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Olga Besio: “Si no hay conexión, no hay tango”.

Bailarina de tango, folklore argentino y de todas las formas de danza que la vida le dejó explorar, coreógrafa y directora de grupos de baile, con casi 40 años de trayectoria profesional, Olga Besio representa una de las voces más autorizadas en el mundo del tango danza. Empezó a bailar tango aprendiendo de forma autodidacta, casi en cuanto comenzó a caminar; y a los cinco años ya comenzó sus estudios formales de danza clásica. Destaca su formación como profesora de folclore en la Escuela Nacional de Danzas en medio de un infinito número de cursos que realizó con grandes maestros de otros tipos de danzas. Además, cursó estudios de pintura (habiendo llegado a exponer en el Salón Nacional de Artes Visuales), escultura y grabado, y las carreras de Magisterio en Bellas Artes y Filosofía. En su extensísima labor docente, destacan la creación del primer seminario de enseñanza del tango social de manera gratuita y masiva en Centro Cultural General San Martín, y su renombrado taller y grupo artístico “Tango con niños”, en el cual se formaron sus hijos, Ariadna y Federico Naveira. Se desempeñó durante muchos años en la Escuela Nacional de Danzas de Buenos Aires (hoy municipal), Escuela Nacional de Bellas Artes “Manuel Belgrano”, escuelas primarias, secundarias, técnicas y Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, dictando diversas asignaturas. Fue invitada a formar parte del Anuario Mundial “Who’s who in dance” y del Consejo Internacional de la Danza (CID) dependiente de la UNESCO. Como bailarina y coreógrafa se presentó en el Teatro Colón, el Teatro Nacional Cervantes, y en varios teatros privados, así como en renombradas milongas porteñas. Olga Besio, un alma bailarina que se volvió maestra porque su pasión por el tango y la danza eran tan grandes que no cabían en su cuerpo, la desbordaban. Sirva, entonces, esta entrevista como homenaje a la gran maestra, tras su reciente partida, el pasado octubre.

Querida Olga, remontémonos al principio. En una entrevista con Pepa Palazón, vos contabas que empezaste a bailar tango escuchando la radio cuando eras muy chiquita, unos cuatro años…

Sí. O menos. Tres, dos…

¿Estaba puesta la radio y a vos te llamaban la atención los tangos, o cualquier canción?

A mí me gustaba bailar. Eso, por un lado. Y me gustaba el tango, andá a saber por qué… Eso, por otro. Lo que yo recuerdo no es tanto que estaba puesta la radio, sino haber descubierto los botoncitos de la radio. Ahí tenía unos tres años… menos… no sé… Había descubierto que con un botoncito aparecía el sonido y con el otro iba cambiando hasta que aparecía el tango.

Ajá. Entonces, lo buscabas hasta que lo encontrabas.

Sí.

¿Y qué “salía” de vos que te fue llevando a bailarlo?

Yo jugaba con la música. Y con el movimiento.

«…yo a la música la pensaba bailada.»

Sorprendente. Porque, en esta entrevista de Pepa, aclarabas que tus padres, si bien se bailaban algún tango -algo natural para la época-, no eran milongueros.

Lo que pasa es que, en esa época, no existía la idea de milonguero como se conoce ahora.

Como esa religión en la que pareció convertirse después…

Claro. En todo caso, la palabra “milonguero” era como mal vista. Y no existían las milongas, como ahora, existían los bailes.

Los bailes sociales en los clubes.

Claro, los clubes regionales. O de países… qué sé yo… el Club Español, por ejemplo, el Club Italiano, ese tipo de clubes. O clubes más chiquitos…

Más de barrio…

Más de barrio, clubes barriales… eso era lo que existía.

Y se salía con la familia y los amigos de la familia. O sea, era salir en un entorno “seguro” o familiar. No era la idea de la milonga nocturna que se tiene ahora.

No, para nada, ¡pero ni parecido! Después existían otro tipo de lugares que no se nombraban….

¿Los cabarets?

Los cabarets o los lugares de levante. De los que, obviamente, yo me enteré mucho después. (Risas).

De alterne, ¿no era así que los llamaban?

Sí. Ahora, lo curioso de esto -que también me di cuenta después, pero me di cuenta- es que a los clubes iban la familia, los matrimonios, las chicas con sus amigas y alguna mamá o tía. A veces, chicas solas cuando ya eran más grandecitas, dieciséis, diecisiete, dieciocho… ¡A los bailes de la tarde! A los bailes de la noche iban los adultos. Pero, además, había otras personas que estaban sueltas. Ponele, los amigos varones de mi papá. Con el tiempo me di cuenta que eran unos atorrantes increíbles. Eran los mismos que iban a los tugurios, pero, cuando venían al baile del club, eran unos caballeros elegantísimos vestidos de smoking; y, cuando iban al tugurio, eran una banda de atorrantes. (Risas). Eran muy muy divertidos.

Entonces, vos ibas explorando en este entorno natural, familiar, lo que era el baile social en la época y te iba gustando. Y ¿cuándo decidís empezar a estudiar música, o danza? ¿Cuándo empezaste a sentir como hormiguitas dentro hasta decir “quiero algo más”?

No, para mí fue desde que nací que tuve claro que mi vida era la danza, el baile o como le quieras llamar. O todo eso junto.

En realidad, el sentimiento que tenía era, por un lado, la danza y, por otro lado, el tango. O sea, no se me mezclaban los conceptos, lo tenía clarísimo.

Clarísimo.

Sí. El problema es que, en algún momento, mis padres se dieron cuenta de que yo estaba segura. Porque mientras era un juego, más o menos a los cinco años, logré que me llevaran a estudiar clásico. Pero cuando se dieron cuenta de que era una vocación en serio, no quisieron saber nada. Así que la pasé bastante mal.

¿Por qué? ¿Temían que no “te ganaras bien la vida”? (Con tono irónico).

No. Porque ellos querían que estudiara otra cosa. Que también era arte, pero yo no quería.

¿Y cómo lo manejaste? Ahí está, justamente, la pregunta que funda a Patio de Artistas. ¿Cómo hiciste para seguir con tu deseo a pesar de la oposición que enfrentabas?

¡Cómo revolvés, psicoanalista! (Risas). Sin duda que sos psicoanalista. (Risas).

Ellos querían que estudiara bellas artes sí o sí, y yo pensaba, “Bueno, estudio bellas artes y también estudio danza”. O sea, no es que me negaba del todo. Y tampoco me prohibieron bailar. Cada tanto me dejaban un poquito.

Y ya que estabas, ¿encontraste alguna otra satisfacción en las bellas artes?

No, incluso me desagradaba el olor a pintura. Igual me fue muy bien mientras lo hice, gané un montón de premios, expuse en el Salón Nacional. O sea, me fue rebien.

¡Ah! ¿Qué hacías? ¿Pintura, escultura?

Pintura, escultura, dibujo y, de vez en cuando, un poco de grabado. Pero yo quería bailar. Así que cada vez que podía, cuanto curso de danza aparecía, yo lo hacía, cuanta personalidad extranjera de la danza venía a dar un seminario en Buenos Aires, yo iba.

Estamos hablando de ¿danza clásica, danza contemporánea, todo?

Todo, todo. Es decir, yo me orientaba más por la danza clásica, pero hice danzas históricas, danzas medievales. En realidad, hice mucho, mucho en danza y llegué a tener un prestigio muy grande en ese mundo. Pero, bueno, fue una lucha de toda la vida.

«El arte no se fabrica, el arte nace, y tiene su propio recorrido vital. Y eso es algo que muchas personas no entienden.»

Y, saltando un poco en la historia, imagino que todo eso te ha nutrido… Si no para tu baile, quizás para la docencia.

Y al final, sí. Porque, al fin y al cabo, yo me pongo a mirar para atrás e hice cinco carreras docentes. Con todo lo que implica de materias pedagógicas, psicológicas, de prácticas de enseñanza, algunas materias de más, por las dudas, la observación de clases, todo.

¿Cuáles son las cinco?

Primero el magisterio en Bellas Artes, Pintura, Escultura, Filosofía y Folclore en la Escuela Nacional de Danzas. En realidad, hice la carrera de folclore, pero antes había hecho una especie de minicarrera, también de folclore, que había en la UBA que ahora no existe más.

Y haber estudiado tantas danzas, hasta, incluso, medievales, ¿te sirvió para entender la raíz, por ejemplo, del tango, o de otros bailes?

Me sirvió para entender la raíz del arte. Lo mismo que, en ese sentido, también las artes plásticas hicieron su aporte. Me sirvió para tener una visión amplia. Obviamente, todo eso implica, también, estudiar música un millón de años. Lo digo porque los músicos a veces creen que los bailarines no entendemos la música; y resulta que sí la entendemos. De hecho, lo que pasa es que a veces son ellos los que no entienden, ni la danza ni el baile, y dicen pavadas que arruinan bailarines.

Cuando les dan clases de musicalidad.

Claro, de terror lo que hacen.

Volviendo a lo que decías respecto a que “encontraste la raíz del arte”. ¿Qué sería para vos “la raíz del arte”?

La esencia. Es la idea del nacimiento. El arte no se fabrica, el arte nace, y tiene su propio recorrido vital. Y eso es algo que muchas personas no entienden.

¿Estás hablándolo a nivel de cada artista o del arte como hecho colectivo, social, incluso?

De las dos cosas. Estoy hablando del arte como hecho humano, cultural.  Y, también, algo parecido ocurre en cada artista.

Como algo que se revela o aflora.

Exactamente.

Vos que estudiaste filosofía, Heidegger hablaba de la aletheia.

Exactamente, eso es: una develación.

De lo que estaba tapado, oculto, y de repente, el arte le hace lugar.

Y, en ese sentido, la tarea docente también es una obra de arte… socrática. Es la mayéutica. Se trata de ayudar a dar a luz la capacidad que ya está en el alumno. Es el arte de las parteras.

¿Qué hace nacer al artista en aquel que llegó como alumno?

Yo pienso que el arte está en todas las personas, solo que no en todas aflora. El arte y otro tipo de capacidades, también.

Bueno, vos que das clases a niños…

Daba, ahora ya no.

Bueno, vos que dabas… habrás comprobado que, sobre todo hasta los 5 años -como te pasó a vos misma-, sólo se trata de permitirles expresarse, explorar, y es una actividad totalmente espontánea. El problema es que después, la educación, y sobre todo la instrucción, que son tan buenas para otras cosas, a las capacidades artísticas las va coartando, matando…

… atrofiando.

El tema es que hay un desconocimiento tremendo respecto a la tarea docente. Incluso, gente con título. Yo, a veces, digo: “Pero, ¿de dónde salió, cómo puede ser? Incluso, gente egresada de la carrera de ciencias de la educación ¡con un desconocimiento!… (Con énfasis).

Porque no les pasó por el cuerpo, todavía. Es todo mental, son un montón de libros que han leído, pero no vivenciaron.

No hicieron el regreso del camino. Y mirá que es muy básico. Muy (con énfasis). Dentro del pensamiento docente se sabe que una estructura impuesta al alumno es una jaula que atrofia el desarrollo intelectual, emocional, y en muchos casos, el desarrollo físico. A un chico lo destruís. Y a un adulto, también. Tanto que algunos se llenan la boca hablando de estructura, ahora…

«…la tarea docente también es una obra de arte… socrática. Es la mayéutica. Se trata de ayudar a dar a luz la capacidad que ya está en el alumno. Es el arte de las parteras.»

Ese desconocimiento en la enseñanza del tango hace estragos. Mucho se dice que cualquiera se pone a enseñar, y es verdad. Cualquiera que no tiene derecho a enseñar. Y no tienen la honestidad de decir: “Si voy a enseñar, me tengo que formar”. Y formarse de verdad, no basta tener un diploma ni veinticinco diplomas, hay que tener una formación real, lo que nosotros llamamos la elaboración de la experiencia. Y hay que hacer una actualización constante, que no es hacer veinte millones de cursos -que no está mal, pero no basta-, sino ir a la milonga y sentarse a mirar y pensar: “¿Qué pasa en está milonga? ¿Qué barbaridades hacen los que están bailando? ¿Están desconectados, están tironeando a las compañeras? ¿Las chicas están bailando solas?  ¿Cómo puedo hacer para que mis alumnos nunca cometan ese error? ¡Que nunca lleguen a conocer ese error! Esa es la actualización que hace falta. Además de todo lo que uno puede estudiar.

Pero, ¿sabés qué? Pasó algo, que también me di cuenta con el tiempo… Yo te decía que estudié cinco carreras docentes, con todo lo que eso significa. Como me gustaba estudiar, siempre estudiaba más de lo necesario, más a fondo y de verdad. De repente, en Filosofía me quedaba sin materias para cursar, por cuestiones de horarios -yo trabajaba, nunca viví del tango-, entonces me ponía a cursar alguna materia de otra carrera. En ese momento, los planes tenían como obligatorio cursar materias de otra carrera, y a mí eso me encantaba porque me daba una visión más amplia. Total, yo no quería el título rápido, yo quería disfrutar estudiando, disfrutar del conocimiento. Nunca tuve como objetivo trabajar de profesora de filosofía, pero sí, comprender la tarea. Entonces, o cursaba alguna materia extra, o revisaba la bibliografía: “Ah, ésta es la obligatoria, ¿y qué más? Ah, bibliografía sugerida. A ver, ¿qué es? ¿Podré conseguir algo de eso?” Hacía eso todo el tiempo, en todas las carreras.

Con el tiempo me di cuenta de que la única carrera que realmente tuvo -por lo menos en aquella época- una formación fabulosa, pedagógicamente, fue Bellas Artes. Asombroso. El nivel de las ciencias de la educación en Filosofía y Letras me parecía deprimente, denigrante, asombrosamente increíble por lo malo. En cambio, el nivel de la Escuela de Bellas Artes -que también eran profesores de Ciencias de la educación, y además estaba el intercambio con los artistas-, al menos en materia pedagógica, en ese tiempo era importantísimo.

Es que, creo que estamos hablando de la época del Instituto Di Tella, ¿no?

Claro.

Claro, es que era una cosa impresionante la producción artística en aquella época.

Impresionante. Llegabas a comprender, realmente, de qué se trataba. No se trataba de estudiar una serie de nombres y fechas, era vivenciar la cosa en funcionamiento. No era: “Hacé esto porque lo dice el libro”, sino: “Entendelo como un hecho creativo. Creador”.

Antes decías que “los esquemas arruinan a mucha gente en el tango”…

Sí, casi a todos.

¿Cuáles serían, entonces, los fundamentos del tango? Despejando todo lo que “arruina” a la gente, esas cosas sin las cuales ya no es tango.

Hay que ir al fondo de la cuestión. Porque la gente habla, habla y habla y te dice que el tango es improvisación, que es creación, que es conexión, que se baila con el alma, y hace todo lo contrario. Te dan ganas de matarlos. Yo digo: “Por lo menos callate”. “Por lo menos no estés dictando cátedra de algo que es lo contrario de lo que hacés”.

¿Es creación? ¿Es improvisación? Sí, en eso estamos todos de acuerdo. Pero después te dicen: “Para improvisar te aprendés este esquema de memoria, y después este, y este, y los mezclás en distinto orden”. Así estás improvisando. ¡¿Cómo?! (con énfasis y sarcasmo). Es un nivel asombroso de incoherencia. ¿Qué es lo que estás improvisando? Porque el baile, no. En todo caso, la combinación de secuencias. Pero eso no es el baile. Y resulta que, si te pones a tratar de comprender de qué se trata, cuál es la esencia, la inevitable consecuencia es que los esquemas, los pasos, las secuencias no están en la esencia. Es decir, podés bailar tango sin secuencias. Con los estilos pasa lo mismo, podés bailar tango sin tener un estilo. ¿Cierto tipo de movimientos que después aparecen encasillados con un nombre? Tampoco. Podés bailar tango también sin eso. El abrazo no es la esencia. ¡Es lo más lindo!, pero no es la esencia. También descartamos que la esencia sea el caminar. Eso, en todo caso, vendría en un segundo nivel o en un segundo plano.

«En el tango… los dos se convierten en uno solo… cada uno piensa y siente con el cuerpo del otro, y se mueve con el cuerpo del otro. El abrazo… es la manifestación exterior de todo esto, pero se podrían bajar los brazos y mantener la misma conexión.»

Entonces, ¿qué es lo que te queda? ¿Qué es lo que no podés eliminar? Para mí es la idea del otro, o de lo otro. La idea del diálogo. Es decir, del otro con carácter activo.  Y la idea del diálogo te empieza a dar la clave de un montón de cosas: empezás a descubrir que no es solamente el diálogo entre una persona y otra, no es solamente el que lleva y el que sigue, sino que hay mucho más que eso.  Hasta que llegás a la idea de que una conexión con otro, sí es fundamental. Si no hay eso, no hay tango.

Bueno, de hecho, es lo que caracteriza a esta danza por encima de otras: el entenderse mutuamente las intenciones. Y es lo que maravilla a los que no lo bailaron nunca, cuando lo ven. “¿Cómo se entienden?”, se preguntan. Varios comentaron en sus entrevistas que eso fue lo primero que les atrapó del tango.

Ahí está la gran diferencia con las otras danzas de pareja, incluso otras danzas de abrazo, ya sea de pareja abrazada o de las un poquito más alejadas, o sea de pareja enlazada.  Porque en todas esas danzas los bailarines hacen pasos que combinan. Aunque haya cierto grado de improvisación, es una improvisación a partir de movimientos que ya se sabe que son combinables. En cambio, en el tango no pasa eso.  Si son movimientos que combinan, ya no es tango. En el tango lo que ocurre es que los dos se convierten en uno solo, que cada uno piensa y siente con el cuerpo del otro, y se mueve con el cuerpo del otro. El abrazo, digamos, que es la manifestación exterior de todo esto, pero se podrían bajar los brazos y mantener la misma conexión.

Esa conexión es donde el tango se diferencia. Y es tan profunda que, de repente, yo siento que mi cuerpo en vez de terminar acá (abraza su propio cuerpo), termina acá (como si abrazara a otra persona), donde termina el cuerpo de la otra persona, donde termina la espalda de la otra persona. Y esa es una sensación que muy pocos han experimentado porque están con el sistema Paso al pedo.

(Risas).

Bueno, elegantemente se le dice paso injustificado.

Pero, en criollo, Paso al pedo.

Sí, en criollo. Igual, todo el mundo sabe que yo le digo así.

Así lo dejaremos, entonces.

No sé, te van a censurar la entrevista. Yo cuando hablo para el gran público, hablo de una manera un poco más elegante. Ahí me acuerdo que estudié filosofía (risas).

Es solamente la combinación de movimientos.

De secuencias y movimientos aprendidos. Entonces, si el otro responde algo inesperado, descoloca totalmente y se desaprovecha esa riqueza del tango que nace de dejarse sorprender con cada bailarín o bailarina.

Exactamente. Ahora, convertirse en uno solo con el otro, implica, entre otras cosas, tener una percepción diferente del espacio y del tiempo. Y de la música, porque si hablamos de espacio y de tiempo, hablamos de música. La percepción del espacio no es la misma si te sentís o si percibís tu cuerpo separado del otro que si lo percibís junto con el otro, siendo los dos, uno. La percepción del espacio cambia totalmente. Y la percepción del tiempo, también, porque es el tiempo necesario para recorrer un espacio. En definitiva, cambia la visión del mundo.

Y eso, ¿cómo se enseña o cómo se transmite?, lo que no necesariamente es lo mismo.

Bueno, eso es lo que yo trato de hacer. Lo que pasa es que no siempre los alumnos que vienen son principiantes. Es más, a veces me mienten, me dicen que son principiantes para que yo esté más contenta (se ríe tímidamente)… pero no, es gente que ya tomó clases.

Y vienen ya enviciados y tenés que limpiarles el disco duro, primero.

Exacto. Y hacer ese proceso de limpieza es bastante complicado. A veces es muy difícil, a veces, directamente, no se puede, a veces creés que estás a punto de lograrlo y, de repente, vuelven a los errores anteriores.

¡Ay, la repetición! Esa cosa del pasado, metida en el cuerpo, que insiste. Los psicoanalistas sabemos algo de eso…

No tengo alumnos principiantes, muy pocas veces, así que tengo que hacer el trabajo de limpieza, y cada vez tengo que empezar de nuevo. Y eso es una relación de ambas partes.

«La relación entre maestro y alumno, o un grupo de alumnos, es muy parecida a la relación de pareja de baile. Es decir, hay uno que lleva y otro que sigue, pero los dos tienen que estar a favor, los dos tienen que querer hacerlo. Los dos tienen que atenderse.»

Es un voto de confianza.

¡Totalmente!

Implica un voto de confianza porque es necesario que se “dejen llevar”, de alguna manera, para soltar lo aprendido, algo de dónde agarrarse, para dar un paso al vacío, al no saber.

¡Sí! Ese “de dónde agarrarse” es lo que se suele llamar la zona de confort. Y yo, como me enojo mucho, en lugar de zona de confort le llamo el salvavidas. “¡Dejá de agarrarte del salvavidas! Atrevete a ir más profundo”.

La relación entre maestro y alumno, o entre un maestro y un grupo de alumnos, es muy parecida a la relación de pareja de baile. Es decir, hay uno que lleva y otro que sigue, pero los dos tienen que estar a favor. O sea, los dos tienen que querer hacerlo. Los dos tienen que atenderse.

Tiene que ser mutuo el voto de confianza.

Y tienen que tener mucho coraje. Se necesita mucho coraje para dejar el esquema y atreverse a algo más verdadero.

En todos los órdenes de la vida.

Exactamente, en todos los órdenes de la vida.

Volvamos un poco a la historia. Cuando hacés el profesorado de folclore en la Escuela Nacional de Danzas, ¿ahí te formas en tango, también?

¡Nooo, ni hablar! No existía esa posibilidad. Vos decías tango y te decían: “Eso es de los bajos fondos”. No, yo el tango lo aprendí sola.

¿¡Sola?!

Sí. Yo, las cosas importantes de la vida las aprendí sola: hablar, caminar, leer y bailar.

¿Mirando? ¿Preguntando? ¿Escuchando?

Yo creo que lo que realmente aprendí de “tango” (con énfasis) fue, al principio, bailando sola.

¿Cuando tenías cuatro años o menos?

Menos, menos. Yo creo que esa fue la clave de todo. O sea, el poder escuchar una música que me gustaba. Pero, porque yo a la música la pensaba bailada. Cada uno tiene su propia manera de relacionar las cosas, ¿no? El que es pintor de alma, cualquier cosa que ve la piensa como una pintura, y el que es escultor, cualquier cosa que ve la piensa en forma de una escultura.

¿Y vos escuchabas la música con el movimiento?

Exactamente, con el movimiento. Con la sensación interna del movimiento, no con la forma visible.

No pensando la imagen que se da a ver, no para fuera, “pour la gallerie”, si no, más bien, con esas fuerzas como la sinergia, la cinética, el impulso y todo lo que pasa por dentro. Como una fuerza que te recorre, digamos.

Sí, exactamente, eso.

Y después de eso, como mis padres iban mucho a bailar -iban más que nada a los bailes de tarde del Club Español– me llevaban y, entonces, ahí, yo bailaba con los amigos de mi papá, con los atorrantes esos que te conté. Y yo pensaba -era chiquitita, pero ya pensaba cosas raras- “¿Por qué será que a estos señores que son mucho más altos que yo, les divierte bailar conmigo? Porque yo soy chiquitita, les quedo incómoda”. ¡Vos mirá las cosas que pensaba!

Sí, sí…

Hasta que descubrí por qué. Descubrí que las mujeres que bailan tango no son todas iguales. Hay diferentes tipos de mujer que bailan tango. Y yo era el tipo de mujer que tiene la condición natural de seguir, la condición de comprender al otro. A mí nadie me enseñó a seguir, y nadie me enseñó pasos, pero yo entendía el movimiento de ellos. Entonces, a ellos les quedaba cómodo bailar conmigo, aunque fuera chiquitita.

¿Es una condición de escucha, de lectura?

No, es una condición de conexión directa, es intuitiva. Yo no sentía que hubiera un proceso que me llevara a la comprensión de una situación, era espontáneo.

«Convertirse en uno solo con el otro, implica, entre otras cosas, tener una percepción diferente del espacio y del tiempo. Y de la música, porque si hablamos de espacio y de tiempo, hablamos de música. La percepción del espacio no es la misma si percibís tu cuerpo separado del otro que si lo percibís junto con el otro, siendo los dos, uno. La percepción del espacio cambia totalmente. Y la percepción del tiempo, también, porque es el tiempo necesario para recorrer un espacio. En definitiva, cambia la visión del mundo.»

¿Percibías la famosa intención?

Algo así, sí.

Simplemente sabías que iban para allá. O que querían hacer eso…

O que había un movimiento curvo y entonces aparecían lo que después yo supe que se llamaba ocho.

O sea que, en realidad, gracias a que nadie me enseñó, hice el proceso que yo digo que hay que hacer.

Fuiste autodidacta, digamos.

Totalmente.

Y como el aprendizaje te pasó por el cuerpo, intentás transmitir eso, esa exploración.

Eso me ayudó a comprenderlo. Igual, fue muchos años después que comprendí que había hecho ese proceso. Yo lo entendía como docente, tenía el pensamiento docente. Después me di cuenta que “¡Ah, pero caramba! Sí es lo que hice yo, es lo que me pasó a mí”.

Olga con el Maestro Osvaldo Pugliese.

¿Y cuándo llega a tu vida el bailar, no sé si profesionalmente, pero por lo menos más artísticamente? Es decir, ¿cuándo empezás a exhibir? ¿Qué te lleva a eso? ¿Cómo llegás a eso?

Mirá, siempre quise bailar, siempre quise tener grupos de baile y siempre pensé que el tango tenía que estar presente, que se tenía que poder aprender de una manera masiva y gratuita. O sea, que todo el que quisiera bailar tenía que poder ir a aprender. Así que, en un tiempo, como no me dejaban bailar, pero me dejaban hacer cursos, un día aparece en la UBA -yo estudiaba Filosofía en ese tiempo-, una especie de curso que después desembocaba en un ballet folclórico. Igual que lo que después conocí como el Profesorado de Folclore de la Escuela de Danzas, pero con menos materias. Por ejemplo, no tenía las materias pedagógicas porque no tenía orientación docente. No tenía música ni instrumentos autóctonos. Pero, las materias de folclore, lo que tenía que ver con el baile, era exactamente igual, con el mismo método espantoso, terrible, terrible. O sea, es de donde salió, después, el sistema Paso al pedo para el tango.

Bueno, la cuestión es que fui a ese curso y enseguida se armó el ballet. Y pasó que, un día, la dirección de Cultura de la Universidad, nos avisa que nos iba a mandar a un encuentro o festival en Chilecito, provincia de La Rioja. Creo que era un festival universitario. No sé qué era, pero nosotros íbamos en representación de la Universidad de Buenos Aires. O en representación de Buenos Aires. ¡Genial, qué lindo! Estaba el cuadro norteño, el cuadro sureño, el cuadro litoraleño… pero, yo les decía a mis profes, “No puede que no haya un cuadro de tango si vamos a representar a Buenos Aires”.

Según contaron otros entrevistados como Roberto Herrera o Natacha Poberaj que estudiaron con él, El Chúcaro les decía que el tango era el folclore de Buenos Aires.

Claro, pero vos sabes que los folcloristas y folclorólogos dicen que no, porque hay una serie de requisitos muy puntuales -creo que son doce- que tiene que cumplir un hecho cultural para ser considerado folclore, y el tango no los cumple porque es de autor y uno de los requisitos es que sea popular. El tango tuvo una etapa popular, pero el que circula ahora es de autor. Es más, son grandes músicos, grandes compositores. Entonces, no entra dentro del folclore.

Pero yo les decía eso a las profes y me decían: “¡¿Tango?! (con voz grave). Es de los bajos fondos, es cosa de cuchilleros”. Bueno, tanto hinché que logré que el director de Cultura nos recibiera y le propuse la idea, y aceptó. Obviamente, el cuadro de tango lo hice yo con varios de los chicos del ballet que quisieron participar -que eran como dieciséis o algo así-. Era una cosa muy de estudiantes, ¿no?, porque la única que lo tomaba en serio era yo, los demás lo disfrutaban inmensamente, más bien se divertían.

Pero vos, ¿sos más bailarina o más… no sé si decirte enseñante? A mí la palabra que se me ocurre es formadora, porque me da la sensación de que para vos enseñar es como hacer una obra de arte…

Sí.

…a la que le vas dando forma…

Sí.

…con lo que pone de sí, obviamente, el alumno.

Sí.

Y creo que con las coreografías te pasa, también, por ahí. Me imagino que las debés encarar de la misma manera.

Totalmente.

No, es “Ésta es tu coreografía”.

¡Nooo! Yo tengo mi grupo, les pongo coreografía, pero las hago nacer de ellos.

Así se trabaja en danza contemporánea, ¿no?

Sí, lo que pasa es que ahora la danza contemporánea también tiene el sistema Movimiento al pedo. La otra vez vi una improvisación en danza contemporánea, “Bueno, a ver, improvisen”, y los movimientos eran todos iguales, no había otra cosa. Así que hasta ahí llegó el sistema Paso al pedo o Movimiento al pedo. Pero, en el origen, claro, era lo que vos decís.

Olga con María Nieves Rego.

Y, entonces, volviendo a esa etapa de bailarina ¿la disfrutaste? ¿Era lo tuyo? ¿O te tiraba siempre más la formación?

No, no, era mi vida. Bailar era mi vida.

¿Bailar cualquier tipo de danza era tu vida o, específicamente, bailar tango era tu vida?

El tango me gustó siempre y también la danza me gustó siempre. No te puedo decir, siempre fueron caminos paralelos. Hasta el día de hoy, la danza sigue siendo importante para mí. Importante… ¡fundamental!  La aplico cuando hago coreografías. Es decir, pongo por un lado el tango, y por otro lado, la danza.

¿Y cómo es que llegás a enseñar tango en el San Martín?

Bueno, el tema es que con esto del ballet folclórico, el espectáculo en Chilecito y todo eso, yo seguía diciendo: “¿Por qué no hay un lugar donde toda la gente pueda ir a aprender a bailar tango, si quieren?” Bueno, y ahí fue que vino la democracia y se abrió, o, mejor dicho, empezó a funcionar más el Centro Cultural San Martín. No había otros, los otros centros no existían. Un tiempo después, empezaron a crear los centros culturales en los barrios, los centros de jubilados, los centros culturales en las escuelas; y, claro, no había quién enseñara, así que iban a enseñar los que salían del curso del San Martín.

«Siempre quise bailar, siempre quise tener grupos de baile y siempre pensé que el tango se tenía que poder aprender de una manera masiva y gratuita. O sea, que todo el que quisiera bailar tenía que poder ir a aprender.»

Pero, entonces, fui a ver al director de danza del San Martín y le expuse mi idea de poner un taller de tango. Él ya me conocía. Yo ya trabajaba en escuelas, ya era profesora de la Escuela Nacional de Danzas, ya tenía una historia como profe y tenía una historia de haber hecho unas cuantas locuras como profe de la Escuela, que siempre me habían salido bien.

¿Haber explorado, inventado, probado, creado …?

Haberme revelado a una orden y que, de repente, a raíz de eso a la Escuela le llegase una felicitación del Ministerio de Educación. Por mi desobediencia. Y una felicitación del Ministerio del Interior. Y que, de repente, la Escuela pase a figurar en los anales de la UNESCO con un trabajo mío.

Él sabía de toda mi historia de locuras y de los reconocimientos que había ganado la Escuela con mis trabajos, y, además, yo había trabajado un tiempo con él cuando era el director del Instituto Contemporáneo de Danza y había puesto en orden el Instituto. Se lo había puesto en funcionamiento, así que estaba muy agradecido. Y me dice: “¿Vos estás loca? El tango no le interesa a nadie. ¡¿Quién va a venir?! No va a venir nadie. Además, el tango no se puede enseñar”. Y yo insistía, insistía, volvía otro día e insistía. Hasta que, un día, me dijo: “Está bien. Te lo voy a dar pero sólo porque sos vos y conozco tu trayectoria. Yo sé que todo lo que hacés lo hacés bien. Te voy a dar un mes de prueba y vas a ver que no va a venir nadie”. Y así fue que empezamos a enseñar en el San Martín, con Gustavo (Naveira).

¿Cuál fue la clave de aquello para que se llenara y funcionara?

Bueno, yo puse como condición: que fuera gratis. Pero creo que lo que desató el éxito -porque el primer día había cuatrocientos inscriptos, gente en lista de espera, hubo que cortarlo a los tres meses y empezar otra vez con otro grupo de gente que había quedado afuera, una cosa impresionante-, lo que influyó mucho, fue el estado de ánimo de la sociedad en general. Era la euforia de la democracia.

Era esa euforia de recuperar lo propio, la música, la danza, entre otras cosas. Claro, era como recuperar la alegría, la alegría de ser uno mismo, de ser argentino o de ser porteño, una cosa así. Fue impresionante.

Y ¿en algún momento tuviste algún maestro de tango?

Yo no tuve maestros. Yo estudié mucho de otras danzas, pero de tango, nunca.

Y de otras danzas ¿tuviste algún maestro o maestra que te haya marcado?

Sí, una persona que yo considero que fue maravillosa: Luisa Pericet (Reconocida profesora de Danza Bolera española, antecente del flamenco). Una cosa increíble de persona. Petisita, chiquitita, con cara de enojada. Ella daba la clase, enseñaba, ponía las coreografías, tocaba la guitarra, cantaba, puteaba, fumaba y zapateaba, todo al mismo tiempo, y era una pulguita. Impresionante. Impresionante. Y para mí fue una maestra maravillosa.

Bueno, después de clásico tuve muchos maestros, de contemporáneo, algunos. Llegué a hacer un seminario con Renate Schottelius (bailarina, coreógrafa y maestra, una de las pioneras de la danza moderna en Argentina). Y bueno, de folclore tuve un millón de maestros.

Y cuando se interrumpe aquella emblemática pareja con Gustavo, ¿por qué no volviste a armar otra pareja, al margen de alguna presentación circunstancial? Sobre todo, siendo la danza y el tango tan importantes para vos.

Bailé algunas veces con mi hijo. Fue con el que más bailé. Alguna vez bailé con mi hija, pero ya siendo grande -no hace mucho, hace unos diez años-. Pero no, no quise volver a formar pareja. Y mucho menos poner a alguien al lado mío a enseñar.

Ahí te pasaste, definitivamente, detrás del escenario.

Bailé una vez en una presentación de un disco de Ariel Ardit. Circunstancialmente. Bailé hace diez días en un evento. Pero no, no quise volver a formar pareja de baile. Ni de vida, tampoco.

¿Y qué opinás de la enseñanza actual del tango social? Pareciera que se enseña hasta un límite, y si alguien quiere profundizar más, eso se reserva para los bailarines profesionales. O quizás son los bailarines de tango social los que no quieren profundizar, que les alcanza con un poco para salir a milonguear y ya está.

Un poco de todo eso, pero yo creo que es un error muy grave encararlo así, o sea, dividir de esa manera. Yo creo que el tango popular -o social, o tradicional- hay que enseñarlo en profundidad y lo tiene que enseñar un docente.

La cuestión técnica para mí es otro gravísimo error, porque se habla de técnica como algo totalmente exterior y superficial. Cosas del tipo “poné el pie así” o “estirá la pierna de tal manera”, cuando, en realidad, si se pusieron a pensar un poco, la técnica debería ser una consecuencia y no un objetivo ni un método. Porque eso que hablamos de la relación de dos, del diálogo, aparece en otros aspectos del baile, además de las dos personas que bailan.

Aparece, por ejemplo, en el uso de las piernas. Se habla tanto que hay que cerrar las piernas, pero al final nadie sabe qué quiere decir cerrar las piernas. Se trata, simplemente, de poner las piernas en una relación de diálogo. Si vos ponés las piernas en una relación equivalente a la de una pareja de baile, donde antes de empezar a bailar se miran, se acercan, se envuelven, se abrazan y después hacen lo que tengan que hacer, la técnica apareció sola, pero nació desde la esencia. Entonces, de repente, encontrás un lenguaje de las piernas absolutamente coherente, que te da equilibrio, te da la elegancia, te da el cerrar las piernas, y de paso te pone en funcionamiento todo el cuerpo porque todas las articulaciones empezaron a moverse.

O sea, ni siquiera enseñar la técnica como facilitador para poder expresar mejor lo que sentís.

¡Nooo!, no, es al revés, es totalmente al revés.

Cuando hacés este camino, que es también un camino de mayéutica, de repente te encontrás con que la persona está bien parada, que tiene un lenguaje de las piernas que expresa tango, que tiene movimientos elegantes, que no tiene los pies torcidos nunca. Porque, además, estableciste una relación determinada con el piso, que es una relación de articulación. Y todo eso sin hacer ningún palabrerío y sin someter a la persona a veinte millones de ejercicios durante seis meses, vino sola (la técnica). La cuestión técnica suele estar muy mal encarada, si lo tomaran así, evitarían una serie de errores que se van acumulando.

«Se fomenta la incoherencia. O sea, si la música en un momento te da una sensación de final es porque algo terminó. Y si termina un pedazo de música, tenés que dar por terminado un pedazo de baile. Así de simple. Y lo que se está haciendo con la enseñanza, generalmente, es lo contrario. “Repetí el paso”.  “Repetí la secuencia”. Es terrorífico. Pero, como te decía antes con el salvavidas, es lo que a la gente la engancha. O sea, no tener que pensar, que profundizar dentro de uno mismo. La solución fácil.»

Y después, cosas como escuchar la música. Hay una metodología que, obviamente, un músico jamás la podría entender y mucho menos, enseñarla. Hay cuestiones que generalmente se encaran desde lo superficial, cuando deberían encararse desde lo profundo hasta llegar a lo visible.

Y eso en el tango popular. Ahora, para bailar tango coreográfico, primero hay que distinguir que una cosa es coreográfico, otra cosa es escénico, otra es el estilo campeonato y otra es el estilo exhibición -que ahora parecen todos lo mismo. “¿Cómo se llamará esta pareja? Es igual a la pareja que vi recién”-. Pero eso tiene que tener como fundamento al tango popular. Primero hay que comprenderlo, porque si no estás haciendo alguna otra cosa que no es tango, que quizás tiene algún movimiento y música de tango, pero no es tango.

¿Qué es tango?

La relación con. Si sólo es una sucesión de pasos, sean acrobáticos o no, no es tango, hay que ponerle otro nombre. Quizás puede ser alguna forma de la danza, pero tango, no. O quizás pueda ser alguna forma de gimnasia artística, no sé, pero tango, no. Para llamarse tango tiene que tener el fundamento. Después puede llegar a tener toda la imagen coreográfica en cualquier estilo que a uno le guste. Pero primero tiene que estar el fundamento.

Que es ese diálogo con el otro o entre dos, con la música y con el piso.

Exactamente. O sea, yo no soy de los que dicen que para hacer tango tenés que hacer equis cantidad de figuras tradicionales. No, para que sea tango tenés que mostrar la conexión profunda. No me importa si hacés el ocho o lo que sea…

Y cuando se dice que este bailarín, o esta bailarina, o esta pareja tiene tango, ¿qué le ven?

Generalmente eso se dice cuando la persona o la pareja expresa algo más que la forma. O sea, cuando te hace sentir algo. Y, bueno, sí, es eso.

Como cuando te explicaban los viejos qué es la cadencia. ¡Qué sé yo! Hay tantos errores cuando se habla de cadencia. Porque una cosa es la cadencia en música que tiene determinadas especificaciones, todas muy exactas, qué sé yo. Otra cosa es la cadencia en danza, que también hay varias definiciones -todas bastante ambiguas, por suerte-, pero todas tienen en común que hablan de la relación con la música. Pero la cadencia en tango es otra cosa. O sea, ya tenemos dos puntos de vista, y el del tango es otro. Antes cuando le preguntabas a los viejos qué es la cadencia, porque todo el mundo hablaba de la cadencia, pero nadie sabía qué era, los viejos te decían: “Esheee… esheee… ¡¿viste?!” Y si lograbas que te explicaran un poquito más, te decían “El sabor, ¿viste?”. Y realmente es eso. Ahora, técnicamente se puede explicar, también. Pero, como en todo proceso de aprendizaje y enseñanza, la explicación tiene que ser al final del recorrido.

Primero hay que experimentarlo y encontrarlo.

Claro, primero tenés que vivirlo. Yo tengo un método para eso, pero en definitiva la cadencia sería la danza y la música bailando en el interior del movimiento.

«…la técnica debería ser una consecuencia y no un objetivo ni un método. …Si vos ponés las piernas en una relación equivalente a la de una pareja de baile que antes de empezar a bailar se miran, se acercan, se envuelven, se abrazan y después hacen lo que tengan que hacer, la técnica apareció sola, pero nació desde la esencia… de repente, encontrás un lenguaje de las piernas absolutamente coherente que te da equilibrio, elegancia, cerrar las piernas, y te pone en funcionamiento todo el cuerpo porque todas las articulaciones empezaron a moverse.»

Si tener tango significa expresar algo más que el movimiento, hacer sentir algo, se me ocurre una pregunta. ¿Hay una necesidad de argentinidad para poder bailar tango? No porque tengas que nacer acá, pero ¿hay que comprender algo de la argentinidad para poder bailar tango, vivenciarlo? No sé si comprenderlo es la palabra, porque no es intelectual.

Y yo creo que algo más hay que comprender. No hace falta conocer a la perfección el idioma, por ejemplo, o la historia, pero sí hay que comprender algo, algo más.

¿La manera de relacionarnos, por ejemplo?

Sí, puede ser, porque siempre estamos hablando de que en el fundamento está “la relación con”. Con el otro o con lo otro. Y de alguna manera hay un contenido afectivo. El contenido afectivo puede tener diferentes formas, pero de alguna manera hay un sentimiento de que el otro, o lo otro, te importa. Hay culturas que no tienen ese sentimiento, nosotros decimos que son fríos.

Por ejemplo, para nosotros tocarnos, abrazarnos, incluso en la calle, es algo espontáneo.

Claro, claro, y para otras culturas, no.

¿Y vos desde dónde interpretás, cuando bailás tango, desde la música, la letra o de los recuerdos que ese tango te trae, o todo junto?

Todo junto y, fundamentalmente, desde lo que me transmite la persona que baila conmigo, en cualquiera de los roles. Creo que es así. Si la persona no me transmite algo profundo, no lo puedo disfrutar. Cumplo y punto. Y si estoy llevando, a veces me pasa bailar con alguna alumna y generalmente me trasmiten algo, aunque sea miedo a hacer algo mal, pero trasmiten. Entonces, el baile es según el contenido de eso que se trasmite. Obviamente, además, la música, el entorno…

¿Cuáles son los momentos de toda tu trayectoria que rescatarías? No sé, ¿qué dos o tres momentos señalarías como fundamentales de tu vida? O que te han emocionado muchísimo, o que te marcaron como un antes y un después. Artísticamente hablando.

El del grupo coreográfico, el de Chilecito.

¿Qué fue? ¿La satisfacción?

Sí, fue el placer, una aventura, una aventura estudiantil, porque, qué sé yo, éramos todos estudiantes.

¡Y que fue tu obra!

Fue mi obra y una obra larga, ¿eh? Larga. Con cambios de ropa, con vestuario, con cosas de sonido que, bueno, no había tecnología casi, entonces había que rebuscársela como uno pudiera. Y un éxito total.

Después, otro momento fue la creación del curso del San Martín. Siempre hablando de tango. Hubo otros momentos, pero no de tango. Bailar con mi hijo. Muchas veces bailé con mi hijo. Bailar con mi hija…

¿Es toda la historia que fluye por ellos?

Sí, ellos son las pruebas del método. Son un poco diferentes de otros bailarines, pero son diferentes porque hicieron un proceso totalmente opuesto al que hicieron todos los demás.

Y después, cosas con distintos ballets que tuve, que muchas fueron muy significativas, muy emocionantes.

Olga con sus hijos. De izq. a der.: Federico Naveira, Olga y Ariadna Naveira.

¿Y cómo ves el tango? No solamente como lo ves en las milongas, sino ¿cómo lo ves en la Argentina? ¿Qué lugar ocupa el tango en la Argentina? ¿Es el lugar que a vos te gustaría o querrías que tuviera otro lugar?

La cuestión no es tanto el lugar que ocupa, sino el enfoque que se le da. Si se sigue pensando el tango como algo exterior, superficial, enseñando pasos, estamos mal porque es lamentable.

¿Eso se va a llevar puesto al tango?

Totalmente. Si vos mirás en una pista de baile, todo es paso al pedo fuera de música. Y más, muchas veces se les enseña cómo no estar en la música, o sea, cómo cerrar la percepción para no entender cosas intuitivas de la música. Se fomenta la incoherencia. O sea, si la música en un momento te da una sensación de final es porque algo terminó. Y si termina un pedazo de música, tenés que dar por terminado un pedazo de baile. Así de simple. Y lo que se está haciendo con la enseñanza, generalmente, es lo contrario. “Repetí el paso”.  “Repetí la secuencia”. Es terrorífico. Pero, como te decía antes con el salvavidas, es lo que a la gente la engancha. O sea, no tener que pensar, que profundizar dentro de uno mismo. La solución fácil.

Quizás habría que plantear la cuestión ética. En realidad, les importa un carajo si eso es la verdad o no es la verdad de un hecho cultural. Queda como una repetición.

Como un decorado.

Como un decorado… Exactamente, como un hecho superficial claro.

Estamos en el horno.

¡Sí!

Porque la época también es contraria a todo lo que sea pausa, detenimiento, tiempo. Porque imagino que esa forma de aprender requiere un tiempo para asentar, sentir en el cuerpo, ver qué me pasa, arriesgarme, correr el riesgo de no verme bien, de no saber.

Y sí, todo es un riesgo. El que no es valiente no puede.

¿Y qué diferencia, produce seguir ese otro camino, explorar, sacar el baile no desde la secuencia sino desde el explorar?

La diferencia en los resultados es abismal. Abismal. Y se llegan a dar cuenta en poco tiempo.

¿Cuáles serían los resultados?

Un baile verdadero, natural, donde todo es posible, donde lo que no te sale hoy, te puede salir otro día. Donde no se sufre por no saber o no poder. Pero, igual, el fantasma del esquema siempre está ahí. Siempre está el canto de las sirenas. A veces porque está esa tendencia dentro de uno mismo, otras veces porque viene otro y te dice: “Hacelo así que es más fácil”.

Para dejar de sufrir con el proceso de aprendizaje.

Hay que aprender que lo que importa es el proceso y aprender a disfrutarlo…

Que lo valioso no es la meta, que en el proceso hay un disfrute posible.

Exactamente.

¿Querés decir algo más, Olga?

Gracias, señora psicoanalista. ¡Qué lindo!

Gracias a vos, Olga. Y sí, ¡qué linda entrevista!

Escuchar a Olga me trajo a la memoria los ecos de un viejo libro de la adolescencia, “Por qué  será -se preguntó perplejo Juan- que no hay nada más difícil en el mundo que convencer a un pájaro de que es libre, y de que lo puede probar por sí mismo si sólo se pasara un rato practicando? ¿Por qué será tan difícil?”.

¿Cómo soltar lo que parece que te salva? ¿Cómo hacer sin la dirección de esa voz de mando que se arroga la verdad, aunque lo que se produzca sea aturdimiento? ¿Con qué se hace cuando no se sabe?

En el camino de la mayéutica, el maestro guía con sus preguntas. Busca crear las condiciones para que se le manifieste una pregunta propia al discípulo, esa que puede servirle de brújula. Entonces la práctica ya no será ni castigo ni yugo, será, simplemente, inevitable. Interpelado por esa pregunta fundante, el aprendiz ya no puede hacer otra cosa que emprender la búsqueda de sí en lo que hace.

Así resulta que la trasmisión de un saber hacer puede devenir una experiencia amorosa, en tanto el que guía busca “mover-con” su afecto al alumno, que se deje afectar por la experiencia, hasta que encuentre el viento que impulse sus alas. Y entonces ocurre el milagro que con sólo dejarse llevar alcanza, porque el viento empuja de atrás y orienta el rumbo. La meta ya no hace falta, porque el destino es el infinito.

¡Vuela alto Olga Besio, vuela alto maestra, vuela alto como lo hacías en la pista!

Flavia Mercier

Fernando Galera: “El tango no es una danza más, es más que una danza”.

Fernando Galera, bailarín y maestro de tango y folclore, ha recorrido el mundo con una carrera de más de cuatro décadas en la danza, partiendo desde su club de barrio, donde empezó a formarse a los ocho años, entre clases y bailes de jubilados. A los doce ingresó a la prestigiosa academia de El Chúcaro, Norma y Nidia Viola, donde también fue enseñante. Por esa época comenzó a estudiar tango con Juan Carlos Copes y, paralelamente, con Miguel Balmaceda. Continuó perfeccionándose con reconocidos milongueros como Pepito Avellaneda, Pocho y Nelly, Teté Rusconi, Pupy Castello y Graciela González. Formó una pareja emblemática con Vilma Vega y desde el 2014 ha colaborado sostenidamente con Silvina Valz, tanto a nivel artístico como en la enseñanza. Con anterioridad, tuvo destacadas actuaciones junto a Milena Plebs y Aurora Lubiz y, en los últimos dos años, con Mariana Montes.  Radicado en Italia desde hace unos meses, inicia ahora una nueva etapa profesional junto a Pamela Colaneri. Creador y Director del Festival Tango Salón Extremo desde 2008, su principal motivación como docente es transmitir el tango como una experiencia cultural y no sólo la técnica, con el afán de cuidar las raíces de esta danza y, con ellas, su alma. Un apasionante propósito que compartimos en Patio de Artistas, y al que esperamos contribuir con esta entrevista y las valiosas perlitas de tangueridad que Fernando nos regaló.

Buenos días, Fernando. Quería invitarte a recorrer tu trayectoria como un ejercicio de rastreo de cierta lógica del deseo de un artista. Es decir, ¿qué causa que alguien quiera ser artista y cómo lo sostiene?, y también a contribuir a través de este espacio a trasmitir cuáles serían las coordenadas que definen tu campo artístico, el tango. 

En este sentido, creo que muy poca gente sabe, sobre todo los que te conocen de los últimos años, que vos empezaste con folclore. Y, además, si no me informé mal, nada más y nada menos que en la escuela de El Chúcaro y Norma Viola.

No, en realidad a su escuela llegué a mis doce años. Y me formé ahí hasta los veinte. Me formé y enseñé en la escuela de El Chúcaro, pero vengo del folclore desde los ocho años, en La Matanza. Digamos que fui por ahí “pululando” -siempre fui inquieto-, tratando de no casarme con nadie, buscando cuál era la mejor opción… Esa frase de Olmedo “Si lo hacemos, vamos a hacerlo bien”, eso. Tuve la suerte de que mis viejos me acompañaran y me pudieran bancar durante mucho tiempo.

¿Por qué se te ocurrió bailar y por qué folclore? 

Es raro, pero no me gustaba nada. Cuando empecé, a los ocho, había tenido la pérdida muy joven de una tía, que funcionaba a la vez de niñera -me cuidaba cuando mis viejos laburaban-, que falleció en un accidente y yo quedé medio en alfa. Mis viejos empezaron a hacer de todo para activarme, me llevaban a fútbol y no me gustaba, me llevaron a artes marciales y no me gustaban. Yo no quería ir a jugar ni al potrero de enfrente con mis amigos. Además de que no me gustaba el fútbol, era malísimo. Mi viejo, fanático enfermo de Boca Juniors, yo, nada. Un día me llevó a la cancha de Boca a ver a Maradona y yo me quedé dormido en el medio del partido, ¡imaginate! Hacía ese tipo de cosas…

El fútbol no era lo tuyo, está claro.

No, me empezó a gustar de grande. Pero había un club de barrio en el que mi papá medio se crió porque mi abuelo había sido socio fundador, había puesto algunos ladrillos, incluso.

La típica historia del club de barrio.

Sí, a dos cuadras de mi casa. Yo vivía muy cerca de una villa muy grande en Lomas del Mirador, La Matanza, muy cerquita de Mataderos. Ahí había una señora muy grande que enseñaba folclore y tenía, no te exagero, unos cincuenta, sesenta chicos, de todos lados. Y me gustó. “Yo quiero hacer eso”, dije. Y mi viejo, “Bueno, algo que quiere hacer. ¡Vamos!”. A mi mamá no le gustaba porque renegaba del folclore, del chamamé. Yo vengo de familia correntina de chamameceros por parte de mi mamá, mi abuelo, músico, mis tíos, músicos, y ella lo vivió toda su vida. A mí me encantaba el chamamé.

¿Y qué te acordás de aquellos primeros años?

Mi primera actuación, cuando empecé a bailar. Un acto del colegio para juntar plata para Las Malvinas. ¿Te acordás que se hacían esos actos para juntar plata?

Si, las colectas para los soldados que estaban en Malvinas.

Colectas para los soldados, mi primera actuación fue esa. Así como estaba me mandé, con la ropa de calle, me subí al escenario e hice un malambo. Y después ya no recuerdo. Seguí en ese mismo club y, cuando se hacían los bailes de los jubilados, yo iba y bailaba foxtrot, pasodoble, chamamé, vals, lo que sea. Bailaba con todas las señoras mayores del barrio.

Fernando bailando en el Ballet de la Universidad de Belgrano, dirigido por Norma y Nidia Viola.

O sea que aprendiste a la vieja usanza, en el club de barrio, con “los viejos”.

Sí. Después me quise perfeccionar en el folclore, así que a los doce años me fui a la academia de El Chúcaro. Y a los quince, dieciséis años, el mismo Chúcaro -como yo era el único porteño que iba a la academia porque éramos pocos- me dijo “Usted tiene que aprender el folclore de su ciudad”.

Esto mismo me contaron varios entrevistados que estudiaron con El Chúcaro, resaltaron que él consideraba al tango como el folclore de Buenos Aires.

¡Sí! Y me mandó directamente con Copes. La verdad es que tuve suerte, en ese grupito estábamos con Villagra (Claudio), Natalia Hills y Diego Di Falco, que son los más conocidos, pero éramos muchos más.

Yo llego ahí por recomendación de El Chúcaro, pero quien me introdujo en ese mundo fue Natalia (Hills), que en esa época bailaba con Diego Di Falco. Sus padres fueron los que me llevaron a esas clases de Copes -que al principio eran en Fama, un salón en la calle Marcelo T. de Alvear- a la vez que me llevaron a la clase de Miguel Balmaceda en el Salón Canning.

Obviamente, en ese momento, con quince, dieciséis años, me atraía mucho más Copes. Miguel me hacía caminar, caminar, caminar… A los dieciséis años lo odiaba. Después entendí muchísimo por qué lo hacía, y hoy me siento mucho más reflejado con el baile de Miguel y de los milongueros que con el baile de Copes. ¡Que me dio mucho!, muchísimo.

Te dio técnica, supongo, sobre todo.

Me dio técnica y cosas que van más allá del baile, que tienen que ver con la presencia y, también, con aprender a trabajar, a sistematizarse, a profesionalizarse.

Una disciplina, digamos.

Sí, disciplina. Mirá, del 2002 al 2012 teníamos el Nuevo Estudio La esquina junto con Vanina Bilous y Vilma (Vega). Vanina había vendido el viejo estudio La esquina que tenía con Roberto, nos asociamos y abrimos otro -que hoy en día es la escuela de Aurora Lubiz y Jonathan Spitel-. Bueno, Copes venía a ensayar. Él llegaba media hora antes. Antes que sus bailarinas, que su grupo. Calentaba, escuchaba la música, preparaba todo. Te estoy hablando de un Copes de setenta y pico, ochenta años. Todo eso nosotros lo aprendimos de él, eso nos lo enseñó Copes. Después, uno lo ha puesto en práctica o no, o hemos tenido momentos más desordenados -esta vida tanguera desordena mucho, hay que tener una disciplina exagerada para poder mantenerse-. Y también nos enseñaron el amor a esto, a respetarlo como un trabajo. El arte es trabajo, eso lo aprendimos de El Chúcaro, de Norma, de Copes y de María Nieves.

«El mensaje tiene que ser fuerte. El tango es encuentro, el tango es conexión. Empieza por entender uno mismo que el tango no es sólo la figura, no es sólo estructura. Enseñar tango no es enseñar a hacer algo, también es enseñar a sentir, es transmitir cultura y que el tango es encuentro. El tango no es una danza más, es más que una danza.»

Profesionalidad en tanto la seriedad y la exigencia con vos mismo con la que tenés que trabajar y, también, en el hacerte respetar como profesional de esto.

La exigencia y la retribución. Y como persona, en todo sentido. Dar para recibir. La verdad es que tanto El Chúcaro como Norma y Nidia Viola, las hermanas, que eran las que se hacían más cargo del día a día de las clases -aunque El Chúcaro estaba muy presente- le metían ¡un amor y una presencia! a las clases. Nosotros íbamos tres veces por semana y arrancábamos a las cuatro de la tarde hasta las doce de la noche, y ellas ahí presentes, todas las clases, todo el tiempo, grupo tras grupo. Lo mismo Copes en sus clases y en sus ensayos.       

¿Hay algún consejo que te haya dado alguno de ellos, Copes o El Chúcaro, que habitualmente recuerdes, que te guste trasmitir a otros?

No sé si directamente un consejo, pero sí hay una frase que repito mucho que yo creo que la adquirí de ellos, de todos ellos, de Pepito, de Miguel, “La presencia genera presencia”.

¿Qué quiere decir “…que genera presencia”? ¿Que haya otros que vengan a verte?

No, presencia en el otro, que el otro esté presente. Es como cuando vos le das la mano a alguien, si le das la mano floja el otro no la va a agarrar, si vos le das la mano presente, hay una devolución. Y eso, en todo. Cuando uno va a la pista a abrazar, cuando uno entra a la pista, cuando uno se para delante de otro, o delante de una clase, esa presencia genera en el otro que esté ahí, atento. Yo creo que eso me viene de Copes, de Chúcaro, de Norma. No sé si yo lo logro, yo siento que sí.

¿Y por qué decías que ahora te sentís más cercano a Balmaceda y a los milongueros? ¿Qué es lo que rescatás y te gustaría transmitir de ese caminar, que a lo mejor en aquel momento lo odiabas, pero ahora podés ver algo más en eso? Porque no era solo caminar…

La calma. Si comparo con el tango que se baila hoy en día, o que se expone, es la calma. No correr para llegar, no correr arriba de la música, ni atrás, ni marcar la música exageradamente. Eso lo aprendí de todos ellos. Mirá, hay una frase que también saqué de alguno de ellos -hay anécdotas que, aunque recuerdo, ya no sé de quién son, cosas que repito tanto en las clases, que ya las tengo incorporadas-, y es que uno es un instrumento más. Alguna vez, alguien me dijo “El bailarín es el instrumento visible, el instrumento que entra por los ojos.”

La verdad es que soy un afortunado, siempre lo digo, porque aprendí mucho de todos ellos. Hay algo que hemos hablado con muchos de los bailarines que entrevistás -sobre todo, con Pancho, porque somos amigos- y es que somos una generación que tuvimos la suerte de conocer a los grandes hacedores. Y nosotros conocimos a muchos de esos como maestros, porque entramos en una etapa más académica, pero, a otros, fuimos nosotros quienes los pusimos en el lugar de maestros porque nos han dado mucho.

Insisto, soy un afortunado de haber conocido la academia de El Chúcaro, que muchos no han podido llegar o sólo lo han visto por televisión. O estar con Copes, o aprender con Miguel, con Pepito Avellaneda…

«El arte es trabajo, eso lo aprendimos de El Chúcaro, de Norma, de Copes y de María Nieves.

La exigencia y la retribución. Hacerte respetar como profesional y como persona, en todo sentido. Dar para recibir.»

A vos se te conoce como el discípulo de Pepito.

Si, tuve que hacer terapia (risas).

