de todo esto que venimos charlando?

F: Creo que lo que pasa es que a mí me gustan mucho las parejas de tango, mucho. Me gusta ver cómo los bailarines se entrelazan y llevan adelante un producto tan lindo. Son muchas las parejas que me gustan. Me pongo más grande y me gustan cada vez más parejas.

Bueno, empezaste con Roberto (Herrera) y Vanina (Bilous)

F: Y, sí. Y en ese sentido me da pena ver bailarines que “pululan” entre varias bailarinas, porque muchas veces hay unas bailarinas excelentes que no tienen compañeros porque los hombres al saber que son menos, bailan con esta, con esta y con esta. Y obvio que hay una cuestión económica, con la que no me meto ni opino.

E: También tiene que ver con una cuestión de trabajo de pareja que no es fácil. Hoy estamos tan acostumbrados (la sociedad) a que, en cuanto se puso un poquito difícil: “Chau, chau, nos vemos”.

«…Si a uno le cuesta coincidir con una pareja de vida, esto es arte, y el arte es re difícil de coincidir, que lo que me guste a mí le guste al otro. Y me temo que hoy al menor chispazo, la gente deja a esa pareja y se va a trabajar con otro. Y sin decirle a nadie “bancátela” o no, creo que sí hay que saber que para construir una pareja hay que poder pasar por esas diferencias.»

Estefanía Gómez

Bueno esa es la impronta que marca todas las relaciones o vínculos en la actualidad. Al más mínimo problema se acusa al otro de “tóxico” y se recomienda “soltar”…

F: Y entonces yo me pregunto ¿Dónde está el compromiso?

El compromiso con qué, habría que añadir. De lo que ustedes están diciendo se deduce que es con la pareja de baile porque lo es con la danza, con el arte, y por consiguiente con ustedes mismos. Es un compromiso con la pareja de baile porque esa es la forma que ustedes entendieron que pueden dar lo mejor de sí como artistas. De esto se trata dejarse guiar por una ética orientada por el deseo. O sea, tomar decisiones en función de lo que más se acerca a lo que uno desea devenir.

E: Efectivamente. Son decisiones y yo no soy quien para juzgar a nadie. Pero yo creo que no hay una pareja que esté más de 6 y 7 años juntos que lo haya hecho sin ninguna pelea, sin ninguna discusión. Si a uno le cuesta coincidir con una pareja de vida, esto es arte, y el arte es re difícil de coincidir, que lo que me guste a mí le guste al otro. Y me temo que hoy al menor chispazo, la gente deja a esa pareja y se va a trabajar con otro. Y sin decirle a nadie “bancátela” o no, creo que sí que hay que saber que para construir una pareja hay que poder pasar por esas diferencias.

Mi impresión es, sin la experiencia de formar una pareja de baile aunque sí la de intentar llegar al “máximo” de una expresión, que sin ese esfuerzo uno se pierde alcanzar una especie de “destilado” de su arte. Una especie de arte “depurado” de lo que no realiza el deseo que lo impulsa.

F: Totalmente, y por eso, repito: “Me da pena” ver pulular a bailarines entre bailarinas. Ahora, como dijo Estefy, no soy juez de nadie, ni le estoy pidiendo a nadie que se aguante a nadie, ni las ínfulas de nadie, ni el ego del otro. Para mí el compromiso consiste en poner las energías y las ganas necesarias para trabajar con el otro.

Flavia Mercier con Estefanía Gómez y Fernando Rodríguez después de asistir a su función en «Piazzolla Tango», tras la entrevista.

¿Qué perdieron en el camino? Si lo quieren contar.

F: Sí, miles de momento con mi papá, mi mamá, mi hermano, mi sobrino. No sé por qué está de moda ahora que cuando les pregunta a los famosos si se arrepienten de algo, contestan “no”. Y yo digo “¡la puta madre, qué vida tan perfecta!”. Yo sí me arrepiento enormemente de esos momentos perdidos, sobre todo con mi papá que ya no está conmigo, o con mi sobrino que ya no está conmigo

También está de moda decir “para ganar, uno tiene que perder”. Tal vez con la danza yo gané muchísimos buenos momentos, pero perdí tantísimos otros con mi familia. Sé que es una elección y no es que me arrepienta, pero si me duelen enormemente.

¿Y vos Estefy?

E: Siento parecido a lo que dijo Fer, pero siento también que son elecciones. Así que, la verdad, no siento que me arrepienta de nada.

F: Somos un poco mártires los artistas ¿viste? (risas)

Flavia Mercier con Fernando Rodríguez y Estefanía Gómez en «Piazzolla tango».

¿Quieren decir algo más para terminar? ¿Les quedó alguien por nombrar?

E: La verdad Fla es que yo siento que recién empiezo. Y cuando empecé a formarme simplemente fui a todas las clases que pude. Clase que había, clase que iba.

F: Mirá, salvo algunos nombres que en la charla se nos escaparon, yo al menos prefiero no nombrar a nadie, porque tampoco sé si esa persona quiere que la nombre y me da mucho miedo olvidarme de alguien. Lo que te puedo decir es que del maestro que más aprendí y que más admiro fue Roberto Herrera; y que mis primeros pasos me los enseñó Oscar Bacigaluppi.

Bueno, muchísimas gracias a ambos, ha sido un placer aprender de ustedes y con ustedes de su arte y su camino para realizarlo.

Tras toda una vida dedicada a la danza al haber dado los primeros pasos de baile casi al mismo tiempo que los primeros pasos en la vida, Fernando Rodríguez concluye que el único secreto para permanecer más de 20 años en la escena tanguera es trabajar. Junto a Estefanía Rodríguez platean el ensayo como forma de experimentación y exploración que les permite arribar a aquello que mejor expresa la música y su sentir artístico, y, en este sentido, también les permite descubrir su estilo de baile. Se desprende así la idea de que el estilo es una suerte de destilado. Impulsado por la potencia de un deseo se llegaría a las fronteras del propio mundo de posibilidades, que decantan en un estilo cual cadena de decisiones.

Estefanía añade que para hacer ese viaje eligen tomar la vía interpretativa. Se adentran así en los meandros del curso afectivo que dibuja la música sobre su bitácora de afectos, hasta que sobre la misma se perfila una escena. Por eso la coreografía se ve distinta según la pareja que la realiza, como explica Estefanía. Tal como dice, en la danza el movimiento expresa lo interpretativo, sin esa brújula estaríamos reduciéndola a una mera secuencia de movimientos por muy espectaculares que sean.

La danza – y el arte, en general- desprovista de aquello que jalona el alma del espectador, se reduce a pura exhibición, puro espectáculo. En el imperio del “me gusta” se torna imperioso ofrecer lo que puede agradar e, incluso, satisfacer. Pero el hechizo se produce cuando la obra de arte se engancha al alma de quien la contempla y lo invita a “de-morarse”. Porque ese “más allá” de lo evidente e inmediato que persigue el arte, suele atraparse en un después, en un silencio, cerrando los ojos, en tanto hace eco en la interioridad. Cuando la estética apunta al acontecimiento y no al impacto, el espectador puede quedar embelesado por efecto de la belleza que desprende la obra. Ahí está ese imán del que hablábamos con Fernando y Estefanía.

El problema es que la seña de identidad de la época -como bien señala Byung-Chul Han- es lo pulido, aquello que desliza fácilmente sin oponer ningún obstáculo ni reparo. Esto conlleva a una depreciación del obstáculo desestimando su función como lo que puede evitar el pasar de largo, sin afectarse, porque justamente la sobrevaloración de lo pulido persigue la no resistencia. Bajo la tiranía del “like”, el “objeto” de arte tiende a desprenderse de lo que puede hacer “objeción” como lo que puede ofrecer una resistencia y un punto de ruptura a “las modas”. A la vez, persigue producir efecto más que afecto. En definitiva, cuando el arte rinde vasallaje al dedo pulgar, la obra queda expuesta al riesgo de transformarse en un mero objeto de consumo. La encrucijada es cómo sostener una apuesta artística en este mundo que se rige por baremos que tan contrarios a la misma…

Flavia Mercier

Entrevista a Ricardo Astrada: “Yo cumplí sueños soñados y no soñados, y ahora voy a por el que me falta.”

Con 30 años en la danza y en el tango, Ricardo Astrada se consagró ayer como Campeón mundial de tango escenario junto a Contanza Vieyto. Este premio viene a sumarse a una gran trayectoria profesional que recibió su primera distinción bajo el cielo de Cosquín en el 2001 cuando se proclamó Campeón de tango y Revelación. Desde entonces, Ricardo fue parte y figura del elenco de grandes compañías como “Solo Tango El Show” o “Forever Tango”, o de grandes casas de tango como “Esquina Carlos Gardel”, “Café de los Angelitos”, “Rojo Tango” (Hotel Faena). Compartió escena con artistas de la talla de Juanjo Domínguez, María Graña, Rubén Juárez, o Virginia Luque. Tomó clases con Mingo Pugliese, el Pibe Avellaneda, Teté Rusconi y Firpo Y con toda esa trayectoria, Ricardo Astrada sigue buscando nuevos desafíos y respeta tanto a sus maestros y colegas que siente pudor al hablar de sus propios logros. Ricardo Astrada suda pasión por el tango, por la danza y por el escenario, y eso se siente en cada palabra que dijo en esta entrevista.

Ricardo Astrada con Constanza Vieyto, campeones mundiales de tango escenario 2022. Fotografía de Federico Paleo Ph.

¿Cómo empezó toda esta aventura con el tango?

Mi abuela me contó que cuando yo era bebé, ella me ponía unos discos de vinilo para calmarme: tango, folklore, pasodoble… “Así te dormías, hijo”, me decía. De verdad se puede decir que esto es “de cuna.”

También mi abuelo fue una gran influencia, él amaba el tango y el folclore. Amaba nuestra música. Me acuerdo que mientras se afeitaba, me silbaba “El llorón”. Él me enseñó a zapatear un poco. Con el tiempo, dejé el folclore porque sentía que me podía expresar mejor en una pareja de tango. Tampoco era muy bueno en folklore.

Todo lo mamé. Es de cuna y de sangre. En mi casa siempre se bailó y se cantó. Siempre hubo reuniones grandes, guitarreadas, baile, canto… Desde que tengo uso de razón me gusta cantar -lo hago por hobby-, pero lo que más me apasiona es bailar.

¿Cuándo considerás que empezaste a tener una carrera?

El salto lo pegué cuando gané Cosquín y después me nombran revelación. No me lo esperaba, había muy buenas parejas. Cuando llegué, lo primero que hice fue ir a la iglesia que estaba enfrente de la plaza Próspero Molina, me arrodillé y dije: “Necesito que me des una mano, necesito ganar, necesito salir adelante.” Yo iba sin un mango, para viajar habíamos vendido rifas, pastafloras… ¡de todo! Todavía me acuerdo cuando anunciaron la pareja ganadora y todos los folcloristas amigos se me tiraron encima. Fue una alegría enorme, nunca me podía haber imaginado algo así.

Bailar en Cosquín es algo único, están todos los duendes arriba del escenario. Es el día de hoy que cuando hablo de eso me emociono. Me tocó salir a bailar después de que cantara Jairo. Un silencio total. Y cuando terminé de bailar me sentí como cuando salen los equipos de fútbol a la cancha. Una explosión en el público que me levantó de una forma que no te puedo explicar. Me acuerdo todavía de ese público que no he vuelto a encontrar en ninguna otra parte del mundo. Fue grandioso. Después de ganar, me fui, no me quedé a esperar los otros premios, pero, antes de irme, todos los ganadores bailábamos en la Plaza de las Carretas. Bailé el tema con el que había ganado, la milonga “Orillera”; y la gente, no sé qué pasaba, estaba enloquecida con nosotros y pedía ¡otra, otra, otra!. Entonces se me acerca por detrás un hombre en silla de ruedas y me dice en el oído: “Pibe, vos vas a ser revelación de Cosquín.” Y yo le digo: “No maestro, no lo creo” (con tono de incredulidad).  Y me dice: “Yo conozco Cosquín, me crié acá dentro.” Esa persona era Tonio Rearte. No convencido de eso, me volví a Pergamino, y en pocas horas me llaman que teníamos que ir a Cultura (Secretaría de…) a recoger el diploma de “Revelación”. Ahí empezó la magia.

Fotografía de Federico Paleo Ph.

¿Y después? ¿Cómo llegás a Buenos Aires?

Mi primer show, de verdad, en serio, fue un espectáculo que se llamaba “Pasiones Argentinas”. De Pergamino directo a calle Corrientes, al “Lola Membrives”. Aunque quien me descubrió, fue Dolores De Amo, en la “Esquina Carlos Gardel. Esa Esquina, única. Ahí, sí que entré por la puerta grande, al poco tiempo me ofrecen ser parte de “Solo Tango (El Show)”, y en seguida nos vamos de gira. La verdad es que se extraña una casa de tango como esa, buenos bailarines, excelentes músicos y cantantes, el mejor vestuario. Se extraña mucho a los compañeros, aprendí de todos ellos. El Negro Copello, Jesús Velázquez, Romina Levin, Silvana Allievi, Julio Altez, Carolina García, “Chimichurri” (Jorge Pahl), Daniel Juárez con Alejandra Armenti, César Coelho con Gabriela Amalfitani, “Panchito” Martínez Pey, Verónica Gardella, Marcelo Bernadaz, Roberto Minondi, Roxana Fontán, Inés y Mauricio Celis, Silvina Pino, Sergio Cortazzo,  Néstor Basurto, Soledad Rivero y los Ortega, Sandra y Gabriel. Aunque con algunos de ellos compartí poco tiempo en la “Esquina”, los admiro a cada uno. 

Todos me enseñaron mucho. Me acuerdo que al salir me iba con Jesús Velázquez a tomar una latita de cerveza en un kiosquito -cuando el Abasto no era como es ahora-, y él me decía: “andá por acá, andá por allá”. O cuando estrené en “Solo Tango”, estaba re nervioso y viene el Negro Copello y por atrás me da una palmada y me dice: “Ahora andá y pelá todo lo que sabés”. Después en “Rojo Tango” (Hotel Faena), y en el “Café de los Angelitos” me encontré con muchos de ellos y otros artistas fabulosos también que, con una sana competencia, me obligaron a ponerme las pilas, a crecer, y a trabajar, a trabajar, a trabajar…

«¿Sabés las veces que no comí y me fui a tomar una clase? ¡En esa época estábamos flacos porque pasábamos hambre! (risas).» «…Cuando llegué a Buenos Aires no conocía a nadie y no tenía dónde vivir (…) viajaba mucho a Pergamino porque no me acostumbraba a la ciudad. Mi casa fue siempre una mesa larga donde los sábados se amasa, se hace comida casera. Y yo me veía solo, comiendo solo. Me faltaba la terapia que hacía con mi mamá. Mi vieja siempre fue mi amiga, mi psicóloga, mi todo. Pero un día, aunque parezca loco, me paré delante del Obelisco, y mirándolo dije: “Vos sos más grande que yo, pero vos no vas a poder conmigo, yo te voy a conquistar.”

¿Cuál fue el motor de tu carrera? ¿Qué te impulsó a cambiar de show?

Las ganas de seguir creciendo. Encontrar bailarines que, en una competencia sana, me aportaban y me obligaban a seguir aprendiendo. Esa gente me hizo dar cuenta -perdón por decirlo así- que “yo estaba para más”.

¿Por qué perdón?

Por respeto, yo tengo mucho respeto por todo y hacia mis colegas. No soy un tipo creído ni me meto a criticar a nadie, todo lo vuelco en el escenario.

Por eso a mí me gustan los directores que te exprimen. Por ejemplo, Luis Bravo que hizo crecer a muchos bailarines que no tenían experiencia previa. ¿Sabés por qué? Porque te hace esto (gira la mano como ajustando o exprimiendo): le da rosca, le da rosca, le da rosca, … y saca lo mejor de vos. También Silvia y Guillermo (Grynt y Salvat), aunque con un estilo distinto, preguntándome, “Richard ¿te animás a hacer esto?” De alguna manera ellos elevaron mi baile, me hicieron descubrir cosas nuevas.

Ricardo Astrada con Karina Piazza.

¿El motor es, entonces, el desafío?

¡Sí!, me encantan los desafíos. Una vez en “Tango a tierra”, Guillermo (Salvat) nos pone a todos los varones en el escenario y se para delante con una escoba, medio en plan de joda. Estábamos con Ramiro Izurieta y Leandro Gómez, y dice: “A ver, ¿quién se anima a hacer un baile con una escoba? Un paso al frente”. Y yo me mandé. Después me puse a pensar ¿Qué voy a hacer con una escoba? Empecé a jugar, lo busqué por un lado, por otro, él me iba haciendo sugerencias. ¿Sabés dónde finalmente estrené el baile con la escoba? En el Canecão de Brasil (Río de Janeiro). Es como el Luna Park. Estaba hasta las manos, un silencio…, y cuando terminé de bailar, se vino abajo. Me acuerdo de Guillermo Salvat y Roberto Minondi abrazándome que no lo podían creer. ¡Yo tampoco lo podía creer! Esos desafíos me gustan.

Otro ejemplo. Cuando estaba bailando con mi compañera Silvina Pino en “Solo Tango” (El show) y nos vinieron a buscar Sandra y Gabriel Ortega para ir al Faena, donde estaban como directores de “Rojo Tango”. Ellos buscaban una pareja rotativa, para los francos y demás. ¡Era dejar “Solo Tango” para ser una pareja rotativa! Y bueno, nos fuimos, y terminamos quedando titulares y ya pasaron 16 años que estoy trabajando con ellos. Incluso ellos con Antonio también me llevaron al “Café de los Angelitos”. 

Sinceramente, nunca me acomodé. Me animé siempre a hacer montones de cosas, porque siempre fui muy curioso. Bailé folclore, árabe, danzas caribeñas, forró, danza con cuchillos, … Todo eso lo voy a volcar ahora en los nuevos shows.

Contame un poco de los nuevos shows.

Cuando llegó la pandemia me agarró armando “Evergreen Tango”. Es un show que tengo hace tiempo, con mi amiga y representante, Sandra Lomanto. Se llama Evergreen porque para mí el tango siempre está verde, la música siempre se está renovando, siempre hay nuevos talentos, los pibes siempre están inventando y fusionando cosas. Son cuadros inconexos, aunque de alguna manera conectados entre sí. Hay un cuadro de folclore inspirado en mi familia, en mi casa. Serán unas 22 personas en escena. Tendrá música original del maestro Villarejo y de Rubén Jurado.

Y el otro proyecto es “Alto Tango. Va a ser un show en un formato más reducido -10 personas en escena-, para que se pueda presentar no sólo en teatros sino también en la milonga. Pocos, pero buenos, como decía Virulazo. Está el maestro Simón en el piano, folclorista y pianista de “Forever Tango”. Con el chelo el maestro Villarejo que fue el chelista de Osvaldo Pugliese, y es arreglador, compositor y director. El maestro Leopoldo Deza en la flauta traversa, saxofón y teclado; Nicolás Zacarías, contrabajista; Marco Fernández en el bandoneón; y Rubén Jurado como director. Ellos serán también la orquesta de “Evergreen Tango”. En la voz Valeria Tomasini y mi hermano, Javier Astrada, cantor de tango y folclore con experiencia desde los 5 años. Y finalmente, mi compañera, Karina Piazza, una de las mejores bailarinas de todos los tiempos, una intérprete increíble de nuestra música, ¡Si es capaz de bailar conmigo, baila con cualquiera! (risas). Un privilegio bailar con ella. La idea es hacer música para la milonga. Vamos a hacer mucho Troilo, Di Sarli, Pugliese. Tangos más románticos. Y también folclore, chacareras y zambas, para que baile la gente.

«Yo extraño escuchar también a un Rubén Juárez -con quien tuve la suerte de trabajar un tiempo- solo en el escenario con su bandoneón. O a Marconi con el Polaco Goyeneche solos, los dos. O a Luis Cadei. Ya no se ven esas actuaciones en los shows. Está bien la fiesta, pero pará un poco. Cántame también algo que me llegue al corazón, que me erice la piel. Falta ese resonar del tango.»

Pareciera un volver a lo esencial, despejado de excesos, captando la mirada del espectador en los detalles, esos que son esenciales. Parece un “parar la pelota”.

Sí, tal cual. Los tiempos cambian, aparecen modas. Hoy, acá (Buenos Aires) está de moda un tipo de show que rompe con lo tradicional. Lo respeto, me gustan esos shows también -cuando están bien hechos-; pero yo quiero volver a un tango tradicional, con una pareja tradicional, bien milonguero, de pista, ese tango que ya no se ve tanto.

Quizás el desafío ahora es volver a lo tradicional.

Quizás. Vengo a ofrecer algo diferente a lo que se ve. Va a haber baile, por supuesto, aunque no como en esos shows que sólo se ve baile, baile y baile. Yo extraño escuchar también a un Rubén Juárez -con quien tuve la suerte de trabajar un tiempo- solo en el escenario con su bandoneón. O a Marconi con el Polaco Goyeneche solos, los dos. O a Luis Cadei. Ya no se ven esas actuaciones en los shows. Está bien la fiesta, pero pará un poco. Cántame también algo que me llegue al corazón, que me erice la piel. Falta ese resonar del tango.

¿Cómo ves el tango escenario hoy?

Hay que estudiar más. Hay que escuchar más música. Todos. Los que bailan, los músicos. No digo que vengan a hacer clases conmigo, pero hay gente con mucha experiencia. Los pibes ahora sólo toman clases con unos bailarines que están de moda. Y arranca el mundial y los ves parados en el medio del escenario -y el escenario tiene unos cuantos metros, ¿viste?-; y “pa, pa, pa, pa” (haciendo gestos bruscos y rápidos con los brazos), todos iguales, siguiendo a esos bailarines de moda.

A veces vienen y te preguntan “¿me enseñas cómo hacer una sentada?”, “¿me enseñás cómo hacer un…lo que sea?” ¡¿Qué querés hacer si todavía no aprendiste a caminar?! ¡Aprendé a caminar bien, primero!

¿Y la música? se pueden hacer tantas cosas en función de la música. No hay un encuentro, no hay un desarrollo musical, van tan a mil que se les pincha el final. Podés pensar la “coreo” desde un personaje para que la “coreo” sea un poco más real… Por ejemplo, la de Estefanía Gómez y Fernando Rodríguez cuando salieron campeones se las “re” creí. Apenas se presentaron, del primer día al último día, dije: “Ya está, gana esta gente”. Otro ejemplo: Emmanuel y Yanina (Casal y Musyka), los últimos campeones de tango escenario. Tenemos estilos y formas de pensar distintos, pero está tan bien logrado, tan bien ensayado y ajustado, que es merecido el campeonato. Los chicos hicieron una apuesta, te puedo gustar más o menos, pero eso es el tango escenario, con lo cual es merecido. O (Hugo) Mastrolorenzo y Agustina (Vignou). Una vez le pregunté ¿Por qué el globo? Y me explicó toda una historia que tiene que ver con su propia historia. No importa la historia que me contó, lo que importa es que le crees lo que está haciendo. Eso es tango escenario.

Ricardo Astrada con Victoria Galoto.

«Hay que estudiar más. Hay que escuchar más música. Todos. Los que bailan, los músicos. No digo que vengan a hacer clases conmigo, pero hay gente con mucha experiencia. Los pibes ahora sólo toman clases con unos bailarines que están de moda. Y arranca el mundial y los ves parados en el medio del escenario -y el escenario tiene unos cuantos metros, ¿viste?-; y “pa, pa, pa, pa” (haciendo gestos bruscos y rápidos con los brazos), todos iguales, siguiendo a esos bailarines de moda. A veces vienen y te preguntan “¿me enseñas cómo hacer una sentada?”, “¿me enseñás cómo hacer un…lo que sea?” ¡¿Qué querés hacer si todavía no aprendiste a caminar?! ¡Aprendé a caminar bien, primero! ¿Y la música? se pueden hacer tantas cosas en función de la música. No hay un encuentro, no hay un desarrollo musical, van tan a mil que se les pincha el final. Podés pensar la “coreo” desde un personaje para que la “coreo” sea un poco más real…»

¿Y vos, que ibas a buscar de un profesor? ¿O qué seguís yendo a buscar?

La esencia. La esencia del tango, sea en la pista, sea en el escenario. Porque al tango yo lo tomo prestado para ir al escenario. Por eso lo respeto. Por ejemplo: ¿Cuánto hace que no ves a una pareja de baile que haga un lápiz o un enrosque? Ya no se hacen enrosques. Hay un montón de cosas que ya no se hacen. Son todos ochos cortados, patadas en la nuca, en la oreja, gancho, … si les gusta a los que lo hacen, está bien. A mí no me gusta. Para mí, si respetás el tango, lo primero que hay que aprender es su raíz, de qué se trata, qué es.

¿Quiénes fueron tus maestros?

Mis primeros maestros fueron Daniel Idroggino y Oscar Bacigalupi. Adrián Aragón y Erica Boglio me dieron una buena base. También tomé muchas clases con los viejos milongueros. Quiero destacar a Mingo Pugliese. Esos milongueros de antes tenían otra forma de enseñar y explicar. Mingo Pugliese te hacía hacer lo mismo con la derecha que con la izquierda, una sacada para un lado y después para el otro. Eso ya no se ve, porque ya no se enseña. También tomé algunas clases con el Pibe Avellaneda, Teté (Rusconi), Adán Peralta y Firpo. Tuve la suerte de tomar alguna clase con Osvaldo y con Miguel Zotto. Con Sandra Bootz y Gabriel Ortega, que hoy son mis amigos y directores de las casas de tango donde trabajo, también fueron mis maestros en mis comienzos. Julio Altez y Carolina García me ayudaron mucho también. Riky Barrios. Ellos fueron mi modelo. El Chimi (Jorge Pahl), cómo se para en el escenario, esa fuerza, esa polenta.

Ricardo Astrada con Constanza Vieyto. Fotografía de Federico Paleo Ph.

¿Y cuál sería esa raíz, esa esencia?

Lo primero es aprender lo básico, porque de lo básico viene todo lo demás. Como para toda disciplina, primero hay una base. Hay que aprender a caminarlo. También, según mi forma y mi estudio, la cadera bien paralela al piso, un baile más lineal. Todo eso te permite que se vea más elegante. Después si vos hacés cositas con los pies, está bien. Chuchería, verdura. Todo bien, pero primero la base.

¿Se puede decir que al tango le está faltando “potrero”?

Sí, sí (con énfasis). El tango, para mí, es barro. Y tiene mucho rock and roll también. No es solamente pasos, no es un duelo de piernas, a ver quién mete más ganchos. Hay que tomar clases con gente que tiene experiencia, que te expliquen el sentido de cada movimiento y por qué. Gente que sabe cuáles son los puntos fuertes del escenario, cuáles son los puntos débiles. Me da bronca. Me pregunto por qué la gente no toma clases. Si te gusta bailar tango, ¡hacelo bien!

Te pueden responder: “porque la cosa está muy mal, no hay plata para clases”.

Siempre hay opciones. Por ejemplo, en Tigre estoy dando clases gratis, contratado por el municipio. En Capital hay también. O clases grupales muy baratas. Siempre hay opciones. Yo no comía a veces ¿Sabés las veces que no comí y me fui a tomar una clase? ¡En esa época estábamos flacos porque pasábamos hambre! (risas). Pero yo quería superarme. Mi familia me daba todo su apoyo y amor incondicional, pero no era una familia adinerada que me pudiera bancar, era una familia trabajadora, numerosa. A los 13 años yo ya vendía diarios en la calle. Comprarme un par de zapatos de tango de charol, era muy duro. Cuando llegué a Buenos Aires no conocía a nadie y no tenía dónde vivir. Gracias a Sandra Bootz y Gabriel Ortega encontré un hostal, pero viajaba mucho a Pergamino porque no me acostumbraba a la ciudad. Mi casa fue siempre una mesa larga donde los sábados se amasa, se hace comida casera. Y yo me veía solo, comiendo solo. Me faltaba la terapia que hacía con mi mamá. Mi vieja siempre fue mi amiga, mi psicóloga, mi todo. Pero un día, aunque parezca loco, me paré delante del Obelisco, y mirándolo dije: “Vos sos más grande que yo, pero vos no vas a poder conmigo, yo te voy a conquistar.”

Fotografía de Federico Paleo Ph.

«….al tango yo lo tomo prestado para ir al escenario. Por eso lo respeto (…) Para mí, si respetás el tango, lo primero que hay que aprender es su raíz, de qué se trata, qué es.»

Y después de tantos sacrificios, viene la pandemia ¿Cómo lo pasaste?

