The Zone of Interest (Zona de interés) – Dirección y guión: Jonathan Glazer

The Zone of Interest (Zona de interés) cuenta la historia del comandante a cargo del campo de concentración de Auschwitz, Rudolf Höss (Christian Friedel), que vive con su esposa Hedwig (Sandra Hüller) y sus cinco hijos en una casa que tiene por medianera los muros que rodean el exterminio. Como cuando Eichmann conmocionó a Hannah Arendt, Höss se muestra imperturbable ante la atrocidad de su tarea. Por el contrario, sostiene junto a su mujer una vida pretendidamente idílica. Galardonada por múltiples premios de la crítica, esta nueva entrega del cine de Glazer es una verdadera obra de arte por la riqueza de sus recursos visuales que, sin el más mínimo atisbo de morbosidad, deja al espectador con el escalofrío que produce la presencia de lo siniestro.

La película de Glazer representa casi un ensayo acerca de la hipótesis de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal. Para la filósofa alemana de ascendencia judía, ciertos dispositivos de poder permiten a algunos individuos alinearse con proyectos verdaderamente criminales sin sentir culpa ni responsabilidad. Como condición para que esto ocurra se han teorizado tres condiciones: que la violencia esté legitimada, que sus acciones estén enmarcadas dentro de un protocolo o rutina y tercero, y más importante de todo, que las víctimas hayan sido deshumanizadas. Bien, si algo viene a mostrar esta historia es que no se llega a banalizar el mal sin un proceso de alienación mediante y sin un coste para la persona: se paga con la sensibilidad. Con el sacrificio de su sensibilidad el individuo se despoja de sus vestiduras de persona, quedando reducido a un autómata que vive para sostener una escena que lo redima.

Las imágenes se suceden casi como postales haciendo patente que no hay velo eficaz ante el horror. Así los ceremoniales sin alma con los que la pareja construye una pretendida cotidianidad idílica no logran ocultar la atrocidad con la que colindan. Sombras rojas les asolan cada noche cuando se encienden los hornos, y ecos de gritos, disparos y trenes sonorizan el día a día de esta familia.

De igual manera, lo comedido en la expresividad y la estética de todos los personajes, dice de un intento fallido por velar la brutalidad que les acecha al hacerse cómplices de ésta. El empeño de esa madre en hacer de su casa un paraíso, deja traslucir una fuerza estragadora que la recorre y se derrama sobre sus hijos. El afán de eficiencia del comandante Höss resulta, cuando menos, perturbador. La apropiación que hacen de los bienes de las víctimas para repartirlos de forma jerárquica entre ellos y sus empleadas domésticas y el chismoseo en voz baja sobre las vidas de aquellos, dan cuenta del goce mortífero que los corroe. Y, fundamentalmente, la indigencia discursiva que soportan estos personajes, la pobreza de su decir, viene a dar cuenta de cómo la banalización del mal se sostiene sobre la negativa a pensar o reflexionar, tal y como planteó Hannah Arendt. Esa negativa a deliberar es la que permite negar al otro como ser humano, sin sentirse interpelado ni moral ni éticamente.

En síntesis, la mirada hiperrealista del director produce escalofríos ante la constatación de que el ser humano es efectivamente capaz de hechos tan siniestros como idear y ejecutar un plan de exterminio de otros seres humanos. Una advertencia de la que nunca terminamos de anoticiarnos lo suficiente.

Flavia Mercier

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