Belén resignifica la palabra solidaridad como una singularidad gemelada, afectividad que despierta en una abogada al escuchar la indefensión que sufren una piba y su familia, sometidas por un Estado sordo y avasallante.
Tradicionalmente, la palabra solidaridad ha tenido mala prensa en algunos círculos progresistas a partir de ciertas lecturas del psicoanálisis que la asocian con la identificación en masa. Sin embargo, aquí tenemos una forma distinta de solidaridad que no produce una igualación por lo idéntico, sino que emerge en la soledad común, al decir del psicoanalista Jorge Alemán. La abogada encarnada por Dolores Fonzi no se identifica con Belén porque ella sea parte de un colectivo ni refleje el discurso esgrimido por éste: su acto da vida a un discurso que, a su vez, da cuerpo a un lazo social latente. Hay algo único, singular en esta historia que, paradojalmente, destella reflejos en el interior de tantas, tantos y tantes. Un grito silenciado en muchas bocas y por eso, tan invocante. Un grito con la fuerza para atravesar lo universal de los prejuicios de clase y de género.
De izq. a der.: Camila Plaate en el el papel de Julieta (Belén) y Dolores Fonzi en el papel de la abogada, Soledad Deza.
La película Belén, dirigida y coescrita por Dolores Fonzi junto a Laura Paredes -y basada en el libro Somos Belén de Ana Correa-, narra el caso real de una joven tucumana que fue detenida y permaneció presa durante tres años acusada de homicidio agravado por el vínculo, tras sufrir un aborto espontáneo, y de la lucha colectiva -fundamentalmente femenina- por su defensa.
Esta cooperación en la lucha no surge de la nada, sino que se sustenta en otros lazos familiares y comunitarios que la hacen posible. Cada mujer que se suma a la lucha por la liberación de Belén, aporta un acompañamiento desde su experiencia y su voz, que se articula en acción política.
Por otro lado, el padre y el marido de esa abogada la apoyan desde una masculinidad no-toda, una presencia discreta y prudente a su lado para proveerle del cuidado necesario para ella y sus hijos, sin imponerse desde un lugar de saber, ni defendiéndola por la fuerza, sino temiendo por ella e, incluso, por ellos.
Protagonizada con gran sensibilidad por Dolores Fonzi (Soledad Deza, abogada), Camila Plaate (Julieta, alias Belén), Laura Paredes (Bárbara), Julieta Cardinali, Luis Machín (el inconmovible juez), Sergio Piña y César Troncoso, la película Belén da cuenta de cómo una trama de afectos puede tener la potencia de transformar la vulnerabilidad en acción política y producir un acto instituyente.
El luthier de bombos legüeros, José Froilán González -más conocido como El Indio Froilán-, poseedor de una técnica ancestral y que ha ido perfilando artesanalmente, es reconocido más allá de las fronteras de Argentina por la sonoridad de sus bombos. Además, junto a su compañera Teresa Castronuovo, organizan cada domingo, desde hace más de 20 años, “El Patio del Indio”, típico patio santiagueño donde se escucha, se baila, se canta y se degusta folclore. Son también los organizadores de la Marcha de los Bombos que desde Santiago se va desarrollando en distintas ciudades de Argentina y del mundo. Una charla cálida, con ecos de otros tiempos, de una tierra regada de chacarera.
Foto de Portada: Favio Quiroga.
Les cuento que esta revista se llama Patio de Artistas -lo de Patio a ustedes les sonará- porque la idea era crear un espacio para que se expresaran los artistas populares. El patio es el lugar de la casa del que surgieron tantos de ellos, espontáneamente. Muchas vidas se salvaron gracias al arte porque han encontrado un cauce, una salida. Entonces, a modo de testimonio para otros que lo quieran intentar, me propuse investigar y difundir por qué alguien se dedica al arte y sostiene ese deseo a lo largo de su vida con las dificultades que conlleva. Y, desde un punto de vista más social, me impulsaba la utopía, si se quiere, de contribuir a valorizar aquello que nos sostiene como pueblo, porque, en general, las artes populares tienen que ver con el encuentro comunitario, la transmisión de una forma de vida y con valores humanistas como la hospitalidad y la solidaridad.
Si les parece, empezamos. ¿Cómo comienza tu labor como artesano del bombo?
Froilán: La historia empieza cuando nosotros vivíamos con mi papá muy cerca del río, alejados de la población, y un día, pescando, encontramos el tronco de un ceibo que había traído el río. El ceibo es un árbol tropical que no sirve para leña, ni para muebles, crece al borde de los canales, de las acequias del riego, todo tiene que ver con la humedad, y el agua lleva la semilla, hasta que por ahí para y nace un ceibo. Entonces, mi viejo mira ese tronco, tenía un metro veinte, más o menos, y le digo, “¿Para qué sirve?”. “Para hacer bombo.”, me dice, “Para que haga bombo tu tío”, que vivía como a tres kilómetros, en un barrio. Lo traíamos por el agua, flotando a la par nuestra, mientras veníamos pescando y cuando salimos a la superficie no lo podíamos levantar porque era un árbol que tenía unos cuarentaicinco centímetros de diámetro de boca, por casi un metro veinte, un metro cincuenta. Era imposible alzarlo, había que hacerlo rodar. Llegamos cansados, con la idea de que se lo llevábamos al tío Polo, que era el hermano de mi papá, y era músico y hacía bombos. Pero cuando llegamos a la casa, mi papá cambió de parecer y dice: “Lo vamos a hacer nosotros”. Pedimos una gubia, que es como una especie de cortafierro, pero con forma de cuchara y que sirve para ahuecar, para extraer el corazón, para cavar el tronco haciendo como una forma de mortero, sacando las astillas hasta unir las dos puntas. Y así empezó la historia, así hicimos el primer bombo. Yo tenía 10 años para 11. Empezamos a hacer bombos más chiquitos para el turismo, ya que pasaba mucha gente por Santiago. Yo los llamaba “el puchero”, porque lo vendíamos para comer. Con los pocos que hacíamos de esos antes alcanzaba para comer.
Así empezó. Después le iba encontrando cosas al instrumento, que iba aprendiendo con el transcurso del tiempo. Porque en esa época, como no existía la tecnología de sonido, nosotros hacíamos los bombos, pero no sabíamos si estaba bien el sonido o no. Sonaba.
¿Y, cómo los sacabas? ¿Por oído? Porque tus bombos son famosos. Todos los folcloristas importantes de Argentinatenían un bombo hecho por vos.
F: Había que poner un parche y ajustarlo. Y no sabíamos, no entendíamos nada. Hasta que un día apareció un músico que me pedía que le repare el bombo, que le cambie el parche. Entonces yo desarmé mis bombos que tenían una similitud de diámetro de boca y para ser más rápido le coloqué mis parches a sus bombos. Al hacerlo, su bombo no sonaba, se anulaba el sonido, y aquí en mi bombo sonaba. Vuelvo otra vez a cambiarlos y no sonaba. Entonces, hago que mi hermano Miguel golpeé el parche y yo miro por un agujerito como de un centímetro de espesor que todos estos bombos tienen que tener, una porosidad necesaria para que no se rompan los parches y que también permite una oxigenación. Entonces yo miro adentro mientras él me golpeaba el parche y veo que los bombos que hacían en una antigua fábrica de Santiago tenían por adentro como si fuera un vello. Nuestros parches estaban casi pelados y eso era lo que malograba los sonidos. El ceibo es un árbol esponjoso que tiene fibras y a la vez una madera absorbente. Ellos ahuecaban el árbol con las cadenas -que son unos filos- con las que de un tronco sacaban hasta varios bombos. Entonces, al trabajar en la máquina de compresión quedaba una fibra. Ahí descubro que el instrumento se afina, dejando en los cueros el pelo más largo para los sonidos graves y el pelo más corto para los sonidos altos. También aprendí que es mejor que los cueros, sean de cabra u oveja, sean de animales adultos, no el animal chico como el cabrito o el corderito, porque tiene espesor, o sea resistencia, para recibir los golpes. Y cuando el animal es chiquito, su grasa es muy suave, como el aceite para bebés —el aceite Johnson—, algo liviano y delicado, pero a medida que el animal crece, eso se vuelve una grasitud que nos sirve para los ecos porque ayuda a que el sonido rebote, y así se producen los sonidos graves. Y además ayuda a que el cuerpo siempre esté nutrido y no se rompa.
Y otra cosa importante es que, para que sea una buena caja sonora, el árbol tiene que superar los 25 o 30 años porque, si es una madera tierna, con el tiempo se consume y quedan grandes los aros y el bombo se desarma o se desafina.
«Lo que hoy es un instrumento musical, ha sido un medio de comunicación. Entonces podían transmitir, de acuerdo a los golpes, a la gente que vivía a leguas de distancia – de ahí viene la palabra “legüero”-, si había carne, si había baile o si había velorio.»
¡Impresionante! ¡Qué maravilla! Y todo esto lo aprendiste en una época que no había toda la tecnología de sonido que hay hoy. Es decir, la reparación de ese instrumento te inició también en el aprendizaje de la música y en un aprendizaje muy sensible.
F: Me llevo al mundo del músico sin ser músico. Por ejemplo, aprendí cómo para los de Salta que tienen otros estilos, diferentes a la chacarera -ellos cantan con tonos más altos-, los parches tienen que tener tonos más altos.
Y hoy la lista de artistas, no sólo del folclore, sino del rock que tiene un bombo tuyo es enorme. Todos los grupos de folclore conocidos…
F: Casi un 80% de los músicos profesionales del país, a partir de que les hice un bombo a Los Chalchaleros.
A Los Hermanos Ábalos, también.
Los Carabajal, Don Carlos…
Todo eso lo he ido haciendo. Y entrando en otro tipo de música como el rock. En De Ushuaia a La Quiaca se grabó en casa una vidala y le he hecho un bombo para Gustavo Santaolalla -semejante músico. Otro para León Gieco. Para la gente que tiene que ver con otros géneros musicales, también. Le he hecho un bombo a Shakira, a Lila Downs, a Rubén Blades y a Chayanne.
Y de todos ellos, ¿te acordás de alguno que te haya emocionado especialmente hacer? No quiero generar que parezca que valorás más a uno que a otro como artista, sino más bien, conocer un momento que haya sido especial por las circunstancias, o, quizás, por lo que el artista te haya dicho al recibirlo o después de tocarlo.
Sí, me acuerdo especialmente del que le hice a Alberto Cortez, que estuvo en mi casa. Tiene un poema, un escrito, muy lindo que hizo cuando fue para que le haga el bombo. Hay tantos músicos…
¿Alberto Cortez hizo un escrito sobre el bombo?
F: Sobre el bombo, la vida. Por eso yo siempre digo que si hacés un trabajo personal hay que hacerlo bien, con mucho amor. Para mí, cada bombo es un hijo, significa mucho. Cuando hacés un trabajo así, hay que hacerlo bien, y hay que pensar en la persona y no en el bolsillo.
En la persona a la que va dirigido ese bombo.
F: Claro.
José Froilán González, El Indio.
«Él no se deja seducir con nada por más que le vengan y le pongan diez millones de pesos para que les haga un bombo ya. Él dice: “No lo puedo hacer, son tres meses de espera”. Y son tres meses, y son tres meses.»
Teresa: Él no se deja seducir con nada por más que le vengan y le pongan diez millones de pesos para que les haga un bombo ya. Él dice: “No lo puedo hacer, son tres meses de espera”. Y son tres meses, y son tres meses.
Las cosas llevan su tiempo.
T: Claro, porque son bombos profesionales, personalizados. No es un negocio en el que vos sacás un bombo de adentro y lo entregás, sino, inclusive, él te pregunta qué utilidad le vas a dar, si es para la danza, si es para bombisto o si es para percusión. Y él lo trabaja desde ahí. Y utiliza hasta la física y la matemática para ajustarlo a tus necesidades, porque con sus manos hace como un compás o una escuadra. También los dibuja, los pinta.
¿Te acordás cómo era el poema de Alberto Cortez?
T: Si quieres, te lo leo.
Por favor.
T: Bueno.
El canto a la tierra
Santiago del Estero en noviembre aún se apiada de la gente o, al menos aquella mañana lo hacía, porque eran las once y la temperatura no sobrepasaba aún los cuarenta grados. Juan Carlos Carabajal, amigo por la guitarra y el canto, conocía mi intención de hacerme de un auténtico bombo legüero. Le llaman así porque se dice que se escucha a la distancia.
“Te llevaré a la casa de quien mejor los hace.”
“¿Queda muy lejos? Ya sabes que deseo partir a las doce.”
Antonio Marcos, compañero de escenario, Juan Carlos, y yo, dejamos las últimas calles de la ciudad a bordo de un destartalado taxi. Por un estrecho sendero bordeando una vía de agua en donde una pandilla de chiquillos disfrutaba alegremente chapoteando en aquella envidiable frescura, salimos a pleno campo. Allí nomás, en la ribera misma de la urbe, atravesamos la entrada sin tranquera y entramos de lleno a la magia de una tierra pródiga en leyendas populares, habitada por gente que tiene el humor necesario para sobrevivir a cualquier circunstancia adversa y una mística sensibilidad, capaz de traducir a música los más hondos sentires o los más simples y superficiales sucesos cotidianos.
Nos recibió Froilán a la sombra del algarrobo. Nos ofreció un trago de agua fresca y empezó para nosotros la danza de los asombros. El tronco original gigante es vaciado para que el espacio de sus entrañas se llene de resonancia. El cuero se estira para ser redondez sonora, tensado por los tientos y los aros, collares siderales del acento. Terminada la explicación sobre la construcción del instrumento, Froilán empezó a contarnos las trastiendas familiares.
“Fíjese en este cuaderno, Don. Aquí tengo anotados los nombres de los destinatarios de cada bombo. Cada uno es como un hijo porque le di mi identidad. Fíjese, los tengo repartidos por todo el mundo: por Francia, Noruega, Estados Unidos, y naturalmente aquí. Los hay en todas las provincias. La mayoría de los conjuntos folclóricos los tienen porque dicen que son los que mejor suenan.”
Amenizaba la charla el monótono canto de las chicharras en el apogeo del mediodía, mientras un par de perros se rascaban, empeñados en interrumpir la plácida vida de la colonia de pulgas que los habitaban. De pronto, por el centro soleado del patio, apareció una figura fantasmal como salida de un cuento de Juan Carlos Dávalos o de Horacio Quiroga. Apoyada en su bastón, deslizándose lentamente con la mirada perdida, sabe Dios en qué misterio, pasaba la abuela. La piel apergaminada, la cabellera escasa -lacia y completamente blanca-, su ropaje, su delgadez y su extravío al caminar, nos hizo pensar por un instante que presenciábamos una aparición.
“Ahí donde la ve, ya cumplió 116 años”, nos dijo orgulloso Froilán, “Y aún canta alguna que otra vidala, de vez en cuando”.
Para demostrar lo dicho, la llamó, le ofreció una silla y a la sombra majestuosa del algarrobo, con la complicidad de una caja vidalera, la cansada voz de la anciana comenzó a hilvanar el canto. Aquello fue como si de pronto todos los pájaros se hubieran puesto a cantar al mismo tiempo, como si la luz, la tierra, el fuego y el agua, en perfecta comunión, desembocaran desbordados en la temblorosa voz de la abuela. Las coplas vienen de antes, de mucho antes que ella, y van muy enteras, porque siguen el camino generacional hacia la eternidad.
Sentí una emoción prepotente abarcándome entero y me entendí nominado por los azares del destino por gozar de semejante privilegio. Cuando dejó de cantar solo atiné a decir: “Gracias”.
“Nadie como ella”, comentó Froilán. “Cuando era moza nadie como ella cantaba las vidalas, las chacareras, el canto a la tierra. No había tiempo de fiesta, ni tiempo de consuelo en que sus coplas no nos iluminaran. Es como este algarrobo centenario, también, está llena de pájaros por dentro. Todos la amamos porque es la imagen más cercana al amor que conocemos. Ella y su compañero inauguraron la saga familiar que usted ve ahora cuando por estos campos no anduvieron más que los diablos de la Salamanca. Ese muchacho, por ejemplo -y señaló un niño- es uno de los tantos tataranietos. Y él, como todos nosotros, hemos heredado su entereza y hemos aprendido a querer todo esto: la música, las leyendas, incluso esta pobreza que, aunque usted no lo crea, nos dignifica. Porque es pobreza de cosas y las cosas dejan con el tiempo de tener vigencia y desaparecen. No el espíritu, ni la alegría de sabernos gajos de este tronco con toda su sombra.”
La viejita, mientras Froilán hablaba, había retomado su camino por el patio. Como una fatamorgana deambulaba a pasito lento, como reconociendo las cosas de las que se había valido para sobrevivir tantos años, para despedirse, como cada día, de cada una de ellas. O, quizás, para agradecerle tanta paciencia. Quién sabe. Me imagino que llegar a semejante edad aparte de una gran destreza para vistear las puñaladas de las enfermedades y privaciones de todo tipo, debe requerir una enorme estatura moral para asumir la sabiduría y la impotencia. Es decir, saber finalmente cómo deben hacerse las cosas y no tener ya fuerzas para realizarlas.
“No vaya usted a creer que le cuento todas estas historias para cobrarle más mi trabajo. No, nada de eso, sólo quiero que sepa lo que va adentro de este bombo. Este bombo que usted vino a buscar. Piense, por favor, en todo esto cada vez que el legüero se encienda para acompañarlo en el canto. Si así lo hace, podrá sentir entonces que en Santiago del Estero, muy cerca de la ciudad y debajo de un gran algarrobo, usted ha dejado un puñado de amigos.”
Puse mi nombre en la ajada hoja del cuaderno bitácora de aquella buena gente, pagué mi deuda y el mismo taxi que me había llevado nos devolvió a la ciudad y a nuestra realidad. En el camino de regreso cada uno fue sacando su propia conclusión de lo vivido. Para Juan Carlos Carabajal aquello era algo normal, seguramente acostumbrado a codearse con las sorprendentes cosas de la tierra. Antonio Marco y yo tuvimos la sensación de haber participado de algo extraordinario. Han pasado varios años desde entonces y cada vez que tomo el bombo entre mis manos, para acompañar alguna zamba o alguna chacarera que la nostalgia reclama, vienen a mi mente las imágenes inolvidables de aquel luminoso mediodía, cuando tuve la oportunidad única de oír cantar a la tierra misma, con todo su dramatismo y con toda su magia, a la sombra más frondosa y poblada de pájaros que vieran jamás mis ojos.”
Alberto Cortez
Una maravilla.
T: Lo que Alberto Cortez dice ahí es todo lo que alguien se lleva dentro de un bombo. O sea, hay un proceso histórico, hay toda una vida de un ser humano y de una familia que sostienen eso. Lo que él pone en valor es algo como el origen y la génesis de lo que nadie quiere hablar, que es de la vida comunitaria.
El patio empieza como una idea de juntarse para un cumpleaños que le hacía Froilán a un sobrino. Se ha ido haciendo muy naturalmente, o sea, no ha sido una cosa pensada. Froilán con todos sus parientes tenían esta vida de familia desde el campo. Era el patio de la casa de sus padres. Eso lo ve Carlos Saavedra, el hermano de Juan, y le dice “Vamos a empezar a juntarnos todos los domingos con música y a recibir a la gente”. Y así empezó El Patio (El Patio de Froilán) en el año 97. Pero en el 98 se retira Carlos, con la señora, por razones de salud y queda la hermana de Froilán al frente y la madre. Le decían el Patio de Froilán, pero él no tenía nada que ver. Hasta que en el 2002 nosotros empezamos a vivir juntos y decidimos que, si iba a seguir con su nombre, nosotros teníamos que tomar las riendas del Patio. Y, entonces, yo veo que había que tejer otras urdimbres porque era muy importante lo que se vivía, y hacemos un proyecto de economía social del que hoy viven cincuenta familias. Hay una comunidad de los Torocotés, hay dieciocho familias que cocinan, no son chefs son familias que hacen su comida, cuatro puestos de la comunidad de los Torocotés, las hermanas de Froilán, sobrinos y otra gente también que nos ha ido pidiendo, hay treinta y cinco artesanos y personas que hacen manualidades. Ninguno de ellos paga alquiler, ponen una contribución para la luz y otra para dos familias que vienen a limpiar los domingos. El lunes a la mañana viene un reciclador y se lleva las botellas de plástico y de vidrio. Hay un grupo de chicos que cuidan los autos en los estacionamientos y hacen su dinero con el compromiso de que el lunes tienen que venir a limpiar para que, en la calle, ni el vecino sepa lo que ha pasado. Es también una cuestión de educación y el compromiso de saber que entre todos podemos generar otro tipo de organización, diferente a lo que te impone el sistema. Y el escenario es abierto, nadie les pregunta, no hay un parámetro de quién canta o baila mejor, el que tiene ganas de cantar mientras sea folclore, chamamé, pasodoble, milonga, tango, es bienvenido. Nosotros vemos que el patio se ha convertido en un lugar de salud mental…
El Indio Froilán y Tere Castronuovo.
A ver, explicame más sobre eso.
T: Es lo que siento, lo que percibo. Porque vos ves a la gente que se distiende, familias, jóvenes, niños… En lugar de que estén jugando con los celulares, ves los chiquitos jugando con tierra. Hay mucha gente con creencias, que viene. Por ejemplo, hay un matrimonio que tienen ochenta y pico de años que dicen que se han curado tocando el árbol del escenario. ¡Y lo sienten así! Hay mucha gente que nos dice eso, y vienen a tomar esa energía. Claro, es la energía de la esperanza y de la alegría de sostener. No quedarte en la tradición, no es que uno no acepte el avance de la tecnología y lo demás, sino que tiene que haber espacios como éste porque la gente necesita sostenerse.
¿Qué sería la tradición, no? Porque no es solamente la música, sino también una manera de compartir, que en otros países o en otros lugares o provincias puede ser otra.
T: Claro, claro. Cuando hablamos de tradición se trata de una costumbre que tiene generalmente la gente del norte en Argentina, de encontrarse los domingo,s si no es con la familia, con los amigos.
«El patio empieza como una idea de juntarse para un cumpleaños que le hacía Froilán a un sobrino. …Era el patio de la casa de sus padres. Eso lo ve Carlos Saavedra, el hermano de Juan, y le dice “Vamos a empezar a juntarnos todos los domingos con música y a recibir a la gente”. Y así empezó El Patio.»
El patio como lugar de encuentro, y a la vez de sostén, de punto de apoyo, que era en lo que yo pensaba cuando le puse el nombre a esta revista.
T: Claro, porque también depende de nosotros el objetivo y el norte que le damos al patio, porque en esta instancia uno también tiene contradicciones con lo que llamamos “cultura popular”. Dos palabras tan fuertes y tan contradictorias. Y diferentes según la perspectiva de donde se las mire. Porque si hablamos de popular desde el sistema capitalista, es otra cosa. Nosotros sabemos que el patio tiene que ser eso, un lugar de encuentro, de esperanza y un lugar en el que, a pesar de nuestras diferencias, todavía seamos capaces de sentarnos a conversar. Y el patio se sostiene por eso, porque nosotros caminamos con un objetivo en común que es de resistencia, de resistencia cultural.
¿Qué representa El Patio de lo que es la cultura santiagueña? Porque podríamos decir argentina, pero hay también algo muy específico de lo santiagueño. De hecho, el santiagueño añora mucho Santiago. ¿Qué es eso especial de Santiago que ustedes quieren de alguna manera valorizar y transmitir?
T: No es que nos hemos puesto un objetivo, nosotros seguimos con nuestra vida, esa es la vida nuestra de familia. No hay carteles de publicidad porque es el patio de nuestra casa. La gente llega y nosotros la saludamos, la invitamos a comer sin saber quién es, ni le preguntamos si tiene o si no tiene, sin importar quien sea, porque es nuestro modo, nuestra forma de vivir, como nos han criado, ¿se entiende?
«Nosotros sabemos que el patio tiene que ser eso, un lugar de encuentro, de esperanza y un lugar en el que, a pesar de nuestras diferencias, todavía seamos capaces de sentarnos a conversar. Y el patio se sostiene por eso, porque nosotros caminamos con un objetivo en común que es de resistencia, de resistencia cultural.»
De puertas abiertas… muy hospitalario. Abren el patio de la casa para que venga el que quiera: los amigos, los amigos de los amigos, y todos los que quieran venir.
T: Que no debería sorprendernos porque es lo que tendríamos que hacer, lo que pasa que sostenerlo en este tiempo, con los embates de todo lo que nos está pasando, no es fácil. Y eso creo que hace la diferencia. Porque la gente lo compara con la peña y dice “No sabés ni quién es el dueño de la peña”. Jamás hemos pagado publicidad, nunca. Se sostiene de boca en boca. Nosotros abrimos y a veces decimos, “Bueno, hoy no viene nadie”. Pero la gente llega. Aunque haga cuarentaicinco grados.
Tampoco cobramos entradas ni derechos de espectáculo, El Patio se sostiene con la venta de la bebida, no tiene otro ingreso. Ahora, con los tiempos que vivimos, estamos pasando la gorra solidaria porque los jóvenes artistas tienen que sostenerse de alguna manera.
¿Y qué busca la gente en El Patio?
T: Hay mucha gente que llega y te dice “Me acuerdo de mi abuela”. “Me acuerdo de mi familia cuando nos sentábamos debajo de un árbol.” “Me siento cobijada, siento afecto, siento que no está impostado, que es así, como si fuera al patio de mi abuela.” “Por esto de compartir en la mesa con otro que ni lo conozco, que ni sé quien es, y hacernos amigos”. Sienten la libertad de poderse encontrar, creo que eso es la identidad de El Patio.
F: Cuidamos mucho también los detalles sobre el flagelo de la droga. Por eso tenemos un servicio de seguridad, porque esto es un espacio para las familias. Y la gente humilde, por lo general, tiene muchos hijos. Entonces ellos con un mate, sol, y un poquito de comida, ya pasan el día y se divierten con los hijos. Para eso está hecho El Patio, para que la gente pueda disfrutar.
¿Y cómo llega un día la idea de hacer una Marcha de los Bombos? ¿Cuál era además el lema? ¿Por qué marchaban, digamos?
Ha nacido como algo que era para una celebración, para los 450 años de Santiago y lleva veintitrés años a pedido de la gente. Y se ha expandido, en Argentina tenemos dieciocho lugares.
Y fuera también, en Uruguay.
T: Sí, también.
Y ahora en Barcelona.
T: Sí.
¿Y cuál era el lema?
Despierta Ashpa -o sea, Tierra. Despierta Ashpa al son de los bombos y marcha.
Ponte en pie, que los bombos te despierten. Entonces, es una marcha de resistencia.
Última Marcha de los Bombos en Santiago del Estero. Ph.: Raúl Garrido
T: Es una marcha de resistencia y ha traspasado diferentes gobiernos, en Santiago del Estero y en el país. Y hemos llegado a acuerdos con los gobiernos de que, aunque nos den un subsidio a través de la fundación, porque la organización es inmensa, Santiago del Estero queda colapsado…
F: Tres meses antes no hay habitaciones.
Porque viene gente de todo el país.
T: Y de fuera también. En la última, la fila de personas eran dieciséis cuadras.
Entonces, hemos dicho que no haya ninguna bandera política, de nadie, porque sabemos que es una marcha a la que puede venir gente de diferentes partidos políticos. Y lo mismo con la religión. El mismo cura me ha dicho que no iba a llevar más a la Virgen del Valle para que no se convierta en una procesión “…porque a tu marcha -dice- pueden venir testigos de Jehová, evangelistas, ateos”.
Y la gente va, y se expresa. Creo que es el único momento en que la gente puede expresarse con tanta libertad. O sea, yo creo que es una manera de expresión…
…muy liberadora.
T: Muy liberadora.
Quizás por eso pidieron que se volviera a hacer. ¿Y por eso también se propaga hacia otras geografías?
T: Porque es tan contagiosa. Es algo que no se puede… Es tan difícil de describir. Es que la tienes que vivir.
Estas cosas son fuertes para nosotros. Por ejemplo, particularmente, estar mañana, un 12 de octubre, haciendo la marcha aquí es muy fuerte. Que nosotros podamos estar con nuestros instrumentos milenarios en las calles de Barcelona no es un mensaje simple.
1ºMarcha de los Bombos en Barcelona el 12 de Octubre de 2024.
¿Qué estás afirmando al caminar aquí?
T: Que estamos vivos todavía a pesar de lo que nos ha pasado.
Que estamos vivos y marchamos.
T: Marchamos y no nos han podido doblegar, ni hacernos olvidar nuestra cultura. Estamos aquí.
Pero, bueno, más allá de todo eso, España también ha cobijado tanta gente de la Argentina y de Latinoamérica en los últimos años, así que creo que va a ser muy bueno el encuentro. No se trata de ir al choque sino de compartir y hacerles ver que estamos en el mismo camino de lucha.
Bueno, hay mucho argentino en Barcelona. Me pregunto, si estas iniciativas no representan también un modo de sostener una Argentina simbólica, más allá de lo territorial, ¿no? Una forma de ser, de pensar. Una forma de ser en el mundo.
«No es que nos hemos puesto un objetivo, nosotros seguimos con nuestra vida, esa es la vida nuestra de familia. No hay carteles de publicidad porque es el patio de nuestra casa. La gente llega y nosotros la saludamos y la invitamos a comer sin importar quien sea porque es nuestra forma de vivir, como nos han criado.»
¿Y qué me podés decir del bombo, del instrumento? ¿Con qué se conecta quien toca el bombo, qué expresa el bombo?
F: Te comunicás con la tierra, porque primero que nada el bombo, lo que hoy es un instrumento musical, ha sido un medio de comunicación. Un medio de comunicación como hoy es el celular. Eso es la base de toda la percusión, que se origina en el África y ha sido transmitido a América por los moros. Aunque también los aborígenes del sur hacían un instrumento de percusión que es el kultrum. Único, no hay en otra parte del mundo.
Pero, ¿cómo nace el cajón peruano? Porque los negros esclavos, en el puerto, cuando se retiraba el patrón, después de estar trabajando y trabajando, se sentaban en los puertos, entre el pescado, en los cajones… y empezaban a tocar. Así nace toda la percusión. El africano no necesita un instrumento de cuerda, todo es elemento de percusión. Cualquier maderita la transforman en percusión. El xilofón, el balafón… son tablas como para hacer una silla, y sin embargo es percusión.
Y en Santiago existió mucho negro. Por eso lo de la chacarera y también el bombo, porque hay influencia de la cultura negra. Pero, en esa época, los cueros eran totalmente pelados, entonces cuando lo ajustaban, con los calores elevaba mucho los tonos. Entonces podían transmitir, de acuerdo a los golpes, a la gente que vivía a leguas de distancia – de ahí viene la palabra “legüero”: leguas de distancia-, se comunicaba si había carne, si había baile o si había velorio.
Esperemos que el mensaje que traen con sus bombos llegue, entonces, a estas tierras, de este lado del mar. Muchas gracias a ambos.
«El sol finalizó su función. La luna alumbra las sillas que esperan a la vera de un patio en el que la vida fue río y a veces rió… Sentada, en penumbras, cierro los ojos y abro mi alma a los ecos de otros tiempos. El cuerpo hace de caja de resonancia. Se escuchan risas, cantos, guitarras, discos un poco rayados y aplausos que vienen de otros patios a los que se entra sin necesidad de golpear. Ecos que escriben en la pizarra de la noche una partitura de estrellas, para una nueva función. Otro invitado viene a contarme cómo lo hizo, cómo lo soñó…”
Así comenzaba esta revista hace cuatro años atrás, bañada en una luz de luna azul y una nocturnidad de estrellas, mientras buscaba la complicidad del silencio para alojar el sagrado secreto del arte.
Hoy, el patio se llenó de día cuando Froilán y Tere hicieron resonar con sus bombos el latido eterno de una chacarera y los pañuelos soltaron al viento su secreto de alegría y fraternidad. Sentimientos templados al calor de una ronda solidaria que habita en su patio. Espejos de un pasado más humano y de otros patios que, todavía hoy, resisten en su intento de cobijar la memoria viva de un pueblo, y al hacerlo fraguan la patria.
De cuna de músicos del folclore santiagueño, Peteco Carabajal lleva cincuenta años de carrera artística, a pesar de que, según cuenta, en aquellos años rebeldes de la adolescencia era una idea que casi rechazaba. Comenzó en 1974, de una manera casi azarosa con Santiago Trío. Al tiempo, una vez más la suerte se conjuró para que integrara Los Carabajal durante diez años, hasta ingresar a MPA junto con Chango Farías Gómez, Verónica Condomí, Rubén Izaurralde y Jacinto Piedra. Más tarde formaría el grupo Santiagueños con Jacinto Piedra y Juan Saavedra. Finalmente, desde 1991 se lanzó como solista, compartiendo escenario con grandes de la música popular argentina como Mercedes Sosa o León Gieco, hasta convertirse él mismo en un referente. En los últimos años, además de su carrera como solista, integra el grupo Riendas Libres con sus hijos, Martina y Homero. Una entrevista que testimonia cómo el azar confluye con el deseo.
Ante todo, muchas gracias por la posibilidad de esta entrevista. La intención es explorar tu recorrido artístico, no para construir un currículum, sino para entender los porqués detrás de cada viraje en tu camino. ¿Qué deseo te impulsaba, como artista, a seguir?
En ese sentido, se dice que cumplís cincuenta años de trayectoria, pero para mí se queda corta esa cuenta, ya que tu viaje con la música viene desde la panza de tu mamá, más o menos. O sea, naciste en cuna de músicos.
Sí, sí.
¿Y cómo fue esa infancia, rodeado de música? ¿Cómo te marcó para que éste fuera tu camino y no otro?
Lo más antiguo que recuerdo es en la casa de mis abuelos, allá en La Banda. Mi abuelo era músico aficionado. Mi abuelo, mis tíos, en la casa… instrumentos. Recuerdo una vez que me estaban buscando… sentían un sonido… y finalmente me encontraron en un guardarropa donde yo estaba metido tocando una mandolina, que es un instrumento europeo, italiano, y que, por esas cosas, como el violín y el arpa, quedaron como instrumentos típicos para la música folclórica santiagueña. Andrés Chazarreta tenía una mandolina en su grupo, además de violín, flauta y arpa.
¿De qué edad estamos hablando?
Y, no sé… A lo mejor dos años y pico, tres.
Era algo muy íntimo, porque te encerraste en un armario para probar ese instrumento.
Sí.
¿O porque era una travesura?
Y, no lo recuerdo. Lo que recuerdo es que después todos lo contaban y a mí me quedó esa anécdota en la memoria para siempre.
Al tener todos esos instrumentos en tu casa ¿fuiste a hacer clases de música o tu aprendizaje fue más cercano a la experimentación, como esta anécdota?
Fue así. A los cinco años, más o menos, seis, aprendí a tocar la guitarra, las primeras notas, porque mi hermana más grande, Graciela, ya tocaba. Y lo tenía a mi papá que había empezado a hacer un trabajo con la música en Buenos Aires, integrando, formando grupos, componiendo también, siendo autor y cantor. Entonces, de un día para otro, ya estaba sabiendo tocar la guitarra.
Y de lo que me acuerdo es que allá por los siete años, más o menos, de alguna manera lo sorprendía a mi viejo, porque sacaba cosas que él no me enseñaba. Sacaba punteos de chacareras y esas cosas y se las hacía escuchar y él se sorprendía. Porque yo usaba mucho la lógica para darme cuenta mirando, con inteligencia, escuchando, poniendo toda la atención en poder sacar cosas.
Un autodidacta.
Sí, sí, autodidacta. Hasta el día de hoy. Por ejemplo, hoy en día puedo llegar a hacer cosas que el que las escucha dice “¡Uh, mirá qué arreglo que hizo!” Y a lo mejor lo grabé solo o lo hice grabar por músicos que conozco sus características, sus posibilidades, y hablando, les paso los arreglos. Las ideas más que los arreglos. No hay arreglos, pero después vos lo escuchás y decís “¡Mirá qué arreglos!”.
Y también, muchas veces grabé solo, producciones donde vos escuchás dos, tres guitarras bien armonizadas, bien puestas. Hay tipos que llegan a eso a través del estudio. Bueno, yo también. Esta es una forma de estudiar y de aprender, nada más que no fue académica.
No fue académica, pero tuviste tus maestros. ¿A quién llamarías maestro?
Y… a mi papá, al Chango Farías Gómez, a muchos compañeros que conocí en el camino artístico.
«Me acuerdo que allá por los siete años, más o menos, de alguna manera lo sorprendía a mi viejo, porque sacaba cosas que él no me enseñaba. Sacaba punteos de chacareras y esas cosas y se las hacía escuchar y él se sorprendía.»
¿Y cuándo llegó el escenario?
El escenario llegó a los 17 años. Una noche que salimos a bailar con mi primo Roberto y con un amigo del barrio de Morón. En ese momento yo era un chico que trabajaba en la encuadernación de libros y que con lo que ganaba me alcanzaba en una quincena para comprarme, a lo mejor, un pantalón y a la otra quincena recién un pullover, una camisa. Y después, un par de zapatos. También, cantaba y tocaba la guitarra, pero nunca se me había ocurrido que la música iba a ser mi vida o mi camino.
¿No?
No, no. Es más, yo lo rechazaba un poco.
¿Ah, sí?
Íntimamente fui un poco rebelde con mi papá. Pero nunca lo manifesté de manera que sea problemática, pero no me gustaba eso, me aburría soberanamente en las peñas. Yo quería estar con mis amigos en Morón, bailar.
En ese tiempo bailábamos en los asaltos, como les llamaban, en las casas de los amigos. Y cada tanto, como esa noche, nos animábamos e íbamos a bailar a Ramos Mejía, que estaba muy de onda. Todo Buenos Aires iba a bailar a Ramos Mejía. De la Capital, de todos lados. Bueno, anduvimos caminando hasta la madrugada y no entramos a ningún boliche. No sé si anda bien el recuerdo, pero creo que no teníamos plata para entrar, para sacar una entrada. El asunto es que, cuando volvíamos, ya como a las 4 de la mañana del domingo, en medio de ese ruido de boliches, del frenesí, imaginate la avenida Gaona llena de todos pibes jóvenes, felices, todos se reían, y nosotros tres nos íbamos medio vencidos, sin haber hecho nada, sin haber conocido a nadie, sin guita. Y escuchamos bombo y guitarra desde adentro, en ese lugar. Increíble. Lo que menos pensábamos escuchar.
En ese ambiente…
En ese ambiente. Y entramos a curiosear. Era una peña que ya había terminado y que estaban de guitarreada en una mesa. Se llamaba Gaucho’s House, bien típica también del lugar y de esa época. Era como un pub, lo que después se llamó pub. Entramos, saludamos, nos sentamos los tres en un costado, y en un momento se levantó uno de la mesa, vino y me dijo, “¿Vos sos Peteco, el hijo de Carlos?”. “Sí”. Y me dice, “Vos has estado en mi casa, yo soy hermano de Leo Dan”.
Ajá.
“Ah, sí, me acuerdo.” Era verdad, yo había estado con mi papá en la casa de Leo Dan, porque ellos eran amigos, habían hecho temas juntos.
