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Juampy Ramírez y Daniel Arroyo: “Integrémonos todos y bailemos”

Juampy Ramírez y Daniel Arroyo, fueron mucho más allá que a mostrar que los roles no estaban cosidos al género, sino que el tango es arte y, por tanto, una vía para expresarse con libertad. Su apuesta artística fue rupturista desde la estética hasta la ética, dando a ver no sólo otro tipo de vestimenta, sino shows que entre el drama y el humor y promovieran no etiquetar a las personas, incluso dentro del ambiente queer que los tiene como referentes. Con una amplia formación artística que en el caso de Juampy incluye un exitoso paso por el flamenco y la formación en otras danzas, y en el caso de Dani el diseño de vestuario, ambos se han preocupado de formarse y conocer a fondo el arte tanguero que intentan enriquecer con su propuesta, hasta desarrollar un estilo único en este universo artístico. En otra vertiente artística, destaca especialmente su paso por el Grupo Caviar bajo la dirección de Jean François Casanovas y junto a Walter Soares. Una hermosa entrevista, sensible y divertida como ellos.

Cuéntenme que los llevó a bailar.

Dani: En mi caso fue consecuencia de un mal momento, porque mis padres se estaban separando. Fue un momento muy caótico y pensé “O me tiro de un balcón o…”

...o empiezo a bailar. (risas). ¿Qué edad tenías?

D: 14 cuando empecé; 13 cuando se estaban separando.

¿Y cómo sucedió?

D: Unos de mis mejores amigos -el que me defendía de todo el “bullying” que sufría- me contó que tenía una amiga que bailaba tango y flamenco. “¿Tango? ¿Qué es eso?”, me quedó dando vueltas y, como todo lo que venía de él era bueno, lo busqué en YouTube. Y vi una pareja, ¡súper dramáticos ellos!, no recuerdo quiénes eran, el tango era “Quejas de bandoneón”. Lo miré unas doscientas veces. Bailaba en mi habitación, me imaginaba cosas súper interesantes. Hasta que un día pregunté si alguno conocía una academia para estudiar tango. “Sí, mi tío tiene una”, dijo un compañero. Y así entré en el mundo del tango.

¿Y vos Juampy?

Juampy: Estaba en el último año del secundario, bachillerato biológico porque quería ser bioquímico, y una compañera me invita a una clase de tango porque no tenía con quien ir y sabía que a mí me gustaba bailar. Quedamos en el Centro Cultural de Santa Fe, pero nos desencontramos, y dije: “Bueno, no llega ¿Qué hago?”. Miré alrededor y vi una publicidad de clases de flamenco y me fui a tomar las clases al Centro Balear de Santa Fe. Me acuerdo cuando entré, mi profesora, Marta Bernazano, con su falda a lunares, el pelo muy negro y largo. Ella era de Santa Fe, aunque había vivido en España, y había vuelto hacía un año. Así empecé flamenco y ya me cambió la cabeza.

“Bioquímica, no”, dijiste.

J: Dije: “Quiero esto”.

¿Y cómo pasaste del flamenco al tango?

J: En el 2005, cuando ya estaba instalado en Buenos Aires, casi unos 10 años después. Yo bailaba flamenco desde el ’96 y viajaba a Buenos Aires desde el 2000 para tomar seminarios de flamenco. Mi maestra me había dicho: “Bueno, yo te veo condiciones. Ponete a estudiar ballet”, para mejorar mi formación. Y así hice, aunque un poco protestando. Estudié ballet en el “Liceo Municipal de Santa Fe”, en el “Seminario Provincial”, y con maestros privados, además de jazz y contemporáneo.

Y, un día en el 2005, ya viviendo en Buenos Aires, una alumna de flamenco me hace escuchar a Martirio cantando “En esta tarde gris” sobre una base de flamenco, y me estalló la cabeza. “¡Quiero hacer este tema! Me gustaría hacer algo donde se encuentren el tango y el flamenco, no que se fusionen”, dije, inspirándome en una idea de Martirio que dice que “el tango y el flamenco nacen en el corazón, ambos son sentimientos que se bailan”.

¿Cuál sería la diferencia entre un encuentro y una fusión?

J: A mí el encuentro me parece más poético. Me parece más sensible, emocional, y del momento. Es como encontrarte con alguien: sucede según como va fluyendo. Un encuentro puede suceder o no, y puede tener un montón de colores, formas y sensaciones. Fusión es un término más técnico, que me remite a una cuestión más de análisis y estudio, del que devendrán también colores, sensaciones, se generarán cosas, pero a partir de un análisis intelectual previo. Mientras que el encuentro- en mi idea, en mi cabeza- es más espontáneo, va más directamente a lo sensible. Por eso hablaba de encuentro entre el tango y el flamenco, dos danzas tan potentes, porque me imaginaba un encuentro entre las emociones y profundidades que comparten.

«A mí el encuentro me parece más poético. …es más espontáneo, va más directamente a lo sensible. …Fusión es un término más técnico, …a partir de un análisis intelectual previo. …Por eso hablaba de encuentro entre el tango y el flamenco, dos danzas tan potentes, porque me imaginaba un encuentro entre las emociones y profundidades que comparten.»

Juampy Ramírez

¿Cómo continuó tu viaje del flamenco al tango?

J: Con esa idea ya en la cabeza, una noche que estaba con un chico con el que salía, escuchamos un tango al pasar por una milonga que quedaba por Independencia y Perú, y nos metimos. De repente ponen como cortina a Martirio y yo, que estaba medio en pedo, me pongo a bailarle a él. Cuando termino estaba toda la gente mirando y aplaudiendo. Al toque el Gordo Carlos Amaya me propone: “¡Che! ¿No querés venir a hacer una exhibición?” “Bueno, dale”.

Voy, llego dos horas antes, me quedo mirando la pista, y fue un flash. Yo desconocía el tango social, para mí sólo había tango escenario. Me encontré con una alumna de Pilates, y le pedí que me explique cómo funcionaba. “Hay gente que se conoce, gente que no, se cabecean …”, me explicó todo el ritual. Hasta que me dijo algo que me explotó la cabeza: “…y van improvisando…”. “¿Cómo que van improvisando?” “Sí.” “¡Uff! ¡Quiero estudiar esto!” Al otro día me fui a tomar una clase, pero era un señor mayor que hablaba en términos de “el macho, la mina…”, así que mucho no me enganché. Más allá que sea gay, siempre me sentí más identificado con el universo femenino y quería saber qué pasaría con la gente si vieran a un chico haciendo el rol de chica. Así que averigüé para hacer clases de tango queer, y me fui enganchando.

