A priori parece imposible una salida del capitalismo. Sin embargo, Jorge Alemán sostiene que hay algo que hace obstáculo a la lógica arrasante del capitalismo. Existe un vacío irreductible que constituye al sujeto y que es imposible de colmar a pesar de todo el goce bobo que la técnica es capaz de producir. En una serie de tres libros, publicados por Ned Ediciones, el reconocido psicoanalista y ensayista político piensa con Lacan y otros autores como Heidegger o Althusser la posibilidad de la emancipación en la época.
A lo largo del tiempo, el discurso capitalista ha venido mutando para sostener la acumulación de riqueza tantas veces como fuese necesario. Cuando para acumular capital se requerían filas de trabajadores dispuestos a darlo todo por la empresa, las ideas imperantes en lo social promovían una ética centrada en el trabajo y un modelo del “hombre hecho a sí mismo”. Cuando resultó conveniente reducir el estado de bienestar para apropiarse de la riqueza que éste distribuía, el neoliberalismo fomentó un individuo activamente responsable de sus circunstancias -como si estas dependieran sólo de la voluntad- y de cuidarse a sí mismo, para legitimar el desamparo en el que estado neoliberal dejaba a muchos. Hasta hace sólo algunos años, para sostener la acumulación de capital, el sujeto era llevado a imaginar la posibilidad de alcanzar una satisfacción plena mediante la inagotable cantidad de artilugios y objetos que la técnica le puede proveer. Era una economía basada en el consumismo. Sin embargo, como los recursos son escasos, este modelo tampoco es sostenible, y estamos llegando a una instancia en que lo que está en juego es la mera subsistencia, como consecuencia de la transformación dramática de la biosfera y de múltiples ecosistemas por la apropiación sin límite de los recursos naturales. Como dice Alemán, “el capitalismo ya no mejorará las condiciones, al contrario, aumentará cada vez más la desigualdad, la deuda, el financiamiento de la economía real”.
Para él, el capitalismo está forzado a esta renovación constante de su discurso porque no encuentra un modelo estable para asegurar la acumulación de riqueza en forma sostenida. Por otro lado, se trataría de una estructura que se reproduce ilimitadamente sin necesidad de que nadie la dirija. Una maquinaria que marcha sola y sin cesar y que, aún en los tiempos más críticos, tiene capacidad de rehacerse. Es más, sostiene la hipótesis de que cada crisis económica es una renovación del sistema capitalista.
Tomando esta realidad como punto de partida, Jorge Alemán desarrolla en una serie de tres libros, por un lado, la deriva neofascista que el discurso capitalista está tomando en la actualidad -teniendo la pandemia un efecto acelerador de dicho proceso-; y, por otro lado, cuál sería una salida a la captura que el discurso capitalista, en cualquiera de sus derivas posibles, opera sobre los sujetos.

Capitalismo. Crimen perfecto o Emancipación.
Existe en el sujeto un vacío imposible de colmar, en tanto no todo lo que lo constituye ni todo lo que puede devenir puede ser definido. Ese vacío lo mantiene deseante, “marchando”, haciendo camino al andar. Bajo la lógica capitalista, el sujeto “es convocado a imaginar una posible ‘completud’”, ahí están la ciencia y la técnica para darle lo que “le haga falta”, o más bien, lo que cubra que algo le falta. Ese consumo no colma el vacío, pero sí lo tapona y no deja que aflore el deseo. El sujeto se va vaciando de ganas de hacer, de crear, de inventar. Al reducir sus anhelos al consumo, el sujeto mismo se consume, queda consumido. Y como la satisfacción plena nunca se alcanza, si se llena de algo es de insatisfacción y malestar.
Para Alemán, ahí se muestra la impotencia de la lógica del “para-todos”, como él la denomina, y que podríamos traducir en un “para-todos-lo-mismo”. Como bien señala, el capitalismo constituye un ultraje a la diferencia haciendo proliferar falsas diferencias como las de linaje, lugar de nacimiento o escolaridad, mientras se obtura la expresión de la singularidad de cada uno en tanto se induce a todos a anhelar lo mismo.
