¿Por qué la guerra? Cartas entre Albert Einstein y Sigmund Freud.

Carta de Einstein a Freud del 30 de julio de 1932 1

Caputh, cerca de Potsdam, 30 de julio de 1932

Estimado profesor Freud:

La propuesta de la Liga de las Naciones y de su Instituto Internacional de Cooperación Intelectual en París para que invite a alguien, elegido por mí mismo, a un franco intercambio de ideas sobre cualquier problema de mi elección me brinda una muy grata oportunidad de debatir con usted una cuestión que, tal como están ahora las cosas, parece el más imperioso de todos los problemas que nuestra civilización y la civilización en general debe enfrentar. El problema es este: ¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra? Es bien sabido que, con el avance de la ciencia moderna, este ha pasado a ser un asunto de vida o muerte no sólo para algunas personas sino una verdadera amenaza para toda la civilización tal cual la conocemos; sin embargo, pese al empeño que se ha puesto, todo intento de darle solución ha terminado en un lamentable fracaso.

Creo, además, que aquellos que deben abordar más directamente, dadas sus responsabilidades políticas y militares, profesional y prácticamente el problema no hacen sino percatarse cada vez más de su impotencia para ello, y albergan ahora un intenso anhelo de conocer las opiniones de quienes, absorbidos en el quehacer científico, pueden ver los problemas del mundo con la perspectiva que la distancia ofrece. En lo que a mí respecta, el objetivo habitual de mi pensamiento no me lleva a penetrar las oscuridades de la voluntad y el sentimiento humanos. Así pues, en la indagación que ahora se nos ha propuesto, poco puedo hacer más allá de tratar de aclarar la cuestión y, despejando las soluciones más obvias, permitir que usted ilumine el problema con la luz de su vasto saber acerca de la vida pulsional del hombre. Hay ciertos obstáculos psicológicos cuya presencia puede borrosamente vislumbrar un lego en las ciencias del alma, pero cuyas interrelaciones y vicisitudes es incapaz de imaginar; estoy seguro de que usted podrá sugerir métodos educativos, más o menos ajenos al ámbito de la política, para eliminar esos obstáculos.

Por mi parte, siendo inmune a las tendencias nacionalistas, veo personalmente una manera simple de tratar el aspecto superficial (o sea, administrativo) del problema: la creación, con el consenso internacional, de un cuerpo legislativo y judicial para dirimir cualquier conflicto que surgiere entre las naciones. Cada nación debería avenirse a respetar las órdenes emanadas de este cuerpo legislativo, someter toda disputa a su decisión, aceptar sin reserva sus dictámenes y acatar cualquier medida que el tribunal internacional estimare necesaria para la ejecución de sus decretos. Pero aquí, de entrada, me enfrento con una dificultad; un tribunal es una institución humana que, en la medida en que el poder que posee resulta insuficiente para hacer cumplir sus veredictos, es tanto más propenso a que estos últimos sean desvirtuados por presión extrajudicial. Este es un hecho que debemos tener en cuenta; el derecho y el poder van inevitablemente de la mano, y las decisiones jurídicas se aproximan más a una justicia ideal que demanda la comunidad (en cuyo nombre e interés se pronuncian dichos veredictos) que a una justicia real y ello siempre en la medida en que esta tenga un poder efectivo para exigir respeto a su ideal jurídico. Pero en la actualidad estamos lejos de poseer una organización supranacional competente y realmente eficaz para emitir veredictos de autoridad incontestable e imponer el acatamiento absoluto a la ejecución de estos. Me veo llevado, de tal modo, a mi primer axioma: El logro de una seguridad internacional implica la renuncia incondicional, en una cierta medida, de todas las naciones a su libertad de acción, vale decir, a su soberanía, y está claro fuera de toda duda que ningún otro camino puede conducir a esa seguridad.

El escaso éxito que tuvieron, pese a su evidente honestidad, todos los esfuerzos realizados en la última década para alcanzar esta meta no deja lugar a dudas de que hay en juego fuertes factores psicológicos, que paralizan tales esfuerzos. No hay que andar mucho para descubrir algunos de esos factores. El afán de poder que caracteriza a la clase gobernante de todas las naciones es hostil a cualquier limitación de la soberanía nacional. Este hambre de poder político suele medrar gracias a las actividades de otro grupo dominante guiado esta vez por aspiraciones puramente mercenarias, económicas. Pienso especialmente en ese pequeño pero resuelto grupo, activo en toda nación, compuesto de individuos que, indiferentes a las consideraciones y moderaciones sociales, ven en la guerra, en la fabricación y venta de armamentos, nada más que la oportunidad para favorecer sus intereses particulares y extender su autoridad personal.

Ahora bien, reconocer este hecho obvio no es sino el primer paso hacia una apreciación del actual estado de cosas. Otra cuestión se impone de inmediato: ¿Cómo es posible que esta pequeña camarilla someta al servicio de sus ambiciones la voluntad de la mayoría, para la cual el estado de guerra representa pérdidas y sufrimientos? (Al referirme a la mayoría, no excluyo a los soldados de todo rango que han elegido la guerra como profesión en la creencia de que con su servicio defienden los más altos intereses de la raza, y de que el ataque es a menudo el mejor método de defensa.) Una respuesta evidente a esta pregunta parecería ser que la minoría, la clase dominante hoy, tiene bajo su influencia las escuelas y la prensa, y por lo general también la Iglesia [como religión oficial institucionalizada]. Estos servicios a su servicio les permiten dirigir, organizar y gobernar las emociones y sentimientos de las masas, inconscientes como el sujeto sometido a hipnosis de los verdaderos motivos de su acción diferida [la sugestión colectiva], y convertirlas también en un instrumento a su servicio.