Entonces, él ha pedido la guitarra y me la ha pasado y hemos cantado con Roberto, mi primo, cosas que teníamos sabidas por familia, no porque quisiéramos ser un dúo. Las chacareras de la familia, alguna de Los Hermanos Ábalos o de Julio Argentino Jerez, del repertorio santiagueño, cosas para animar un poco el fogón que se había armado. Un poquito, unas tres, cuatro chacareras. Y viene el dueño a hablar conmigo, a proponerme que vayamos a trabajar ahí. Y yo le digo que no, que nosotros no éramos un dúo constituido. Y el tipo dice, “Che, pero son buenos, lo hacen bien, ¿por qué no te animás a cantar?”. “Y, bueno, está bien”. Y dice, “¿Cuánto quieren cobrar?”. “No sé. Paganos lo que le estás pagando a los que trabajan aquí”. Y así a la semana siguiente empezamos a cantar ahí con mi primo Roberto, a dúo y cobrando. Ya cobrando.
Con 17 años.
Sí, sí, 17. Y a los tres, cuatro meses, más o menos, que empezamos a cantar los viernes y sábado, teníamos éxito con mi primo. Era un dúo distinto a todo lo que se escuchaba en esa peña, nadie tenía ese repertorio de chacarera. Porque esto era el año 73, la chacarera no era para nada lo que es hoy en día en todos lados. Ahí nadie la conocía y nosotros teníamos eso, justamente, ya en aquel momento.
Y la gente se volvía loca.
Sí, sí, sí, gustábamos mucho. Después nos enteramos que, enfrente, también había una peña. Ahí sobre Gaona, casi a la altura de la estación de Ramos Mejía, estaba Doña Manuelita, la otra casa, un poco más, si se quiere, conservadora (ríe). Gaucho’s House era más juvenil.
Y la otra más tradicional.
Sí, Doña Manuelita era más tradicional. Y nos cruzamos, y escuchamos cantar a un chango santiagueño que nos gustó y nos acercamos a él, más que nada por ser santiagueño. Empezamos a charlar, y nos empezamos a ver cada fin de semana y en un momento nos dice: “Che, estaría bueno armar un trío”. Y bueno, lo pensamos con Roberto, lo hablamos y, finalmente, empezamos a ensayar a trío y experimentamos en el Gaucho’s House, y en Doña Manuelita también, y en Morón, y empezamos a buscar trabajo como trío. Yo dejé de trabajar en la encuadernación y eso fue fatal e importante.
¿Por qué fatal?
Porque a partir de ahí ya no tuve la seguridad de ninguna plata.
Tenías que salir a buscar la comida.
Tenía que salir a buscar y era muy difícil, no era fácil en ese momento para nosotros ir y pedir que nos paguen. No teníamos discos, nada. Entonces, estuvimos así mucho tiempo, un año por lo menos, sin recibir más que lo que cobrábamos el fin de semana.
Pero, sin embargo, lo hiciste, te la jugaste, hiciste la apuesta.¿Por qué?¿Era lo que necesitabas para seguir creciendo o porque ya no te aguantabas más en la encuadernación?
Porque yo en ese tiempo era totalmente inconsciente. Por ejemplo, a la encuadernación no fui ni siquiera a saludar. Un domingo me fui a la peña, había poca gente, no había show, nada, pero nos quedamos hasta tarde. Y el lunes fui medio sin dormir, ¿viste? Y el sábado siguiente fui otra vez sin dormir. Y el domingo fui de vuelta a la peña y el lunes andaba en la máquina que me quedaba dormido. Y una vez no fui, al otro día no fui, falté tres días seguidos, y no fui más, ni a cobrar.
No es que lo decidí porque veía en la música el camino, nada. Lo decidí porque no quería ir más así, sin dormir, ¿viste?, ya me dio fiaca. Y después no me animé a ir a hablar, a explicar. Otro paso más que daba en mi vida, reimportante, pero que daba sin darme cuenta. O, no sé, escapándome, no sé cómo decirlo. ¿Vos que sos psicóloga qué decís?
Te dejabas guiar por aquello que te hacía sentir bien.
Te voy a contar una cosa para que veas, más o menos, cómo era. Yo terminé la primaria en un colegio de barrio y fui becado por el colegio de curas maristas del centro de Morón. Nosotros no podíamos ir a esa escuela, era imposible, pero ellos daban una beca para cada escuela y la de la mía la gané yo. Así que fui a estudiar la secundaria al colegio Hermanos Maristas. Dos años estudié. Cuando estaba en tercer año, un día subo al colectivo y me encuentro con un chango del barrio, Juan Carlos Quintero. “Hola, ¿qué hacés?” Y me dice, “Boludo, llego tarde”. “Yo también creo que llego tarde”. Yo iba a la escuela y él iba a trabajar. “¿Y si no vamos?”, me dice. “Bueno, dale”. Nos tomamos el tren en Morón, colados, por supuesto, y nos fuimos a Once. Empezamos a caminar por Corrientes, a conocer…
La capital.
La capital. Volvemos a Morón, vamos hasta Castelar donde la semana anterior habíamos estado en un cumpleaños de 15 de unas chicas, pero que no las conocíamos, no éramos amigos, habíamos entrado colados. Y a la semana estábamos ahí, de vagos, nos acordamos y dijimos “Vamos a la casa de las chicas”. Y nos reciben, che. Era ya cerca del mediodía y nos quedamos como hasta las nueve de la noche plomeando en esa casa. Nos vamos, llego a Morón, el barrio ya estaba oscuro, calle de tierra, ¿viste?, bajo del colectivo y estaba mi viejo en la parada. Ahí recién he caído que era tarde y que yo no había vuelto.
Y no había celulares para avisar.
“¿Qué hacés?”, me dice. “Nada.” “¿De dónde vienes?” “De pasear y andar con Quintero.” “¿Y la escuela?” “No he ido. Me fui a la Capital”. Primera vez en mi vida que hacía una cosa así. Yo no me hacía la rata (faltar al colegio sin permiso), como se dice comúnmente, o la cuca. Y bueno, vamos para la casa y mi viejo me dice, “¿Y tu mami?” “¿Y mi mami?” “Y, ahí anda, en la policía, en los hospitales.” Y era verdad, no estaba. Llegó tarde, llorando, y me encuentra a mí. Bueno, recibí de mi mami el llanto y los gritos, y de mi papi pocas cosas, pero fuertes también. Y en un momento me preguntan por qué no había ido a la escuela. No sabía qué decir, y pareció como que otra voz ha hablado con seguridad: “Lo que pasa es que no quiero ir más a esa escuela”. “¿Y por qué?” Y ahí he dicho algo que me pasaba. Porque en esa escuela… la beca me ha hecho ir, pero después yo no podía conversar con ninguno de mis compañeros porque ellos contaban viajes a Miami y todo, y no iban a mi barrio. Nunca he podido llevar a uno a mi barrio. Y una sola vez he ido a la casa de un compañero. Porque ellos vivían en el centro de Morón, en el centro Castelar. Casas, autos, qué sé yo. Una cosa social totalmente distinta y que yo no podía compartir. Y ahí me ha salido, ¿has visto? Y me he clavado en esa. Y no he vuelto a estudiar a esa escuela. Finalmente, me he salido con la mía. Pero sin… sin… El día anterior, si yo no me encontraba con Quintero, nunca hubiese dejado la escuela.
Sí, pero el azar trae lo que uno está buscando.
¿Ah, sí? (Ríe).
El azar trae muchas cosas, uno encuentra lo que está buscando.
Pero yo no lo sabía.
Pero vos no estabas bien, de alguna manera, inconsciente, quizás, buscabas una salida de ese malestar.
«Yo soy alguien que, con mucho miedo, me largo a la incertidumbre. Con mucho miedo.»
Y, ¿cómo siguió tu carrera después de Gauchos’ House y Doña Manuelita?
Bueno, a ese que encontramos con Roberto para formar Santiago Trío, lo convocan Los Huanca Huá, un conjunto famoso en ese momento, y él se va. Era difícil decirle que no a Los Huanca Huá. Entonces, con Roberto quedamos en banda. Y justo Los Carabajal volvían de una gira por Europa, y se desvinculan dos integrantes que no eran de la familia, entonces ellos hablan con nosotros, con Roberto y conmigo, para integrar nuevamente y ser los cuatro Carabajal. Con Kali, Cuti, Roberto y yo. Y esa formación anda por diez años.
Bueno, ahí viene otra cosa de mi carácter. Diez años ando con ellos y me parecía que nunca me iría, que…
Que no ibas a salir nunca de ahí.
Nunca, nunca, porque amaba eso. Pero ya desde los años 80 me empiezan a aparecer cosas en mi vida que me iban de alguna manera abriendo otras. Lo conozco a León Gieco en relación con Mercedes Sosa, con Tarragó (Ros), con Teresa Parodi. Entonces, si bien seguía con Los Carabajal cantando en los festivales y poniéndome ropa de gaucho, de pronto aparecía en un concierto tocando el violín con Léon Gieco y ese público ya me conocía.
Resulta que sale un viaje a Libia y el día que vamos a la embajada a arreglar el viaje, me encuentro con Jacinto Piedra, con quien éramos compinches, cantor también. A mí me encantaba andar con él, andábamos todo el día juntos, a la noche quién sabe dónde terminábamos, a la madrugada, siempre cantando, era el único con el que yo podía hacer esa vida porque también estaba solo y los demás Carabajal tenían sus familias. Bueno, lo encuentro ese día y le digo, “Acompañame”. Y cuando ya teníamos arreglado el viaje le digo a la chica de la embajada, “Che, ¿habrá un pasaje más?”. Bueno, el asunto es que lo enganchamos a Jacinto, viene a Libia y a la vuelta pasamos por Italia porque desde ahí volábamos a Argentina que teníamos pendiente una actuación en Berazategui. Pero, el día que llegamos a Roma, a la mañana le digo a Jacinto “Vamos a pasear”. Anduvimos hasta la tarde, casi noche, y en un momento pasamos por una estación de trenes, y le digo: “Espera un cachito aquí”. Voy y me fijo, “Viena, 21:30 horas”, y eran las 20. Salgo, “Jacinto, ¡vamos! Vamos al hotel, vamos al hotel. Agarrá las cosas.” Dejo una nota, “Me voy a Viena, muchachos”. Yo tenía a mi hijo en Viena que había viajado hacía un mes, pero no sabía dónde estaba.
El asunto es que anduvimos casi dos meses porque, después, fuimos a Francia a buscar a Juan Saavedra, después a Holanda a ver a una hermana de Jacinto, así que, cuando vuelvo a Buenos Aires, ya no era de Los Carabajal, me habían sacado.
Ni siquiera ha habido necesidad de que yo les diga… Nunca les hubiese dicho…
“Me voy.” No era algo que vos podía decir.
No, no era algo que yo podía decir.
Entonces, no de una forma premeditada, pero quizás provocaste que te lo dijeran ellos.
Claro, y ni nos hemos peleado. Nos encontramos de vuelta a la semana y todo seguía como siempre y ahí yo he sentido que ya estaba en otro lado, y que me acomodaba.
¿Por qué te cuento todo esto? Porque son un montón de pasos imposibles que, si yo lo pensaba, los planificaba…
Imposibles de planificar.
Sí, imposibles de planificar, pero, sin embargo, han ocurrido.
Los Carabajal, 1978. De izq. a der.: Cuti, Roberto, Kali y Peteco Carabajal
Y te dejaste llevar… otra vez.
Me he dejado llevar, sí, pero, ¡mirá que cuando me he ido de Los Carabajal ha sido muy doloroso!
¿Para vos o para todos?
Para todos, para todos. Sin embargo, hoy todo el mundo reconoce que el que me haya ido ha provocado un montón de aperturas en ellos también, en Los Carabajal, en Cuti, en Roberto, después en Roxana. O sea, todo el mundo ha podido manifestarse y ocupar su lugar. Algo que no iba a pasar si yo seguía con Los Carabajal.
¿Y cuándo dirías que empezaste a ser Peteco Carabajal? ¿Fue una lucha ser Peteco y no ser uno de Los Carabajal? ¿O fue algo que también se dio?
Ahí entramos a MPA (Músicos Populares Argentinos) con Jacinto, después hicimos LosSantiagueños con Jacinto Piedra y Juan Saavedra. Recién en el 91 arranco como solista.
¿Vos te sumás con Jacinto a MPA, o lo hacen entre todos?
En el año 83, 84, aparece el Chango (Farías Gómez) porque yo lo invito a grabar con Los Carabajal. Y en el 84 seguimos encontrándonos, y una vez que me invita a quedar, vuelve a pasar lo mismo: me encuentro con Jacinto Piedra y le digo “Acompañame.”
Siempre con tu compañero de aventuras.
Sí, Jacinto lo ha sido por mucho tiempo. Vamos. Era en una sala de ensayo y ahí estaban el Chango, Verónica Condomí y El Mono Izaurralde. Ni lo conocían a Jacinto, pero ese día ha quedado conformada la juntada que después ha sido MPA, porque, cuando Jacinto ha cantado, todos han quedado enloquecidos con él. Cómo será que a Chango le han dado ganas de invitarnos a su concierto, que iba a ser una semana después en Córdoba. Vamos los cinco con un ratito que hemos tocado juntos, sin ser MPA todavía, nadie había hablado de nada todavía, y es tal el impacto que produce el sonido que nosotros forjamos esa noche, lo que pasó ahí en el Teatro San Martín de Córdoba -estaba lleno- que era obvio que nos teníamos que juntar de vuelta a ver qué había pasado.
¿Qué querés decir con “lo que pasó”? ¿Lo que se vivió a nivel del público, a nivel de ustedes?
Sí, nosotros y el público. Nosotros increíblemente sorprendidos de lo que estábamos produciendo en ese sonido y cómo parecía que hubiésemos tocado toda la vida juntos y la reacción del público que era una química impresionante, un grupo impresionante estéticamente, tenía todo, algo que no existía, lo teníamos ahí nosotros en la mano. Y eso nos dimos cuenta en la próxima juntada ya en Buenos Aires. El Chango ahí habló de MPA, él ya lo venía maquinando, y hemos estado todos de acuerdo en el nombre y también en las ganas de seguir juntándonos y así hemos hecho dos discos, viajes, cosas.
Hasta que aparece Juan Saavedra, que volvía de Francia a la Argentina y llega cuando nosotros estábamos por hacer una presentación en el Teatro Alvear, en la calle Corrientes. Estábamos en el escenario, tocando, en un momento del concierto que era muy místico y se aparece allá en la punta, Juan Saavedra, che, bailando.
¿Improvisadamente?
Improvisadamente. Ha aparecido de golpe, sin que nosotros supiéramos que estaba en la Argentina. Él ha llegado ese día y a la noche ha ido a vernos ahí y se ha ido por el costado y en el momento justo ha entrado directamente a bailar. ¡No sabés lo que ha sido el teatro!
Lástima que no había celulares.
La bomba nuclear.
¿Te acordás qué tema era?
Creo que “Te voy a contar un sueño”, el de Jacinto. Y al otro día volvíamos a estar en el teatro y Juan ha intervenido, también, y ha vuelto a producir lo mismo, y a nosotros también. Era obvio que con alguien como Juan Saavedra hubiese sido la sensación, el grupo. Una cosa increíble. Imaginate Juan Saavedra a los 45 años. Era todos los chamanes juntos que te puedas imaginar, los budas y los jesucristos, todos juntos en él y el diablo encima.
Yo me moría por que Juan se integrara. Si lo hubiera hecho, hasta el día de hoy seguíamos, porque era una bomba única. Pero no pudo ser. Así que a fin de año hemos viajado a Santiago con Jacinto para poder estar libres nosotros de hacer lo que quisiéramos con Juan.
Antes nos fuimos de gira a Perú y en los dos últimos días que estábamos en Perú apareció un chango que nos ha invitado a Jacinto y a mí a la montaña, a Marcahuasi, un lugar donde hay ruinas y es mágico. Y bueno, cuando volvemos a Lima, era el día antes de viajar, yo los convoco a MPA a una charla y ahí les aviso que me iba a fin de año a Santiago del Estero.Cuando yo he llegado al hotel sentía que ya estaba fuera.
Que ya había terminado ese tiempo.
Sí, sí, sí. Como si hubiese entrado en una máquina del tiempo que me ha hecho una cosa y cuando he vuelto ya era otra persona.
Era otra dimensión.
Sí, otra dimensión.
Como un extraño en el sitio habitual.
Incluso cuando llegaba a Buenos Aires estaba con la mamá de Homero y yo me estaba mirando en el espejo y ella me miraba de allá y me dice que me veía viejo.
Bueno, el asunto es que nos vamos a Santiago, se viene Jacinto, Juan vuelve nuevamente a la Argentina desde Francia, nos encontramos en Santiago y armamos LosSantiagueños. Que ha sido un grupo que ha hecho un trabajo de movilizar la cosa en Santiago. Hasta el día de hoy se podría decir que la influencia está.
¿Qué te llevó a querer volver a movilizar la cosa en Santiago cuando estabas en pleno apogeo? ¿Qué impulso sentiste dentro que dijiste “Tengo que producir algo ”?
Había varias cosas. Una era el gusto, por ejemplo, de cantar con Jacinto. Me gustaba mucho cantar con él porque no sólo era la voz sino también era la composición, las ideas. Y con Juan ni qué hablar.
Se entendían como hermanos.
Claro, nos entendíamos como hermanos y vivíamos de una manera muy… que poníamos en práctica muchas cosas… que después uno debe pasar a otro estado, pero en ese momento estábamos los tres predispuestos. Por ejemplo, no sé, por decirte: nosotros nos íbamos a la orilla del río y nos quedábamos hasta la madrugada conversando, mirando las estrellas, encontrando las constelaciones.
Apreciando las pequeñas cosas de la vida.
Sí, cosas que nadie hace y eso lo poníamos en práctica y conversábamos sobre sueños, sobre qué podemos hacer. Vivíamos así, vivíamos intensamente la cosa de andar en la calle de Santiago, andar en las calles, en las casas de los amigos. Un poco así porque también era nuestra realidad, ninguno de nosotros tenía casa cuando hemos vuelto a Santiago. Entonces andábamos a pleno como en la bohemia artística.
¿Qué edad tenías en esa época?
30 años.
Los Santiagueños. De izq. a der.: Peteco Carabajal, Jacinto Piedra y Juan Saavedra.
«Yo cambié, cambié para bien, para mí, ¿no? Cambié y acepté este camino aún antes de comprenderlo del todo, aún antes de tomar decisiones ya sí bien conscientes, pero lo viví, lo viví a full.»
Y de todos los escenarios en los que estuviste, ¿cuál es el que a vos más te emocionó? Más allá de que sea el más grande, el más importante.
Los escenarios, por ejemplo, de teatros en Buenos Aires, el teatro Astral donde grabamos con MPA y el Ópera dondepresentamos cosas también importantes. Esos escenarios… el teatro Alvear… También he estado en el Luna Park en acontecimientos muy fuertes y de mucha gente. Ninguno solamente mío, pero sí en noches gloriosas de música y de presencia. En el Teatro Colón, también. Dos veces he estado en el Teatro Colón tocando el violín y cantando.
¿Qué se siente? ¿Te produce algún tipo de viaje, como pensar “Yo que empecé en esto casi sin querer, ahora estoy acá en el Teatro Colón”?
Eso, a lo mejor, lo puedes pensar en el momento del camarín o cuando vas hacia el escenario, pero en el escenario ya no. Ahí en el Colón sentí un poco de nervios de equivocarme. No quería equivocarme en nada. No quería que nada salga mal. Entonces estaba un poco tenso, con mucha atención en todo lo que estaba haciendo.
Y por supuesto que actuar en Santiago, siempre. Y si tuviese que elegir un lugar en el que me he sentido así muy, muy bien, es en el Patio del Indio. Un día domingo que hay mucha gente, que subo solo con la guitarra y hay un acompañamiento de bombos, y empieza como un ritual ahí de recuerdos y de emociones, y de gente cantando, y las canciones que van saliendo… es increíble.
Lo mismo en Cosquín también me pasa eso, que es un escenario que lo quiero mucho, que lo respeto mucho, porque ahí han estado los más grandes de la música popular y todos lo han honrado y lo han prestigiado. Entonces a mí me gusta verlo y jugar desde ahí. O sea, no ir y no darme cuenta de que estoy en un lugar sagrado.
¿Y cuándo te vio por primera vez tu papá, tocando en público?
Cuando tenía 16 años, estaba en Santiago, andaba de vaguito, y a mi papá le ha salido un trabajo en el Festival de la Tradición Añatuya, y me ha dicho, “Acompañame con el bombo”. Entonces el tío René me ha prestado un traje azul, camisa blanca, corbata, zapatos. Y he ido y he tocado el bombo en un festival, en un escenario, con mi papá. Y si yo hubiese querido, hubiese subido con él muchas veces al escenario, pero nunca he subido con mi papá salvo esa vez para tocar el bombo.
Porque vos no querías.
Yo no quería, no me interesaba, estaba lejos de eso.
«Yo me callaba, escuchaba, escuchaba, absorbía, absorbía, y en un momento dado empezó a salir todo ese bagaje de aprendizaje de mucha gente, de muchas ideas…»
¿Y Mercedes?
Y Mercedes (Sosa) ha sido muy importante para mí, muy importante en mi vida, grabándome temas, cantando canciones mías, hablando de mí, haciendo giras, dándome trabajo, dándome consejos, cariño, amor.
¿Hay alguna anécdota especial con ella que quieras compartir?
Y, por ejemplo, cuando le fui a pedir si me podía llevar de gira, porque había localizado a mi hijo en Kenia, hacía un año y pico, y le venía escribiendo a la mamá, entonces a mí se me ocurrió ir a Europa para de ahí poder viajar, porque averiguaba y todos los viajes a Kenia eran desde Europa. Entonces, un día se me ocurrió que con Mercedes lo podía hacer, y fui a hablar con ella y le dije: “Mirá, Mercedes, tengo que ir, mi hijo está viviendo en Kenia y yo vengo a ofrecerte mis condiciones como músico, toco la guitarra, el violín, la quena, el charango, percusión, puedo cantar”. “A ver, esperá un poquito. Fabián -al hijo- vení, anotalo a Peteco que va en la gira con nosotros”. Ni siquiera le ha preguntado si era posible o nada, se lo ha dicho directamente.
¿Y qué aprendiste estando a su lado, algún consejo, alguna sabiduría que Mercedes te haya transmitido, que creas que valga la pena compartir?
Muchas cosas que son muy difíciles de explicar, cosas que he sentido en el escenario con ella, silencios, actitudes, o fuerzas que cuando estás en una gira completa escuchándola casi todos los días y vuelves a sentir lo mismo en el mismo lugar, vos te das cuenta que aquí hizo algo técnico con la voz, que pasa imperceptible, pero que te llega. Ese tipo de cosas así. Verla cantar sin que se le mueva un músculo de la cara y todo lo que estaba diciendo es contundente y es clarito. Todo ese tipo de cosas yo las pongo en práctica conmigo también. De cantar en lo posible ahí, con el micrófono bien cerquita, diciendo que lo importante es el color de voz, no lo que yo intelectualizo con respecto a una interpretación, sino el color de voz natural.
Mercedes Sosa y Peteco Carabajal.
Hace unos meses decidiste apoyar que se hiciera la Casa de Santiago del Estero en Barcelona, después la primera Marcha de los bombos en Barcelona. ¿Cuál es el tesoro que tiene Santiago que querés que se transmita al mundo?
La Casa de Santiago del Estero me pareció un vehículo importante para poder tener alguna conexión, alguna ayuda, por mínima que sea, hacia una comunidad artística o hacia ideas o proyectos artísticos que tengan que ver con la Argentina, con Santiago. Entonces, una vez que ha aparecido esta posibilidad a través de Sergio (Lorenzo) -con quien hemos estado hablando casi nueve años- cuando estaba la casa ya para inaugurarse, he dicho que para mí la primera tarea era empezar a ver la posibilidad de compartir, de traer y dar a conocer cosas que allá tienen vigencia. No cosas que pertenecen a una tradición de museo o viejas tradiciones, sino algo que está vivo y que tiene práctica y que convoca a muchísima gente, muchos turistas. Miles de personas vienen a Santiago por esto, pagan hotel, conocen un montón de otras cosas de Santiago, solo por la Marcha de los Bombos, por ejemplo. Para mí era lo más lógico. Y lo más fácil también, porque soy amigo con ellos, somos hermanos (El Indio Froilán y Tere Castronuovo organizadores de El Patio del Indio Froilán en Santiago del Estero y de la Marcha de los Bombos). Me han dicho que sí inmediatamente, nos hemos sacado los pasajes nosotros y la marcha se ha concretado. Ahora estamos soñando con el Primer Festival Internacional de la Chacarera en el Mediterráneo.
Peteco Carabajal junto al Indio Froilán en La Marcha de los Bombos.
Es eso, es empezar a traer cosas posibles. No puedo, por ejemplo, decir que vamos a traer las leyendas y esas cosas porque ojalá. Eso se va a dar naturalmente. O que ahora la Casa Santiago del Estero va a estar en condiciones de traer a todos los artistas antiguos, tampoco. Pero, sí, vamos a tratar de que sea una herramienta como para que los artistas santiagueños tengan una pequeña ayuda, una conexión, algo que los movilice.
Y, también, porque cuando yo empecé a viajar, en el 2015-2016, empecé a venir solo. Después ya vine con Riendas Libres y en el 2020 con la pandemia se cortó -lástima, porque había viajado cuatro años seguidos- cuando estaba a punto de concretar lo que para mí hace falta concretar, que es consolidar un poco la seriedad y el conocimiento real sobre la chacarera aquí en Europa.
Digamos, entonces, que lo que te moviliza con todo este proyecto es, sobre todo, transmitir la esencia de la chacarera.
La verdadera esencia de la chacarera. Porque, cuando yo empecé a venir a Europa, dábamos un taller sobre chacarera -yo incluso lo he dado, sin ser bailarín- para que bailen, con mi propia música. Les tocaba Puente Carretero y les indicaba cómo tenían que bailar y en una clase lo que terminaban aprendiendo era la coreografía. Y a lo mejor a los dos meses de ese taller, alguno que estuvo ya andaba dando talleres también en otros lados. Entonces, se va desvirtuando. Porque también pasa que han venido muchos argentinos, y que aquí por una necesidad de trabajar…
Se han hecho maestros o profesores.
Sí, se han hecho maestros y profesores, sin haberlo sido.
No por vocación.
No es que yo me ponga en juez y que vaya a condenar, pero mientras yo pueda voy a tratar de clarificar un poco el panorama.
¿Y cómo definirías la verdadera esencia de la chacarera?
No sé si la verdadera. Sí, lo he dicho yo… En este momento, yo tengo la conexión de los grandes maestros, del linaje de maestros que hemos tenido desde Andrés Chazarreta, Los Hermanos Ábalos, Los Hermanos Simón, Los Hermanos Toledo, Los Hermanos Juárez, Los Hermanos Díaz, Los Hermanos Ríos, Los Manseros Santiagueños, Los Carabajal, Sixto Palavecino, Cristóforo Juárez, Raúl Truyenque, Juan Carlos Carabajal, toda la familia Carabajal, mi papá, Agustín, Cuti, Alfredo Ábalos, bailarines, la familia Saavedra, los grandes maestros bailarines, los nuevos, las chacareras de antes, las nuevas, los cambios que ha habido, los grupos como MPA, Santiagueños, las grabaciones, los éxitos, todo todo lo voy manejando. Esa ha sido mi pasión y es como mi tesoro.
Lo cuidás como un tesoro. Y te preocupa que se cuide.
Lo cuido como un tesoro, claro.
¿Qué de aquel pibe que no quería, pero se dejó llevar, todavía está vivo en vos, todavía te guía, te orienta? ¿Cuánto cambiaste? ¿Cuánto seguís siendo el mismo?
No, yo cambié, cambié para bien, para mí, ¿no? Cambié y acepté este camino aún antes de comprenderlo del todo, aún antes de tomar decisiones ya sí bien conscientes, pero lo viví, lo viví a full, ¿viste? Pero nunca fui alguien que… no sé… A lo mejor es una cuestión de carácter, pero yo me callaba, escuchaba, escuchaba, absorbía, absorbía, y en un momento dado empezó a salir todo ese bagaje de aprendizaje de mucha gente, de muchas ideas…
Se articuló como en un caudal y salió.
Sí, sí. Y, por ejemplo, nunca he sido muy lector, y, sin embargo, me parece que hubiese leído todos los libros importantes que hay que leer.
¿Porque escuchaste hablar de ellos?
Los escuché, a lo mejor alguien hablando de un libro o contándome… Tuve compañeros muy importantes, el Chango Farias Gómez te quemaba la cabeza. Entonces, con él aprendí muchísimo. León Gieco, Mercedes, gente muy fuerte que han aguantado y han pasado por cosas muy fuertes. Todo ese tiempo que estaba con ellos y que yo no hablaba, pero iba absorbiendo, hoy en día lo pongo en práctica. Es como honrarlos, también, un poco.
«¿Por qué te cuento todo esto? Porque son un montón de pasos imposibles que, si yo lo pensaba, los planificaba… imposibles de planificar, pero, sin embargo, han ocurrido.»
¿Y cómo ha sido la transición de haber tocado con los adultos de tu familia a pasar a integrar un grupo con tus hijos? ¿Tomar vos ese rol de acompañarlos, de pasarles lo que a vos te pasaron?
Sí, fue de a poco y también asumir que ese camino me pertenecía, me correspondía y que tenía que asumirlo. Y por suerte hoy puedo estar con ellos.
¿Te lo pidieron ellos o …
No, no, no.
…fue una propuesta tuya?
Sí, sí, una propuesta mía. Porque yo he hecho casi 20 años como solista y en los últimos años ellos formaban parte del grupo que me acompañaba, Homero y Martina. Y pasaba que, por ejemplo, terminamos de tocar en algún lado, subíamos al micro para viajar, y yo sacaba la guitarra e iba tocando así en la oscuridad, despacito, tres, cinco de la mañana… Y todos los demás, auriculares y a dormir. Y Homero era el único que se quedaba despierto y también sacaba la guitarra y me acompañaba. Entonces digo, “Homero es de los míos”. Por ese tipo de cosas uno a veces decide, ¿no?
Riendas Libres. De izq. a der.: Martina Ulrich, Homero Carabajal y Peteco Carabajal.
¿Y qué sacás de la experiencia como solista y de la experiencia en grupo? ¿Cuál es la riqueza de cada una?
Yo tenía la experiencia de grupo como Los Carabajal, donde éramos familia. Ahí todo se hacía bajo esa órbita, familia. Después MPA, que ha intentado ser un grupo donde se valorizaba lo individual dentro de ese continente que era MPA. Con nuestros nombres en los afiches, cosa de no ser después un ex MPA. Con Santiagueños, fue lo mismo
El grupo sería un encuentro de artistas, donde cada uno tiene su valor.
Claro. Después la próxima experiencia fue la juntada de tres artistas distintos, los Coplanacu (Dúo Cloplanacu), Raly y yo, nos juntamos para hacer un repertorio, sin saber si íbamos a seguir o no, sin hablarlo mucho. Pero nos comprometimos e hicimos uno de los trabajos -para mí- más grandes que se ha hecho en la música popular.
Y, después llega Riendas Libres, donde yo ahora puedo, con mi experiencia, ya no cometer los mismos errores. Entonces, en Riendas Libres, yo constantemente hablo con ellos sobre la necesidad de saber cómo separarnos y cómo dejar ir. Yo les estoy enseñando que no tenemos que sufrir, que no tenemos que separarnos por no poder cumplir un sueño ni sentirnos frustrados y en silencio. No, aquí vamos a hacerlo todo. Por ejemplo, ahora Homero está por sacar su disco y charlamos sobre el proceso. Y si no tocamos más, ¿qué problema hay?
Como todo en tu vida, dejándote llevar.
Sí.
«Para mí eso es la gran tarea de la vida. Que llegue un momento donde vos posibilites el desprenderte, el poder desprenderte de las cosas que más amás.»
En ese dejándote llevar, ¿cómo definirías la fuerza que te fue llevando? ¿Es una fuerza en vos, fuera, fuera y en vos?
Yo la defino así: Yo soy alguien que, con mucho miedo, me largo a la incertidumbre. Con mucho miedo.
Un paso atrás ni para tomar envión.
Nada. Con mucho miedo, pero me largo a un terreno que sé que es incertidumbre. Porque vos te puedes largar con mucho miedo…
Pero sabiendo de qué se trata.
… pero sabiendo de qué se trata. En cambio, yo, aunque no sepa de qué se trata, igual me largo. Aún con mucho miedo.
Y lo seguirías haciendo.
Sí.
Si no hubieras nacido entre los Carabajal, ¿te imaginás que pudieras haber sido alguna otra cosa? ¿O esto estaba dentro tuyo?
Evidentemente estaba. Lo único que me ha distraído en la vida ha sido en algún momento soñar que podía ser futbolista.
Otra gran pasión.
Sí. Después he hecho trabajos, porque era lógico: cuando he dejado de estudiar, tenía que trabajar. Así que ahí he andado trabajando un poquito. Pero, mirá, ahora con esta Marcha de los Bombos y la Casa de Santiago, yo me río, y lo digo un poco en broma, pero también veo que pasa algo así… No sé si vos conoces la historia de Carlos Castaneda y Don Juan (Las enseñanzas de Don Juan, de Carlos Castaneda).
El primer libro lo leí, los otros, después, no. Un libro mítico para una generación.
Sí, sí, sí. Bueno, en un momento Don Juan le habla de algo que está con mayúsculas y entre comillas, que es el “No hacer”. Le habla del no hacer. Bueno, yo ahora, por ejemplo, estoy sintiendo que de alguna manera me ha llegado el momento de practicar eso y que me dé cuenta qué es no hacer. Por ejemplo, aquí en la Marcha de los Bombos yo no he hecho nada. Te quiero decir, nada que sea trámite, nada que sea ir a hablar con alguien.
No estar empujando, sino dejando que se produzca.
Sí, dejando que se produzca. Y para llegar a eso, no se llega así nomás a que todo se produzca, pero lo voy logrando en muchos aspectos de mi vida y de mi trabajo. Riendas Libres fluye. No ensayamos, sin embargo, subimos al escenario y fluye, y cada vez fluye más. El disco, lo que estoy grabando ahora, también, lo están haciendo otros y va.
Peteco Carabajal, homenajeado y celebrando sus 50 años de trayectoria en el último festival de Cosquín.
Volviendo a lo que contabas de Homero y su nuevo disco solista, ¿podríamos decir que acompañás hasta que están a punto para asumir su propio camino? Hay algo no productor, pero muy progenitor en eso. En el sentido del que habilita el crecimiento.
Sí, para mí eso es la gran tarea de la vida. Que llegue un momento donde vos posibilites el desprenderte, el poder desprenderte de las cosas que más amás. De tu vieja, de tu viejo.Ellos también te tienen que ayudar. Te ayudan con una forma de ser, con una crianza, no sé, con una alegría. Yo siento eso.Yo siento que mis viejos han ayudado con su forma de ser a que cuando nos desprendemos no sea tan doloroso.
A que tuvieras la libertad de desprenderte, para volar, probar y comprender. Y de errar, incluso, en el sentido de ir errante, ¿no? de ir probando caminos.
Bueno, te agradezco enormemente que hayas compartido con nosotros ese recorrido, hasta aquí, y ¡Buenos viajes!
Si temiera alejarse de su esencia, el manantial nunca sería río. Éste encuentra su cauce en la posibilidad abierta de perder hasta su nombre en su desembocadura. Una fuerza le empuja a recorrer la tierra. Errante va buscando paso entre valles y montes, vegetaciones y yermos, accidentes que le señalan por dónde, mientras la vida se domicilia en sus orillas.
Desde el nacimiento estamos marcados por el azar: podríamos haber nacido de otros padres, en otro lugar, con otra familia, y otra sería nuestra historia. Nuestro futuro tampoco está escrito, según qué encontremos en el camino será la biografía que escribiremos.
El deseo es la fuerza que impulsa a la escritura, y que sólo se revela a través de lo que somos capaces de reconocer, o de encontrar, en la contingencia. El tropiezo recurrente da pistas al baqueano avezado, enseñándole por dónde no volver a pisar. El infortunio, el encuentro con lo imprevisto e, incluso, imprevisible, traumático, sin sentido, es siempre un llamado a inventar una palabra que permita decir algo de eso que ha ocurrido. Palabras con las que se va elaborando un nuevo saber que abre un mundo inédito. De repente, la intuición hace un guiño, y se produce el encuentro afortunado: ese viaje, esa señal, esa frase, esa mirada, en el lugar y en el tiempo precisos, y la letra puede ser canción. Un canto divino que se nutre del eco de voces de otros tiempos y se prodiga en notas para el futuro con las que el baqueano sigue, en busca de ese canto que lo haga inmortal.
Bailarina de tango, folklore argentino y de todas las formas de danza que la vida le dejó explorar, coreógrafa y directora de grupos de baile, con casi 40 años de trayectoria profesional, Olga Besio representa una de las voces más autorizadas en el mundo del tango danza. Empezó a bailar tango aprendiendo de forma autodidacta, casi en cuanto comenzó a caminar; y a los cinco años ya comenzó sus estudios formales de danza clásica. Destaca su formación como profesora de folclore en la Escuela Nacional de Danzas en medio de un infinito número de cursos que realizó con grandes maestros de otros tipos de danzas. Además, cursó estudios de pintura (habiendo llegado a exponer en el Salón Nacional de Artes Visuales), escultura y grabado, y las carreras de Magisterio en Bellas Artes y Filosofía. En su extensísima labor docente, destacan la creación del primer seminario de enseñanza del tango social de manera gratuita y masiva en Centro Cultural General San Martín, y su renombrado taller y grupo artístico “Tango con niños”, en el cual se formaron sus hijos, Ariadna y Federico Naveira. Se desempeñó durante muchos años en la Escuela Nacional de Danzas de Buenos Aires (hoy municipal), Escuela Nacional de Bellas Artes “Manuel Belgrano”, escuelas primarias, secundarias, técnicas y Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, dictando diversas asignaturas. Fue invitada a formar parte del Anuario Mundial “Who’s who in dance” y del Consejo Internacional de la Danza (CID) dependiente de la UNESCO. Como bailarina y coreógrafa se presentó en el Teatro Colón, el Teatro Nacional Cervantes, y en varios teatros privados, así como en renombradas milongas porteñas. Olga Besio, un alma bailarina que se volvió maestra porque su pasión por el tango y la danza eran tan grandes que no cabían en su cuerpo, la desbordaban. Sirva, entonces, esta entrevista como homenaje a la gran maestra, tras su reciente partida, el pasado octubre.
Querida Olga, remontémonos al principio. En una entrevista con Pepa Palazón, vos contabas que empezaste a bailar tango escuchando la radio cuando eras muy chiquita, unos cuatro años…
Sí. O menos. Tres, dos…
¿Estaba puesta la radio y a vos te llamaban la atención los tangos, o cualquier canción?
A mí me gustaba bailar. Eso, por un lado. Y me gustaba el tango, andá a saber por qué… Eso, por otro. Lo que yo recuerdo no es tanto que estaba puesta la radio, sino haber descubierto los botoncitos de la radio. Ahí tenía unos tres años… menos… no sé… Había descubierto que con un botoncito aparecía el sonido y con el otro iba cambiando hasta que aparecía el tango.
