Fernando Galera: “El tango no es una danza más, es más que una danza”.

Fernando Galera, bailarín y maestro de tango y folclore, ha recorrido el mundo con una carrera de más de cuatro décadas en la danza, partiendo desde su club de barrio, donde empezó a formarse a los ocho años, entre clases y bailes de jubilados. A los doce ingresó a la prestigiosa academia de El Chúcaro, Norma y Nidia Viola, donde también fue enseñante. Por esa época comenzó a estudiar tango con Juan Carlos Copes y, paralelamente, con Miguel Balmaceda. Continuó perfeccionándose con reconocidos milongueros como Pepito Avellaneda, Pocho y Nelly, Teté Rusconi, Pupy Castello y Graciela González. Formó una pareja emblemática con Vilma Vega y desde el 2014 ha colaborado sostenidamente con Silvina Valz, tanto a nivel artístico como en la enseñanza. Con anterioridad, tuvo destacadas actuaciones junto a Milena Plebs y Aurora Lubiz y, en los últimos dos años, con Mariana Montes.  Radicado en Italia desde hace unos meses, inicia ahora una nueva etapa profesional junto a Pamela Colaneri. Creador y Director del Festival Tango Salón Extremo desde 2008, su principal motivación como docente es transmitir el tango como una experiencia cultural y no sólo la técnica, con el afán de cuidar las raíces de esta danza y, con ellas, su alma. Un apasionante propósito que compartimos en Patio de Artistas, y al que esperamos contribuir con esta entrevista y las valiosas perlitas de tangueridad que Fernando nos regaló.

Buenos días, Fernando. Quería invitarte a recorrer tu trayectoria como un ejercicio de rastreo de cierta lógica del deseo de un artista. Es decir, ¿qué causa que alguien quiera ser artista y cómo lo sostiene?, y también a contribuir a través de este espacio a trasmitir cuáles serían las coordenadas que definen tu campo artístico, el tango. 

En este sentido, creo que muy poca gente sabe, sobre todo los que te conocen de los últimos años, que vos empezaste con folclore. Y, además, si no me informé mal, nada más y nada menos que en la escuela de El Chúcaro y Norma Viola.

No, en realidad a su escuela llegué a mis doce años. Y me formé ahí hasta los veinte. Me formé y enseñé en la escuela de El Chúcaro, pero vengo del folclore desde los ocho años, en La Matanza. Digamos que fui por ahí “pululando” -siempre fui inquieto-, tratando de no casarme con nadie, buscando cuál era la mejor opción… Esa frase de Olmedo “Si lo hacemos, vamos a hacerlo bien”, eso. Tuve la suerte de que mis viejos me acompañaran y me pudieran bancar durante mucho tiempo.

¿Por qué se te ocurrió bailar y por qué folclore? 

Es raro, pero no me gustaba nada. Cuando empecé, a los ocho, había tenido la pérdida muy joven de una tía, que funcionaba a la vez de niñera -me cuidaba cuando mis viejos laburaban-, que falleció en un accidente y yo quedé medio en alfa. Mis viejos empezaron a hacer de todo para activarme, me llevaban a fútbol y no me gustaba, me llevaron a artes marciales y no me gustaban. Yo no quería ir a jugar ni al potrero de enfrente con mis amigos. Además de que no me gustaba el fútbol, era malísimo. Mi viejo, fanático enfermo de Boca Juniors, yo, nada. Un día me llevó a la cancha de Boca a ver a Maradona y yo me quedé dormido en el medio del partido, ¡imaginate! Hacía ese tipo de cosas…

El fútbol no era lo tuyo, está claro.

No, me empezó a gustar de grande. Pero había un club de barrio en el que mi papá medio se crió porque mi abuelo había sido socio fundador, había puesto algunos ladrillos, incluso.

La típica historia del club de barrio.

Sí, a dos cuadras de mi casa. Yo vivía muy cerca de una villa muy grande en Lomas del Mirador, La Matanza, muy cerquita de Mataderos. Ahí había una señora muy grande que enseñaba folclore y tenía, no te exagero, unos cincuenta, sesenta chicos, de todos lados. Y me gustó. “Yo quiero hacer eso”, dije. Y mi viejo, “Bueno, algo que quiere hacer. ¡Vamos!”. A mi mamá no le gustaba porque renegaba del folclore, del chamamé. Yo vengo de familia correntina de chamameceros por parte de mi mamá, mi abuelo, músico, mis tíos, músicos, y ella lo vivió toda su vida. A mí me encantaba el chamamé.

¿Y qué te acordás de aquellos primeros años?

Mi primera actuación, cuando empecé a bailar. Un acto del colegio para juntar plata para Las Malvinas. ¿Te acordás que se hacían esos actos para juntar plata?

Si, las colectas para los soldados que estaban en Malvinas.

Colectas para los soldados, mi primera actuación fue esa. Así como estaba me mandé, con la ropa de calle, me subí al escenario e hice un malambo. Y después ya no recuerdo. Seguí en ese mismo club y, cuando se hacían los bailes de los jubilados, yo iba y bailaba foxtrot, pasodoble, chamamé, vals, lo que sea. Bailaba con todas las señoras mayores del barrio.

Fernando bailando en el Ballet de la Universidad de Belgrano, dirigido por Norma y Nidia Viola.

O sea que aprendiste a la vieja usanza, en el club de barrio, con “los viejos”.

Sí. Después me quise perfeccionar en el folclore, así que a los doce años me fui a la academia de El Chúcaro. Y a los quince, dieciséis años, el mismo Chúcaro -como yo era el único porteño que iba a la academia porque éramos pocos- me dijo “Usted tiene que aprender el folclore de su ciudad”.

Esto mismo me contaron varios entrevistados que estudiaron con El Chúcaro, resaltaron que él consideraba al tango como el folclore de Buenos Aires.

¡Sí! Y me mandó directamente con Copes. La verdad es que tuve suerte, en ese grupito estábamos con Villagra (Claudio), Natalia Hills y Diego Di Falco, que son los más conocidos, pero éramos muchos más.

Yo llego ahí por recomendación de El Chúcaro, pero quien me introdujo en ese mundo fue Natalia (Hills), que en esa época bailaba con Diego Di Falco. Sus padres fueron los que me llevaron a esas clases de Copes -que al principio eran en Fama, un salón en la calle Marcelo T. de Alvear- a la vez que me llevaron a la clase de Miguel Balmaceda en el Salón Canning.

Obviamente, en ese momento, con quince, dieciséis años, me atraía mucho más Copes. Miguel me hacía caminar, caminar, caminar… A los dieciséis años lo odiaba. Después entendí muchísimo por qué lo hacía, y hoy me siento mucho más reflejado con el baile de Miguel y de los milongueros que con el baile de Copes. ¡Que me dio mucho!, muchísimo.

Te dio técnica, supongo, sobre todo.

Me dio técnica y cosas que van más allá del baile, que tienen que ver con la presencia y, también, con aprender a trabajar, a sistematizarse, a profesionalizarse.

Una disciplina, digamos.