Sin embargo, ni aun esta respuesta proporciona una solución completa. De ella surge esta otra pregunta: ¿Cómo es que estos procedimientos logran despertar en los hombres tan salvaje entusiasmo, hasta llevarlos a sacrificar su vida? Sólo hay una contestación posible: porque el hombre tiene dentro de sí un apetito de odio y destrucción [canalizado de esta manera a través de racionalizaciones ideológicas e idealistas]. En épocas normales esta pasión existe en estado latente, y únicamente emerge y se desencadena como acto efectivamente destructivo en circunstancias inusuales; pero es relativamente sencillo ponerla en juego y llevarla hasta su exaltación en el poder de un delirio o una psicosis colectiva. Aquí radica, tal vez, el quid de todo el complejo de factores que estamos considerando, un enigma que el experto en el conocimiento de las pulsiones humanas puede resolver.

Y así llegamos a nuestro último interrogante: ¿Es posible controlar la evolución mental del hombre como para ponerlo a salvo de esas psicosis promotoras de odio y destructividad? En modo alguno pienso aquí solamente en las llamadas «masas analfabetas o iletradas». La experiencia prueba que es más bien la llamada «intelectualidad» la más proclive a estas desastrosas sugestiones colectivas, ya que el intelectual no tiene contacto directo con la vida al desnudo, sino que se topa con esta en su forma sintética más sencilla: sobre la página impresa.

Para terminar: hasta ahora sólo me he referido a las guerras entre naciones, a lo que se conoce como conflictos internacionales. Pero sé muy bien que la pulsión agresiva opera bajo otras formas y en otras circunstancias más restringidas: pienso en las guerras civiles, por ejemplo, que antaño se debían al fervor religioso, y en nuestros días más a factores sociales; o, también, en la persecución de las minorías raciales. No obstante, mi insistencia en la forma más típica, cruel y extravagante, de conflicto entre los hombres ha sido deliberada, pues en este caso se nos ofrece la oportunidad de reflexionar y tal vez descubrir y proponer la manera y los medios de tornar imposibles todos los conflictos armados a gran escala.

Sé que en sus escritos podemos hallar respuestas, explícitas o tácitas, a todos los aspectos de este urgente y absorbente problema. Pero sería para todos nosotros un gran servicio que usted expusiese el problema de la paz mundial a la luz de sus descubrimientos más recientes, porque esa exposición podría muy bien marcar el camino para nuevos y fructíferos modos de acción disuasoria.

Muy atentamente,

Albert Einstein

1.Extraído de la web de la Facultad de Derecho, de la Universidad de la República, Uruguay.

Carta de Freud a Einstein del 2 de septiembre de 1932 2

¿Por qué la guerra?

Viena, septiembre de 1932

Estimado profesor Einstein:

Cuando me enteré de que usted se proponía invitarme a un intercambio de ideas sobre un tema que le interesaba y que le parecía digno asimismo del interés de los demás, lo acepté de buen grado. Esperaba que escogería un problema próximo a los límites de nuestros conocimientos actuales, en la frontera de lo cognoscible hoy, y hacia el cual cada uno de nosotros, el físico y el psicoanalista, pudieran abrirse una particular vía de acceso, de suerte que, aun viniendo de distintas procedencias, pudieran encontrarse en un mismo terreno, para tratar desde sus ámbitos respectivos un tema de interés general para el ser humano en sus actuales circunstancias. Con esta algo vaga expectativa me sorprendió usted con el gran problema planteado: ¿Qué puede hacerse para evitar a los hombres el amargo destino de la guerra y protegerlos de sus estragos? En un primer momento me asusté bajo la impresión de mí -a punto estuve de decir de «nuestra»- incompetencia al respecto, pues la cuestión de la guerra me pareció una tarea que compete a la práctica de los políticos y hombres de estado. Pero después comprendí que usted no me planteaba ese problema en tanto que investigador de la Naturaleza y físico, sino por amor a la Humanidad, y respondiendo a la invitación de la Liga de las Naciones, en una acción semejante a la de Fridtjof Nansen, el explorador del Polo Ártico, cuando asumió la tarea de prestar auxilio a los hambrientos y a las víctimas sin techo de la Guerra Mundial. Además recapacité entonces, advirtiendo que no se me invitaba a ofrecer propuestas o soluciones prácticas, sino sólo a indicar el aspecto que cobra el problema de la prevención de las guerras en una consideración psicológica o, más estrictamente, psicoanalítica.

Pero también en su carta usted ya ha dicho casi todo lo que puede decirse sobre esto. Me ha ganado el rumbo de barlovento, por así decir, pero de buena gana navegaré siguiendo su estela y me limitaré a corroborar todo cuanto usted expresa, procurando exponerlo más ampliamente según mi mejor saber -o conjeturar-.

Comienza usted con el nexo entre derecho y poder. Es ciertamente el punto de partida que me parece más adecuado para nuestra indagación. ¿Puedo sustituir la palabra «poder» (“Macht”) por el término, más rotundo y más duro, de «violencia» («Gewalt»)? Derecho y violencia son hoy opuestos [contrarios] para nosotros. Es fácil mostrar que el primero se desarrolló como una forma “más civilizada” desde la segunda, y si nos remontamos a los orígenes y pesquisamos cómo surgió este fenómeno, la solución se nos presenta sin excesiva dificultad. De todos modos discúlpeme si en lo que sigue cuento, como si fuera una novedad, cosas que todo el mundo, a poco que reflexione al respecto, sabe y admite; es la estructura argumental lógica que quiero dar a mi exposición la que lo hace necesario.

