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Belén. Dirección y guión: Dolores Fonzi.

Belén resignifica la palabra solidaridad como una singularidad gemelada, afectividad que despierta en una abogada al escuchar la indefensión que sufren una piba y su familia, sometidas por un Estado sordo y avasallante.

Tradicionalmente, la palabra solidaridad ha tenido mala prensa en algunos círculos progresistas a partir de ciertas lecturas del psicoanálisis que la asocian con la identificación en masa. Sin embargo, aquí tenemos una forma distinta de solidaridad que no produce una igualación por lo idéntico, sino que emerge en la soledad común, al decir del psicoanalista Jorge Alemán. La abogada encarnada por Dolores Fonzi no se identifica con Belén porque ella sea parte de un colectivo ni refleje el discurso esgrimido por éste: su acto da vida a un discurso que, a su vez, da cuerpo a un lazo social latente. Hay algo único, singular en esta historia que, paradojalmente, destella reflejos en el interior de tantas, tantos y tantes. Un grito silenciado en muchas bocas y por eso, tan invocante. Un grito con la fuerza para atravesar lo universal de los prejuicios de clase y de género.

De izq. a der.: Camila Plaate en el el papel de Julieta (Belén) y Dolores Fonzi en el papel de la abogada, Soledad Deza.

La película Belén, dirigida y coescrita por Dolores Fonzi junto a Laura Paredes -y basada en el libro Somos Belén de Ana Correa-, narra el caso real de una joven tucumana que fue detenida y permaneció presa durante tres años acusada de homicidio agravado por el vínculo, tras sufrir un aborto espontáneo, y de la lucha colectiva -fundamentalmente femenina- por su defensa.

Esta cooperación en la lucha no surge de la nada, sino que se sustenta en otros lazos familiares y comunitarios que la hacen posible. Cada mujer que se suma a la lucha por la liberación de Belén, aporta un acompañamiento desde su experiencia y su voz, que se articula en acción política.

Por otro lado, el padre y el marido de esa abogada la apoyan desde una masculinidad no-toda, una presencia discreta y prudente a su lado para proveerle del cuidado necesario para ella y sus hijos, sin imponerse desde un lugar de saber, ni defendiéndola por la fuerza, sino temiendo por ella e, incluso, por ellos.

Protagonizada con gran sensibilidad por Dolores Fonzi (Soledad Deza, abogada), Camila Plaate (Julieta, alias Belén), Laura Paredes (Bárbara), Julieta Cardinali, Luis Machín (el inconmovible juez), Sergio Piña y César Troncoso, la película Belén da cuenta de cómo una trama de afectos puede tener la potencia de transformar la vulnerabilidad en acción política y producir un acto instituyente.

Flavia Mercier

La habitación de al lado – Dirección: Pedro Almodóvar

La nueva película de Pedro Almodóvar -la primera íntegramente filmada en inglés- muestra, sin golpes bajos y alejada de todo optimismo positivista, el dilema de cómo morir dignamente en un mundo que agoniza. Con Julianne Moore y Tilda Swinton -excelsas como protagonistas- presenta una historia de amistad, dolor y dignidad en medio de un mundo acechado por fuerzas oscuras.

Tilda Swinton en el papel de Martha.

¿Cuántas formas hay de morir? ¿Cuántas de transitar la muerte? Tantas como personas.  “Hay muchos modos de vivir dentro de una tragedia”, explica Ingrid (Julianne Moore) en un pasaje de la última película de Pedro Almodóvar. Ingrid acompaña a Martha (Tilda Swinton) en sus últimos días, mientras nosotros acompañamos a Marta en su propio tránsito desde el horror hasta la aceptación. Sobrevuela la escena, la sombra de la hija de Martha, separada de su madre por un gran malentendido.

Tilda Swinton y Julianne Moore.

La habitación de al lado es otra historia almodovariana que da voz a las mujeres para contar la vida con su mirada. Entre distintos personajes y escenarios, los hombres asumen roles de solidaridad con las protagonistas. Destaca John Tonturro, solícito y concernido no sólo con el drama de Martha, sino con el impacto que éste tiene sobre Ingrid, quien aloja el dolor y la angustia.

John Tonturro y Julianne Moore.

Como en un telón de fondo, Almodóvar presenta la cerrazón que habita la realidad actual. Muestra guerras y conflictos humanitarios a partir del relato biográfico de Ingrid, otrora corresponsal de guerra; y también nos advierte del derrotero funesto que cursa nuestro mundo a consecuencia de la expoliación de sus recursos naturales. Recorrido por fuerzas autoritarias y fanáticas es también un mundo que priva a las personas de su singularidad hasta en ese último acto, propio e intransferible, que es la muerte. Si hay una crítica para hacer a la película, quizás sea que todos estos temas son abordados desde un plano cenital. Pareciera que el director ha preferido narrarlos dejando piedritas en el trayecto, imposibles de eludir, mientras que evita el tropiezo de algún espectador con la roca de lo real.

