El Indio Froilán y Tere Castronuovo: “Despierta Tierra al son de los bombos y marcha”.

El luthier de bombos legüeros, José Froilán González -más conocido como El Indio Froilán-, poseedor de una técnica ancestral y que ha ido perfilando artesanalmente, es reconocido más allá de las fronteras de Argentina por la sonoridad de sus bombos. Además, junto a su compañera Teresa Castronuovo, organizan cada domingo, desde hace más de 20 años, “El Patio del Indio”, típico patio santiagueño donde se escucha, se baila, se canta y se degusta folclore. Son también los organizadores de la Marcha de los Bombos que desde Santiago se va desarrollando en distintas ciudades de Argentina y del mundo. Una charla cálida, con ecos de otros tiempos, de una tierra regada de chacarera.

Foto de Portada: Favio Quiroga.

Les cuento que esta revista se llama Patio de Artistas -lo de Patio a ustedes les sonará- porque la idea era crear un espacio para que se expresaran los artistas populares. El patio es el lugar de la casa del que surgieron tantos de ellos, espontáneamente. Muchas vidas se salvaron gracias al arte porque han encontrado un cauce, una salida. Entonces, a modo de testimonio para otros que lo quieran intentar, me propuse investigar y difundir por qué alguien se dedica al arte y sostiene ese deseo a lo largo de su vida con las dificultades que conlleva. Y, desde un punto de vista más social, me impulsaba la utopía, si se quiere, de contribuir a valorizar aquello que nos sostiene como pueblo, porque, en general, las artes populares tienen que ver con el encuentro comunitario, la transmisión de una forma de vida y con valores humanistas como la hospitalidad y la solidaridad.

Si les parece, empezamos. ¿Cómo comienza tu labor como artesano del bombo?

Froilán: La historia empieza cuando nosotros vivíamos con mi papá muy cerca del río, alejados de la población, y un día, pescando, encontramos el tronco de un ceibo que había traído el río. El ceibo es un árbol tropical que no sirve para leña, ni para muebles, crece al borde de los canales, de las acequias del riego, todo tiene que ver con la humedad, y el agua lleva la semilla, hasta que por ahí para y nace un ceibo. Entonces, mi viejo mira ese tronco, tenía un metro veinte, más o menos, y le digo, “¿Para qué sirve?”. “Para hacer bombo.”, me dice, “Para que haga bombo tu tío”, que vivía como a tres kilómetros, en un barrio. Lo traíamos por el agua, flotando a la par nuestra, mientras veníamos pescando y cuando salimos a la superficie no lo podíamos levantar porque era un árbol que tenía unos cuarentaicinco centímetros de diámetro de boca, por casi un metro veinte, un metro cincuenta. Era imposible alzarlo, había que hacerlo rodar. Llegamos cansados, con la idea de que se lo llevábamos al tío Polo, que era el hermano de mi papá, y era músico y hacía bombos. Pero cuando llegamos a la casa, mi papá cambió de parecer y dice: “Lo vamos a hacer nosotros”. Pedimos una gubia, que es como una especie de cortafierro, pero con forma de cuchara y que sirve para ahuecar, para extraer el corazón, para cavar el tronco haciendo como una forma de mortero, sacando las astillas hasta unir las dos puntas. Y así empezó la historia, así hicimos el primer bombo. Yo tenía 10 años para 11. Empezamos a hacer bombos más chiquitos para el turismo, ya que pasaba mucha gente por Santiago. Yo los llamaba “el puchero”, porque lo vendíamos para comer. Con los pocos que hacíamos de esos antes alcanzaba para comer.

Así empezó. Después le iba encontrando cosas al instrumento, que iba aprendiendo con el transcurso del tiempo. Porque en esa época, como no existía la tecnología de sonido, nosotros hacíamos los bombos, pero no sabíamos si estaba bien el sonido o no. Sonaba.

¿Y, cómo los sacabas? ¿Por oído? Porque tus bombos son famosos. Todos los folcloristas importantes de Argentina tenían un bombo hecho por vos.