¿Con quién empezaste?

J: Empecé con Vilma Vega. Cinco meses trabajé con Vilma, hasta que ella me dijo: “MIrá, si querés técnica, andá a estudiar con Aurora Lubiz”. Y me recomendó que milongueara. “Todo lo que estudies, si tenés alguien con quien ensayar, ensayá, pero la milonga es donde vos vas a aprender, porque bailás con uno, con otro, con otro.”

Empecé a ir a “Cochabamba”, además de la milonga Queer, para milonguear todos los días y para explorar qué pasaba con la gente porque ni me planteaba ponerme el trajecito, la corbata, la gomina y hacerme el malevo. Quería hacer otra cosa porque ya lo venía haciendo con el flamenco. Un día en el show de una amiga dije “Quiero salir con una bata de cola” y desde ahí siempre busqué hacer cosas diferentes, no tan “cuadradas”.

Juampy Ramírez.

Y vos Daniel, ¿qué buscabas en el tango en ese momento personal complicado?

D: Creo que me llamó la atención la conexión. Quizás porque yo no tenía mucha conexión con nadie, salvo con mi mamá. Mi conexión con el mundo era internet.

¿Y cómo fue tu recorrido hasta que encontrás a Juampy?

D: Había empezado a estudiar diseño integral porque mi familia me decía que no podía vivir del arte y tenía que estudiar algo, y yo quería algo artístico, pero no sabía qué. Así que entré en diseño integral que incluía todos los diseños. Hasta que, en el 2012, mi mamá me dice: “Voy a recibir un dinero, así que elige: o una semana en París o un mes en Bueno Aires”. Y le dije “una semana en París”, pero mi mamá me dijo: “No, un mes en Buenos Aires porque, en realidad, tú bailas tango”. Y yo que había estado estudiando francés para irme a París, me fui a Buenos Aires.

¿Qué quería decir tu mamá con ese “en realidad, tú bailas tango”? ¿Reconocía que era lo que verdaderamente te gustaba más allá de los estudios de diseño?

D: No sé, creo que un montón de cosas. ¿Viste que las madres siempre tienen un montón de razones de por qué dicen lo que dicen? Creo que también se sentía más segura si iba a Buenos Aires porque éramos un grupo de bailarines. Íbamos a ver el “Mundial”. Yo no quería ir porque no podía competir, tenía 17 años. Pero fui y vi el “Mundial”, y me imaginé a mí mismo bailando ahí. Y empecé a milonguear, milonguear, y milonguear.

Estaba medio deprimido, porque era mi primera vez solo, sentía que estaba necesitando algo y no sabía qué era. En parte era Bueno Aires: las calles mucho más grandes, ¡los adoquines!, yo no sabía que era eso y estaba parando por San Telmo. ¡Y los edificios! Pensá que yo no había ido nunca a Caracas más que dos días para comprar unas lentejuelas porque ahí salían más baratas. Fue potente. Me quedé enamorado de Buenos Aires. Y un día, ya de vuelta en Venezuela, estaba haciendo unos catorce diseños -unas cosas super locas que tenía que entregar al día siguiente y que me tomaban cada una unas siete horas hacerlas- y, de repente, cuando iría por el diseño ocho, rompí todo y le escribí a Juampy: “Me voy a Buenos Aires”.

«Yo creo que el tango tiene mucha potencia para la comunicación porque permite a personas que han experimentado situaciones terribles tener un diálogo con otro, sin tener que dar explicaciones, y sólo a través del abrazo.»

Daniel Arroyo

¡Ah! ¿Ya lo conocías del primer viaje a Juampy?

D: Sí, nos habíamos conocido en “La Marshal” (primera milonga queer de Buenos Aires). Ahí nos conocimos y fue …. (gesticula significando increíble) Empezamos a bailar por todas las milongas.

J: Sí, me acuerdo que un amigo me había dicho “¿Bailaste con el chico venezolano?, dicen que baila re lindo”. Lo vi entrar, lo vi bailar y me animé a sacarlo. Y bailamos. Creo que era una tanda de Pugliese.

¡Intenso!

J: Sí, muy intenso. ¿Viste cuando terminás de bailar y no podés decir nada hasta que empieza el otro tango y quedás así un rato, como reaccionando, hasta que caes de nuevo a tierra? Bueno, así. Y de ahí, nos fuimos cruzando en la milonga, porque yo también estaba buscando alguien que se copara en acompañarme a las milongas.

La verdad es que nos divertimos mucho aquel mes yendo a bailar. Quedábamos a eso de las 10 u 11 de la noche y volvíamos todos los días tipo 6 de la mañana.

D: ¡A comer medialunas! 894 medialunas. Comíamos medialunas como dos vaquillonas

J: ¡Sí!, bajábamos en Belgrano y Saenz Peña del 168 (autobús urbano) y caminábamos 3 cuadras hasta la panadería.

D: Y cada medialuna estaba como 2,50 pesos.

J: Y después de ahí, aclarando el amanecer, íbamos por Belgrano con la medialuna y el café, y cada uno a su casa.

¿Cómo llegó la decisión de formar una pareja de baile?

J: Habíamos conectado muy fuerte, y en todos los lugares que íbamos la gente nos decía: “Che, ¡qué lindo que bailan! Tienen que hacer algo juntos porque se los ve re lindo”.Hasta que un amigo, Hernán Martínez, nos propone dirigirnos. Y en el tercer ensayo dice: “Chicos, yo no voy a poder trabajar con ustedes, no vamos a poder hacer nada, me rindo. Ustedes creen que son dos gotas de agua y son como el agua y el aceite.” Hernán nos rompió la fantasía que nosotros estábamos creando en nuestra cabeza. Me acuerdo que caminamos como quince cuadras, en silencio…

Con los ecos de las palabras de Hernán retumbando en sus cabezas.

J: Total. Nos sentamos en las escalinatas de la iglesia que está en Belgrano y Defensa, y no me acuerdo si te lo dije yo (dirigiéndose a Dani) o vos me dijiste a mí: “¿Llamo la combi?” (“furgoneta”, transporte para el aeropuerto). Y ahí estallamos de la risa y nos dimos cuenta que éramos dos energías completamente diferentes que nos encastrábamos en el baile, pero sólo cuando bailábamos, después en la vida real nos queríamos matar a veces. Ahora estamos más centrados, nos conocemos más, pasamos un montón de cosas juntos, fuimos creciendo, el vínculo fue desarrollándose.

Fue como en “La Viruta” cuando encienden la luz a las 6 de la mañana.

J: ¡Claro! (risas) Caes en la realidad. Nosotros atravesamos esa instancia.

