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Jorge Alemán: Tres ensayos sobre la lógica capitalista y la posibilidad de la emancipación.

A priori parece imposible una salida del capitalismo. Sin embargo, Jorge Alemán sostiene que hay algo que hace obstáculo a la lógica arrasante del capitalismo. Existe un vacío irreductible que constituye al sujeto y que es imposible de colmar a pesar de todo el goce bobo que la técnica es capaz de producir. En una serie de tres libros, publicados por Ned Ediciones, el reconocido psicoanalista y ensayista político piensa con Lacan y otros autores como Heidegger o Althusser la posibilidad de la emancipación en la época.

A lo largo del tiempo, el discurso capitalista ha venido mutando para sostener la acumulación de riqueza tantas veces como fuese necesario. Cuando para acumular capital se requerían filas de trabajadores dispuestos a darlo todo por la empresa, las ideas imperantes en lo social promovían una ética centrada en el trabajo y un modelo del “hombre hecho a sí mismo”. Cuando resultó conveniente reducir el estado de bienestar para apropiarse de la riqueza que éste distribuía, el neoliberalismo fomentó un individuo activamente responsable de sus circunstancias -como si estas dependieran sólo de la voluntad- y de cuidarse a sí mismo, para legitimar el desamparo en el que estado neoliberal dejaba a muchos. Hasta hace sólo algunos años, para sostener la acumulación de capital, el sujeto era llevado a imaginar la posibilidad de alcanzar una satisfacción plena mediante la inagotable cantidad de artilugios y objetos que la técnica le puede proveer. Era una economía basada en el consumismo. Sin embargo, como los recursos son escasos, este modelo tampoco es sostenible, y estamos llegando a una instancia en que lo que está en juego es la mera subsistencia, como consecuencia de la transformación dramática de la biosfera y de múltiples ecosistemas por la apropiación sin límite de los recursos naturales. Como dice Alemán, “el capitalismo ya no mejorará las condiciones, al contrario, aumentará cada vez más la desigualdad, la deuda, el financiamiento de la economía real”.

Para él, el capitalismo está forzado a esta renovación constante de su discurso porque no encuentra un modelo estable para asegurar la acumulación de riqueza en forma sostenida. Por otro lado, se trataría de una estructura que se reproduce ilimitadamente sin necesidad de que nadie la dirija. Una maquinaria que marcha sola y sin cesar y que, aún en los tiempos más críticos, tiene capacidad de rehacerse. Es más, sostiene la hipótesis de que cada crisis económica es una renovación del sistema capitalista.

Tomando esta realidad como punto de partida, Jorge Alemán desarrolla en una serie de tres libros, por un lado, la deriva neofascista que el discurso capitalista está tomando en la actualidad -teniendo la pandemia un efecto acelerador de dicho proceso-; y, por otro lado, cuál sería una salida a la captura que el discurso capitalista, en cualquiera de sus derivas posibles, opera sobre los sujetos.

Edvard Munch, (1893). «El grito«. Oslo: Galería Nacional de Noruega.

Capitalismo. Crimen perfecto o Emancipación.

Existe en el sujeto un vacío imposible de colmar, en tanto no todo lo que lo constituye ni todo lo que puede devenir puede ser definido. Ese vacío lo mantiene deseante, “marchando”, haciendo camino al andar. Bajo la lógica capitalista, el sujeto “es convocado a imaginar una posible ‘completud’”, ahí están la ciencia y la técnica para darle lo que “le haga falta, o más bien, lo que cubra que algo le falta. Ese consumo no colma el vacío, pero sí lo tapona y no deja que aflore el deseo. El sujeto se va vaciando de ganas de hacer, de crear, de inventar. Al reducir sus anhelos al consumo, el sujeto mismo se consume, queda consumido. Y como la satisfacción plena nunca se alcanza, si se llena de algo es de insatisfacción y malestar.

Para Alemán, ahí se muestra la impotencia de la lógica del “para-todos”, como él la denomina, y que podríamos traducir en un “para-todos-lo-mismo”. Como bien señala, el capitalismo constituye un ultraje a la diferencia haciendo proliferar falsas diferencias como las de linaje, lugar de nacimiento o escolaridad, mientras se obtura la expresión de la singularidad de cada uno en tanto se induce a todos a anhelar lo mismo.

Con un malestar creciente en lo social, la posibilidad de resistencia al sistema aumenta. Es ahí donde las palabras son vaciadas de su sentido habitual y términos ligados a lo común son bastardeados, hasta llegar al punto que hablar hoy en día de derechos, solidaridad, comunidad o popular, despierta rechazo. El juego político se dirime por una trama de identificaciones cada vez más extrema “que busca a quién imputar el robo del goce de los otros”. Vivir en sociedad implica una renuncia al goce en pos de la convivencia en común, no se puede hacer todo lo que se quiera. Freud advertía en “El malestar en la Cultura” que la renuncia sólo era soportable mientras aplicara a todos y reportara alguna forma de reconocimiento. Cuando se desestima cualquier virtuosidad, lo que resta es la lucha a muerte por el goce y que Dios castigue a los que gozan ocupando un lugar que considero mío. Es así que, para Alemán, el resurgimiento de la extrema derecha puede explicarse como un fenómeno que responde a “una demanda de orden…», de que
se pongan las cosas en su lugar, “devolviendo” a cada uno lo que cree que le
corresponde, «…más allá de los acentos xenófobos y racistas, que requiere y exige la aparición de un amo que haga justicia ‘fuera de la ley y contra los ‘indeseables’”
; lo cual lleva a la “urgencia de un debate (…) sobre cómo elementos aparentemente ‘extrapolíticos’ como el odio, la pulsión de muerte, las identificaciones, etc., están determinando de forma muy peligrosa un nuevo modo de hacer en la política mundial”.