Dentro de todo bien, porque pude dar algunas clases y charlas por videoconferencias, Pero no fue fácil para el artista bajarse del escenario y encontrarse con que de repente no hay más nada. Es nuestra forma de vida, nuestra forma de conectar con el mundo. Fue bastante duro. Mucha amargura. Tantos años uno trabajando y ahora no saber cómo volver a empezar. Tuve días terribles, días pésimos, días que lloré muchísimo, lo solté todo. Tenía que soltar. La vida me había llevado a endurecerme mucho para sobrevivir y para poder pasar esto bien, tuve que soltar todo. De verdad que la tuve que pelear toda, pero siempre luché por mis sueños, siempre fui para adelante porque sabía dónde quería llegar, porque sabía lo que quería. Y la sigo peleando, porque quiero cumplir sueños todavía. Yo cumplí sueños soñados y sueños no soñados, y ahora voy a por el que me falta.

¿Sueños no soñados? ¿Por ejemplo?

Varios de los espectáculos de los que me llamaron nunca imaginé que me iban a llamar. “Tango Metrópolis, por ejemplo. Que Luis (Bravo) me llamara durante varias temporadas y que me haya dado el papel principal. Estar en calle Corrientes cinco meses con Andrea Ghidone. Nunca me imaginé que iba a recorrer el mundo bailando.

Fotografía de Federico Paleo Ph.

«De verdad que la tuve que pelear toda, pero siempre luché por mis sueños, siempre fui para adelante porque sabía dónde quería llegar, porque sabía lo que quería. Y la sigo peleando, porque quiero cumplir sueños todavía. Yo cumplí sueños soñados y sueños no soñados, y ahora voy a por el que me falta.»

¿Soñabas cuando eras pibe que ibas a vivir de la danza?

Siempre. Siempre creí que todo era posible. Siempre creí que podía llegar a hacer buenas cosas y a cumplir mis sueños. Sueños soñados y sueños no soñados también, como te dije. Hubieron muchas cosas que me sorprendieron desde aquel momento en que yo me asomé por primera vez a una aula de baile y sentí cierta vergüenza cuando me dijeron: “pasá, sentate”. Como un hormigueo en mi estómago. Me acuerdo que el maestro me dijo: “¿Te animás?” y yo dije que sí, sin dudarlo. Y me preguntó: “¿Cómo te resulta?” “Fácil”, dije, y no me resultaba “tan” fácil. Pero bueno, así fui siempre.

Y qué otras imágenes de tu carrera vienen ahora a tu memoria.

Tengo imágenes muy fuertes. Cosquín, que ya te la conté. Rubén Juárez. Cuando gané Cosquín me invitaron a bailar con él tocando. ¡Imaginate! Eso fue un golazo de media cancha. Y después, trabajando con él, escucharlo cantar Malena. Nunca más escuché a nadie cantar así Malena. Otra fue cuando tuve la suerte y el honor de conocer al creador de “Orillera”, la milonga con la que gané Cosquín y que se convirtió casi en una cábala para mí. Oscar Bassil. Estuve una temporada larga trabajando con él. Una temporada que vi mi nombre en el cartel junto al del Negro Copello y María Graña. No lo podía creer, le sacaba fotos al cartel y se lo mandaba a mi vieja.“Subirla” muchas noches a Virginia Luque al escenario del “Viejo Almacén”. Ahí aprendí lo que era la interpretación. Ella llegaba, yo la acompañaba al subir, ella buscaba una copa de champán que tenía arriba del escenario, la tomaba, miraba al público, respiraba un silencio, y comenzaba a recitar bajito: “Para ahogar hondas penas que tengo…”.  Y en el piano sonaban dos notas. Y cuando terminaba el recitado y se abría la orquesta…todavía se me pone la piel de gallina. Todo eso, ya no se ve más.

Flavia Mercier entrevistando a Ricardo Astrada.
Ricardo Astrada y Flavia Mercier durante la entrevista.

Entonces, las escenas inconexas de tu show, Evergreen Tango, ¿Son las postales de tu vida? ¿Las “capturas de pantalla” grabadas en tu memoria de esos momentos mágicos? ¿Sensaciones que dejaron marca en el cuerpo?

Sí, puede ser, porque de todo eso aprendí y todo eso es lo que quiero volcar en mi espectáculo. Siempre quiero dejarle algo al público, algo de mí. No me gusta que me digan: “¡Oh, qué pedazo de bailarín!”. Quiero que les guste lo que a mí me gusta, lo que les estoy brindando. No quiero reconocimientos. Yo quiero que la gente sienta eso mismo que yo siento, cuando escucho un tema interpretado por el Negro Juárez, o por el Polaco, o por Luis Cadei. Esos tipos traspasan, como se dice, la pantalla. Más allá de la voz, porque no es cuestión de cantar solamente, es cuestión de interpretar. Intérpretes quedan muy pocos.

Gracias Ricardo por compartirnos todas esas postales en esta entrevista.

¿Cómo se cumplen sueños “no soñados”? ¿Cómo algo que uno encuentra por azar se convierte en un sueño? Probablemente cuando previamente están las condiciones para hacerle lugar. Dice Ricardo Astrada que cumplió sueños soñados y no soñados, peleándola toda, pero siempre luchando por sus sueños, siempre avanzando, porque sabía lo que quería.

El artista tiene -a veces casi sin darse cuenta o sin dimensionar el trabajo que eso puede costar- un ajuste de su andar a su deseo. Es artista porque es lo que desea ser, lleva una vida de artista porque desea ser artista. Y cuando en las vueltas y recodos de la vida el azar presenta desvíos, bifurcaciones y encrucijadas, el deseo hace de brújula sobre qué es una oportunidad y que no. Y entonces lo azaroso se reconoce como hallazgo. Y así el artista va encontrando su camino

Otra instancia será la de la apuesta. ¿Con qué se está dispuesto a pagar para que el deseo tome cuerpo, para dejarse habitar por ese deseo? ¿Qué se está dispuesto a poner en juego para ganarse la vida como artista? ¿… para ganarse “una” vida? La apuesta implica una elección: esto sí, esto no, por aquí sí, por aquí no. No es la ilusión, no es creer ingenuamente dándose golpes, tropiezo, tras tropiezo. Es a lo que hay que decir que no para que haya un sí donde afirmarse. Es lo que se está dispuesto a arriesgar para seguir “haciendo camino”, como Ricardo Astrada cuando, tras 30 años de trayectoria, se la vuelve a jugar presentándose al Campeonato Mundial de Tango Escenario. Si hay algo para aprender de los artistas es cómo el vivir bajo la luz de un deseo, pagando el precio que éste vale, puede alumbrar una existencia que, a la vez que se va haciendo, construyendo, va rasguñando un más allá del sobrevivir cotidiano. Y la vida se transforma así en una puesta en obra que puede alojar sueños, incluso no soñados, porque no se sabe hasta donde puede desplegarse el deseo mientras se mantenga vivo, sin traicionarlo, o traicionarse.

Finalmente, como dice Ricardo, el tango siempre está vivo. El arte siempre está vivo, en tanto la obra trasciende a la persona del artista, por eso hablamos de los artistas que ya no están en tiempo presente. Su legado sigue vivo y los inmortaliza.

Flavia Mercier

Entrevista a Sergio Del Bono: “La milonga te da, con el tiempo, el barro que te espesa la sangre y te hace pegar los pies al suelo cuando bailás.»

Con más de 35 años de tango en las venas, Sergio Del Bono no toca de oído en la milonga. Para quien vivió el tango en todas sus facetas desde el bailarín profesional que se formó con grandes como Juan Carlos Copes, Todaro y Pepito Avellaneda, hasta el milonguero que se forjó en muchas noches de garufa, la milonga es un lugar sin el cual no puede vivir, y del que sin embargo se alejó durante muchos años. Una entrevista cargada de anécdotas de una riqueza enorme para los amantes del tango, pura historia tanguera que les invitamos a disfrutar.

Foto de portada gentileza de El Tío Cliff.

Sergio Del Bono y Andrea Castelli.

¿Cómo fue que llegaste al tango?

Llegué al tango de casualidad hace 35 años. Realmente llegué de pura casualidad, porque no tenía ninguna intención al respecto, yo sólo iba a visitar a un amigo de La Plata, tomarnos unos mates, como tantas veces, y él me dijo: “No puedo porque estoy yendo a tomar clases de tango”. Y acto seguido me dice “Por qué no te venís y mirás”. Y fui por curiosidad. Miré detrás de la puerta, me animé a entrar, y no salí nunca más.

Ahí arrancamos un grupo grande de bailarines en “La Casa del Tango” de La Plata entre los que estaban Fabián Salas, Sergio Cortazzo, Andrea Castelli, Andrea Guasardo y Diego Arizaga, y Fernando Álvarez. Hasta que un día fuimos a ver un espectáculo en Buenos Aires y vimos que el tango era mucho más que lo que teníamos en La Plata. En ese momento la movida del tango era muy chica, sobre todo en La Plata porque la movida siempre estuvo en Buenos Aires. Así que sacamos entradas para otro espectáculo, un show de Copes (Juan Carlos) en el que cantaba Goyeneche.

¡Ah, nadie! Entiendo que dijeran “hay algo más en el tango”.

¡Claro! ¿Viste? “Nosotros tenemos que aprender a bailar con este tipo”, dijimos. Una cosa maravillosa, inigualable, único. Así que lo esperamos a la salida del teatro y yo -siempre más caradura-, lo encaré y le dije “Nosotros queremos tomar clases con usted”. Y me dice: “No estoy dando clases porque hay que juntar una cantidad de gente”. “¿Cuánta gente necesita?”, le dije. “Cómo mínimo 12 parejas”. “Listo. Deme un contacto o algo o cómo hacemos” Me dio el número de teléfono de la casa y me dijo: “Cuando tenga las 12 parejas me llama” Tardé una semana en juntarlas. (risas)

¿Ya eran 12 parejas o saliste a buscarlas por la calle? (risas)

No, no. Empecé a hablar con todo el mundo. “¿No querés tomar clases con Copes?” “Sí, claro”. “Bueno, listo”. “Pero, ¿dónde?, ¿cuánto sale?” “No tengo la menor idea, hay que arrancar y después vemos” (risas). Así junté la gente. Después obviamente cuando él lo anunció se anotaron muchos más.

Ahí empezaron otros bailarines importantes a dar sus primeros pasos: Alejandra Mantiñán, Vanina Bilous con Alejandro Aquino, y un bailarín de folklore que se llamaba Carmona. Y fuimos todos los que ya veníamos del otro grupo (Sergio Cortazzo, Fabián Salas, Andrea Castelli, Andrea Guasardo, Diego Arizaga, y Fernando Álvarez).

Perfil bajo siempre lo tuyo. ¿No estaba también Guillermina Quiroga en ese grupo?

¿Querés que te cuente una anécdota?

Sí, dale.

En aquella época tomabas clases cinco meses y ya eras profesor. Ahora también, pero en aquella época más. Así fue que, con este grupo estábamos dando clases en “La Casa del Tango” de La Plata, y un día apareció una piba bajita y dijo: “Quiero aprender a bailar, yo soy bailarina clásica.” Se paraba siempre en primera y había que decirle todo el tiempo: “No, tenés que juntar los pies”. Le costaba un poco, tanto que en un momento nos miramos y dijimos: “Esta piba no va a aprender a bailar en su puta vida”. Esa piba se llama Guillermina Quiroga, una divina. Aprendió porque un día dijo: “Yo soy bailarina, mi objetivo es bailar. Yo nací para bailar”. Y empezó a ensayar, y a practicar y a practicar, y creció. ¡Cómo creció! Nos pasó el trapo a todos. Yo creo que actualmente si no es la mejor es una de las mejores bailarinas que existen, lejos.

«Es decir, cuando uno sube al escenario hay que hacer las cosas bien… Con la técnica precisa y el dolor de turno…»

¿Las clases con Copes eran en La Plata también?

No, esas clases él las daba en un lugar que se llamaba “Fama” en Marcelo T. de Alvear. Y ahí tengo una anécdota maravillosa que no me voy a olvidar nunca. En la esquina de este lugar había un bar donde nosotros íbamos a tomar algo cuando salíamos de las clases. Y cerca, muy cerca, alquilaban salas de ensayo. Una tarde cuando llegamos al bar estaba Goyeneche, “el Polaco”, con un grupo de amigos en una esquina. Era un bar muy chiquito. Nosotros nos fuimos arrimando, arrimando -yo dije: “yo esto no me lo pierdo”-, hasta que logramos sentarnos en su mesa. Después se fueron levantando y se fueron yendo uno a uno, hasta que quedamos “mano a mano”.

Mano a mano con el Polaco Goyeneche. ¡Qué momento!

¡Sí! Me quedé como dos horas sólo con él. Escuchándolo. ¡Te imaginás! ¿Qué le puedo contar yo? Lo tuve contándome anécdotas y cosas de su vida durante dos horas. ¡No me lo voy a olvidar nunca! ¡Fue algo maravilloso! (con énfasis).

¿Qué te contó? De lo que se pueda saber… (risas)

Y …la noche es difícil, la noche es difícil… (risas)

¿Te lo dijo él o lo decís vos?

Te lo digo yo, porque vi mucho y también lo he escuchado siempre de los viejos: “La noche es difícil, la noche es difícil…” Pero nada, son cosas que uno vio en el camino.

«…ninguna gran historia empezó con una ensalada y un agua mineral .»

¿De qué año estamos hablando? ¿Cuántos años tendría Goyeneche?  ¿Y qué podés contarnos de lo que charlaron?

Mirá esto sería en el ’87, él tendría 60 y pico. Ya tenía Parkinson… Era un tipo muy abierto que no se callaba lo que pensaba sobre el tango… y empezó a contar anécdotas. Lo que pasa es que escuchar una anécdota contada por él o por cualquier otro, la misma anécdota es diferente. Y escuchar la voz y verlo. ¡Maravilloso! No tengo palabras para explicártelo.

Sergio Del Bono y Andrea Castelli.

Y respecto a ese espectáculo de Copes en el que cantaba Goyeneche ¿qué fue lo que les llevó a decir: “tenemos que tomar clases con este tipo”?

Copes tenía algo muy particular que jamás se lo vi a nadie, y mirá que a esta altura tengo visto a unos cuantos. Copes nos decía “Si te agarran bailando descuidado, tiene que parecer una pose”. Es decir, que siempre tenés que estar bien parado bailando. Nunca tenés que estar desarmado. Él decía: “yo bailo y vos sacá la foto cuando quieras, yo siempre voy a estar bien parado”. Miralo en los videos, es una cosa perfecta, siempre. La manera en que está parado y cómo se mueve. En ningún momento se lo ve desarmarse, inclinarse, torcerse demás para hacer una figura. No hay otra persona que haga algo así. Eso me llamó la atención.

Sin que su postura fuese una “impostura”. “Respiraba tango”, diríamos

Exactamente. Y después, bueno, María Nieves …

¿Qué de María Nieves?

María Nieves es una cosa maravillosa. Debe ser la única bailarina que yo vi que sale al escenario y “te aplasta”. La ves salir y no hace falta que baile, te aplasta con la energía, con la presencia. Te quedás chiquitito en la butaca, la mirás y decís: ¡Guauuu!

Todo ese conjunto de cosas, son las que nos maravillaron.

Así como se dice de algunos artistas “que traspasan la pantalla”, se podría decir que ellos (Juan Carlos Copes y María Nieves) “traspasaban el escenario”.

Claro. Copes hablaba mucho del escenario. Yo tuve muchas charlas con él. Con el tiempo hicimos una amistad. Todos se fueron desparramando y yo quedé con sus clases hasta el final. Y él tenía un proyecto -que nunca llegó a ser- que era poner escuelas de Copes en todo el mundo, como había hecho Fred Astaire. Y en un momento me propuso que me ocupara de eso en La Plata. En todas esas charlas, él me enseñó mucho de escenario, mucho. Cómo salía al escenario, el respeto por el público, “la persona que está ahí sentada pagó para verte y si no pagó, dispone de su tiempo para verte”, decía. “Yo estudié clásico, y nunca bailé clásico”. “Yo estudié destreza y nunca hice destreza”. “Y también hice un curso de … -unas cosas que hacen en el circo y que ahora no recuerdo el nombre-… “y nunca hice circo”. “Todo está puesto acá en el tango.” Es decir, cuando uno sube al escenario hay que hacer las cosas bien.

“Con la técnica precisa y el dolor de turno…” uniendo la oposición que “reza” un escrito tuyo que leí por ahí…

Ponele. La verdad es que yo tuve la suerte de compartir muchas noches con mis mejores maestros en las que me enseñaron muchas cosas más allá de lo que se enseña en las clases. Me pasó con él ( Juan Carlos Copes), me pasó con Pepito Avellaneda, muchas noches, muchos cafés, …

Muchas noches de garufa…

¡Esooo! (risas) Muchos momentos en los que me enseñaron más allá de bailar. ¡Bah! También tiene que ver con el baile, todo incide. Era maravilloso lo que enseñaba esa gente. Era maravilloso porque además enseñaban sin saber lo que enseñaban.

Mirá, una vez hicieron un contrapunto de milonga entre Pepito Avellaneda y Gustavo Naveira. Terminaron de bailar, Gustavo vino a la mesa, se sienta y dice: “Este tipo no sabe lo que sabe”. Hoy hay una metodología, una técnica, porque hubo un estudio que hizo un grupo de bailarines. Entonces no era así, ellos lo sabían porque lo tenían adentro. Por ejemplo. Pepito Avellaneda. El tipo te decía “poné el pie así y vení”. Cero pedagogía, pero te abrazaba, te lo hacía, y vos entendías todo. Te explicaba todo con el cuerpo. Algunos se enojaban. “No nene, qué hacés nene, salí, salí”, Todaro, por ejemplo. Y eso que de todos creo que Todaro era el que mejor explicaba.

«…para subirse a un escenario hay que estudiar mucho. Hay muchos que lo hacen y aprenden la técnica necesaria para el escenario y van a la milonga para llenarse de tango. Y hay algunos que te dicen: “a mí no me interesa todo lo de la milonga, a mí sólo me interesa el escenario.” No creo que esté mal, cada uno… Tengo un conocido que piensa así. No tiene tango, pero el tipo es técnicamente perfecto, y baila. Le falta el alma, pero, en definitiva, cuando acá vienen los turistas sin saber nada, lamentablemente les alcanza con un poco de técnica y se encandilan con mucho revolear, luces, escenografía…, cosas que hacen más al típico show “for export” que a la esencia del tango.»

¿Llegaste a tomar clases con Todaro?

Sí. De hecho, a Pepito Avellaneda lo conocí por Todaro. Yo quería aprender milonga y Todaro me dijo “¡No! A mí no me jodas con milonga. Andá a verlo a Pepito Avellaneda al Café Max”. Y fui. Me acuerdo que pensé: “Y el gordo este, ¿qué puede bailar?”. ¡Cuándo lo vi bailar…! (risas)

Empezó a desparramar los caramelos por el suelo y te mató.

Exactamente. Un maestro maravilloso. Después hicimos una gran amistad. Se iba de viaje y yo me quedaba en la casa de él.

En definitiva, para subirse a un escenario hay que estudiar mucho. Hay muchos que lo hacen y aprenden la técnica necesaria para el escenario y van a la milonga para llenarse de tango. Y hay algunos que te dicen: “a mí no me interesa todo lo de la milonga, a mí sólo me interesa el escenario.” No creo que esté mal, cada uno… Tengo un conocido que piensa así. No tiene tango, pero el tipo es técnicamente perfecto, y baila. Le falta el alma (con énfasis), pero, en definitiva, cuando acá vienen los turistas sin saber nada, lamentablemente les alcanza con un poco de técnica y se encandilan con mucho revolear, luces, escenografía…, cosas que hacen más al típico show “for export” que a la esencia del tango.

¿Y cómo siguió tu recorrido después de esas clases con Copes?

Seguí tomando clases en Buenos Aires. Lo que pasa es que mi historia fue distinta, porque yo nunca dejé de trabajar. Yo trabajaba de noche en un mercado de flores que estaba en Corrientes y Acuña de Figueroa. Entraba a la 1 y laburaba hasta las 9-10 de la mañana. A esa hora me iba a La Plata, dormía un rato, y volvía a Buenos Aires a tomar clases. Una locura. Una locura que se hace a una determinada edad y con una determinada pasión. Así tomé clases con Todaro, con Pepito Avellaneda, y poco a poco empecé a participar de algunas cosas y me fui animando a trabajar como bailarín en la noche de San Telmo, en un par de lugares…

¿En cuáles?

Primero empecé a dar clases en “La Galería del Tango” de Gloria y Eduardo (Arquimbau), cuando recién abría “La Galería”. Yo iba a bailar todos los domingos indefectiblemente, y Eduardo me propuso que diera clases. Yo había tomado también algunas clases con él. Ahí ya me había separado de mi primera mujer, Graciela Ramos, con quien había aprendido a bailar y había hecho mis primeras presentaciones, así que daba clases solo. Hasta que conocí a Natalia (Silva) que fue después mi pareja de baile y de vida. Ella era alumna mía. La empecé a preparar mientras que, paralelamente, empecé a conocer gente y empezaron a salirme laburos que hice con Natalia. Después trabajé en “Bar Sur” -donde compartí escenario con Jorge Pahl y Analía Morales que en aquella época bailaban juntos y recién empezaban-, y en “A media luz”, que ya no existe más. Hice también algunas suplencias en “Michelangelo”. Y un día me agarró la locura y dije: “Vamos a España”. Año ’96. Y Natalia me dice: “¿Qué vamos a hacer?” “Mirá, yo no conozco nadie que haya ido y le haya ido mal. Vamos a bailar.” Y me fui sin conocer a nadie, sin preparar nada y sin saber qué iba a hacer. Y en el viaje a Barcelona nos pusimos a charlar con un pibe que nos dice “¿Conocés España, conocés Barcelona?” “No” “Bueno, tu vida va a transcurrir en Las Ramblas” (emblemático paseo de Barcelona conocido por sus puestos de floristas y por ser el espacio de la ciudad más concurrido por artistas callejeros).

Sergio Del Bono y Natalia Silva en el barrio gótico de Barcelona.
Sergio Del Bono y Natalia Silva en el barrio gótico de Barcelona.

Así que buscamos una pensión cerca y empezamos a trabajar haciendo gorra en Las Ramblas. A los dos o tres días, veo entre el público a Jorge Udrisard y a Andrea Ponzetti que ya estaban viviendo en Barcelona y bailando juntos. Yo lo conocía a él de “La Galería”, cuando daba clases con Lorena Ermocida después de mi clase. Y a la semana viene uno y me dice: “En la otra punta hay otra pareja de argentinos, también bailando”. Ahí conocí a Moira Castellano que estaba bailando con su compañero de aquella época, que hoy ya no baila. Y así se fue dando todo, de pura casualidad. Y nos fue ¡muy bien! (con énfasis). Fueron tres meses que pasó de todo. Trabajé muchísimo. Fui a trabajar a Mallorca y me fue muy bien también. Un día pasó un italiano y me llevó a Padua a dar clases. Y cuando se me vencieron los tres meses decidí volver a Argentina. Me acuerdo que Jorge Udrisard me dijo: “¿Y qué vas a hacer en Argentina?” “Me voy a convencer y vuelvo.” (risas) La verdad es que yo acá (Argentina) ya tenía a mis hijos, no era tan fácil irse.

¿Y qué pasó? ¿Te convenciste de quedarte en Argentina en lugar de volver a Europa?

Estaba el proyecto de volver (a Europa) para armar el “quiosquito” y entonces sucedió algo increíble. Una noche que se inundó todo San Telmo de cómo llovía, sólo pudimos llegar para la función Natalia y yo, el pianista y un cantante. Y llega una pareja para ver el show. Empapados, casi arrastrándose por el agua. Preguntamos qué hacíamos y la dueña de “A media luz” nos dice: “si hay una pareja hay que hacer algo”. Salimos a bailar acompañados por el pianista, el cantante cantó un tema y cuando terminó esa primera entrada, la chica de la pareja nos dio 100 dólares a cada uno. Cuando entro a camarines, digo: “¡Muchachos, vamos a salir 10 veces más, por favor!” (risas). Hicimos tres entradas, y en cada una nos dio 100 dólares a cada uno, o sea, 300. Al final, la chica que era la que hablaba un poco de español, me pregunta si queríamos ir a Marbella hacer un show. “¡Sí! ¿Cómo no?” Promesas de esas había escuchado tantas. Pero me pide algo para estar en contacto y le regalo “El Tangauta” (revista de tango) donde Natalia y yo hacíamos publicidad de clases y le doy una tarjeta nuestra. Al mes, más o menos, estábamos en casa durmiendo y llama ella: “Perdón que no les pude llamar antes pero perdí tu tarjeta, gracias a que me diste la revista” “Bueno, ¿Quieren venir a hacer el show a Marbella? ¡Ojo, que yo los traigo hasta acá para que hagan sólo un show de 40 minutos!” Me pareció una locura, y ella me dijo que a ella también pero que quería que pasáramos el cachet y que ellos nos pagaban los pasajes. Me acuerdo que pasamos un cachet de 500 dólares por cabeza y nos pagaron exactamente el doble porque a ellos les parecía poco. Eran una pareja de multimillonarios que organizaban una fiesta muy importante una vez al año para la que traían a todos sus amigos del mundo y un espectáculo tradicional de un país diferente cada vez.

Sergio Del Bono y Natalia Silva en un bar sobre Las Ramblas de Barcelona.

El cantante y el pianista se volvieron y Natalia y yo nos quedamos. Ya me había ido con la idea de no volver. Habíamos pensado irnos a Alemania, pero era invierno, así que nos quedamos en Madrid. Trabajamos un tiempo en El Retiro (parque). Ahí conocí bien a Pablo Ojeda y Beatriz Romero después que fuimos un día con Moira (Castellano) a comer a su casa, ocasión en la que nos invitaron a Natalia y a mí a bailar en su milonga. Después fuimos a Valencia, hasta que un día “le erramos al cálculo” y Natalia quedó embarazada. Decidimos ir a Argentina a parir y volver a Europa después, pero la verdad es que a mí no me había gustado dejar a mis hijos. Cuando volví del primer viaje y me encontré con mis dos hijos mayores, los ví “grandes”, y sentí que me había perdido algo, que los había descuidado por dedicarme “a lo mío”. Y eso me dolió mucho por mucho tiempo. Y ahora con otro bebé, yo quería estar y dedicarles tiempo a los mayores. Con lo cual yo le dije a Natalia: “No, yo no quiero que me vuelva a pasar lo mismo, yo dejo de bailar y me quedo con mis hijos. Si vos querés ir, andá”. Pero no, ella dijo, “no, yo dejo de bailar también”.

Al poco tiempo nos separamos también como pareja, y entonces dejé de bailar totalmente y dejé de ir a la milonga. Estuve mucho tiempo muy dolido, peleado con el tango. Hasta que dije: ¿Qué hago yo fuera de esto, si esto fue mi vida? Todo lo bueno o malo que me pasó, me pasó ahí. Amores, desamores, amistades. Y empecé a acercarme de a poco a la milonga, pero desde otro lugar. Y empecé a sentirle el gustito. Porque cuando uno empieza a bailar uno se convierte en un “depredador” de baile que quiere ir a la milonga ¡a bailar, a bailar, a bailar! (acelerando el ritmo del discurso) Esa fue mi época de Almagro (mítica milonga del Club Almagro). Pero al dejar de bailar profesionalmente, me permitió que la gente se abra y comunicarme con los bailarines desde otro lugar, que me contaran cosas que entre ellos no se cuentan a pesar de que trabajan juntos hace 20 años. Y como yo soy muy respetuoso de la privacidad de todos, me llevo muy bien con todo el mundo. Entonces empecé a “respirar tango” de otra manera.

Digamos que valés más por lo que callás que por lo que hablás…

(risas) Sí, más o menos.

Flavia Mercier conversando con Sergio Del Bono en la milonga «Porteño y Bailarín» en el salón «El Beso» en Buenos Aires. Foto gentileza de El Tio Cliff.

¿Cuántos años estuviste sin ir a la milonga?

Unos seis o siete años.  Me costó mucho volver. Te voy a contar cómo fue el día que dije: “Bueno, voy a volver a la milonga”. Fui a “La Viruta”, bajé la escalera, llegué abajo y dije: ¿Qué carajo hago yo acá?” Porque desconocía el lugar. Y me fui a mi casa y lloré toda la noche. Fue mirar, hacer un paneo y sentir que “no conozco a nadie”. Claro, después de tanto tiempo desaparecido. Quizás si hubiera avanzado más hasta el fondo hubiera encontrado caras conocidas, pero no, me fui a mi casa. Me costó mucho volver, no pude hacerlo solo, necesité de amigos para ir.