Tilda Swinton.

La belleza que rodea lo tremendo de la historia es un destilado del mejor Almodóvar. La exquisitez de los detalles, los paisajes, el vestuario, la paleta de colores, la armonía de la banda sonora y algunos breves pasajes de humor, todo produce un alivio para que se pueda lidiar con el caos del fin. Basada en la novela de la autora neoyorquina Sigrid Nunez, Cuál es tu tormento, rescata el valor de los lazos afectivos en medio de un mundo recorrido por la crueldad y la sin razón.

Flavia Mercier

Puan – María Alché y Benjamín Naishtat, dirección y guión.

La repentina muerte del titular de la cátedra de filosofía en Puan -la sede de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA- toma por sorpresa a Marcelo (Marcelo Subiotto), su natural sucesor, después de dedicarle su vida a esta enseñanza, y lo fuerza a entrar en una lucha feroz con el recién retornado desde Alemania, Rafael Sujarchuk (Leonardo Sbaraglia), tan brillante como seductor, por la titularidad de la cátedra. Una historia cargada de ironía, brillantemente escrita y dirigida en tono de comedia por María Alché y Benjamín Naishtat, que planteaban una distopia con aroma de déjà vu cuando se estrenó en 2023, y que lamentablemente, la realidad hoy, le imprime tintes de documental testimonial.

De izq. a der.: Julieta Zylberberg, Camila Peralta y Marcelo Subiotto, como integrantes de la cátedra vacante de filosofía.

‘Puan’ cuenta la historia de Marcelo Pena (Marcelo Subiotto), un profesor de filosofía en la sede homónima de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, atribulado en su vida diaria fuera de las aulas, llegando tarde a las citas escolares de su hijo por culpa de estrambóticos compromisos profesionales que, como un funambulista, asume para poder llegar a fin de mes.

Marcelo Subiotto en el papel de Marcelo Pena.

La repentina muerte del titular de la cátedra toma por sorpresa a Marcelo, que se ve obligado a defender “el único lugar en el que él es alguien” -según expresa el protagonista-, ante la candidatura que presenta un recién retornado desde Alemania, Rafael Sujarchuk (Leonardo Sbaraglia), tan brillante como seductor, y que declara volver al país en búsqueda de sentido para su vida.

Leonardo Sbaraglia como Rafael Sujarchuk.

Una competencia feroz se desata por la titularidad de la cátedra -brillantemente escrita y dirigida en tono de comedia por María Alché y Benjamín Naishtat- que de inicio parece una lucha entre dos alter egos -muy cercana a la clásica oposición héroe-antihéroe- que se expande al terreno del discurso, a partir de que cada uno de estos dos personajes se presentan enseñando corrientes filosóficas históricamente antagonistas. Por un lado, tenemos a Marcelo quedando un poco al margen de los cambios sociales mientras defiende la arquitectura dogmática del contrato social desde Platón hasta Hobbes; y por otro a Sujarchuk que llega desde la centralidad europea y progresista, a explicar a Spinoza. Tal contraste de puntos de vista nos regala brillantes perlitas de la historia del pensamiento, muy propicias para los debates que la época exige dar.

Alejandra Flechner en el papel de la viuda del profesor fallecido, que interpela a Marcelo acerca de su deseo real en medio de esta lucha por la cátedra.

Finalmente, en un momento, lo real se impone, y ambos profesores se encuentran a sí mismos realizando un viaje al territorio ideológico del otro, y entonces Marcelo enseña a Nietzche en un barrio popular, y Sujarchuk se ve interpelado a bajar sus ideas a la calle. Y así se produce una causa común que los une: la defensa de la universidad del eterno retorno de lo mismo. Gran reconocimiento merece la visión y aguda lectura de la realidad de los directores y guionistas, que hicieron de ‘Puan’ una distopía con aroma de déjà vu cuando se estrenó en 2023 y que, lamentablemente, la realidad hoy, le imprime tintes de documental testimonial.