Lo nuestro se fue armando, pero uno nunca tiene la certeza de si va a funcionar. Aunque, no es por mandarme la parte, pero siempre que dije “voy a trabajar con esta persona”, fue una decisión acertada.

¿En qué te basás para decirlo? ¿En la energía que te trasmite?

J: Hay algo que me dice: “Es esta persona”. Tiene que ver con algo parecido a la “comodidad” pero esa no es la palabra…

Fluye.

J: Exactamente. Fluye. Y así fue. Cuando él me escribe, ¡en mayúsculas!, ¡VOY A BUENOS AIRES!, yo justo buscaba un cambio de vida: no quería trabajar más donde estaba y me mudaba solo. “Dale, venite y vemos de hacer algo.” La verdad es que los dos estábamos más o menos. Él que dejaba todo en Venezuela, yo que, después de 8 años, dejaba un lugar que había ayudado a levantar. Me agarró un poco la “depre” (depresión)…

¿Y vos Dani? ¿Con qué rompías cuando rompiste todos esos diseños?

D: Me di cuenta que mi familia quería convertirme en una imagen que yo no quería. Yo quería viajar por el mundo, desarrollarme, no quería vivir como ellos. Yo sentía que ellos vivían de una manera muy clásica. La verdad es que eran unos diseños increíbles, inspirados en Alexandre Mc Queen. Luego pensé “¿cómo pude haber roto todo esto?”

Daniel Arroyo.

¿Cómo fueron los comienzos?, ¿difíciles?

J: Difícil fue todo.

D: Creo que también fue difícil encontrar la simbología de lo que hacemos, nuestra bandera, lo que somos. Ya había quienes venían generando una movida potente para cambiar las cosas. Estaban los hermanos Macana, Claudio (González), Augusto (La Marshal). Nosotros no nos queríamos quedar en la movida Queer, porque no nos sentimos solamente queer, somos más del género no binario. A mí si me dicen nena, todo bien, y si me dicen nene, todo bien también. Por eso creo que íbamos a “La Viruta” o a “Canning”, para decirle a ese público que también podían bailar como quisieran.

J: Sí, no solamente tender un puente desde lo queer hacia lo tradicional, sino incluso romper ese puente. Poder decir: “integrémonos todos y bailemos”.

¿Querían hacer sus shows en esas milongas tradicionales o milonguear?

J: Las dos vertientes. Teníamos claro que queríamos trabajar como cualquier pareja de baile en el ambiente del tango, proyectando nuestras ideas también en esos espacios. Fue difícil, porque no había nadie ofreciendo eso ahí. Pero, justamente por eso mismo yo pensaba que podíamos hacer lo que tuviéramos ganas. Todavía no sabía lo que sería, pero sabía que podíamos hacer algo que trascendiera.

Me acuerdo de la primera vez que fuimos a Canning: estuvimos como veinte minutos sin salir a bailar. Hasta que le dije a Dani: “Bueno, vamos ahora”. Terminamos el primer tango temblando. No por nosotros, era el afuera que estaba todo dirigido a nosotros.

Estamos hablando de hace 10 años. ¡Cómo han cambiado las cosas en esta década! ¿Llegaron a echarlos de alguna milonga?

J: No, eso no. Sí, nos pusieran la traba o nos empujaron. Era difícil, por eso y por la situación económica. Nosotros intentábamos dar clases y bailar, pero teníamos muy poco trabajo. Vivíamos a arroz, té y galletitas. Me acuerdo que íbamos a pedir sobrecitos de azúcar a la estación de servicio.

Y nos íbamos caminando desde Carabobo y Rivadavia hasta “Malcom”o “La Viruta”  porque teníamos para pagar “un” boleto y preferíamos que fuese la vuelta.

D: Y con unas “Crocs” falsas y rotas. Sentía un frío que no me lo voy a olvidar nunca. Desde entonces, cuando me compro zapatos, me agarra una cosa: “¡Oh, tengo zapatos, gracias a Dios!” En ese momento sólo teníamos para comprar el par de zapatos de tango y listo.

J: Me acuerdo que, cuando empezaba a caer la noche, a mí me agarraba una angustia (con énfasis) … Entonces le decía a Dani: “Abrigate, vamos a bailar”. Hiciera lluvia, frío o calor, nos íbamos. Entonces, ir a bailar y encontrarte con todas esas situaciones era duro. Hasta que empezaron a cambiar las cosas por el “Mundial”, en el 2014.

¿Por qué empezaron a cambiar las cosas con el Mundial?

J: Porque la chica que nos inscribía, al ver que éramos una pareja de chicos, dijo “llamame a prensa” y nos hicieron una nota en Clarín, de una página, con una foto nuestra. A partir de ahí empezó a llamar más la atención lo que estábamos haciendo. La gente empezó a decirnos: “¿Ustedes son los que salieron en el diario?” “Sí, somos.”

Juampy y Dani compitiendo en el Mundial de Tango Pista.

J: Y otra cosa que influyó mucho, también, fue que, más tarde en ese mismo año, empezamos a trabajar con el “Grupo Caviar” de Jean François Casanovas y Walter Soares. Trabajar con Jean François nos terminó de ayudar a ver lo que queríamos. Él nos dio toda una estética. Nosotros ya teníamos claro que queríamos tener una estética diferente a la típica del tango, y que queríamos bailar con tacos, e ir descubriendo lo que éramos a través del baile. Él nos puso en un cuadro con corsé, tacos, medias y portaligas, y en otro con smoking y gomina, aunque todo, siempre, con el toque Caviar. A partir de ahí, sin copiar a Caviar, empezamos a definir nuestro estilo estético, jugando un poco a lo andrógino a partir del maquillaje.

¿Y cómo fue esa primera experiencia de estar en un escenario importante como el que podía estar el Grupo Caviar? ¿Sintieron un “¡Para esto me preparé yo!”?

J: Fue el escenario del Maipo. Dani había conocido a un tal Walter y me dice: “Nos va a llamar porque tiene un espectáculo en un teatro”. “Bueno”, dije yo. Estábamos milongueando en la Plaza Dorrego, suena el celular, “¡Walter!”, dice Dani, todo feliz. Empieza a hablar y, de repente, me dice… “para el Teatro Maipo…” A mí se congeló la piel. “…del Grupo Caviar…”, “…Jean François Casanovas”. Me iba tirando toda la data, y yo sí sentí “esto es lo que he querido toda mi vida”. “Walter Soares”, “Grupo Caviar”, “Jean François Casanovas”… ¡Guauu!

“El universo escuchó”, dijiste vos.