Para superarlo…

Es que, de hecho, han pasado treinta años desde que murió Pepe -veintinueve años, para ser más concretos- y todavía hoy en día me siguen llamando para que dé una clase de Pepito. Y, sí, obviamente que Pepito me ha marcado, me ha enseñado mucho, me ha dado todo, me dejó una herencia, me dejó un baúl lleno de figuras, de aprendizajes, de musicalidad, de maneras de pensar y de desarrollar un baile, pero después -y esto es algo que los que venimos de esa época renegamos un montón- yo desarrollé mi propio baile, con mi propia manera de enseñar. Y pasé por veinte mil etapas diferentes y hoy, más que recordar las figuras o quizás la energía para bailar, no me reconozco en otra cosa. Entonces, es difícil decir que soy el discípulo de Pepito. Porque se me reconoce como el discípulo desde que él me eligió cuando le dijeron de hacer un programa para enseñar milonga. Y lo hizo porque en ese momento yo era el joven que estaba en sus clases y no faltaba a una, y tomaba clases privadas todas las semanas, y estaba muy ligado a él. De hecho, en su velorio la gente venía y me saludaba a mí pensando que yo era el hijo y no saludaban al hijo -que a la vez era muy parecido a mí-. Esas cosas me han pasado, pero, con el paso del tiempo, uno va cambiando y va desarrollando lo suyo. Yo siempre cuento que en las clases de Pepito he visto a Pancho, Claudio Hoffman, Pilar Álvarez, Pablo Verón, Milena y Miguel Ángel, Osvaldo y Lorena, qué sé yo… Y toda esa gente pasaba por las clases de Miguel, al mismo tiempo, y nadie baila igual, cada uno tiene su propia forma, su propio estilo y desarrolló hasta su propia manera de enseñar.

«Adaptarse al otro no es que ella baile como yo, o yo como ella, o para ella, se trata de adaptarse un poquito para entrar en el terreno del otro.»

¿A qué atribuís que al final cada uno haya logrado su estilo?

Supongo que tiene que ver con que ellos enseñaban conceptos. Y que enseñaban a cada uno. Pepito marcaba una figura y si había veinte parejas, lo hacía con cada una de las mujeres para que supieran cómo se sentía y corregirlas a ellas antes que lo intentaran con sus parejas. Y si podía, corregía a los veinte hombres, también. Es decir, si en una práctica suya había cuarenta o cincuenta personas, eran cuarenta o cincuenta clases individuales.

A cada uno le corregía lo que cada uno necesitaba.

Yo aprendí así. No “Esto es así, de esta manera”, sino “Yo lo hago así, de esta manera”. Y, por ahí, yo lo hacía de otra manera y él me decía “Bueno, está bien, está buenísimo”.

«Por ejemplo, la sacada, el gancho. No te decían “Vos acá vas con el impulso que te da el hombre para bolear la pierna después…”. Te decían “Entrá”. Entonces vos aprendés a pensar cómo entrar, no a copiar la misma sacada, el mismo gancho.»

De hecho, Dolores De Amo cuenta en su entrevista que cuando ella hacía el canal Sólo Tango, tenía problemas al repetir las tomas porque a ellos (los milongueros) les costaba repetir en forma idéntica la figura o las secuencias, porque cada vez lo hacían distinto.

Y después esas figuras, al menos Pepito, las adaptaba al bailarín que iba a su clase.

Y de todo lo que él te trasmitió, ¿qué emerge ahora en el recuerdo como lo que más te impactó o marcó?

Creo que lo que más me queda de Pepito es su fuerza, su energía, sus ganas de vivir y de hacer. ¿Viste cuando se dice “si lo hacemos, lo hacemos”? Mi baile energético creo que tiene que ver con Pepito. Yo tengo esos dos extremos, la pausa y la energía al extremo. Y creo que también eso de primero encontrarnos para un café y después subir a dar la clase. Y, aunque yo no lo hago -siempre lo digo, peco de no hacerlo- eso de que Pepito en su clase bailaba con absolutamente todo el mundo, que hacía el movimiento y la figura con todos. Creo que era una manera de enseñar a sentir.

Transmitía con el cuerpo.

Con el cuerpo, y era una locomotora. A mí me gusta mucho eso, esta cosa de poner el cuerpo. A veces me zarpo… por ejemplo, a veces a Aurora le decía: “Aurora, no bailés tan rápido”. Y ella me respondía: “Lo que pasa es que vos me venís con el cuerpo y me llevás puesta”. Silvina me decía lo mismo, “Es que vos empezás a caminar y ¿qué hago?”. Eso sí es de Pepito, la energía de baile o la manera de escuchar la música.

Pepito Avellaneda y Suzuki.

Yo tengo una mezcla de Pepito y, también, de Pocho y Nelly. Pocho y Nelly me dieron una vuelta de rosca. Me daban clase en el lavadero de la casa, cinco o diez minutos, no más. “Mirá esto”, me decían, y me volaban la cabeza. Me cambiaron todo, años de tango, de cultura, de folclore.

¿En qué sentido?

Me dieron el último golpe de horno. Lo que tenía que ver con la cadencia, con sus formas, con su abrazo, su forma de conectar. Si mirás videos de cuando ella era un poco más joven y te fijás en su forma de bailar sin despegarse, hacer todo ese baile sin despegarse, era mágico, rompe las reglas de la física y la no física.

Otro que me dejó mucho fue Teté. A mí y a Vilma. Teté era un tipo que transmitía mucho, mucho, amor al tango. Un tipo que de verdad me dio mucho, también, pero no sé qué decirte porque no hay algo específico…

Lo estás diciendo, “el amor al tango”, la pasión por el tango. Yo creo que la pasión se contagia, creo que esa era la magia que ellos transmitían, porque cuando uno ve a alguien tan apasionado con algo, dice “Eso debe ser mágico, maravilloso. Quiero sentir eso”.

Por ejemplo, estábamos en Gricel, una noche especial, no sé si era su cumpleaños o una milonga que él organizaba. Bailaban varias parejas, y yo iba de pantalón y camisa porque a los veintidós o veintitrés años no usaba traje, tenía un smoking y zapatos de charol para la exhibición y después, nada. Y él me dice “¿Vos por qué no bailás?” “No… como nadie me dijo nada, qué sé yo… no voy a bailar, ahora, así”. “No, no, vos podés bailar.” Y esa fue la primera exhibición que dimos con Vilma en Gricel, pura improvisación.

Otro fue Préstamo. Préstamo era uno que escuchaba. Estaba en la mesa con el Nene Masci y de pronto verlo que hacía … (gesticula como si se quedara sin aire). Y vos decías “¿Qué pasó?”, y era que había escuchado una frase de un tango, que capaz lo escuchás en cada milonga que vas. Y te decía “Escuchá, escuchá cómo se lo dijo”. Y esas cosas te pegan. Yo me conozco las letras enteras de dos tangos, el resto que me sé son frases sueltas que me vuelan la cabeza, que me las tatuaría en el cuerpo, que en el momento decís “wow” y termina el tango y me lo olvidé. O a algunos cantantes me los imagino sentados en la mesa de un bar contando esa historia que están cantando. Todo eso me vuela la cabeza.

¿Y qué quiere decir que transmitían un concepto?

Por ejemplo, la sacada, el gancho. No te decían “Vos acá vas con el impulso que te da el hombre para bolear la pierna después…”. Te decían “Entrá”. Entonces vos aprendés a pensar cómo entrar, no a copiar la misma sacada, el mismo gancho.

Y lo otro que hicimos con Vilma -con quien estuvimos diecisiete, dieciocho años juntos- fue escucharlos. Nos enamoramos de los milongueros y milongueras, y muchos nos adoptaron, como a tantos de nuestra generación. Hemos aprendido mucho de solamente escucharlos, de estar sentados en su mesa o de ir a sus casas a comer.

Esto me lo dicen muchos, que se aprende escuchando, pero hay que profundizarlo.

¿Y qué querés profundizar? 

Quiero que me cuentes cómo se aprende escuchando. O, lo que sería su contraparte, ¿qué del tango se transmite por vía de la palabra?

Hay una pregunta que nos hacemos siempre entre nosotros y que es “¿Qué es tango?” cuando decimos “Esto tiene tango.” O en los campeonatos se escucha “Esta pareja baila muy bien, pero no tiene tango”. Por ejemplo, hace poco viene una chica suiza que baila muy muy bien y me dice “Yo quiero bailar como una argentina porque sé que bailo como una suiza”. Entonces se lo comento a un amigo y me dice “¿Habla español?” y le digo “Sí, y como una porteña, porque vivió mucho allá”. “Entonces, ya está, ya tiene un montón ganado, porque cuando baila escucha la letra”. Lo que uno escucha o cómo uno interpreta lo que escucha entra en el cuerpo de alguna manera. Supongo que, en ese mismo sentido, funcionaban las charlas con los milongueros, escuchar sus anécdotas.

«Yo tengo un yeite: cuando enseño un movimiento, el movimiento, para mí, tiene una historia y esa historia, muchas veces, viene con una anécdota.

… hay anécdotas que, aunque recuerdo, ya no sé de quién son, cosas que repito tanto en las clases, que ya las tengo incorporadas ….»

¿Vos dirías que el saber la historia te hace sentir el tango desde otro lugar?

Cuando vos bailás y escuchás… no sé…  a Campos cantar Cantor de barrio, por ejemplo, ¿vos qué escuchás? A mí, escuchar Cantor de barrio me produce algo en el cuerpo que me hace bailar de una manera o sentir de una manera que no me lo produce… no sé… otro tango.

¿Porque viviste en Buenos Aires, y te transporta allí, a tus propias vivencias?

No, porque yo vivía en Buenos Aires y escuchaba El bulín de la calle Ayacucho, por ejemplo, y no me producía nada. No sé qué es el bulín de la calle Ayacucho, a mí no me dice nada. Hay tangos que te llegan de una manera y tangos que te llegan de otra. Y hay tangos que te llegan y hay tangos que no. O que te llegan desde lo musical. ¿Viste que a veces escuchás una canción en inglés o en otro lenguaje que no entendés, pero te gusta la música y la canción te llega? La música entra por un canal y la letra por otro, pero influye un montón. La palabra influye un montón en lo que a vos te pasa en el cuerpo, en las sensaciones que tenés en el encuentro con el otro. Yo tengo un yeite: cuando enseño un movimiento, el movimiento, para mí, tiene una historia y esa historia, muchas veces, viene con una anécdota. A veces me cuelgo un poco con la tangueridad, con esta cosa de contar, pero a veces tenés clases que les encanta.

Contame de la pareja que formaste con Vilma Vega, ¿cómo se conocen ustedes, cómo empiezan a bailar?

Yo estuve un par de años embarcado en un crucero haciendo tango y folclore. Cinco coreografías durante un año y medio, boleadoras y esas cosas. Cuando volví quería encontrar una pareja para volverme a ir. Bailé con una, con otra, probé, fui, vine, hice el programa de milonga de Pepito con una pareja que tenía en ese momento… Y ocurre que Graciela González me llama para dar clases de milonga en la Galería del Tango.

La de Eduardo y Gavito.

Sí, y en un momento estaban Gustavo Naveira, Graciela con Puppy, mucha gente, uno cada día de la semana, y uno se va y me ofrece hacer milonga un día a la semana. Aprovecho, y le digo a Graciela: “Mirá yo estoy buscando pareja para trabajar. Estoy buscando a alguien para poder empezar a trabajar y a desarrollar esto, porque también me quiero ir”. Y nada, me presenta a Vilma que era una alumna que venía de bailar danza contemporánea, jazz y estaba aprendiendo con ella de cero, y dije “Bueno”. Y arranqué con ella como si yo estuviese también empezando, y así empezamos a tomar clases juntos, a armar cosas, a ensayar mucho y terminamos formando una pareja – fuimos mucho tiempo pareja de vida, tenemos hijos- y lo que pasó es que al mismo tiempo que empezamos a desarrollarnos, íbamos mucho a milonguear…

Fernando Galera y Vilma Vega en CCKonex.

¿Recién ahí llegás a la milonga? ¿Hasta entonces eras un bailarín más de escuela, digamos?

Ya iba a la milonga, pero no me pegaba tanto. La verdad es que no me pegaba. De hecho, iba al Akarense porque daban clases Rodolfo y María Cieri. Te hablo de mucho tiempo antes.   

¿Qué edad tenías ahí?

Y, diecisiete, dieciocho, diecinueve años.

¿Estabas con El Chúcaro, todavía?

Sí, iba de bombacha de gaucho, era un gaucho en la milonga, un hippie.  Entonces, empezaban a llegar los milongueros todos trajeados, me daba vergüenza y me iba.

Pero, después, cuando empezamos a milonguear con Vilma, nos pasó que un sábado a la noche no sabíamos qué hacer y dijimos “Estamos a cinco cuadras del Glorias (Glorias Argentinas, en Mataderos), ¿vamos a ver qué pasa?”. Fuimos y, en el momento que entramos, Oscar Héctor anuncia a Pocho y Nelly. Mirá, te lo cuento y me emociono, cada vez que lo cuento me emociono, porque cuando los vi bailar, lloré. Me acuerdo que dije: “¿Cómo puede ser que estoy llorando viendo bailar una milonga? Fue una cosa muy emocionante. Y cuando terminan de bailar -habían bailado tres parejas, ellos, Carlitos Moyano y Naty y alguien más- Oscar Héctor me reconoce, me saluda y me presenta a Nelly. Él me conocía de chiquito porque mi hermano jugaba al fútbol en el Glorias y, durante los partidos, yo siempre iba a ver cómo Oscar Héctor daba clases de tango o armaba las mesas. Así como me presenta a Nelly, ella nos agarra de la mano y nos lleva a la mesa. Y en la mesa estaba Dispari con La Turca, Préstamo -con quien también nos quedó una amistad muy grande, hasta su último día-, y no me acuerdo quién más. Y a partir de ahí empezó un enamoramiento terrible con los viejos y con la milonga.

Fernando bailando con Nelly Fernando.

¿Por qué? ¿Qué te contaron que te fascinó?

No sé, así como me gustó el folclore de chiquito, me gusta la historia, la política, las anécdotas. Siempre fui medio viejo de alma y hoy mis hijos son iguales y tienen esa cosa de querer saber e investigar. A veces pienso que de chusma me gustaba saber quién con quién, con quién bailaba y qué pasaba y qué se escuchaba.  

¿Te transmitían algo que parecía mágico? En lo que contaban había una cierta magia, ¿no?

Vos imaginate que te están contando algo de una época que es toda una fantasía en tu cabeza.

De una Argentina que ya no era.

Claro, y toda una serie de historias. He escuchado desde cosas súperrománticas hasta cosas súperoscuras, y todo en el mismo ámbito, con la misma gente. Eso me llamaba la atención. Y a la vez, verlos bailar. Hace poco estaba hablando acá con un italiano que me decía “Nosotros no los vimos bailar. Lo que vimos en los videos no nos llega como cuando los vemos bailar a ustedes”. Porque yo le contaba que una vez llevé un grupo de alemanes al Sunderland, y bailaron Carlitos Pérez, El Chino Perico, Julio Duplaá con Elsa, no me acuerdo quién más… Y cuando sale a bailar el Chino Perico con La Rusa era como ver una película en cámara lenta, ¡una cosa!… y escucharlo bailar Caló y el tipo pisar cada dos tiempos, y la elegancia. Y un alemán que baila muy bien me dice “Pero no hace nada” y yo lo miro y le digo “Bueno, tratá de no hacer nada ¡así!”.

¡Cuánto que hay en ese “así”! ¡Cuánta elegancia! ¡Cuánta “clase”!

Claro, así, con esa clase. Lo hablábamos también con Pareja. Yo a Pareja lo conocí cuando tenía sesenta años, hoy tiene noventa, porque Pareja era amigo de Copes de la juventud. Y ahí viene otra ramificación de uno de mis primeros amores, Copes y María Nieves. Parejita iba a su clase, a hacer compañía, y cuando Copes -inteligente- veía que los pendejos medio que nos aburríamos, nos decía “Andá a tirar unos pasos con El Viejo”-le decían El Viejo-. Y El Viejo estaba en un rincón enseñando figuras, y eso para mí fue un golazo.

Oro en polvo.

La verdad es que Eduardo Pareja, Parejita, me dio muchísimo tango, también. Sobre todo, figuras. No copiarlas, sino a desarrollaras. Con él aprendí a desarrollar figuras sin pensar, a armar mis propias secuencias. Cuando yo lo veía a Pareja a los sesenta, a los setenta y a los ochenta tirando figuras, yo trataba, siempre, de imaginármelo a los veinte.

Lo mismo con Pocho y Nelly, porque Pocho me ha enseñado unas cosas que él ya no las podía hacer. ¡Vos imaginate este tipo a los veinte años, lo que habrá sido! Entonces, cuando vos te sentás y tenés seis, siete mujeres, hombres, comiendo empanadas y contando anécdotas de cómo bailaba Tal, las cosas que hacían, la milonga, y que iban de un barrio al otro, y qué sé yo… Y… ¡mi cabeza explotaba! Porque era tratar de proyectar hacia atrás, entender cómo caminaba, cómo bailaba ese tipo, porque hoy lo ves todo encorvado, en una silla, pero te imaginás que a los treinta no era igual. 

«El tango es un juego, algo lúdico, y es necesario enseñar que ese juego es con el otro, no es ni una lucha ni es sincronizado. No existe la sincronización, es un encuentro donde no sé si voy a hacer lo mismo al mismo tiempo, a no ser que haga una coreografía.»

¿Y cómo surgió la idea de organizar un festival que resultó ser de los más reconocidos, como el Tango Salón Extreme?  ¿Cómo nace esa idea?

Nace como algo que para mí es muy loable, pero, a la vez, se transformó en un producto comercial que es muy difícil contener. Cuando arrancó en el año 2008, duraba una semana en la que cada pareja de maestros daba tres horas por día de seminarios. Imaginate tres parejas -después cuatro, después cinco, fueron creciendo en número- cada una dando tres horas por día de un tema o un enfoque. Estaba buenísimo. Porque, además, antes, la gente venía a prepararse para el Mundial de Tango con hasta tres meses de anticipación. Se podía, hoy la gente llega el día de la competencia para acreditarse. Entonces, para organizar algo para la gente que se venía a formar y así generar más trabajo, extenderlo un poco a todos.

Pero la temporada alta se fue reduciendo, y en un momento empezó a explotar y no me entraba la gente en el estudio, así que empezamos a hacerlo en La Viruta. Y, entonces, fue el triple de gente y se transformó en un festival y está buenísimo.

Desde hace algunos años, la idea es que cada uno haga su clínica, o que desarrolle con su forma de enseñanza, un concepto, no clases de pasos como en los festivales. Y que enseñen un tango social, aunando niveles. Y ha habido parejas de escenario y parejas más festivaleras, pero siempre enseñando un tango para todos. Cada una tiene dos clases que intentamos que sigan un desarrollo. Es decir, cada pareja continua el trabajo de la anterior. Y, además, desde el año pasado, hemos hecho que la última clase de cada día la den los cuatro maestros que enseñaron ese día, para que también crucen conceptos, ideas y puntos de vista. Porque pasa mucho que un alumno va con otro, le dice lo mismo que yo con otras palabras y lo entiende mejor. Y viceversa. Entonces está bueno hacer que eso suceda en vivo, en simultáneo, en la misma clase. Y así la gente se va con algo de un festival y no solamente con el encuentro del festival y nada más.

Después de bailar con Vilma bailaste con bailarinas muy conocidas. ¿Qué momentos especiales compartiste con ellas que ahora te acuerdes y nos puedas compartir?

Después de bailar con Vilma y durante sus embarazos, bailé con Milena Plebs. Yo bailo tango salón porque el primer espectáculo que vi fue Tango X2 y me volvió loco. Terminar bailando con Milena, ser amigos, para mí es un montón. Es más que un honor, es lindo.

Contame, la primera vez que te tocó bailar con Milena, ¿se te produjo algún viaje, tipo decir “Yo que la veía en Tango X2 y ahora estoy bailando con ella”?

Y sí, porque aparte tengo eso, que soy un romántico y esta cosa de buscarme la historia… Y fue muy lindo. Fue muy lindo, pero a la vez extraño porque estás con alguien que admirás y que pudo haber sido tu maestro, con alguien que está en esto hace mucho más tiempo que vos y ya había recorrido el mundo. Después, bailar. Bailar fue mágico. Aunque, como uno ensaya, practica, el impacto es otro, no es que bailás por primera vez en la pista de baile.

Fernando con Milena Plebs en la edición de Rosario del Festival Tango Salón Extreme.

¿Y después de Milena?

Bailé también con Aurora Lubiz que había sido directora mía en la academia de El Chúcaro. También, tener el honor de que sea mi amiga y haber bailado con ella…

Y después con Silvina. Primero desde el 2013, 2014 hasta 2016, y después de la pandemia nos volvimos a encontrar. Creo que, después de Vilma, es con quien se me reconoce más, porque hemos podido amalgamar las dos técnicas, las dos ideas de trabajo.

¿Hay un estilo Fernando Galera, o cambiás según con quién bailás?

No sé si hay un estilo Fernando Galera, es un poco pretencioso decir eso, pero sí hay una forma que te la va dando la experiencia, los años, los kilómetros. Hoy estoy trabajando con Pamela -que es también mi pareja de vida-, creando entre los dos una forma de bailar y de enseñar juntos; y con cincuenta y un años estoy reaprendiendo de mí mismo y de adaptarme al encuentro. Los dos estamos reaprendiendo. ¡Y lo lindo que es! Adaptarse al otro no es que ella baile como yo, o yo como ella, o para ella, se trata de adaptarse un poquito para entrar en el terreno del otro. Me pasó con Milena, me pasó con Aurora y con cada una de las compañeras con las que trabajé.

«Encontrarse, abrazarse, potenciarse. Potenciarse quiere decir sentirse libre y fuerte en el abrazo. El abrazo no es un aprisionamiento, sino todo lo contrario.»

Pero más allá de que digas que te parece pretencioso hablar de un estilo, yo creo que el estilo se realiza como resultado de una sucesión de decisiones: “Esto me gusta, eso no me gusta, en esto me siento cómodo, en esto no”. Para mí es algo que se decanta, que se destila, un destilado de una serie de decisiones. Entonces, ¿hacia dónde se decanta tu estilo de baile, por dónde te pasa? ¿Dónde te sentís vos que sos vos?

Mirá, a veces lo pienso a partir de lo que quiero enseñar: yo soy una mezcla de milonguero, salón y todo lo que vi. Pero yo soy un amante, un enamorado, del tango salón, que no es el tango de la competencia. Obviamente, hoy mucho más moderno, porque creo que me fui actualizando, aunque no haga cosas de tango nuevo.  A veces se piensa que sólo eso es actualizarse y no se presta atención a que el tango se fue redondeando. Antes era muy estructurado, figuras sueltas o nada, “un dos tres, un dos tres”. Creo que no tengo un tango puro -no hay un tango puro-, mi forma se fue mezclando entre todo lo que aprendí.

Por supuesto me gusta el caminar, la pausa, el giro, el movimiento circular, la generación de energía, todo eso es lo que a mí me conmueve más. Los tangos melódicos, tipo Caló, Di Sarli, Tanturi – Campos, son los que me gustan, o conmueven, o me llegan más. Después, a la hora de hacer una exhibición, por ahí elijo otra cosa porque uno tiene que remarcar lo que quiere mostrar, pero en mi vocabulario de clases está la pausa, la circularidad y la cadencia.

Fernando y Aurora Lubiz en Moscú.

Y cuando intentás trasmitir el valor de la pausa, ¿la aprecian o te dicen -como te decían de El Chino- “no hace nada”?

Buena pregunta. Me lo aprecian como bailarín, la gente me lo marca, sobre todo la musicalidad que eso genera. Quizás no tanto en las clases. Porque a la gente le gusta verlo, pero prefiere aprender otra cosa.

Por eso te lo pregunto.

Y, a veces es una lucha con uno mismo, trabajar la pausa, la técnica… Cuando la gente entra a una clase necesita tener mucho material. A veces termina una clase privada y el alumno te dice “¿Qué más me podés dar para trabajar en mi casa?”  Y vos habías estado una hora hablando y pensás “¿Qué más querés que te diga?  Andá y trabajá esto”.

¡Procesá lo que te acabo de dar, absorbelo primero!

Porque, además, lo que te acabo de dar fueron años para mí y te lo di en una hora. Pasa mucho, “Bueno ya está, esto me sale, ¿y ahora qué?”. Uno lucha mucho para ganarle a eso.

«… hoy se baila mucho por estética. (…) Veo a cada uno haciendo la suya. Y el tango es una danza de contacto. … La señora se agarró a mí que yo sentía que la llevaba, pero también que ella me llevaba. Nos llevábamos los dos. … Ahí entendí lo que era el tango.»

¿Y cómo ves la milonga, acá y allá? Cuando te sentás en la milonga, ¿qué ves, te gusta, no te gusta, te levantás y te vas?

Me gusta mucho ver bailar y estudio mucho. Antes era crítico, hoy siento que estudio mucho lo que veo. Y no veo una generación de energía. No podemos generalizar porque, obviamente, hay de todo, pero, en un gran porcentaje, veo que la gente no se conecta, no baila con el otro. Cree, o parece que baila con el otro, pero no. Ahora se pusieron de moda los encuentros y en Europa los maratones que tienen como único fin bailar y bailar.

La milonga como un gimnasio, como dijo Pancho en su entrevista.

Sí, bailar y bailar, no importa cómo. Y es una pena porque nosotros no estamos solamente enseñando a bailar tango, nosotros estamos transmitiendo cultura. El tango es más que una danza o una música, es cultura. Y para mí eso es importante, cómo explicarla, cómo traerla. Nosotros cuando éramos chicos a la hora de la cena teníamos un canal con la Botica del Tango, otro con Grandes Valores del Tango, los domingos Argentinísima que tenía mucho folclore, pero también tango, y, en otro canal, El deporte y el hombre. Veíamos cultura a las nueve de la noche, cuando estábamos cenando. Y aunque no te gustara el tango lo veías. El que tiene cincuenta años y no sabe cantar Azúcar, pimienta y sal, no vivió.

Fernando con Silvina Valz bailando en Gricel (Buenos Aires).

Si no se transmite la cultura, ¿el tango se convierte en un puro baile? ¿Deja de ser tango?

Para mí, sí. Como pasó con la salsa. La salsa hoy en día se baila sin que importe nada, no se sabe de dónde es ni quién canta, se baila. Bueno, eso puede pasar con el tango.

“Se industrializa” como una cosa producida en serie.

Mirá, hace poco me ofrecieron pasar música en una milonga, acá en Italia. Y querían todo rítmico, todo para arriba. Por ejemplo, no pude poner Tanturi – Campos, no se aprecia…

… D’Agostino – Vargas, ni hablar.

¡D’Agostino – Vargas!, ¿viste? Escuchan, no sé… Fiorentino, todo para arriba.

No Troilo – Marino.

¡No, olvídate! ¿Me entendés? Al final vienen a escuchar al DJ pero no le dejan poner la música. ¡Y yo no te voy a poner un tango imbailable porque soy bailarín también!

«…el otro día tuve una charla en un curso para DJs y una de ellos me pregunta “Pero, entonces, ¿el DJ tiene que educar?” “Y sí, es un educador, también. Está transmitiendo cultura, no solamente pasando música”.»

Yo siempre tengo este miedo, y lo intento charlar con todos ustedes, ¿hasta dónde el mercado va a terminar imponiéndose al tango y el tango se va a perder? Porque pasa esto: tenés que enseñar secuencias porque quieren secuencias, no quieren caminar, no quieren la pausa, tenés que poner tal música porque quieren eso y, ¿entonces? ¿Dónde queda lo que nosotros tenemos para trasmitir? Obviamente que los maestros, los DJs necesitan vivir de su trabajo, no estoy hablando de ser un quijote contra los molinos de viento, sino de cómo se le hace lugar a nuestra tradición, nuestra cultura, esa sin la cual no habría surgido el tango, esa que hace a su esencia

La mcdonalización del tango. Es como que venga Mc Donald’s a Italia y te quiera hacer una hamburguesa de pizza porque a los italianos les gusta la pizza -capaz que ya la ofrecen, no sé, no voy a Mc Donald’s-. La verdad es que antes me enojaba. Cuando empezamos a venir con Vilma, en el año 98, 99, a Europa y trabajamos en Alemania, Austria, Suiza, los profesores alemanes me decían “Lo que pasa es que tenés que entender que acá los alemanes no se abrazan”. “¡Pero van a bailar tango argentino, nosotros nos abrazamos!”, y me enojaba y los hacía pasar por ahí, medio a la fuerza. Hoy aprendí -y eso lo aprendí mucho de Silvina- a ir al terreno del otro para traerlo al terreno de uno. Por ejemplo, el otro día, con el tema de la música, les ponía una tanda que querían ellos y una tanda de las que yo creo que tienen que aprender a escuchar.

Claro porque el gusto también se educa, en ese punto el DJ también transmite cultura. Es como el paladar, si vos comés siempre espagueti con salsa de tomate nunca te va a entrar un pescado, por ejemplo. Tenés que probarlo alguna vez para que algún día te guste.

Tal cual, pero por ahí eso lo entendés vos que sos madre, pero el otro día tuve una charla en un curso para DJs y una de ellos me pregunta “Pero, entonces, ¿el DJ tiene que educar?” “Y sí, es un educador, también. Está transmitiendo cultura, no solamente pasando música”.

Fernando y Milena Plebs.

Por otro lado, creo, después de tantas charlas, que una cuestión clave es encontrar alguna utilidad para el alumno, para el que baila, de adquirir ese aspecto cultural y no sólo pasos. O sea, cómo transmitirles que se baila diferente cuando vos entendés nuestra manera de sentir, de expresarnos y de relacionarnos. Cómo cuando hacés una pausa, cuando conversás en la milonga, cómo todo eso te predispone a sentir lo que nosotros llamamos tango, cómo te predispone a la tan mentada conexión.

Es poco a poco, yendo al terreno del otro desde lo técnico, desde lo estructural, y empezar a traerlo. El mensaje tiene que ser fuerte. El tango es encuentro, el tango es conexión. Empieza por entender uno mismo que el tango no es sólo la figura, no es sólo estructura. Enseñar tango no es enseñar a hacer algo, también es enseñar a sentir, es transmitir cultura y que el tango es encuentro. El tango no es una danza más, es más que una danza.

Yo pongo mi granito de arena, y sé que muchos de mis colegas y amigos hacen lo mismo. Por ejemplo, uno de los temas que propongo entre mis clases es: “Encontrarse, abrazarse, potenciarse”. Potenciarse quiere decir sentirse libre y fuerte en el abrazo. El abrazo no es un aprisionamiento, sino todo lo contrario.

Una de las grandes riquezas del tango es la posibilidad de que te abracen, hay gente que a lo mejor no la abrazan en toda la semana hasta que llega a la milonga.  

Ahora, cuando armamos nuestras clases, hablamos mucho de estos temas. Sobre que el tango es un juego, algo lúdico, y que es necesario enseñar que ese juego es con el otro, no es ni una lucha ni es sincronizado. No existe la sincronización, es un encuentro donde no sé si voy a hacer lo mismo al mismo tiempo, a no ser que haga una coreografía.

Que, por cierto, cada vez más las escuelas hacen grupos coreográficos.

¿Por qué? Porque eso es como hacer fitness con tango. No está mal que hagan coreografía, no está mal que hagan un grupo coreográfico, el tema es que no les están enseñando a bailar, sino que les están enseñando a hacer lo que hacen ellos y muchas veces a riesgo de lastimar a la gente. No tengo miedo de decir esto, o sea, podés ponerlo, lo vengo diciendo. Está bien, entiendo el negocio de muchos, yo también tengo mi kioskito. Y se pierde la capacidad de improvisación. El problema es que van a la milonga y hacen la coreografía, y desarman toda la pista. Y a mí me da bronca, no sé…

«Alguna vez, alguien me dijo “El bailarín es el instrumento visible, el instrumento que entra por los ojos.”»

¿Cómo derrama todo esto en Argentina? Porque en los tiempos que corren, con la cultura imperante, bailar tango es casi algo de culto ¿Cómo lo hacemos atractivo para las nuevas generaciones? ¿Cómo hacemos para que esto se sostenga en la propia Argentina? 

Yo creo que el problema, y esto va en contra de mi negocio, son los extremos porque se pasa de la solemnidad, o la pura estructura, a la pura improvisación. Transmitir cultura, enseñar a bailar tango como parte de nuestra ella, no tiene que ser sinónimo de solemnidad, porque eso es lo que echa a los jóvenes. Y el tango no es solemne, puede serlo y puede gustar que así sea, pero no significa que tenga (con énfasis) que serlo.

Y después de todo esto que hemos hablado, contame, vos, ¿por qué bailás tango? ¿Qué buscás en el tango? ¿Qué buscás encontrar cuando vas a una milonga?

Hay algo que no sé describir y que tiene que ver con esto, el encuentro y lo cultural. Yo no solamente voy a la milonga, voy también al teatro, me gusta mucho el cine, voy a escuchar bandas o me quedo en mi casa escuchando música.  Escucho mucho otros tipos de música: folclore, música nueva, moderna, a través de mis hijos. Como siempre digo, mi viejo era cero para la música, pero mi vieja fue muy abierta y nunca nos dijo “esa música de mierda” o “esa música no me gusta”. Ella me hizo escuchar a Elvis Presley, Johnny Rivers, Eric Clapton y terminó escuchando bandas nuevas conmigo. Igual, a mí siempre me gustó un poco más lo vintage, el rock de guitarra, el blues, el jazz. Entonces, cuando voy al tango, voy a encontrarme con gente, voy a volarme en una tanda, no bailo en todas las tandas…

Fernando y Vilma Vega, 1996.

¿Qué es para vos “volarte en una tanda”?

Para mí la tanda perfecta es cuando conectás con la persona, la música y el espacio, es como que hay una trilogía ahí que puede producir una emoción muy intensa, muy placentera…  A veces se logra, a veces no, y por eso no bailo todas las tandas. Me gusta charlar en una mesa, escuchar la música, me gusta mirar mucho, tomarme mi café. Yo llego a la milonga y primero me pido un café, una costumbre que me quedó de los viejos, primero un café y después la noche. Es esto, pero no busco algo, la pregunta no sería “¿qué buscas en el tango?” No busco nada. ¿Qué encuentro? Encuentro muchísimo: conexión, cultura…

Cultura en su sentido más amplio, no en el sentido de conocimientos, sino en lo que se referencia a lo social y a las tradiciones de un pueblo.

Y cuando antes decías que estudiás mucho cuando vas a la milonga, ¿a qué te referís?

Estudio el movimiento, soy un osteópata frustrado (risas). Estudio mucho el movimiento, mucho. Es el material de trabajo de campo.  No sé ni quiénes son. A veces sí. Estudio el cuerpo, analizo la conexión, la parada, dónde nace la energía, dónde tiene el contacto, todo.

«La presencia genera presencia. … Cuando uno va a la pista a abrazar, cuando uno entra a la pista, cuando uno se para delante de otro, o delante de una clase, esa presencia genera en el otro que esté ahí, atento.»

¿A qué te referís con la generación de energía y cómo estaría relacionada con la conexión?

El traslado de un paso a otro genera energía. Se habla mucho de que ese traslado hay que hacerlo desde la pierna de base y no con la libre, porque si no el otro no tiene idea dónde está mi pierna. En cambio, si me muevo desde la de base, desde abajo, estoy moviendo el eje y me estoy moviendo con el otro. Eso no pasa más, hoy se baila mucho por estética.

¿Ves más poses y no tanto a la energía fluir?

Veo a cada uno haciendo la suya. Y el tango es una danza de contacto. En las clases siempre cuento que jugaba con mi mamá y mi hermano a caminar juntos por la calle, a agarrarnos de la mano y pisar juntos. Pero no era una cuestión de sincronización, sino que era una cuestión de conexión de las manos. Y mi mamá bailaba rock and roll. Entonces, por ahí ella estaba cocinando, nosotros pasamos por la cocina, bailábamos un pasito de rock and roll, y, otra vez, era agarrarse de la mano, tire y afloje y chau. O cómo ella practicaba rock and roll, el famoso picaporte, la cortina, bueno, todo eso es contacto.

Cuando voy a mi primera clase privada con Miguel Balmaseda, voy con Esther Garabali. Esther Garabali es una gran bailarina que trabaja en compañías, no está en la movida del tango social, y fue mi primera compañera de baile porque éramos compañeros en la academia de El Chúcaro. Con Esther bailé un año, más o menos, y después bailé con Alejandra Armenti, entre mis diecisiete y veinte años. Bueno, volviendo a la historia, después de la clase de Balmaceda, nos quedamos en la práctica. Era un domingo a la tarde en el Salón Canning. Entonces Miguel me dice “Andá a bailar con esa señora que está ahí sentada”. Había una fila de señoras con las que nadie bailaba, suele pasar mucho en las milongas. “Pero Miguel es mi primera clase, yo no sé bailar”. “Andá a agarrarla y bailá”. ¡Cuando la agarro para bailar…! La señora se agarró a mí que yo sentía que la llevaba, pero también que ella me llevaba. Nos llevábamos los dos. Y eso fue como volver al juego con mi mamá en la calle, o a bailar rock and roll con mi mamá. Ahí entendí lo que era el tango. Después me olvidé porque tenía dieciséis años y quería hacer otras cosas.

«Para mí la tanda perfecta es cuando conectás con la persona, la música y el espacio. Es como que hay una trilogía ahí que puede producir una emoción muy intensa, muy placentera…  A veces se logra, a veces no, y por eso no bailo todas las tandas.»

Digamos que los tiempos actuales tampoco son muy favorables a esa forma de bailar porque se traduce, quizás equívocamente en “Me dejo llevar”, y eso suena a una posición pasiva en el baile. Me parece que es necesario explicar cómo ese contacto tan cercano, casi “fusional”, sirve de apoyo para el propio baile a partir de la generación de energía. Además de lo placentero y reconfortante que resulta ese abrazo.

Mirá, no hay mujer que tome una clase conmigo, grupal, individual, que cuando le digo, “Agarrame, usame”, no abra los ojos así de grandes “Pero, ¿cómo? Porque tal me dice…”  “No importa, ahora estás en una clase conmigo, usame. Vas a bailar liviana, vas a lograr adornar, vas a lograr expresar lo que a vos te pasa con el tango, pero primero tenés que bailar conmigo. Primero tenés que conectarte con la persona que tenés al lado.

Hay un psicólogo que tiene un apellido rarísimo y siempre me cuesta un montón pronunciarlo (Mihaly Csikszentmihalyi), pero él dice que las experiencias cercanas a la felicidad son esas experiencias que te producen placer y que te requieren muchísima concentración, donde vos cancelás todo pensamiento que no sea eso que estás haciendo, tal que te producen un efecto de estar fluyendo. Es eso.

¿Viste que hay gente que enseña tango terapia? Bueno, hay un chiste entre los bailarines que dice que es “es redundante” (risas). Para mí, es eso, cuando lográs la conexión. Lo que pasa es que requiere concentración… Tengo un par de amigas con las que me encanta bailar, y a veces, como somos amigos, no nos concentramos y es un desastre. Y terminamos la tanda y digo “¡Qué tanda nos perdimos!”. Y no tiene nada que ver con el sexo, es simplemente ese encuentro, ahí. Disfruto mucho de esa intimidad. Y me pasa como a los viejos, tengo mi tanda y con quien me gusta bailarla.

Tenés tu Pugliese, tu Di Sarli, tu Troilo…

Sí, un montón, y no siempre es con la pareja de uno y está buenísimo que así pase.

Fernando con Pamela Colaneri.

Contame cómo se inicia esta aventura en Italia.

Por trabajo. Y también tomé la decisión de vivir por un tiempo acá en Cagliari, en Cerdeña, porque soy nieto de italiano y mi hermano ya se hizo italiano y quiero hacerme italiano. Y quiero darles esa posibilidad de la nacionalidad a mis hijos, que tengan una herencia.

¿Una especie de salvoconducto?

No, pero es una herencia cultural que uno les puede dar. Es un derecho, ¿por qué no usarlo? Y siempre me gustó esta idea de ser un poco italiano. Y se dio la casualidad que cuando empezamos a salir con Pamela, mi pareja, estábamos en la misma instancia con nuestros papeles, así que dijimos “bueno, elijamos un lugar y vamos a terminarlo”. Así que, en principio, fuimos a Cagliari porque mi hermano se había hecho ahí la nacionalidad, y también porque Mariana Montes -que vive allí- nos facilitó el poder instalarnos y empezar. Y luego, nos mudamos a Padova, donde estamos bailando con Pamela y dando clases en la escuela Cultura Tango de Natalia Lavandeira, junto a ella y a Ángel Coria, muy felices.

Fernando y Pamela Colaneri.

Muy bien. ¿Querés decir algo más, algo que quieras aprovechar a transmitir?

Paciencia, como dice el tango, paciencia. No apurar los procesos, todo tiene un tiempo, todo tiene un proceso, todo llega.

Disfrutar del proceso, complicado en esta época marcada por un afán utilitarista: todo tiene que tener un para qué, una meta. Y, mientras, se pierde el disfrute de la vida, que no es otra cosa que el camino. Poder disfrutar con sólo estar en la milonga. Disfrutar de la conversación, de la música, de “volarte una tanda”, como decís vos. Yo creo que los argentinos tangueros que estamos afuera, tenemos la responsabilidad de hacer que la milonga sea agradable para que la gente la pase bien, aun sin bailar. Habrá quien la quiera asumir y quien no. Pero, para mí, ahí y así, también, se transmite la cultura del tango.

Igual es un gran trabajo el que estás haciendo, tiene que ver con esto que a mí me apasiona, la historia, la recopilación de la información.

Gracias, sobre todo, por haber aportado con tanta generosidad y honestidad esa “información” o data que a vos te llegó y tu parte en esta historia.

Los elementos más significativos de toda cultura son fundamentalmente trasmitidos a través de palabras. Un universo de sonidos articulados a afectos, actitudes y conductas trae los porqués, cómos y paraqués de un grupo o comunidad. Una cosmovisión que se proyecta hacia el futuro.

La trasmisión oral de estos elementos compromete al cuerpo. El sentido de cada palabra es confirmado por las inflexiones de la voz, los gestos y el contacto, que producen ecos en las fibras del que escucha, movilizándolo.

A través de un sinfín de conversaciones eslabonadas, se sostiene un hilo histórico que da sentido al hoy y que ilumina nuevas trayectorias haciendo presente los saberes del pasado. La tradición oral vuelve membrana viva a la trama histórica, en tanto en cada conversación se puede resignificar el mito a la luz de las necesidades del presente, conservando los fundamentos.

Los humanos tendemos a investir como dioses a meros mortales. Ya para los antiguos, los dioses se parecían al vulgo, con las mismas contradicciones y pasiones oscuras, salvo sus superpoderes y su inmortalidad. Porque si uno que era como “el resto” pudo alcanzar lo infinito, es más fácil creer en un mañana venturoso a pesar de un hoy desalentador.

Sin embargo, la persona sólo alcanza la eternidad a través de su obra o de la impronta que dejó en otros. Restos de vitalidad que, como herencia, tienen el valor de despertar el deseo de las nuevas generaciones, de animarlas a continuarla. Las deidades del pasado pueden ser olvidadas y su legado mantenerse vivo, en tanto se recuerda con qué se cuenta.

Flavia Mercier

Víctor Lavallen: “Esto te da vida, también, ¿no?”.

Eximio bandoneonista, compositor, arreglador y maestro, Víctor Lavallen porta sobre sus espaldas una trayectoria de más de 75 años. Empezó muy joven, con apenas 14 años, en una orquesta llamada Los Serranos. Y en apenas dos años ya estaba trabajando con Miguel Caló. Luego vinieron Enrique Francini, Ángel Domínguez, Joaquín Do Reyes, Atilio Stampone, Mariano Mores, entre otros, y el gran Maestro Osvaldo Pugliese, donde conformó la “delantera” de bandoneones junto a Ruggiero, Julián Plaza e Ismael Spitalnik. Tras diez años como músico y arreglador del maestro Pugliese, destacando sus arreglos de “Gallo ciego” y “El Pañuelito”, muchas giras internacionales y memorables grabaciones, se fue de la orquesta para conformar “Sexteto Tango” junto a Osvaldo Ruggiero, Julián Plaza, Emilio Balcarce, Oscar Herrero, Alcides Rossi y Jorge Maciel como cantor, cosechando grandes éxitos y prestigio. Diecinueve años después, participó en la Orquesta Municipal del Tango de la Ciudad de Buenos Aires, entonces dirigida por Carlos García y Raúl Garello, y en la orquesta “Color Tango” junto a Roberto Álvarez. Fue, también, músico y director de la compañía de Luis Bravo, “Forever Tango”, durante dieciocho años. Finalmente, al cabo del tiempo, formó un trío junto a Pablo Estigarribia y Horacio Cabarcos y dirige la orquesta escuela de tango “Emilio Balcarce”. Hoy, a sus casi 90 años, continúan componiendo, grabando y actuando en vivo, porque todo esto, confiesa, lo mantiene vivo. ¡Ojalá esta entrevista sirva para contagiar ese deseo de vida y de arte que a Víctor lo habita!

Maestro, la idea de estas entrevistas es intentar descifrar el deseo detrás de una trayectoria artística. Es decir, ¿qué hizo que tomaras algunas decisiones, qué te impulsó a elegir algunas opciones, qué fuerza te ayudó a enfrentar a los problemas?

En ese sentido, quisiera comenzar por preguntarte por qué el bandoneón, un instrumento tan ligado al tango. ¿Qué fue primero, el bandoneón o el tango?

Bueno, te cuento, el primero no fue el bandoneón, sino la trompeta.   En mi familia son todos músicos: mi padre, mi tío… En Rosario eran muy conocidos.

¿Músicos de tango?

Había de tango, de jazz, de todo, era una mezcla, pero siempre prevalecía más el tango. Cuando mis padres se separan, nos vinimos con mi mamá y mis hermanas a vivir acá (Buenos Aires). Siete, ocho años, tendría. Vivía en Gorriti y Bustamante, pleno Palermo. Ahí, nomás, vivía Pichuco, Aníbal Troilo, a una cuadra, pero a mí el tango todavía no…  Yo miraba mucho cine, películas musicales que tenían mucho jazz, y me gustaba la trompeta.

Había muchas orquestas. Y a mí me gustaba, todavía me gusta, el jazz. Así que empecé a estudiar trompeta, pero después me dijeron “¡No… que es peligroso para los pulmones!” Y qué se yo… Entonces, fue cuando me mandaron a Rosario -mi tío quería que fuera a Rosario-, y empecé a estudiar bandoneón con él.

Y, ¿qué te atrajo del bandoneón? ¿O fue el tango?

No, yo no le daba bolilla al tango. Fue mi tío, él quería que estudiara el bandoneón, y después me gustó el sonido y todas esas cosas. Estudiaba mucho.

¿Qué son “todas esas cosas” que te gustaron?

El sonido y las orquestas. Yo pensaba “¡Cómo me gustaría tocar con esas orquestas que estoy escuchando! ¡Me gustaría tocar con Pugliese!”.

¡Y tocaste con Pugliese!

Y, bueno, a mí siempre me gustó Pugliese. Ya de pibe nos íbamos a los bailes con mi mamá, mis hermanas que eran mayores que yo y ya iban a bailar, y Pugliese iba por los barrios, ¿viste? Yo vivía acá en Villa Ortuzar. Tenía doce años, trece.

¡Trabajábamos un montón! Me acuerdo que había una foto de la orquesta y en el reverso estaban todos los lugares donde íbamos a estar en el año. Un fixture, todo lleno. Estaba todo programado, giras, carnavales… Con Pugliese, impresionante, pero con todas las orquestas era así. 

Víctor Lavallen formando parte de la orquesta de Osvaldo Pugliese. De izq. a der, bandoneones: Julián Plaza, Víctor Lavallen, Osvaldo Ruggiero, y Arturo Penón. Violines: Norberto Bernasconi y Emilio Balcarce. Violoncello: Quique Lanoo. Piano: Osvaldo Pugliese. Fuera de la foto: Julio Carrasco y Oscar Herrero (violines) y Alcides Rossi (contrabajo).

En una entrevista contaste que Piazzolla había dicho que eran todos un poco locos los que tocaban el bandoneón porque era muy complicado.

Es verdad, es muy complejo. El bandoneón es un instrumento que tiene treinta y ocho teclas de un lado y treinta y pico del otro, y abriendo es una forma y cerrando es otra. No es como el acordeón que abriendo y cerrando es siempre la misma nota. Hay unos bandoneones en Alemania que al principio eran cromáticos, y que abriendo y cerrando eran la misma nota, entonces no tenés problema. Acá hay que estudiar dos veces, porque la mano izquierda es distinta a la mano derecha, o viceversa: abriendo y cerrando son dos cosas distintas. Es muy complicado para independizar las manos. Tuve que estudiar mucho.

¿Puede ser que algo de esa complejidad te atrapara, también? Por el desafío.

No, yo no me daba cuenta que era difícil.

Pero, entonces, tenías facilidad.   

No, facilidad no, yo estudiaba, estudiaba mucho porque me gustaba, pero facilidad no tenía.

¿Y cómo fue que empezaste a trabajar con catorce años?

Porque había pocos músicos y mucho trabajo, entonces empezábamos todos jóvenes. Había chicos que empezaban con quince, dieciséis, diecisiete, todos más o menos… y yo empecé a los catorce, muy joven. ¡Aunque parecía que tenía como veinte! Se confundía la gente, decían “Uh, que grande este pibe”.

«¡Ah, trabajábamos un montón! Se trabajaba mucho en la radio.  En Radio El Mundo, Radio Nacional, y Radio Belgrano, las tres más famosas… Yo me levantaba a las diez de la mañana, llegábamos a la radio a las once y media, tocábamos un par de horas… De ahí, me iba a la confitería Richmond de Suipacha -también trabajé en la Richmond de Esmeralda-. Y después nos íbamos al cabaret. Llegaba a mi casa a las cinco de la mañana y a las diez me tenía que levantar para estar en la radio a las once y media…»

Pero, ¿cómo fue?

Resulta que yo estudiaba bandoneón con un maestro que tocaba con D’Arienzo y él me metió a los catorce años en una orquesta que se llamaba Los Serranos.  Estaba en Picadilly, ¿viste el teatro Picadilly?  Era una confitería bailable. Al principio me echaron porque no sabía nada, pero como faltaba gente me dejaron volver. Trabajé un par de años, y empecé a conocer músicos, -yo ya tocaba más o menos bien, me la rebuscaba- y empezaron a aparecer las orquestas: Francini, Stamponi. Hasta que a los 16 años empecé con Miguel Caló.

¿Cómo era Caló? ¿Qué me podés contar de él?

Miguel Caló era un tipo fenómeno. Era una figura importante en todos lados. Para mí era un orgullo estar ahí con grandes músicos, yo era un chico.

¿Y qué te transmitió?

Transmitir como músico, no, porque él no tocaba ningún instrumento, él dirigía la orquesta. Los que me transmitieron como músicos fueron los que estaban ahí, por ejemplo, Julián Plaza, Simón Bajour que era un pianista que escribía. Esos tipos eran de primera, yo aprendí mucho con ellos, me gustaba como tocaba Julián Plaza y me copiaba mucho de él.

Y ellos, ¿qué secretos te trasmitieron?, ¿cuál era el yeite?

Los secretos se aprendían cuando uno tocaba y ensayaba. Los secretos están ahí, para eso están los ensayos. Uno va adquiriendo experiencia y va tomando conocimientos. Porque todas esas orquestas eran muy de primer nivel, se tocaba muy bien. Por ejemplo, con Pugliese ensayábamos lunes, martes y miércoles. Jueves, viernes, sábado y domingo; baile. Así, siempre, todo el año.

¿Qué te gustaba de Julián Plaza? ¿En qué sentido era distinto que otro?

Cada uno era distinto, cada uno tenía su estilo. Después toqué con otro maestro que se llama Máximo Mori, que era muy bueno también. Estuve con Héctor María Artola, también. Y no sé si te suena Joaquín Do Reyes… Y bueno, yo tocaba con esos maestros que tocaban muy bien, todos eran primeras figuras. Tuve la suerte de estar al lado de ellos y ahí aprendí. No puedo decir específicamente qué es lo que aprendí… aprendí un montón de cosas que se iban incorporando solas. No te puedo definir qué era lo que me llegaba, me llegaba todo, me gustaba la forma del fraseo, lo que hacía uno distinto a otro, ¿viste? No son todos iguales.

Después cuando ya estaba con Francini, también, otro muy importante era Julio Ahumada, otro gran bandoneonista, primer bandoneón, también. Y yo estaba ahí, al lado de él y aprendí un montón. Al lado de Francini, Juan José Paz, también, pianista. Con Francini hablábamos mucho, él era un gran músico. Y yo tuve la suerte de estar al lado de ellos, pero no puedo definir si me gustaba esto o lo otro. Me gustaba estar en esa orquesta, porque era una orquesta buena, y entonces era muy famosa, y, ¿viste?, cuando uno es joven quiere estar con los famosos.

«Cada uno era distinto, cada uno tenía su estilo… Y bueno, yo tocaba con esos maestros que tocaban muy bien, todos eran primeras figuras. Tuve la suerte de estar al lado de ellos y ahí aprendí. No puedo decir específicamente qué es lo que aprendí… aprendí un montón de cosas que se iban incorporando solas. No te puedo definir qué era lo que me llegaba, me llegaba todo, me gustaba la forma del fraseo, lo que hacía uno distinto a otro, ¿viste? No son todos iguales.»

¿Y cómo era la vida del músico en aquel momento?

¡Ah, trabajábamos un montón! Se trabajaba mucho en la radio.  En Radio El Mundo, Radio Nacional, otra radio muy famosa, y Radio Belgrano, las tres más famosas de Buenos Aires, de Argentina. Ahí estaban las mejores orquestas, tenían que dar una prueba antes. Y yo tuve la suerte de estar ahí con Francini, con Miguel Caló. Después estuve con muchos músicos que no eran muy conocidos, o no muy famosos, pero que tocaban muy bien: Julio Ahumada, Julián Plaza, Leopoldo Federico. Con Stampone estábamos Leopoldo Federico, Julián Plaza y yo. ¡¿Qué tal?! Y después había otro que se llamaba Atilio Corral, que tocaba una barbaridad… Simón Bajour, un capo…

Estuve también con Armando Laborde y Alberto Echagüe. Trabajé un montón con ellos, con la orquesta de Alberto Di Paulo.  Alberto Di Paulo era gerente de un banco, muy buen músico, arreglador y todo, pero les salió un viaje a Chile y, como yo tenía muchos amigos en esa orquesta, me dicen: “Che, ¿No querés venir a Chile? Porque Di Paulo, por el banco, no puede viajar”. Ahí empecé y me quedé como tres años, trabajé un montón. Estábamos en la radio, en las confiterías, muchísimos bailes.

¿Alguna anécdota especial que te acuerdes de ellos, de estar con ellos?

No, porque trabajábamos mucho. Mirá, yo me levantaba a las diez de la mañana, llegábamos a la radio a las once y media, tocábamos un par de horas: quince minutos, otra orquesta, después, a la hora, tocábamos otra vez. De ahí, me iba a la confitería Richmond de Suipacha -también trabajé en la Richmond de Esmeralda-. Y después nos íbamos al cabaret. Llegaba a mi casa a las cinco de la mañana y a las diez me tenía que levantar para estar en la radio a las once y media, así que no tenés tiempo ni de pensar, vos tocás.

Quizás lo más raro fue la vez que se decidió quitarle algunas cosas a Pugliese para dárselas a Osvaldo Ruggiero. Hicieron una reunión y dijeron “Bueno, mire Osvaldo, como usted no hizo ningún mérito en todo este tiempo le vamos a sacar el puntaje suyo y se lo vamos a dar a Ruggiero…”. No todo el porcentaje, pero Ruggiero ganaba más que todos, que el director, eso es una cosa rara… “Y bueno, está bien”, dijo Pugliese, no protestó.

Es decir, Pugliese era Pugliese, pero es cierto que todo se decidía como cooperativa.

Claro, porque había que hacer méritos.

¿Qué quiere decir que había que hacer méritos, cómo era?

Y, por ejemplo, con mi arreglo de Gallo Ciego no pasó nada, pero hice El Pañuelito y me subieron el puntaje porque había sido un éxito.

¿Y cobrabas en función del puntaje?

Claro, pero no había mucha diferencia, había siete puntos, ocho, nueve, nadie llegaba a diez.

¿Y cuáles eran los criterios de méritos? ¿Qué era lo que ustedes evaluaban?

Y bueno, la actitud del tipo tocando, si tiraba mucho para adelante y la orquesta salía bien por él. Después hacías un arreglo y si gustaba era un mérito. O también, en el caso del cantor, si gustaba mucho un tema que cantaba, se le reconocía.  Entonces te subían el puntaje y te daban un poco más de lo que ganabas. Pero siempre estábamos ahí, bastante parejos. Era para incentivar, más que nada.

¿Y cuál sería el secreto del bandoneón? Si vos tuvieras que transmitirle a alguien que le estás enseñando, algo que no sea solo la técnica.

Y… el sonido. El sonido es muy personal y particular de cada uno. A veces se dice “Uy, qué bandoneón feo”, pero el bandoneón no es feo, es el tipo que le da el sonido, depende de quién lo toca. Hay músicos que lo tocan bien, pero tienen un sonido fulero.

Hay, también, muchos que imitan. A Piazzolla, por ejemplo. Muchos quieren tocar como él. Los que imitan no van, uno tiene que tocar como lo siente, yo nunca traté de imitar a nadie. Yo podía sacar como tocaba Osvaldo Ruggiero -otro capo fraseando, en todo-, pero no, yo siempre toqué a mi forma, sólo saqué algunas cosas de ellos.

¿Y cómo definirías tu sonido?

Lo tendría que decir otro músico, yo no lo puedo decir.         

Pero, ¿qué es lo que vos buscás? ¿Qué es lo que a vos te emociona cuando tocás?

Y bueno, el fraseo, por supuesto, los matices, hay un montón de detalles… una cosa fraseada, una cosa sentida, expresiva.    

¿Y eso es algo que lo decidís vos por tu cuenta o lo acordás con el director de la orquesta, sobre todo con aquellos grandes directores?  Por ejemplo, Pugliese ¿te dejaba hacer lo que vos querías o te marcaba lo que él quería?

No, no, había un estilo. Hay un estilo, con Pugliese, con Caló. Cada uno tiene su estilo, no es que tocábamos cualquier cosa, ¿viste?

¿Y cómo cuadra el estilo de la orquesta con tu sonido? ¿Cómo ensamblan eso? ¿Cómo lográs vos poner, ahí, tu sonido?

La orquesta tiene un estilo y el solista le da su personalidad. Después de tantos años de tocar juntos parece que hay que tocar así, pero se toca así porque él lo impuso. Cuando nosotros nos fuimos para hacer el Sexteto Tango, la orquesta de Pugliese siguió con otros músicos y ya no era el mismo sonido el del primer bandoneón. Tocaban bien, todos tocan bien, pero no es lo mismo Osvaldo Ruggiero que Julián Plaza, no es lo mismo Julián Plaza que Ismael Spitalnik o que Mario Demarco. Si vos prestás atención a todos esos que te nombro, por ejemplo, en el Sexteto Mayor a Luis Stazo, gran orquestador, vos escuchas y decís “Ése es Stazo”. Escuchás a Libertella y decís “Éste es Libertella”. No es lo mismo Libertella que Stazo, cada uno tiene su estilo. Ernesto Baffa también, se notaba que era él. Y Julián Plaza se notaba que era Julián Plaza. Y Julio Ahumada, también. Todos tienen su personalidad.

¿Lo notás en la intensidad, la pausa, el fraseo, cómo acentúa…?

Claro, el sonido y fraseo, más que nada el sonido. El sonido se lo saca uno en la intensidad que le da a un solo, a una melodía. Por ejemplo, un tipo está tocando un solo de violín y vos lo escuchás y decís pero qué raro que suena, porque el tipo se quedó, y el otro está adelante, o se adelantó y el otro quedó atrás. La armonización ¿viste?, lo que te tiene que acompañar. Y el canto es lo mismo, si vos no fraseás a tiempo… Vos ves los cantantes de antes, cómo fraseaban. Floreal Ruíz, Alberto Marino, Alberto Morán… todos eran de primera, se lucían ellos y la orquesta. Porque tenés que escuchar también a la orquesta, tenés que dejar los descansos a la orquesta. A veces hay grandes cantantes, pero que tienen un fraseo que va para atrás, entonces vos escuchás la orquesta que va adelante y él va atrás. O viceversa, la orquesta queda atrás y él va a adelante. Y es horrible, la gente no lo escucha, se emploma, ¿viste? Goyeneche no, él tenía un fraseo adelante, el bandoneón y los violines también, todo adelante. Vos escuchás a Roberto Goyeneche, cuando estaba con Salgán tenía una voz hermosa, pero después cuando fue con Troilo, cuando salió de Troilo, era otro tipo. Se hizo famoso porque el tipo era expresivo, llegaba. Porque el cantante, como el músico, tiene que llegar…

«Yo tuve mucha suerte de estar en una época en que se trabajaba un montón. Ya te digo, empecé joven porque había mucho trabajo… Ahora hay un montón de buenos músicos, pero poco trabajo, desgraciadamente. Pero, qué va a ser, hay que remarla, a lo mejor cambia. Si les gusta, hay que meterle para adelante… Conozco un montón de casos, uno, por ejemplo, que le decían que no servía y el tipo siguió y tuvo un éxito bárbaro.  Hay un montón de detalles, no se sabe por qué a veces hay tipos que tienen un éxito bárbaro, impresionante. Si a vos te gusta, tenés que seguir. Yo iba a seguir igual. Yo seguí igual.»