Flavia Mercier

La estrella azul – Guión y dirección: Javier Macipe

La estrella azul’ narra el viaje del rockero español Mauricio Aznar por Argentina, tras los pasos de su admirado Atahualpa Yupanqui.  Un encuentro fortuito y afortunado con uno de los hijos de Carlos Carabajal, el padre de la chacarera, lo lleva a tomar una variante en su ruta que le permitirá encontrarse consigo mismo. Excelentemente protagonizada por Pepe Lorente y coprotagonizada por Cuti Carabajal (hermano de Carlos) y Mariela Carabajal, con música y cameos de Peteco Carabajal (hijo de Carlos) y la participación de otros músicos de la familia, la película es una cita obligada para todos los amantes del folclore argentino y una parada revitalizante para todo aquel que busque su morada en un mundo que no admite demoras.

Allá por la década del 90, el rockero español Mauricio Aznar Müller (Pepe Lorente) goza de bastante éxito de público, a pesar del cual muestra signos de un vacío existencial que le está devorando su alma de artista, casi como la heroína le corroe su cuerpo. Admirador desde siempre de Atahualpa Yupanqui, Mauricio decide viajar a Argentina tras los pasos de Don Ata, en un intento de retorno a sí mismo, o, al decir del protagonista, porque “…había perdido el norte y me fui a buscarlo al sur.”

Una vez allí, una parada en el festival de Cosquín se convierte en la ocasión propicia para que el azar, o mejor dicho la fortuna, lo lleve al encuentro de uno de los hijos de Don Carlos Carabajal, el padre de la chacarera, a quien decide ir a conocer. Comienza entonces para Mauricio el verdadero viaje. Aquel que le servirá “para recordar”, como luego dirá, “por qué de niño soñó con cantar”.

Para muchos espectadores, la figura del maestro que representa Don Carlos (Cuti Carabajal) puede rememorar a otros compañeros de viajes iniciáticos que el cine inmortalizó, como al señor Miyagi o al maestro Yoda, en tanto, hasta el mismo protagonista sostiene que allí donde habita Don Carlos la música es como la fuerza en el universo de Stars Wars, lo recorre todo. Todos esos personajes representan un gran compás de espera en la vida de sus aprendices. Esa desaceleración del tiempo, Javier Macipe la trasmite a través del paisaje y de la serena cotidianidad que disfrutan sus personajes, a pesar de sus tribulaciones económicas.

Sin embargo, la riqueza de Don Carlos, con la autenticidad que Cuti Carabajal le aportó al personaje, va más allá de sus enseñanzas, de allí la fuerza. Este Don Carlos trae consigo algo del orden de lo antidiscursivo que Rodolfo Kusch buscaba en su Don Anastasio Quiroga, o Carlos Castañeda en su Don Juan, y que da cuenta de las formas del habla popular en América Latina. Una forma que puede vehiculizar una verdad que el habla culta, atravesada por el discurso de la ciencia, la filosofía racionalista y más recientemente por los postulados del mercado, no logra capturar. Pariente cercana de la poesía, esa habla popular constituye casi un modo de resistencia. Porque con su decir paradojal y siempre en la vertiente del humor, hace evidente lo esencial con tanta contundencia, que ante su develamiento sólo queda rendirse.

Dedicada a los artistas anónimos y narrada con gran sensibilidad, la película, ópera prima de Javier Macipe, no sólo coloca en perspectiva qué cosas son verdaderamente importantes, sino que rescata el valor de la música popular como fuerza vertebradora de la vida y de una comunidad.

Flavia Mercier

The Zone of Interest (Zona de interés) – Dirección y guión: Jonathan Glazer

The Zone of Interest (Zona de interés) cuenta la historia del comandante a cargo del campo de concentración de Auschwitz, Rudolf Höss (Christian Friedel), que vive con su esposa Hedwig (Sandra Hüller) y sus cinco hijos en una casa que tiene por medianera los muros que rodean el exterminio. Como cuando Eichmann conmocionó a Hannah Arendt, Höss se muestra imperturbable ante la atrocidad de su tarea. Por el contrario, sostiene junto a su mujer una vida pretendidamente idílica. Galardonada por múltiples premios de la crítica, esta nueva entrega del cine de Glazer es una verdadera obra de arte por la riqueza de sus recursos visuales que, sin el más mínimo atisbo de morbosidad, deja al espectador con el escalofrío que produce la presencia de lo siniestro.

La película de Glazer representa casi un ensayo acerca de la hipótesis de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal. Para la filósofa alemana de ascendencia judía, ciertos dispositivos de poder permiten a algunos individuos alinearse con proyectos verdaderamente criminales sin sentir culpa ni responsabilidad. Como condición para que esto ocurra se han teorizado tres condiciones: que la violencia esté legitimada, que sus acciones estén enmarcadas dentro de un protocolo o rutina y tercero, y más importante de todo, que las víctimas hayan sido deshumanizadas. Bien, si algo viene a mostrar esta historia es que no se llega a banalizar el mal sin un proceso de alienación mediante y sin un coste para la persona: se paga con la sensibilidad. Con el sacrificio de su sensibilidad el individuo se despoja de sus vestiduras de persona, quedando reducido a un autómata que vive para sostener una escena que lo redima.