¿Por qué tanta dificultad?

Una de las razones fue que cuando intenté bailar, sentí: «yo no sé bailar”. Sólo daba tres pasos, se me había borrado todo lo que tenía en la cabeza. “Soy un principiante. Me da vergüenza”, sentí. No disfrutaba el baile, lo sufría. Bailaba solamente con amigas, muy amigas, a las que pudiera contarles esto. Me costó un triunfo soltarme un poco y empezar a disfrutar del baile.

Eso no se olvida, pareciera que había un bloqueo. Algo que dolía quizás al entrar a la milonga. Quizás el artista estaba dolido. Porque si bien uno no se arrepiente de nada que haga por los hijos, uno además de padre es hombre y en tu caso artista.

Sí, creo que sí. Porque si bien es cierto que no me arrepiento -y todo el que tiene hijos sabe de lo que estoy hablando-, y hoy más que nunca sigo sin arrepentirme porque con mis hijos tengo una relación increíble; siempre me quedó como algo pendiente. Y llegar a disfrutar de todo eso, todo junto, de la relación con mis hijos y del baile, me llevó mucho tiempo. Y mucho se lo debo a amigos bailarines, a las amigas bailarinas que me han ayudado muchísimo, y especialmente, a Fabián Salas. Fabián es como mi hermano y un poco más, porque no es hermano de sangre sino hermano por elección. Un día me dijo: “Yo quiero que vos bailes. Así que yo te voy a dar clases”. Y, bueno, como él vive en Orlando, tomé clases con él por Zoom, con bailarinas que no tienen necesidad de ninguna clase, pero que lo hacían para darme una mano a mí. Con lo cual era como tener dos maestros, uno por Zoom y otro en persona. Y me solté muchísimo y hoy soy muy feliz de cómo bailo, disfruto del baile muchísimo. Hasta me considero un buen bailarín. Hoy mi artista está feliz. Pero me llevó mucho tiempo.

De todas esas noches en las que todavía te subías al escenario para bailar ¿Cuál fue la más especial que recordás? ¿O las más especiales sin son más de una?

La más especial que recuerdo fue una noche que yo iba a bailar (exhibición) en “La Galería del Tango” y cuando llegué me encontré con la sorpresa -en aquella época no había redes sociales y te enterabas muchas veces de las cosas así-, que estaba Goyeneche. O sea que él iba a cantar y yo a bailar. De entrada, me quedé duro y después fue algo maravilloso.

Yo te dije que me contaras la noche más especial y vos me salís contando que te cantó Goyeneche mientras vos bailabas ¡No podés!

Sergio Del Bono con Roberto, «el Polaco», Goyeneche tras la actuación de ambos en «La Galería del Tango.»

¿Y cómo en medio de tanto tango, aparece el “Stand up” en tu vida?

Bueno, también empecé a estudiar teatro. Yo creo que para el artista, si reprimís tu parte artística, dejás de ser vos. Yo creo que esto apareció en un momento que necesitaba sacar una parte artística.  Un día estaba en la milonga y me empezó a llamar la atención todas las cosas graciosas que había. Y pensé “con esto se podría escribir algo”. Y empecé a escribir y empecé a ver “estandaperos”. Y un día dije: “voy a tomar clase de esto”. Y ahí le empecé a dar forma a ese monólogo, aunque en realidad, nunca lo pude hacer, porque tiene muchos nombres propios y lugares particulares que sólo se entedería dentro del ambiente del tango. Lo iba a estrenar en la entrega de los premios Tango del 2020 que la pandemia no permitió que se hiciera. Algún día aparecerá de vuelta.

Es posible que también influyera la necesidad de subirme a un escenario. El escenario tiene una magia muy particular. Con el stand up y el teatro recuperé el escenario que perdí cuando dejé de bailar.

¿Cuál es esa magia?

No sé explicarte con palabras el placer que me da salir al escenario. Empezar a mirar a las personas y comunicarme y percibir con quién puedo conectarme mejor o con qué tema, y empezar a fluir con la energía de la gente, todo eso es una adrenalina que disfruto muchísimo.

Sergio Del Bono durante un «stand up».

Volviendo al tango. ¿Qué es la milonga? ¿Cómo la definirías?

Para mí la milonga, además de ser un fenómeno social, donde uno sociabiliza, encuentra amistades; es el lugar donde vos escuchás un tango de otra manera. La milonga tiene una energía por la que me siento diferente y cuando escucho determinados tangos, o determinada tanda, no me puedo quedar sentado. Y con algunos, me quiero quedar acá y escucharlos sentados. Es un lugar en el que hasta nos encontramos de otra manera. Porque yo me encuentro con bailarines en la calle y es otra cosa que cuando nos encontramos en la milonga.

La milonga te da, con el tiempo, el barro que te espesa la sangre y te hace pegar los pies al suelo cuando bailás.

¿Tiene que ver con la noche? ¿Con la nocturnidad de la noche?

Y sí… ninguna gran historia empezó con una ensalada y un agua mineral (risas).

Y además la milonga provoca una predisposición. Yo digo “voy a milonguear” y eso me provoca un estado que arranca desde que me voy a bañar. Cuando yo me visto ya pienso si voy a una milonga del centro o a un club de barrio. Todo eso para mí hace también a la milonga.

«La milonga te da, con el tiempo, el barro que te espesa la sangre y te hace pegar los pies al suelo cuando bailás.»

¿Ves mucha diferencia entre la milonga “de antes” y la “de ahora”?

Mirá hubo una evolución en el tango, en la música y si la hay en la música a la fuerza la hubo en la danza. Y aparte hubo una apertura que era necesaria. Cuando nosotros empezamos a bailar, ingresar “al tango” era tremendo (con voz grave y mucho énfasis). Viejos milongueros, dueños de todo, te cerraban la puerta y nos decían que éramos bailarines de escuelita y que el tango se aprendía en la milonga, que el tango era otra cosa. Ellos tuvieron que entender que si vos que sos el dueño del circo no me enseñás, me obligás a ir a una escuelita. Y si vos no me dejás entrar, el día que vos te mueras, el tango no existe más.

Y por eso vos mantenés esa puerta abierta.

Sí, claro. Y porque soy así en la vida, yo dejo entrar a todo el mundo. Puedo estar de acuerdo o no, pero festejo que cualquier movimiento exista, porque todo lo que está vivo, evoluciona. Si algo no tiene cambios, es porque está muerto. Y el tango está vivo porque tiene que ver con la vida de cada uno, y la gente está viva y le pasan cosas.

Hubo un cantante, no recuerdo quien, que explicó que cuando los autores escribían un tango, no era como pasa ahora que se dice “Che, tenemos que sacar este CD y nos faltan dos temas.” “Bueno, este fin de semana nos juntamos y lo hacemos.” No, los tipos escribían de lo que les pasaba en la vida. Por eso el tango es lo que es y nos llega tanto, porque es la vida misma.

Como todo clásico, desde los griegos hasta Shakespeare, los clásicos son tales porque son tragedias que le pueden pasar y le pasan a cualquier persona.

En definitiva, hay una revolución social que va más allá del tango y el tango no es ajeno. Todo lo que pasa en la vida cotidiana, pasa en el tango también. Y hay toda una movida de chicos que viene con otra propuesta y que es bienvenida, muy bienvenida. Además, ellos se abren, no es que te dejan afuera, porque tampoco son tontos. Y está bueno que nosotros dejemos que todo movimiento nuevo entre, y aprendamos y crezcamos. Y si no te gusta, no importa, todo suma. Además, creo sinceramente, que hay que hacer lugar para toda la gente que quiera entrar.

De der. a izq.: Sergio Del Bono, Fabián Salas, Mariano «Chicho» Frumboli y Gustavo Naveira, durante el festival CITA 2019, que organiza Fabián Salas.

El tango será popular o no será. Por cierto, siempre se dice que el tango es como una gran familia con la que siempre podés contar. ¿Es verdad eso o es puro cuento?

Es verdad, yo lo hice. Hemos hecho milongas solidarias, y la última que hicimos que fue la del Flaco Dany, ahí se ve que es de verdad. Porque, en realidad al Flaco ya no lo teníamos que ayudar, porque el Flaco ya se había muerto. La milonga se hizo para pagar los gastos de la internación porque la persona que lo ayudó se había endeudado. Y fue algo maravilloso, lo armamos en dos días, en una época del año difícil. Todos los que convoqué aceptaron de una, sin más. No sólo eso, sino que todos los bailarines que exhibieron pagaron la entrada. Llegó un momento que dejé de llamar a gente porque no podían exhibir 20 bailarines, porque era una milonga y la gente quiere bailar también. Ahí me di el gusto de hacer bailar a Gustavo Naveira con su hija (Ariadna Naveira). Yo creo que ese sentimiento existe y para que quede claro, cuando terminó todo lo dije: “Esto es para que quede claro, que en cualquier lugar del mundo, donde alguno de nuestra familia -porque esto es una gran familia- le pase algo, vamos a estar.”

¿Y en qué crees que se funda ese lazo o vínculo? ¿Cuándo o cómo se construye eso?

Eso se construye en las milongas. Porque tanto los bailarines, como los músicos, como los cantantes, una vez que exhiben, se sientan al lado tuyo y comparten toda la noche con vos. Es más, muchas veces los grandes bailarines salen a milonguear, no sólo a exhibir. Necesita disfrutar también de la milonga, y en ese punto pasan a ser uno más.

Para espesar la sangre…

Exacto. Grandes bailarines que sacan a bailar a personas que no son bailarines profesionales pero que “milonguean lindo” y ahí ellos disfrutan. Porque en la milonga somos todos iguales. Hay un documental que se hizo hace muchos años que se llama “Tango, baile nuestro”, que muestran la historia de Portalea. Portalea era un obrero que laburaba limpiando en un cementerio, ¡y a la noche era el rey! (con énfasis).

¿Es el abrazo el nudo que arma el lazo que une a toda la comunidad tanguera?

Cada tanto Ana María Schapira publica: “El abrazo es lo que justifica el tango. El abrazo es lo que justifica el baile.” El abrazo es lo que justifica todo, pero no tiene mucha explicación, pero hay mujeres a las que yo abrazo y digo: “Acá me quiero quedar a vivir”. Es un tema energético.

Sergio, ¿Querés decir algo más para terminar?

Cuando dejé de bailar a mí me faltaron muchas cosas que recuperé con mucho esfuerzo y lágrimas. Y hoy que mi artista está de fiesta, yo disfruto de la milonga como nunca en mis 35 años de baile. También porque en este momento yo estoy bien. Hoy entro en la milonga y me siento en mi casa. Me paro a saludar a todo el mundo en cada mesa, luego me siento y a veces pasó una hora y media y todavía no bailé ni una sola tanda. Y estoy feliz porque compartí charlas y me encontré con gente que sólo veo ahí porque nuestra vida no tiene nada que ver. Hay personas que no sé qué hacen en su vida, pero en la milonga somos hermanos. Y el abrazar, el charlar, el reír, el compartir momentos maravillosos hace que tengamos una confianza tremenda, aunque yo después no sé qué carajo hacen.

Sergio Del Bono y Flavia Mercier en milonga «Porteño y Bailarín», salón «El Beso», Buenos Aires. Foto gentileza de El Tío Cliff.

La milonga te da una complicidad muy particular. Todo eso es lo que te espesa la sangre. Todo eso es lo que te da el barro que hace falta. Y es tan grande que no alcanzan las palabras para definirlo. Creés que terminás de definirlo y no alcanza, siempre hay algo más.

Pareciera que lo que trae barro, lo que espesa la sangre, es lo que entra por la oreja. No sólo la música sino las historias que se cuentan también. Historias como las que acabas de contar en esta entrevista y que ha sido un placer enorme escuchar. Muchas gracias, Sergio.

Al escuchar a Sergio Del Bono uno puede concluir que no basta con concurrir a la milonga para bailar tango. Como tampoco basta con tomar clases para aprender a bailarlo. Hay algo más que tiene que ver con habitar la milonga y las historias que en ella circulan, e incluso con “la noche que es difícil” como dice Sergio recordando las advertencias que daban los viejos milongueros.

Ese andar a ras de suelo que es seña de identidad del tango pareciera que no se logra sólo con clases. Pareciera que la densidad de la pisada la da el peso de la historia que se carga sobre los hombros, y que produce ese andar lento y acompasado de quien ya ha recorrido tanto.

¿Hasta dónde es necesario llegar para comprender, para que algo quede prendido al alma? Deleuze decía que cuando los grandes poetas como Bousquet, Fitzgerald, Lowry o Artaud hablaban de la verdad eterna de la herida, era en nombre de una herida personal terrible que llevaban en su cuerpo o en su alma. Estos poetas habían ganado el derecho a “versear” sobre el dolor, habiendo corrido el riesgo de llegar lo más lejos posible en arriesgar algo de sí mismos. Su escritura no era “cuento”. Como escribas de la antigüedad, habían grabado sus primeros sonetos en la tabula rasa del ánima con profundas incisiones.

¿Es necesario correr igual riesgo para poder interpretarlos? El arte como vía regia para la sublimación es un saber-hacer algo con eso que pulsa y empuja al sujeto a lo que de otra manera le mortifica. Pero ¿sería necesario adentrarse en el mundo de las pulsiones para cargarse de “material” para sublimar? ¿Se trata de ponerle nocturnidad a la vida para que la interpretación resuene a verdad? O, ¿Bastaría con escuchar al otro filosofar de su vida y su pesar para recibir “el barro que te espesa la sangre y que te pega los pies al suelo al bailar? ¿Cómo habría que escuchar para que esa filosofía alumbrada con la luz tenue de una milonga entre vaso y cenicero encienda la “tangueridad” en cada uno? Quizás queriendo aprehender el sentir ajeno, en tanto de otro y en tanto extraño a la propia experiencia. Con la piel porosa al ardor de un ansia que lo divide entre el querer y el deber, y al aroma de la angustia que lo apresa en el ayer. Y así, al ponerse en los zapatos de ese otro se puede calzar su dolor y, quizás, sentir el peso de esos zapatos que sacan viruta al piso cuando lo rascan al caminar.

Flavia Mercier

Entrevista a Victoria Saudelli y Sebastián Álvarez: “Las ganas y el hambre de bailar nos podían”

Tras haber comenzado como adolescentes en el ballet de Walter Gómez, Victoria Saudelli y Sebastián Álvarez son una de las parejas con más años de trayectoria en la escena tanguera siendo parte de “Esquina Carlos Gardel” desde el 2002 -primero promocionando la respetada Casa de tango y desde el 2004 en el elenco estable- y haciendo temporada con “Tango Fire” en Londres desde el 2008 y con “Tango Lovers” desde el 2017. Veinte años en los que nunca han bajado del cártel y han pisado grandes escenarios en todo el mundo, desde el Kremlin de Moscú, a las Torres Petrona, o el Teatro de la Ópera de Montecarlo, a escenarios tan singulares como la lona del Luna Park para una pela de Narváez, o el estadio Obras durante un concierto de Deep Purple, o acompañando a Gloria Estefan. Veinte años que son todo pero parecen nada cuando se los escucha y ve con las mismas ganas y pasión que cuando participaban de aquellos primeros torneos bonaerenses.

Cuéntenme de sus comienzos.

Victoria: En mi caso empecé bailando clásico por recomendación médica. Yo tenía la caja toráxica muy cerrada y el médico me mandó a bailar clásico o a hacer natación y elegí clásico. Tenía 6 años.

Empecé en un club de barrio, el club “Pampero” de Lanús. Ahí aprendí a bailar clásico, y también hacía danza deportiva, porque la verdad es que el clásico mucho no me gustaba. ¡Bah! No me gustó nunca, lo hacía sólo por salud. Hasta que un día, yo ya tenía unos 11 años, llegó un profesor de tango al club porque habían comenzado a organizarse unos torneos juveniles bonaerenses de tango, folklore, y canto. Era Walter Gómez. Primero se enganchó mi hermana, porque yo no tenía la edad para competir, pero al otro año sí, y como me gustó, me metí.

Sebastián: Yo empecé porque jugando a la pelota me quebraron tibia y peroné y tenía que estar en casa, y me empezó a gustar un programa del canal “Sólo Tango”, “El firulete”…

¿En tu casa se miraba ese canal? Porque es raro que un adolescente sin ningún estímulo externo se ponga a mirar un programa de tango.

S: No, en mi casa se escuchaba sobre todo folklore. Pero un día yo estaba pasando canales y de repente vi un chavón que me gustaba cómo cantaba. Yo no tenía ni idea quién era. Le pregunté a mi viejo y me dijo que era Gardel.

¡¿El “chavón” (con tono sarcástico) que te gustaba como cantaba, era Gardel?!

¡Sí! (risas). Y bueno yo tenía unos 12 o 13 años, no sabía quién era. Ahí me conseguí un cassette de tango, y era Troilo con Fiorentino. Me lo pasaba escuchándolo solo en la pieza porque me daba vergüenza porque en esa época todo el mundo escuchaba cumbia. Hasta que un día íbamos en el auto con mi vieja y mi abuela, y suena Troilo en la radio y yo le digo “¡Uy, mirá! Troilo con Fiorentino”. A ellas les llamó la atención y me abuela le dijo a mi vieja que me tenía que anotar en clases de tango. Y mi vieja me anotó, pero yo no quería saber nada. Entonces mi vieja me dijo: “aguántate tres meses, si no te gusta, lo dejás”. Y así empecé a bailar, porque mi vieja me obligó. A los tres meses me gustó, pero porque había un grupo lindo que se había formado para los bonaerenses. Empecé a juntarme con los pibes, al año me puse de novio con ella. Me gustó eso, que estábamos todos juntos.

¿Ya eran pareja de tango en esa época?

V: No, competíamos como ballet. Walter no dejaba bailar como pareja si eran novios, porque temía que si te peleabas luego se desarmara la pareja de baile y te fueras del ballet, como éramos muy chicos.

S: El chavón era de la escuela de antes. Repetir, repetir, repetir, hasta que saliera casi perfecto. No nos ponía nunca juntos, porque tenía miedo que si nos peleábamos le íbamos a arruinar el ballet. Y a mí como era el peor de todos me mandaba siempre para atrás. En cambio, a ella como era la que mejor bailaba la ponía siempre adelante.

¿Cuál es esa escuela de antes?

S.: No te daban tantas explicaciones. Era: “hacé esto y hacé esto”. Al principio como puedas, y después repetir, repetir, hasta que te salga. Ensayar, ensayar y ensayar. Era duro, pero después lo agradecés toda la vida.

V.: Lo que pasa es que Walter nos enseñaba la coreografía y después tenías que meterle pata de lunes a domingo, y si hacía falta desde las 9 de la mañana hasta las 11 de la noche, porque lo que él quería era ganar. Lo que tenía de bueno era que te enseñaba muchísima disciplina. Nos enseñó a ir todos al unísono, a contar la música.

«Para mí es como si no hubiera crecido, para mí todo es una gran continuación, desde los bonaerenses hasta ahora. No me considero bailarín, pero cuando me falta el escenario me vuelvo loco, entro a un teatro y me vuelvo loco, me encanta. Pero no me gusta llamarme bailarín, porque yo no tengo la disciplina que les ves a los bailarines que ensayan, ensayan, ensayan. Yo hago lo que me nace en el momento. Si vos a mí me dejaras improvisar todas las noches sería el hombre más feliz del mundo.»

Sebastián Álvarez

«A mí me atrapó algo del baile de pareja. No sé qué, no sé cómo describirlo. Decirte que era algo mágico suena muy trillado, pero fue algo así. Es un poco inexplicable. Hay, algo de la pasión que uno siente por el otro, pero también hay algo de la danza en sí misma, de las ganas que uno le pone al bailar, el esfuerzo, todo lo que ponés para llegar al público y que responda.»

Victoria Saudelli

¿Es posible que Walter Gómez fuese el director que más torneos bonaerenses ganó?

V: Y sí primero con el ballet de San Fernando y luego cuando vino a Lanús con nosotros. Ganábamos porque nos preparaba él. Las coreografías grupales eran brutales, tremendas. Walter era un gran coreógrafo.

S: Además con él bailaban todos. Había otros ballets que tenían dos parejas buenas y el resto era decorado. Con Walter, no. Si él presentaba ocho parejas, hacía bailar a las ocho parejas.

V: Y esa disciplina de bailar todos exactamente igual. Por eso nos enseñaba a contar la música. Por eso tantas horas de ensayo. Éramos todos como un reloj. Y aparte de todo eso, insisto, el diseño coreográfico que hacía era maravilloso. Yo no sé si hoy por hoy hay algún coreógrafo tan bueno como él.

S: Con el ballet ganamos el ’97, en el ’98 salimos segundos -pero merecíamos ser primeros-, y en el ’99 ya nos presentamos como pareja solista, pero ahí él no nos quiso preparar porque se presentaban otras parejas del mismo ballet y él no quería preparar dos parejas que fueran a competir entre ellas. Entonces fue cuando conocimos a Jesús Velázquez que en esa época bailaba con Silvana Allievi. Nosotros veníamos bailando como pareja desde el ‘97, pero por fuera del ballet. Habíamos armado “Quejas de bandoneón”, porque yo era fanático de Troilo, y nos empezamos a presentar por el barrio. Ellos nos ayudaron para prepararnos en las cuestiones técnicas y nos presentamos a concursar como pareja solista en el ’99, y salimos terceros. Para mí ya estaba perfecto porque yo no tenía tan claro que quería dedicarme a esto. Ella sí.

¿Y cuándo descubriste que te querías dedicar a bailar tango?

S: En el 2000 nos llama Jesús (Velázquez) para hacer un casting para la apertura del Festival internacional de la canción de El Cairo. Una gira de 1 mes. Yo tenía 18 y ella 16. Recién ahí le empecé a agarrar el gustito. Dije: “Hummm… se puede viajar bailando”.

Y también, cuando al poco tiempo nos llamaron para un programa de televisión en el canal “Solo Tango”. “Punta y Taco” se llamaba. Justo en el canal que yo miraba. Hicimos “Quejas de bandoneón” y “La Cumparsita”, todo al piso. Ahí le agarré más el gustito, pero como que me daba cagazo todavía. Hasta que un día escucho en la 2×4 (emisora de radio) que anuncian el casting para la “Esquina Carlos Gardel”.

V: En la 2×4 y en “El Tangauta” (revista). En aquella época no había redes sociales. Primero hubo un casting en el canal. Éramos unas 500 y pico de parejas y preseleccionaban a unas 10 para una segunda prueba en la “Esquina”. Había bailarines con mucha trayectoria en ese casting. Bailamos, Dolores (de Amo – directora de “Esquina Carlos Gardel”) nos dijo “muy bien”, y nos fuimos, porque éramos los primeros de las diez parejas en bailar. Al tiempo nos llama Dolores y nos dice que habíamos quedado preseleccionados, pero para una gira a China de 3 meses, que después no se hizo. Lo que pasa es que para trabajar en “Esquina” ellos buscaban gente con mucha trayectoria, y nosotros éramos muy chicos, yo tenía 18 y él tenía 20, no teníamos experiencia, nos faltaba fogueo. De hecho, Dolores nos preguntó si nos íbamos a aguantar una gira de 3 meses. Y la verdad es que nosotros nunca habíamos viajado más de 15 días a El Cairo, pero las ganas y el hambre de bailar nos podían y dijimos “Sí, sí, sí”. No lo podíamos creer. Eso fue en el 2002.

Pero a los 15 días nos llama Dolores y nos dice que la gira a China se había caído, y en cambio había una gira a Lima, Perú, para promocionar “Esquina Carlos Gardel” con el hotel “Alvear” que presentaba la semana gastronómica.

S: Imaginate que en ese viaje estábamos en la misma habitación que se había hospedado Lady Di. Hasta entonces nosotros no conocíamos esa clase de hoteles.

Me acuerdo que bailando en la cena se me voló el taco y rompí todo el piso de parquet. Yo venía girando con Vicky y por ahí pierdo el eje, me voy para los talones, se me vuela el taco a la mierda, me caigo con Vicky encima, me levanto y sigo bailando. Me quedaron los clavos afuera, le marqué todo el piso (risas).

¿Y el público?

S: Ah, no, el público aplaudía, ni se enteraron. Si lo haces con decisión, nadie se da cuenta. Una vez sola se enteró el público que nos matamos, pero porque nos matamos feo. Fue en las Torres Petrona. A ella le cambian el vestuario a última hora porque tenía que estar toda cubierta. Y le pusieron una calza que resbalaba un montón y ya no teníamos tiempo para ensayar. La lanzo al aire y cuando cae sobre mí se me resbala, y yo antes que se cayera al piso, me tiré. Y después de eso, los dos cerramos los ojos

¡Qué sea lo que Dios quiera!

V: Sí, sí. Yo pensaba “Qué alguien me saque del escenario, por favor”.

Y entonces, Sebas, si lo pudiste hacer con decisión cuando se cayeron en Perú ¿por qué te daba cagazo todavía?

S: Porque me importaba mucho la opinión de los demás.

¿Y cómo siguió la carrera de ustedes después de ese viaje a Perú?

S: Trabajamos durante dos años promocionando “Esquina de Carlos Gardel”. Nos daban un sueldo fijo y trabajábamos tres veces por semana en el “Sheraton Libertador” y tres veces por semana en el “Sheraton Emperador” con un breve show nuestro, y dábamos clases a alguna delegación.

V: Y viajábamos mucho para promocionar. Toda Latinoamérica, España, … Hasta que en un viaje de esos acompañamos a Jorge Pahl y Silvia Céspedes a Sao Paulo. Ellos volvieron antes y Jorge le habló muy bien de nosotros a Dolores, y entonces ella nos llamó para vernos otra vez, a ver si podíamos empezar en la “Esquina”. Era el 2004, Jorge y Silvia nos ayudan con la coreografía de “Libertango”, que ya hacíamos un “Libertango” nuestro, pero ellos nos ayudan hacer una coreografía más linda. Nos vuelve a ver Dolores ¡Y le encantó! A partir de ahí quedamos como parte del elenco.

¿Y desde entonces estuvieron siempre en la “Esquina de Carlos Gardel”?

V: Sí, desde entonces estuvimos fijos.

S: Aunque tuvimos diez mil problemas. Bueno, no ella, sino yo. A mí al principio me faltaba personalidad para el escenario. Dolores siempre estaba por echarnos.

V: En realidad ella buscaba que sacaras como un personaje. A ella le importaba lo que podías ofrecer como artista, no sólo que fueses un bailarín técnicamente perfecto. Porque, como siempre nos decía: “El día de mañana van a venir chicos más jóvenes, con una propuesta más copada, que van a volar diez veces para arriba y hacer cuatro mortales, y ustedes ya no lo van a poder hacer. Entonces, ¿Cómo se sostienen como artistas? ¿Qué es lo que vos en particular le podés brindar al público? Eso es lo que los va a hacer perdurar en el tiempo, no poner el pie perfecto, no la técnica que tengas.”

«Para mí, lo que dejé salir es lo que soy. Yo no me considero un artista, o un bailarín, porque yo soy en el escenario como soy en la vida, no un personaje. Medio calentón, con mucha fuerza, muy apasionado. Yo la única vez que me creí que era “bailarín” fue cuando fuimos al Kremlin con “Esquina”, que llamé a mi vieja llorando desde Moscú y le dije: “Mami, no soy una mentira”. Esa vez me sentí como lleno, 8.000 personas, un escenario enorme, sentir el aplauso de la gente y que no paren de aplaudir, dije: “Mierda, no es mentira”.»

Sebastián Álvarez

En ese punto ustedes tenían que romper con la disciplina que traían de Walter Gómez que perseguía la uniformidad para buscar otra cosa más original dentro de ustedes, algo que los hiciera singular ¿Cómo fue esa transición de una cosa a la otra?

S: A mí se me dio sólo, de la nada. Fue sin darme cuenta.

A ver… ¿cómo?

S: Yo nunca fui muy técnico, pero me preocupaba el tema, intentaba colocar bien el pie y todas esas cosas. Hasta que un día Dolores nos llama para pasar delante de ella la variación de “Mala Junta”. Hasta entonces siempre estábamos en la cuerda floja, siempre estaba enojada con nosotros, sobre todo conmigo. Siempre a punto de echarnos. Ese día me empieza a decir de todo, todo lo que no le gustaba. Menos lindo, me dijo de todo. Sobre todo, que ella (Vicky) me comía en el escenario. ¡Me agarré una bronca! Bailé toda la variación con una bronca (con énfasis). Y cuando terminé de bailar, empieza Dolores a decir: “¡Eso, eso, eso es lo que quiero!» (risas)

V: Claro, lo hacía a propósito para que sacaras todo de dentro tuyo.

