De cuna de músicos del folclore santiagueño, Peteco Carabajal lleva cincuenta años de carrera artística, a pesar de que, según cuenta, en aquellos años rebeldes de la adolescencia era una idea que casi rechazaba. Comenzó en 1974, de una manera casi azarosa con Santiago Trío. Al tiempo, una vez más la suerte se conjuró para que integrara Los Carabajal durante diez años, hasta ingresar a MPA junto con Chango Farías Gómez, Verónica Condomí, Rubén Izaurralde y Jacinto Piedra. Más tarde formaría el grupo Santiagueños con Jacinto Piedra y Juan Saavedra. Finalmente, desde 1991 se lanzó como solista, compartiendo escenario con grandes de la música popular argentina como Mercedes Sosa o León Gieco, hasta convertirse él mismo en un referente. En los últimos años, además de su carrera como solista, integra el grupo Riendas Libres con sus hijos, Martina y Homero. Una entrevista que testimonia cómo el azar confluye con el deseo.

Ante todo, muchas gracias por la posibilidad de esta entrevista. La intención es explorar tu recorrido artístico, no para construir un currículum, sino para entender los porqués detrás de cada viraje en tu camino. ¿Qué deseo te impulsaba, como artista, a seguir?
En ese sentido, se dice que cumplís cincuenta años de trayectoria, pero para mí se queda corta esa cuenta, ya que tu viaje con la música viene desde la panza de tu mamá, más o menos. O sea, naciste en cuna de músicos.
Sí, sí.
¿Y cómo fue esa infancia, rodeado de música? ¿Cómo te marcó para que éste fuera tu camino y no otro?
Lo más antiguo que recuerdo es en la casa de mis abuelos, allá en La Banda. Mi abuelo era músico aficionado. Mi abuelo, mis tíos, en la casa… instrumentos. Recuerdo una vez que me estaban buscando… sentían un sonido… y finalmente me encontraron en un guardarropa donde yo estaba metido tocando una mandolina, que es un instrumento europeo, italiano, y que, por esas cosas, como el violín y el arpa, quedaron como instrumentos típicos para la música folclórica santiagueña. Andrés Chazarreta tenía una mandolina en su grupo, además de violín, flauta y arpa.
¿De qué edad estamos hablando?
Y, no sé… A lo mejor dos años y pico, tres.
Era algo muy íntimo, porque te encerraste en un armario para probar ese instrumento.
Sí.
¿O porque era una travesura?
Y, no lo recuerdo. Lo que recuerdo es que después todos lo contaban y a mí me quedó esa anécdota en la memoria para siempre.
Al tener todos esos instrumentos en tu casa ¿fuiste a hacer clases de música o tu aprendizaje fue más cercano a la experimentación, como esta anécdota?
Fue así. A los cinco años, más o menos, seis, aprendí a tocar la guitarra, las primeras notas, porque mi hermana más grande, Graciela, ya tocaba. Y lo tenía a mi papá que había empezado a hacer un trabajo con la música en Buenos Aires, integrando, formando grupos, componiendo también, siendo autor y cantor. Entonces, de un día para otro, ya estaba sabiendo tocar la guitarra.
Y de lo que me acuerdo es que allá por los siete años, más o menos, de alguna manera lo sorprendía a mi viejo, porque sacaba cosas que él no me enseñaba. Sacaba punteos de chacareras y esas cosas y se las hacía escuchar y él se sorprendía. Porque yo usaba mucho la lógica para darme cuenta mirando, con inteligencia, escuchando, poniendo toda la atención en poder sacar cosas.
Un autodidacta.
Sí, sí, autodidacta. Hasta el día de hoy. Por ejemplo, hoy en día puedo llegar a hacer cosas que el que las escucha dice “¡Uh, mirá qué arreglo que hizo!” Y a lo mejor lo grabé solo o lo hice grabar por músicos que conozco sus características, sus posibilidades, y hablando, les paso los arreglos. Las ideas más que los arreglos. No hay arreglos, pero después vos lo escuchás y decís “¡Mirá qué arreglos!”.
Y también, muchas veces grabé solo, producciones donde vos escuchás dos, tres guitarras bien armonizadas, bien puestas. Hay tipos que llegan a eso a través del estudio. Bueno, yo también. Esta es una forma de estudiar y de aprender, nada más que no fue académica.
No fue académica, pero tuviste tus maestros. ¿A quién llamarías maestro?
Y… a mi papá, al Chango Farías Gómez, a muchos compañeros que conocí en el camino artístico.
«Me acuerdo que allá por los siete años, más o menos, de alguna manera lo sorprendía a mi viejo, porque sacaba cosas que él no me enseñaba. Sacaba punteos de chacareras y esas cosas y se las hacía escuchar y él se sorprendía.»
¿Y cuándo llegó el escenario?
El escenario llegó a los 17 años. Una noche que salimos a bailar con mi primo Roberto y con un amigo del barrio de Morón. En ese momento yo era un chico que trabajaba en la encuadernación de libros y que con lo que ganaba me alcanzaba en una quincena para comprarme, a lo mejor, un pantalón y a la otra quincena recién un pullover, una camisa. Y después, un par de zapatos. También, cantaba y tocaba la guitarra, pero nunca se me había ocurrido que la música iba a ser mi vida o mi camino.
¿No?
No, no. Es más, yo lo rechazaba un poco.
¿Ah, sí?
Íntimamente fui un poco rebelde con mi papá. Pero nunca lo manifesté de manera que sea problemática, pero no me gustaba eso, me aburría soberanamente en las peñas. Yo quería estar con mis amigos en Morón, bailar.