¿Y por qué Pugliese siempre te emocionó?

Y bueno, Pugliese era un tipo que tocaba. Me impresionaban los tipos que tocaban, que se despeinaban todos.

Bueno, pero con D’Arienzo también se despeinaban todos.                  

No, no, no, con D’Arienzo no. Con Pugliese, el único… Osvaldo Ruggiero, Jorge Caldara, la gente se volvía loca. Me acuerdo que cuando iba a ver a Pugliese también me gustaba Ruggiero porque se despeinaba. Estaban todos con él, era más famoso que Pugliese. Y con Caldara, Jorge, el otro bandoneonista, también. Eran los dos, la gente tiraba mucho para ellos dos y no tanto para Pugliese. A ver, Pugliese sí, era Osvaldo Pugliese, era el director, pero los otros tiraban mucho y eso se notaba. Eran Mick Jagger y compañía.

¿Eran un poco como los roqueros de la época?

Exacto, exactamente igual. ¿Viste a los roqueros, con los pelos? Igual, igual. La gente se volvía loca y a mí eso me gustaba… Me llegaban… me llegaban. Y también me gustaba que la orquesta sonaba fenómeno. “¡Cómo me gustaría tocar acá!”, pensaba.

¿Cómo llegaste a Pugliese?                       

Porque era amigo de un pianista que había tocado con Gobbi, que se llamaba Romero, Ernesto Romero, y estaba con Pugliese. En esa época, Pugliese no quería trabajar tanto, entonces puso un pianista. Primero a Osvaldo Manzi, uno que estuvo con Troilo, y cuando Manzi se fue, vino Romero. Un día, me encuentro con él en la radio, “Romero, ¿cómo te va?”. Y me dice, “Che ¿sabés que se va un bandoneón de Pugliese?”, “No me digas, ¿quién se va?”, “Fulano”, “Uy, que raro que se va, con Pugliese laburaba un montón”, le digo. “¿Y quién va en su lugar?” “Y, mirá, está Julián Plaza, Baffa, Stazo, Libertella, hay unos cuantos…”, eran todos famosos…  Y me dice “Che, ¿querés que tire tu nombre?”, y le digo “Sí, total… ¡qué me van a dar bola con los tipos esos!”. Yo tocaba con varias orquestas, pero no era famoso como ellos. Pero hete aquí que Pugliese y los músicos no querían figuras grandes, conocidas… Entonces, como Demarco conocía a mi papá de Rosario, porque era orquestador, y qué sé yo… Romero fue y tiró mi nombre. “¿Quién es este Lavallen?” dice Pugliese. “Es un pibe que toca bandoneón… toca bien, yo lo conozco al padre, vive en Rosario”. Y me llaman.

¿Y te hicieron una prueba?

No, no, antes no te hacían prueba.

¿Directamente a la cancha?       

Directamente a tocar. Y cuando me ve, me dice Pugliese: “¿Usted escribe, no?”. Le digo que sí, total si me echan… -porque en la primera orquesta que estuve me rajaron por no tener experiencia-. Yo escribía muy poco, en mi casa, y menos para Pugliese, pero ¿qué iba a decir? Empecé a estudiar mucha armonía porque tenía que estudiar, “si no acá me van a sacar a patadas, otra vez”, pensé, ¿viste? “Vamos a empezar a estudiar para escribir”, dije.  Estudié con uno, con otro, así. Con el tiempo agarré el estilo bien, porque yo estuve diez años con Pugliese, mucho.

¿Habías hecho algún arreglo ya, con Francini o con Caló?

No, nada, la primera orquesta para la que escribí fue para Pugliese. Y entonces me dice “¿Qué querés hacer?”, y le digo “Gallo ciego”. “Ah, bueno, métale”.

¡Ah, bueno! ¡Gallo ciego! Para lanzarse a la piscina que sea en lo más hondo.

Pero pregunté un montón, “Che, ¿cómo hago esto?”, les preguntaba ¿viste?. “No, mirá, poné así, asá”, y bueno, quedó.  Yo siempre aprendí mucho de todos los músicos que estaban ahí: Emilio Balcarce, Julián Plaza, Ismael Spitalnik, Osvaldo Pugliese. 

¿Preguntabas cómo escribir el arreglo?

Claro, para no perder tiempo y no meter la pata, a ver qué es lo que escribirían ellos. “No, poné esto. Así está bien”, “Bueno, ésto dejalo que está bien”.  Y después se ensayaba. Y, a veces, te borraban unos cuantos compases.

Hiciste algunos arreglos de temas emblemáticos de Pugliese: Gallo ciego, El pañuelito

Gallo Ciego fue el primero que hice, después hice El pañuelito que fue un éxito bárbaro, lo cantó Maciel. Estábamos grabando y nos íbamos afuera, a Rusia, y Pugliese me dice “Che, pibe, ¿por qué no me hacés el arreglo de El pañuelito porque falta grabar otro más y voy a grabar ese?”. “Bueno”. Y salió fenómeno, les gustó a todos.  Después, cuando volvimos de Rusia, El Pañuelito era un éxito, en los bailes teníamos que repetirlo. Y con Gallo ciego no pasaba nada. Mirá vos cómo es.

«… haber estado con Pugliese, eso me impactó mucho. Al principio, no me di cuenta, pero después cuando uno piensa “¡Uy, ¿cómo estoy acá?, yo era admirador de todos estos tipos y ahora estoy tocando con ellos!”. Pero esas cosas las pensás después, de entrada, no. (…) ¡La pasé fenómeno! Yo tengo una carrera bastante impresionante… Tuve suerte, también, ¡eh!»

Te escuché en una entrevista que decías algo así como que el arreglo puede cambiar según la época, para que le guste a la gente.

También hay arreglos que se han hecho hace cincuenta años que vos los escuchás ahora y parece que lo hicieron ayer, parecen nuevos, porque son muy buenos… estaban adelantados a la época.

¿Cómo percibís esa temporalidad de la música? ¿Cómo te das cuenta que algo es de esta época o de una época antigua?

Porque te llega, te hace vibrar algo.

Porque te sigue llegando. ¿Si sigue llegando al público hoy, es porque es actual, y, si no, hay que cambiarlo?

Para mí sí, claro. Cuando vos escuchás cosas muy antiguas, por ejemplo De Caro, está bueno, sí, pero no es actual y no te llega tanto.

¿Qué orquestas te suenan actuales?                      

Francini. Vos escuchás a Francini y es de ahora. Escuchas cosas de Troilo de antes y parece que fueran de ahora. Alfredo Gobbi, Osvaldo Pugliese, Osvaldo Fresedo, yo escucho ahora lo de Osvaldo Fresedo del año 40 y me gusta, me encanta. Gobbi. Hay una similitud entre Gobbi y Pugliese, hay algo… la forma, el marcado, bien milonga, una forma bien compacta, el ritmo, eso llega. A mí Gobbi me gusta mucho.

Y, bueno, ¡de Piazzolla ni hablar! Piazzolla está siempre vigente. Hay un montón de cosas de él que parece de una orquesta nueva, de ahora. Piazzolla era muy bailable y muy musical. Vos escuchas su orquesta del 46 y es muy bailable, cien por ciento, no es que no se podía bailar, mentira, lo que pasa es que empezó a hacer melodías muy complicadas, muy modernas para esa época, entonces la gente tenía el oído de las otras orquestas y ésta era una cosa nueva, y las cosas nuevas son jorobadas de imponer.

«Si en el tango no hay melodía, para mí no existe. El tango es melodía, ritmo, síncopa y todas esas cosas que tiene el tango. Si no tiene eso… Por ejemplo, hace un tiempo que hay mucha gente que toca fusión -a mí no me gusta la fusión- y como le ponen un bandoneón se creen que están tocando tango. No, es música urbana. El tango es muy melódico, la melodía tiene que estar, si no, ¿esto qué es?»

¿Y cómo fue tu experiencia con Forever?

Yo estuve en Forever (Forever Tango) dieciocho años, ¡un montón! De entrada, no quise ir porque estaba con Marconi en televisión, en un programa que se llamaba “El gran debut”, eran todos cantantes nuevos, pero la orquesta salía fenómeno. Entonces estaba Adrover en la radio y me dice “Che, Víctor, ¿no querés venir a Los Ángeles? Bravo tiene un laburo para hacer”, y le digo “No, estoy con Mores”, Mariano Mores. Ellos fueron e hicieron un éxito impresionante, así que se quedaron más tiempo, se fueron a San Francisco y al final estuvieron como dos años.  Entonces se decidió hacer otra compañía para llevar Forever a Londres. Y ahí me llaman a mí.  “Che, Víctor, ¿no querés venir a Londres porque…?”, Walter Ríos que estaba de director se quedaba en San Francisco. Tres meses y medio estuve en Londres, un montón.

Entonces Walter Ríos decide irse y el director musical, Luis Bravo, me dice: “Che, Víctor, ¿no querés dirigir la orquesta en San Francisco que nosotros tenemos que hacer la gira por todo Estados Unidos?”. “Sí, cómo no”. Me quedé ahí un montón. Y después estuve como un año y pico en Nueva York.

¿Y cómo fue vivir toda esa época, qué te acordás?

Me acuerdo de todo: estaba fenómeno, estaba bárbaro. Me gustaba, vivía en Nueva York, ganaba buena plata. Yo vivía en 47 y Broadway, ahí en el epicentro de todo.

Y cuando vos llegás a Broadway, ¿qué efecto te produce? ¿En algún momento, en toda tu carrera, te paraste y miraste para atrás, y dijiste “¡Guau!”?

No, yo nunca miro para atrás, yo vivo el momento, ése que pasaba ahí. No me fijo lo de atrás y digo “¡Uy, ¿cómo llegué acá?!”. Llegué porque tenía que llegar, porque sucedió, ¿viste? Estuve un año y pico ahí en pleno Broadway. Me gustaba porque caminaba, iba al Central Park, comíamos, conocí gente, y es lindo, ganábamos buena plata, nos pagaban bien, vivíamos bien, diez puntos. Forever, diez puntos. La verdad, la pasé fenómeno.

¿Y qué pasó con las grandes compañías como Forever ? Ya no hay compañías tan potentes ni giras tan grandes. ¿Qué pasó?

Pero hay muchos que salen. Por ejemplo, el mes pasado, unos chicos amigos que estaban en la orquesta escuela se fueron y estuvieron un mes y medio en Europa, y ganaron un buen dinero.

Sí, pero van por separado, “sueltos”, no van compañías. 

No, compañías, no.  Sí, las parejas de baile. Antes era distinto… ahora se descuidó mucho por ahorrar, ¿viste?, la orquesta ahora no es una orquesta, es un quinteto.

Claro, pero si no hay presupuesto debe ser porque no hay negocio como antes. ¿Puede ser que a la gente en el exterior ya no le atraen estos shows?  

Bueno, pero lo que pasa es que la gente veía una orquesta grande, siete u ocho parejas de baile… Era distinto.

O sea los shows de tango antes gustaban porque tenían una producción importante.

Claro, vos vas a Las Vegas a ver un espectáculo y te volvés loco, de primera.

¿Cuándo fue la primera vez que te sentiste, no sé si la palabra es orgulloso o emocionado, de cómo te salió un tema en público, tal que dijiste “Hoy la rompí”? ¿Te acordás?

Mirá, por ejemplo, a mí me trajo mucha satisfacción una vez que estaba con Mariano Mores y teníamos que tocar Canaro en París y yo le mostré un solo de bandoneón que escribí yo, para mí, y le digo “Mariano, ¿qué te parece? Si no, hacé el tuyo,” porque él había escrito otra cosa.  “No, hacé el tuyo que va mejor. Hagamos eso que está fenómeno.” Así que hice el mío ¡y gustaba un montón!  Mariano Mores, un capo, también.   

¿Y en qué otros teatros o lugares especiales estuviste?

 Moscú, estuvimos trabajando en el Teatro Bolshoi de Moscú.

¿Qué sentiste estando ahí? 

Y…, yo tenía veintitrés años. Después, ahora pienso qué importante haber estado ahí, con Pugliese.  En Rusia estuvimos un montón, en todos los lugares importantes, en Leningrado que ahora se llama San Petersburgo estuve seis meses. Después estuvimos unos meses en China cuando estaba Mao Tse Tung. Y el primer ministro nos vino a ver, Zhou Enlai. Era el primer ministro y nos vino a ver. 

Y cuando estábamos en Nueva York también iban muchos artistas, gente conocida. En Londres vino Brian May, viste, el de Queen. Después, cuando estábamos en Estados Unidos, venía mucho Duval, que le gustaba bailar tango. Venía Tonny Bennet. Bueno, a Tony Bennet lo vi acá, me saludó cuando estábamos en el Caño. Un tipo macanudo. Caño 14 estaba fenómeno. Ahí debutamos con el Sexteto Tango.  

Sexteto Tango en Caño 14 en tiempos de su debut. De izq. a der.: Víctor Lavallen, Emilio Balcarce, Alcides Rossi, Julián Plaza, Oscar Herrero, Jorge Maciel, y Osvaldo Ruggiero.

¿Qué tenía Caño 14 que no tuviera otro?

Y, no había otro. No había otro, era el único. Después apareció El Viejo Almacén y después Michelangelo, y después aparecieron un montón.   El primero fue Caño 14. ¿Pero sabés que era lo bueno? Que era todo para la gente de la Capital, no era para el turismo. Entonces iban muchos artistas, también. Yo me acuerdo que iban Leonardo Favio, Norma Leandro, los padres de ella, que eran actores, también.

La historia empieza con un boliche entre Stampone, Atilio, Martino -un jugador de fútbol muy famoso de la época de oro- y Fiasche -los que serían los dueños del Caño, después-; y en este boliche se servía locro y empanadas, y tocaba Héctor Stamponi, “Chupita”. Y como éramos amigos con Atilio, yo estuve mucho con él, nos invitaba a comer e íbamos mucho. Pero un día dijeron: “Esto así no va”. Entonces hicieron un bolichito para copas, a la noche, y llamaron a Troilo y a Rivero para el show. Se llamaba Caño 14 porque era muy chiquito, y entonces cuando un departamento era muy chico se decía “¿Dónde vivís? ¿En un caño?”.  Y la dirección era Uruguay y el número 714, u 814. Se empezó a llenar y, entonces, se mudaron a Talcahuano al 900, y ese sí fue el mítico Caño 14. El Caño fue un éxito impresionante. Ahí estaban Aníbal Troilo, Goyeneche, Leopoldo Federico con Grela, cuarteto, Stampone tocaba el piano y acompañaba a los cantores.

¿Años 60 estamos hablando? 

Año 67.

¿Y ahí debutaron con Sexteto Tango?

Claro, pero no queríamos empezar porque no teníamos temas, “No, pero empiecen igual”, nos decía el dueño. “No, igual, empiecen, empiecen”, y nos pusieron atrás y empezamos. Maciel cantaba uno, dos, y nosotros tocábamos dos. Y bueno, después empezamos a grabar, empezamos a hacer arreglos, y siguió el Sexteto su carrera.

¿Y qué momento de toda tu trayectoria -o momentos quizás- te acordás especialmente, que te emocionaron mucho, o que te dejaron una marca?

Y… haber estado con Pugliese, eso me impactó mucho. Al principio, no me di cuenta, pero después cuando uno piensa “¡Uy, ¿cómo estoy acá?, yo era admirador de todos estos tipos y ahora estoy tocando con ellos!”. Pero esas cosas las pensás después, de entrada, no. Porque de entrada está todo confuso, tenés que mirar el repertorio, tenés que tocar, ver cómo es la forma, escribir, qué se yo… Pero después, cuando te relajás, pensás “¡Uy!, ¿cómo llegué hasta acá?!”. Y también, después de un par de años ya estás asentado ahí, y ya sos de la orquesta, ya no te llama más la atención, ya estás acostumbrado a estar con los grandes, ya sos uno de ellos. ¡La pasé fenómeno! Yo tengo una carrera bastante impresionante… Tuve suerte, también, ¡eh! 

Sí, claro, por supuesto. ¿Y algún momento que digas “Aquello fue impresionante, un antes y un después”?

Cuando estuvimos en el Colón con Sexteto Tango fue impactante, impresionante. En el año 72. Nunca había ido ninguna orquesta al Colón. Orquesta típica, folclore, nada, era la primera vez. Estaba Pichuco, Troilo, con la orquesta. Estaba Piazzolla, Sassone, Horacio Salgán, de cantantes Rivero y Goyeneche, y nosotros, Sexteto Tango. Nosotros abrimos la segunda parte, tocamos sólo seis temas, pero impresionante. En las revistas salía que al que más habían aplaudido era a Sexteto Tango.  

«Quizás lo más raro fue la vez que se decidió quitarle algunas cosas a Pugliese para dárselas a Osvaldo Ruggiero. Hicieron una reunión y dijeron “Bueno, mire Osvaldo, como usted no hizo ningún mérito en todo este tiempo le vamos a sacar el puntaje suyo y se lo vamos a dar a Ruggiero…”. “…Y bueno, está bien”, dijo Pugliese, no protestó.»

¿Con quiénes hiciste Sexteto Tango?

Osvaldo Ruggiero, Julián Plaza, Emilio Balcarce, Oscar Herrero, Alcides Rossi en contrabajo y Jorge Maciel. Los seis y el cantor hicimos el Sexteto Tango.

Sexteto Tango en Trottoirs de Buenos Aires, París, década del 80. De izq. a der.: Emilio Balcarce, Víctor Lavallen, Osvaldo Ruggiero, Alcides Rossi, Oscar Herrero y Julián Plaza.

¿Por qué se fueron?

Porque empezó a decaer un poco el trabajo. Osvaldo no quería trabajar mucho… Se ve que había algún problema con alguno de los músicos… no sé, Osvaldo era muy reservado, muy metido para adentro, pero después que nos fuimos empezó a laburar otra vez un montón. Ahí empezó Álvarez, Mederos, estuvo Binelli, un montón de buenos músicos. Y bueno, él laburaba un montón, y nosotros, también, no nos podíamos quejar. Y antes perdíamos mucho trabajo por ser tan… ¿Cómo te puedo decir?, tan de Pugliese…

¿Tan del estilo de Pugliese?

No por el estilo de tocar, sino por la forma de la gente, cómo eran. Porque ellos, por ejemplo, no querían saber nada de hacer concesiones. Y, a veces, tenés que hacerlo para agarrar un lugar lindo, hasta que te metés y después, chau. Y bueno, había cosas que… digamos que comerciantes no éramos. Éramos buenos músicos, todos, pero, por ejemplo, salió el Sexteto Mayor y nos pasó por arriba. Porque los tipos laburaban bien y laburaban por menos, había diferencia. ¡Pero está bien!, cada uno pelea con las armas que tiene. ¡Ojo, que eran amigos míos, todos! Así se metieron, y después pasaron al frente. Ellos con Tango Argentino fueron los pioneros, digamos.

Tango Argentino y Tango Pasión después.

Tango Pasión, ¡qué lindo! Y, bueno, estaba Libertella. Libertella se murió porque trabajaba mucho, tendría que haber descansado, no paraba. El médico le dijo “Tiene que descansar un poco”.

¿Y cómo es que vos llegás a dirigir la orquesta escuela?

Porque yo a la orquesta escuela de Emilio Balcarce iba de invitado.

¿Era de Emilio Balcarce…?

No, no, él era el director, la orquesta era de Ignacio Varchausky, él fue el que inventó todo. Balcarce fue uno de los pioneros que estaba ahí y dirigía. Y, a veces, invitaban directores, entre ellos a mí, con mis arreglos. Un día se fue Balcarce y vino Marconi, y cuando se fue Marconi, me llamaron a mí.  Empecé en el año 2011, 2012, y hasta ahora estoy. Y los chicos que tengo ahora, los chicos, las chicas, diez puntos, tocan bárbaro. Hay un montón de muchachos, todos quieren estar en la orquesta esta porque salen bestias de ahí. Hay como treinta bandoneonistas, como cuarenta violinistas. Hace veintidós años que está la escuela y la conocen en todo el mundo. Vienen de Francia, de Japón, de Corea, de Estados Unidos, de Brasil, de todo el mundo.

Víctor Lavallen con la Orquesta Escuela de Tango «Emilio Balcarce».

¿Y a vos que te enganchaba más, el escenario o la música?              

Y, las dos cosas, porque la música te lleva al escenario y en el escenario transmitís a la gente lo que uno hace, lo que uno interpreta. El escenario es importante porque tenés contacto con la gente, si no tenés contacto con la gente, por más que grabes… tenés que tener contacto con la gente.           

¿Por qué? ¿Qué te enseña el contacto con la gente?

Porque personalmente te expresás mejor. Se pueden escuchar los discos, pero no es lo mismo. Muchos de los que iban a ver a Pugliese no bailaban porque la orquesta llamaba la atención y querían verla. Igual que con D’Arienzo. Bueno, con todas las orquestas, Salgán también. Yo iba a escuchar a Salgán y yo ya tocaba, pero iba a verlo. Vi a Piazzolla, vi a todos los músicos en vivo, me gustaba escucharlos personalmente porque así te llega todo lo que ellos hacen.

¿Te gusta ir, todavía, a bares de tango?

Sí, me gusta ir. Me gusta ir a escuchar a los colegas. Y a veces aprendo algo.

¿Todavía puede ser que aprendas algo?

Y, ¿por qué no? Siempre se aprende algo, siempre hay algo para aprender.

Bueno, de hecho, cuando seguís componiendo, seguís buscando cosas nuevas. Eso habla de una apertura a lo nuevo que explica la apertura a aprender siempre algo.

Sí, lo importante es eso. Y eso es lo que a uno le da vida, me parece, todo lo que hace que tengas ganas de hacer cosas. Para conformar a la gente, también, a uno mismo, a los colegas. Porque tiene que ser para que llegue a todos, no es para mí solo, lo mío le tiene que llegar más a la gente que a mí.

¿Cómo elegís entre lo que te gusta a vos y lo que le gusta a la gente?

Ah, no sé lo que le gusta a la gente, yo hago lo que me gusta a mí.

Pero si querés llegar a la gente…

Bueno, pero con lo mío, tenemos que coincidir en el gusto, yo no puedo trabajar pensando en la gente, inventar cosas para la gente, no. Yo hago lo mío, si le gusta a la gente, fenómeno. Yo hago lo que me sale y nada más, no estoy pensando. Sí, es lindo, es una satisfacción, cuando hacés algo tuyo y les gusta o te lo piden… qué se yo… Lo importante es que les guste a los músicos y a los cantantes, por ahí empezamos. Después se lo doy a una empresa para que le llegue a la gente.

Bueno, pero vos recién decías que si no llega no sirve… Entonces, ¿cómo se hace?

¿Sabés cómo? Con difusión. Sin difusión, ¿cómo haces para que lo mío o lo de otro colega le llegue a la gente? Si no le llega, no le puede gustar. ¿Por qué antes gustaban tanto las cosas de calidad -que son todas de calidad-? Porque había difusión. Si no hay difusión, olvidate, no va.

O sea, ¿vos lo que decís es que si hubiera difusión siempre se encontraría un público al que le guste lo que vos hacés?

Exacto. Cuando vamos con el trío se llena en todos lados a los que vamos. ¡Y la gente paga, eh, no es gratis! Pero va un montón de gente. Si fuese gratis, más se llenaría todavía, ¿no? Y la otra vez con la orquesta escuela había mil personas.  Mil personas, un montón. O sea, que el género interesa, si no, no irían. No se van a molestar en ir a ver una cosa que no les gusta. Les gusta, lo que pasa es que no hay difusión, para mí viene todo de ahí.

«Tiene que cambiar porque hay muy buenos músicos, hacen cosas buenas, no imitan a otros, los tipos tienen su personalidad, hay cuatro o cinco tipos que son buenos músicos. Pero falta difusión, si hubiera difusión está todo solucionado. Surgirían nuevos valores, cantantes, habría más cantantes.  No difunden la música nuestra como corresponde. La gente no tiene la culpa, la gente escucha la música que le dan, si le dan una porquería, le gusta una porquería.»

¿Y cómo es tu proceso para componer?

Yo todo lo que hago me emociona. Hace poco hice un tema, todavía lo tengo inédito, un día me levanté y empecé a escribir. Y no es un tango, es una melodía, pero a mí me llega, que sé yo, me emociona. Ahora estoy buscando que alguien me haga una buena letra porque es para ponerle letra, pero tiene que ser una letra que me guste, que me llegue, porque el arreglo tiene que coincidir con la música.

Si te inspiraste en alguna situación, ¿se la contás al letrista?

Yo creo que al letrista le tiene que llegar. Yo no le puedo decir “Mirá, acá yo quiero que me hagas…”, porque yo no sé escribir, sino lo escribiría yo.

Y cuando escribiste ese tema, ¿vos te inspiraste en alguna situación o fue el placer del sonido que te fue llevando y la melodía fue saliendo sola?

No, me salió. Hice una melodía que vos decís “¿De dónde vino?” Me salió todo así, brum, volando.

¿Habitualmente tu proceso creativo es así?

No, a veces lo pienso, digo “¿A ver cómo va esto…? No, esto no me gusta”, y voy buscando, pero ésta me salió así.

¿Empezás a “jugar” con el bandoneón hasta que sale?

No, jugar con el bandoneón, no. Yo me pongo, es un trabajo. Yo me pongo y digo “Voy a componer algo. Vamos a escribir, al menos, cuatro compases”. Entonces, después, vas hilando todo, vas haciendo una composición de todo lo que escribiste antes, todos los pedacitos, los juntás como un rompecabezas, y de ahí salen cosas después.

Tu fuente de inspiración es siempre el sonido.

La melodía. Si en el tango no hay melodía, para mí no existe. El tango es melodía, ritmo, síncopa y todas esas cosas que tiene el tango. Si no tiene eso… Por ejemplo, hace un tiempo que hay mucha gente que toca fusión -a mí no me gusta la fusión- y como le ponen un bandoneón se creen que están tocando tango. No, es música urbana. El tango es muy melódico, la melodía tiene que estar, si no, ¿esto qué es?

¿Cuándo empezaste a escribir? ¿Cuándo fue tu primera composición?

Cuando empecé con Pugliese. Hasta entonces tenía cosas, pero con Pugliese empecé a armar los temas. Un día Caldara me dice “Che, pibe, pero vos estás en la orquesta de Pugliese, no estás con cualquiera, ¿Qué haces que no escribís cosas tuyas?”. Y le digo “Sí, tenés razón”. Y ahí empecé a escribir para mí. Para Pugliese hacía los arreglos.

Víctor Lavallen en el trío que forma con Pablo Estigarribia (piano) y Horacio Cabarcos.

¿Qué hubieras hecho si no hubieras tenido la suerte de entrar en todas estas orquestas, si te hubiera tocado una época como la actual que no hay tanto trabajo?

No sé, la verdad que no se me ocurre qué podría haber sido, qué hubiera pasado, no tengo la menor idea.

¿Hubieras insistido en tocar o te imaginás haciendo otra cosa?

Y, si te gusta lo que hacés, sí. Por ejemplo, a mí a veces me decían “Usted es músico, pero ¿de qué trabaja?”. “Soy músico, trabajo de músico, viví toda mi vida de músico, no hago otra cosa”, la gente se cree que es un hobby la música. Fito Páez no va a la oficina a escribir a máquina o con la computadora, el tipo es músico.

Lo preguntaba porque tuviste la suerte de estar en una época que había mucho trabajo, pero hoy por hoy ya no es así…

Eso es verdad. Yo tuve mucha suerte de estar en una época en que se trabajaba un montón. Ya te digo, empecé joven porque había mucho trabajo. A mí me vino bárbaro. Pero ahora es distinto. Ahora hay un montón de buenos músicos, pero poco trabajo, desgraciadamente.

Pero, qué va a ser, hay que remarla, a lo mejor cambia. Si les gusta, hay que meterle para adelante. Por ejemplo, muchos maestros dicen: “No, usted no está para esto, dedíquese a otra cosa”, mentira. Conozco un montón de casos, uno, por ejemplo, que le decían que no servía y el tipo siguió y tuvo un éxito bárbaro.  Hay un montón de detalles, no se sabe por qué a veces hay tipos que tienen un éxito bárbaro, impresionante. Si a vos te gusta, tenés que seguir. Yo iba a seguir igual. Yo seguí igual.

«Componer, escribir, tocar… Tocar también, porque me gusta estar en contacto con la gente, que escuche lo que hago yo, lo que hacemos, bah. Estamos en eso, yo estoy en eso, me gusta eso. Esto te da vida, también, ¿no? Y te ayuda a sobrellevar los momentos fuleros. Yo los he pasado, pero me ha ayudado, de verdad.»

Mirá, por ejemplo, yo era amigo de Expósito, entonces una vez le digo a Homero, “Tengo un tema que se llama Vigilia” -no sé si lo escuchaste, un tango mío cantado, a todos los cantantes les gusta-. “¡Uy que linda melodía!”. “¿Qué te parece? ¿Podés hacerme la letra?”. “Sí, ¡qué lindo!… Bueno, dámelo”. Y, entonces, me dice: “Mirá, yo lo voy a cambiar”. “No, si me cambias la melodía, no. Yo quiero que me hagas la letra sobre esta música.” “Ah, bueno, bueno”, dijo y no me dio bola. Me echó Flit, no le gustó.   Después, había uno que se llamaba Majul y me dice “No, ésto no lo puedo hacer porque yo escribo con Demare”. Y otro también, Julio Camiloni. ¿Viste el tango La última de Troilo? Bueno, yo lo conocía, un hombre grande ya, y me dice “No, ¿sabes qué pasa? si lo hago con vos, Gobbi se va a enojar”, porque él trabajaba mucho con Gobbi. ¡Pero, después hizo con otros! Se ve que como yo era joven, no me daban pelota. A lo mejor, si me hubieran dado pelota me hubiera incentivado más, y todo esto que hago ahora lo hubiera hecho antes.

Lo que pasa es que veo que ahora no le dan bola a la música que hacemos, pero diría que es una cosa pasajera -esperemos que sea pasajera-. A lo mejor cambia, nunca se sabe.

¿La gente no le da bola al tango?, decís.

Claro, al género en general. Tiene que cambiar porque hay muy buenos músicos, hacen cosas buenas, no imitan a otros, los tipos tienen su personalidad, hay cuatro o cinco tipos que son buenos músicos. Pero falta difusión, si hubiera difusión está todo solucionado. Surgirían nuevos valores, cantantes, habría más cantantes.  No difunden la música nuestra como corresponde. La gente no tiene la culpa, la gente escucha la música que le dan, si le dan una porquería, le gusta una porquería.   

Pero es un círculo vicioso, ¿no?, no dan otra cosa porque dicen que la gente no la escucha.

Mentira, la gente escucha todo, por ejemplo, vos escuchás una cosa y pensás “Che, pero esto no me gusta”. Lo escuchás una vez, dos, y después “y… no está tan mal”. Hasta a mí me pasaba. Y después te gusta, te acostumbrás. Eso es lo malo, te acostumbrás a lo malo, por eso la gente perdió el gusto, no tiene la culpa. Son los medios, son todos tipos que no saben nada de nada. Mirá, yo escucho algunos programas a veces en la televisión cuando estoy al divino botón, y veo el programa ese de preguntas y respuestas y se me caen las medias cuando escucho a tipos que son abogados, ingenieros, y que se yo, y no saben nada de lo elemental, nada. Y ni hablar de la música, de escritores argentinos, no saben nada.

Tenés un disco que ganó un Gardel al mejor álbum de tango. ¿Cómo se siente eso?

Si, pero no sólo, con el trío, con Estigarribia (Pablo) y Cabarcos (Horacio). Hay un tema mío, un tema de Estigarribia, hay arreglos míos, arreglos de él… Pero, ¿querés que te diga una cosa? Yo no creo nada en los premios, los premios para mí no existen. Porque no te da ningún valor por haberlo ganado. No trabajás más por haber ganado el Martín Fierro, el Grammy, el Gardel o el que sea. Para mí, son todo mentira esos premios. Es un negocio de las grabadoras, para mí.

Bueno, ahora las grabadoras están listas, no se puede grabar. ¿Sabés lo que sale grabar un disco? Es mucha plata para acá. Antes, en la época en que yo empecé a trabajar, a todas las orquestas las contrataban las compañías de discos y te pagaban la música, los arreglos y después regalías. Aunque hay que decir que ahora cobran todos los músicos. Eso va mejorando, dentro de todo. Antes de la venta de discos cobraba sólo el director, y a los músicos le pagaban un cheque según tarifa, y al arreglador le pagaban el arreglo y después se encargaban ellos de promocionar. Y vendían un montón de discos.

De izq. a der. Pablo Estigarribia, Horacio Cabarcos y Víctor Lavallen.

¿Qué cosas te dio la música o el tango? ¿Qué conseguiste gracias a la música, al tango?

Un montón de gente amiga, conocimientos, conocí el mundo, otro mundo que no conocía. La música te ayuda a todo eso también, a estar en contacto con la gente.

¿Y qué te quitó la música? ¿Perdiste algo por dedicarte a esto?

No, para nada, yo siento que no, al contrario.

¿Hay algo que harías de otra manera de como lo hiciste?  

No, haría lo mismo. Exactamente lo mismo, porque me gusta.

¿Te gustaría transmitir algo en especial a los jóvenes?

No, sólo que lo que hago yo no quede en el vacío, por lo menos que lo tomen los jóvenes. Lo toman, porque hay muchos que hacen las cosas que hago yo. Que hacía yo, bah.

¿Por ejemplo?

Por ejemplo, la forma de escribir, la forma de cantar. Por ejemplo, Pablo Estigarribia, cuando escribe, como estuvo mucho conmigo, entonces se le pegó mi forma… Bruschini también.

¿Es especial tu manera de escribir? ¿Hay un estilo Lavallen de escribir?

Según ellos, sí. Yo no lo noto, pero ellos dicen que sí. Yo escribo, no sé si es una forma nueva o de otro, no se sabe, es una mezcla de todo, de toda la trayectoria. Y después sale lo tuyo.

¿Querés decir algo más, algo que quieras contar, algo que haya sido especial?

No, está bien, me parece que es todo, ¿no? Te agradezco mucho haberme escuchado tanto, nada más. Que me gustaría seguir en esto, siempre, forever.

¿Es lo que te mantiene vivo?

Exacto. Sí, para mí, sí.

¿El componer, el tocar, todo junto? ¿Qué de todo te mantiene vivo?

Componer, escribir, tocar… Tocar también, porque me gusta estar en contacto con la gente, que escuche lo que hago yo, lo que hacemos, bah. Estamos en eso, yo estoy en eso, me gusta eso. Esto te da vida, también, ¿no? Y te ayuda a sobrellevar los momentos fuleros. Yo los he pasado, pero me ha ayudado, de verdad.

Muchas gracias, Maestro, por compartir tu experiencia con tanta generosidad. Ha sido un placer escucharte.

Víctor Lavallen nos narra sus experiencias, sin grandes estridencias. En su relato se percibe un ritmo acompasado, como el de aquel que ya sabe dónde pisa. Insisten palabras como estudio, ensayo, aprendizaje, trabajo… Una nota de color, de repente, salpica la historia, casi al pasar, “¡La pasé fenómeno!”. Los cambios de ritmo introducen la pausa reflexiva: “Tuve suerte, también, ¡eh!”… “Había mucho trabajo”… Son los pasos -y pases- de un hombre sereno que parece haber empatado con la vida. Y una se pregunta, esa serenidad, ¿es una conquista o una herramienta que siempre lo acompañó?

Para Epicuro, la serenidad era una conquista. El filósofo del hedonismo -una filosofía tan mal entendida como banalizada- iba en búsqueda de la “ataraxia” o la imperturbabilidad, como forma de alcanzar la felicidad. Una tarea que implica identificar lo estrictamente necesario para desprenderse de todo lo que genere dependencia y, por tanto, perturbaciones; y las vivencias de las que se puede obtener placer sin quedar dependiente. Se trata de un placer experimentado con pequeñas cosas que hacen grandes diferencias cotidianas. Nada tiene que ver con el consumismo -de hecho, éste, esclaviza-, sí con la satisfacción de las necesidades fundamentales, en tanto son aquellas que fundan la vida, y con el modo con el que se satisfacen.

La entrevista nos retrotrae a una cotidianidad construida a través de largas jornadas plenas de trabajo y experiencias, en las que cada hora contaba. A diferencia de lo que ocurre en estos tiempos de aceleración en los que los individuos corren escapando de un reloj implacable, mientras las horas se les escapan como agua entre los dedos al no poder encontrar un cauce -o causa- que les dé profundidad. Por otro lado, el sistema de méritos bajo el que trabajaba el entrevistado premiaba a quien contribuía a un mayor éxito de la orquesta. Se trataba de un buen desempeño personal -contando con el apoyo de los otros músicos- para un triunfo colectivo, a diferencia de lo que hoy se conoce como meritocracia, que carga sobre el individuo la responsabilidad de su propia suerte eximiéndosela a lo social.

Justamente, para Epicuro, una de las claves para alcanzar la ataraxia son los otros, los amigos, porque reconoce la dependencia originaria del ser humano: nacemos prematuros, necesitamos de otros para sobrevivir. En ese sentido, el amigo es aquel capaz del altruismo que generosamente brinda asistencia sin reclamar nada a cambio. Es, también, con quien todo se disfruta más y mejor. Y, por eso, quizás, uno de los beneficios que Víctor Lavallen destaca de su carrera son los amigos ganados.

En síntesis, la serenidad sería una conquista que se alcanza a lo largo del camino, de manera particular, y andando en compañía de otros.

Flavia Mercier

Un métier sérieux – Thomas Lilti, dirección y guión

Sin formación ni experiencia previa como profesor, Benjamín consigue un trabajo en un instituto secundario de las afueras de París, tras quedarse sin beca como estudiante de doctorado. Siguiendo el consejo del resto de los profesores, comienza a buscar tutoriales en internet que le ayuden a lidiar con el escaso interés y la atención fluctuante de un grupo de adolescentes. Para ello, primero deberá descubrir si en él hay un deseo real de trasmisión de conocimiento. La película dirigida por Thomas Litti radiografía los desafíos del actual sistema educativo, a la vez que nos conmueve con el lado más humano de un grupo de profesores que ven sitiadas sus vidas privadas por una tarea que se desborda más allá del horario escolar, en un esfuerzo por suplir una falta crónica de recursos y un exceso de conflictos que la sociedad vuelca en las aulas.

Benjamin (Vincent Lacoste) y Pierre, (François Cluzet), ambos dos profesores frente al aula.

¿Cómo despertar en el alumno el deseo de aprender, cuando el deseo de enseñar del maestro se ve permanentemente amenazado por un sistema que lo destituye continuamente de su función social?

Hoy a los profesores se les pide que hagan sus clases entretenidas. La cuestión es que entretener no es lo mismo que interesar. Lo que divierte muchas veces distrae, y puede no ser muy eficaz a la hora de despertar la curiosidad, y mucho menos el deseo de saber.

Tras su excelente trilogía fílmica sobre el mundo de la sanidad, el cineasta francés Thomas Lilti, médico y de familia de profesores, ahora se lanza a presentarnos el caso clínico de la educación en Francia a través de su última película “Un métier sérieux” (‘Los buenos profesores’ en España), que escenifica los desafíos que la época presenta a la educación.

Meriem (Adèle Exarchopoulos) encarna la profe querida por los alumnos y, sin embargo, con algunas dificultades para llevar adelante la crianza de su hijo pequeño.

La historia se cuenta desde la perspectiva del profesorado, al que muestra arrinconado entre un sistema que sólo le exige eficacia en términos de rendimiento, pero sin brindarle soporte, y las redes sociales con las que hoy compite como referente del saber. Roto el ascensor social que antaño representaba la educación, las aulas pierden su brillo y se vuelven depósitos donde se vuelcan frustraciones, agresividad y muchas formas de violencia que produce el actual sistema socioeconómico. Esta realidad provoca bandos: profesores versus alumnos, padres versus profesores, padres versus hijos. Todos se pasan la papa caliente del síntoma social que representa el niño o el adolescente, y casi nadie sabe cómo sentarse con ellos a hablar, a preguntarles qué le pasa, a escucharlos.  La grieta se abisma y el malentendido se eterniza hasta producir consecuencias irreparables en algunos casos. El sistema no facilita la parada necesaria para reflexionar.

Los profesores Pierre (François Cluzet) y Fouad (William Lebghil) en un simulacro de evacuación.

La exigencia es tal, que se desborda sobre los personajes poniendo en jaque su vida familiar, escenas con las que el director, y guionista, muestra el lado más humano de sus personajes, sensiblemente protagonizados por Vincent Lacoste (Benjamin), François Cluzet (Pierre), Adèle Exarchopoulos (Meriem), William Lebghil (Fouad), Louise Bourgoin (Sandrine) y Lucie Zhang (Sophie).

De izq. a der.: Los profesores Meriem (Adèle Exarchopoulos), Benjamin (Vicent Lacoste), Sandrine (Louise Bourgoin) y Fouad (William Lebghil)

Finalmente, y, a pesar del panorama crítico, Thomas Lilti logra dejar un buen sabor de boca con su película, al mostrar cómo los enseñantes siguen dando batalla, apalancados en la fuerza de su vocación y en la solidaridad del resto de profesores, que actúan como una red de contención ante las contingencias de una profesión cada día más interpelada en su función social.

Flavia Mercier

Polly Ferman: “Toco el piano porque sigo amando lo que sale del piano.”

Pianista, directora musical y maestra, Polly Ferman es responsable de una frondosa trayectoria artística mundial de más de 75 años, que incluye presentaciones en los más destacados teatros del planeta como el Carnegie Hall de Nueva York, el Lincoln Center, el Takemitsu Hall de Tokio, el St. Martin in the Fields de Londres, el Teatro Colón de Buenos Aires, el Centro Nacional de Artes Escénicas de Beijing y el Centro de Arte Oriental de Shanghai, entre otros. Nacida en Uruguay tiene una larga relación con la Argentina, donde también vivió, habiendo sido elegida por dos grandes maestros de la música, Horacio Salgán y Ariel Ramírez, como destinataria de sus legados musicales. Concertista de música clásica, abraza el tango cuando conoce a Daniel Binelli y pasa a formar parte de su quinteto para la compañía Tango Metrópolis, y por su labor con el tango fue recientemente galardonada como Presidenta de la Academia Valenciana de Tango, correspondiente de la Academia Nacional del Tango de Buenos Aires. Emprendedora y promotora cultural aprovechó su residencia en Nueva York para fundar la Pan American Musical Art Research, una ONG dedicada a la difusión de las culturas latinoamericanas, desde la cual organiza la Semana de la Cultura Latinoamericana desde hace 40 años. Durante su estancia en Japón realizó una gira por veinticinco instituciones para personas con discapacidad, que fue reconocida por el príncipe Tomohito de Mikasa como “el broche de oro al corazón de Japón”. Es creadora, directora y partícipe de la compañía de mujeres y espectáculo de tango Glamour Tango que, en la actualidad, cuenta con tres elencos: uno en Buenos Aires, otro en Nueva York y otro en Valencia. Infatigablemente inquieta incursionó también en el periodismo, habiendo tenido una columna de viajes en el diario El Día de Uruguay y habiendo sido corresponsal y presentadora del recordado noticiero argentino 60 minutos. Impulsada siempre por la emoción y con el afán inagotable de emocionar, Polly nos comparte su prolífera experiencia con el deseo de contagiar sus inagotables ganas de vivir.

Polly, ¿Vos sos uruguaya, no?

Yo soy uruguaya, sí.

¿Y empezás a estudiar piano a los tres años?

Empiezo a estudiar a los cuatro años.

¿Y cómo fue que empezaste tan pequeña?

Porque iba a un jardín de infantes donde tenían una orquestita con instrumentos de percusión, pero a mí me dieron el xilofón, que era el único que hacía sonidos. Entonces la maestra llama a mi mamá y le dice que consideraba que yo tenía que aprender música porque tenía buen oído, porque era capaz de seguir con el xilofón. Entonces mi mamá me lleva a un conservatorio que se llama Juan Sebastián Bach con un profesor con muchísima paciencia. Tengo recuerdos muy vívidos y hermosos de esa época.

¿Y qué sentías al tocar el piano a los cuatro años? ¿Era un juego para vos?

Era algo más que mis padres me hacían estudiar, así como estudiaba inglés. Yo nunca pensé que iba a llegar a hacer nada con el piano porque no era la intención de mi familia tampoco.

Era como una formación más.

Exacto, era una formación más. Pero mi profesor, Santiago Baranda Reyes, me dice de hacer un concierto a los siete años en la Sala Verdi, en Montevideo. Yo tenía buena memoria, y podía hacer un repertorio que incluía a Mozart, Bach, Scarlatti.

«Recuerdo que la gente me decía que había llorado de la emoción. Eso sí era algo que, si bien a nivel intelectual yo no lo entendía, me estaba diciendo que podía llegar con mi mensaje musical a un lugar que desconocía. ¿Por qué la gente lloraba cuando yo tocaba?, me preguntaba.»

¿Algo en especial que te acuerdes de este primer concierto?

Me acuerdo que me habían hecho ¡un vestido! … En esa época en el conservatorio me llamaban “Repollo” por los vestidos arrepollados que me hacían, con muchas enaguas y un moño grande atrás. Y me habían mandado cantidad de canastos de flores y, cuando empiezo a tocar, un gladiolo me rozaba y me picaba, me picaba… Estaba desesperada. Hasta que, por primera vez, hice intuitivamente algo que después he utilizado toda mi vida, y he ayudado a gente con esto, algo que tiene que ver con la visualización: yo saqué esa flor con mi mente. Visualicé que el canasto no estaba y pude terminar el concierto. Te digo que hasta hoy siento cómo me picaba desesperadamente ese gladiolo mientras no sabía qué hacer.

Polly Ferman en su exhibición en la Sala Verdi de Montevideo a la edad de 7 años.

Decís “intuitivamente”. ¿Cómo se te ocurrió?

No sé… A veces se me ocurren cosas… Mi intuición ha tenido que ver con muchas decisiones en mi vida. Cuando aparece algo no lo pienso, lo hago. Y siempre he probado que tenía razón en creer en la intuición.

¿Aparece dónde? ¿Te aparece como una sensación? ¿Como una “cosa” en el estómago?

Aparece como un mensaje. Hay algo, una parte de mi intelecto que me dice qué es lo que tengo que hacer. Y cuando no lo he seguido me ha costado salir. Así que he aprendido a creer en mi intuición. No me pregunten qué es… no es intelectual, es como una fuerza que viene de algún lado que no pasa por las creencias. No pasa por las creencias intelectuales, pero sí es una creencia en esa voz que aparece. Una fe en esa voz.

Una apuesta por esa voz.

¡Esa voz es la mía!, ¡¿eh?!, que me está dictando “Tenés que hacer tal cosa”.  Como cuando empieza la pandemia: yo estaba con mi elenco argentino ensayando en Buenos Aires y, un día, siento, repentinamente, que tenemos que irnos a Uruguay. Le digo a Daniel: “Me voy a comprar los pasajes.” “Pero si tenemos visita en el médico”, me dice. Nos fuimos en el último Buquebus que dejaron salir para Montevideo. ¿Entendés?

¿Y qué experimentabas por el hecho de tocar en público?

Nada en especial. Lo único que recuerdo que me gustaba es que, cuando yo tocaba, la gente me decía que había llorado de la emoción. Eso sí era algo que, si bien a nivel intelectual yo no lo entendía, me estaba diciendo que podía llegar con mi mensaje musical a un lugar que desconocía. ¿Por qué la gente lloraba cuando yo tocaba?, me preguntaba.

¿Trabajaste con Ariel Ramírez y con Horacio Salgán? Dos grandes compositores y pianistas de la música popular argentina.

Ariel Ramírez me dio su música y por eso yo he podido grabar dos CDs con música suya que no ha grabado nadie en piano solo. Y Horacio Salgán me entregó toda su obra. Yo tengo toda la obra de Horacio, y el diecisiete de marzo hice un estreno mundial a cuatro manos con un pianista y compositor argentino que se llama Claudio Méndez de obras de Horacio Salgán, que él arregló para cuatro manos.

¿Inéditas?

No inéditas, pero que nunca antes fueron arregladas para dos pianistas en un mismo piano.

Polly con Horacio Salgán.

¿Y qué te transmitió Salgán?

Salgán era un personaje, se casó cuatro veces, como yo. A mí me encantaba. Cada vez que venía de Japón a la Argentina a visitar a la familia iba a tomar café con él. Era muy prolijo, su casa era impecable. A mí me decía “¿Le di ya a usted esta música?” y si le decía que no, “ah, bueno”, iba y la traía. Se acordaba perfectamente de todo. Me acuerdo que tenía un piano eléctrico, de cola, y una rosa de plástico encima. Unos sillones con una mesa de plástico donde nos sentábamos siempre, y tomábamos café ahí o íbamos a tomar café a una confitería. Viajar no le gustaba mucho, aunque fue a Japón en un momento.

Para mí Salgan es un músico impecable, muy pulcro, su forma de escribir… No hay forma de equivocarse porque él lo escribe bien. Lo llamaban, el Scarlatti del tango (Domenico Scarlatti, compositor barroco reconocido por la virtuosidad que exigen sus composiciones), porque tenía la mano derecha articulada y la izquierda rítmica, de tango, como si fuera un contrabajo. Era muy modesto. Una vez me dijo “Yo no sé para qué me siguen dando tantos diplomas, no me sirven los reconocimientos. Mejor que me den más dinero para sobrevivir”. Al final se fue a vivir con el hijo menor que es pianista también. La verdad es que yo celebro la amistad con Salgán.

¿Y qué te transmitió o te enseñó Ariel Ramírez?

Para mí es de esos genios que han traspasado fronteras, pero con mucha modestia. Nunca lo escuché decir “Porque yo, porque yo”, nada de eso. Y él hizo cosas impresionantes como la Misa Criolla, o Alfonsina y el mar.

¿Y te acordás de alguna frase que te haya dicho Ariel Ramírez u Horacio Salgán, alguna enseñanza de la que todavía te agarrás, en alguna actuación, o que querés trasmitir a otros, porque sentís que eso que te dijo es como “oro en polvo”?

No, no me parece que ellos me hayan dicho nada en especial… El hecho de que confiaran en darme todo su repertorio fue para mí una manera de decirme que estaban contentos con cómo yo los podía interpretar interpretar. Nunca me dijeron cómo tenía que hacer las cosas, nunca. Y eso era maravilloso porque, por un lado, me dejaron libre, y por otro, por ejemplo Salgan, creo que nunca hubiera ido al concierto de alguien que tocara su música si no estuviera de acuerdo con cómo lo hacía. Y él vino al Maipo cuando hicimos unas funciones de Glamour Tango a escuchar A fuego lento. Yo siempre incluyo en mi repertorio música de Horacio Salgán y de Ariel Ramírez.

Y en cuanto a Ariel Ramírez, además de darme todo su repertorio para piano solo; le dijo al periodista Vargas Vera en una entrevista que yo era la mejor intérprete de su música.

«Mi intuición ha tenido que ver con muchas decisiones en mi vida. Cuando aparece algo no lo pienso, lo hago. Y siempre he probado que tenía razón en creer en la intuición… es como una fuerza que viene de algún lado que no pasa por las creencias. No pasa por las creencias intelectuales, pero sí es una creencia en esa voz que aparece. Una fe en esa voz.»

¿Y cómo llegás a Nueva York donde viviste muchos años y fundaste una ONG muy importante para difundir la música latinoamericana?

Cuando me separo de mi segundo marido, un amigo de Francia que yo había conocido en la casa de Carlos Páez Vilaró -porque mi segundo marido era mecenas de Páez Vilaró- me invita a hacer un concierto en Francia, en un programa de televisión de un periodista muy conocido, Michel Druker. Yo no tenía plata, así que, para comprarme el pasaje, vendo la primera de las alhajas que me había regalado mi segundo marido. En esa época vivía como una reina, tenía mayordomo, chofer, él era rico y me llenaba de todo lo que te imagines, pero, por razones que no vienen al caso, decido terminar el matrimonio. Así que un día agarro a mis hijos, agarro las alhajas y me voy a un cuarto de hotel. Y dejo todo lo demás, hasta el piano. Y a partir de ese viaje a Francia empiezo a vender todas las joyas para construirme una carrera con el piano. Pero me doy cuenta que desde Montevideo no iba a poder, ni desde Argentina. Ya me había costado todas las alhajas y no tenía nada más. Entonces, otra vez la voz de la intuición me dijo “tenés que irte, tenés que irte, tenés que irte”. Tenía que irme a un lugar desde donde pudiera proyectarme. Y ese lugar a mí se me apareció como Nueva York. Mis hijos ya estaban grandes, así que un día les dije: “Ustedes perdónenme, pero yo me tengo que ir a Nueva York porque quiero ver qué pasa con la música”.

¿Antes habías vivido en Argentina, también, no?

Cuando me separé de mi primer marido. Yo me casé cuatro veces. La primera vez con 16 años. En esa época, casarme significaba ser libre. Y a los dieciocho tuve a mi hija, a los diecinueve tuve a uno de mis hijos, a los veintiuno al otro, y a los veintidós me divorcié.

¿A los veintidós años te quedaste sola con tres chicos?

Y mi hijo menor tenía nueve meses. Nueve meses, dos años y tres años. Y sola porque yo dije “Tengo veintidós años y toda la vida por delante. ¿Esto es lo que me va a tocar vivir por el resto de mi vida?”. Otra vez la intuición. Me fui y empecé a trabajar en un colegio privado de Montevideo, donde enseñaba el método Orff que es un método de introducción a la música. Y, como a mí siempre me gustó el periodismo, al mismo tiempo, escribía para un diario de Uruguay que se llamaba El Día. Y también producía un programa de televisión que se llamaba Las tres tareas de la buena voluntad.

Pero como la situación con mi ex era muy difícil, tras una dura negociación, consigo una autorización para vivir en la Argentina con mis hijos. A cambio, cada tres meses los chicos tenían que volver a Uruguay. Hasta que, al terminar un verano que mis hijos pasan con él en Uruguay, no los deja volver a la Argentina y los anota en una escuela. Así que yo dejé todo en Argentina y volví a Uruguay porque si no me iban a acusar de abandono del hogar. Y recuperé a mis hijos a prueba. Me los dieron seis meses a prueba. Tenía que demostrar que podía ser buena madre.

¿Y en Argentina continuaste dando clases de música?

No, todos esos años dejé de tocar. En total estuve ocho años sin tocar el piano. Hasta que me casé con mi segundo marido. Ahí volví a tocar.

En Argentina, conseguí un trabajo en Oficentro, como relaciones públicas y, si me iba bien, llevaba a los clientes como consultora.

¿Y sobre qué escribías en el diario El Día? ¿Sólo sobre viaje o algo más?

Escribía mucho… A partir de mi segundo matrimonio, cuando volví al piano, tenía una columna que se llamaba De viaje, porque empiezo a viajar y a tener experiencias no sólo como pianista sino como esposa de un millonario…

También trabajaste en 60 minutos ¿Cómo fue esa experiencia?

Y, por ejemplo, te puedo contar que yo hice la primera nota a color de 60 Minutos. Todo empezó durante un verano en el que me habían enviado del diario a Punta del Este a hacer una entrevista de lo que encontrara, de lo que fuera, y ahí me conoce alguien del programa. Descubre mi columna de viaje y me invita a trabajar con ellos. Entonces, por ejemplo, me iba a Estados Unidos con un camarógrafo, daba conciertos y hacía notas. Le hice una entrevista a Ginastera. Y también estaba en las noticias.

Polly Ferman y Daniel Binelli con la orquesta del 46 de Astor Piazzola en el Festival de Tango de Buenos Aires 2017.

Hasta acá, pareciera que tu “voz interior” lo que hacía era arrancarte de todo aquello que te podía robar libertad. ¿Dónde aparece la voz para decirte “Es por acá”? ¿Cuándo aparece el piano como vocación?

Cuando mi amigo me invitó a participar de ese programa en Francia. El hecho de tener una oportunidad afuera me dio a entender que eso era lo que me gustaba: viajar con la música.

Y, hasta ese momento, ¿qué representaba para vos la música? ¿Para qué te sentabas al piano?

Era como volver a esa historia que yo tuve de niña.

Pero, ¿qué te vertebra a vos: la música o el piano?

Yo tenía que volver a emocionar; todavía no sabía que ésta era la palabra, hoy ya sí.

O sea, lo que te causaba para volver era el enigma de por qué la gente lloraba al escucharte tocar.

Quizás si no me hubiera pasado de niña, y simplemente me hubieran aplaudido porque era chiquita y tocaba bien, no hubiera seguido con el piano. Pero a mí me había impactado eso de que la gente llorara. “¿Qué pasa con mi música que la gente llora?”

Pero, cuando retomo el piano, al principio la gente no lloraba, entonces tengo que volver a conectarme con mis emociones para emocionar. Porque eso fue, y sigue siendo, lo único que me interesa con el piano.

Emocionar.

Emocionar, es lo único. No me interesa que me digan que toco rápido o que toco bien. Nada. Para mí, a esta altura de la vida, como persona que ha vivido muchas experiencias, hay una sola respuesta válida: “Emocionar y emocionarse”. Eso es lo que para mí tiene sentido en la vida. Por eso yo toco el piano, por eso sigo a pesar de que este año cumplo ochenta y empecé a los cuatro -con ocho que no toqué-, porque sigo amando lo que sale del piano cuando emociono. Yo me emociono, porque si yo no me emociono, no puedo emocionar. Para mí el piano es como si tuviera una voz con la que expresar con sonidos, pero sin palabras, las emociones.

Y por eso hago un curso para pianistas y no pianistas, sobre piano y las emociones. Y por eso hago proyectos en instituciones de discapacitados, para ver si, a través de mi música, de la emoción que proyecto con mi música, puedo ayudar a visitar lugares que están en la mente de algunas personas, de algunos chicos, fundamentalmente jóvenes, que no se animan a expresar, que tienen miedo de sentir. Porque yo creo que uno tiene que hacer cosas, sea a través del piano, de la comida, o con lo que se te ocurra, que sirvan para crear vínculos a través de esos hilitos invisibles que te conmueven.

«Hacer las cosas sólo para uno es una soledad terrible, la vida es para compartir. Compartir emociones, experiencias, tiempo.»

Conmover o “mover-con”, movilizar al otro con las sensaciones, el afecto, es decir, lo que afecta. Justamente ahí radica la potencia del arte, del objeto de arte. ¿Te llevó mucho tiempo volver a emocionar? ¿Cómo fue el proceso?

Al principio fue una cuestión, incluso, de recuperar la técnica. Digamos que, cuando yo vuelvo al piano, mis dedos y mi mente eran dos cosas distintas: yo tenía la música en mi cabeza, pero mis dedos no tenían la agilidad necesaria. El primer paso es tomar velocidad, recuperar el movimiento de los dedos. Recuperar esa técnica me llevó un tiempo. Es como el que corre carreras y deja de correr, se acuerda de lo que tiene que hacer, pero hasta que toma velocidad, pasa un tiempo. Y uno está tan ocupado, o preocupado (con énfasis) por poner los dedos en el lugar que corresponde, que la mente está desconectada de lo emocional. Fue tiempo, no fue mucho, el necesario hasta volver a ser la pianista que era. O sea, la que podía emocionar.

«Emocionar, es lo único. No me interesa que me digan que toco rápido o que toco bien. Nada. Para mí, a esta altura de la vida… hay una sola respuesta válida: “Emocionar y emocionarse”. Eso es lo que para mí tiene sentido en la vida. Por eso yo toco el piano, por eso sigo a pesar de que este año cumplo ochenta… porque sigo amando lo que sale del piano cuando emociono. Yo me emociono, porque si yo no me emociono, no puedo emocionar.»

Entonces, habíamos quedado en el momento en que te ibas a Nueva York, ¿y?