J: ¡Claro! Yo los había visto en televisión cuando tenía 13 años y nunca jamás hubiera podido pensar que iba a trabajar con el Grupo Caviar y Jean François y Walter. Imaginate cuando Dani me dice “Mañana tenemos que ir al Maipo, para empezar un show el lunes. Vamos a audicionar con Jean François Casanovas”. Fue un flash.

D: La verdad es que yo estaba recién llegado a Buenos Aires, y no tenía idea ni quién era el Grupo Caviar, ni entendía nada del mundo Drac. Con Walter nos conocimos en la milonga Queer. A partir de ahí, empezamos a compartir cosas muy lindas. Él empezó a mostrarme películas de Marilyn Monroe, Audrey Hepburn, Yma Zúmac, todas divas que influenciaron al arte Drac. ¡Y al mundo! Y yo siempre le decía a Juampy “Walter es divino, tiene una creatividad increíble, hace unos vestuarios, …” Un día Walter nos ve bailar y me dice “Ustedes tienen que estar con nosotros en el teatro”. Hasta ahí yo le hablaba a Juampy de Walter y no le sonaba nada. Hasta que le digo “Walter Soares” …

¿Y cómo fue trabajar con Jean François Casanovas?

D: Por un lado, sentías que te iba a matar, porque era muy directo. Pero, a la vez, era muy dulce, tan maternal, tan hermoso, tan fino. A mí me pasaba CD’s y me decía: “Escuchate esto que les puede servir”. O me decía: “Yo hice este número así, con esto, con esto, y con esto.” Por ejemplo, me regaló un CD de Yma Súmac del que ahorita estamos haciendo muchísimos temas, y en el que hay una versión del tema de “Birds” -que él me explicó como lo hacía con unos streapers a su alrededor y nadie entendía nada en aquella época-, que hacemos en “Fénix” (show) y llamamos “Chuncho”. Compartir un espacio con él fue una experiencia muy placentera.

J: Me acuerdo de una temporada en la que bailábamos una coreografía que le íbamos mostrando a medida que íbamos improvisando, y él siempre nos decía algo, nunca llegábamos a que dijera: “Sí, va por ahí”. No terminábamos de encontrarle la vuelta.

D: Hasta que un día vino y nos dijo: “Chicos, ustedes no están haciendo el final que habíamos hablado.” Y entonces ahí tú le preguntas…

J:“¿Qué querés de este baile? ¿Qué idea tenés?” “Yo quiero que cuando la gente los vea tenga la misma sensación que al mirar la estatua del Tutankamon.”

¿Magnificencia?

D: ¡Sí!

J: Y nos liquidó.

D: Es tremendo, te pone al límite. Me acuerdo que yo le dije: “¿Pero no oíste los aplausos, Jean François?” Y me dice: “A veces la gente aplaude cualquier mierda” “Ustedes pueden hacer más que lo que hicieron.”

J: Recién a la quinta función, yo salgo, lo miro porque esa vez nosotros sentíamos que había pasado algo, y me dijo “sí” y se fue.

D: ¡Sí! Fue hermoso.

¿Podrían intentar ahondar más sobre eso que sintieron esa vez?

J: Algo que para mí tiene que ver con el arte. Libertad. De repente no tenés piel, sos parte del universo.

«…la idea que intento trasmitir a colegas y, sobre todo a los alumnos, es que el tango es arte y el arte nos puede cambiar la vida. Para mí que la gente tome consciencia de eso ya es un montón, porque creo que cualquier persona que se deje atravesar por el arte, experimenta otra libertad. El arte te abre la cabeza.»

Juampy Ramírez

¿Trabajando con el grupo Caviar nace tu Drac, Dani?

D: Al entrar al grupo Caviar fui encontrando esa figura femenina desde el maquillaje. Jean François nos enseñó la técnica. Yo tenía mucho miedo de hacer Drac, porque mi familia me había aceptado como gay, pero serio, nada de maquillarme ¿no? (risas). Entrar al Drac fue sentir eso femenino que ya sentía desde chico, y después relajarme y vestirme de chico, y después volver. Ese entrar y salir fue lo que lo hizo posible, creo.

¿Es una actividad al margen del tango?

D: Exactamente. Juampy siempre me decía: “Vos tenés que crearte tu propia vida. No puedes pensar que vamos a estar siempre juntos”. Y yo “No, no, yo quiero estar siempre con Juampy” (con voz dramática) (risas). Claro, yo pasé de no haberme separado nunca de mi familia a estar solo con Juampy. Entonces Juampy era mi tía, mi abuela, mi prima, mi familia, ¡todo! Para mí era un drama buscar algo aparte de él, pero después fui entendiendo que yo tengo una personalidad que está bueno que desarrolle y eso no significa que lo voy a dejar de ver o que va a dejar de ser mi familia.

¿Y cómo llegaron a este momento en que Dani se viene a vivir a Europa y vos te quedás en Argentina y trabajas con otros?

D: Yo creo que fue a partir del momento de todos mis celos. En ese momento, realmente nos planteamos de dejar de hacer lo que hacíamos.

¿Dejar de hacerlo juntos, o simplemente dejar de hacerlo?

J: Dejar de hacerlo juntos, yo lo sentí así.

D: Para mí fue más un dejar de hacerlo, punto. Dejo el tango y me voy. Y así terminé en Berlín volviendo al diseño de moda. Pero luego me di cuenta que no quería hacer diseño de moda y me puse a estudiar alemán. Y así muchas cosas, hasta que dije: “Me tengo que quedar tranquilo. Está bien trabajar con energía, pero no atragantarme.”

¿Entonces fue cuando vos Juampy empezaste a trabajar con otros?

J: Porque me dejó, … ¡sola! (con tono melodramático) (risas). Pero también porque, a veces, yo sentía la necesidad de probar bailar con otra gente. Con el flamenco yo estaba acostumbrado a trabajar con diferentes personas, nunca había trabajado exclusivamente con alguien. Y me gustaba bailar con un chico que estaba “medio” saliendo con él (Dani), y él se ponía “re” celoso.

D: ¡Vos estuviste con él! (grita con tono de melodrama), yo le decía. Bien venezolana. Era una novela (risas)

J: Eran verdaderos capítulos de novela. Venezolana por parte de él, él era Grecia Colmenares, Caridad Canelón, todas las venezolanas juntas. Pero yo no era menos. Yo era Andrea del Boca, Luisa Kuliok, imaginate lo que eran las peleas (risas).

¿No se plantearon nunca llevar algo de eso al escenario?