En ese tiempo bailábamos en los asaltos, como les llamaban, en las casas de los amigos. Y cada tanto, como esa noche, nos animábamos e íbamos a bailar a Ramos Mejía, que estaba muy de onda. Todo Buenos Aires iba a bailar a Ramos Mejía. De la Capital, de todos lados. Bueno, anduvimos caminando hasta la madrugada y no entramos a ningún boliche. No sé si anda bien el recuerdo, pero creo que no teníamos plata para entrar, para sacar una entrada. El asunto es que, cuando volvíamos, ya como a las 4 de la mañana del domingo, en medio de ese ruido de boliches, del frenesí, imaginate la avenida Gaona llena de todos pibes jóvenes, felices, todos se reían, y nosotros tres nos íbamos medio vencidos, sin haber hecho nada, sin haber conocido a nadie, sin guita. Y escuchamos bombo y guitarra desde adentro, en ese lugar. Increíble. Lo que menos pensábamos escuchar.
En ese ambiente…
En ese ambiente. Y entramos a curiosear. Era una peña que ya había terminado y que estaban de guitarreada en una mesa. Se llamaba Gaucho’s House, bien típica también del lugar y de esa época. Era como un pub, lo que después se llamó pub. Entramos, saludamos, nos sentamos los tres en un costado, y en un momento se levantó uno de la mesa, vino y me dijo, “¿Vos sos Peteco, el hijo de Carlos?”. “Sí”. Y me dice, “Vos has estado en mi casa, yo soy hermano de Leo Dan”.
Ajá.
“Ah, sí, me acuerdo.” Era verdad, yo había estado con mi papá en la casa de Leo Dan, porque ellos eran amigos, habían hecho temas juntos.
Entonces, él ha pedido la guitarra y me la ha pasado y hemos cantado con Roberto, mi primo, cosas que teníamos sabidas por familia, no porque quisiéramos ser un dúo. Las chacareras de la familia, alguna de Los Hermanos Ábalos o de Julio Argentino Jerez, del repertorio santiagueño, cosas para animar un poco el fogón que se había armado. Un poquito, unas tres, cuatro chacareras. Y viene el dueño a hablar conmigo, a proponerme que vayamos a trabajar ahí. Y yo le digo que no, que nosotros no éramos un dúo constituido. Y el tipo dice, “Che, pero son buenos, lo hacen bien, ¿por qué no te animás a cantar?”. “Y, bueno, está bien”. Y dice, “¿Cuánto quieren cobrar?”. “No sé. Paganos lo que le estás pagando a los que trabajan aquí”. Y así a la semana siguiente empezamos a cantar ahí con mi primo Roberto, a dúo y cobrando. Ya cobrando.
Con 17 años.
Sí, sí, 17. Y a los tres, cuatro meses, más o menos, que empezamos a cantar los viernes y sábado, teníamos éxito con mi primo. Era un dúo distinto a todo lo que se escuchaba en esa peña, nadie tenía ese repertorio de chacarera. Porque esto era el año 73, la chacarera no era para nada lo que es hoy en día en todos lados. Ahí nadie la conocía y nosotros teníamos eso, justamente, ya en aquel momento.
Y la gente se volvía loca.
Sí, sí, sí, gustábamos mucho. Después nos enteramos que, enfrente, también había una peña. Ahí sobre Gaona, casi a la altura de la estación de Ramos Mejía, estaba Doña Manuelita, la otra casa, un poco más, si se quiere, conservadora (ríe). Gaucho’s House era más juvenil.
Y la otra más tradicional.
Sí, Doña Manuelita era más tradicional. Y nos cruzamos, y escuchamos cantar a un chango santiagueño que nos gustó y nos acercamos a él, más que nada por ser santiagueño. Empezamos a charlar, y nos empezamos a ver cada fin de semana y en un momento nos dice: “Che, estaría bueno armar un trío”. Y bueno, lo pensamos con Roberto, lo hablamos y, finalmente, empezamos a ensayar a trío y experimentamos en el Gaucho’s House, y en Doña Manuelita también, y en Morón, y empezamos a buscar trabajo como trío. Yo dejé de trabajar en la encuadernación y eso fue fatal e importante.

¿Por qué fatal?
Porque a partir de ahí ya no tuve la seguridad de ninguna plata.
Tenías que salir a buscar la comida.
Tenía que salir a buscar y era muy difícil, no era fácil en ese momento para nosotros ir y pedir que nos paguen. No teníamos discos, nada. Entonces, estuvimos así mucho tiempo, un año por lo menos, sin recibir más que lo que cobrábamos el fin de semana.
Pero, sin embargo, lo hiciste, te la jugaste, hiciste la apuesta. ¿Por qué? ¿Era lo que necesitabas para seguir creciendo o porque ya no te aguantabas más en la encuadernación?
Porque yo en ese tiempo era totalmente inconsciente. Por ejemplo, a la encuadernación no fui ni siquiera a saludar. Un domingo me fui a la peña, había poca gente, no había show, nada, pero nos quedamos hasta tarde. Y el lunes fui medio sin dormir, ¿viste? Y el sábado siguiente fui otra vez sin dormir. Y el domingo fui de vuelta a la peña y el lunes andaba en la máquina que me quedaba dormido. Y una vez no fui, al otro día no fui, falté tres días seguidos, y no fui más, ni a cobrar.
No es que lo decidí porque veía en la música el camino, nada. Lo decidí porque no quería ir más así, sin dormir, ¿viste?, ya me dio fiaca. Y después no me animé a ir a hablar, a explicar. Otro paso más que daba en mi vida, reimportante, pero que daba sin darme cuenta. O, no sé, escapándome, no sé cómo decirlo. ¿Vos que sos psicóloga qué decís?