Con un malestar creciente en lo social, la posibilidad de resistencia al sistema aumenta. Es ahí donde las palabras son vaciadas de su sentido habitual y términos ligados a lo común son bastardeados, hasta llegar al punto que hablar hoy en día de derechos, solidaridad, comunidad o popular, despierta rechazo. El juego político se dirime por una trama de identificaciones cada vez más extrema “que busca a quién imputar el robo del goce de los otros”. Vivir en sociedad implica una renuncia al goce en pos de la convivencia en común, no se puede hacer todo lo que se quiera. Freud advertía en “El malestar en la Cultura” que la renuncia sólo era soportable mientras aplicara a todos y reportara alguna forma de reconocimiento. Cuando se desestima cualquier virtuosidad, lo que resta es la lucha a muerte por el goce y que Dios castigue a los que gozan ocupando un lugar que considero mío. Es así que, para Alemán, el resurgimiento de la extrema derecha puede explicarse como un fenómeno que responde a “una demanda de orden…», de que
se pongan las cosas en su lugar, “devolviendo” a cada uno lo que cree que le
corresponde, «…más allá de los acentos xenófobos y racistas, que requiere y exige la aparición de un amo que haga justicia ‘fuera de la ley y contra los ‘indeseables’”; lo cual lleva a la “urgencia de un debate (…) sobre cómo elementos aparentemente ‘extrapolíticos’ como el odio, la pulsión de muerte, las identificaciones, etc., están determinando de forma muy peligrosa un nuevo modo de hacer en la política mundial”.
Para concluir, el autor señala que el capitalismo parece un crimen perfecto del que no hay salida porque “ninguna fuerza política actual, incluso las que (…) combaten el neoliberalismo, son en sí mismas emancipatorias, porque aún está por emerger el sujeto que las encarne”. Para él, un proyecto político que pretenda la emancipación debe hacer lugar a esa falta ontológica fundamental e irreductible, en tanto es el único obstáculo posible al avasallamiento del sujeto que produce el discurso capitalista. El desafío político es qué imagen ofrecer que convoque a armar un campo que haga lugar a ese vacío, y con éste a un deseo singular, tal que se vaya construyendo en lo común un horizonte viable para cada uno. La propuesta de Alemán es buscarla en lo común de la lengua, entre “los distintos legados simbólicos que se oponen a la deshistorización o a la desimbolización que los diversos dispositivos de dominación neoliberal promueven.”

Pandemónium. Notas sobre el desastre.
Haya surgido o no de un laboratorio, en forma accidental o ex profeso, no cabe duda de que el virus es resultado de la manipulación abusiva que la humanidad ha hecho de la naturaleza. Una manipulación que por el empuje -mortífero- del capitalismo a la acumulación ha llegado hasta los confines de la ética. Y ahí, ante el límite, la visión de una catástrofe habría sido causa de angustia para los científicos, y por eso muchos intentaron advertir lo que podría pasar.Incluso, decenas de películas distópicas lo anunciaron. Sin embargo, no se hizo nada, por el paradójico modo de funcionamiento del capitalismo que aun cuando se anticipan catástrofes, estas resultan inevitables porque el sistema no puede detener su curso.
Sobreviene entonces la extrañeza que provoca la irrupción sorprendente, porque ocurre cuando nadie lo esperaba, de lo que, sin embargo, había sido largamente anticipado. Aquello que parecía fuera de la realidad ahora irrumpe en ella y el sujeto se angustia ante la manifestación de “lo siniestro”, aquello que Freud define como lo extraño en lo familiar. La ciencia se declara ignorante respecto del virus y los gobiernos muestran un hacer sin garantías. El sujeto se percibe desamparado y acechado por una fuerza incontrolable e imposible de significar. Ningún sentido previo puede explicar la catástrofe. Proliferan las hipótesis conspirativas que, en ciertas instancias, desembocan en delirios.