Yo estaba en Nueva York, en un lugar que me habían prestado para vivir, y todos me preguntaban de dónde era. Les decía que era de Uruguay, y mucha gente no sabía ni dónde quedaba. Ahí viene la vocecita de nuevo, que me dijo: “Tengo que mostrar que Uruguay es un país que queda en un continente rico en música”. Así empiezo a investigar sobre compositores de principios del siglo XX que habían estudiado en Europa, pero que habían captado el folklore, los ritmos de América Latina como Ginastera, Villalobos, o Cluzeau Mortet. Abandono la música clásica europea que había tocado siempre y me dedico a tocar sólo esos compositores referentes de cada país latinoamericano.

Empiezo a hacer conciertos y me va bien, empiezo a grabar, y un día llega un chico que era egresado de estudios latinoamericanos y me dice “¿Por qué no creás una ONG?”. Y yo le digo “Porque no tengo plata”. “No precisás plata, necesitás un directorio”. Y como yo había conocido gente relacionada con el Metropolitan, les cuento que me gustaría crear una organización sin fines de lucro para que se conozca -en ese momento- la música y las danzas latinoamericanas, y todos me prestan los nombres. Inclusive hay una colombiana que me trae a Plácido Domingo, quien, desde la creación de mi ONG hace cuarenta años -este año los cumple-, es el presidente honorario. 

¿Estamos hablando de la Panamerican Musical Art Research Organisation?

Exacto.

¿Y cuál es su misión?

Abrirles puertas a colegas pianistas con la condición de que incluyeran en su repertorio un ochenta por ciento de compositores latinoamericanos. Pero no de la música popular, porque mi objetivo era llegar a la gente que va al Carnegie Hall o que va a los conciertos sinfónicos.

Y ahí ocurre que hago el lanzamiento de mi ONG en el Consulado Argentino en Nueva York. Y después doy un concierto por Uruguay en Naciones Unidas, y vuelvo a encontrarme con el cónsul argentino. Y bueno, empezamos a salir y, te la hago corta, es mi tercer marido. Y cuando nos casamos, él se convierte en embajador argentino en Japón, así que fui la esposa del embajador argentino en Japón durante ocho años. Sigo siendo pianista, sigo viajando, y además toda esa parte social que te toca como esposa del embajador, aunque yo siempre ponía la excusa que tenía que estudiar piano, y muchas veces me borraba. Pero, por estas circunstancias, me pasaron cosas increíbles, como que toqué a cuatro manos, sentada en la misma banqueta, en encuentros secretos, con la emperatriz. Ella iba a tres embajadas dónde había músicos profesionales y a mí siempre me pedía música argentina para cuatro manos.

Fue muy lindo, la verdad, pero lo que me llamaba siempre la atención era que yo veía todo preparado para sillas de ruedas y nunca veía una silla de ruedas. Todo preparado para no videntes y nunca veía a un no vidente. No veía discapacitados en Japón. Pregunto dónde están, pregunto en las iglesias, y nadie me daba una respuesta. Hasta que en el 98 nos invitan a un concierto de distintas bandas musicales -de niños, de la policía, etc.- y veo que la planta baja está llena de sillas de rueda y digo “¿Y esto?”. Me explican que estaba el príncipe Tomohito de Mikasa, primo del emperador, que era una suerte de patrono de instituciones para discapacitados, y que no había conocido porque no le interesaba lo social. Entonces yo dije “Este hombre es mío”. “Voy a hacer algo que no va a poder decir que no.

Hago que le llamen, llamo yo, hasta que un día me llama él y me pregunta si era verdad que yo quería tocar en alguna de las instituciones. Y le digo que sí, y me pregunta “¿por qué?” “Porque soy egoísta y sé que voy a recibir más de lo que voy a poder dar”. Y me dice “¿Cuándo?”.

«…yo creo que uno tiene que hacer cosas, sea a través del piano, de la comida, o con lo que se te ocurra, que sirvan para crear vínculos a través de esos hilitos invisibles que te conmueven.»

¿En búsqueda de qué ibas?, ¿De volver a emocionar?

Que yo me iba a emocionar de verlos. Sabía que sería un viaje de ida y vuelta, porque hasta entonces era un viaje de ida, el de emocionar, pero la emoción que yo iba a recibir de poder estar tocando para esta gente era muy fuerte, era algo que yo quería vivir.

¿Los discapacitados estaban ocultos en Japón, por eso nunca los veías?

Estaban en islas en el medio del Pacífico. Nunca habían visto o escuchado música más que por televisión. Entonces el príncipe organizó una gira de cinco semanas, veinticinco instituciones, la fundación Yamaha donó pianos para todas porque, por supuesto, no tenían. Fui a leprosarios. Tocar en los leprosarios con gente muy mayor, algunos que no tenían parte de la cara o en instituciones donde había gente conectada con tubos… Aprendí japonés para poder comunicarme con ellos. Aprendí mucho con el príncipe. Él me decía que cuando uno ve a un discapacitado da vuelta la cara porque tiene miedo de impresionarse o que el discapacitado piense que lo están mirando mal. Por eso me decía: “Tenés que mirarlos a los ojos, tomarlos de la mano, preguntarles cómo están, qué les pasó”. Fue un viaje de aprendizaje, y el príncipe me regaló un documental de todo ese viaje. Me costó diez años verlo, no me animaba; pero ese documento me sirve para darme cuenta de lo que hice. Y al final del documento habla el príncipe -está en español y en japonés- y dice que yo había hecho más por Japón que cualquiera de los países con los que Japón había mantenido relaciones por años, porque nunca a nadie se le había ocurrido hacer llegar lo que él llamó el “broche de oro al corazón de Japón”. Te lo estoy contando y me estoy quedando sin aire, ¿me entendés?, se me cierra la garganta porque ahí me di cuenta que por eso soy pianista. Ahí va cerrando el círculo que empieza cuando yo era niña y me emocionaba que me dijeran que lloraban.

Polly durante la gira en Japón por instituciones para personas con discapacidad.

Escuché en alguna entrevista, que vos aprendés lo que es un músico de verdad con Daniel Binelli (su actual marido y reconocido bandoneonista y compositor), que fue él quien te lo enseñó. ¿Qué quiere decir un “músico de verdad”?

Porque él es música, de cualquier lado que lo mires es música. A mí, si me pasa algo -me quedo manca, por ejemplo-, tengo plan B y plan C. Pero Daniel sólo tiene plan A, que es la música. Y no es que me ponga contenta eso de que no tenga plan B, porque considero que no tener otro plan en la vida es muy peligroso. Porque si no podés hacer una cosa que vos pensás que es lo único que podés hacer, te quedás sin nada. Yo después que me separé del embajador pensaba “Si no consigo trabajo como pianista, me puedo emplear en otra embajada para hacer ese trabajo que hacía como señora del embajador”. O, como me gusta cocinar, “me puedo emplear como cocinera”. O trabajar con la discapacidad, o promover a través de las visualizaciones, la emociones.

Yo si me comparo con otras vidas, creo que soy una vida vieja, no porque tengo ochenta sino porque vengo de otro lado donde me tocó aprender todas estas cosas. Y creo que los que no son así es porque todavía les toca volver para aprender e ir creciendo y madurando en otras oportunidades. Yo estoy agradecida de haber podido comprobar que todos esos valores relacionados con el príncipe azul que eran la profesión, el dinero, el prestigio, no eran para mí. Y agradecida que Daniel, cuando me conoce, me propone que sea la pianista de su quinteto. Y que cuando le digo que no sé tocar tango -porque una cosa es tocar música clásica, pero tocar tango es tan diferente-, él me responde “Ya vas a aprender”. 

Y no fue fácil porque nadie te explica mucho. Tenés que escuchar, saber escuchar, y saber copiar las cosas que hacen otros y saber las que van contigo. Nadie me decía nada de cómo tenía que hacer las cosas. Yo tenía que aprehender, como decís vos, y dejar la muleta de la música clásica. Porque vos estas caminando apoyado y de repente te sacan las muletas, y tenés que aprender a caminar sola. No sólo caminar, sino correr, y de repente parar y moverte para un lado a bailar, hacer todo eso, pero ya sin el sostén. ¡Vos sos el sostén! Y yo pensaba: “Si yo soy el sostén, ¿por qué me critican? ¡Síganme a mí!”

¿Por qué no te explican?

Porque lleva tiempo, en especial cuando venís de una estructura totalmente diferente.  Yo tocaba el piano de una manera y de repente poder distinguir las acentuaciones… Si todavía, muchas veces, protesto cuando me toca el marcato, es decir, que me toca hacer los acordes en determinado momento. Porque a mí me gustaría que me permitieran mostrar que soy una pianista que puede emocionar, y si vos estás en un quinteto o en una orquesta, el piano es una base rítmica, como el contrabajo, entonces, ¿cómo hacés para demostrar que además emocionás? Muchas veces lo hago porque para mí es un honor tocar con Daniel.

Yo sufría al principio, hasta que en el 2006 dejo Tango Metrópolis y me voy a San Francisco.

Y entonces en el 2008 aparece Glamour Tango como respuesta.

Antes me llama un productor americano y me dice que él está creando un proyecto que se llama “Leading Ladies of Tango” porque quería que yo fuera la pianista y Daniel Binelli el director musical. Entonces le dije “Si Daniel Binelli es el director musical, conseguite otra pianista”. Estuvo dos meses sin contestarme y a los dos meses me dijo “Vas a hacerla vos”.

Ahí soy directora musical por primera vez, y aunque en ese momento estábamos separados, Daniel viene a escucharme y recomienza nuestra relación. Entonces pensé: “Bueno, me va a tocar bajarme del caballo y aprender porque yo soy nueva en esto.” Porque nuestro problema había sido de personalidad, ¡de ego! Porque él era el director, pero yo no tenía ni idea quién era de verdad Daniel Binelli. Yo pensaba: “¿Qué se cree? Él es director, pero yo soy pianista”. Hasta que entendí que me tocaba aprender algo nuevo.

Y hoy Daniel está en mi música. En mi espectáculo todo lo que está coreografiado es suyo. Porque yo estoy orgullosa de su música y le rindo homenaje como compositor para que se la crea, porque él piensa que sólo es reconocido por el bandoneón. ¡Y, no, él puede hacer composiciones maravillosas! ¿Sabés que Binelli también escribió una misa que se va a estrenar en Estados Unidos?

Polly Ferman y Daniel Binelli.

¿Qué cambio hiciste ahí, que aprendiste?

Me gustó la libertad del tango -y de Daniel-, que no tenés que seguir las notas o el ritmo escrito, sino que podés darle rienda suelta a tu creatividad dentro de lo que la partitura te permita. Para lo cual, tenés que saber las distintas posibilidades que tienen los compositores. Esa libertad ya me la había empezado a dar la música latinoamericana.

«Para mí el piano es como si tuviera una voz con la que expresar con sonidos, pero sin palabras, las emociones.»

Pero, ¿cómo te daba libertad? Si antes habías comentado que todavía hoy protestás cuando te toca el marcato.

Porque si había una nota que yo no tocaba justo lo que había escrito Villalobos pero que sonaba bien, no había nadie ahí que me dijera “Estás haciendo las cosas mal”. Pero la libertad armónica que tuve con el tango era compensada por la falta de libertad que tenía el aprendizaje de los estilos: tenés que aprender un estilo y ahí no podés improvisar, porque si no se desbarata todo. Podés improvisar dentro de esa estructura. El contrabajo y el piano marcan el ritmo, los instrumentos como el violín o el bandoneón tienen la libertad de entrar y salir, pero las paredes de la casa tienen que estar firmes porque, si no, hay un derrumbe.

Pero sin embargo no es lo mismo escuchar a Salgán que escuchar a Pugliese. Entonces, ¿dónde está el secreto?

Claro, Pugliese tiene ese ritmo especial que tiene La yumba, por ejemplo: “pa, pa, pa”. Salgán es más rígido en la interpretación, tiene momentos más fuertes y más suaves, pero Salgán es como Scarlatti, todo más derechito. Pero es maravilloso lo que hace con la síncopa. La síncopa es Piazzolla con el bandoneón y Salgán con el piano. Es salirse, pero volver. La síncopa es algo que está a destiempo.

Para después entrar a tiempo. ¿Pero, entonces, dónde queda inscripto el estilo del pianista?

En mi caso, creo que lo que me diferencia, un poco, es la musicalidad. Por venir de donde vengo, por toda esta experiencia con las emociones, quizás, en algún momento en que la partitura me lo permite, yo puedo demostrar mi sonido. Yo creo que tengo un sonido particular.

¿Y “tu sonido” tiene algo de tu voz, de esa voz que te ha acompañado siempre?

Yo hablo con mis dedos. Mis dedos están recreando palabras mías, por eso el sonido. Uno no habla todo igualito, uno habla con emoción.

Y según la emoción, está donde le ponés el acento. 

Y en la forma de apretar los dedos, también. El dedo no golpea. El dedo acaricia y penetra los sonidos de acuerdo a lo que estás pensando en ese momento. Aunque sea el mismo tema, apretás siempre diferente porque depende del estado de ánimo -y también a quién le estoy rindiendo homenaje-, cómo te sale. Y así tendría que ser siempre con la música, poder crearte una historia con tu imaginación o que tiene que ver contigo. Una historia que transmitís a través de los dedos.

Que ese tema represente para vos una historia que estás contando.

Exacto, y que no siempre es la misma, porque contar siempre la misma me aburriría.

«Yo hablo con mis dedos. Mis dedos están recreando palabras mías… El dedo acaricia y penetra los sonidos de acuerdo a lo que estás pensando… Aunque sea el mismo tema, apretás siempre diferente porque depende del estado de ánimo -y también a quién le estoy rindiendo homenaje-, cómo te sale. Y así tendría que ser siempre con la música, poder crearte una historia, con tu imaginación o que tiene que ver contigo. …que transmitís a través de los dedos.»

Y entonces, ¿cómo empieza Glamour Tango?

Porque me quedé con la idea de hacer algo sólo entre mujeres, después que me llamó aquel productor de San Francisco. Y en el año 2008, mi hija que estaba al frente en Uruguay de una empresa que había creado su abuelo, contrata el Teatro Solís de Montevideo para celebrar los ochenta años de la empresa, y me dice “¿Qué te gustaría hacer?” “A mí me gustaría presentar una compañía de mujeres.” “Hacela.” O sea que fue mi hija la que me dio la base para que yo pueda hacer Glamour Tango.

Y esta compañía lo tiene todo para mí. Yo soy la mamá, la abuela de mis artistas, a pesar de que, al tener una base en Buenos Aires, una en Nueva York y una acá por el tema de los pasajes, las llevo a distancia, pero hay un vínculo afectivo. Algo no tan común cuando tenés un quinteto. Normalmente sólo tenés un vínculo profesional, pero para mí, mis chicas son parte de mi familia. Yo agrando mi familia con Glamour Tango.

¿Desde dónde las maternás?, ¿Qué le buscás transmitir de toda tu experiencia, de todo tu recorrido?

Glamour Tango es mi espectáculo con mujeres, que creo para demostrar que las mujeres podemos hacer todo solas, aun el tango. Pensá que lo tengo desde el 2008, cuando todavía no se hablaba del empoderamiento de la mujer. Por eso, si bien yo soy la directora y pianista, disfruto dándole lugar a cada una de las artistas que están, ya sea música, cantante o bailarina. No me interesa que me aplaudan a mí más, porque si todas se lucen me luzco yo porque elegí bien, porque pude pasar mis ideas bien, y porque todas somos un equipo.

Polly Ferman con Glamour Tango.

Trabajar en equipo para mí es lo mejor que te puede pasar. Por ejemplo, este proyecto que hice recientemente en España es totalmente distinto a lo que hice en Nueva York con una compañía de danza contemporánea, mientras que el de ahora va a tener contemporáneo, jazz y algo de tango, más tres escenas teatrales. Son cinco mujeres diferentes, una ambiciosa, una tímida, una ama de casa, y mostrar cómo al principio están las rivalidades entre todas y cómo al final surge la hermandad, porque lo que yo quiero mostrar con el espectáculo es que estamos todas en la misma. En ese sentido, la igualdad. No importa que seamos diferentes, lo importante es el punto de vista afectivo o de relaciones. O sea, ayudémonos, colaboremos entre todas para llegar al mismo lugar. En mi caso yo aprendo porque de danza no entiendo, pero voy aprendiendo, que también es lo que quiero.

Glamour Tango.

Entonces se te ocurre armar un grupo de mujeres queriendo demostrar que las mujeres pueden solas ¿Por qué te resultaba necesario demostrar eso?

Porque yo sentía que en el tango todo el tiempo estaban dándome órdenes. Yo sentía que el hombre daba órdenes. Yo nunca pude bailar tango porque a mí me gustaría ser la que lleva.

Bueno, ahora podés aprender porque ahora sí podés ser la que lleva.

Pero, antes, cuando me sacaban a bailar, encima me echaban la culpa. “No sabés bailar.” Entonces me entró un complejo espantoso y dije “No bailo nunca más”.

En realidad, lo del tango era un ejemplo de algo que no se acostumbraba a hacer, porque era muy visible que las grandes orquestas de tango eran de hombres. Incluso algunas compositoras de principio de siglo se habían tenido que cambiar los nombres, ponerse nombres de hombre para que se tocara su música. O el caso de Paquita Bernardo, que vivió por el 1900, 1925, y fue la primera bandoneonista mujer, y fue muy exitosa. Dicen que en la calle Corrientes no pasaba el tranvía de la gente que hacía cola para ir a verla tocar. Un día hizo una audición, porque estaba buscando un pianista, y audiciona un chico con pantalones cortos, que toca muy bien, y ella le dice “Tocás muy bien, te contrato, pero ponete pantalones largos”. Ese chico era Pugliese. Bueno, Paquita Bernardo murió y nadie sabe que existió, porque era mujer.

¿Por qué a las mujeres les costó tanto estar en el tango? ¿Por qué tanto (con énfasis)? Porque es una mentalidad y a mí me gusta ir contra esa mentalidad. Yo creo más en Glamour Tango que en las manifestaciones de mujeres con estandarte. Por ejemplo, a mí me gustaría llegar con Glamour Tango a las cárceles de mujeres. Lo intenté en Uruguay, pero no funcionó. Ir a hogares donde están mujeres que fueron maltratadas. Ir a hogares de ancianos, porque las mujeres muchas veces envejecen antes de tiempo – a pesar de que somos más supervivientes que los hombres- porque no tienen proyectos, no tienen motivaciones. Entonces, yo quiero llegar a esos lugares, a las residencias, para decirles a las mujeres: “Escucháme, hacé algo, motivate, no te quedés mirando televisión”.

«Yo estoy agradecida de haber podido comprobar que todos esos valores relacionados con el príncipe azul que eran la profesión, el dinero, el prestigio, no eran para mí.»

Lo que es llamativo es que no hay ningún otro Glamour Tango. Hay cosas que se hacen como una orquesta de mujeres o un ballet de mujeres; pero un concepto con proyecciones, con teatralidad, con un mensaje, no. ¿Por qué no hay? A mí me gustaría que hubiera, para que no sea un trabajo solitario. Yo no lo hago para ser la única a la que contratan, sino para que sirva de ejemplo y que, de repente, lo que estoy haciendo en el tango se pueda hacer en alguna otra cosa también.

Pero, ¿para demostrárselo a quién?, ¿a los hombres del tango, al público en general?

A la mujer.

«A mí me gustaría llegar con Glamour Tango a las cárceles de mujeres. …a hogares donde están mujeres que fueron maltratadas. Ir a hogares de ancianos, porque las mujeres muchas veces envejecen antes de tiempo porque no tienen proyectos, no tienen motivaciones. …yo quiero llegar a esos lugares… para decirles a las mujeres: “Escucháme, hacé algo, motivate, no te quedés mirando televisión”.»

¿Vos sentías que la mujer necesitaba saber eso?

Sí, digamos que el tango era la excusa. Era la herramienta. Si vos tenés que levantar una mesa -la mesa era el tango- éramos las mujeres que teníamos que levantar la mesa y darnos cuenta que podíamos sostenerla. Eso era para mí. No era a nivel de la competencia con el hombre porque el hombre hace muy bien el tango.

A mí siempre me gustó ser creativa con mis proyectos, y por eso lo de la ONG y por eso organizo también, desde el 2006, un festival en Nueva York que se llama La Semana de la Cultura Latinoamericana.

¿Lo hacés a través de la fundación, de la ONG, o lo hacés aparte?

No, no, no, es parte de la ONG. Pero igual que la ONG, la Semana de la Cultura no tiene plata. Han venido artistas, consiguiéndose los pasajes, de música venezolana, cubana… Además de música, también presentaba artes plásticas, cine, teatro, todo. Es la cultura, que se conozca la cultura, ese era mi objetivo

¿Y la gente te siguió, sin poner vos un mango?

Me siguió porque para muchos es una puerta abierta, decir: “Tuve mi debut en Nueva York”. Más el prestigio de una institución.

Al principio lo que hacía era como una revista por internet que programaba a otros, aprovechando la temporada de subastas que se hacen en noviembre. Iba a todas las organizaciones que alguna vez había presentado algo latinoamericano y les preguntaba si querían participar y todas me dijeron que sí. Así, hasta que, en el tercer año, una chica me donó el logo y empecé a conectarme con la ciudad de Nueva York, lo que me permitía conseguir teatros en mantenimiento, iglesias, que cobran poco. Con eso les mandaba una invitación a los artistas -lo sigo haciendo- aclarándoles que yo no les puedo pagar ni pasaje, ni alojamiento, pero que les puedo dar un lugar donde actuar y hacerles la promoción. ¡Llegamos a tener hasta cuarenta y siente presentaciones en una semana! Fue durante la pandemia, eran virtuales y podían cobrar sus entradas.

Glamour Tango

Y este año cumplimos 40 años. Nunca he parado, aunque cada vez es más complicado porque no estoy ahí y no tengo plata para pagarle a nadie y, lo que estoy viendo, es que yo puedo desaparecer y yo quisiera que eso siguiera… dejarlo como legado. En realidad, estoy buscando a alguien que lo quiera heredar porque es un proyecto con una reputación bárbara. Vos sabés que me avisaron que en el Empire State de Albany, que es la capital del estado de Nueva York, con motivo del Latin American Heritage Month -que se hace siempre en octubre-, hay una exposición con fotos y curriculums de personas que habían aportado a la cultura latinoamericana, y estaba yo. De alguna manera reconocen lo que estoy haciendo. Así que estoy viendo qué puedo hacer a raíz del festejo de los 40 años, para que se sepa que estoy buscando a alguien que siga con el aporte a la cultura latinoamericana. Hablé en universidades de arte, a ver si lo podrían tomar como experimento, o qué se yo. Espero que sí… espero que sí, porque, seguimos de milagro.

¿Querés decir algo para terminar, Polly, algo al final que te surja o algo que te quedó sin decir o algo que quieras nombrar, a alguien?

Quiero agradecerte por esta oportunidad de contar todas estas cosas, porque más que por el ego yo lo que espero es que mi experiencia pueda servir de ejemplo. Fundamentalmente, para que no piensen tanto y se animen a hacer cosas. La gente piensa mucho y entonces se queda sin hacer las cosas. Cuando te ponés a pensar “lo debo hacer, no lo debo hacer, debo ir, no debo ir”, te quedas mirando la tele y no haces nada. Para mí hay que creer en lo que te va dictando la intuición, porque no te vas a equivocar. No te equivocás, aun cuando tengas que empezar de cero, porque la intuición te va a indicar hacia donde tenés que ir.

«Yo si me comparo con otras vidas, creo que soy una vida vieja, no porque tengo ochenta sino porque vengo de otro lado donde me tocó aprender todas estas cosas. Y creo que los que no son así es porque todavía les toca volver para aprender e ir creciendo y madurando en otras oportunidades.»

Lo peor para mí es quedarse sentado en un sillón mirando la tele, hay que seguir activo, hay que darle cuerdita a la mente, pero para cosas positivas.

Para crear, para inventar, imaginar.

Sí, inventar, imaginar, pero que ese invento sea para que te puedas emocionar y transmitir esa emoción. O sea, si estás haciendo un guiso de lentejas, que quien lo pruebe diga “mmm, esto me hace acordar cuando era niño y mi mamá me hacía guiso de lentejas”. ¡Qué sé yo!, algo de eso. Porque hacer las cosas sólo para uno es una soledad terrible, la vida es para compartir. Compartir emociones, experiencias, tiempo.

Bueno, Polly, un gusto esta conversación, como ese guiso de lentejas de las mamás.

El sonido nos escolta desde el vientre materno hasta el último de nuestros suspiros. Tiene a la oreja como puerta principal, aunque muchas veces se abre paso mediante los temblores de la carne o, sigilosamente, erizando la piel. Puede adormecernos, pero también hacernos despertar.

En este sentido, la música propicia las condiciones para una escucha sensible. Al conmover al cuerpo, contribuye a que éste haga de caja de resonancia de decires silenciados. Con un cuerpo que se deja afectar por el rumor de lo que pulsa por ser oído, el sentido de las palabras adquiere la disonancia armónica de un canon coral, hasta que se alcanza a escuchar un recitado en las rojeces de la piel y el temblor de la carne. 

Con el despertar de esa oreja íntima, callar se vuelve activo. Es la acción necesaria para silenciar esa voz del afuera que aturde con sus mandatos, para que la voz propia alumbre un andar menos ambicioso y más deseante. Hasta que el milagro que el poeta del azar, Paul Auster, anticipó, se entone a viva voz:

“He llegado tan lejos
por ti: la voz
cuyo eco resuena en mí
ya no es la mía.”

Entonces, el pentagrama de los sueños puede incluir síncopas que habiliten un giro inesperado, hasta componer una nueva melodía que acalle las viejas cantinelas.

Flavia Mercier

Roberto Herrera: “Lo social le da el alma al tango. Porque así fue como nació.”

Con 50 años de profesión, Roberto Herrera es hoy uno de los bailarines, maestros y coreógrafos de tango y folclore argentino con mayor experiencia. Fue primer bailarín y asistente coreográfico junto a Titina Di Salvo del Ballet Folklórico Nacional Argentino en su inicio, bajo la dirección de Santiago Ayala «El Chúcaro» y Norma Viola. Llegó al tango de la mano de grandes maestros como Carlos Rivarola, Antonio Todaro, Juan Carlos Copes, Gloria y Rodolfo «Cacho» Dinzel, Gustavo Naveira y Olga Besio, Carlos e Inés Borquez, y Pepito Avellaneda, entre otros. Formó importantes parejas de tango con grandes bailarinas. Entre ellas destaca su etapa junto a Vanina Bilous porque fueron la pareja solista de la Gran Orquesta del Maestro Osvaldo Pugliese, y más tarde realizaron varias giras internacionales con las orquestas de Leopoldo Federico, Julián Plaza y Beba Pugliese. Con esta última también hizo giras con Natacha Poberaj. Cabe destacar su paso por «Tango Argentino» bailando con Carolina Iotti primero, y en otra temporada con Lorena Yacono. Años después se unió a “Tango Pasión” con el Sexteto Mayor. Se presentó en casi todas las Casas de tango reconocidas, comenzando en el show de Gloria y Eduardo Arquimbau en Michelangelo y llegando a compartir escenario con Abel Córdoba, Adrián Guida, Roberto Goyeneche, María Graña y Adriana Varela, entre otros afamados artistas de la escena tanguera porteña. Tiene su propia compañía desde el 2005 y dicta clases de tango desde el 2000, hoy en compañía de su pareja de la vida y del tango, Ani Andreani, con quien también organiza una milonga en Múnich. Una entrevista en la que Roberto no sólo nos cuenta su trayectoria, sino que también nos ilustra sobre muchos de los grandes del tango y del folclore con los que tuvo ocasión de trabajar.

Roberto Herrera en el Pucara de Tilcara, Jujuy, Argentina.

¿Por qué empezás a bailar? ¿Porque lo hacía tu familia, porque te gustaba?

Yo fui deslumbrado por la danza, por el folclore en principio, durante unas colonias de vacaciones que se organizaban en aquella época para los chicos de todo el país, en la que pasábamos una semana haciendo distintas actividades -muchas eran en Córdoba-, y había una noche de fogón que se llamaba “La noche de los talentos” en la que cada delegación tenía que presentar un cuadro artístico. Nosotros, los de Jujuy, presentamos una zamba. Yo tocaba el bombo. A partir de ahí empecé a tocarlo, hasta entonces no tenía ni idea. En esas colonias vi a un chico de Corrientes que me llamó mucho la atención porque era un Gardelito. Peinado a la gomina, con un traje negro con las flores bordadas, espuelas, ese Gardel que se presentaba en Francia vestido de gaucho ¡Mirá cómo me acuerdo todavía! Y este chico zapateó un malambo maravillosamente, muy elegante, muy profesional, me encantó. Yo tenía unos 8 años. Y resulta que, cuando vuelvo a Jujuy, mi mamá me dice que iban a llevar a mi hermano Tani (Estanislao Herrera) a una academia de baile -él tenía sólo 3 años-. “¡Ah, pero yo quiero ir!”, dije. “Pero él va a la mañana, vos a esa hora estás en la escuela.” Al otro día me enfermé. 

Convenientemente… (risas)

Acompañé a mi hermano y la maestra me vio con tantas ganas que me puso a bailar con ellos -un gato, recuerdo- y, desde ahí, no dejé más. Ella fue mi primera maestra, y sigue siendo mi maestra querida. María del Carmen Calneggia, para nosotros, Monis. Una persona superapasionada de la danza. Ella enseñaba todo: clásico, danzas españolas, folclore, ¡folclore latinoamericano!, una cosa extraordinaria que enseñara eso. Y lo más importante es que ella, lo que no sabía iba, y lo aprendía, o traía compañeros para que nos lo enseñaran. Una fenómena, la verdad es que yo estoy agradecidísimo porque ella me trasmitió todo este fervor, toda esta pasión. Ella fue la primera que me habló del Maestro.

¿De El Chúcaro?

En esa época cuando alguien decía “Maestro” sabías que estaba hablando de El Chúcaro, no había otro maestro, había profesores: el de música, el de danza. Después eso se trasladó al tango: maestro Antonio Todaro, maestro Pepito Avellaneda, maestro Pugliese. Me acuerdo que, cuando yo a Osvaldo le decía Maestro, él me respondía: “¿Maestro yo? Maestro ciruela”. ¿Sabés el chiste? Maestro ciruela, el que quiere enseñar y no tiene escuela. “No, no, yo no soy ningún maestro”, decía. Un fenómeno Osvaldo. O cuando yo le decía Maestro a Colangelo, él me decía: “Maestro no, profesor. Porque los maestros cobran poco y yo cobro mucho.” (Risas). Otro fenómeno Pepe. Yo tuve mucha mucha suerte de trabajar con toda esta gente.

Hablando de esa suerte, ¿cómo llegás a El Chúcaro? ¿Cómo llegas a ser su asistente de dirección y primer bailarín de su ballet junto con Titina de Salvo?

Los dos éramos los primeros bailarines del Ballet Popular Argentino, o sea, el ballet privado de El Chúcaro, antes del Ballet Nacional.

Yo me voy a Buenos Aires en el año 86, después de hacer el servicio militar. Fui un buen soldado para salir rápido, porque la baja era para la jura de la bandera. No tenía problema porque la disciplina siempre fue mi amiga. Pero resultó que veníamos de Malvinas y entonces fue todo al revés: “los mejores soldados se tienen que quedar porque vamos a volver a Malvinas”, ese fue el verso que nos dijeron y me tocó chuparme un año y medio de servicio militar.

Cuando salí de ahí, no sabía qué hacer. Sabía que quería seguir bailando, pero no sabía cómo seguir. Y un amigo mío, muy amigo, Luis Villegas, me dice: “Escribile a El Chúcaro para hacer una prueba.” “Pero ¡qué le voy a escribir! Mirá que me va a hacer caso. Y además no tengo ni dirección, ni nada”. Al otro día, mi amigo aparece con la dirección. “Pero ¿yo qué le voy a escribir?” “Escribile con el corazón.” Le conté que bailaba, que era un admirador suyo, ta, ta, ta… Pasaron dos meses ¡y me respondió! Me dijo que si en algún momento yo iba por Buenos Aires, él me podía hacer una prueba, sin ningún compromiso. Y esa fue la motivación, ahí empecé a prepararme y a juntar dinero para poder mantenerme, al menos por un tiempo, porque yo estaba seguro de que iba a entrar, yo iba para quedarme, tenía ese convencimiento. Así que pasé primero por Córdoba donde hice unas actuaciones que me permitieron ganar un dinero.

¿Desde qué edad ya eras profesional?

Yo soy profesional desde los 11 años. Este año 2024 cumplo cincuenta años en la profesión. Recibí mi primer sueldo por zapatear a “La Peña de los hermanos Caballero” que en Jujuy era muy famosa.

¡Cincuenta años en la profesión!

Y enseñando también, porque a esa misma edad empecé a enseñar en la Academia de mi maestra a los más chiquitos, a los de 3, 4, 5 años.

¿Y cómo llegás a El Chúcaro?

Después de pasar por Córdoba, llego a Buenos Aires y llamo al Maestro para que me tome la prueba. Me citó a los tres días. Me pide que haga el repique, un zapateo que él me mostró, alguna otra cosa, que le muestre alguna pirueta, y me dice. “Está bien, pero le voy a ser sincero: usted está un poco viejo -yo tenía 20 años-, vino un poco tarde, porque yo tengo bailarines que empiezan conmigo a los 14, 15 años, y a usted le faltan muchas cosas que tendría que aprender. ¿Usted qué va hacer? Se lo digo porque nosotros damos un curso con Norma Viola, y si quiere venir, pienso que le va a hacer bien.” Nada que ver con lo que yo esperaba que me dijera, yo estaba seguro que iba a entrar al Ballet. No fue así. (Risas). Entonces conté el dinero que me quedaba, me quedaba para cuatro días. Intenté buscar un trabajo a través de unos conocidos de mi papá, pero no me hicieron caso, así que al tercer día volví a llamar al Maestro para despedirme, y entonces él me pidió que fuera a verlo y ahí me propuso que viviera en su casa -“Esta casa es muy grande…” me dijo. “Yo le doy de comer y todo lo que necesite, hasta que usted su ubique”. “¡Pero no va a vivir de arriba! Va a tener que ayudar al resto con la limpieza, yo tengo cuatro perros, hay que darles de comer, hay que cortar el pasto…”. Yo estaba saltando en una pata. Me acuerdo que al despertarme al otro día, me sentí ¡tan feliz! Me acuerdo que entraba el sol por la ventana, que estaba abierta porque hacía calorcito, cantaban los pájaros, y había un laurel justo junto a la ventana que prácticamente entraba en la habitación. Fue uno de los días más felices de mi vida porque yo me había preparado para poder estar en ese ballet desde mucho antes, no sé cuánto tiempo…

Desde que María del Carmen, tu maestra, te empezó a hablar del Maestro, quizás…

Exactamente…

…desde que ella te pasó su ilusión.

¡Sí, exactamente! Y mamá también acrecentó eso porque ella leía una revista que se llamaba “Folklore”, en la que siempre venían notas de Chúcaro y Norma que yo devoraba para poder prepararme como bailarín. Era mi sueño. Así que estar en la casa del Maestro era una cosa increíble, yo estaba alucinado. Imaginate que yo era el encargado de atender el teléfono, de tomarle los mensajes y de repente llamaban y…: “Hola, ¿sí?” “Hola, habla Mercedes Sosa”, por ejemplo. O “Hola, habla Horacio Guaraní.” Yo me quería morir. Para mí era un mundo de fantasía. Era gente que yo miraba en televisión y admiraba.

«…si no hubiera sido por la generosidad del Maestro Santiago Ayala y de Norma Viola yo no hubiera podido estar en Buenos Aires, desarrollar una carrera. Y si no me hubieran vuelto a llamar no hubiera hecho nada de todo lo que hice hasta ahora en mi carrera, mi vida no hubiera cambiado tanto como lo hizo desde aquel año 86.»

Además, tuve mucha suerte porque en ese momento también estaba viviendo en la casa de Chúcaro, Jorge Corrales. Chupete le decíamos. Él había sido primer bailarín -un gran primer bailarín- de la compañía privada, y el Maestro le dice que me vaya pasando algunas cosas, así que Jorge, con el que yo pegué rebuena onda, me daba clases, pero específicas para estar en el ballet. Y, cada tanto, Chúcaro venía, me miraba y decía “siga, siga”, y se iba.

¿Y hubo alguna cosa que te dijera que vos puedas decir “me rompió la cabeza con eso”?

Él era muy consciente de todo, no vivía en una nube de antigüedad o de glorias pasadas, para nada. Él estaba siempre atento a lo actual e, inclusive, tenía una visión de futuro muy clara. En ese sentido, a mí me rompió la cabeza cuando me dijo: “Mire, Roberto: hubo un momento en que Argentina exportaba gauchos…”. Estamos hablando de artistas como el Diablito, el mismo Chúcaro, Juan Saavedra, Figueroa, una camada de bailarines extraordinarios, que aún sigo admirando porque hacían cosas que hoy en día los chicos jóvenes no las pueden hacer. “Pero ahora…”, me siguió diciendo, “…lo que se viene es el tango. Y en la compañía tenemos tango. Usted no tiene que considerarse un gaucho, usted tiene que considerarse un bailarín. Y si usted es un bailarín tiene que bailar muy bien folclore y ¡tango!”. Y eso me motivó para tomar clases de tango.

Roberto Herrera con Ani Andreani.

¿Con quién empezaste?

Con Rivarola.

¿Esto ya era en el Ballet Nacional?

No, antes. El Ballet Folclórico Nacional no empieza hasta el 90 y esto me lo dijo ni bien me mudé a su casa, allá por abril del 86. Sólo tres días después de estar viviendo en su casa, el Maestro organiza un asado e invita a Carlos Rivarola, que acababa de dejar Tango Argentino. A esa comida viene también Cacho Ristro que era quien hacía la música de las publicidades de las camionetas Ford. ¿Te acordás de esas publicidades que tiraban la camioneta de un avión y corrían junto a los caballos? Ahí conocí a Norma y a Nidia Viola. Y ahí me enteré que Carlitos Rivarola, antes de bailar con María, había bailado con Nidia en Taconeando. Entonces Carlos explica que iba a dar clases en la academia del Maestro los días sábados. Así que empecé al toque.

Y después, una de las chicas que venía de Rosario a esas clases, los sábados por la tarde, me comenta que, los sábados por la mañana, en la Escuela Nacional de Danza empezaba un curso con dos profesores que se llamaban Olga Besio y Gustavo Naveira.

¡Ah, bueno! ¡Unos “profesores”! (con tono sarcástico en alusión a la diferencia entre profesores y maestros).

¡Sí! (Risas). Yo no tenía ni idea de quiénes eran, pero acepté e hice clases con ellos todos los sábados de 9 a 12hs., durante unos tres meses. Pero, en aquella época (86), ellos daban el método de Copes. De hecho, después Copes dio unas clases en la academia del Maestro, y dio el mismo método. Al punto, que yo que no sabía nada pensaba que así era el tango, que no había otra cosa. Con el tiempo, cuando empecé a ir a la milonga descubrí que las diferencias eran ¡enormes! Y ¡ojo! que lo digo con toda mi admiración. El maestro Copes tuvo que estructurar algo que no tenía mucha estructura con elementos que sirvieran para el escenario.

Después tomé clases también con Dinzel. Yo con Cacho Dinzel aprendí un montón. Y con Gloria. Ella venía poco, pero dos o tres cosas que dijo, las veces que apareció, fueron biblia. Y él no me cobraba, así que yo estoy superagradecido.

Y, dando un salto en el tiempo, ¿cómo fue decirle a El Chúcaro que te ibas del Ballet Nacional después de haber vivido con él y que él te diera tantas oportunidades?

En realidad, ya me había ido antes, en septiembre del 86, porque no aguanté tanta presión. Sobre todo por parte de Norma que era muy dura conmigo. Con el tiempo la entendí. De alguna manera, ellos habían depositado en mí todas sus esperanzas porque no tenían primer bailarín, y me saturaron con tanta información. Yo entré en caos y me fui a Jujuy, dejándole una carta al Maestro, pidiéndole mil disculpas, pero explicándole que no podía más. Un año después, él me llamó y me preguntó: “¿Cómo anda? ¿Mejor? ¿Se le bajó el conocimiento?”. Claro, yo sólo necesitaba tiempo para bajar toda esa enormidad de información. “Porque tengo que hacer el Martín Fierro -me dijo- y pensando quién podía hacerlo, nos miramos con Norma y los dos dijimos al unísono: Roberto Herrera”. Antes lo había hecho Omar Ocampo, pero ya estaba trabajando mucho con el tango. Y volví. Y Norma cambió totalmente conmigo. Con el tiempo, ella me explicó que sabía que era muy exigente, a veces dura, pero que la vida era dura y más la del bailarín folclórico, y esa era su manera de prepararlos. Para ella, el bailarín folclórico “tenía que tener sangre y, si no aguanta cierta presión, no va a brillar en el escenario”.

Roberto Herrera, Malambo de boleadoras.

Entonces, te convertís en el primer bailarín del Ballet Popular, ¿y cómo pasaste de primer bailarín a asistente en el Ballet Nacional?

Cuando empieza el Ballet Nacional él me dice: “Mire, Roberto, yo lo necesito como primer bailarín y como asistente, porque vamos a ser dieciséis parejas más tres parejas de reserva.” En el Ballet Popular nosotros éramos ocho parejas como máximo. Yo sentí una responsabilidad enorme porque eso representaba que iba a tener que revisar los cuadros para pasarlos de ocho a dieciséis personas y de dieciséis a treinta y dos, y yo hasta entonces no era asistente, era el primer bailarín, pero ni cortaba ni pinchaba, me ponía donde me decían y hacía mi papel, los que dirigían eran Norma y el Maestro. “Bueno, va a estar Titina (Titina di Salvo) para la parte de las chicas”, me dijo.

¿Vos ya venías bailando con ella desde el Ballet Popular?

Exacto, ella era la primera bailarina. Pero yo sentía la responsabilidad de estar ahí, al frente, porque hasta entonces había muchos que opinaban, cada uno con su librito, muchos que se hacían los maestritos. Y había muchos que venían del Ballet Popular, porque pasaron el casting. “Bueno, Maestro, pero yo voy a poner una cierta disciplina.” “Usted haga, Roberto. Usted haga”. Así que en el primer ensayo que tuvimos, en cuanto empezaron a decir “Ah, pero, cuando estábamos en el ballet lo hacíamos…” yo les contesté: “De ahora en más vamos a hacerlo así: se hace la versión que yo digo. Todas las demás versiones se terminaron.” Y me tuve que poner en duro, porque, además, teníamos dos meses hasta debutar el 9 de julio en el Teatro Colón, televisado por ATC para todo el país. Y claro, muchos me odiaron, pero yo tuve que asumir un papel y no podía tener amigos. En realidad, lo que fueron mis amigos -y siguen siéndolo- fueron los que entendieron cuál era mi papel. A cara de perro en el ensayo y grandes amigos fuera del ensayo, nos tomábamos una cerveza y ningún problema. Y esos son Fabián Irusquibelar, que sigue siendo mi gran amigo, Jesús Velázquez, también.

Sin embargo, entrevistando a varios de ellos y a algunos que estuvieron después que te fuiste del Ballet, todos rescatan esa “disciplina”. “Nos enseñaron a ser profesionales”, dicen cuando les preguntás por el Ballet Nacional.

Y te habrán contado que, a la semana, no podían ni caminar, porque no tenían el entrenamiento físico para ensayar tantas horas. Pero los chicos respondieron todos muy bien, se la bancaron. Y después de ese debut del 9 de julio vino un año de trabajo durísimo para presentarnos en Cosquín, porque había que hacer un cuadro por noche. Y encima ese año no eran ocho, sino nueve lunas. Fue todo un proceso, importantísimo. Pero ahí empezó el quiebre.

¿Tu salida?

Claro, te explico. Resulta que un día en Cosquín, después de terminar el ensayo, se me acerca un señor y me dice: “Hola Herrera. Te felicito por el Ballet Nacional”. “A mí no, tiene que felicitar al Maestro Chúcaro, a Norma y a Nidia.” “Sí, El Chúcaro es la referencia máxima, pero vos sos el que hace que los bailarines estén ahí bailando y que tengan la disciplina que tienen. Y tienen tu estilo.” “No, no. El estilo es el de El Chúcaro. Yo lo único que hago es trasmitir.” Para mí era un orgullo bailar el estilo de El Chúcaro. Y ahí quedó. Pero resulta que eso le llegó a Norma y, cuando volvimos de Cosquín, después de una actuación en ATC con todas las figuras del momento -Los Chalchaleros, Los Hermanos Ávalos, Guaraní-, Norma se acerca y me dice: “Mirá, acá te traje el programa de Cosquín donde dice que vos sos el primer bailarín y el asistente, pero vos no sos el dueño del Ballet Nacional. Los directores y los dueños somos Chúcaro y yo.” Y ahí, yo dije “ya está”. Ahí sentí que el tiempo ya estaba cumplido, porque yo en ningún momento hice ningún tipo de planteo, ni de dinero ni de nada y tenía posibilidades de hacer otras cosas. Así que les dije a los dos que me quería ir porque quería seguir creciendo, seguir con el tango, y el Maestro dijo: “Sí lo entiendo, está bien. Usted tiene que seguir creciendo. Hágalo tranquilo.” Y Norma dijo: “Ah, bueno, chau”.

Con el tiempo yo a El Chúcaro lo iba a visitar. Y a Norma fui a visitarla, aunque una sola vez. Lo arregló Natacha (Porberaj) porque yo quería pedirle permiso para hacer en mi espectáculo el Malambo de los consejos del Martín Fierro, pero en lugar de hacerlo con cuatro varones como el original, yo quería hacerlo con chicas y chicos. Y lo hicimos- con Natacha, Cecilia Díaz, Oscar Gauna y yo. Y Norma me dio, no sólo el permiso, sino que me dio incluso el cassette con la música original.

La verdad es que, más allá de todo, si no hubiera sido por la generosidad del Maestro Santiago Ayala y de Norma Viola yo no hubiera podido estar en Buenos Aires, desarrollar una carrera. Y si no me hubieran vuelto a llamar no hubiera hecho nada de todo lo que hice hasta ahora en mi carrera, mi vida no hubiera cambiado tanto como lo hizo desde aquel año 86.

«Yo tuve el honor de trabajar con el Maestro Osvaldo Pugliese, con los maestros Leopoldo Federico, Julián Plaza, el Sexteto Mayor, con el maestro Salgán, con su gran orquesta, la última vez que se presentó, y con todos estos grandes maestros aprendí que este trabajo es muy fluctuante: una vez estás arriba y otra vez estás a bajo. Y otra vez se puede volver y así.»

¿Y cuándo conocés a Vanina (Bilous)? ¿Los presentó Eduardo (Arquimbau)? En su entrevista él contó que fue quien armó la pareja.

Efectivamente. Yo había hecho la prueba con mi compañera de La Ventana, Anita Tortorella, y Vanina se había presentado con Fabián Salas, justo después de haber dejado de bailar con Alejandro (Aquino), pero después ni Fabián ni mi compañera pudieron hacerlo y entonces Eduardo me propuso bailar con Vanina. Y así empezamos. A ella ya la conocían en Japón porque había viajado, inclusive con Pugliese. Ella ya era una gran bailarina de tango, mimada de la milonga. Una fenómena. ¿Quién no se lleva bien con Vanina? No conozco a nadie.

La verdad es que fue una compañera muy importante. Sobre todo porque era una etapa de formación, descubrimos muchas cosas juntos, ¡inventamos! cosas juntos que hasta el día de hoy se hacen, y se van a seguir haciendo. Y se van a perder en el anonimato, muchas cosas que nosotros dos inventamos, que ella inventó estando conmigo.

¿Dónde ves esas cosas hoy, en el escenario o en la milonga?

En los dos lados. Por ejemplo, ella inventó caminar para atrás para poder tener más fuerza, porque yo le pedía girarme con más velocidad. Como si estuvieras haciendo un giro, pero con una corridita hacia atrás veloz para que el hombre pueda hacer el planeo largo. Hoy se hace como algo normal, incluso se enseña como parte de lo social. Y no, lo inventó ella por un pedido mío, por decirte algo, pero inventó un montón de otras cosas, voleos combinados, ganchos de distintas maneras, muchas combinaciones.

La verdad es que todas mis compañeras siempre han sumado al baile, a la pareja. Yo siempre busqué tener una buena pareja de baile, no ser un gran bailarín, sino una buena pareja. Siempre busqué adaptarme con todas mis compañeras para tener una buena pareja.

¿Qué define a una buena pareja de baile?

Cincuenta y cincuenta. Si vos de a ratos te quedás mirándola a ella y de a ratos a él, y de pronto te quedás embelesado mirando lo que están haciendo los dos, eso es una pareja. Ahora si yo veo un gran bailarín y una gran bailarina, eso no es una pareja.

Roberto Herrera y Vanina Bilous.

Entonces viajan a Japón, y ahí explota tu carrera de tango.

Exactamente. Hicimos esos tres meses con Vanina con muy buena onda. Era muy interesante porque Eduardo había hecho una propuesta muy interesante, donde había un homenaje a Pugliese, y a nosotros nos tocaba, justamente, el pedacito de Recuerdo (años después Roberto y Vanina harían esta pieza con el maestro Pugliese, siendo muy recordada su performance hasta hoy). Eran unos treinta y dos compases -porque en realidad las estrellas del show eran Gloria y Eduardo-, pero le sacamos brillo, lustre, como si fuera el gran solo. Ella tenía muchas ganas de hacer cosas, y yo también. Y gracias al Negro (Jorge) Torres que me aconsejó “Vos ahora te tenés que comprar una cámara filmadora y filmarte, así te podés corregir”, lo hicimos. Incluso, él, muy generosamente filmaba en el espectáculo y después lo mirábamos. Todavía tengo esos videos en Hi8 que yo mismo o el Negro filmaba.

Y a partir de esa gira, ¿quiénes fueron los nombres propios que empezaron a llamar por teléfono, ahora, a tu casa?

En realidad, cuando volvíamos de Japón, fue Vanina la que me dijo “¿No te interesaría bailar con Pugliese?” Así que, en cuanto volvimos, ya había trabajo, ponele en dos semanas, en la Galería del Tango.

Pero la Galería era también de Eduardo, ¿no?

Sí, y Eduardo lo había contratado a Osvaldo para que toque con su orquesta en lo que era una cena show, y nosotros actuábamos con Osvaldo y su orquesta. Y ahí quedamos contratados y empezamos a bailar con Osvaldo. Y después de ahí Osvaldo tocó en la milonga que estaba atrás de donde se hacía la cena, y que es ese video que está dando vueltas. Que Osvaldo dijo: Vengan todos de negro y ¿quién es el único que se ve de blanco? Carlos Copello (risas). Él siempre adoró vestirse de blanco.

¿Y cómo era el Maestro (Pugliese)?

Era un tipo fantástico. Primero por su humildad, te hacía sentir como si fuera uno más aunque era inalcanzable. Podías ir a la casa cuando quisieras. “Vení, vení.” No sé cómo explicarte. Nosotros salíamos de ensayar con Vanina y decíamos “¿Pasamos por lo de Osvaldo?” y pasábamos, así no más, sin previo aviso, y Lidia supercontenta “pasen, pasen”. Él se levantaba y practicaba a la mañana en su piano, que estaba en su habitación especial. Hablábamos de cosas banales. Las cosas serias que él decía, yo las leía o las veía en los reportajes. No por nada, sino porque él era así. Siempre hacía alguna broma. En el escenario, cada vez que pasábamos cerca de él, me decía “Muy bien, Robertito” (con tono socarrón). (Risas) La primera vez me sorprendió, después me di cuenta que lo hacía a propósito y si no me lo decía, lo extrañaba.

Esto era así, porque había celos con la Orquesta. Porque, si nosotros bailábamos en el escenario, los músicos se tenían que ir hacia atrás como dos metros. Entonces cuando ellos iban a ensayar, se corrían para adelante. Así, cuando nosotros ensayábamos teníamos dos metros, pero después cuando salíamos teníamos un metro y medio. Y para colmo, muchas veces el escenario no era tan grande, sobre todo si era un teatro viejo. Entonces yo tenía de referencia el piano de Osvaldo.

«…cuando yo a Osvaldo le decía Maestro, él me respondía: “¿Maestro yo? Maestro ciruela”. ¿Sabés el chiste? Maestro ciruela, el que quiere enseñar y no tiene escuela. “No, no, yo no soy ningún maestro”, decía.»

¿Algún consejo que te diera Osvaldo?

Uno de los consejos importantes que me dio fue cuando me dijo: “Robertito, tenga cuidado con la noche. Si le ofrecen algo, diga que está resfriado…” (risas).

Ese era Osvaldo, un fenómeno, una persona buena, una persona… ¡Eso! Una persona buena. Mucha gente decía que cuando era más joven era más cascarrabias, más peleador. Cuando yo lo conocí era un señor superbueno. Y eso de que la orquesta era una familia ¡nooo es verdad! No, no, no (ríe).

Bueno, en todas las familias se cuecen habas… (risas)

¡Sí! Está todo bien. Es lo que había. Aunque, tengo que aclarar que, con los cantantes, nosotros nos llevábamos recontrabien. Ellos con nosotros eran unos fe-nó-me-nos. Abel (Córdoba), Adrián (Guida), superamables. Con Abel me sigo escribiendo, Adrián falleció en el tiempo que estaba yo todavía bailando con Pugliese, una gran pérdida, muy buena persona. Los dos fantásticos compañeros.

¿Y después seguiste haciendo giras con Beba Pugliese, no?

Con Beba Pugliese hice dos giras por Japón, la primera con Vanina Bilous y la segunda con Natacha Poberaj. Una cosa linda para destacar es que en la segunda gira con Beba también tocó Carla Pugliese, hija de Beba, y bailamos un tema de ella. O sea que tuve el placer de bailar con las tres generaciones Pugliese, padre, hija y nieta.

Y estuviste en Tango Argentino en Broadway ¿y en Buenos Aires, también?

Yo estuve en el alargue de Tango Argentino que se hizo en el Lola Membrives en el 92. Esas últimas dos semanas, y después me sumé otra vez para una función especial en el Astral, y en el 2000 en Broadway, y otra vez más en el 2004 para el cumpleaños de Tango Argentino.

¿Y cómo fue esa experiencia?

Tango Argentino representaba lo máximo. Yo venía de hacer una gira con Vanina, con la Orquesta de Osvaldo, y mi hermano me cuenta que Claudio Segovia me buscaba para bailar con Carolina Iotti porque Pablo Verón se iba al Lido de París; y Vanina me dijo: “¡Qué orgullo! ¡Qué bueno! Por mí no te preocupes, ¡hacelo, hacelo!”. Entonces esa misma noche que llegué, en la pensión en la que vivíamos, mi hermano me pasó la coreografía, y al día siguiente fui a ensayar con Carolina al Lola Membrives. Hacíamos La Cumparsita al estilo francés y Tanguera, que la habían incorporado Pablo con Carolina. Pero Carolina me pidió que hiciéramos otra coreografía. Al principio, a Claudio le mostramos sólo la variación y él nos dijo “Ok, me gusta. Pero yo quiero que la hagan con muchas diagonales. Porque yo a Tanguera la siento así, muy transitada en todo el escenario, que va y viene con diagonales, líneas rectas hacia la gente, líneas hirientes.” Para mí fue superclaro. Lo armamos, se lo mostramos y Claudio dice “Sí, perfecto. Está muy bien. Hoy lo estrenan.” “Ah, bueno”. “Pero yo tengo un problema con vos. Vos tenés bigote y para mí el espectáculo de Tango Argentino es sin bigotes, porque el bigote a mí me recuerda mucho al tiempo de la dictadura. ¿Vos tendrías algún problema en afeitarte?” “¡Ningún problema!” Salí de ahí directo a la farmacia, me compré una prestobarba y pipi pipi pi… me saqué el bigote.

Y de toda esa carrera, ¿Qué momentos te emocionan especialmente cuando los recordás?

Cuando empecé a trabajar con Pugliese, porque eso significaba que tenía un trabajo que me iba permitir seguir estudiando. Porque sabía que aún me faltaba prepararme mucho. Y gracias a Vanina pude estudiar con Antonio Todaro. Ella me propuso tomar unas clases y yo le pregunté “Sí, pero… ¿cuánto sale?» Y quizás no era tanto, pero para mí representaba cuatro días de mi vida. Pero fui a la primera clase y dije: «¡Uh, es por acá!» Entendí por dónde era el tango con Antonio. Aunque él no enseñaba a bailar social, él enseñaba series, pero lo importante es que enseñaba con marcas. Tomábamos clase una vez por semana y el resto, practicábamos. Por suerte Vanina tenía la voluntad de practicar cosas que ya sabía. Ella era mucho más bailarina que yo, mucho más. Y Eduardo (Arquimbau) también me dio una gran ayuda, porque me dejaba practicar, sin pagar, en la Galería del Tango.

Además, empezar a trabajar con Osvaldo me permitió que los milongueros me aceptaran, porque yo era un gaucho. “Así que estás bailando con Osvaldo. ¡Cuidado!, tenés que bailar con el estilo de Osvaldo. Tenés que tener mucho cuidado de no lastimar la música de Osvaldo.” “¿Y cómo es el estilo de Osvaldo? ¿Cómo hago para no lastimar su música?” “Y… vos sos muy gaucho. Tenés que dejar de caminar el pasto para pisar más el asfalto”. “Pero, ¿cómo? Decíme, mostráme.” “Ah, yo no bailo ese estilo. Pero fijate que el lápiz no es una coctelera.” (Risas).

¿Y cómo era?

Elegante.

¿Tipo Villa Urquiza?

Ni… Te cuento cómo me lo explicaron: “Mirá la orquesta, pibe, ¿cuál de los músicos es el más elegante?” “Qué se yo… ¿el piano?” “¡No! ¡El violín! Ese es el más elegante. Fijate cómo pone el brazo, a qué altura, esa es la postura para bailar Pugliese.” ¡Ohhh! Descubrí América con eso. (Risas).

«…empezar a trabajar con Osvaldo me permitió que los milongueros me aceptaran, porque yo era un gaucho. “Así que estás bailando con Osvaldo. ¡Cuidado! …Tenés que tener mucho cuidado de no lastimar la música de Osvaldo.” “… vos sos muy gaucho. Tenés que dejar de caminar el pasto para pisar más el asfalto”. …“Mirá la orquesta, pibe, ¿cuál de los músicos es el más elegante?” …¡El violín! Ese es el más elegante. Fijate cómo pone el brazo, a qué altura, esa es la postura para bailar Pugliese.”»

Ahora empiezo a entender la pasión de todos los de tu generación y un par más que vinieron después, de los que pudieron estudiar con aquellos milongueros, sin tanta técnica: era realmente una aventura aprender a bailar tango, había que romperse la cabeza, no sólo los pies, para descifrar un paso. ¡¿Cómo no apasionarse?! ¡Te rompía la cabeza hasta que le encontrabas el yeite!

Y también mucho trabajo para no herir, no lastimar, porque para nosotros era muy importante ganarnos su respeto. Porque vos podías estar bailando tango, aprendiendo, pero para que te hablaran de milonguero a milonguero, aunque fueras todos los días a la milonga, tenías que tener un diploma que yo creo que todavía no me lo gané.

¿Y con qué otros milongueros tomaste clase?

Con Balmaceda (Miguel) cuando estaba en Canning. Él sí enseñaba tango social. Te tenía tres meses caminando.

¡Impensable hoy!

¡Imaginate! Pero después entendías por qué te tenía caminando tres meses. Era para ir a ritmo, entender la intención, para que vieras que no era lo mismo bailar Pugliese, que Di Sarli, que D’Arienzo. Y cuando vos los veías bailar a ellos, lo entendías.

También tomé clases de milonga con Pepito (Avellaneda). Con los Borquez, Carlos y María Inés; y también con otros señores que no eran muy conocidos.

Y con muchos milongueros compartí muchas charlas, como con Poroto o Petaca.

¿Qué me podés contar de Poroto, de Petaca? Tampoco hay tantos que hayan compartido con ellos.

De Petaca me acuerdo de sus zapatos con una punta muy marcada. Él decía que eso era muy milonguero porque te estilizaba el pie. Y en cierto punto tenía razón. Después él me dijo: “Vos tenés que caminar haciendo ochos. Ahí está el yeite del tango. Ahí está la onda.” Y es cierto, yo seguí esa onda, después se transformó en caminar en línea, pero la intención de hacer ochos para mí es lo que le da cadencia al tango. Y ahí está la esencia del tango, así que tenía razón. Hoy lo podemos explicar desde la técnica, y cómo la cadencia tiene que ver con la cadera o con el torso, o con la disociación, o la asociación y tenemos doscientos millones de cosas técnicas para hablar; pero, en aquel momento, con eso que me dijo ya te daba un vaivén que hoy llamamos cadencia. Y está bueno, porque cuando lo hacés, sentís que la música también está.