S: Y después, otro día, en un grupal, que a Dolores tampoco le gustaba, un compañero me empezó a calentar en el escenario. Era un grupal que teníamos que simular una pelea. “La mafia” se llamaba. Yo dije “¿a este qué le pasa?” y me calenté en serio. Cuando terminó, Dolores también dijo: “Eso quería que saques”.

Entonces “de la nada” no te salió. Te salió de la bronca, de la rabia. La pregunta es ¿Qué te salió?

S: Para mí, lo que dejé salir es lo que soy. Yo no me considero un artista, o un bailarín, porque yo soy en el escenario como soy en la vida, no un personaje. Medio calentón, con mucha fuerza, muy apasionado. Yo la única vez que me creí que era “bailarín” fue cuando fuimos al Kremlin con “Esquina”, que llamé a mi vieja llorando desde Moscú y le dije: “Mami, no soy una mentira”. Esa vez me sentí como lleno, 8.000 personas, un escenario enorme, sentir el aplauso de la gente y que no paren de aplaudir, dije: “Mierda, no es mentira”.

¿Vos que sentís cuando bailás?

S: Para mí es como si no hubiera crecido, para mí todo es una gran continuación, desde los bonaerenses hasta ahora. No me considero bailarín, pero cuando me falta el escenario me vuelvo loco, entro a un teatro y me vuelvo loco, me encanta. Pero no me gusta llamarme bailarín, porque yo no tengo la disciplina que les ves a los bailarines que ensayan, ensayan, ensayan. Yo hago lo que me nace en el momento. Si vos a mí me dejaras improvisar todas las noches sería el hombre más feliz del mundo. Pero “esta” me mata, porque a ella le gustan las cosas más “perfectas”.

La pregunta es ¿por qué antes no salía? ¿por qué tuvieron que hacerte calentar?

S: Porque antes había un prototipo de lo que era ser “un bailarín”. Uno pensaba que ser bailarín era poner bien el pie, hacer el enrosque perfecto. Ahora pasa mucho eso, todo perfecto, pero después con la cara no trasmiten nada, no sabés si están vivos o muertos. Parecen salidos de un laboratorio. No tienen sangre.

Ahora bien, esa actitud emergió espontáneamente en una situación en concreto ¿Cómo hiciste luego para no perderla?

S: Me dejé de controlar, dejaron de importarme ciertas cosas como qué puede decir el resto de bailarines si el paso no sale bien. A partir de ahí ya no bailé más para los bailarines. Antes cuando eras más chico sí, porque todavía buscás su aprobación. Pero después ya no. Salvo algunos pocos amigos o gente que me interesa, el resto dejaron de importarme. Ahí empecé a bailar para mí, lo que yo siento, lo que para mí está bien. Para mí y para el público, obviamente. Entonces cuando dejo de preocuparme por el resto de bailarines, me desestructuro completamente. Por eso yo no puedo bailar mirándome en el espejo, porque me condiciono. Yo lo que siento, hago.

No es fácil salir detrás de ciertas parejas. Salir detrás de una pareja fuerte y mantener el aplauso. Tenés que estar muy seguro de lo que estás haciendo. A veces es un poco más fácil si salís a hacer algo muy distinto. Pero, por ejemplo, en “Tango Fire” nosotros tenemos que salir detrás de Nikito (Nicolás Cornejo) que hace un estilo muy parecido al nuestro, y tenemos no sólo que mantener el aplauso, sino, encima, que nos aplaudan más, porque es el cierre. Nosotros tenemos la mala suerte o la fortuna de siempre tener que cerrar porque hacemos algo moderno. Hay gente que no se banca esa presión. Y si a mí no me hubiera dejado de importar el qué dirán, viviría nervioso, viviría presionado.

O sea, hablando mal y pronto, lograste pasar de que “te diera cagazo” porque te importaba mucho la opinión de los demás, a “me cago en todo” y hago lo que yo siento sin importar la opinión de los demás.

S: ¡Claro! Pero ella siempre aparece diciendo: “Bueno, no te cagues tanto” (risas).

Claro, es en todo lo que digan los demás, pero sí te escuchás a vos, a ella y al público.

V: Igual, yo nerviosa siempre estoy, es una presión. Pero es una presión hermosa, a mí me encanta. Eso te hace vibrar siempre que salís al escenario, esa adrenalina y ese sentimiento que lo tenés que dar todo.

Digamos Sebas que vos fluis como la lava de un volcán, y ella es la que pone los diques para que esa lava tome una forma.

S: Sí, tal cual. Aunque después, en los ensayos, es un poco al revés. Ella vuela y yo soy el que la tiene que bajar a tierra.

V: Sí yo en los ensayos me creo que podemos hacer un montón de cosas y él me ordena diciéndome: “esto sí”, “esto no”.

Para vos, Vicky, el lugar para crear es el ensayo, al escenario se lleva lo que está ya ajustado.

S: Sí claro, ella es más “profesional” en ese sentido. A mí no me vas a ver estirando jamás. En vez, ella llega con tiempo, aunque no estira tanto, pero para revisar antes de la función que esté todo bien.

Por ejemplo, a mí me encanta ir a la milonga porque me encanta bailar tango cantado. Pero, claro cuando estás en una casa de tango, empiezan a mirarte. Entonces ella se empieza a preocupar de cómo nos vemos. Al final me calenté y no fui más. Y nosotros íbamos a bailar a la milonga desde antes de ponernos de novios. Desde el ’96 que íbamos al Club Almagro y después empezamos a ir al Sunderland. Me acuerdo la primera vez que me sacó a bailar la Negra Margarita ¡Casi me muero! Y eso que yo hacía un montón que bailaba.

V: Es que a mí me encanta ir a la milonga, pero donde no vayan bailarines.

«Dolores nos preguntó si nos íbamos a aguantar una gira de 3 meses. Y la verdad es que nosotros nunca habíamos viajado más de 15 días a El Cairo, pero las ganas y el hambre de bailar nos podían y dijimos “Sí, sí, sí”. No lo podíamos creer. Eso fue en el 2002.»

Victoria Saudelli

Y vos Vicky, ¿qué sentís cuando bailas? ¿por qué tango?

V: A mí me atrapó algo del baile de pareja. No sé qué, no sé cómo describirlo. Decirte que era algo mágico suena muy trillado, pero fue algo así. Es un poco inexplicable. Hay, algo de la pasión que uno siente por el otro, pero también hay algo de la danza en sí misma, de las ganas que uno le pone al bailar, el esfuerzo, todo lo que ponés para llegar al público y que responda.

Y respondiendo a esa pregunta de Dolores ¿qué ofrecen ustedes al público que no le ofrecen otros?

V: Ah, bueno, no tengo ni idea. ¡Creo que eso hay que preguntárselo al público (risas)! De nosotros siempre destacan la conexión.

S: Siempre hablaron de eso de nosotros. Lo que pasa que eso de lo que hablamos, de lo que cada pareja puede ofrecer, es algo que se siente y se nota en los primeros diez, quince segundos que ves a una pareja. Ahí ya sabés si te van a gustar o no. No estoy hablando de que sean bueno o malos, es la emoción que te producen. Yo recuerdo a Jorge (Pahl) y Silvia (Céspedes) haciendo “Zum” y era algo electrizante la energía que usaban. O a Jesús (Velázquez) y la Coneja (Silvana Allievi) haciendo “Gallo Ciego” y eran grandísimos, en lo más arriba del escenario.

¿Cuál es la magia del escenario?

V: Creo que todo. Esa adrenalina de ponerte a prueba todo el tiempo, de intentar dar siempre el máximo que uno puede y, obviamente, el reconocimiento del público.

S: Cuando vos tenés que salir cada día al escenario tenés que dejar cada día todo para el público, porque el que viene cada día no te conoce, no sabe lo bien o mal que lo hiciste el día anterior. ¿Ves por qué no te la podés creer? Si un día bailás mal, da igual si el día anterior te ovacionaron, el día que bailás mal no te aplaude nadie. ¡Qué te la vas a creer! Lo que pasa es que ahora vos la pegás en algo, lo subís a YouTube y todos te conocen por lo que subiste a YouTube. Antes no había YouTube

¿Qué cambió en estos 20 años, desde que ustedes empezaron hasta ahora?

S: Antes no copiábamos a nadie. Nadie copiaba a nadie. Cada uno hacía su propia creación.

V: Es verdad. Podés mirar otras cosas y mirar el YouTube, porque a veces te sirve para abrir la cabeza. Pero después tenés que sacar algo tuyo.

S: Claro, el tema de ver es para no copiar.

V: Además antes no se copiaba ni un gancho, ni un final, ni un pasito, nada. Era una cuestión de códigos. Ahora a nadie le importa nada. Es una cuestión de respeto. Si no, todos terminan siendo una copia del otro y además no está bueno si yo te saco algo a vos, que es tuyo.

«Cuando vos tenés que salir cada día al escenario tenés que dejar cada día todo para el público, porque el que viene cada día no te conoce, no sabe lo bien o mal que lo hiciste el día anterior. ¿Ves por qué no te la podés creer? Si un día bailás mal, da igual si el día anterior te ovacionaron, el día que bailás mal no te aplaude nadie. ¡Qué te la vas a creer! Lo que pasa es que ahora vos la pegás en algo, lo subís a YouTube y todos te conocen por lo que subiste a YouTube. Antes no había YouTube»

Sebastián Álvarez

Y de todos los escenarios en los que estuvieron ¿cuál fue el más especial? Ese del que, cuando sean grandes, le van a contar a sus nietos.

V: Todos los escenarios son hermosos, pero para mí, el más especial fue cuando bailamos en el Luna Park, que hicimos “Libertango” arriba del ring cuando la pelea de Narváez, con un público completamente diferente.

S: Eso fue distinto y raro. Bailar en una lona, ella descalza, no teníamos frente.

V: Esa vez y también cuando bailamos en el recital de “Deep Purple” (grupo de heavy metal y hard rock) en Obras Sanitarias. Bailamos “Adiós Nonino” que lo tocó el pianista del grupo. Ahí también con un público de un palo completamente diferente, como el boxeo. Nosotros dijimos, acá nos van a tirar con tomates. Imaginate, era rock pesado. Y no, cuando bailamos se empezó a escuchar “Argentina, Argentina”.

S: Me acuerdo cuando terminamos que pregunté “¿por dónde me voy?” “Y, cruzate el campo”, me dijeron. “¡Uy!”, dije yo. Y no, la gente re copada. Y después el remise que nos trajo a casa no lo podía creer tampoco. “¿Ustedes bailaron con Deep Purple?” (con voz de incredulidad)

Hubo un montón de lugares lindos porque tuvimos la suerte de viajar un montón. Tanto con la Esquina; como con “Tango Fire”, con ellos hacemos temporada desde el 2008; o con “Tango Lovers” con quienes estamos desde el 2017. Te podría nombrar las Torres Petrona, el Teatro de Montecarlo, el Kremlin, …

V: ¡Con Gloria Estefan! Una vez bailamos con Gloria Estefan. La verdad es que yo estoy re agradecida de poder vivir de lo que me gusta, de lo que a mí me da placer.

Flavia Mercier durante la entrevista con Victoria Saudelli y Sebastián Álvarez.

S: Yo siempre lo digo, es muy difícil en lo que nosotros hacemos no haber estado nunca sin trabajar en 23 años que llevamos y que los directores que tuvimos nunca nos pasaron por arriba. Los directores australianos, por ejemplo, tienen claro que con nosotros nunca hay ningún problema. No haber jorobado nunca a ningún compañero. No haberle jorobado el laburo a ningún compañero. De mí pueden decir cualquier cosa, pero nunca jorobamos a nadie. Cuando algo o alguien no nos gustaba, hemos dicho que no, nos bajábamos nosotros, pero sin hablar mal. Si algo no me gusta se lo digo a mi compañero de frente, porque si no sería un “careta” (hipócrita en lunfardo). Pero nunca hablar mal de otros para jorobarles el laburo. Yo no bailo por la plata sino porque me gusta bailar. Es difícil mantenerse así tantos años.

Quizás porque 23 años después todavía se les notan las mismas ganas y hambre de bailar. ¡Ha sido un placer pareja! Gracias a ambos.

¿Quién define lo que es arte? Cuánta tinta ya han gastado grandes filósofos y tantos falsos adalides de la cultura, al respecto. ¿Tenían razón los griegos que adoraban a Apolo, dios de la belleza y de la luz, y que corrían detrás de la perfección de lo ideal, intentando incluso fijar cánones de beldad? ¿O la tenían los adoradores de Dionisio, dios de la fertilidad y del vino, que entendían lo artístico como aquellas creaciones que emergían en un estado similar a la embriaguez cuando el artista perdía la conciencia de sí y se dejaba llevar por sus impulsos? Para Nietzsche lo sublime del arte se encuentra en ese punto en que lo dionisíaco desborda la perfección de las formas apolíneas, en un dejarse fluir que se expresa mediante gestos que, como tales, dicen allí donde el diccionario enmudece. Es ese “qué sé yo” que los artistas que vienen pasando por este Patio coinciden en explicar como “lo que emociona”. Pareciera entonces que en este punto no es la corrección de la forma de poner el pie, sino la energía y la cadencia con la que ese pie se mueve al compás de la música lo que trasmite la intensidad de lo que el artista siente y que conmueve al espectador. El gesto como lo que redondea y engloba una historia.

Entonces cuando Sebastián nos cuenta que él sería feliz improvisando cada día pero que a Vicky le gustan las cosas “más perfectas”; o que por el contrario, que Vicky vuela con su imaginación ideando movimientos y firuletes durante los ensayos y es Sebas quien la tiene que bajar “a la tierra de lo posible”, parecen haber logrado como pareja ese delicado equilibrio siempre en movimiento, nunca fijo, que combina ambas fuerzas artísticas.  Quizás esa es la “conexión” por la que destacan. La conexión entre la potencia de lo desbordante del instante con la potencia de lo “ideable”.

Sebastián dice también que él no se considera un artista porque no es un personaje en el escenario, sino que cree que lo que pone ahí es lo que él es. Algo además a lo que llegó cuando dejó de importarle las posibles críticas de sus pares, “el que dirán”. Por esta misma razón, añade, no puede bailar mirándose en un espejo, porque se condiciona. Cabe entonces preguntarse ¿Qué es lo que uno es? ¿Aquella imagen que vemos en el espejo, ese espejo que conforman los dichos de los otros? ¿O es ese grito enmudecido que emerge de las profundidades del sí mismo, cuando los golpes de la vida producen una rajadura en el espejo?

Quizás el arte “en serio” es aquel que en la serie de las funciones que se repiten cada noche logra realizar algo distinto cada vez. Por eso un día «te ovacionan y otro no», y no vale inmortalizar el instante en YouTube para “creérsela”. ¿A qué se referiría ese “la”, a la imagen del espejo? El bailarín como artista sale entonces cada noche en búsqueda del tango que va a interpretar dejándose guiar por su propia voz interior, esa que transporta los ecos de su gente, de sus historias y de su dolor. Y solo allí el milagro artístico se logra producir. ¿No escuchan acaso ustedes la voz de Fiorentino cantar con Troilo, “… ¿No ven que soy gotán? Me quiebro en mi canción como un puñal de acero pa’ cantar una traición. Me gusta compadrear, soy reo pa’ bailar…”

Flavia Mercier

Entrevista a Norma Moyano: “Yo siempre tuve que elegir. Y entre un zapato de baile o uno para salir, siempre elegí el zapato de baile.”

Destacada bailarina, maestra y coreógrafa de folklore, es también maestra de danzas clásicas y de danzas españolas, ha bailado flamenco y tango, y ha sido maestra de música. Una vida dedicada a la danza y la música, y especialmente a la enseñanza, en la que ha sabido disfrutar con la misma intensidad, tanto de sus propios logros como los de cada uno de sus alumnos y discípulos. Infinitamente generosa como apasionada, siempre ha buscado incansablemente la manera más apropiada para que cada uno de ellos pudiera desplegar lo mejor de lo que los hacía singular. En este sentido, esta entrevista debería ser leída por todo aquel que pretenda ocupar una función de enseñante.

Norma Moyano.

¿Cómo llegaste al folklore?

Mi mamá bailaba folklore, y cuando yo tenía 5 años, como era muy inquieta, pensó: “a esta chica hay que hacerla estudiar algo.” ¡No me aguantaba! (risas), tenía demasiada energía. Así que me llevaron a una sociedad de fomento a hacer clases de folklore. Pero a mí no me alcanzaba con las clases, así que mi mamá me enseñaba más, me pulía. Después, claro, yo iba como un avión. Mi profesora empezó a llevarnos a mi compañero y a mí a los shows que hacía con los alumnos de su conservatorio. ¡Se armaba cada lío! Los padres de los otros chicos de la sociedad de fomento empezaron a quejarse, que ¿por qué siempre a nosotros? Con lo cual la profesora, Teresita Filsinger, le pidió a mi mamá que me llevara al conservatorio. Me llevó y empecé con folklore y guitarra.

Ahí descubrí las clases de “español” (danzas españolas), y le pedí a mi papá que quería hacerlas. “No podemos”, me dijo porque estaban construyendo la casa. “No me festejes más los cumpleaños”, le dije. Y al final lo convencí. Después vi las clases de clásico, pero ya no tenía cara para pedirles más clases. Entonces para el día del niño les pedí unas zapatillas de punta y que me pusieran un caño en el comedor, como si fuera una barra. Con eso empecé a practicar por mi cuenta, lo que veía que hacían en las clases, mientras esperaba que mi mamá me viniera a buscar. Hasta que un día, fui a la clase de español caminando con los talones. “Norma, ¿qué te pasa?”, me pregunta la profesora. Y le mostré. Tenía todos los dedos con ampollas explotadas, en carne viva. “¿Cómo te lo hiciste?” “Me regalaron las zapatillas de punta y practiqué lo que vi que hacían en la clase.” Ahí la llamó a mi mamá para que me dejara ir a las clases de clásico. Y cuando mi mamá le explicó que no podía, mi profesora le contestó que me becaba porque “ella tiene condiciones y tiene muchas ganas, no falta, y trabaja”, le dijo. Y me becó por un tiempo. Siempre le estaré agradecida a Teresita por esa actitud.

«Ahí descubrí las clases de “español” y le pedí a mi papá que quería hacerlas. “No podemos”, me dijo porque estaban construyendo la casa. “No me festejes más los cumpleaños”, le dije. Y al final lo convencí.»

Un deseo muy decidido Norma. Sacrificabas tus cumpleaños para lograrlo. Es todo un tema para un nene, o nena, hacer eso.

Sí, mis padres no entendían cómo yo podía hacer tantas cosas. Me la pasaba estudiando porque iba a la escuela también y terminaba tarde por las clases de danza, fundida. A veces pienso las horas de juego que perdí, salidas en la adolescencia, pero yo no encontraba otra cosa que me hiciera sentir así.

¿Te referís a la danza, o también al escenario?

Yo disfrutaba mucho, aunque no tuviera escenario, el sólo hecho de ponerme la ropa de baile. En ese momento, era yo, no me importaba nada. Ni competía con mis compañeras, ni nada. Creo que bailar me ayudó en la adolescencia. ¿Viste que uno en la adolescencia a veces puede sentirse que no es lo querría ser, o se siente feo, o inseguro? A mí el baile me hizo sentir segura de mí misma. Cuando uno sabe manejar su cuerpo uno se siente segura.

¿Y qué inclinó la balanza para el folklore?

Porque me llamaron unas chicas para hacer zapateo. Y a mí, curiosa como los gatos, todo lo que fuera nuevo me podía. Ahí lo conocí a Tony Martínez. Ellos eran “Malambo 5”, y conmigo éramos tres parejas. Tony, Fernando Correa, Martín González, Marisa Coslovich, Adriana Calcagno y yo. Empezamos a armar coreografías y así nació el ballet folklórico “El Ceibal”. A mí me encantaba lo que Tony proponía, porque eran cosas nuevas. Él venía de la Escuela de Danzas Tardío.

Se juntaron dos personas muy creativas, Tony Martínez y vos.

El creativo era Tony. Lo que pasaba es que yo lo podía seguir en todo, porque había hecho otras danzas, mientras que mis compañeros sólo bailaban folklore. Tony tenía clásico como yo, y también jazz. En aquel entonces yo ya era profesora de folklore, español y clásico. Y como siempre fui muy insistente, yo trabajaba con mis compañeras los movimientos que a ellas no les salían.  Yo les decía “si yo lo puedo hacer, vos lo podés hacer. Hay que ponerle voluntad y se puede”.

Ballet folklórico «El Ceibal» . De izq. a der., Marisa Coslovich y Martín González, Norma Moyano y Fernando Correa, Adriana Calcagno y Tony Martínez.

¿Ahí descubriste tu vocación para la enseñanza?

¡No! Yo no pensaba en eso en aquel momento. Era la pasión que me salía y un deseo de que todo saliera perfecto. Es más, yo nunca pensé que iba a terminar siendo docente de música para jardín de infantes.

Pero yo hice muchas cosas que no me había imaginado. Con “El Ceibal” viajamos mucho, e hicimos varias presentaciones de televisión. Por ejemplo, participamos de “El show de la vida”, de Canal 13. Me acuerdo una vez que hicimos “La pasión de Cristo”, en Parque Lezama con todo vestuario de Canal 13. Después, cuando ya dirigía el “Miguel de Güemes”, tuve un programa de televisión en un canal local de General Pacheco. Llevábamos músicos y, a veces, abría o cerraba el programa parte del ballet.

¿Y qué te llevó a irte de “El Ceibal” para armar el ballet “Miguel de Güemes”?

Me fui porque tenía internamente otras cosas para hacer, cosas que quería cambiar. Para mí lo que estábamos bailando era muy estilizado y yo quería ir un poco más a las raíces. Y busqué a los más chicos de “El Ceibal” porque se les veían las ganas de aprender. Estaban ávidos de saber. Veía en ellos las mismas ganas que tenía yo. Y tampoco les iba a decir a mis compañeros qué hacer. Yo recién empezaba.

«Yo siempre les decía: ‘Si ustedes se equivocan, ¡no importa! Mientras están en el escenario ustedes son los mejores’. Así se sale. Y se ve ya cómo te parás, ni bien empieza la música. Después cuando bajás podés volver a ser humilde. No podés estar todo el tiempo dentro de ese personaje.»

¿Y por qué la gente quería ser parte del ballet “Miguel de Güemes”?

No lo sé. Creo que porque pisaba fuerte el ballet. Para mí era porque hacíamos una estilización sin perder las raíces. Hubo un momento que en la zona éramos muy conocidos. Al principio éramos cuatro parejas: Brenda Ifram, Estela Ávalos, Claudia Cabrera y yo, Diego Villanueva, Jorge Pahl, Sergio Pacheco y Fernando Deglise, con quien dirigíamos juntos el ballet. Y después se fue sumando más gente, fue un poco un boom. Recuerdo que fueron 70 bailarines que pasaron por el ballet. Fernanda Pelleacani, Verónica Rodríguez, Analía Molina, Verónica Gaeto, Lucía Picart, Andrea Bean, Carlos Villalba, Andrés y Mario Petróngolo, Marcelo Grassi, Héctor Brandan, Silvia Gómez, Omar Moyano -mi hermano-, Julio Vallejos, Maximiliano Deguise, y tantos más. Obviamente no los recuerdo a todos ahora.

Ballet folklórico «Miguel de Güemes».

¿A qué te referís exactamente con “una estilización sin perder las raíces”?

Por ejemplo: que en un arresto se miren entre ellos, la pareja, que expresen amor. No todo técnica y golpe de cabeza. Para mí en un arresto hay que expresar amor.

No olvidar que esos movimientos en su origen son la representación de un cortejo.

Claro. Depende también de lo que trasmite la música, la letra. ¡Sentí! Creo que la gente veía que aprendían mucho y, sobre todo, que eran libres. Trabajábamos un estilo, pero sin dejar de ser libres bailando. Y cuando se bajaban del escenario se los veía felices, que se la pasaban bien.

«…yo nunca tuve delante el signo pesos, a mí me podía la pasión. Lo único que me movió a mí siempre y me hizo hacer tantas cosas fue la pasión.»

Pero, ¿por qué la gente quería bailar con Norma Moyano?

Si me diferencié en algo creo que fue en que nunca tuve egoísmo. Para mí estaba bien que hoy estuvieran conmigo y mañana con otro. Lo entendí como parte de esto. Y entendía el esfuerzo que hacían los bailarines porque yo misma ponía todo en el ballet. El día que dejé el “Miguel de Güemes”, con mi sueldo me compré una moto. Antes no podía, porque todo lo invertía en el ballet. Yo siempre tuve que elegir, incluso de chica. O un zapato de baile o uno para salir. Y siempre elegí el zapato de baile.

Así como mis padres me apoyaron en todo para que bailara, yo estaba mucho “ahí” (con énfasis), al lado de los bailarines. Había chicos que quizás no tenían tantas condiciones, pero le ponían muchas ganas (énfasis). Así que yo laburaba mucho con ellos, los alentaba. Les decía: “dale que podemos”. Sostener ¿me entendés? Si a un bailarín le costaba algo, yo lo hacía venir un par de horas antes del ensayo y por supuesto que no le cobraba. Y yo sabía que en otros ballets esas clases sí se cobraban. Pero yo nunca tuve delante el signo pesos, a mí me podía la pasión. Lo único que me movió a mí siempre y me hizo hacer tantas cosas fue la pasión. Había chicos que venían de lejos, era un sacrificio para sus padres. Por ejemplo, me acuerdo de Javier Gardella, que actualmente es el director y coreógrafo del ballet “Los Potros – Malambo”. Lo traían de lejos, y era muy chiquito, pero tenía muchas condiciones.

¿En qué sentido jugaba la pasión en esa enseñanza?

Para poder sacar del bailarín todo lo que podía dar. Buscar sacar lo mejor de él. Que se le fuera la angustia. Yo siempre les decía:” Si ustedes se equivocan, ¡no importa! Mientras están en el escenario ustedes son los mejores”. Así se sale. Y se ve ya cómo te parás, ni bien empieza la música. Después cuando bajás podés volver a ser humilde. No podés estar todo el tiempo dentro de ese personaje.

Ballet folklórico «Miguel de Güemes». En el centro, de celeste y blanco, Norma Moyano.

¿Y por qué cuando te fuiste del Miguel de Güemes no volviste a montar un ballet?

Porque fue un corte, yo me sentía mal, necesitaba alejarme, así que me alejé. Dejé de ir a las peñas, dejé de dar clases. Hasta que un día en una peña me encontré con el Chuly (Raúl) García -el que fue guitarrista de Horacio Guaraní-, y me dice: “¿Vos sabés que sos una gran egoísta, no?” “¿Por qué me decís esto Chuly?”, le dije.  “Porque vos sabés tanto y te lo guardás.” Me hizo pensar y a los meses decidí volver a dar clases en mi estudio. Hicimos una gran fiesta de reinauguración, vinieron muchísimos bailarines, músicos, mucha gente que me conocía como bailarina.

A veces me dicen, cuando voy a las peñas: “Norma tendrías que armar un ballet”, no sé, a veces lo pienso. Me acuerdo hace unos años atrás, volví un tiempo a “El Ceibal” a tomar clases, y me propusieron volver a formar un ballet para concursar y que yo bailara con Tony Martínez, pero yo no quise. En aquel momento sentí que yo ya había hecho eso, que no podía volver a hacer lo mismo. Es cierto que también yo estaba trabajando doble turno, tenía muchas obligaciones. Quizás hoy me lo pensaría. No sé.

¿Y por qué desmontaste el estudio? ¿Por qué ya no diste más clases?

Para poder montar ahí un estudio de música, para Gustavo (Díaz, su esposo, percusionista), y para mí. Y porque me di cuenta de que venía gente que no era perseverante, que tampoco lo iban a aprovechar. Pensé que era un momento de mi vida para ser más egoísta, para pensar en mí, y volví a tomar clases.

En esa época empecé a tomar clases de tango con Roberto Canelo, particulares. Hasta que empecé a preguntarle que más podía hacer, qué otras clases tenía. Y él me decía: “Vos tenés mucho potencial. Tenés que ir a la Universidad del Tango”. Fui e hice la carrera de 4 años. Fue duro, iba todos los días y trabajaba doble turno, llegaba a mi casa a la madrugada y me levantaba a las 7 cada día para ir a la escuela. ¡Pero lo terminé! Tuve los mejores maestros. Lo tuve a Rodolfo Dinzel, Gabriel Soria, Cristian Batista, Daniel López, Nancy y Osmar Odone como profesores; y también iban milongueros muy mayores que tenían el tango en la piel, historiadores, autores de libros, Héctor Negro. Hermosa experiencia. Me acuerdo que Rodolfo Dinzel me insistía siempre para que hiciera más clases en su escuela.