Para concluir, el autor señala que el capitalismo parece un crimen perfecto del que no hay salida porque “ninguna fuerza política actual, incluso las que (…) combaten el neoliberalismo, son en sí mismas emancipatorias, porque aún está por emerger el sujeto que las encarne”. Para él, un proyecto político que pretenda la emancipación debe hacer lugar a esa falta ontológica fundamental e irreductible, en tanto es el único obstáculo posible al avasallamiento del sujeto que produce el discurso capitalista. El desafío político es qué imagen ofrecer que convoque a armar un campo que haga lugar a ese vacío, y con éste a un deseo singular, tal que se vaya construyendo en lo común un horizonte viable para cada uno. La propuesta de Alemán es buscarla en lo común de la lengua, entre “los distintos legados simbólicos que se oponen a la deshistorización o a la desimbolización que los diversos dispositivos de dominación neoliberal promueven.

Jheronimus van Aken, «el Bosco», (1490-1500). «El jardín de las delicias». Madrid: Museo Nacional del Prado.

Pandemónium. Notas sobre el desastre.

Haya surgido o no de un laboratorio, en forma accidental o ex profeso, no cabe duda de que el virus es resultado de la manipulación abusiva que la humanidad ha hecho de la naturaleza. Una manipulación que por el empuje -mortífero- del capitalismo a la acumulación ha llegado hasta los confines de la ética. Y ahí, ante el límite, la visión de una catástrofe habría sido causa de angustia para los científicos, y por eso muchos intentaron advertir lo que podría pasar.Incluso, decenas de películas distópicas lo anunciaron. Sin embargo, no se hizo nada, por el paradójico modo de funcionamiento del capitalismo que aun cuando se anticipan catástrofes, estas resultan inevitables porque el sistema no puede detener su curso.  

Sobreviene entonces la extrañeza que provoca la irrupción sorprendente, porque ocurre cuando nadie lo esperaba, de lo que, sin embargo, había sido largamente anticipado. Aquello que parecía fuera de la realidad ahora irrumpe en ella y el sujeto se angustia ante la manifestación de “lo siniestro”, aquello que Freud define como lo extraño en lo familiar. La ciencia se declara ignorante respecto del virus y los gobiernos muestran un hacer sin garantías. El sujeto se percibe desamparado y acechado por una fuerza incontrolable e imposible de significar. Ningún sentido previo puede explicar la catástrofe. Proliferan las hipótesis conspirativas que, en ciertas instancias, desembocan en delirios.

Vivimos, además, un declive de las instituciones como consecuencia del socavamiento que produjo el discurso neoliberal de la legitimidad del Otro para garantizar la verdad. Con la caída de la autoridad simbólica, se disuelve el efecto de “amarre” del sujeto que producían algunos principios civilizatorios, fueran estos de origen cívico, moral, religioso o filosófico; no tiene de qué “agarrarse” para orientarse. La libertad se homologó primero a la libertad de mercado para más recientemente esgrimirse en libertar para gozar. Goce mortífero contrario al cuidado necesario para sostener la vida. Prolifera el desenfreno, y, como bien señala Jorge Alemán, estamos muy probablemente en los albores de un derrumbe civilizatorio.

Sin anclajes simbólicos, los sujetos son aún más permeables a la hipótesis paranoica definida en este ensayo como aquella posición subjetiva y colectiva por la cual todo es interpretado bajo un signo amenazante. Se remarca en este punto que lo paranoico siempre tiene una gran adherencia para los sujetos dada su constitución especular. Es decir, el niño se reconoce como ser humano a través de la mirada que recibe del otro, lo que los otros le dicen de sí, y en la imagen de un otro semejante; lo cual lo hace muy sensible a los procesos identitarios. Por otro lado, la primera forma con que se conforma lo exterior a sí es con todo lo que causa dolor, malestar y displacer, que se percibe como ajeno, aunque responda a estímulos del propio cuerpo. Así, el otro se configura como aquello que se teme y rechaza. Luego será el extranjero, el negro, la mujer, el pobre, el rico, el que piensa distinto, el que vota distinto; en definitiva, el que es diferente a mí y a mi grupo. La mayor perversión del discurso que ha realizado el neoliberalismo y de la que ahora se retroalimenta la ultraderecha es que los principios de igualdad, solidaridad y justicia social sean percibidos como instrumentalizaciones políticas para aniquilar un supuesto derecho a gozar, en lugar de ser vistos como las condiciones necesarias para que aquello que distingue a cada uno, su singularidad, se pueda expresar.

Jorge Alemán advierte que esa derecha extrema, ultra, no es marginal ni residual, sino una operación perfectamente calculada. El desenfreno y enajenamiento son funcionales al sostenimiento de la acumulación de riqueza. El gran interrogante que se presenta para un proyecto emancipatorio, entonces, es si al sujeto le queda algún resto vivo para asumir un destino distinto que este destino funesto al que se dirige, si le queda un resto de deseo con el que apostar para ganarse una existencia.

Pablo Picasso, (1937). «Guernica». Madrid: Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

Ideología. Nosotras en la época. La época en nosotros.

