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Prima Facie: Julieta Zylberberg dirigida por Andrea Garrote.

Una joven abogada construye una carrera exitosa como defensora de acusados de delitos sexuales. Conoce a la perfección cada una de las reglas del juego judicial y cómo hacer que la denunciante muestre todas sus cartas hasta ganarle de mano. Disfruta cada una de las absoluciones que consigue como signo de su valía profesional, porque entiende su trabajo de forma nada personal: ella sólo es uno de los engranajes necesarios para que el sistema funcione. De repente un hecho cuestiona esa manera de ver y escuchar a las víctimas. Ya nada es como antes, ni la posición ética de la triunfal abogada ni la comodidad de la butaca del espectador que ya no puede quedarse indiferente. La obra, interpretada con una contundencia apabullante por Julieta Zylberberg y magistralmente dirigida por Andrea Garrote. logra trasmitir con una gran sensibilidad y agudeza pedagógica el punto de vista de las víctimas de violencia de género y la revictimización que sufren por parte del sistema judicial y la sociedad.

Julieta Zylberberg en el papel de Romina, la brillante abogada penalista.

Prima Facie llega a la Argentina tras obtener un gran éxito en Londres, Broadway y Madrid. Es una obra valiente de la abogada penalista Suzie Miller sobre las fallas del sistema judicial en el tratamiento de la violencia de género y los delitos sexuales, que impiden que se haga justicia y atentan contra la libertad de las víctimas.

El texto tiene un alto valor pedagógico en tanto logra conmover al público con cuestiones que le pueden resultar ajenas o contrarias al discurso corriente. Por ejemplo, cuando la protagonista dice “Miremos a quien tenemos a la izquierda, miremos a quien tenemos la derecha, una de nosotras tres va a sufrir alguna forma de abuso”, inscribe las frías estadísticas en la piel del espectador.

También pone sobre las tablas, con una claridad meridiana, cuestiones que están hoy en el debate público en distintas geografías, como la controversia sobre el consentimiento, según el cual “sólo sí es sí” y toda persona tiene derecho a negarse a participar en una situación íntima, en cualquier instancia de la misma, sin que las acciones previas impliquen ninguna aceptación tácita.

Por otro lado, ataca la forma en la que se construye la verdad legal en tanto no hace lugar a la voz de la víctima, pretendiendo ingenua -o, quizás, perversamente- alcanzar la objetividad de la verdad cuando toda verdad se torna subjetiva desde el momento que parte de la experiencia o de la observación. Se le exige entonces a la víctima un relato coherente y sin olvidos, ignorando la acción que los mecanismos de defensa psíquicos operan en la memoria frente al trauma, aunque estos han sido explicados por infinidad de peritos. Y lo más terrible, aún, es que se la cuestiona en su posición, a partir de ideales cargados de prejuicios de lo que debe ser una víctima o cómo debe comportarse, desconociendo, incluso, el arrasamiento subjetivo que tal trauma le produce.

Andrea Garrote dirige con gran maestría a Julieta Zylberberg para que, con un trabajo físico enorme, logre hacernos recorrer distintos escenarios en medio de una puesta en escena minimalista. Por otro lado, el despliegue de registros actorales de Zylberberg para producir la transformación de su personaje de un extremo al otro del arco narrativo es francamente arrollador, a la vez que la actriz provoca sentimientos de complicidad en el espectador que lo comprometen con el tema de la obra.

De izq. a der., Julieta Zylberberg y Andrea Garrote, protagonista y directora de Prima Facie.

Prima Facie es una obra de gran relevancia en la actualidad, que hace honor a la función del teatro como expresión artística en tanto pone a la palestra aquello que las palabras no alcanzan a nombrar.