¿Cómo encarabas la enseñanza de la música con niños de jardín de infantes?

Y… ¡tenés que tener “power”! Porque, aunque era maestra de música, trabajaba con el cuerpo. Siempre estaba buscando con qué estimularlos. Llevaba música de mi casa, Jaime Torres, por ejemplo, y muchos instrumentos. Después los jardines, como veían los logros, compraban; así que los chicos tocaban instrumentos de verdad. Llevaba música de Enya para hacerlos relajar. Tenía nenes que se dormían. Las maestras me decían: “¡Ay, Norma! ¿No querés ir a la sala a ver si duermen un poquito más?” (risas). Otras veces me preguntaban “¿puedo ir con la otra clase también?”, “¡Sí, claro, no tengo ningún problema!”. Me sentía bien, los podía manejar.

“¡Qué capacidad que tenés para manejarlos!”, me decían. Pero, yo estudié mucho. Tomé clases hasta con escritoras de cuento, hice el Conservatorio Superior de Música y me recibí de Maestra de música con especialización en jardín de infantes. Y siempre estaba investigando. Me acuerdo cuando escuché esa canción en lengua qom, “Cacique Catán” que pensé “¡Ay, cómo me rompió la cabeza! ¡Qué buen tema! ¿Será difícil para los chicos? Si no lo intento, no lo voy a saber.” Y me propuse intentarlo para el día de los pueblos originarios. Tres meses antes empecé a entusiasmarlos llevando los instrumentos. Les enseñé los colores de la bandera Whipala. Ahí tuve que investigar, buscar, necesitaba aprender. Y resultó ser una cosa hermosa (con énfasis) ¡Qué placer! Los padres lloraban. Hicimos una clase abierta para que vean la capacidad de los chicos y que los que los limitan son los adultos.

«Con pasión, sí o sí vas a encontrar la herramienta para llegar. Si no sale, buscá la forma. Cuando doy clases puedo ser obsesiva para que al otro le salga. (…) Yo quería que les saliera y buscaba todas las formas y todas las metodologías para que lo logren. Y siempre, con todos mis alumnos, yo intentaba encontrarla de acuerdo a las necesidades de cada uno, porque la meta no era la misma para todos.»

Si tuvieras que enseñar a alguien a enseñar ¿Cuáles son las claves?

Primero que te guste lo que querés enseñar. Después que lo hagas con el corazón, con pasión, eso fue lo único que me movió siempre a mí. Con pasión, sí o sí vas a encontrar la herramienta para llegar. Si no sale, buscá la forma. Cuando doy clases puedo ser obsesiva para que al otro le salga. Hasta cuando enseñaba a adultos. Yo quería que les saliera y buscaba todas las formas y todas las metodologías para que lo logren. Y siempre, con todos mis alumnos, yo intentaba encontrarla de acuerdo a las necesidades de cada uno, porque la meta no era la misma para todos.

¿Cuál fue el momento más significativo que te acordás de toda tu carrera?

Cosquín (con énfasis). A los pocos meses que formamos el “Miguel de Güemes”, nos fuimos a concursar a Tandil. Y la verdad es que éramos unos bebés de pecho. Pero yo no me sentí muy apabullada. Al contrario, sólo sentí que tenía mucho por hacer y apoyar a los bailarines. Y al año nos presentamos al pre-Cosquín en la sub-sede de provincia de Buenos Aires y ganamos y fuimos a Cosquín. Eso fue un momento muy importante para mí porque dije: “entonces, tan errada no estoy”. Fuimos varias veces a Cosquín y llegamos a la final.

Otro momento lindo fue cuando, unos años después de que me fui del “Miguel de Güemes”, me surgió la posibilidad de participar de Cosquín, como asistente de Pintos, el organizador. Ahí coincidí con Jorge Pahl (discípulo y ex integrante del ballet “Miguel de Güemes”) que en esa época bailaba tango escenario con Analía Morales. Ellos ya se estaban por volver y yo les dije: esperen. Fui a recorrer todas las peñas hasta que les conseguí una exhibición. Y fue un boom, querían que siguieran, pero querían pagarles muy poco. Y dije, no, no, no. Fui otra vez a recorrer todas las peñas, hasta que llegué a la peña oficial de “Los Nocheros”, que recién habían salido revelación. Y les conseguí un contrato, y Jorge me pidió que me quedara con ellos. Yo me encargaba que tuvieran todo organizado para hacer bien el show, y después que terminaban de bailar, yo salía a las peñas. Ahí conocí a “Los Tekis”, Sergio Galleguillo, a “Los Amigos”, compartía cena a las 5 de la mañana con “Los Nocheros”, ¡Impagable fue esa gira!

¿Crees que la nena que le decía a su papá que no le festejara sus cumpleaños para poder hacer clases de danza, estaría contenta hoy si te viera?

¡Sï! Si volviera a empezar haría lo mismo. Lo único que no haría, es rechazar algunas cosas que rechacé por ser “tan” responsable. Sería un poco menos responsable, porque en el fondo las quería hacer.

«Yo siempre tuve que elegir, incluso de chica. O un zapato de baile o uno para salir. Y siempre elegí el zapato de baile.»

¿Y por qué no las hiciste?

Porque me las ofrecían cuando yo estaba comprometida con el ballet Miguel de Güemes. Por ejemplo: el Ballet de Salta. Marina Gímenez (directora) me dijo “este lugar es tuyo, Norma”. “No, no puedo. Soy la directora de un ballet, tengo que ir a Bahía Blanca. Yo no les puedo hacer eso a mis bailarines”. Con el Ballet de Brandsen pasó algo parecido. Cuando murió mi mamá yo tomaba clases con ellos -a escondidas de mi compañero, porque me mataba si se enteraba-; porque yo lo necesitaba para recomponerme, nutrirme, porque estaba muy triste, me sentía vacía. Lo único que me estimulaba era crecer, y para eso necesitaba que alguien me mirara a mí, porque yo me la pasaba mirando a los demás. Yo iba como si no supiera nada, me ponía atrás de todo, y la profesora me pasaba adelante y me decía: ¡Ay que capacidad! ¡Qué bueno! Y eso me estimulaba. Necesitaba ese estímulo, ese mimo.

Pero Norma, tus bailarines, esos a los que no podías fallar, ¡sí, te miraban! ¿Por qué si no, cuando vos dejaste el Miguel de Güemes, se fueron la mitad de ellos?

Bueno, de eso yo no me di cuenta. Yo vivía muy pendiente de ellos. Por ejemplo, cuando estábamos en Cosquín, yo cuidaba que duerman, que si iban a nadar no fuera mucho tiempo, porque era importante que descansaran para que rindan cien por cien. Pero, por otro lado, los domingos les hacía traer algo para compartir después del ensayo, para que se divirtieran, se rieran y así perdían la vergüenza entre ellos. O sea, dejarles que crearan una cosa muy unida, pero marcando. Había que marcar porque si no era un descontrol. Y yo tenía miedo también que se hicieran mal. Y también porque había que cuidar la imagen del ballet. ¡Éramos el Miguel de Güemes! (con énfasis).

Era necesario poner un borde que evitara el desborde, que estuvieran contenidos para que el desborde fuera sólo en el escenario.

Volviendo a la pregunta ¿Valió la pena tanto sacrificio? ¿Qué obtuviste a cambio?

Ser feliz. Con sacrificios, pero feliz. Satisfacción. Saber que dejé algo, algo por lo que en algún momento se van a acordar de mí. Sí, sí, valió la pena. No me veo de otra forma. Eso era lo que tenía hacer. Y es cómo yo lo sentía.

Lo mío es la pasión. Sin pasión, no soy yo. He hecho muchas cosas, pero nada fue fácil. Hay gente que tiene facilidad. Mi marido, por ejemplo, tiene facilidad para todo. En cambio, yo todo lo logré con trabajo. Tanto si una profesora me marcaba algo para corregir o porque yo me miraba en el espejo. Y como soy perseverante, lo logro.

Además, si estoy enojada o tengo problemas, lo único que a mí me desconecta de esa realidad que me pone mal, es conectarme con mi cuerpo. No solamente a través de la danza. Hace 1 año y medio estoy haciendo CPC (Conocimiento Corporal Consciente). Siempre estoy en búsqueda de algo. No sé qué es, sigo buscando. Conocer más mi cuerpo, qué cosas pueden pasarle, qué movimientos puede hacer o qué movimientos me pueden hacer mal. Yo creo que al que le gusta bailar, siempre está en búsqueda de algo. Por eso sigo trabajando, tomando clases. Por ejemplo, hace 1 año más a o menos, también fui a hacer danza mecanizada (contemporáneo) con Silvina Pereyra -bailarina del Colón-, porque yo quería saber qué era, porque a mí me mata la curiosidad, aunque no me daban los tiempos porque estaba todavía trabajando doble turno y estaba ya haciendo flamenco con Juan Ayala.

¿Qué te quedó por hacer?

Bailar tango con mi marido. En su momento Gustavo me lo había planteado. Pero él estaba en su mejor momento con la música. Y yo sentía que no podía hacer que deje ese momento de él porque yo quería tal cosa. Y él tiene una carrera importante, toca con Diego Arolfo, fue percusionista de Toño Rearte, Coqui Sosa y Shalo Leguizamón, estuvo también con Peteco.

Pero eso lo hiciste con todos. Me parece que vos obtenés una gran satisfacción en hacer que el otro sea. Es lo más cercano a la maternidad. Es una forma simbólica de “dar a luz”. Diste a luz a artistas. La pregunta es si eso sólo lo hiciste con los demás o, de alguna manera, a través de otros te fuiste “dando a luz” a vos misma, cada vez.

Visto de esa forma, parece que lo he hecho por los demás. Pero yo creo que soy una persona muy egoísta. Yo decidí no tener hijos para no postergarme como artista. Y porque cuando me metí en la docencia, a los 21 años, vi el mal que le hacían los padres a sus hijos por exceso de amor o por falta de amor.

O sea, que tu decisión de no tener hijos fue también una muestra de responsabilidad y generosidad como todas las decisiones de tu carrera.

A mí la danza me lo dio todo, incluso a mi marido. Con Gustavo nos conocimos en una peña porque Toño nos hizo bailar una zamba. Así comenzó todo. Y cinco años después estaba esperando ese 25 de mayo para bailar con él, mirándonos y cortejándonos con el movimiento del pañuelo. Hacen ya 17 años que nos casamos y es el día de hoy que todavía cuando bailo una zamba con él, el corazón se me acelera y nos emocionamos.

Norma Moyano y Flavia Mercier durante la entrevista online.

Muchas gracias Norma, ha sido un placer y un gran aprendizaje de vida esta entrevista.

Norma Moyano pasa de bailarina a maestra como una consecuencia natural de su deseo de pasarle a otro su saber, consciente del esfuerzo que conlleva ganarlo, cuando ve brillar en esos ojos las ganas de bailar. Como si en un espejo se mirase, parece reconocer a la niña que una vez fue y que en su afán por bailar no dudó nunca sobre sus prioridades. Frente a ese reflejo de las propias ganas, se volvía solidaria del deseo del otro, al punto de donarle, sin titubear y sin nadar en la abundancia, clases gratuitas. De esas clases cobró importancia la figura de la maestra. Hasta entonces sólo contaba con la intuición que nacía de su pasión, pero su orientación era todavía una apuesta a verificar. En cierto modo, de esa entrega sin precio, supo obtener como ganancia para sí el autorizarse como enseñante. Un plus que luego aprovechó para ejercer como maestra de música, una actividad que no había imaginado que haría.

Al escuchar su relato, uno se pregunta si esta mujer que no tuvo hijos no dio a luz a tantos artistas a los que les alumbró una carrera, a la vez que se iba “ganando la vida” resurgiendo por nacimientos sucesivos. Dar a luz implica más que un parto, requiere también rescatar de las sombras aquello que pudo haber quedado invisibilizado o silenciado, y hacerle lugar en la donación de un “presente”. Norma alentaba a sus alumnos a sacar fuera, a poner en el escenario, ese deseo que ella nombra como pasión o “ganas”. Y a la vez cuenta cómo ella inventaba recursos para hacer posible su sueño.

Advirtió muy tempranamente lo fundamental de mantener vivo el fuego de esa pasión para poder atravesar los momentos difíciles o aquellos en que los aplausos no resuenan. Al calor de esa lumbre, emprendía el trabajo de extraer del bailarín “todo” lo que podía dar, despejando el horizonte de nubes de angustia con los destellos de la fe en sí mismos, tan necesaria para afirmarse en el escenario.

Las funciones de maternazgo y paternazgo son funciones de acompañamiento y tutela. Incluyen albergar y abrir la puerta para salir a jugársela. Generar las condiciones para que el deseo de vida, de tener una vida, se manifieste, facilitando que el campo de la existencia pueda alcanzar fronteras distantes de lo doméstico. Dar herramientas con las que enfrentarse a los límites y acompañar para hacer de ese obstáculo una señal que discierna un camino posible. La crianza adquiere la dimensión de un proceso por el que se “habilita el crecimiento”, cuando sostener no es retener y acompañar la emancipación no es empujar ni expulsar, ya que siempre se podrá volver a casa cuando sea necesario. De similar manera, Norma nos cuenta que entendía que sus alumnos o bailarines pudieran marcharse y luego volver, cómo les acompañaba para que se expresaran con la singularidad de cada uno, y cómo les contenía cuando bajaban del escenario, armando un borde que habilitara el desborde artístico.

Norma nos enseña cómo se construye una ética basada en la responsabilidad subjetiva, aquella por la cual el sujeto se hace responsable de su deseo y es consecuente con este en sus actos, siendo así la ética lo que permite elegir lo que hace bien ante los avatares del azar. Ella que, como bien dice, siempre tuvo que elegir. Y puesta a elegir entre un zapato de salir o uno de baile, siempre eligió el de baile. En el mismo camino fue cediendo las celebraciones de sus cumpleaños, las horas de juego en la infancia o las salidas de la adolescencia. Y ante la disyuntiva de brillar como bailarina o que brillara su ballet, supo calzarse bien los zapatos de directora, con la misma generosa responsabilidad que pueden asumir una madre o un padre. A cambio concluye que todo sacrificio está pago con haber sido feliz.

Flavia Mercier

Entrevista a Claudio González: “Si no lo sentís, por más que lo estudies, no es creíble.”

Literalmente criado en la milonga, desde los tres años, hijo de milongueros, al crecer fusionó su tango con la danza clásica y contemporánea sin perder nunca el más auténtico sabor del estilo Todaro, que le legó primero su padre y luego el propio maestro. Fue parte y figura destacada de grandes producciones como “Forever Tango”, cuando todavía estaba en Broadway, o “Tangokinesis” bajo la dirección de Ana María Stekelman, o “Milonga” bajo la dirección del reconocido coreógrafo belga-marroquí Sidi Larbi Cherkaoui. Son memorables sus interpretaciones de “Tanguera” con Valentina Villarroel, o “Pata Ancha” con Melina Brufman, o “Tiempos” con Julia Urruty. Trasgresor en todos los aspectos de su vida, Claudio González nos cuenta cómo hace para encontrarse consigo mismo a través de su arte.

Claudio González con Julia Urruty.

¿Cómo pasó la pandemia un “animal” de escenario como vos? ¿Como una fiera enjaulada?

Empecé estando muy conectado con el reciclado de muebles. Había estudiado en un tiempo algo de eso, y aproveché el momento. Era el tiempo “para”. Arreglé el hostel que tenemos con mi socia, y la casa. Después les reciclé unos muebles a unos amigos. Y aprovechamos con Gastón (Bruffau, su pareja) a lanzar la línea de zapatos.

Contame un poco de ese proyecto.

Lo pensaba hace unos cinco años porque la gente me miraba mis zapatos y me preguntaba dónde los podían conseguir. No tenían nada especial, sólo que yo buscaba zapatos blandos y que me dejaran la punta bien. Y bueno, la pandemia me dio la posibilidad de hacerlos. Un poco inconsciente, no sabía nada, sólo lo que quería: un zapato blando sin que se abolle. A mí me gustan las líneas y me gusta que el pie se vea bien estirado. Aproveché que Julia (Urruty, su pareja de baile) tiene su línea de zapatos y me puso en contacto con su zapatero. Tardamos un tiempo -fui hasta la curtiembre con él-, pero lo logramos. Además, es un zapato lindo. O, al menos, eso creo yo. También diseñamos unas botitas cortas que te dejen mover el tobillo.

¿Y nada de tango o baile?

Al principio no, pero después empezaron a salir algunas clases online y fui haciendo. A principios del 2021 aprovechamos también a montar una página de tango escenario on demand, TANGOPWR (Tango Power), con Alejandra Gutty. Eran clases que dimos en 2019. Son entrenamientos para la escena.

Claudio González y Alejandra Gutty.

Además, como Julita (Julia Urruty) vive cerca de casa, venía a veces a ensayar. Pero, claro, “¿Para qué ensayamos?”. No había incentivo. Digamos que no me alcanzaba con esa poca actividad para conectarme con el baile. Entonces, apareció la posibilidad de preparar a unos “chicos” de Santiago del Estero. Bueno, ya no son “tan” chicos. De hecho, son muy profesionales. Daniela Bravo y Lucas Guevara.

¿Los que ganaron el “Pelando Variación” que organiza Oliver Kolker?

Claro. La ganaron dos veces. La segunda fue una edición especial que se hizo en Canal 7 con todos los campeones de años anteriores. Ellos querían concursar con la misma variación que había ganado un año antes. Para mí tenían que ofrecer algo más. Es decir, si eso funcionó una vez, va a volver a funcionar, pero la gente está esperando ver un escalón más arriba. Entonces les dije: “Hagamos una cosa ¿Cuándo vienen a Buenos Aires para concursar?” Ellos estaban en Santiago del Estero. “Dos semanas antes”, me dijeron. “Bueno, vengan a mí estudio y lo trabajamos”. Ellos no querían. “No, no tenemos plata”. Me dijeron. Y yo les dije: “Vengan igual”. Y así pasó, y ganaron.

«Para mí lo mejor que puedo hacer como maestro es que la gente se conecte con el interior de cada uno y con su deseo …se trata de que ellos se encuentren consigo mismo… Y yo apoyar ese deseo.»

O sea, ¿vos los preparaste gratis? ¡Eso es amor al arte y lo demás es tontería!

Lo hice también por mí, no sólo por ellos. No me la voy a dar de buen samaritano. Yo también estaba parado, yo también necesitaba trabajar. ¡Qué mejor manera de volverme a activar que ayudar a mis alumnos, a estos pibes que se c… de hambre todo el año pasado! Además, son buenísimos, yo creo que serán campeones en el futuro .

Si lo decís vos que ya tenés varios campeones en tu “haber” … ¿Juan Malizia y Manuela Rossi… quién más?

Juan y Manuela ganaron justo el año que no los ayudé. Sí los había ayudado el anterior y Juan había sido mi alumno de siempre. Ese año me dijo: “No te pedí ayuda porque ya sé todo lo que quiero hacer. Voy a bailar Pata Ancha y va a ser en honor a lo que vos hacías con Melina (Brufman)”.

Se inspiraron en tu baile, pero encontrando el propio, no siendo copias tuyas.

Claramente fue así y es genial para mí.

Para mí lo mejor que puedo hacer como maestro es que la gente se conecte con el interior de cada uno y con su deseo. Para mí se trata de que ellos se encuentren consigo mismo. Desde el baile hasta cómo se visten, o qué peinado se hacen. Y yo apoyar ese deseo.

¿Cómo hacés que alguien se encuentre con su deseo? Esperá, esperá, que apunto, porque ese es mi trabajo como psicoanalista (risas).

Para mí tiene que ver con la palabra. Cómo vos le decís las cosas y cómo vos apoyás a esa persona. “Quiero que esa pierna esté arriba. Vos podés. Yo sé que vos podés más.”

Entonces es la palabra y tu apuesta por ese artista. Vos “lo” afirmás… que puede.

Sí, yo afirmo. Es algo que aprendí con los alumnos, no lo hice toda mi vida. Un día me empecé a dar cuenta que cuando usaba determinadas palabras, o las decía de determinada manera, los alumnos volvían distintos al siguiente ensayo.

«Cómo te ves en un escenario tiene que ver con el tiempo que llevás en esto y, también, con la insistencia y las ganas. Las ganas son fundamentales, hacen la diferencia, más que si nacés con un don… hay gente que nace con el don y lo desaprovecha, o que a pesar de que estudia, practica, y hace de todo, llega “hasta ahí”, lo justo. Me parece que para lograrlo lo tenés que desear profundamente y tenés que soñarlo.»

En este punto me acuerdo que te vi en un video dando clases a una chica ciega ¿Cómo se le muestra a una persona ciega los movimientos del cuerpo?

Eso fue maravilloso. Ella me llamó al empezar la pandemia. Me explica que es actriz, que hizo una obra de tango y que le gustaría saber bailar más. “Creo que me gusta el tango escenario”, me dice. Y me cuenta que había sido gimnasta de alta competición hasta los 12, por lo que tendría condiciones. “Bueno, Eli (Eliana Manzo) cuando termine la pandemia te llamo y venís”. Y me dice: “Bueno, pero tengo que contarte algo. Yo no veo, soy ciega”. “Ah, … Y, bueno, vení igual. Yo no tengo experiencia enseñando a una persona que no ve, pero me parece un buen momento para probar.”

Le trasmití todo desde el abrazo, cómo lo que se siente en el abrazo pasa a la cadera, a la pierna, y produce un boleo, por ejemplo. Y en qué tiempo. Ella tocaba mi pierna para “verlo”. Fue un aprendizaje para los dos. Fue maravilloso. No faltaba nunca, vino hasta con fiebre. Una vez que el novio no la podía traer, se vino sola tomando dos colectivos (autobuses) desde Vicente López, yo vivo en Almagro. Es una genia, no usa bastón, hace todo como si viera. Es un ejemplo de vida. Obviamente la bequé.

Ahora quiere ser bailarina profesional. Empecé a buscarle un compañero, pero sólo quiere bailar conmigo porque según dijo en una entrevista, “Con Claudio no hace falta que yo vea”. Casi me muero. Antes de venirme, bailamos en dos milongas.

«…conocí el tango desde los 3 años. Era un poco raro lo que me producía, no era feo, sí medio melancólico… Era la letra. No recuerdo si la entendía o no, sí recuerdo que me conmovía. Me acuerdo que en un rincón de la casa había una mesa de luz y yo le abría la puerta y me metía detrás. Y me quedaba ahí (hace gesto de encogerse), escuchando.»

¿Qué fue primero: el tango, el baile o el escenario?

A mí, desde chiquito, me atraía bailar. Sentía y me movía al ritmo de la música. Y mis viejos eran bailarines de tango (Pedro González, “el Ruso”, y Nilda Perna, “Lili”), así que conocí el tango desde los 3 años. Era un poco raro lo que me producía, no era feo, sí medio melancólico. Me daban como ganas de llorar, me escondía en los rincones.

Creo que mis viejos intentaron ser profesionales pero no llegaron porque en su época eso recién empezaba. Además de tango, bailaban de todo. Se conocieron bailando, así que ya desde la panza de mi vieja yo tenía algo como el “tempo” de la música. Mi papá era discípulo y asistente de Antonio Todaro, con lo cual me enseñó muchísimas cosas, fue mi primer maestro. Después seguí con Antonio, y después con Mingo Pugliese.

Aunque yo empecé a bailando folklore desde los 8 años, unos 4 o 5 años, hasta que empecé la secundaria y dejé todo. También bailaba música disco. Entonces, dos años después, pasa algo muy loco. Estaba en el Parque de la Ciudad con unos amigos y aparece un grupo de bailarines del programa de Canal 7, “Música Total”, que buscaban nuevos bailarines y me seleccionan a mí. Participo del programa -mis compañeros “me cargaban” (hacer bromas)– y ahí me reconecto con el baile. Pero a los 16, tengo dos problemas importantes en las piernas. Primero, iba corriendo y me golpeo con la punta de un cantero (tiesto o jardinera grande, de cemento, ladrillo o piedra) y se me sale la rótula de lugar. Cuando me sacan el yeso y empiezo a moverme, mi papá me propone que vaya a sus clases. Ahí empecé a aprender a bailar tango. Pasa un año y medio, más o menos, y tengo otro problema en la otra pierna. Me asaltaron y me pegaron un tiro. La bala entra y sale sin tocar hueso y sin comprometer la pierna, pero me quedó muy débil. Entonces, me traen “un brujo” que me lava las piernas con miel y cerveza y me dice “a partir de ahora, vas a bailar”. Y claramente fue así, no paré de bailar.

¡Presentame a ese brujo! (risas). Hablando en serio, llama la atención que el tango te “conmoviera” tan chiquito ¿Podés ubicar qué te conmovía? ¿La música o la letra?

Era la letra. No recuerdo si la entendía o no, sí recuerdo que me conmovía. Me acuerdo que en un rincón de la casa había una mesa de luz y yo le abría la puerta y me metía detrás. Y me quedaba ahí (hace gesto de encogerse), escuchando.

Un viaje a la interioridad.

Sí, me parece que sí. Cosas que le pasan a un chico. Después de grande te ponés a pensar en ese tiempo y se te ocurre que quizás aquello explica lo de hoy. Porque yo no sé si decidí bailar tango. El tango se metió en mi vida desde que a los 3 años mis viejos me llevaban a la milonga. A mí lo que me tiraba era el arte. No sabía si la actuación o el baile. Por supuesto que el tango era una posibilidad muy clara porque me gustaba y me salía bien. Y porque me hacía base para entrar en otros sitios. El tango me abrió las puertas a lugares diferentes que si no hubiese sido imposible. Por ejemplo, entrar en la compañía de Ana María Stekelman (una de las más reconocidas coreógrafas de danza contemporánea), donde estuve tres años, desde el ‘95.

O sea que si te dicen, “es que es un bailarín de escenario” (en tono despectivo) para descalificarte por no ser milonguero, no tienen ni idea de con quien hablan.

A lo mejor no se sabe, pero yo, además de ir a la milonga desde los 3 años, a partir de los 16 -17 años fui a la milonga durante 10 años a aprender, a practicar. Después seguí yendo, siempre, pero esos diez años me sirvieron de base.

Claudio González con su mamá, Lili Perna.

Además, a mí siempre me aplaudieron todos, era aceptado en general, incluso por los milongueros, haciendo las mismas locuras que hacía en el escenario, en la milonga. Hasta bailé con el torso desnudo en milongas súper tradicionales. A la gente le gustaba que les contases “algo”. Me parece que ahí yo descubrí el “poder contar algo” a través del baile. Y el tango, a través de la letra, la música, me dio la posibilidad de expresarme mejor. Me parece que ahí se me empezó a fusionar mi deseo artístico con el tango.

Y también, el tango era una base muy clara para expandirme a otras danzas. Por ejemplo, yo estudié cinco años como trapecista, y cuando hacía un número de trapecio me pedían que le añadiera tango. Y así un día aparecí en un teatro colgado de un trapecio, haciendo, hasta donde se podía, algunos pasos de tango.

¡Qué te van a hablar a vos de innovaciones!

No digo que era innovador, en realidad era arriesgado. Generaba todo el tiempo algo como: “Bueno, este…, ¿qué hace?” La verdad es que yo en el ambiente de tango me aburría. Claramente, me aburría, soy muy inquieto. Por eso necesitaba irme a esas otras ramas y volver. Siempre estaba desafiando la gravedad. Y lo límites en general. Creo que puedo decir que era trasgresor. Ni siquiera buscaba el apoyo de la gente, aunque después venían y me decían “me encantó lo que hiciste”.

«No es que la gente te tiene que decir cuál es el camino “correcto”, o si te dice que es lindo lo que haces vos tenés que seguir entonces por ese camino. Vos sabés cuál es tu camino, pero podés tomar lo que la gente te dice. No sólo cuando le gusta. Nunca me importó que me pudieran criticar con mis montajes. Siempre lo tomé constructivamente,…»

¿Y si no te lo hubieran dicho?

Yo me sentía bien igual, aunque es cierto que también trabajo para provocar la sorpresa en la gente. Lo que a veces se volvía un poco duro, porque la gente esperaba que siempre hiciera algo diferente. Me pasaba que bailarines profesionales, con trayectoria, a los que yo admiraba, me decían: “Venimos a ver qué hacés”.