F: Había que poner un parche y ajustarlo. Y no sabíamos, no entendíamos nada. Hasta que un día apareció un músico que me pedía que le repare el bombo, que le cambie el parche. Entonces yo desarmé mis bombos que tenían una similitud de diámetro de boca y para ser más rápido le coloqué mis parches a sus bombos. Al hacerlo, su bombo no sonaba, se anulaba el sonido, y aquí en mi bombo sonaba. Vuelvo otra vez a cambiarlos y no sonaba. Entonces, hago que mi hermano Miguel golpeé el parche y yo miro por un agujerito como de un centímetro de espesor que todos estos bombos tienen que tener, una porosidad necesaria para que no se rompan los parches y que también permite una oxigenación. Entonces yo miro adentro mientras él me golpeaba el parche y veo que los bombos que hacían en una antigua fábrica de Santiago tenían por adentro como si fuera un vello. Nuestros parches estaban casi pelados y eso era lo que malograba los sonidos. El ceibo es un árbol esponjoso que tiene fibras y a la vez una madera absorbente. Ellos ahuecaban el árbol con las cadenas -que son unos filos- con las que de un tronco sacaban hasta varios bombos. Entonces, al trabajar en la máquina de compresión quedaba una fibra. Ahí descubro que el instrumento se afina, dejando en los cueros el pelo más largo para los sonidos graves y el pelo más corto para los sonidos altos. También aprendí que es mejor que los cueros, sean de cabra u oveja, sean de animales adultos, no el animal chico como el cabrito o el corderito, porque tiene espesor, o sea resistencia, para recibir los golpes. Y cuando el animal es chiquito, su grasa es muy suave, como el aceite para bebés —el aceite Johnson—, algo liviano y delicado, pero a medida que el animal crece, eso se vuelve una grasitud que nos sirve para los ecos porque ayuda a que el sonido rebote, y así se producen los sonidos graves. Y además ayuda a que el cuerpo siempre esté nutrido y no se rompa.

Y otra cosa importante es que, para que sea una buena caja sonora, el árbol tiene que superar los 25 o 30 años porque, si es una madera tierna, con el tiempo se consume y quedan grandes los aros y el bombo se desarma o se desafina.

«Lo que hoy es un instrumento musical, ha sido un medio de comunicación. Entonces podían transmitir, de acuerdo a los golpes, a la gente que vivía a leguas de distancia – de ahí viene la palabra “legüero”-, si había carne, si había baile o si había velorio.»

¡Impresionante! ¡Qué maravilla! Y todo esto lo aprendiste en una época que no había toda la tecnología de sonido que hay hoy. Es decir, la reparación de ese instrumento te inició también en el aprendizaje de la música y en un aprendizaje muy sensible.

F: Me llevo al mundo del músico sin ser músico. Por ejemplo, aprendí cómo para los de Salta que tienen otros estilos, diferentes a la chacarera -ellos cantan con tonos más altos-, los parches tienen que tener tonos más altos.

Y hoy la lista de artistas, no sólo del folclore, sino del rock que tiene un bombo tuyo es enorme. Todos los grupos de folclore conocidos…

F: Casi un 80% de los músicos profesionales del país, a partir de que les hice un bombo a Los Chalchaleros.

A Los Hermanos Ábalos, también.

Los Carabajal, Don Carlos…

Todo eso lo he ido haciendo. Y entrando en otro tipo de música como el rock. En De Ushuaia a La Quiaca se grabó en casa una vidala y le he hecho un bombo para Gustavo Santaolalla -semejante músico. Otro para León Gieco. Para la gente que tiene que ver con otros géneros musicales, también. Le he hecho un bombo a Shakira, a Lila Downs, a Rubén Blades y a Chayanne.