Pues bien, los conflictos de intereses entre los hombres se zanjan en principio mediante un expediente somero: la violencia, es decir el recurso a la fuerza impositiva sobre otro u otros. Así es en todo el reino animal, del que el hombre haría bien en no excluirse tan fácilmente; además en el caso del animal humano se suman todavía conflictos de opiniones, que pueden alcanzar incluso hasta el máximo grado de la abstracción y que como tales parecerían requerir de otros expedientes para resolverse. En todo caso, esa es una complicación tardía, relativamente reciente. Al comienzo, en las pequeñas hordas humanas primitivas, era la fuerza muscular la que decidía [ante un conflicto de intereses referidos a objetos que no eran compartibles o que no querían compartirse] a quién pertenecía algo o de quién debía hacerse la voluntad. La fuerza muscular se vio pronto reforzada, aumentada y sustituida por el uso de instrumentos: vence quien tiene las mejores armas o las emplea con más destreza, el más hábil sustituye entonces al más fuerte. Al introducirse las armas, ya la superioridad intelectual o simplemente mental empieza a ocupar el lugar de la fuerza muscular bruta e incluso a la habilidad, el más listo sustituye entonces al más hábil o al más fuerte; pero, el propósito último [el objetivo final] de la lucha o de la disputa sigue siendo el mismo: una de las partes contendientes, por el daño que reciba o por la paralización de sus fuerzas, será obligada a deponer sus pretensiones, sus reivindicaciones o simplemente su antagonismo opositor. Ello naturalmente se conseguirá de la manera más radical cuando la violencia elimine duraderamente al contrincante, o sea, seamos claros, cuando se lo mate. Esto, sin duda, además tiene la doble ventaja de impedir que insista y vuelva a empezar otra vez su oposición, y de que el destino sufrido por él sirva de escarmiento y haga que otros se arredren de seguir su ejemplo y abandonen definitivamente la lucha. Además, la muerte del enemigo satisface una tendencia pulsional que habremos de mencionar más adelante. En algún momento, es posible que este propósito de matar se vea contrariado por la consideración de que respetando la vida del enemigo, pero manteniéndolo atemorizado, pueda aprovechárselo para realizar servicios útiles para el vencedor, obteniendo así beneficios a su costa y a bajo coste. Entonces la violencia se contentará con someterlo o subyugarlo en vez de matarlo. Es el comienzo del respeto por la vida del enemigo, gracias a la ventaja que de este modo el vencedor puede sacar de la explotación del vencido, pero, desde ese momento el triunfador deberá afrontar y contar con los deseos latentes y el amenazante afán de venganza del vencido, y estar dispuesto de este modo a resignar una parte de su propia seguridad [lo que se ahorró al someterlo deberá gastarlo ahora en vigilarlo y tenerlo a buen recaudo].

He ahí, pues, la situación originaria, el imperio del poder más grande, de la violencia bruta o más o menos refinadamente apoyada en la pericia y el intelecto. Sabemos que este régimen se modificó gradualmente en el curso del desarrollo, y cierto camino llevó de la violencia al derecho. ¿Pero, cuál fue ese camino? Uno solo, yo creo. Pasó a través del hecho de que la fuerza mayor de uno podía ser compensada y vencida por la unión de varios más débiles. «L’union fait la force» [“La union hace la fuerza”]. La violencia [del más fuerte] es reducida, quebrantada y finalmente vencida por la unión de varios aisladamente más débiles, y ahora el poder de estos unidos constituirá el derecho en oposición a la violencia del único. Vemos pues, que el derecho no es sino el poder de una comunidad. Pero no se olvide que todavía sigue siendo una violencia dispuesta a ejercerse y preparada para dirigirse contra cualquier individuo que se le oponga; trabaja con los mismos medios, persigue los mismos fines; la diferencia sólo reside, real y efectivamente, en que ya no es la violencia de un individuo la que se impone, sino la de una comunidad, la de un grupo más o menos numeroso de individuos mancomunados en vistas a un interés compartido. Ahora bien, para que se consume ese paso de la violencia al nuevo derecho es necesario que se cumpla una condición psicológica. La unión de los muchos, la unidad del grupo asociado tiene que ser suficientemente permanente, duradera para alcanzar los fines a los que sirve. Nada se habría conseguido si se formara puntualmente sólo a fin de combatir a un tipo excesivamente poderoso y se dispersara tras su doblegamiento, pues el próximo que se creyera más fuerte aspiraría de nuevo a un imperio violento y el juego se repetiría indefinidamente. La comunidad [de Derecho] debe ser conservada de manera permanente, debe organizarse, promulgar decretos, prevenir las sublevaciones temidas, establecer órganos ejecutivos que velen por la observancia de aquellos -de las leyes- y tengan a su cargo la ejecución de los actos de violencia legales, acordes al derecho, en una suerte de monopolio oficial del uso de la fuerza. En la admisión y el reconocimiento de tal comunidad de intereses y de su administración en grupo, se establecen entre los miembros de ese grupo de hombres unidos ciertos vínculos afectivos, sentimientos comunitarios, incluso gregarios, y es en ellos fundamentalmente en los que estriba su genuina fortaleza, su sólido poder.