Sí, disciplina. Mirá, del 2002 al 2012 teníamos el Nuevo Estudio La esquina junto con Vanina Bilous y Vilma (Vega). Vanina había vendido el viejo estudio La esquina que tenía con Roberto, nos asociamos y abrimos otro -que hoy en día es la escuela de Aurora Lubiz y Jonathan Spitel-. Bueno, Copes venía a ensayar. Él llegaba media hora antes. Antes que sus bailarinas, que su grupo. Calentaba, escuchaba la música, preparaba todo. Te estoy hablando de un Copes de setenta y pico, ochenta años. Todo eso nosotros lo aprendimos de él, eso nos lo enseñó Copes. Después, uno lo ha puesto en práctica o no, o hemos tenido momentos más desordenados -esta vida tanguera desordena mucho, hay que tener una disciplina exagerada para poder mantenerse-. Y también nos enseñaron el amor a esto, a respetarlo como un trabajo. El arte es trabajo, eso lo aprendimos de El Chúcaro, de Norma, de Copes y de María Nieves.

«El mensaje tiene que ser fuerte. El tango es encuentro, el tango es conexión. Empieza por entender uno mismo que el tango no es sólo la figura, no es sólo estructura. Enseñar tango no es enseñar a hacer algo, también es enseñar a sentir, es transmitir cultura y que el tango es encuentro. El tango no es una danza más, es más que una danza.»

Profesionalidad en tanto la seriedad y la exigencia con vos mismo con la que tenés que trabajar y, también, en el hacerte respetar como profesional de esto.

La exigencia y la retribución. Y como persona, en todo sentido. Dar para recibir. La verdad es que tanto El Chúcaro como Norma y Nidia Viola, las hermanas, que eran las que se hacían más cargo del día a día de las clases -aunque El Chúcaro estaba muy presente- le metían ¡un amor y una presencia! a las clases. Nosotros íbamos tres veces por semana y arrancábamos a las cuatro de la tarde hasta las doce de la noche, y ellas ahí presentes, todas las clases, todo el tiempo, grupo tras grupo. Lo mismo Copes en sus clases y en sus ensayos.       

¿Hay algún consejo que te haya dado alguno de ellos, Copes o El Chúcaro, que habitualmente recuerdes, que te guste trasmitir a otros?

No sé si directamente un consejo, pero sí hay una frase que repito mucho que yo creo que la adquirí de ellos, de todos ellos, de Pepito, de Miguel, “La presencia genera presencia”.

¿Qué quiere decir “…que genera presencia”? ¿Que haya otros que vengan a verte?

No, presencia en el otro, que el otro esté presente. Es como cuando vos le das la mano a alguien, si le das la mano floja el otro no la va a agarrar, si vos le das la mano presente, hay una devolución. Y eso, en todo. Cuando uno va a la pista a abrazar, cuando uno entra a la pista, cuando uno se para delante de otro, o delante de una clase, esa presencia genera en el otro que esté ahí, atento. Yo creo que eso me viene de Copes, de Chúcaro, de Norma. No sé si yo lo logro, yo siento que sí.

¿Y por qué decías que ahora te sentís más cercano a Balmaceda y a los milongueros? ¿Qué es lo que rescatás y te gustaría transmitir de ese caminar, que a lo mejor en aquel momento lo odiabas, pero ahora podés ver algo más en eso? Porque no era solo caminar…

La calma. Si comparo con el tango que se baila hoy en día, o que se expone, es la calma. No correr para llegar, no correr arriba de la música, ni atrás, ni marcar la música exageradamente. Eso lo aprendí de todos ellos. Mirá, hay una frase que también saqué de alguno de ellos -hay anécdotas que, aunque recuerdo, ya no sé de quién son, cosas que repito tanto en las clases, que ya las tengo incorporadas-, y es que uno es un instrumento más. Alguna vez, alguien me dijo “El bailarín es el instrumento visible, el instrumento que entra por los ojos.”

La verdad es que soy un afortunado, siempre lo digo, porque aprendí mucho de todos ellos. Hay algo que hemos hablado con muchos de los bailarines que entrevistás -sobre todo, con Pancho, porque somos amigos- y es que somos una generación que tuvimos la suerte de conocer a los grandes hacedores. Y nosotros conocimos a muchos de esos como maestros, porque entramos en una etapa más académica, pero, a otros, fuimos nosotros quienes los pusimos en el lugar de maestros porque nos han dado mucho.

Insisto, soy un afortunado de haber conocido la academia de El Chúcaro, que muchos no han podido llegar o sólo lo han visto por televisión. O estar con Copes, o aprender con Miguel, con Pepito Avellaneda…

«El arte es trabajo, eso lo aprendimos de El Chúcaro, de Norma, de Copes y de María Nieves.

La exigencia y la retribución. Hacerte respetar como profesional y como persona, en todo sentido. Dar para recibir.»

A vos se te conoce como el discípulo de Pepito.

Si, tuve que hacer terapia (risas).

Para superarlo…

Es que, de hecho, han pasado treinta años desde que murió Pepe -veintinueve años, para ser más concretos- y todavía hoy en día me siguen llamando para que dé una clase de Pepito. Y, sí, obviamente que Pepito me ha marcado, me ha enseñado mucho, me ha dado todo, me dejó una herencia, me dejó un baúl lleno de figuras, de aprendizajes, de musicalidad, de maneras de pensar y de desarrollar un baile, pero después -y esto es algo que los que venimos de esa época renegamos un montón- yo desarrollé mi propio baile, con mi propia manera de enseñar. Y pasé por veinte mil etapas diferentes y hoy, más que recordar las figuras o quizás la energía para bailar, no me reconozco en otra cosa. Entonces, es difícil decir que soy el discípulo de Pepito. Porque se me reconoce como el discípulo desde que él me eligió cuando le dijeron de hacer un programa para enseñar milonga. Y lo hizo porque en ese momento yo era el joven que estaba en sus clases y no faltaba a una, y tomaba clases privadas todas las semanas, y estaba muy ligado a él. De hecho, en su velorio la gente venía y me saludaba a mí pensando que yo era el hijo y no saludaban al hijo -que a la vez era muy parecido a mí-. Esas cosas me han pasado, pero, con el paso del tiempo, uno va cambiando y va desarrollando lo suyo. Yo siempre cuento que en las clases de Pepito he visto a Pancho, Claudio Hoffman, Pilar Álvarez, Pablo Verón, Milena y Miguel Ángel, Osvaldo y Lorena, qué sé yo… Y toda esa gente pasaba por las clases de Miguel, al mismo tiempo, y nadie baila igual, cada uno tiene su propia forma, su propio estilo y desarrolló hasta su propia manera de enseñar.

«Adaptarse al otro no es que ella baile como yo, o yo como ella, o para ella, se trata de adaptarse un poquito para entrar en el terreno del otro.»

¿A qué atribuís que al final cada uno haya logrado su estilo?

Supongo que tiene que ver con que ellos enseñaban conceptos. Y que enseñaban a cada uno. Pepito marcaba una figura y si había veinte parejas, lo hacía con cada una de las mujeres para que supieran cómo se sentía y corregirlas a ellas antes que lo intentaran con sus parejas. Y si podía, corregía a los veinte hombres, también. Es decir, si en una práctica suya había cuarenta o cincuenta personas, eran cuarenta o cincuenta clases individuales.

A cada uno le corregía lo que cada uno necesitaba.

Yo aprendí así. No “Esto es así, de esta manera”, sino “Yo lo hago así, de esta manera”. Y, por ahí, yo lo hacía de otra manera y él me decía “Bueno, está bien, está buenísimo”.

«Por ejemplo, la sacada, el gancho. No te decían “Vos acá vas con el impulso que te da el hombre para bolear la pierna después…”. Te decían “Entrá”. Entonces vos aprendés a pensar cómo entrar, no a copiar la misma sacada, el mismo gancho.»