Las imágenes se suceden casi como postales haciendo patente que no hay velo eficaz ante el horror. Así los ceremoniales sin alma con los que la pareja construye una pretendida cotidianidad idílica no logran ocultar la atrocidad con la que colindan. Sombras rojas les asolan cada noche cuando se encienden los hornos, y ecos de gritos, disparos y trenes sonorizan el día a día de esta familia.

De igual manera, lo comedido en la expresividad y la estética de todos los personajes, dice de un intento fallido por velar la brutalidad que les acecha al hacerse cómplices de ésta. El empeño de esa madre en hacer de su casa un paraíso, deja traslucir una fuerza estragadora que la recorre y se derrama sobre sus hijos. El afán de eficiencia del comandante Höss resulta, cuando menos, perturbador. La apropiación que hacen de los bienes de las víctimas para repartirlos de forma jerárquica entre ellos y sus empleadas domésticas y el chismoseo en voz baja sobre las vidas de aquellos, dan cuenta del goce mortífero que los corroe. Y, fundamentalmente, la indigencia discursiva que soportan estos personajes, la pobreza de su decir, viene a dar cuenta de cómo la banalización del mal se sostiene sobre la negativa a pensar o reflexionar, tal y como planteó Hannah Arendt. Esa negativa a deliberar es la que permite negar al otro como ser humano, sin sentirse interpelado ni moral ni éticamente.

En síntesis, la mirada hiperrealista del director produce escalofríos ante la constatación de que el ser humano es efectivamente capaz de hechos tan siniestros como idear y ejecutar un plan de exterminio de otros seres humanos. Una advertencia de la que nunca terminamos de anoticiarnos lo suficiente.

Flavia Mercier

Perfect Days – Dirección Wim Wenders

Del mismo director de ‘París, Texas’, ‘El cielo sobre Berlín’, ‘Tan lejos, tan cerca’, ‘Perfect Days’, es una película de una belleza poética excepcional que narra una historia con gran sensibilidad.  Nominada al Oscar como mejor película internacional, cuenta la historia de Hirayama, un limpiador de baños públicos en Tokio, que se muestra feliz con pequeños detalles que atraviesan su rutina y que parece estar luchando con el hostigamiento de una sombra de su pasado.

Hirayama (Kôji Yakusho) es un limpiador de baños públicos en Tokio que vive en condiciones de precariedad, debiendo él mismo ir a bañarse a un baño público porque no dispone de uno en su casa. Una casa de la que sale cada mañana muy temprano a trabajar sin olvidársele nunca mirar al cielo al cruzar la puerta, lo que le produce una plácida sonrisa. Desde ese umbral, su día transcurre de una forma rutinaria muy estricta, a no ser por momentos, incluso instantes, que introducen la diferencia que lo rescata del eterno retorno de lo mismo. Colorean esa rutina los libros y la música con las que el protagonista se socorre a sí mismo.

Wim Wenders, el director, cuenta la historia de Hirayama con muy pocos diálogos que con mucha sencillez llevan al espectador a un campo de reflexión profunda, y valiéndose de imágenes que funcionan casi como ideogramas. A través de la formidable banda sonora de la película -desde el ‘Perfect Day’ de Lou Reed a muchas otras icónicas canciones de finales de los 60 y principios de los 70 de Nina Simone, The Rollings Stones, Patti Smith, entre otros-, va dejando pistas para descubrir cómo piensa y siente un protagonista sumido en el silencio. Los libros que éste devora nos dicen de una sombra del pasado que le acecha, y que, a través de algunos encuentros, va dejándose entrever.

Escrita y producida por Wim Wenders y Takuma Takasaki, ‘Perfect Days’ es una historia narrada con una gran sensibilidad y belleza poética, a través de recursos que honran al cine como séptimo arte, y que rescata la riqueza de los discretos instantes de la vida.

Una recomendación final: hay que verla hasta el final de los títulos para encontrar las pistas que permiten apreciar algunas de las imágenes que más se suceden en la película.