D: Bueno desde ahí fue que empezamos a buscar toda esa cosa dramática en escena. De ahí salió “Dos rosas y un clavel”

J: Un día, trabajando con Nico Marini, tuvimos una charla para terminar las peleas, y yo les sugerí que hiciéramos algo con eso. Ahí ya nos empezamos a divertir y a meterle comedia a la performance.

Un buen ejemplo de sublimación: volcar una energía destructiva en la creación de algo bello. Pero, te fuiste igual, Dani. Y vos empezaste a bailar con otros, Juampy.

J: Porque a él le había quedado la idea de irse a vivir a Berlín y yo quería quedarme en Buenos Aires. Y en el 2019, cuando estábamos de gira, tengo un accidente serio con un ojo y tuve que volver de urgencia a Buenos Aires y Dani se queda en Berlín. Cuando me recupero me reencuentro con Ángela Meléndez D’Lima y le planteo que arranquemos con Guille Cerneaz un proyecto que teníamos pendiente desde el 2018. Habíamos hecho unos videos con Ángela y Krishna Olmedo y, cuando pensamos en hacer el show, Krishna no podía y entra Guille.

D: Antes habíamos hecho algo también con María Volonté y Kevin Carrel Footer. ¡Un delirio! Una cosa muy dramática. María cantaba “Ne me quittes pas”.

J: María chocha porque nos había pedido salir de su zona de confort. Y también nos habían llamado Mariana y Capussi para hacer algo los cuatro, y como ya habíamos pegado buena onda, cuando Dani se va, me sumo yo a ellos. Y durante la pandemia me mudé con Agustina Leoni -que es clown, bailarina y cantautora-; y, empezamos a hacer el dúo “Les chiqués” en cuarentena. Y, hace poco empecé a trabajar con Martín Lasiar que también tiene una formación muy linda de ballet y contemporáneo.

¿Y vos Dani? ¿Estuviste bailando con otras parejas?

D: Yo he estado probando hacer cosas más tradicionales con Ángeles Carrión en México y con una bailarina de Latvia, Karina Lilu Dovbush, pero nuevamente, algo en mí no encajaba, quería estar más libre. Y desde hace poco empecé a trabajar con Manuela Marce. Con Manuela nos conocíamos de un proyecto con Elina Roldán, un corto sobre su vida y trayectoria como maestra y bailarina, que Manuela al final no pudo hacer por cuestiones personales. Y ahora que nos reencontramos en Barcelona estamos empezando a crear cosas juntos, con una visión un poco tradicional pero más teatral, y también inspirada en procesos naturales, elementos químicos.

¿Y en Europa trabajan sólo en un circuito de Tango Queer o más general?

J: Al igual que como lo hemos hecho en Buenos Aires intentamos no cerrarnos al ambiente queer y trabajar como cualquier otra pareja de baile. De hecho, cuando vienen y nos dicen: “Ah, ustedes hacen tango queer”. Yo contesto: “Nosotros hacemos tango. Tratemos de no rotular”. Con lo cual trabajamos un 80% en milongas tradicionales y un 20% en milongas queer.

D: También pasa que tenemos como una especie de choque con el mundo queer. Porque en ese mundo hay gente que ha sufrido muchos más destratos que nosotros y son, quizás, más sensibles a ciertas cuestiones. Entonces, a la hora de explicar la técnica, si les decís, por ejemplo “la apertura se hace hasta acá y pones el pie así”-, te dicen “yo lo hago a mi manera porque yo soy libre”.

J: Nos pasó bastante los primeros años, de explicar algo técnico y que te digan: “Ah, no, eso es muy tradicional. Nosotros somos queer y queremos romper”.

«Ambos hablábamos mucho de romper en un momento. Desde la rabia interna que teníamos, creo, rabia por querer expresarnos y ser aceptados. Con el tiempo el tango nos enseñó que la aceptación viene de una cuestión interna, aunque nos tomó unos 15 años verlo . Hoy creo que romper es también una forma de evolucionar, en la evolución hay una ruptura porque dejas de hacer lo mismo, de tomar los mismos caminos de siempre, para generar nuevas posibilidades.»

Daniel Arroyo.

«Si querés romper una estructura, primero tenés que saber cómo es. (…) ¿Querés armar un edificio redondo? Bueno, primero tenés que saber cómo se hace el edificio cuadrado porque ahí está la base de toda la estructura.»

Juampy Ramírez

¿Qué sería entonces, el tango queer? ¿En qué se diferencia del tango tradicional?

D: Es una forma de bailar tango en la que no hay roles predeterminados.

J: Exactamente, pero, por eso mismo, nunca terminan de entender un rol, para después romperlo. Si querés romper una estructura, primero tenés que saber cómo es. Al menos, basate en la música para que el otro entienda lo que querés hacer, que el movimiento -el que sea- tenga un sentido, una lógica para la comunicación con el otro.

¿Querés armar un edificio redondo? Bueno, primero tenés que saber cómo se hace el edificio cuadrado porque ahí está la base de toda la estructura.

¿Y cuál sería la base del edificio? ¿Por dónde arrancan a construir el edificio?

J: Para mí lo primero es que la persona entienda su cuerpo, porque a través de entender tu cuerpo vas a entender lo que el otro podrá hacer, o cómo se va a mover. Tenés que conocerte y sentirte cómodo con tu movimiento, primero.

D: Yo siempre digo, lo más importante es sentirse cómodo.

J: Y sí, porque para bailar incómodo, me voy a tomar un helado.

¿Pero, qué pasa si el estar cómodo de uno hace sentir incómodo al otro?

J: Entender la propia comodidad para, justamente, entender si el otro está cómodo. Porque es un baile de a dos, si fuera un baile de uno solo bastaría con entender la propia comodidad. Se trata de sensibilizarte al cuerpo del otro. Y que el abrazo sea con “cariño”, para disfrutar. Vamos a compartir y para eso cuentan un montón de factores, no solamente lo técnico. La técnica es una herramienta para poder expresar.

Y en esa búsqueda que tienen por lo diferente ¿Hasta dónde quieren llevar al tango?

D: Yo creo que el tango tiene mucha potencia para la comunicación porque permite a personas que han experimentado situaciones terribles tener un diálogo con otro, sin tener que dar explicaciones, y sólo a través del abrazo.

«Creo que el tango hasta aquí reflejó una correspondencia de género que está en el universo y que la historia catalogó como el lado femenino y el lado masculino y nos olvidamos que puede haber muchos más géneros. Sí creo que tiene que haber un rol que represente más una dirección y otro que represente más una contención que absorbe toda esa energía. Esa correspondencia está en el universo como dos polaridades necesarias para la creación.»