Pienso que con esto ya está dado todo lo esencial: el vencimiento de la violencia (die Überwindung der Gewalt) mediante la transferencia del poder (durch Übertragung der Macht) a una unidad mayor, que se mantiene cohesionada por lazos afectivos entre sus miembros. Todo lo demás que sucede después son aplicaciones de detalle y repeticiones [de esta fórmula]. Las circunstancias son simples y este estado de cosas no se complica mientras la comunidad se compone sólo de un número de individuos igualmente fuertes (einer Anzahl gleich starker Individuen). Las leyes de esa asociación determinan entonces la medida en que el individuo debe renunciar a la libertad personal de usar su fuerza como violencia, a fin de que sea posible la convivencia segura. Pero semejante estado de reposo (Ruhezustand) es concebible sólo en la teoría; en la realidad, la situación se complica por el hecho de que la comunidad real incluye [está formada por] desde un principio elementos de poder desigual (von Anfang an ungleich mächtige Elemente), varones y mujeres [que no gozan de los mismos privilegios en las diferentes culturas, donde la diferencia real se traduce en desigualdad social jerárquica], padres e hijos, y pronto, a consecuencia de guerras y sometimientos, vencedores y vencidos, dominantes y dominados, que se trasforman en amos y esclavos. Entonces el derecho de la comunidad se convierte en la expresión de una desigual relación y distribución del poder que impera en su seno [con las consecuentes desigualdades en cuanto al goce de los bienes de la comunidad]; las leyes son hechas por los dominadores y están hechas para ellos, para beneficiar a ese grupo dominante, y son escasos los derechos concedidos a los sometidos o las ventajas que les proporciona el Derecho al grupo dominado. A partir de ahí existirán en la comunidad dos fuentes de movimiento en el derecho (Rechtsunruhe), y, en consecuencia, de la posibilidad de su desarrollo en el establecimiento de nuevas legislaciones. Por un lado y generalmente en primer lugar, algunos individuos entre los amos o dominadores tratarán de eludir las restricciones de vigencia general, para ponerse por encima de las limitaciones vigentes, vale decir, para regresar del imperio del derecho y de la ley común al de la violencia y de la ley del más fuerte; por otro, en segundo lugar, los oprimidos tenderán y se empeñarán constantemente en procurarse más poder y querrán ver reconocido ese fortalecimiento en esos cambios en la ley [que estos hallen eco en el Derecho común], es decir, para avanzar y de acuerdo con esa tendencia progresar, contrariamente, de un Derecho desigual a la igualdad de derechos. Esta última corriente se vuelve particularmente importante o significativa cuando en el interior de la comunidad sobrevienen en efecto desplazamientos en las relaciones de poder, como puede suceder a consecuencia de variados factores históricos. El derecho puede entonces adaptarse [adecuarse] poco a poco a las nuevas relaciones de poder, o, lo que es más frecuente, si la clase dominante no está dispuesta a reconocer ese cambio, se llega a la sublevación, a la guerra civil, es decir, a una cancelación transitoria temporal del derecho y a nuevas confrontaciones violentas tras cuyo desenlace pueden ceder su dominio a la institución de un nuevo orden legal, de derecho. Además, hay otra fuente de evolución del derecho, que sólo se exterioriza de manera pacífica: es la debida al desarrollo y la consiguiente transformación cultural de los miembros de la colectividad; pero esta última pertenece a un contexto que sólo más tarde podrá tomarse en cuenta.

Vemos, pues, que aun dentro de una unidad de derecho rigiendo una misma colectividad no es posible evitar [y hasta ahora obviamente no ha sido posible en el estado actual de la civilización] la tramitación violenta de los conflictos de intereses. Pero las relaciones de mutua dependencia derivadas de las necesidades y fines comunes, de recíproca comunidad que produce la convivencia en un mismo territorio son favorables a la terminación rápida de tales luchas, de modo que bajo esas condiciones aumenta sin cesar la probabilidad de que se recurra a medios no violentos y a soluciones pacíficas para resolver los conflictos inevitables de intereses contrapuestos. Sin embargo, un vistazo a la Historia de la humanidad (ein Blick in die Menschheitsgeschichte) nos muestra una serie continuada de conflictos entre un grupo social y otro u otros, entre unidades mayores y menores, entre asociaciones o grupos sociales, ciudades, municipios, comarcas, linajes, pueblos, naciones, reinos; conflictos que casi invariable y finalmente siempre se deciden mediante la confrontación violenta en menor o mayor grado, decididos por la confrontación bélica de las respectivas fuerzas. Tales guerras desembocan en el pillaje o en el sometimiento completo, la conquista de una de las partes contendientes. No es posible formular un juicio unitario que englobe todas esas guerras de conquista. Algunas (Manche), como las de los mongoles y turcos, sólo llevaron a calamidades y no aportaron sino desgracia; otras, por el contrario, contribuyeron a la transformación de violencia en derecho, pues produjeron unidades mayores dentro de las cuales cesaba la posibilidad de emplear la violencia y un nuevo orden legal zanjaba los conflictos. Así, las conquistas romanas trajeron la preciosa pax romana para los pueblos del Mediterráneo. El gusto de los reyes franceses por la expansión creó una Francia próspera y floreciente, pacíficamente unida. Entonces, por paradójico que parezca, tal vez habría que admitir que la guerra no siempre es un medio inadecuado para restablecer la anhelada paz «eterna», ya que es capaz de crear aquellas unidades mayores dentro de las cuales un fuerte poder central haría imposible ulteriores guerras en su seno. Pero, en realidad, la guerra no sirve para este fin, pues los resultados de la conquista no suelen ser duraderos; las unidades de reciente creación vuelven a dividirse y fragmentarse justamente a causa de la escasa coherencia y cohesión que comporta una unión forzada de las partes unidas por la fuerza de la violencia ejercida por aquel poder central. Además, hasta hoy la conquista sólo ha podido crear uniones parciales, incompletas, si bien de mayor extensión que en el pasado, cuyos conflictos internos también más extensos suscitaron, suscitan y, sin duda suscitarán más que nunca la resolución violenta. Así, la consecuencia de toda esa tozudez bélica sólo ha sido que la humanidad permute numerosas guerras pequeñas e incesantes por grandes guerras, infrecuentes, pero tanto más devastadoras.