Flavia Mercier

El arte bajo el imperio del dedo pulgar

Cuando la obra logra alcanzar lo sublime, el espectador puede quedar embelesado por la belleza que esta desprende y que lo invita a “de-morarse”. Como un bordado en el alma, el hechizo produce ecos en la interioridad que traen un más allá en un silencio, cerrando los ojos. La experiencia que los artistas nos trasmiten dice que esto ocurre cuando la estética apunta al acontecimiento y no al impacto inmediato de lo evidente. La danza se vuelve sublime cuando el artista no sucumbe, sino que incluso se resiste, al empuje al movimiento, porque es en la retención de ese gesto o paso deseado donde se expresa lo que no fue, pero pulsa por hacerse presente. El despliegue acrobático llama la atención, produce impacto, puede, incluso, capturar la mirada, pero falla la mayoría de las veces en producir una imagen. Esa imagen es la que se anida -y se anuda- en la interioridad del espectador. El gesto tiene esa potencia. Él es una representación de un cúmulo de afectos, “la suma de una historia”, como alguna vez la definió Jaques Lacan. Es un movimiento perfecto en tanto conforma un decir, englobando lo que las palabras no alcanzan a nombrar. De allí la dificultad para producir un gesto que conmueva, porque ha de ser signo privilegiado de la extimidad, aquello que en el exterior se reconoce como el más fiel reflejo de la interioridad de quien lo recibe, pero no sin que quien lo produce ponga en juego lo íntimo de sí.

En el imperio del “me gusta”, hoy se torna imperioso ofrecer lo que puede agradar e, incluso, satisfacer al público, con efecto inmediato. Se persigue producir efecto más que afecto. Esto constituye un problema para el arte porque, por otro lado, la seña de identidad de la época -como bien señala Byung-Chul Han- es lo pulido, aquello que desliza fácilmente sin oponer ningún obstáculo ni reparo. Se deprecia el obstáculo, desestimando su función como lo que evita pasar de largo, sin afectarse, porque, justamente, la sobrevaloración de lo pulido persigue la no resistencia. Bajo la tiranía del like, el “objeto” de arte tiende a desprenderse de lo que puede hacer “objeción”, lo que puede ofrecer una resistencia a las modas y producir un punto de ruptura en la cultura, porque incomoda.

Por otro lado, tomar como tutela del quehacer artístico a plataformas digitales que acumulan videos que se reproducen hasta el infinito impulsados por oscuras fórmulas que privilegian los pulgares erectos, tapona la emergencia de lo original. La obra de arte, o la composición coreográfica, no es más que un objeto desprendido de lo verdadero para el artista. Podríamos pensar el estilo como aquellos matices que el artista le imprime a su obra por lo que le afecta, instándole a desplegar eso afectado en arte. El estilo resulta, entonces, de una serie de elecciones, en tanto se prefiere algún rasgo, gesto, forma o modo, entre otros. Se trataría de una elección que pone en juego lo íntimo y que se expresa en una manera propia de sí. Por añadidura, su público se va conformado por quienes se conmueven con esos detalles destacados.

Podríamos definir el estilo artístico en términos de un “destilado de aromas y gustos” que le da un sabor singular al baile o a la interpretación musical, una atmosfera al cuadro, un regusto al poema. Cabe recordar que es gracias a los tiempos de cocción y de reposo que el sabor resulta de la amalgama de ingredientes, destilando un aroma que despierta el apetito. De igual manera, un conjunto de elementos técnicos, por excelentes que sean no serán suficientes para generar un estilo propio si no se le da el tiempo para que este decante. Es en el trayecto que el artista irá encontrándolo, cuando las dificultades le hagan conocer sus límites y pongan a prueba su deseo. Es el obstáculo, la piedra en el camino, lo que materna la creatividad.

La función del maestro será la de dar apoyo mientras acompaña, a modo de un andamio que podrá retirarse cuando la casa de los conocimientos se asiente sobre unos cimientos sólidos y la estructura se disponga de tal manera que sea un sitio habitable, un lugar donde habitar. En sus orígenes, la figura del pedagogo era la del que acompañaba al niño o niña a la escuela. Esa mano que guía no la podrá dar nunca una plataforma digital cargada de videos. Lo pedagógico, es el acompañamiento por parte del maestro de un recorrido que el discípulo tiene que realizar por sí mismo.

En definitiva, cuando el arte rinde vasallaje al dedo pulgar, la obra queda expuesta al riesgo de transformarse en un mero objeto de consumo, y las artes escénicas como la danza, quedan desprovistas de aquello que jalona el alma del espectador, reduciéndose a la pura exhibición, al puro espectáculo. La encrucijada es cómo sostener la apuesta artística en este mundo que se rige por baremos que le son tan contrarios.

Flavia Mercier

(Estas ideas resulta del entretejido de las reflexiones oportunamente publicadas en Patio de Artistas, con motivo de las entrevistas a Sergio Cortazzo y Silvia Carlino, Javier Gardella, Fabián Irusquibelar y Fernando Rodríguez y Estefi Gómez)

“La Lección de Anatomía”, de Carlos Mathus.