Y de todos ellos, ¿te acordás de alguno que te haya emocionado especialmente hacer? No quiero generar que parezca que valorás más a uno que a otro como artista, sino más bien, conocer un momento que haya sido especial por las circunstancias, o, quizás, por lo que el artista te haya dicho al recibirlo o después de tocarlo.

Sí, me acuerdo especialmente del que le hice a Alberto Cortez, que estuvo en mi casa. Tiene un poema, un escrito, muy lindo que hizo cuando fue para que le haga el bombo. Hay tantos músicos…

¿Alberto Cortez hizo un escrito sobre el bombo?

F: Sobre el bombo, la vida. Por eso yo siempre digo que si hacés un trabajo personal hay que hacerlo bien, con mucho amor. Para mí, cada bombo es un hijo, significa mucho. Cuando hacés un trabajo así, hay que hacerlo bien, y hay que pensar en la persona y no en el bolsillo.

En la persona a la que va dirigido ese bombo.

F: Claro.

José Froilán González, El Indio.

«Él no se deja seducir con nada por más que le vengan y le pongan diez millones de pesos para que les haga un bombo ya. Él dice: “No lo puedo hacer, son tres meses de espera”. Y son tres meses, y son tres meses.»

Teresa: Él no se deja seducir con nada por más que le vengan y le pongan diez millones de pesos para que les haga un bombo ya. Él dice: “No lo puedo hacer, son tres meses de espera”. Y son tres meses, y son tres meses.

Las cosas llevan su tiempo.

T: Claro, porque son bombos profesionales, personalizados. No es un negocio en el que vos sacás un bombo de adentro y lo entregás, sino, inclusive, él te pregunta qué utilidad le vas a dar, si es para la danza, si es para bombisto o si es para percusión. Y él lo trabaja desde ahí. Y utiliza hasta la física y la matemática para ajustarlo a tus necesidades, porque con sus manos hace como un compás o una escuadra. También los dibuja, los pinta.

¿Te acordás cómo era el poema de Alberto Cortez?

T: Si quieres, te lo leo.

Por favor.

T: Bueno.

El canto a la tierra

Santiago del Estero en noviembre aún se apiada de la gente o, al menos aquella mañana lo hacía, porque eran las once y la temperatura no sobrepasaba aún los cuarenta grados. Juan Carlos Carabajal, amigo por la guitarra y el canto, conocía mi intención de hacerme de un auténtico bombo legüero. Le llaman así porque se dice que se escucha a la distancia.

“Te llevaré a la casa de quien mejor los hace.”

“¿Queda muy lejos? Ya sabes que deseo partir a las doce.”

Antonio Marcos, compañero de escenario, Juan Carlos, y yo, dejamos las últimas calles de la ciudad a bordo de un destartalado taxi. Por un estrecho sendero bordeando una vía de agua en donde una pandilla de chiquillos disfrutaba alegremente chapoteando en aquella envidiable frescura, salimos a pleno campo. Allí nomás, en la ribera misma de la urbe, atravesamos la entrada sin tranquera y entramos de lleno a la magia de una tierra pródiga en leyendas populares, habitada por gente que tiene el humor necesario para sobrevivir a cualquier circunstancia adversa y una mística sensibilidad, capaz de traducir a música los más hondos sentires o los más simples y superficiales sucesos cotidianos.

Nos recibió Froilán a la sombra del algarrobo. Nos ofreció un trago de agua fresca y empezó para nosotros la danza de los asombros. El tronco original gigante es vaciado para que el espacio de sus entrañas se llene de resonancia. El cuero se estira para ser redondez sonora, tensado por los tientos y los aros, collares siderales del acento. Terminada la explicación sobre la construcción del instrumento, Froilán empezó a contarnos las trastiendas familiares.

“Fíjese en este cuaderno, Don. Aquí tengo anotados los nombres de los destinatarios de cada bombo. Cada uno es como un hijo porque le di mi identidad. Fíjese, los tengo repartidos por todo el mundo: por Francia, Noruega, Estados Unidos, y naturalmente aquí. Los hay en todas las provincias. La mayoría de los conjuntos folclóricos los tienen porque dicen que son los que mejor suenan.”