Ajá. Entonces, lo buscabas hasta que lo encontrabas.
Sí.
¿Y qué “salía” de vos que te fue llevando a bailarlo?
Yo jugaba con la música. Y con el movimiento.
«…yo a la música la pensaba bailada.»
Sorprendente. Porque, en esta entrevista de Pepa, aclarabas que tus padres, si bien se bailaban algún tango -algo natural para la época-, no eran milongueros.
Lo que pasa es que, en esa época, no existía la idea de milonguero como se conoce ahora.
Como esa religión en la que pareció convertirse después…
Claro. En todo caso, la palabra “milonguero” era como mal vista. Y no existían las milongas, como ahora, existían los bailes.
Los bailes sociales en los clubes.
Claro, los clubes regionales. O de países… qué sé yo… el Club Español, por ejemplo, el Club Italiano, ese tipo de clubes. O clubes más chiquitos…
Más de barrio…
Más de barrio, clubes barriales… eso era lo que existía.
Y se salía con la familia y los amigos de la familia. O sea, era salir en un entorno “seguro” o familiar. No era la idea de la milonga nocturna que se tiene ahora.
No, para nada, ¡pero ni parecido! Después existían otro tipo de lugares que no se nombraban….
¿Los cabarets?
Los cabarets o los lugares de levante. De los que, obviamente, yo me enteré mucho después. (Risas).
De alterne, ¿no era así que los llamaban?
Sí. Ahora, lo curioso de esto -que también me di cuenta después, pero me di cuenta- es que a los clubes iban la familia, los matrimonios, las chicas con sus amigas y alguna mamá o tía. A veces, chicas solas cuando ya eran más grandecitas, dieciséis, diecisiete, dieciocho… ¡A los bailes de la tarde! A los bailes de la noche iban los adultos. Pero, además, había otras personas que estaban sueltas. Ponele, los amigos varones de mi papá. Con el tiempo me di cuenta que eran unos atorrantes increíbles. Eran los mismos que iban a los tugurios, pero, cuando venían al baile del club, eran unos caballeros elegantísimos vestidos de smoking; y, cuando iban al tugurio, eran una banda de atorrantes. (Risas). Eran muy muy divertidos.
Entonces, vos ibas explorando en este entorno natural, familiar, lo que era el baile social en la época y te iba gustando. Y ¿cuándo decidís empezar a estudiar música, o danza? ¿Cuándo empezaste a sentir como hormiguitas dentro hasta decir “quiero algo más”?
No, para mí fue desde que nací que tuve claro que mi vida era la danza, el baile o como le quieras llamar. O todo eso junto.
En realidad, el sentimiento que tenía era, por un lado, la danza y, por otro lado, el tango. O sea, no se me mezclaban los conceptos, lo tenía clarísimo.
Clarísimo.
Sí. El problema es que, en algún momento, mis padres se dieron cuenta de que yo estaba segura. Porque mientras era un juego, más o menos a los cinco años, logré que me llevaran a estudiar clásico. Pero cuando se dieron cuenta de que era una vocación en serio, no quisieron saber nada. Así que la pasé bastante mal.
¿Por qué? ¿Temían que no “te ganaras bien la vida”? (Con tono irónico).
No. Porque ellos querían que estudiara otra cosa. Que también era arte, pero yo no quería.
¿Y cómo lo manejaste? Ahí está, justamente, la pregunta que funda a Patio de Artistas. ¿Cómo hiciste para seguir con tu deseo a pesar de la oposición que enfrentabas?
¡Cómo revolvés, psicoanalista! (Risas). Sin duda que sos psicoanalista. (Risas).
Ellos querían que estudiara bellas artes sí o sí, y yo pensaba, “Bueno, estudio bellas artes y también estudio danza”. O sea, no es que me negaba del todo. Y tampoco me prohibieron bailar. Cada tanto me dejaban un poquito.
Y ya que estabas, ¿encontraste alguna otra satisfacción en las bellas artes?
No, incluso me desagradaba el olor a pintura. Igual me fue muy bien mientras lo hice, gané un montón de premios, expuse en el Salón Nacional. O sea, me fue rebien.
¡Ah! ¿Qué hacías? ¿Pintura, escultura?
Pintura, escultura, dibujo y, de vez en cuando, un poco de grabado. Pero yo quería bailar. Así que cada vez que podía, cuanto curso de danza aparecía, yo lo hacía, cuanta personalidad extranjera de la danza venía a dar un seminario en Buenos Aires, yo iba.
Estamos hablando de ¿danza clásica, danza contemporánea, todo?
Todo, todo. Es decir, yo me orientaba más por la danza clásica, pero hice danzas históricas, danzas medievales. En realidad, hice mucho, mucho en danza y llegué a tener un prestigio muy grande en ese mundo. Pero, bueno, fue una lucha de toda la vida.
«El arte no se fabrica, el arte nace, y tiene su propio recorrido vital. Y eso es algo que muchas personas no entienden.»
Y, saltando un poco en la historia, imagino que todo eso te ha nutrido… Si no para tu baile, quizás para la docencia.
Y al final, sí. Porque, al fin y al cabo, yo me pongo a mirar para atrás e hice cinco carreras docentes. Con todo lo que implica de materias pedagógicas, psicológicas, de prácticas de enseñanza, algunas materias de más, por las dudas, la observación de clases, todo.
¿Cuáles son las cinco?
Primero el magisterio en Bellas Artes, Pintura, Escultura, Filosofía y Folclore en la Escuela Nacional de Danzas. En realidad, hice la carrera de folclore, pero antes había hecho una especie de minicarrera, también de folclore, que había en la UBA que ahora no existe más.
Y haber estudiado tantas danzas, hasta, incluso, medievales, ¿te sirvió para entender la raíz, por ejemplo, del tango, o de otros bailes?
Me sirvió para entender la raíz del arte. Lo mismo que, en ese sentido, también las artes plásticas hicieron su aporte. Me sirvió para tener una visión amplia. Obviamente, todo eso implica, también, estudiar música un millón de años. Lo digo porque los músicos a veces creen que los bailarines no entendemos la música; y resulta que sí la entendemos. De hecho, lo que pasa es que a veces son ellos los que no entienden, ni la danza ni el baile, y dicen pavadas que arruinan bailarines.
Cuando les dan clases de musicalidad.
Claro, de terror lo que hacen.
Volviendo a lo que decías respecto a que “encontraste la raíz del arte”. ¿Qué sería para vos “la raíz del arte”?
La esencia. Es la idea del nacimiento. El arte no se fabrica, el arte nace, y tiene su propio recorrido vital. Y eso es algo que muchas personas no entienden.
¿Estás hablándolo a nivel de cada artista o del arte como hecho colectivo, social, incluso?
De las dos cosas. Estoy hablando del arte como hecho humano, cultural. Y, también, algo parecido ocurre en cada artista.
Como algo que se revela o aflora.
Exactamente.
Vos que estudiaste filosofía, Heidegger hablaba de la aletheia.
Exactamente, eso es: una develación.
De lo que estaba tapado, oculto, y de repente, el arte le hace lugar.
Y, en ese sentido, la tarea docente también es una obra de arte… socrática. Es la mayéutica. Se trata de ayudar a dar a luz la capacidad que ya está en el alumno. Es el arte de las parteras.
¿Qué hace nacer al artista en aquel que llegó como alumno?
Yo pienso que el arte está en todas las personas, solo que no en todas aflora. El arte y otro tipo de capacidades, también.
Bueno, vos que das clases a niños…
Daba, ahora ya no.
Bueno, vos que dabas… habrás comprobado que, sobre todo hasta los 5 años -como te pasó a vos misma-, sólo se trata de permitirles expresarse, explorar, y es una actividad totalmente espontánea. El problema es que después, la educación, y sobre todo la instrucción, que son tan buenas para otras cosas, a las capacidades artísticas las va coartando, matando…
… atrofiando.
El tema es que hay un desconocimiento tremendo respecto a la tarea docente. Incluso, gente con título. Yo, a veces, digo: “Pero, ¿de dónde salió, cómo puede ser? Incluso, gente egresada de la carrera de ciencias de la educación ¡con un desconocimiento!… (Con énfasis).
Porque no les pasó por el cuerpo, todavía. Es todo mental, son un montón de libros que han leído, pero no vivenciaron.
No hicieron el regreso del camino. Y mirá que es muy básico. Muy (con énfasis). Dentro del pensamiento docente se sabe que una estructura impuesta al alumno es una jaula que atrofia el desarrollo intelectual, emocional, y en muchos casos, el desarrollo físico. A un chico lo destruís. Y a un adulto, también. Tanto que algunos se llenan la boca hablando de estructura, ahora…
«…la tarea docente también es una obra de arte… socrática. Es la mayéutica. Se trata de ayudar a dar a luz la capacidad que ya está en el alumno. Es el arte de las parteras.»
Ese desconocimiento en la enseñanza del tango hace estragos. Mucho se dice que cualquiera se pone a enseñar, y es verdad. Cualquiera que no tiene derecho a enseñar. Y no tienen la honestidad de decir: “Si voy a enseñar, me tengo que formar”. Y formarse de verdad, no basta tener un diploma ni veinticinco diplomas, hay que tener una formación real, lo que nosotros llamamos la elaboración de la experiencia. Y hay que hacer una actualización constante, que no es hacer veinte millones de cursos -que no está mal, pero no basta-, sino ir a la milonga y sentarse a mirar y pensar: “¿Qué pasa en está milonga? ¿Qué barbaridades hacen los que están bailando? ¿Están desconectados, están tironeando a las compañeras? ¿Las chicas están bailando solas? ¿Cómo puedo hacer para que mis alumnos nunca cometan ese error? ¡Que nunca lleguen a conocer ese error! Esa es la actualización que hace falta. Además de todo lo que uno puede estudiar.
Pero, ¿sabés qué? Pasó algo, que también me di cuenta con el tiempo… Yo te decía que estudié cinco carreras docentes, con todo lo que eso significa. Como me gustaba estudiar, siempre estudiaba más de lo necesario, más a fondo y de verdad. De repente, en Filosofía me quedaba sin materias para cursar, por cuestiones de horarios -yo trabajaba, nunca viví del tango-, entonces me ponía a cursar alguna materia de otra carrera. En ese momento, los planes tenían como obligatorio cursar materias de otra carrera, y a mí eso me encantaba porque me daba una visión más amplia. Total, yo no quería el título rápido, yo quería disfrutar estudiando, disfrutar del conocimiento. Nunca tuve como objetivo trabajar de profesora de filosofía, pero sí, comprender la tarea. Entonces, o cursaba alguna materia extra, o revisaba la bibliografía: “Ah, ésta es la obligatoria, ¿y qué más? Ah, bibliografía sugerida. A ver, ¿qué es? ¿Podré conseguir algo de eso?” Hacía eso todo el tiempo, en todas las carreras.
Con el tiempo me di cuenta de que la única carrera que realmente tuvo -por lo menos en aquella época- una formación fabulosa, pedagógicamente, fue Bellas Artes. Asombroso. El nivel de las ciencias de la educación en Filosofía y Letras me parecía deprimente, denigrante, asombrosamente increíble por lo malo. En cambio, el nivel de la Escuela de Bellas Artes -que también eran profesores de Ciencias de la educación, y además estaba el intercambio con los artistas-, al menos en materia pedagógica, en ese tiempo era importantísimo.
Es que, creo que estamos hablando de la época del Instituto Di Tella, ¿no?
Claro.
Claro, es que era una cosa impresionante la producción artística en aquella época.
Impresionante. Llegabas a comprender, realmente, de qué se trataba. No se trataba de estudiar una serie de nombres y fechas, era vivenciar la cosa en funcionamiento. No era: “Hacé esto porque lo dice el libro”, sino: “Entendelo como un hecho creativo. Creador”.
Antes decías que “los esquemas arruinan a mucha gente en el tango”…
Sí, casi a todos.
¿Cuáles serían, entonces, los fundamentos del tango? Despejando todo lo que “arruina” a la gente, esas cosas sin las cuales ya no es tango.
Hay que ir al fondo de la cuestión. Porque la gente habla, habla y habla y te dice que el tango es improvisación, que es creación, que es conexión, que se baila con el alma, y hace todo lo contrario. Te dan ganas de matarlos. Yo digo: “Por lo menos callate”. “Por lo menos no estés dictando cátedra de algo que es lo contrario de lo que hacés”.
¿Es creación? ¿Es improvisación? Sí, en eso estamos todos de acuerdo. Pero después te dicen: “Para improvisar te aprendés este esquema de memoria, y después este, y este, y los mezclás en distinto orden”. Así estás improvisando. ¡¿Cómo?! (con énfasis y sarcasmo). Es un nivel asombroso de incoherencia. ¿Qué es lo que estás improvisando? Porque el baile, no. En todo caso, la combinación de secuencias. Pero eso no es el baile. Y resulta que, si te pones a tratar de comprender de qué se trata, cuál es la esencia, la inevitable consecuencia es que los esquemas, los pasos, las secuencias no están en la esencia. Es decir, podés bailar tango sin secuencias. Con los estilos pasa lo mismo, podés bailar tango sin tener un estilo. ¿Cierto tipo de movimientos que después aparecen encasillados con un nombre? Tampoco. Podés bailar tango también sin eso. El abrazo no es la esencia. ¡Es lo más lindo!, pero no es la esencia. También descartamos que la esencia sea el caminar. Eso, en todo caso, vendría en un segundo nivel o en un segundo plano.
«En el tango… los dos se convierten en uno solo… cada uno piensa y siente con el cuerpo del otro, y se mueve con el cuerpo del otro. El abrazo… es la manifestación exterior de todo esto, pero se podrían bajar los brazos y mantener la misma conexión.»
Entonces, ¿qué es lo que te queda? ¿Qué es lo que no podés eliminar? Para mí es la idea del otro, o de lo otro. La idea del diálogo. Es decir, del otro con carácter activo. Y la idea del diálogo te empieza a dar la clave de un montón de cosas: empezás a descubrir que no es solamente el diálogo entre una persona y otra, no es solamente el que lleva y el que sigue, sino que hay mucho más que eso. Hasta que llegás a la idea de que una conexión con otro, sí es fundamental. Si no hay eso, no hay tango.
Bueno, de hecho, es lo que caracteriza a esta danza por encima de otras: el entenderse mutuamente las intenciones. Y es lo que maravilla a los que no lo bailaron nunca, cuando lo ven. “¿Cómo se entienden?”, se preguntan. Varios comentaron en sus entrevistas que eso fue lo primero que les atrapó del tango.
Ahí está la gran diferencia con las otras danzas de pareja, incluso otras danzas de abrazo, ya sea de pareja abrazada o de las un poquito más alejadas, o sea de pareja enlazada. Porque en todas esas danzas los bailarines hacen pasos que combinan. Aunque haya cierto grado de improvisación, es una improvisación a partir de movimientos que ya se sabe que son combinables. En cambio, en el tango no pasa eso. Si son movimientos que combinan, ya no es tango. En el tango lo que ocurre es que los dos se convierten en uno solo, que cada uno piensa y siente con el cuerpo del otro, y se mueve con el cuerpo del otro. El abrazo, digamos, que es la manifestación exterior de todo esto, pero se podrían bajar los brazos y mantener la misma conexión.
Esa conexión es donde el tango se diferencia. Y es tan profunda que, de repente, yo siento que mi cuerpo en vez de terminar acá (abraza su propio cuerpo), termina acá (como si abrazara a otra persona), donde termina el cuerpo de la otra persona, donde termina la espalda de la otra persona. Y esa es una sensación que muy pocos han experimentado porque están con el sistema Paso al pedo.
(Risas).
Bueno, elegantemente se le dice paso injustificado.
Pero, en criollo, Paso al pedo.
Sí, en criollo. Igual, todo el mundo sabe que yo le digo así.
Así lo dejaremos, entonces.
No sé, te van a censurar la entrevista. Yo cuando hablo para el gran público, hablo de una manera un poco más elegante. Ahí me acuerdo que estudié filosofía (risas).
Es solamente la combinación de movimientos.
De secuencias y movimientos aprendidos. Entonces, si el otro responde algo inesperado, descoloca totalmente y se desaprovecha esa riqueza del tango que nace de dejarse sorprender con cada bailarín o bailarina.
Exactamente. Ahora, convertirse en uno solo con el otro, implica, entre otras cosas, tener una percepción diferente del espacio y del tiempo. Y de la música, porque si hablamos de espacio y de tiempo, hablamos de música. La percepción del espacio no es la misma si te sentís o si percibís tu cuerpo separado del otro que si lo percibís junto con el otro, siendo los dos, uno. La percepción del espacio cambia totalmente. Y la percepción del tiempo, también, porque es el tiempo necesario para recorrer un espacio. En definitiva, cambia la visión del mundo.
Y eso, ¿cómo se enseña o cómo se transmite?, lo que no necesariamente es lo mismo.
Bueno, eso es lo que yo trato de hacer. Lo que pasa es que no siempre los alumnos que vienen son principiantes. Es más, a veces me mienten, me dicen que son principiantes para que yo esté más contenta (se ríe tímidamente)… pero no, es gente que ya tomó clases.
Y vienen ya enviciados y tenés que limpiarles el disco duro, primero.
Exacto. Y hacer ese proceso de limpieza es bastante complicado. A veces es muy difícil, a veces, directamente, no se puede, a veces creés que estás a punto de lograrlo y, de repente, vuelven a los errores anteriores.
¡Ay, la repetición! Esa cosa del pasado, metida en el cuerpo, que insiste. Los psicoanalistas sabemos algo de eso…
No tengo alumnos principiantes, muy pocas veces, así que tengo que hacer el trabajo de limpieza, y cada vez tengo que empezar de nuevo. Y eso es una relación de ambas partes.
«La relación entre maestro y alumno, o un grupo de alumnos, es muy parecida a la relación de pareja de baile. Es decir, hay uno que lleva y otro que sigue, pero los dos tienen que estar a favor, los dos tienen que querer hacerlo. Los dos tienen que atenderse.»
Es un voto de confianza.
¡Totalmente!
Implica un voto de confianza porque es necesario que se “dejen llevar”, de alguna manera, para soltar lo aprendido, algo de dónde agarrarse, para dar un paso al vacío, al no saber.
¡Sí! Ese “de dónde agarrarse” es lo que se suele llamar la zona de confort. Y yo, como me enojo mucho, en lugar de zona de confort le llamo el salvavidas. “¡Dejá de agarrarte del salvavidas! Atrevete a ir más profundo”.
La relación entre maestro y alumno, o entre un maestro y un grupo de alumnos, es muy parecida a la relación de pareja de baile. Es decir, hay uno que lleva y otro que sigue, pero los dos tienen que estar a favor. O sea, los dos tienen que querer hacerlo. Los dos tienen que atenderse.
Tiene que ser mutuo el voto de confianza.
Y tienen que tener mucho coraje. Se necesita mucho coraje para dejar el esquema y atreverse a algo más verdadero.
En todos los órdenes de la vida.
Exactamente, en todos los órdenes de la vida.
Volvamos un poco a la historia. Cuando hacés el profesorado de folclore en la Escuela Nacional de Danzas, ¿ahí te formas en tango, también?
¡Nooo, ni hablar! No existía esa posibilidad. Vos decías tango y te decían: “Eso es de los bajos fondos”. No, yo el tango lo aprendí sola.
¿¡Sola?!
Sí. Yo, las cosas importantes de la vida las aprendí sola: hablar, caminar, leer y bailar.
¿Mirando? ¿Preguntando? ¿Escuchando?
Yo creo que lo que realmente aprendí de “tango” (con énfasis) fue, al principio, bailando sola.
¿Cuando tenías cuatro años o menos?
Menos, menos. Yo creo que esa fue la clave de todo. O sea, el poder escuchar una música que me gustaba. Pero, porque yo a la música la pensaba bailada. Cada uno tiene su propia manera de relacionar las cosas, ¿no? El que es pintor de alma, cualquier cosa que ve la piensa como una pintura, y el que es escultor, cualquier cosa que ve la piensa en forma de una escultura.
¿Y vos escuchabas la música con el movimiento?
Exactamente, con el movimiento. Con la sensación interna del movimiento, no con la forma visible.
No pensando la imagen que se da a ver, no para fuera, “pour la gallerie”, si no, más bien, con esas fuerzas como la sinergia, la cinética, el impulso y todo lo que pasa por dentro. Como una fuerza que te recorre, digamos.
Sí, exactamente, eso.
Y después de eso, como mis padres iban mucho a bailar -iban más que nada a los bailes de tarde del Club Español– me llevaban y, entonces, ahí, yo bailaba con los amigos de mi papá, con los atorrantes esos que te conté. Y yo pensaba -era chiquitita, pero ya pensaba cosas raras- “¿Por qué será que a estos señores que son mucho más altos que yo, les divierte bailar conmigo? Porque yo soy chiquitita, les quedo incómoda”. ¡Vos mirá las cosas que pensaba!
Sí, sí…
Hasta que descubrí por qué. Descubrí que las mujeres que bailan tango no son todas iguales. Hay diferentes tipos de mujer que bailan tango. Y yo era el tipo de mujer que tiene la condición natural de seguir, la condición de comprender al otro. A mí nadie me enseñó a seguir, y nadie me enseñó pasos, pero yo entendía el movimiento de ellos. Entonces, a ellos les quedaba cómodo bailar conmigo, aunque fuera chiquitita.
¿Es una condición de escucha, de lectura?
No, es una condición de conexión directa, es intuitiva. Yo no sentía que hubiera un proceso que me llevara a la comprensión de una situación, era espontáneo.
«Convertirse en uno solo con el otro, implica, entre otras cosas, tener una percepción diferente del espacio y del tiempo. Y de la música, porque si hablamos de espacio y de tiempo, hablamos de música. La percepción del espacio no es la misma si percibís tu cuerpo separado del otro que si lo percibís junto con el otro, siendo los dos, uno. La percepción del espacio cambia totalmente. Y la percepción del tiempo, también, porque es el tiempo necesario para recorrer un espacio. En definitiva, cambia la visión del mundo.»
¿Percibías la famosa intención?
Algo así, sí.
Simplemente sabías que iban para allá. O que querían hacer eso…
O que había un movimiento curvo y entonces aparecían lo que después yo supe que se llamaba ocho.
O sea que, en realidad, gracias a que nadie me enseñó, hice el proceso que yo digo que hay que hacer.
Fuiste autodidacta, digamos.
Totalmente.
Y como el aprendizaje te pasó por el cuerpo, intentás transmitir eso, esa exploración.
Eso me ayudó a comprenderlo. Igual, fue muchos años después que comprendí que había hecho ese proceso. Yo lo entendía como docente, tenía el pensamiento docente. Después me di cuenta que “¡Ah, pero caramba! Sí es lo que hice yo, es lo que me pasó a mí”.
Olga con el Maestro Osvaldo Pugliese.
¿Y cuándo llega a tu vida el bailar, no sé si profesionalmente, pero por lo menos más artísticamente? Es decir, ¿cuándo empezás a exhibir? ¿Qué te lleva a eso? ¿Cómo llegás a eso?
Mirá, siempre quise bailar, siempre quise tener grupos de baile y siempre pensé que el tango tenía que estar presente, que se tenía que poder aprender de una manera masiva y gratuita. O sea, que todo el que quisiera bailar tenía que poder ir a aprender. Así que, en un tiempo, como no me dejaban bailar, pero me dejaban hacer cursos, un día aparece en la UBA -yo estudiaba Filosofía en ese tiempo-, una especie de curso que después desembocaba en un ballet folclórico. Igual que lo que después conocí como el Profesorado de Folclore de la Escuela de Danzas, pero con menos materias. Por ejemplo, no tenía las materias pedagógicas porque no tenía orientación docente. No tenía música ni instrumentos autóctonos. Pero, las materias de folclore, lo que tenía que ver con el baile, era exactamente igual, con el mismo método espantoso, terrible, terrible. O sea, es de donde salió, después, el sistema Paso al pedo para el tango.
Bueno, la cuestión es que fui a ese curso y enseguida se armó el ballet. Y pasó que, un día, la dirección de Cultura de la Universidad, nos avisa que nos iba a mandar a un encuentro o festival en Chilecito, provincia de La Rioja. Creo que era un festival universitario. No sé qué era, pero nosotros íbamos en representación de la Universidad de Buenos Aires. O en representación de Buenos Aires. ¡Genial, qué lindo! Estaba el cuadro norteño, el cuadro sureño, el cuadro litoraleño… pero, yo les decía a mis profes, “No puede que no haya un cuadro de tango si vamos a representar a Buenos Aires”.
Según contaron otros entrevistados como Roberto Herrera o Natacha Poberaj que estudiaron con él, El Chúcaro les decía que el tango era el folclore de Buenos Aires.
Claro, pero vos sabes que los folcloristas y folclorólogos dicen que no, porque hay una serie de requisitos muy puntuales -creo que son doce- que tiene que cumplir un hecho cultural para ser considerado folclore, y el tango no los cumple porque es de autor y uno de los requisitos es que sea popular. El tango tuvo una etapa popular, pero el que circula ahora es de autor. Es más, son grandes músicos, grandes compositores. Entonces, no entra dentro del folclore.
Pero yo les decía eso a las profes y me decían: “¡¿Tango?! (con voz grave). Es de los bajos fondos, es cosa de cuchilleros”. Bueno, tanto hinché que logré que el director de Cultura nos recibiera y le propuse la idea, y aceptó. Obviamente, el cuadro de tango lo hice yo con varios de los chicos del ballet que quisieron participar -que eran como dieciséis o algo así-. Era una cosa muy de estudiantes, ¿no?, porque la única que lo tomaba en serio era yo, los demás lo disfrutaban inmensamente, más bien se divertían.
Pero vos, ¿sos más bailarina o más… no sé si decirte enseñante? A mí la palabra que se me ocurre es formadora, porque me da la sensación de que para vos enseñar es como hacer una obra de arte…
Sí.
…a la que le vas dando forma…
Sí.
…con lo que pone de sí, obviamente, el alumno.
Sí.
Y creo que con las coreografías te pasa, también, por ahí. Me imagino que las debés encarar de la misma manera.
Totalmente.
No, es “Ésta es tu coreografía”.
¡Nooo! Yo tengo mi grupo, les pongo coreografía, pero las hago nacer de ellos.
Así se trabaja en danza contemporánea, ¿no?
Sí, lo que pasa es que ahora la danza contemporánea también tiene el sistema Movimiento al pedo. La otra vez vi una improvisación en danza contemporánea, “Bueno, a ver, improvisen”, y los movimientos eran todos iguales, no había otra cosa. Así que hasta ahí llegó el sistema Paso al pedo o Movimiento al pedo. Pero, en el origen, claro, era lo que vos decís.
Olga con María Nieves Rego.
Y, entonces, volviendo a esa etapa de bailarina ¿la disfrutaste? ¿Era lo tuyo? ¿O te tiraba siempre más la formación?
No, no, era mi vida. Bailar era mi vida.
¿Bailar cualquier tipo de danza era tu vida o, específicamente, bailar tango era tu vida?
El tango me gustó siempre y también la danza me gustó siempre. No te puedo decir, siempre fueron caminos paralelos. Hasta el día de hoy, la danza sigue siendo importante para mí. Importante… ¡fundamental! La aplico cuando hago coreografías. Es decir, pongo por un lado el tango, y por otro lado, la danza.
¿Y cómo es que llegás a enseñar tango en el San Martín?
Bueno, el tema es que con esto del ballet folclórico, el espectáculo en Chilecito y todo eso, yo seguía diciendo: “¿Por qué no hay un lugar donde toda la gente pueda ir a aprender a bailar tango, si quieren?” Bueno, y ahí fue que vino la democracia y se abrió, o, mejor dicho, empezó a funcionar más el Centro Cultural San Martín. No había otros, los otros centros no existían. Un tiempo después, empezaron a crear los centros culturales en los barrios, los centros de jubilados, los centros culturales en las escuelas; y, claro, no había quién enseñara, así que iban a enseñar los que salían del curso del San Martín.
«Siempre quise bailar, siempre quise tener grupos de baile y siempre pensé que el tango se tenía que poder aprender de una manera masiva y gratuita. O sea, que todo el que quisiera bailar tenía que poder ir a aprender.»
Pero, entonces, fui a ver al director de danza del San Martín y le expuse mi idea de poner un taller de tango. Él ya me conocía. Yo ya trabajaba en escuelas, ya era profesora de la Escuela Nacional de Danzas, ya tenía una historia como profe y tenía una historia de haber hecho unas cuantas locuras como profe de la Escuela, que siempre me habían salido bien.
¿Haber explorado, inventado, probado, creado …?
Haberme revelado a una orden y que, de repente, a raíz de eso a la Escuela le llegase una felicitación del Ministerio de Educación. Por mi desobediencia. Y una felicitación del Ministerio del Interior. Y que, de repente, la Escuela pase a figurar en los anales de la UNESCO con un trabajo mío.
Él sabía de toda mi historia de locuras y de los reconocimientos que había ganado la Escuela con mis trabajos, y, además, yo había trabajado un tiempo con él cuando era el director del Instituto Contemporáneo de Danza y había puesto en orden el Instituto. Se lo había puesto en funcionamiento, así que estaba muy agradecido. Y me dice: “¿Vos estás loca? El tango no le interesa a nadie. ¡¿Quién va a venir?! No va a venir nadie. Además, el tango no se puede enseñar”. Y yo insistía, insistía, volvía otro día e insistía. Hasta que, un día, me dijo: “Está bien. Te lo voy a dar pero sólo porque sos vos y conozco tu trayectoria. Yo sé que todo lo que hacés lo hacés bien. Te voy a dar un mes de prueba y vas a ver que no va a venir nadie”. Y así fue que empezamos a enseñar en el San Martín, con Gustavo (Naveira).
¿Cuál fue la clave de aquello para que se llenara y funcionara?
Bueno, yo puse como condición: que fuera gratis. Pero creo que lo que desató el éxito -porque el primer día había cuatrocientos inscriptos, gente en lista de espera, hubo que cortarlo a los tres meses y empezar otra vez con otro grupo de gente que había quedado afuera, una cosa impresionante-, lo que influyó mucho, fue el estado de ánimo de la sociedad en general. Era la euforia de la democracia.
Era esa euforia de recuperar lo propio, la música, la danza, entre otras cosas. Claro, era como recuperar la alegría, la alegría de ser uno mismo, de ser argentino o de ser porteño, una cosa así. Fue impresionante.
Y ¿en algún momento tuviste algún maestro de tango?
Yo no tuve maestros. Yo estudié mucho de otras danzas, pero de tango, nunca.
Y de otras danzas ¿tuviste algún maestro o maestra que te haya marcado?
Sí, una persona que yo considero que fue maravillosa: Luisa Pericet (Reconocida profesora de Danza Bolera española, antecente del flamenco). Una cosa increíble de persona. Petisita, chiquitita, con cara de enojada. Ella daba la clase, enseñaba, ponía las coreografías, tocaba la guitarra, cantaba, puteaba, fumaba y zapateaba, todo al mismo tiempo, y era una pulguita. Impresionante. Impresionante. Y para mí fue una maestra maravillosa.
Bueno, después de clásico tuve muchos maestros, de contemporáneo, algunos. Llegué a hacer un seminario con Renate Schottelius (bailarina, coreógrafa y maestra, una de las pioneras de la danza moderna en Argentina). Y bueno, de folclore tuve un millón de maestros.
Y cuando se interrumpe aquella emblemática pareja con Gustavo, ¿por qué no volviste a armar otra pareja, al margen de alguna presentación circunstancial? Sobre todo, siendo la danza y el tango tan importantes para vos.
Bailé algunas veces con mi hijo. Fue con el que más bailé. Alguna vez bailé con mi hija, pero ya siendo grande -no hace mucho, hace unos diez años-. Pero no, no quise volver a formar pareja. Y mucho menos poner a alguien al lado mío a enseñar.
Ahí te pasaste, definitivamente, detrás del escenario.
Bailé una vez en una presentación de un disco de Ariel Ardit. Circunstancialmente. Bailé hace diez días en un evento. Pero no, no quise volver a formar pareja de baile. Ni de vida, tampoco.
¿Y qué opinás de la enseñanza actual del tango social? Pareciera que se enseña hasta un límite, y si alguien quiere profundizar más, eso se reserva para los bailarines profesionales. O quizás son los bailarines de tango social los que no quieren profundizar, que les alcanza con un poco para salir a milonguear y ya está.
Un poco de todo eso, pero yo creo que es un error muy grave encararlo así, o sea, dividir de esa manera. Yo creo que el tango popular -o social, o tradicional- hay que enseñarlo en profundidad y lo tiene que enseñar un docente.
La cuestión técnica para mí es otro gravísimo error, porque se habla de técnica como algo totalmente exterior y superficial. Cosas del tipo “poné el pie así” o “estirá la pierna de tal manera”, cuando, en realidad, si se pusieron a pensar un poco, la técnica debería ser una consecuencia y no un objetivo ni un método. Porque eso que hablamos de la relación de dos, del diálogo, aparece en otros aspectos del baile, además de las dos personas que bailan.
Aparece, por ejemplo, en el uso de las piernas. Se habla tanto que hay que cerrar las piernas, pero al final nadie sabe qué quiere decir cerrar las piernas. Se trata, simplemente, de poner las piernas en una relación de diálogo. Si vos ponés las piernas en una relación equivalente a la de una pareja de baile, donde antes de empezar a bailar se miran, se acercan, se envuelven, se abrazan y después hacen lo que tengan que hacer, la técnica apareció sola, pero nació desde la esencia. Entonces, de repente, encontrás un lenguaje de las piernas absolutamente coherente, que te da equilibrio, te da la elegancia, te da el cerrar las piernas, y de paso te pone en funcionamiento todo el cuerpo porque todas las articulaciones empezaron a moverse.
O sea, ni siquiera enseñar la técnica como facilitador para poder expresar mejor lo que sentís.
¡Nooo!, no, es al revés, es totalmente al revés.
Cuando hacés este camino, que es también un camino de mayéutica, de repente te encontrás con que la persona está bien parada, que tiene un lenguaje de las piernas que expresa tango, que tiene movimientos elegantes, que no tiene los pies torcidos nunca. Porque, además, estableciste una relación determinada con el piso, que es una relación de articulación. Y todo eso sin hacer ningún palabrerío y sin someter a la persona a veinte millones de ejercicios durante seis meses, vino sola (la técnica). La cuestión técnica suele estar muy mal encarada, si lo tomaran así, evitarían una serie de errores que se van acumulando.
«Se fomenta la incoherencia. O sea, si la música en un momento te da una sensación de final es porque algo terminó. Y si termina un pedazo de música, tenés que dar por terminado un pedazo de baile. Así de simple. Y lo que se está haciendo con la enseñanza, generalmente, es lo contrario. “Repetí el paso”. “Repetí la secuencia”. Es terrorífico. Pero, como te decía antes con el salvavidas, es lo que a la gente la engancha. O sea, no tener que pensar, que profundizar dentro de uno mismo. La solución fácil.»
Y después, cosas como escuchar la música. Hay una metodología que, obviamente, un músico jamás la podría entender y mucho menos, enseñarla. Hay cuestiones que generalmente se encaran desde lo superficial, cuando deberían encararse desde lo profundo hasta llegar a lo visible.
Y eso en el tango popular. Ahora, para bailar tango coreográfico, primero hay que distinguir que una cosa es coreográfico, otra cosa es escénico, otra es el estilo campeonato y otra es el estilo exhibición -que ahora parecen todos lo mismo. “¿Cómo se llamará esta pareja? Es igual a la pareja que vi recién”-. Pero eso tiene que tener como fundamento al tango popular. Primero hay que comprenderlo, porque si no estás haciendo alguna otra cosa que no es tango, que quizás tiene algún movimiento y música de tango, pero no es tango.
¿Qué es tango?
La relación con. Si sólo es una sucesión de pasos, sean acrobáticos o no, no es tango, hay que ponerle otro nombre. Quizás puede ser alguna forma de la danza, pero tango, no. O quizás pueda ser alguna forma de gimnasia artística, no sé, pero tango, no. Para llamarse tango tiene que tener el fundamento. Después puede llegar a tener toda la imagen coreográfica en cualquier estilo que a uno le guste. Pero primero tiene que estar el fundamento.
Que es ese diálogo con el otro o entre dos, con la música y con el piso.
Exactamente. O sea, yo no soy de los que dicen que para hacer tango tenés que hacer equis cantidad de figuras tradicionales. No, para que sea tango tenés que mostrar la conexión profunda. No me importa si hacés el ocho o lo que sea…
Y cuando se dice que este bailarín, o esta bailarina, o esta pareja tiene tango, ¿qué le ven?
Generalmente eso se dice cuando la persona o la pareja expresa algo más que la forma. O sea, cuando te hace sentir algo. Y, bueno, sí, es eso.
Como cuando te explicaban los viejos qué es la cadencia. ¡Qué sé yo! Hay tantos errores cuando se habla de cadencia. Porque una cosa es la cadencia en música que tiene determinadas especificaciones, todas muy exactas, qué sé yo. Otra cosa es la cadencia en danza, que también hay varias definiciones -todas bastante ambiguas, por suerte-, pero todas tienen en común que hablan de la relación con la música. Pero la cadencia en tango es otra cosa. O sea, ya tenemos dos puntos de vista, y el del tango es otro. Antes cuando le preguntabas a los viejos qué es la cadencia, porque todo el mundo hablaba de la cadencia, pero nadie sabía qué era, los viejos te decían: “Esheee… esheee… ¡¿viste?!” Y si lograbas que te explicaran un poquito más, te decían “El sabor, ¿viste?”. Y realmente es eso. Ahora, técnicamente se puede explicar, también. Pero, como en todo proceso de aprendizaje y enseñanza, la explicación tiene que ser al final del recorrido.
Primero hay que experimentarlo y encontrarlo.
Claro, primero tenés que vivirlo. Yo tengo un método para eso, pero en definitiva la cadencia sería la danza y la música bailando en el interior del movimiento.
«…la técnica debería ser una consecuencia y no un objetivo ni un método. …Si vos ponés las piernas en una relación equivalente a la de una pareja de baile que antes de empezar a bailar se miran, se acercan, se envuelven, se abrazan y después hacen lo que tengan que hacer, la técnica apareció sola, pero nació desde la esencia… de repente, encontrás un lenguaje de las piernas absolutamente coherente que te da equilibrio, elegancia, cerrar las piernas, y te pone en funcionamiento todo el cuerpo porque todas las articulaciones empezaron a moverse.»
Si tener tango significa expresar algo más que el movimiento, hacer sentir algo, se me ocurre una pregunta. ¿Hay una necesidad de argentinidad para poder bailar tango? No porque tengas que nacer acá, pero ¿hay que comprender algo de la argentinidad para poder bailar tango, vivenciarlo? No sé si comprenderlo es la palabra, porque no es intelectual.
Y yo creo que algo más hay que comprender. No hace falta conocer a la perfección el idioma, por ejemplo, o la historia, pero sí hay que comprender algo, algo más.
¿La manera de relacionarnos, por ejemplo?