Otra cosa que me acuerdo de Petaca es que él era mucho de marcar a la chica aprisionándole las piernas -cosa que ya no se usa más- y hacía una cadencia muy linda. Figuras que no son tan conocidas, tan… ¡estándar!

No, de estándar no tenían nada ellos.

¡Nooo! Petaca por ejemplo te hacía una sacada con el taco que era maravillosa, que le quedaba bien a él. Él tenía muchas cosas así, chiquititas, que eran lindas, muy lindas. Ya su manera de hablar era tango. Por ahí te hablaba de la naifa, algo que ya no era ni de ese tiempo, pero él seguía.

Y de las milongueras ¿quiénes te salían?

La Negra Margarita. En realidad, la primera vez venía ella y te sacaba a bailar. Después yo siempre, siempre, siempre la sacaba. Martita Antón. Y otras señoras que lamentablemente ya no están.

«Cuando yo pregunté qué es el tango, me lo definieron con tres palabras: elegancia, musicalidad y bailar con otra persona. Para mí lo básico es eso: el tango es elegante. Aunque también tiene que tener barro, obviamente. Algunas veces, ves una pareja en la milonga que baila bárbaro, estupendo, pero no escuchan la música, están haciendo sus pasos de memoria, te das cuenta que no se puede hacer a esa velocidad si no es de memoria, no se puede marcar a esa velocidad. Entonces es mentira, estás bailando algo de mentira para mostrarte, para que te contraten.»

¿Qué otro momento especial te podés acordar de tu carrera? Alguno que hayas dicho ¡Guauuu, mirá dónde estoy!

Resulta que cuando se separan Osvaldo (Zotto) con Guillermina (Quiroga), a ellos justo les habían propuesto un espectáculo en Michalengelo que estaba reabriendo después de mucho tiempo. Ellos venían de trabajar ahí con Miguel (Zotto) y Milena (Plebs) en una versión más reducida de Tango X2, pero Miguel se iba de gira. Entonces, cuando Osvaldito se separa de Guillermina, la llama a Vanina para avisarle que estaban buscando una pareja. Así que fuimos, nos presentamos. En esa primera reunión conocí a Horacio Ferrer y al maestro Berlingeri que iba a estar con su orquesta. Él odiaba a los bailarines. Pero ese día hicimos la prueba con Berlingeri. Nos preguntó que queríamos bailar y nos tocó Milonga de mis amores. Después vino también Adriana Varela, que en ese momento no era muy conocida todavía, y le tocó Uno para que cantara. Y después llegaron Los Borquez y ahí nos dicen que Horacio iba a armar el espectáculo con las dos parejas, la orquesta de Berlingeri -aunque después sólo llegó a hacer dos funciones porque se fue de gira y vino Carlitos Buono- y Goyeneche. ¡Imaginate! Estábamos el Polaco, Carlitos Borquez y yo en el mismo camarín! ¡Una locura! ¡Yo compartía camarín con ellos!

Y el espectáculo funcionó maravillosamente, fundamentalmente porque estaba el Polaco que hacía mucho que no se presentaba de noche. Y empezó a venir gente como Sandro, Fito Paéz, Charly García, Julio Boca, toda gente que venía por él y que traía a otra gente del ambiente artístico. Y fui a invitarlo al Maestro, a Chúcaro. Y vino, cosa que él nunca, él estaba metido en su cueva y era muy difícil hacerlo salir. Cuando le dije al Polaco que iba a venir Chúcaro, me dijo “¡¿Nooo?!, ¿Sí? ¡¿Cómo hiciste para sacarlo?!” Y fue fantástico cuando al terminar el show el Maestro vino a saludar al camarín. Todos estos eran unos genios y se conocían todos, se miraban y se reían. Se reían de sus andanzas.

¿En alguno de esos momentos se te vino al pensamiento el pibe que empezó a bailar en Jujuy?

No. En ningún momento. Hubiera sido terrible. O hubiera entrado en un pánico terrible por no sentirme merecedor de estar en ese lugar, o, tal vez me pasaba todo lo contrario y me hacía un engreído, como les pasó a tantos compañeros que tuvieron su momento de pelotudez, de creerse Gardel y Lepera. Yo tuve el honor de trabajar con el Maestro Osvaldo Pugliese, con los maestros Leopoldo Federico, Julián Plaza, el Sexteto Mayor, con el maestro Salgán, con su gran orquesta, la última vez que se presentó, y con todos estos grandes maestros aprendí que este trabajo es muy fluctuante: una vez estás arriba y otra vez estás a bajo. Y otra vez se puede volver y así.

¿Te quedó algo por hacer?

La verdad es que tengo muchas cosas por hacer, pero ya no las puedo hacer. No las puedo hacer físicamente, creo que las podría hacer otro.

Yo soy un admirador del bailarín de clásico, sobre todo de la época de Nureyev. Me acuerdo de una noche que estaba mirando la tele y veo a Rudolf Nureyev bailando El Quijote, que era una cosa extraordinaria, yo me volví loco con el tipo. Entonces justo llega mi papá y digo: “¡Mirá cómo baila! A mí me gustaría aprender.” “¡Ni loco! Vos seguí con el folclore si querés aprender.” Quizás si mi viejo no hubiera pensado así, a lo mejor yo hubiera hecho ballet clásico, tal vez, nunca sabés. Tomé unas clases cuando tenía 15 años, específicas para hacer saltos, piruetas. Y, cuando volví de Buenos Aires a Jujuy, a fines del 86 y en el 87, tomé clases de clásico, nuevamente, en el Ballet de la provincia con la Señora Scilingo, y ahí se hizo El Quijote y yo hice dos personajes: el Quijote y el Torero.

Y mirá lo que son las cosas, en el 2005 en mi primera gira a Europa, viene un tipo y me dice que era productor y nos quería contratar. Luigi Pignotti, con quien trabajamos durante quince años, con dos temporadas, invierno y verano. Él había sido el manager de Nureyev durante veinticinco años. Así que a través suyo y de su mujer conocí mucho a Nureyev.

«Usted no tiene que considerarse un gaucho, usted tiene que considerarse un bailarín. Y si usted es un bailarín tiene que bailar muy bien folclore y ¡tango!»

De El Chúcaro a Roberto.

¿Cómo ves al tango y al folclore en la actualidad?

Todo ha cambiado, todo es más rápido, todo ya, ayer. Tampoco es que yo quiera volver cuarenta años atrás, los chicos tienen otra manera de hacer las cosas, pero creo que nosotros fuimos más creativos, más como trabajadores manuales en descubrir cosas.

¿Como artesanos?

Exactamente, artesanos del tango. Para descubrir cosas en las que ellos, Chúcaro, Antonio, habían puesto su fantasía. Ellos eran muy fantasiosos, unos creativos increíbles. Creo que hoy en día lo que falta es tiempo para dedicarse, como tuvimos nosotros. Sobre todo en los 90, porque después ya fue correr detrás de la zanahoria o porque necesitabas comprarte un auto o un departamento. Y después decís “si hubiera dedicado más tiempo a esto otro, capaz que hoy en día hubiera sumado más.”

Hoy estoy en una etapa de sumar más cultura. Por ejemplo, yo ahora quiero presentar con mi señora una cueca y un carnavalito, pero para eso, como le dije, ella tenía que ir a Jujuy.

¿Por qué necesitaba ir a Jujuy para poder bailar una cueca?

Porque es parte de una cultura que tiene que conocer, porque, si no, es solamente plástico. Si no podés ser un gran bailarín, podés moverte muy bien, pero te falta entender por qué se baila un poquito agachado, porque no entendés el clima de allá. Cuando vos estás allá y te viene el viento de frente y te tenés que agachar, ahí te vas a dar cuenta por qué tenés que hacer eso. Y te vas a dar cuenta, también, cuando veas a esa gente plantando sus hortalizas desde las 6 de la mañana hasta las 6 de la tarde, de por qué tiene su cuerpo dañado y/o acostumbrado a una postura que les produce una curva, que es la que tenés que adquirir para parecer de ese lugar.

Yo siempre orienté mi búsqueda por ahí, al análisis. Si buscaba un tema, por ejemplo Boedo, decía: ¿a ver cuántas versiones hay de Boedo? Y las escuchaba todas hasta elegir cuál lo representaba mejor, sobre todo a la época cuando lo hizo el autor. ¿A ver cómo era?, documentémonos porque seguro el tema está impregnado de eso. Esta forma de estudiar la aprendí con Chúcaro. Él siempre decía lo mismo: “Yo tengo la mala costumbre de comprar libros y de leerlos”. Yo creo que la documentación es fundamental. Porque muchos se han dedicado solamente a repetir lo que escuchaban y agregar cosas que creen que podrían haber sido así. Yo puedo creer a alguien cuando me presenta un documento, por ejemplo, un video.

¿Y qué te preocupa del tango hoy? Ya sea del tango social o del tango escenario.

En relación al tango escenario me parece que hoy en día circula por un momento fantástico, tanto de música como de baile. Yo escucho muchos grupos nuevos y me parece que se vienen cosas muy lindas, muy buenas. No sólo en Argentina, sino en Uruguay también. Se está tocando un tango tradicional, pero con letras aggiornadas, con cosas identificables en la actualidad.

Me preocupa que se mezclen un poco los estilos. Me parece que en el Mundial hay que hacer otras categorías. Aplaudo la categoría Senior que han hecho, porque se ha ido tan rápido que gente entre 35 y 40 años se sentía afuera de todo. Me parece que se tienen que hacer otras, hacer un tango acrobático también, porque hay chicos que trabajan mucho y muy bien para hacer acrobacia con cierta esencia tanguera, que es un trabajo muy difícil. Me parece que el tango acrobático ha crecido mucho y se merece una nueva categoría.

Y en cuanto al tango social, en Europa está pasando lo que yo vi en Japón hace muchos años, que un día me sorprendió que llegaban a la milonga con una toalla, como si fueran a un gimnasio, porque ellos tenían que bailar todo el tiempo. Transpirar en la milonga se transpiró siempre, no es de ahora. Pero lo que yo aprendí y sigo implementando es llevarme el pañuelito. El problema es que esto tiene que ver con que la gente cuando va a la milonga tiene que bailar ¡todooo!, no podés perdonarle ni a las cortinas ni a nada, porque vos tenés una hora y media para ir a bailar a la milonga y después te tenés que ir a casa a dormir.

«Yo a la milonga voy a disfrutar… me preocupa más hacer que la persona con la que bailo también disfrute, que hacer el paso de la sacada, o el enrosque, o el doble enrosque, o la triple volcada para mostrarme, y para el bravo y el aplauso. Yo como profesional ya tengo el escenario… Lo que pasa es que es difícil bajar del escenario, pero uno, si quiere, aprende.»

Cuando yo pregunté qué es el tango, me lo definieron con tres palabras: elegancia, musicalidad y bailar con otra persona. Para mí lo básico es eso: el tango es elegante. Aunque también tiene que tener barro, obviamente. Algunas veces, ves una pareja en la milonga que baila bárbaro, estupendo, pero no escuchan la música, están haciendo sus pasos de memoria, te das cuenta que no se puede hacer a esa velocidad si no es de memoria, no se puede marcar a esa velocidad. Entonces es mentira, estás bailando algo de mentira para mostrarte, para que te contraten.

¿En dónde ves el barro del tango? ¿O dónde lo fuiste a buscar vos?

El barro del tango lo tenían los milongueros. Hoy lo veo, tal vez, en los lugares menos concurridos. El barro del tango todavía lo tienen algunos que al bailar utilizan la picardía, el “repentismo”, cuando para solucionar un error hacen algún movimiento o meten algún paso que vos te das cuenta que es natural de esa persona, que está bailando así porque esa persona es así, que no está haciendo un baile de plástico donde está todo perfectito.

«El barro del tango lo tenían los milongueros. Hoy lo veo, tal vez, …en algunos que al bailar utilizan la picardía… cuando para solucionar un error hacen algún movimiento o meten algún paso que vos te das cuenta que es natural de esa persona, que está bailando así porque esa persona es así, que no está haciendo un baile de plástico donde está todo perfectito.»

Ves el Mundial y están todos vestidos casi iguales porque todos se hacen la ropa con el mismo sastre o diseñador. Eso no es el tango. Está bien que estés elegante, pero tenés que buscar tu propia personalidad.

Lo que hoy está bueno es que los zapatos casi bailan solos. Porque esos zapatos como mucho pesan, no sé, ¿10 grm? Cuando nosotros empezamos, bailábamos con los zapatos de calle. ¡Es verdad! Los zapatos que hoy conocemos como zapatos de tango, específicos, tanto de hombre como de mujer, los trajimos de Japón, porque en los viajes íbamos a Chacott, una empresa que todavía hoy vende zapatos y vestimenta para danzas. Un día yo lo vi a Eduardo (Arquimbau) que tenía un zapato raro, y le digo “¡Pero, qué blandito es ese zapato!” “Sí, porque yo me los compro en Japón”. Y así con el Negro Torres fuimos a Chacott y nos compramos los primeros zapatos. Después busqué un zapatero en Buenos Aires y le dije: “Haceme unos zapatos como estos, pero de esta otra forma”. Y así empezó la industria del zapato de tango. ¡No es que diga que lo empecé yo! Yo no puedo decir eso. No es que yo lo inventé, Eduardo ya lo había descubierto, yo seguí los pasos de él.

¿Y al folclore cómo lo ves en la actualidad? ¿Qué te preocupa?

Me preocupa lo mismo que me preocupa del Ballet Nacional. No es que yo quiera que siga siendo Chucariano -aunque a mí me parece que las composiciones y obras que han dejado Chúcaro y Norma siguen funcionando- pero después de Norma y Nidia Viola los que asumieron intentaron hacer del Ballet Nacional, el Ballet Nacional Contemporáneo. Y cuando lograron su objetivo, tener su ballet contemporáneo, dejaron al Ballet Nacional con esta contaminación del contemporáneo y falta lo folclórico, y, entonces, todo se va tergiversando, pierde valor lo auténtico. Porque ¿a dónde van a mirar todos los demás chicos que se dedican al folclore para reflejarse, sino al Ballet Nacional?

¿Y por qué organizar una milonga, además de todo lo que hacés?

La milonga es importante para la parte social. O sea, la gente que no es profesional ¿Para qué toma una clase? No para que se lo tomen, como yo les digo, sobre todo acá en Alemania, como si fueran al gym. Bailar tango no es ir a hacer gimnasia. Es importante transmitir estas cosas. Es algo fundamental a lo que yo estoy abocado.

¿Y eso crees que se trasmite mejor en la milonga que en las clases?

La milonga es el lugar social para trasmitir la parte cultural. Y nosotros, los argentinos, o los que tenemos más experiencia, no solamente los argentinos pues hay mucha gente en el mundo que estudia y se argentiniza, y se aporteñiza, tenemos que trasmitirlas. Obvio que hay gente que se resiste: “No, porque a nosotros los japoneses no nos gusta tal o cual cosa…”, o “No, porque a nosotros los colombianos nos gusta esto otro…”, bueno, yo te puedo respetar, pero si estás haciendo una danza específica, nacida en un país y a través de una cultura específica, creo que hay que tratar de conocer esa cultura

«Yo creo que lo social le da el alma al tango. Porque así fue como nació, para sociabilizar. Más allá de las doscientas teorías de cómo nació el tango… básicamente, nació para sociabilizar.»

Pero, Roberto, voy a hacer de abogado del diablo: yo puedo entender que a un argentino le implique un valor profundizar en el conocimiento de su cultura, pero, para el extranjero que sólo quiere bailar ¿qué le aporta estar en la milonga? Y no me refiero a la parte del baile porque se puede entender, justamente, como decíamos, como un gimnasio, un espacio de práctica. Vos estás hablando de otra cosa, de socializar en la milonga y adquirir códigos, los famosos códigos, que, en realidad, no son más que nuestras formas de relacionarnos. ¿Qué le suma eso al tango?

Yo creo que lo social le da el alma al tango. Porque así fue como nació, para sociabilizar. Más allá de las doscientas teorías de cómo nació el tango y si fue prostibulario o no -yo no creo tanto eso, yo estoy muy abierto a muchas otras ideas- básicamente, nació para sociabilizar.

Te doy un ejemplo, ahora que nosotros estuvimos en Buenos Aires, una noche fuimos al Marabú, teníamos hecha una reserva, pero llegamos tarde y se cayó. Nos pidieron disculpas y nos dijeron “pero tienen espacio, fíjense donde quieren sentarse”. “No hay ningún problema”, hicimos tres pasos y ya vimos gente que conocíamos, sentados pegados a la pista, “¡Eh, vení acá, vení acá!” Nos sentamos ahí, estuvimos hablando tres horas, no bailamos en ningún momento, sólo contándonos cosas. Y después, “¡Uy, qué lindo tango! ¿Bailamos esto?” “Dale, bailemos.” Eso es tango.

Encontrarte con amigos, ¿te dispone distinto al abrazo, al baile?

Totalmente. Cuando vos escuchas una música que te mueve y estás relajado, contento, disfrutás desde otro lado bailar esa tanda con la persona con la que estabas hablando, intercambiando o recordando cosas.

¿Te dispone de otra manera al baile, tal que pueda aparecer esa “picardía” que hace al barro del tango porque al estar más libre, más relajado, es más un juego, y si aparece el error no es un problema?

¡Esooo! A no tener miedo a equivocarse. Porque equivocándote aprendés, crecés.

Es como el alumno que llega a la clase, todo cerrado, y cuando se va lo ves contento y te dice: “Ay que bien que me hizo la clase”. Me alegra un montón porque eso tiene que ser la clase, no una cosa estricta, en la que un supermaestro le marca todo el tiempo al alumno: “¡No! ¡Así no!”, “¡No! ¡Te estás equivocando!”. Yo me acuerdo de las dificultades que tuve para mejorar mi tango con maestros que eran muy severos, y algunos que ni siquiera te sabían explicar y sólo te decían “Mirá cómo lo hago y hacelo”, y la próxima vez que lo hacía, lo cambiaba.

Aunque te tengo que decir que eso también te daba una agilidad en la cabeza, que hoy en día no la tiene el alumno con tantas explicaciones. El tango se ha ido profesionalizando, y me parece que por un lado está bueno pero, por otro lado, deja de tener ese… ese “qué se yo”… (risas).

El yeite.

Yo trato que no se pierda. Cuando yo miraba cómo lo hacía el milonguero o la milonguera, lo que más me interesaba era la manera, no solamente la combinación de pasos, sino cómo lo respiraba, cómo pisaba, cómo movía el cuerpo, cómo lo marcaba, qué cadencia tenían el cuerpo, cómo movía la rodilla hacia adentro y se apoyaba, la madera de acentuar la musicalidad, todo eso era lo más importante para mí de observar, porque ellos no me lo podían explicar.

Lo que hacía más a la interpretación que a la mecánica del baile.

Claro. El mejor ejemplo es una anécdota con Teté (Rusconi). Me acuerdo una vez que yo le decía: “¡Pero qué cadencia que tenés cuando bailás el vals!” “Claro, porque yo tengo una pierna más corta que la otra”, (risas).  Esa era la explicación de su cadencia. Digamos que lo que el tipo tenía en contra, lo ponía a jugar en su favor. Eso es lo que es el tango. Entonces, me parece muy bien la profesionalización, pero se pierde un poco la picardía que te ayuda a solucionar ahí, en el momento.

Como pasó el otro día en clase. Les digo: “ahora hágan girar a la chica y que mantenga el ritmo.” “¿Pero, yo qué hago?” “Le marcás para que gire.” “¿Pero con mi pie qué hago? ¿Dónde pongo el pie? ¿Hago la sacada?”, entró en pánico porque aprendió con pasos. El giro metiendo pasos para hacer una sacada, o lo que sea, eso es de profesional, de milongueros avanzados, se hizo para lo profesional, pero, en realidad, lo más importante es bailar la música, que la otra persona te pueda seguir, que vos le puedas marcar.

¿Hubiera sido una opción quedarse parado mientras hace girar a la otra persona?

Totalmente, pero para quién preguntaba eso era inverosímil, no podía ser, no existe hacer eso. Y eso es terrible porque quiere decir que no se entendió el espíritu del tango. Así se pierde el disfrutar y el hacer disfrutar a la otra persona.

«Cuando el tango nació, a inicios del siglo pasado, la gente laburaba 18 horas por día y si después iba a bailar tango era para divertirse, no iba a pasarla mal, quería pasarla bien. Entonces, no tenés que sufrir para aprender a bailar tango, hay que divertirse porque es una forma de expresión. …¡Divertite! Porque, si no te divertís, no es por ahí la cosa. Si vos lo sufrís, no es por ahí. Y, aún, cuando lo tomes como una profesión, como una disciplina, también, si no te divertís, si no lo pasas bien, no vas a ser sincero y no lo vas a trasmitir. Y lo peor es que vas a terminar dejándolo.»

¿Y el espíritu del tango qué sería de lo que vos estás diciendo? ¿Disfrutar y hacer disfrutar? Eso que vos decís que se pierde cuando se profesionaliza el baile.

Y, yo creo que sí. Eso es el tango social. Al menos para mí. Yo a la milonga voy a disfrutar, y en ese sentido me preocupa más hacer que la persona con la que bailo también disfrute, que hacer el paso de la sacada, o el enrosque, o el doble enrosque, o la triple volcada para mostrarme, y para el bravo y el aplauso. Yo como profesional ya tengo el escenario, en la milonga me preocupo más por la persona con que estoy bailando porque tengo ganas de bailar con esa persona, si no me aburro. Lo que pasa es que es difícil bajar del escenario, pero uno, si quiere, aprende.

Roberto Herrera con Ani Andreani.

¿Por qué es difícil bajar del escenario?

Porque ese reconocimiento se traslada -o lo querés trasladar- a todos los ámbitos. Y llegas a una milonga y “¡Oh! Llegó el maestro Roberto Herrera”, y vos querías pasar desapercibido, estar con tus amigos y relajarte. A veces te pondrías una máscara porque bastaría con que sólo te dijeran: “Ah, hola, viniste. ¡Qué lindo!”, y punto. Pero no, ya desde la entrada: “¡Ah, no! Vos no pagás.” ¿Y por qué no voy a pagar? Si vos tenés que bancar la luz, los impuestos, un montón de cosas, además de todo el tiempo que tenés que ponerle de preparación y después. Yo no te digo que al final de la noche ganes muchísimo, pero tampoco es la idea perder.

¿Y qué opinás de las clases de tango social? Porque cada vez se tecnifican más.

Sí, hay alumnos acá en Alemania que me dicen que yo no enseño como otros profesores que me dicen que son muy estrictos, sobre todo los que no son argentinos. “Bueno, pero el tango no es eso. El tango nació alegre. No nació con el Pugliese de la última etapa, superdramático. Cuando nació, a inicios del siglo pasado, la gente laburaba 18 horas por día y si después iba a bailar tango era para divertirse, no iba a pasarla mal, quería pasarla bien. Entonces, no tenés que sufrir para aprender a bailar tango, hay que divertirse porque es una forma de expresión. Y eso lo tenemos que trasmitir nosotros, los maestros. No creernos que somos San Martín o Belgrano y que estamos en el bronce y somos intocables. Mirá, yo tengo 50 años en la profesión y esto me da la capacidad para decirte “¡Divertite! Porque, si no te divertís, no es por ahí la cosa. Si vos lo sufrís, no es por ahí. Y, aún, cuando lo tomes como una profesión, como una disciplina, también, si no te divertís, si no lo pasas bien, no vas a ser sincero y no lo vas a trasmitir. Y lo peor es que vas a terminar dejándolo.”

«Creo que para seguir adelante no tenemos que olvidar la raíz. Atahualpa Yupanqui que era muy amigo de Chúcaro, una vuelta que estuvo en la casa del Maestro dijo: “Para que vivan los hijos no es necesario matar a los abuelos.”»

Ojo que yo a las clases las entiendo muy importantes, sobre todo para los bailarines profesionales. Tenemos que seguir tomando clases siempre, esa es la manera de estar, sobre todo, aggiornado. Me parece que siempre es bueno intercambiar conocimientos. Y la mirada de una persona de afuera es muy importante. Nosotros seguimos haciendo clases…

¿Vos seguís tomando clases, todavía (con énfasis), después de 50 años?

Sí, sí, yo hago clases. Muchas veces voy a las clases grupales de compañeros sin avisarles

¿Y cómo reaccionan de tener a Roberto Herrera en sus clases?

La verdad les pido que no me presenten ni nada, porque también me interesa mucho el punto de vista del alumno. Por ejemplo, me pasó en una clase que una chica me dice “Ay, me estás apretando mucho la mano”, y tenía razón, yo no me daba cuenta, y por ahí mis alumnos y mi compañera no me lo decían.

¡Qué compromiso el tuyo con tu baile! Con mejorarlo. Exponerte a que alguien con menos experiencia, o menos trayectoria que vos, te critique.

Pero me parece que está bueno porque, justamente, la persona que no tiene tanto conocimiento es más sincera. No como muchas veces que, por el respeto y esas cosas, te dicen algo, pero no así, directamente. Entonces, eso es algo para poder sumar.

¿Seguís teniendo tu compañía?

¡Sí! De hecho, estamos preparando una actuación para el próximo 3 de mayo en el Prinzregententheater en Múnich, que es un teatro para más de mil personas en el que ya estuvimos este año y nos volvieron a contratar. Somos cinco parejas de bailarines, argentinos y alemanes, argentinos que viven en Alemania, una pareja también que él es argentino y ella es griega, de Atenas, y una pareja de italianos de Módena, un quinteto de música, más un grupo coreográfico de siete parejas, cinco de Milán y dos alemanas que se están formando en mi curso de escenario y que van a hacer su debut en este show. Antes vamos a estar del 25 al 29 de marzo en Milán y el 30 en Módena. Y después en septiembre tenemos otras actuaciones en Italia. Porque, como te decía, desde el 2005 yo trabajé muchísimo en Italia, entonces tengo muchos contactos allá y gente que me está llamando siempre.

Y después con Ani (Andreani), mi esposa, estamos yendo a Atenas en Abril, luego al ‘Stromboli Tango Festival’, y luego estamos organizando unas Vacaciones Tangueras en Buenos Aires del 22 de agosto al 2 de septiembre, y del 3 al 7 de septiembre en Jujuy, donde, además celebraré mi cumple número 61.

Y sigo dando mis clases junto con mi mujer en Múnich, y en Italia, en Milán y en Módena.

¡Cincuenta años de profesión y no parás! (Risas)

¡No! A veces la gente cree que estoy jubilado, pero ¡no!. Un dato interesante, hablando con mi mujer, sacamos la cuenta que tengo 28.000 horas de clases dadas. ¡Increíble!, ¡Tres años y dos meses y medio de clases!!!

¿Querés decir algo más para terminar Roberto?

No quiero dejar de nombrar a mi hermano, Tani, Estanislao Herrera, mi fuente de inspiración, mi apoyo total. Muchísimas de las cosas que yo he hecho en esta profesión no hubieran sido posibles sin el apoyo de mi hermano. ¡Hasta el sacrificio de mi hermano! Muchas veces él ha hecho sacrificios en pos de que yo pudiera viajar, actuar. Él era el que se quedaba con mis padres, que ya estaban viejitos, por ejemplo, para que yo pudiera viajar. Muchas de las cosas se las debo a él. La familia es muy importante. Mi hermana María Inés, también. Mi esposa que, desde hace cuatro años, en especial durante la pandemia que para mí fue muy duro, ha sido mi gran apoyo, sin el cual no hubiera podido seguir haciendo todas estas cosas. Y mis hijos: Mavi, Tiziano y Jasmin.

Estanislao y Roberto Herrera.

Y agradecerte a vos por tu tiempo, por dedicarte a dar divulgación de lo que cada uno puede aportar en el tango. Es fantástico, es muy bueno, porque si no hay cosas que se van a perder. Porque de hecho ya pasó, hemos perdido documentación riquísima. No solamente del baile, sino de la música. Creo que para seguir adelante no tenemos que olvidar la raíz. Atahualpa Yupanqui que era muy amigo de Chúcaro, una vuelta que estuvo en la casa del Maestro dijo: “Para que vivan los hijos no es necesario matar a los abuelos.” Y muchas veces, en los últimos tiempos, yo veo chicos que llegan a campeones y no nombran a ningún maestro. No sé, ¿no han tomado clases con nadie? ¿Son autodidactas? ¿Son un fenómeno? Cuando para mí es un orgullo decir que he pasado por tales o cuales maestros. Para avanzar no hay que olvidar las raíces. Y no es que el Maestro vivía en una cueva, como ya te dije. Yo también aprendí con él que hay muchas cosas que funcionan para un tiempo pero que después ya no y hay que estar actualizado.

Avanzar, pero sin olvidar las raíces.

Avanzar, pero sin olvidar las raíces. Como hicieron ellos, no es tan difícil.

Bueno, quizás sí, porque la época empuja para adelante y como decías antes no deja tiempo para detenerse a pensar, o repensar, o a estudiar, o a crear. Pero seguiremos insistiendo para y por los que sí quieran detenerse a leer una entrevista como ésta. Muchísimas gracias, Roberto, por compartir tanta experiencia con tanta generosidad.

Los sentires se aligeran y el alma se despega del suelo con el rítmico juego de los pies. La soledad cesa de acechar si las manos se entrelazan. El dolor ya no se enquista y la alegría se recrea cuando los brazos se alzan al cielo. El abrazo que sostiene detiene el vértigo que produce el vacío del ser. Lo extraordinario de la experiencia impulsa a su repetición hasta casi ritualizarla.

Guardianas de la memoria, las danzas folclóricas, o populares, atesoran la historia de un pueblo y su sabiduría. Como vía de trasmisión llegan hasta donde colapsa la representación y las palabras fracasan. Tienen la potencia de trasmitir como herencia las formas de vida -las formas de hacer de la cotidianidad, una vida- para las futuras generaciones. En síntesis, su cultura. Siempre y cuando no se las despoje de su espíritu, para reducirlas a una mecanización coreografiada.

¿De qué hablan, entonces, nuestras danzas? ¿Qué dicen de nuestra historia y cultura? Pensemos ¿qué se busca en ese abrazo danzado que representa el tango? ¿Qué se busca en esos pañuelos que se alzan al ritmo de una zamba? ¿Qué se busca en el tamborileo de esos pies en una chacarera? ¿Qué buscan esos brazos en alto? Decía Borges que de existir un arquetipo de lo argentino, éste tendría entre sus atributos la hospitalidad. La historia que hoy inspira esta reflexión -al igual que otras que hemos disfrutado anteriormente- así lo confirma; y autoriza, además, a añadirle la solidaridad. ¿O no la hemos destacado ya con su nombre más criollo al hablar de la gauchada?

La hospitalidad, como ya conversamos, es incondicional o no es. Sólo cuando se ofrece a aquel que más que nuestra hospitalidad despierta nuestra hostilidad, es virtud sincera. De igual manera, la solidaridad se ejerce desde el respeto a la dignidad del otro, reconociéndolo con derecho a ser un semejante, y en ese sentido es mucho más que la tan mercantilizada empatía que sólo llega hasta sentir como el otro, si es que eso fuese posible. La solidaridad habla de conmoverse con y por el otro, moverse con lo que el otro padece, hacer algo por el otro, en tanto, como lo que inspira a la hospitalidad, reconozco en ese otro a aquel que pude ser en el pasado o puedo ser en el futuro.

¿Acaso no estamos hoy tan sedientos de esos afectos como lo estaba el criollo cuando errante cursaba la inmensidad de la pampa, o el inmigrante sin familia llegaba al Río de la Plata? ¿No fue en búsqueda de estos afectos que se juntaba la gente en una celebración que con el tiempo tomó forma de peña o de milonga? ¿Se aprecia, entonces, cuál es la herencia cultural que ellas atesoran más allá de la secuencia de pasos? ¿Qué riqueza estamos ofreciendo a todos aquellos que quieran aprenderlas? ¿Por qué conmueven más allá de nuestras fronteras? ¿Y por qué no podemos dejar que el empuje al utilitarismo, que busca en todo un para qué, arrase estas danzas convirtiéndolas en una gimnasia sin alma? Porque hacen a lo que nos define como humanos y, en este sentido, sirven hoy de resistencia frente a tanta deshumanización.

Flavia Mercier

Moira Castellano: “No podés especular con el deseo”.

Con más de 25 años de trayectoria en el tango danza, y muchos más en la danza en general al haberse formado como bailarina de ballet clásico y contemporáneo desde los 5 años, Moira Castellano es hoy una de las figuras femeninas más destacadas de la escena tanguera, tanto como bailarina como maestra. Compañera de grandes referentes como Javier Rodríguez, y en ocasiones de Mariano «Chicho» Frúmboli, a la vez inicia ahora un nuevo proyecto con el reconocido bailarín Fernando Carrasco. Con anterioridad formó otras importantes parejas de baile junto a Gastón Torelli y Pablo Inza. Por otro lado, su estancia de siete años en París la llevó a formar parte de la compañía Quatre Arts, dirigida por Catherine Berbessou, que fusionaba la danza contemporánea y el tango. Además, durante aquellos años, trabajó con el grupo de tango electrónico Gotan Project. Es, además, psicóloga por la Universidad Nacional de Rosario. Formada con los más prestigiosos maestros, como Eduardo Arquimbau, Roberto Herrera y Vanina Bilous, Gustavo Naveira, Fabian Salas y Orlando Paiva, entre otros, Moira Castellano no ha cesado nunca en una búsqueda artística que la llevó por todo el mundo, a vivir situaciones inimaginables para ella misma. Una entrevista en la que hace una lectura de todo ese recorrido bajo la lumbre de su deseo de bailar.

Fotografía de Portada: Mikael Schulz.

Moira Castellano. Ph.: Kicca Tommasi

Moira, estas entrevistas tienen por objetivo general investigar el deseo del artista ¿por qué alguien elige este camino con todas las dificultades que implica? En tu caso, además, me produce muchísimo interés conversar con una mujer que se destaca en el rol de “seguidora” en medio de la renovación que atraviesa el tango danza a partir de los cambios sociales. ¿Viste que hasta hace pocos años en el tango profesional siempre se nombraba sólo al hombre de la pareja y la bailarina era “la que bailaba con Fulano”? Bueno, digamos que vos has bailado con “Fulano” y con “Mengano”, que, además, representan un viaje a las antípodas -Chicho y Javier-, pero vos sos Moira Castellano. Es decir, ¿cómo se hace para acompañar a según quiénes, que son verdaderas figuras en este ambiente, y tener tu lugar sin la necesidad de imponerte?

Yo parto de la base de que todo lo que fuerces se resiste. Creo mucho en el trabajo, en la perseverancia. A todo nivel en la vida, sea de un artista o de quien sea, valoro mucho la gente que dice: “Quiero esto y trabajo para esto”. Pero, en cuanto a lo artístico, no creo en el esfuerzo en el sentido de forzar, sí en el trabajo.

Creés en el esfuerzo, no en el forzar.

Claro. Yo creo que si vos como artista querés imponer algo, estás errando.

Y en este caso puntual que me preguntabas, se dio de una manera superazarosa. Siempre lo cuento, a nosotros nos unió una organizadora de un festival en Estados Unidos. Javier y yo estábamos invitados con nuestros respectivos compañeros y sucede que él le contesta que no porque se había separado de su compañera y, en cuestión de días -esta cosa sincrónica- yo le respondo lo mismo. Entonces, esta mujer hizo conexión y dijo: “Ah, ah”. La vio. Le escribió a Javier y le dijo: “¿No querés venir con Moira?, Moira ya no está con…”, “¿Cómo? Moira no está con…”, “No, no, se separaron”, así. Nos unió ella y con cero tiempo de práctica, de ensayo, de encuentro, de nada, porque él estaba en Europa y llegaba justo para el festival, y yo iba desde Buenos Aires. Y fue mágico ese encuentro. A todo nivel, desde la manera de compartir en la clase hasta el show. La gente estaba muy wow, quedó flasheada, porque yo venía de un tango y de un baile, de una propuesta artística muy diferente. De hecho, nosotros nos sorprendimos junto con la gente.

Fue un verdadero encuentro, encontraron lo que podían hacer juntos encontrándose.

La verdad es que nunca decidí qué quería hacer con el tango. Yo definí que quería bailar tango y dejé una profesión para la que me formé y estudié durante seis años. (Moira se graduó como psicóloga en la Universidad de Rosario). Siete, porque hice un postgrado. Dejé todo, dos trabajos que tenía con sueldo, para no sé qué; no sabía cuál iba a ser mi destino dentro del tango. Sabía solamente que me apasioné con esta danza, con esta música, con lo que me pasó a mí en el tango, y que tenía 25 años, que era el momento para hacerlo. En eso tuve claridad mental, por suerte, y espiritual, de algo que me dijo: “Si no lo hacés ahora, ¿cuándo lo vas a hacer?”.

Porque todo esto tuvo que ver con un viaje a Barcelona. Todos pensaban que yo me iba en un viaje posrecibida -el premio de haber terminado la universidad-, pero que volvería a lo mío. Cuando volví y dije “me voy a Buenos Aires a estudiar tango”, toda mi familia -imaginate- pensó que me habían hecho un lavado de cerebro en Barcelona. Me decían: “¿Qué hiciste, cómo puede ser?”.

Fue un viaje realmente.

Fue un viaje iniciático, un viaje para… hablando del deseo… Yo estaba haciendo análisis, obviamente, desde el principio de la carrera (Psicología). En mi decisión tuvo mucho que ver el proceso de mi análisis, el subjetivarme, el encontrarme con ese deseo tan fuerte y decir: “Es por acá”. Pero nunca definí algo como: “Quiero esto”. ¿Viste que hay personas que ya lo ven y dicen “Quiero esto”, y van por eso?

Bueno, es una de las preguntas que yo hago muchas veces, ¿imaginabas cuando empezaste que ibas a llegar a algo parecido a lo que estás haciendo?

No, ni en pedo. Perdón que lo diga tan vulgar, pero ni en pedo. No imaginé nada de lo que me pasó. No imaginé vivir en París siete años, ni trabajar con una compañía que fue un flash porque tuve una experiencia de cuatro o cinco años con una coreógrafa (Catherine Berbessou) de la cual aprendí un montón y con la que hice una fusión de tango y danza contemporánea. Tampoco bailar en el Teatro de la Ville, ni poder ver todos los estrenos de Pina Bausch durante siete años, estar con Pina en La Latina, sentada al lado, compartir la milonga con ella. No imaginé ni en pedo un montón de cosas que me pasaron gracias al tango, realmente el tango me dio … (le faltan las palabras).

Un mundo.

No lo puedo definir, no me alcanza… tendría que estar horas para enumerarte todo lo que el tango me abrió, me posibilitó y me ofreció. El tango es un pasaporte para muchas cosas: si querés viajar, si querés dedicarte seriamente a esto, lo podés hacer, tenés las oportunidades. Después hay que estudiar, profundizar. Y en este sentido, ay algo que tiene que ver, para mí, con la humildad. Pero no en el sentido de la falsa modestia, aunque creo en un perfil bajo. Por eso empecé diciéndote que creo en el trabajo, en la perseverancia, que hay que hacer sacrificios. Y no me arrepiento ni un poquito de las decisiones que tomé, que me trajeron hasta acá, hablando a nivel profesional y del tango artístico. Pasé hambre, pasé mucha soledad, pasé muchas cosas, y no lo digo victimizándome, sino porque realmente no fue fácil. No es que dejé la profesión y ya tenía un lugar en la compañía de Forever Tango, por decirte un ejemplo. Nada, ¿sabés qué tenía? Caminito. Iba a bailar a Caminito.

Y Sergio Del Bono contó en su entrevista que te conoció cuando los dos bailaban en las Ramblas de Barcelona, lo que sería un equivalente a Caminito.

Así nos conocimos con Sergio.

Como artistas callejeros.

Y yo era la mujer más feliz del mundo. Además, era la primera vez en mi vida que me pagaban por bailar y bailaba desde los 5 años. ¡Imaginate! O sea, mi primer sueldo lo gané bailando en la calle. Cómo no voy a agradecer eso, cómo no voy hoy, en cualquier lugar que me encuentre, si tengo una moneda en el bolsillo y hay un artista callejero, cómo no voy a ayudarlo. Y si no puedo pagar, por lo menos me voy a detener dos minutos y voy a aplaudirlo y hacerle sentir que eso que está haciendo tiene un valor para alguien, aunque sea por un segundo.

«…en cuanto al deseo: sí, hay que dejarse fluir. Y también tener valentía cuando empezás a especular, no podés especular con el deseo.»

En esto que vos decís “Nunca tuve ni una ambición, ni un quiero llegar a…”

No se llega a ningún lado.

…y a la vez que creés en el esfuerzo, pero no en lo que se fuerza, ¿vos dirías que hay que dejarse tomar por el deseo, hay que dejarse fluir con el deseo?

Totalmente. Primero hay que reconocerlo.

O sea, la valentía está en reconocerlo.

Justo eso te iba a decir: primero hay que reconocerlo y después no tener miedo. Y reconocerlo para mí implica sacar los peros, o los: “¿Y si…?”, todas las cuestiones más mentales, porque el deseo no es mental. Puede estar elaborado después mentalmente para poder formularlo, pero pasa por otro lugar, ¿no?, más visceral, más…

Del inconsciente.

Del inconsciente, exactamente. Para mí escucharlo, reconocerlo ya es un montón. Y después animarse, como decís, a fluir y a dejarse llevar por eso. ¿Sabés cuánta gente me preguntaba cuando llegué a París: “¿Y por qué viniste a París?”. Y yo siempre contestaba lo mismo: “Por intuición”. “¿Cómo?” “¿No por un trabajo, por un amor?”, “No, por intuición”. Y me miraban como pensando: “Esta está más loca que una cabra”. Pero fue así, intuición pura. Después de volver de Barcelona, me fui a Madrid por un par de trabajos, y cuando terminé yo no me quería volver a Argentina, quería algo distinto y dije “Tengo que ir a París”. No te puedo explicar por qué, obviamente que no era cualquier lugar, ¿no?, muchos fantasean con ir. Aunque era otro París, hoy cambió mucho. En aquel momento, todavía podías oler vestigios de Cortázar, de Rayuela.

Así que todo esto para responderte en cuanto al deseo: sí, hay que dejarse fluir. Y también tener valentía cuando empezás a especular, no podés especular con el deseo.

O sea, está la valentía de reconocerlo, y después la valentía de ser fiel a lo que para vos es tu arte. Si le gusta al otro o no, es problema del otro. ¡Qué maravilloso cuando le gusta a muchos!, pero esa no es tu guía.

¡Sí! Es que si vas a buscar que le guste a muchos, ya no le va a gustar a muchos. Es como el que está pintando o al que le sale esa frase o ese poema, no está especulando si le va a gustar al otro, porque no pasa por ahí. Yo no puedo salir a bailar pensando si al otro le va a gustar, soy consciente de que no bailo para mí sola, que hay un otro, pero si le gusta o no, no hace a la diferencia de lo que yo pueda dar, que va a ser lo más genuino que tenga para dar en esas circunstancias: con quien esté bailando, la música, el contexto, el lugar, el piso. Se baila con todo, todo eso crea un hecho artístico, espontáneo, porque no es una coreografía en mi caso. Mi experiencia con el tango en un alto porcentaje es de improvisación, por no decir casi todo. Amo improvisar, pero sé que tiene sus riesgos, que está atravesado por un montón de factores que no podés controlar. Creo que ahí lo mejor que podés hacer es ser fiel a lo que estás sintiendo, ser lo más honesto que se pueda con vos mismo. Si buscás que le guste al otro, para mí ya no funciona. Por eso digo que no podés especular con el deseo.

«…si vas a buscar que le guste a muchos, ya no le va a gustar a muchos. …Yo no puedo salir a bailar pensando si al otro le va a gustar, soy consciente de que no bailo para mí sola, que hay un otro, pero si le gusta o no, no hace a la diferencia de lo que yo pueda dar, …lo más genuino que tenga para dar en esas circunstancias: con quien esté bailando, la música, el contexto, el lugar, el piso. Se baila con todo, todo eso crea un hecho artístico, espontáneo, porque no es una coreografía en mi caso. …Creo que ahí lo mejor que podés hacer es ser fiel a lo que estás sintiendo, ser lo más honesto que se pueda con vos mismo. Si buscás que le guste al otro, para mí ya no funciona. Por eso digo que no podés especular con el deseo.»

Digamos que no es lo mismo salir para complacer que con placer.

Exacto.

Se queda en una cosa más plana, pierde la intensidad que produce el placer.

Va a tener más que ver con la búsqueda de un reconocimiento para el ego que con una expresión artística.

Claro, es lo que Lacan decía de pasar del deseo de reconocimiento al reconocimiento del deseo.

Exactamente. ¡Uy, hacía mucho que no escuchaba esto!, tengo que volver a leer Lacan. Sí, es eso, nunca mejor dicho, lo podés resumir en esa frase, el reconocimiento del deseo, ahí cambia todo. Una te pone en un lugar de objeto y en la otra estás en sujeto.

Tener como meta complacer al otro te coloca en una posición de objeto y, además, es eterno, nunca se va a lograr.

Eso te iba a decir, en una vas a estar en la insatisfacción plena, todo el tiempo vas a estar insatisfecha, insatisfecha, insatisfecha, porque nunca jamás vas a llegar a complacer a todos. Y en lo otro, estás en lugar de mucha más realidad con tu propio fracaso o tu acierto. Porque te puede salir bien o te puede salir mal, pero sos vos con vos, vos con tu deseo y todo lo que viene después es por añadidura. O sea, yo estoy muy agradecida del reconocimiento de la gente, porque lo siento y es un mimo y obviamente que es agradable y me hace bien y me da todavía más confianza, obvio que sí. Pero eso viene por añadidura, yo no busqué nunca a eso, me vino, empezó a suceder.

Lo mismo que nunca busqué bailar con Chicho, nunca me imaginé esta situación de estar paralelamente, sincrónicamente bailando con dos referentes del tango tan importantes y de dos universos completamente distintos. Sin embargo, en los dos, yo me siento libre, no necesito que se parezcan. Para poder expresarme yo lo que necesito es que haya encuentros. Para mí, es lo único que se necesita en el tango. Si hay encuentro, todo lo demás -la técnica, la forma, si es escenario, si es pista-, son todos nombres. Títulos, rótulos que fueron apareciendo en los últimos años -quince, veinte-, antes no existía esto de tango nuevo, tango cayengue, tango… era tango. Después, como se empezó a tecnificar tanto, todo empezó a tener nombre, “esto se llama pivot, esto se llama no sé qué”; antes… ni idea de cómo se llamaba, el nombre no existía, existía “te abrazás, estamos juntos o no estamos juntos”, y se terminaba ahí. Creo que esa enseñanza, que son mis bases, la de la gente con la que yo aprendí, me posibilitó poder bailar hoy con dos personas y que no me importe el estilo o la técnica que manejan. No es que no me importa, no hace al encuentro. Sí tengo una ductilidad, es verdad, a fuerza de que nunca tuve un compañero fijo mucho tiempo, y creo que eso fue beneficioso para mi carrera porque el haberme adaptado siempre me permite leer distintos discursos, lenguajes, por así decirlo. Pero siempre es tango. Es como cuando aprendiste a hablar un idioma, el segundo idioma es más fácil, y el tercero más, porque vas desarrollando esa ductilidad de captar, de traducir, de decodificar el cuerpo del otro, la intención del otro. Eso sí es, quizás, un talento.

¿Y me lo podés explicar? Porque creo que eso hace a que vos seas Moira Castellano sin imponer que sos Moira Castellano, siendo quien acompaña, digamos. Y sin desmerecer la palabra acompañar, para mí el acompañar es al lado, no atrás. Y me parece que en tu baile, lo que se ve de fuera, es que vos recibís una propuesta y la acompañás, pero respondiendo algo ahí.

Obvio, obvio, pero la parte invisible, quizás eso lo puede decir mejor Chicho o Javi, o cualquier otra persona con la que he bailado, porque me cuesta hablarlo a mí … pero me parece, me parece que va por ahí.

Me parece interesante transmitirlo.

Pero no sé… me parece que tiene que ver, por lo que he escuchado, ¿eh?, por lo que me han devuelto ellos también… los dos me dicen lo mismo: “Vos bailás, vos no estás siguiendo o acompañando, estás bailando”.

De izq. a der.: Mariano Chicho Frúmboli, Moira Castellano, Javier Rodríguez. Ph.: Marcelo Di Rienzo

Eso lo he escuchado de bailarines con muchos años de trayectoria, que les gustan las mujeres que bailan, pero, ninguno me lo define.

Por eso, ¿qué es bailar? Bueno, te voy a decir lo que para mí es bailar. Bailar es cuando vos, primero estás disfrutando de lo que estás haciendo, y ese disfrute lo compartís, porque es compartido. Si vos estás en una posición de obediencia, como cada vez más se va perfilando lo que es un follower, alguien que tiene que seguir, entonces tenés que hacer todo lo que te dicen y que… bueno, no vamos a entrar en ese discurso que es bastante más extenso, pero viene al caso. Yo creo que la diferencia entre seguir y bailar está en que lo primero sea que vos te conectés con tu propio placer. Con tu propia manera de escuchar esa música, que por ahí no es exactamente como la escucha el otro, y ahí está también el yeite o el metié, porque hay un tema de poder no luchar con eso y decir: “Bueno, ¿a ver cómo la está escuchando él? Pero ahora, acá, te digo cómo la escucho yo”. Y se empieza a transformar en una comunicación, que en definitiva eso es bailar, una comunicación. Creo que cuando empezás a hacerte cargo de ese disfrute, de qué te pasa a vos, qué me pasa a mí con este tango que estoy escuchando, qué me pasa a mí con esto que me está proponiendo esta persona, ¿me gusta?, ¿no me gusta?, estás bailando. ¿Se entiende? Porque no es mental, te lo estoy tratando de pasar a palabras, pero es todo a nivel sensaciones, ¿no? Es mucho más sensitivo y físico, y de vibración, que de pensamiento.

Yo creo que pasa por ahí. No siempre, puede haber momentos que no, porque no es que todo el tiempo lo disfruto. Pero me hago cargo: “bueno, no funcionó.” “No nos encontramos”. Puede pasar.

¿Cuál es el equilibrio? Tampoco creo que sea lo que a veces se ve en ciertas “protestas” –“protestas”, me traicionó el inconsciente- “propuestas” más jóvenes, tipo “Yo bailo la mía”.

Dijiste algo muy importante, “propuesta o protesta más joven”. Yo creo que esto yo lo puedo hacer ahora, en un punto de madurez en mi vida y en el tango. Señalo la diferencia, porque puede ser que alguien sea joven y que baile hace un montón de años. La madurez en el tango para mí lo que te da -en mi caso sé que me dio eso- mucha tranquilidad, mucho aplomo. ¿En qué sentido?, en el sentido de que no tengo la necesidad de imponer mi opinión en esa conversación, y eso no me hace sumisa, simplemente estoy tranquila con ese espacio de conversación, cuando tengo que hablar, hablo, pero no necesito hablar todo el tiempo.

No necesitás mostrarte hablante.

No, no. No necesito para existir, decir dentro de esa instancia, porque con mi presencia, ya está. Yo siento que cuando me paro y abrazo a la otra persona, ya le estoy diciendo un montón de cosas, sólo con eso. Pero eso me lo dio el tiempo, la madurez. Cada vez más voy en esa dirección: en que menos es más, en que la presencia es más que millones de firuletes, en qué le estás transmitiendo al otro cuando te parás enfrente y lo abrazás. Cada vez trabajo más en trasmitir eso, sobre todo en las clases privadas. Cosas muy sutiles, que obviamente son mucho más difíciles de transmitir que hacer un ocho o un boleo, pero, como creo que tengo las herramientas también para abordar eso, lo voy haciendo así como sin querer, “sin querer queriendo”.

«La madurez en el tango para mí lo que te da -en mi caso sé que me dio eso- mucha tranquilidad, mucho aplomo. ¿En qué sentido?, en el sentido de que no tengo la necesidad de imponer mi opinión en esa conversación, y eso no me hace sumisa, simplemente estoy tranquila con ese espacio de conversación, cuando tengo que hablar, hablo, pero no necesito hablar todo el tiempo.»

Ahora, bien, ¿puede ser que tu madurez te lleva -voy a hacer de abogado del diablo-, a bailar con bailarines también maduros que pueden recibir eso? O sea, si vos hoy estuvieras bailando con según qué partenaires no tan maduros, que, además, no supieran que sos Moira Castellano, ¿lo recibirían igual o se pondrían nerviosos?

No sé, tendría que ver claramente qué pasa del otro lado, pero mi sensación es que sí, que del otro lado también hay una madurez para recibir eso. Pero también he tenido experiencias con gente menos experimentada, digamos, y que de alguna manera les abrís una puertita, si lo pueden recibir. De repente se encuentra con que: “Ah, mirá qué bueno que está esto, no lo conocía”. Este estar sin necesidad de decir, pero a la vez con una presencia que no te pasa desapercibida.

O sea, es como si bailando vos le dijeras al otro: “Che, mirá que estoy acá, en frente tuyo, y bailás conmigo”, pero lo decís con tu presencia, con tu manera de conectarte, con tu intención. Esto no sucede cuando tu objetivo es ver cuán bien el otro baila, cuántas cosas te marca, practicar lo que trabajaste en la clase, o mostrar lo bien que vos bailás. O sea, ahí es como que el otro dice ¿dónde estás?

«Bailar es cuando vos estás disfrutando de lo que estás haciendo, y ese disfrute lo compartís, porque es compartido. …Yo creo que la diferencia entre seguir y bailar está en que lo primero sea que vos te conectés con tu propio placer. Con tu propia manera de escuchar esa música, que por ahí no es exactamente como la escucha el otro, y ahí está también el yeite o el metié, porque hay un tema de poder no luchar con eso y decir: “Bueno, ¿a ver cómo la está escuchando él? Pero ahora, acá, te digo cómo la escucho yo”. Y se empieza a transformar en una comunicación, que en definitiva eso es bailar, una comunicación. Creo que cuando empezás a hacerte cargo de ese disfrute, de qué te pasa a vos, qué me pasa a mí con este tango que estoy escuchando, qué me pasa a mí con esto que me está proponiendo esta persona, ¿me gusta?, ¿no me gusta?, estás bailando.»

Lo que está claro es que en el tango -y esto me resulta cada vez más patente- es maravilloso como se une todo. Y cuando no está unido también es tan evidente que no lo está. Porque no es el cuerpo por un lado, la cabeza por el otro, las emociones por otro, sino que está todo ensamblado: lo vincular -porque dice un montón de cómo y cuánto permitís que el otro entre o vos entrar en el otro-, lo emotivo, el cuerpo. Cuando vos podés entender que todo eso hace al tango, que todo eso es el tango, bailás con todo eso. No podés separarlo, no podés decir: “Ahora bailo y solo estoy en mi cuerpo, ahora bailo y solamente voy a sentir cómo estoy, cómo vuelo, ahora bailo y…” La madurez te da una apertura a lo que suceda en ese momento, un estar disponible; y no es fácil, no es nada fácil. Pero creo que cuando eso sucede, todo puede suceder.

¿Cómo transmitís eso para que la gente haga lugar a que el tango es mucho más que cuatro pasos o mover el cuerpo?, ¿para que llegue, para que cale? Porque todavía está el ir a buscar cómo se hace el gancho, el voleo, el enrosque…

Mirá, ya pasar el mensaje es un montón. Que haya alguien que lo escuche es un montón. Con Javi, concretamente, lo hacemos todo el tiempo. Cuando enseño trato cada vez más de hacer en las clases un paréntesis milonguero”, un ratito donde se pasa a otra data, ¿viste?, que tiene más que ver con lo cultural, lo social y con estos aspectos más psicológicos, si querés, emocionales. Y yo siento que, en general, hay una necesidad de la gente, de este contenido, cada vez más. Al menos la gente que llega a mí. Nadie viene para que le enseñe un gancho, vienen buscando cómo conectar más, tener mejor presencia, estar más disponible, cómo dialogar con el otro. Quizás porque se pasa la bola que claramente es lo que me gusta transmitir porque es lo que creo importante. Obviamente te puedo enseñar lo técnico… Pero todo el mundo puede hacer ochos, cruces, boleos. El tema es ¿qué haces con eso?, ¿qué decís con eso?, ¿qué le pones adentro? ¿Cómo es tu ocho? ¿Cuál es el ocho de Flavia? No el ocho que te enseñaron, ¿cuál es tu ocho? ¿Y en qué momento? ¿Cuál es tu ocho de un Di Sarli, de Bahía Blanca? ¿Y cómo es un ocho tuyo con D’Arienzo? Empezar a personalizar. Ese es hoy en día el objetivo para mí.

Claro, porque al final tanta técnica mata al tango, al tango como un más allá que un baile, que cuatro pasos para moverse, sino todo lo otro que estamos hablando que es el tango: la conexión, la expresividad, los sentimientos…

¿Por qué pensás que es patrimonio universal?, ¿por qué? Porque va mucho más allá de una danza, claramente va mucho más allá, es un milagro que tenemos en estos tiempos. La gente que accedió al tango tiene un tesoro -que ni sabe que lo tiene-, porque es una manera de poder conectarse con uno a través del otro. O sea, de cortar un poco con tanto individualismo.

Sin embargo, obviamente estamos en una sociedad que es así, y el tango está adentro de eso, no estamos exentos, pero es mucho más fácil que cortemos con eso desde el tango. Para mí en el abrazo, en el contacto, no sólo hay un cosa terapéutica, sino revolucionaria, porque capaz que en poco tiempo ya no haya ni gente que se toque, ¿se entiende? Yo cuando pienso en eso digo: “El tango es maravilloso, permite todavía ese encuentro tan íntimo”.

«Yo siento que cuando me paro y abrazo a la otra persona, ya le estoy diciendo un montón de cosas, sólo con eso. Pero eso me lo dio el tiempo, la madurez. Cada vez más voy en esa dirección: en que menos es más, en que la presencia es más que millones de firuletes, en qué le estás transmitiendo al otro cuando te parás enfrente y lo abrazás. Cada vez trabajo más en trasmitir eso, sobre todo en las clases privadas.»

Pero bueno, hay que querer eso, ¿no?, hay que querer conectarse con eso, hay que tomar conciencia de que el tango es eso también, mucha gente ni siquiera todavía lo averiguó ni se acercó a esa esencia, está todavía en la periferia, dando vueltitas en cómo sale la sacada. Y está bien, son procesos. Es muy difícil llegar a ese nudo, por eso te hablaba de la madurez, ¿no?, porque hay un tiempo y hay un proceso, si bien es cíclico este aprendizaje porque vas pasando por ese centro varias veces. A mí me pasó de empezar y ya rápidamente tocar ese núcleo, y decir: “Uy, acá hay algo”, pero no entendés mucho qué es. Entonces te vas a la periferia, pero volvés, y al pasar por el centro decís: “Ah, me cayó otra ficha”, la famosa caída de ficha.

Moira bailando con Javier Rodríguez.

Rastreemos un poco el deseo, vos empezás a bailar de muy chica…

Sí.

¿Por qué?, ¿porque era lo que hacían las chicas o porque querías bailar?

Porque fui a acompañar a mi tía, la hermana de mi papá, que hacía danzas españolas, a la única escuela de danzas que había en Diamante, donde nací. Tenía 5 años. Y ella me cuenta siempre que yo me quedé ahí, sentadita, mientras estaban todos haciendo lo que llamaban “manzanitas” (movimiento de floreo con las manos, en sevillanas y flamenco) y que yo empecé a hacer así con las manitos hasta que terminé bailando sola y, entonces, su profe le dijo: “Tenés que traerla, mirála, mirála”. Me preguntó: “¿Vos querés venir como la tía a bailar?”, y yo: “Sí, sí”, y arranqué, con cinco años.

«Y ella me cuenta siempre que yo me quedé ahí, sentadita, mientras estaban todos haciendo lo que llamaban “manzanitas” … y que yo empecé a hacer así con las manitos hasta que terminé bailando sola y, entonces, su profe le dijo: “Tenés que traerla, mirála, mirála”. Me preguntó: “¿Vos querés venir como la tía a bailar?”, y yo: “Sí, sí”, y arranqué, con cinco años.»

¿Y qué fuiste encontrando que te fue llevando cada vez más hacia el baile? O, sea, ¿cuál fue el anzuelo que fue tirando de vos a seguir, a seguir, a seguir?