Te dejabas guiar por aquello que te hacía sentir bien.
Te voy a contar una cosa para que veas, más o menos, cómo era. Yo terminé la primaria en un colegio de barrio y fui becado por el colegio de curas maristas del centro de Morón. Nosotros no podíamos ir a esa escuela, era imposible, pero ellos daban una beca para cada escuela y la de la mía la gané yo. Así que fui a estudiar la secundaria al colegio Hermanos Maristas. Dos años estudié. Cuando estaba en tercer año, un día subo al colectivo y me encuentro con un chango del barrio, Juan Carlos Quintero. “Hola, ¿qué hacés?” Y me dice, “Boludo, llego tarde”. “Yo también creo que llego tarde”. Yo iba a la escuela y él iba a trabajar. “¿Y si no vamos?”, me dice. “Bueno, dale”. Nos tomamos el tren en Morón, colados, por supuesto, y nos fuimos a Once. Empezamos a caminar por Corrientes, a conocer…
La capital.
La capital. Volvemos a Morón, vamos hasta Castelar donde la semana anterior habíamos estado en un cumpleaños de 15 de unas chicas, pero que no las conocíamos, no éramos amigos, habíamos entrado colados. Y a la semana estábamos ahí, de vagos, nos acordamos y dijimos “Vamos a la casa de las chicas”. Y nos reciben, che. Era ya cerca del mediodía y nos quedamos como hasta las nueve de la noche plomeando en esa casa. Nos vamos, llego a Morón, el barrio ya estaba oscuro, calle de tierra, ¿viste?, bajo del colectivo y estaba mi viejo en la parada. Ahí recién he caído que era tarde y que yo no había vuelto.
Y no había celulares para avisar.
“¿Qué hacés?”, me dice. “Nada.” “¿De dónde vienes?” “De pasear y andar con Quintero.” “¿Y la escuela?” “No he ido. Me fui a la Capital”. Primera vez en mi vida que hacía una cosa así. Yo no me hacía la rata (faltar al colegio sin permiso), como se dice comúnmente, o la cuca. Y bueno, vamos para la casa y mi viejo me dice, “¿Y tu mami?” “¿Y mi mami?” “Y, ahí anda, en la policía, en los hospitales.” Y era verdad, no estaba. Llegó tarde, llorando, y me encuentra a mí. Bueno, recibí de mi mami el llanto y los gritos, y de mi papi pocas cosas, pero fuertes también. Y en un momento me preguntan por qué no había ido a la escuela. No sabía qué decir, y pareció como que otra voz ha hablado con seguridad: “Lo que pasa es que no quiero ir más a esa escuela”. “¿Y por qué?” Y ahí he dicho algo que me pasaba. Porque en esa escuela… la beca me ha hecho ir, pero después yo no podía conversar con ninguno de mis compañeros porque ellos contaban viajes a Miami y todo, y no iban a mi barrio. Nunca he podido llevar a uno a mi barrio. Y una sola vez he ido a la casa de un compañero. Porque ellos vivían en el centro de Morón, en el centro Castelar. Casas, autos, qué sé yo. Una cosa social totalmente distinta y que yo no podía compartir. Y ahí me ha salido, ¿has visto? Y me he clavado en esa. Y no he vuelto a estudiar a esa escuela. Finalmente, me he salido con la mía. Pero sin… sin… El día anterior, si yo no me encontraba con Quintero, nunca hubiese dejado la escuela.
Sí, pero el azar trae lo que uno está buscando.
¿Ah, sí? (Ríe).
El azar trae muchas cosas, uno encuentra lo que está buscando.
Pero yo no lo sabía.
Pero vos no estabas bien, de alguna manera, inconsciente, quizás, buscabas una salida de ese malestar.
«Yo soy alguien que, con mucho miedo, me largo a la incertidumbre. Con mucho miedo.»
Y, ¿cómo siguió tu carrera después de Gauchos’ House y Doña Manuelita?
Bueno, a ese que encontramos con Roberto para formar Santiago Trío, lo convocan Los Huanca Huá, un conjunto famoso en ese momento, y él se va. Era difícil decirle que no a Los Huanca Huá. Entonces, con Roberto quedamos en banda. Y justo Los Carabajal volvían de una gira por Europa, y se desvinculan dos integrantes que no eran de la familia, entonces ellos hablan con nosotros, con Roberto y conmigo, para integrar nuevamente y ser los cuatro Carabajal. Con Kali, Cuti, Roberto y yo. Y esa formación anda por diez años.
Bueno, ahí viene otra cosa de mi carácter. Diez años ando con ellos y me parecía que nunca me iría, que…
Que no ibas a salir nunca de ahí.
Nunca, nunca, porque amaba eso. Pero ya desde los años 80 me empiezan a aparecer cosas en mi vida que me iban de alguna manera abriendo otras. Lo conozco a León Gieco en relación con Mercedes Sosa, con Tarragó (Ros), con Teresa Parodi. Entonces, si bien seguía con Los Carabajal cantando en los festivales y poniéndome ropa de gaucho, de pronto aparecía en un concierto tocando el violín con Léon Gieco y ese público ya me conocía.