No es que la gente te tiene que decir cuál es el camino “correcto”, o si te dice que es lindo lo que haces vos tenés que seguir entonces por ese camino. Vos sabés cuál es tu camino, pero podés tomar lo que la gente te dice. No sólo cuando le gusta. Nunca me importó que me pudieran criticar con mis montajes. Siempre lo tomé constructivamente, en función de lo que yo mismo sabía que faltaba. Yo sabía si me faltaba ensayo o si algo se podía mejorar.

Convengamos que vos fuiste trasgresor no sólo en el escenario sino en la vida también. Porque cuando la palabra “Queer” ni existía, vos estabas bailando y dando tu apoyo a milongas como “La Marshall” (la primera milonga Queer).

Sí, es cierto, yo bailé un montón de veces en “La Marshall” con Augusto (Balizano, organizador de “La Marshall”) y con Fernando (Gracia) Y también hice un grupo sólo de varones, “Propuesta Cinco”, en un momento que nadie lo hacía, ni se atrevía.

¿Cómo llegaste a ser Claudio González? Contame un poco de tu trayectoria.

Empecé en el “Club Homero”, donde cantaba el Polaco Goyeneche y Adriana Varela, que recién empezaba. Estando ahí, entré en el ballet de Gloria y Eduardo (Arquimbau) para “Grandes Valores del Tango” (mítico programa de la televisión argentina).

Mi primera gira fue a Japón en el año ’90, 3 meses. “Tango Buenos Aires”. Era una pareja, un cuarteto y una cantante. Lo producía una empresa japonesa, asesorados por Gloria y Eduardo. Ese fue mi primer trabajo grande, hasta entonces no había hecho mucho. No daba el “physique du rôl”, en esa época todos los bailarines eran altísimos, y yo … en fin…(risas). A mí se me veía muy niño, por más que tenía 23 años.

En el ’92 entré en una compañía italiana, “Tangueros”, con Alejandro Aquino y María Chiara Michieli, Carlos Copello y Alicia Monti, Verónica Salmerón y yo. En el ‘93 volví a Japón y fui durante casi 10 años, mientras hacía otras cosas. Entre el ’95 y el ’97 estuve en “Tangokinesis” de Ana María Stekelman. Y en el ’97, volviendo de Japón audiciono y entro a “Forever Tango” en Broadway.

Claudio González con Valentina Villaroel.

¿Cómo fue estar en “Broadway” (con énfasis)?

Mirá, pasó así. Volvíamos de la gira a Japón en el ’97, con escala en Nueva York. Elina Roldán, el “Turco” (Alejandro) Suaya, Gisela Chartier y Fernanda Ghi. Luis Bravo estaba en Broadway, debutado hacía sólo 8 meses con “Forever Tango”, y nos dice: “Si se pueden quedar, me gustaría que audicionaran”. Yo audiciono con Fernanda Ghi, y quedo. ¡Imaginate!, yo lo que más quería era pisar un escenario de Nueva York. Me dice Luis: ¿Te podés quedar dos semanas para ver el show todas las noches? Yo así (se muestra sentado inmóvil y expectante, con la mirada atenta), tragándome todo el show y obviamente proyectándome en ese escenario y show. Pasan las dos semanas y me dice: “Volvés a Buenos Aires y quiero que te conectes con esta chica (Valentina Villarroel)”. Y ahí empezamos a prepararnos con Valentina durante 8 meses. Vamos a Broadway y al mes y medio lo bajan de cartel. Nosotros habíamos trabajado 8 meses para eso, pero bueno, en Broadway tienen políticas muy estrictas respecto a los mínimos de taquilla. Igual seguimos trabajando juntos con Valentina. Volví al ballet de Maria Chiara (Michieli, “Tangueros”). Después estuvimos en “Tanguera” en el 2001, y trabajamos mucho en “El Viejo Almacén”. Hasta que en el 2003 empecé a bailar con Melina (Brufman). Con ella seguí trabajando en “Forever” unos 3 años más e hicimos cosas muy lindas como nuestra obra “Episodios cifrados en tango”, una obra hermosa que hicimos con Guillermo Fernández, escrita, guionada y coreografiada por nosotros. Y desde finales del 2013 bailo con Julia (Urruty) con la que seguimos en el espectáculo de “Milonga” y también hicimos cosas “re” buenas y lindas, como nuestros “Gordos” que funciona muy bien.

Claudio González con Melina Brufman.

¿Podemos decir que “Tangokinesis” marcó un antes y un después en tu carrera?

Digamos que pasar por lo de Ana a mí me permitió decir “esto es lo que yo quiero” y redondear mi estilo. Después de estar en su compañía yo me sentía muy preparado para enfrentar cualquier desafío. Esa experiencia me dio la posibilidad de expresarme con mi cuerpo de otra manera, saliéndome del abrazo, aunque también bailaba con el abrazo. Poco a poco yo iba fusionando todas esas experiencias con una forma de bailar el tango bastante tradicional, respetando la base, de manera que hiciera lo que hiciera, se siguiera viendo tango. No como el típico bailarín de clásico que intenta bailar tango.

¿Te gustaba también el contemporáneo y el ballet, o sólo buscabas perfeccionar tu estilo como bailarín de tango de escenario?

Un poco y un poco. Yo entré a la compañía de Ana María Stekelman por el tango. Y una vez ahí, la curiosidad me llevó a querer aprender más. Yo veía gente que bailaba fantástico y que había algo “extra” al tango. También buscaba trabajar la proyección que yo veía en esos bailarines, me parecía súper importante. Porque cuando vos estás acá, re lejos de la gente, la proyección es lo que te permite llegar. Ana me recomendó tomar clases con Mónica Fracchia (reconocida bailarina y coreógrafa de danza contemporánea del Teatro General San Martín), una bailarina que a mí me encantaba. Después estudié Jazz con Manuel Vallejos. Me encantaba el jazz, me parecía muy lindo. Y clásico lo hice con varios maestros y amigas que daban clases en la compañía de Ana.

Estuviste en más compañías que fusionaban tango con contemporáneo, ¿no?

Estuve en “Otango” que fusionaba tango con actuación y en “Milonga” de Sidi Larbi Cherkaoui (reconocido coreógrafo belga-marroquí) en la que hacíamos un solo de hombres con Nikito Cornejo y Martín Epherra bailando Libertango. Esta experiencia fue una de las más ricas para mí, por la devolución que tuve de Sidi Larbi Cherkaoui sobre cómo fusionar el tango con contemporáneo, los tiempos de un show. El “tipo” vino a Buenos Aires y estuvo dos años estudiando el espectáculo, dos años, y después me pidió que fuese con Melina (Brufman), desde acá (Barcelona) que habíamos pasado por “El Grec” (reconocido festival de artes escénicas en Barcelona), a Amberes (Bélgica) a practicar con él. Yo venía ya formado, grande y con muchas ideas súper claras, y el tipo me rompió la cabeza. Me desestructuró todo lo que podía quedar por desestructurar.

Claudio González con Julia Urruty.

Tuviste tres parejas de baile muy importantes. ¿Cómo se deja atrás una pareja con la que se tuvo éxito sin caer en intentar repetir lo mismo?

La transición es muy difícil. Dejar lo que siempre te resultó y donde uno está cómodo, es muy difícil. Yo lo hago sin mirar atrás, mirando adelante, lo que puede venir, como un desafío. Para lo cual tengo que creer mucho en mí, dejar el ego de lado, y creer que la otra persona va a aportar algo “copado” (genial), sabiendo que sí o sí va a ser distinto porque la persona es distinta. Además, creo que es necesario trasmitirle al otro que vos crees que puede brillar, porque si no las personas pueden quedar por debajo tuyo, porque uno tiene más experiencia. A mí eso no me sirve. Yo creo que, por más que seas una dupla, cada uno tiene que brillar por sí mismo. Yo intento, y creo que me sale, adaptar mi manera de bailar a la de esa bailarina. Y trabajo dándole confianza para que brille. Y si se luce más que yo, si mejora mi trabajo, está perfecto.

¿Por qué crees que hoy no hay espectáculos con la importancia de “Forever Tango”?

Para mí hay que volver a poner en el escenario a parejas con experiencia. Me parece que los que tenemos más de 40 y que todavía bailamos, estamos desaprovechados. Tenemos una experiencia y “otra cosa” con que sostener el tango. Cambiar parejas para aggiornar un show puede parecer acertado, pero cuidando que el espectáculo no pierda identidad. “Tango Argentino” fue “Tango Argentino” por las parejas que tenía. Aquel show tenía esa calidad gracias a la esencia de cada pareja, de cada bailarín.

También hemos quemado un poco la plaza. Ahora hay mucha más gente que baila tango, hay millones de chicos jóvenes que bailan porque hay un Mundial de Tango, la gente está muy repartida en el mundo, se arman espectáculos con más facilidad. Pero eso ha producido también algunos espectáculos espantosos en los que algunos con cinco clases vienen de Buenos Aires a dar clases y terminan montando un espectáculo donde la gente no sabe ni cómo poner una luz. Eso quemó el mercado.

«Yo creo que, por más que seas una dupla, cada uno tiene que brillar por sí mismo. Yo intento, y creo que me sale, adaptar mi manera de bailar a la de esa bailarina. Y trabajo dándole confianza para que brille. Y si se luce más que yo, si mejora mi trabajo, está perfecto.»

¿Cómo armás un espectáculo, o una coreografía? ¿Lo pensás con un hilo conductor?

Si yo armo un espectáculo parto de pensar lo que deseo, lo que me gustaría mostrar. Por ejemplo: trabajar sobre la vida y la muerte. Una vez que tengo claro qué quiero mostrar, ahí pienso de qué manera eso le puede llegar mejor al público. A veces no es necesario que la coreografía tenga un guion, a veces sólo falta un poco de expresividad en algunos momentos puntuales. Hay mucha gente queriendo hacer coreografías con guión que no prepara la interpretación. Si yo no sé de teatro, necesito tener a alguien que me lo mire. Yo sé que hacerlo es caro, pero yo intento hacer las cosas así.

¿De qué te nutrís para mantener lo creativo en vos? ¿En qué te inspirás?

De lo que me pasa en la vida. Me pasa por la vida, por lo que me sucede, por las vidas, por las muertes, por las emociones, las alegrías. Trabajo mucho con imágenes en mi cabeza. Si algo me gusta, entonces pienso cómo lo puedo expresar en el baile. Tampoco es que me concentro en algo, después de crearlo me doy cuenta de qué se trataba. Soy como muy “inconsciente” en ese aspecto.

O sea que sublimás “a lo bestia”.

Mirá qué loco que es. Después que se muriera mi papá, yo empecé a hacer una creación de un viejo que recordaba a su mujer que ya había muerto. Lo hacía con Julia (Urruty). Empezaba con el hombre mirando un álbum de fotos y ella aparecía, como de su pensamiento, y empezaba a bailar con él. Algo muy básico, ella vestida de negro, yo en el papel de viejo. Él se desencontraba con ella y la manera de rencontrarla era volver a la juventud al compás de un corazón que iba latiendo de lento a rápido. Ella se sacaba toda la ropa negra y nos juntábamos en escena como si ambos fuéramos jóvenes. Al final cada uno vuelve a su lugar, ella del otro lado del mundo con su vestuario negro, yo volviendo a ser viejo, hasta que ella me lleva. Claramente estaba escenificando el último tiempo de un hombre antes de pasar al otro lado, porque al morir mi papá, ya no quedaban personas en mi familia más mayores que yo, el que seguía era yo. Fue una manera de pasar eso que sentía por el baile.

¿Es la danza un modo de expresión para vehiculizar esas cosas que te pasan y que no se pueden terminar de poner en palabras?

Se vehiculizan por la danza, pero lo tenés que sentir. Si no lo sentís, es mentira lo que pasa. Si vos no sentís que tenés que hacer de viejo, por más que te lo digan, lo estudies, lo ensayes, no es creíble. Lo tenés que sentir, claramente.

Tiene que ser un afecto más que una emoción. Te tiene que afectar a vos para que vos puedas afectar al que está en el público.

Por lo menos, desde mi lenguaje o desde lo que a mí me pasa, a veces yo lo tengo que sentir como en la piel, saber qué me pasa. Como cuando escucho una música. Hay músicas que me ponen muy sentimental y trato de expresar eso que me pasa internamente en el afuera y expresarlo, obviamente, en el cuerpo. Pero la emoción de lo que me sucede. Si no, no llega. Si no, es como muy poco natural.

«Si vos no sentís que tenés que hacer de viejo, por más que te lo digan, lo estudies, lo ensayes, no es creíble. Lo tenés que sentir, claramente…. trato de expresar eso que me pasa internamente en el afuera y expresarlo, obviamente, en el cuerpo. Pero la emoción de lo que me sucede. Si no, no llega. Si no, es como muy poco natural.»

Vos en el escenario te creces, hacés incluso que la técnica se potencie. Hoy cuesta ver a alguien con tanta técnica y a la vez tanta presencia en el tango escenario ¿Se te ocurre que puede estar faltando? ¿Los bailarines más jóvenes no se la creen?

En parte puede ser una cuestión de tiempo. Te escucho y me acuerdo de lo que me pasaba a mí cuando era joven: que no veía a nadie capaz de hacer lo que hacían Mayoral y Elsa María o Copes y María Nieves. “¿Qué hay que tener?”, “¿cómo hay que hacer?”, decía yo. Yo gané seguridad cuando ya llevaba unos 15 años bailando.

Por otro lado, hoy hay mucha complejidad en lo que se hace. Si vos ponés velocidad todo el tiempo, si vos desafiás la gravedad “todo” el tiempo (con énfasis), estás preocupado en el escenario porque si le errás es un “bardo” (lío). Hay que elegir, hacer menos, saber que con dos pasos podés lograr el mismo impacto que con todo eso. Al principio yo metía de todo en mis coreografías. Era como “barroco”. Ahora veo eso en algunos bailarines jóvenes y les digo: “Es mucho”. Y me contestan “Yo soy así”. Y pienso: “Está bien, yo también era así…”. Yo empecé a hacer menos al ser más adulto y elegí mostrar más las sutilezas. Ahora estoy más minimalista. Prefiero lo sobrio y sutil a lo cargado, tanto en el gesto como en el vestuario. También es cierto que para los pibes es su momento de mostrar eso, es una forma de pararse ante sus pares.

Cómo te ves en un escenario tiene que ver con el tiempo que llevás en esto y, también, con la insistencia y las ganas. Las ganas son fundamentales, hacen la diferencia, más que si nacés con un don. Si nacés con ese don y lo podés aprovechar, ¡genial! Si no, la información por algún lado entra. Salvo, por supuesto, que no tengas ninguna cualidad para esto. Pero, hay gente que nace con el don y lo desaprovecha, o que a pesar de que estudia, practica, y hace de todo, llega “hasta ahí”, lo justo. Me parece que para lograrlo lo tenés que desear profundamente y tenés que soñarlo.

Después de toda esta charla ¿podés ubicar mejor qué era lo que te conmovía del tango a los tres años que te hacía esconderte o refugiarte?

Creo que es como si yo hubiese visualizado de alguna manera en ese momento el futuro, después de los 30, 40 años. Ahora me sucede lo mismo, claramente. En aquel momento no sabía lo que me pasaba por ser muy niño.

Digamos que, como con el público o con tus alumnos, sos capaz de ponerte en el lugar del otro. También en el lugar de tu otro del futuro.

Me parece que a veces yo parezco un poco piedra, pero la verdad es que hay un montón de cosas que me conmueven. Y una es esta que te dije de ayudar a otros a cumplir sus deseos, sus sueños, y a llegar al máximo de su expresión. Llevarlos a los lugares en los que se encuentren consigo mismo, porque ahí es donde yo he encontrado la felicidad.

Claudio González y Flavia Mercier durante la entrevista.

Me parece que eso es fundamental y creo que encuentro un buen lugar ahí, donde yo puedo trasmitir eso, a mí me hace sentir bien y resulta. Pero tienen que creer en lo que van a hacer, sino es ficticio, no podés hacerlo sólo porque te lo dice el maestro. Creo que la persona también tiene que buscar, investigar, no sólo es lo que dice el maestro. Si no creen en que pueden hacerlo, entonces no es el momento. No es que no puedan, sino que no es el momento, ya será.

Muchas gracias Claudio, un placer enorme.

Claudio González explica cómo en sus creaciones se deja llevar por imágenes que, fundadas en sus vivencias, le llegan de manera un poco “inconsciente”, sin saber del todo el mensaje que portan. Como en el baile, se deja llevar por lo que le producen o por cómo lo afectan, por lo que siente en la piel, y sólo con el tiempo puede decir de qué se trató. Por otro lado, define la función del maestro como un acompañamiento a lugares en los que el discípulo se encuentra consigo mismo. El sí mismo como un lugar al que se arriba. Su experiencia le recuerda que en esos lugares él encontró la felicidad.

No todo lo verdadero de sí “encaja” con la imagen que gusta ver en el espejo. Hay también un otro de sí que saca de las “casillas”. Se percibe muchas veces como un extranjero en el territorio personal y lo que trasmite produce extrañeza. No es menor, entonces, cuando Claudio dice que para que sea verdadero lo que se hace se trata de sentirlo “hasta” en la piel, que si no “no llega”.  Sentirlo hasta en la piel es dejarse habitar por ese afecto, dejarse afectar por esas imágenes que no se saben qué dicen como si vinieran de otra tierra y hablaran otra lengua, y sin embargo presentan cierta familiaridad. Lo habitual es darle vuelta la cara, levantar las murallas de las defensas.

Se «pre-sienten» vestigios de un pasado conocido pero rechazado. Restos de uno mismo que el yo no “comprehende” y suelen formar parte de aquello que incesante, e infructuosamente, se intenta evitar. Insistencia que lo vuelve familiar. Intuición que se viste de certeza y allí asoma la angustia, a la que cuesta mirar de frente.

Sin embargo, darle lugar hace la diferencia porque ese viaje lleva a encontrarse con lo singular de sí, con lo que a cada uno le hace único. Los artistas pueden dejarse llevar por esas imágenes porque encuentran en su arte una manera de elaborar lo que turba y desprenderlo de sí en forma de algo bello. Y entonces, casi lógicamente, sobreviene la “joi de vivre” o alegría de vivir. Esa felicidad de la que habla Claudio. Bendita función la de los artistas que tras experimentarla desean llevar a otros hacia ese lugar.

Flavia Mercier

Entrevista a Sergio Cortazzo y Silvia Carlino: “El tango es bailar con una persona y hacerla sentir bien”.

Con más de 35 años de experiencia como bailarín de tango, Sergio Cortazzo, también maestro y coreógrafo, fue protagonista de algunos de los momentos más inolvidables de la escena tanguera. Son inolvidables sus coreografías de «Gallo Ciego» y «Mala Junta» en «Tango X2» junto a Gachi Fernández, y «Chiqué» con Soledad Rivero. Junto a él, Silvia Carlino, quien, con más de 20 años como bailarina de tango y tras haber bailado con algunos de los más renombrados bailarines, hoy organiza con Sergio una de las milongas más importantes de Italia, la milonga del Club Majestic, donde también llevan adelante su escuela de tango. Una entrevista que respira amor al tango como arte y como expresión cultural que cohesiona una comunidad.

Sergio Cortazzo y Silvia Carlino

Sergio, ¿Cómo te diste cuenta que querías ser bailarín profesional de tango?

Estaba yo estudiando en la “Casa del Tango” de La Plata -donde yo vivía- cuando surgió la posibilidad de participar en una obra de teatro en “La Comedia” (teatro) de la provincia de Buenos Aires, en la que necesitaban una pareja de tango. Era un sainete de Vaccarezza. “Tiempo de firulete”. Durante dos años, estuvimos en gira por la provincia, con músicos y actores, y teniendo un sueldo. Entonces pensé: “¡Ah, se puede vivir de lo que a uno le gusta!”

Recién entonces, me decidí a viajar a Buenos Aires para dedicarme más en serio. En esa gira descubrí esa gran pasión que hasta entonces veía en los músicos o en los actores, y que tienen las personas que hacen lo que les gusta. Para trabajar de artista necesitas esa gran pasión, si no, no se aguanta. Te pagan mal, los trabajos son inestables, es muy duro el camino. Tenés que tener muy claro que te gusta, para seguir a pesar de las adversidades.

¿Y qué te impulsó, antes de querer ser profesional, a aprender a bailar tango?

Resulta que yo estudiaba ingeniería, y como en ingeniería había pocas mujeres, pensé: “tengo que hacer algo o voy a morir virgen” (risas)

No, hablando en serio, la verdad es que es un poco inexplicable. En mi casa había unos discos de tango, pero no se escuchaba mucho. Mis padres no bailaban ni eran artistas. Mi padre es doctor en sociología económica y mi madre psicóloga. Igualmente, me ayudaron mucho.

Tal vez fue en un viaje por Latinoamérica en el que la gente me decía “Ah, Argentina. Tango”. Ahí sentí que el tango era algo para sentirse orgulloso. Yo nunca me sentí muy orgulloso como argentino. Después que lo escuché a Alfonsín decir “la casa está en orden”, me volví bastante escéptico. La Argentina está llena de contradicciones y a veces no da para estar muy orgulloso. Pero el tango nos ha dado esa posibilidad a todos los bailarines que estamos fuera.

«Eso es tango, bailar con una persona y hacerla sentir bien. No “usarla” para hacer pasos y mostrar a los demás qué grande sos.»

Sergio Cortazzo

Y así, cuando ya tenía unos 22 años, decidí ir a “La Casa del tango”, me informé y empecé a tomar clases. Formamos un grupo con el que salíamos y nos juntábamos a bailar tango. Así me di cuenta que me gustaba bailar, pero todavía no tenía la valentía de dejar ingeniería y dedicarme exclusivamente al tango. No sé si no tenía la valentía, o simplemente no se me ocurría porque en aquella época en La Plata había muy poco tango y yo ni me imaginaba que podía ser una profesión. Fue con el tiempo, cuando ya estaba en Buenos Aires, que me decidí a dejar la carrera porque quería dedicar todo mi tiempo a formarme como bailarín de tango.

En lo referente a la danza o lo artístico, ¿estudiabas algo más que tango?

Al tiempo de empezar a bailar tango empecé a estudiar un poco de actuación también. Y una vez que ya estaba en Buenos Aires, cuando decidí que quería ser bailarín profesional decidí estudiar un poco de ballet clásico para mejorar los movimientos, el cuerpo. Tomé clases de clásico y también de contemporáneo durante dos o tres años.

«…en lo referente a lo expresivo se han perdido un modo de aprender las cosas que influye mucho en el hecho artístico. El proceso de aprendizaje es mucho más frío, no entran las sensaciones. No entran “las vivencias” (con énfasis) que se obtienen por aprender de un modo más artesanal, más “humano”, incluso se podría decir.»

Sergio Cortazzo

¿Quiénes fueron tus maestros de tango?

Pupi Castello, Juan Bruno, Gustavo Naveira, Pepito Avellaneda, Antonio Todaro, Mingo Pugliese.

¡Ah! Nadie… perfil bajo… (risas) ¿Y cómo era aprender con ellos?

Ellos estaban muy entusiasmados con que hubiera gente joven que le gustara el tango y nos dedicaban mucha más atención que a los “habitués”. Nosotros íbamos a las clases “por amor al tango”, se podría decir, por el gusto de aprender. No pensábamos ni en viajar, ni en trabajar, porque eso no existía en aquel momento. Pensá que estamos hablando de una época en que nadie se imaginaba que el tango iba a explotar en todo el mundo e iba a ser lo que es ahora. En aquel entonces como mucho trabajabas en alguna casa de tango y con suerte te podía tocar algún viaje a Japón. Recién empezaba Tango Argentino. Obviamente la pedagogía era la que era, no te explicaban mucho, pero uno se daba cuenta que ellos hacían un esfuerzo por trasmitírtelo.

Imagino que esa posición debe tener una consecuencia en los tiempos de aprendizaje. Entiendo que cuando uno estudia por placer, no tiene apuro en aprender, o en obtener resultados rápidos.

Sí, efectivamente era así. Además, puede ser que uno terminara copiando algún movimiento del maestro, pero en general uno intentaba hacerlo a su manera. En cambio, ahora que, como vos decís, se buscan resultados rápidos, el camino es copiar al maestro o un video por YouTube. Eso es lo más rápido. Se piensa que copiando los pasos del maestro que tiene más popularidad, se va tener trabajo y en poco tiempo.

Los videos tampoco existían antes. Entonces, otra cosa linda era que si vos querías saber cómo bailaba un milonguero, tenías que ir a verlo a la milonga. Agarrabas el volante o panfleto en el que se anunciaba cuando se presentaba, te tomabas el “bondi” (autobús) y te ibas cuarenta minutos o más hasta la milonga. Tenías que ir en búsqueda de lo que querías, no lo tenías al alcance de un click, en la computadora o en un celular. En aquella época tenías que grabar el instante en la memoria. Si no lo practicabas enseguida no te quedaba. Tampoco podías grabarte para después mirarte. Teníamos que ir a la clase del milonguero y preguntarle lo que no nos salía. Y después nos juntábamos a practicar o pasarnos unos pasos. Todas esas “dificultades” ponían a prueba cuánto de verdad te gustaba esto. Había mucha solidaridad, no había casi competencia, porque tampoco había mucho para competir. Ninguno de nosotros tenía en la cabeza la salida laboral. De hecho, éramos un poco inconscientes: le estábamos dando mucho tiempo a algo que no sabíamos si iba a tener una salida laboral.

¿Cómo se traducen en el escenario o en las exhibiciones esas diferencias en los procesos de aprendizajes?

A mí me parece que hoy hay gente técnicamente muy buena pero no tanto interpretativamente. La calidad técnica es muy superior a la calidad expresiva, ahora. Tienen muchas posibilidades para estudiar con mucho detenimiento y muy en detalle los pasos. Pueden parar un video, y avanzarlo y retrocederlo cuantas veces sea necesario. Pero en lo referente a lo expresivo se han perdido un modo de aprender las cosas que influye mucho en el hecho artístico. El proceso de aprendizaje es mucho más frío, no entran las sensaciones. No entran “las vivencias” (con énfasis) que se obtienen por aprender de un modo más artesanal, más “humano”, incluso se podría decir.

Se podría decir que ustedes, de alguna manera, en aquella época, a la vez que iban desarrollando su baile iban construyendo el artista dentro de cada uno. Se iban encontrando a sí mismo y con eso qué quería cada uno expresar.

Sergio Cortazzo y Silvia Carlino

¿Y vos Silvia? ¿Cómo empezaste con el tango? ¿O con la danza?

Yo empecé de muy chiquitita con ballet. A los 8 años ya bailaba. Y lo dejé definitivamente cuando tenía unos 23. Una escuela buenísima de acá de Napoli, con un nivel muy alto. Pero la verdad es que me desilusionó muchísimo el clásico. Además, tampoco tengo cuerpo para ballet. Mi cuerpo es el de una tanguera. Sílfide, digamos que, nunca fui (risas).

Bailé también un poco de contemporáneo e hice un poco de teatro. En aquella época hice también algún que otro espectáculo, tanto de contemporáneo, como de clásico, como teatro. Durante un tiempo también enseñaba a los más pequeños, o armaba el espectáculo de fin de curso de una escuela primaria.

Pero la verdad es que no me gustaba, y lo dejé. Durante mucho tiempo estuve sin bailar o sin trabajar de la danza. Trabajaba con mi mamá en una tienda de ropa, y descubrí que la moda me gustaba muchísimo. Yo dibujaba algunos diseños, algún vestido de novia, aunque no había ido a la escuela de diseño. Sin embargo, yo sabía que eso no era definitivo en mi camino, ni la tienda ni la moda. Sabía que algo iba a pasar.

Y un día me llegó por error una revista a la tienda, en la que justo en la primera página había una foto de una pareja de tango, y la bailarina se veía maravillosa. No me acuerdo quién era. Era todo un artículo sobre Buenos Aires. Me puse a leerlo y al final había un pequeño anuncio de una escuela de danza donde se enseñaba tango. ¡Y quedaba casi al lado de mi casa! Así que ahí mismo decidí ir y unos pocos días después ya empecé a tomar clases. Me pareció que me podía gustar. Estamos hablando de 22 años atrás, no había tantos videos como ahora para ver de qué se trataba.

¿Y cómo llegaste, de leer un artículo en una revista, a organizar una de las milongas más importantes de Italia?