El ballet, la belleza, la estética del ballet me capturó, porque obviamente empecé con clásico, aunque hacía también danza española. Y después, cuando fui creciendo, había algo también de lo perfecto, de lo perfecto de las líneas, que no daba lo mismo que el piecito estuviera así o así o así, que se buscaba ese detalle, eso me fascinaba. Y mucha perseverancia, porque yo no tenía las condiciones naturales para ser una bailarina clásica, nunca las tuve, nunca tuve un empeine natural, nunca tuve una elongación de ponerme la pata acá arriba, jamás. De hecho, ya un poquito más grande, yo me preguntaba “¿Por qué sigo, y le pongo tanto, tanto, si yo sé que no voy a terminar siendo una bailarina clásica, o sea, no tengo las condiciones para eso?” Pero yo, seguía igual. Había alguna cosa del deseo, que no puedo definir bien qué era, pero que amaba. Me acuerdo que me podía quedar horas mirando a Nuréyev y Maya Plisétskaya en la televisión hasta a las doce de la noche que era cuando pasaban cosas así, y yo era rechica, pero era capaz de estar ahí, cabeceando, porque me fascinaba, para mí eran una belleza total todos los movimientos.

Después nos fuimos a Rosario, seguí en la escuela de danza de Rosario, escuela municipal, y me recibí, terminé como profesora de danzas clásicas con 17 años, cuando terminé la secundaria. Y ahí fue claramente un momento bisagra porque… obviamente que si me preguntabas: “¿Qué querés hacer?” “Yo, bailarina.” Pero, por otro lado, estoy hablando del año 87, en Rosario con el baile no había absolutamente nada más que dar clases en la escuela de danza como profesora. Yo no quería, la docencia no era lo que me gustaba, yo quería hacer escenario, quería bailar. Y bueno, ahí decidí estudiar Psicología, que me gustaba mucho, también, pero seguí bailando. Y de hecho, hubo un ballet de la Universidad de Rosario, donde yo participé.

«Había alguna cosa del deseo, que no puedo definir bien qué era, pero que amaba. Me acuerdo que me podía quedar horas mirando a Nuréyev y Maya Plisétskaya en la televisión hasta a las doce de la noche que era cuando pasaban cosas así, y yo era rechica, pero era capaz de estar ahí, cabeceando, porque me fascinaba, para mí eran una belleza total todos los movimientos.»

¿Siempre clásico?

Sí, siempre clásico, pero dentro de ese ballet, en un momento empezaron a hacer propuestas más modernas, de neoclásico, de contemporáneo, y ahí me conecté un poco más con el contemporáneo. Y ahí fue donde dije: “¡Aaah! ¡Esto sí!, para esto sí”. Como que me encontré mucho más, resonaba mucho más conmigo la danza contemporánea. Si bien no estaban todas esas líneas, esa perfección, había otro fluir, justamente, y donde no tenía que preocuparme tanto por poner un pie así. Me liberó y fue hermoso conectarme con esa etapa. Ahí hice contact.

Y así fue todo mi proceso de la carrera de psicología, siguiendo, paralelamente, con danza, haciendo algunas muestras de fin de año, nada muy profundo, nada profesional, como te digo, no estaba ni paga, era todo a pulmón, hasta pagarnos la sala de ensayo, los vestuarios, muy amateur todo. Hasta que llegó el tango. Dentro de ese ballet de la universidad, hicimos una coreografía con música de Piazzolla. Y la directora, la coreógrafa, llama a un chico -que después desapareció, no lo vi nunca más, era como un ángel que llegó y se fue- bastante joven, y nos llamó la atención porque pensábamos: “¿Tango?, va a venir un viejo”. Y no, era un chico joven. Nos pasó la base del tango, el ocho, lo básico para tener un vocabulario para la coreografía. La idea no era enseñarnos tango, sino pasarnos ideas para la coreo. Pero claro, en un momento él me agarra para probar, para mostrar el básico, y un par de… y ese fue mi “coup de foudre”, como dicen los franceses. Un golpe de fuego, ¿no? Como que me cayó un rayo. O sea…

«…en un momento él me agarra para probar, para mostrar el básico, y un par de… y ese fue mi “coup de foudre”, como dicen los franceses. Un golpe de fuego, ¿no? Como que me cayó un rayo. …porque eso irrumpe. Irrumpe y te atraviesa, y te quedás como: “¿Qué es esto? ¿Qué pasó?”. Algo pasó, yo flasheé, flasheé, y dije: “¿Qué es esto? Está alucinante.”»

Sí, un rayo, el rayo que te parte o, mejor dicho, te divide.

Claro, porque eso irrumpe. Irrumpe y te atraviesa, y te quedás como: “¿Qué es esto? ¿Qué pasó?”. Algo pasó, yo flasheé, flasheé, y dije: “¿Qué es esto? Está alucinante”, no sabía lo que hacía, no tenía la más puta idea de lo que estaba haciendo.

Pero tu cuerpo se movía.

Mi cuerpo iba en una armonía con el otro, la primera vez de tener esa sensación, ¿no? Y quedé loca y le pregunté, me acuerdo, “Ay, ¿dónde puedo ir a tomar clases?”, con otras amigas del ballet y así arranqué. Fuimos a tomar clases en Rosario, de a poquito.

¿Porque en tu casa no había tradición de tango? Muchos dicen: “En mi casa se escuchaba tango, se bailaba tango”.

Sí, mi abuelo, mi abuelo materno, él era muy tanguero. Y, de hecho, si tengo imágenes de ver bailar así en la forma de los viejos, era mi abuelo con la hermana de mi abuela, mi abuela no bailaba. Y mis viejos eran más de la generación rockera. Pero mi abuelo sí, y, volviendo un poco para atrás del rayo, si bien fue desde otro lugar, me acuerdo que en las citas con mi abuelo -yo iba a dormir todos los lunes a la casa de mis abuelos maternos y los lunes a la noche daban Grandes Valores del Tango- yo me sentaba con él a mirar todo el programa. Me acuerdo que esperaba que llegara Guillermito porque era el nenito, imaginate, “¿Cuándo canta Guillermito?”. Yver a la Luque (Virginia Luque), la orquesta de Pugliese… bueno, todos los grandes que pasaron por ahí… era… maravilloso. No sé por qué, no me preguntes por qué, porque yo era una nena, pero había algo de eso que a mí me encantaba. Y obviamente la parte del baile, Copes y Nieves, me encantaban, Mayoral y Elsa María, todas las parejas que estaban. Así mucho antes que el ballet, llegó el tango.

En definitiva, sé que el deseo de bailar -para volver al tema del deseo- estuvo siempre en mi vida. Más allá de la posibilidad de dedicarme profesionalmente, sabía que ese era mi cable a tierra.

Moira Castellano. Ph.: El Tío Cliff.

¿Y qué te encontraste en Barcelona? ¿Por qué fue que te marcó para el tango…?

Me marcó porque yo hacía bastante poco que bailaba y no tenía la experiencia de las milongas de Buenos Aires. Y, en ese momento, en Rosario había dos milongas, ponele, no más. En Barcelona había más. Entonces, ya ver otras milongas era novedoso, por el simple hecho que no era la gente que veía siempre. Y me encantó, las milongas, el ambiente, la gente, me sentí supercómoda. Y también, como todo me fue sucediendo. Parece una boludez que podés decir: “Ay, te cae todo del cielo”, pero de verdad que fue así mi vida, o sea, me iban cayendo personas, situaciones, como mágicamente, y todo me fue llevando.

Quizás porque cuando uno ya ha pasado la instancia de reconocer su deseo, vos estás en otra posición para recibir lo que trae el azar. Se producen encuentros, pero porque sabés lo que buscás. De lo contrario puede suceder lo mismo a tu lado y ni lo ves, ni te enterás. Cuando ya sabés lo querés, vos tenés una sensibilidad, un escucha, una mirada especial para todo aquello que tiene que ver con eso.

Sí, absolutamente. Por eso me terminé quedando tanto tiempo en Barcelona. Porque yo iba por un mes, dos meses, y me aparece la posibilidad de bailar en las Ramblas y yo dije “Sí, dale”, porque para mí todo era aventura, experimentar, asÍ que todo era bienvenido. Fue toda una experiencia la de bailar en la calle. Yo decía: “No puedo creer”. Con eso pagaba mi habitación, comía, me quedaba plata para viajar. “Me voy, ¿dónde me voy” dos días a Roma, dale”. Todo gracias al tango y a bailar en la calle. Y conocí un montón de artistas callejeros -porque estaba lleno- con los que nos juntábamos después a tomar cerveza. O sea, una cosa muy de bohemia, del arte, de la improvisación, de que no sabía que iba a hacer mañana, ni pasado, todo así. Todo eso fue lo que me marcó de Barcelona.

¿Y por qué volvés?

Por el tango, otra vez por el tango, viste que todo me fue llevando hacia el tango, me fue llevando de las narices, olfateaba e iba atrás.

Bueno, el olfato es el sentido más visceral, simboliza esa intuición de la que hablás que puede estar guiada por el deseo.

Bueno, me fui a Sitges, al festival, que ya estaba en esa época, y fue otra de las revelaciones. Allí me reconecté con estudiar tango, porque hasta ahí yo era más milonguera, no había estudiado mucho, sólo las clases con Paiva –él milonguero de Rosario-. Mirá los que estaban ese año en Sitges: Gustavo y Giselle, que era uno de los primeros festivales que hacían juntos, Esteban y Claudia, Natalia Gámez con Gabriel Ángel-, Arquimbau… Ese año fue una pinturita y yo tuve la suerte de estar ahí.

¡Tremendo festival!

No sabés lo que fue, parejas top, top, top. Tomé clases con todas, y, claro, se me hizo un cortocircuito en la cabeza, y me dije: “Mmm, si yo quiero bailar esta danza, me tengo que ir a Buenos Aires”.

«No lo puedo definir… tendría que estar horas para enumerarte todo lo que el tango me abrió, me posibilitó y me ofreció. El tango es un pasaporte para muchas cosas… Después hay que estudiar, profundizar. …creo en el trabajo, en la perseverancia, que hay que hacer sacrificios. Y no me arrepiento ni un poquito de las decisiones que tomé, …Pasé hambre, pasé mucha soledad… y no lo digo victimizándome, sino porque realmente no fue fácil. No es que dejé la profesión y ya tenía un lugar en la compañía de Forever Tango … ¿sabés qué tenía? Caminito. Iba a bailar a Caminito. …Y yo era la mujer más feliz del mundo.»

¿A estudiar?

Y sí, porque ahí me di cuenta que me faltaba un montón de información y que si realmente yo quería dedicarme a esto y hacerlo bien, bailar cada vez mejor, así como le puse al clásico tenía que hacer lo mismo y el lugar para hacerlo era Buenos Aires. Y así fue, volví a Rosario, estuve una semana, menos, cerré todo, rescindí contrato del departamento que tenía, me armé dos valijas, renuncié a todos los trabajos que tenía, y me vine a Buenos Aires. Y ahí fue volver a empezar. Empecé a bailar en Caminito , y después trabajé en el estudio de Roberto y Vanina, de secretaria, y también tomaba clases con ellos. Y todas las noches iba a la milonga, tenía que estar enferma para no ir, creo que en un año no fui dos noches porque estaba con cuarenta grados de fiebre… O sea, era una cosa adictiva. Iba a tomar clases antes de la milonga, y después me iba a la milonga, y capaz que estaba en Caminito a la mañana o al mediodía, y a la tarde… Yo creo que había en mí una energía… Esto del deseo, ¿no?, era tan poderoso, yo quería tanto bailar, amaba tanto lo que me pasaba con el tango, que era una energía que se…

Se desbordaba.

Sí, sí. Entonces atraía un montón de cosas muy lindas, gente que me ayudó mucho, como te digo, Vanina y Roberto que sabían que yo había llegado de Rosario y que no tenía trabajo, y necesitaban una secretaria para el estudio. Y eran mis ídolos yo quería estudiar con ellos, pero no me lo podía pagar, entonces, era la forma de hacerlo. Se me abrían las posibilidades para que yo hiciera lo que quería hacer, y tenía una especie de tranquilidad que algo iba a suceder, de alguna manera yo iba a poder transitar este caminito tanguero. Yo esa convicción la tuve siempre, no sabía para dónde me llevaba, ni idea, pero todo me fue llevando. Lo de París también, como te expliqué.

Moira Castellano. Ph.: Marcelo Di Rienzo.

¿Qué encontraste en París?

Y un poco lo que te decía antes, olor a arte por todos lados. Hablando de olfato…

“Olía todavía un poquito a Cortázar”, dijiste antes ¿Qué de eso nutría tu tango?, de ese Cortázar exiliado.

Un montón, un montón. No creo que haya una persona que haya estado exiliada – obligada o autoexiliada, como digo yo, por propia elección- que no le haya pasado aunque sea un poquito de nostalgia o de algo por el corazón leyendo Rayuela, o leyendo otros textos de Cortázar, pero particularmente ese. Porque lo que hace es llevarte a un sentir que es tan real, y está tan bien dicho, tan bien contado, y que en realidad es universal. Yo hablo como argentina pero capaz que también les pasa a otros, no necesariamente pasa por ser argentino, pero él siendo argentino, con toda esa… Bueno, vos sabés de lo que hablo…

Bueno, hay un exilio de uno mismo cuando uno no reconoce su deseo. Ese es un exilio común a la mayoría de los humanos.

Claro.

Y el exilio “geográfico” tiene el potencial de ponerte en ese lugar “otro”, te presentifica que estás “fuera” de vos mismo, “fuera de sí” como se dice. Un poco alienado, como es lo que pasa con la persona, ese personaje con el que nos presentamos en el mundo.

Sí, pero, ¿sabes qué?, hay un cierto gozo de esa parte melancólica, que yo la viví, obviamente, estando en París, y que sin dudas venía a nutrir mucho mi tango, porque el tango tiene eso. Al tango no te lo nutre la felicidad.

No, porque el tango habla, como todos los grandes clásicos desde los griegos, de las tragedias cotidianas y de lo paradójico de la vida, del sin sentido de la vida.

Exacto, del sin sentido… y de las traiciones.

Lo que pasa es que lo dice con poesía, metafóricamente, entonces se hace tolerable. Pero, en el fondo, te parte.

Pero eso hace a esta danza, hace que bailés de una determinada manera, con una cierta profundidad. No es liviano el tango, no. Es un baile que se baila de noche, en lugares que tienen una cierta densidad en sentido energético.

¿Y cómo fue la experiencia de París ?

El arte, la danza contemporánea, digamos que París fue mi periodo más contemporáneo, artísticamente hablando. Con el tango también, porque fue…

Cuando encontrás a Chicho.

A Chicho ya lo conocía de Buenos Aires, pero allá nos conectamos más. Los dos autoexiliados, también ¿viste? Uno afuera…

Busca familia.

Busca familia, exacto.

Moira bailando con Mariano «Chicho» Frúmboli. Ph.:Paola Evelina.

Y a la vez, a nivel histórico, para el tango fue la aparición del tango electrónico. Bueno, yo terminé bailando con Gotan Project. Hicimos giras con Juanito Juárez con Gotan Project, que era la orquesta electrónica, en ese momento, fue la pionera, digamos.

También el trabajo que hice con esta coreógrafa que te conté, que era francesa y de danza contemporánea, y que también se puso a bailar tango e hizo una fusión. Esa sí fue, te puedo decir, la etapa más profesional dentro de mi carrera. ¿En qué sentido? Del que viví la experiencia de estar en una compañía, levantarse y ensayar ocho horas, tener un sueldo como la puta madre -porque en Francia los artistas, no sé ahora, pero en ese momento, estaban muy bien pagos-, tener el estatuto de intermitentes de espectáculo que si vos no trabajás en Francia el Estado te paga igual. O sea, mucho privilegio, un lujo. Algo inédito para mí. Nunca había tenido, ya te digo, nada en esta magnitud, con tanta seriedad, con tanto profesionalismo. Fue maravilloso porque, aparte, aprendí de escenografía, de luces… cuando estás en una compañía no hacés sólo la parte tuya, sino que estás como inmerso en todo lo que es la creación.

Esa fue otra, la propuesta artística era muy distinta, porque no venía la coreógrafa a pasarte la coreografía y vos las tenías que bailar. Era una creación conjunta, ella estaba de afuera, decía: “Esto sí, esto no”, pero todo salía de los artistas. Y el conectarme con un mix de bailarines, había algunos que bailaban tango, otros que no. Fue muy rico esa experiencia, artísticamente aprendí mucho, mucho. Siempre digo que yo aprendí a pararme en un escenario gracias a Catherine y a este trabajo.

Moira en el espectáculo Valser, con la compañía Quatre Arts, dirigida por Catherine Berbessou.

Y contame, ¿qué te acordás de esos encuentros en la milonga con Pina Bausch?

Ay, fue maravilloso. Teté fue uno de los milongueros que yo más adoraba y con los que bailaba siempre acá en Buenos Aires. Ya viviendo en París, un día me llama por teléfono y me dice: “Estoy en París”, “¿Qué hacés, Teté?” Yo sabía que cada tanto iba, muchos milongueros todavía viajaban. Y me dice: “¿Querés venir a ver el espectáculo de Pina Bausch?”, porque él, no sé si este dato lo tenés, él trabajó con Pina.

No, eso no lo sabía.

Sí, Pina hizo un espectáculo inspirado en el tango y en Buenos Aires, y Teté colaboró con ella y con su compañía en la creación de ese espectáculo y enseñándoles tango. Y quedó un vínculo. Entonces, cuando me llama y me dice: “Estoy con Pina, vengo para el estreno” -en ese momento se estrenaba Palermo-, le digo: “¡No, no te puedo creer!, yo estoy tratando de conseguir entradas hace un mes, Teté.” “Ya las tengo, vení, entrás conmigo”. Así que veo el espectáculo gracias a él. Y cuando salimos, obviamente me dice: “Vamos a La Latina, que Pina quiere ir”. Yo temblaba, y le decía: “Teté, no sé qué decirle, no me sale nada más que gracias, gracias, gracias”. Y decía: “Thank you, thank you, danke, danke”, no sabía qué decir. Renerviosa porque para mí era como…

¡Dios!

Referente, viste. Yo me apasioné con la danza contemporánea gracias a Pina. Vi lo que ella hacía y dije: “Claro, es esto, es esto”. Y me parece, aún hoy en día, superactual, supercontemporánea, no hay nadie que haya superado esa maestría en trasmitir. Que va más allá de la danza, ¿no?, porque pone todo: la danza, el teatro, es maravilloso. Y bueno, y de ahí en más, cada año que ella estrenaba en el Teatro La Ville, yo fui a ver durante siete años, todos los años, el estreno. Sí, sí, fue muy maravilloso.

Y después tengo recuerdos de estar simplemente a su lado. De verla bailar una tanda con Teté… En ese momento no había celulares, no había nada, así que no hay registro. Hay un montón de cosas que digo: “Agradezco haberlas vivido, haberlas visto con mis ojos, mi corazón.”

Sí tenés registro: la huella en tu alma.

Sí, total, fue maravilloso. París fue toda una experiencia para mí… única, muy enriquecedora a todo nivel: humano, personal, profesional. Me nutrí de un montón de cosas. Entendí ahí que yo era artista más allá del tango.

¿Artista y bailarina o simplemente artista que podría no ser bailarina?

Podría no ser bailarina. En París -y después cuando vine a Buenos Aires- incursioné un poco en teatro, más que nada en teatro físico. Y con la pandemia, me puse a estudiar canto y fotografía, que eran dos cosas que tenía pendiente hacía muchos años. Y me doy cuenta que sí, que tengo un ojo sensible, digamos, que tengo una manera de interpretar, aunque no tengo los recursos porque tengo que trabajar mucho técnicamente -la voz, no sé cómo colocar-, como con todo, ¿no?, pero tengo la posibilidad de transmitir cantando.

Yo creo que si uno tiene la posibilidad de transmitir a través de un dibujo, de la palabra, de la voz o del cuerpo, ya está, ahí hay algo que se puede transformar en un hecho artístico. Estás expresando a través de un vehículo, un medio, tu alma, tu sensibilidad, tu manera de ver el mundo o de sentir. Estás sublimando, también. Eso lo entendí en París y dije: “Bueno, sea lo que sea que haga, sé que necesito del arte en mi vida”. No solo consumir arte, ir a ver arte, que siempre me gusta, sino crear arte, crear hechos artísticos, lo necesito absolutamente en mi vida. Y aunque sí, es a través del baile y del tango donde más claramente lo experimenté, siento que puede ser por otros lados también, no me cierro.

¿Y en la actualidad? Por lo que he leído estás comenzando un nuevo proyecto junto a Fernando Carrasco.

En la actualidad, me encuentro en una fase de búsqueda, similar a mis comienzos, donde estoy redescubriendo una profunda necesidad de explorar el lenguaje del tango en todos sus niveles: formales, expresivos, emocionales e interpretativos. Esta necesidad de búsqueda se ha despertado, o, mejor dicho, ha renacido recientemente. Afortunadamente, cuento en este proceso con la compañía de bailarines y colegas sumamente talentosos, como Fernando Carrasco, que comparten la misma motivación y con quienes nos hemos lanzado juntos a explorar las diversas facetas del tango, buscando desarrollar todas sus posibilidades.

Moira bailando con Fernando Carrasco.

¿Querés decir algo más?

No, dije un montón Flavia. Gracias, nada más. Te lo quiero agradecer porque siempre me gusta volver a contar un poco el recorrido de uno. Es como reafirmar una historia.

Bueno, la vida se mira para atrás, con lo recorrido. Se hace andando y se lee para atrás, mirando hacia atrás. El sentido se encuentra después que pasó. Entonces, sobre lo que dijiste al principio: ¿Dónde llegaste que nunca pretendiste llegar?

Me considero superafortunada. Agradecida, muy agradecida, infinitamente. A cada persona que estuvo en determinado lugar, que fueron como instancias en el camino que te van confirmando: “Sí, es por acá. Sí, sí, es por acá”. Muy agradecida de eso. Y del olfato. (Risas).

«En definitiva, sé que el deseo de bailar …estuvo siempre en mi vida. Más allá de la posibilidad de dedicarme profesionalmente, sabía que ese era mi cable a tierra.»

Muchísimas gracias Moria por volver sobre tus pasos y por “analizar” tu camino conmigo para nuestros lectores, sobre todo para aquellos que todavía están buscando, haciendo, su rumbo.

Nacemos condicionados por los dichos que nos preceden, como hilos de una madeja forman parte de la trama que deviene el telón de fondo del sujeto. Por momentos parecen una tela de araña construida entre tejes y manejes para aprisionar sueños. Hasta que, como un cálido viento, el azar los hace vibrar: “Si no lo hacés ahora, ¿cuándo lo vas a hacer?”, le dijo una voz interior a nuestra entrevistada.

Como un rayo que parte la tierra le llegó a Moira la visión de su deseo de bailar. Y como en el tango, se abrazó a su deseo y se paró de frente a lo por venir, diciéndole con su presencia al azar: “Che, mirá que estoy acá y bailás conmigo”. A partir de ese momento Moira Castellano aceptó salir a la pista cada vez que el azar la cabeceó, y se dejó llevar tanto en la vida como en la milonga, haciendo de la improvisación su arte. Para eso tuvo que apostar todo lo que era hasta entonces, porque en el naipe del vivir para ganar primero hay que perder, incluso perderse. Perder en imagen y errar por los caminos, y los caminos, para ganar un corazón. Porque como Moira nos advierte, no se puede especular con el deseo, tal traición sólo apaga su llama sagrada.

Con el reconocimiento de su deseo, el entramado de dichos que precedían a Moria, en lugar de devenir enrejado se transformó en membrana, tejido vivo que le permitió a esa llama que habitaba en su interior avivarse hasta alumbrarle el camino que la condujo a la otra escena, esa que si no hubiera podido reconocer la habría dejado en un eterno exilio. Pero no, la vio, la olfateó y se la jugó. Así que hoy, cuando mira hacia atrás, rastreando las huellas de lo recorrido, un aroma a manzanas cuenta de la bailarina que la estaba esperando en lo por venir, desde siempre.

Flavia Mercier

Natacha Poberaj: “Soy bailarina porque me sigue poniendo la piel de gallina. No hay plan B para mí.”

Bailarina, maestra y coreógrafa de tango y folclore, Natacha Poberaj asume hace tres años la dirección artística del Mundial y Festival de Tango, tras una vasta trayectoria artística y una gran labor dentro de la propia organización en casi todas sus funciones. Formada desde los 7 años en la Escuela Nacional de Danzas María Ruanova y en la Escuela Superior de Danzas B-801 de Amalia Aliende, lleva consigo el sello del Ballet Folclórico Nacional cuando lo dirigían Santiago Ayala, el Chúcaro, y Norma Viola, y una formación complementaria con Nydia Viola. Se formó en tango con Carlos Rivarola, Ricky Barrios, Pepito y Suzuki Avellaneda y Mingo Pugliese, entre muchos. Tiene también estudios de psicología y como acompañante terapéutica. Destacan su participación en Tango X2, compañía dirigida por Miguel Ángel Zotto, la compañía de Juan Carlos Copes, la de Mariano Mores, y Tango Metrópolis; así como su paso por Michelangelo, dirigida por Eduardo y Gloria Arquimbau, y más tarde por El Viejo Almacén. Formó notables parejas de baile con Fabián Irusquibelar, Fabián Peralta, Jesús Velázquez, Ricky Barrios, Roberto Herrera, Eduardo Villegas, Julio Zurita y Julio Bassán, e hizo numerosas exhibiciones con grandes referentes y maestros como Carlos Rivarola y con reconocidos milongueros como el Chino Perico, el Flaco Dany, el Gallego Manolo y Julio Dupláa. Una gran carrera que hoy le sigue poniendo la piel de gallina y cortándole la voz de emoción.

Natacha Poberaj con Jesús Velázquez en la pista del Salón Canning.

Natacha, ¿vos empezás con folclore o con tango?

Empiezo estudiando danza en lo que era la Escuela Nacional de Danzas, la María Ruanova. Hoy forma parte de la UNA, la Universidad Nacional de las Artes, en aquel momento era el Profesorado Nacional de Danzas Clásicas. Dos años de iniciación que incluía expresión corporal e iniciación musical, dos de preparatorio con materias troncales como clásico, contemporáneo, dibujo y música, cinco de elemental en los que se añadían francés, gimnasia, y folclore, y tres de profesorado en los que se sumaban las materias pedagógicas e historia de la danza.

¿Empezás danza porque era lo que las chicas estudiaban o porque a vos te gustaba?

Porque me gustaba bailar. Le dije a mi mamá que quería bailar y mi vieja, que había empezado el profesorado de folclore ahí, me llevó y comencé la carrera. Pero, en el preparatorio, me llevo danza clásica a diciembre, no apruebo y la profesora me manda a marzo. Entonces mi mamá le pregunta qué trabajar y si nos podía dar el dato de alguna profesora para prepararme. Y la señora, conmigo adelante con 8 o 9 añitos, dijo: “Señora, su hija no va a bailar nunca”. Mi vieja se dio media vuelta, me apretó la manito y me dijo: “¿Vos qué querés hacer?” “Mamá, yo quiero ser bailarina”. Así que buscamos y encontramos a la señora Amalia Aliende que me preparó durante todo el verano, y en marzo aprobé el examen. A partir de ahí hice siempre clases particulares con ella; y, años después, me cambié con mis hermanas a su escuela, Escuela de Danzas B801 de Morón, cuando invitó a mi vieja a ser parte del plantel docente.

Pero en principio insististe en que te aprobaran en la primera escuela.

Totalmente. Y muchos años después, la volví a ver a la señora Noemí Sher esta maestra que me había rebotado primero y en marzo me aprobó, y me dijo: “Me equivoqué”.

Bueno, tuvo la humildad y generosidad de reconocértelo.

¡Fue fantástico!

«“Vos, ¿qué vas a hacer?”. “Si me aprueban, mi viejo me da el okey para ir al Ballet Nacional. Yo quiero bailar, Lucía”. …y Lucía dijo: “Para mí aprobó. Andá, bailá todo lo que quieras”. Yo siempre tuve maestras que me habilitaron. Mi maestra de quinto grado, Cristina Rafful, me firmó en el guardapolvo “¿Me vas a invitar cuando bailés en el Colón? Y cuando por primera vez lo hice con el Ballet Folclórico Nacional, … ¡¿Podés creer que me tomé el bondi y ahí estaba?! La vi sentada y le dije: “¡Cristina, tenés que venir al Colón porque voy a bailar!” Y vino.»

¿Y cuándo llegás al Ballet Folclórico Nacional? ¿Al terminar la carrera?

Cuando yo tenía 15 años se hizo la primera audición para el Ballet Folclórico Nacional. Sandra Otero, que era profe nuestra de contemporáneo, nos dijo: “Miren chicos, se va a hacer una audición para el Ballet Folclórico Nacional. Vengan, preséntense. Aunque sea para ver de qué se trata.” En aquel momento no era usual que hubiera audiciones.

¡Qué casualidad o qué buena suerte haber tenido a Sandra Otero como profesora!

Después, Sandra fue compañera mía en el Ballet, me pasaba las coreografías. De hecho, quedé efectiva en el Ballet Folclórico Nacional porque Sandra se lesionó, y entré como reemplazo de ella. Me acuerdo que llegué a la casa de mis viejos y les dije “Me voy mañana a Mendoza”, no les di tiempo a reaccionar, tenía 18 años recién cumplidos.

Y la otra profe de contemporáneo era Verónica Gardella -otra gran bailarina de tango-. Gracias a ella bailé mi primer tango en escena, porque en una muestra de fin de año nos armó una coreografía de contemporáneo de Libertango, que tenía figuras de tango.

Y volviendo a la audición del Ballet Folclórico Nacional. ¿Estamos hablando de la primera audición que se hizo para el Nacional con El Chúcaro y Norma Viola, no?

Exactamente.

¿Y cómo quedaste?

Fui la única del grupo de la escuela de danza que pasó a la segunda instancia. Después teníamos que bailar tango y yo de tango, poco y nada, sólo algo que me habían explicado mi abuela Baby y sus hermanos, mis tíos abuelos Pocho y Chiche. Pero veo a Omar Cáceres que yo ya había relojeado que bailaba, y pensé: “yo agarro a este para hacer la prueba”. Estaba renerviosa, no entendía nada, igual se ve que funcionó porque quedé. Pero, cuando dije que tenía quince años, Norma empezó a los gritos “¡¿Cómo no pusieron en el aviso que tenían que ser mayores de edad?! !Miren esta nena! Se comió todos los nervios de la audición ¿y ahora qué?” Y me dice, “¿vos qué hacés?”. “Voy al colegio”. “¡Claro, tenés que ir al colegio!”. “Igual dejame tu teléfono porque en dos años te vamos a volver a llamar”. Terminé hecha una piltrafa, pero, en ese momento descubrí que quería ser bailarina de folclore en el Ballet Folclórico Nacional.

¿Por qué?

Porque me sigue poniendo la piel de gallina … (se le agudiza la voz a la vez que se sonríe). Porque no hay plan B para mí. No hay.

Natacha Poberaj con el Ballet Folclórico Nacional, en tiempos de El Chúcaro y Norma Viola (centro, delante, derecha)

¿Qué fue lo que sentiste? ¿Algo de Norma, de El Chúcaro, de la gente, del ambiente?

El Chúcaro estaba entredormido y en eso pidieron alguien que hiciera el repique sureño. Levanté la mano, lo hice, y el Chúcaro levantó la cabeza. Algo de eso fue mágico para mí. Y después, cómo me defendió Norma. “Con estos tipos yo quiero laburar”, dije. No entendía nada, pero fue lo mejor que me pasó. De hecho, guardé el numerito de la audición.

Quizás veías una entrega, ¿no?

¡Sí, olvidate! Se la jugaron toda la vida. Yo había visto al Maestro con Norma en el festival del Valle del Sol, en Merlo, San Luis, donde siempre fuimos de vacaciones y estábamos para este festival que adoraba todos los febreros. Ya en esa época para mí era impresionante lo que hacían, sin entender nada ni dedicarme todavía al folclore. Otra vez, siendo chica, lo vi en La Rural haciendo la historia de los malambos con Norma, y Omar Ocampo o Juan Corvalán, no recuerdo porque era muy chiquita. Hacía malambo de lanza, de boleadora y de cuchillo. Era fuertísimo, me acuerdo que la flasheé, me marcó profundamente esa historia. Y en el Ballet había un cuadro llamado El Maizal en el que había un espantapájaros que tenía un romance con una de las plantitas y que, cuando venía la cosecha, moría de soledad. El Maestro hizo la muerte del espantapájaros ¡con una contundencia! Tenía una contundencia ¡en todo! Para que te des una idea del nivel de observación que tenía, el Maestro fue el único que se dio cuenta cuando yo estuve por primera vez con un hombre. Y no era alguien del Ballet.

«Nos enseñaron a ser profesionales, que todo pasa por la emoción. No te subís a escena a marcar tarjeta. Yo siempre digo: “El día que sienta que estoy marcando tarjeta, me tengo que dedicar a otra cosa”. Por suerte nunca me pasó, me sigo poniendo nerviosa como las primeras veces, varios días antes. Hay algo de la escena que es espectacular.»

Es cierto que todos los que pasaron por el Ballet Nacional, sobre todo en tiempos de El Chúcaro y Norma, llevan un sello, una marca, incluso. ¿De qué cosa de ellos vos te agarraste y que al día de hoy te subís a un escenario y todavía te sostiene?

Te voy a contar dos cosas muy puntuales. En El Maizal yo hacía de una de las lunas y sobre el final me tenía que ir caminando de espalda. Y el Maestro me marcó: “Usted tiene que hablar con la espalda. Hable con la espalda”. Para mí eso fue como un antes y un después.

Y la otra cosa fue cuando hablamos con Norma con el Irusqui (Fabián Irusquibelar) porque nos íbamos de gira a Japón con Julián Plaza y Roberto y Vanina, y ella me dice “Ahora que estás bailando bien, te vas”. Me partió al medio. Justo me habían empezado a dar los papeles fuertes. “Porque ahora, todos ustedes, los que aprendieron a bailar tango, se van”. “Yo voy a volver, Norma,” -le dije- “y me voy a ocupar siempre de darle al folclore y a nuestras tradiciones un lugar”. Cuando en el 2022 quedó programado Malevo en la final del Mundial fue una de las tantas cosas que hice para cumplir esa promesa a Norma.

¿Por qué fue un antes y un después cuando El Chúcaro te dice “Hable con la espalda”?

Porque aprendí a recibir al público en la espalda, las miradas. ¿Viste cuando te dicen en la milonga, “Miralo hasta que se dé vuelta”? Bueno, es eso, encontrarte con esa energía.

El Maestro nos hacía reír, tenía salidas, como todo genio… qué sé yo… cuando se hizo la Expo Sevilla, Norma viajó con el plantel más experimentado del Ballet y él se quedó con nosotros en la casa de Olivos armando cosas nuevas, y decía “Yo me quedé con la resaca”, y claro, en aquel momento uno pensaba la resaca como la porquería, o lo que quedó, después entendí que la resaca era la tierra fértil. Esas cosas tenía el viejo. Había que poder mirar más allá de lo que decía porque la biblioteca que tenía el maestro era… No sabemos qué pasó con todo eso. Cosas que pasan cuando ya no estamos.

«…Y el Maestro me marcó: “Usted tiene que hablar con la espalda. Hable con la espalda”. Para mí eso fue como un antes y un después.»

¿Te llamaron a los dos años de la primera audición?

El día anterior a rendir matemática y química -que me había llevado a marzo terminando el secundario-, llamaron para que me presente a audicionar en el Teatro de la Ribera. Y mi viejo dijo: “Si aprobás, vas”. Matemática la aprobé pero química la tenía tecleando porque la profe me tenía atravesada porque yo tuve la osadía de decirle que nosotros no entendíamos porque ella había faltado casi todo el año. Pero en la mesa estaban también la de matemáticas y mi profe de biología, Lucía Bolzani que, en un momento que la de química se va, me pregunta: “Vos, ¿qué vas a hacer?”. “Si me aprueban, mi papá me da el sí para ir al Ballet Nacional. Yo quiero bailar, Lucía”. La de matemáticas me aprobó y Lucía dijo: “Para mí aprobó. Andá, bailá todo lo que quieras”.

Yo siempre tuve maestras que me habilitaron. Mi maestra de quinto grado, Cristina Rafful, me firmó en el guardapolvo “¿Me vas a invitar cuando bailés en el Colón?” Y cuando por primera vez lo hice con el Ballet Folclórico Nacional, me vino el guardapolvo a la cabeza y dije: “¿Cómo encuentro a la Seño?” No existía Facebook, nada. ¡¿Podés creer que me tomé el bondi y ahí estaba?! La vi sentada y le dije: “¡Cristina, tenés que venir al Colón porque voy a bailar!” Y vino.

Y mi Seño Graciela, de segundo grado, siempre divina con zapatos de tanco ¡altísimos! Me acuerdo que siempre me llamaba la atención eso.

¿Y cómo fue esa segunda audición?

Hay imágenes de esa audición que me quedaron grabadas. Fue la misma a la que se presenta Vidala (Barboza). Nosotras nos consideramos hermanas porque estamos hermanadas por momentos artísticos. Jesús (Velázquez), sentadito ahí cuando entré al Teatro de la Rivera, me dice “Vos sos la nena de blanco”. ¡Se acordaba de mi primera audición! Ángel Coria que tuvo una paciencia infinita para pasarme las coreos. Graciela Ferreira, María Ángeles Rodríguez, que siguen siendo unas de mis grandes amigas. Todos en el Ballet eran muy buenos compañeros…

«Cuando hablamos con Norma… porque nos íbamos de gira a Japón… ella me dice “Ahora que estás bailando bien, te vas”. Me partió al medio. Justo me habían empezado a dar los papeles fuertes, los solos. “Porque ahora, todos ustedes, los que aprendieron a bailar tango, se van”. “Yo voy a volver, Norma,” -le dije- “y me voy a ocupar de darle siempre al folclore y a nuestras tradiciones un lugar”. Cuando en el 2022 quedó programado Malevo en la final del Mundial fue una de las tantas cosas que hice para cumplir esa promesa a Norma.»

¿Qué fue lo más importante que aprendiste en el Ballet Nacional?

Nos enseñaron a ser profesionales, que todo pasa por la emoción. No te subís a escena a marcar tarjeta. Yo siempre digo: “El día que sienta que estoy marcando tarjeta, me tengo que dedicar a otra cosa”. Por suerte nunca me pasó, me sigo poniendo nerviosa como las primeras veces, varios días antes. Hay algo de la escena que es espectacular. Agradezco la suerte de vivir de lo que amo, porque es algo que quería desde muy chica y que trabajé muy fuerte para que suceda. Estudié muchísimo con muchísima gente. Y el estudio no es sólo ir a tomar clases, es la búsqueda, también ¿no?

En el Ballet Nacional te formás como bailarina de folclore ¿no? ¿Y el tango?

Ahí empiezo a profundizar en todo nuestro folclore, y descubro, y enloquezco, con el tango. En realidad, como decía el Maestro, el tango es mi folclore. Yo soy porteña, de Villa Pueyrredón, un barrio muy tanguero. A la vuelta de donde nací estaba la casa de Copes. Mi vecino Nelo me enseñó a identificar el decir de Floreal Ruíz. El Sin Rumbo quedaba a unas cuadras. A mí el tango me moviliza por todos lados, es la música que crecí escuchando.

Natacha Poberaj junto a sus hijos como organizadora de la milonga del «Sin Rumbo».

Y además por lo que contás, tu abuela era retanguera.

Mi abuela Baby era recontratanguera y una adelantada social, de esas mujeres que se separaron cuando todavía no existía esa opción, con los hijos chicos, y que los crió y salió adelante. Recontratanguera era mi abuela, todo el día con la radio prendida, su tango preferido “Fumando espero”. Y en casa veíamos cine argentino, el programa de Silvio Soldán, “Grandes Valores”, y “La Botica” de Bergara Leumann. Y con mi otra abuela, Olga, la eslovena, mi bisabuela Pepa, y mi tía Cris, veíamos a Tita Merello en el programa de Pinky advirtiéndonos: “Muchacha, hacete el Papanicolau”. Cuatro generaciones de mujeres mirando a Tita Merello.

Natacha con su abuela Baby y su hermana más pequeña, Marisol.

¿Las clases de tango en el Ballet eran con Roberto Herrera o con Carlos Rivarola?

Con Carlitos Rivarola y con Ricky Barrios cuando Carlitos estaba de gira. Al entrar yo al Ballet, Roberto ya no estaba, se había ido con Tango Argentino. La Asistente Coreográfica del Ballet era Titina Di Salvo -o Sabina Di Salvo-.

Y según me contó Fabián (Irusquibelar) en su entrevista, ustedes practicaban todo el tiempo, también fuera del Ballet. Creo que en el garaje de tu casa.

En el garaje de mi casa, en el patio de la casa de mis viejos, en el living de la casa de mi tía. Y tomábamos clases particulares con Ricky Barrios, con Pepito y Suzuki Avellaneda. Íbamos todos juntos. Y con Fabi Peralta tomamos clases con el maestro Mingo Pugliese.

«Agradezco la suerte de vivir de lo que amo, porque es algo que quería desde muy chica y que trabajé muy fuerte para que suceda. Estudié muchísimo con muchísima gente. Y el estudio no es sólo ir a tomar clases, es la búsqueda, también ¿no?»

¿Y cuándo empezaste a milonguear?

La primera milonga a la que fui fue en la Asociación Akarense, la peña La Ronda que organizaba Jorge Manganelli. En este último Festival llegamos a darle un reconocimiento a través de su nieto -que se lo llevó Vanina Bilous-, justo antes de que falleciera. Bueno, me acuerdo que, una vuelta, fuimos todos los de la academia del Maestro a su milonga, y la pasé mal, muy mal. Esa fue mi primera milonga.

¿Por qué?

Llegamos y nos mandaron a una mesa al fondo. Yo no entendía nada. Imaginate, mi primera milonga, no sabía de códigos, de nada, y nos mandaron a una mesa al fondo.

Los gauchos al fondo.

Los gauchos al fondo. Medio morochitos que éramos todos, ya, ahí, me sentí discriminada. Después, mis compañeros que no se animaban a salir a la pista porque, claro, imponía respeto la gente que bailaba en el Akarense. Si no hubiese sido por Carlos Rivarola y Ricky Barrios, planchábamos toda la noche. Yo me fui diciendo: “No voy más a una milonga”. Después entendí por qué nos habían mandado al fondo, era una cuestión de aprendizaje, pero, en aquel momento para mí fue tremendo. Estuve años sin ir a una milonga. Taurina cabezuda, mezcla de cabezona y pelotuda.

«¿Qué encontré? El alma de mi tango. Encontré la gente, encontré los abrazos, aprendí a escuchar de otra manera la música, desde otro lugar… Yendo a la milonga comprobé que hay distintas maneras de escuchar la música, hay distintas maneras de pisar. No es lo mismo ser bailarín de laboratorio, como digo yo, que ser un bailarín de pista de baile, eso cambia muchísimo.»

Y llega el momento que se van con Fabián del Ballet Nacional por una gira a Japón.

Nos fuimos con el Irusqui del Ballet, de gira con Julián Plaza y Enrique Dumas, y Vanina y Roberto a Japón. Y después con el maestro Osvaldo Requena y más tarde también con la orquesta de Walter Ríos. Para entonces, nosotros ya trabajábamos con Piro y la Juan de Dios Filiberto, y hacíamos funciones en el Cervantes, y nos habíamos ido de gira a Europa también con ellos.

Natacha Poberaj con Fabián Irusquibelar.

¿Y vos seguías sin ir a una milonga?

Y yo seguía sin volver a ir una milonga. Hablaba mucho con mi abuela de estas cosas, y ella me decía “Ya vas a volver a ir”. Había pasado también por La Veda, una Casa de tango que ya no existe. Ahí conocí al Trío Marmo, a Silvia Nieves. Hasta que una vuelta, trabajando en Sabor a Tango, viene Pancho Martínez Pey a hacer un cambio y me dice “No puede ser que no vayas a la milonga”. Y como yo venía sintiendo que algo le faltaba a mi baile, pero no terminaba de descular qué era, le dije: “Mirá, voy si vos me prometés, me jurás y perjurás que bailás conmigo toda la noche”.

Tampoco te buscaste a cualquiera para que bailara con vos toda la noche.

Nooo, pero en aquel momento éramos todos pichis. Sería el 90… y pico. Voy esa noche a la milonga del Almagro con Pancho y, por suerte, no le hizo falta a bailar toda la noche conmigo, porque llegamos, me presentó en la mesa, bailé una tanda con él -me vareó, como se dice- y en la mesa estaba el Negro Copello, el Cordobés Oscar, José Hernández, y me sacaron a bailar uno a uno, y después otro muchacho, y otro, y no paré de bailar en toda la noche. Fue fantástico. La frutilla de la torta fue que hasta me cabeceó un milonguero que se llamaba Esteban. Y a partir de ahí -eso era un martes-, miércoles, jueves, viernes, sábado, domingo, lunes, no paré nunca más.

«…pude bailar con un montón de milongueros que hoy ya no están. Eso es algo que nuestra generación tuvo una suerte inmensa y, como digo siempre, si nosotras no bailamos con los chicos jóvenes ahora, como ellos hicieron con nosotras, se pierde la trasmisión desde la impronta de los cuerpos abrazados.»

¿Qué encontraste en la milonga de lo que “le estaba faltando a tu tango”?

¿Qué encontré? El alma de mi tango. Encontré la gente, encontré los abrazos, aprendí a escuchar de otra manera la música, desde otro lugar.

¿La musicalidad?

Yendo a la milonga comprobé que hay distintas maneras de escuchar la música, hay distintas maneras de pisar. No es lo mismo ser bailarín de laboratorio, como digo yo, que ser un bailarín de pista de baile, eso cambia muchísimo. Y además pude bailar con un montón de milongueros que hoy ya no están. Eso es algo que nuestra generación tuvo una suerte inmensa y, como digo siempre, si nosotras no bailamos con los chicos jóvenes ahora, como ellos hicieron con nosotras, se pierde la trasmisión desde la impronta de los cuerpos abrazados.

Natacha Poberaj bailando en la milonga del Sunderland con el Flaco Dany.

Y las milongueras también, porque no nos olvidemos de milongueras como Margarita Guillé que bailó a toneladas de bailarines: A Miguel y a Osvaldo Zotto, al Negro Copello, a Panchito, a Fabi Peralta. Milongueras históricas como Haydé (Malagrino), Ketty (Beatriz Feresin), mujeres que hicieron historia en el tango con los muchachos. Y nosotras tenemos el paralelo con los varones. En mi caso personal: el Chino Perico, el Flaco Dany, Gavito, Tito Roca, que todavía está, el Nene Masci, Esteban, David. Yo llegué a milonguear con David. David era un milonguero que llevaba un registro en un cuadernito de todas las chicas nuevas con las que había bailado una primera tanda. Un cuadernito en el que había nombres como el de Vanina Bilous y Roxana Fontán. Uno de esos personajes emblemáticos de esa época en la milonga.

Natacha Poberaj en «la» mesa de los milongueros. De izq. a der.: El Nene Masci, Jorge Raimondo, Osvaldo Natucci, Natacha, Tito Rocca, Gavito, Eduardo (nombrado más adelante como «Eduardito») y Teté Rusconi.

¿Y qué similitudes o diferencias entre lo que es el mundo artístico del folclore y el mundo artístico del tango?

No sé, porque para mí está todo junto.

Pero son distintos ambientes.

Sí, son distintos ambientes, pero yo los tengo tan entrelazados en mí, que me cuesta… De hecho, en el Almagro -porque tenía en la cabeza esta cosa que le había dicho a Norma-, yo, junto con otros, le llevaba folclore al Pebete, Horacio Godoy. Le decía “Pebete, ponenos chacarera”, entonces, cuando terminaba el Almagro, él decía “Ahí va la chacarera pa´ los gauchos”, y salía todo el gauchaje a chacarerear. Después le llevamos zambas, y empezó a pasar zambas. Y eso después lo sostuvo en La Viruta.

Además, el Chúcaro sostenía que el compadrito era el gaucho que llegaba de la pampa a la ciudad. Y explicaba que caminaba así porque le apretaban los zapatos, porque el tipo estaba acostumbrado a la bota de potro, con los dedos afuera. Lo explicó muy bien en el cuadro de La Transfiguración del Gaucho. El Maestro siempre contaba estas historias que a mí me gusta creer porque él había estudiado mucho.

Natacha Poberaj con el Chino Perico. Ph.: Guillermo Monteleone.

Otra era cómo la necesidad de abrazar nace con la llegada de todo el gringaje de afuera. ¿Por qué el tango, de alguna manera, nace en los burdeles? Porque ahí se podían tocar, necesitaban esos abrazos. Entonces, no es que iban a los puteríos únicamente para tener sexo, sino porque necesitaban abrazar a una mujer. ¡Si no había minas! Acá primero venían los chabones y después, con buena suerte y viento a favor, traían a la familia. Y en otros lugares no estaba permitido, los negros sí, la gente blanca no. Es lindo imaginarse que dentro de esos ámbitos se mezclaban las distintas clases sociales, ¿no?

Bueno, es una de las cosas que tiene la milonga, ahí se borran las clases sociales, casi que ni se sabe a qué te dedicás.

Totalmente, sigue sucediendo.

«Carlos (Rivarola) dice, desde que yo me acuerdo, que “la mujer es la inspiración”. Es decir, que él sugiere un determinado movimiento, pero cómo lo ejecuta cada mujer, lo cambia. Ponele que le sugiere que haga un ocho y ella hace el ocho, pero el tamaño que hace el ocho, el tiempo que se toma para hacerlo, cómo pone el piecito, qué juego hace con la cadera… todo eso él lo pone a funcionar como la inspiración para el próximo movimiento…»

¿Y cómo sigue tu carrera después de la pareja profesional con Fabián Irusquibelar?

Un día me dejan un mensaje de Gloria y Eduardo para una audición en Michelangelo. Llamo y le digo “Mire, maestro, que no tengo compañero”. “Bueno, vení vos, porque el trabajo ya lo tenés”. Y después de muchas idas y vueltas, fue cuando me terminé juntando con Fabi Peralta y trabajamos en Michelangelo durante el 99, 2000.

Después Héctor Falcón, que se separaba de Susana Rojo como pareja de baile, me propone ensayar para dar la audición para Tango X2. En aquella época yo hacía con Fabi (Peralta) el show en Michelangelo, estaba con Jesús en un cabaret que se llamaba Catos, y después me iba a La Tangoteca con Guille Macana. Hacía triplete, y encima me había puesto a ensayar con Héctor. En medio bailé también un tiempo con Julio Zurita en Michelangelo. Fuimos con Falcón a dar la audición para Tango X2, y Susana fue con Ricky. En cuanto terminamos de dar la audición, Héctor y Susana se fueron, y Miguel nos dijo a Ricky y a mí, palabras más, palabras menos: “¿Se quedan? ¿Ustedes se conocen?” “Sí”, le dice Ricky, “Ella fue alumna mía”. “¿Y, cómo se llevan?” “Y… la hice a imagen y semejanza”, dijo Ricky. Y yo: “Bárbaro, si es mi maestro”. Entonces nos propone, “¿Por qué no se bailan un tanguito?”. Bailamos y dijo “Bueno, quedaron ustedes dos”.

Natacha Poberaj de gira con la compañía Tango X2. En la foto, atrás y arriba,
junto a Miguel Ángel Zotto

Para mí trabajar con Ricky Barrios, fue espectacular, impresionante, porque, de repente, en cinco años estaba bailando con quien había sido mi maestro. Ahí empecé a tomar dimensión de todo lo que venía trabajando. Con Ricky bailé, y seguí aprendiendo un montón, casi dos años en Tango X2. No hay mucho registro, porque no había tanto video ni redes. Hicimos giras y temporada de teatro en Buenos Aires cuando se cumplieron los diez años de Perfumes de Tango. Hasta la temporada en el Teatro Metropolitan de Una Noche de Tango, que Ricky se iba de viaje a Italia y deja la compañía, y entonces hice esa temporada con Jesús. De ahí salen esos dos videos famosos, ¿viste?, de Malajunta y …

Sí, lo he visto, Malajunta y Café Domínguez.

…y Café Domínguez. Entonces me llama Roberto (Herrera) para empezar a ensayar. Así que hice una última gira con Tango X2, a China, y empecé a trabajar con Roberto. Dos años… y pico. Hacíamos muchos festivales, desde el CITA, acá en Argentina, a festivales en el resto del planeta, y mucho tango y folclore. También fuimos de gira a Japón con la orquesta de Beba Pugliese. Y armamos una compañía, que él después continuó.

Natacha Poberaj con Roberto Herrera.

Y cuando dejé de trabajar con Roberto me mandé sola a Estados Unidos. Trabajé un tiempo en Nueva York e hice alguna cosa con Carlos Copello y con Omar Vega. Volví y ahí trabajé con Eduardo Villegas, otro compañero del Ballet Nacional, en el Viejo Almacén, con la compañía de Mariano Mores, con la compañía de Juan Carlos Copes y en milongas y festivales por Europa cuando nos fuimos con Tango Metrópolis. Y a partir de ahí ya empecé a trabajar cada vez más suelta. Hice algunas cosas con Julio Zurita y con Juan Manuel Fernández, otro ex compañero del Ballet Folclórico Nacional. Y empecé a hacer muchas exhibiciones con los milongueros: el Flaco Dany, el Chino Perico, Dupláa, el Gallego Manolo, Chidichimo… no sé, por ahí se me escapa alguno… Y también con bailarines de la generación que sigue a la mía como Juan Cupini, Beto Leis, Hernán Saucedo, espero no olvidarme de ninguno.

Natacha Poberaj en un exhibición en el salón Canning con el Gallego Manolo.
Ph.: Guillermo Monteleone.

¿Qué recuerdo especial podés contarnos de toda esa época?

Una cosa que para mí fue divina de la época que trabajaba en Michelangelo con Fabi (Peralta). Primero mirá las parejas que había además de nosotros: Javier y Geraldine, Panchito con la Lucarini, Sebastián Arce y Marianita Montes, y cantaba Sandra Cabal, hasta que la reemplazó Roxana Fontán, gran amiga mía, y para mí una de las mejores cantantes de tango que tenemos hoy en día, después de la Graña, obviamente. Y bueno, resulta que Javier y Gerald trabajaban después en un boliche que se llamaba La Cumparsita, entonces, cuando salíamos, si no iba a la milonga, iba un rato con ellos y ahí lo conocí a Podestá, a Godoy y a Ruth Durante, y nos íbamos a comer pizza al Tío Felipe todos juntos. Después, cuando Podestá estaba trabajando en el museo en SADAIC, yo me iba a tomar mate con él. Le llevaba conitos de dulce de leche. Cuando estuvo la última época en el geriátrico, lo íbamos a ver con Roxana, y me regaló un libro de partituras de él, firmado.

Natacha Poberaj con Alberto Podestá.

¿Y cómo llega… -no sé cómo hacer la pregunta- alguien tan de la base, tan leal a la milonga, a dirigir el Festival y Mundial cuando éste era tan criticado por los tangueros?

Porque nos lo merecemos. Porque remamos para que eso suceda

¿Porque es mejor estar adentro que estar afuera?

Totalmente. Y ojo que yo también me enojé en algún momento con el Mundial, eh. Tuve mi etapa de correrme y decir “No hagas más nada”. Estaba enojadísima. Antes de eso competí; preparé alumnos, di clases, fui jurado, hice exhibiciones, de todo. O sea, soy parte del Festival y del Mundial, desde que existe. ¡Y desde antes también! Como muchos tangueros que estuvieron en su gesta. La gente de producción que aún hoy está trabajando, me traían la silla cuando yo estaba compitiendo embarazada. Martín Frosio, Juanjo Carmona, Vanina Tagini, Ianina Trigo, Ailén Bressan, Romina Marson. Sé lo que la remaron, cómo la pasaron cuando se agarraban de la reja y los increpaban para que los dejaran pasar. Pasaban cosas heavy, La gente se mataba para entrar a La Rural, había mucho rock and roll, por decirlo de alguna manera, en aquellos primeros festivales en los que estaba Pablo Banchero haciendo la conducción.

Natacha Poberaj, embarazada de siete meses, bailando con Fabián Peralta en el 2006 tras obtener el primer puesto del IV Campeonato Mundia de Tango Salón. Ph. EFE Leo La Valle

Con Silvana Grill nos conocemos de hace muchísimos años, hemos compartido mucho en la milonga, mi primera clase con Graciela González, con la Negra, donde aprendí a bolear, y lo digo así, a mucha honra, y se me sigue poniendo también la piel de gallina (se le agudiza la voz): yo aprendí a hacer los boleos gracias a Graciela González que me agarró en la cadera y me zamarreó. Y practicaba con la Grill porque éramos las dos altas, pata larga, ¿entendés? Y, bueno, nos conocemos de aquella época, hace un montón.

Cuando me salieron con esta propuesta, dije: “Muchísimas gracias, dejame pensarlo. Desde ya me encanta, pero es una responsabilidad enorme. Y primero quiero saber qué va a pasar con Soria”, porque Gabriel se cargó al hombro todos los quilombos durante la pandemia, y es alguien que siempre trabajó, y trabaja, desmesuradamente por el tango. Para mí era fundamental que siguiera trabajando y acompañando. “Y voy a querer trabajar en equipo. Todo lo demás, lo pienso, pero estas son dos cosas a priori”. Más allá del equipo de producción que ellos ya tenían, y que es fantástico, yo pedí formar un equipo artístico. Y bueno, accedieron. Y trabajo con gente en la que tengo plena confianza, gente que está en el tango, desde distintos ángulos, de toda la vida: Cintia Carballo, Tani (Estanislao) Herrera, Paola Parrondo, Graciela García, Gaspar Godoy, Martín Ojeda. Johana (Copes), Stella Báez, y Jesús (Velázquez).

«…hay algo que para mí es importante: lo que tiene que ver con los lineamientos históricos. Por eso arranqué con el homenaje a Tango Argentino, después a Tango Pasión y este último año… bailaron los campeones mundiales de estos veinte años… También el valor de la mujer en el tango es importante para mí. Y el respeto a la diversidad, además de sumar siempre a las distintas generaciones. Y lo de incluir a Malevo era fundamental. Y que se siga viendo que el tango es al piso, porque el tango es al piso.»

¿Y cuál es tu visión de lo que tiene que ser el Mundial? O sea, cuando uno agarra un proyecto semejante uno tiene una visión, ¿no? ¿A dónde querés conducir el Mundial?

Yo improviso, veo para dónde va, y registro y laburo con eso. Sí hay algo que para mí es importante: lo que tiene que ver con los lineamientos históricos. Por eso arranqué con el homenaje a Tango Argentino, después a Tango Pasión y este último año, dirigidos por Carlos Rivarola, bailaron los campeones mundiales de pista y escenario de estos veinte años celebrando el aniversario del Mundial. También hay algo del valor de la mujer en el tango que es importante para mí. Y el respeto a la diversidad, además de sumar siempre a las distintas generaciones. Y lo de incluir a Malevo era fundamental. Y que se siga viendo que el tango es al piso, porque el tango es al piso.

Saludo final del show de los campeones de estos 20 años, Natacha incluida, durante la final del campeonato mundial de tango 2023.

¿Y cómo vivís el impacto en la milonga de todos los cambios que se están produciendo? Hay códigos que están cambiando o cayendo en desuso. Se está incluso bailando distinto, está la propuesta del tango queer de que no haya más roles fijos.

Yo creo que en el tango siempre está la posibilidad de sugerir, no es el que manda y el que acata la orden, personalmente siempre lo sentí como una sugerencia, después hay que ver si la aceptamos o no y qué es lo que se genera desde ese diálogo de cuerpos. El tango es un diálogo de cuerpos y hay que saber escuchar y saber decir, corporalmente, y en función de eso construir juntos. Porque es una pareja de baile, lo dice la misma palabra, vamos a la par, no es ni el 80 ni el 50, es el 100% de cada uno que suma a todo el baile. Y los roles son distintos y absolutamente disfrutables, y desde los dos podemos dialogar, vuelvo a decir, con el otro. El tango es tan dinámico como los cambios sociales.