Resulta que sale un viaje a Libia y el día que vamos a la embajada a arreglar el viaje, me encuentro con Jacinto Piedra, con quien éramos compinches, cantor también. A mí me encantaba andar con él, andábamos todo el día juntos, a la noche quién sabe dónde terminábamos, a la madrugada, siempre cantando, era el único con el que yo podía hacer esa vida porque también estaba solo y los demás Carabajal tenían sus familias. Bueno, lo encuentro ese día y le digo, “Acompañame”. Y cuando ya teníamos arreglado el viaje le digo a la chica de la embajada, “Che, ¿habrá un pasaje más?”. Bueno, el asunto es que lo enganchamos a Jacinto, viene a Libia y a la vuelta pasamos por Italia porque desde ahí volábamos a Argentina que teníamos pendiente una actuación en Berazategui. Pero, el día que llegamos a Roma, a la mañana le digo a Jacinto “Vamos a pasear”. Anduvimos hasta la tarde, casi noche, y en un momento pasamos por una estación de trenes, y le digo: “Espera un cachito aquí”. Voy y me fijo, “Viena, 21:30 horas”, y eran las 20. Salgo, “Jacinto, ¡vamos! Vamos al hotel, vamos al hotel. Agarrá las cosas.” Dejo una nota, “Me voy a Viena, muchachos”. Yo tenía a mi hijo en Viena que había viajado hacía un mes, pero no sabía dónde estaba.
El asunto es que anduvimos casi dos meses porque, después, fuimos a Francia a buscar a Juan Saavedra, después a Holanda a ver a una hermana de Jacinto, así que, cuando vuelvo a Buenos Aires, ya no era de Los Carabajal, me habían sacado.
Ni siquiera ha habido necesidad de que yo les diga… Nunca les hubiese dicho…
“Me voy.” No era algo que vos podía decir.
No, no era algo que yo podía decir.
Entonces, no de una forma premeditada, pero quizás provocaste que te lo dijeran ellos.
Claro, y ni nos hemos peleado. Nos encontramos de vuelta a la semana y todo seguía como siempre y ahí yo he sentido que ya estaba en otro lado, y que me acomodaba.
¿Por qué te cuento todo esto? Porque son un montón de pasos imposibles que, si yo lo pensaba, los planificaba…
Imposibles de planificar.
Sí, imposibles de planificar, pero, sin embargo, han ocurrido.

Y te dejaste llevar… otra vez.
Me he dejado llevar, sí, pero, ¡mirá que cuando me he ido de Los Carabajal ha sido muy doloroso!
¿Para vos o para todos?
Para todos, para todos. Sin embargo, hoy todo el mundo reconoce que el que me haya ido ha provocado un montón de aperturas en ellos también, en Los Carabajal, en Cuti, en Roberto, después en Roxana. O sea, todo el mundo ha podido manifestarse y ocupar su lugar. Algo que no iba a pasar si yo seguía con Los Carabajal.
¿Y cuándo dirías que empezaste a ser Peteco Carabajal? ¿Fue una lucha ser Peteco y no ser uno de Los Carabajal? ¿O fue algo que también se dio?
Ahí entramos a MPA (Músicos Populares Argentinos) con Jacinto, después hicimos Los Santiagueños con Jacinto Piedra y Juan Saavedra. Recién en el 91 arranco como solista.
¿Vos te sumás con Jacinto a MPA, o lo hacen entre todos?
En el año 83, 84, aparece el Chango (Farías Gómez) porque yo lo invito a grabar con Los Carabajal. Y en el 84 seguimos encontrándonos, y una vez que me invita a quedar, vuelve a pasar lo mismo: me encuentro con Jacinto Piedra y le digo “Acompañame.”
Siempre con tu compañero de aventuras.
Sí, Jacinto lo ha sido por mucho tiempo. Vamos. Era en una sala de ensayo y ahí estaban el Chango, Verónica Condomí y El Mono Izaurralde. Ni lo conocían a Jacinto, pero ese día ha quedado conformada la juntada que después ha sido MPA, porque, cuando Jacinto ha cantado, todos han quedado enloquecidos con él. Cómo será que a Chango le han dado ganas de invitarnos a su concierto, que iba a ser una semana después en Córdoba. Vamos los cinco con un ratito que hemos tocado juntos, sin ser MPA todavía, nadie había hablado de nada todavía, y es tal el impacto que produce el sonido que nosotros forjamos esa noche, lo que pasó ahí en el Teatro San Martín de Córdoba -estaba lleno- que era obvio que nos teníamos que juntar de vuelta a ver qué había pasado.
¿Qué querés decir con “lo que pasó”? ¿Lo que se vivió a nivel del público, a nivel de ustedes?
Sí, nosotros y el público. Nosotros increíblemente sorprendidos de lo que estábamos produciendo en ese sonido y cómo parecía que hubiésemos tocado toda la vida juntos y la reacción del público que era una química impresionante, un grupo impresionante estéticamente, tenía todo, algo que no existía, lo teníamos ahí nosotros en la mano. Y eso nos dimos cuenta en la próxima juntada ya en Buenos Aires. El Chango ahí habló de MPA, él ya lo venía maquinando, y hemos estado todos de acuerdo en el nombre y también en las ganas de seguir juntándonos y así hemos hecho dos discos, viajes, cosas.
Hasta que aparece Juan Saavedra, que volvía de Francia a la Argentina y llega cuando nosotros estábamos por hacer una presentación en el Teatro Alvear, en la calle Corrientes. Estábamos en el escenario, tocando, en un momento del concierto que era muy místico y se aparece allá en la punta, Juan Saavedra, che, bailando.
¿Improvisadamente?
Improvisadamente. Ha aparecido de golpe, sin que nosotros supiéramos que estaba en la Argentina. Él ha llegado ese día y a la noche ha ido a vernos ahí y se ha ido por el costado y en el momento justo ha entrado directamente a bailar. ¡No sabés lo que ha sido el teatro!
Lástima que no había celulares.
La bomba nuclear.