Daniel Arroyo

D: A mí, además, me gustaría llevar la moda al tango. ¿Por qué vestirnos siempre igual? Permitirnos abrir la cabeza a lo nuevo, acorde a todos los cambios que están pasando. Que la gente se pregunte “¿Qué quiero comunicar de mí?”

J: Para mí, tomando esto que dice Dani, la idea que intento trasmitir a colegas y, sobre todo a los alumnos, es que el tango es arte y el arte nos puede cambiar la vida. Para mí que la gente tome consciencia de eso ya es un montón, porque creo que cualquier persona que se deje atravesar por el arte, experimenta otra libertad. El arte te abre la cabeza. Por eso, como dice Dani, te podés liberar del traje y transformar todas las estructuras. Estudiándolas primero (con énfasis).

¿Y si en lugar de “romper” con lo tradicional, pensamos en “resignificar”? ¿Qué posibilidades habría de resignificar la palabra “llevar” en el tango, que sirva para repensar los roles? ¿Se trataría de “llevar” o de otra palabra?

J: Sí, creo que cuando se rompe algo se reconstruye a la vez. Y esa reconstrucción representa una resignificación. También podríamos hablar de evolución, cambio, mil cosas, van un poco de la mano. Es lo que yo nombro como “romper la postal”.

En cuanto a lo de “llevar”, muchos estamos tratando de encontrar cuál sería la palabra en reemplazo de ésta. No sé si se encontró la que nos haga sentir cómodos y cómodas, pero a mí me gusta “acompañar” para cualquiera de los roles. «Proponer», «acompañar», porque si bien son palabras que dan la idea de “guía”- y en ese sentido sirven para orientar a un alumno al principio sobre las características de cada rol-, cuando uno avanza en el baile uno empieza a entender, a ver, y a sentir, que esto de quien propone y quien acompaña se desconfigura, se mezcla. Habrá que seguir buscando la palabra, todavía falta indagar mucho para generar un cambio a nivel lingüístico.

D: Es curioso porque, hace un tiempo, releía una entrevista que nos hicieron hace unos siete años en la que Juampy usaba mucho la palabra «romper». Ambos hablábamos mucho de romper en un momento. Desde la rabia interna que teníamos, creo, rabia por querer expresarnos y ser aceptados. Con el tiempo el tango nos enseñó que la aceptación viene de una cuestión interna, aunque nos tomó unos 15 años verlo (risas). Hoy creo que romper es también una forma de evolucionar, en la evolución hay una ruptura porque dejas de hacer lo mismo, de tomar los mismos caminos de siempre, para generar nuevas posibilidades. Resignificar me parece también súper interesante.

Y con respecto a la palabra “llevar”, creo que hay una persona que propone y otra que complementa esa propuesta, quizás con una contrapropuesta, con lo cual tal vez la palabra sería «proponer». Creo que el tango hasta aquí reflejó una correspondencia de género que está en el universo y que la historia catalogó como el lado femenino y el lado masculino y nos olvidamos que puede haber muchos más géneros. Sí creo que tiene que haber un rol que represente más una dirección y otro que represente más una contención que absorbe toda esa energía. Esa correspondencia está en el universo como dos polaridades necesarias para la creación.

Muchas gracias a ambos. Ha sido un placer.

Juampy y Dani nos cuentan cómo, ante la forma tradicional de entender el tango danza, su recorrido artístico fue siempre construido rompiendo con lo estático de las costumbres y mitos. En este sentido, no les bastaba ni les basta con integrar nuevas corrientes, sino que también querían presentar su propuesta, tanto artística como social, en el seno mismo de las milongas más tradicionales. Dar a ver otra estética -en tanto otra forma de vestirse, incluso de caracterizarse-, reforzaba la intención de romper la postal que cristalizaba cierto juego de roles en el tango danza, en el que el hombre ejercía el papel del que lleva y la mujer el de la que se deja llevar.

No estuvieron solos en esta gesta, hubo quienes les precedieron y ellos reconocen en su charla, así como otros y otras -o otrxs- que les acompañaron a la par o vinieron después. El resultado está a la vista: de aquellos tiempos en los que Juampy y Dani sufrieron alguna hostilidad al presentarse en ciertas milongas, a un presente en la que los roles de la danza ya no están determinados por cuestiones de género. Así hoy, el tango queer plantea un intercambio fluido de roles entre el par que danza.

¿Es posible dar un paso más y plantear el tango como un baile sin roles fijos, como alguna vez propuso el “contact”? ¿Seguiría siendo tango danza? ¿Cuál es la estructura que lo sostiene? Para Dani y Juampy hay movimientos de base del baile que están unos ligados a un rol que propone y otros a un rol que acoge. Ellos coinciden en preferir la palabra “proponer” a “llevar” porque incluye la posibilidad de la contrapropuesta. Juampy sugiere además “acompañar”, y ambas palabras apuntarían a hacer de la danza la tan mentada y, sin embargo tan ausente de las milongas, conversación entre dos. Mucho se dice de llegar a hacer del tango danza una conversación en la que el líder o llevador, comúnmente el hombre, debería escuchar a la persona acompañante, esperarla incluso -se dice- para tomar su energía y con ese impulso devolver un movimiento a modo de respuesta, hasta el punto en el que se desdibujen esos roles, siendo ambos quienes responden y corresponden.

La finalidad de Juampy y Dani era mostrar que todos podían bailar con quien quisieran, hombre, mujer, “no binario”, dice Dani en algún momento. ¿Es posible alcanzar un tango “no binario” en alguna instancia; es decir, un tango no sustentado en polaridades? ¿O como dice Dani, esas polaridades son omnipresentes en la naturaleza porque son las dos fuerzas necesarias de la creación, el yin y el yang, opuestas pero complementarias? Si recordamos que la propuesta del Tao es que esas dos fuerzas están presentes en todos los elementos del universo, en todos los seres; la pregunta por el quién ya no resultaría orientadora y el único dejarse llevar que tendría sentido sería aquel guiado por la emoción que causa la música y el contagio que eso produce en el otro. El abrazo sería entonces el medio para un encuentro de emociones más que para el encaje perfecto de movimientos que arman una serie. Como cuando Juampy propone un encuentro poético entre el tango y el flamenco en lugar de una fusión intelectualizada de ambas técnicas. Quizás entonces volveríamos a la danza como ritual, en la que los cuerpos danzantes eran movidos por los espíritus y deidades que canalizaba la música.

Flavia Mercier

Dolores De Amo: “Tenés que tener una visión completa del personaje, porque con la coreografía solamente no te lo creés nunca.”