Flavia Mercier

Chau Buenos Aires (Adiós Buenos Aires) – Dirección Germán Kral

“Chau Buenos Aires (Adiós Buenos Aires)” cuenta la historia de un bandoneonista que, a fines del 2001, está pensando en emigrar a Alemania, y cómo atraviesa aquellos funestos días de finales del 2001 junto a su grupo de amigos con quienes forma una orquesta de tango. Dirigida por Germán Kral (el mismo director de “Un tango más”), y con un elenco de excepción, que encabezan Diego Cremonesi y Marina Bellati, acompañados por Carlos Portaluppi, Manuel Vicente, Rafael Spregelburd y Mario Alarcón, la película tiene como coprotagonistas a la ciudad de Buenos Aires, a la que se muestra como un destino posible a través de una fotografía con tintes poéticos, y al tango, que se enlaza con la vida de los protagonistas a través de sus míticas letras. “Chau Buenos Aires” viene a traer en estos tiempos tan similarmente aciagos para el pueblo argentino, ecos de esperanza de una salida en común que se pudo obrar en aquella crisis.

Diego Cremonesi en el papel protagónico de Julio.

“Chau Buenos Aires” relata los acontecimientos que rodean la decisión de emigrar a Alemania de Julio (Diego Cremonesi) a fines del 2001. El bandoneonista que encarna Cremonesi, atraviesa aquellos críticos días junto a su grupo de amigos (Carlos Portaluppi como Carlos, Manuel Vicente como Atilio, y Rafael Spregelburd como Tito), todos músicos con quienes forma una orquesta de tango. Casi como en un tango “contentos y amargados, valores y dublés”, uno afana para sobrevivir y no en su ambición, otro juega a la quiniela, otro no puede vivir en la impostura, y otro se debate entre ser casi un polizón en un barco a tierras extrañas o quedarse a pelearla. Mientras, entre todos mantienen, como pueden, la orquesta, hasta que van a buscar al maestro Ricardo Tortorella (Mario Alarcón) para intentar recuperar algo del brillo de glorias pasadas, no sólo del tango, sino del país.

De izq. a der.: Manuel Vicente, Diego Cremonesi, Carlos Portaluppi y Rafael Spregelburd.

Entre tanto, el destino, que parece estar poniendo a Julio frente a más de una encrucijada con su decisión de emigrar, lo hace “colisionar” con Mariela (Marina Bellati), taxista y madre soltera, una “mina entera” como la llamarían los tangueros, que llega a su vida para mostrarle que, incluso, en lo que parece una coyuntura sin salida, hay una elección íntima a realizar.

Diego Cremonesi y Marina Bellati.

El director de “Un tango más” vuelve a poner al tango como coprotagonista a través de las letras de míticos tangos como “Vida mía”, “Cambalache” o “Desencuentro”, entrelazándolo con las vidas de los protagonistas, siendo en realidad el talentosísimo Nicolás Enrich el que ejecuta el bandoneón que muestra Cremonesi como protagonista y el gran Carlos Morel el que pone la voz al personaje de Mario Alarcón.

Otro guiño para los tangueros será ver a emblemáticas parejas de tango como los Alonso, Stella Baez y Ernesto Balmaceda, Barbara Ferreyra y Agustín Agnéz, entre otros, bailando en una mítica milonga de barrio, al son de la orquesta que conforman los protagonistas. Este espacio representa todo un símbolo del mensaje de la película, rescatando el valor por antonomasia que tiene la milonga como espacio de encuentro y refugio de una cotidianidad trágica.

Dirigida por Germán Kral, la película recupera con sus escenas el valor de la solidaridad como amalgama de lo común y de la ética como sostén del sujeto en tiempos de derrumbe, una visión humanista de las crisis que no podía llegar en un momento más oportuno que en este diciembre en el que se estrena y en el que, paradójicamente, como si de un pliegue en el tiempo se tratara, muchas de las encrucijadas entonces vividas, retornan.

Conforman ese mensaje esperanzador no sólo las palabras de algunos de sus personajes que insisten en pelear por los propios ideales y en la fuerza de creer en sí mismo para ganar esa pelea, sino las bellas imágenes que muestran a la ciudad porteña como un destino posible y que dan cuenta de la amorosa mirada de su director por esta ciudad.