Vivimos, además, un declive de las instituciones como consecuencia del socavamiento que produjo el discurso neoliberal de la legitimidad del Otro para garantizar la verdad. Con la caída de la autoridad simbólica, se disuelve el efecto de “amarre” del sujeto que producían algunos principios civilizatorios, fueran estos de origen cívico, moral, religioso o filosófico; no tiene de qué “agarrarse” para orientarse. La libertad se homologó primero a la libertad de mercado para más recientemente esgrimirse en libertar para gozar. Goce mortífero contrario al cuidado necesario para sostener la vida. Prolifera el desenfreno, y, como bien señala Jorge Alemán, estamos muy probablemente en los albores de un derrumbe civilizatorio.
Sin anclajes simbólicos, los sujetos son aún más permeables a la hipótesis paranoica definida en este ensayo como aquella posición subjetiva y colectiva por la cual todo es interpretado bajo un signo amenazante. Se remarca en este punto que lo paranoico siempre tiene una gran adherencia para los sujetos dada su constitución especular. Es decir, el niño se reconoce como ser humano a través de la mirada que recibe del otro, lo que los otros le dicen de sí, y en la imagen de un otro semejante; lo cual lo hace muy sensible a los procesos identitarios. Por otro lado, la primera forma con que se conforma lo exterior a sí es con todo lo que causa dolor, malestar y displacer, que se percibe como ajeno, aunque responda a estímulos del propio cuerpo. Así, el otro se configura como aquello que se teme y rechaza. Luego será el extranjero, el negro, la mujer, el pobre, el rico, el que piensa distinto, el que vota distinto; en definitiva, el que es diferente a mí y a mi grupo. La mayor perversión del discurso que ha realizado el neoliberalismo y de la que ahora se retroalimenta la ultraderecha es que los principios de igualdad, solidaridad y justicia social sean percibidos como instrumentalizaciones políticas para aniquilar un supuesto derecho a gozar, en lugar de ser vistos como las condiciones necesarias para que aquello que distingue a cada uno, su singularidad, se pueda expresar.
Jorge Alemán advierte que esa derecha extrema, ultra, no es marginal ni residual, sino una operación perfectamente calculada. El desenfreno y enajenamiento son funcionales al sostenimiento de la acumulación de riqueza. El gran interrogante que se presenta para un proyecto emancipatorio, entonces, es si al sujeto le queda algún resto vivo para asumir un destino distinto que este destino funesto al que se dirige, si le queda un resto de deseo con el que apostar para ganarse una existencia.

Ideología. Nosotras en la época. La época en nosotros.
Jorge Alemán indaga en este libro la relación entre fantasma e ideología y sus implicancias políticas. Una relación que no en vano califica de “problemática”. Según la noción lacaniana de fantasma, éste es una ficción con la que el sujeto intenta una respuesta que calme su angustia ante el deseo del Otro -representación imaginario-simbólica de la alteridad- que lo divide entre lo que desearía ser para el Otro y lo que rechaza de sí mismo desde lo que imagina que el Otro desea. Esta ficción lo deja en una posición subjetiva frente a esa alteridad imaginario-simbólica, que se traduce en una posición frente a los otros. Por esta vía el sujeto se identifica a unos y rechaza a otros, y toma decisiones en función de estos procesos de identificación.
En este sentido, para Alemán, las condiciones de goce de esa posición serían las que priman por encima de cualquier ideología en la toma de decisiones políticas. El sujeto puede parecer alejado de sus intereses “objetivos”, pero en realidad no lo está en tanto decide en función de una intrincada trama de identificaciones. Sobre esta base teórica, el psicoanalista explica la captura subjetiva que efectúan los discursos de odio sobre ciertos sujetos, y cómo esta es una deriva de la captura que el discurso capitalista ejerce, según lo ya planteado en los dos anteriores libros de la serie.
Finalmente, para ensayar una salida de esta captura se sirve de la banda de Moebius para representar la dificultad de hacer un corte en el discurso capitalista y demostrar que no tiene exterior. La salida sólo podrá ser parcial, y en su interior, mediante una operación política que logre reinstaurar un sujeto que perciba su incompletitud y así recupere su deseo: desear conlleva desear la emancipación. En esta línea se enfatiza que el pueblo no es una entidad dada, sino la emergencia histórica de una multiplicidad de voces aunadas en un clamor por el deseo de igualdad y justicia y la invención política que la haga posible.
Flavia Mercier