Una pieza teatral que lleva 50 años representándose y ha trascendido todas las épocas, todos los actores y todos los públicos, no es fruto del puro azar. “La Lección de Anatomía” se ha ganado por derecho propio que quien no la haya visto aún, vaya a verla. En una serie de escenas “encadenadas”, Carlos Mathus dibujó con su texto una verdadera “disección” de las pasiones y razones humanas para no poder “soltar las cadenas”.

Si del latín “ana” es lo que está sobre o arriba; y “tome” es cortar, la anatomía nos hablaría de cortar de arriba a abajo para dejar expuesto el interior. En este caso un mundo de pulsiones reprimidas, o imposibles de reprimir, y su cristalización como síntoma.

La obra comienza mostrando cómo venimos al mundo: desnudos, desprovistos, de ropas y de otros hábitos e investiduras. Escena oportuna de una trama que recorre las distintas instancias de la formación psíquica de un sujeto, y ajustada a un estilo expresionista que vehiculiza el mensaje del autor no sólo con el texto sino fundamentalmente con la corporalidad del actor. Resulta, sin embargo, cuando menos injusto, que este célebre y celebrado desnudo sea lo que más haya trascendido de esta pieza teatral, opacando una gran trama que se teje encadenando escenas de “la vida cotidiana”. Cotidianamente alguien piensa en el suicidio o comete contra sí pequeños actos autolíticos dejándose “morir en vida”; o ignora al otro como si no existiera, sin atender su padecimiento.

Por otro lado, recordemos que la obra fue también en su momento un grito de protesta por la libertad de expresión. ¿Qué mayor libertad de expresión que la de un cuerpo vivo que despliega su belleza? Toda la obra está realizada con una gran belleza. La función de lo bello es justamente la de velar lo que la vista no tolera de ver al desnudo, descarnadamente. Así se podrá abordar, o al menos “bordear” el asunto, sin que produzca horror.

De ese desamparo inicial la obra nos lleva, no sólo través de las distintas instancias de formación psíquicas de un sujeto, sino, sobre todo, de sus fallas. Así se hace plausible cómo el sujeto puede quedar arrinconado en el vértice de las carencias de la función dadora y la función rectora. Se muestra, por ejemplo, cómo una función dadora cuando es ejercida de forma incondicional, puede volverse arrasadora. O cómo una función rectora es ejercida de manera perversa no habilitando el crecimiento de la hija o hijo, cerrándole paso en la cadena sucesoria de la vida, porque abrírselo representaría aceptar la propia finitud. Y cómo, en uno u otro caso, puede quedar confinado al lugar de puro objeto.

La pieza nos pondrá a cielo abierto cómo, dependiendo de las investiduras libidinales, el sujeto podrá entonces precipitarse en un vacío que le resulta puro agujero; o acabará aspirado por las aspiraciones de padres, pareja, propias o del sistema, hasta quedar sin aliento. Vemos también cómo los personajes van “desmembrándose” como en un ejercicio de anatomía forense, como si su cuerpo se les volviese ajeno, miembro a miembro, hasta llegar a estar ausentes de su propio cuerpo. O incluso, amputándose como sujeto deseante, no atreviéndose a jugársela, haciendo servir como excusas las imposiciones del “afuera”.

Flavia Mercier asistiendo a una función de la «Lección de Anatomía», bajo la dirección de Antonio Leiva, en el 2019.

En síntesis, La Lección de Anatomía nos lleva a reflexionar sobre cuál sería el corte necesario para acceder a una existencia real. Quizás aquel que se produzca desde el interior de las envolturas narcisistas con las que nos cubrieron los otros, como “rompiendo el cascarón”, desprendiéndose de esos hábitos y aspiraciones ajenas para dejarse habitar por el propio deseo.

Flavia Mercier

Canción para volver a casa – de Denise Despeyroux por T de Teatre.