Aplicado esto a nuestro presente, se llega al mismo resultado que usted alcanzó por un camino más corto. Una prevención segura de las guerras sólo es posible si los hombres se ponen realmente de acuerdo en la institución de un poder central reconocido de este modo y privativo de la violencia, al cual se delegaría la atención y resolución de todos los conflictos de intereses. Evidentemente esta formulación comporta dos condiciones necesarias: (1) la creación efectiva de una instancia superior de esa índole y (2) que se le otorgue [lo cual no quiere decir que tenga efectivamente en todos los casos de conflicto, Freud está hablando de condiciones necesarias, no de condiciones suficientes] el poder suficiente para la consecución eficaz del fin que se pretende con su instauración. De nada valdría una cosa sin la otra, cualquiera de las dos por si sola sería suficiente. Ahora bien, la Liga de las Naciones fue concebida y proyectada como una instancia de este orden [es decir, cumpliría aparentemente la condición 1], pero la otra condición [la condición 2] no ha sido cumplida, pues ella no tiene un poder autónomo y sólo puede recibirlo si los miembros de la nueva unión, los diferentes Estados, se lo traspasan [confieren] realmente. Y, por el momento parece haber pocas perspectivas de que ello ocurra. Con todo, se juzgaría erróneamente la institución de la Liga de las Naciones si al menos no se reconociera que estamos ante un ensayo pocas veces emprendido en la Historia de la humanidad -o nunca hecho antes en esa escala-. Se trata de un intento de conquistar la autoridad -es decir, el poder de influir perentoriamente-, que habitualmente descansa en la posesión efectiva del poder, mediante la invocación de determinadas actitudes idealmente convenientes. Hemos puesto de manifiesto que una comunidad humana se mantiene unida o cohesionada gracias a dos factores: la presión de la violencia (der Zwang der Gewalt) y los lazos afectivos (die Gefülsbindungen) -técnicamente se los llama identificaciones- entre sus miembros. Si falta uno de esos factores, es posible que el otro mantenga la comunidad. Desde luego, las ideas sólo alcanzan predicamento cuando expresan importantes intereses comunes a todos los miembros de la comunidad. Cabe preguntarse entonces por su fuerza. La Historia nos enseña que pudieron ejercer, en efecto, una considerable influencia. Por ejemplo, la idea panhelénica, la consciencia de ser superiores a los bárbaros vecinos, que halló una expresión tan poderosa en las anfictionías, en los oráculos y en las olimpíadas, fue suficientemente fuerte como para suavizar las costumbres guerreras entre los griegos, pero evidentemente no fue capaz de impedir disputas bélicas entre las distintas partes constitutivas de la unidad del pueblo griego y ni siquiera para evitar que una ciudad o una confederación de ciudades se aliara con el poderoso enemigo persa en detrimento o perjuicio de otra ciudad rival. Tampoco el sentimiento de comunidad en el cristianismo, sin duda alguna ciertamente bastante poderoso, logró evitar que pequeñas y grandes ciudades y Estados cristianos del Renacimiento se procuraran la ayuda del Sultán en las guerras que libraban entre ellas. Y por lo demás, en nuestra época no existe una idea a la que pudiera conferirse semejante autoridad unificadora. Es harto evidente que los ideales nacionales que hoy imperan en los pueblos los esfuerzan a una acción contraria. Ciertas personas predicen que sólo el triunfo universal de la ideología bolchevique podría poner fin a las guerras, pero en todo caso estamos hoy aún muy lejos de esa meta y quizá eso sólo se conseguiría tras espantosas guerras civiles. Parece, pues, por consiguiente que el intento de sustituir el poder real por el poder de las ideas está hoy por hoy condenado al fracaso. Y se yerra en la cuenta si no se considera que el derecho fue en su origen violencia bruta y que todavía no puede prescindir de apoyarse en la violencia y lleva sus huellas.

Ahora puedo pasar a comentar otra de sus tesis. Usted se asombra de que resulte tan fácil entusiasmar a los hombres con la guerra y, conjetura que algo debe de moverlos, una pulsión a odiar y aniquilar, que obre en ellos facilitando esta disposición. También en esto debo manifestarle mi total acuerdo. Creemos en la existencia de una pulsión de esa índole y precisamente en los últimos años nos hemos empeñado en estudiar sus manifestaciones y exteriorizaciones. Permítame exponerle, con este motivo, una parte de la teoría de las pulsiones a la que hemos llegado en el psicoanálisis tras muchos tanteos y vacilaciones.