«El tango es un diálogo de cuerpos y hay que saber escuchar y saber decir, corporalmente, y en función de eso construir juntos. Porque es una pareja de baile, lo dice la misma palabra, vamos a la par, no es ni el 80 ni el 50, es el 100% de cada uno que suma a todo el baile. Y los roles son distintos y absolutamente disfrutables, y desde los dos podemos dialogar con el otro. …no es el que manda y el que acata la orden, personalmente siempre lo sentí como una sugerencia, después hay que ver si la aceptamos o no y qué es lo que se genera desde ese diálogo de cuerpos. El tango es tan dinámico como los cambios sociales.»

Pero ¿hace falta el rol, o se puede llegar a erradicar?

No te lo sabría decir, es que en realidad para mí es todo el tiempo así. Yo eso lo he vivido desde el principio con Carlitos Rivarola. Yo he bailado con él, es mi maestro, y Carlos dice, desde que yo me acuerdo, que “la mujer es la inspiración”. Es decir, que él sugiere un determinado movimiento, pero cómo lo ejecuta cada mujer, lo cambia. Ponele que le sugiere que haga un ocho y ella hace el ocho, pero el tamaño que hace el ocho, el tiempo que se toma para hacerlo, cómo pone el piecito, qué juego hace con la cadera… todo eso él lo pone a funcionar como la inspiración para el próximo movimiento, y bueno, para mí ahí está todo dicho. Acordate, además, que históricamente los hombres practicaban entre ellos y las mujeres entre ellas. Y jugando mientras practicaban entre hermanos, hermanas y amigos, probaban pasos nuevos. Yo juego bailando con mis tres hijos a probar figuras, tanto en casa como en la milonga, del mismo modo que cuando yo era una nena bailaba con mi papá, mi mamá y mis hermanos, al son de El cóndor pasa.

Es una manera, también, de hacer que el tango siga vivo en las generaciones jóvenes. Y que siga siendo una cosa familiar, como bien lo representan nuestros queridos Haydé y Oscar Héctor Malagrino.

«Yo juego bailando con mis hijos a probar figuras, tanto en casa como en la milonga, del mismo modo que cuando yo era una nena bailaba con mi papá, mi mamá y mis hermanos… Es una manera, también, de hacer que el tango siga vivo en las generaciones jóvenes. Y que siga siendo una cosa familiar, como bien lo representan nuestros queridos Haydé y Oscar Héctor Malagrino.»

Por eso el sentido de que tu hijo mayor entregara las flores a todas las campeonas en el homenaje de los veinte años, él que, como decías hace un rato, estaba en tu panza cuando ganaste el Mundial.

No sabés lo que fue el encuentro desde las miradas inundadas de emoción por todo lo transcurrido y compartido, con aciertos y errores que hacen a la vida. Como alguna vez dijo Tito Palumbo, periodista y creador de la revista BA Tango: “Campeones en el tango y en la vida”. Ciro es el mayor, pero con Román también hice exhibiciones con él en la panza. Y tomaba la teta siendo yo jurado. Y a veinte días de dar a luz a Luciano, el más chico, daba clases en el Mundial. Mi vida y la de mis hijos está atravesada por el tango.

«Mi vida y la de mis hijos está atravesada por el tango….La gente de producción que aún hoy está trabajando, me traían la silla cuando yo estaba compitiendo embarazada… Ciro es el mayor, pero con Román también hice exhibiciones con él en la panza. Y tomaba la teta siendo yo jurado. Y a veinte días de dar a luz a Luciano, el más chico, daba clases en el Mundial…»

Por otro lado, volviendo a los cambios sociales, fijate lo que gestionó Julio Dupláa del Día de la bailarina de tango, el 6 de septiembre, la fecha de cumpleaños de María Nieves. Ahí tenés todo lo que impacta lo social. De alguna forma también devolverle a Nieves algo de todo lo que ella hizo y sigue haciendo. Esa mujer hizo todo para que el tango esté donde está, como muchos otros, pero la impronta de ella, para mí, es única. Mientras yo esté y Nieves esté, ella va a estar en el Festival, es condición sine qua non.

Natacha con María Nieves Rego tras su exhibición en la apertura del Festival de Tango 2022, el 6 de septiembre, fecha de su cumpleaños y Día de la Bailarina de Tango en su honor. Ph.: Gabriel Gutiérrez.

¿Qué podés contar de tus vivencias con Nieves?

La primera vez que los vi, en vivo y en directo, Nieves dijo algo espectacular. Llegamos con el Irusqui y ella estaba ensayando con Copes y cuando terminaron Nieves dijo “Copes, otra vez me dejaste de traste al público”. No me olvidé nunca más de eso, porque no tenemos por qué darle el traste al público. Después son tantas, tantas cosas que tengo para contar de ella. Cuando salimos campeones, yo estaba embarazada. “Nena, no me había dado cuenta que estabas embarazada, ¡qué bien!”, me dice, “Porque el tango te espera, pero los hijos no”, y con eso, de alguna manera, me lo terminó de habilitar. Nieves es un ejemplo de todo lo que está bien, tiene una dignidad más allá de lo que nos imaginamos. Y por eso para mí es importante devolverle algo de todo lo que nos dio. Todo lo que luchó, porque ella luchó, ¡¿eh?!, no fue únicamente hacer o sostener, Nieves la luchó, literal, la peleó, la remó, y le pasaron un montón de cosas y se la bancó y siguió adelante, y sigue adelante, por el tango. Y nos sigue regalando, como siempre dice, su corazón de tango.

«¿Qué te dieron las mujeres del tango? La entereza, con todo lo que representa. …Minas enteras, eso me dieron las mujeres del tango.»

¿Qué te dieron las mujeres del tango?

La entereza, con todo lo que representa. Yo llegaba y me sentaba en la mesa de la Negra Margarita, en la que estaba Ketty también, y venía siempre derrapando porque venía cansada, llegaba corriendo, y Ketty me decía “Dale, dale, dale, tira las botas acá”, y yo tiraba las botas abajo de la mesa, me ponía los zapatos y me iba a bailar. En esas noches del Sunderland estaba también Elsa Quatrocchi, con quien seguimos teniendo íntimas charlas sobre la vida. Y Ofelia Rosito. Y la que venía siempre conmigo era Silvina Damiani que hoy en día regentea y lleva adelante el mítico Salón Marabú.

Natacha Poberaj junto a Paola Parrondo entregando un diploma a las milongueras Ketty y Elsa Quattrocchi, por su labor por el tango. De Izq. a der.: Paola, Ketty, Elsa y Natacha.

Virginia Luque, haber podido trabajar con ella en el Viejo Almacén… Casi no podía caminar, la subían al escenario y decía “Rebeldía…” (suspira). Virginia Luque era… lo más, divina. Minas enteras, eso me dieron las mujeres del tango.

Algo que quieras decir, transmitir, hacer llegar, antes de terminar.

Gracias. Gracias a mis viejos. Imaginate criar a seis hijos, lo que se hamacaron mis viejos, más allá de que contaban con la ayuda de las abuelas. Y porque si hay algo que aprendí de mi papá y de mi mamá, es el amor al laburo y el respeto.

Gracias a todos los organizadores de milonga y eventos tangueros. Tenemos grandes organizadores de muchísimos años de trayectoria y mucho saber hacer.

Y gracias por la difusión, porque si no, no sería posible. Sin todo esto no se sigue, esto es el tango también. Es importante tu escucha porque el tango nace en la oralidad también. Cuando iba al Almagro, además de aprender bailando y mirando, aprendí escuchando, incluso a personajes que son anónimos para mucha gente. Yo conocí a un tal Eduardito que me enseñó a reconocer a las distintas orquestas. Se sentaba conmigo, no bailaba, y me decía “Bueno, te tiro la charada”, y me decía “Es una orquesta que…”  y me hacía pensar. Cuando yo embocaba cuál era la orquesta o me daba cuenta cuál era el cantor, para mí era fantástico. Me hacía hacer todo el trabajito, el esfuerzo, para poder llegar al aprendizaje, y eso es algo que después no te lo olvidás más.  Por eso yo transmito las cosas de esta manera, porque sé que hay lugares a los que tiene que llegar. Así que te agradezco la escucha atenta y cuidadosa, gracias por las ganas, por tu tiempo, por hacer esto -por difundir el tango- que es tan importante para todos.

Natacha Poberaj y Flavia Mercier tras la entrevista.

Gracias a vos Natacha, ha sido un placer escucharte y algo muy especial sentir tu emoción al hablar, eso confirma que es algo muy valioso que vale la pena difundir.

“…Como el agua frente al fuego, como el mar contra las rocas…” así eran las mujeres tangueras a las que Natacha Poberaj hoy quiere honrar. Mujeres enteras, aunque con algunas fisuras que, como las grietas del árbol, dejan aflorar la savia para sanar.

Y no sólo las mujeres del tango le donaron a Natacha su entereza. Sus maestras le aprobaron y refrendaron su deseo. Sus abuelas, mujeres luchadoras y de avanzada, le legaron el saber esperar el tiempo oportuno y, junto con otras mujeres de la familia, la experiencia temprana de la sororidad.

Para esa generación de mujeres el deseo se pagaba con sacrificio. Para algunas con la renuncia obligada a la maternidad o al amor para ser profesionales o artistas, otras muchas debieron sacrificar sus anhelos. A la luz de esa experiencia, a la generación de Natacha le causó cierto horror el pensar en términos de sacrificio. Paradojalmente el renegar de éste las arrojó a una sobrecarga que hace sufrir a sus cuerpos de dolor.

Para muchas de estas mujeres, de antes y de ahora, el tango representa un bastión de resistencia, una fuente de satisfacción donde nutrir su entereza. La milonguera cuando baila le arranca el cuerpo al sacrificio. Con sus ochos dibuja un puente al infinito en el que es mujer deseante en un más allá de la madre, la trabajadora, LA mujer… Al bailar rescata su pecho de la melancolía para entregarlo en la conexión con un otro que la lleva a conectarse consigo misma. En ese abrazo ella encuentra un amparo frente a la hostilidad del mundo y una reparación a su aislamiento. En la pista, la diversión: alegría para animarse a divergir el rumbo y diversidad para imaginar otra cosa.

Es lo femenino lo que puede manifestarse con el tango, más allá del género al que esté cosido. Es gracias a esa fuerza como aquella mítica cantante subía al escenario entonando un grito rebelde frente a las dificultades, sean del camino o del caminar, al son de aquel tango inmortalizado por Caló con Iriarte. Es lo que hace consonar al “Dale, dale, dale, tirá las botas acá abajo de la mesa” de Ketty para Natacha, con un implícito “ponete los zapatos y pegale un voleo a la idea de renunciar.”

Se podría decir que Natacha tuvo la fortuna de contar con mujeres que la habilitaron a jugarse por su deseo, sea bailar, tener hijos, volver o no a la milonga, o asumir la Dirección del Festival y Mundial de Tango. Mujeres enteras que “como el mar frente a la roca” ganaron espacios gastando con su insistencia la sorda rigidez de un orden escrito en piedra, y que siempre se volvieron a poner de pie, haciendo de su dignidad un acto de rebeldía.

Flavia Mercier

Pancho Martínez Pey: “El tango te desnuda, ves a la gente bailar y ves cómo es.”

Bailarín, milonguero, coreógrafo, maestro de tango danza, cantor de tango y actor, Pancho Martínez Pey es hoy miembro del Consejo Internacional de la Danza, tras una trayectoria de casi 40 años con la danza, que empezó con el folclore. Con maestros como Héctor Falcón y Susana Rojo, Rodolfo Dinzel, y Petaca -entre tantos otros maestros milongueros-, Pancho no ha dejado nunca de estar entre las primeras figuras del tango tras debutar en el show de Michelangelo dirigido por Eduardo y Gloria Arquimbau. Destaca su rol protagónico en “Tanguera, el Musical”, o su paso por el musical de Nacha Guevara, “Tita: una vida en tiempo de tango”. Ha trabajado en las Casas de tango más afamadas, desde el mítico Caño 14 hasta Rojo Tango. Ha sido además jurado del Mundial de Tango desde prácticamente sus inicios. Participó en varias películas, entre ellas “Un tango más” el documental sobre la vida de María Nieves Rego y Juan Carlos Copes. Y es desde hace más de 20 años la pareja de baile de la gran María de Buenos Aires, María Nieves Rego. Una entrevista en la que Pancho además de compartirnos su historia, reflexiona a fondo sobre la actualidad de la práctica del tango, tanto social como escenario.

Ph. portada: terrygalindo

Pancho Martínez Pey. Ph.: terrygalindo

Pancho, vos venís de una familia de músicos con raigambre en el folclore. ¿Qué despierta en vos lo que vivías en tu casa? ¿O simplemente te dejaste llevar por eso?

Fue lo que se vivía en casa porque mi papá y mi tío son músicos y tocaban juntos desde los 18 años. Mi papá era muy buen guitarrista, era arreglador también, compositor; de hecho, hizo la música de un par de danzas folclóricas de proyección. Además de la guitarra, tocaba el contrabajo, y tocaba el requinto muy bien, ¿viste la guitarrita de los boleros? En casa todos los fines de semana había reunión familiar, y era tocar, bailar. Antes de los 8 años yo ya empezaba a bailar con mi mamá en las peñas folclóricas. El 2 de abril del 82 mi papá debutó con el grupo de folclore, el día que se recuperaron las Malvinas, y yo me acuerdo de ser parte y de bailar con mi mamá.

¿Tu mamá también era bailarina o bailaba informalmente?

No, no era bailarina, aunque quiso serlo, pero por esas cosas de la época que no la dejaban, que no podía, que no sé qué… A mi vieja le gustaba mucho bailar folclore y de chica había hecho danzas españolas. Se conoce con mi papá, y acá estoy.

¿Tocás algún instrumento, también?

Empecé como percusionista. Por el folclore, tocaba el bombo y aparte en el ballet hacíamos malambo, boleadoras, bombo, todo percusión.

¿Qué ballet era?

El Ballet Argentino Zupay, de Juan Cáceres, “Zupay”, y Elba Maceira quienes desde hace unos cuantos años están en Tenerife. Yo arranqué en el ballet a los 12 años. Antes iba a las peñas y tomaba algunas clases de folclore en Ramos Mejía -porque yo soy de Ciudadela-. Y al mismo tiempo arranqué también con el ballet de la Escuela Nacional de Danzas que se llamaba Tiempo de Folclore. Pero yo iba a todas las peñas, así como ahora soy milonguero, porque milonguero es el que sale todas las noches y va a todos lados a bailar.

Eras peñero.

Yo era peñero, iba con mi papá y mi tío, cargábamos los equipos, bailaba toda la noche hasta que terminaba la peña, y volvíamos a casa. Así me las pasaba todas las semanas. ¡Ni te cuento la primera vez que me compré las botas! Todo el día zapateando.

Pancho Martínez Pey bailando con el Ballet Argentino Zupay.

Y en tus primeras exhibiciones con los ballets ¿ya sentías alguna “cosita” por estar frente al público o te daba igual quién estaba delante y era sólo el placer de bailar?

Era el placer de bailar, a mí siempre me gustó bailar. De hecho, de cierta manera, ese brillo, o ese ángel, o lo que sea, la gente lo veía en mí, los que me conocían de chiquito hablaban bien de mí, pero yo no lo sentía. Yo era chico y lo único que quería era bailar.

¿Y cuándo pasás del folclore al tango? ¿Cómo llegás al tango?

Porque en el ballet empezamos a hacer coreografías de tango. Los primeros maestros que tuve fueron Héctor Falcón y Susana Rojo.

¡Ah! ¡Nada más ni nada menos! ¿Y qué sentiste la primera vez que los viste?

Me encantaron, eran geniales. La presencia, la impronta. Se agarraban, bailaban y era: “¡Uuuh!”, ¿viste? Te dejaban estupefacto.

Entonces ahí empezás.

Ahí arranco, coreográficamente. Después, en el 92, me llama un muchacho que había estado integrando el conjunto de folclore de mi papá, y que había encontrado trabajo en el circuito de Verbenas de España. Y yo que estaba trabajando en un banco, en tarjetas de crédito, y que justo había tomado algunas clases con Copes, le dije que sí y largué todo a la mierda y me fui. Un año y medio estuve recorriendo toda España. Tocábamos desde “Paquito, el chocolatero” hasta Los Lunes o Los Rodríguez, de todo para que la gente baile. Yo tocaba la batería, cantaba, y en los intervalos bajábamoscon la tecladista del grupo, ybailábamos tango y folclore para la gente, mientras él cantaba con la guitarra. Y yoterminaba haciendo un malambo.

¿Y?

Y… la gente se moría, ¡se moría! No me olvido más, en una localidad del norte, yendo para Galicia, que se llama Toreno, estábamos en la plaza -que era enorme-, nosotros y una orquesta de vientos, habría como tres mil personas, ¡una cosa de locos!; y cuando tocamos y bajamos y bailamos, la gente se murió.

¿Y vos qué abrochaste en esa vuelta para tu historia?

Yo me fui con muchas ilusiones, como todo chico joven: “Me voy afuera, puedo ganar plata… Cuando vuelva voy a poner un bar, tipo karaoke, con una pista para show y para que la gente baile, con músicos…” y ta ta tá. ¡Y volví con menos plata que con la que me fui! (Risas).

Ganaste en satisfacción, aunque el dinero no acompañó.

Total. Y ese viaje me marcó, me hizo crecer mucho como persona. A lo mejor, si yo hubiese estado acá, no hubiese visto lo que vi estando afuera, en cuanto a mí, a la relación con mi familia, a un montón de cosas. También, a lo que yo quería. No me olvido más, estaba muy triste, porque, aparte, en esa época era todo más difícil: ¡me mandaban VHS!, mis compañeros me mandaban cassettes y me decían “¿Qué hacés allá? ¿Por qué te fuiste? Volvé.” Yo estaba redeprimido. Todos estábamos medio tristes. Y un día, que volvíamos de una presentación…

¿Te acordás por qué estabas redeprimido?

Por la melancolía… Nos faltaban los códigos, que son diferentes. Los amigos, llamarte en dos segundos para juntarte a tomar un café, cagarte de risa de las mismas cosas.

Lo que te nutre.

Lo que te nutre. Tener que explicarle a un español cómo lo pensamos para que se pueda divertir con nosotros. Y porque yo, mentalmente, todavía era bastante chico, ese viaje me ayudó a madurar mi cabeza.

Pancho Martínez Pey con Lorena Ermocida en Salón Canning.

¿Y, entonces? Volvían de la presentación ¿y…?

En la radio había un programa que tenía Alberto Cortés que escuchábamos más o menos siempre, y ese día cierra hablando de estas cosas, ¿no?, de la nostalgia, no sé qué, y termina con un tango. Estábamos los tres en la cabina de la camioneta, viajando, y ¿viste cuando sentís que se hace un vacío, que no hay aire, no hay nada, y solamente escuchás ese tema? Sentía como el cristal cuando se rompe, como cuando se empieza a resquebrajar todo.

Se empezaba a resquebrajar la película, la pantalla de la película.

Exactamente. Fue como un punto nostálgico muy fuerte. Yo siento que fue ahí cuando el tango vino, me tocó y me hizo: “ping”.

Digamos que “el tango te esperó” hasta ahí, que fue cuando te llegó.

Total, porque es el tango el que te busca, vos no buscás al tango. Porque vos podés escuchar todo el día, todo lo que quieras, y no entender una goma. Pero cuando estás listo, el tango viene, te toca y te dice: “Pum, vos sos mío”, y entra.

¿Te acordás con qué tango entró?

Creo que fue «Volver». No quiero mentir, sé que fue Gardel, pero no me acuerdo específicamente qué tango, si fue «Volver» o «El día que me quieras», pero, a partir de ese momento, en lo único en lo que mi cabeza pensaba era en volver. Y me volví.

«…es el tango el que te busca, vos no buscás al tango. Porque vos podés escuchar todo el día, todo lo que quieras, y no entender una goma. Pero cuando estás listo, el tango viene, te toca y te dice: “Pum, vos sos mío”, y entra.»

¿Volviste ya con la idea de que querías seguir en algo de eso que habías vivido?

Me volví con la idea ya definida de ser artista de tango, así que llegué con una búsqueda específica. Porque, aparte, cuando volví, la mayoría de mis compañeros bailarines estaban recontraavanzados, y yo me había quedado con las cosas coreográficas que sabía, así que estaba desesperado. Entonces, me recomiendan tomar clases con diferentes personas, así que al mismo tiempo me meto a tomar clases con Celia Blanco y con Dinzel. Y, además, como antes de irme tomé clases con Pepito Avellaneda, y gracias a eso empecé a conocer a milongueros como Rodolfo Cieri y otra gente, cuando volví, llegué específicamente buscando todo eso. Me enganché con Dinzel, estuve en su estudio un año y medio a la vez que iba a bailar.

¿Dónde ibas a bailar?

El primer lugar donde fui a bailar era la práctica Cochabamba, donde daba clases Mingo (Pugliese) y hacía la práctica y también daba clases Gustavo Naveira. En esa época ahí iban todos a bailar: Fabián Salas, Pablo Verón, también. Y también empezaba a ir a bailar a las milongas: al Akarense, al Almagro. Cuando fui a Almagro, yo… flasheé. Flasheé.

¿Por qué flasheaste?

Porque pensaba que sabía bailar y la verdad de la pista de baile la conocí en Almagro. Fue la primera vez que entré a un lugar y vi la marea de gente moviéndose toda junta.

Esa famosa marea que ahora no se ve, ahora es una cosa muy caótica.

Ahora son todos remolinos. Y la pista de Almagro no era grande, era como la pista de Canning, ponele, pero se circulaba de una manera tremenda.

¿Y cómo te volvió eso como lectura sobre tu propio baile? ¿Por qué decís: “Yo pensé que sabía bailar hasta que entré a Almagro”?

Porque me di cuenta que no sabía caminar.

¿Te referís a circular en la rueda o a pisar bien?

A caminar, a caminar, porque yo cuando iba a las clases de Dinzel como eran en un cuarto, todo lo hacíamos en el lugar. Y todas eran cosas muy enroscadas y técnicamente muy buenas, aprendías un montón del dominio del cuerpo, pero no tenía nada que ver con hacer una figura desplazada, con caminar cuatro metros. Así que empecé a ir a Almagro a ver. Me sentaba en una mesa y miraba, me daba vergüenza salir a bailar porque cuando lo hacía me chocaba con todo el mundo.

«El tango te desnuda, vos ves a la gente bailar y la ves cómo es: ves el que se comunica, el que es frío, el que es distante, el que no se deja atravesar, el que se muere bailando un tango. Te desnuda.»

Además, habría que ver “si te salían”, ¿no?

Total. Yo tuve la suerte que desde el principio tuve un baile aceptable y generoso. Siempre me rescataron eso, que bailar conmigo era lindo.

¿Generoso, sabés por qué?

Me parece porque me adapto mucho al cuerpo del otro. Es un tema de adaptabilidad, en cierta manera, y al mismo tiempo, más allá de que hasta ese momento yo todavía no tenía definido mi estilo o lo que sea, porque tenía un baile desarrollado técnicamente. Y siempre me ayudó que nunca tuve una compañera fija.

Tuviste que desarrollar especialmente como talento el poder adaptarte.

Porque había pocas casas de tango y pocos bailarines, y la mayoría venía del folclore por lo que la mayoría eran bailarines coreográficos. No había bailarines que de verdad les pudieras decir: “Te veo bailando en la milonga”. Pocos sabían realmente las dos cosas. Yo tuve la suerte que arranqué con la milonga y el escenario al mismo tiempo.

¿De dónde crees que te viene esa capacidad para adaptarte, ya en aquella época, después obviamente la trabajaste?

Yo creo que tiene que ver principalmente con el amor y las ganas que yo tenía de hacer las cosas, ¿no? Y por otra condición natural que tengo, que por eso me dicen Pancho. Porque a mí me dicen Pancho por ser pancho. Yo luché para ponerme mi nombre… pero Pancho ganó siempre.

Entonces, ¿es lindo bailar con vos porque hacés sentir a tu compañera más tranquila, más contenida…, como si vos le pasaras tu tranquilidad natural?

No sé por qué… A lo mejor, porque me gusta pasarla bien, siempre. Yo hago lo que amo, lo que me gusta y, haciéndolo, soy feliz y esa felicidad, esa buena onda, se irradian.

Pancho Martínez Pey con Alejandra Gutty en Salón Canning.

¿Dónde arrancaste? Tanto el escenario como el salón.

En el 97, bailando en Michelangelo con Gloria y Eduardo, y dando clases en Almagro con Dolores (De Amo), porque me llamó Daniel Vicio para que lo reemplace porque le había salido un trabajo estable. Teníamos setenta alumnos cada domingo, era una locura. Y yo voy a caer ahí y ¡boom! Explotó todo y no paré nunca más.

Y, ¿cómo fue que aprendiste a caminar, sentado en la milonga, mirando?

El mirar te enseña también, si vos sabés mirar. Yo miraba cómo caminaban, cómo iban circulando y desplazándose todos juntos. Además, empecé a conocer a todos los milongueros -Pedro Monteleone, El Alemancito, Portalea, Poroto, El Gordo David, El Tano Nicola, Carlitos Moyano, un montón de gente… ¡Petaca!, que fue mi gran maestro- y todos ellos te cagaban a pedos.

O sea, vos bailabas en la milonga y venían y te decían…

Te cagaban a pedos. Venían y te decían: “Eso no se hace.” “¿Qué está haciendo?, eso no lo haga.” Los milongueros te miraban todo el tiempo, no se les escapaba una. Petaca venía todos los domingos a ver cómo yo daba la clase, y me decía: “Vos a la gente le tenés que decir la verdad, no le mientas con un paso que no sabés hacer. A la gente mostrale cómo vos bailás y enseñale lo que vos bailás. No le hagás caso a la gilada”, me decía. Y así arranqué, esas cosas también te empiezan a moldear, ¿viste?

¿No tendría tu generación que tomar el relevo de esa función de cuidador de la milonga? Porque de aquellos milongueros ya no quedan muchos, y además, es otra época, quizás no los escucharían, pero a ustedes como maestros, quizás sí.

Mirá, para mí se produjo un agujero negro en el tango que tiene que ver con la crisis del 2001. En el 2001, el maestro que bailaba se fue, el asistente del maestro se fue, el que mejor bailaba en la clase se fue, y el que no bailaba bien, pero tenía dos dedos de frente y era un poco vivo, se fue. Acá no quedó nadie, prácticamente. Los milongueros, la mayoría, los que podían, se fueron todos, también. Acá quedaron solamente los principiantes y unos pocos maestros que enseñaban. Y la mayoría no se fue por amor al tango y para expandir nuestra cultura… se fueron a ganar plata. Entonces, como se fueron a ganar plata, empezaron a aparecer los cursos de gancho, los cursos de barrida, los cursos de sacada, los cursos de esto y del otro, pero nadie enseñaba a circular o a caminar, nadie enseñaba el tango con un sentido social. Eran pocos lo que lo hacían. Casi te diría que el único que rompía con eso -yo me acuerdo porque lo conozco- era Pedro Monteleone que se fue a Italia y trató de llevar esa línea, en cierta medida. Pero, después, la mayoría de los que se fueron afuera, se fueron a facturar.

«…si todos hiciésemos las cosas para ser mejores y no especulativos, y no sólo tratar de rascar, a todos nos iría mucho mejor. …todos tenemos que ganar plata. Pero podemos ganar plata y enseñar bien.»

Pero todos, de alguna manera, en algún momento u otro van volviendo, vienen cada tanto. Y algunos están acá, como vos.

Sí, hoy por hoy hay mucha gente que está haciendo eso, pero también somos muy cuidadosos en la manera en la cual lo decimos. Los milongueros no tenían ningún tacto. “¿Viste el paso, pibe?”, “Sí, pero ¿me lo puede enseñar?”, te lo mostraba, “Ahí está, ¿lo viste? Hacelo”. Y vos lo tenías que sacar como podías. Hoy en día tenés YouTube, tenés el maestro que te explica cómo tenés que mover el músculo del metacarpo para poder llegar con el psoas a la utilización del eje y llegar al encéfalo para tener pensamientos positivos en cuanto a la relación con tu compañera de baile, ¿entendés? O sea, ochenta millones de pelotudeces que se agregaron al merchandising del tango. El tango se convirtió en un merchandising, y con la aparición del Campeonato mundial el interés por vender “el tango” se acrecentó mucho más, provocando esta cosa de que en todas las milongas tengan que haber una exhibición, una orquesta o algo para que la gente vaya. Antes la gente iba a bailar. Cuando se abrieron las restricciones después de la pandemia, fue un flash. Como no había ningún turista, los que bailaban, iban a la milonga ¡a bailar! Eso es genial, me hizo acordar a cuando yo iba a Almagro. Porque la gente iba a bailar por bailar, no había nadie a quien venderle nada, viste.

«…empezaron a aparecer los cursos de gancho, los cursos de barrida, los cursos de sacada, los cursos de esto y del otro, pero nadie enseñaba a circular o a caminar, nadie enseñaba el tango con un sentido social. …el maestro que te explica cómo tenés que mover el músculo del metacarpo para poder llegar con el psoas a la utilización del eje y llegar al encéfalo para tener pensamientos positivos en cuanto a la relación con tu compañera de baile, ¿entendés? O sea, ochenta millones de pelotudeces que se agregaron al merchandising del tango. El tango se convirtió en un merchandising…»

Duró poco.

Duró poco, se hizo el campeonato mundial 2021, vino todo el mundo, y se empezó otra vez con la zaraza, y todo el mundo a viajar de vuelta y a ganar plata. ¡Y está bien!, todos tenemos que ganar plata. Pero podemos ganar plata y enseñar bien.

Pancho Martínez Pey como jurado de la final del Campeonato mundial de tango escenario,
en 2021.

Y antes, si no me equivoco, si había alguna jerarquía era por bailar bien o no. Si no bailabas bien no salían a bailar con vos, con lo cual te obligaban a mejorar tu baile para poder bailar con Fulana o con Fulano. No como ahora que bailan con vos que sos un maestro y tenés un montón de tango y detrás bailan con alguien que no sabe ni pisar ni abrazar, total, todo da igual.

Claramente, pero quisieron romper con eso y empezaron a aparecer las milongas relajadas donde el cabeceo dejó de existir, o estás sentado hablando con alguien y viene cualquiera a sacarte a bailar.

Ah, sí, y te interrumpe la charla sin inmutarse.

Y no solo que te interrumpen, sino que la persona a la que la interrumpen sale a bailar, o sea, avala a quien vino a interrumpir… Eso está pasando mucho afuera, porque afuera la gente va a bailar, y a bailar, y a bailar, en un sinsentido, como si fuesen al gimnasio. Y las veces que he ido afuera y te invitan a bailar, si vos decís: “No, no tengo ganas de bailar”, te miran mal porque dicen: “¿Este quién se piensa que es…”

¡Pancho Martínez Pey!

 …una estrella?” (Risas). No, no soy una estrella, pero vos no estás entendiendo lo que significa ir a bailar. Bailás cuando tenés ganas de bailar, pero también te podés sentar y disfrutar la noche hablando con tus amigos o escuchando tango porque te gusta, y no estás obligado a bailar. La cuestión es que no entienden el tema de la elección, confunden la falta de elección con el rechazo. La gente no se banca no ser elegida, no se lo banca. Y, al contrario, tienen que entender que el cabeceo está para que vos no te sientas mal. Pero se lo toma como… “Ah, es un agrandado”, o no sé qué.

«La cuestión es que no entienden el tema de la elección, confunden la falta de elección con el rechazo. La gente no se banca no ser elegida, no se lo banca. Y, al contrario, tienen que entender que el cabeceo está para que vos no te sientas mal. Pero se lo toma como… “Ah, es un agrandado”, o no sé qué.»

Se confunde lo democrático con que vos tengas la obligación de abrazarte a todo el mundo. Y lo democrático se funda en el derecho a elegir, lo cual implica respetar el derecho que tiene todo el mundo a decir que no, sin necesidad de dar razones.

Totalmente, si no te lo están imponiendo y eso es violento. Cuando yo iba al Almagro había una chica que siempre me gustaba verla bailar y yo quería bailar con ella, pero no me miraba, y no me miraba, y no me miraba, hasta que no me aguanté más, me levanté y fui a su mesa, y le digo: “¿Bailás?”. Me mira con su mejor cara de culo y me dice: “Y, ahora que viniste hasta acá, voy a tener que salir”, se levantó enojada y fuimos a bailar. Después se ablandó, le gustó como bailaba, empezamos a hablar y con el tiempo nos hicimos amigos. Pero esa primera vez no me la olvido más. Nunca más fui a una mesa a sacar a una chica, jamás. Así son las enseñanzas. Lamentablemente, la mayoría de las cosas importantes uno no las aprende con dulzura, como las cosas de la vida uno las aprende golpeándose.

Lo mismo que cuando yo bailaba, tenía la costumbre de tironear con el brazo antes de moverme para que se mueva, eso me lo curó Natalia Games. Estábamos en una clase en el Canning, y le digo: “¿Puedo marcar con vos?”. “Sí, sí”, y apenas la agarro y hago esto ¡Me pegó un grito! “¡Ay, ¿qué haces?!” Yo me asusté como si la estuviera matando, pero nunca más tironeé a nadie, ¿entendés?

Y, una vez, estaba en La Viruta en una de esas noches que no tenía ganas de bailar y esquivaba todas las miradas. Había una bailarina -con la cual he bailado y somos grandes amigos- que me miraba y me miraba, hasta que no se aguantó más, se dio vuelta y me dijo: “¿Y vos, en qué momento me vas a sacar a bailar?”. “Disculpame, pero hoy no, en otro momento, cuando crucemos las miradas, y estemos los dos de acuerdo, vamos a salir a bailar”. Creo que fue al otro fin de semana o la otra vez que fui a La Viruta, pero esas situaciones, que en el fondo son graciosas, son necesarias. Esos códigos le daban calidad al tango. Ahora no se valora todo eso y se pierde calidad.

La verdad es que las mujeres siempre pudimos sacar a bailar con el cabeceo, no yendo a la mesa como se hace ahora.

Siempre. Es que el poder lo tienen las mujeres. Siempre lo tuvieron, te lo cuentan todas las milongueras. Ellas no le iban a aceptar a un tipo si no lo veían bailar primero -y tenía que bailar bien. Hoy en día las mujeres salen a bailar… con tal de no planchar.

Con tal de moverse.

Con tal de ir al gimnasio. Y salir a bailar con alguien que vos no elegiste sólo porque no querías perderte bailar ese tango, es muy egoísta, también. Lo principal que tiene esto es el encuentro con otra persona para disfrutar del tango o de la tanda que querés bailar, y si te da lo mismo salir a bailar con cualquiera es que la otra persona realmente te chupa un huevo, no te interesa ni cómo se mueve, ni cómo siente; o sea, que si salís a bailar con una columna es lo mismo. Insisto, eso es muy egoísta.

«…afuera la gente va a bailar, y a bailar, y a bailar, en un sinsentido, como si fuesen al gimnasio.»

Volviendo a tu trayectoria profesional, ¿cómo fue esa experiencia con Arquimbau?

Fantástica. Pensá que yo pasé del ballet de folclore a bailar ¡con Gloria y Eduardo! O sea, entré allá arriba, y ellos me reaceptaron. Unos divinos, la verdad. Y Eduardo, un capo, un maestro, no sólo de baile, de vida, de vida milonguera. De lo que es el tango. El tango sos vos.

¿Qué quiere decir sos vos?

El tango sos vos y cómo te relacionás con las personas, cómo lo vivís, cómo te expresás. El tango te desnuda, vos ves a la gente bailar y la ves cómo es: ves el que se comunica, el que es frío, el que es distante, el que no se deja atravesar, el que se muere bailando un tango. Te desnuda.

¿Y cómo hacía Arquimbau para hacerte poner eso en el escenario?

Porque Eduardo es historia. Es lo mismo que con María o con Copes. Vos aprendías historia cuando te contaban cómo ellos iban a bailar en los corralones de Mataderos, o todas esas cosas que nosotros no vivimos nunca, que las viste en fotos, pero no las entendés. Y cuando te contaban todas esas historias empezabas a entender, en cierta manera, el principio de las cosas y qué era lo que pasaba. Entonces vos ves “Sucesos Argentinos” y flasheás acordándote de lo que ellos te contaban de cuando eran pibes e iban al club de barrio, e iban las orquestas y había quinientas personas bailando en la pista, y era una cosa de locos. Todo eso te enseña, también.

Pancho Martínez Pey – Ph.: Pilar Bustelo

¿Y cuáles fueron, digamos, los hitos o los umbrales, en tu carrera de escenario a modo de cuando llegaste a Almagro y dijiste: “No sé caminar, no sé circular”?

El primero fue cuando hice el casting para estar en el ballet del Parque de la Costa, en la misma época que arranqué en Michelangelo, y fui pasando, pero en la última selección, no quedé. Aunque, por esas cosas de la vida -que son causales, nada es de casualidad-, a Jesús Velázquez, que había quedado, le sale una gira a China y me llama a mí para que lo reemplace, porque Patricio Touceda que había quedado con su compañera le había dicho de mí y le habían pasado mi teléfono. En esa época yo estaba trabajando en los trenes. Entraba a las cinco de la mañana y salía a la una de la tarde….

¿Un trabajo administrativo?

Era boletero de la estación de Floresta y al año me ascendieron a jefe de estación en Moreno por la mañana. Pasé de vender cincuenta boletos con toda la furia en todo el día, a vender mil doscientos y ser el jefe de estación. Tenía a cargo una caja de tres mil dólares y tres pibes que eran mi responsabilidad, más los que estaban en los trencitos, en la chanchita que iba a Luján y Mercedes. Una locura. De ahí pasaba por casa, me cambiaba, comía, y tipo tres de la tarde me iba a lo de Dinzel hasta las diez de la noche. Yo cerraba el estudio.

¡Siete horas de ensayo diario! ¡No está mal! ¡Una jornada laboral! O sea, tenías jornada doble, una de tren y otra de baile.

Y así me pasé dos años hasta que me salió lo del Parque de la Costa.

¿Supiste por qué no habías quedado en aquel casting, más allá de que luego te llamaran? ¿Ubicaste qué tenías que mejorar?

Tenía que ver con cosas técnicas de ballet. Yo pasé de bailar folclore a bailar tango, y no tenía ni idea de lo que era hacer una barra. Yo giraba y en el segundo giro ya me empezaba a caer, y el primero me salía de casualidad. Con el tiempo y clases, mejoré.

«…entre bailar tango y ser un bailarín hay una diferencia enorme. …Hay mucha gente que es muy talentosa para bailar, pero no puede ser artista, porque no es para el escenario. Y hay gente que es muy buena artista y baila tango muy bien en el escenario, pero no puede bailar en la milonga, o hace una exhibición y no pasa nada. Son tan opuestas y es tan difícil hacer ambas cosas, tenés que entender lo que se necesita en cada lugar.»

¿Y cuál fue el siguiente umbral o desafío que te hizo crecer artísticamente?

Cuando debutamos en Tanguera, Junior que hacía el protagónico, se corta el dedo mal en la pelea de cuchillos y tengo que salir al toro, a cubrirlo. Así me fui ganando el puesto de cover; a los tres meses Junior se va y quedé como protagonista. Ese fue el otro umbral porque subí veinte escalones de un cachetazo. Tanguera me hizo evolucionar mucho como bailarín. O, mejor dicho, me ayudó a desarrollar mis talentos.

Pancho Martínez Pey y Gabriela Amalfitani en «Tanguera, el Musical».

¿Qué te exigió ese umbral?

Todo, porque entre bailar tango y ser un bailarín hay una diferencia enorme. Y yo me hice bailarín ahí. Y Tanguera me exige, una porque era el protagónico, y dos porque tenía que actuar, si bien no tenía texto, pero tenía que actuar.

¿Ahí descubrís tu vertiente hacia la actuación o vos ya sabías que querías actuar?

Yo siempre fui payaso. En casa, cuando venían a tocar los fines de semana, o nos juntábamos en una reunión familiar, yo siempre me disfrazaba, o hacía un sketch imitándolo a mi papá volviendo del laburo. En los actos del colegio siempre me ponían a actuar. Tenía fijo el papel de San Martín.

Para la época de Tanguera ¿ya habías hecho la película con Copello?

Sí, lo primero que yo hice escénicamente fue la película que filmé con Copello, Tango Fatal, y eso fue antes de Tanguera. En realidad, yo empecé a hacer las primeras cosas con una amiga que se llama Marina Vázquez. Ella fue la que me dijo: “Vos sos actor”.

Pancho Martínez Pey con María Nieves Rego.

¿Por qué te lo dijo? ¿Por cómo interpretabas?

Por cómo interpretaba, cómo entendía las consignas, cómo podía expresar. “Bueno, enséñame”, le dije y empezamos a probar algunas cosas. Pero nunca tomé un curso de actuación fuerte, nosotros nunca tenemos tiempo, ¿viste cómo es nuestro laburo? La agenda es un cocoliche, no sólo cambia de día a día, ¡sino que en el mismo día!

Y después en realidad hice cosas más de estudio con Gaia Rosviar, que es una amiga bailarina y cantante que estuvo en Cabaret, y con ella sí fui a tomar cursos.

¿Y leí que te gusta escribir, o estudiaste narrativa, también?

Siempre me llamó la atención porque siempre quise armar un guión, o algo así. Empecé a escribir algunas cosas, pero quedaron inconclusas. Porque lo que yo tengo son más bien algunas ideas que llegué a bajar al papel, para desarrollarlas tendría que hablar con alguien que sepa de verdad cómo hacerlo.

Porque también me canso de ver gente que… aunque está bien, me parece bárbaro, que todo el mundo haga cosas porque todo aporta. La verdad, es más lo que se critica que lo que se hace, y hace falta gente que haga. Cuando en el 2017 me tocó trabajar en la producción de Mundiales, me pidieron que buscara espectáculos de tango y ¡no había! Para esa época ya se habían caído Tango Pasión, Tango X2, Forever Tango.

«¿Cuál es para vos la explicación de por qué se cayeron ese tipo de giras o shows? En cierta manera por la crisis mundial que hizo que cayera la inversión de las productoras y también porque los espectáculos de tango no evolucionaron. …Porque no hay comedia musical, una historia hablada, cantada y bailada…»

¿Cuál es para vos la explicación de por qué se cayeron ese tipo de giras o shows?

En cierta manera por la crisis mundial que hizo que cayera la inversión de las productoras y también porque los espectáculos de tango no evolucionaron.

¿Y en qué sentido se debió a que los espectáculos de tango no evolucionaran?

Porque no hay comedia musical, una historia hablada, cantada y bailada. De hecho, el suceso de Tanguera se debió a que, aunque era una historia simple -el malo, el bueno y la chica en el medio-, con la magia que le supo aportar Omar Pacheco te tenía atrapado todo el tiempo, tipo, “¿Qué carajo está pasando?” Más que por el guión, por cómo estaba narrada e iba llevándose la historia, por una buena dirección. La hemos hecho en lugares que no estaban para nada preparados para poner el escenario y la gente aplaudía de pie.

Cuando hicimos “Tita: Una vida en tiempo de tango”, con Nacha (Guevara), Julio (Balmaceda) y Corina de la Rosa, ese era un musical. Pero, sin embargo, de una sala de unas mil localidades, se laburaba el cincuenta por ciento, no había consumo de tango.

Pancho Martínez Pey con Julio Balmaceda en el backstage de
«Tita: una vida en tiempo de tango».

Dolores de Amo planteaba una visión similar en su entrevista: la necesidad de pasar del show tradicional de tango a algo más guionado, en el que los artistas no sólo bailaran, sino que tuvieran que actuar, hablar, cantar. Pero, a su vez, ella advertía que para ese tipo de show a los bailarines de tango les falta una formación más integral. ¿Vos qué opinás?

Estoy de acuerdo. En general, el bailarín de tango primero es autodidacta y segundo no somos nunca coucheados. Una vez que aprende, el bailarín de tango empieza con eso a armar sus coreografías y a generar su camino, y ya no toma clases nunca más. ¿Por qué?, porque el trabajo siempre puede más que la evolución personal. Principalmente, porque no abunda el trabajo, y además no está bien pago. Si una persona que gana un sueldo fijo la está arañando, ¡imagínate un bailarín de tango! O se tienen que ir a bailar a la calle Caminito, o pasársela todas las noches haciendo Taxi Dancer, o lo que sea. Y eso hace que le des prioridad al trabajo antes que a la evolución como artista.

¿Echás de menos ese tipo de show?

Sí, claro que sí, porque yo soy tipo de escenario. Yo nunca dejé de ser un artista, más allá de que me hice milonguero y siempre fui milonguero.

Pero la exhibición que podés hacer en una milonga no es lo mismo, no te llena igual.

No, no es lo mismo; en cierta manera, ir a bailar a una exhibición es más sencillo. Subirte al escenario es otra cosa. Por todo lo que conlleva la preparación, el ensayo, las luces, el clima, la gente, la butaca… Y más allá de todo eso porque te pone en otro lugar como artista: subirte a un escenario… es subirte a un escenario.

Hay mucha gente que es muy talentosa para bailar, pero no puede ser artista, porque no es para el escenario. Y hay gente que es muy buena artista y baila tango muy bien en el escenario, pero no puede bailar en la milonga, o hace una exhibición y no pasa nada. Son tan opuestas y es tan difícil hacer ambas cosas, tenés que entender lo que se necesita en cada lugar. Una vez Pablo Verón dijo: “A mí me encantan todos los que hacen fusión, pero para fusionar, primero tenés que saber: tenés que saber lo que es el jazz, lo que es el tango, lo que es el folclore”.

Sergio Cortazzo hizo un comentario similar en su entrevista, cuando dijo: “Piazzolla, antes de revolucionar el tango, tocó con Troilo”.

“Tocó con Troilo”, total, total.

Y Pepe Colángelo, compartía la misma idea: “Para revolucionar algo, primero tenés que conocer bien las bases”.

Tenés que saber bien lo que estás haciendo y por qué. Cada paso tiene un por qué. Y eso la mayoría de la gente, aun los profesionales, no lo sabe explicar.

¿Qué se quiere expresar con ese paso o secuencia?

“¿Por qué lo hacés? Explicámelo, justificámelo. La mayoría no tiene idea, o no te lo puede explicar. Como hoy es tan fácil rascarla con el tango, todo eso se pasa por arriba y todo pierde sentido.

«En general, el bailarín de tango primero es autodidacta y segundo no somos nunca coucheados. Una vez que aprende, el bailarín de tango empieza con eso a armar sus coreografías y a generar su camino, y ya no toma clases nunca más. ¿Por qué?, porque el trabajo siempre puede más que la evolución personal. Principalmente, porque no abunda el trabajo, y además no está bien pago. Si una persona que gana un sueldo fijo la está arañando, ¡imagínate un bailarín de tango! O se tienen que ir a bailar a la calle Caminito, o pasársela todas las noches haciendo de Taxi Dancer, o lo que sea. Y eso hace que le des prioridad al trabajo antes que a la evolución como artista.»

La verdad es que sí… ¡El tango es muuuy generoso!

Total. Porque aparte todo se tergiversa. Los festivales no llevan a los jurados a dar clases, llevan a los campeones y los campeones a lo mejor hace un año que arrancaron a bailar, y los pibes enseñan lo que pueden. Imaginate lo que es para los pibes: llegan, son campeones, y de un día para el otro los llaman de todos lados. Yo también estaría chocho saltando en una pata. El problema no es de los pibes, sino del criterio de los organizadores. ¿Qué generás, por qué y para qué?

Es que en la sociedad del rendimiento -como llama a nuestra época Byung-Chul Han-, todo se mide por los resultados o los likes.

Vende más la estética que un paso bien dado. Vende más el vestido que te pusiste que cómo movés las piernas.

«Yo creo que, si la gente se la jugara más por lo que ama hacer, seríamos todos más felices. En mi caso personal, si bien tengo trayectoria, no siempre me fue bien económicamente, pero siempre tuve momentos maravillosos que valieron más que cualquier cosa.»

Contame algún momento especial de tu trayectoria, de esos que se miden en latidos del corazón y no en likes.

Yo tuve una maestra durante tres grados -que era la maestra amada por todos nosotros y la que me ponía en todos los actos-, que después de un tiempo de terminar el secundario, me la encuentro y me dice: “¿Cómo estás, Bombón?” -porque ella siempre me decía Bombón-, “¿Qué vas a hacer?”. “Y, estoy viendo si me meto a hacer algún curso de computación o me meto en económicas porque me gustaría hacer administración de empresas o algo de eso, qué sé yo.” “Ah, mirá vos. Yo pensé que ibas a ser actor”. Boom, se me sacudió el marote. Pasó mucho tiempo, no la volví a ver, y, un día, en Esquina Homero Manzi, Gavito no viene, por lo cual nosotros teníamos que bailar más para cubrir todos los temas. Terminamos el show y bajan los mozos del Homero Manzi y me llaman: “Pancho”, “¿Qué?”, “Tomá, me dieron una carta, esto es para vos de una persona de arriba”.

¡Ay, me muero!

Abro la carta, y decía: “Hola, Bombón, yo que vine a ver a Gavito, te encontré bailando en el escenario como el mejor de los mejores. Te espero arriba, tu señorita Elisa”. Yo no lo podía creer, me cambié rápido, subí corriendo y me senté. La miraba y no podía emitir voz, nada. La miraba y sonreía y ella se cagaba de risa. No podía creer que había ido a ver el show. A partir de ahí, seguimos en contacto, la invité a Tanguera, y siempre que se enteró de que yo daba clases o hacía un show, y ella pudo, vino.

Pancho Martínez Pey con su «Señorita» Elisa Norma Vázquez de Pesca,
frente a la Usina del Arte, en 2015.

¿Cómo fue la experiencia de trabajar con María Nieves?

Con María tuvimos ¡una química!, desde el principio, pegamos una onda brutal. La primera vez que bailamos en una milonga fue en Madrid, en el 2003, en medio de una gira con Tanguera, en una milonga que tenían Julio Luque y Leo Calvelli. Y a partir de ese día fue… un matrimonio. Me dice: “¿Bailamos otra?”, y: “¿Querés otra?, dale”, y: “Esperá, vamos a escuchar lo que viene y depende de lo que sea, seguimos bailando”. Y así nos pasamos la noche, al punto de que nos invitaron para que el siguiente fin de semana hiciéramos una exhibición. Y la hicimos.

Pancho Martínez Pey con María Nieves Rego en «Tanguera, el Musical».

¿Qué se siente como bailarín y como milonguero de emocionar así, bailando, a la gran María Nieves?

Uff… tremendo… emocionante… ella es el tango hecho persona… y te lo hace sentir. Mucha emoción. ¡Y adrenalina también! Y esa química que tenemos es lo que se disfruta, aunque tenemos mucha diferencia de edad somos dos chicos jugando, lo pasamos muy bien.

¿Y en el escenario? ¿Cómo es María?

María es…

Pancho Martínez Pey y María Nieves Rego en «Viva la Pepa» milonga.

Esa mirada… que parece que te perfora.

Tremendo. La primera vez que bailé con ella me temblaron las piernas. En el momento en que ella se dio vuelta, se plantó y me miró… y… a mí se me cayeron las medias.

Y vos ya con algunos años de profesión, no eras un recién empezado.

No, yo ya tenía cinco años de profesional, trabajando fuerte. Pero María es María. Ella se para arriba del escenario y derrumba un edificio. Es tremenda.

¿Se puede enseñar eso o viene de fábrica?

Eso viene de fábrica y se potencia.

¿Con la vida?

Con la vida, con las experiencias, con el trabajo. Porque en realidad uno el talento lo tiene innato, no se aprende, lo tenés o no lo tenés. Si lo tenés.. y si te mueve. Como cuando María contaba que de chica se ponía a bailar con la escoba, con eso te das cuenta que te mueve o no te mueve. Hay gente que a lo mejor lo tiene y lo niega porque no acepta que su talento es ese o no sabe que lo tiene.

«Era el placer de bailar, a mí siempre me gustó bailar. De hecho, de cierta manera, ese brillo, o ese ángel, o lo que sea, la gente lo veía en mí, los que me conocían de chiquito hablaban bien de mí, pero yo no lo sentía. Yo era chico y lo único que quería era bailar.»

¿Y qué otros momentos señalados que te hayan dejado huella, como el que me contaste de tu profesora, podés contarnos?

Tiene que ver con mi papá y mi vieja. Más allá de que a mi vieja le gustaba bailar y que mi papá era un artista, él nunca se dedicó al cien por ciento. Porque cuando quiso hacerlo, y dejó de trabajar para ser un artista, pasó que, cuando ya estaba en el aeropuerto, se entera de que se le había caído el trabajo. Entonces dijo: “Nunca más dejo un trabajo por el arte, por la música”. Así que fue una lucha interna poder lograrlo. Traté un montón de veces con mi terapeuta el tema de superar a mi papá. Y fue un momento muy fuerte para mí mostrarles a mis viejos que lo logré.

Te tenías que autorizar a llegar a lo que él no pudo llegar.

Exactamente. Pero, bueno, mi viejo era un divino, siempre con la mejor onda, siempre me apoyó en todo. Como él decía: cuando yo era chico, yo era el hijo de Cacho, y después él pasó a ser el papá de Pancho.

Y si mirás para atrás y ves al pibe que bailaba con su mamá en las peñas, que escuchaba tocar al papá, al tío, ¿imaginabas algo de esto o te lo fuiste encontrando?

Mirá, tengo otra anécdota. Cuando termino el secundario, me meto a vender cursos para manejar ultralivianos. Nunca gané un mango, más bien perdí un montón de plata. Pero en la empresa había un tipo que llevaba recursos humanos, el manager, digamos. Era un bocho, sabía psicología y no sé qué más. Un día él nos hizo grabar en un cassette cuáles eran nuestros sueños. Yo hice todo lo que había dicho el tipo: me encerré en mi baño, cerré los ojos y soñé que viajaba, que me recibía gente importante, que me subía a un escenario y que en la primera fila estaban mis viejos. Eso soñé.

Y ocurrió.

Y ocurrió.

¿Y cómo empezó el Pancho cantor de tangos?

La principal culpable de que yo esté cantando es Roxana Fontán.

Pancho Martínez Pey cantando con la orquesta «La Gran Gobbi», en la milonga «El Bilongón».

¡Ah, bueno! Alguien que no canta…

Que no canta nada. Estábamos laburando con Gloria y Eduardo en el 97 o 99, y Roxana me escuchaba siempre cantar en los camarines, hasta que me dice: “¿Cuándo vas a empezar a tomar clases de canto?”, y yo le digo: “Cuando vos me enseñés”, “Bueno, mañana venite a casa”, y así arranqué. Así como tuve la amiga que me dijo: “Vos sos actor”, Roxana me dijo: “Vos sos cantante”, y tomé clases con Roxana. Después, cuando estuve en Tanguera, me hice amigo de Lidia Borda y tomé clases con ella. Y después tomé clases con otra gente, de a poquito, paulatinamente, pero no de una manera disciplinada. La pandemia me ayudó para volver a reforzar eso y disciplinarme.

Y, con el tiempo, uno también aprende que una cosa es lo que uno quiere hacer y otra cosa lo que le llega a la gente, no tiene nada que ver. Un día voy a cantar, una de las primeras veces, cantaba lindo, pero no tenía una técnica depurada, y fue uno de los días que peor canté en mi vida. Uno de esos días donde vos terminás el show y decís: “Hoy no me pagués porque fue un desastre”. Pero, al final salimos a saludar a la gente, y vino un tipo llorando, emocionado por cómo yo había cantado. Ese día aprendí que muchas veces uno tiene el crítico muy alto y que mi crítico tiene que dejarle lugar a la crítica “externa”, y que tengo que valorar lo que me dicen de afuera, porque el crítico propio nunca va a estar conforme.

«…las cosas llegan porque la gente ve y elige. Y cuando te elige, es porque estás haciendo las cosas bien. Yo creo que todo lo que me llegó fue porque yo estaba haciendo las cosas bien.»

¿Querés decir algo más, ya sea en relación al arte, al escenario, o al tango?

Yo creo que, si la gente se la jugara más por lo que ama hacer, seríamos todos más felices. En mi caso personal, si bien tengo trayectoria, no siempre me fue bien económicamente, pero siempre tuve momentos maravillosos que valieron más que cualquier cosa. Por ejemplo, en el peor momento de mi vida, cuando me estaba separando, dejando mi casa, mis hijos, me toca bailar con María en el Luna Park. Fue uno de los primeros homenajes fuertes que le hicieron a María y ella estaba reemocionada. Yo estaba viendo el video y me empiezo a emocionar. Pienso: “Si aflojo ahora, se va todo a la mierda”. Así que subí, bailamos, y la rompimos mal, nos aplaudieron ocho mil personas.Yo después volvía en mi auto para mi casa…

De la que te estabas yendo…

De la que me estaba yendo, y no paraba de llorar, no paraba de llorar.

Flavia Mercier con Pancho Martínez Pey en el Café Tortoni, delante de la sala Alfonsina,
donde realizaron la entrevista.

¿Eso le da sentido a todo?, momentos como ese.

Eso le da sentido a todo.

Porque es lo que te agarra a la vida, ¿no?, en los peores momentos.

Es lo que te agarra a lo que vos sos, o a lo que vos decidiste ser o jugártela. Esos son tus triunfos. Uno los busca inconscientemente, no porque digas: “Quiero lograr esto…”, sino porque todo el tiempo querés ser mejor en lo que hacés. Y las cosas llegan porque la gente ve y elige. Y cuando te elige, es porque estás haciendo las cosas bien. Yo creo que todo lo que me llegó fue porque yo estaba haciendo las cosas bien.

Por eso decís que si la gente se jugara…

Totalmente, si todos hiciésemos las cosas para ser mejores y no especulativos, y no sólo tratar de rascar, a todos nos iría mucho mejor.

Muy bien, Pancho, lo dejamos ahí, “picando”, para ver si pasa el mensaje, incluso si sucede. Gracias por tu tiempo y por esta charla tan linda. Un placer, Pancho.

Pancho Martínez Pey plantea que el tango se plagó de “merchandising”, a riesgo de convertirse en un objeto más de mercado, como consecuencia de la mercantilización de su enseñanza. A esta realidad se le suma que la sociedad actual, regida por los cánones del rendimiento, empuja a la hiperactividad y al utilitarismo. Las cosas están obligadas a tener un “para qué”. Al tiempo se lo considera como un capital que se invierte a cambio de una ganancia, y si no es usado con un fin, es percibido como una pérdida de tiempo. Bajo el influjo de esta concepción utilitarista, el encuentro social que originalmente era una milonga se parece cada vez más a un gimnasio, al decir de Pancho, en tanto ya no basta escuchar un tango o conversar con amigos para disfrutar. Resulta tan disonante como concurrir a un banquete pretendiendo servirse como en un tenedor libre. La paradoja es que, en ese frenesí, la vida se escurre como agua entre los dedos. Sin una parada no hay posibilidad de habitar, hay que demorarse lo suficiente para construirse una morada. Además, en la cuenta de tandas bailadas por noche, nadie es tenido en cuenta, como bien señala Pancho.

Por otro lado, el mercado ha calado en el seno mismo del tango, no sólo en su enseñanza, sino en su práctica cuando se pretende obtener un rendimiento por el dinero invertido en clases o en la entrada, valorando la milonga o el evento por el número de tandas bailadas o el “nivel” de los bailarines o bailarinas a los que se accede. En la búsqueda de asegurarse un momento satisfactorio, se pierde la posibilidad de lo extraordinario.

Es efecto del mercantilismo y utilitarismo que la cultura sufre y se deteriora, en tanto ella nace en el seno de una comunidad, cuando la vida se despega de la mera supervivencia. La imaginación y la creatividad florecen en el errar más que en ese andar sin parar que dificulta el encuentro y el hallazgo. Es en la pausa cuando resuenan en el cuerpo los ecos de lo sentido hasta dejar una huella que procreará experiencia adhiriéndose al mero recuerdo. Después de todo, la emoción está compuesta por cosas del ayer y es en la resonancia donde encontrará su compás.

Así, la vida cobra otra dimensión a medida que los episodios que la componen van adquiriendo peso. Y cuando la vivencia es colectiva, su celebración periódica construye una memoria afectiva común que va tejiendo lazos entre sus protagonistas a la vez que una tradición cultural, sobre todo cuando se hace lugar a la evocación en una charla compartida. Entonces, la eterna fiesta de los que viven al ritmo de un gotán podrá ser lugar de reunión y reencuentro que ilumine la vida con alegría y amortigüe sus golpes con afectos, tal que ésta no se reduzca a una herida absurda en la que todo, todo es tan fugaz.

Flavia Mercier

Yanina Erramouspe: “Yo soy milonguera desde antes de conocer el tango”.