Renata vuelve a la que había sido la casa de su madre en plena crisis existencial, y allí intenta retomar la amistad con Rita y con Greta que 26 años antes había quedado trunca. Desde entonces las tres han abandonado sus carreras de actrices y la potencia de la alegría que en el escenario encontraban. Mientras Renata tiene por delante la tarea de elaborar un duelo, Rita y Greta intentan encontrar algo que las rescate del impasse en el que han quedado sus vidas desde aquel gran éxito de un dramaturgo escocés que ahora anuncia su retirada, y que tuvo a las tres como protagonistas. En medio de su reencuentro, se cruzan con Jonás, un hipnotizador que está pendiente de un juicio por un suceso grave; y que a su vez está acompañado por Valentina, su fiel y devota asistente. A partir del encuentro de los cinco personajes, los enredos, engaños, autoengaños y disparates se multiplican por minuto. El espectador asiste así a una obra que trata con gran humor las distintas formas que adquiere el malestar de la época; hasta que, inesperadamente, una catastrófica coincidencia arremete como un tifón en la escena y ya no hay engaño al que aferrarse…

Escena de «Canción para volver a casa». En escena de izq. a der. Àgata Roca, Marta Pérez y Mamen Duch. Fotografía de Noemí Elías.

Renata, vuelve a la casa materna con un duelo por elaborar, aunque quizás son más de uno los duelos que tenga por elaborar, según deja entrever la trama. Hay algo en este personaje que recuerda a tantos que se aferran a un pensamiento mágico para evitar tramitar aquellas pérdidas consustanciales a la vida, y sobre todo para evitar “desprender…se”. Horrorizados ante la eventualidad de un quebranto, fantasean con ver señales -como si de estrellas que iluminaran la nocturnidad de la vida se tratasen- en lo que en realidad sería necesario podar para que nuevos brotes emerjan.

Rita y Greta no están mejor que Renata. Solo están haciendo “lo que pueden” con sus vidas. Veintiséis años atrás las tres habían tenido mucho éxito como actrices y se ilusionaban con un futuro prometedor. Ilusiones que no incluían el límite con lo real y, por tanto, tampoco un saber-hacer con eso. Hoy por hoy, mientras una cree que unas oposiciones que nunca logra aprobar le aportaran la serenidad que parece irremediablemente haber perdido; la otra disfraza a unos animales domésticos de solución para colmar alguna suerte de vacío que no se termina de nombrar… La obra lo dilucidará a su debido tiempo.

Entonces, el azar que a veces resulta catastrófico -tal que su efecto desequilibra todo forzando a un nuevo equilibrio-, las pone enfrente de Jonás, un hipnotizador o ilusionista -o incluso un “engañador profesional”- y alguien muy atemorizado. Su fiel asistente, Valentina, le pide que no se victimice, pero tampoco sabe cómo frenarlo ni frenarse a sí misma en su empuje a acompañarlo en todo, sin importar el qué ni el cómo. Se suceden los enredos, engaños, autoengaños y disparates, hasta que, inesperadamente, una “catastrófica” coincidencia desata todos los nudos.

Escena de «Canción para volver a casa». En escena de izq. a der.: Mamen Duch, Àgata Roca, Carme Pla y Marta Pérez. Fotografía de Noemí Elías.

La obra aborda distintas formas del malestar que un sujeto puede experimentar cuando no logra responsabilizarse de su deseo; y apunta a mostrarnos cómo un instante basta para que la vida se desbarate, regalándonos, a modo de una gema, una pregunta que nos interpela “¿Quién puede definir con precisión el comienzo de algo?” Es decir, ¿Cómo saber cuándo se gesta lo catastrófico? ¿Cuál será el mal paso que terminará en desvío? ¿Qué y cómo hacer para que el inevitable encuentro con el azar no se precipite en tragedia, sino que pueda devenir hallazgo?

Denise Despeyroux

Divertida, sorprendente y muy inteligente, la pieza teatral escrita y dirigida por Denise Despeyroux y magistralmente interpretada por T de Teatre, con Mamen Duch, Marta Pérez, Carme Pla, Àgata Roca, y Albert Ribalta en escena, resulta una muestra del mejor teatro que hoy se puede ver.

Flavia Mercier

Pundonor. Dirección: Andrea Garrote y Rafael Spregelburd.

La profesora Claudia Pérez Espinosa vuelve hoy a las aulas. Lo hace tras haber logrado un aprobado en su examen más difícil ante el gran Otro de las redes. Ese mismo que un tiempo atrás fue juez de su escarnio público, cuando se viralizaron las imágenes de un episodio por el que quedó expulsada de las aulas. Regresa de la mano de Michel Foucault, a quien tantas veces ha postulado desde su cátedra explicando la relación entre el saber y el poder, y cómo esta produce subjetividades que conducen al sometimiento cuando los sujetos se hacen objeto de ciertos discursos.