Jorge Alemán indaga en este libro la relación entre fantasma e ideología y sus implicancias políticas. Una relación que no en vano califica de “problemática”. Según la noción lacaniana de fantasma, éste es una ficción con la que el sujeto intenta una respuesta que calme su angustia ante el deseo del Otro -representación imaginario-simbólica de la alteridad- que lo divide entre lo que desearía ser para el Otro y lo que rechaza de sí mismo desde lo que imagina que el Otro desea. Esta ficción lo deja en una posición subjetiva frente a esa alteridad imaginario-simbólica, que se traduce en una posición frente a los otros. Por esta vía el sujeto se identifica a unos y rechaza a otros, y toma decisiones en función de estos procesos de identificación.

En este sentido, para Alemán, las condiciones de goce de esa posición serían las que priman por encima de cualquier ideología en la toma de decisiones políticas. El sujeto puede parecer alejado de sus intereses “objetivos”, pero en realidad no lo está en tanto decide en función de una intrincada trama de identificaciones. Sobre esta base teórica, el psicoanalista explica la captura subjetiva que efectúan los discursos de odio sobre ciertos sujetos, y cómo esta es una deriva de la captura que el discurso capitalista ejerce, según lo ya planteado en los dos anteriores libros de la serie.

Finalmente, para ensayar una salida de esta captura se sirve de la banda de Moebius para representar la dificultad de hacer un corte en el discurso capitalista y demostrar que no tiene exterior. La salida sólo podrá ser parcial, y en su interior, mediante una operación política que logre reinstaurar un sujeto que perciba su incompletitud y así recupere su deseo: desear conlleva desear la emancipación. En esta línea se enfatiza que el pueblo no es una entidad dada, sino la emergencia histórica de una multiplicidad de voces aunadas en un clamor por el deseo de igualdad y justicia y la invención política que la haga posible.

Flavia Mercier

Jorge Alemán: “En principio fue la poesía. Esa es mi plataforma.”

Jorge Alemán es reconocido por su trabajo como psicoanalista y su prolífera obra escrita como tal. Ha sido, además, un ferviente impulsor de la trasmisión del psicoanálisis: trabajó durante años en la construcción en España de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis del Campo Freudiano, y es profesor honoris causa de la UBA, entre otras universidades, participa habitualmente en charlas y seminarios, tanto en España como en Argentina. También posee otra vertiente como poeta, o escritor de poemas como él prefiere nombrarse. Una actividad que le valió el Premio Nacional de Poesía del Fondo de las Artes de Argentina, a la edad de 20 años, por su poema “Hospicios y expertos navegantes”.

Jorge Alemán es argentino y vive en España desde hace más de cuarenta años, como consecuencia del exilio político del que fue víctima durante la dictadura militar del 76. Lejos de desalentarlo tal siniestra experiencia, por el contrario, le hizo redoblar su apuesta por pensar a la Argentina y comprometerse políticamente aún más. Por tal razón, es frecuentemente invitado a programas de radio y televisión en Argentina, y tiene una columna en el diario Página 12 y ha impulsado la construcción de un campo de reflexión al que llamó “izquierda lacaniana”, en el que propone abordar el pensamiento político de izquierda desde la enseñanza de Jacques Lacan, para incluir el vacío existencial irreductible del sujeto, como único obstáculo posible al discurso capitalista y a la captura que este hace de los sujetos. Una respuesta que es toda una declaración de la posición de Jorge en la vida frente a todas las fuerzas que se han opuesto a su existencia desde su nacimiento. Unas fuerzas que ha decidido abordar poéticamente en su último libro “La hora del rechazo” y que es el que nos convoca para esta entrevista en la que ahondamos sobre las razones que lo llevaron a escribir poesía a la temprana edad de los 15 o 16 años, las diferentes fuentes de las que abreva su poesía, y cómo el exilio pudo haber modificado su posición como escritor, como psicoanalista y como militante.

Jorge Alemán y Flavia Mercier durante la entrevista.

Según leí y escuché en varias entrevistas, la poesía fue lo primero. Y además fue a muy temprana edad. ¿Qué te llevó con 15 o 16 años a escribir poesía?

Entre otras cosas, una disgrafía que padecí siempre. Es imposible entenderme la letra, y es imposible que yo la entienda, son como hormigas que caminan en un papel en blanco. Si pasan unas horas, yo ya no la entiendo. Así que, para mí siempre supuso una gran atracción la idea de imprimir, para ver si se entendía lo que escribía, porque fueron muchos años de desencuentro. Ayer mismo, firmé unas dedicatorias y las personas me decían: “no entiendo”.

Después, alrededor de los 15 años, había una chica que me gustaba, que me dijo que le encantaba la poesía. Entonces empecé a ir a la “Biblioteca del Maestro” (en la actualidad, Palacio Sarmiento, conocido popularmente como el Palacio Pizzurno) y pedía libros de poetas desconocidos porque si tenían renombre quizás ella ya los había leído. Retocaba el poema o le daba una forma que se mostrase más dirigido a ella. Yo no escribía poesía, simplemente la quería impactar. Pero, mientras tanto, empezó un pequeño ejercicio de escritura, retocándolos. Y un día, el bibliotecario me dijo: “Mire, Alemán, no entiendo bien, ¿para qué lee a los desconocidos?” “Bueno, no sé…” “¿Por qué no lee a los importantes?”. Y ahí le confesé: “Lo que pasa es que yo a los desconocidos los copio”. “Lea a los que no pueda copiar. Para ver si usted escribe.” Y así empecé a leer de un modo muy desorganizado, como se lee en Argentina. No es que uno toma escuelas, corrientes del pensamiento poético, eso en todo caso lo fui modelando mucho más tarde. Empecé a leer a la vez a Vallejo, a Pavese y a Dylan Thomas.