Flavia Mercier

“As Bestas” – Coescrita y dirigida por Rodrigo Sorogoyen

Inspirada en una historia real, “As Bestas” (Goya 2023 a mejor película) cuenta, en dos tiempos, la historia de Antoine y Olga en una alejada y despoblada aldea de Galicia a la que llegan impulsados por el sueño adolescente de Antoine. La película de Rodrigo Sorogoyen (Goya a la mejor dirección) tiene la virtud de mostrar con una pureza casi quirúrgica el poliedro de emociones que compone la naturaleza humana. El guion moebiano que el director construyó junto a Isabel Peña -y que mereció otro Goya-, hace pasar al espectador de la faz del bien a la del mal, y otra vez a su anverso, sin ahorrarle ni una pizca de la paradoja que los seres humanos representamos, lo que no permite al espectador terminar de tomar parte por ninguno de sus personajes, por horroroso que sea su alter ego. Con una fotografía excelente que hace del ambiente casi otro personaje, la película deslumbra por la excelente dirección de actores que le valió el Goya al mejor actor principal (Denis Ménochet) y al mejor actor de reparto (Luis Zahera). “As betas”, una película que en un perfecto equilibrio entre la narración de lo local y su proyección hacia lo universal, nos interpela sobre la naturaleza humana.

Denis Ménochet y Marina Foïs como Antoine y Olga.

En la primera parte de “As Bestas”, vemos a Denis Ménochet asumir el protagonismo en un papel que le valió merecidísimamente un Goya como mejor actor principal. Profesor de profesión, Antoine vive con su mujer, Olga, de la agricultura ecológica mientras, en su afán de volver a dar vida a la aldea de sus sueños adolescentes, rehabilita casas abandonadas que luego regala. Al mirar las cosas con el prisma romántico de la ilustración, Antoine pone belleza donde no la hay. Se muestra con una ingenuidad en la defensa de sus ideales que inspira hasta ternura, cautivado por la inmensidad verde de esas colinas, una belleza que le ciega respecto de lo árido que recorre ese lugar.

De frente, de izq. a der., Luis Zahera y Denis Ménochet como Xan y Antoine. De espaldas a la derecha Diego Anido como Loren el hermano de Xan.

La construcción del personaje que hacen entre Isabel Peña como guionista y Rodríguez Sorogoyen como guionista y director, triunfa superlativamente en mostrar que el mayor exilio es de la lengua. La trama coloca a Antoine conviviendo con el recelo de los aldeanos quienes, desde su suspicacia, le atribuyen una mirada de superioridad hacia ellos, sin importar los esfuerzos que él haga para mostrarles el camino hasta el “verdadero maná”. El personaje vive así aislado no sólo en la geografía, sino en las ideas. Y no sólo por no hablar bien el idioma sino, porque los aldeanos hacen de su lengua un baluarte que usan para excluirle, no tanto por su arraigo al territorio, sino, más bien, por sentirse encadenados a este. En este punto la película interpela a la vez, cierta condescendencia de una posición intelectual que se ciega por los fundamentos de la misma, como la crueldad de la cerrazón que hace a Antoine objeto de burlas que ni llega a comprender.

De izq. a der., Luis Zahera como Xan, Diego Anido como Loren y Denis Ménochet como Antoine.

Solo le faltaba a este caldo del infierno, el aderezo del dinero para que el caldero acuñe la cicuta del odio. Cuando una eólica quiere comprar los terrenos y Antoine se niega a vender los que le pertenecen, bloquea la única salida que ven sus vecinos de una realidad eternamente igual y esclavizante, desatando un conflicto que se torna tan visceral como bestial. En esta contienda Antoine se topa con Xan, encarnación de una naturaleza humana completamente desafectada de toda sensibilidad y sin ninguna pátina de sublimación. Este personaje que le valió a Luis Zahera el Goya al mejor actor de reparto -que bien podrían nombrarse como en inglés “de soporte” en tanto sin él la tensión de la trama no se sostendría- es un viraje muy noble por parte de los autores, porque alejan el guion del hecho real despejando toda asociación del odio a la enfermedad mental, como no supo hacer cierto sector de la prensa en su momento. En su lugar, los guionistas honran la función de develamiento a la que aspira el arte, mostrando que la maldad pueda anidar en cualquier “vecino”, y, es más, que eso está en el sustrato social.

Marina Foïs como Olga y Denis Ménochet como Antoine.

Hasta su meridiano la película se desarrolla en un duelo de opuestos que se inscribe finalmente en una escena nodal que amarra el destino de unos y otros para siempre. Entonces, cobra protagonismo un tercer personaje. Olga sale a la palestra y toma el timón de la trama. Sin embargo, aquí el duelo es interior. ¿Qué rol ha de asumir esta mujer? ¿Estamos acaso ante otra Antígona capaz de arriesgar su propia vida por hacer justicia? ¿O estamos ante quien es capaz de sostenerse en su lugar como el junco a fuerza de no oponer resistencia al viento, pero sin tampoco dejarse arrasar enraizada al suelo como fuente de trabajo, porque al final tampoco puede huir de ahí sin enfrentar la ruina económica?