¿Te acordás qué tema era?
Creo que “Te voy a contar un sueño”, el de Jacinto. Y al otro día volvíamos a estar en el teatro y Juan ha intervenido, también, y ha vuelto a producir lo mismo, y a nosotros también. Era obvio que con alguien como Juan Saavedra hubiese sido la sensación, el grupo. Una cosa increíble. Imaginate Juan Saavedra a los 45 años. Era todos los chamanes juntos que te puedas imaginar, los budas y los jesucristos, todos juntos en él y el diablo encima.
Yo me moría por que Juan se integrara. Si lo hubiera hecho, hasta el día de hoy seguíamos, porque era una bomba única. Pero no pudo ser. Así que a fin de año hemos viajado a Santiago con Jacinto para poder estar libres nosotros de hacer lo que quisiéramos con Juan.

O sea, ahí se termina MPA y ustedes dos se van.
Antes nos fuimos de gira a Perú y en los dos últimos días que estábamos en Perú apareció un chango que nos ha invitado a Jacinto y a mí a la montaña, a Marcahuasi, un lugar donde hay ruinas y es mágico. Y bueno, cuando volvemos a Lima, era el día antes de viajar, yo los convoco a MPA a una charla y ahí les aviso que me iba a fin de año a Santiago del Estero. Cuando yo he llegado al hotel sentía que ya estaba fuera.
Que ya había terminado ese tiempo.
Sí, sí, sí. Como si hubiese entrado en una máquina del tiempo que me ha hecho una cosa y cuando he vuelto ya era otra persona.
Era otra dimensión.
Sí, otra dimensión.
Como un extraño en el sitio habitual.
Incluso cuando llegaba a Buenos Aires estaba con la mamá de Homero y yo me estaba mirando en el espejo y ella me miraba de allá y me dice que me veía viejo.
Bueno, el asunto es que nos vamos a Santiago, se viene Jacinto, Juan vuelve nuevamente a la Argentina desde Francia, nos encontramos en Santiago y armamos Los Santiagueños. Que ha sido un grupo que ha hecho un trabajo de movilizar la cosa en Santiago. Hasta el día de hoy se podría decir que la influencia está.
¿Qué te llevó a querer volver a movilizar la cosa en Santiago cuando estabas en pleno apogeo? ¿Qué impulso sentiste dentro que dijiste “Tengo que producir algo ”?
Había varias cosas. Una era el gusto, por ejemplo, de cantar con Jacinto. Me gustaba mucho cantar con él porque no sólo era la voz sino también era la composición, las ideas. Y con Juan ni qué hablar.
Se entendían como hermanos.
Claro, nos entendíamos como hermanos y vivíamos de una manera muy… que poníamos en práctica muchas cosas… que después uno debe pasar a otro estado, pero en ese momento estábamos los tres predispuestos. Por ejemplo, no sé, por decirte: nosotros nos íbamos a la orilla del río y nos quedábamos hasta la madrugada conversando, mirando las estrellas, encontrando las constelaciones.
Apreciando las pequeñas cosas de la vida.
Sí, cosas que nadie hace y eso lo poníamos en práctica y conversábamos sobre sueños, sobre qué podemos hacer. Vivíamos así, vivíamos intensamente la cosa de andar en la calle de Santiago, andar en las calles, en las casas de los amigos. Un poco así porque también era nuestra realidad, ninguno de nosotros tenía casa cuando hemos vuelto a Santiago. Entonces andábamos a pleno como en la bohemia artística.
¿Qué edad tenías en esa época?
30 años.

«Yo cambié, cambié para bien, para mí, ¿no? Cambié y acepté este camino aún antes de comprenderlo del todo, aún antes de tomar decisiones ya sí bien conscientes, pero lo viví, lo viví a full.»
Y de todos los escenarios en los que estuviste, ¿cuál es el que a vos más te emocionó? Más allá de que sea el más grande, el más importante.
Los escenarios, por ejemplo, de teatros en Buenos Aires, el teatro Astral donde grabamos con MPA y el Ópera dondepresentamos cosas también importantes. Esos escenarios… el teatro Alvear… También he estado en el Luna Park en acontecimientos muy fuertes y de mucha gente. Ninguno solamente mío, pero sí en noches gloriosas de música y de presencia. En el Teatro Colón, también. Dos veces he estado en el Teatro Colón tocando el violín y cantando.
¿Qué se siente? ¿Te produce algún tipo de viaje, como pensar “Yo que empecé en esto casi sin querer, ahora estoy acá en el Teatro Colón”?
Eso, a lo mejor, lo puedes pensar en el momento del camarín o cuando vas hacia el escenario, pero en el escenario ya no. Ahí en el Colón sentí un poco de nervios de equivocarme. No quería equivocarme en nada. No quería que nada salga mal. Entonces estaba un poco tenso, con mucha atención en todo lo que estaba haciendo.
Y por supuesto que actuar en Santiago, siempre. Y si tuviese que elegir un lugar en el que me he sentido así muy, muy bien, es en el Patio del Indio. Un día domingo que hay mucha gente, que subo solo con la guitarra y hay un acompañamiento de bombos, y empieza como un ritual ahí de recuerdos y de emociones, y de gente cantando, y las canciones que van saliendo… es increíble.
Lo mismo en Cosquín también me pasa eso, que es un escenario que lo quiero mucho, que lo respeto mucho, porque ahí han estado los más grandes de la música popular y todos lo han honrado y lo han prestigiado. Entonces a mí me gusta verlo y jugar desde ahí. O sea, no ir y no darme cuenta de que estoy en un lugar sagrado.