De hecho, Dolores De Amo cuenta en su entrevista que cuando ella hacía el canal Sólo Tango, tenía problemas al repetir las tomas porque a ellos (los milongueros) les costaba repetir en forma idéntica la figura o las secuencias, porque cada vez lo hacían distinto.

Y después esas figuras, al menos Pepito, las adaptaba al bailarín que iba a su clase.

Y de todo lo que él te trasmitió, ¿qué emerge ahora en el recuerdo como lo que más te impactó o marcó?

Creo que lo que más me queda de Pepito es su fuerza, su energía, sus ganas de vivir y de hacer. ¿Viste cuando se dice “si lo hacemos, lo hacemos”? Mi baile energético creo que tiene que ver con Pepito. Yo tengo esos dos extremos, la pausa y la energía al extremo. Y creo que también eso de primero encontrarnos para un café y después subir a dar la clase. Y, aunque yo no lo hago -siempre lo digo, peco de no hacerlo- eso de que Pepito en su clase bailaba con absolutamente todo el mundo, que hacía el movimiento y la figura con todos. Creo que era una manera de enseñar a sentir.

Transmitía con el cuerpo.

Con el cuerpo, y era una locomotora. A mí me gusta mucho eso, esta cosa de poner el cuerpo. A veces me zarpo… por ejemplo, a veces a Aurora le decía: “Aurora, no bailés tan rápido”. Y ella me respondía: “Lo que pasa es que vos me venís con el cuerpo y me llevás puesta”. Silvina me decía lo mismo, “Es que vos empezás a caminar y ¿qué hago?”. Eso sí es de Pepito, la energía de baile o la manera de escuchar la música.

Pepito Avellaneda y Suzuki.

Yo tengo una mezcla de Pepito y, también, de Pocho y Nelly. Pocho y Nelly me dieron una vuelta de rosca. Me daban clase en el lavadero de la casa, cinco o diez minutos, no más. “Mirá esto”, me decían, y me volaban la cabeza. Me cambiaron todo, años de tango, de cultura, de folclore.

¿En qué sentido?

Me dieron el último golpe de horno. Lo que tenía que ver con la cadencia, con sus formas, con su abrazo, su forma de conectar. Si mirás videos de cuando ella era un poco más joven y te fijás en su forma de bailar sin despegarse, hacer todo ese baile sin despegarse, era mágico, rompe las reglas de la física y la no física.

Otro que me dejó mucho fue Teté. A mí y a Vilma. Teté era un tipo que transmitía mucho, mucho, amor al tango. Un tipo que de verdad me dio mucho, también, pero no sé qué decirte porque no hay algo específico…

Lo estás diciendo, “el amor al tango”, la pasión por el tango. Yo creo que la pasión se contagia, creo que esa era la magia que ellos transmitían, porque cuando uno ve a alguien tan apasionado con algo, dice “Eso debe ser mágico, maravilloso. Quiero sentir eso”.

Por ejemplo, estábamos en Gricel, una noche especial, no sé si era su cumpleaños o una milonga que él organizaba. Bailaban varias parejas, y yo iba de pantalón y camisa porque a los veintidós o veintitrés años no usaba traje, tenía un smoking y zapatos de charol para la exhibición y después, nada. Y él me dice “¿Vos por qué no bailás?” “No… como nadie me dijo nada, qué sé yo… no voy a bailar, ahora, así”. “No, no, vos podés bailar.” Y esa fue la primera exhibición que dimos con Vilma en Gricel, pura improvisación.

Otro fue Préstamo. Préstamo era uno que escuchaba. Estaba en la mesa con el Nene Masci y de pronto verlo que hacía … (gesticula como si se quedara sin aire). Y vos decías “¿Qué pasó?”, y era que había escuchado una frase de un tango, que capaz lo escuchás en cada milonga que vas. Y te decía “Escuchá, escuchá cómo se lo dijo”. Y esas cosas te pegan. Yo me conozco las letras enteras de dos tangos, el resto que me sé son frases sueltas que me vuelan la cabeza, que me las tatuaría en el cuerpo, que en el momento decís “wow” y termina el tango y me lo olvidé. O a algunos cantantes me los imagino sentados en la mesa de un bar contando esa historia que están cantando. Todo eso me vuela la cabeza.

¿Y qué quiere decir que transmitían un concepto?

Por ejemplo, la sacada, el gancho. No te decían “Vos acá vas con el impulso que te da el hombre para bolear la pierna después…”. Te decían “Entrá”. Entonces vos aprendés a pensar cómo entrar, no a copiar la misma sacada, el mismo gancho.

Y lo otro que hicimos con Vilma -con quien estuvimos diecisiete, dieciocho años juntos- fue escucharlos. Nos enamoramos de los milongueros y milongueras, y muchos nos adoptaron, como a tantos de nuestra generación. Hemos aprendido mucho de solamente escucharlos, de estar sentados en su mesa o de ir a sus casas a comer.

Esto me lo dicen muchos, que se aprende escuchando, pero hay que profundizarlo.

¿Y qué querés profundizar? 

Quiero que me cuentes cómo se aprende escuchando. O, lo que sería su contraparte, ¿qué del tango se transmite por vía de la palabra?

Hay una pregunta que nos hacemos siempre entre nosotros y que es “¿Qué es tango?” cuando decimos “Esto tiene tango.” O en los campeonatos se escucha “Esta pareja baila muy bien, pero no tiene tango”. Por ejemplo, hace poco viene una chica suiza que baila muy muy bien y me dice “Yo quiero bailar como una argentina porque sé que bailo como una suiza”. Entonces se lo comento a un amigo y me dice “¿Habla español?” y le digo “Sí, y como una porteña, porque vivió mucho allá”. “Entonces, ya está, ya tiene un montón ganado, porque cuando baila escucha la letra”. Lo que uno escucha o cómo uno interpreta lo que escucha entra en el cuerpo de alguna manera. Supongo que, en ese mismo sentido, funcionaban las charlas con los milongueros, escuchar sus anécdotas.

«Yo tengo un yeite: cuando enseño un movimiento, el movimiento, para mí, tiene una historia y esa historia, muchas veces, viene con una anécdota.

… hay anécdotas que, aunque recuerdo, ya no sé de quién son, cosas que repito tanto en las clases, que ya las tengo incorporadas ….»

¿Vos dirías que el saber la historia te hace sentir el tango desde otro lugar?

Cuando vos bailás y escuchás… no sé…  a Campos cantar Cantor de barrio, por ejemplo, ¿vos qué escuchás? A mí, escuchar Cantor de barrio me produce algo en el cuerpo que me hace bailar de una manera o sentir de una manera que no me lo produce… no sé… otro tango.

¿Porque viviste en Buenos Aires, y te transporta allí, a tus propias vivencias?

No, porque yo vivía en Buenos Aires y escuchaba El bulín de la calle Ayacucho, por ejemplo, y no me producía nada. No sé qué es el bulín de la calle Ayacucho, a mí no me dice nada. Hay tangos que te llegan de una manera y tangos que te llegan de otra. Y hay tangos que te llegan y hay tangos que no. O que te llegan desde lo musical. ¿Viste que a veces escuchás una canción en inglés o en otro lenguaje que no entendés, pero te gusta la música y la canción te llega? La música entra por un canal y la letra por otro, pero influye un montón. La palabra influye un montón en lo que a vos te pasa en el cuerpo, en las sensaciones que tenés en el encuentro con el otro. Yo tengo un yeite: cuando enseño un movimiento, el movimiento, para mí, tiene una historia y esa historia, muchas veces, viene con una anécdota. A veces me cuelgo un poco con la tangueridad, con esta cosa de contar, pero a veces tenés clases que les encanta.