¿Y qué te guiaba para leer a esos autores de esa forma “desorganizada”? ¿Había alguna búsqueda inconsciente o te dejabas llevar por lo que te resonaba?

Como suele pasar en esto, yo buscaba mi lugar. No era un chico que estuviera …. ¿Como te podría decir? Ya estaba en una heterogeneidad y discordancia. La asimilaba muy bien porque iba al colegio, al club, pero era raro (con tono suspicaz). Estaba atravesado por cosas que tienen más que ver con mi propia novela familiar, o con circunstancias de mi vida. Sentía que en la escritura poética había algo que me hablaba, y me parecía que yo entendía.

Tuve desde muy temprano una enorme capacidad -aunque dicho así suena un poco veleidoso- de no retroceder ante el texto complejo. No tenía problemas con el sentido. Por eso después llegué a Lacan, ¿no? Me gustaban estos desafíos de entender, entender entre comillas, porque no es que un poema haya que entenderlo, ¿no? Me interesaba mucho este juego entre el sonido y el sentido de los poemas. Después, Buenos Aires y el encuentro con montones de amigos y amigas que leían poesía.

«Sentía que en la escritura poética había algo que me hablaba, y me parecía que yo entendía… No tenía problemas con el sentido. Por eso después llegué a Lacan, ¿no? Me gustaban estos desafíos de entender, entender entre comillas, porque no es que un poema haya que entenderlo, ¿no? Me interesaba mucho este juego entre el sonido y el sentido de los poemas…»

Es decir, la lectura de estos autores te fue llevando a sus lectores.

Sí, y a leer mis poemas frente a ellos.

Ajá…

Sí, porque yo no puedo leer sin escribir. Es una práctica que he tenido a lo largo de mi vida. Y lo que más me gusta es escribir en cuadernos. Es una cosa que se me impone de inmediato, no sólo con la poesía, sino en general. Ahora ya no bajo el modo del plagio, ¿no? (se ríe tímidamente). Es como leo yo, necesito de esa mixtura tan compleja.

¿Como una elaboración…?

Sí, por eso si uno lee mis poemas de los 20 años, “Iguanas”, “Hospicios y expertos navegantes”, es muy difícil determinar cuál sería la influencia… Es muy difícil porque es una melange, una ensalada grande. Además, a pesar de que yo estaba muy vinculado a la militancia política, mi poesía era muy antinómica con las corrientes sociales de la época: la poesía social, la poesía militante. Es más, muchos compañeros y compañeras veían mi poesía como muy extraña, como si no estuviera en sintonía con lo que estaba pasando políticamente.

Muy extraña en vos que tenías un firme compromiso político.

Claro, claro. Estaban todos esperando poesías heroicas, sobre la revolución, los militantes, el pueblo, los significantes amos de aquel entonces. Y yo hablaba de “Iguanas”, “Hospicios y expertos navegantes”… nada que ver. Así que ahí también se fue formando una red de amigos y amigas poetas que transitábamos por otros bordes, que no estábamos en eso que era muy potente y muy pregnante en la época, que era la poesía comprometida (entre comillas, aclara) o la poesía social o política.  Por eso siempre admiré mucho a Vallejo, porque Vallejo era capaz de escribir ese tipo de poesía, como podía ser el poema famoso “España aparta de mí este cáliz”, y a la vez ser un excelentísimo poeta. Mientras que a mí, los poetas sociales de Argentina rara vez me gustaban.

«…Yo soy una persona que escribiendo poemas se hizo psicoanalista. En absoluto es primero el psicoanálisis. Como pone Sergio Larriera, en el prólogo de mi libro “No saber”: “En principio fue la poesía”. Esa es mi plataforma.»

¿Esa es la época en que te nutrís en los cafés de Buenos Aires?

Sí, porque son verdaderos maestros los que encuentro. Viste que un autodidacta no es alguien que no tiene maestros, sino alguien que los elige. Y había una pasión (con énfasis) por discutir, incluso llegando a momentos casi violentos, alrededor de escritores, poetas. Era muy curioso, ahora que lo recuerdo. La gente hasta se retiraba la palabra.

Saer relata momentos así en algunas de sus novelas. Grandes debates sobre estilos, por ejemplo, entre distintos grupos pertenecientes a diversas corrientes poéticas o de prosa.

Sí, sí, todo eso que Saer relata, sucedía. También había comentarios crueles sobre las poesías de los otros, aunque siempre en relación a estos temas.

¿Es en esa época que te atraviesa el tango?

No, no, el tango viene de mi niñez. Mi vieja cantaba -en casa- todos los tangos. Así que no es que el tango me gustó en un momento, sino que el tango está…

¿Está presente en tu vida desde siempre? ¡¿Está en la lengua materna?!

Es la lengua materna. Es la lengua materna y en la época esa en la que yo escribía poesía vivía como periodista de rock, así que imaginate la distancia. No recuerdo estar poniendo tango, pero, en cuanto sonaba uno, me sabía toda la letra, lo reconocía de inmediato.

¿A vos no te parece que el rock argentino, quizás porque es muy urbano y es una música de Buenos Aires, también tiene algo muy tanguero?