Sí, puede ser, porque siempre estamos hablando de que en el fundamento está “la relación con”. Con el otro o con lo otro. Y de alguna manera hay un contenido afectivo. El contenido afectivo puede tener diferentes formas, pero de alguna manera hay un sentimiento de que el otro, o lo otro, te importa. Hay culturas que no tienen ese sentimiento, nosotros decimos que son fríos.
Por ejemplo, para nosotros tocarnos, abrazarnos, incluso en la calle, es algo espontáneo.
Claro, claro, y para otras culturas, no.
¿Y vos desde dónde interpretás, cuando bailás tango, desde la música, la letra o de los recuerdos que ese tango te trae, o todo junto?
Todo junto y, fundamentalmente, desde lo que me transmite la persona que baila conmigo, en cualquiera de los roles. Creo que es así. Si la persona no me transmite algo profundo, no lo puedo disfrutar. Cumplo y punto. Y si estoy llevando, a veces me pasa bailar con alguna alumna y generalmente me trasmiten algo, aunque sea miedo a hacer algo mal, pero trasmiten. Entonces, el baile es según el contenido de eso que se trasmite. Obviamente, además, la música, el entorno…
¿Cuáles son los momentos de toda tu trayectoria que rescatarías? No sé, ¿qué dos o tres momentos señalarías como fundamentales de tu vida? O que te han emocionado muchísimo, o que te marcaron como un antes y un después. Artísticamente hablando.
El del grupo coreográfico, el de Chilecito.
¿Qué fue? ¿La satisfacción?
Sí, fue el placer, una aventura, una aventura estudiantil, porque, qué sé yo, éramos todos estudiantes.
¡Y que fue tu obra!
Fue mi obra y una obra larga, ¿eh? Larga. Con cambios de ropa, con vestuario, con cosas de sonido que, bueno, no había tecnología casi, entonces había que rebuscársela como uno pudiera. Y un éxito total.
Después, otro momento fue la creación del curso del San Martín. Siempre hablando de tango. Hubo otros momentos, pero no de tango. Bailar con mi hijo. Muchas veces bailé con mi hijo. Bailar con mi hija…
¿Es toda la historia que fluye por ellos?
Sí, ellos son las pruebas del método. Son un poco diferentes de otros bailarines, pero son diferentes porque hicieron un proceso totalmente opuesto al que hicieron todos los demás.
Y después, cosas con distintos ballets que tuve, que muchas fueron muy significativas, muy emocionantes.
Olga con sus hijos. De izq. a der.: Federico Naveira, Olga y Ariadna Naveira.
¿Y cómo ves el tango? No solamente como lo ves en las milongas, sino ¿cómo lo ves en la Argentina? ¿Qué lugar ocupa el tango en la Argentina? ¿Es el lugar que a vos te gustaría o querrías que tuviera otro lugar?
La cuestión no es tanto el lugar que ocupa, sino el enfoque que se le da. Si se sigue pensando el tango como algo exterior, superficial, enseñando pasos, estamos mal porque es lamentable.
¿Eso se va a llevar puesto al tango?
Totalmente. Si vos mirás en una pista de baile, todo es paso al pedo fuera de música. Y más, muchas veces se les enseña cómo no estar en la música, o sea, cómo cerrar la percepción para no entender cosas intuitivas de la música. Se fomenta la incoherencia. O sea, si la música en un momento te da una sensación de final es porque algo terminó. Y si termina un pedazo de música, tenés que dar por terminado un pedazo de baile. Así de simple. Y lo que se está haciendo con la enseñanza, generalmente, es lo contrario. “Repetí el paso”. “Repetí la secuencia”. Es terrorífico. Pero, como te decía antes con el salvavidas, es lo que a la gente la engancha. O sea, no tener que pensar, que profundizar dentro de uno mismo. La solución fácil.
Quizás habría que plantear la cuestión ética. En realidad, les importa un carajo si eso es la verdad o no es la verdad de un hecho cultural. Queda como una repetición.
Como un decorado.
Como un decorado… Exactamente, como un hecho superficial claro.
Estamos en el horno.
¡Sí!
Porque la época también es contraria a todo lo que sea pausa, detenimiento, tiempo. Porque imagino que esa forma de aprender requiere un tiempo para asentar, sentir en el cuerpo, ver qué me pasa, arriesgarme, correr el riesgo de no verme bien, de no saber.
Y sí, todo es un riesgo. El que no es valiente no puede.
¿Y qué diferencia, produce seguir ese otro camino, explorar, sacar el baile no desde la secuencia sino desde el explorar?
La diferencia en los resultados es abismal. Abismal. Y se llegan a dar cuenta en poco tiempo.
¿Cuáles serían los resultados?
Un baile verdadero, natural, donde todo es posible, donde lo que no te sale hoy, te puede salir otro día. Donde no se sufre por no saber o no poder. Pero, igual, el fantasma del esquema siempre está ahí. Siempre está el canto de las sirenas. A veces porque está esa tendencia dentro de uno mismo, otras veces porque viene otro y te dice: “Hacelo así que es más fácil”.
Para dejar de sufrir con el proceso de aprendizaje.
Hay que aprender que lo que importa es el proceso y aprender a disfrutarlo…
Que lo valioso no es la meta, que en el proceso hay un disfrute posible.
Exactamente.
¿Querés decir algo más, Olga?
Gracias, señora psicoanalista. ¡Qué lindo!
Gracias a vos, Olga. Y sí, ¡qué linda entrevista!
Escuchar a Olga me trajo a la memoria los ecos de un viejo libro de la adolescencia, “Por qué será -se preguntó perplejo Juan- que no hay nada más difícil en el mundo que convencer a un pájaro de que es libre, y de que lo puede probar por sí mismo si sólo se pasara un rato practicando? ¿Por qué será tan difícil?”.
¿Cómo soltar lo que parece que te salva? ¿Cómo hacer sin la dirección de esa voz de mando que se arroga la verdad, aunque lo que se produzca sea aturdimiento? ¿Con qué se hace cuando no se sabe?
En el camino de la mayéutica, el maestro guía con sus preguntas. Busca crear las condiciones para que se le manifieste una pregunta propia al discípulo, esa que puede servirle de brújula. Entonces la práctica ya no será ni castigo ni yugo, será, simplemente, inevitable. Interpelado por esa pregunta fundante, el aprendiz ya no puede hacer otra cosa que emprender la búsqueda de sí en lo que hace.
Así resulta que la trasmisión de un saber hacer puede devenir una experiencia amorosa, en tanto el que guía busca “mover-con” su afecto al alumno, que se deje afectar por la experiencia, hasta que encuentre el viento que impulse sus alas. Y entonces ocurre el milagro que con sólo dejarse llevar alcanza, porque el viento empuja de atrás y orienta el rumbo. La meta ya no hace falta, porque el destino es el infinito.
¡Vuela alto Olga Besio, vuela alto maestra, vuela alto como lo hacías en la pista!
Con 50 anni di professione, Roberto Herrera è oggi uno dei ballerini, maestri e coreografi di tango e folklore argentino con la maggiore esperienza. È stato primo ballerino e assistente coreografico, insieme a Titina Di Salvo, del Balletto Folklorico Nazionale Argentino ai suoi inizi, sotto la direzione di Santiago Ayala «El Chúcaro» e Norma Viola. Arriva al tango per mano di grandi maestri come Carlos Rivarola, Antonio Todaro, Juan Carlos Copes, Gloria e Rodolfo «Cacho» Dinzel, Gustavo Naveira e Olga Besio, Carlos e Inés Borquez e Pepito Avellaneda, tra gli altri. Ha formato importanti coppie di tango con grandi ballerine: tra queste spicca la sua tappa con Vanina Bilous, con cui formarono la coppia solista della Gran Orquesta del Maestro Osvaldo Pugliese, e in seguito effettuarono diverse tournée internazionali con le orchestre di Leopoldo Federico, Julián Plaza e Beba Pugliese. Con quest’ultima è stato anche in tournée con Natacha Poberaj. Vale la pena di ricordare il suo periodo in «Tango Argentino» ballando prima con Carolina Iotti e, in un’altra stagione, con Lorena Yacono. Anni dopo si è unito a «Tango Pasión» con il Sexteto Mayor. Si è esibito in quasi tutte le case di tango più conosciute, a partire dallo spettacolo di Gloria ed Eduardo Arquimbau al Michelangelo, fino a condividere il palco con Abel Córdoba, Adrián Guida, Roberto Goyeneche, María Graña e Adriana Varela tra gli altri famosi artisti della scena del tango di Buenos Aires. Dal 2005 ha una sua compagnia e dal 2000 insegna tango, oggi in compagnia della sua compagna di vita e di tango, Ani Andreani, con la quale organizza anche una milonga a Monaco di Baviera. In questa intervista Roberto ci parla non solo della sua carriera, ma anche di molti grandi del tango e del folklore con cui ha avuto l’opportunità di lavorare.
Roberto Herrera al Pucara de Tilcara, Jujuy, Argentina.
Perché ha iniziato a ballare? Perché la sua famiglia lo faceva, perché le piaceva?
Sono rimasto affascinato dalla danza, dal folklore in particolare, durante le colonie estive che si organizzavano all’epoca per i bambini di tutto il Paese – molte erano a Córdoba -, in cui si trascorreva una settimana svolgendo diverse attività , e c’era una notte dei falò chiamata «La notte dei talenti» in cui ogni delegazione doveva presentare un lavoro artistico. Noi, quelli di Jujuy, abbiamo presentato una zamba. Io suonavo il bombo (una specie di grancassa, n.d.t.). Da quel momento ho iniziato a suonare il bombo, fino ad allora non avevo neanche idea di cosa fosse. In quelle colonie vidi un ragazzo di Corrientes che attirò molto la mia attenzione perché era un Gardelito (un ragazzo vestito in modo da imitare Carlos Gardel, n.d.t.). Con i capelli pettinati con la brillantina, in abito nero con fiori ricamati, speroni: quel Gardel che si presentava in Francia vestito da gaucho. Guarda come me lo ricordo ancora! E questo ragazzo ballò un malambo in modo splendido, molto elegante, molto professionale: mi piaceva molto. Avevo circa 8 anni. Poi, quando tornai a Jujuy, mia madre mi disse che avrebbero portato mio fratello Tani (Estanislao Herrera) in un’accademia di danza – lui aveva solo 3 anni. “Ah, ma voglio andarci pure io!”, “Ma lui ci va la mattina, tu sei a scuola a quell’ora.” Il giorno dopo mi ammalai.
Convenientemente… (ride)
Accompagnai mio fratello e la maestra mi vide con così tanta voglia di ballare che mi fece ballare con loro – ero smanioso come un gatto, ricordo – e, da allora, non ho più smesso. È stata la mia prima insegnante e lo è tuttora. María del Carmen Calneggia, per noi Monis. Una persona con una grande passione per la danza. Insegnava tutto: classico, danze spagnole, folklore, folklore latinoamericano! Era una cosa straordinaria che lei lo insegnasse. E la cosa più importante è che lei quello che non sapeva lo andava a imparare, o portava dei colleghi per insegnarlo. Era un fenomeno. Le sono molto grato perché mi ha trasmesso tutto questo fervore, tutta questa passione. È stata la prima a parlarmi del Maestro.
Di El Chúcaro?
A quel tempo quando qualcuno diceva «Maestro» sapevi che stava parlando di El Chúcaro, non c’erano altri maestri, c’erano gli insegnanti: l’insegnante di musica, l’insegnante di danza. Poi questo termine è stato applicato al tango: il maestro Antonio Todaro, il maestro Pepito Avellaneda, il maestro Pugliese. Ricordo che quando chiamavo Osvaldo Maestro, lui rispondeva: “Maestro io? Maestro ciruela!” Conoscete il detto? “Maestro ciruela (prugna, n.d.t.), quello che vuole insegnare ma non ha una scuola.” “No, no, non sono un maestro,” diceva. Un fenomeno, Osvaldo. O quando dicevo Maestro a Colangelo, lui diceva: “No, non maestro, professore. Perché i maestri vengono pagati poco e io vengo pagato molto.” (ride). Un altro fenomeno Pepe. Sono stato molto fortunato a lavorare con tutte queste persone.
A proposito di questa fortuna, come è arrivato a El Chúcaro, come è diventato suo assistente alla regia e primo ballerino del suo balletto insieme a Titina de Salvo?
Siamo stati entrambi i primi ballerini del Ballet Popular Argentino, cioè il balletto privato di El Chúcaro, prima del Balletto Nazionale.
Sono andato a Buenos Aires nel 1986, dopo aver fatto il servizio militare. Sono stato un buon soldato per uscire in fretta, perché il congedo era per il giuramento di fedeltà alla bandiera. Non ho avuto difficoltà perché la disciplina è sempre stata mia amica. Ma successe che uscivamo dalle Malvinas e allora fu il contrario: “i migliori soldati devono restare perché noi torneremo alle Malvinas,” questo fu ciò che ci dissero – e io dovetti fare un anno e mezzo di servizio militare.
Quando uscii da lì, non sapevo cosa fare. Sapevo di voler continuare a ballare, ma non sapevo come fare. E un mio amico, un ottimo amico, Luis Villegas, mi disse: “Scrivi a El Chúcaro per un’audizione.” “Ma cosa gli scrivo a fare! Figurati se mi presta attenzione! E poi non ho un indirizzo o altro.” Il giorno dopo il mio amico si presentò con l’indirizzo. “Ma cosa gli scrivo?” “Scrivigli con il cuore.” Gli ho detto che ballavo, che ero un suo fan, blah, blah, blah… Passarono due mesi e arrivò la risposta! Mi disse che se prima o poi fossi andato a Buenos Aires, avrebbe potuto farmi un’audizione, senza alcun impegno. E questa è stata la motivazione, è stato allora che ho iniziato a prepararmi e a raccogliere fondi per potermi mantenere, almeno per un po’, perché ero sicuro che sarei stato ammesso. Io partivo per restare! Sarei rimasto, avevo questa convinzione. Così sono andato prima a Córdoba dove ho fatto alcuni spettacoli che mi hanno permesso di guadagnare un po’ di soldi.
A che età era già un professionista?
Sono un professionista da quando avevo 11 anni. Quest’anno, nel 2024, compirò i cinquant’anni di professione. Ho ricevuto il mio primo stipendio zapateando per La Peña de los hermanos Caballero, che era molto famosa a Jujuy.
Cinquant’anni di professione!
E anche d’insegnamento, perché alla stessa età ho iniziato a insegnare ai bambini più piccoli, quelli di 3, 4, 5 anni nell’accademia della mia insegnante.
E come arriva a El Chúcaro?
Dopo essere passato per Córdoba, sono arrivato a Buenos Aires e ho chiamato il Maestro per fare l’esame. Mi convoca tre giorni dopo. Mi chiede di fare il repique, uno zapateo che mi ha mostrato, poi alcune altre cose, di mostrargli qualche piroetta, e mi dice. “Va bene, ma sarò onesto con te: sei un po’ vecchio – avevo 20 anni – sei venuto un po’ tardi. Ho ballerini che iniziano con me a 14, 15 anni, e ti mancano molte cose che dovresti imparare. Cosa hai intenzione di fare? Te lo dico perché facciamo un corso con Norma Viola, e se vuoi venire, penso che ti farebbe bene.” Niente a che vedere con quello che mi aspettavo mi dicesse, ero sicuro che sarei entrato nel Balletto. Non è stato così (ride).
Poi ho contato i soldi che mi erano rimasti: mi bastavano per quattro giorni. Ho provato a cercare un lavoro tramite alcuni conoscenti di mio padre, ma non mi hanno prestato attenzione, così il terzo giorno ho chiamato di nuovo il Maestro per salutarlo, al che mi ha chiesto di andare a trovarlo e mi ha proposto di vivere a casa sua – “Questa casa è molto grande…” ha detto. “Ti darò da mangiare e tutto ciò di cui hai bisogno, finché non ti sarai sistemato. Ma non vivrai al piano di sopra! Dovrai aiutare il resto con le pulizie; ho quattro cani, devi dar loro da mangiare, devi tagliare l’erba…” Saltavo su e giù su una gamba sola. Ricordo che il giorno dopo mi svegliai e mi sentii così felice! Ricordo che il sole entrava dalla finestra, che era aperta perché faceva caldo, gli uccelli cantavano e c’era un albero di alloro proprio accanto alla finestra che praticamente entrava nella stanza. È stato uno dei giorni più felici della mia vita, perché mi ero preparato per essere parte di quel balletto da molto tempo, non so quanto tempo…
Da quando Maria del Carmen, la sua insegnante, ha iniziato a parlarle del Maestro, forse…
Esattamente…
…da quando lei le trasmise il suo sogno.
Sì, proprio così! E la mamma ci ha messo del suo per alimentarlo, perché leggeva una rivista chiamata Folklore, in cui c’erano sempre articoli di Chúcaro e Norma che io avevo divorato per potermi preparare come ballerino. Era il mio sogno. Quindi essere nella casa del Maestro era una cosa incredibile, pensavo di star vivendo un sogno. Immaginate di essere l’incaricato di rispondere al telefono, di prendere i messaggi e all’improvviso chiamavano e…: “Pronto, sì?” “Pronto, sono Mercedes Sosa,” per esempio. Oppure “Pronto, sono Horacio Guaranì.” Volevo morire. Per me era un mondo di fantasia. Erano persone che guardavo in televisione e ammiravo.
«…se non fosse stato per la generosità del Maestro Santiago Ayala e di Norma Viola, non avrei potuto essere a Buenos Aires per sviluppare una carriera. E se non fossi stato richiamato da loro non avrei fatto nulla di quello che ho fatto finora nella mia carriera, la mia vita non sarebbe cambiata così tanto come è cambiata dall’86 a oggi.»
Inoltre, sono stato molto fortunato perché a quel tempo viveva nella casa del Chúcaro anche Jorge Corrales. Lo chiamavamo Chupete. Era stato un primo ballerino – un grande primo ballerino – nella compagnia privata – e il Maestro gli disse di venire ad insegnarmi alcune cose. Jorge, con cui andavo molto d’accordo, mi dava lezioni, ma specifiche per partecipare al balletto. E, di tanto in tanto, Chúcaro veniva, mi guardava e diceva “Continua, continua,” e andava via.
E c’è stato qualcosa che le ha detto per cui lei possa dire “mi ha aperto la testa” con quelle parole?
Lui era molto aggiornato su tutto, non viveva in una nuvola di antichità o di glorie passate, per niente. Era sempre attento al presente e aveva anche una visione molto chiara del futuro. In questo senso, mi aprì la testa quando mi disse: “Guarda, Roberto: c’è stato un tempo in cui l’Argentina esportava gauchos…” Stiamo parlando di artisti come El Diablito, lo stesso Chúcaro, Juan Saavedra, Figueroa, un gruppo di ballerini straordinari, che ancora oggi ammiro perché hanno fatto cose che oggi i giovani non possono fare. “Ma ora…,” proseguì, “quello che sta arrivando è il tango. E nella compagnia abbiamo il tango. Tu non devi considerarti un gaucho, devi considerarti un ballerino. E se sei un ballerino devi ballare molto bene il folklore e il tango. E questo mi ha spinto a prendere lezioni di tango.
Roberto Herrera con Ani Andreani.
Con chi ha iniziato?
Con Rivarola.
Era al tempo del Balletto Nazionale?
No, prima. Il Ballet Folclórico Nacional (Balletto Folklorico Nazionale) non è iniziato prima del 1990 e il Maestro me lo disse appena mi trasferii a casa sua, nell’aprile del 1986. Solo tre giorni dopo il mio arrivo a casa sua, il Maestro organizzò un asado e invitò Carlos Rivarola, che aveva appena lasciato Tango Argentino. A quel pranzo venne anche Cacho Ristro, che era quello che faceva la musica per le pubblicità dei furgoni pick up della Ford. Ricorda quelle pubblicità? Quella in cui lanciavano il furgone da un aereo o correvano insieme ai cavalli? È lì che ho conosciuto Norma e Nidia Viola. E lì ho scoperto che Carlitos Rivarola, prima di ballare con María, aveva ballato con Nidia a Taconeando. Poi Carlos mi spiegò che avrebbe tenuto dei corsi nell’accademia del maestro il sabato. Così ho iniziato subito.
E in seguito, una delle ragazze che veniva da Rosario per frequentare quelle lezioni il sabato pomeriggio mi disse che, il sabato mattina, alla Escuela Nacional de Danza, era da poco iniziato un corso con due professori di nome Olga Besio e Gustavo Naveira.
Ah, bene! Alcuni «professori»(alludendo sarcasticamente alla differenza tra professori e insegnanti).
Sì! (ride) Non avevo idea di chi fossero, ma accettai e presi lezioni con loro ogni sabato dalle 9 alle 12, per circa tre mesi. Ma, a quel tempo (1986), insegnavano il metodo Copes. Infatti, in seguito Copes tenne alcune lezioni nell’accademia del Maestro, con lo stesso metodo. Al punto che io, che non sapevo nulla, pensavo che quello fosse tango, che non ci fosse altro. Col tempo, quando ho iniziato a frequentare la milonga, ho scoperto che le differenze erano enormi! E lo dico con tutta la mia ammirazione. Il maestro Copes aveva dovuto strutturare qualcosa che non aveva molta struttura con elementi utili per il palcoscenico.
Poi ho preso lezioni con Dinzel. Ho imparato molto con Cacho Dinzel. E con Gloria. Non veniva spesso lei, ma le due o tre cose che lei diceva, le volte che appariva, erano come la bibbia. E non mi ha fatto pagare, quindi le sono molto grato.
E, facendo un salto indietro nel tempo, com’è stato dire a El Chúcaro che lasciava il Balletto Nazionale dopo aver vissuto con lui e dopo che le aveva dato tante opportunità?
In realtà, me ne ero già andato prima, nel Settembre 1986, perché non riuscivo a sopportare tanta pressione. Soprattutto da parte di Norma, che era molto dura con me. Con il tempo l’ho capita. In qualche modo, avevano riposto tutte le loro speranze in me perché non avevano un primo ballerino, e mi hanno saturato di tante informazioni. Andai in confusione e tornai a Jujuy, lasciando una lettera al Maestro, scusandomi mille volte, ma spiegandogli che non potevo più continuare. Un anno dopo mi chiamò e mi chiese: “Come va? Va meglio, hai assimilato le tue conoscenze?” Naturalmente, avevo solo bisogno di tempo per elaborare tutta quell’enormità di informazioni. “Perché devo fare il Martín Fierro – mi disse – e pensando a chi potesse farlo, ci guardammo con Norma e dicemmo entrambi all’unisono: Roberto Herrera». In precedenza, l’aveva fatto Omar Ocampo, ma stava già lavorando molto con il tango. E così sono tornato. E Norma cambiò totalmente con me. Con il tempo, mi spiegò che sapeva di essere molto esigente, a volte dura, ma che la vita era dura e ancora più dura per i ballerini folkloristici, e questo era il suo modo di prepararli. Per lei, il ballerino folkloristico “doveva avere sangue, e se non sopportava una certa pressione, non avrebbe brillato sul palco.”
Roberto Herrera, Malambo de boleadoras.
Quindi, lei è diventato il primo ballerino del Balletto Popolare. E come è passato da primo ballerino ad assistente nel Balletto Nazionale?
Quando iniziò il Balletto Nazionale, il Maestro mi disse: “Guarda, Roberto, ho bisogno di te come primo ballerino e come assistente, perché saremo sedici coppie più tre coppie di riserva.” Nel Balletto Popolare eravamo al massimo otto coppie. Sentii una responsabilità enorme perché questo significava che avrei dovuto rivedere la coreografie da otto a sedici persone e da sedici a trentadue, e fino ad allora non ero un assistente, ero il primo ballerino ma non contavo niente, andavo dove mi veniva detto e facevo la mia parte, quelli che dirigevano erano Norma e il Maestro. “Beh, Titina (Titina di Salvo) sarà presente per la parte delle ragazze,” mi disse.
Ballava con lei fin dal Balletto Popolare?
Esatto, è stata la prima ballerina. Ma sentivo la responsabilità di essere lì, in prima linea, perché già allora c’erano molti che davano il loro parere, ognuno con il proprio libriccino, molti che facevano i maestrini. E c’erano molti che venivano dal Balletto Popolare, perché avevano superato il casting. “Bene, Maestro, ma io voglio impostare una certa disciplina.” “Tu fai, Roberto, tu fai.” Così alla prima prova che abbiamo fatto, appena hanno cominciato a dire: “Ah, ma quando eravamo nel balletto lo facevamo…” ho risposto loro: “Da ora in poi faremo così: voi fate la versione che dico io. Tutte le altre versioni sono finite.” E io dovevo andare sul duro, perché, inoltre, mancavano due mesi al debutto del 9 Luglio al Teatro Colón, trasmesso dall’ATC (canale televisivo) in tutto il Paese. Naturalmente molti mi odiavano, ma dovevo ricoprire un ruolo e non potevo avere amici. In realtà, i miei amici erano – e sono tuttora – quelli che hanno capito qual era il mio ruolo. Faccia da cane durante le prove e grandi amici fuori dalle prove, ci facevamo una birra e non c’erano problemi. E questi sono Fabián Irusquibelar, che è ancora un mio grande amico, e anche Jesús Velázquez.
Tuttavia, intervistando diversi di loro e alcuni di quelli che sono arrivati dopo che lei ha lasciato il Ballet, tutti sottolineano questa “disciplina”. “Ci hanno insegnato a essere professionisti”, dicono quando si chiede loro del Balletto Nazionale.
E vi avranno detto che, nel giro di una settimana, non riuscivano nemmeno a camminare, perché non avevano l’allenamento fisico per provare per così tante ore. Ma i ragazzi hanno risposto molto bene, hanno saputo gestire tutto questo. E dopo il debutto del 9 Luglio è arrivato un anno di lavoro molto duro per esibirsi a Cosquín, perché dovevamo fare uno spettacolo a sera. Inoltre, quell’anno non c’erano otto, ma nove lune. È stato tutto un percorso completo, molto importante. Ma a quel punto è iniziata la rottura.
La tua uscita?
Certo, mi spiego. Un giorno a Cosquín, dopo le prove, un uomo si avvicinò e mi disse: “Salve Herrera. Mi congratulo con lei per il Balletto Nazionale.” “Non con me, ma con il Maestro Chúcaro, Norma e Nidia.” “Sì, El Chúcaro è il massimo riferimento, ma siete voi a far sì che i ballerini siano lì a ballare e abbiano la disciplina che hanno. E loro hanno il tuo stile. “No, no. Lo stile è quello di El Chúcaro. Io non faccio altro che trasmettere.” Ero orgoglioso di ballare lo stile di El Chúcaro. E così è rimasto. Ma poi Norma lo venne a sapere e, quando tornammo da Cosquín, dopo uno spettacolo all’ATC con tutte le star del momento – Los Chalchaleros, Los Hermanos Ávalos, Guaraní – Norma venne da me e mi disse: “Guarda, ti ho portato il programma di Cosquín dove c’è scritto che sei il primo ballerino e l’assistente, ma non sei il proprietario del Balletto Nazionale. I direttori e i proprietari siamo Chúcaro e io.” E lì ho detto “basta”. A quel punto ho sentito che il tempo era scaduto, perché non avevo mai avanzato alcun tipo di pretesa, né di denaro né di altro, e avevo la possibilità di fare altre cose. Così ho detto a loro due che volevo andarmene perché volevo continuare a crescere. E il Maestro disse: “Sì, capisco, va bene. Devi continuare a crescere. Fallo con calma.” E Norma disse: “Ah, bene, arrivederci.”
Nel tempo sono tornato a trovare El Chúcaro. E sono andato a trovare Norma, anche se solo una volta. Natacha (Porberaj) l’ha organizzato perché volevo chiederle il permesso di fare il “Malambo de los consejos” del Martín Fierro nel mio spettacolo, ma invece di farlo con quattro uomini come l’originale, volevo farlo con ragazze e ragazzi. E l’abbiamo fatto, con Natacha, Cecilia Díaz, Oscar Gauna e me. E Norma non solo mi ha dato il permesso, ma mi ha persino regalato la cassetta con la musica originale.
La verità è che, al di là di tutto, se non fosse stato per la generosità del Maestro Santiago Ayala e di Norma Viola, non avrei potuto essere a Buenos Aires per sviluppare una carriera. E se non fossi stato richiamato da loro non avrei fatto nulla di quello che ho fatto finora nella mia carriera, la mia vita non sarebbe cambiata così tanto come è cambiata dall’86 a oggi.
«Io ho avuto l’onore di lavorare con il Maestro Osvaldo Pugliese, con i maestri Leopoldo Federico, Julián Plaza, il Sexteto Mayor, con il maestro Salgán, con la sua grande orchestra, l’ultima volta che si è esibito, e con tutti questi grandi maestri ho imparato che questo lavoro è molto fluttuante: una volta sei al top e un’altra volta sei in fondo. E di nuovo si può tornare da capo e così via.»
Quando ha conosciuto Vanina (Bilous)? Eduardo (Arquimbau) vi ha presentati?
Nella sua intervista ha detto di essere stato lui a mettere insieme la coppia. Sì, è vero. Avevo fatto l’audizione con la mia compagna de La Ventana, Anita Tortorella, e Vanina si era presentata con Fabián Salas, subito dopo aver smesso di ballare con Alejandro (Aquino), ma poi né Fabián né la mia compagna sono riusciti a farlo e quindi Eduardo mi ha chiesto di ballare con Vanina. E così abbiamo iniziato. La conoscevano già in Giappone perché aveva viaggiato, anche con Pugliese. Era già una grande ballerina di tango, coccolata dalla milonga, un fenomeno. Chi non va d’accordo con Vanina? Non conosco nessuno.
La verità è che è stata una partner molto importante. Soprattutto perché è stata una tappa di formazione. Abbiamo scoperto insieme molte cose, abbiamo inventato insieme cose che vengono fatte ancora oggi e continueranno ad essere fatte. E si perderanno nell’anonimato, molte di queste cose che abbiamo inventato noi due, che lei ha inventato quando era con me.
Dove vede queste cose oggi, sul palco o nella milonga?
In entrambi i luoghi. Per esempio, ha inventato di camminare all’indietro nel giro per generare più forza, perché le ho chiesto di girarmi con più velocità. Come se si facesse un giro, ma con una corsa veloce all’indietro in modo che l’uomo potesse fare un planeo lungo. Oggi si fa come una cosa normale, viene persino insegnata come parte del ballo sociale. E no, l’ha inventato su mia richiesta, per capirci, ma ha inventato molte altre cose, voleos combinati, ganchos in modi diversi, molte combinazioni.
La verità è che tutte le mie partner hanno sempre aggiunto qualcosa al ballo, alla coppia. Ho sempre cercato di avere una buona coppia di ballo, non di essere un grande ballerino, ma di creare una buona coppia. Ho sempre cercato di adattarmi a tutte le mie partner per avere una buona coppia.
Cosa definisce un buon partner di ballo?
Cinquanta e cinquanta. Se di tanto in tanto fissate lei e di tanto in tanto lui, e all’improvviso rimanete estasiati a guardare quello che fanno in due, quella è una coppia. Se invece vedo un grande ballerino e una grande ballerina, quella non è una coppia.
Roberto Herrera e Vanina Bilous.
Poi vi siete recati in Giappone ed è lì che è esplosa la tua carriera nel tango.
Esattamente. Abbiamo trascorso quei tre mesi con Vanina in un’atmosfera molto positiva. Era molto interessante perché Eduardo aveva fatto una proposta molto interessante, in cui c’era un omaggio a Pugliese, e a noi toccava il piccolo pezzo del Recuerdo (anni dopo Roberto e Vanina avrebbero fatto questo pezzo con il maestro Pugliese, rimanendo la loro esibizione molto ricordata ancora oggi). Erano circa trentadue battute – perché in realtà le star dello spettacolo erano Gloria ed Eduardo – ma la curammo, la tirammo a lucido, come se fosse il grande assolo. Vanina aveva davvero tanta voglia di fare, e anch’io. E, grazie al Negro (Jorge) Torres che mi consigliò “Devi comprare una cinepresa e filmarti, così potrai correggerti,” ce l’abbiamo fatta. Anche lui, molto generosamente, ci ha filmati durante lo spettacolo, e poi ci guardavamo. Ho ancora quei video su Hi8 che abbiamo girato io o el Negro.
E dopo quel tour, chi sono stati i grandi nomi che hanno iniziato a telefonarle a casa?
In realtà, quando siamo tornati dal Giappone, è stata Vanina a dirmi: “Non ti interesserebbe ballare con Pugliese?” Così, appena tornati, c’era già del lavoro, mettiamo dopo due settimane, presso La Galleria del Tango Argentino.
Ma anche La Galleria era di Eduardo, non è vero?
Sì, Eduardo aveva ingaggiato Osvaldo per suonare con la sua orchestra in una cena spettacolo e noi ci siamo esibiti con Osvaldo e la sua orchestra. A quel punto fummo ingaggiati e iniziammo a ballare con Osvaldo. In seguito Osvaldo ha suonato nella milonga che si trovava dietro la cena, e questo è il video che ancora gira. Osvaldo disse: venite tutti vestiti di nero e chi è l’unico vestito di bianco? Carlos Copello (ride). Gli è sempre piaciuto vestirsi di bianco.
E com’era il Maestro (Pugliese)?
Era un uomo fantastico. Innanzitutto per la sua umiltà, ti faceva sentire uno di noi anche se era irraggiungibile. Potevi andare a casa sua quando volevi. “Vieni, vieni.” Non so come spiegarlo. Uscivamo dalle prove con Vanina e dicevamo: “Andiamo da Osvaldo?” e passavamo di lì, così, senza preavviso, e Lidia diceva: “Entrate, entrate.” La mattina si alzava e si esercitava al pianoforte, che si trovava nella sua stanza speciale. Si parlava di cose banali. Le cose serie che diceva le leggevo o le vedevo nei reportages. Non per niente, ma perché era così. Faceva sempre una battuta o due. Sul palco, ogni volta che passavamo vicino a lui, mi diceva “Molto bene, Robertito,” con un tono sardonico (ride). La prima volta ero sorpreso, poi ho capito che lo faceva apposta e, se non me lo diceva, mi mancava.
Questo perché c’era gelosia con l’orchestra. Perché se ballavamo sul palco, i musicisti dovevano arretrare di circa due metri. Così, quando andavano a provare, correvano davanti. E quindi quando facevamo le prove avevamo due metri, ma poi quando uscivamo avevamo un metro e mezzo. E come se non bastasse, spesso il palco non era così grande, soprattutto se si trattava di un vecchio teatro. Così avevo come riferimento il pianoforte di Osvaldo.
«Ricordo che quando chiamavo Osvaldo Maestro, lui rispondeva: “Maestro io? Maestro ciruela!” Conoscete il detto? “Maestro ciruela (prugna, n.d.t.), quello che vuole insegnare ma non ha una scuola.” “No, no, non sono un maestro,” diceva»
Ricordi qualche consiglio che ti ha dato Osvaldo?
Uno dei consigli più importanti che mi ha dato è stato quando mi ha detto: «Robertito, stai attento di notte. Se ti offrono qualcosa, dì che hai il raffreddore…» (ride).
Quello era Osvaldo, un fenomeno, una brava persona, una persona… Ecco! Una brava persona. Molti hanno detto che quando era più giovane era più scorbutico, più combattente. Quando lo conoscevo era un signore molto gentile. E che l’orchestra fosse una famiglia, non è vero! No, no, no (ride).
Beh, ci sono molti problemi in ogni famiglia… (ride).
Sì! È tutto a posto. Non c’era altro. Anche se devo precisare che con i cantanti ci siamo trovati molto bene. Erano dei fe-no-me-ni con noi. Abel (Córdoba), Adrián (Guida), super amichevoli. Sono ancora in corrispondenza con Abel; Adrián è morto mentre stavo ancora ballando con Pugliese, una grande perdita, una persona molto buona. Entrambi compagni di lavoro fantastici.
E poi ha continuato ad andare in tournée con Beba Pugliese, vero?
Con Beba Pugliese ho fatto due tournée in Giappone, la prima con Vanina Bilous e la seconda con Natacha Poberaj. Una cosa bella da sottolineare è che nel secondo tour con Beba ha suonato anche Carla Pugliese, la figlia di Beba, e abbiamo ballato su una sua canzone. Così ho avuto il piacere di ballare con le tre generazioni di Pugliese: padre, figlia e nipote.
E ha partecipato a Tango Argentino a Broadway e anche a Buenos Aires?
Nel 1992 ho partecipato al prolungamento di Tango Argentino al Lola Membrives, le ultime due settimane, e poi mi sono unito di nuovo per una performance speciale all’Astral, e nel 2000 a Broadway, e di nuovo nel 2004 per il compleanno di Tango Argentino.
E com’è stata questa esperienza?
Tango Argentino rappresentava l’apice. Ero appena tornato da una tournée con Vanina, con l’Orchestra di Osvaldo, e mio fratello mi disse che Claudio Segovia mi cercava per ballare con Carolina Iotti perché Pablo Verón andava al Lido di Parigi; e Vanina mi disse: “Che orgoglio, che bravo! Non preoccuparti per me, fallo, fallo e basta!” Così la sera stessa del mio arrivo, nella pensione dove vivevamo, mio fratello mi diede la coreografia e il giorno dopo andai a provare con Carolina al Lola Membrives. Facevamo La Cumparsita in stile francese e Tanguera, che Pablo aveva incorporato con il suo stile di danza con Carolina. Ma Carolina mi chiese di fare un’altra coreografia. All’inizio abbiamo mostrato a Claudio solo la variazione e lui ha detto: “Ok, mi piace. Ma voglio che voi la facciate con molte diagonali. Perché sento che la Tanguera è così, molto traslata sul palcoscenico, che va avanti e indietro con le diagonali, con le linee che si muovono in direzione del pubblico, linee rette, taglienti.” Per me era chiarissimo. Montammo il pezzo, glielo mostrammo, e Claudio disse: “Sì, perfetto. È molto buono. Lo mandiamo in scena oggi.” “Ah, bene.” “Ma ho un problema con te. Hai i baffi e per me lo spettacolo di Tango Argentino è senza baffi, perché i baffi mi ricordano molto il periodo della dittatura. Tu avresti qualche problema a raderti?” “Nessun problema!” Uscito da lì, andai dritto in farmacia, comprai un rasoio monouso e zac zac zac… mi tolsi i baffi.
E di tutta la sua carriera, quali momenti ricorda come particolarmente toccanti?
Quando ho iniziato a lavorare con Pugliese, perché significava che avevo un lavoro che mi avrebbe permesso di continuare a studiare. Perché sapevo di avere ancora molta preparazione da fare. E grazie a Vanina ho potuto studiare con Antonio Todaro. Mi ha proposto di seguire delle lezioni e io le ho chiesto: «Sì, ma… quanto costa?» E forse non era tanto, ma per me rappresentava quattro giorni della mia vita. Ma quando andai alla prima lezione dissi: «Uh, questa è la strada giusta!» Con Antonio capii da che parte stava il tango. Anche se non insegnava balli sociali, insegnava le serie, ma la cosa importante è che insegnava con la marca. Frequentavamo un corso una volta alla settimana e per il resto ci esercitavamo. Per fortuna Vanina era disposta a praticare cose che già conosceva. Era molto più ballerina di me, molto di più. Anche Eduardo (Arquimbau) mi ha dato un grande aiuto, perché mi ha permesso di esercitarmi, senza pagare, alla Galería del Tango.