Suponemos que las pulsiones del ser humano son sólo de dos clases: aquellas que tienden a conservar y reunir -las llamamos eróticas, exactamente en el sentido de Eros en El banquete de Platón, o sexuales, ampliando así deliberadamente el concepto popular de sexualidad-, y otras que tienden a destruir y matar; a estas últimas las reunimos bajo el título de pulsión de agresión o de destrucción (Aggressionstrieb oder Destruktionstrieb). Como usted ve, no es sino la transfiguración teórica de la universalmente conocida oposición entre amor y odio, quizá relacionada primordialmente con aquella otra polaridad entre atracción y repulsión, que desempeña un papel tan importante en su campo científico. Ahora permítame que no introduzca demasiado rápido las valoraciones de lo “bueno” y de lo “malo”. Cada una de estas pulsiones es tan indispensable como la otra, y de su acción conjugada y antagónica surgen los fenómenos de la vida. Parece que nunca una pulsión perteneciente a una de esas clases puede actuar aislada; siempre está ligada –como decimos nosotros: aleada (legiert)– con cierto monto de la otra parte, que modifica su meta o en ciertas circunstancias es condición indispensable para que esta meta pueda alcanzarse. Así, la pulsión de autoconservación es sin duda de naturaleza erótica, pero justamente ella necesita disponer de la agresión para conseguir su propósito. Análogamente, la pulsión de amor dirigida a objetos requiere un complemento de pulsión de apoderamiento (Bemächtigungstrieb), para lograr poseer a su objeto. La dificultad de aislar ambas variedades de pulsión en sus manifestaciones es lo que por tanto tiempo nos impidió discernirlas.

Si usted quiere dar conmigo otro paso le diré que las acciones humanas permiten entrever aún una complicación de otra índole. Rarísima vez la acción es obra de una única moción pulsional, que ya en sí y por sí debe estar compuesta de Eros y destrucción. En general confluyen para posibilitar la acción varios motivos estructurados de esa misma manera. Ya lo sabía uno de sus colegas, un profesor G. Ch. Lichtenberg, quien en tiempos de nuestros clásicos enseñaba física en Gotinga; pero acaso fue más importante como psicólogo que como físico. Inventó la Rosa de los Motivos al decir: «Los móviles (Bewegungsgründe) por los que uno hace algo podrían ordenarse, pues, como los 32 rumbos de la Rosa de los Vientos, y sus nombres, formarse de modo semejante; por ejemplo, “pan-pan-fama” o “fama-fama-pan”». Entonces, cuando los hombres son exhortados a la guerra, puede que en ellos responda afirmativamente a ese llamado toda una serie de motivos, nobles y vulgares, de aquellos que se suelen ocultar y que se callan, y de aquellos que no hay reparo en expresar en voz alta. No nos proponemos desnudarlos todos aquí. Ciertamente se cuentan entre ellos el placer de agredir y destruir e innumerables crueldades de la Historia y de la vida cotidiana confirman su existencia y su fuerza. El entrelazamiento de esas aspiraciones destructivas con otras, eróticas e ideales, facilita, por supuesto, su satisfacción. Muchas veces, cuando nos enteramos de los hechos crueles de la Historia, tenemos la impresión de que los motivos ideales [las diferentes ideologías religiosas, políticas o sociales] sólo sirvieron de pretexto a las apetencias destructivas (den destruktiven Gelüsten); y otras veces, por ejemplo ante las crueldades de la Santa Inquisición, nos parece como si los motivos ideales hubieran predominado en la consciencia, aportándoles los destructivos un refuerzo inconsciente. Ambas cosas son posibles.

Temo abusar de su interés, que se dirige propiamente al motivo práctico de la prevención de las guerras y no a nuestras teorías, como si estas últimas pudieran soslayarse ante la urgencia de el interés primordial. A pesar de ello pienso que valdría la pena detenerse todavía un instante en nuestra pulsión de destrucción, en modo alguno apreciada en toda su significatividad e importancia. Pues bien, con algún monto de especulación hemos llegado a la concepción de que ella trabaja dentro de todo ser vivo y acaba por producir su descomposición y reconducir la vida al estado de la materia inanimada. Merecería con toda seriedad el nombre de una pulsión de muerte, mientras que las pulsiones eróticas representan (repräsentieren) las tendencias a la prosecución de la vida. La pulsión de muerte se convierte en pulsión de destrucción cuando es dirigida hacia afuera, hacia los objetos, con ayuda de órganos particulares. El ser vivo preserva su propia vida destruyendo la ajena (Das Lebewesen bewahrt sozusagen sein eigenes Leben dadurch, dass es fremdes zerstört), por así decirlo. Empero, una porción de la pulsión de muerte permanece activa en el interior del ser vivo, y hemos intentado explicar toda una serie de fenómenos normales y patológicos mediante esta interiorización de la pulsión destructiva. Y hasta hemos cometido la herejía de explicar la génesis de nuestra conciencia moral por esa vuelta de la agresión hacia adentro. Como usted habrá de advertir, en modo alguno será inocuo que ese proceso adquiera una excesiva magnitud; ello es directamente nocivo para la salud propia, en tanto que la vuelta de esas fuerzas pulsionales hacia la destrucción en el mundo exterior alivia al ser vivo y no puede menos que ejercer un efecto benéfico sobre él, a costa naturalmente del agredido o destruido. Sirva esto como excusa biológica de todas las aspiraciones malignas, odiosas y peligrosas contra las que luchamos. Es preciso admitir que están más próximas a la Naturaleza que nuestra resistencia a ellas, para la cual debemos hallar todavía una explicación. Acaso tenga usted la impresión de que nuestras teorías constituyen una suerte de mitología, y, por cierto una mitología no demasiado alegre. Pero, ¿acaso no desemboca toda ciencia natural en una mitología de esta índole? ¿Les va a ustedes de otro modo en la física hoy?