Eso se fue dando paulatinamente. El primer grupo que tiene una raíz tanguera, sobre todo en las letras, es Manal. Se pronuncian los nombres de las calles. Se pronuncia “el Dock”, “Avellaneda Blues”. Eso viene de “…en la avenida Centenera y Tabaré…” (canturrea el tango “Mano blanca”) Nombrar las calles es un procedimiento muy específico del tango que pasa al rock. De hecho, Moris cuando llega a Madrid tiene un acierto -que después copia Sabina- que es nombrar las calles. “Hay mucha polución en la plaza de Colón, …” “Yo trabajo en un bar de Hortaleza, soy el camarero que te pone la cerveza.” Y bueno, era tanguero Moris, y también era tanguero Javier Martínez de Manal.

Estábamos inmersos en el mundo del tango, no es que hubo que ir a buscarlo. En todo caso, en muchos casos, estaba latente. Spinetta cuenta que él cantaba de jovencito: “He roda’o como bolita de purrete arrabalero…” (“Cuando me entres a fallar”). Y él quería hacer otra cosa, pero, de golpe, aparece en un tema suyo, Mederos. Fue apareciendo. En Lito Nebbia, también fue apareciendo. Y al final, el rasgo distintivo del rock argentino es ser una música urbana con una influencia tanguera.

También, con el tiempo, los rockeros se van dando cuenta de que el tango es una gran música. A medida que van creciendo musicalmente, se van dando cuenta, porque en la época previa a la emergencia del rock and roll argentino, en la época del “Club del Clan” y todo eso, se produjo una especie de suicidio en Argentina. Ahí matan al tango, lo declaran pasado de moda. ¡No se puede declarar pasado de moda a un clásico! Pero la Argentina es tan joven, tan loca, que las orquestas desaparecen. Yo vi por última vez en un baile de Vélez Sarsfield a la Orquesta de Troilo. Y después ya no se ven más. ¡Es una locura lo que ocurre! ¡Un verdadero desastre cultural, una catástrofe! Sobreviven como pueden, lógicamente Piazzolla porque hace algo distinto. Y después cuando el tango vuelve en los años 80, a mí me produce gracia (significando extrañeza). Yo que vi las grandes orquestas, ver a un cantante solo con un bandoneón y dos guitarras…

Por lo tanto, a mí no me pasó como a mucha gente en la Argentina que un día “le empezó a gustar el tango”, o inclusive las milongas, o pedía “Naranjo en flor” cada vez que iba al concierto. No, en mi caso, todo eso ya estaba en mi vida. Porque, además, en ese período que escribía poesía, era amigo del Tata Cedrón. Y si bien sus músicas tenían una dimensión vanguardista -porque le ponía música a Gelman o a Tuñón-, él era un tanguero clásico, no le gustaba Piazzolla, era muy gardeliano. O sea: el tango estuvo “ahí”, en mi vida, siempre.

¿Reconocés sus huellas en tu escritura? ¿O te atraviesa tanto que no las podés reconocer, se diluyen?

Sí, sí. Por ejemplo, ahora, en “La hora del rechazo”, tengo unos poemas que se llaman “Dice el tipo”, y Freidemberg – que es un poeta muy brillante de mi generación, muy agudo, y que lo presentó en Buenos Aires-, observó en ellos cierta musicalidad, cierta rítmica tanguera.

¿Cierta cadencia?

Eso, cierta cadencia. Esa es la palabra.

Por momentos parece que ese “tipo” es como un otro tuyo. Un otro de otro tiempo.

Claro, sí. Es otro de otro tiempo, atemporal, y un poco loco y a la vez un poco sabio. Bueno, Freidemberg supo ver ahí algo del tango.

«¿Por qué tu libro se llama «La hora del rechazo»? …Como si quisiera abordar poéticamente todas las fuerzas que se opusieron a que yo naciera, a que yo tuviera un lugar…lo que me interesa es que cuando uno viene a este mundo no hay sólo un sí, hay por debajo de ese sí un no fundamental con el que uno lidia. Y también es saber qué hiciste con eso. Por eso aparece este tipo que dice cosas.»

Y contame cómo fue que te encontraste con el psicoanálisis en Chile.

Eso se lo conté a Miller una vez que sacó una revista y le dicté el primer encuentro con los “Escritos” en Chile, después de una mañana rarísima que fui con un amigo a ver una exposición de pintura en la embajada cubana en Santiago, y sucede algo inesperado: entra el presidente Allende y le damos la mano. ¡Increíble! No habíamos saludado a un presidente en la vida y le dábamos la mano a un presidente marxista, elegido por el pueblo. De hecho, él era una de las razones por la que estábamos en Chile. Además, él vino hacia nosotros, que éramos como dos hippies, teníamos 19 años, estábamos viviendo muy pobremente en una pensión, veníamos de Perú.

Después de eso, nos vamos a la universidad -que había una librería- y compramos los dos “Las palabras y las cosas” de Michel Foucault y los “Escritos” de Lacan. Nos vamos a la pensión, lo empiezo a hojear y me parece que no se entiende. Más bien lo veo como un libro poético. Pero mi amigo, que no tenía problemas con el sentido, cuando le digo “No se entiende nada”, me dice: “Sí, sí, yo lo entiendo”. “Ah, ¿sí?, ¿entendés? A ver, ¿qué es el significante?”. Entonces escribe una letra en una hoja y me dice “¿Ves? La letra escrita es el significante, el significado no tiene nada que ver, no está, eso se combina.” Da un golpeó la mesa y dijo: “Este es el verdadero materialismo”. Aunque yo primero me resistí: “¡Pero, no! No se puede borrar el significado, la unidad popular, la lucha de los pueblos …”, el efecto que me produjo fue con una epifanía: salí a la calle y vi toda la ciudad escrita. Empecé a ver las paredes, todo escrito, de otra manera.