Inoltre, iniziare a lavorare con Osvaldo ha permesso che i milongueros mi accettassero. Dico accettassero, perché io ero un gaucho. “Quindi ballerai con Osvaldo. Attenzione! Devi ballare con lo stile di Osvaldo. Devi stare molto attento a non danneggiare la musica di Osvaldo.” “E com’è lo stile di Osvaldo? Come posso non danneggiare la sua musica?” “E… sei molto gaucho. Devi smetterla di camminare sull’erba e calpestare di più l’asfalto.” “Ma come? Dimmi, fammi vedere”. “Ah, io non ballo in questo stile. Ma si vede che il lapis non è uno shaker per cocktail” (ride).
E com’era?
Elegante.
Stile Villa Urquiza?
Ni… Vi dico come me l’hanno spiegato: “Guarda l’orchestra, ragazzo, quale dei musicisti è il più elegante?” “Che ne so… il pianoforte?” “No! Il violino! Quello è il più elegante. Guardate come mette il braccio, a che altezza, quella è la postura per ballare Pugliese.” Ohhh! Con quelle parole ho proprio scoperto l’America (ride).
«…iniziare a lavorare con Osvaldo ha permesso che i milongueros mi accettassero. Dico accettassero, perché io ero un gaucho. “Quindi ballerai con Osvaldo. Attenzione! Devi ballare con lo stile di Osvaldo. Devi stare molto attento a non danneggiare la musica di Osvaldo.” “E com’è lo stile di Osvaldo? Come posso non danneggiare la sua musica?” “E… sei molto gaucho. Devi smetterla di camminare sull’erba e calpestare di più l’asfalto.” …“Guarda l’orchestra, ragazzo, quale dei musicisti è il più elegante?” “Che ne so… il pianoforte?” “No! Il violino! Quello è il più elegante. Guardate come mette il braccio, a che altezza, quella è la postura per ballare Pugliese.”»
Ora comincio a capire la passione di tutti quelli della tua generazione (e di un paio seguenti), di tutti quelli che hanno potuto studiare con quei milongueros, senza tanta tecnica: era davvero un’avventura imparare a ballare il tango, dovevi scervellarti, non solo con i piedi, per decifrare un passo. Come potevi non appassionarti! Ti scervellavi finché non trovavi lo yeite (il trucco, il modo segreto per riuscire a fare qualcosa, n.d.t.)!
E anche un sacco di lavoro per non far male, per non ferire; sì, perché per noi era molto importante guadagnarsi il loro rispetto. Perché potevi ballare il tango, imparare, ma per poter parlare da milonguero a milonguero, anche se andavi alla milonga ogni giorno, dovevi avere un diploma, diploma che non credo di aver ancora ottenuto.
E da quali altri milongueros ha preso lezioni?
Da Balmaceda (Miguel) quando era a Canning. Insegnava il tango sociale. Ti faceva camminare per tre mesi.
Impensabile oggi!
Neanche per sogno! Ma poi capivi perché ti faceva camminare per tre mesi. Era per entrare nel ritmo, per capire l’intenzione, per farti capire che ballare Pugliese non era la stessa cosa che ballare Di Sarli o D’Arienzo. E quando vedevi ballare i milongueros, era palese. Ho seguito anche lezioni di milonga con Pepito (Avellaneda). Con i Borquez, Carlos e María Inés; e anche con altri signori che non erano molto conosciuti. E con molti milongueros ho condiviso molte charlas (chiacchierate, spesso su argomenti riferiti al tango, n.d.t.), come con Poroto o Petaca.
Cosa mi può dire di Poroto, di Petaca? Non sono molti quelli che hanno condiviso con loro.
Ricordo le scarpe di Petaca con la punta molto marcata. Diceva sempre che era molto milonguero perché stilizzava il piede. E in un certo senso aveva ragione. In seguito mi disse: “Devi camminare facendo gli otto. È questo lo yeite del tango. È lì che c’è l’atmosfera.” Ed è vero, ho seguito quella tendenza, che poi è diventata camminare in linea, ma con l’intenzione di fare ochos; per me, è ciò che dà cadenza al tango. E qui sta l’essenza del tango, quindi aveva ragione. Oggi possiamo spiegarlo dal punto di vista della tecnica, e come la cadenza abbia a che fare con l’anca o con il busto, o con la dissociazione, o con l’associazione, e abbiamo duecento milioni di cose tecniche di cui parlare; ma, a quel tempo, quello che mi disse ti dava già un vaivén (movimento ondeggiante, n.d.t.) che oggi chiamiamo cadenza. Ed è un bene, perché quando lo fai senti che c’è anche la musica.
Un’altra cosa che ricordo di Petaca è che marcava la ragazza anche facendo pressione sulle gambe -cosa che non si usa più- e aveva una cadenza molto bella. E poi figure che non sono molto conosciute, quindi non molto… standard!
No, non avevano nulla di standard.
No! Petaca, per esempio, faceva una meravigliosa sacada di tacco che gli stava bene. Aveva un sacco di cose del genere, piccole cose, che erano belle, molto belle. Il suo modo di parlare era il tango. A volte parlava della naifa (termine lunfardo per indicare una ragazza, n.d.t.), termine che già non era in uso nemmeno di quell’epoca, ma lui continuava ad usarlo.
E chi erano le milongueras che ballavano con te?
La Negra Margarita. In realtà, la prima volta veniva lei e ti chiedeva di ballare. Dopo di allora l’ho sempre, sempre, sempre invitata. Martita Antón. E altre signore che purtroppo non ci sono più.
«Quando ho chiesto: “Che cos’è il tango?” lo hanno definito con tre parole: eleganza, musicalità e ballo con un’altra persona. Per me le basi sono queste: il tango è elegante. Ma deve anche avere fango, ovviamente. A volte si vede una coppia nella milonga che balla benissimo, stupendamente, ma non ascolta la musica, fa i passi a memoria, ci si rende conto che non si può andare a quella velocità se non si sta ballando a memoria, perché è impossibile improvvisare marcando a quella velocità. Quindi è una menzogna, si balla una menzogna in modo da mostrarti, in modo da farti contrattare.»
Quale altro momento speciale ricorda della sua carriera? Uno di quelli in cui ha detto “Wow, guarda dove sono arrivato!”
È successo che quando Osvaldo (Zotto) e Guillermina (Quiroga) si lasciarono, gli era appena stato offerto uno spettacolo al Michalengelo, che stava riaprendo dopo molto tempo. Avevano appena lavorato lì con Miguel (Zotto) e Milena (Plebs) in una versione ridotta di Tango X2, ma Miguel era in tournée. Poi, quando Osvaldito si separò da Guillermina, telefonò a Vanina per farle sapere che erano alla ricerca di una coppia. Così andammo, ci presentammo. In quel primo incontro conobbi Horacio Ferrer e il maestro Berlingeri che sarebbe stato lì con la sua orchestra. Lui odiava i ballerini. Ma quel giorno facemmo l’audizione con Berlingeri. Ci chiese cosa volevamo ballare e suonò Milonga de mis amores. Poi arrivò anche Adriana Varela, che all’epoca non era ancora molto conosciuta, e lui suonò Uno per farla cantare. Poi arrivarono i Los Borquez e ci dissero che Horacio avrebbe messo insieme lo spettacolo le due coppie, l’orchestra Berlingeri – anche se poi fece solo due spettacoli perché andò in tournée e arrivò Carlitos Buono – e Goyeneche. Immaginate un po’! Il Polaco, Carlitos Borquez e io eravamo nello stesso camerino! È stato pazzesco! Ho condiviso il camerino con loro!
E lo spettacolo ha funzionato a meraviglia, soprattutto perché c’era il Polaco, che non si esibiva di notte da molto tempo. E cominciarono a venire persone come Sandro, Fito Paéz, Charly García, Julio Bocca, tutte persone che venivano per lui e che portavano altre persone della scena artistica. E io andai a invitare il Maestro, Chúcaro. E lui è venuto, cosa che non faceva mai, perché stava ficcato nella sua grotta ed era stato molto difficile farlo uscire. Quando ho detto al Polaco che Chúcaro stava arrivando, mi ha detto «Noooo?! Ed è stato fantastico quando alla fine dello spettacolo il Maestro è venuto in camerino a salutarci. Erano tutti dei geni e si conoscevano, si guardavano e ridevano. Ridevano l’uno degli aneddoti dell’altro.
In uno di questi momenti le è venuto in mente il ragazzo che ha iniziato a ballare a Jujuy?
No. In nessun momento. Sarebbe stato terribile. O sarei entrato in una terribile crisi di panico perché non mi sentivo degno di stare in quel posto, oppure, forse, mi sarebbe successo l’esatto contrario e avrei fatto il presuntuoso, come tanti miei colleghi che hanno avuto il loro momento di follia di pensare di essere Gardel e Lepera. Ho avuto l’onore di lavorare con il Maestro Osvaldo Pugliese, con i maestri Leopoldo Federico, Julián Plaza, il Sexteto Mayor, con il maestro Salgán, con la sua grande orchestra, l’ultima volta che si è esibito, e con tutti questi grandi maestri ho imparato che questo lavoro è molto fluttuante: una volta sei al top e un’altra volta sei in fondo. E di nuovo si può tornare da capo e così via.
C’è ancora qualcosa da fare?
La verità è che ho molte cose da fare, ma non riesco più a farle. Non posso farle fisicamente, ma penso che qualcun altro potrebbe farle.
Sono un ammiratore della danza classica, soprattutto dell’epoca di Nureyev. Ricordo che una sera, mentre guardavo la televisione, vidi Rudolf Nureyev che ballava El Quijote, una cosa straordinaria, mi fece impazzire. Poi arrivò mio padre e gli dissi: “Guarda come balla, vorrei imparare.” “Non se ne parla! Tu continua con il folklore se vuoi imparare.” Forse se mio padre non l’avesse pensata così, forse avrei fatto danza classica, forse, non si sa mai. Ho preso lezioni a 15 anni, proprio per fare salti e piroette. E quando sono tornato da Buenos Aires a Jujuy, alla fine dell’86 e nell’87, ho preso di nuovo lezioni di danza classica al Balletto della Provincia con la Señora Scilingo, e lì è stato girato El Quijote e ho interpretato due personaggi: Don Chisciotte e il torero.
E guarda un po’, nel 2005, durante il mio primo tour in Europa, è arrivato un tizio che mi ha detto di essere un produttore e di volerci ingaggiare. Luigi Pignotti, con cui abbiamo lavorato per quindici anni, con due stagioni, invernale ed estiva. Era stato il manager di Nureyev per venticinque anni. Così, attraverso lui e sua moglie, ho conosciuto molto Nureyev.
«Tu non devi considerarti un gaucho, devi considerarti un ballerino. E se sei un ballerino devi ballare molto bene il folklore e il tango.»
Gli disse El Chúcaro a Roberto.
Come vede il tango e il folklore oggi?
Tutto è cambiato, tutto è più veloce, tutto prima, subito. Non è che voglio tornare indietro di quarant’anni, i ragazzi hanno un modo diverso di fare le cose, ma credo che noi fossimo più creativi, più lavoratori manuali nello scoprire le cose.
Come artigiani?
Appunto, artigiani del tango. Scoprire cose in cui loro, Chúcaro, Antonio, avevano messo la loro fantasia. Erano molto fantasiosi, incredibilmente creativi. Credo che oggi manchi il tempo da dedicare, come avevamo noi, soprattutto negli anni ’90, poiché già poco dopo si correva dietro alla carota o perché si doveva comprare una macchina o un appartamento. E poi dici “se avessi dedicato più tempo a quest’altra cosa, forse oggi avrei ottenuto di più.”
Oggi sono in una fase di aggiunta di altra cultura. Per esempio, ora voglio presentare una cueca e un carnavalito con mia moglie, ma per questo, come le ho detto, deve andare a Jujuy.
Perché si deve andare a Jujuy per poter ballare la cueca?
Perché fa parte di una cultura che bisogna conoscere, altrimenti è solo plastica. Se non si riesce a essere un grande ballerino, ci si può muovere molto bene, ma si manca di capire perché si balla un po’ accovacciati, perché non si capisce il clima che c’è lì. Quando sarete lì e il vento arriverà da davanti e dovrete chinarvi, allora capirete perché dovete farlo. E vi renderete anche conto, quando vedrete quelle persone che piantano i loro ortaggi dalle 6 del mattino alle 6 di sera, perché i loro corpi sono danneggiati e/o abituati a una postura che produce una curva, che è quella che dovete acquisire per sembrare di quel posto.
Ho sempre orientato la mia ricerca in questo modo, verso l’analisi. Se cercavo un tema, per esempio Boedo, dicevo: vediamo quante versioni ci sono di Boedo? E le ascoltavo tutte fino a scegliere quella che meglio rappresentava il tema, soprattutto nell’epoca in cui lo fece il suo autore. “Ok, andiamo a vedere com’era” documentiamoci, perché il tema è sicuramente impregnato di quell’epoca. Ho imparato questo modo di studiare da Chúcaro. Diceva sempre la stessa cosa: “Ho la cattiva abitudine di comprare libri e di leggerli.” Credo che sia fondamentale documentarsi. Perché molti hanno solo ripetuto ciò che hanno sentito e aggiunto cose che ritengono possano essere successe. Io invece posso credere a qualcuno quando mi presenta un documento, per esempio un video.
E cosa la preoccupa del tango oggi? Che si tratti di tango sociale o di tango da palcoscenico.
Per quanto riguarda il tango escenario, mi sembra che al giorno d’oggi stia attraversando un momento fantastico, sia in termini di musica che di danza. Ascolto molti nuovi gruppi e mi sembra che stiano arrivando cose molto belle, molto buone. Non solo in Argentina, ma anche in Uruguay. Si suona un tango tradizionale, ma con testi aggiornati, con cose che sono attuali oggi.
Mi preoccupa il fatto che gli stili si stiano un po’ mescolando. Mi sembra che nel Mondiale di Tango ci dovrebbero essere altre categorie. Mi rallegro della creazione della categoria Senior, perché tutto è andato così veloce che le persone tra i 35 e i 40 anni si sono sentite escluse da tutto. Mi sembra che si debbano creare altre categorie, per fare anche un tango acrobatico, perché ci sono ragazzi che lavorano duramente e molto bene per fare acrobazie con una certa essenza di tango, il che è un lavoro molto difficile. Mi sembra che il tango acrobatico sia cresciuto molto e che meriti una nuova categoria a sé.
E per quanto riguarda il tango sociale, quello che ho visto in Giappone molti anni fa sta accadendo in Europa, dove un giorno mi sono sorpreso di vedere persone che arrivavano alla milonga con un asciugamano, come se andassero in una palestra, perché dovevano ballare tutto il tempo. La sudorazione nella milonga c’è sempre stata, non è una novità. Ma quello che ho imparato e che ancora faccio è portare un fazzoletto. Il problema è che questo ha a che fare con il fatto che quando la gente va alla milonga deve ballare TUTTO, non si possono saltare né le cortinas né altro, perché si ha un’ora e mezza per andare alla milonga a ballare e poi si deve andare a casa a dormire.
«Io vado alla milonga per divertirmi e, in questo senso, mi preoccupo di più di far ballare la persona con cui sto ballando, che di fare il passo della sacada, o l’enrosque, o il doppio enrosque, o la tripla volcada per mostrarmi, e per il «bravo!» e l’applauso. Come professionista ho già il palcoscenico… Succede che è difficile scendere dal palco, ma se si vuole, si impara.»
Quando ho chiesto: “Che cos’è il tango?” lo hanno definito con tre parole: eleganza, musicalità e ballo con un’altra persona. Per me le basi sono queste: il tango è elegante. Ma deve anche avere fango, ovviamente. A volte si vede una coppia nella milonga che balla benissimo, stupendamente, ma non ascolta la musica, fa i passi a memoria, ci si rende conto che non si può andare a quella velocità se non si sta ballando a memoria, perché è impossibile improvvisare marcando a quella velocità. Quindi è una menzogna, si balla una menzogna in modo da mostrarti, in modo da farti contrattare.
Dove vedete il fango del tango? O dove è andato lei a cercarlo?
Il fango del tango ce l’avevano i milongueros. Oggi lo vedo, forse, nei luoghi meno affollati. Il fango del tango ce l’hanno ancora quelli che, quando ballano, usano la picardía (la furbizia, l’astuzia pratica nel saper tirarsi fuori d’impaccio, anche con un po’ di malizia, n.d.t.), il “pentitismo,” quando per risolvere un errore fanno qualche movimento o mettono qualche passo che si capisce essere naturale per quella persona, che stanno ballando così perché quella persona è così, che non stanno facendo una danza di plastica dove tutto è perfetto.
«Il fango del tango ce l’avevano i milongueros. Oggi lo vedo, forse, nei luoghi meno affollati. Il fango del tango ce l’hanno ancora quelli che, quando ballano, usano la picardía (la furbizia, l’astuzia pratica nel saper tirarsi fuori d’impaccio, anche con un po’ di malizia, n.d.t.), il “pentitismo,” quando per risolvere un errore fanno qualche movimento o mettono qualche passo che si capisce essere naturale per quella persona, che stanno ballando così perché quella persona è così, che non stanno facendo una danza di plastica dove tutto è perfetto»
Si guarda il Mondiale e tutti sono vestiti quasi allo stesso modo perché sono stati realizzati dallo stesso sarto o dallo stesso stilista. Questo non è tango. È bene essere eleganti, ma bisogna trovare la propria personalità.
La cosa positiva di oggi è che le scarpe ballano quasi da sole. Perché quelle scarpe pesano al massimo, non so, 10 grammi? Quando abbiamo iniziato, abbiamo ballato con le nostre scarpe da strada. Davvero! Le scarpe che oggi conosciamo come scarpe da tango, specifiche, sia da uomo che da donna, le abbiamo portate dal Giappone, perché nei nostri viaggi andavamo da Chacott, un’azienda che ancora oggi vende scarpe e abbigliamento per le danze. Un giorno vidi Eduardo (Arquimbau) con una scarpa strana e gli dissi: “Ma quanto è morbida quella scarpa! E così con il Negro Torres andammo da Chacott e comprammo le nostre prime scarpe. Poi cercai un calzolaio a Buenos Aires e gli dissi: “Fammi delle scarpe come queste, ma con quest’altra forma.” Ed è così che è nata l’industria delle scarpe da tango. Occhio, non che io dica di averla iniziata! Non posso dirlo. Non è che l’ho inventato io, Eduardo l’aveva già scoperto, io ho seguito le sue orme.
Come vede il folklore oggi e quali sono le sue preoccupazioni?
Mi preoccupa così come mi preoccupa il Balletto Nazionale. Non è che io voglia che rimanga chucariano – anche se mi sembra che le coreografie e le opere lasciate da Chúcaro e Norma funzionino ancora – ma dopo Norma e Nidia Viola coloro che sono subentrati hanno cercato di fare del Balletto Nazionale il Balletto Nazionale Contemporaneo. E quando hanno raggiunto il loro obiettivo, quello di avere il loro balletto contemporaneo, hanno lasciato il Balletto Nazionale con questa contaminazione del contemporaneo e l’assenza del folklorico, e quindi tutto diventa distorto, e l’autentico perde il suo valore. Perché dove andranno a guardare tutti gli altri ragazzi che si dedicano al folklore per ispirarsi se non al Balletto Nazionale?
E perché organizzare una milonga, oltre a tutto il resto che fa?
La milonga è importante per la parte sociale. In altre parole, per le persone che non sono professionisti. Perché seguire un corso di tango? Non perché se lo prendano, come dico io, soprattutto qui in Germania, come se si andasse in palestra. Ballar tango non è andare a fare ginnastica. È importante trasmettere queste cose. È una cosa fondamentale per cui mi impegno.
E pensa che questo sia trasmesso meglio nella milonga che nelle classi?
La milonga è il luogo sociale in cui trasmettere la parte culturale. E noi argentini, o meglio quelli di noi che hanno più esperienza – e non solo gli argentini: perché c’è molta gente al mondo che studia e che si “argentinizza” o si “porteñizza” – abbiamo il dovere di trasmettere questa parte culturale. Ovvio che ci sono persone che si oppongono: «No, perché a noi giapponesi non piace questo o quello…», oppure «No, perché a noi colombiani piace quest’altra cosa…», beh, posso rispettarvi, ma se state facendo una danza specifica, nata in un paese e attraverso una cultura specifica, penso che dobbiate cercare di conoscere quella cultura.
«Io credo che la socialità dia al tango la sua anima. Perché è così che è nato, per socializzare. Al di là delle duecento teorie su come è nato il tango… fondamentalmente è nato per socializzare.»
Però, Roberto, faccio l’avvocato del diavolo: posso capire che per un argentino sia prezioso approfondire la conoscenza della sua cultura, ma a uno straniero che vuole solo ballare, cosa gli porta stare in milonga? E non mi riferisco alla parte del ballo perché può essere presa, proprio come dicevamo, come una palestra, uno spazio per gli allenamenti. Lei sta parlando di qualcos’altro, di socializzare nella milonga e acquisire codici, i famosi codici, che in realtà non sono altro che i nostri modi di relazionarci. Cosa aggiunge questo al tango?
Credo che la socialità dia al tango la sua anima. Perché è così che è nato, per socializzare. Al di là delle duecento teorie su come è nato il tango e se fosse legato alla prostituzione o meno – a questo io non ci credo molto; sono molto aperto a molte altre idee, fondamentalmente è nato per socializzare.
Vi faccio un esempio: ora che eravamo a Buenos Aires, una sera siamo andati al Marabù, avevamo prenotato, ma siamo arrivati tardi e la prenotazione è saltata. Ci hanno chiesto scusa e ci hanno detto “ma avete posto, vedete dove volete sedervi.” “Nessun problema,” abbiamo fatto tre passi e abbiamo visto persone che conoscevamo, sedute nei posti a sedere a bordo pista: “Hey,venite qua!” Ci siamo seduti lì, abbiamo parlato per tre ore, non abbiamo ballato affatto, ci siamo solo raccontati delle cose. E poi: “Oh, che bel tango! Ce lo balliamo?” “Dai, balliamo.” Questo è il tango.
Incontrare gli amici ci predispone in modo diverso all’abbracciare, al ballare?
Assolutamente sì. Quando si ascolta una musica che ci emoziona e si è rilassati, felici, si affronta in modo diverso l’atto di ballare quella tanda con la persona con cui si stava parlando, scambiando o ricordando cose.
E predispone in modo diverso al ballo, in modo tale che possa manifestarsi quella picardía che porta il fango al tango, perché, al sentirci più liberi, più rilassati, tutto è più un gioco, e se appare un errore non è un problema?
Proprio così! Ci predispone a non avere paura di sbagliare. Perché sbagliando si impara, si cresce.
È come lo studente che viene a lezione, tutto chiuso in se stesso, e quando se ne va lo vedi felice e dice: «Oh, quanto mi ha fatto bene la lezione». Sono molto felice perché la classe dovrebbe essere così, non qualcosa di rigido, dove un super-insegnante dice sempre allo studente: «No! Non così!», «No! Stai sbagliando!” Ricordo le difficoltà che ho avuto per migliorare il mio tango con insegnanti molto severi, e ricordo che alcuni che non sapevano nemmeno come spiegare e si limitavano a dirti «Guarda come faccio io e fallo», e la volta successiva lo cambiavo.
Anche se – devo dire che questo ti dava anche un’agilità di testa che oggi lo studente non ha più, con tutte le spiegazioni che riceve. Il tango è diventato più professionale e credo che da un lato sia un bene, ma dall’altro non ha più quel… quel «non so che» … (ride).
Quello yeite…
Io faccio in modo che non vada smarrito. Quando guardavo come lo faceva il milonguero o la milonguera, quello che mi interessava di più era la maniera di farlo, non solo la combinazione dei passi, ma come respirava, come pestava il suolo, come muoveva il corpo, come lo marcava, che cadenza avevano in corpo, come muoveva il ginocchio verso l’interno e si appoggiava su di esso, il modo di accentuare la musicalità, tutto questo era la cosa più importante per me da osservare, perché loro non riuscivano a spiegarmelo.
Il che verteva più sull’interpretazione che sulla meccanica della danza.
Naturalmente. L’esempio migliore è un aneddoto con Teté (Rusconi). Ricordo che una volta gli dissi: «Ma che cadenza hai quando balli il vals!» «Certo, perché ho una gamba più corta dell’altra», (ride). Questa era la sua spiegazione della sua cadenza. Diciamo che ciò che il tipo aveva come difetto, lo ha trasformato in un punto di forza. Il tango è questo. Quindi, credo che la professionalizzazione vada bene, ma si perde un po’ di quella picardía che ti aiuta a risolvere le cose lì, sul momento.
Come è successo l’altro giorno in classe. Dico loro: “Ora fate girare la ragazza e fatele mantenere il ritmo.” “Ma io cosa faccio?” “Le fai segno di girare.” “Ma con il mio piede, cosa faccio? Dove metto il piede? Faccio la sacada?” Lo studente è andato in panico perché ha imparato con i passi. Il giro mettendo i passi per fare una sacada, o qualsiasi altra cosa, è per i professionisti, per i milongueros avanzati, è stato fatto per i professionisti, ma, in realtà, le cose più importanti sono ballare la musica, che l’altra persona possa seguirti, che tu possa marcarla.
Sarebbe stato possibile rimanere fermi mentre lui fa girare l’altra persona?
Assolutamente, ma per chi ha posto questa domanda quella era un’opzione inverosimile, non poteva essere, non esiste fare una cosa così. E questo è terribile perché significa che non si è capito lo spirito del tango. È così che si perdono il piacere proprio e il piacere dell’altra persona.
«Quando il tango è nato, all’inizio del secolo scorso, la gente lavorava 18 ore al giorno e se andava a ballare il tango era per divertirsi, non aveva intenzione di passare un brutto momento, ma uno piacevole. Quindi non bisogna soffrire per imparare a ballare il tango, bisogna divertirsi perché è una forma di espressione… Divertitevi! Perché se non ti diverti, sei fuori strada. Se soffri, non va bene. E anche quando lo si sceglie come professione, come disciplina, se non ci si diverte, se non te lo gusti, non si è sinceri e non si trasmette nulla. E la cosa peggiore è che si finisce per abbandonare il tango.»
E quale sarebbe lo spirito del tango, come dice lei, il divertimento e l’allegria, quello che lei dice si perde quando il ballo diventa professionalizzato?
E… io credo di sì. Questo è il tango sociale. Almeno per me. Vado alla milonga per divertirmi e, in questo senso, mi preoccupo di più di far ballare la persona con cui sto ballando, che di fare il passo della sacada, o l’enrosque, o il doppio enrosque, o la tripla volcada per mostrarmi, e per il bravo! e l’applauso. Come professionista ho già il palcoscenico, nella milonga mi preoccupo di più della persona con cui ballo perché voglio ballare con quella persona, altrimenti mi annoio. Succede che è difficile scendere dal palco, ma se si vuole, si impara.
Roberto Herrera con Ani Andreani.
Perché è difficile scendere dal palco?
Perché questo riconoscimento si trasferisce – o lo si vuole trasferire – a tutti gli ambiti. Arrivi a una milonga e “Oh, è arrivato il maestro Roberto Herrera,” quando volevi passare inosservato, stare con i tuoi amici e rilassarti. A volte ti mettevi una maschera perché sarebbe sufficiente che dicessero: “Oh, salve, sei venuto, che bello!” e basta. Invece no, fin dall’ingresso: “Oh no, lei non paga.” E perché non dovrei pagare? Come organizzatore devi pagare l’elettricità, le tasse, un sacco di cose, oltre a tutto il tempo che devi dedicare alla preparazione e al dopo milonga. Non dico che alla fine della serata guadagnerai molto, ma l’idea non è nemmeno andarci in perdita.
E cosa ne pensa dei corsi di tango sociale? Perché stanno diventando sempre più tecnici?
Sì, ci sono studenti qui in Germania che mi dicono che non insegno come altri insegnanti che mi dicono che sono molto severi, soprattutto quelli che non sono argentini. Va bene, ma il tango non è quello. Il tango è nato gioioso. Non è nato con il Pugliese dell’ultima fase, superdrammatico. Quando è nato, all’inizio del secolo scorso, la gente lavorava 18 ore al giorno e se andava a ballare il tango era per divertirsi, non aveva intenzione di passare un brutto momento, ma uno piacevole. Quindi non bisogna soffrire per imparare a ballare il tango, bisogna divertirsi perché è una forma di espressione. Ed è questo che noi insegnanti dobbiamo trasmettere. Non dobbiamo credere di essere San Martín o Belgrano e di essere su un piedistallo e perciò intoccabili. Guardate, io faccio questo mestiere da 50 anni e questo mi dà la possibilità di dirvi: “Divertitevi! Perché se non ti diverti, sei fuori strada. Se soffri, non va bene. E anche quando lo si sceglie come professione, come disciplina, se non ci si diverte, se non te lo gusti, non si è sinceri e non si trasmette nulla. E la cosa peggiore è che si finisce per abbandonare il tango.”
«Penso che per andare avanti non dobbiamo dimenticare le radici. Atahualpa Yupanqui, che era un amico intimo di Chúcaro, una volta, quando si trovava nella casa del Maestro, disse: “Per far vivere i bambini non è necessario uccidere i nonni.”»
Occhio però, che iocredo che i corsi siano molto importanti, soprattutto per i ballerini professionisti. Dobbiamo continuare sempre a prendere lezioni, è il modo per rimanere, soprattutto, aggiornati. Penso che sia sempre positivo scambiare le conoscenze. E il punto di vista di un esterno è molto importante. Noi continuiamo a prendere lezioni.
Dopo 50 anni vai ancora (con enfasi) a prendere lezioni?
Sì, sì, prendo lezioni. Spesso vado ai corsi di gruppo dei miei colleghi senza dirglielo.
E come reagiscono alla presenza di Roberto Herrera nelle loro classi?
A dire il vero chiedo che non mi presentino o altro, perché sono molto interessato anche al punto di vista dello studente. Per esempio, mi è capitato in classe che una ragazza mi dicesse: “Oh, mi stai stringendo forte la mano,” e aveva ragione: io non me ne ero accorto, e i miei studenti e la mia compagna non me l’avevano detto.
Che dedizione avete nei confronti del vostro tango – per continuare a migliorarlo, per esporvi alle critiche di chi ha meno esperienza, o meno esperienza e carriera, di voi!
Ma penso che sia un bene perché, appunto, la persona che non ha tante conoscenze è più sincera. Non come molte volte in cui, per rispetto e cose del genere, ti dicono qualcosa, sì, però non così direttamente. Quindi, quello è un valore aggiunto.
Ha ancora la sua compagnia?
Sì! Difatti stiamo preparando uno spettacolo. E continuo a insegnare insieme a Ani (Andreani), mia moglie, a Monaco e, in Italia, a Milano e a Modena.
Cinquant’anni di professione e non ti fermi mai! (ride)
No! A volte la gente pensa che io sia in pensione, ma non è così! Un dato interessante: parlando con mia moglie, abbiamo contato che ho dato 28.000 ore di lezione. Incredibile! Tre anni e due mesi e mezzo di lezioni!!!!
Vuoi dire qualcos’altro per concludere, Roberto?
Non voglio dimenticare di menzionare mio fratello Tani, Estanislao Herrera, la mia fonte di ispirazione, il mio sostegno totale. Molte delle cose che ho fatto in questa professione non sarebbero state possibili senza il sostegno di mio fratello, anzi senza il suo sacrificio, direi! Ha fatto spesso dei sacrifici perché io potessi viaggiare, esibirmi. È stato lui, per esempio, a rimanere con i miei genitori, che erano già anziani, affinché io potessi viaggiare. Devo a lui molte cose. La famiglia è molto importante: mia sorella María Inés; mia moglie che, da quattro anni a questa parte, soprattutto durante la pandemia che è stata molto dura per me, è stata il mio grande sostegno, senza la quale non avrei potuto continuare a fare tutte queste cose; i miei figli: Mavi, Tiziano e Jasmin.
Estanislao e Roberto Herrera.
E vorrei ringraziare te per avermi concesso il tuo tempo, per essersi dedicata alla divulgazione di ciò che ognuno di noi può contribuire al tango. È fantastico, è molto positivo, perché altrimenti ci sono cose che andranno perse. Perché in realtà è già successo, abbiamo perso una documentazione preziosissima. Non solo della danza, ma anche della musica. Penso che per andare avanti non dobbiamo dimenticare le radici. Atahualpa Yupanqui, che era un amico intimo di Chúcaro, una volta, quando si trovava nella casa del Maestro, disse: “Per far vivere i bambini non è necessario uccidere i nonni.” E molte volte, in tempi recenti, ho visto ragazzi che giungevano a diventare campioni e non nominavano nessun insegnante. Non so, non hanno preso lezioni da nessuno? Sono tutti autodidatti, tutti fenomeni? Quando per me è un orgoglio dire che sono passato per le mani di tale e tal altro maestro. Per andare avanti, non bisogna dimenticare le proprie radici. E non è che il Maestro vivesse in una caverna, come vi ho detto. Con lui ho imparato anche che ci sono molte cose che funzionano per un po’, ma poi non funzionano più e bisogna aggiornarsi.
Andare avanti, ma senza dimenticare le radici.
Andare avanti, ma senza dimenticare le proprie radici. Come hanno fatto loro, non è così difficile.
Beh, forse sì, perché i tempi vanno avanti e, come hai detto tu, non c’è tempo per fermarsi a pensare, o ripensare, o studiare, o creare. Ma continueremo insistendo per chi e attraverso chi ha voglia di fermarsi a leggere un’intervista come questa. Grazie mille, Roberto, per aver condiviso così generosamente tanta esperienza.
I sentimenti si alleggeriscono e l’anima si solleva da terra grazie al gioco ritmico dei piedi. La solitudine cessa di essere in agguato se le mani si intrecciano. Il dolore non è più radicato e la gioia si ricrea quando le braccia si alzano verso il cielo. L’abbraccio che sostiene arresta la vertigine prodotta dal vuoto dell’essere. La straordinarietà dell’esperienza ne incoraggia la ripetizione fino quasi a ritualizzarla.
Custodi della memoria, le danze folkloriche o popolari custodiscono la storia di un popolo e la sua saggezza. Come mezzo di trasmissione, raggiungono il punto in cui la rappresentazione crolla e le parole falliscono. Hanno il potere di trasmettere in eredità i modi di vivere – i modi di fare della quotidianità, di tutta una vita – alle generazioni future. In breve, la loro cultura. A patto che non vengano spogliate del loro spirito e ridotte a una meccanizzazione coreografica.
Di cosa parlano, allora, le nostre danze, cosa dicono della nostra storia e della nostra cultura? Chiediamoci – cosa si cerca nell’abbraccio del tango, cosa si cerca in quei fazzoletti alzati al ritmo di una zamba, cosa si cerca nel tamburellare dei piedi in una chacarera, cosa si cerca in quelle braccia alzate? Borges diceva che se esistesse un archetipo dell’argentino, uno dei suoi attributi sarebbe l’ospitalità. La storia che oggi ispira questa riflessione – come altre che abbiamo apprezzato in precedenza – lo conferma; e ci autorizza ad aggiungervi la solidarietà. O non l’abbiamo già evidenziato con il suo nome più creolo parlando della gauchada?
L’ospitalità, come abbiamo già detto, o è incondizionata o non è. Solo quando viene offerta a chi suscita la nostra ostilità piuttosto che la nostra ospitalità è una virtù sincera. Allo stesso modo, la solidarietà si esercita a partire dal rispetto della dignità dell’altro, riconoscendogli il diritto di essere un suo simile, e in questo senso vale molto più rispetto alla tanto commercializzata empatia che arriva solo a sentirsi come l’altro, ammesso che fosse possibile. La solidarietà parla di commuoversi con e per l’altro, di commuoversi per ciò che l’altro soffre, di fare qualcosa per l’altro nella misura in cui, come ciò che ispira l’ospitalità, riconosco in quell’altro colui che ho potuto essere in passato o che potrei essere in futuro.
Non siamo forse assetati di questi affetti oggi come lo era il criollo quando vagava nella vastità della pampa, o l’immigrato senza famiglia che arrivava al Río de la Plata? Non era forse alla ricerca di questi affetti che la gente si riuniva in celebrazioni che con il tempo presero la forma della peña o della milonga? Comprendiamo, quindi, qual è il patrimonio culturale che queste custodiscono al di là delle sequenze di passi; quale ricchezza stiamo offrendo a tutti coloro che vogliono impararli; e perché non dobbiamo lasciare che la spinta dell’utilitarismo, che la ricerca di un fine in tutte le cose, spazzi via queste danze, trasformandole in una ginnastica senz’anima? Perché fanno parte di ciò che ci definisce come esseri umani e, in questo senso, servono oggi come una forma di resistenza di fronte a tanta disumanizzazione.
Fernando Galera, bailarín y maestro de tango y folclore, ha recorrido el mundo con una carrera de más de cuatro décadas en la danza, partiendo desde su club de barrio, donde empezó a formarse a los ocho años, entre clases y bailes de jubilados. A los doce ingresó a la prestigiosa academia de El Chúcaro, Norma y Nidia Viola, donde también fue enseñante. Por esa época comenzó a estudiar tango con Juan Carlos Copes y, paralelamente, con Miguel Balmaceda. Continuó perfeccionándose con reconocidos milongueros como Pepito Avellaneda, Pocho y Nelly, Teté Rusconi, Pupy Castello y Graciela González. Formó una pareja emblemática con Vilma Vega y desde el 2014 ha colaborado sostenidamente con Silvina Valz, tanto a nivel artístico como en la enseñanza. Con anterioridad, tuvo destacadas actuaciones junto a Milena Plebs y Aurora Lubiz y, en los últimos dos años, con Mariana Montes. Radicado en Italia desde hace unos meses, inicia ahora una nueva etapa profesional junto a Pamela Colaneri. Creador y Director del Festival Tango Salón Extremo desde 2008, su principal motivación como docente es transmitir el tango como una experiencia cultural y no sólo la técnica, con el afán de cuidar las raíces de esta danza y, con ellas, su alma. Un apasionante propósito que compartimos en Patio de Artistas, y al que esperamos contribuir con esta entrevista y las valiosas perlitas de tangueridad que Fernando nos regaló.
Buenos días, Fernando. Quería invitarte a recorrer tu trayectoria como un ejercicio de rastreo de cierta lógica del deseo de un artista. Es decir, ¿qué causa que alguien quiera ser artista y cómo lo sostiene?, y también a contribuir a través de este espacio a trasmitir cuáles serían las coordenadas que definen tu campo artístico, el tango.
En este sentido, creo que muy poca gente sabe, sobre todo los que te conocen de los últimos años, que vos empezaste con folclore. Y, además, si no me informé mal, nada más y nada menos que en la escuela de El Chúcaro y Norma Viola.
No, en realidad a su escuela llegué a mis doce años. Y me formé ahí hasta los veinte. Me formé y enseñé en la escuela de El Chúcaro, pero vengo del folclore desde los ocho años, en La Matanza. Digamos que fui por ahí “pululando” -siempre fui inquieto-, tratando de no casarme con nadie, buscando cuál era la mejor opción… Esa frase de Olmedo “Si lo hacemos, vamos a hacerlo bien”, eso. Tuve la suerte de que mis viejos me acompañaran y me pudieran bancar durante mucho tiempo.