Bailarina, muy reconocida por su dirección coreográfica y artística en sus tres shows más destacados, Esquina Carlos Gardel, Tango Porteño, Piazzolla Tango, Dolores De Amo es la dama de la escena tanguera. Sus espectáculos fueron aplaudidos por miles de personas de todo el mundo, tanto en su sedes porteñas como en sus múltiples giras internacionales. Muchos de los más destacados bailarines y bailarinas de tango escenario de la actualidad dieron sus primeros pasos con ella, reconociéndole un ojo y una mirada muy especial para descubrir el talento y potenciarlo. Dentro de las artes escénicas, fue también muy notable su labor como diseñadora de vestuario. Pero su trayectoria no queda ahí, además incursionó con mucho éxito, también, en las artes visuales, siendo la productora artística e impulsora del canal de televisión Solo Tango; y organizó junto a Susana Miller una de las milongas más recordadas y apreciadas de la noche porteña allá por los 90: la milonga del club Almagro. Recibió un premio ACE a la mejor coreografía y un Martín Fierro por el canal Solo Tango. Una entrevista imperdible para todo aquel que ame el tango escenario o, solamente, el escenario.

Dolores, te pedí una entrevista como un paso ineludible después de haber entrevistado a un número importante de bailarines que habían comenzado su carrera en el tango escenario con vos, por cómo ellos hablaban de esa experiencia.

Lo que escuché de ellos y se me presenta como seña de identidad tuya es el ojo y la mirada. El ojo para descubrir ese talento -hay varios campeones mundiales que han empezado con vos-, y después la mirada como esa capacidad de verle su máximo potencial y trasmitirle la confianza para alcanzarlo.

Siento que siempre tuve una mirada así: ver a alguien y darme cuenta si podía o no. Y no me equivoqué nunca. Hubo chicos que me dijeron: “no, yo no puedo hacer lo que usted me dice, ¡no puedo! Y mi respuesta era: “Mirá, te lo digo yo, así que lo tenés que hacer”.

Es una orden, no es negociable.

No es negociable, tenés que hacerlo. Hacelo, aunque sea una mímica de lo que te pido, pero hacé la mímica. Después te va a venir esa sonrisa o esa mano, sola.

En algún momento lo vas a sentir y va a salir auténtico.

En algún momento va a salir auténtico, pero, por ahora, como no te sale porque tenés una coraza que te impide hacer esto que veo que podés hacer, hacelo como te lo digo. Y lo estás haciendo mal, porque la mano en lugar de ir así, va así, como si fuera una mano pintada sobre un cuello de mujer. A eso los inducía, los llevaba al límite.

¿Al propio límite?

Al propio límite, sí.

«…uno no puede mostrar nada que no sea suyo. Aunque lo hayas actuado, siempre hay algo que se despierta en vos.»

Tu mirada es como un espejo que les ponés delante y que les muestra todo lo que no ven de sí mismos. Si no se los decís, de alguna manera se los pasás, ¿no?

Se los paso o se los digo, “mirá, quiero tal cosa, necesito que te expreses de esta manera…”. Siempre fui muy obsesiva trabajando con la gente. Claro que primero tenía que ver una cualidad, que esta persona iba a poder hacer esto. Aunque, a veces, cuando en el casting no encontraba los personajes, me vi obligada a elegir los que más me habían gustado, aunque no me gustaran demasiado.

Ese ojo imagino que es algo intuitivo, que no lo podés explicar.

No, no lo puedo explicar, es intuitivo, algo que ya vino conmigo. Me pasa, siempre. Siempre tengo el ojo, me doy cuenta y puedo despertar en el otro lo que veo que le hace falta. Es un trabajo que me apasiona, y es una especie de terapia, también. Y eso que todos los bailarines tienen un ego muy grande…

Bueno, un poco de ego necesitan para ponerse ahí arriba.

Lo necesitan, pero tienen un ego tan grande que les impide romper con lo que esperan de ellos mismos.

Romper con ese espejo que sí tienen de sí mismos, pero idealizado.

Idealizado de sí mismos, exacto. Por ejemplo, determinadas características físicas pueden condicionar el tipo de papel que podés hacer, hay cierto phisique du rôle. Digamos que en ciertos casos no te podés imaginar en un rol sensual, porque no es el tuyo. Y tampoco es el mejor. A veces el cómico puede ser muy superior al bailarín que hace un baile sensual, te puede volar la cabeza. Esa creencia de que lo único que vale es la hermosura, la sensualidad… Y no, crear tu propio personaje es lo que vale, lo que va acorde con vos. Lo que te acompaña son las habilidades, las herramientas que ya traés, y las despreciás porque ves a aquel sobre el que proyectás lo que querés ser vos.

Lo que tenés como ideal.

Como ideal, sí. Entonces, ¿qué es lo que vos podés hacer con tus talentos? Ese reconocerse a uno mismo… es difícil para ellos, hay pocos que lo hacen. Creo que lo que siempre hice fue reconocer esa parte escondida de ellos o, a veces, enseñarles. Por ejemplo, a alguien que no tenía que hacer demasiadas cosas para ser sensual, enseñarle ciertos movimientos insinuantes que son poderosos, sin hacerle perder su esencia, al contrario, pulirla y hacer de eso algo mucho más potente, porque tiene muchas más aristas para contemplar: esa mano, esa mirada, ese silencio.

«Por lo que yo veo, muchas veces lo hacen coreográficamente y les falta un hilo que va por dentro. No lo saben explicar porque no lo sienten, lo aprendieron y les falta el correlato de lo aprendido. Por ejemplo, una vez uno me dice: “Doña, ¿pero por qué quiere que la huela?”, a la mujer. “Porque cuando vos hacés el amor con una mujer no solo la tocás, también sentís su sudor, su olor, y eso te provoca. Por eso tenés que olerla, porque es inspirador. Y en ese momento que estás inhalando el perfume de ella, el público siente esa sensación que vos estás sintiendo.”»

Hay temas que se repiten en las entrevistas y uno es el gesto. Quizás no lo nombraban así, pero hacían hincapié en esto mismo: “esa mano, esa mirada, ese silencio”. El gesto es algo que dice, comunica, es más que un movimiento hecho en forma mecánica. ¿Se trataría de que el movimiento se transforme en gesto?

“Algo que dice”, sí, es así, tal cual. Es hasta que vos aprendas a decirlo con tu cuerpo, con tus manos, con tus ojos, que todo tu personaje sea completamente coherente.

De izq. a der.: Dolores junto a Juan Fabbri , Nacha Guevara y Willem Dafoe, después del show de «Tango Porteño».

¿Cómo armabas las coreografías? ¿Partías de sus movimientos y con eso vos construías el personaje? ¿O ya tenías el personaje e ibas guiando al bailarín?