Bueno, empecé primero a buscar dónde a aprender a bailar tango. Primero recorriendo Italia buscando a argentinos que lo enseñaran, porque en Napoli no había muchos. Tampoco había muchos maestros como ahora, aunque los bailarines empezaban a viajar y a venir a Europa. Fui yendo a los festivales. Hasta que un día pensé: “Tengo que ir a Buenos Aires a tomar clases”. Y así lo hice. Me acuerdo que la primera vez me fueron a buscar a Ezeiza, Josep y Teresa (Josep Morera y Teresa Herrero Aubanell, organizadores durante muchos años de una de las milongas más conocidas de Barcelona) que yo los había conocido en el Festival de Napoli. Ellos me aconsejaban dónde ir, con quien tomar clases. Tomé clases con todos. Empezaba al mediodía hasta la medianoche y después iba a bailar, a bailar, y a bailar… siempre. Todavía me acuerdo la sensación increíble que tuve en mi primera milonga en Buenos Aires, en Canning. Hasta que un día empecé a trabajar acá en Italia con distintos bailarines.

Después nos conocimos con él (Sergio) que vino tres años seguidos al Festival de Napoli. Nos conocimos en el segundo. Como él hacía muchas giras en esos años por Europa, empezamos a viajar para vernos. Hasta que vino a vivir acá a Napoli y empezamos a trabajar y a enseñar juntos. Un día los propietarios del Club Majestic, que les gustaba como trabajábamos, que confiaban en nuestra manera de enseñar y entender el tango, nos plantearon la posibilidad de llevar a su club nuestra escuela y organizar la milonga. Y decidimos aceptar. La verdad es que hasta que llegó la pandemia nos iba bastante bien, habíamos organizado un montón de espectáculos, trajimos un montón de artistas y orquestas. Ahora hay que remontarla.

«Yo estaba encantada, con los bailarines bailando con música en vivo. Esa cosa de la ronda, improvisando todos juntos, cada uno con su baile, todos diferentes, y armoniosamente. ¿Cómo hacen?, me preguntaba yo. Parecía mágico. Y esa fue la magia que me hizo tomarme un avión para ir al otro lado del mundo.»

Silvia Carlino

¿Qué era lo que te atrapaba del tango?

La música. De entrada, fue lo que más me atrapó. Y después fue el vestuario en las exhibiciones. Como a mí me gustaba todo lo de la moda. Me acuerdo el primer festival que yo vi, que fue acá en Napoli y lo organizaba Miguel Angel Zotto, con el apoyo de la Comuna, y con estrellas internacionales del tango que venían directamente desde la Argentina. Vino él y la Mantiñán (Alejandra) con Missé (Gabriel), Teté, Eduardo y Gloria Arquimbau, Facundo (Posadas) y Kely, y la orquesta en vivo. Yo estaba encantada, con los bailarines bailando con música en vivo. Esa cosa de la ronda, improvisando todos juntos, cada uno con su baile, todos diferentes, y armoniosamente. ¿Cómo hacen?, me preguntaba yo. Parecía mágico. Y esa fue la magia que me hizo tomarme un avión para ir al otro lado del mundo.

Un deseo muy decidido Silvia

Sergio Cortazzo y Silvia Carlino

Y vos, Sergio, ¿cómo siguió tu carrera profesional, después de aquella primera experiencia con el elenco de “La Comedia”?

Empecé muy de abajo, poco a poco. Primero en el “Bar Sur” bailando de 10 de la noche hasta la 4:30 de la madrugada, entre las mesas, con un pianista que nos acompañaba. Después en “Los dos pianitos”. Luego en el ballet de “Casablanca”. Finalmente, en el espectáculo de “La Ventana” tuve mi primera oportunidad como pareja solista.

(Silvia): ¿Y el espectáculo ese que trasmitieron hace un mes atrás? Es que no se acuerda, como no le gusta darse importancia… Te cuento: hace un mes atrás proyectaron un espectáculo (“La Milonga”) en el que el bailaba con Pupi (Castello) Imaginate un espectáculo de aquella época que está grabado, fue algo importante. Aparte de Pupi, estaban todos los milongueros importantes. Estaba Mingo Pugliese, Marta Antón, el “Alemán” (Roberto Tonet), Pocho Pizarro, y muchos más. Yo me quería matar cuando lo vi porque se lo podría haber mostrado a los alumnos, haberles mostrado “quién es él”. Pero no, porque él no le da importancia.

Pero es que él está por el placer de bailar, por amor al tango, como cuando empezó (risas) Y después Sergio, ¿cómo siguió?

Llegó finalmente mi primer viaje a Japón. Yo llevaba tiempo preguntándome cuando me iba a tocar ir a Japón, porque en esa época era como recibirse (graduarse). Y yo veía que todos iban y a mí no me tocaba. Hasta que me propusieron esta gira con una orquesta dirigida por un pianista de La Plata, con un cantor, y tres parejas.

Después vino “Tango X2” y ahí sentí que había llegado a “la selección nacional”, aunque en esa época estaba también “Tango Argentino” que era mundialmente muy famoso. Pero, para los milongueros “Tango X2” era la selección, porque reflejaba mejor el tango más auténtico, el de la milonga. “Tango Argentino” era más estereotipado. Sin desmerecerlo.

«Esos momentos representan una gran satisfacción para mí, porque yo bailé en el espectáculo que les gustaba a todos los milongueros y encima les gustaba lo que yo hacía.»

Sergio Cortazzo

También estuve bastante tiempo en “Tangokinesis”, con Ana María Stekelman, al principio. Y mucho después llegó “Tango Metrópolis” con Claudio Hoffman y Pilar Álvarez, donde ya bailaba con Soledad Rivero. Esas fueron las compañías con las que más tiempo trabajé. Y mientras tanto, siempre seguí trabajando en las Casas de tango.

¿Y cómo fue esa experiencia de fusión entre el tango y la danza contemporánea (Tangokinesis)?

Y… al principio yo pensaba “cuando me vean los milongueros me van a decir de todo”. Pero, la verdad es que nosotros con Gachi (Fernández) aprendimos muchísimo de Ana: de la puesta en escena, del modo de presentar un hecho artístico, las diagonales, toda la cuestión coreográfica. Para nosotros fue una gran experiencia. Fue un abrir la cabeza sin perder el origen. Fue un sumar sin perder lo que uno quería hacer. Porque era un material bastante tanguero, en cuanto a pasos, pero con músicas “extrañas”. Por ahí bailabas tiros (disparos), puertas que se cerraban, “Libertango” en la versión de Grace Jones. Fue la posibilidad de sumar lenguajes diferentes y una visión diferente del tango. Creo que para su época fue muy original. Bueno, sigue siendo muy original. Hoy hay gente que cree que innova y cae en lugares comunes. Para innovar hay que previamente investigar lo que se hizo antes para no caer en el recurso fácil que es el mismo de siempre. Y conocer bien a fondo ese arte que querés renovar. Piazzolla antes de renovar el tango, tocó con Troilo.

Sergio Cortazzo y Silvia Carlino

«Para innovar hay que previamente investigar lo que se hizo antes para no caer en el recurso fácil que es el mismo de siempre. Y conocer bien a fondo ese arte que querés renovar. Piazzolla antes de renovar el tango, tocó con Troilo.»

Sergio Cortazzo

¿Cómo ves al tango escenario, hoy por hoy? Hay poco, ¿te preocupa?

Yo creo que se va a producir un vacío generacional. Al tango escenario lo mantienen vivo las Casas de tango y el Campeonato Mundial, pero fuera de eso no hay mucho trabajo, no hay muchos espectáculos o giras de tango.

Además, hay muy pocos bailarines que puedan hacer bien las dos cosas. Hay bailarines de escenario que cuando los ves intentar improvisar en una milonga, pensás, “estos no saben bailar tango”, porque sólo están acostumbrados a hacer coreografías. Y, por otro lado, ves bailarines de exhibición, muchos son grandes bailarines, que tienen mucho éxito, pero los ponés en un escenario y desaparecen, o no trasmiten, muestran pasos, no es un hecho artístico. Para mí son bailarines que se quedaron un poco, que no han hecho todo el recorrido que podían, porque hacen sólo eso, en parte porque ya casi no hay compañías de tango.

También porque se entró en una vorágine de viajar, de ganar dinero, de bienestar económico que no permite ver más allá del día a día; y hay muchos bailarines profesionales que quizás sienten que “ya llegaron” y no siguen formándose, no se preocupan por progresar más como artistas. Quizás sienten que bajan de nivel si toman clases con otro, o que ya no lo necesitan si todo está funcionando bien. Lo que pasa es que uno ve a un bailarín que está bien dotado y que tiene mucho potencial, mucho camino por recorrer y le gustaría que lo intente. Yo creo que cuando uno hace una exhibición, aunque sea en una milonga, tiene que ser un hecho artístico. Uno no tiene que bailar sólo para mostrar pasos porque eso te da alumnos, sino para trasmitir algo más.

Mencionaste tanto a Gachi Fernández como a Soledad Rivero como compañeras de baile. Con ambas formaste parejas muy importantes, que dejaron momentos emblemáticos del tango escenario. ¿Cómo se hace para dejar una pareja y formar otra y que “funcione” igual de bien en el escenario, teniendo estilos diferentes?

La verdad es que con Soledad Rivero nos complementamos rápidamente. El período durante el cual formé pareja con ella fue muy intenso y productivo. Hicimos innumerables giras. Una de las más importantes fue como coreógrafos de los campeones de tango escenario en Japón y Taiwán, durante tres meses. Fue un verdadero placer trabajar con Soledad.

Hablando de momentos importantes ¿Qué momentos tenés guardados en tu memoria como los más significativos?

No sé, … La verdad es que como artista no vivo anclado en el pasado diciendo: “Ay, yo bailé para…”. No sé, no le doy importancia. O: “Yo bailé en el City Center de New York”.

¿Lo hiciste?

Sí con “Tango X2” …. Tampoco estoy todo el rato hablando de que hay dos artículos de un periódico de Nueva York que me nombran. ¿Cómo se llama? Ay, no me sale… el New York… Times.

(Silvia): ¡No, Sergio, no te nombran solamente! ¡Son dos artículos del New York Times sobre vos y sobre Gachi como dos estrellas maravillosas, dos bailarines increíbles! Perdoname, ¡pero yo me levanto y me voy (con tono sarcástico)! … Le cuesta hablar de él…

(Sergio): Bueno, está bien, a lo mejor algún día se lo cuento a mi nieto, pero, qué sé yo, no le doy importancia.

Está bien, pero la pregunta apuntaba a algo que fuera especial “para vos”, algo que “a vos” te haya emocionado mucho, o que te haya impactado.

Si te tengo que contar un momento de mi vida profesional que me haya producido una linda sensación, te tengo que hablar de cuando hacíamos “Tango X2” en el Teatro Avenida. Los miércoles era con entrada a mitad de precio. Y durante tres o cuatro meses que duró la temporada, todos los miércoles estaba lleno de milongueros, de gente de tango, que incluso volvían dos o tres veces a ver el espectáculo. Y al final nos daban un aplauso infernal a todos, y especialmente a mí en muchos momentos. Uno de los mejores momentos del espectáculo era el tango que hacíamos nosotros (“Mala Junta” con Gachi Fernández). Esos momentos representan una gran satisfacción para mí, porque yo bailé en el espectáculo que les gustaba a todos los milongueros y encima les gustaba lo que yo hacía. O sea, estábamos bailando para un público experto y encima nos aplaudían como locos.

«Yo creo que cuando uno hace una exhibición, aunque sea en una milonga, tiene que ser un hecho artístico. Uno no tiene que bailar sólo para mostrar pasos porque eso te da alumnos, sino para trasmitir algo más.»

Sergio Cortazzo

Está claro que a vos lo que te conmueve es lo artístico, no la fama ¿Hay un Sergio más allá del Sergio Cortazzo artista?

(Silvia): Él es solamente un artista. No sabe hacer otra cosa. No puede.

(Sergio): Yo fuera del escenario o de la pista no tengo nada ver con cómo soy bailando. El tango me permite expresar otra cosa, mucho más que lo que puedo expresar con palabras. A mí la palabra me cuesta. Yo encontré en el tango un modo de expresión.

(Silvia): La palabra no es lo suyo. Fijate que él también es muy bueno como mimo, o imitando es genial. Hay un video de él, famosísimo, imitando a Pupi.

Sergio Cortazzo y Silvia Carlino.

Sergio, después de 35 años en el tango, cuando das clases ¿qué es lo que más te importa trasmitir?

Una cosa que a nosotros nos preocupa y que acá en Italia, en Europa, es difícil, es trasmitir el sentimiento tanguero. Es de lo más difícil, sobre todo si los extranjeros no van a Buenos Aires. Aunque Buenos Aires cambió mucho también. Me refiero a lo que se siente cuando uno entra a una milonga, ciertas formas, invitar a la mujer a bailar de una manera, intentar comunicarse con la compañera, no sólo hacer pasos, hacer sentir bien a la persona. Eso es tango, bailar con una persona y hacerla sentir bien. No “usarla” para hacer pasos y mostrar a los demás qué grande sos. Está muy exhibicionista el tango últimamente. Pero, claro, es difícil para los extranjeros entender el tango más allá de unas destrezas de movimientos, porque tampoco tienen siempre buenos ejemplos. Si un extranjero ve que el maestro sólo hace eso, se va a preguntar ¿para qué me tengo yo que preocupar por otra cosa?

Sergio Cortazzo y Silvia Carlino con Flavia Mercier durante la entrevista online.

Nuestra satisfacción es que los alumnos que se quedan con nosotros son gente respetuosa, con cierta sensibilidad, que sabe estar en la milonga, divertirse, baila para disfrutar, incluso muchos terminan siendo amigos entre ellos. Eso es una satisfacción porque, con un poco de tango, uno también trasmite una forma de relacionarse, de compartir.

Muchas gracias a los dos, Silvia, Sergio, ha sido una charla “encantadora”. De esas que una se queda pensando.

Podríamos pensar el estilo como aquellos matices que el artista le imprime a su obra por lo que le afecta instándole a desplegar eso afectado en arte. El estilo resulta, entonces, de una serie de elecciones, en tanto se prefiere algún rasgo, gesto, o movimiento, entre otros. Se trataría de una elección que pone en juego lo íntimo y que se expresa en una manera propia de sí. Por añadidura, su público se va conformado por aquellos que se conmueven con esos detalles destacados.

Si pensamos en las artes populares como el tango, podríamos definirlo en términos de un “destilado de aromas y gustos” que le da un sabor singular al baile, o a la interpretación musical, y que siempre remite a la tierra como símbolo de lo fundante de ese arte. Cabe recordar que es gracias a los tiempos de cocción y de reposo que el sabor resulta de la amalgama de ingredientes, destilando un aroma que despierta las ganas. De igual manera, un conjunto de elementos técnicos, por excelentes que sean no serán suficientes para generar un estilo propio si no se le da el tiempo para que este decante. La obra de arte, o la composición coreográfica, no es más que un objeto desprendido de lo verdadero para el artista y determinado por un deseo de avivar las “emociones” de aquellos a los que se dirige.

Sergio Cortazzo dice que se está perdiendo expresividad o calidad interpretativa, a pesar de que se ha ganado una gran calidad técnica en el baile. Advierte que el proceso de aprendizaje, tal como se da hoy en día, no está funcionando del todo. Nos dice, además, que a la vez que este se ha tecnificado se ha vuelto “más frío” dejando fuera “las vivencias” del proceso. Parte de lo pedagógico parece haberse perdido.

En sus orígenes, la figura del pedagogo era la del que acompañaba al niño o niña a la escuela. Lo pedagógico, entonces, sería el acompañamiento por parte del maestro de un recorrido que el estudiante o discípulo tiene que realizar por sí mismo. Es en el trayecto que este irá conociendo sus propios límites y poniendo a prueba su deseo, porque -como también señala Sergio- son las dificultades las que lo ponen a prueba y el camino es muy duro y no es sin una gran pasión que se lo puede recorrer. Así opera el obstáculo al deseo o a las ganas, provocando la creatividad para inventar recursos que permiten sortearlo, y allí se despliega la potencia de ese artista. La función del maestro será la de dar apoyo mientras acompaña, a modo de un andamio que podrá retirarse cuando la casa de los conocimientos se asiente sobre unos cimientos sólidos y la estructura se disponga de tal manera que sea un sitio habitable, un lugar donde habitar. Esa mano que guía no la podrá dar nunca una plataforma digital cargada de videos.

Flavia Mercier

Entrevista a Fabián Irusquibelar: “El baile me lo dio todo y yo le di mi entrega total.”

Bailarín, maestro, y coreógrafo, Fabián Irusquibelar fue parte de las principales compañías de tango y folklore. Tras seis años en el Ballet Folklórico Nacional junto a “El Chúcaro” y Norma Viola, pasó a acompañar a Roberto Herrera y Vanina Bilous en sus giras a Japón, junto con Natacha Poberaj. Pasó también por las compañías de los maestros Juan Carlos Copes y Oscar Araiz, y trabajó en muchas de las más importantes Casas de tango de Buenos Aires. Y con todo ese recorrido, Fabián nos cuenta que aún hoy necesita plantearse retos y desafíos como forma para mantener vivo al bailarín y el fuego que como tal lo habita.

Fabián Irusquibelar con Flavia Mercier durante la entrevista.

¿Tuviste siempre claro que querías dedicarte a la danza, al tango y al folklore, o fue algo con lo que te encontraste en la vida sin buscarlo?

Creo que siempre tuve claro que quería hacer algo dentro del arte y en el escenario. Por ejemplo: desde muy chiquito yo hacía el paso básico de folklore y zapateaba sin saber lo que hacía, nadie me lo había enseñado, mi papá y mi mamá no tenían nada que ver con el arte. Luego en la secundaria, me interesaba mucho el teatro también, y hacía teatro vocacional. En esa época, la preceptora de mi escuela, Rosana D’ Cristófaro, me lleva a la peña “La Fortinera” de Rauch -la ciudad donde yo nací, provincia de Buenos Aires-. En esa peña fue donde yo empecé a bailar folklore, hasta que pasé a formar parte del ballet de la institución.

¡Qué increíble! ¿Cómo era que podías hacer un zapateo o un paso básico sin haberlo visto antes? ¿Tenías un oído privilegiado? Y una destreza privilegiada…

El Chúcaro (Santiago Ayala) decía que había gente que sabía bailar, pero no era consciente de ello. Es como si lo tuvieran en el cuerpo y les saliera natural. Como aquellos que tocan un instrumento sin haber estudiado música.

Kant decía que eso les pasaba a los genios…(risas)… ¿Cómo fue tener al Chúcaro y Norma Viola como maestros? ¿Cómo fue estar en el Ballet Folklórico Nacional en aquella época?

Lo que más recuerdo es la inspiración que provocaban. Verlos como a lo que uno deseaba llegar a largo plazo en la carrera. El maestro era un poco más distante, y aun así era un gran inspirador. Él te decía: “cruce ese río lleno de cocodrilos”, y vos cruzabas, no te importaba nada. Norma hacía más el rol de la maestra. Creo que los dos eran conscientes de lo que significaban para nosotros, de su condición de ídolos, de que eran muy queridos y respetados por nosotros, y usaban eso para sacar de cada uno lo mejor, más de lo que vos sabías que podías dar.

Lo más importante que me enseñaron fue “lo sagrado” de esta profesión (con mucho énfasis). Todo aquel que tiene la oportunidad de vivir de lo que le gusta tiene que tener un respeto sagrado a su profesión. En este caso, un respeto sagrado al ensayo, al público, a tus colegas, nunca creerse más que nadie porque todos somos compañeros y nos tenemos que ayudar. Hoy bailás vos adelante y yo te doy soporte atrás, mañana me toca a mí y vos me das soporte.

Soy un eterno agradecido al Ballet Nacional. Me formó como bailarín, como profesional, más allá del conocimiento que traía de La Fortinera de Rauch. Me dio los amigos, me permitió vivir seis años maravillosos. Viajé, conocí todo la Argentina y Europa. Soy un eterno agradecido al maestro, El Chúcaro, a Norma Viola, a Nidia Viola, y a Roberto Herrera y a Titina Di Salvo -que eran, además de los primeros bailarines, los asistentes de dirección-, por todo lo que ellos nos enseñaron y exigieron. Todo eso nos formó muchísimo, nos dio un “golpe de horno”.

¿Cómo llegaste al Ballet Nacional?

Estaba bailando en la peña de Rauch, y se abrieron audiciones para el Ballet Nacional. Me presenté a las primeras audiciones que se hicieron, me seleccionaron y entré. Me seleccionaron en mayo y el 9 de julio, un mes después estábamos debutando con el Ballet Folklórico Nacional en el Teatro Colón.

¡Qué salto! Casi un salto al vacío.

Y sí ¡Imaginate lo que era! Más en esa época que venir del interior a la Capital no era como ahora. A mí me avisaron un miércoles que me habían seleccionado y me dijeron: “El lunes te tenés que presentar a firmar tu contrato en el Teatro Cervantes.” Hice un bolsito y paraBuenos Aires, a buscar donde vivir. Yo no tenía parientes, amigos, nada. Venía, además, con dos mangos con cincuenta, como todos; y empezamos a cobrar el sueldo a los dos meses. Era llegar a otro mundo, algo tan diferente que sentía casi como si tuviera que volver a aprender todo. El Ballet (Folklórico) Nacional no era un café literario, era una sala de entrenamiento donde dejábamos la vida. Ahí estábamos todos, dándole duro y parejo, seis o siete horas por día. Y aunque la disciplina no era nueva para mí -a esa altura ya sabía claramente lo que era ensayar, respetar los horarios, la responsabilidad, todo eso ya lo había aprendido en la peña de Rauch-; el Ballet tenía una importancia tremenda. Y más el estar con dos leyendas como el Chúcaro y Norma Viola. Pensá que unos años antes, allá por los ’60, ’70, u ’80 ellos habían sido furor. En las carteleras, “Santiago Ayala, el Chúcaro” iba en letras enorme, y al lado “Mercedes Sosa” o “Los Chalchaleros” escritos más chiquito.

«Lo más importante que me enseñaron fue «lo sagrado» de esta profesión. Todo aquel que tiene la oportunidad de vivir de lo que le gusta tiene que tener un respeto sagrado a su profesión. En este caso, un respeto sagrado al ensayo, al público, a tus colegas, nunca creerse más que nadie porque todos somos compañeros y nos tenemos que ayudar.«

¿Y cuándo empezaste a aprender tango? ¿Quiénes fueron tus maestros?

Ahí mismo en el Ballet Nacional empezamos con clases con Carlos Rivarola, dos veces por semana, más los ensayos de repertorio. Después vino Cacho (Rodolfo) Dinzel, gran maestro también, muy generoso. Y así empezamos a bailar en el Ballet Nacional con coreografías. Improvisar, no sabíamos.

Con el tiempo fui tomando clases con otros profesores, fuera del Ballet, y empecé a milonguear, para aprender a improvisar. Tomaba clases con Pepito Avellaneda en el “Café Max”, y después con otro gran maestro, Ricardo Barrios. Íbamos con Naty (Natacha Poberaj) porque estábamos empezando a bailar juntos. Empezábamos a hacer nuestras primeras “cositas” fuera del Ballet Nacional, siendo todavía compañeros dentro. En aquella época, cuando no teníamos ensayos del Ballet, ensayábamos con Natacha tres o cuatro horas bailando tango, practicando marcas, en su casa de Villa Pueyrredón.

Hasta que en el ’96 audicionamos y nos eligieron para irnos de gira a Japón con Roberto (Herrera), Vanina (Bilous). Entonces, dejamos el Ballet Nacional.

Fabián Irusquibelar con Natacha Poberaj.

¿Y qué te llevó a dejar un trabajo seguro en el Ballet Nacional, donde todo el mundo se mataba para entrar, para arriesgarlo todo para irte a Japón? Más allá que era Japón y que eran Roberto y Vanina, ¡eran sólo 3 meses!

Sentí que era una etapa cumplida y que necesitaba otra cosa. Si me preguntás qué, la verdad no sé; pero todo lo que podíamos dar o hacer ya lo habíamos hecho y todo lo que el Ballet Nacional nos podía dar, ya nos lo había dado. Me lo dio todo, pero era una etapa terminada. ¿Viste cuando te sale algo que te costó mucho y entonces decís: “¡Uy, qué bueno, me salió! ¿Sabés qué? Ahora quiero un poquito más”. Bueno, eso nos pasó.

¿Fue un punto de inflexión en tu carrera esa gira? ¿Se abrieron puertas después de esa gira?

Cuando volvimos a Buenos Aires después de la gira a Japón no teníamos ni un laburo partido por la mitad. Nada (con énfasis), cero. A pesar de que habíamos estado en el Ballet Nacional, tres meses con Roberto y Vanina, nada de eso te servía para nada. Había que empezar a hacer audiciones, y una, y otra, hasta que nos salió una gira a las islas Canarias, a Tenerife.

«…ha habido muchos momentos en los que he estado sin trabajo por no hacer algo que no me gustaba. Por suerte no duraban mucho, pero muchas veces terminaba un trabajo y no tenía otro. Además, porque siempre fui muy respetuoso de mis compañeros y no me ponía a llamar a nadie si sabía que en ese lugar estaba trabajando un compañero. En esta profesión no todo son rosas, si apostas a esto, esto viene con un combo...»

Después la primer Casa de tango a la que fuimos a trabajar con Naty fue una que se llamaba “La Veda”, que ya no existe más. Y después vinieron otras Casas de tango y después otra gira a Japón, una mega producción de EE. UU. y Japón, que fue «Nissan Tango Buenos Aires”. Esas cosas te iban también enseñando, porque veías que había más para crecer.

Otra etapa muy importante para mí fue entrar en la compañía del maestro (Juan Carlos) Copes. Eso fue muy lindo. También lo fue trabajar con el maestro Oscar Araiz, uno de los maestros de contemporáneo más reconocidos de Argentina. Sólo escucharlo cuando él creaba la obra, la coreografía, con nosotros en el escenario, ya fue un gran aprendizaje. Él traía ideas en la cabeza y te pedía que las hicieras. Ideas que eran hacer algo de una manera muy distinta a cómo la hacíamos nosotros. Era muy interesante cómo te explicaba los movimientos para que fueran creíbles, que no se vieran falsos. Y así se fue dando todo en un devenir.

Fabián Irusquibelar con Carla Córdoba.

¿Cómo ves en este momento al folklore o al tango?

Si te vas un poquito al interior la movida del folklore es impresionante. La cantidad de ballets y agrupaciones que hay, la cantidad de gente que hace cosas muy creativas. Los pibes están muy preparados, muy influenciados también por otras corrientes como la danza contemporánea. Hay diferentes escuelas artísticas. A mí me parece que el folklore goza de buena salud.

Y el tango también. Hace poco fui jurado del mundial de tango escenario, y se ven parejas que tienen muy buen nivel. De alguna manera te das cuenta de que todo ha crecido, todo ha evolucionado. Ya no se baila como hace veinte años atrás, mucho menos como hace treinta. Para nosotros los que bailamos hace tantos años es algo que nos obliga a estar atentos, a aggiornarnos. Con algunas cosas estaremos de acuerdo, con otras no, por supuesto, es una decisión artística, pero en general el nivel es bueno. Hay en este momento shows en las Casas de tango que son muy lindos, parejas que bailan fenómeno. Hablo, sobre todo de tango escenario, y de lo que veo en Buenos Aires. Hay también gente fuera de Argentina que trabaja muy bien.

«…Ahora existe una premura -que lo invade todo en la actualidad, no solo el tango-, por la que nos encontramos hoy y tenemos diez días para ensayar antes de una exhibición. Tampoco hay mucho de donde elegir, hay menos trabajo. Con lo cual, al final terminamos haciendo una coreografía que ya alguno de los dos sabe porque ya la hizo con otro, y así, de pareja en pareja, se van pasando la misma coreografía…»

¿Qué extrañás de antes?

A mí me gustaba la complejidad que tenían antes las cosas, desde cómo te ensañaban maestros como Todaro -yo no tomé clases con él, sí muchos de mis colegas- o Pepito Avellaneda. Las variaciones que armaba un Todaro en la clase, a vos te llevaba tres meses para que te saliera bien. Los boleos, los giros con la mujer al revés, los ganchos, etc., todo tenía un nivel de complejidad que vos decías: “¿De dónde la sacó a esta figura?”