Contame de la pareja que formaste con Vilma Vega, ¿cómo se conocen ustedes, cómo empiezan a bailar?

Yo estuve un par de años embarcado en un crucero haciendo tango y folclore. Cinco coreografías durante un año y medio, boleadoras y esas cosas. Cuando volví quería encontrar una pareja para volverme a ir. Bailé con una, con otra, probé, fui, vine, hice el programa de milonga de Pepito con una pareja que tenía en ese momento… Y ocurre que Graciela González me llama para dar clases de milonga en la Galería del Tango.

La de Eduardo y Gavito.

Sí, y en un momento estaban Gustavo Naveira, Graciela con Puppy, mucha gente, uno cada día de la semana, y uno se va y me ofrece hacer milonga un día a la semana. Aprovecho, y le digo a Graciela: “Mirá yo estoy buscando pareja para trabajar. Estoy buscando a alguien para poder empezar a trabajar y a desarrollar esto, porque también me quiero ir”. Y nada, me presenta a Vilma que era una alumna que venía de bailar danza contemporánea, jazz y estaba aprendiendo con ella de cero, y dije “Bueno”. Y arranqué con ella como si yo estuviese también empezando, y así empezamos a tomar clases juntos, a armar cosas, a ensayar mucho y terminamos formando una pareja – fuimos mucho tiempo pareja de vida, tenemos hijos- y lo que pasó es que al mismo tiempo que empezamos a desarrollarnos, íbamos mucho a milonguear…

Fernando Galera y Vilma Vega en CCKonex.

¿Recién ahí llegás a la milonga? ¿Hasta entonces eras un bailarín más de escuela, digamos?

Ya iba a la milonga, pero no me pegaba tanto. La verdad es que no me pegaba. De hecho, iba al Akarense porque daban clases Rodolfo y María Cieri. Te hablo de mucho tiempo antes.   

¿Qué edad tenías ahí?

Y, diecisiete, dieciocho, diecinueve años.

¿Estabas con El Chúcaro, todavía?

Sí, iba de bombacha de gaucho, era un gaucho en la milonga, un hippie.  Entonces, empezaban a llegar los milongueros todos trajeados, me daba vergüenza y me iba.

Pero, después, cuando empezamos a milonguear con Vilma, nos pasó que un sábado a la noche no sabíamos qué hacer y dijimos “Estamos a cinco cuadras del Glorias (Glorias Argentinas, en Mataderos), ¿vamos a ver qué pasa?”. Fuimos y, en el momento que entramos, Oscar Héctor anuncia a Pocho y Nelly. Mirá, te lo cuento y me emociono, cada vez que lo cuento me emociono, porque cuando los vi bailar, lloré. Me acuerdo que dije: “¿Cómo puede ser que estoy llorando viendo bailar una milonga? Fue una cosa muy emocionante. Y cuando terminan de bailar -habían bailado tres parejas, ellos, Carlitos Moyano y Naty y alguien más- Oscar Héctor me reconoce, me saluda y me presenta a Nelly. Él me conocía de chiquito porque mi hermano jugaba al fútbol en el Glorias y, durante los partidos, yo siempre iba a ver cómo Oscar Héctor daba clases de tango o armaba las mesas. Así como me presenta a Nelly, ella nos agarra de la mano y nos lleva a la mesa. Y en la mesa estaba Dispari con La Turca, Préstamo -con quien también nos quedó una amistad muy grande, hasta su último día-, y no me acuerdo quién más. Y a partir de ahí empezó un enamoramiento terrible con los viejos y con la milonga.

Fernando bailando con Nelly Fernando.

¿Por qué? ¿Qué te contaron que te fascinó?

No sé, así como me gustó el folclore de chiquito, me gusta la historia, la política, las anécdotas. Siempre fui medio viejo de alma y hoy mis hijos son iguales y tienen esa cosa de querer saber e investigar. A veces pienso que de chusma me gustaba saber quién con quién, con quién bailaba y qué pasaba y qué se escuchaba.  

¿Te transmitían algo que parecía mágico? En lo que contaban había una cierta magia, ¿no?

Vos imaginate que te están contando algo de una época que es toda una fantasía en tu cabeza.

De una Argentina que ya no era.

Claro, y toda una serie de historias. He escuchado desde cosas súperrománticas hasta cosas súperoscuras, y todo en el mismo ámbito, con la misma gente. Eso me llamaba la atención. Y a la vez, verlos bailar. Hace poco estaba hablando acá con un italiano que me decía “Nosotros no los vimos bailar. Lo que vimos en los videos no nos llega como cuando los vemos bailar a ustedes”. Porque yo le contaba que una vez llevé un grupo de alemanes al Sunderland, y bailaron Carlitos Pérez, El Chino Perico, Julio Duplaá con Elsa, no me acuerdo quién más… Y cuando sale a bailar el Chino Perico con La Rusa era como ver una película en cámara lenta, ¡una cosa!… y escucharlo bailar Caló y el tipo pisar cada dos tiempos, y la elegancia. Y un alemán que baila muy bien me dice “Pero no hace nada” y yo lo miro y le digo “Bueno, tratá de no hacer nada ¡así!”.

¡Cuánto que hay en ese “así”! ¡Cuánta elegancia! ¡Cuánta “clase”!

Claro, así, con esa clase. Lo hablábamos también con Pareja. Yo a Pareja lo conocí cuando tenía sesenta años, hoy tiene noventa, porque Pareja era amigo de Copes de la juventud. Y ahí viene otra ramificación de uno de mis primeros amores, Copes y María Nieves. Parejita iba a su clase, a hacer compañía, y cuando Copes -inteligente- veía que los pendejos medio que nos aburríamos, nos decía “Andá a tirar unos pasos con El Viejo”-le decían El Viejo-. Y El Viejo estaba en un rincón enseñando figuras, y eso para mí fue un golazo.

Oro en polvo.

La verdad es que Eduardo Pareja, Parejita, me dio muchísimo tango, también. Sobre todo, figuras. No copiarlas, sino a desarrollaras. Con él aprendí a desarrollar figuras sin pensar, a armar mis propias secuencias. Cuando yo lo veía a Pareja a los sesenta, a los setenta y a los ochenta tirando figuras, yo trataba, siempre, de imaginármelo a los veinte.

Lo mismo con Pocho y Nelly, porque Pocho me ha enseñado unas cosas que él ya no las podía hacer. ¡Vos imaginate este tipo a los veinte años, lo que habrá sido! Entonces, cuando vos te sentás y tenés seis, siete mujeres, hombres, comiendo empanadas y contando anécdotas de cómo bailaba Tal, las cosas que hacían, la milonga, y que iban de un barrio al otro, y qué sé yo… Y… ¡mi cabeza explotaba! Porque era tratar de proyectar hacia atrás, entender cómo caminaba, cómo bailaba ese tipo, porque hoy lo ves todo encorvado, en una silla, pero te imaginás que a los treinta no era igual. 

«El tango es un juego, algo lúdico, y es necesario enseñar que ese juego es con el otro, no es ni una lucha ni es sincronizado. No existe la sincronización, es un encuentro donde no sé si voy a hacer lo mismo al mismo tiempo, a no ser que haga una coreografía.»