Marina Foïs como Olga.

“As bestas”, una película que en un perfecto equilibrio entre la narración de lo local y su proyección hacia lo universal, nos interpela sobre la naturaleza humana. ¿A dónde estaríamos sin la cultura? ¿A dónde estamos a pesar de la cultura? ¿A dónde estamos por la cultura?

Flavia Mercier

“En los márgenes.” Dirección: Juan Diego Botto, con Luis Tosar y Penélope Cruz.

En el ámbito de la medicina, desahuciar a alguien es declarar que ya no le queda esperanza de vida. Otra acepción de la palabra sería “quitarle a alguien toda esperanza de conseguir lo que desea”. Así, desesperados y desamparados, 36 personas al día en España, se quitan el resto de vida que les queda después de recibir una orden de desahucio. “En los márgenes”, ópera prima de Juan Diego Botto como director, pone cara a unas estadísticas que hace mucho tiempo fueron desplazadas de la primera plana de los diarios. Junto con Olga Rodríguez, Botto escribió un drama en clave femenina, en tanto son ellas las que mayoritariamente dan la lucha, cuando los hombres quedan arrojados fuera de los márgenes de la sociedad productiva. Destaca la solidez de todas las interpretaciones, especialmente las de los protagonistas Luis Tosar y Penélope Cruz, así como la del mismo Juan Diego Botto.

Penélope Cruz como Azucena.

Hasta en su polisemia la palabra desahucio dice de un destino fatal, que en el caso de los desalojamientos causa las escalofriantes cifras de 36 suicidios diarios según datos del 2021 de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Si tenemos en cuenta que, según señala la película como epílogo, en España se han producido 400.000 desahucios en la última década y en la actualidad se siguen produciendo unos 100 desahucios al día, estamos hablando de una verdadera hemorragia social.

Luis Tosar como Rafa.

“En los márgenes” la película con la que debuta como director Juan Diego Botto, se acerca -literalmente- a este drama, poniéndole cara. En una sucesión de planos cortos, con una cámara que se mueve al ritmo trepidante de unos personajes a los que se les acaba el tiempo, Botto hace una exquisita dirección de actores, en la que destacan Penélope Cruz y un gran Luis Tosar que prevalece en la difícil tarea de hacer interesante el personaje de “una buena persona”. Atribulado abogado que literalmente “se sacrifica” por lo demás en términos de dinero como de vida personal porque no sabe “hacerse el loco para no mirar lo que ve”.

Penélope Cruz como Azucena y Juan Diego Botto como Manu.

Por otro lado, especial mención merece el duelo interpretativo entre Botto y Cruz cuando discuten la noche antes de un desahucio sobre las formas de afrontar la situación, en lo que parece la puesta en escena del mejor de los estudios sociológicos que pretenda explicar las terribles consecuencias de un sistema económico voraz. Por un lado, hombres que ya no saben quiénes son tras haber sido descartados por un sistema que para acumular riqueza ya no necesita de muchas manos. Hoy basta con el consumo de unos pocos para construir monumentos de ingeniería financiera. Por otro lado, mujeres de las que el sistema extrae una plusvalía de su capacidad de amar y cuidar. Ganancias de las que dan cuentan los boletines bursátiles y económicos que se escuchan como cortina musical de la cotidianidad de las tres historias en clave femenina que propone el guion de Juan Diego Botto y Olga Rodríguez.

Los rostros que el filme pone en la gran pantalla son los de aquellos que pagan la factura que el sistema de poder ha cargado sobre las espaldas de los ciudadanos, empobreciéndolos a la vez que perversamente los culpabiliza por sus circunstancias. Aquellos que han quedado expulsados al extrarradio social y que, como la película destaca, reciben demasiado frecuentemente por respuesta: “No es mi problema”. Los “Nadies” como los llamaba Galeano, y cuyas estadísticas dejaron hace tiempo de interesar, a pesar de que las escalofriantes cifras de suicidios ligadas al drama de los desahucios hablan de una verdadera “epidemia”. O quizás se trate de una liquidación con la que el sistema salda sus “excesos”. “En los márgenes” una película necesaria para que el cine español recupere su vertiente social.

Flavia Mercier

Argentina 1985

Cuando la historia contemporánea está plagada de evidencia en favor de la teoría de Hanna Arendt sobre la banalidad del mal, Santiago Mitre aporta una mirada que rescata un resto de optimismo sobre la naturaleza humana. Del cine se sale pensando que ya no sólo cualquier individuo puede ser capaz de la mayor de las atrocidades, como decía Arendt y como demuestra la propia historia que esta película refleja, sino que también hay personas “comunes” capaces de asumir la responsabilidad ante la cual la historia las coloca, que pueden contribuir a restituir un estado de derecho y justicia.