¿Rompiendo el matrimonio entre el sentido y significante?

Sí, exactamente. Dije: “Ah, está escrito todo. Y esto tiene una materialidad propia”. En esa época, en Chile estaba de moda un libro que se llamaba “Para leer el Pato Donald”, que interpretaba todo en términos de significado: el pato Donald, el imperialismo, en fin. Y de golpe, esto era una subversión. Y volví a encontrarme con lo de la poesía, porque en la poesía se trata de leer el significante separado de la significación. Uno no puede leer a Elliot, ni siquiera a Vallejo, desde la significación. Vallejo es un gran poeta del sonido.

«…Y de golpe, esto era una subversión. Y volví a encontrarme con lo de la poesía, porque en la poesía se trata de leer el significante separado de la significación.»

O sea, lo que te atrapa de Lacan es la relación de su enseñanza con lo poético.

Totalmente, sí. A mí me molesta cuando me dicen que soy un psicoanalista que escribe poesía. No, yo soy una persona que escribiendo poemas se hizo psicoanalista. En absoluto es primero el psicoanálisis. Como pone Sergio Larriera, en el prólogo de mi libro “No saber”: “En principio fue la poesía”. Esa es mi plataforma.

¿Qué te produce cuando te encontrás con alguien que te dice que lee lo que escribís?

Lo valoro muchísimo. Siempre me da una gran curiosidad, que no logro manifestar por timidez, ganas de preguntar ¿cómo habrá llegado a esto? Sobre todo cuando me dicen: “sos una persona que siempre leo.” Y me aclaran “no pertenezco al psicoanálisis”. Ayer se acercó así un muchacho que era un trabajador. Y eso me pasa mucho en Argentina: personas ajenas al ambiente que se encuentran con libros, la verdad, complejos, difíciles de leer, y sin embargo insisten. Es muy conmovedor para mí.

Quizás porque quien escribe arma un campo en el que se inscribe, y a la vez se encuentra con otros.

En ese sentido, yo tengo tres actividades. Y las tres las tengo ligadas. Tengo la vertiente poética. La otra es mi vida de psicoanálisis: participé durante años de la construcción de la Escuela del Campo Freudiano, terminé en una disputa … que ahí estamos… Y después están mis intervenciones como la de ayer, o en Argentina en televisión, en radios, escribo regularmente en Página 12. No lo veo como cosas aisladas.

Todas se entretejen en una misma trama.

Claro, está todo en una misma trama donde está eso de lo que hablaba ayer: el exilio, dos países.

«…No me gusta la idea que la cultura, la poesía, la literatura, todas las cosas que valen la pena, sean sólo para las elites. .. A mí no me gustaría un mundo en el que la circulación de la trasmisión fuera solamente para las elites o para los universitarios formados.»

¿Cómo se incluye tu compromiso político en esta trama? ¿O queda al margen?

A ver, digamos que no me gusta la idea que la cultura, la poesía, la literatura, todas las cosas que valen la pena, sean sólo para las elites. Primero, porque tuve la suerte de conocer algún momento de Argentina en la que a Saer, de repente, lo leía un trabajador. Yo en el “Ramos”, en “La Paz”, bares que frecuentaba en Buenos Aires y del Gran Buenos Aires, he hablado de Sarmiento y de Cortázar con personas de origen popular que no habían terminado la escuela secundaria porque había algo que mantenía ciertas condiciones sociales de país. Por lo tanto, a mí no me gustaría un mundo en el que la circulación de la trasmisión fuera solamente para las elites o para los universitarios formados.

¿Es una Argentina también del deseo, la Argentina que desearías que fuera?

Sí, pero yo encuentro. No tengo interés en reeditar nada, sino que voy a lo que sé que hay. Y sé buscar los lugares. Y encuentro muchas personas, tengo interlocuciones importantísimas en Argentina. Cada vez que voy tengo grandes y gratas sorpresas. Argentina es muy impresionante en eso, ¿no? Porque vas a una provincia donde hay escasísimos recursos, alguien podría pensar que ahí es imposible que pase algo, y de golpe hay sesenta ponencias sobre la izquierda lacaniana. Es también una insistencia Argentina, ¿eh?

¡Una apuesta permanente!

Sí, sí. Sin duda es así. Respeto mucho eso de Argentina, que no ceden, que están ahí, que siempre hay un pibe que viene a verte con un libro. Y eso a pesar de que en muchos casos sufren condiciones horribles.

«Lo que quiero decir con esto es que el exilio no es pérdida, si uno se pone en el lugar en el que entiende que ese agujero no se va a taponar nunca. Yo lo he sentido así.»

¿Cómo modificó el exilio estas tres posiciones, el psicoanalista, el poeta o el que escribe poesía y el militante?

Bueno, te voy a decir que fue … tan difícil (con énfasis) … encontrar el lugar, autorizarme a hablar, encontrar un modo de decir… España fue una gran exigencia, hubo que estudiar muchas cosas. Llegué muy joven y me di cuenta muy rápido que si no adoptaba la lengua de los otros -no el acento ni nada por el estilo-, si no me interesaba lo que estaba en juego aquí, iba a ser muy difícil poder trasmitir lo que a mí me interesaba trasmitir. Así que me puse a estudiar.