¿Y cuándo te vio por primera vez tu papá, tocando en público?
Cuando tenía 16 años, estaba en Santiago, andaba de vaguito, y a mi papá le ha salido un trabajo en el Festival de la Tradición Añatuya, y me ha dicho, “Acompañame con el bombo”. Entonces el tío René me ha prestado un traje azul, camisa blanca, corbata, zapatos. Y he ido y he tocado el bombo en un festival, en un escenario, con mi papá. Y si yo hubiese querido, hubiese subido con él muchas veces al escenario, pero nunca he subido con mi papá salvo esa vez para tocar el bombo.
Porque vos no querías.
Yo no quería, no me interesaba, estaba lejos de eso.
«Yo me callaba, escuchaba, escuchaba, absorbía, absorbía, y en un momento dado empezó a salir todo ese bagaje de aprendizaje de mucha gente, de muchas ideas…»
¿Y Mercedes?
Y Mercedes (Sosa) ha sido muy importante para mí, muy importante en mi vida, grabándome temas, cantando canciones mías, hablando de mí, haciendo giras, dándome trabajo, dándome consejos, cariño, amor.
¿Hay alguna anécdota especial con ella que quieras compartir?
Y, por ejemplo, cuando le fui a pedir si me podía llevar de gira, porque había localizado a mi hijo en Kenia, hacía un año y pico, y le venía escribiendo a la mamá, entonces a mí se me ocurrió ir a Europa para de ahí poder viajar, porque averiguaba y todos los viajes a Kenia eran desde Europa. Entonces, un día se me ocurrió que con Mercedes lo podía hacer, y fui a hablar con ella y le dije: “Mirá, Mercedes, tengo que ir, mi hijo está viviendo en Kenia y yo vengo a ofrecerte mis condiciones como músico, toco la guitarra, el violín, la quena, el charango, percusión, puedo cantar”. “A ver, esperá un poquito. Fabián -al hijo- vení, anotalo a Peteco que va en la gira con nosotros”. Ni siquiera le ha preguntado si era posible o nada, se lo ha dicho directamente.
¿Y qué aprendiste estando a su lado, algún consejo, alguna sabiduría que Mercedes te haya transmitido, que creas que valga la pena compartir?
Muchas cosas que son muy difíciles de explicar, cosas que he sentido en el escenario con ella, silencios, actitudes, o fuerzas que cuando estás en una gira completa escuchándola casi todos los días y vuelves a sentir lo mismo en el mismo lugar, vos te das cuenta que aquí hizo algo técnico con la voz, que pasa imperceptible, pero que te llega. Ese tipo de cosas así. Verla cantar sin que se le mueva un músculo de la cara y todo lo que estaba diciendo es contundente y es clarito. Todo ese tipo de cosas yo las pongo en práctica conmigo también. De cantar en lo posible ahí, con el micrófono bien cerquita, diciendo que lo importante es el color de voz, no lo que yo intelectualizo con respecto a una interpretación, sino el color de voz natural.

Hace unos meses decidiste apoyar que se hiciera la Casa de Santiago del Estero en Barcelona, después la primera Marcha de los bombos en Barcelona. ¿Cuál es el tesoro que tiene Santiago que querés que se transmita al mundo?
La Casa de Santiago del Estero me pareció un vehículo importante para poder tener alguna conexión, alguna ayuda, por mínima que sea, hacia una comunidad artística o hacia ideas o proyectos artísticos que tengan que ver con la Argentina, con Santiago. Entonces, una vez que ha aparecido esta posibilidad a través de Sergio (Lorenzo) -con quien hemos estado hablando casi nueve años- cuando estaba la casa ya para inaugurarse, he dicho que para mí la primera tarea era empezar a ver la posibilidad de compartir, de traer y dar a conocer cosas que allá tienen vigencia. No cosas que pertenecen a una tradición de museo o viejas tradiciones, sino algo que está vivo y que tiene práctica y que convoca a muchísima gente, muchos turistas. Miles de personas vienen a Santiago por esto, pagan hotel, conocen un montón de otras cosas de Santiago, solo por la Marcha de los Bombos, por ejemplo. Para mí era lo más lógico. Y lo más fácil también, porque soy amigo con ellos, somos hermanos (El Indio Froilán y Tere Castronuovo organizadores de El Patio del Indio Froilán en Santiago del Estero y de la Marcha de los Bombos). Me han dicho que sí inmediatamente, nos hemos sacado los pasajes nosotros y la marcha se ha concretado. Ahora estamos soñando con el Primer Festival Internacional de la Chacarera en el Mediterráneo.

Es eso, es empezar a traer cosas posibles. No puedo, por ejemplo, decir que vamos a traer las leyendas y esas cosas porque ojalá. Eso se va a dar naturalmente. O que ahora la Casa Santiago del Estero va a estar en condiciones de traer a todos los artistas antiguos, tampoco. Pero, sí, vamos a tratar de que sea una herramienta como para que los artistas santiagueños tengan una pequeña ayuda, una conexión, algo que los movilice.
Y, también, porque cuando yo empecé a viajar, en el 2015-2016, empecé a venir solo. Después ya vine con Riendas Libres y en el 2020 con la pandemia se cortó -lástima, porque había viajado cuatro años seguidos- cuando estaba a punto de concretar lo que para mí hace falta concretar, que es consolidar un poco la seriedad y el conocimiento real sobre la chacarera aquí en Europa.
Digamos, entonces, que lo que te moviliza con todo este proyecto es, sobre todo, transmitir la esencia de la chacarera.