Amenizaba la charla el monótono canto de las chicharras en el apogeo del mediodía, mientras un par de perros se rascaban, empeñados en interrumpir la plácida vida de la colonia de pulgas que los habitaban. De pronto, por el centro soleado del patio, apareció una figura fantasmal como salida de un cuento de Juan Carlos Dávalos o de Horacio Quiroga. Apoyada en su bastón, deslizándose lentamente con la mirada perdida, sabe Dios en qué misterio, pasaba la abuela. La piel apergaminada, la cabellera escasa -lacia y completamente blanca-, su ropaje, su delgadez y su extravío al caminar, nos hizo pensar por un instante que presenciábamos una aparición.

“Ahí donde la ve, ya cumplió 116 años”, nos dijo orgulloso Froilán, “Y aún canta alguna que otra vidala, de vez en cuando”.

Para demostrar lo dicho, la llamó, le ofreció una silla y a la sombra majestuosa del algarrobo, con la complicidad de una caja vidalera, la cansada voz de la anciana comenzó a hilvanar el canto. Aquello fue como si de pronto todos los pájaros se hubieran puesto a cantar al mismo tiempo, como si la luz, la tierra, el fuego y el agua, en perfecta comunión, desembocaran desbordados en la temblorosa voz de la abuela. Las coplas vienen de antes, de mucho antes que ella, y van muy enteras, porque siguen el camino generacional hacia la eternidad.

Sentí una emoción prepotente abarcándome entero y me entendí nominado por los azares del destino por gozar de semejante privilegio. Cuando dejó de cantar solo atiné a decir: “Gracias”.

“Nadie como ella”, comentó Froilán. “Cuando era moza nadie como ella cantaba las vidalas, las chacareras, el canto a la tierra. No había tiempo de fiesta, ni tiempo de consuelo en que sus coplas no nos iluminaran. Es como este algarrobo centenario, también, está llena de pájaros por dentro. Todos la amamos porque es la imagen más cercana al amor que conocemos. Ella y su compañero inauguraron la saga familiar que usted ve ahora cuando por estos campos no anduvieron más que los diablos de la Salamanca. Ese muchacho, por ejemplo -y señaló un niño- es uno de los tantos tataranietos. Y él, como todos nosotros, hemos heredado su entereza y hemos aprendido a querer todo esto: la música, las leyendas, incluso esta pobreza que, aunque usted no lo crea, nos dignifica. Porque es pobreza de cosas y las cosas dejan con el tiempo de tener vigencia y desaparecen. No el espíritu, ni la alegría de sabernos gajos de este tronco con toda su sombra.”

La viejita, mientras Froilán hablaba, había retomado su camino por el patio. Como una fatamorgana deambulaba a pasito lento, como reconociendo las cosas de las que se había valido para sobrevivir tantos años, para despedirse, como cada día, de cada una de ellas. O, quizás, para agradecerle tanta paciencia. Quién sabe. Me imagino que llegar a semejante edad aparte de una gran destreza para vistear las puñaladas de las enfermedades y privaciones de todo tipo, debe requerir una enorme estatura moral para asumir la sabiduría y la impotencia. Es decir, saber finalmente cómo deben hacerse las cosas y no tener ya fuerzas para realizarlas.

“No vaya usted a creer que le cuento todas estas historias para cobrarle más mi trabajo. No, nada de eso, sólo quiero que sepa lo que va adentro de este bombo. Este bombo que usted vino a buscar. Piense, por favor, en todo esto cada vez que el legüero se encienda para acompañarlo en el canto. Si así lo hace, podrá sentir entonces que en Santiago del Estero, muy cerca de la ciudad y debajo de un gran algarrobo, usted ha dejado un puñado de amigos.”