De lo anterior extraemos esta conclusión para nuestros fines inmediatos: Nos parece con pocas probabilidades de éxito sino inútil el propósito de eliminar las tendencias agresivas de los hombres. Dicen que en comarcas dichosas de la Tierra, donde la Naturaleza brinda con prodigalidad al hombre todo cuanto le hace falta para la satisfacción de sus necesidades, existen tribus cuya vida transcurre pacíficamente y entre los cuales se desconoce la opresión y la agresión. Me resulta ciertamente difícil creerlo, y me gustaría averiguar más acerca de esos seres dichosos. También los bolcheviques esperan, naturalmente en un futuro al parecer no demasiado próximo, hacer desaparecer la agresión entre los hombres asegurándoles la satisfacción de sus necesidades materiales y, en lo demás, estableciendo la igualdad entre los miembros de la comunidad. Si eso pudiera conseguirse realmente tal vez, pero me parece que tan sólo es un ideal imaginado. Por mi parte lo considero una bella ilusión. Por el momento ponen el máximo cuidado en su armamento y el gasto militar se lleva una buena parte de su presupuesto, y mantienen unidos a sus partidarios, en buena medida gracias a una creencia ideal proyectada en el futuro y sobretodo al fomento del odio contra un enemigo extranjero que sin duda siempre está ahí dispuesto a fastidiar su bienaventurada sociedad en construcción. Es claro que, como usted mismo puntualiza, no se trata de eliminar por completo las tendencias agresivas humanas; sino de intentar reconducirlas o desviarlas lo suficiente para que no deban encontrar su expresión en la guerra.

Pues bien si partimos de nuestra doctrina mitológica de las pulsiones podemos hallar fácilmente una fórmula sobre las vías indirectas para combatir la guerra. Si la disposición a la guerra se produce por un desbordamiento de la pulsión de destrucción, lo natural será apelar a su contraria, el Eros. Todo cuanto establezca lazos afectivos entre los hombres no podrá menos que actuar como un antídoto contra la guerra. Tales lazos pueden ser de dos clases. (1) En primer lugar, vínculos como los que se tienen con un objeto de amor, aunque desprovistos de fines sexuales. El psicoanálisis no tiene porqué avergonzarse de hablar aquí de amor, pues la religión dice lo propio: «Ama al prójimo como a ti mismo». Ahora bien, esto es fácil de decir, fácil de pedir, pero mucho nos tememos de que sea bastante difícil de cumplir, y sobre todo cuando ese prójimo no es precisamente como uno mismo. Y es que la otra clase de lazo afectivo (2) es el que se produce por identificación. Todo lo que establezca importantes relaciones de comunidad [intereses comunes] entre los hombres provocará esos sentimientos compartidos, esas identificaciones. Y sobre ellas descansa en buena parte la estructura de la sociedad humana.

Una queja suya sobre el abuso de la autoridad me indica un segundo rumbo para la lucha indirecta contra la inclinación bélica. Es parte de la desigualdad innata [es decir, no sociocultural], irremediable como tal, y, por consiguiente no eliminable, entre los seres humanos que se dividan en conductores (in Führer) y conducidos (in Abhängige). Estos últimos constituyen la inmensa mayoría, necesitan de una autoridad que tome por ellos decisiones que ellos mismos no podrían o sabrían tomar y a las cuales las más de las veces se someterán incondicionalmente. En este punto habría que intervenir y debería ponerse mayor cuidado que hasta ahora en la educación de un estamento superior de hombres de pensamiento autónomo (um eine Oberschicht selbständig denkender), que no puedan ser corrompidos y luchen por la verdad, sobre quienes recaería la dirección de las masas heterónomas. No es preciso demostrar que los abusos de poder del Estado (Staatsgewalt) y la corrupción de sus dirigentes así como la censura de pensamiento o directa o indirectamente la prohibición de pensar decretada por la Iglesia [o las Iglesias e instituciones que tienen sus maestros y doctores que piensan por usted] no favorecen una generación así. Lo ideal sería, desde luego, una comunidad de hombres que hubieran sometido su vida pulsional e impulsiva a los juicios de la razón y sus dictados. Ninguna otra cosa sería capaz de producir una unión más sólida y fundamentada entre los hombres, y ello aun renunciando a los lazos afectivos entre ellos ya sea por realmente inexistentes o prácticamente inconvenientes. Pero una vez más una esperanza tal es con muchísima probabilidad una esperanza utópica. Otras vías para evitar indirectamente la guerra pueden parecer ciertamente más fácilmente transitables, pero tampoco prometen un éxito rápido, pues no parece demasiado fácil pensar en molinos que muelen tan lentamente que uno sin duda se morirá de hambre antes de tener harina.