¿Y cómo surgió la idea de organizar un festival que resultó ser de los más reconocidos, como el Tango Salón Extreme?  ¿Cómo nace esa idea?

Nace como algo que para mí es muy loable, pero, a la vez, se transformó en un producto comercial que es muy difícil contener. Cuando arrancó en el año 2008, duraba una semana en la que cada pareja de maestros daba tres horas por día de seminarios. Imaginate tres parejas -después cuatro, después cinco, fueron creciendo en número- cada una dando tres horas por día de un tema o un enfoque. Estaba buenísimo. Porque, además, antes, la gente venía a prepararse para el Mundial de Tango con hasta tres meses de anticipación. Se podía, hoy la gente llega el día de la competencia para acreditarse. Entonces, para organizar algo para la gente que se venía a formar y así generar más trabajo, extenderlo un poco a todos.

Pero la temporada alta se fue reduciendo, y en un momento empezó a explotar y no me entraba la gente en el estudio, así que empezamos a hacerlo en La Viruta. Y, entonces, fue el triple de gente y se transformó en un festival y está buenísimo.

Desde hace algunos años, la idea es que cada uno haga su clínica, o que desarrolle con su forma de enseñanza, un concepto, no clases de pasos como en los festivales. Y que enseñen un tango social, aunando niveles. Y ha habido parejas de escenario y parejas más festivaleras, pero siempre enseñando un tango para todos. Cada una tiene dos clases que intentamos que sigan un desarrollo. Es decir, cada pareja continua el trabajo de la anterior. Y, además, desde el año pasado, hemos hecho que la última clase de cada día la den los cuatro maestros que enseñaron ese día, para que también crucen conceptos, ideas y puntos de vista. Porque pasa mucho que un alumno va con otro, le dice lo mismo que yo con otras palabras y lo entiende mejor. Y viceversa. Entonces está bueno hacer que eso suceda en vivo, en simultáneo, en la misma clase. Y así la gente se va con algo de un festival y no solamente con el encuentro del festival y nada más.

Después de bailar con Vilma bailaste con bailarinas muy conocidas. ¿Qué momentos especiales compartiste con ellas que ahora te acuerdes y nos puedas compartir?

Después de bailar con Vilma y durante sus embarazos, bailé con Milena Plebs. Yo bailo tango salón porque el primer espectáculo que vi fue Tango X2 y me volvió loco. Terminar bailando con Milena, ser amigos, para mí es un montón. Es más que un honor, es lindo.

Contame, la primera vez que te tocó bailar con Milena, ¿se te produjo algún viaje, tipo decir “Yo que la veía en Tango X2 y ahora estoy bailando con ella”?

Y sí, porque aparte tengo eso, que soy un romántico y esta cosa de buscarme la historia… Y fue muy lindo. Fue muy lindo, pero a la vez extraño porque estás con alguien que admirás y que pudo haber sido tu maestro, con alguien que está en esto hace mucho más tiempo que vos y ya había recorrido el mundo. Después, bailar. Bailar fue mágico. Aunque, como uno ensaya, practica, el impacto es otro, no es que bailás por primera vez en la pista de baile.

Fernando con Milena Plebs en la edición de Rosario del Festival Tango Salón Extreme.

¿Y después de Milena?

Bailé también con Aurora Lubiz que había sido directora mía en la academia de El Chúcaro. También, tener el honor de que sea mi amiga y haber bailado con ella…

Y después con Silvina. Primero desde el 2013, 2014 hasta 2016, y después de la pandemia nos volvimos a encontrar. Creo que, después de Vilma, es con quien se me reconoce más, porque hemos podido amalgamar las dos técnicas, las dos ideas de trabajo.

¿Hay un estilo Fernando Galera, o cambiás según con quién bailás?

No sé si hay un estilo Fernando Galera, es un poco pretencioso decir eso, pero sí hay una forma que te la va dando la experiencia, los años, los kilómetros. Hoy estoy trabajando con Pamela -que es también mi pareja de vida-, creando entre los dos una forma de bailar y de enseñar juntos; y con cincuenta y un años estoy reaprendiendo de mí mismo y de adaptarme al encuentro. Los dos estamos reaprendiendo. ¡Y lo lindo que es! Adaptarse al otro no es que ella baile como yo, o yo como ella, o para ella, se trata de adaptarse un poquito para entrar en el terreno del otro. Me pasó con Milena, me pasó con Aurora y con cada una de las compañeras con las que trabajé.

«Encontrarse, abrazarse, potenciarse. Potenciarse quiere decir sentirse libre y fuerte en el abrazo. El abrazo no es un aprisionamiento, sino todo lo contrario.»

Pero más allá de que digas que te parece pretencioso hablar de un estilo, yo creo que el estilo se realiza como resultado de una sucesión de decisiones: “Esto me gusta, eso no me gusta, en esto me siento cómodo, en esto no”. Para mí es algo que se decanta, que se destila, un destilado de una serie de decisiones. Entonces, ¿hacia dónde se decanta tu estilo de baile, por dónde te pasa? ¿Dónde te sentís vos que sos vos?

Mirá, a veces lo pienso a partir de lo que quiero enseñar: yo soy una mezcla de milonguero, salón y todo lo que vi. Pero yo soy un amante, un enamorado, del tango salón, que no es el tango de la competencia. Obviamente, hoy mucho más moderno, porque creo que me fui actualizando, aunque no haga cosas de tango nuevo.  A veces se piensa que sólo eso es actualizarse y no se presta atención a que el tango se fue redondeando. Antes era muy estructurado, figuras sueltas o nada, “un dos tres, un dos tres”. Creo que no tengo un tango puro -no hay un tango puro-, mi forma se fue mezclando entre todo lo que aprendí.

Por supuesto me gusta el caminar, la pausa, el giro, el movimiento circular, la generación de energía, todo eso es lo que a mí me conmueve más. Los tangos melódicos, tipo Caló, Di Sarli, Tanturi – Campos, son los que me gustan, o conmueven, o me llegan más. Después, a la hora de hacer una exhibición, por ahí elijo otra cosa porque uno tiene que remarcar lo que quiere mostrar, pero en mi vocabulario de clases está la pausa, la circularidad y la cadencia.

Fernando y Aurora Lubiz en Moscú.

Y cuando intentás trasmitir el valor de la pausa, ¿la aprecian o te dicen -como te decían de El Chino- “no hace nada”?

Buena pregunta. Me lo aprecian como bailarín, la gente me lo marca, sobre todo la musicalidad que eso genera. Quizás no tanto en las clases. Porque a la gente le gusta verlo, pero prefiere aprender otra cosa.

Por eso te lo pregunto.

Y, a veces es una lucha con uno mismo, trabajar la pausa, la técnica… Cuando la gente entra a una clase necesita tener mucho material. A veces termina una clase privada y el alumno te dice “¿Qué más me podés dar para trabajar en mi casa?”  Y vos habías estado una hora hablando y pensás “¿Qué más querés que te diga?  Andá y trabajá esto”.

¡Procesá lo que te acabo de dar, absorbelo primero!

Porque, además, lo que te acabo de dar fueron años para mí y te lo di en una hora. Pasa mucho, “Bueno ya está, esto me sale, ¿y ahora qué?”. Uno lucha mucho para ganarle a eso.