¿Por qué se te ocurrió bailar y por qué folclore?
Es raro, pero no me gustaba nada. Cuando empecé, a los ocho, había tenido la pérdida muy joven de una tía, que funcionaba a la vez de niñera -me cuidaba cuando mis viejos laburaban-, que falleció en un accidente y yo quedé medio en alfa. Mis viejos empezaron a hacer de todo para activarme, me llevaban a fútbol y no me gustaba, me llevaron a artes marciales y no me gustaban. Yo no quería ir a jugar ni al potrero de enfrente con mis amigos. Además de que no me gustaba el fútbol, era malísimo. Mi viejo, fanático enfermo de Boca Juniors, yo, nada. Un día me llevó a la cancha de Boca a ver a Maradona y yo me quedé dormido en el medio del partido, ¡imaginate! Hacía ese tipo de cosas…
El fútbol no era lo tuyo, está claro.
No, me empezó a gustar de grande. Pero había un club de barrio en el que mi papá medio se crió porque mi abuelo había sido socio fundador, había puesto algunos ladrillos, incluso.
La típica historia del club de barrio.
Sí, a dos cuadras de mi casa. Yo vivía muy cerca de una villa muy grande en Lomas del Mirador, La Matanza, muy cerquita de Mataderos. Ahí había una señora muy grande que enseñaba folclore y tenía, no te exagero, unos cincuenta, sesenta chicos, de todos lados. Y me gustó. “Yo quiero hacer eso”, dije. Y mi viejo, “Bueno, algo que quiere hacer. ¡Vamos!”. A mi mamá no le gustaba porque renegaba del folclore, del chamamé. Yo vengo de familia correntina de chamameceros por parte de mi mamá, mi abuelo, músico, mis tíos, músicos, y ella lo vivió toda su vida. A mí me encantaba el chamamé.
¿Y qué te acordás de aquellos primeros años?
Mi primera actuación, cuando empecé a bailar. Un acto del colegio para juntar plata para Las Malvinas. ¿Te acordás que se hacían esos actos para juntar plata?
Si, las colectas para los soldados que estaban en Malvinas.
Colectas para los soldados, mi primera actuación fue esa. Así como estaba me mandé, con la ropa de calle, me subí al escenario e hice un malambo. Y después ya no recuerdo. Seguí en ese mismo club y, cuando se hacían los bailes de los jubilados, yo iba y bailaba foxtrot, pasodoble, chamamé, vals, lo que sea. Bailaba con todas las señoras mayores del barrio.
Fernando bailando en el Ballet de la Universidad de Belgrano, dirigido por Norma y Nidia Viola.
O sea que aprendiste a la vieja usanza, en el club de barrio, con “los viejos”.
Sí. Después me quise perfeccionar en el folclore, así que a los doce años me fui a la academia de El Chúcaro. Y a los quince, dieciséis años, el mismo Chúcaro -como yo era el único porteño que iba a la academia porque éramos pocos- me dijo “Usted tiene que aprender el folclore de su ciudad”.
Esto mismo me contaron varios entrevistados que estudiaron con El Chúcaro, resaltaron que él consideraba al tango como el folclore de Buenos Aires.
¡Sí! Y me mandó directamente con Copes. La verdad es que tuve suerte, en ese grupito estábamos con Villagra (Claudio), Natalia Hills y Diego Di Falco, que son los más conocidos, pero éramos muchos más.
Yo llego ahí por recomendación de El Chúcaro, pero quien me introdujo en ese mundo fue Natalia (Hills), que en esa época bailaba con Diego Di Falco. Sus padres fueron los que me llevaron a esas clases de Copes -que al principio eran en Fama, un salón en la calle Marcelo T. de Alvear- a la vez que me llevaron a la clase de Miguel Balmaceda en el Salón Canning.
Obviamente, en ese momento, con quince, dieciséis años, me atraía mucho más Copes. Miguel me hacía caminar, caminar, caminar… A los dieciséis años lo odiaba. Después entendí muchísimo por qué lo hacía, y hoy me siento mucho más reflejado con el baile de Miguel y de los milongueros que con el baile de Copes. ¡Que me dio mucho!, muchísimo.
Te dio técnica, supongo, sobre todo.
Me dio técnica y cosas que van más allá del baile, que tienen que ver con la presencia y, también, con aprender a trabajar, a sistematizarse, a profesionalizarse.
Una disciplina, digamos.
Sí, disciplina. Mirá, del 2002 al 2012 teníamos el Nuevo Estudio La esquina junto con Vanina Bilous y Vilma (Vega). Vanina había vendido el viejo estudio La esquina que tenía con Roberto, nos asociamos y abrimos otro -que hoy en día es la escuela de Aurora Lubiz y Jonathan Spitel-. Bueno, Copes venía a ensayar. Él llegaba media hora antes. Antes que sus bailarinas, que su grupo. Calentaba, escuchaba la música, preparaba todo. Te estoy hablando de un Copes de setenta y pico, ochenta años. Todo eso nosotros lo aprendimos de él, eso nos lo enseñó Copes. Después, uno lo ha puesto en práctica o no, o hemos tenido momentos más desordenados -esta vida tanguera desordena mucho, hay que tener una disciplina exagerada para poder mantenerse-. Y también nos enseñaron el amor a esto, a respetarlo como un trabajo. El arte es trabajo, eso lo aprendimos de El Chúcaro, de Norma, de Copes y de María Nieves.
«El mensaje tiene que ser fuerte. El tango es encuentro, el tango es conexión. Empieza por entender uno mismo que el tango no es sólo la figura, no es sólo estructura. Enseñar tango no es enseñar a hacer algo, también es enseñar a sentir, es transmitir cultura y que el tango es encuentro. El tango no es una danza más, es más que una danza.»
Profesionalidad en tanto la seriedad y la exigencia con vos mismo con la que tenés que trabajar y, también, en el hacerte respetar como profesional de esto.
La exigencia y la retribución. Y como persona, en todo sentido. Dar para recibir. La verdad es que tanto El Chúcaro como Norma y Nidia Viola, las hermanas, que eran las que se hacían más cargo del día a día de las clases -aunque El Chúcaro estaba muy presente- le metían ¡un amor y una presencia! a las clases. Nosotros íbamos tres veces por semana y arrancábamos a las cuatro de la tarde hasta las doce de la noche, y ellas ahí presentes, todas las clases, todo el tiempo, grupo tras grupo. Lo mismo Copes en sus clases y en sus ensayos.
¿Hay algún consejo que te haya dado alguno de ellos, Copes o El Chúcaro, que habitualmente recuerdes, que te guste trasmitir a otros?
No sé si directamente un consejo, pero sí hay una frase que repito mucho que yo creo que la adquirí de ellos, de todos ellos, de Pepito, de Miguel, “La presencia genera presencia”.
¿Qué quiere decir “…que genera presencia”? ¿Que haya otros que vengan a verte?
No, presencia en el otro, que el otro esté presente. Es como cuando vos le das la mano a alguien, si le das la mano floja el otro no la va a agarrar, si vos le das la mano presente, hay una devolución. Y eso, en todo. Cuando uno va a la pista a abrazar, cuando uno entra a la pista, cuando uno se para delante de otro, o delante de una clase, esa presencia genera en el otro que esté ahí, atento. Yo creo que eso me viene de Copes, de Chúcaro, de Norma. No sé si yo lo logro, yo siento que sí.
¿Y por qué decías que ahora te sentís más cercano a Balmaceda y a los milongueros? ¿Qué es lo que rescatás y te gustaría transmitir de ese caminar, que a lo mejor en aquel momento lo odiabas, pero ahora podés ver algo más en eso? Porque no era solo caminar…
La calma. Si comparo con el tango que se baila hoy en día, o que se expone, es la calma. No correr para llegar, no correr arriba de la música, ni atrás, ni marcar la música exageradamente. Eso lo aprendí de todos ellos. Mirá, hay una frase que también saqué de alguno de ellos -hay anécdotas que, aunque recuerdo, ya no sé de quién son, cosas que repito tanto en las clases, que ya las tengo incorporadas-, y es que uno es un instrumento más. Alguna vez, alguien me dijo “El bailarín es el instrumento visible, el instrumento que entra por los ojos.”
La verdad es que soy un afortunado, siempre lo digo, porque aprendí mucho de todos ellos. Hay algo que hemos hablado con muchos de los bailarines que entrevistás -sobre todo, con Pancho, porque somos amigos- y es que somos una generación que tuvimos la suerte de conocer a los grandes hacedores. Y nosotros conocimos a muchos de esos como maestros, porque entramos en una etapa más académica, pero, a otros, fuimos nosotros quienes los pusimos en el lugar de maestros porque nos han dado mucho.
Insisto, soy un afortunado de haber conocido la academia de El Chúcaro, que muchos no han podido llegar o sólo lo han visto por televisión. O estar con Copes, o aprender con Miguel, con Pepito Avellaneda…
«El arte es trabajo, eso lo aprendimos de El Chúcaro, de Norma, de Copes y de María Nieves.
La exigencia y la retribución. Hacerte respetar como profesional y como persona, en todo sentido. Dar para recibir.»
A vos se te conoce como el discípulo de Pepito.
Si, tuve que hacer terapia (risas).
Para superarlo…
Es que, de hecho, han pasado treinta años desde que murió Pepe -veintinueve años, para ser más concretos- y todavía hoy en día me siguen llamando para que dé una clase de Pepito. Y, sí, obviamente que Pepito me ha marcado, me ha enseñado mucho, me ha dado todo, me dejó una herencia, me dejó un baúl lleno de figuras, de aprendizajes, de musicalidad, de maneras de pensar y de desarrollar un baile, pero después -y esto es algo que los que venimos de esa época renegamos un montón- yo desarrollé mi propio baile, con mi propia manera de enseñar. Y pasé por veinte mil etapas diferentes y hoy, más que recordar las figuras o quizás la energía para bailar, no me reconozco en otra cosa. Entonces, es difícil decir que soy el discípulo de Pepito. Porque se me reconoce como el discípulo desde que él me eligió cuando le dijeron de hacer un programa para enseñar milonga. Y lo hizo porque en ese momento yo era el joven que estaba en sus clases y no faltaba a una, y tomaba clases privadas todas las semanas, y estaba muy ligado a él. De hecho, en su velorio la gente venía y me saludaba a mí pensando que yo era el hijo y no saludaban al hijo -que a la vez era muy parecido a mí-. Esas cosas me han pasado, pero, con el paso del tiempo, uno va cambiando y va desarrollando lo suyo. Yo siempre cuento que en las clases de Pepito he visto a Pancho, Claudio Hoffman, Pilar Álvarez, Pablo Verón, Milena y Miguel Ángel, Osvaldo y Lorena, qué sé yo… Y toda esa gente pasaba por las clases de Miguel, al mismo tiempo, y nadie baila igual, cada uno tiene su propia forma, su propio estilo y desarrolló hasta su propia manera de enseñar.
«Adaptarse al otro no es que ella baile como yo, o yo como ella, o para ella, se trata de adaptarse un poquito para entrar en el terreno del otro.»
¿A qué atribuís que al final cada uno haya logrado su estilo?
Supongo que tiene que ver con que ellos enseñaban conceptos. Y que enseñaban a cada uno. Pepito marcaba una figura y si había veinte parejas, lo hacía con cada una de las mujeres para que supieran cómo se sentía y corregirlas a ellas antes que lo intentaran con sus parejas. Y si podía, corregía a los veinte hombres, también. Es decir, si en una práctica suya había cuarenta o cincuenta personas, eran cuarenta o cincuenta clases individuales.
A cada uno le corregía lo que cada uno necesitaba.
Yo aprendí así. No “Esto es así, de esta manera”, sino “Yo lo hago así, de esta manera”. Y, por ahí, yo lo hacía de otra manera y él me decía “Bueno, está bien, está buenísimo”.
«Por ejemplo, la sacada, el gancho. No te decían “Vos acá vas con el impulso que te da el hombre para bolear la pierna después…”. Te decían “Entrá”. Entonces vos aprendés a pensar cómo entrar, no a copiar la misma sacada, el mismo gancho.»
De hecho, Dolores De Amo cuenta en su entrevista que cuando ella hacía el canal Sólo Tango, tenía problemas al repetir las tomas porque a ellos (los milongueros) les costaba repetir en forma idéntica la figura o las secuencias, porque cada vez lo hacían distinto.
Y después esas figuras, al menos Pepito, las adaptaba al bailarín que iba a su clase.
Y de todo lo que él te trasmitió, ¿qué emerge ahora en el recuerdo como lo que más te impactó o marcó?
Creo que lo que más me queda de Pepito es su fuerza, su energía, sus ganas de vivir y de hacer. ¿Viste cuando se dice “si lo hacemos, lo hacemos”? Mi baile energético creo que tiene que ver con Pepito. Yo tengo esos dos extremos, la pausa y la energía al extremo. Y creo que también eso de primero encontrarnos para un café y después subir a dar la clase. Y, aunque yo no lo hago -siempre lo digo, peco de no hacerlo- eso de que Pepito en su clase bailaba con absolutamente todo el mundo, que hacía el movimiento y la figura con todos. Creo que era una manera de enseñar a sentir.
Transmitía con el cuerpo.
Con el cuerpo, y era una locomotora. A mí me gusta mucho eso, esta cosa de poner el cuerpo. A veces me zarpo… por ejemplo, a veces a Aurora le decía: “Aurora, no bailés tan rápido”. Y ella me respondía: “Lo que pasa es que vos me venís con el cuerpo y me llevás puesta”. Silvina me decía lo mismo, “Es que vos empezás a caminar y ¿qué hago?”. Eso sí es de Pepito, la energía de baile o la manera de escuchar la música.
Pepito Avellaneda y Suzuki.
Yo tengo una mezcla de Pepito y, también, de Pocho y Nelly. Pocho y Nelly me dieron una vuelta de rosca. Me daban clase en el lavadero de la casa, cinco o diez minutos, no más. “Mirá esto”, me decían, y me volaban la cabeza. Me cambiaron todo, años de tango, de cultura, de folclore.
¿En qué sentido?
Me dieron el último golpe de horno. Lo que tenía que ver con la cadencia, con sus formas, con su abrazo, su forma de conectar. Si mirás videos de cuando ella era un poco más joven y te fijás en su forma de bailar sin despegarse, hacer todo ese baile sin despegarse, era mágico, rompe las reglas de la física y la no física.
Otro que me dejó mucho fue Teté. A mí y a Vilma. Teté era un tipo que transmitía mucho, mucho, amor al tango. Un tipo que de verdad me dio mucho, también, pero no sé qué decirte porque no hay algo específico…
Lo estás diciendo, “el amor al tango”, la pasión por el tango. Yo creo que la pasión se contagia, creo que esa era la magia que ellos transmitían, porque cuando uno ve a alguien tan apasionado con algo, dice “Eso debe ser mágico, maravilloso. Quiero sentir eso”.
Por ejemplo, estábamos en Gricel, una noche especial, no sé si era su cumpleaños o una milonga que él organizaba. Bailaban varias parejas, y yo iba de pantalón y camisa porque a los veintidós o veintitrés años no usaba traje, tenía un smoking y zapatos de charol para la exhibición y después, nada. Y él me dice “¿Vos por qué no bailás?” “No… como nadie me dijo nada, qué sé yo… no voy a bailar, ahora, así”. “No, no, vos podés bailar.” Y esa fue la primera exhibición que dimos con Vilma en Gricel, pura improvisación.
Otro fue Préstamo. Préstamo era uno que escuchaba. Estaba en la mesa con el Nene Masci y de pronto verlo que hacía … (gesticula como si se quedara sin aire). Y vos decías “¿Qué pasó?”, y era que había escuchado una frase de un tango, que capaz lo escuchás en cada milonga que vas. Y te decía “Escuchá, escuchá cómo se lo dijo”. Y esas cosas te pegan. Yo me conozco las letras enteras de dos tangos, el resto que me sé son frases sueltas que me vuelan la cabeza, que me las tatuaría en el cuerpo, que en el momento decís “wow” y termina el tango y me lo olvidé. O a algunos cantantes me los imagino sentados en la mesa de un bar contando esa historia que están cantando. Todo eso me vuela la cabeza.
¿Y qué quiere decir que transmitían un concepto?
Por ejemplo, la sacada, el gancho. No te decían “Vos acá vas con el impulso que te da el hombre para bolear la pierna después…”. Te decían “Entrá”. Entonces vos aprendés a pensar cómo entrar, no a copiar la misma sacada, el mismo gancho.
Y lo otro que hicimos con Vilma -con quien estuvimos diecisiete, dieciocho años juntos- fue escucharlos. Nos enamoramos de los milongueros y milongueras, y muchos nos adoptaron, como a tantos de nuestra generación. Hemos aprendido mucho de solamente escucharlos, de estar sentados en su mesa o de ir a sus casas a comer.
Esto me lo dicen muchos, que se aprende escuchando, pero hay que profundizarlo.
¿Y qué querés profundizar?
Quiero que me cuentes cómo se aprende escuchando. O, lo que sería su contraparte, ¿qué del tango se transmite por vía de la palabra?
Hay una pregunta que nos hacemos siempre entre nosotros y que es “¿Qué es tango?” cuando decimos “Esto tiene tango.” O en los campeonatos se escucha “Esta pareja baila muy bien, pero no tiene tango”. Por ejemplo, hace poco viene una chica suiza que baila muy muy bien y me dice “Yo quiero bailar como una argentina porque sé que bailo como una suiza”. Entonces se lo comento a un amigo y me dice “¿Habla español?” y le digo “Sí, y como una porteña, porque vivió mucho allá”. “Entonces, ya está, ya tiene un montón ganado, porque cuando baila escucha la letra”. Lo que uno escucha o cómo uno interpreta lo que escucha entra en el cuerpo de alguna manera. Supongo que, en ese mismo sentido, funcionaban las charlas con los milongueros, escuchar sus anécdotas.
«Yo tengo un yeite: cuando enseño un movimiento, el movimiento, para mí, tiene una historia y esa historia, muchas veces, viene con una anécdota.
… hay anécdotas que, aunque recuerdo, ya no sé de quién son, cosas que repito tanto en las clases, que ya las tengo incorporadas ….»
¿Vos dirías que el saber la historia te hace sentir el tango desde otro lugar?
Cuando vos bailás y escuchás… no sé… a Campos cantar Cantor de barrio, por ejemplo, ¿vos qué escuchás? A mí, escuchar Cantor de barrio me produce algo en el cuerpo que me hace bailar de una manera o sentir de una manera que no me lo produce… no sé… otro tango.
¿Porque viviste en Buenos Aires, y te transporta allí, a tus propias vivencias?
No, porque yo vivía en Buenos Aires y escuchaba El bulín de la calle Ayacucho, por ejemplo, y no me producía nada. No sé qué es el bulín de la calle Ayacucho, a mí no me dice nada. Hay tangos que te llegan de una manera y tangos que te llegan de otra. Y hay tangos que te llegan y hay tangos que no. O que te llegan desde lo musical. ¿Viste que a veces escuchás una canción en inglés o en otro lenguaje que no entendés, pero te gusta la música y la canción te llega? La música entra por un canal y la letra por otro, pero influye un montón. La palabra influye un montón en lo que a vos te pasa en el cuerpo, en las sensaciones que tenés en el encuentro con el otro. Yo tengo un yeite: cuando enseño un movimiento, el movimiento, para mí, tiene una historia y esa historia, muchas veces, viene con una anécdota. A veces me cuelgo un poco con la tangueridad, con esta cosa de contar, pero a veces tenés clases que les encanta.
Contame de la pareja que formaste con Vilma Vega, ¿cómo se conocen ustedes, cómo empiezan a bailar?
Yo estuve un par de años embarcado en un crucero haciendo tango y folclore. Cinco coreografías durante un año y medio, boleadoras y esas cosas. Cuando volví quería encontrar una pareja para volverme a ir. Bailé con una, con otra, probé, fui, vine, hice el programa de milonga de Pepito con una pareja que tenía en ese momento… Y ocurre que Graciela González me llama para dar clases de milonga en la Galería del Tango.
La de Eduardo y Gavito.
Sí, y en un momento estaban Gustavo Naveira, Graciela con Puppy, mucha gente, uno cada día de la semana, y uno se va y me ofrece hacer milonga un día a la semana. Aprovecho, y le digo a Graciela: “Mirá yo estoy buscando pareja para trabajar. Estoy buscando a alguien para poder empezar a trabajar y a desarrollar esto, porque también me quiero ir”. Y nada, me presenta a Vilma que era una alumna que venía de bailar danza contemporánea, jazz y estaba aprendiendo con ella de cero, y dije “Bueno”. Y arranqué con ella como si yo estuviese también empezando, y así empezamos a tomar clases juntos, a armar cosas, a ensayar mucho y terminamos formando una pareja – fuimos mucho tiempo pareja de vida, tenemos hijos- y lo que pasó es que al mismo tiempo que empezamos a desarrollarnos, íbamos mucho a milonguear…
Fernando Galera y Vilma Vega en CCKonex.
¿Recién ahí llegás a la milonga? ¿Hasta entonces eras un bailarín más de escuela, digamos?
Ya iba a la milonga, pero no me pegaba tanto. La verdad es que no me pegaba. De hecho, iba al Akarense porque daban clases Rodolfo y María Cieri. Te hablo de mucho tiempo antes.
¿Qué edad tenías ahí?
Y, diecisiete, dieciocho, diecinueve años.
¿Estabas con El Chúcaro, todavía?
Sí, iba de bombacha de gaucho, era un gaucho en la milonga, un hippie. Entonces, empezaban a llegar los milongueros todos trajeados, me daba vergüenza y me iba.
Pero, después, cuando empezamos a milonguear con Vilma, nos pasó que un sábado a la noche no sabíamos qué hacer y dijimos “Estamos a cinco cuadras del Glorias (Glorias Argentinas, en Mataderos), ¿vamos a ver qué pasa?”. Fuimos y, en el momento que entramos, Oscar Héctor anuncia a Pocho y Nelly. Mirá, te lo cuento y me emociono, cada vez que lo cuento me emociono, porque cuando los vi bailar, lloré. Me acuerdo que dije: “¿Cómo puede ser que estoy llorando viendo bailar una milonga? Fue una cosa muy emocionante. Y cuando terminan de bailar -habían bailado tres parejas, ellos, Carlitos Moyano y Naty y alguien más- Oscar Héctor me reconoce, me saluda y me presenta a Nelly. Él me conocía de chiquito porque mi hermano jugaba al fútbol en el Glorias y, durante los partidos, yo siempre iba a ver cómo Oscar Héctor daba clases de tango o armaba las mesas. Así como me presenta a Nelly, ella nos agarra de la mano y nos lleva a la mesa. Y en la mesa estaba Dispari con La Turca, Préstamo -con quien también nos quedó una amistad muy grande, hasta su último día-, y no me acuerdo quién más. Y a partir de ahí empezó un enamoramiento terrible con los viejos y con la milonga.
Fernando bailando con Nelly Fernando.
¿Por qué? ¿Qué te contaron que te fascinó?
No sé, así como me gustó el folclore de chiquito, me gusta la historia, la política, las anécdotas. Siempre fui medio viejo de alma y hoy mis hijos son iguales y tienen esa cosa de querer saber e investigar. A veces pienso que de chusma me gustaba saber quién con quién, con quién bailaba y qué pasaba y qué se escuchaba.
¿Te transmitían algo que parecía mágico? En lo que contaban había una cierta magia, ¿no?
Vos imaginate que te están contando algo de una época que es toda una fantasía en tu cabeza.
De una Argentina que ya no era.
Claro, y toda una serie de historias. He escuchado desde cosas súperrománticas hasta cosas súperoscuras, y todo en el mismo ámbito, con la misma gente. Eso me llamaba la atención. Y a la vez, verlos bailar. Hace poco estaba hablando acá con un italiano que me decía “Nosotros no los vimos bailar. Lo que vimos en los videos no nos llega como cuando los vemos bailar a ustedes”. Porque yo le contaba que una vez llevé un grupo de alemanes al Sunderland, y bailaron Carlitos Pérez, El Chino Perico, Julio Duplaá con Elsa, no me acuerdo quién más… Y cuando sale a bailar el Chino Perico con La Rusa era como ver una película en cámara lenta, ¡una cosa!… y escucharlo bailar Caló y el tipo pisar cada dos tiempos, y la elegancia. Y un alemán que baila muy bien me dice “Pero no hace nada” y yo lo miro y le digo “Bueno, tratá de no hacer nada ¡así!”.
¡Cuánto que hay en ese “así”! ¡Cuánta elegancia! ¡Cuánta “clase”!
Claro, así, con esa clase. Lo hablábamos también con Pareja. Yo a Pareja lo conocí cuando tenía sesenta años, hoy tiene noventa, porque Pareja era amigo de Copes de la juventud. Y ahí viene otra ramificación de uno de mis primeros amores, Copes y María Nieves. Parejita iba a su clase, a hacer compañía, y cuando Copes -inteligente- veía que los pendejos medio que nos aburríamos, nos decía “Andá a tirar unos pasos con El Viejo”-le decían El Viejo-. Y El Viejo estaba en un rincón enseñando figuras, y eso para mí fue un golazo.
Oro en polvo.
La verdad es que Eduardo Pareja, Parejita, me dio muchísimo tango, también. Sobre todo, figuras. No copiarlas, sino a desarrollaras. Con él aprendí a desarrollar figuras sin pensar, a armar mis propias secuencias. Cuando yo lo veía a Pareja a los sesenta, a los setenta y a los ochenta tirando figuras, yo trataba, siempre, de imaginármelo a los veinte.
Lo mismo con Pocho y Nelly, porque Pocho me ha enseñado unas cosas que él ya no las podía hacer. ¡Vos imaginate este tipo a los veinte años, lo que habrá sido! Entonces, cuando vos te sentás y tenés seis, siete mujeres, hombres, comiendo empanadas y contando anécdotas de cómo bailaba Tal, las cosas que hacían, la milonga, y que iban de un barrio al otro, y qué sé yo… Y… ¡mi cabeza explotaba! Porque era tratar de proyectar hacia atrás, entender cómo caminaba, cómo bailaba ese tipo, porque hoy lo ves todo encorvado, en una silla, pero te imaginás que a los treinta no era igual.
«El tango es un juego, algo lúdico, y es necesario enseñar que ese juego es con el otro, no es ni una lucha ni es sincronizado. No existe la sincronización, es un encuentro donde no sé si voy a hacer lo mismo al mismo tiempo, a no ser que haga una coreografía.»
¿Y cómo surgió la idea de organizar un festival que resultó ser de los más reconocidos, como el Tango Salón Extreme? ¿Cómo nace esa idea?
Nace como algo que para mí es muy loable, pero, a la vez, se transformó en un producto comercial que es muy difícil contener. Cuando arrancó en el año 2008, duraba una semana en la que cada pareja de maestros daba tres horas por día de seminarios. Imaginate tres parejas -después cuatro, después cinco, fueron creciendo en número- cada una dando tres horas por día de un tema o un enfoque. Estaba buenísimo. Porque, además, antes, la gente venía a prepararse para el Mundial de Tango con hasta tres meses de anticipación. Se podía, hoy la gente llega el día de la competencia para acreditarse. Entonces, para organizar algo para la gente que se venía a formar y así generar más trabajo, extenderlo un poco a todos.
Pero la temporada alta se fue reduciendo, y en un momento empezó a explotar y no me entraba la gente en el estudio, así que empezamos a hacerlo en La Viruta. Y, entonces, fue el triple de gente y se transformó en un festival y está buenísimo.
Desde hace algunos años, la idea es que cada uno haga su clínica, o que desarrolle con su forma de enseñanza, un concepto, no clases de pasos como en los festivales. Y que enseñen un tango social, aunando niveles. Y ha habido parejas de escenario y parejas más festivaleras, pero siempre enseñando un tango para todos. Cada una tiene dos clases que intentamos que sigan un desarrollo. Es decir, cada pareja continua el trabajo de la anterior. Y, además, desde el año pasado, hemos hecho que la última clase de cada día la den los cuatro maestros que enseñaron ese día, para que también crucen conceptos, ideas y puntos de vista. Porque pasa mucho que un alumno va con otro, le dice lo mismo que yo con otras palabras y lo entiende mejor. Y viceversa. Entonces está bueno hacer que eso suceda en vivo, en simultáneo, en la misma clase. Y así la gente se va con algo de un festival y no solamente con el encuentro del festival y nada más.
Después de bailar con Vilma bailaste con bailarinas muy conocidas. ¿Qué momentos especiales compartiste con ellas que ahora te acuerdes y nos puedas compartir?
Después de bailar con Vilma y durante sus embarazos, bailé con Milena Plebs. Yo bailo tango salón porque el primer espectáculo que vi fue Tango X2 y me volvió loco. Terminar bailando con Milena, ser amigos, para mí es un montón. Es más que un honor, es lindo.
Contame, la primera vez que te tocó bailar con Milena, ¿se te produjo algún viaje, tipo decir “Yo que la veía en Tango X2 y ahora estoy bailando con ella”?
Y sí, porque aparte tengo eso, que soy un romántico y esta cosa de buscarme la historia… Y fue muy lindo. Fue muy lindo, pero a la vez extraño porque estás con alguien que admirás y que pudo haber sido tu maestro, con alguien que está en esto hace mucho más tiempo que vos y ya había recorrido el mundo. Después, bailar. Bailar fue mágico. Aunque, como uno ensaya, practica, el impacto es otro, no es que bailás por primera vez en la pista de baile.
Fernando con Milena Plebs en la edición de Rosario del Festival Tango Salón Extreme.
¿Y después de Milena?
Bailé también con Aurora Lubiz que había sido directora mía en la academia de El Chúcaro. También, tener el honor de que sea mi amiga y haber bailado con ella…
Y después con Silvina. Primero desde el 2013, 2014 hasta 2016, y después de la pandemia nos volvimos a encontrar. Creo que, después de Vilma, es con quien se me reconoce más, porque hemos podido amalgamar las dos técnicas, las dos ideas de trabajo.
¿Hay un estilo Fernando Galera, o cambiás según con quién bailás?
No sé si hay un estilo Fernando Galera, es un poco pretencioso decir eso, pero sí hay una forma que te la va dando la experiencia, los años, los kilómetros. Hoy estoy trabajando con Pamela -que es también mi pareja de vida-, creando entre los dos una forma de bailar y de enseñar juntos; y con cincuenta y un años estoy reaprendiendo de mí mismo y de adaptarme al encuentro. Los dos estamos reaprendiendo. ¡Y lo lindo que es! Adaptarse al otro no es que ella baile como yo, o yo como ella, o para ella, se trata de adaptarse un poquito para entrar en el terreno del otro. Me pasó con Milena, me pasó con Aurora y con cada una de las compañeras con las que trabajé.
«Encontrarse, abrazarse, potenciarse. Potenciarse quiere decir sentirse libre y fuerte en el abrazo. El abrazo no es un aprisionamiento, sino todo lo contrario.»
Pero más allá de que digas que te parece pretencioso hablar de un estilo, yo creo que el estilo se realiza como resultado de una sucesión de decisiones: “Esto me gusta, eso no me gusta, en esto me siento cómodo, en esto no”. Para mí es algo que se decanta, que se destila, un destilado de una serie de decisiones. Entonces, ¿hacia dónde se decanta tu estilo de baile, por dónde te pasa? ¿Dónde te sentís vos que sos vos?
Mirá, a veces lo pienso a partir de lo que quiero enseñar: yo soy una mezcla de milonguero, salón y todo lo que vi. Pero yo soy un amante, un enamorado, del tango salón, que no es el tango de la competencia. Obviamente, hoy mucho más moderno, porque creo que me fui actualizando, aunque no haga cosas de tango nuevo. A veces se piensa que sólo eso es actualizarse y no se presta atención a que el tango se fue redondeando. Antes era muy estructurado, figuras sueltas o nada, “un dos tres, un dos tres”. Creo que no tengo un tango puro -no hay un tango puro-, mi forma se fue mezclando entre todo lo que aprendí.
Por supuesto me gusta el caminar, la pausa, el giro, el movimiento circular, la generación de energía, todo eso es lo que a mí me conmueve más. Los tangos melódicos, tipo Caló, Di Sarli, Tanturi – Campos, son los que me gustan, o conmueven, o me llegan más. Después, a la hora de hacer una exhibición, por ahí elijo otra cosa porque uno tiene que remarcar lo que quiere mostrar, pero en mi vocabulario de clases está la pausa, la circularidad y la cadencia.
Fernando y Aurora Lubiz en Moscú.
Y cuando intentás trasmitir el valor de la pausa, ¿la aprecian o te dicen -como te decían de El Chino- “no hace nada”?
Buena pregunta. Me lo aprecian como bailarín, la gente me lo marca, sobre todo la musicalidad que eso genera. Quizás no tanto en las clases. Porque a la gente le gusta verlo, pero prefiere aprender otra cosa.
Por eso te lo pregunto.
Y, a veces es una lucha con uno mismo, trabajar la pausa, la técnica… Cuando la gente entra a una clase necesita tener mucho material. A veces termina una clase privada y el alumno te dice “¿Qué más me podés dar para trabajar en mi casa?” Y vos habías estado una hora hablando y pensás “¿Qué más querés que te diga? Andá y trabajá esto”.
¡Procesá lo que te acabo de dar, absorbelo primero!
Porque, además, lo que te acabo de dar fueron años para mí y te lo di en una hora. Pasa mucho, “Bueno ya está, esto me sale, ¿y ahora qué?”. Uno lucha mucho para ganarle a eso.
«… hoy se baila mucho por estética. (…) Veo a cada uno haciendo la suya. Y el tango es una danza de contacto. … La señora se agarró a mí que yo sentía que la llevaba, pero también que ella me llevaba. Nos llevábamos los dos. … Ahí entendí lo que era el tango.»
¿Y cómo ves la milonga, acá y allá? Cuando te sentás en la milonga, ¿qué ves, te gusta, no te gusta, te levantás y te vas?
Me gusta mucho ver bailar y estudio mucho. Antes era crítico, hoy siento que estudio mucho lo que veo. Y no veo una generación de energía. No podemos generalizar porque, obviamente, hay de todo, pero, en un gran porcentaje, veo que la gente no se conecta, no baila con el otro. Cree, o parece que baila con el otro, pero no. Ahora se pusieron de moda los encuentros y en Europa los maratones que tienen como único fin bailar y bailar.
La milonga como un gimnasio, como dijo Pancho en su entrevista.
Sí, bailar y bailar, no importa cómo. Y es una pena porque nosotros no estamos solamente enseñando a bailar tango, nosotros estamos transmitiendo cultura. El tango es más que una danza o una música, es cultura. Y para mí eso es importante, cómo explicarla, cómo traerla. Nosotros cuando éramos chicos a la hora de la cena teníamos un canal con la Botica del Tango, otro con Grandes Valores del Tango, los domingos Argentinísima que tenía mucho folclore, pero también tango, y, en otro canal, El deporte y el hombre. Veíamos cultura a las nueve de la noche, cuando estábamos cenando. Y aunque no te gustara el tango lo veías. El que tiene cincuenta años y no sabe cantar Azúcar, pimienta y sal, no vivió.
Fernando con Silvina Valz bailando en Gricel (Buenos Aires).
Si no se transmite la cultura, ¿el tango se convierte en un puro baile? ¿Deja de ser tango?
Para mí, sí. Como pasó con la salsa. La salsa hoy en día se baila sin que importe nada, no se sabe de dónde es ni quién canta, se baila. Bueno, eso puede pasar con el tango.
“Se industrializa” como una cosa producida en serie.
Mirá, hace poco me ofrecieron pasar música en una milonga, acá en Italia. Y querían todo rítmico, todo para arriba. Por ejemplo, no pude poner Tanturi – Campos, no se aprecia…
… D’Agostino – Vargas, ni hablar.
¡D’Agostino – Vargas!, ¿viste? Escuchan, no sé… Fiorentino, todo para arriba.
No Troilo – Marino.
¡No, olvídate! ¿Me entendés? Al final vienen a escuchar al DJ pero no le dejan poner la música. ¡Y yo no te voy a poner un tango imbailable porque soy bailarín también!
«…el otro día tuve una charla en un curso para DJs y una de ellos me pregunta “Pero, entonces, ¿el DJ tiene que educar?” “Y sí, es un educador, también. Está transmitiendo cultura, no solamente pasando música”.»
Yo siempre tengo este miedo, y lo intento charlar con todos ustedes, ¿hasta dónde el mercado va a terminar imponiéndose al tango y el tango se va a perder? Porque pasa esto: tenés que enseñar secuencias porque quieren secuencias, no quieren caminar, no quieren la pausa, tenés que poner tal música porque quieren eso y, ¿entonces? ¿Dónde queda lo que nosotros tenemos para trasmitir? Obviamente que los maestros, los DJs necesitan vivir de su trabajo, no estoy hablando de ser un quijote contra los molinos de viento, sino de cómo se le hace lugar a nuestra tradición, nuestra cultura, esa sin la cual no habría surgido el tango, esa que hace a su esencia
La mcdonalización del tango. Es como que venga Mc Donald’s a Italia y te quiera hacer una hamburguesa de pizza porque a los italianos les gusta la pizza -capaz que ya la ofrecen, no sé, no voy a Mc Donald’s-. La verdad es que antes me enojaba. Cuando empezamos a venir con Vilma, en el año 98, 99, a Europa y trabajamos en Alemania, Austria, Suiza, los profesores alemanes me decían “Lo que pasa es que tenés que entender que acá los alemanes no se abrazan”. “¡Pero van a bailar tango argentino, nosotros nos abrazamos!”, y me enojaba y los hacía pasar por ahí, medio a la fuerza. Hoy aprendí -y eso lo aprendí mucho de Silvina- a ir al terreno del otro para traerlo al terreno de uno. Por ejemplo, el otro día, con el tema de la música, les ponía una tanda que querían ellos y una tanda de las que yo creo que tienen que aprender a escuchar.
Claro porque el gusto también se educa, en ese punto el DJ también transmite cultura. Es como el paladar, si vos comés siempre espagueti con salsa de tomate nunca te va a entrar un pescado, por ejemplo. Tenés que probarlo alguna vez para que algún día te guste.
Tal cual, pero por ahí eso lo entendés vos que sos madre, pero el otro día tuve una charla en un curso para DJs y una de ellos me pregunta “Pero, entonces, ¿el DJ tiene que educar?” “Y sí, es un educador, también. Está transmitiendo cultura, no solamente pasando música”.
Fernando y Milena Plebs.
Por otro lado, creo, después de tantas charlas, que una cuestión clave es encontrar alguna utilidad para el alumno, para el que baila, de adquirir ese aspecto cultural y no sólo pasos. O sea, cómo transmitirles que se baila diferente cuando vos entendés nuestra manera de sentir, de expresarnos y de relacionarnos. Cómo cuando hacés una pausa, cuando conversás en la milonga, cómo todo eso te predispone a sentir lo que nosotros llamamos tango, cómo te predispone a la tan mentada conexión.