Como usted ve, no es mucho lo que se logra cuando se pide consejo sobre tareas prácticas urgentes al despistado teórico alejado del mundo y de la vida social. Tal vez esa prisa por concluir sea el producto de una precipitación que no quiere pensar demasiado porque si así lo hiciera perdería la esperanza de solución y su acción carecería de sentido, corriéndose el peligro de que nadie movería un dedo. Así que lo mejor es afanarse en cada caso por enfrentar el peligro con los medios que se tienen a mano y como buenamente se pueda. Sin embargo, me gustaría tratar todavía un problema que usted no plantea en su carta y que me interesa particularmente: ¿Por qué nos indignamos y sublevamos tanto contra la guerra, usted y yo y tantos otros? ¿Por qué no la admitimos como una más, y no hay pocas, de las tantas penosas y dolorosas miserias y calamidades de la vida? Es que eso es lo natural, ella parece acorde a la naturaleza, ciertamente lejos del paraíso soñado, bien fundada biológicamente y apenas evitable en la práctica. ¿Por qué nos cuesta tanto partir de, y enfrentar las cosas como son? No se indigne usted de la ironía de mi planteo y de mis preguntas. Tratándose de una indagación como esta, acaso sea lícito ponerse la máscara de una superioridad que uno no posee realmente. La respuesta sería: porque todo hombre tiene derecho a la vida, a su propia vida; porque la guerra destruye vidas humanas prometedoras y llenas de esperanzas; porque coloca al individuo en situaciones que hieren su dignidad y son denigrantes; porque lo obliga a matar a otros, cosa que él no quiere; porque destruye preciosos valores materiales, productos del trabajo humano, y tantas cosas más. Además, la guerra en su forma actual ya no ofrece oportunidad alguna para cumplir el viejo ideal heroico, y debido al perfeccionamiento de los medios de destrucción masiva una guerra futura significaría el exterminio no sólo de uno de los contendientes sino de ambos. Todo eso es cierto, ¡quién podría negarlo! y parece tan indiscutible que sólo cabe asombrarse al observar que las guerras continúan y que todavía no han sido firmemente condenadas por un convenio universal entre los hombres. Sin embargo, a pesar de lo convincente de esos argumentos, todavía se pueden poner en entredicho algunos de estos puntos. Es discutible que la comunidad no deba tener también un derecho sobre la vida de ciertos individuos; por otra parte, no es posible condenar todas las clases de guerra por igual; mientras existan reinos y naciones dispuestos a la aniquilación despiadada de otros, estos tienen que estar preparados para defenderse y, por consiguiente armados para la guerra si quieren subsistir. Pero pasemos con rapidez sobre todo eso, pues no es la discusión a que usted me ha invitado. Apunto a algo diferente: creo que la principal razón por la cual nos sublevamos contra la guerra es que no podemos hacer otra cosa [por nuestra impotencia o imposibilidad de hacer otra cosa]. Somos pacifistas porque nos vemos obligados a serlo por razones orgánicas. Entonces nos resulta fácil justificar nuestra actitud mediante argumentos intelectuales.

Esto no se comprende, claro está, sin explicación. Opino lo siguiente: Desde épocas inmemoriales se desenvuelve en la humanidad el proceso del desarrollo de la cultura. (Sé que otros prefieren llamarla «civilización») A este proceso debemos lo mejor que hemos logrado y que hemos llegado a ser y, por cierto, también una buena parte de aquello a raíz de lo cual nos quejamos. Sus causas y orígenes son oscuros, su desenlace incierto, algunos de sus caracteres muy visibles. Acaso lleve a la extinción de la especie humana, pues inhibe y perjudica la función sexual en más de una manera, y ya hoy las razas incultas y las capas retrasadas de la población se multiplican con mayor rapidez que las de elevada cultura. Quizás este proceso sea comparable con la domesticación de ciertas especies animales; sin duda conlleva alteraciones corporales; pero el desarrollo de la cultura como un proceso orgánico de esa índole no ha pasado a ser todavía una representación familiar. Las alteraciones psíquicas no siempre deseables sobrevenidas con el proceso cultural son llamativas e indubitables. Consisten en un progresivo desplazamiento de los fines pulsionales y en una creciente limitación de las mociones pulsionales. Sensaciones que eran placenteras para nuestros ancestros se han vuelto para nosotros indiferentes o aun desagradables y hasta insoportables; la modificación de nuestras exigencias ideales éticas y estéticas parecen tener un fundamento orgánico. Entre los caracteres psicológicos de la cultura, dos parecen ser los más importantes: el fortalecimiento del intelecto, que empieza a gobernar a la vida pulsional, y la interiorización de las tendencias agresivas, con todas sus consecuencias ventajosas y peligrosas. Ahora bien, las actitudes psíquicas que se nos imponen cada día más por el proceso de la cultura son contradichas de la manera más flagrante y violenta por la guerra, y por eso nos vemos precisados a sublevarnos contra ella, lisa y llanamente no la soportamos más, estamos hartos de guerras. La nuestra no es una mera aversión intelectual y afectiva, sino que en nosotros, los pacifistas, se revuelve una intolerancia constitucional, una idiosincrasia extrema, por así decirlo. Y hasta parece que el rebajamiento estético implícito en la guerra contribuye a nuestra rebelión en grado no menor que sus crueldades.

¿Cuánto tiempo tendremos que esperar hasta que los otros también se vuelvan pacifistas? Sin duda no es posible decirlo, pero quizá finalmente no sea una esperanza utópica que la influencia de esos dos factores -el de la actitud cultural y el de la justificada angustia ante los efectos de una guerra futura-, haya de poner fin a las guerras en una época no lejana y antes de que la humanidad desaparezca de la Tierra como se extinguieron en una época determinada ciertas especies en otro tiempo dominantes. Por qué caminos o rodeos se logre tal vez este fin no podemos colegirlo. Por ahora sólo podemos decirnos: todo lo que promueva el desarrollo de una cultura que no se funde en la represión pulsional sino en una educación racional de lo pulsional trabaja también contra la guerra.

Lo saludo a usted cordialmente, y le pido disculpas si mi exposición lo ha defraudado y esperaba otra cosa de mí.

Suyo

Sigmund Freud

2Extraído de la web de la Facultad de Derecho, de la Universidad de la República, Uruguay.

Nota de la editora: lo que Freud llama “una educación racional de lo pulsional”, se refiere a la posibilidad de sublimar el empuje hacia lo que hace mal, para reconducirlo hacia algo que hace bien. Es una operación que permite «arrancarle» al sujeto a Tánatos para que se abrace a Eros, al deseo de vivir. Sublimación que tiene por vía regia al arte en sus distintas manifestaciones. Esa es la apuesta de este Patio de Artistas, promover al arte como suelo, base o apoyo para que cada uno pueda ganarse una vida que habilite a convivir en paz.

Un comentario en “¿Por qué la guerra? Cartas entre Albert Einstein y Sigmund Freud.”

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