La mirada que aporta Santiago Mitre tanto desde la dirección como desde el guion que co-escribe con Mariano Llinás, es sin duda la mayor contribución de una película que huyendo de todo morbo e interpretaciones de los hechos históricos, se ajusta estrictamente a la puesta en escena de los mismos. En ese sentido, está muy bien trabajada la interpretación de cada uno de los personajes públicos desde lo fidedigno, principalmente la de Ricardo Darín en el papel del fiscal Julio César Strassera y la de Peter Lanzani en el papel del fiscal adjunto, Luis Moreno Ocampo.

Ricardo Darín en el papel del fiscal Julio César Strassera.

Se muestra así a un Strassera -muy sobriamente interpretado por Darín- que aún con temor a ser usado para oscuras negociaciones, preocupado por la inseguridad que le acosa a él y a sus familiares, y a los testigos que no puede proteger, e incluso cuestionado por alguna de las víctimas y familiares por sus acciones u omisiones durante la dictadura militar, “simplemente” hace el trabajo que le toca hacer: “ser el fiscal del juicio más importante de la historia argentina”, como le dice un Norman Briski enorme a pesar de sus breves apariciones. El fiscal cuenta como puntal con la templanza, admiración y humor de su mujer, interpretada por una ecuánime Alejandra Flechner.

A su lado, un joven e impetuoso Luis Moreno Ocampo -en una muy sólida interpretación de Peter Lanzani- que persigue ganar el juicio más allá de las salas y pasillos de tribunales, sino también en los estudios de televisión porque el tribunal del que quería un veredicto favorable para la joven democracia argentina era el de la opinión pública que aún contaba con muchos defensores del proceso militar, como, según plantea la película, su propia madre.

Peter Lanzani en el papel del fiscal adjunto Luis Moreno Ocampo.

El guion aporta a estos personajes atribulados por sus propias circunstancias, de pasajes de humor y sarcasmo que sirven tanto para ayudarles a no decaer, como de alivio para el espectador del espanto y repulsión que sobrevuela todo el tiempo la crónica de sucesos, aunque si bien no de forma explícita. Tampoco es necesario, la historia es conocida por todos los que quieren conocerla y reconocerla.

Por otro lado, la película tiene tintes de cine clásico en la que por momentos uno siente transportarse no a la Argentina de 1985, sino a los Estados Unidos de los años ’40 o ‘30, a través de su vasta cinematografía sobre emblemáticos juicios contra el Hampa, como el clásico de Brian de Palma que reflejaba los esfuerzos de los incorruptibles Eliot Ness y su equipo “Los intocables” por atrapar a Al Capone. En “Argentina 1985”, un joven y casi inexperto Luis Moreno Ocampo le presenta al fiscal Strassera la idea de formar un equipo por él mismo como “caballo de troya” dado sus orígenes familiares intensamente ligados al ejército argentino, y algunos jóvenes inexpertos, simples empleados administrativos de la procuraduría, porque eran los únicos miembros del sistema sin anotaciones en el libro de cuentas del pasado.

El filme destaca así también, la titánica labor de este grupo de jóvenes que, siendo entre valientes y atrevidos, recogieron 709 testimonios del horror al que las Juntas militares sometieron a un país actuando de forma que el propio fiscal Strassera calificó de “feroz, clandestina y cobarde”, según resuena en un pasaje.

Se llega así con tintes épicos al alegato final de Strassera y al veredicto, que más allá de las condenas que emitió el tribunal, es proferido por un descollante Santiago Armas Estevarena en el papel de Javier Strassera cuando le dice “Papá, ¡metiste en la cárcel a Videla y a Massera!”, en un guiño del director a las nuevas generaciones.

Y si bien es cierto que los sucesos históricos que vinieron después debilitaron mucho la fuerza de aquella sentencia, aquel “Nunca más” proferido por el fiscal Strassera en nombre del pueblo argentino al final de su alegato, produjo un hito en las consciencias de tantos, incluso de raigambres políticas distintas, que aún hoy sus ecos hacen de barrera a ciertos delirios mesiánicos. Desde este lugar, cabe entonces acordar con los productores (Ricardo y Chino Darín, entre otros) que esta película era necesaria para que los hijos y nietos de aquellos que hoy quedan como testigos del conocido como “Juicio a las Juntas”, conozcan los atroces hechos y así sus ecos, y su función, no se acallen.

Flavia Mercier