Según se entrevé en la trama, la profesora Claudia Pérez Espinosa padeció un olvido que la dejó en la mira de todos. El suceso podría pensarse como un acto fallido, en tanto lo que falló fue la realización de un deseo en acto. Que fuese justo ella que desde su cátedra promueve las ideas de Foucault quien haya sufrido ese despite, hace pensar que su propia docilidad ante tanta convención social se le volvió insoportable, revelándosele y, tal vez rebelándose. Expuesta a la mirada y a la burla de sus alumnos, la infalible profesora quedó raptada de la escena, como ausente, mientras todo el hecho era registrado.

La primera escena nos trae a Claudia de vuelta a las aulas, explicando los fundamentos del poder y, en especial, el binomio saber-poder, piedra fundamental de la teoría de Michael Foucault, luego de haber superado las consecuencias de ese funesto episodio, mejoría que demostró mostrándose en sus redes sociales.

Para Foucault, la Modernidad produjo un cambio en el paradigma del poder. Desde entonces, este se vehiculiza a través de una trama de relaciones estratégicas por las que unos intentan determinar las conductas de otros, quienes a su vez responden resistiéndose a esa determinación o ejerciéndola sobre aquellos. La perpetuación de esa influencia se logra mediante una alianza entre el poder y el saber. Los discursos que son funcionales al ejercicio de dicha influencia son promovidos como portadores de la verdad. En ese sentido, ciertos discursos alientan modelos de vida o roles sociales, determinando subjetividades que “voluntariamente” se sometan a un poder que se consolida como hegemónico. Es decir, dominante. Se transforma así en un biopoder, en tanto las maneras de vivir se ven condicionadas por los discursos que sostienen un statu quo de poder.

La pieza teatral tiene la genialidad de entretejer esta teoría con los usos y abusos que se hacen hoy en día de las redes sociales, llevando al espectador a reflexionar sobre el Pundonor. Del catalán punt d’honor -punto de honor-, se refiere al sentimiento de dignidad personal que se cimenta en el conjunto de características en las que la persona cree que se fundamenta su valía. Es aquel punto que podemos decidir no cruzar, para hacer posible un goce íntimo, para dejar algo “en reserva”. Una reserva de sí mismo que servirá para cuando sea necesario “jugársela” para “ganarse la vida”. Ganancia de vida privada que alguien obtiene cuando se priva de dejar todo publicado, cuando, como en aquel juego de niños en el que había que esconderse, se gana un lugar para refugiarse cuando no se pierde por haber quedado expuesto.

Andrea Garrote en el papel de la profesora Claudia Pérez Espinosa.

Por otro lado, la obra también interpela respecto de cierto goce perverso que se experimenta con la ignominia o la injuria del otro. Una cuestión a la orden del día viendo cómo se trocan las redes en tribunales de una falsa moral, muy funcionales a los discursos hegemónicos. Oscuros y superyoicos, ciertos dioses hoy se instituyen en el discurso mediático como otrora lo hacían en la cultura, según lo que explicaba Freud, y son percibidos exigiendo castigo. Una sed que es necesario calmar ofreciendo a alguien en ofrenda sacrificial. Dioses del odio, la envidia y la maldad que provocan los rasgos más perversos del sujeto neurótico.

Andrea Garrote con Rafael Spregelburd.

En codirección con Rafael Spregelburd, reconocido actor, director, dramaturgo, escritor y maestro de actores cuyas obras han sido traducidas a varios idiomas, y magistralmente escrita e interpretada por Andrea Garrote -actriz, directora, dramaturga y maestra de actores-, quien nos subyuga con la vehemencia de su personaje para enseñarnos las ideas de Foucault. La obra fue ganadora del Premio Konex 2021 como mejor unipersonal de la década y Andrea Garrote fue nominada como mejor actriz protagónica en los Premios Trinidad Guevara 2019. Obra ganadora del premio Teatro XXI a la Mejor Obra Dramática 2019 por GETEA (Grupo de Estudios de Teatro Iberoamericano y Argentino) y ganadora de la Fiesta del Teatro de la Ciudad de Buenos Aires (INT).

Flavia Mercier con Andrea Garrote después de una función de Pundonor, durante la temporada 2019 en Buenos Aires.

Una pieza teatral de plena actualidad para reflexionar sobre algunas de las formas no tan obvias del odio al otro y al otro de sí.

Flavia Mercier