Puse mi nombre en la ajada hoja del cuaderno bitácora de aquella buena gente, pagué mi deuda y el mismo taxi que me había llevado nos devolvió a la ciudad y a nuestra realidad. En el camino de regreso cada uno fue sacando su propia conclusión de lo vivido. Para Juan Carlos Carabajal aquello era algo normal, seguramente acostumbrado a codearse con las sorprendentes cosas de la tierra. Antonio Marco y yo tuvimos la sensación de haber participado de algo extraordinario. Han pasado varios años desde entonces y cada vez que tomo el bombo entre mis manos, para acompañar alguna zamba o alguna chacarera que la nostalgia reclama, vienen a mi mente las imágenes inolvidables de aquel luminoso mediodía, cuando tuve la oportunidad única de oír cantar a la tierra misma, con todo su dramatismo y con toda su magia, a la sombra más frondosa y poblada de pájaros que vieran jamás mis ojos.”

Alberto Cortez

Una maravilla.

T: Lo que Alberto Cortez dice ahí es todo lo que alguien se lleva dentro de un bombo. O sea, hay un proceso histórico, hay toda una vida de un ser humano y de una familia que sostienen eso. Lo que él pone en valor es algo como el origen y la génesis de lo que nadie quiere hablar, que es de la vida comunitaria.

El patio empieza como una idea de juntarse para un cumpleaños que le hacía Froilán a un sobrino. Se ha ido haciendo muy naturalmente, o sea, no ha sido una cosa pensada. Froilán con todos sus parientes tenían esta vida de familia desde el campo. Era el patio de la casa de sus padres. Eso lo ve Carlos Saavedra, el hermano de Juan, y le dice “Vamos a empezar a juntarnos todos los domingos con música y a recibir a la gente”. Y así empezó El Patio (El Patio de Froilán) en el año 97. Pero en el 98 se retira Carlos, con la señora, por razones de salud y queda la hermana de Froilán al frente y la madre. Le decían el Patio de Froilán, pero él no tenía nada que ver. Hasta que en el 2002 nosotros empezamos a vivir juntos y decidimos que, si iba a seguir con su nombre, nosotros teníamos que tomar las riendas del Patio. Y, entonces, yo veo que había que tejer otras urdimbres porque era muy importante lo que se vivía, y hacemos un proyecto de economía social del que hoy viven cincuenta familias. Hay una comunidad de los Torocotés, hay dieciocho familias que cocinan, no son chefs son familias que hacen su comida, cuatro puestos de la comunidad de los Torocotés, las hermanas de Froilán, sobrinos y otra gente también que nos ha ido pidiendo, hay treinta y cinco artesanos y personas que hacen manualidades. Ninguno de ellos paga alquiler, ponen una contribución para la luz y otra para dos familias que vienen a limpiar los domingos. El lunes a la mañana viene un reciclador y se lleva las botellas de plástico y de vidrio. Hay un grupo de chicos que cuidan los autos en los estacionamientos y hacen su dinero con el compromiso de que el lunes tienen que venir a limpiar para que, en la calle, ni el vecino sepa lo que ha pasado. Es también una cuestión de educación y el compromiso de saber que entre todos podemos generar otro tipo de organización, diferente a lo que te impone el sistema. Y el escenario es abierto, nadie les pregunta, no hay un parámetro de quién canta o baila mejor, el que tiene ganas de cantar mientras sea folclore, chamamé, pasodoble, milonga, tango, es bienvenido. Nosotros vemos que el patio se ha convertido en un lugar de salud mental…

El Indio Froilán y Tere Castronuovo.

A ver, explicame más sobre eso.

T: Es lo que siento, lo que percibo. Porque vos ves a la gente que se distiende, familias, jóvenes, niños… En lugar de que estén jugando con los celulares, ves los chiquitos jugando con tierra. Hay mucha gente con creencias, que viene. Por ejemplo, hay un matrimonio que tienen ochenta y pico de años que dicen que se han curado tocando el árbol del escenario. ¡Y lo sienten así! Hay mucha gente que nos dice eso, y vienen a tomar esa energía. Claro, es la energía de la esperanza y de la alegría de sostener. No quedarte en la tradición, no es que uno no acepte el avance de la tecnología y lo demás, sino que tiene que haber espacios como éste porque la gente necesita sostenerse.