«… hoy se baila mucho por estética. (…) Veo a cada uno haciendo la suya. Y el tango es una danza de contacto. … La señora se agarró a mí que yo sentía que la llevaba, pero también que ella me llevaba. Nos llevábamos los dos. … Ahí entendí lo que era el tango.»

¿Y cómo ves la milonga, acá y allá? Cuando te sentás en la milonga, ¿qué ves, te gusta, no te gusta, te levantás y te vas?

Me gusta mucho ver bailar y estudio mucho. Antes era crítico, hoy siento que estudio mucho lo que veo. Y no veo una generación de energía. No podemos generalizar porque, obviamente, hay de todo, pero, en un gran porcentaje, veo que la gente no se conecta, no baila con el otro. Cree, o parece que baila con el otro, pero no. Ahora se pusieron de moda los encuentros y en Europa los maratones que tienen como único fin bailar y bailar.

La milonga como un gimnasio, como dijo Pancho en su entrevista.

Sí, bailar y bailar, no importa cómo. Y es una pena porque nosotros no estamos solamente enseñando a bailar tango, nosotros estamos transmitiendo cultura. El tango es más que una danza o una música, es cultura. Y para mí eso es importante, cómo explicarla, cómo traerla. Nosotros cuando éramos chicos a la hora de la cena teníamos un canal con la Botica del Tango, otro con Grandes Valores del Tango, los domingos Argentinísima que tenía mucho folclore, pero también tango, y, en otro canal, El deporte y el hombre. Veíamos cultura a las nueve de la noche, cuando estábamos cenando. Y aunque no te gustara el tango lo veías. El que tiene cincuenta años y no sabe cantar Azúcar, pimienta y sal, no vivió.

Fernando con Silvina Valz bailando en Gricel (Buenos Aires).

Si no se transmite la cultura, ¿el tango se convierte en un puro baile? ¿Deja de ser tango?

Para mí, sí. Como pasó con la salsa. La salsa hoy en día se baila sin que importe nada, no se sabe de dónde es ni quién canta, se baila. Bueno, eso puede pasar con el tango.

“Se industrializa” como una cosa producida en serie.

Mirá, hace poco me ofrecieron pasar música en una milonga, acá en Italia. Y querían todo rítmico, todo para arriba. Por ejemplo, no pude poner Tanturi – Campos, no se aprecia…

… D’Agostino – Vargas, ni hablar.

¡D’Agostino – Vargas!, ¿viste? Escuchan, no sé… Fiorentino, todo para arriba.

No Troilo – Marino.

¡No, olvídate! ¿Me entendés? Al final vienen a escuchar al DJ pero no le dejan poner la música. ¡Y yo no te voy a poner un tango imbailable porque soy bailarín también!

«…el otro día tuve una charla en un curso para DJs y una de ellos me pregunta “Pero, entonces, ¿el DJ tiene que educar?” “Y sí, es un educador, también. Está transmitiendo cultura, no solamente pasando música”.»

Yo siempre tengo este miedo, y lo intento charlar con todos ustedes, ¿hasta dónde el mercado va a terminar imponiéndose al tango y el tango se va a perder? Porque pasa esto: tenés que enseñar secuencias porque quieren secuencias, no quieren caminar, no quieren la pausa, tenés que poner tal música porque quieren eso y, ¿entonces? ¿Dónde queda lo que nosotros tenemos para trasmitir? Obviamente que los maestros, los DJs necesitan vivir de su trabajo, no estoy hablando de ser un quijote contra los molinos de viento, sino de cómo se le hace lugar a nuestra tradición, nuestra cultura, esa sin la cual no habría surgido el tango, esa que hace a su esencia

La mcdonalización del tango. Es como que venga Mc Donald’s a Italia y te quiera hacer una hamburguesa de pizza porque a los italianos les gusta la pizza -capaz que ya la ofrecen, no sé, no voy a Mc Donald’s-. La verdad es que antes me enojaba. Cuando empezamos a venir con Vilma, en el año 98, 99, a Europa y trabajamos en Alemania, Austria, Suiza, los profesores alemanes me decían “Lo que pasa es que tenés que entender que acá los alemanes no se abrazan”. “¡Pero van a bailar tango argentino, nosotros nos abrazamos!”, y me enojaba y los hacía pasar por ahí, medio a la fuerza. Hoy aprendí -y eso lo aprendí mucho de Silvina- a ir al terreno del otro para traerlo al terreno de uno. Por ejemplo, el otro día, con el tema de la música, les ponía una tanda que querían ellos y una tanda de las que yo creo que tienen que aprender a escuchar.

Claro porque el gusto también se educa, en ese punto el DJ también transmite cultura. Es como el paladar, si vos comés siempre espagueti con salsa de tomate nunca te va a entrar un pescado, por ejemplo. Tenés que probarlo alguna vez para que algún día te guste.

Tal cual, pero por ahí eso lo entendés vos que sos madre, pero el otro día tuve una charla en un curso para DJs y una de ellos me pregunta “Pero, entonces, ¿el DJ tiene que educar?” “Y sí, es un educador, también. Está transmitiendo cultura, no solamente pasando música”.

Fernando y Milena Plebs.

Por otro lado, creo, después de tantas charlas, que una cuestión clave es encontrar alguna utilidad para el alumno, para el que baila, de adquirir ese aspecto cultural y no sólo pasos. O sea, cómo transmitirles que se baila diferente cuando vos entendés nuestra manera de sentir, de expresarnos y de relacionarnos. Cómo cuando hacés una pausa, cuando conversás en la milonga, cómo todo eso te predispone a sentir lo que nosotros llamamos tango, cómo te predispone a la tan mentada conexión.

Es poco a poco, yendo al terreno del otro desde lo técnico, desde lo estructural, y empezar a traerlo. El mensaje tiene que ser fuerte. El tango es encuentro, el tango es conexión. Empieza por entender uno mismo que el tango no es sólo la figura, no es sólo estructura. Enseñar tango no es enseñar a hacer algo, también es enseñar a sentir, es transmitir cultura y que el tango es encuentro. El tango no es una danza más, es más que una danza.

Yo pongo mi granito de arena, y sé que muchos de mis colegas y amigos hacen lo mismo. Por ejemplo, uno de los temas que propongo entre mis clases es: “Encontrarse, abrazarse, potenciarse”. Potenciarse quiere decir sentirse libre y fuerte en el abrazo. El abrazo no es un aprisionamiento, sino todo lo contrario.

Una de las grandes riquezas del tango es la posibilidad de que te abracen, hay gente que a lo mejor no la abrazan en toda la semana hasta que llega a la milonga.  

Ahora, cuando armamos nuestras clases, hablamos mucho de estos temas. Sobre que el tango es un juego, algo lúdico, y que es necesario enseñar que ese juego es con el otro, no es ni una lucha ni es sincronizado. No existe la sincronización, es un encuentro donde no sé si voy a hacer lo mismo al mismo tiempo, a no ser que haga una coreografía.

Que, por cierto, cada vez más las escuelas hacen grupos coreográficos.

¿Por qué? Porque eso es como hacer fitness con tango. No está mal que hagan coreografía, no está mal que hagan un grupo coreográfico, el tema es que no les están enseñando a bailar, sino que les están enseñando a hacer lo que hacen ellos y muchas veces a riesgo de lastimar a la gente. No tengo miedo de decir esto, o sea, podés ponerlo, lo vengo diciendo. Está bien, entiendo el negocio de muchos, yo también tengo mi kioskito. Y se pierde la capacidad de improvisación. El problema es que van a la milonga y hacen la coreografía, y desarman toda la pista. Y a mí me da bronca, no sé…

«Alguna vez, alguien me dijo “El bailarín es el instrumento visible, el instrumento que entra por los ojos.”»