¿Historia?

Entre otras cosas, sí. Tuve una estrechísima relación con Eugenio Trías, filósofo que vivía acá (en Barcelona) y conocí en Buenos Aires. Él era un gran sabio de la historia de las religiones, de las cuales yo no sabía nada. Luego apareció la filosofía con mucha más fuerza porque en España, a diferencia de lo que pasa con el psicoanálisis, hay una tradición filosófica importante, hay grandes lectores e intérpretes de la tradición europea. Los conocí a todos, aprendí mucho de ellos. O sea que el exilio fue como un examen, como estar dando siempre un examen. Un “esto lo tengo que entender”. Por ejemplo, Eugenio ya tenía su propio sistema filosófico, y he estado frecuentándolo años y años para conversar sobre lo que era su proyecto.

Lo que quiero decir con esto es que el exilio no es pérdida, si uno se pone en el lugar en el que entiende que ese agujero no se va a taponar nunca. Yo lo he sentido así. Es más, he pensado a la Argentina de muchas maneras acá. En todos estos años no he dejado de pensar nunca a la Argentina. Y no a través de lo que veo en los viajes, sino a través de sus textos, de sus escritores, y también a través de los españoles. Me interesa lo que los españoles dicen. Suponte: el peronismo. Los españoles en muchos casos lo declaran como algo incomprensible. Bueno, me interesa mucho indagar las razones por las que les resulta incompresible. En lugar de decir: “Uy, no lo entienden. Nunca lo entenderán…”, como se ponen algunos muy contentos allá diciendo. A mí me interesa indagar por qué no se entiende.

«Hay un aspecto doloroso, del cual nunca he hablado en las entrevistas, aunque sí es algo en lo que pienso en muchas ocasiones, y es que, en mi familia, hemos durado nada más que dos generaciones en Argentina: mi padre, mi madre y yo. Ya mis hijos, mis nietos, forman parte de la historia española. En ese punto siempre siento un poco de rabia por los que se quedaron con el país. Sobre todo porque en el ’76 fuimos arrasados. Al final se salieron con la suya, se quedaron ellos.»

¿Qué de la división fundamental del sujeto te presentifica el exilio?

Hay un aspecto doloroso, del cual nunca he hablado en las entrevistas, aunque sí es algo en lo que pienso en muchas ocasiones, y es que, en mi familia, hemos durado nada más que dos generaciones en Argentina: mi padre, mi madre y yo. Ya mis hijos, mis nietos, forman parte de la historia española. En ese punto siempre siento un poco de rabia por los que se quedaron con el país. Sobre todo porque en el ’76 fuimos arrasados. Al final se salieron con la suya, se quedaron ellos. Ahí tengo como un puntito…

¿Como una contienda no saldada?

Esa es la palabra, es una contienda, estoy en una contienda. Muchas de las cosas que hago en Argentina es porque continúo en esa contienda.

Por otro lado, fue una elección mía quedarme. Porque cuando podría haber vuelto, tenía ya a mis hijos y no les podía imponer que se fueran a vivir a allá. Yo estaba incluso separado, circunstancias de la vida. Pero, cuando veo a esos tipos que siguen ahí y que se sienten los dueños del país, digo: “¿Qué derecho tienen estos?” Porque, además, no aman al país. No aman a la gente de ese país. El establishment de la Argentina odia a la Argentina.

¿Por qué tu último libro de poemas se llama “La hora del rechazo”?

Bueno, esto daría para largo. Vamos a decir que yo pienso que hay una diferencia entre el fantasma poético y el psicoanalítico. Entonces, he tratado de establecer, sin ningún patetismo, ningún victimismo, ninguna queja, un tratamiento de un rechazo que está en el origen, incluso en el propio nacimiento. Como si quisiera abordar poéticamente todas las fuerzas que se opusieron a que yo naciera, a que yo tuviera un lugar. Y no me gustaría que se mezcle con algo vivencial. A veces, cuando colgaba alguno de esos poemas en las redes, la gente cuando los leía me preguntaba: “¿Qué te pasa, estás mal?” “Todo lo contario. Estoy en la playa, en este momento.” Es un tratamiento que le quise dar a un tema que para mí ha sido clave en el momento en que lo capté en su dimensión más constitutiva, más originaria. Como dijo Freidemberg muy bien: “¡Cuidado que esto no es el abandono!” Ni alguien que me dijera que no. También tengo mi veta melancólica y este trabajo ha colaborado a que pueda comunicarme mejor con esa sombra, pero lo que me interesa es que cuando uno viene a este mundo no hay sólo un sí, hay por debajo de ese sí un no fundamental con el que uno lidia. Y también es saber qué hiciste con eso. Por eso aparece este tipo que dice cosas.

¿Crees que es constitutivo del sujeto, o incluso del ser humano, el rechazo?

¡Sí! Yo creo que sí. Para cada uno a su manera.

Bueno Jorge, muchísimas gracias por tu tiempo, la honestidad y la generosidad de tus respuestas. Ha sido un honor.

Jorge Alemán cuenta que la disgrafía que padece desde siempre – letras como hormigas sobre un papel en blanco- lo llevó a escribir, porque la escritura trae consigo la posibilidad de publicar, y, con la letra impresa, la respuesta a la pregunta sobre la posibilidad de un encuentro con el otro. En ese punto podríamos decir que algo no marchaba, en tanto las hormigas se desperdigaban sobre la hoja en vez de seguir un curso que hiciera huella.