La verdadera esencia de la chacarera. Porque, cuando yo empecé a venir a Europa, dábamos un taller sobre chacarera -yo incluso lo he dado, sin ser bailarín- para que bailen, con mi propia música. Les tocaba Puente Carretero y les indicaba cómo tenían que bailar y en una clase lo que terminaban aprendiendo era la coreografía. Y a lo mejor a los dos meses de ese taller, alguno que estuvo ya andaba dando talleres también en otros lados. Entonces, se va desvirtuando. Porque también pasa que han venido muchos argentinos, y que aquí por una necesidad de trabajar…
Se han hecho maestros o profesores.
Sí, se han hecho maestros y profesores, sin haberlo sido.
No por vocación.
No es que yo me ponga en juez y que vaya a condenar, pero mientras yo pueda voy a tratar de clarificar un poco el panorama.
¿Y cómo definirías la verdadera esencia de la chacarera?
No sé si la verdadera. Sí, lo he dicho yo… En este momento, yo tengo la conexión de los grandes maestros, del linaje de maestros que hemos tenido desde Andrés Chazarreta, Los Hermanos Ábalos, Los Hermanos Simón, Los Hermanos Toledo, Los Hermanos Juárez, Los Hermanos Díaz, Los Hermanos Ríos, Los Manseros Santiagueños, Los Carabajal, Sixto Palavecino, Cristóforo Juárez, Raúl Truyenque, Juan Carlos Carabajal, toda la familia Carabajal, mi papá, Agustín, Cuti, Alfredo Ábalos, bailarines, la familia Saavedra, los grandes maestros bailarines, los nuevos, las chacareras de antes, las nuevas, los cambios que ha habido, los grupos como MPA, Santiagueños, las grabaciones, los éxitos, todo todo lo voy manejando. Esa ha sido mi pasión y es como mi tesoro.
Lo cuidás como un tesoro. Y te preocupa que se cuide.
Lo cuido como un tesoro, claro.
¿Qué de aquel pibe que no quería, pero se dejó llevar, todavía está vivo en vos, todavía te guía, te orienta? ¿Cuánto cambiaste? ¿Cuánto seguís siendo el mismo?
No, yo cambié, cambié para bien, para mí, ¿no? Cambié y acepté este camino aún antes de comprenderlo del todo, aún antes de tomar decisiones ya sí bien conscientes, pero lo viví, lo viví a full, ¿viste? Pero nunca fui alguien que… no sé… A lo mejor es una cuestión de carácter, pero yo me callaba, escuchaba, escuchaba, absorbía, absorbía, y en un momento dado empezó a salir todo ese bagaje de aprendizaje de mucha gente, de muchas ideas…
Se articuló como en un caudal y salió.
Sí, sí. Y, por ejemplo, nunca he sido muy lector, y, sin embargo, me parece que hubiese leído todos los libros importantes que hay que leer.
¿Porque escuchaste hablar de ellos?
Los escuché, a lo mejor alguien hablando de un libro o contándome… Tuve compañeros muy importantes, el Chango Farias Gómez te quemaba la cabeza. Entonces, con él aprendí muchísimo. León Gieco, Mercedes, gente muy fuerte que han aguantado y han pasado por cosas muy fuertes. Todo ese tiempo que estaba con ellos y que yo no hablaba, pero iba absorbiendo, hoy en día lo pongo en práctica. Es como honrarlos, también, un poco.
«¿Por qué te cuento todo esto? Porque son un montón de pasos imposibles que, si yo lo pensaba, los planificaba… imposibles de planificar, pero, sin embargo, han ocurrido.»
¿Y cómo ha sido la transición de haber tocado con los adultos de tu familia a pasar a integrar un grupo con tus hijos? ¿Tomar vos ese rol de acompañarlos, de pasarles lo que a vos te pasaron?
Sí, fue de a poco y también asumir que ese camino me pertenecía, me correspondía y que tenía que asumirlo. Y por suerte hoy puedo estar con ellos.
¿Te lo pidieron ellos o …
No, no, no.
…fue una propuesta tuya?
Sí, sí, una propuesta mía. Porque yo he hecho casi 20 años como solista y en los últimos años ellos formaban parte del grupo que me acompañaba, Homero y Martina. Y pasaba que, por ejemplo, terminamos de tocar en algún lado, subíamos al micro para viajar, y yo sacaba la guitarra e iba tocando así en la oscuridad, despacito, tres, cinco de la mañana… Y todos los demás, auriculares y a dormir. Y Homero era el único que se quedaba despierto y también sacaba la guitarra y me acompañaba. Entonces digo, “Homero es de los míos”. Por ese tipo de cosas uno a veces decide, ¿no?

¿Y qué sacás de la experiencia como solista y de la experiencia en grupo? ¿Cuál es la riqueza de cada una?
Yo tenía la experiencia de grupo como Los Carabajal, donde éramos familia. Ahí todo se hacía bajo esa órbita, familia. Después MPA, que ha intentado ser un grupo donde se valorizaba lo individual dentro de ese continente que era MPA. Con nuestros nombres en los afiches, cosa de no ser después un ex MPA. Con Santiagueños, fue lo mismo
El grupo sería un encuentro de artistas, donde cada uno tiene su valor.
Claro. Después la próxima experiencia fue la juntada de tres artistas distintos, los Coplanacu (Dúo Cloplanacu), Raly y yo, nos juntamos para hacer un repertorio, sin saber si íbamos a seguir o no, sin hablarlo mucho. Pero nos comprometimos e hicimos uno de los trabajos -para mí- más grandes que se ha hecho en la música popular.