¿Cómo derrama todo esto en Argentina? Porque en los tiempos que corren, con la cultura imperante, bailar tango es casi algo de culto ¿Cómo lo hacemos atractivo para las nuevas generaciones? ¿Cómo hacemos para que esto se sostenga en la propia Argentina? 

Yo creo que el problema, y esto va en contra de mi negocio, son los extremos porque se pasa de la solemnidad, o la pura estructura, a la pura improvisación. Transmitir cultura, enseñar a bailar tango como parte de nuestra ella, no tiene que ser sinónimo de solemnidad, porque eso es lo que echa a los jóvenes. Y el tango no es solemne, puede serlo y puede gustar que así sea, pero no significa que tenga (con énfasis) que serlo.

Y después de todo esto que hemos hablado, contame, vos, ¿por qué bailás tango? ¿Qué buscás en el tango? ¿Qué buscás encontrar cuando vas a una milonga?

Hay algo que no sé describir y que tiene que ver con esto, el encuentro y lo cultural. Yo no solamente voy a la milonga, voy también al teatro, me gusta mucho el cine, voy a escuchar bandas o me quedo en mi casa escuchando música.  Escucho mucho otros tipos de música: folclore, música nueva, moderna, a través de mis hijos. Como siempre digo, mi viejo era cero para la música, pero mi vieja fue muy abierta y nunca nos dijo “esa música de mierda” o “esa música no me gusta”. Ella me hizo escuchar a Elvis Presley, Johnny Rivers, Eric Clapton y terminó escuchando bandas nuevas conmigo. Igual, a mí siempre me gustó un poco más lo vintage, el rock de guitarra, el blues, el jazz. Entonces, cuando voy al tango, voy a encontrarme con gente, voy a volarme en una tanda, no bailo en todas las tandas…

Fernando y Vilma Vega, 1996.

¿Qué es para vos “volarte en una tanda”?

Para mí la tanda perfecta es cuando conectás con la persona, la música y el espacio, es como que hay una trilogía ahí que puede producir una emoción muy intensa, muy placentera…  A veces se logra, a veces no, y por eso no bailo todas las tandas. Me gusta charlar en una mesa, escuchar la música, me gusta mirar mucho, tomarme mi café. Yo llego a la milonga y primero me pido un café, una costumbre que me quedó de los viejos, primero un café y después la noche. Es esto, pero no busco algo, la pregunta no sería “¿qué buscas en el tango?” No busco nada. ¿Qué encuentro? Encuentro muchísimo: conexión, cultura…

Cultura en su sentido más amplio, no en el sentido de conocimientos, sino en lo que se referencia a lo social y a las tradiciones de un pueblo.

Y cuando antes decías que estudiás mucho cuando vas a la milonga, ¿a qué te referís?

Estudio el movimiento, soy un osteópata frustrado (risas). Estudio mucho el movimiento, mucho. Es el material de trabajo de campo.  No sé ni quiénes son. A veces sí. Estudio el cuerpo, analizo la conexión, la parada, dónde nace la energía, dónde tiene el contacto, todo.

«La presencia genera presencia. … Cuando uno va a la pista a abrazar, cuando uno entra a la pista, cuando uno se para delante de otro, o delante de una clase, esa presencia genera en el otro que esté ahí, atento.»

¿A qué te referís con la generación de energía y cómo estaría relacionada con la conexión?

El traslado de un paso a otro genera energía. Se habla mucho de que ese traslado hay que hacerlo desde la pierna de base y no con la libre, porque si no el otro no tiene idea dónde está mi pierna. En cambio, si me muevo desde la de base, desde abajo, estoy moviendo el eje y me estoy moviendo con el otro. Eso no pasa más, hoy se baila mucho por estética.

¿Ves más poses y no tanto a la energía fluir?

Veo a cada uno haciendo la suya. Y el tango es una danza de contacto. En las clases siempre cuento que jugaba con mi mamá y mi hermano a caminar juntos por la calle, a agarrarnos de la mano y pisar juntos. Pero no era una cuestión de sincronización, sino que era una cuestión de conexión de las manos. Y mi mamá bailaba rock and roll. Entonces, por ahí ella estaba cocinando, nosotros pasamos por la cocina, bailábamos un pasito de rock and roll, y, otra vez, era agarrarse de la mano, tire y afloje y chau. O cómo ella practicaba rock and roll, el famoso picaporte, la cortina, bueno, todo eso es contacto.

Cuando voy a mi primera clase privada con Miguel Balmaseda, voy con Esther Garabali. Esther Garabali es una gran bailarina que trabaja en compañías, no está en la movida del tango social, y fue mi primera compañera de baile porque éramos compañeros en la academia de El Chúcaro. Con Esther bailé un año, más o menos, y después bailé con Alejandra Armenti, entre mis diecisiete y veinte años. Bueno, volviendo a la historia, después de la clase de Balmaceda, nos quedamos en la práctica. Era un domingo a la tarde en el Salón Canning. Entonces Miguel me dice “Andá a bailar con esa señora que está ahí sentada”. Había una fila de señoras con las que nadie bailaba, suele pasar mucho en las milongas. “Pero Miguel es mi primera clase, yo no sé bailar”. “Andá a agarrarla y bailá”. ¡Cuando la agarro para bailar…! La señora se agarró a mí que yo sentía que la llevaba, pero también que ella me llevaba. Nos llevábamos los dos. Y eso fue como volver al juego con mi mamá en la calle, o a bailar rock and roll con mi mamá. Ahí entendí lo que era el tango. Después me olvidé porque tenía dieciséis años y quería hacer otras cosas.

«Para mí la tanda perfecta es cuando conectás con la persona, la música y el espacio. Es como que hay una trilogía ahí que puede producir una emoción muy intensa, muy placentera…  A veces se logra, a veces no, y por eso no bailo todas las tandas.»

Digamos que los tiempos actuales tampoco son muy favorables a esa forma de bailar porque se traduce, quizás equívocamente en “Me dejo llevar”, y eso suena a una posición pasiva en el baile. Me parece que es necesario explicar cómo ese contacto tan cercano, casi “fusional”, sirve de apoyo para el propio baile a partir de la generación de energía. Además de lo placentero y reconfortante que resulta ese abrazo.

Mirá, no hay mujer que tome una clase conmigo, grupal, individual, que cuando le digo, “Agarrame, usame”, no abra los ojos así de grandes “Pero, ¿cómo? Porque tal me dice…”  “No importa, ahora estás en una clase conmigo, usame. Vas a bailar liviana, vas a lograr adornar, vas a lograr expresar lo que a vos te pasa con el tango, pero primero tenés que bailar conmigo. Primero tenés que conectarte con la persona que tenés al lado.

Hay un psicólogo que tiene un apellido rarísimo y siempre me cuesta un montón pronunciarlo (Mihaly Csikszentmihalyi), pero él dice que las experiencias cercanas a la felicidad son esas experiencias que te producen placer y que te requieren muchísima concentración, donde vos cancelás todo pensamiento que no sea eso que estás haciendo, tal que te producen un efecto de estar fluyendo. Es eso.