¿Por qué poesía? Por causa del amor buscando alojar su atopía. Como rezan unos versos de su último poemario, “La hora del rechazo”:

“Busco el poema que salve

y lo encuentro.”

Se define allí una posición en la vida. Una vida sensiblemente recorrida por una contienda fundamental entre las fuerzas que le dicen que sí y las que la contradicen.

Cuenta, ahora, que en este libro finalmente aborda esas fuerzas opositoras de forma poética.

“En la hora del rechazo crece en la madre del odio una criatura que vuelve del río lleno de golpes… “

Como en el río que insiste en muchos de sus poemas, quizás es la contracorriente lo que hace vibrar la tierra dispersando las hormigas. Entonces llega la poesía para remendar esa trama festoneando de hormigas un paso franco al exilio desde donde vuelve trayendo lo que dice “el otro tipo”, cuando la falla se tornó causa.

Flavia Mercier

Patio de Artistas

El sol finalizó su función. La luna alumbra las sillas que esperan a la vera de un patio en el que la vida fue río y a veces rió. A un lado, una regadera de zinc descansa junto a una maceta cargada de malvones. Acomodo las sillas. Acerco una mesa redonda de patas de hierro y tapa de cerámica. No sé si sus dibujos son azules o la nocturnidad bañada de luna tiñe todo de ese color. Me siento y espero.

En el fondo, una parra trepa uvas por una columna y se extiende por unas guías de pared a pared. Frondosa como un toldo natural protege del sol los mediodías de verano. Debajo, duerme una mesa y un banco de madera largos y unas sillas apiladas.

Sentada, en penumbras, cierro los ojos y abro mi alma a los ecos de otros tiempos. El cuerpo hace de caja de resonancia. Se escuchan risas, cantos, guitarras, discos un poco rayados y aplausos que vienen de otros patios a los que se entra sin necesidad de golpear. Ecos que escriben en la pizarra de la noche una partitura de estrellas, para una nueva función. Otro invitado viene a contarme cómo lo hizo, cómo lo soñó.

No es casual que elija un patio para recibir a los artistas. 

El patio fue escenario de la nena que actuaba frente a primos y abuelos, cuando una sábana que su madre colgaba de la parra hacía de telón.

En esas baldosas quedaron las huellas de los primeros zapateos que aquel, que aún ni soñaba con ser bailarín, aprendió jugando con el abuelo.

Un caño de bronce enverdecido, todavía amurado a la pared, evoca las heridas de esos pies que soñaban vestirse de punta aunque la alcancía estuviera vacía.

Los jazmines que perfuman la medianera fueron testigos de los primeros pasos al ritmo del 2×4 de la niña abrazada a su papá.

El patio fue la sala de ensayos donde él sudó ilusión, bajo la atenta mirada de la madre que pespunteaba de amor y orgullo sus trajes.

De las sombras en los rincones del patio, que tanto le asustaban, otro niño imaginó personajes que hoy pueblan las historias que escribe.

En el patio muchos hicieron sonar los primeros acordes de una guitarra. Aprendieron a bailar, a cantar, a pintar, a actuar. El patio da cuenta del arte como suelo donde apoyarse para ganarse la vida, incluso otra que la predestinada por la novela familiar o por un exterior de puertas cerradas.

Un suelo que sujeta en la caída cuando el vacío que hace lugar al deseo se vuelve abismo. Con el arte, una intensa sed de vida puede darle forma a un vaso o el fuego de un ansia eterna forjar el cincel que esculpe la roca, torciéndole su destino de lava. 

El arte es punto de apoyo en el que la potencia doblega la resistencia. El artista rasga el cielo con su voz o su instrumento y lo divino baña la tierra haciéndola fértil; pone en danza lo que de otro modo daría vueltas siempre en el mismo lugar.

El patio era el lugar de la mesa larga donde se juntaba a comer la familia y los amigos. Lugar de encuentro y recalada. Lugar para “irse por las ramas” de la parra, sentados bajo su sombra. Tardes y noches filósofas en las que se ideaban desde las puestas en escena hasta la vida misma.

El patio dice de nuestras formas de vivenciar los afectos, costumbres cuyos rastros remontan a las tierras de nuestros abuelos; y, en ese sentido, representa un lugar común que aloja “lo común” que hermana a artistas y pueblos.

“Patio de artistas” como lugar muy nuestro que los cobija, es razón del nombre de una revista que quiere ser, ante todo, un espacio de escucha a los artistas. Con “entre-vistas” en las que puedan dar a ver más allá de las palabras. Un tapiz donde, entre preguntas y respuestas, se hilvane cómo se hizo la “a-puesta” en obra. Un espejo cuyos reflejos puedan iluminar el andar de aquellos que hoy juegan en el patio.

Como un foco ilumina el centro de un escenario cuando espera al artista, un haz de luna que se cuela entre las hojas de la parra alumbra el centro del patio. El barrio está tranquilo, un perro ladra a lo lejos. Un vecino escucha tango. La voz rasgada frasea como ninguna: “Uno busca lleno de esperanzas, el camino que sus sueños prometieron a sus ansias…”. Llega mi invitado. Entra sin golpear. Enciendo una guirnalda de luces que bordea la cornisa del patio. Le doy un abrazo y nos sentamos a conversar.

Flavia Mercier