¿Qué sería la tradición, no? Porque no es solamente la música, sino también una manera de compartir, que en otros países o en otros lugares o provincias puede ser otra.

T: Claro, claro. Cuando hablamos de tradición se trata de una costumbre que tiene generalmente la gente del norte en Argentina, de encontrarse los domingo,s si no es con la familia, con los amigos.

«El patio empieza como una idea de juntarse para un cumpleaños que le hacía Froilán a un sobrino. …Era el patio de la casa de sus padres. Eso lo ve Carlos Saavedra, el hermano de Juan, y le dice “Vamos a empezar a juntarnos todos los domingos con música y a recibir a la gente”. Y así empezó El Patio.»

El patio como lugar de encuentro, y a la vez de sostén, de punto de apoyo, que era en lo que yo pensaba cuando le puse el nombre a esta revista.

T: Claro, porque también depende de nosotros el objetivo y el norte que le damos al patio, porque en esta instancia uno también tiene contradicciones con lo que llamamos “cultura popular”. Dos palabras tan fuertes y tan contradictorias. Y diferentes según la perspectiva de donde se las mire. Porque si hablamos de popular desde el sistema capitalista, es otra cosa. Nosotros sabemos que el patio tiene que ser eso, un lugar de encuentro, de esperanza y un lugar en el que, a pesar de nuestras diferencias, todavía seamos capaces de sentarnos a conversar. Y el patio se sostiene por eso, porque nosotros caminamos con un objetivo en común que es de resistencia, de resistencia cultural.

¿Qué representa El Patio de lo que es la cultura santiagueña? Porque podríamos decir argentina, pero hay también algo muy específico de lo santiagueño. De hecho, el santiagueño añora mucho Santiago. ¿Qué es eso especial de Santiago que ustedes quieren de alguna manera valorizar y transmitir?

T: No es que nos hemos puesto un objetivo, nosotros seguimos con nuestra vida, esa es la vida nuestra de familia. No hay carteles de publicidad porque es el patio de nuestra casa. La gente llega y nosotros la saludamos, la invitamos a comer sin saber quién es, ni le preguntamos si tiene o si no tiene, sin importar quien sea, porque es nuestro modo, nuestra forma de vivir, como nos han criado, ¿se entiende?

«Nosotros sabemos que el patio tiene que ser eso, un lugar de encuentro, de esperanza y un lugar en el que, a pesar de nuestras diferencias, todavía seamos capaces de sentarnos a conversar. Y el patio se sostiene por eso, porque nosotros caminamos con un objetivo en común que es de resistencia, de resistencia cultural.»

De puertas abiertas… muy hospitalario. Abren el patio de la casa para que venga el que quiera: los amigos, los amigos de los amigos, y todos los que quieran venir.

T: Que no debería sorprendernos porque es lo que tendríamos que hacer, lo que pasa que sostenerlo en este tiempo, con los embates de todo lo que nos está pasando, no es fácil.  Y eso creo que hace la diferencia. Porque la gente lo compara con la peña y dice “No sabés ni quién es el dueño de la peña”. Jamás hemos pagado publicidad, nunca. Se sostiene de boca en boca. Nosotros abrimos y a veces decimos, “Bueno, hoy no viene nadie”.  Pero la gente llega. Aunque haga cuarentaicinco grados.

Tampoco cobramos entradas ni derechos de espectáculo, El Patio se sostiene con la venta de la bebida, no tiene otro ingreso. Ahora, con los tiempos que vivimos, estamos pasando la gorra solidaria porque los jóvenes artistas tienen que sostenerse de alguna manera.

¿Y qué busca la gente en El Patio?