Es poco a poco, yendo al terreno del otro desde lo técnico, desde lo estructural, y empezar a traerlo. El mensaje tiene que ser fuerte. El tango es encuentro, el tango es conexión. Empieza por entender uno mismo que el tango no es sólo la figura, no es sólo estructura. Enseñar tango no es enseñar a hacer algo, también es enseñar a sentir, es transmitir cultura y que el tango es encuentro. El tango no es una danza más, es más que una danza.
Yo pongo mi granito de arena, y sé que muchos de mis colegas y amigos hacen lo mismo. Por ejemplo, uno de los temas que propongo entre mis clases es: “Encontrarse, abrazarse, potenciarse”. Potenciarse quiere decir sentirse libre y fuerte en el abrazo. El abrazo no es un aprisionamiento, sino todo lo contrario.
Una de las grandes riquezas del tango es la posibilidad de que te abracen, hay gente que a lo mejor no la abrazan en toda la semana hasta que llega a la milonga.
Ahora, cuando armamos nuestras clases, hablamos mucho de estos temas. Sobre que el tango es un juego, algo lúdico, y que es necesario enseñar que ese juego es con el otro, no es ni una lucha ni es sincronizado. No existe la sincronización, es un encuentro donde no sé si voy a hacer lo mismo al mismo tiempo, a no ser que haga una coreografía.
Que, por cierto, cada vez más las escuelas hacen grupos coreográficos.
¿Por qué? Porque eso es como hacer fitness con tango. No está mal que hagan coreografía, no está mal que hagan un grupo coreográfico, el tema es que no les están enseñando a bailar, sino que les están enseñando a hacer lo que hacen ellos y muchas veces a riesgo de lastimar a la gente. No tengo miedo de decir esto, o sea, podés ponerlo, lo vengo diciendo. Está bien, entiendo el negocio de muchos, yo también tengo mi kioskito. Y se pierde la capacidad de improvisación. El problema es que van a la milonga y hacen la coreografía, y desarman toda la pista. Y a mí me da bronca, no sé…
«Alguna vez, alguien me dijo “El bailarín es el instrumento visible, el instrumento que entra por los ojos.”»
¿Cómo derrama todo esto en Argentina? Porque en los tiempos que corren, con la cultura imperante, bailar tango es casi algo de culto ¿Cómo lo hacemos atractivo para las nuevas generaciones? ¿Cómo hacemos para que esto se sostenga en la propia Argentina?
Yo creo que el problema, y esto va en contra de mi negocio, son los extremos porque se pasa de la solemnidad, o la pura estructura, a la pura improvisación. Transmitir cultura, enseñar a bailar tango como parte de nuestra ella, no tiene que ser sinónimo de solemnidad, porque eso es lo que echa a los jóvenes. Y el tango no es solemne, puede serlo y puede gustar que así sea, pero no significa que tenga (con énfasis) que serlo.
Y después de todo esto que hemos hablado, contame, vos, ¿por qué bailás tango? ¿Qué buscás en el tango? ¿Qué buscás encontrar cuando vas a una milonga?
Hay algo que no sé describir y que tiene que ver con esto, el encuentro y lo cultural. Yo no solamente voy a la milonga, voy también al teatro, me gusta mucho el cine, voy a escuchar bandas o me quedo en mi casa escuchando música. Escucho mucho otros tipos de música: folclore, música nueva, moderna, a través de mis hijos. Como siempre digo, mi viejo era cero para la música, pero mi vieja fue muy abierta y nunca nos dijo “esa música de mierda” o “esa música no me gusta”. Ella me hizo escuchar a Elvis Presley, Johnny Rivers, Eric Clapton y terminó escuchando bandas nuevas conmigo. Igual, a mí siempre me gustó un poco más lo vintage, el rock de guitarra, el blues, el jazz. Entonces, cuando voy al tango, voy a encontrarme con gente, voy a volarme en una tanda, no bailo en todas las tandas…
Fernando y Vilma Vega, 1996.
¿Qué es para vos “volarte en una tanda”?
Para mí la tanda perfecta es cuando conectás con la persona, la música y el espacio, es como que hay una trilogía ahí que puede producir una emoción muy intensa, muy placentera… A veces se logra, a veces no, y por eso no bailo todas las tandas. Me gusta charlar en una mesa, escuchar la música, me gusta mirar mucho, tomarme mi café. Yo llego a la milonga y primero me pido un café, una costumbre que me quedó de los viejos, primero un café y después la noche. Es esto, pero no busco algo, la pregunta no sería “¿qué buscas en el tango?” No busco nada. ¿Qué encuentro? Encuentro muchísimo: conexión, cultura…
Cultura en su sentido más amplio, no en el sentido de conocimientos, sino en lo que se referencia a lo social y a las tradiciones de un pueblo.
Y cuando antes decías que estudiás mucho cuando vas a la milonga, ¿a qué te referís?
Estudio el movimiento, soy un osteópata frustrado (risas). Estudio mucho el movimiento, mucho. Es el material de trabajo de campo. No sé ni quiénes son. A veces sí. Estudio el cuerpo, analizo la conexión, la parada, dónde nace la energía, dónde tiene el contacto, todo.
«La presencia genera presencia. … Cuando uno va a la pista a abrazar, cuando uno entra a la pista, cuando uno se para delante de otro, o delante de una clase, esa presencia genera en el otro que esté ahí, atento.»
¿A qué te referís con la generación de energía y cómo estaría relacionada con la conexión?
El traslado de un paso a otro genera energía. Se habla mucho de que ese traslado hay que hacerlo desde la pierna de base y no con la libre, porque si no el otro no tiene idea dónde está mi pierna. En cambio, si me muevo desde la de base, desde abajo, estoy moviendo el eje y me estoy moviendo con el otro. Eso no pasa más, hoy se baila mucho por estética.
¿Ves más poses y no tanto a la energía fluir?
Veo a cada uno haciendo la suya. Y el tango es una danza de contacto. En las clases siempre cuento que jugaba con mi mamá y mi hermano a caminar juntos por la calle, a agarrarnos de la mano y pisar juntos. Pero no era una cuestión de sincronización, sino que era una cuestión de conexión de las manos. Y mi mamá bailaba rock and roll. Entonces, por ahí ella estaba cocinando, nosotros pasamos por la cocina, bailábamos un pasito de rock and roll, y, otra vez, era agarrarse de la mano, tire y afloje y chau. O cómo ella practicaba rock and roll, el famoso picaporte, la cortina, bueno, todo eso es contacto.
Cuando voy a mi primera clase privada con Miguel Balmaseda, voy con Esther Garabali. Esther Garabali es una gran bailarina que trabaja en compañías, no está en la movida del tango social, y fue mi primera compañera de baile porque éramos compañeros en la academia de El Chúcaro. Con Esther bailé un año, más o menos, y después bailé con Alejandra Armenti, entre mis diecisiete y veinte años. Bueno, volviendo a la historia, después de la clase de Balmaceda, nos quedamos en la práctica. Era un domingo a la tarde en el Salón Canning. Entonces Miguel me dice “Andá a bailar con esa señora que está ahí sentada”. Había una fila de señoras con las que nadie bailaba, suele pasar mucho en las milongas. “Pero Miguel es mi primera clase, yo no sé bailar”. “Andá a agarrarla y bailá”. ¡Cuando la agarro para bailar…! La señora se agarró a mí que yo sentía que la llevaba, pero también que ella me llevaba. Nos llevábamos los dos. Y eso fue como volver al juego con mi mamá en la calle, o a bailar rock and roll con mi mamá. Ahí entendí lo que era el tango. Después me olvidé porque tenía dieciséis años y quería hacer otras cosas.
«Para mí la tanda perfecta es cuando conectás con la persona, la música y el espacio. Es como que hay una trilogía ahí que puede producir una emoción muy intensa, muy placentera… A veces se logra, a veces no, y por eso no bailo todas las tandas.»
Digamos que los tiempos actuales tampoco son muy favorables a esa forma de bailar porque se traduce, quizás equívocamente en “Me dejo llevar”, y eso suena a una posición pasiva en el baile. Me parece que es necesario explicar cómo ese contacto tan cercano, casi “fusional”, sirve de apoyo para el propio baile a partir de la generación de energía. Además de lo placentero y reconfortante que resulta ese abrazo.
Mirá, no hay mujer que tome una clase conmigo, grupal, individual, que cuando le digo, “Agarrame, usame”, no abra los ojos así de grandes “Pero, ¿cómo? Porque tal me dice…” “No importa, ahora estás en una clase conmigo, usame. Vas a bailar liviana, vas a lograr adornar, vas a lograr expresar lo que a vos te pasa con el tango, pero primero tenés que bailar conmigo. Primero tenés que conectarte con la persona que tenés al lado.
Hay un psicólogo que tiene un apellido rarísimo y siempre me cuesta un montón pronunciarlo (Mihaly Csikszentmihalyi), pero él dice que las experiencias cercanas a la felicidad son esas experiencias que te producen placer y que te requieren muchísima concentración, donde vos cancelás todo pensamiento que no sea eso que estás haciendo, tal que te producen un efecto de estar fluyendo. Es eso.
¿Viste que hay gente que enseña tango terapia? Bueno, hay un chiste entre los bailarines que dice que es “es redundante” (risas). Para mí, es eso, cuando lográs la conexión. Lo que pasa es que requiere concentración… Tengo un par de amigas con las que me encanta bailar, y a veces, como somos amigos, no nos concentramos y es un desastre. Y terminamos la tanda y digo “¡Qué tanda nos perdimos!”. Y no tiene nada que ver con el sexo, es simplemente ese encuentro, ahí. Disfruto mucho de esa intimidad. Y me pasa como a los viejos, tengo mi tanda y con quien me gusta bailarla.
Tenés tu Pugliese, tu Di Sarli, tu Troilo…
Sí, un montón, y no siempre es con la pareja de uno y está buenísimo que así pase.
Fernando con Pamela Colaneri.
Contame cómo se inicia esta aventura en Italia.
Por trabajo. Y también tomé la decisión de vivir por un tiempo acá en Cagliari, en Cerdeña, porque soy nieto de italiano y mi hermano ya se hizo italiano y quiero hacerme italiano. Y quiero darles esa posibilidad de la nacionalidad a mis hijos, que tengan una herencia.
¿Una especie de salvoconducto?
No, pero es una herencia cultural que uno les puede dar. Es un derecho, ¿por qué no usarlo? Y siempre me gustó esta idea de ser un poco italiano. Y se dio la casualidad que cuando empezamos a salir con Pamela, mi pareja, estábamos en la misma instancia con nuestros papeles, así que dijimos “bueno, elijamos un lugar y vamos a terminarlo”. Así que, en principio, fuimos a Cagliari porque mi hermano se había hecho ahí la nacionalidad, y también porque Mariana Montes -que vive allí- nos facilitó el poder instalarnos y empezar. Y luego, nos mudamos a Padova, donde estamos bailando con Pamela y dando clases en la escuela Cultura Tango de Natalia Lavandeira, junto a ella y a Ángel Coria, muy felices.
Fernando y Pamela Colaneri.
Muy bien. ¿Querés decir algo más, algo que quieras aprovechar a transmitir?
Paciencia, como dice el tango, paciencia. No apurar los procesos, todo tiene un tiempo, todo tiene un proceso, todo llega.
Disfrutar del proceso, complicado en esta época marcada por un afán utilitarista: todo tiene que tener un para qué, una meta. Y, mientras, se pierde el disfrute de la vida, que no es otra cosa que el camino. Poder disfrutar con sólo estar en la milonga. Disfrutar de la conversación, de la música, de “volarte una tanda”, como decís vos. Yo creo que los argentinos tangueros que estamos afuera, tenemos la responsabilidad de hacer que la milonga sea agradable para que la gente la pase bien, aun sin bailar. Habrá quien la quiera asumir y quien no. Pero, para mí, ahí y así, también, se transmite la cultura del tango.
Igual es un gran trabajo el que estás haciendo, tiene que ver con esto que a mí me apasiona, la historia, la recopilación de la información.
Gracias, sobre todo, por haber aportado con tanta generosidad y honestidad esa “información” o data que a vos te llegó y tu parte en esta historia.
Los elementos más significativos de toda cultura son fundamentalmente trasmitidos a través de palabras. Un universo de sonidos articulados a afectos, actitudes y conductas trae los porqués, cómos y paraqués de un grupo o comunidad. Una cosmovisión que se proyecta hacia el futuro.
La trasmisión oral de estos elementos compromete al cuerpo. El sentido de cada palabra es confirmado por las inflexiones de la voz, los gestos y el contacto, que producen ecos en las fibras del que escucha, movilizándolo.
A través de un sinfín de conversaciones eslabonadas, se sostiene un hilo histórico que da sentido al hoy y que ilumina nuevas trayectorias haciendo presente los saberes del pasado. La tradición oral vuelve membrana viva a la trama histórica, en tanto en cada conversación se puede resignificar el mito a la luz de las necesidades del presente, conservando los fundamentos.
Los humanos tendemos a investir como dioses a meros mortales. Ya para los antiguos, los dioses se parecían al vulgo, con las mismas contradicciones y pasiones oscuras, salvo sus superpoderes y su inmortalidad. Porque si uno que era como “el resto” pudo alcanzar lo infinito, es más fácil creer en un mañana venturoso a pesar de un hoy desalentador.
Sin embargo, la persona sólo alcanza la eternidad a través de su obra o de la impronta que dejó en otros. Restos de vitalidad que, como herencia, tienen el valor de despertar el deseo de las nuevas generaciones, de animarlas a continuarla. Las deidades del pasado pueden ser olvidadas y su legado mantenerse vivo, en tanto se recuerda con qué se cuenta.
La nueva película de Pedro Almodóvar -la primera íntegramente filmada en inglés- muestra, sin golpes bajos y alejada de todo optimismo positivista, el dilema de cómo morir dignamente en un mundo que agoniza. Con Julianne Moore y Tilda Swinton -excelsas como protagonistas- presenta una historia de amistad, dolor y dignidad en medio de un mundo acechado por fuerzas oscuras.
Tilda Swinton en el papel de Martha.
¿Cuántas formas hay de morir? ¿Cuántas de transitar la muerte? Tantas como personas. “Hay muchos modos de vivir dentro de una tragedia”, explica Ingrid (Julianne Moore) en un pasaje de la última película de Pedro Almodóvar. Ingrid acompaña a Martha (Tilda Swinton) en sus últimos días, mientras nosotros acompañamos a Marta en su propio tránsito desde el horror hasta la aceptación. Sobrevuela la escena, la sombra de la hija de Martha, separada de su madre por un gran malentendido.
Tilda Swinton y Julianne Moore.
La habitación de al lado es otra historia almodovariana que da voz a las mujeres para contar la vida con su mirada. Entre distintos personajes y escenarios, los hombres asumen roles de solidaridad con las protagonistas. Destaca John Tonturro, solícito y concernido no sólo con el drama de Martha, sino con el impacto que éste tiene sobre Ingrid, quien aloja el dolor y la angustia.
John Tonturro y Julianne Moore.
Como en un telón de fondo, Almodóvar presenta la cerrazón que habita la realidad actual. Muestra guerras y conflictos humanitarios a partir del relato biográfico de Ingrid, otrora corresponsal de guerra; y también nos advierte del derrotero funesto que cursa nuestro mundo a consecuencia de la expoliación de sus recursos naturales. Recorrido por fuerzas autoritarias y fanáticas es también un mundo que priva a las personas de su singularidad hasta en ese último acto, propio e intransferible, que es la muerte. Si hay una crítica para hacer a la película, quizás sea que todos estos temas son abordados desde un plano cenital. Pareciera que el director ha preferido narrarlos dejando piedritas en el trayecto, imposibles de eludir, mientras que evita el tropiezo de algún espectador con la roca de lo real.
Tilda Swinton.
La belleza que rodea lo tremendo de la historia es un destilado del mejor Almodóvar. La exquisitez de los detalles, los paisajes, el vestuario, la paleta de colores, la armonía de la banda sonora y algunos breves pasajes de humor, todo produce un alivio para que se pueda lidiar con el caos del fin. Basada en la novela de la autora neoyorquina Sigrid Nunez, Cuál es tu tormento, rescata el valor de los lazos afectivos en medio de un mundo recorrido por la crueldad y la sin razón.
Una joven abogada construye una carrera exitosa como defensora de acusados de delitos sexuales. Conoce a la perfección cada una de las reglas del juego judicial y cómo hacer que la denunciante muestre todas sus cartas hasta ganarle de mano. Disfruta cada una de las absoluciones que consigue como signo de su valía profesional, porque entiende su trabajo de forma nada personal: ella sólo es uno de los engranajes necesarios para que el sistema funcione. De repente un hecho cuestiona esa manera de ver y escuchar a las víctimas. Ya nada es como antes, ni la posición ética de la triunfal abogada ni la comodidad de la butaca del espectador que ya no puede quedarse indiferente. La obra, interpretada con una contundencia apabullante por Julieta Zylberberg y magistralmente dirigida por Andrea Garrote. logra trasmitir con una gran sensibilidad y agudeza pedagógica el punto de vista de las víctimas de violencia de género y la revictimización que sufren por parte del sistema judicial y la sociedad.
Julieta Zylberberg en el papel de Romina, la brillante abogada penalista.
Prima Facie llega a la Argentina tras obtener un gran éxito en Londres, Broadway y Madrid. Es una obra valiente de la abogada penalista Suzie Miller sobre las fallas del sistema judicial en el tratamiento de la violencia de género y los delitos sexuales, que impiden que se haga justicia y atentan contra la libertad de las víctimas.
El texto tiene un alto valor pedagógico en tanto logra conmover al público con cuestiones que le pueden resultar ajenas o contrarias al discurso corriente. Por ejemplo, cuando la protagonista dice “Miremos a quien tenemos a la izquierda, miremos a quien tenemos la derecha, una de nosotras tres va a sufrir alguna forma de abuso”, inscribe las frías estadísticas en la piel del espectador.
También pone sobre las tablas, con una claridad meridiana, cuestiones que están hoy en el debate público en distintas geografías, como la controversia sobre el consentimiento, según el cual “sólo sí es sí” y toda persona tiene derecho a negarse a participar en una situación íntima, en cualquier instancia de la misma, sin que las acciones previas impliquen ninguna aceptación tácita.
Por otro lado, ataca la forma en la que se construye la verdad legal en tanto no hace lugar a la voz de la víctima, pretendiendo ingenua -o, quizás, perversamente- alcanzar la objetividad de la verdad cuando toda verdad se torna subjetiva desde el momento que parte de la experiencia o de la observación. Se le exige entonces a la víctima un relato coherente y sin olvidos, ignorando la acción que los mecanismos de defensa psíquicos operan en la memoria frente al trauma, aunque estos han sido explicados por infinidad de peritos. Y lo más terrible, aún, es que se la cuestiona en su posición, a partir de ideales cargados de prejuicios de lo que debe ser una víctima o cómo debe comportarse, desconociendo, incluso, el arrasamiento subjetivo que tal trauma le produce.
Andrea Garrote dirige con gran maestría a Julieta Zylberberg para que, con un trabajo físico enorme, logre hacernos recorrer distintos escenarios en medio de una puesta en escena minimalista. Por otro lado, el despliegue de registros actorales de Zylberberg para producir la transformación de su personaje de un extremo al otro del arco narrativo es francamente arrollador, a la vez que la actriz provoca sentimientos de complicidad en el espectador que lo comprometen con el tema de la obra.
De izq. a der., Julieta Zylberberg y Andrea Garrote, protagonista y directora de Prima Facie.
Prima Facie es una obra de gran relevancia en la actualidad, que hace honor a la función del teatro como expresión artística en tanto pone a la palestra aquello que las palabras no alcanzan a nombrar.
Eximio bandoneonista, compositor, arreglador y maestro, Víctor Lavallen porta sobre sus espaldas una trayectoria de más de 75 años. Empezó muy joven, con apenas 14 años, en una orquesta llamada Los Serranos. Y en apenas dos años ya estaba trabajando con Miguel Caló. Luego vinieron Enrique Francini, Ángel Domínguez, Joaquín Do Reyes, Atilio Stampone, Mariano Mores, entre otros, y el gran Maestro Osvaldo Pugliese, donde conformó la “delantera” de bandoneones junto a Ruggiero, Julián Plaza e Ismael Spitalnik. Tras diez años como músico y arreglador del maestro Pugliese, destacando sus arreglos de “Gallo ciego” y “El Pañuelito”, muchas giras internacionales y memorables grabaciones, se fue de la orquesta para conformar “Sexteto Tango” junto a Osvaldo Ruggiero, Julián Plaza, Emilio Balcarce, Oscar Herrero, Alcides Rossi y Jorge Maciel como cantor, cosechando grandes éxitos y prestigio. Diecinueve años después, participó en la Orquesta Municipal del Tango de la Ciudad de Buenos Aires, entonces dirigida por Carlos García y Raúl Garello, y en la orquesta “Color Tango” junto a Roberto Álvarez. Fue, también, músico y director de la compañía de Luis Bravo, “Forever Tango”, durante dieciocho años. Finalmente, al cabo del tiempo, formó un trío junto a Pablo Estigarribia y Horacio Cabarcos y dirige la orquesta escuela de tango “Emilio Balcarce”. Hoy, a sus casi 90 años, continúan componiendo, grabando y actuando en vivo, porque todo esto, confiesa, lo mantiene vivo. ¡Ojalá esta entrevista sirva para contagiar ese deseo de vida y de arte que a Víctor lo habita!
Maestro, la idea de estas entrevistas es intentar descifrar el deseo detrás de una trayectoria artística. Es decir, ¿qué hizo que tomaras algunas decisiones, qué te impulsó a elegir algunas opciones, qué fuerza te ayudó a enfrentar a los problemas?
En ese sentido, quisiera comenzar por preguntarte por qué el bandoneón, un instrumento tan ligado al tango. ¿Qué fue primero, el bandoneón o el tango?
Bueno, te cuento, el primero no fue el bandoneón, sino la trompeta. En mi familia son todos músicos: mi padre, mi tío… En Rosario eran muy conocidos.
¿Músicos de tango?
Había de tango, de jazz, de todo, era una mezcla, pero siempre prevalecía más el tango. Cuando mis padres se separan, nos vinimos con mi mamá y mis hermanas a vivir acá (Buenos Aires). Siete, ocho años, tendría. Vivía en Gorriti y Bustamante, pleno Palermo. Ahí, nomás, vivía Pichuco, Aníbal Troilo, a una cuadra, pero a mí el tango todavía no… Yo miraba mucho cine, películas musicales que tenían mucho jazz, y me gustaba la trompeta.
Había muchas orquestas. Y a mí me gustaba, todavía me gusta, el jazz. Así que empecé a estudiar trompeta, pero después me dijeron “¡No… que es peligroso para los pulmones!” Y qué se yo… Entonces, fue cuando me mandaron a Rosario -mi tío quería que fuera a Rosario-, y empecé a estudiar bandoneón con él.
Y, ¿qué te atrajo del bandoneón? ¿O fue el tango?
No, yo no le daba bolilla al tango. Fue mi tío, él quería que estudiara el bandoneón, y después me gustó el sonido y todas esas cosas. Estudiaba mucho.
¿Qué son “todas esas cosas” que te gustaron?
El sonido y las orquestas. Yo pensaba “¡Cómo me gustaría tocar con esas orquestas que estoy escuchando! ¡Me gustaría tocar con Pugliese!”.
¡Y tocaste con Pugliese!
Y, bueno, a mí siempre me gustó Pugliese. Ya de pibe nos íbamos a los bailes con mi mamá, mis hermanas que eran mayores que yo y ya iban a bailar, y Pugliese iba por los barrios, ¿viste? Yo vivía acá en Villa Ortuzar. Tenía doce años, trece.
¡Trabajábamos un montón! Me acuerdo que había una foto de la orquesta y en el reverso estaban todos los lugares donde íbamos a estar en el año. Un fixture, todo lleno. Estaba todo programado, giras, carnavales… Con Pugliese, impresionante, pero con todas las orquestas era así.
Víctor Lavallen formando parte de la orquesta de Osvaldo Pugliese. De izq. a der, bandoneones: Julián Plaza, Víctor Lavallen, Osvaldo Ruggiero, y Arturo Penón. Violines: Norberto Bernasconi y Emilio Balcarce. Violoncello: Quique Lanoo. Piano: Osvaldo Pugliese. Fuera de la foto: Julio Carrasco y Oscar Herrero (violines) y Alcides Rossi (contrabajo).
En una entrevista contaste que Piazzolla había dicho que eran todos un poco locos los que tocaban el bandoneón porque era muy complicado.
Es verdad, es muy complejo. El bandoneón es un instrumento que tiene treinta y ocho teclas de un lado y treinta y pico del otro, y abriendo es una forma y cerrando es otra. No es como el acordeón que abriendo y cerrando es siempre la misma nota. Hay unos bandoneones en Alemania que al principio eran cromáticos, y que abriendo y cerrando eran la misma nota, entonces no tenés problema. Acá hay que estudiar dos veces, porque la mano izquierda es distinta a la mano derecha, o viceversa: abriendo y cerrando son dos cosas distintas. Es muy complicado para independizar las manos. Tuve que estudiar mucho.
¿Puede ser que algo de esa complejidad te atrapara, también? Por el desafío.
No, yo no me daba cuenta que era difícil.
Pero, entonces, tenías facilidad.
No, facilidad no, yo estudiaba, estudiaba mucho porque me gustaba, pero facilidad no tenía.
¿Y cómo fue que empezaste a trabajar con catorce años?
Porque había pocos músicos y mucho trabajo, entonces empezábamos todos jóvenes. Había chicos que empezaban con quince, dieciséis, diecisiete, todos más o menos… y yo empecé a los catorce, muy joven. ¡Aunque parecía que tenía como veinte! Se confundía la gente, decían “Uh, que grande este pibe”.
«¡Ah, trabajábamos un montón! Se trabajaba mucho en la radio. En Radio El Mundo, Radio Nacional, y Radio Belgrano, las tres más famosas… Yo me levantaba a las diez de la mañana, llegábamos a la radio a las once y media, tocábamos un par de horas… De ahí, me iba a la confitería Richmond de Suipacha -también trabajé en la Richmond de Esmeralda-. Y después nos íbamos al cabaret. Llegaba a mi casa a las cinco de la mañana y a las diez me tenía que levantar para estar en la radio a las once y media…»
Pero, ¿cómo fue?
Resulta que yo estudiaba bandoneón con un maestro que tocaba con D’Arienzo y él me metió a los catorce años en una orquesta que se llamaba Los Serranos. Estaba en Picadilly, ¿viste el teatro Picadilly? Era una confitería bailable. Al principio me echaron porque no sabía nada, pero como faltaba gente me dejaron volver. Trabajé un par de años, y empecé a conocer músicos, -yo ya tocaba más o menos bien, me la rebuscaba- y empezaron a aparecer las orquestas: Francini, Stamponi. Hasta que a los 16 años empecé con Miguel Caló.
¿Cómo era Caló? ¿Qué me podés contar de él?
Miguel Caló era un tipo fenómeno. Era una figura importante en todos lados. Para mí era un orgullo estar ahí con grandes músicos, yo era un chico.
¿Y qué te transmitió?
Transmitir como músico, no, porque él no tocaba ningún instrumento, él dirigía la orquesta. Los que me transmitieron como músicos fueron los que estaban ahí, por ejemplo, Julián Plaza, Simón Bajour que era un pianista que escribía. Esos tipos eran de primera, yo aprendí mucho con ellos, me gustaba como tocaba Julián Plaza y me copiaba mucho de él.
Y ellos, ¿qué secretos te trasmitieron?, ¿cuál era el yeite?
Los secretos se aprendían cuando uno tocaba y ensayaba. Los secretos están ahí, para eso están los ensayos. Uno va adquiriendo experiencia y va tomando conocimientos. Porque todas esas orquestas eran muy de primer nivel, se tocaba muy bien. Por ejemplo, con Pugliese ensayábamos lunes, martes y miércoles. Jueves, viernes, sábado y domingo; baile. Así, siempre, todo el año.
¿Qué te gustaba de Julián Plaza? ¿En qué sentido era distinto que otro?
Cada uno era distinto,cada uno tenía su estilo. Después toqué con otro maestro que se llama Máximo Mori, que era muy bueno también. Estuve con Héctor María Artola, también. Y no sé si te suena Joaquín Do Reyes… Y bueno, yo tocaba con esos maestros que tocaban muy bien, todos eran primeras figuras. Tuve la suerte de estar al lado de ellos y ahí aprendí. No puedo decir específicamente qué es lo que aprendí… aprendí un montón de cosas que se iban incorporando solas. No te puedo definir qué era lo que me llegaba, me llegaba todo, me gustaba la forma del fraseo, lo que hacía uno distinto a otro, ¿viste? No son todos iguales.
Después cuando ya estaba con Francini, también, otro muy importante era Julio Ahumada, otro gran bandoneonista, primer bandoneón, también. Y yo estaba ahí, al lado de él y aprendí un montón. Al lado de Francini, Juan José Paz, también, pianista. Con Francini hablábamos mucho, él era un gran músico. Y yo tuve la suerte de estar al lado de ellos, pero no puedo definir si me gustaba esto o lo otro. Me gustaba estar en esa orquesta, porque era una orquesta buena, y entonces era muy famosa, y, ¿viste?, cuando uno es joven quiere estar con los famosos.
«Cada uno era distinto,cada uno tenía su estilo… Y bueno, yo tocaba con esos maestros que tocaban muy bien, todos eran primeras figuras. Tuve la suerte de estar al lado de ellos y ahí aprendí. No puedo decir específicamente qué es lo que aprendí… aprendí un montón de cosas que se iban incorporando solas. No te puedo definir qué era lo que me llegaba, me llegaba todo, me gustaba la forma del fraseo, lo que hacía uno distinto a otro, ¿viste? No son todos iguales.»
¿Y cómo era la vida del músico en aquel momento?
¡Ah, trabajábamos un montón! Se trabajaba mucho en la radio. En RadioEl Mundo,Radio Nacional, otra radio muy famosa, y Radio Belgrano, las tres más famosas de Buenos Aires, de Argentina. Ahí estaban las mejores orquestas, tenían que dar una prueba antes. Y yo tuve la suerte de estar ahí con Francini, con Miguel Caló. Después estuve con muchos músicos que no eran muy conocidos, o no muy famosos, pero que tocaban muy bien: Julio Ahumada, Julián Plaza, Leopoldo Federico. Con Stampone estábamos Leopoldo Federico, Julián Plaza y yo. ¡¿Qué tal?! Y después había otro que se llamaba Atilio Corral, que tocaba una barbaridad… Simón Bajour, un capo…
Estuve también con Armando Laborde y Alberto Echagüe. Trabajé un montón con ellos, con la orquesta de Alberto Di Paulo. Alberto Di Paulo era gerente de un banco, muy buen músico, arreglador y todo, pero les salió un viaje a Chile y, como yo tenía muchos amigos en esa orquesta, me dicen: “Che, ¿No querés venir a Chile? Porque Di Paulo, por el banco, no puede viajar”. Ahí empecé y me quedé como tres años, trabajé un montón. Estábamos en la radio, en las confiterías, muchísimos bailes.
¿Alguna anécdota especial que te acuerdes de ellos, de estar con ellos?
No, porque trabajábamos mucho. Mirá, yo me levantaba a las diez de la mañana, llegábamos a la radio a las once y media, tocábamos un par de horas: quince minutos, otra orquesta, después, a la hora, tocábamos otra vez. De ahí, me iba a la confitería Richmond de Suipacha -también trabajé en la Richmond de Esmeralda-. Y después nos íbamos al cabaret. Llegaba a mi casa a las cinco de la mañana y a las diez me tenía que levantar para estar en la radio a las once y media, así que no tenés tiempo ni de pensar, vos tocás.
Quizás lo más raro fue la vez que se decidió quitarle algunas cosas a Pugliese para dárselas a Osvaldo Ruggiero. Hicieron una reunión y dijeron “Bueno, mire Osvaldo, como usted no hizo ningún mérito en todo este tiempo le vamos a sacar el puntaje suyo y se lo vamos a dar a Ruggiero…”. No todo el porcentaje, pero Ruggiero ganaba más que todos, que el director, eso es una cosa rara… “Y bueno, está bien”, dijo Pugliese, no protestó.
Es decir, Pugliese era Pugliese, pero es cierto que todo se decidía como cooperativa.
Claro, porque había que hacer méritos.
¿Qué quiere decir que había que hacer méritos, cómo era?
Y, por ejemplo, con mi arreglo de Gallo Ciego no pasó nada, pero hice El Pañuelito y me subieron el puntaje porque había sido un éxito.
¿Y cobrabas en función del puntaje?
Claro, pero no había mucha diferencia, había siete puntos, ocho, nueve, nadie llegaba a diez.
¿Y cuáles eran los criterios de méritos? ¿Qué era lo que ustedes evaluaban?
Y bueno, la actitud del tipo tocando, si tiraba mucho para adelante y la orquesta salía bien por él. Después hacías un arreglo y si gustaba era un mérito. O también, en el caso del cantor, si gustaba mucho un tema que cantaba, se le reconocía. Entonces te subían el puntaje y te daban un poco más de lo que ganabas. Pero siempre estábamos ahí, bastante parejos. Era para incentivar, más que nada.
¿Y cuál sería el secreto del bandoneón? Si vos tuvieras que transmitirle a alguien que le estás enseñando, algo que no sea solo la técnica.
Y… el sonido. El sonido es muy personal y particular de cada uno. A veces se dice “Uy, qué bandoneón feo”, pero el bandoneón no es feo, es el tipo que le da el sonido, depende de quién lo toca. Hay músicos que lo tocan bien, pero tienen un sonido fulero.
Hay, también, muchos que imitan. A Piazzolla, por ejemplo. Muchos quieren tocar como él. Los que imitan no van, uno tiene que tocar como lo siente, yo nunca traté de imitar a nadie. Yo podía sacar como tocaba Osvaldo Ruggiero -otro capo fraseando, en todo-, pero no, yo siempre toqué a mi forma, sólo saqué algunas cosas de ellos.
¿Y cómo definirías tu sonido?
Lo tendría que decir otro músico, yo no lo puedo decir.
Pero, ¿qué es lo que vos buscás? ¿Qué es lo que a vos te emociona cuando tocás?
Y bueno, el fraseo, por supuesto, los matices, hay un montón de detalles… una cosa fraseada, una cosa sentida, expresiva.
¿Y eso es algo que lo decidís vos por tu cuenta o lo acordás con el director de la orquesta, sobre todo con aquellos grandes directores? Por ejemplo, Pugliese ¿te dejaba hacer lo que vos querías o te marcaba lo que él quería?
No, no, había un estilo. Hay un estilo, con Pugliese, con Caló. Cada uno tiene su estilo, no es que tocábamos cualquier cosa, ¿viste?
¿Y cómo cuadra el estilo de la orquesta con tu sonido? ¿Cómo ensamblan eso? ¿Cómo lográs vos poner, ahí, tu sonido?
La orquesta tiene un estilo y el solista le da su personalidad. Después de tantos años de tocar juntos parece que hay que tocar así, pero se toca así porque él lo impuso. Cuando nosotros nos fuimos para hacer el Sexteto Tango, la orquesta de Pugliese siguió con otros músicos y ya no era el mismo sonido el del primer bandoneón. Tocaban bien, todos tocan bien, pero no es lo mismo Osvaldo Ruggiero que Julián Plaza, no es lo mismo Julián Plaza que Ismael Spitalnik o que Mario Demarco. Si vos prestás atención a todos esos que te nombro, por ejemplo, en el Sexteto Mayor a Luis Stazo, gran orquestador, vos escuchas y decís “Ése es Stazo”. Escuchás a Libertella y decís “Éste es Libertella”. No es lo mismo Libertella que Stazo, cada uno tiene su estilo. Ernesto Baffa también, se notaba que era él. Y Julián Plaza se notaba que era Julián Plaza. Y Julio Ahumada, también. Todos tienen su personalidad.
¿Lo notás en la intensidad, la pausa, el fraseo, cómo acentúa…?
Claro, el sonido y fraseo, más que nada el sonido. El sonido se lo saca uno en la intensidad que le da a un solo, a una melodía. Por ejemplo, un tipo está tocando un solo de violín y vos lo escuchás y decís pero qué raro que suena, porque el tipo se quedó, y el otro está adelante, o se adelantó y el otro quedó atrás. La armonización ¿viste?, lo que te tiene que acompañar. Y el canto es lo mismo, si vos no fraseás a tiempo… Vos ves los cantantes de antes, cómo fraseaban. Floreal Ruíz, Alberto Marino, Alberto Morán… todos eran de primera, se lucían ellos y la orquesta. Porque tenés que escuchar también a la orquesta, tenés que dejar los descansos a la orquesta. A veces hay grandes cantantes, pero que tienen un fraseo que va para atrás, entonces vos escuchás la orquesta que va adelante y él va atrás. O viceversa, la orquesta queda atrás y él va a adelante. Y es horrible, la gente no lo escucha, se emploma, ¿viste? Goyeneche no, él tenía un fraseo adelante, el bandoneón y los violines también, todo adelante. Vos escuchás a Roberto Goyeneche, cuando estaba con Salgán tenía una voz hermosa, pero después cuando fue con Troilo, cuando salió de Troilo, era otro tipo. Se hizo famoso porque el tipo era expresivo, llegaba. Porque el cantante, como el músico, tiene que llegar…
«Yo tuve mucha suerte de estar en una época en que se trabajaba un montón. Ya te digo, empecé joven porque había mucho trabajo… Ahora hay un montón de buenos músicos, pero poco trabajo, desgraciadamente. Pero, qué va a ser, hay que remarla, a lo mejor cambia. Si les gusta, hay que meterle para adelante… Conozco un montón de casos, uno, por ejemplo, que le decían que no servía y el tipo siguió y tuvo un éxito bárbaro. Hay un montón de detalles, no se sabe por qué a veces hay tipos que tienen un éxito bárbaro, impresionante. Si a vos te gusta, tenés que seguir. Yo iba a seguir igual. Yo seguí igual.»
¿Y por qué Pugliese siempre te emocionó?
Y bueno, Pugliese era un tipo que tocaba. Me impresionaban los tipos que tocaban, que se despeinaban todos.
Bueno, pero con D’Arienzo también se despeinaban todos.
No, no, no, con D’Arienzo no. Con Pugliese, el único… Osvaldo Ruggiero, Jorge Caldara, la gente se volvía loca. Me acuerdo que cuando iba a ver a Pugliese también me gustaba Ruggiero porque se despeinaba. Estaban todos con él, era más famoso que Pugliese. Y con Caldara, Jorge, el otro bandoneonista, también. Eran los dos, la gente tiraba mucho para ellos dos y no tanto para Pugliese. A ver, Pugliese sí, era Osvaldo Pugliese, era el director, pero los otros tiraban mucho y eso se notaba. Eran Mick Jagger y compañía.
¿Eran un poco como los roqueros de la época?
Exacto, exactamente igual. ¿Viste a los roqueros, con los pelos? Igual, igual. La gente se volvía loca y a mí eso me gustaba… Me llegaban… me llegaban. Y también me gustaba que la orquesta sonaba fenómeno. “¡Cómo me gustaría tocar acá!”, pensaba.
¿Cómo llegaste a Pugliese?