Se podría definir a Yanina Erramouspe como bailarina de tango social, aunque ella no se reconoce como tal sino como milonguera, desde una concepción en la que la milonguera no solo es la que baila tango sino la que hace de anfitriona en la milonga. Milonguera de sentimiento, es también docente por vocación y convicción. Se formó en ambos roles al lado de algunos de los más renombrados milongueros y maestros tangueros como Jorge Dispari y María del Carmen Romero, la Turca, Carlos Gavito, Julio Balmaceda y Corina de la Rosa. Tiene, además, en forma complementaria a su formación docente (del cual tiene el título de maestra de bellas artes), el título de psicóloga que ejerce hace unos años. Divertida, franca, filosa, sin pelos en la lengua, con toda la historia, más que a su espalda, en sus pies, Yanina nos regala una entrevista que es un tributo al tango.

Yanina Erramouspe con su compañero de baile, Leo Ortíz.

Hola, Yanina, como introducción, te cuento: el objetivo final de todas las entrevistas de Patio de Artistas es intentar explorar el deseo del artista. ¿Por qué alguien que se dedica a alguna vertiente artística sigue, a pesar de todo, contra viento y marea? ¿Qué hizo que no abandonara en el camino? Porque vos podrías haber llegado de casualidad -como muchos me dicen “no sé, yo empecé a bailar de chiquito porque me llevó mi mamá”-, y, sin embargo ¿por qué nunca dijiste hasta acá llegué?

Entonces, para empezar, contame, ¿cómo fue que llegaste de Tandil a Buenos Aires, y al tango?

Cuando tenía 14 años, yo estudiaba en un colegio de arte: el Centro Polivalente de Arte de Tandil. Ya de por sí la veta artística te predispone de otra manera…

¿Era tu colegio secundario, o era un instituto en el que hacías arte después del colegio?

No, era el secundario. Durante la mañana se dictaba el bachiller y a la tarde los talleres artísticos. Había tres orientaciones: cerámica, música y bellas artes. Yo elegí bellas artes. Fue una de mis maestras del bachiller, la de música, Marta Larrondo, la que trajo el tango a mi vida. Ella había empezado a bailarlo y se le ocurrió dar un taller los sábados por la mañana. Viste que cuando empezamos a todos nos agarra ese entusiasmo y queremos contagiar. No era obligatorio, pero como toda la vida me gustó bailar, la verdad es que me encanta moverme en general, dije: “Vamos a probar”. Y fue un camino de ida.

Cuando se formaron tres o cuatro parejitas, y mi profe vio que sus límites eran superados, trajo a otra persona a dar clase.

Tuvo la generosidad de redoblar la apuesta.

La humildad, cosa que mucha gente no tiene. Eso de decir, “bueno, hasta acá llegué yo, no sé más, te llevo con alguien más experto”, debería ser una cláusula sine qua non en los docentes. Pero, bueno, no estaría pasando… En el tango hay muy poco de lo que nosotras como psicoterapeutas llamamos derivación.

¿Necesidad de ganarse la vida o dificultad para reconocer que otro sepa más?

No creo que sea un atenuante el hecho de hacerlo por necesidad, porque si vos te ves empujado a dedicarte a algo que no sabés, ponete a estudiar. “Grandes dones conllevan grandes responsabilidades” decía el tío de Peter Parker en Spiderman. Porque, si realmente querés laburar con esto y querés usufructuar de esto, lo mínimo que podés hacer es una pequeña inversión.

Justamente, una de las cosas que más se alega es “No tengo plata para tomar clases.”

Mirá, el tango está lleno -y esto lo digo con conocimiento, mucho conocimiento de causa- de gente capaz de compartir su gran conocimiento y no por un rédito económico. Hay grandes maestros que han dado clases gratuitas toda su vida a gente que no tenía recursos y que nunca los reconoció, nunca les dio ni siquiera un mínimo de reciprocidad.

«El problema es que en el tango se llega a dar clases por motivos equivocados: es muy difícil poder irse de gira solamente bailando. Hoy el rol que te da trabajo es el de docente. Y ser docente porque el mercado te empuja, es siempre equivocado para uno. Si no te nace como intención, motivación y vocación, es muy difícil que uno se vuelque con todo lo que significa ser docente.»

Entonces tu profe de música trajo a una maestra con más formación ¿y?

Marcela Nicolini, tenía otra veta: ella quería formar profesionales y más cuando vio tanto pendejo interesado. Fue un shock. Ella era bailarina clásica -en esa época -año 95, 96, era muy frecuente que las bailarinas partieran de la danza clásica y los hombres del folclore-. Después, uno de los chicos del grupo me propuso entrar a la peña “El Cielito”, a la clase de Darío Porta, muy conocido en Tandil entre esa generación porque fue de los que más se ocupó de entrenar pibes. Como yo era la única niña, con 15 añitos, fui con mi papi. El santo vino a hacerme el aguante en mis primeras clases.

Entonces empecé a ir a lo que parecían milongas. En ese momento, la milonga en el interior todavía no tenía pinta de milonga. Hoy hay lugares que sí, veintiséis años atrás, no tanto. Eran generalmente restaurantes o bares que prestaban su salón para que hubiera un ratito de música de tango. Muchas veces en vivo, ni siquiera eran grabaciones. Un teclado y, con suerte, un bandoneón.

A todo esto, en forma paralela, desde que empecé con el taller de los sábados, las tardes que tenía libres, me iba a una plaza cerca de casa con un libro usado que me había comprado a leer letras de tango. Y me enamoré de las letras de tango.

¿Por qué sentiste la necesidad de leer las letras? Si vos solo estabas bailando.

Cuando aprendo una actividad, yo soy bastante obse, no hago solo algo. Me gusta hacer mi propia experiencia escuchando todo lo que se pueda de cada cosa -por eso tomé clases con medio mundo- y yendo a la fuente de todo. Y para mí el tango es cultura, por eso busqué otras cosas. Y, empecé con las letras, y como buena adolescente…

Romántica.

Intensa…, dije “Wow, qué loco que alguien a principio de siglo…” – escuchá esto, tan autorreferencial- “haya interpretado tan bien lo que yo puedo llegar a sentir”. Me maravillaba lo actuales que pueden ser las letras. Eso me voló mucho la cabeza.

Y la otra veta fue la música. Esa época es la transición del cassette al CD, en Tandil apareció el primer Musimundo, y yo iba y me volvía con cuatro o cinco CDs.

«La cultura de la inmediatez, del todo rápido y todo fácil, va en contra de todo lo que propone el tango. O se busca bailar tango fácil y rápido, lo que para mí es un oxímoron; o se deja el aprendizaje a mitad por falta de tolerancia a la frustración.»

¿Y cómo llegás a Buenos Aires?

Después de Darío seguí mi aprendizaje con Rosana Romano, que fue la coreógrafa del ballet universitario de Tandil. Ella me preguntó varias veces si quería audicionar para su ballet, pero no era mi momento. Yo todavía estaba muy ocupada en aprender para mí como para exponerme con un grupo, así que sólo iba a sus clases.

Y cuando cumplí los 16, pude hacer algo que para mí fue revelador: me hice un viajecito de una semana a Buenos Aires, en compañía de mi mami y de mi madrina, para recorrer milongas, aprovechando que había un encuentro de tango, una especie de instancia previa a lo que hoy sería el festival de tango, no el mundial. Estamos hablando del 97.

Llegué a conocer el Morocco, el Almagro. La Viruta -y La Estrella- había abierto hacía muy poco tiempo. Un martes a la noche caí en el Almagro y una persona encantadora me dijo: “¿Qué hacés acá? Vos tenés que estar en los martes de los jóvenes de La Viruta”. Yo no sabía ni que existía. En esa época no había YouTube ni redes sociales, así que no es que estando en el interior a cuatrocientos kilómetros uno se enteraba de lo que pasaba en Buenos Aires. Esa semana fue muy reveladora para mí: fue el momento en el que entendí que si yo quería dedicarme de lleno al tango, me tenía que ir a Buenos Aires.

¿Por qué? Aunque pueda parecer obvio.

Porque el tango sigue siendo porteño. Y esto lo mantengo hoy. Se va federalizando, gracias justamente a las redes sociales, y a que -¡gracias a Dios!- los maestros empezaron a circular por el interior. Antes era muy difícil tomar una clase con un maestro internacionalmente reconocido no estando en Buenos Aires, por no decir imposible. Si uno realmente quería formarse tenía que ir, como dije al inicio, a la fuente. Y la fuente estaba en Buenos Aires y no se movía de ahí.

“Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires”, se dijo siempre en el interior.

Totalmente. Y las ciudades metrópolis son tierra de oportunidades: la gente se mezcla, se arman proyectos. También porque la inversión económica del Estado en cultura era muy superior que en el interior. Así que, si realmente tenía intención de dedicarme al tango, tenía que irme a Buenos Aires. Pero …

…eras menor de edad todavía. (asiente).

Cuando yo se lo dije a madre, ella me dijo: “Ya lo iremos viendo. Por ahora tenés otras cosas que hacer, tenés que terminar la secundaria, después charlamos.” Jamás me dio un no rotundo porque sabía que era lo peor que podía hacer. La suerte, entre comillas, -o la causalidad, como me gusta pensarlo a mí-, hizo que aterrizaran en Tandil una pareja de bailarines extraordinaria: Marcela Vallejos y Guillermo Boyd. Gente que para mí fueron referentes serios, no solo en el baile, sino en formar gente, que es otra cosa. En un momento salen a la pista, y a mí los ojitos me brillaron. Y como nunca tuve mucho problema de vergüenza, cuando se sentaron me crucé toda la pista y les pregunté: “¿Qué hacen acá y cuáles son las posibilidades de que puedan venir a dar clases?” Marcela tenía familia ahí, y habían ido para ver cómo estaba el tango en Tandil, bla, bla, bla. Y me dijeron: “Y, bueno, si hay un grupo interesado, nosotros encantados.”

Como estaba el ballet universitario, se me ocurrió presentar un proyecto para un ballet municipal, del cual ellos fueron directores. El formato de ballet ha ido desapareciendo bastante, ya casi no hay, pero era muy común. Era una posibilidad de formación gratuita o muy accesible para quien estaba integrándolo.

¿Faltan maestros que quieran hacer un ballet, o gente que quiera formarse profesionalmente de esa manera?

Para mí la segunda, sin lugar a dudas. Por lo mismo que desapareció la figura del asistente. La figura del asistente, como yo la viví, te permitía empezar a enseñar con la supervisión de una persona más experta que podía resolver cualquier inconveniente. Estabas iniciando la praxis, tutelado. Hoy esa figura desapareció bastante. Quizás, porque las posibilidades de laburo están, entonces no hay necesidad de formarse tanto.

¿Porque los que toman clases se conforman con menos? La marca de la época es un poco el cambalache, ¿no? “Da lo mismo un burro que un gran profesor”.

Creo que es una sumatoria de cosas, que hay una multicausalidad, una cuestión social, más general, que alude a todas las disciplinas, e inclusive a varias culturas. La cultura de la inmediatez, del todo rápido y todo fácil, va en contra de todo lo que propone el tango. O se busca bailar tango fácil y rápido, lo que para mí es un oxímoron; o se deja el aprendizaje a mitad por falta de tolerancia a la frustración.

La cultura de la inmediatez es contraria al esfuerzo porque es contraria a la espera que implica todo proceso de aprendizaje. Uno se esfuerza a la espera un resultado.

Pero el esfuerzo es algo muy subjetivo, y ahí yo creo que falla la formación docente dentro del tango, ¿sí?, Y esto lo digo con bastante conocimiento de causa. Para dar clases, vos tenés que tener un autoconocimiento profundo de lo que estás haciendo. Y un conocimiento de cómo transmitir aquellas cosas que para vos tal vez fueron naturales, o que te fueron dadas de una cierta manera y la persona que tenés delante necesita que se lo expliqués de otra. Y esto para mí tiene que ver con la formación docente, no de tango, docente. Necesitás conocer un montón de cosas, como ocurriría en cualquier otra disciplina. Eso es lo loco, sólo en el tango no se entiende esto

«La figura del asistente, como yo la viví, te permitía empezar a enseñar con la supervisión de una persona más experta que podía resolver cualquier inconveniente. Estabas iniciando la praxis, tutelado. Hoy esa figura desapareció bastante.»

El problema es que en el tango se llega a dar clases por motivos equivocados: es muy difícil poder irse de gira solamente bailando. Hoy el rol que te da trabajo es el de docente. Y ser docente porque el mercado te empuja, es siempre equivocado para uno. Si no te nace como intención, motivación y vocación, es muy difícil que uno se vuelque con todo lo que significa ser docente. Porque para bailar hay cosas que no son necesarias, pero la profundización y el autocuestionamiento permanente no sólo son necesarios, sino indispensables para dar clases. Uno no puede tocar de oído para dar clases. O no debería, por una cuestión de responsabilidad, ¿no?

Lo lindo sería poder establecer nuevas fuentes de trabajo. A mí me encantaría ser productora el día de mañana. Porque otra marca de aquella época eran las grandes compañía como “Tango Argentino”, “Forever”, “Tango Pasión”… Las giras eran una forma de trabajo. Hoy son una especie en peligro de extinción. Existen compañías, excelentes, que laburan muy seriamente, pero es más difícil que sean contratadas.

¿Y a ustedes cómo les fue con el ballet?

Nuestros directores nos dieron un objetivo: en cuatro o cinco meses teníamos que formarnos como ballet, porque íbamos a ser teloneros de un bailarín clásico muy conocido en Argentina, Iñaki Urlesaga. Algo muy inteligente porque hizo que todos nos comprometiéramos para que fuera un buen producto. El equipo trabajó muy bien y, entonces, los directores se enchufaron, se entusiasmaron con este grupo que trabajaba a la par de ellos, a veces seis, siete horas ensayando hasta que las cosas salían, y decidieron armar una compañía: Abrazo de Tango. No hay mucho registro, porque todo lo hicimos antes de que existieran las filmaciones masivas con los celulares. Hicimos una gira por Chile, Brasil, todo muy tranqui, muy bajo perfil, como eran ellos, pero a mí me dieron una muy buena formación, yo les voy a estar siempre agradecida.

Integrantes de la compañía Abrazo de Tango.

¿Y entonces, llegaste ya a Buenos Aires?

En el 2003, con quien era mi pareja de tango -y de vida en ese momento-, Adrián Vallejos, nos fuimos al primer mundial de tango porque madre, mi madre nos inscribió, y nos pagó la semana en Buenos Aires para que fuéramos a competir. Fue una sorpresita. Fue una experiencia muy intensa porque representó empezar a medirnos con otras realidades, con Buenos Aires -que el shock del ingreso a Buenos Aires es siempre fuerte-

No nos fue nada mal para ser un primer mundial. Llegamos a la final, quedamos doceavos de trescientas y pico de parejas. Pero lo más lindo fue conocer un montón de gente, bailarines extranjeros y de diferentes lugares del país, un montón de milongueros, gente que lamentablemente ya no está físicamente, pero que nos dio muchísimo; y, sobre todo, conocimos a quienes iban a ser nuestros próximos maestros, Jorge Dispari y la Turca María del Carmen, a través de Javier y Geraldine. Mi directora del ballet, Marcela Vallejos, me había dicho: “Por cómo entendés vos el tango, el día que veas a Geraldine Rojas te vas a caer de culo. Te va a encantar. Así que andá y buscala”. Obviamente, me voló la cabeza. Geraldine era la materialización de lo que para mí era el tango. Si yo la hubiera podido hacer a medida, no me hubiera salido tan perfecta. Y lo que transmitían con Javier como pareja al bailar era una cosa extraordinaria.

Se transformaron en mis referentes y, cuando ellos se fueron de gira, la última que hicieron juntos en el 2003, le pregunté a Javier con quién podía tomar clases y me dijo, sin dudarlo, que fuéramos con Jorge y la Turca. Tomamos una privada con Jorge y empezamos a ir a todas las grupales. Primero una vez por mes, después todos los fines de semana. Ahí están mis mecenas, los santos de mis padres, que nos llevaban y nos traían, y, además, iban a las milongas con nosotros. Mis viejos, no bailan, pero los conoce toda la milonga porque me acompañaron desde siempre.

Cuando Jorge y la Turca hacen su primer viaje internacional, a Brasil -si mal no recuerdo fue fin del 2003-, y tienen que dejar sus clases grupales, ahí caímos nosotros. Eso fue lo que nos empujó de una patada directamente a Buenos Aires.

O sea, que a esta altura ya eran asistentes de ellos.

Sí, después de haber tomado clases prácticamente todo el año con ellos. Fue amor a primera vista. Lo mismo que me pasó con la Gerald, me pasó con Jorge. La primera vez que lo vi bailar me voló la cabeza, me pareció una oda al tango: esos pies como patines, esos enrosques perfectos, esas agujas increíbles y con una naturalidad. Y dije “Wow, es acá, yo me quiero quedar acá y quiero que mi compañero vaya por este lado.”

Y fue, aunque lamentablemente tengo que decir que Adri – mi “exposo”, como le digo yo- dejó el tango profesionalmente en el 2010. Cuando nos divorciamos en el 2017, volvió; aunque no con la misma dedicación con la que habíamos encarado nosotros, pero está dando algunas clases locales. Para mí es un gran desperdicio, porque es un patrimonio del tango este muchacho.

Entonces, nos quedamos dando las clases de Jorge y la Turca, prácticamente todos los días. Ellos daban clases en La Ideal, los sábados a la tarde, los domingos en John’s Bar en Plaza Dorrego, San Telmo. Los martes en Unitango, cerca de San Juan y Boedo, allá lejos hace tiempo, ya no existe. Los miércoles en el Sin Rumbo. Los jueves en Antesana, una sala divina en Villa Crespo. Los lunes sé que no, y los viernes no me acuerdo. Y así lo que yo había ansiado por seis años, finalmente se concretó.

Yanina Erramouspe con María del Carmen Romero, la Turca , y Jorge Dispari.

¿Qué es lo que más rescatás de la experiencia con Jorge y la Turca?

Para mí ellos representaron grandes oportunidades. Me dieron las oportunidades que no hubiera soñado en mi vida. Primero, porque si hay algo en lo que coincidían todos los milongueros era que eran una fábrica de bailarines de buen tango. Entonces, compartir la mesa con ellos ya te jerarquizaba, ¿sí? Después, a sus clases por ahí te caía de visita un tipo como el Pibe Palermo. El Pibe Palermo para quien no sepa de qué estoy hablando, era el último bailarín de canyengue, pero canyengue en serio, no de lo que después se creó como movimiento, gente que bailaba en la época del cayengue. Tenía uno 83-86 años entonces. Poder abrazar a un tipo con esa historia, ¿me entendés?

Un miércoles -me acuerdo patente- fuimos al aeropuerto a despedir a Marcela Guevara y Stefano Giudice en el Sierra rojo de Jorge y, cuando volvíamos, la Turca dice: “Chicos, ¿vamos al Sin Rumbo? Que hoy es el cumpleaños de mi tío y quiero ir a saludarlo.” “Pero, Marita, mirá la facha con la que estoy”. “No importa, nosotros los llevamos y se cambian, no hay problema”. Porque el Sin Rumbo, para mí era respeto, ¿viste? No era La Viruta a la que yo he ido hasta en pareo. Ese damero donde habían pasado los pies que yo más respeto en el tango, yo no podía ir así como así. Nos cambiamos y fuimos. “Mirá, nena, que por lo menos vas a tener que bailar una tanda con mi tío, ¿eh? Porque es el cumpleaños y si él quiere bailar con vos, vas a bailar con el tío.” ¿Quién era el tío? Gerardo Portalea. O sea, yo me encontré, así, de buenas a primeras, bailando El Ingeniero -que era su tango- con Gerardo Portalea, ¿me entendés? Eso significaba estar con Jorge y con la Turca, más allá del extraordinario tango con el que te impregnaban.

«No es que a la milonga hay que ir de traje, sino que hay que “empilcharse” …para la ocasión. Que hoy vos vayas en chupines y con zapatos con una punta tipo Bob Patiño, no está mal, porque es lo que hoy se usa para ir a una fiesta importante. En ese momento era el elegante sport.

…Como siempre contaba Jorge Dispari, los viejos daban clases gratuitas; pero te pedían que vinieras de elegante sport, buscaban ese respeto simbólico.»

Por otro lado, Jorge me dio herramientas no solo como milonguera -porque yo bailarina no me consideré nunca- sino, sobre todo, como docente. Él era maestro de alma. No enseñante, maestro. Buscaba por todos lados la veta para explicarte en el modo que vos necesitabas lo que él estaba tratando de transmitirte. Como maestro, es uno de los que más impronta tengo, y a mucha honra. Y tomé clases con todo el mundo, inclusive, con colegas mucho más jóvenes, porque me parecía importante escuchar lo que tenían para proponer quienes eran los referentes de esa época. Pero con Jorge sentí: “Acá me quedo. Quiero absorber todo lo que tiene para dar esta persona”.

¿A esa altura empiezan también a hacer exhibiciones en Buenos Aires?

Nuestro debut en una milonga porteña fue en el Salón la Argentina, en El Arranque, que era una milonga por la tarde. Y la milonga que nos acogió en Buenos Aires fue Porteño y Bailarín. Nuestra primera exhibición en una milonga porteña “seria” fue Porteño. Carlitos Stassi es un poco nuestro padrino. Yo siempre digo que las mejores -y las no tan mejores cosas de mi vida tanguera- me han pasado en Porteño.

Porteño y Bailarín siempre fue una milonga muy iniciática. Carlitos ha sido históricamente un tipo que le ha dado la oportunidad a todo el mundo de bailar y lo sigue haciendo. Muchos de nosotros tuvimos nuestra primera exhibición en Porteño. Yo tuve mi primera exhibición con Adri, mi primera exhibición con Jesús (Velásquez), mi primera exhibición con Leíto. Leo (Ortíz) también tuvo su primera exhibición con quien era su compañera, ahí. Porteño es un lugar donde es muy fácil sentirse en casa. Para mí tiene magia. Y Porteño para mí es Carlitos, un organizador que sabe de tango. Él elige a sus musicalizadores con mucho cuidado. Y eso falta también, mucho, sea en Buenos Aires, sea en el resto del mundo, gente que sepa de tango.

¿Y cómo llegaste a ser asistente de Carlos Gavito?

En el 2004 nosotros habíamos hecho ranchito con otra parejita de pendex, que eran el Bichi y la Bichina, Andrés Laza Moreno y Mariela Soledad Chávez. Salíamos juntos a todos lados. Y una noche que nosotros hacíamos una exhibición en “Lo de Celia” ellos vinieron a hacernos el aguante, como hacíamos siempre mutuamente, y cayó Carlos Gavito a ver nuestra exhibición con todo su séquito de milongueros atrás. Yo feliz, porque yo -esto que decía- mucho miedo, mucha vergüenza nunca tuve.

¿A vos no te imponía ni lo más mínimo?

Ah, no, para mí era un regalo. Un privilegio. Era sentirme apoyada, sostenida, contenida, lejos de sentirme exigida. En cambio, a mi pobre “exposo” le temblaba hasta el pelo porque él era más consciente. Yo no, yo era refeliz. ¡Yo le bailé a él! Trataba de entregarle lo que yo tuviera. Así de mediocre como podía ser, yo se lo quería regalar.

Cuando terminó la exhibición nos llamó a la Bichina y a mí a su mesa,y nos comentó que quería abrir una escuela en Buenos Aires, que necesitaba asistentes y había pensado en nosotros cuatro. Nos invitaba a un seminario suyo con la condición que en ese fin de semana absorbiéramos conceptualmente su estilo. La praxis la aprenderíamos siendo sus asistentes.

Con una práctica tutelada, como decíamos antes. ¿Cómo fue trabajar con él?

Fue un aprendizaje acelerado a 360 grados a nivel docencia y de la coherencia entre lo que significaba ser milonguero, cómo comportarse en la milonga, y lo que se trasmitía en las clases.

Yanina Erramouspe con Carlos Gavito, como su asistente en sus clases.

¿Qué recuerdo podés rescatar ahora, especialmente, de esa época con Gavito?

Sobre todo, haberlo conocido como ser humano en esa etapa tan particular de su vida, más allá del personaje.

Y la pizzería de Nelson, su hermano. Los lunes a la noche cuando terminábamos la clase grupal, subte y a la pizzería. Era la previa al Canning. Quedará siempre para nosotros como uno de los tesoros más preciados porque era compartir con todos los milongueros, pero fuera de la milonga, aprovecharlos más, escucharlos, escuchar sus historias personales, de vida, con el silencio de una pizzería, no el bardo de la milonga.

¿Y? ¿Qué pasa con eso, por qué fue especial escuchar sus historias personales?

Era un privilegio, porque era una muestra de confianza, verlos completamente desnudos, entender mucho de su tango. De poder comprender mucho de su abrazo.

¿De lo que transmitían con su abrazo, de lo que se veía de su baile?

De lo que se siente y se ve, porque hay muchas cosas que se ven. De su conducta en la milonga, porque el significado que tenía el tango en la vida de cada uno de ellos tiene mucho que ver con cómo se conducían en la milonga. La milonga como lugar sagrado, como un lugar donde no se hacen quilombos -los quilombos afuera-, como lugar de sanación de heridas, como lugar de contención emocional, como familia, como el abrazo que necesitaban justo esa noche, y como el lugar que les permitía ser el milonguero X.

«La milonga como lugar sagrado, como un lugar donde no se hacen quilombos -los quilombos afuera-, como lugar de sanación de heridas, como lugar de contención emocional, como familia, como el abrazo que necesitaban justo esa noche, y como el lugar que les permitía ser el milonguero X.»

¿Cómo te habías ganado esa confianza? ¿Qué méritos habías hecho? ¿Tiene que ver con la seriedad que vos le ponías al estudio del tango? Y no me refiero solo a la técnica, sino al estudio del tango como cultura.

El respeto y el amor. La concepción similar del tango, también. Creo que todo eso va uniendo. O separando, inclusive, las aguas. El amor y el respeto hacia esta concepción que compartíamos del tango como cultura popular, y no como un baile. El no tomar nada a la ligera. No te digo que idolatrarlo, pero tenerle mucho respeto y tratar al tango con mucho cuidado. Y creo que también había una búsqueda para empezar a dejar un patrimonio, pasar la posta a las generaciones venideras eligiendo a alguien en particular.

«Yo soy milonguera, y soy milonguera desde antes de conocer el tango. Es el lugar al que yo pertenecía sin saber que existía. A mí la milonga me dio el lugar de mis sueños. La sensación al entrar la primera vez a la milonga fue encontrar ese rompecabezas al cual la pieza que le faltaba era yo.»

Porque una cosa es que uno crea que “el tango va a seguir siempre vivo”, pero el tema es cómo.

Exactamente. Un anhelo de perdurabilidad, ¿no? “Tengo mi tango para entregar, que es de esta manera. Lo quiero pasar, lo quiero transmitir. Y la forma es entregándole esta esfera de mi tango a alguien. Bueno, a ver, ¿a quién? ¿Y por qué?”. Cómo si se trasmitiera una contraseña. Esta cosa de la trasmisión oral y de la importancia que tiene.

Pero no en el sentido de “¿A ver vos si te mereces que yo te pase mi secreto?”, racaneando el conocimiento y haciendo de su acceso un coto cerrado.

Hay una generación intermedia, que no son aquellos viejos, que sí sintió la necesidad de proteger su secreto de una forma muy meritocrática, y “yo decido a quién se lo cuento”. Una cosa muy de secta, si se quiere. Y esto sucedió aún más con la distinción entre argentinos y extranjeros. ¿Quién dice que un extranjero tiene menos mérito que un argento cuando tenemos un montón de argentos que de tango saben lo que yo de física cuántica porque no les interesa? Así se produce una grieta que nos está llevando a los extremos de creer que puede haber una concepción europea del tango y otra argentina. Puedo entender esta idea hace 30 o 40 años atrás, pero hoy con la globalización y la democratización de la información, una división basada en el origen me resulta muy arbitraria y sin asidero. Como decía Troilo, el tango es uno solo.

Estos viejos –te estoy hablando de Tete Rusconi, Gerardo Portalea, El Nene Masci, el Flaco Dani, Pupi Castello, todos los que quedaban a fines de los 90, principios del 2000,- lo que buscaban, en realidad, era asegurarse el respeto y el amor al tango, antes de trasmitirlo. Como siempre contaba Jorge Dispari, los viejos daban clases gratuitas; pero te pedían que vinieras de elegante sport, buscaban ese respeto simbólico.

«Hay una generación intermedia, que no son aquellos viejos, que sí sintió la necesidad de proteger ‘su secreto’.., y “yo decido a quién se lo cuento”. Una cosa muy de secta, (…) aún más con la distinción entre argentinos y extranjeros. ¿Quién dice que un extranjero tiene menos mérito que un argento cuando tenemos un montón de argentos que de tango saben lo que yo de física cuántica porque no les interesa? Así se produce una grieta que nos está llevando a los extremos de creer que puede haber una concepción europea del tango y otra argentina (…) Como decía Troilo, el tango es uno solo.»

Pedían un pago con respeto, así se aseguraban el respeto.

Exactamente. Yo creo que este aferrarse a la pilcha hoy está también muy vapuleado, se cree que es una cosa vacua. No es que a la milonga hay que ir de traje, sino que hay que “empilcharse”, este es el concepto que hay detrás de esa camada de viejos, hay que empilcharse para la ocasión. Que hoy vos vayas en chupines y con zapatos con una punta tipo Bob Patiño, no está mal, porque es lo que hoy se usa para ir a una fiesta importante. En ese momento era el elegante sport. Interpretar y explicar estas tradiciones es lo que nos corresponde a nosotros, para que no se vean como un mero aferrarse.

Es como… a ver, el tema del cabeceo. No es pararte enfrente de una persona a buscar el contacto visual…

No, eso es un acoso.

Es que, para mí, el primer problema es reducir el cabeceo a un simple movimiento con la cabeza. ¡No! Primero y principal es necesario estar en conexión con la música.

¿Por qué digo que tenés que estar en conexión con la música? Porque el cabeceo depende de qué es lo que a vos te pasa con esa música. No te puede dar lo mismo todo. Y no estoy hablando de la realidad objetiva que existen orquestas mejores que otras -y me hago cargo de lo que digo-; hablo de una cuestión de gustos personales que se va moldeando con la experiencia y con la escucha atenta y activa.

«Eso es el cabeceo, el encuentro mutuo de dos personas que sienten de la misma manera una música en particular. …uno tiene que prestar atención a quién le provoca algo similar esa música y el cabeceo se produce facilísimo. No hay que hacer nada, con girar la cabeza en esa dirección… el encuentro se produce al toque.»

Por lo cual una orquesta, o un tango, te emociona más que otro en un determinado momento.

Absolutamente, porque también pasa eso. Hay momentos donde te pega más una cosa que la otra, ¿ok? Entonces, estando atento a las propias necesidades, uno empieza a relojear la pista y se da cuenta que hay gente que siente la tanda de la misma manera. Entonces, la invitación parte de sentir de una manera similar con alguien. Eso es el cabeceo, el encuentro mutuo de dos personas que sienten de la misma manera una música en particular. Porque si a esa persona le da lo mismo bailar un Malerba que un Troilo con vos… (risas) -no me lo podía no permitir-… si a vos te da lo mismo, entonces…

¡Anda a bailar con otra! (risas) ¡U otro!

¡Claro!, porque si te da lo mismo bailar cualquier cosa, por eso también te da lo mismo invitar a una persona de una manera o de la otra. Estás en ese nivel de inconsciencia, que todos pasamos, y está bien (con énfasis), pero va a llegar un momento que a vos te va a provocar más una cosa que la otra y, entonces, uno tiene que prestar atención a quién le provoca algo similar esa música y el cabeceo se produce facilísimo. No hay que hacer nada, con girar la cabeza en esa dirección… el encuentro se produce al toque.

Estas cosas para mí son recontrabásicas, y sin embargo cada vez que las explico parece que estoy dando una gran revelación, entonces te das cuenta que algo falla. Si la gente que hace más de diez o quince años que baila no las entendió, es porque algo falló en el canal. Yo las aprendí porque tuve gente que me agarró de la manito y me hizo entenderlas. Pero, así como yo la tuve, sería menester que todo el mundo las tenga. Por otro lado, no confundamos el elegir con discriminar. No creo en el quedar bien con todo el mundo, no creo en el decir que sí a todo. Hashtag “boludeces no”. Nosotros entramos a la pista a ofrecer algo que es muy preciado y muy valioso: nuestro abrazo.

Va tu intimidad con tu abrazo, tus sentimientos, todo.

Totalmente, es tu abrazo con todo lo que eso significa. Entonces, no me parece algo que uno tenga que regalar a diestra y siniestra. Es como el tiempo, para mí son bienes preciados, no se tiene por qué querer compartirlo con todo el mundo. Elegir es humano, lógico y natural, y no es discriminar. Yo tengo todo el derecho del mundo a decir que no, en el momento que se me canta y por el motivo que se me canta.

Yanina Erramouspe y Leo Ortíz.

Sin necesidad de dar explicaciones, además. No porque no, y punto.

No porque no, y punto. Pero, y acá me detengo, tampoco es necesario ser altivo.

Ah no, tratar mal al otro, no. Estamos de acuerdo.

Porque he visto rechazar de formas horribles, y no es una situación linda, no la pasamos bomba, ninguno. Tratemos que no tengamos que rechazar, y si se da, resolverlo de la mejor manera posible. Y aquellos que tenemos más experiencia tenemos más responsabilidad. Si yo tengo veintisiete años de tango tengo la responsabilidad de resolver las cosas de la mejor forma, sea adentro del baile como afuera.

«Si yo tengo veintisiete años de tango tengo la responsabilidad de resolver las cosas de la mejor forma, sea adentro del baile como afuera.»

¿Y por qué crees que el mensaje no llega o llega errado?

Para mí estas cosas suceden por repetir palabras sin haberse tomado el tiempo de preguntar y cuestionar. Uno no tiene que dar nada por sentado, ni creer que entendió todo, porque si no, estás en el horno, vas a repetir un mensaje que nunca tuvo contenido, o que vos nunca entendiste, solamente porque te lo dijo fulano.

Retomando la historia, llegamos hasta que estabas con Gavito.

En paralelo a las clases que tomamos con Jorge y con la Turca, también tomamos muchísimas clases con Julio Balmaceda y Corina de la Rosa -extraordinarios docentes también- La verdad es que sus clases eran muy divertidas, grandes desafíos, porque tenían un nivel bastante alto, entonces, aún cuando se hacían cambios de pareja, siempre te encontrabas con gente interesante.

En el 2003, en el mundial, conocimos a un personaje extraordinario del tango, que yo le tengo mucho cariño, que es Fabián Salas. Ese año Fabián nos invita a participar de la noche de los jóvenes del CITA. Fuimos con Julio y Corina, en calidad de asistentes del festival, lo que nos habilitaba a tomar clases gratuitas con todos los maestros. ¿Qué hice yo? Tomé todas las clases, todas. Y eso también me abrió un mundo: conocer maestros diferentes, otra idea conceptual del tango, ver otros tangos. Ver gente de más de 50, 60 años que nunca habían hecho nada con el cuerpo, con cero consciencia corporal, haciendo una clase de escenario y cómo el Cachorro Reis los llevaba de una manera que el 98% de la gente lograba el objetivo. Ese fue el primero que me voló la cabeza y el otro fue Sebastián Arce, que en ese momento estaba a full con el tango nuevo. Verlo cómo desde el movimiento más destilado y simple lograba movimientos de una complejidad impresionante; y cómo -otra vez- llevaba a toda la clase en ese sentido. Sobre todo, ver cómo daba clase la gente porque yo ya estaba en esa faceta.

¿En fase de formarte como docente, o descubriendo tu vocación docente?

En mis prácticas de docencia, con 17 años, me tocó ver cómo la motivación correcta podía generar que unos pibes, niñes de 8, 9 años de los que todo el colegio se quejaba, -el grupo de los indios, les decían-, trabajaran concentradísimos, sin que volara una mosca. Eso me hizo tomar conciencia de lo poderoso que es el rol docente. Y por eso todas las herramientas que fui incorporando. El máster en programación neurolingüística y la carrera de psicóloga tuvieron esa motivación, porque para mí no es un baile solamente, sino que mueve mucho a nivel emotivo y me parecía importante estar a la altura de las circunstancias.

«Uno no tiene que dar nada por sentado, ni creer que entendió todo, porque si no, estás en el horno, vas a repetir un mensaje que nunca tuvo contenido, o que vos nunca entendiste, solamente porque te lo dijo fulano.»

Y en esta búsqueda de aprender todo, de ir a la fuente ¿cuándo ubicaste el sentido que tenía de ir a la milonga? ¿Qué te enseñaba la milonga?

¿Con qué cara puedo yo transmitir el tango social si yo no formo parte del tango social? ¿Sí? Esa es mi primera cuestión.

Pero, ¿si fueras bailarina de escenario te plantearías que podrías no ir a la milonga?

Totalmente, no tiene nada que ver conmigo, “si yo fuera bailarina”, empezamos por ahí. Yo soy milonguera, y soy milonguera desde antes de conocer el tango. Es el lugar al que yo pertenecía sin saber que existía. A mí la milonga me dio el lugar de mis sueños. La sensación al entrar la primera vez a la milonga fue encontrar ese rompecabezas al cual la pieza que le faltaba era yo. Donde me podía vestir como me gusta a mí, donde los tacos no eran un problema, donde la… me viene el término en italiano, la accoglienza

La hospitalidad.

Esa hospitalidad con la que te recibían los milongueros, que para mí hoy también es una especie en peligro de extinción -no los milongueros, sino la hospitalidad en la milonga- hacía que formaras parte rápidamente. No era necesario destacar porque te sentías en casa. ¿Cómo?, porque esa gente que ya era de la casa se ocupaba de abrirte las puertas, mostrarte dónde estaba el baño por si lo necesitabas, preguntarte si querías tomar o comer algo, compartir con vos, hacerte una sonrisa de lejos, lo que fuese que te hiciera sentir que “no sos extraña”, “nunca sos extraña en la milonga”. Creo, lamentablemente, que esa es una de las cosas que falta hoy de lo que yo viví como milonga.

«Tener “tu” mesa es haberte ganado el derecho de que te traten y te respeten como de la casa. Por lo que vos decís- porque sos habitué, porque hace veinticinco años que venís al mismo lugar, y por eso nadie te puede tocar tu lugar, y siempre que vos estés, esa mesa te va a pertenecer. Claro que esto es un privilegio, la cuestión es qué elijo hacer con ese privilegio que me han concedido o me he ganado. En mi caso elijo abrir la puerta de ese pequeño espacio mío en la milonga, y recibir a gente para hacerla sentir segura, protegida. Otra de las enseñanzas que me legaron los milongueros.»

Para mí, la milonga se ha transformado en un ambiente demasiado hostil. La milonga como ambiente, no una en particular, hoy le hace cada vez más difícil a la gente que no forma parte del mundo profesional, poder sentirse cómoda. Porque creo, hipótesis mía, que el tema de la profesionalización del tango ha hecho que se transforme un poco en una vidriera, en un lugar donde mucha gente va a trabajar, cosa que antes no pasaba. Antes los bailarines de Casa de Show salían de laburar y se venían al Sunderland porque les gustaba, porque sentían placer al sentirse bienvenidos por los milongueros que estaban chochos de que esos pibes que trabajaban con el tango vinieran a la milonga, y se lo hacían sentir. No era una obligación, era un placer.

Jorge Dispari y María del Carmen Romero, la Turca, en Porteño y Bailarín

¿Es posible todavía recuperar esa hospitalidad?

Uno no puede pretender que sea todo igual a como era, pero hay cosas esenciales que se podrían mantener, primero porque son funcionales –e insisto con el tema del cabeceo-, y segundo porque hacen a la magia de la milonga, ese olorcito a mística, que a todos alguna vez nos llamó la atención.

Yo hoy me considero en ese rol porque me gusta, me hago cargo y lo defiendo a muerte. El rol de la milonguera que da la bienvenida a la milonga. Lo puedo hacer en Roma y en Buenos Aires, porque a mí no es el lugar físico lo que me da la cosa de local, sino la experiencia y el hecho de que entro a cualquier milonga en el mundo y encuentro alguien que me conoce. No por ser una bailarina conocida, ni campeona de nada, sino por ser alguien que siempre estuvo defendiendo los estandartes del tango.

«Si la gente que hace más de diez o quince años que baila no las entendió, es porque algo falló en el canal. Yo las aprendí porque tuve gente que me agarró de la manito y me hizo entenderlas. Pero, así como yo la tuve, sería menester que todo el mundo las tenga.

…Si hay algo que los milongueros hacían era construir la milonga, sostener la milonga, bancar la milonga.»

¿Quién podría ejercer ese rol? ¿El que más tiempo lleve yendo a la milonga?

A ver, para ocupar este rol es necesario algo muy especial y es, volvemos a lo mismo, el respeto y el amor por el tango en todos sus aspectos, no el tango como un medio de laburo. El problema, para mí, es que la profesionalización del tango hizo que se dejara un poco de lado esto, como si fueran cosas que no pueden ir de la mano, y al contrario, deberían ir de la mano. La profesionalización no es tomar clase de técnica nada más. Tenés que saber de música, necesitas un conocimiento histórico, porque si no, hay un montón de cosas que no entendés y mucho menos las podés transmitir.

¿No entendés en cuanto a estilos, en cuanto…?

En cuanto a la forma en que se hacen los movimientos, algo tan básico como eso, ni siquiera llego al estilo. O sea, todo lo que se hace en el tango tiene una explicación lógica y de sentido común. Si vos no sabes de dónde partió eso, no lo vas a entender nunca.

Entonces, el anfitrión, o la anfitriona, tendría que ser alguien que ame al tango.

Primero se tiene que sentir cómodo en la milonga, y ese es un problema. ¿Cuánta gente conocés en este momento que se sienta en casa en la milonga? Con esta excusa de que “la milonga ya no es lo que era, no le encuentro placer a ir…” en Buenos Aires hay un montón de gente muy conocida en el ambiente que no te pisa nunca una milonga, que va solamente cuando tienen que hacer exhibición y nada más. Y esos después son los primeros en quejarse de que la milonga ya no es lo que era. Pero si no venís a la milonga, ¿cómo mierda querés que sea un poquito lo que era? Si hay algo que los milongueros hacían era construir la milonga, sostener la milonga, bancar la milonga. Yo entiendo que hay mucha gente que no puede pagar una entrada todas las noches, pero, seamos realistas, ¿cuántos de los bailarines profesionales pagan la milonga? Entonces, ¿con qué cara trabajás de algo que no sostenés desde ningún punto de vista? Ni a nivel de lo que transmitís, ni a nivel económico, ni nada. Para mí, hay una impunidad (con énfasis) al poder trabajar del tango sin saber de tango, que es terrible.

Yanina Erramouspe musicalizando.

¿Y qué otros códigos mantendrías para hacer de la milonga la casa de todos?

A mí me sacan mucho, pero mucho, las milongas que la van de tradicionales, y que en realidad no lo son. Son rígidas, no tradicionales. Para mí son el antitango. Las milongas tradicionales nunca fueron rígidas. Las milongas tradicionales, eran naturalmente integradoras, abiertas a todo el mundo y te lo hacían sentir.

Porque era un encuentro social, de una comunidad, de un barrio, de amigos, familia.

Y porque podía venir una china sola e iba a ser bien recibida. Podía venir una pareja gay, e iba a ser bien recibida. Podía venir quien se le cantara el toto, e iba a ser bien recibido.

«Las milongas tradicionales, eran naturalmente integradoras, abiertas a todo el mundo y te lo hacían sentir.»

La mesa, para mí es uno de los problemas que yo veo en muchas milongas, sobre todo de algunos lugares de Europa. La falta de mesas. Lo que incentivás es la competencia para ver quién hace más tandas, porque no tenés un lugar para sociabilizar, un lugar para charlar si no bailás. Generás que estén todos “en sus marcas… ¡Ya!” A ver cuántas tandas hago por noche. Al no poner mesas le estás quitando el lugar de sociabilidad.

Lo que pasa es que se cree que la mesa es símbolo de jerarquía y privilegios.

Eso en los festivales, con la mesa de los maestros. Eso sí es una mesa jerárquica. Eso es una mesa a la que todo el mundo mira, no sólo con respeto, sino con una admiración desmedida, casi de idolatría, a gente que si se la hubieran cruzado en la milonga y no supieran que son Fulanito, por ahí no le hubieran dado bola.

«Uno de los problemas es la falta de mesas. Lo que incentivás es la competencia para ver quién hace más tandas, porque no tenés un lugar para sociabilizar, un lugar para charlar si no bailás.»

Incluso, más allá de la milonga, en Argentina, en cualquier restaurante, siempre se le “guardó” la mesa al habitué, como reconocimiento de que siempre está, para hacerle sentir en casa.

Totalmente. Tener “tu” mesa es haberte ganado el derecho de que te traten y te respeten como de la casa. Por lo que vos decís- porque sos habitué, porque hace veinticinco años que venís al mismo lugar, y por eso nadie te puede tocar tu lugar, y siempre que vos estés, esa mesa te va a pertenecer. Claro que esto es un privilegio, la cuestión es qué elijo hacer con ese privilegio que me han concedido o me he ganado. En mi caso elijo abrir la puerta de ese pequeño espacio mío en la milonga, y recibir a gente para hacerla sentir segura, protegida. Otra de las enseñanzas que me legaron los milongueros. ¿Ves porque te digo que falla el mensaje, se pierde, y llega el teléfono descompuesto? No, no, no, gente, vayan a milonguear en serio y entiendan. No podés hablar de algo que no conocés. El problema es que cada vez la gente tiene menos milonga que horas de vuelo.

Otra cuestión muy debatida en la actualidad. El rol “del que lleva”, y más aún que sea el hombre el que tenga ese rol “activo”, dejando a la mujer en un “supuesto” lugar pasivo, casi de una escoba. El tango Queer plantea, incluso, que ninguno lleve. ¿Cómo era antes? ¿Era tan así?

Ni un extremo, ni el otro, como en todo hace falta el equilibrio. Vos sabés que si hay algo que yo comparto siempre de mi experiencia con los milongueros es que no eran dictadores, ni te reboleaban como te los venden ahora. Era un verdadero diálogo, ni la milonguera era pasiva -lo que no quiere decir que yo me ponga a hacer pelotudeces-, ni el milonguero decía “hacés lo que yo digo, nena, y basta”, y si no lo hacías te rompía la espalda. No fue así, yo no lo viví así, y te puedo dar elementos técnicos específicos de por qué no era así. Te los puedo mostrar en un video y te los puedo mostrar en el cuerpo. ¿Qué podía haber más de uno? seguro, pero eran violentos fuera del tango también, eran en el tango como en la vida. El resto, que eran señores, bailaban como tales. Eran tipos que jugaban mucho con la energía que les devolvía la mina, porque escuchaban un montón el cuerpo de quien tenían delante. Portalea era un campeón en eso. Si vos mirás su baile, ves la escucha permanente de la energía del cuerpo del otro y cómo la usaba, tipo Aikido. Cómo usaba la inercia para el próximo movimiento, eso era el sello del baile de Portalea.

¿Nos quedó algo de tu trayectoria en el tintero? ¿Hay algo más que quieras contar que no hayas contado, de tu historia o de todas las otras cosas que hacés, estudiás?

Me quedan dos hitos muy importantes en mi vida profesional. Uno es haber laburado en La Cumparsita entre el 2006 -2007 rodeada de cantantes inmensos con enormes trayectorias, entre los que destacaría a Alberto Podestá, Juan Carlos Godoy y Marcela Ríos. Ese lugar desbordaba de tango por cada rincón y me hizo dar cuenta de cuanto podía disfrutar del tango, también, en un ámbito completamente diferente al de la milonga, despertando en mí una nueva pasión: la de ir a escuchar cantantes en vivo.

Y en el 2005 nos llaman Seba Achaval y Roxy Suárez -nosotros a Seba lo conocemos desde tiempos inmemoriales porque él es de Azul y compartimos la compañía Abrazo de Tango- para que hiciéramos un reemplazo en la escuela de Carlos Copello. Y eso fue un camino de ida. Trabajamos en la escuela de Copello por cinco años, primero reemplazando a los chicos. Al principio, como suele pasar mucha gente desapareció. De cuarenta o cincuenta personas quedaron tres. Pero la escuela, -y con la escuela me refiero a tres personas que eran las que la sostenían: Carlos, Miriam y Maxi- nos bancó la parada. Y para cuando volvieron los chicos, tenían otra vez una clase que les podíamos entregar, de cuarenta a cincuenta personas. Entonces nos propusieron quedarnos a cargo de la clase de milonga. Y así nos quedamos como staff permanente. La verdad yo solamente tengo palabras de agradecimiento para para estas tres personas. Incluso cuando Guillermo Boyd -director del ballet municipal de Tandil y de la compañía Abrazo de Tango- nos convocó a hacer una temporada como docentes en Japón, la escuela nos aguantó los seis meses. Y cuando Adri dejó de bailar, ellos tres fueron los primeros en levantar el teléfono y decirme: “Yani, lo que quieras”. Yo me quedaba en Pampa y la vía, no sabía qué carajo hacer de mi vida. Intenté dejar el tango, no me salió. Esas boludeces que uno prueba… Me puse a estudiar. Así la crisis existencial de Adri desembocó en mi título de psicóloga.

Otra persona que se portó muy bien en ese momento conmigo, fue la Virgi Pandolfi, que cada vez que necesitaba un reemplazo me avisaba. Igual que Diego Mohammad, que estaba dando clases con Stellita Misse, y cuando necesitó un reemplazo siempre me llamó a mí. También hicimos algunas exhibiciones con Jesús Velázquez. Me acuerdo que en un homenaje al jefe que le hacía Carlitos Stassi, Adri dijo que no y yo le dije “No me importa, Carlitos, bailo con quien quieras, pero yo quiero estar. Elegí vos”. Días después me llega un mensaje: “¿Lo conoces a Jesús Velázquez?” “Y sí… de algún lado me suena”. 

¿Cómo fue eso que intentaste dejar el tango? ¡¿Cómo se te ocurrió que podías dejar el tango?!

Profesionalmente, eh, siempre hablando profesionalmente. Intenté dejar de dar clases, de exponerme como bailarina, de hacer contactos… entré en depresión, básicamente. Estuve tres días sin ir a la milonga y ya no me quería levantar de la cama. Y fue el mismo santo de mi “exposo” que me dijo: “Yo así no te puedo ver, andá a la milonga, por favor”.  Y empecé a ir sola. Bastó que pusiera un pie en la milonga para que se me clarificara la cabeza de nuevo, y decir: “El tango forma parte de mí, por más que quiera, esto de acá no se va. A la milonga no puedo dejar de ir. Eso está fuera de discusión, porque sin la milonga yo me muero”. “Me marchito como una florcita” -esa fue la frase que dije-.

Yanina Erramouspe con Leo Ortíz.

¿Y cómo llegas a este presente en el que bailás con Leo Ortíz?

Resulta que Jorge y la Turca anuncian que dan su última clase porque se van a vivir a Italia y fuimos con Adri para despedirnos. Superávit masculino, cosa que pasaba en las clases de Jorge. Yo cambio de pareja, cambio de pareja, se acerca Charlie, un amigo inglés: “Vení, rubia, vamos a bailar”. “No, pará, este muchacho está acá sentado desde que empezó la clase, ni el ejercicio hizo. Dejame que pruebo con él y después bailamos”. Hacemos un ejercicio de caminata. Fueron dos pasos y yo salí de atrás de su hombro y le dije a Jorge: “¿Y esto, de dónde salió? ¿Dónde lo tenías escondido al pedazo de bestia este? ¡Cómo camina!”. “Eeeh piba, este es el Leo Ortiz, mi alumno de San Juan”. Hay un sello Dispari en la forma en que caminan sus alumnos hombres: esa pisada de elefante, esa densidad. Por otro lado, cuenta Leo, que cuando me le paro enfrente, él dice: “La puta madre, a esta mina no la voy a poder mover ni en mil años.” Porque yo me paro ¡y me paro! “A ver qué haces con todo esto”. Y el chabón dice: “Apenas respiré y la mina se movió. No podía creer lo que era. Hicimos dos pasos y se puso a gritar al Dispari. Yo dije: ¡la cagué! Y no, empezó a hablar bien de mí”. Estábamos los dos flechados.

Hicimos nuestra primera exhibición, justamente en Tandil, mirá cómo son las cosas, hace diez años porque él me pidió que lo acompañara cuando no tenía compañera, y desde ahí no nos separamos más con el Ortíz. Pueden pasar tres meses sin vernos y hacer una exhibición como si nada. Nunca ensayamos en diez años que nos conocemos. Los dos concebimos que el tango social no se ensaya. Otra cosa hubiera sido una coreo. Y como tenemos gustos musicales muy similares, es muy fácil todo. Además, mi compa, más allá de la pisada de elefante que tiene, tiene un abrazo de una honestidad emocional que creo no haber sentido jamás en ningún otro tipo.

¿Y cómo llegaste a Italia?

En el 2016 por la combinación de un viaje familiar y el hecho que mi compa ya estaba trabajando en el norte de Italia, armamos un mes de exhibiciones por ahí. Desde el momento en que aterricé en Roma, supe que había un amor mucho más profundo con esa ciudad. Hasta ese momento siempre quería volver a Buenos Aires. Roma tiene de por sí una magia muy especial, no por nada se la llama “la ciudad eterna”, quien haya caminado Roma por la noche, sabe de qué estoy hablando. Y a su vez, me encontré con el tango y, la verdad, me sorprendió el nivel que había, el conocimiento de la gente, y me gustaron muchas milongas porque tiene una constitución muy similar a lo que yo creo que tienen que ser una milonga. Y eso me pasó en Roma, en Napoli y en Atenas. Por otro lado, yo tenía la nacionalidad italiana y eso ayudó mucho.

Yanina Erramouspe en Roma.

¿Y por qué musicalizás?

La verdad es que musicalizar nació para mí como un juego de la mano de Carlitos Stassi, siempre Porteño en mis inicios, lo seguí haciendo esporádicamente en las milongas de gente querida, grandes organizadoras que confiaron en mí como Marithé Luján, Mónica Parra y Lorena García. Y en Roma se me dio una oportunidad grandiosa cuando, como yo me quejaba siempre de la música, Patrizia Messina, me dijo: “¿Y por qué no musicalizas vos?” Y así empecé a musicalizar regularmente en el Caffè Letterario, bajo la amorosa tutela de mi maestro, Jorge Dispari. Quien con su ácido sentido del humor y paternal modo de enseñar, fue dándole forma a una nueva profesión que hoy me abre oportunidades no sólo en todas las milongas romanas, sino en eventos por el resto de Italia y Europa.

Una pregunta final. ¿Qué define a una milonguera?

Las milongueras con las que yo me crié eran mujeres “de armas tomar” que de sumisas no tenían un pelo y que siempre tuvieron muy en claro que las que dictaban cómo se gestionaban las cosas en la milonga eran ellas. La milonguera para mí era una mujer muy fuerte que, además de darte la bienvenida, te explicaba cómo se gestionaba la milonga, te daba claramente las reglas de juego. Eso te permitía entrar por la puerta grande. A mí me instruyeron de entrada con quién tenía que bailar y con quién no, y por qué. Y cuando había un pelotudo en el ambiente, se lo excluía entre todas. No es que las mujeres decían que sí por desesperadas, ni una. Entonces el tipo o aprendía a comportarse, o a bailar, o desaparecía del ambiente. Y cualquiera de esas cosas favorecían al tango. Yo hoy intento, con otro estilo, generar este espacio entre mujeres -lo cual implica unas reglas- que permita hacer un muro cuando se presente algún idiota, cosa que hoy falta.

Una comunidad y comunión con las otras mujeres para cuidarnos entre todas.

«…los milongueros no eran dictadores, ni te reboleaban como te los venden ahora. Era un verdadero diálogo, ni la milonguera era pasiva -lo que no quiere decir que yo me ponga a hacer pelotudeces-, ni el milonguero decía “hacés lo que yo digo, nena, y basta”, y si no lo hacías te rompía la espalda. No fue así, yo no lo viví así, y te puedo dar elementos técnicos específicos de por qué no era así. …Eran tipos que jugaban mucho con la energía que les devolvía la mina, porque escuchaban un montón el cuerpo de quien tenían delante…»

Flavia Mercier con Yanina Erramouspe en la Gallería Umberto I de Nápoles, durante una de las varias charlas que mantuvieron para esta entrevista.

¿Querés decir algo más para cerrar?

Me interesa que quede una cosita: no se puede ser buen profesional sin ser buena persona. Y esto lo extiendo a cualquier disciplina. Y creo que es importantísimo que empecemos a considerar con un poquito más de seriedad la formación profesional del docente en el tango, no tomarlo tan a la ligera. Y romper con la concepción de que el extraordinario bailarín puede ser un buen docente, porque no tiene nada que ver. Puede ser un bailarín mediocre y puede ser un gran maestro, y puede ser al revés también. ¿Pueden ir de la mano? Sí, sin duda, hay bailarines que han sido extraordinarios y grandes maestros, yo ya mencioné a algunos.

Muchas gracias Rubia, un placer aprender y aprehender tanto tango con vos.

Decía Derrida que la hospitalidad es incondicional o no es. Esa cualidad de hacer sentir en casa, que implica, por tanto, que se le ofrece a quien no lo es. Se la conoce como la “ética del desierto” por la cual todos somos nómadas que nos demoramos y moramos en ciertos lugares -o que nos demoramos en ciertas moradas- por puro azar, allí donde nos llevó el camino. La ética de la hospitalidad hace lugar a la radical arbitrariedad del azar donde nadie es del todo dueño ni propietario de ninguna casa, si no que recibo al otro en tanto me reconozco como aquel que mañana puedo ser. No se es hospitalario esperando algo a cambio, sino a conciencia de la arbitrariedad del estado social de las personas.

La hospitalidad desliza hacia la hostilidad cuando al hospes -el extranjero al que se trata como huésped- pasa a vérselo como el hostis o extranjero enemigo. Cuando se deja de ver al otro, en términos generales, como digno de hospitalidad, se pasa a la hostilidad porque el otro se vuelve acechante. Por eso nada tiene que ver la hospitalidad con la tolerancia y por lo que esta última resulta escasa para posibilitar la convivencia. Tolerar dice ya de algo que no se acepta del otro, pero se soporta porque así lo manda la moral. En este caso, lo diferente del otro inquieta, sea el vulnerable, sea el pobre, el inmigrante o el refugiado -palabra que de por sí ya implica un menoscabo-.

Cuando se teme al otro, ya no se lo hospeda sino que se lo intenta domesticar, que se avenga a nuestros términos, a expresarse con toda la raigambre cultural de quien «presta» el asilo. De igual manera, esto ocurre en la milonga cuando se intenta sostener costumbres de forma rígida, tal que la tradición vira al ritual, hacia una ritualización vacía de espíritu.

Para que la milonga vuelva a ser un refugio de las miserias cotidianas, como aquel del que Yanina habla que representaba para los milongueros, es necesario volver a la hospitalidad en su estado más puro. Abandonar ciertas prácticas meritocráticas para acceder al saber tanguero pues ellas resquebrajan a la milonga en pequeños reductos sectarios en los que aquellos a los que les costó tanto ser incluidos en el círculo íntimo, desconfían de todo recién llegado. Si cada uno tuviese verdaderamente “su” lugar, habría lugar para todos.

Cuando en la charla con Yanina nos preocupa la pérdida de cierta concepción de la milonga y cosmovisión del tango como cultura popular, lo que estamos revalorizando es cierta ética o forma de ver la vida que hace también a la argentinidad. La moneda de la hospitalidad era la gauchada, ese dar sin esperar nada a cambio, signo notable de generosidad. Y cuando los milongueros hablaban de códigos, o se definían a sí mismos como gente con códigos, se referían, sobre todo, a la reciprocidad ante la gauchada y la hospitalidad. “Hoy por vos, mañana por mí”. En tiempos como los actuales, en los que la moneda corriente es la “guachada” más que la gauchada, bien valdría la pena acuñar viejas costumbres hoy en desuso.

Por otro lado, como han demostrado reconocidos antropólogos, como Claude Lévi-Strauss, las sociedades cerradas mueren. Muy probablemente, si el tango no se hubiera internacionalizado no hubiera revivido con la fuerza que lo ha hecho en las últimas tres décadas; incluso, quizás, no hubiera sobrevivido. Entonces, habría que hacer lugar a esas nuevas idiosincrasias que llegaron al tango de la mano de otras culturas y nuevas tribus, porque ellas alojan al tango en su seno al sentir la misma pasión.

Flavia Mercier