T: Hay mucha gente que llega y te dice “Me acuerdo de mi abuela”. “Me acuerdo de mi familia cuando nos sentábamos debajo de un árbol.” “Me siento cobijada, siento afecto, siento que no está impostado, que es así, como si fuera al patio de mi abuela.” “Por esto de compartir en la mesa con otro que ni lo conozco, que ni sé quien es, y hacernos amigos”. Sienten la libertad de poderse encontrar, creo que eso es la identidad de El Patio.

F: Cuidamos mucho también los detalles sobre el flagelo de la droga. Por eso tenemos un servicio de seguridad, porque esto es un espacio para las familias. Y la gente humilde, por lo general, tiene muchos hijos. Entonces ellos con un mate, sol, y un poquito de comida, ya pasan el día y se divierten con los hijos. Para eso está hecho El Patio, para que la gente pueda disfrutar.

¿Y cómo llega un día la idea de hacer una Marcha de los Bombos? ¿Cuál era además el lema? ¿Por qué marchaban, digamos?

Ha nacido como algo que era para una celebración, para los 450 años de Santiago y lleva veintitrés años a pedido de la gente. Y se ha expandido, en Argentina tenemos dieciocho lugares.

Y fuera también, en Uruguay.

T: Sí, también.

Y ahora en Barcelona.

T: Sí.

¿Y cuál era el lema?

Despierta Ashpa -o sea, Tierra. Despierta Ashpa al son de los bombos y marcha.

Ponte en pie, que los bombos te despierten. Entonces, es una marcha de resistencia.

Última Marcha de los Bombos en Santiago del Estero. Ph.: Raúl Garrido

T: Es una marcha de resistencia y ha traspasado diferentes gobiernos, en Santiago del Estero y en el país. Y hemos llegado a acuerdos con los gobiernos de que, aunque nos den un subsidio a través de la fundación, porque la organización es inmensa, Santiago del Estero queda colapsado…

F: Tres meses antes no hay habitaciones.

Porque viene gente de todo el país.

T: Y de fuera también. En la última, la fila de personas eran dieciséis cuadras.

Entonces, hemos dicho que no haya ninguna bandera política, de nadie, porque sabemos que es una marcha a la que puede venir gente de diferentes partidos políticos. Y lo mismo con la religión. El mismo cura me ha dicho que no iba a llevar más a la Virgen del Valle para que no se convierta en una procesión “…porque a tu marcha -dice- pueden venir testigos de Jehová, evangelistas, ateos”.

Y la gente va, y se expresa. Creo que es el único momento en que la gente puede expresarse con tanta libertad. O sea, yo creo que es una manera de expresión…

…muy liberadora.

T: Muy liberadora.

Quizás por eso pidieron que se volviera a hacer. ¿Y por eso también se propaga hacia otras geografías?

T: Porque es tan contagiosa. Es algo que no se puede… Es tan difícil de describir. Es que la tienes que vivir.

Estas cosas son fuertes para nosotros. Por ejemplo, particularmente, estar mañana, un 12 de octubre, haciendo la marcha aquí es muy fuerte. Que nosotros podamos estar con nuestros instrumentos milenarios en las calles de Barcelona no es un mensaje simple.

Marcha de los Bombos en Barcelona el 12 de Octubre de 2024.

¿Qué estás afirmando al caminar aquí?

T: Que estamos vivos todavía a pesar de lo que nos ha pasado.

Que estamos vivos y marchamos.

T: Marchamos y no nos han podido doblegar, ni hacernos olvidar nuestra cultura. Estamos aquí.

Pero, bueno, más allá de todo eso, España también ha cobijado tanta gente de la Argentina y de Latinoamérica en los últimos años, así que creo que va a ser muy bueno el encuentro. No se trata de ir al choque sino de compartir y hacerles ver que estamos en el mismo camino de lucha.

Bueno, hay mucho argentino en Barcelona. Me pregunto, si estas iniciativas no representan también un modo de sostener una Argentina simbólica, más allá de lo territorial, ¿no? Una forma de ser, de pensar. Una forma de ser en el mundo.