Porque era amigo de un pianista que había tocado con Gobbi, que se llamaba Romero, Ernesto Romero, y estaba con Pugliese. En esa época, Pugliese no quería trabajar tanto, entonces puso un pianista. Primero a Osvaldo Manzi, uno que estuvo con Troilo, y cuando Manzi se fue, vino Romero. Un día, me encuentro con él en la radio, “Romero, ¿cómo te va?”. Y me dice, “Che ¿sabés que se va un bandoneón de Pugliese?”, “No me digas, ¿quién se va?”, “Fulano”, “Uy, que raro que se va, con Pugliese laburaba un montón”, le digo. “¿Y quién va en su lugar?” “Y, mirá, está Julián Plaza, Baffa, Stazo, Libertella, hay unos cuantos…”, eran todos famosos… Y me dice “Che, ¿querés que tire tu nombre?”, y le digo “Sí, total… ¡qué me van a dar bola con los tipos esos!”. Yo tocaba con varias orquestas, pero no era famoso como ellos. Pero hete aquí que Pugliese y los músicos no querían figuras grandes, conocidas… Entonces, como Demarco conocía a mi papá de Rosario, porque era orquestador, y qué sé yo… Romero fue y tiró mi nombre. “¿Quién es este Lavallen?” dice Pugliese. “Es un pibe que toca bandoneón… toca bien, yo lo conozco al padre, vive en Rosario”. Y me llaman.
¿Y te hicieron una prueba?
No, no, antes no te hacían prueba.
¿Directamente a la cancha?
Directamente a tocar. Y cuando me ve, me dice Pugliese: “¿Usted escribe, no?”. Le digo que sí, total si me echan… -porque en la primera orquesta que estuve me rajaron por no tener experiencia-. Yo escribía muy poco, en mi casa, y menos para Pugliese, pero ¿qué iba a decir? Empecé a estudiar mucha armonía porque tenía que estudiar, “si no acá me van a sacar a patadas, otra vez”, pensé, ¿viste? “Vamos a empezar a estudiar para escribir”, dije. Estudié con uno, con otro, así. Con el tiempo agarré el estilo bien, porque yo estuve diez años con Pugliese, mucho.
¿Habías hecho algún arreglo ya, con Francini o con Caló?
No, nada, la primera orquesta para la que escribí fue para Pugliese. Y entonces me dice “¿Qué querés hacer?”, y le digo “Gallo ciego”. “Ah, bueno, métale”.
¡Ah, bueno! ¡Gallo ciego! Para lanzarse a la piscina que sea en lo más hondo.
Pero pregunté un montón, “Che, ¿cómo hago esto?”, les preguntaba ¿viste?. “No, mirá, poné así, asá”, y bueno, quedó. Yo siempre aprendí mucho de todos los músicos que estaban ahí: Emilio Balcarce, Julián Plaza, Ismael Spitalnik, Osvaldo Pugliese.
¿Preguntabas cómo escribir el arreglo?
Claro, para no perder tiempo y no meter la pata, a ver qué es lo que escribirían ellos. “No, poné esto. Así está bien”, “Bueno, ésto dejalo que está bien”. Y después se ensayaba. Y, a veces, te borraban unos cuantos compases.
Hiciste algunos arreglos de temas emblemáticos de Pugliese: Gallo ciego, El pañuelito…
Gallo Ciego fue el primero que hice, después hice El pañuelito que fue un éxito bárbaro, lo cantó Maciel. Estábamos grabando y nos íbamos afuera, a Rusia, y Pugliese me dice “Che, pibe, ¿por qué no me hacés el arreglo de El pañuelito porque falta grabar otro más y voy a grabar ese?”. “Bueno”. Y salió fenómeno, les gustó a todos. Después, cuando volvimos de Rusia, El Pañuelito era un éxito, en los bailes teníamos que repetirlo. Y con Gallo ciego no pasaba nada. Mirá vos cómo es.
«… haber estado con Pugliese, eso me impactó mucho. Al principio, no me di cuenta, pero después cuando uno piensa “¡Uy, ¿cómo estoy acá?, yo era admirador de todos estos tipos y ahora estoy tocando con ellos!”. Pero esas cosas las pensás después, de entrada, no. (…) ¡La pasé fenómeno! Yo tengo una carrera bastante impresionante… Tuve suerte, también, ¡eh!»
Te escuché en una entrevista que decías algo así como que el arreglo puede cambiar según la época, para que le guste a la gente.
También hay arreglos que se han hecho hace cincuenta años que vos los escuchás ahora y parece que lo hicieron ayer, parecen nuevos, porque son muy buenos… estaban adelantados a la época.
¿Cómo percibís esa temporalidad de la música? ¿Cómo te das cuenta que algo es de esta época o de una época antigua?
Porque te llega, te hace vibrar algo.
Porque te sigue llegando. ¿Si sigue llegando al público hoy, es porque es actual, y, si no, hay que cambiarlo?
Para mí sí, claro. Cuando vos escuchás cosas muy antiguas, por ejemplo De Caro, está bueno, sí, pero no es actual y no te llega tanto.
¿Qué orquestas te suenan actuales?
Francini. Vos escuchás a Francini y es de ahora. Escuchas cosas de Troilo de antes y parece que fueran de ahora. Alfredo Gobbi, Osvaldo Pugliese, Osvaldo Fresedo, yo escucho ahora lo de Osvaldo Fresedo del año 40 y me gusta, me encanta. Gobbi. Hay una similitud entre Gobbi y Pugliese, hay algo… la forma, el marcado, bien milonga, una forma bien compacta, el ritmo, eso llega. A mí Gobbi me gusta mucho.
Y, bueno, ¡de Piazzolla ni hablar! Piazzolla está siempre vigente. Hay un montón de cosas de él que parece de una orquesta nueva, de ahora. Piazzolla era muy bailable y muy musical. Vos escuchas su orquesta del 46 y es muy bailable, cien por ciento, no es que no se podía bailar, mentira, lo que pasa es que empezó a hacer melodías muy complicadas, muy modernas para esa época, entonces la gente tenía el oído de las otras orquestas y ésta era una cosa nueva, y las cosas nuevas son jorobadas de imponer.
«Si en el tango no hay melodía, para mí no existe. El tango es melodía, ritmo, síncopa y todas esas cosas que tiene el tango. Si no tiene eso… Por ejemplo, hace un tiempo que hay mucha gente que toca fusión -a mí no me gusta la fusión- y como le ponen un bandoneón se creen que están tocando tango. No, es música urbana. El tango es muy melódico, la melodía tiene que estar, si no, ¿esto qué es?»
¿Y cómo fue tu experiencia con Forever?
Yo estuve en Forever (Forever Tango) dieciocho años, ¡un montón! De entrada, no quise ir porque estaba con Marconi en televisión, en un programa que se llamaba “El gran debut”, eran todos cantantes nuevos, pero la orquesta salía fenómeno. Entonces estaba Adrover en la radio y me dice “Che, Víctor, ¿no querés venir a Los Ángeles? Bravo tiene un laburo para hacer”, y le digo “No, estoy con Mores”, Mariano Mores. Ellos fueron e hicieron un éxito impresionante, así que se quedaron más tiempo, se fueron a San Francisco y al final estuvieron como dos años. Entonces se decidió hacer otra compañía para llevar Forever a Londres. Y ahí me llaman a mí. “Che, Víctor, ¿no querés venir a Londres porque…?”, Walter Ríos que estaba de director se quedaba en San Francisco. Tres meses y medio estuve en Londres, un montón.
Entonces Walter Ríos decide irse y el director musical, Luis Bravo, me dice: “Che, Víctor, ¿no querés dirigir la orquesta en San Francisco que nosotros tenemos que hacer la gira por todo Estados Unidos?”. “Sí, cómo no”. Me quedé ahí un montón. Y después estuve como un año y pico en Nueva York.
¿Y cómo fue vivir toda esa época, qué te acordás?
Me acuerdo de todo: estaba fenómeno, estaba bárbaro. Me gustaba, vivía en Nueva York, ganaba buena plata. Yo vivía en 47 y Broadway, ahí en el epicentro de todo.
Y cuando vos llegás a Broadway, ¿qué efecto te produce? ¿En algún momento, en toda tu carrera, te paraste y miraste para atrás, y dijiste “¡Guau!”?
No, yo nunca miro para atrás, yo vivo el momento, ése que pasaba ahí. No me fijo lo de atrás y digo “¡Uy, ¿cómo llegué acá?!”. Llegué porque tenía que llegar, porque sucedió, ¿viste? Estuve un año y pico ahí en pleno Broadway. Me gustaba porque caminaba, iba al Central Park, comíamos, conocí gente, y es lindo, ganábamos buena plata, nos pagaban bien, vivíamos bien, diez puntos. Forever, diez puntos. La verdad, la pasé fenómeno.
¿Y qué pasó con las grandes compañías como Forever ? Ya no hay compañías tan potentes ni giras tan grandes. ¿Qué pasó?
Pero hay muchos que salen. Por ejemplo, el mes pasado, unos chicos amigos que estaban en la orquesta escuela se fueron y estuvieron un mes y medio en Europa, y ganaron un buen dinero.
Sí, pero van por separado, “sueltos”, no van compañías.
No, compañías, no. Sí, las parejas de baile. Antes era distinto… ahora se descuidó mucho por ahorrar, ¿viste?, la orquesta ahora no es una orquesta, es un quinteto.
Claro, pero si no hay presupuesto debe ser porque no hay negocio como antes. ¿Puede ser que a la gente en el exterior ya no le atraen estos shows?
Bueno, pero lo que pasa es que la gente veía una orquesta grande, siete u ocho parejas de baile… Era distinto.
O sea los shows de tango antes gustaban porque tenían una producción importante.
Claro, vos vas a Las Vegas a ver un espectáculo y te volvés loco, de primera.
¿Cuándo fue la primera vez que te sentiste, no sé si la palabra es orgulloso o emocionado, de cómo te salió un tema en público, tal que dijiste “Hoy la rompí”? ¿Te acordás?
Mirá, por ejemplo, a mí me trajo mucha satisfacción una vez que estaba con Mariano Mores y teníamos que tocar Canaro en París y yo le mostré un solo de bandoneón que escribí yo, para mí, y le digo “Mariano, ¿qué te parece? Si no, hacé el tuyo,” porque él había escrito otra cosa. “No, hacé el tuyo que va mejor. Hagamos eso que está fenómeno.” Así que hice el mío ¡y gustaba un montón! Mariano Mores, un capo, también.
¿Y en qué otros teatros o lugares especiales estuviste?
Moscú, estuvimos trabajando en el Teatro Bolshoi de Moscú.
¿Qué sentiste estando ahí?
Y…, yo tenía veintitrés años. Después, ahora pienso qué importante haber estado ahí, con Pugliese. En Rusia estuvimos un montón, en todos los lugares importantes, en Leningrado que ahora se llama San Petersburgo estuve seis meses. Después estuvimos unos meses en China cuando estaba Mao Tse Tung. Y el primer ministro nos vino a ver, Zhou Enlai. Era el primer ministro y nos vino a ver.
Y cuando estábamos en Nueva York también iban muchos artistas, gente conocida. En Londres vino Brian May, viste, el de Queen. Después, cuando estábamos en Estados Unidos, venía mucho Duval, que le gustaba bailar tango. Venía Tonny Bennet. Bueno, a Tony Bennet lo vi acá, me saludó cuando estábamos en el Caño. Un tipo macanudo. Caño 14 estaba fenómeno. Ahí debutamos con el Sexteto Tango.
Sexteto Tango en Caño 14 en tiempos de su debut. De izq. a der.: Víctor Lavallen, Emilio Balcarce, Alcides Rossi, Julián Plaza, Oscar Herrero, Jorge Maciel, y Osvaldo Ruggiero.
¿Qué tenía Caño 14 que no tuviera otro?
Y, no había otro. No había otro, era el único. Después apareció ElViejo Almacén y después Michelangelo, y después aparecieron un montón. El primero fue Caño 14. ¿Pero sabés que era lo bueno? Que era todo para la gente de la Capital, no era para el turismo. Entonces iban muchos artistas, también. Yo me acuerdo que iban Leonardo Favio, Norma Leandro, los padres de ella, que eran actores, también.
La historia empieza con un boliche entre Stampone, Atilio, Martino -un jugador de fútbol muy famoso de la época de oro- y Fiasche -los que serían los dueños del Caño, después-; y en este boliche se servía locro y empanadas, y tocaba Héctor Stamponi, “Chupita”. Y como éramos amigos con Atilio, yo estuve mucho con él, nos invitaba a comer e íbamos mucho. Pero un día dijeron: “Esto así no va”. Entonces hicieron un bolichito para copas, a la noche, y llamaron a Troilo y a Rivero para el show. Se llamaba Caño 14 porque era muy chiquito, y entonces cuando un departamento era muy chico se decía “¿Dónde vivís? ¿En un caño?”. Y la dirección era Uruguay y el número 714, u 814. Se empezó a llenar y, entonces, se mudaron a Talcahuano al 900, y ese sí fue el mítico Caño 14. El Caño fue un éxito impresionante. Ahí estaban Aníbal Troilo, Goyeneche, Leopoldo Federico con Grela, cuarteto, Stampone tocaba el piano y acompañaba a los cantores.
¿Años 60 estamos hablando?
Año 67.
¿Y ahí debutaron con Sexteto Tango?
Claro, pero no queríamos empezar porque no teníamos temas, “No, pero empiecen igual”, nos decía el dueño. “No, igual, empiecen, empiecen”, y nos pusieron atrás y empezamos. Maciel cantaba uno, dos, y nosotros tocábamos dos. Y bueno, después empezamos a grabar, empezamos a hacer arreglos, y siguió el Sexteto su carrera.
¿Y qué momento de toda tu trayectoria -o momentos quizás- te acordás especialmente, que te emocionaron mucho, o que te dejaron una marca?
Y… haber estado con Pugliese, eso me impactó mucho. Al principio, no me di cuenta, pero después cuando uno piensa “¡Uy, ¿cómo estoy acá?, yo era admirador de todos estos tipos y ahora estoy tocando con ellos!”. Pero esas cosas las pensás después, de entrada, no. Porque de entrada está todo confuso, tenés que mirar el repertorio, tenés que tocar, ver cómo es la forma, escribir, qué se yo… Pero después, cuando te relajás, pensás “¡Uy!, ¿cómo llegué hasta acá?!”. Y también, después de un par de años ya estás asentado ahí, y ya sos de la orquesta, ya no te llama más la atención, ya estás acostumbrado a estar con los grandes, ya sos uno de ellos. ¡La pasé fenómeno! Yo tengo una carrera bastante impresionante… Tuve suerte, también, ¡eh!
Sí, claro, por supuesto. ¿Y algún momento que digas “Aquello fue impresionante, un antes y un después”?
Cuando estuvimos en el Colón con Sexteto Tango fue impactante, impresionante. En el año 72. Nunca había ido ninguna orquesta al Colón. Orquesta típica, folclore, nada, era la primera vez. Estaba Pichuco, Troilo, con la orquesta. Estaba Piazzolla, Sassone, Horacio Salgán, de cantantes Rivero y Goyeneche, y nosotros, Sexteto Tango. Nosotros abrimos la segunda parte, tocamos sólo seis temas, pero impresionante. En las revistas salía que al que más habían aplaudido era a Sexteto Tango.
«Quizás lo más raro fue la vez que se decidió quitarle algunas cosas a Pugliese para dárselas a Osvaldo Ruggiero. Hicieron una reunión y dijeron “Bueno, mire Osvaldo, como usted no hizo ningún mérito en todo este tiempo le vamos a sacar el puntaje suyo y se lo vamos a dar a Ruggiero…”. “…Y bueno, está bien”, dijo Pugliese, no protestó.»
¿Con quiénes hiciste Sexteto Tango?
Osvaldo Ruggiero, Julián Plaza, Emilio Balcarce, Oscar Herrero, Alcides Rossi en contrabajo y Jorge Maciel. Los seis y el cantor hicimos el Sexteto Tango.
Sexteto Tango en Trottoirs de Buenos Aires, París, década del 80. De izq. a der.: Emilio Balcarce, Víctor Lavallen, Osvaldo Ruggiero, Alcides Rossi, Oscar Herrero y Julián Plaza.
¿Por qué se fueron?
Porque empezó a decaer un poco el trabajo. Osvaldo no quería trabajar mucho… Se ve que había algún problema con alguno de los músicos… no sé, Osvaldo era muy reservado, muy metido para adentro, pero después que nos fuimos empezó a laburar otra vez un montón. Ahí empezó Álvarez, Mederos, estuvo Binelli, un montón de buenos músicos. Y bueno, él laburaba un montón, y nosotros, también, no nos podíamos quejar. Y antes perdíamos mucho trabajo por ser tan… ¿Cómo te puedo decir?, tan de Pugliese…
¿Tan del estilo de Pugliese?
No por el estilo de tocar, sino por la forma de la gente, cómo eran. Porque ellos, por ejemplo, no querían saber nada de hacer concesiones. Y, a veces, tenés que hacerlo para agarrar un lugar lindo, hasta que te metés y después, chau. Y bueno, había cosas que… digamos que comerciantes no éramos. Éramos buenos músicos, todos, pero, por ejemplo, salió el Sexteto Mayor y nos pasó por arriba. Porque los tipos laburaban bien y laburaban por menos, había diferencia. ¡Pero está bien!, cada uno pelea con las armas que tiene. ¡Ojo, que eran amigos míos, todos! Así se metieron, y después pasaron al frente. Ellos con Tango Argentino fueron los pioneros, digamos.
Tango Argentino y Tango Pasión después.
Tango Pasión, ¡qué lindo! Y, bueno, estaba Libertella. Libertella se murió porque trabajaba mucho, tendría que haber descansado, no paraba. El médico le dijo “Tiene que descansar un poco”.
¿Y cómo es que vos llegás a dirigir la orquesta escuela?
Porque yo a la orquesta escuela de Emilio Balcarce iba de invitado.
¿Era de Emilio Balcarce…?
No, no, él era el director, la orquesta era de Ignacio Varchausky, él fue el que inventó todo. Balcarce fue uno de los pioneros que estaba ahí y dirigía. Y, a veces, invitaban directores, entre ellos a mí, con mis arreglos. Un día se fue Balcarce y vino Marconi, y cuando se fue Marconi, me llamaron a mí. Empecé en el año 2011, 2012, y hasta ahora estoy. Y los chicos que tengo ahora, los chicos, las chicas, diez puntos, tocan bárbaro. Hay un montón de muchachos, todos quieren estar en la orquesta esta porque salen bestias de ahí. Hay como treinta bandoneonistas, como cuarenta violinistas. Hace veintidós años que está la escuela y la conocen en todo el mundo. Vienen de Francia, de Japón, de Corea, de Estados Unidos, de Brasil, de todo el mundo.
Víctor Lavallen con la Orquesta Escuela de Tango «Emilio Balcarce».
¿Y a vos que te enganchaba más, el escenario o la música?
Y, las dos cosas, porque la música te lleva al escenario y en el escenario transmitís a la gente lo que uno hace, lo que uno interpreta. El escenario es importante porque tenés contacto con la gente, si no tenés contacto con la gente, por más que grabes… tenés que tener contacto con la gente.
¿Por qué? ¿Qué te enseña el contacto con la gente?
Porque personalmente te expresás mejor. Se pueden escuchar los discos, pero no es lo mismo. Muchos de los que iban a ver a Pugliese no bailaban porque la orquesta llamaba la atención y querían verla. Igual que con D’Arienzo. Bueno, con todas las orquestas, Salgán también. Yo iba a escuchar a Salgán y yo ya tocaba, pero iba a verlo. Vi a Piazzolla, vi a todos los músicos en vivo, me gustaba escucharlos personalmente porque así te llega todo lo que ellos hacen.
¿Te gusta ir, todavía, a bares de tango?
Sí, me gusta ir. Me gusta ir a escuchar a los colegas. Y a veces aprendo algo.
¿Todavía puede ser que aprendas algo?
Y, ¿por qué no? Siempre se aprende algo, siempre hay algo para aprender.
Bueno, de hecho, cuando seguís componiendo, seguís buscando cosas nuevas. Eso habla de una apertura a lo nuevo que explica la apertura a aprender siempre algo.
Sí, lo importante es eso. Y eso es lo que a uno le da vida, me parece, todo lo que hace que tengas ganas de hacer cosas. Para conformar a la gente, también, a uno mismo, a los colegas. Porque tiene que ser para que llegue a todos, no es para mí solo, lo mío le tiene que llegar más a la gente que a mí.
¿Cómo elegís entre lo que te gusta a vos y lo que le gusta a la gente?
Ah, no sé lo que le gusta a la gente, yo hago lo que me gusta a mí.
Pero si querés llegar a la gente…
Bueno, pero con lo mío, tenemos que coincidir en el gusto, yo no puedo trabajar pensando en la gente, inventar cosas para la gente, no. Yo hago lo mío, si le gusta a la gente, fenómeno. Yo hago lo que me sale y nada más, no estoy pensando. Sí, es lindo, es una satisfacción, cuando hacés algo tuyo y les gusta o te lo piden… qué se yo… Lo importante es que les guste a los músicos y a los cantantes, por ahí empezamos. Después se lo doy a una empresa para que le llegue a la gente.
Bueno, pero vos recién decías que si no llega no sirve… Entonces, ¿cómo se hace?
¿Sabés cómo? Con difusión. Sin difusión, ¿cómo haces para que lo mío o lo de otro colega le llegue a la gente? Si no le llega, no le puede gustar. ¿Por qué antes gustaban tanto las cosas de calidad -que son todas de calidad-? Porque había difusión. Si no hay difusión, olvidate, no va.
O sea, ¿vos lo que decís es que si hubiera difusión siempre se encontraría un público al que le guste lo que vos hacés?
Exacto. Cuando vamos con el trío se llena en todos lados a los que vamos. ¡Y la gente paga, eh, no es gratis! Pero va un montón de gente. Si fuese gratis, más se llenaría todavía, ¿no? Y la otra vez con la orquesta escuela había mil personas. Mil personas, un montón. O sea, que el género interesa, si no, no irían. No se van a molestar en ir a ver una cosa que no les gusta. Les gusta, lo que pasa es que no hay difusión, para mí viene todo de ahí.
«Tiene que cambiar porque hay muy buenos músicos, hacen cosas buenas, no imitan a otros, los tipos tienen su personalidad, hay cuatro o cinco tipos que son buenos músicos. Pero falta difusión, si hubiera difusión está todo solucionado. Surgirían nuevos valores, cantantes, habría más cantantes. No difunden la música nuestra como corresponde. La gente no tiene la culpa, la gente escucha la música que le dan, si le dan una porquería, le gusta una porquería.»
¿Y cómo es tu proceso para componer?
Yo todo lo que hago me emociona. Hace poco hice un tema, todavía lo tengo inédito, un día me levanté y empecé a escribir. Y no es un tango, es una melodía, pero a mí me llega, que sé yo, me emociona. Ahora estoy buscando que alguien me haga una buena letra porque es para ponerle letra, pero tiene que ser una letra que me guste, que me llegue, porque el arreglo tiene que coincidir con la música.
Si te inspiraste en alguna situación, ¿se la contás al letrista?
Yo creo que al letrista le tiene que llegar. Yo no le puedo decir “Mirá, acá yo quiero que me hagas…”, porque yo no sé escribir, sino lo escribiría yo.
Y cuando escribiste ese tema, ¿vos te inspiraste en alguna situación o fue el placer del sonido que te fue llevando y la melodía fue saliendo sola?
No, me salió. Hice una melodía que vos decís “¿De dónde vino?” Me salió todo así, brum, volando.
¿Habitualmente tu proceso creativo es así?
No, a veces lo pienso, digo “¿A ver cómo va esto…? No, esto no me gusta”, y voy buscando, pero ésta me salió así.
¿Empezás a “jugar” con el bandoneón hasta que sale?
No, jugar con el bandoneón, no. Yo me pongo, es un trabajo. Yo me pongo y digo “Voy a componer algo. Vamos a escribir, al menos, cuatro compases”. Entonces, después, vas hilando todo, vas haciendo una composición de todo lo que escribiste antes, todos los pedacitos, los juntás como un rompecabezas, y de ahí salen cosas después.
Tu fuente de inspiración es siempre el sonido.
La melodía. Si en el tango no hay melodía, para mí no existe. El tango es melodía, ritmo, síncopa y todas esas cosas que tiene el tango. Si no tiene eso… Por ejemplo, hace un tiempo que hay mucha gente que toca fusión -a mí no me gusta la fusión- y como le ponen un bandoneón se creen que están tocando tango. No, es música urbana. El tango es muy melódico, la melodía tiene que estar, si no, ¿esto qué es?
¿Cuándo empezaste a escribir? ¿Cuándo fue tu primera composición?
Cuando empecé con Pugliese. Hasta entonces tenía cosas, pero con Pugliese empecé a armar los temas. Un día Caldara me dice “Che, pibe, pero vos estás en la orquesta de Pugliese, no estás con cualquiera, ¿Qué haces que no escribís cosas tuyas?”. Y le digo “Sí, tenés razón”. Y ahí empecé a escribir para mí. Para Pugliese hacía los arreglos.
Víctor Lavallen en el trío que forma con Pablo Estigarribia (piano) y Horacio Cabarcos.
¿Qué hubieras hecho si no hubieras tenido la suerte de entrar en todas estas orquestas, si te hubiera tocado una época como la actual que no hay tanto trabajo?
No sé, la verdad que no se me ocurre qué podría haber sido, qué hubiera pasado, no tengo la menor idea.
¿Hubieras insistido en tocar o te imaginás haciendo otra cosa?
Y, si te gusta lo que hacés, sí. Por ejemplo, a mí a veces me decían “Usted es músico, pero ¿de qué trabaja?”. “Soy músico, trabajo de músico, viví toda mi vida de músico, no hago otra cosa”, la gente se cree que es un hobby la música. Fito Páez no va a la oficina a escribir a máquina o con la computadora, el tipo es músico.
Lo preguntaba porque tuviste la suerte de estar en una época que había mucho trabajo, pero hoy por hoy ya no es así…
Eso es verdad. Yo tuve mucha suerte de estar en una época en que se trabajaba un montón. Ya te digo, empecé joven porque había mucho trabajo. A mí me vino bárbaro. Pero ahora es distinto. Ahora hay un montón de buenos músicos, pero poco trabajo, desgraciadamente.
Pero, qué va a ser, hay que remarla, a lo mejor cambia. Si les gusta, hay que meterle para adelante. Por ejemplo, muchos maestros dicen: “No, usted no está para esto, dedíquese a otra cosa”, mentira. Conozco un montón de casos, uno, por ejemplo, que le decían que no servía y el tipo siguió y tuvo un éxito bárbaro. Hay un montón de detalles, no se sabe por qué a veces hay tipos que tienen un éxito bárbaro, impresionante. Si a vos te gusta, tenés que seguir. Yo iba a seguir igual. Yo seguí igual.
«Componer, escribir, tocar… Tocar también, porque me gusta estar en contacto con la gente, que escuche lo que hago yo, lo que hacemos, bah. Estamos en eso, yo estoy en eso, me gusta eso. Esto te da vida, también, ¿no? Y te ayuda a sobrellevar los momentos fuleros. Yo los he pasado, pero me ha ayudado, de verdad.»
Mirá, por ejemplo, yo era amigo de Expósito, entonces una vez le digo a Homero, “Tengo un tema que se llama Vigilia” -no sé si lo escuchaste, un tango mío cantado, a todos los cantantes les gusta-. “¡Uy que linda melodía!”. “¿Qué te parece? ¿Podés hacerme la letra?”. “Sí, ¡qué lindo!… Bueno, dámelo”. Y, entonces, me dice: “Mirá, yo lo voy a cambiar”. “No, si me cambias la melodía, no. Yo quiero que me hagas la letra sobre esta música.” “Ah, bueno, bueno”, dijo y no me dio bola. Me echó Flit, no le gustó. Después, había uno que se llamaba Majul y me dice “No, ésto no lo puedo hacer porque yo escribo con Demare”. Y otro también, Julio Camiloni. ¿Viste el tango La última de Troilo? Bueno, yo lo conocía, un hombre grande ya, y me dice “No, ¿sabes qué pasa? si lo hago con vos, Gobbi se va a enojar”, porque él trabajaba mucho con Gobbi. ¡Pero, después hizo con otros! Se ve que como yo era joven, no me daban pelota. A lo mejor, si me hubieran dado pelota me hubiera incentivado más, y todo esto que hago ahora lo hubiera hecho antes.
Lo que pasa es que veo que ahora no le dan bola a la música que hacemos, pero diría que es una cosa pasajera -esperemos que sea pasajera-. A lo mejor cambia, nunca se sabe.
¿La gente no le da bola al tango?, decís.
Claro, al género en general. Tiene que cambiar porque hay muy buenos músicos, hacen cosas buenas, no imitan a otros, los tipos tienen su personalidad, hay cuatro o cinco tipos que son buenos músicos. Pero falta difusión, si hubiera difusión está todo solucionado. Surgirían nuevos valores, cantantes, habría más cantantes. No difunden la música nuestra como corresponde. La gente no tiene la culpa, la gente escucha la música que le dan, si le dan una porquería, le gusta una porquería.
Pero es un círculo vicioso, ¿no?, no dan otra cosa porque dicen que la gente no la escucha.
Mentira, la gente escucha todo, por ejemplo, vos escuchás una cosa y pensás “Che, pero esto no me gusta”. Lo escuchás una vez, dos, y después “y… no está tan mal”. Hasta a mí me pasaba. Y después te gusta, te acostumbrás. Eso es lo malo, te acostumbrás a lo malo, por eso la gente perdió el gusto, no tiene la culpa. Son los medios, son todos tipos que no saben nada de nada. Mirá, yo escucho algunos programas a veces en la televisión cuando estoy al divino botón, y veo el programa ese de preguntas y respuestas y se me caen las medias cuando escucho a tipos que son abogados, ingenieros, y que se yo, y no saben nada de lo elemental, nada. Y ni hablar de la música, de escritores argentinos, no saben nada.
Tenés un disco que ganó un Gardel al mejor álbum de tango. ¿Cómo se siente eso?
Si, pero no sólo, con el trío, con Estigarribia (Pablo) y Cabarcos (Horacio). Hay un tema mío, un tema de Estigarribia, hay arreglos míos, arreglos de él… Pero, ¿querés que te diga una cosa? Yo no creo nada en los premios, los premios para mí no existen. Porque no te da ningún valor por haberlo ganado. No trabajás más por haber ganado el Martín Fierro, el Grammy, el Gardel o el que sea. Para mí, son todo mentira esos premios. Es un negocio de las grabadoras, para mí.
Bueno, ahora las grabadoras están listas, no se puede grabar. ¿Sabés lo que sale grabar un disco? Es mucha plata para acá. Antes, en la época en que yo empecé a trabajar, a todas las orquestas las contrataban las compañías de discos y te pagaban la música, los arreglos y después regalías. Aunque hay que decir que ahora cobran todos los músicos. Eso va mejorando, dentro de todo. Antes de la venta de discos cobraba sólo el director, y a los músicos le pagaban un cheque según tarifa, y al arreglador le pagaban el arreglo y después se encargaban ellos de promocionar. Y vendían un montón de discos.
De izq. a der. Pablo Estigarribia, Horacio Cabarcos y Víctor Lavallen.
¿Qué cosas te dio la música o el tango? ¿Qué conseguiste gracias a la música, al tango?
Un montón de gente amiga, conocimientos, conocí el mundo, otro mundo que no conocía. La música te ayuda a todo eso también, a estar en contacto con la gente.
¿Y qué te quitó la música? ¿Perdiste algo por dedicarte a esto?
No, para nada, yo siento que no, al contrario.
¿Hay algo que harías de otra manera de como lo hiciste?
No, haría lo mismo. Exactamente lo mismo, porque me gusta.
¿Te gustaría transmitir algo en especial a los jóvenes?
No, sólo que lo que hago yo no quede en el vacío, por lo menos que lo tomen los jóvenes. Lo toman, porque hay muchos que hacen las cosas que hago yo. Que hacía yo, bah.
¿Por ejemplo?
Por ejemplo, la forma de escribir, la forma de cantar. Por ejemplo, Pablo Estigarribia, cuando escribe, como estuvo mucho conmigo, entonces se le pegó mi forma… Bruschini también.
¿Es especial tu manera de escribir? ¿Hay un estilo Lavallen de escribir?
Según ellos, sí. Yo no lo noto, pero ellos dicen que sí. Yo escribo, no sé si es una forma nueva o de otro, no se sabe, es una mezcla de todo, de toda la trayectoria. Y después sale lo tuyo.
¿Querés decir algo más, algo que quieras contar, algo que haya sido especial?
No, está bien, me parece que es todo, ¿no? Te agradezco mucho haberme escuchado tanto, nada más. Que me gustaría seguir en esto, siempre, forever.
¿Es lo que te mantiene vivo?
Exacto. Sí, para mí, sí.
¿El componer, el tocar, todo junto? ¿Qué de todo te mantiene vivo?
Componer, escribir, tocar… Tocar también, porque me gusta estar en contacto con la gente, que escuche lo que hago yo, lo que hacemos, bah. Estamos en eso, yo estoy en eso, me gusta eso. Esto te da vida, también, ¿no? Y te ayuda a sobrellevar los momentos fuleros. Yo los he pasado, pero me ha ayudado, de verdad.
Muchas gracias, Maestro, por compartir tu experiencia con tanta generosidad. Ha sido un placer escucharte.
Víctor Lavallen nos narra sus experiencias, sin grandes estridencias. En su relato se percibe un ritmo acompasado, como el de aquel que ya sabe dónde pisa. Insisten palabras como estudio, ensayo, aprendizaje, trabajo… Una nota de color, de repente, salpica la historia, casi al pasar, “¡La pasé fenómeno!”. Los cambios de ritmo introducen la pausa reflexiva: “Tuve suerte, también, ¡eh!”… “Había mucho trabajo”… Son los pasos -y pases- de un hombre sereno que parece haber empatado con la vida. Y una se pregunta, esa serenidad, ¿es una conquista o una herramienta que siempre lo acompañó?
Para Epicuro, la serenidad era una conquista. El filósofo del hedonismo -una filosofía tan mal entendida como banalizada- iba en búsqueda de la “ataraxia” o la imperturbabilidad, como forma de alcanzar la felicidad. Una tarea que implica identificar lo estrictamente necesario para desprenderse de todo lo que genere dependencia y, por tanto, perturbaciones; y las vivencias de las que se puede obtener placer sin quedar dependiente. Se trata de un placer experimentado con pequeñas cosas que hacen grandes diferencias cotidianas. Nada tiene que ver con el consumismo -de hecho, éste, esclaviza-, sí con la satisfacción de las necesidades fundamentales, en tanto son aquellas que fundan la vida, y con el modo con el que se satisfacen.
La entrevista nos retrotrae a una cotidianidad construida a través de largas jornadas plenas de trabajo y experiencias, en las que cada hora contaba. A diferencia de lo que ocurre en estos tiempos de aceleración en los que los individuos corren escapando de un reloj implacable, mientras las horas se les escapan como agua entre los dedos al no poder encontrar un cauce -o causa- que les dé profundidad. Por otro lado, el sistema de méritos bajo el que trabajaba el entrevistado premiaba a quien contribuía a un mayor éxito de la orquesta. Se trataba de un buen desempeño personal -contando con el apoyo de los otros músicos- para un triunfo colectivo, a diferencia de lo que hoy se conoce como meritocracia, que carga sobre el individuo la responsabilidad de su propia suerte eximiéndosela a lo social.
Justamente, para Epicuro, una de las claves para alcanzar la ataraxia son los otros, los amigos, porque reconoce la dependencia originaria del ser humano: nacemos prematuros, necesitamos de otros para sobrevivir. En ese sentido, el amigo es aquel capaz del altruismo que generosamente brinda asistencia sin reclamar nada a cambio. Es, también, con quien todo se disfruta más y mejor. Y, por eso, quizás, uno de los beneficios que Víctor Lavallen destaca de su carrera son los amigos ganados.
En síntesis, la serenidad sería una conquista que se alcanza a lo largo del camino, de manera particular, y andando en compañía de otros.
La repentina muerte del titular de la cátedra de filosofía en Puan -la sede de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA- toma por sorpresa a Marcelo (Marcelo Subiotto), su natural sucesor, después de dedicarle su vida a esta enseñanza, y lo fuerza a entrar en una lucha feroz con el recién retornado desde Alemania, Rafael Sujarchuk (Leonardo Sbaraglia), tan brillante como seductor, por la titularidad de la cátedra. Una historia cargada de ironía, brillantemente escrita y dirigida en tono de comedia por María Alché y Benjamín Naishtat, que planteaban una distopia con aroma de déjà vu cuando se estrenó en 2023, y que lamentablemente, la realidad hoy, le imprime tintes de documental testimonial.
De izq. a der.: Julieta Zylberberg, Camila Peralta y Marcelo Subiotto, como integrantes de la cátedra vacante de filosofía.
‘Puan’ cuenta la historia de Marcelo Pena (Marcelo Subiotto), un profesor de filosofía en la sede homónima de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, atribulado en su vida diaria fuera de las aulas, llegando tarde a las citas escolares de su hijo por culpa de estrambóticos compromisos profesionales que, como un funambulista, asume para poder llegar a fin de mes.
Marcelo Subiotto en el papel de Marcelo Pena.
La repentina muerte del titular de la cátedra toma por sorpresa a Marcelo, que se ve obligado a defender “el único lugar en el que él es alguien” -según expresa el protagonista-, ante la candidatura que presenta un recién retornado desde Alemania, Rafael Sujarchuk (Leonardo Sbaraglia), tan brillante como seductor, y que declara volver al país en búsqueda de sentido para su vida.
Leonardo Sbaraglia como Rafael Sujarchuk.
Una competencia feroz se desata por la titularidad de la cátedra -brillantemente escrita y dirigida en tono de comedia por María Alché y Benjamín Naishtat- que de inicio parece una lucha entre dos alter egos -muy cercana a la clásica oposición héroe-antihéroe- que se expande al terreno del discurso, a partir de que cada uno de estos dos personajes se presentan enseñando corrientes filosóficas históricamente antagonistas. Por un lado, tenemos a Marcelo quedando un poco al margen de los cambios sociales mientras defiende la arquitectura dogmática del contrato social desde Platón hasta Hobbes; y por otro a Sujarchuk que llega desde la centralidad europea y progresista, a explicar a Spinoza. Tal contraste de puntos de vista nos regala brillantes perlitas de la historia del pensamiento, muy propicias para los debates que la época exige dar.
Alejandra Flechner en el papel de la viuda del profesor fallecido, que interpela a Marcelo acerca de su deseo real en medio de esta lucha por la cátedra.
Finalmente, en un momento, lo real se impone, y ambos profesores se encuentran a sí mismos realizando un viaje al territorio ideológico del otro, y entonces Marcelo enseña a Nietzche en un barrio popular, y Sujarchuk se ve interpelado a bajar sus ideas a la calle. Y así se produce una causa común que los une: la defensa de la universidad del eterno retorno de lo mismo. Gran reconocimiento merece la visión y aguda lectura de la realidad de los directores y guionistas, que hicieron de ‘Puan’ una distopía con aroma de déjà vu cuando se estrenó en 2023 y que, lamentablemente, la realidad hoy, le imprime tintes de documental testimonial.