¿Viste que hay gente que enseña tango terapia? Bueno, hay un chiste entre los bailarines que dice que es “es redundante” (risas). Para mí, es eso, cuando lográs la conexión. Lo que pasa es que requiere concentración… Tengo un par de amigas con las que me encanta bailar, y a veces, como somos amigos, no nos concentramos y es un desastre. Y terminamos la tanda y digo “¡Qué tanda nos perdimos!”. Y no tiene nada que ver con el sexo, es simplemente ese encuentro, ahí. Disfruto mucho de esa intimidad. Y me pasa como a los viejos, tengo mi tanda y con quien me gusta bailarla.

Tenés tu Pugliese, tu Di Sarli, tu Troilo…

Sí, un montón, y no siempre es con la pareja de uno y está buenísimo que así pase.

Fernando con Pamela Colaneri.

Contame cómo se inicia esta aventura en Italia.

Por trabajo. Y también tomé la decisión de vivir por un tiempo acá en Cagliari, en Cerdeña, porque soy nieto de italiano y mi hermano ya se hizo italiano y quiero hacerme italiano. Y quiero darles esa posibilidad de la nacionalidad a mis hijos, que tengan una herencia.

¿Una especie de salvoconducto?

No, pero es una herencia cultural que uno les puede dar. Es un derecho, ¿por qué no usarlo? Y siempre me gustó esta idea de ser un poco italiano. Y se dio la casualidad que cuando empezamos a salir con Pamela, mi pareja, estábamos en la misma instancia con nuestros papeles, así que dijimos “bueno, elijamos un lugar y vamos a terminarlo”. Así que, en principio, fuimos a Cagliari porque mi hermano se había hecho ahí la nacionalidad, y también porque Mariana Montes -que vive allí- nos facilitó el poder instalarnos y empezar. Y luego, nos mudamos a Padova, donde estamos bailando con Pamela y dando clases en la escuela Cultura Tango de Natalia Lavandeira, junto a ella y a Ángel Coria, muy felices.

Fernando y Pamela Colaneri.

Muy bien. ¿Querés decir algo más, algo que quieras aprovechar a transmitir?

Paciencia, como dice el tango, paciencia. No apurar los procesos, todo tiene un tiempo, todo tiene un proceso, todo llega.

Disfrutar del proceso, complicado en esta época marcada por un afán utilitarista: todo tiene que tener un para qué, una meta. Y, mientras, se pierde el disfrute de la vida, que no es otra cosa que el camino. Poder disfrutar con sólo estar en la milonga. Disfrutar de la conversación, de la música, de “volarte una tanda”, como decís vos. Yo creo que los argentinos tangueros que estamos afuera, tenemos la responsabilidad de hacer que la milonga sea agradable para que la gente la pase bien, aun sin bailar. Habrá quien la quiera asumir y quien no. Pero, para mí, ahí y así, también, se transmite la cultura del tango.

Igual es un gran trabajo el que estás haciendo, tiene que ver con esto que a mí me apasiona, la historia, la recopilación de la información.

Gracias, sobre todo, por haber aportado con tanta generosidad y honestidad esa “información” o data que a vos te llegó y tu parte en esta historia.

Los elementos más significativos de toda cultura son fundamentalmente trasmitidos a través de palabras. Un universo de sonidos articulados a afectos, actitudes y conductas trae los porqués, cómos y paraqués de un grupo o comunidad. Una cosmovisión que se proyecta hacia el futuro.

La trasmisión oral de estos elementos compromete al cuerpo. El sentido de cada palabra es confirmado por las inflexiones de la voz, los gestos y el contacto, que producen ecos en las fibras del que escucha, movilizándolo.

A través de un sinfín de conversaciones eslabonadas, se sostiene un hilo histórico que da sentido al hoy y que ilumina nuevas trayectorias haciendo presente los saberes del pasado. La tradición oral vuelve membrana viva a la trama histórica, en tanto en cada conversación se puede resignificar el mito a la luz de las necesidades del presente, conservando los fundamentos.

Los humanos tendemos a investir como dioses a meros mortales. Ya para los antiguos, los dioses se parecían al vulgo, con las mismas contradicciones y pasiones oscuras, salvo sus superpoderes y su inmortalidad. Porque si uno que era como “el resto” pudo alcanzar lo infinito, es más fácil creer en un mañana venturoso a pesar de un hoy desalentador.

Sin embargo, la persona sólo alcanza la eternidad a través de su obra o de la impronta que dejó en otros. Restos de vitalidad que, como herencia, tienen el valor de despertar el deseo de las nuevas generaciones, de animarlas a continuarla. Las deidades del pasado pueden ser olvidadas y su legado mantenerse vivo, en tanto se recuerda con qué se cuenta.

Flavia Mercier

La habitación de al lado – Dirección: Pedro Almodóvar

La nueva película de Pedro Almodóvar -la primera íntegramente filmada en inglés- muestra, sin golpes bajos y alejada de todo optimismo positivista, el dilema de cómo morir dignamente en un mundo que agoniza. Con Julianne Moore y Tilda Swinton -excelsas como protagonistas- presenta una historia de amistad, dolor y dignidad en medio de un mundo acechado por fuerzas oscuras.

Tilda Swinton en el papel de Martha.

¿Cuántas formas hay de morir? ¿Cuántas de transitar la muerte? Tantas como personas.  “Hay muchos modos de vivir dentro de una tragedia”, explica Ingrid (Julianne Moore) en un pasaje de la última película de Pedro Almodóvar. Ingrid acompaña a Martha (Tilda Swinton) en sus últimos días, mientras nosotros acompañamos a Marta en su propio tránsito desde el horror hasta la aceptación. Sobrevuela la escena, la sombra de la hija de Martha, separada de su madre por un gran malentendido.

Tilda Swinton y Julianne Moore.

La habitación de al lado es otra historia almodovariana que da voz a las mujeres para contar la vida con su mirada. Entre distintos personajes y escenarios, los hombres asumen roles de solidaridad con las protagonistas. Destaca John Tonturro, solícito y concernido no sólo con el drama de Martha, sino con el impacto que éste tiene sobre Ingrid, quien aloja el dolor y la angustia.

John Tonturro y Julianne Moore.

Como en un telón de fondo, Almodóvar presenta la cerrazón que habita la realidad actual. Muestra guerras y conflictos humanitarios a partir del relato biográfico de Ingrid, otrora corresponsal de guerra; y también nos advierte del derrotero funesto que cursa nuestro mundo a consecuencia de la expoliación de sus recursos naturales. Recorrido por fuerzas autoritarias y fanáticas es también un mundo que priva a las personas de su singularidad hasta en ese último acto, propio e intransferible, que es la muerte. Si hay una crítica para hacer a la película, quizás sea que todos estos temas son abordados desde un plano cenital. Pareciera que el director ha preferido narrarlos dejando piedritas en el trayecto, imposibles de eludir, mientras que evita el tropiezo de algún espectador con la roca de lo real.

Tilda Swinton.

La belleza que rodea lo tremendo de la historia es un destilado del mejor Almodóvar. La exquisitez de los detalles, los paisajes, el vestuario, la paleta de colores, la armonía de la banda sonora y algunos breves pasajes de humor, todo produce un alivio para que se pueda lidiar con el caos del fin. Basada en la novela de la autora neoyorquina Sigrid Nunez, Cuál es tu tormento, rescata el valor de los lazos afectivos en medio de un mundo recorrido por la crueldad y la sin razón.

Flavia Mercier