«No es que nos hemos puesto un objetivo, nosotros seguimos con nuestra vida, esa es la vida nuestra de familia. No hay carteles de publicidad porque es el patio de nuestra casa. La gente llega y nosotros la saludamos y la invitamos a comer sin importar quien sea porque es nuestra forma de vivir, como nos han criado.»

¿Y qué me podés decir del bombo, del instrumento? ¿Con qué se conecta quien toca el bombo, qué expresa el bombo?

F: Te comunicás con la tierra, porque primero que nada el bombo, lo que hoy es un instrumento musical, ha sido un medio de comunicación. Un medio de comunicación como hoy es el celular. Eso es la base de toda la percusión, que se origina en el África y ha sido transmitido a América por los moros. Aunque también los aborígenes del sur hacían un instrumento de percusión que es el kultrum. Único, no hay en otra parte del mundo.

Pero, ¿cómo nace el cajón peruano? Porque los negros esclavos, en el puerto, cuando se retiraba el patrón, después de estar trabajando y trabajando, se sentaban en los puertos, entre el pescado, en los cajones… y empezaban a tocar. Así nace toda la percusión. El africano no necesita un instrumento de cuerda, todo es elemento de percusión. Cualquier maderita la transforman en percusión. El xilofón, el balafón… son tablas como para hacer una silla, y sin embargo es percusión.

Y en Santiago existió mucho negro. Por eso lo de la chacarera y también el bombo, porque hay influencia de la cultura negra. Pero, en esa época, los cueros eran totalmente pelados, entonces cuando lo ajustaban, con los calores elevaba mucho los tonos. Entonces podían transmitir, de acuerdo a los golpes, a la gente que vivía a leguas de distancia – de ahí viene la palabra “legüero”: leguas de distancia-, se comunicaba si había carne, si había baile o si había velorio.

Esperemos que el mensaje que traen con sus bombos llegue, entonces, a estas tierras, de este lado del mar. Muchas gracias a ambos.

«El sol finalizó su función. La luna alumbra las sillas que esperan a la vera de un patio en el que la vida fue río y a veces rió… Sentada, en penumbras, cierro los ojos y abro mi alma a los ecos de otros tiempos. El cuerpo hace de caja de resonancia. Se escuchan risas, cantos, guitarras, discos un poco rayados y aplausos que vienen de otros patios a los que se entra sin necesidad de golpear. Ecos que escriben en la pizarra de la noche una partitura de estrellas, para una nueva función. Otro invitado viene a contarme cómo lo hizo, cómo lo soñó…”  

Así comenzaba esta revista hace cuatro años atrás, bañada en una luz de luna azul y una nocturnidad de estrellas, mientras buscaba la complicidad del silencio para alojar el sagrado secreto del arte.

Hoy, el patio se llenó de día cuando Froilán y Tere hicieron resonar con sus bombos el latido eterno de una chacarera y los pañuelos soltaron al viento su secreto de alegría y fraternidad. Sentimientos templados al calor de una ronda solidaria que habita en su patio. Espejos de un pasado más humano y de otros patios que, todavía hoy, resisten en su intento de cobijar la memoria viva de un pueblo, y al hacerlo fraguan la patria.

Flavia Mercier

3 comentarios en “El Indio Froilán y Tere Castronuovo: “Despierta Tierra al son de los bombos y marcha”.”

  1. What an incredible and inspiring story! 🌟 José Froilán González, “El Indio Froilán,” exemplifies dedication, artistry, and the power of tradition. His journey from discovering a ceibo trunk as a child to crafting bombos legüeros that resonate across Argentina and the world is a testament to patience, skill, and an unyielding passion for music and culture.

    The meticulous attention he gives to every detail—from selecting the right wood and animal hides to understanding the acoustic properties—reveals a deep respect not only for his craft but also for the communities and musicians his work serves. The way he blends ancestral techniques with a sensitivity to sound and musical styles across genres shows remarkable ingenuity and love for his art.

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