Y, después llega Riendas Libres, donde yo ahora puedo, con mi experiencia, ya no cometer los mismos errores. Entonces, en Riendas Libres, yo constantemente hablo con ellos sobre la necesidad de saber cómo separarnos y cómo dejar ir. Yo les estoy enseñando que no tenemos que sufrir, que no tenemos que separarnos por no poder cumplir un sueño ni sentirnos frustrados y en silencio. No, aquí vamos a hacerlo todo. Por ejemplo, ahora Homero está por sacar su disco y charlamos sobre el proceso. Y si no tocamos más, ¿qué problema hay?
Como todo en tu vida, dejándote llevar.
Sí.
«Para mí eso es la gran tarea de la vida. Que llegue un momento donde vos posibilites el desprenderte, el poder desprenderte de las cosas que más amás.»
En ese dejándote llevar, ¿cómo definirías la fuerza que te fue llevando? ¿Es una fuerza en vos, fuera, fuera y en vos?
Yo la defino así: Yo soy alguien que, con mucho miedo, me largo a la incertidumbre. Con mucho miedo.
Un paso atrás ni para tomar envión.
Nada. Con mucho miedo, pero me largo a un terreno que sé que es incertidumbre. Porque vos te puedes largar con mucho miedo…
Pero sabiendo de qué se trata.
… pero sabiendo de qué se trata. En cambio, yo, aunque no sepa de qué se trata, igual me largo. Aún con mucho miedo.
Y lo seguirías haciendo.
Sí.

Si no hubieras nacido entre los Carabajal, ¿te imaginás que pudieras haber sido alguna otra cosa? ¿O esto estaba dentro tuyo?
Evidentemente estaba. Lo único que me ha distraído en la vida ha sido en algún momento soñar que podía ser futbolista.
Otra gran pasión.
Sí. Después he hecho trabajos, porque era lógico: cuando he dejado de estudiar, tenía que trabajar. Así que ahí he andado trabajando un poquito. Pero, mirá, ahora con esta Marcha de los Bombos y la Casa de Santiago, yo me río, y lo digo un poco en broma, pero también veo que pasa algo así… No sé si vos conoces la historia de Carlos Castaneda y Don Juan (Las enseñanzas de Don Juan, de Carlos Castaneda).
El primer libro lo leí, los otros, después, no. Un libro mítico para una generación.
Sí, sí, sí. Bueno, en un momento Don Juan le habla de algo que está con mayúsculas y entre comillas, que es el “No hacer”. Le habla del no hacer. Bueno, yo ahora, por ejemplo, estoy sintiendo que de alguna manera me ha llegado el momento de practicar eso y que me dé cuenta qué es no hacer. Por ejemplo, aquí en la Marcha de los Bombos yo no he hecho nada. Te quiero decir, nada que sea trámite, nada que sea ir a hablar con alguien.
No estar empujando, sino dejando que se produzca.
Sí, dejando que se produzca. Y para llegar a eso, no se llega así nomás a que todo se produzca, pero lo voy logrando en muchos aspectos de mi vida y de mi trabajo. Riendas Libres fluye. No ensayamos, sin embargo, subimos al escenario y fluye, y cada vez fluye más. El disco, lo que estoy grabando ahora, también, lo están haciendo otros y va.

Volviendo a lo que contabas de Homero y su nuevo disco solista, ¿podríamos decir que acompañás hasta que están a punto para asumir su propio camino? Hay algo no productor, pero muy progenitor en eso. En el sentido del que habilita el crecimiento.
Sí, para mí eso es la gran tarea de la vida. Que llegue un momento donde vos posibilites el desprenderte, el poder desprenderte de las cosas que más amás. De tu vieja, de tu viejo.Ellos también te tienen que ayudar. Te ayudan con una forma de ser, con una crianza, no sé, con una alegría. Yo siento eso.Yo siento que mis viejos han ayudado con su forma de ser a que cuando nos desprendemos no sea tan doloroso.
A que tuvieras la libertad de desprenderte, para volar, probar y comprender. Y de errar, incluso, en el sentido de ir errante, ¿no? de ir probando caminos.
Bueno, te agradezco enormemente que hayas compartido con nosotros ese recorrido, hasta aquí, y ¡Buenos viajes!
Si temiera alejarse de su esencia, el manantial nunca sería río. Éste encuentra su cauce en la posibilidad abierta de perder hasta su nombre en su desembocadura. Una fuerza le empuja a recorrer la tierra. Errante va buscando paso entre valles y montes, vegetaciones y yermos, accidentes que le señalan por dónde, mientras la vida se domicilia en sus orillas.
Desde el nacimiento estamos marcados por el azar: podríamos haber nacido de otros padres, en otro lugar, con otra familia, y otra sería nuestra historia. Nuestro futuro tampoco está escrito, según qué encontremos en el camino será la biografía que escribiremos.
El deseo es la fuerza que impulsa a la escritura, y que sólo se revela a través de lo que somos capaces de reconocer, o de encontrar, en la contingencia. El tropiezo recurrente da pistas al baqueano avezado, enseñándole por dónde no volver a pisar. El infortunio, el encuentro con lo imprevisto e, incluso, imprevisible, traumático, sin sentido, es siempre un llamado a inventar una palabra que permita decir algo de eso que ha ocurrido. Palabras con las que se va elaborando un nuevo saber que abre un mundo inédito. De repente, la intuición hace un guiño, y se produce el encuentro afortunado: ese viaje, esa señal, esa frase, esa mirada, en el lugar y en el tiempo precisos, y la letra puede ser canción. Un canto divino que se nutre del eco de voces de otros tiempos y se prodiga en notas para el futuro con las que el baqueano sigue, en busca de ese canto que lo haga inmortal.
Flavia Mercier