Actualmente todo ha cambiado, se utilizan otros elementos en el escenario. No me gusta el exceso de trucos porque hace que el tango parezca otra danza. Me encanta el tango de piso que tenga truco porque me encantan los cambios de dinámicas, no me gusta que el tango se vuelva una concatenación de figuras aéreas. Parece que estuvieras haciendo acrobacias o “telas” (también conocida como danza área, fue originalmente una disciplina circense en las que se realiza acrobacias en el aire pendiente de una tela). No digo que esté mal, sólo que a mí no me parece muy interesante. Me parece más difícil bailar bien de piso y en dos o tres momentos de la coreografía meter un truco, no diez.

Otra cuestión que no me gusta es que ahora muchas parejas diferentes utilizan los mismas secuencias o pasajes coreográficos. Hay pasos que prácticamente todas las parejas los hacen, y casi igual, mientras que antes cada pareja tenía “su material”. Influye que han cambiado las condiciones de trabajo. Antes había mucho tiempo de trabajo previo para formar una pareja. No podías empezar hoy a ensayar y a la semana estar trabajando en “Señor Tango” (Casa de tango). Era imposible. Primero tenías que armar un producto que ofrecer. Ahora existe una premura -que lo invade todo en la actualidad, no solo el tango-, por la que nos encontramos hoy y tenemos diez días para ensayar antes de una exhibición. Tampoco hay mucho de donde elegir, hay menos trabajo. Con lo cual, al final terminamos haciendo una coreografía que ya alguno de los dos sabe porque ya la hizo con otro, y así, de pareja en pareja, se van pasando la misma coreografía.

¿Qué no le puede faltar a un bailarín de tango o de folklore?

Para mí el fuego interior. Esa furia que no tiene que ver con subirse al escenario y ponerse a gritar. Tal vez se aprecia en una mirada, o en una no mirada. En esos tres minutos vos tenés que hacerme creer algo que yo sé que es mentira. ¡Pero tenés que hacérmelo creer! Yo (público) tengo que vibrar con vos. Eso no le puede faltar a una persona que está bailando tango. Si está bailando folklore, ni hablar. Si es un malambista, ni hablar.

«…El baile me lo dio todo. ¿Con qué lo pagué? Con mi entrega total...»

«…Yo le di mi vida a esta carrera, yo le di todo. No me guardé nada...»

«…No estaría conforme conmigo si no lo hubiera al menos intentando...»

¿Eso se puede enseñar, o viene de fábrica?

Pregunta difícil, la verdad. Quizás grandes maestros o directores pueden encender eso en alguien que no sabía que lo tenía, aunque yo diría que hay algo que ya está en vos. Es algo que sale natural, no tanto que se activa porque estás en escena. Yo zapateo igual si me pongo ahora con un amigo. Me parece que hay algo que ya viene un poquito con vos y grandes maestros te pueden ayudar a potenciar. No es una tarea para cualquiera, es para GRANDES MAESTROS (“con mayúsculas”, señala), que saben qué te tienen que decir a vos para que eso se active y qué a mí. O saben que tal vez a mí es mejor que no me digan nada.

¿Lograste ser ese maestro para otros?

Trato de contagiar, con naturalidad, esa energía y ese compromiso por lo que hacemos. Aunque también, con los años he aprendido que no a todas las personas se les puede transferir eso. A veces es transferible y a veces no. Hay que respetar que hay otros que tal vez no lo sientan como vos, y lo respeto porque no es que esté mal, sólo que no les pasa lo mismo que a vos. No necesariamente a otro le funcionaría la forma en que yo hice mi carrera, no es algo replicable. Si lo fuera sería todo mucho más fácil.

¿Qué momentos de todas esas giras y Casas de tangos cuando los recordás te ponen “la piel de gallina”?

La noche del debut en el Teatro Colón con el Ballet Folklórico Nacional. Siempre recuerdo cuando se abrió el telón y quedaron las chicas. Y después se van las chicas y entramos nosotros con unas lanzas y yo me mandé como Alejandro Magno contra los persas (risas). Me mandé así porque estaba tranquilo, “confiado” (hace el gesto de las comillas), porque habíamos ensayado mucho. Lo cual no quita que fue una noche muy importante en nuestra carrera: fue nuestro debut, mi debut. Y no dejaba de ser el Teatro Colón. Imaginate lo que fue para mí que había venido hacía solo un mes de Rauch estar ahí con 2.000 personas aplaudiendo.

Otro recuerdo muy especial fue con Natacha (Poberaj) en la primera gira a Japón que hicimos con Roberto (Herrera) y Vanina (Bilous). Era muy emocionante cuando hacíamos el saludo final en esos teatros enormes, de 2.500 personas, llenos que no se veía el final, y nosotros ahí mirando, casi preguntándonos ¿Che, es cierto esto? (risas).

Los saludos finales de la noche de Cosquín con el Ballet (Folklórico) Nacional, con 10.000 personas ahí en la plaza. Cuando salíamos a hacer los malambos finales, que “tirábamos” en el escenario todo lo que quedaba y la gente rugía.

Todas esas son imágenes fuertes que te quedan gravadas en la retina. Por más que después vinieron otras giras y otras imágenes, esas las recuerdo muy claras. Lo que más: la gente, el público, ver cómo aplaudían, como gritaban.

Fabián Irusquibelar con Cristina Luizaga.

También recuerdo mucho “Tango Metrópolis” con Claudio Hoffman, Pilar Álvarez y Daniel Binelli, y todos los compañeros: Marijó Álvarez, Jorge Pahl, Verónica López, Tany Herrera, Verónica Vidán, Sergio Cortazzo, Omar Cáceres, Vidala Barboza, Sandra Bootz y Gabriel Ortega y otros en diferentes momentos. En esa época era tan lindo lo que pasaba arriba del escenario, como abajo. Yo estuve del 2003 al 2009, hacíamos un par de giras por año, así que compartimos mucho. Cuando trabajás con “amigotes” o personas con las que estás muy conectado, eso es como un trueno, te potenciás. ¿Viste esas reuniones de amigos en las que se potencian unos a otros y la cosa se pone cada vez más buena? Vos sentís que la cosa está saliendo bien. Se sentía en el público. Recuerdo el momento de los tambores que el teatro se venía abajo.

¿Y cómo se hace cuando falta ese rugir, esos aplausos, esos teatros que se vienen abajo?

A mí me ayudó mucho toda esa formación que tuve en los diferentes espectáculos en los cuales trabajé. Por eso pude trabajar en las Casas de tango, donde a veces hay 40, 50 personas. Yo salgo de la misma manera que cuando estaba en el Ballet Nacional o en una de esas giras. Siento el mismo respeto. Me digo siempre: “¡Ojo, que puede fallar, no te confíes! ¡No subestimes nada! Salí como en el Colón, o en Cosquín o en Japón.”

¿Qué te ha impulsado a cambiar de show o de compañía?

Por un lado, esta es una profesión en la que estamos sujetos al cambio: un espectáculo dura unas horas, un show una temporada. Por otro lado, yo no podría estar 20 años en el mismo show, creo que me secaría. Sentiría que no estoy aprovechando el tiempo. Me preguntaría por qué no cambio, por qué no me arriesgo, si tengo miedo. Hay que arriesgarse, y si perdés, perdés, pero hay que arriesgarse. Yo necesito renovarme, cambiar de coreografía, de show, volver a bailar folklore, volver a hacer un tango antiguo, o hacer un tango moderno con trucos que me exijan tener que hacer pesas porque ya no tengo la fuerza que tenía. En fin, desafiarme a mí mismo.

«…arriesgar vale, siempre es más fácil no arriesgar…»

¿Es el arriesgarse una condición necesaria para mantener vivo al artista y no convertirse en un empleado del baile?

Vos sabés que El Chúcaro decía: “El que nace con pasión para la danza abre un camino. El que no, es empleado de la danza.” (risas)

No me quiero hacer el “Robin Hood”, ni “Fabián el aventurero”, me gusta desafiarme a mí mismo, no compito con otro. En el fondo creo que mañana será mejor y me va a salir mejor, por eso quiero más. Tengo algo de adolescente en eso. Viste que cuando sos adolescente lo querés todo: querés estudiar abogacía y también jugar al futbol. Te querés poner de novio y a la vez irte a Europa. Es una mezcla de inconformismo y de querer siempre más.

Quiero más siendo coherente, sabiendo que las cosas se logran con esfuerzo y trabajo. Tampoco es la pavada, ¿no? Probar hacer algo, que no me salga a la primera, ni a la segunda, hasta que me salga. Me parece saludable para un bailarín que siempre tiene que actualizarse, ir siempre por más. Casi como si cada tanto se hiciera una transfusión de sangre nueva.

¿Con qué pagaste esta carrera? Y no me refiero al dinero ¿Qué dejaste por esta carrera? ¿Qué elecciones tuviste que hacer para tener esta carrera?

Yo le di mi vida a esta carrera, yo le di todo. No me guardé nada. No dejé para mí vacaciones, navidades, festejos, cumpleaños, aniversarios, nada. No lo tomo para nada como un sacrificio. Yo elegí esto, y lo hago y lo seguiré haciendo con mucho amor y mucha entrega. Yo sabía que si uno quiere algo uno tiene que ir por ello y a cambio uno va a tener que perderse algunas cosas. Tal vez te tengas que perder encuentros, salidas, jodas, no vas a poder hacer todo.

El baile me lo dio todo. ¿Con qué lo pagué? Con mi entrega total.

Fabián Irusquibelar con Verónica López.

¿Entregaste un Fabián no artista para que haya el Fabián artista?

Tal vez, no lo siento así. Tal vez, si yo no hubiese tomado las decisiones que tomé ni hubiese hecho el camino que hice, hoy estaría viviendo en Rauch, quizás con otra profesión. Pero yo estoy casi seguro de que con esa otra vida no hubiese sido feliz.

Imaginate que hubiera vidas paralelas ¿Qué le dirías a ese Fabián que se quedó en Rauch?

Le diría que es un cobarde porque no fue lo suficientemente valiente y no fue al frente, pasara lo que pasara. Si ese Fabián fuera feliz, le podría decir que lo respeto. Pero yo sé que este Fabián que ahora está hablando, si no hubiera intentado hacer lo que hizo, si no se hubiera subido a ese barco, no estaría pleno. Conociéndome como soy yo, sé que me recriminaría que lo tendría que haber hecho. Por lo menos, haberlo intentado. No estaría conforme conmigo si no lo hubiera al menos intentando.

En el mismo sentido, ha habido muchos momentos en los que he estado sin trabajo por no hacer algo que no me gustaba. Por suerte no duraban mucho, pero muchas veces terminaba un trabajo y no tenía otro. Además, porque siempre fui muy respetuoso de mis compañeros y no me ponía a llamar a nadie si sabía que en ese lugar estaba trabajando un compañero. En esta profesión no todo son rosas, si apostas a esto, esto viene con un combo.

«…El Chúcaro (Santiago Ayala) decía: ‘El que nace con pasión para la danza abre un camino. El que no, es empleado de la danza’…”

Y en esa realidad de universos paralelos, ¿Qué crees que te podría decir el Fabián del futuro?

Creo que me diría “bien” (en tono afirmativo), porque siempre fuiste al frente con lo que sentías. A lo mejor a veces ganaste y a veces perdiste, pero fuiste para adelante, te la jugaste y arriesgaste. Y arriesgar vale, siempre es más fácil no arriesgar.

¿Hubo algo que vos deseabas y no alcanzaste, aun habiendo arriesgado?

No siento que me hayan quedado cuentas pendientes. Pienso que si no me llegó es que tal vez no era para mí, o tal vez yo equivoqué el camino, o tal vez no estuve tan acertado en la toma de decisiones. Con eso estoy en paz.

Ahora bien, de cara al futuro, como soy una persona con mucha hambre de hacer cosas, de nuevos desafíos, sigo detrás de todas esas cosas que todavía no logré, siempre pensando que mañana va a ser mejor. Por momentos, todavía soy como el pibe de Rauch que vino solo con un bolsito y que tiene muchas ilusiones. Casi como si recién empezara.

Fabián Irusquibelar con Mayra Galante

El mismo pibe que aprendió de sus maestros a amar esta profesión como sagrada.

Yo soy muy agradecido de todo lo que me dio la carrera. Mi familia, mis amigos, mi casa, conocer el mundo. Soy agradecido a los maestros, a mis compañeras, sin ellas no sería nada. A vos que te tomas este tiempo para que yo cuente mi experiencia. Una experiencia que no sé si sirve a los demás, porque es intransferible.

¿Viste esa gente que te dice “una cosa es mi trabajo, otra cosa es mi vida”? Yo no lo puedo dividir, no lo sé dividir. Yo respeto a aquel que cuando termina la función se va a su casa a mirar una serie y no quiere oír más de tango ni de folklore. Yo, no puedo hacer esa división. Yo me despierto bailarín y soy bailarín las veinticuatro horas del día. Por eso esta charla es también parte de mi vida y de mi profesión. Si no estuvieras grabando y estuviéramos charlando en un bar tomándonos un café, mis respuestas serían las mismas.

Gracias Fabián, ha sido una charla muy linda, un placer.

Fabián Irusquibelar nos cuenta que lo más importante que le enseñaron dos GRANDES MAESTROS (así, con mayúsculas, como se señala a los realmente grandes) fue lo sagrado de su profesión. Destaca en ese sentido que todo aquel que tiene la oportunidad de vivir de lo que le gusta ha de tener por esto un respeto sagrado. Se refiere a los ensayos, al público, a los colegas.

Preguntado luego acerca de qué no le puede faltar a un bailarín, habla de un “fuego interior” que hace que el que está como espectador crea lo que ve, aun sabiendo que se trata de una ficción. Es cierto que lo que fascina muchas veces a aquellos que ven a los que están en el escenario es algo del orden del “arrojo”, del “atreverse”, en tanto el buen intérprete, para ser creíble, no reprime sus impulsos que se traducen en gestos. Así se les recomienda hacer en las clases de interpretación, porque son estos los que tiñen de verdad sus movimientos, o su parlamento en el caso de los actores. El que está inmóvil en la butaca asiste “expectante” (volviéndose así “espectador”) al despliegue en acto de lo que para la mayoría de los mortales queda reprimido: el deseo. La pregunta sobre cómo lo hace, cómo se atreve, es lo que sostiene la expectativa.

No se equivoca, entonces, nuestro entrevistado cuando señala que es mucho más difícil trasmitir con un gesto -como puede ser una mirada, o una no mirada como él describe- que con una sucesión de acrobacias. Ese despliegue acrobático llama la atención, sin duda. Puede incluso capturar la mirada, pero falla la mayoría de las veces en producir una imagen. El gesto tiene esa potencia. Él es una representación de un cúmulo de afectos, “la suma de una historia” dijo Jaques Lacan en alguna ocasión. Es un movimiento perfecto en tanto conforma un decir con aquello que las palabras no alcanzan a nombrar.

¿Y si lo sagrado fuese ese fuego interior? ¿Cómo hacer para mantenerlo encendido? Fabián Irusquibelar dice tener algo de adolescente por su mezcla de inconformismo y de querer siempre más, como aquel que lo quiere todo. Por tal anhelo sin límites podemos afirmar que la adolescencia suele estar signada por la búsqueda de lo imposible. La madurez se alcanza cuando se hace lugar al límite, a lo que no se puede. Por eso lo que ocurre en el escenario es una ficción en la que nos gustar creer. Hay algo casi épico en la escena, muy propio del romanticismo, el período más “adolescente” de la literatura, por decirlo así. Es una ficción al fin. Siempre hay límites externos o propios que hacen que no todo se pueda. Con eso hay que hacer. Si alguien lo duda, ahí está la pandemia para demostrarlo.

Sin embargo, Fabián aclara que quiere más sabiendo el esfuerzo y el trabajo que esto conlleva. Dice, además, que pagó todo lo que la carrera le dio, con una entrega total. Hay en este matiz algo muy interesante que gradúa el cristal con que se mira. El fuego sagrado se mantiene vivo con lo que se paga para que haya un deseo, para ir detrás de lo que de este queda por realizarse, con lo que se pone de sí para realizarlo y con lo que no se acepta porque lo contraría. Ahí se redimensiona el sentido de la disciplina de la que habla Fabián como parte de un trabajo sagrado. En ese sentido vale la pena arriesgarse como él insiste, como quien hace una apuesta. Jugársela para renovarse y también para ajustarse al camino que alumbra esa llama, llamada, del deseo. Cuidar esa llama de los vientos de la inmediatez y la falsa satisfacción es un trabajo sagrado.

Flavia Mercier

Entrevista a Osvaldo Peredo: «Un cantor que no emociona es como un médico que no cura».

Osvaldo Peredo, un cantor de esquina -como él mismo se definía- que no dejó de estudiar y trabajar hasta sus 91 años para mejorar no sólo la técnica vocal sino, sobre todo, la interpretación, sosteniendo el deseo de ser mejor contador de historias. En este sentido, fue enseñante de cómo hace quien renueva cada día su apuesta, fiel a un deseo existencial, a aquello que mantiene al sujeto “andando”.

Actor comprometido con la labor de mantener vigente la esencia del tango, recibió el reconocimiento como Personalidad Destacada de la Cultura y el título de “Maestro” por toda una nueva generación de cantores y músicos del tango que todavía aprende de él, en un prolífico recuerdo.

Osvaldo Peredo con Flavia Mercier en la Milonga de los Domingos, en El Beso, ciudad de Buenos Aires, en agosto de 2019.

Hola Osvaldo, ¿Cómo estás? ¿Cómo estás llevando esta pandemia y sus consecuencias?

Vos no se lo digas a nadie, pero yo ya tengo una edad… y no me aconsejan salir mucho. Así que trato de cuidarme. En setenta días, salí tres veces.

Se extraña un poquito cantar… Empecé con mucha fuerza, cantando en casa, pero ahora ya se está repitiendo mucho la historia, ¿viste?… Se hace un poco aburrido, pero es el único remedio que hay.

El tango tiene muchas posibilidades. Un tema habla del amor, en otro tema sos un vivo, en otro un sufrido, unas veces te engañan, otras veces sos vos el que engaña. El tango es teatro, es contar algo. Es una historia que se cuenta y el asunto es que la gente te crea lo que estás contando.

¿Y cuál es el tango que más te ha venido a la mente, el que más ganas has tenido de cantar? ¿O de escuchar…?

Este tiempo me dio la posibilidad de escuchar otras cosas y volver a escuchar algunas que, como normalmente tengo mucha actividad, no puedo. En general, después que grabo algo no lo vuelvo a escuchar. Ahora volví a escuchar muchas cosas. Incluso un amigo músico me dijo: “Qué lindo lo que hicimos”. ¿Viste? Él también tuvo tiempo de volver a escuchar. Esa velocidad con la que se vive normalmente no deja que pase eso.

«…El tango es para cantarlo a “media luz”, para contarlo. Gardel decía que ‘el tango es un chamuyo’…»

El tango bien hecho cuenta una verdad. No se “vende” así no más. No te llega así no más. Tenés que tener el tiempo para que te llegue. Y lo mismo para cantarlo. Para cantar bien un tango hay que cantarlo antes cien veces porque es en cada una de esas veces que le vas encontrando una manera de contarlo que llegue. No se trata de decir simplemente la letra que está escrita, hay que ponerle un poquito de condimento. Hasta los compositores reconocen eso. Entonces, en este momento tenés más tiempo para encontrar esa manera, para refugiarte en hacer eso cuando no hay mucho más para hacer y los días se van repitiendo.

En estos días de más soledad, descubrí la intimidad de Gardel. Gardel no canta, cuenta. Canta para él mismo, para sus adentros (y entonces Osvaldo canta “sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando”, casi sin voz, en un tono muy bajito, muy íntimo…).

«…No se trata de decir simplemente la letra que está escrita, hay que ponerle un poquito de condimento…»

Como decía Atahualpa: ”Aquel que canta a los gritos, no escucha su propio canto.” Algunos creen que para emocionar más, tienen que gritar más. No, al contrario. El tango es para cantarlo a “media luz”, para contarlo. Gardel decía que “el tango es un chamuyo.”

El estar en soledad, el escucharlo en la intimidad, ¿te permitió conocer a otro Gardel? ¿Todavía? Después de tantos años de escucharlo, de estudiarlo, incluso.

Gardel cantó como alguien que vivió mil años. Yo estoy en cien años. Me faltan novecientos para poder entenderlo. El otro día una chica me dice: “A mí no me gusta Gardel.” “Entonces, es que no estás preparada para Gardel, no sabés lo que tiene Gardel adentro”, le contesté. Yo lo estoy conociendo todavía. A veces le escucho cosas en canciones que ya escuché cien veces y digo: «¡Uy, mirá, de esto nunca me di cuenta!»

«Gardel no canta, cuenta…»

Gardel es la voz de Dios en la Tierra. Para mí se aleja cada vez más. Hoy hay mucha música que es otra cosa. En el tango uno siempre guardó la estética, el poner bien la voz, pronunciar bien, cantar como argentino. Es, además, una mezcla entre actuación y canto, no es sólo canto, porque es tango. No sé si hay otro género musical así, quizás la ópera, porque también le dan importancia a la actuación. Hay que conocer la vida para poder cantar tango. Hay que saber lo que es reír, llorar. Y Gardel caminó mucho.

¡Qué cosa! ¿No? siempre aparece Gardel, siempre terminamos hablando de Gardel. Gardel sabía mucho de lo suyo.

¿Podríamos decir que la virtuosidad de Gardel está en los matices que le imprimía a la canción con su voz?

Justamente. En los matices están los colores de la voz. No podés decir con una voz grave un alegro. Eso era Gardel, cantaba cada canción según “lo” que contaba o el estilo de la canción. Por ejemplo, cantaba muy bien los estilos camperos, y a veces podía cantar que parecía un paraguayo porque cantaba una canción típica de Paraguay. ¡Era un fenómeno!

«…A mí me llaman la atención los que bailan, porque tienen que expresar con el cuerpo esos matices. Cuando bailan cuentan con el cuerpo un sentimiento… ¡Cómo pisan! Pisan un sentimiento. Y me di cuenta que muchos lo expresan más cuando le contás el tango, cuando le contás el sentimiento…»

Y en el tango orquestal, a mí me pasa algo parecido con Di Sarli: me gusta cada vez más. Antes no le daba tanta importancia, pero ahora digo que es único. Por algo Troilo dijo de él: “se llevó el misterio a la tumba”. Parece que no hace gran cosa Di Sarli, pero sabía poner todo en la cantidad justa, en su justa medida. Es como aquel que cocina y mide la cantidad de sal que le pone, la cantidad de cebolla, que mide cada ingrediente. Di Sarli sabía cómo combinar los sabores. Como pasa en todo, si te pasás, no gusta. Él con dos notas con la zurda te emociona y otro necesita hacer un montón de música para trasmitir algo.

«Hay que cuidar la voz, cómo poner la voz, pero lo que más hay que cuidar es la dignidad de la interpretación…»

«…yo estudio eso, para que me salga de adentro y no de afuera. La cosa más íntima, más de adentro, eso es lo que busco. Me lleva bastante trabajo, ya más o menos me va saliendo… (risas)«

Parece lógico, si la riqueza del tango está en sus matices, los matices se aprecian en lo sutil, no en los excesos.

A mí me llaman la atención los que bailan, porque tienen que expresar con el cuerpo esos matices. Cuando bailan cuentan con el cuerpo un sentimiento… ¡Cómo pisan! Pisan un sentimiento. Y me di cuenta que muchos lo expresan más cuando le contás el tango, cuando le contás el sentimiento. Yo no bailo, nunca pude aprender y me parece que con la voz es más fácil trasmitir un sentimiento, pero mostrarlo con el cuerpo, es difícil. Es una forma de hablar con el cuerpo.

Por eso todo esto tiene su historia, no es una pavadita el tango, trasmitir todos los colores que tiene el tango, porque eso es lo que lo hace interesante. En el color está el sentimiento. Y entonces te acompaña. Es más, se vuelve irremplazable.

«…Hay que conocer la vida para poder cantar tango. Hay que saber lo que es reír, llorar…»

Esos colores que tiene el tango lo encuentro también en las músicas folklóricas en general. Por ejemplo, yo escuché no hace mucho a Miguel Poveda (cantor de flamenco), cantando tangos y me sorprendió. Y después de escucharlo a él, dije: ahora me doy cuenta que en cada tango hay que jugarse la vida, como se la jugó él cuando estaba cantando. Lloraba en serio, reía en serio. Un poquito más y parecía que era de Barracas.

Osvaldo Peredo con Lucas Furno, de Tango Bardo, en la Milonga de los domingos, en El Beso, Buenos Aires.

Entonces, la interpretación es fundamental en el tango. De hecho, vos sos muy reconocido por otros cantores de tango por tu interpretación.

Y bueno, porque yo estudio eso, para que me salga de adentro y no de afuera. La cosa más íntima, más de adentro, eso es lo que busco. Me lleva bastante trabajo, ya más o menos me va saliendo… (risas). ¡Pobre aquel que se cree que ya llegó! ¡Qué se cree Gardel! Yo creo que ni Gardel se creía Gardel y era un fenómeno. Yo cuando termino de cantar empiezo a pensar cómo tengo que hacer para cantar mejor la próxima vez. O más que cantar, cómo decir mejor.

Hay que cuidar la voz, cómo poner la voz, pero lo que más hay que cuidar es la dignidad de la interpretación. Ya hace unos años que me dedico mucho a trabajar lo expresivo, casi más que al cantor. Para hacerlo con dignidad, no mentir.

Osvaldo Peredo con Flavia Mercier, en la milonga Parakultural, en salón Canning, en julio de 2019.

Un cantor que no emociona es como un doctor que no cura, no sirve para nada. Es como en el fútbol: a mí no me gusta el que corre mucho y patea fuerte, a mí me gusta el que deja a todos con la boca abierta con una jugada que hace. Es el sabor, la gracia de las cosas, de eso se trata, que la actuación te deje algo adentro, no de lo espectacular.

«…¡Pobre aquel que se cree que ya llegó! ¡Qué se cree Gardel! Yo creo que ni Gardel se creía Gardel y era un fenómeno…»

¡Mirá, que yo no estoy dando clases de nada, sólo digo lo que me parece!

Vos das clases aunque no quieras cuando compartís tu experiencia ¡Tu experiencia enseña! Todo un lujo para nuestros lectores que te agradecemos mucho.

“Un cantor que no emociona es como un médico que no cura” dice Osvaldo Peredo a la vez que nos regala el secreto que el “tango no se canta, sino que se cuenta”. Es una historia, pero no una ficción, son historias reales. Por eso, para contarlo no sólo se hace con lo que se dice, sino con los colores de la voz para trasmitir los matices de los afectos que viajan en esa historia.

Conmover -o “mover-con”- la voz y los silencios que esta puede incluir, es un desafío que no sólo concierne a los cantores, también a los actores y a todos aquellos que trabajan con la voz. Sin ir más lejos, a los psicoanalistas, aunque de otro modo.

Tanto artilugio tecnológico y espectáculo mediático captura la mirada e impide la visión, aturde la oreja e impide la escucha. Ciegos y sordos, los cuerpos pierden sensibilidad y se vuelven meros organismos “(re)productivos”. La oreja así taponada ya no es caja de resonancia de los ecos que provienen de lo íntimo. Sólo se oye una voz única, portadora de un falso saber que se presenta como universal. Una voz que empuja a un goce infértil. Y en ese “para-todos-lo-mismo” no hay lugar para los matices que inscriben las diferencias por las que cada uno es singular.

El detenimiento y el aislamiento al que la necesidad de cuidarnos nos ha llevado durante la pandemia, ha constituido para algunos la posibilidad de alojarse en la interioridad y comenzar a escuchar algo de lo nunca oído, como le ocurrió a Osvaldo y a su amigo músico. Habrá que verificar qué efectos de esa escucha se pueden sostener cuando la máquina social vuelva a ponerse en marcha y empuje otra vez a la inmediatez y al frenesí.

Fuera de esta situación de excepcionalidad, es necesario crear las condiciones para poder trasmitir lo sensible porque los modos de la época representan un impedimento a esa transmisión, así como las propias defensas del sujeto. Compartimos con Osvaldo Peredo que lo que conmueve se transmite con los colores de la voz. En los matices viaja una forma de decir que hace que la voz no se oiga unívoca, sino múltiple, rica en contrastes que trasmiten la posibilidad de una diferencia. Quizás quien los oiga pueda desoír dictados universales que aturden y mortifican, silenciando decires más sensibles y favorables a la vida.

Muy importante es, también, cuando el maestro dice que el tango necesita tiempo para poder sentirlo además de oírlo. Nos hace reflexionar y tomar conciencia que escuchar lo íntimo es cuestión de tiempo y de tempo, de hacer lugar a lo que pulsa desde la interioridad.

Buen viaje Maestro, gracias por tanto.

Flavia Mercier