Todas eran distintas. En los castings siempre busqué las personalidades para hacer los personajes que necesitaba. Si tenía que armar un show completo las necesitaba todas ¿verdad? El tango tango, sin nada, limpio. El tango apasionado, el tango cómico, una milonga alegre, un milongueando muy rápido para fluir. En general, lo que te encontrabas es que todos hacían todo de la misma manera porque, entre otras cosas, muy pocos venían con un conocimiento de las épocas. Aparte estaban los temas de moda. Por ejemplo, cuando se les dio por Watashi, todos bailaban Watashi (de Taro Hakase, Lisandro Adrover y Luis Bravo & Forever Tango); en lugar de buscar algo que fuese de ellos. Buscar, empezar a escuchar hasta encontrar lo que pudiese ser suyo.

«Esa creencia de que lo único que vale es la hermosura, la sensualidad… Y no, crear tu propio personaje es lo que vale, lo que va acorde con vos. Lo que te acompaña son las habilidades, las herramientas que ya traés, y las despreciás porque ves a aquel sobre el que proyectás lo que querés ser vos.»

¿Vos les transmitías los estilos de época?

Claro, no se puede bailar todo igual. Si yo estoy presentando un cuadro del año 50, tengo que aprender a bailar como se bailaba en esa época. Hacer cosas delicadas con los pies, no puedo saltar, arriba tiene que haber cierto recato, cierta separación. Después, la costume, el traje, acorde a ese personaje dentro de la variedad de personajes que puede haber en un cuadro grupal. Como en “El baile” de Héctor Scola. Como en la vida, como vos que tenés una personalidad y yo que tengo otra. Ellos, en principio, no sabían nada de las épocas. Pero si vos estás haciendo una carrera, tenés que aprender todo lo que involucra esa carrera. Alguien que es sexy tiene que poder hacer un grupal del año 50 o del 30, o del 1900, porque participan todos, desde el sexy hasta el cómico. Tenés que conocer cómo se saludaba, cómo se paraba la gente, cómo se usaban los sombreros –no sabían usar sombreros–, cómo se pone una galera. Tenés que tener toda la información de lo que estás haciendo, una visión completa del personaje, porque con la coreografía solamente no te lo creés nunca.

«Un show es como una película, el público tiene que sentir como si estuviera viendo una película.»

¿Y de dónde nutriste eso?

Estudié. Estudié todas las épocas. Miles de libros y videos, de lo más antiguo que había. Hablar con mucha gente, todo un grupo de gente que bailaba antes, que ya ha muerto toda, y que te contaban historias. Y después leerlo en los libros. Me compraba libros especiales de cada época. Ver fotos: cómo se saludaba, cómo se miraba.

¿Los códigos de cada época?

Sí, porque si no ves cosas surrealistas, el personaje no es creíble. Un show es como una película, el público tiene que sentir como si estuviera viendo una película. En una película de época ves todos los detalles del vestido, los moñitos, el peinado con los bucles, los ojos cristalinos de esa joven que empieza su vida social. Tenés que transmitirlo así. Y cuando es power, a full, caliente, también.

Y cuando lo hacés totalmente comprometido, refrescás tus propias sensaciones. Me acuerdo, una vez, un gran bailarín que hoy en día es muy famoso, no lo voy a nombrar… me dijo: “Yo no le puedo mostrar a usted mis emociones, ni lo que yo hago en mi vida personal”. “Yo no te estoy pidiendo eso. Si me lo querés dar, dameló. Pero, si no querés, dame lo mismo actuado. Actúa eso de forma que yo me lo crea.” Y esa fue la llave para que él pudiera mostrar lo suyo, pensando que no era lo suyo. Porque uno no puede mostrar nada que no sea suyo. Aunque lo hayas actuado, siempre hay algo que se despierta en vos.

Eso sería sublimar, sacar aquello que uno tiende a tapar u ocultar para crear algo artístico, porque al hacerlo se embellece y ya no causa malestar. ¡Guauuu!

Sí, es maravilloso, a mí me encanta hacerlo. Creo que es lo que más me gusta de mi trabajo, ese trabajo que hago con cada persona. No lo estoy haciendo mucho ahora porque estoy un poco retirada, pero cuando veo el show, veo a los chicos que armé de una forma y a las parejas sustitutas se les nota que hacen todo marcado, que la pasión está marcada. Pero lo hacen con habilidad, entonces la gente queda impactada por el “po ro rommm” y esa forma “cha, cha, cha, pummm”, así que parece que, desgraciadamente, eso es lo que está primando.

«A los jóvenes les cuesta entender este trabajo interior; que, por otra parte, les despierta después una confianza infinita en ellos mismos, los relaja. Te relaja porque sabés quién sos en un escenario.»

Eso lo señalan bastante los bailarines que son de otra generación. Pareciera que hoy todo apunta al impacto para lograr el like, pero el espectador no se lleva mucho de esa performance, no le queda la emoción que le produciría una caída de ojos o una mano que se contiene de tocar al otro.

Quizás a una persona sensible y conocedora le puede pasar eso, pero te voy a decir que la gente no se da cuenta, porque vive en este mundo nuevo de aturdimiento y de cosas asombrosas. Y el gesto simple pero profundo necesita una mente que lo comprenda, un corazón que lo sienta. Entonces, tienen que pasar cosas asombrosas o, si no, la gente le da mucho el teléfono. Es un mundo distinto al que yo me hice y con el que trabajé. A los jóvenes les cuesta entender este trabajo interior; que, por otra parte, les despierta después una confianza infinita en ellos mismos, los relaja. Te relaja porque sabés quién sos en un escenario. Los chicos de hoy hacen más y más y más, un correr, un rush (apuro) porque creo que les falta esa confianza en ellos mismos.

De izq. a der.: Dolores, Juan Fabbri y Liza Minnelli.

Lo tuyo también es el diseño del vestuario, tenés fama por eso. El vestuario que armabas para tus shows fue una revolución.

Fue una revolución porque hasta entonces vos ibas a una casa de tango y cada uno tenía su vestuario y si se te rompía un par de medias las tenía que comprar. Los primeros bailarines, que eran los que ganaban más, eran los que más vestían. Los otros que eran más pobres se vestían como podían. Yo hice un vestuario igual de importante para el primer bailarín como para el segundo, el tercero, el cuarto y el quinto. Eran todos acojonantes para que cuando el bailarín salga al escenario su imagen ya diga qué es lo que va a hacer. No hay nada como una primera imagen “pum”, ahí está el impacto, lo que ese personaje ya está diciendo con su presencia, no necesita más. La revolución fue que hice unos vestidos costosísimos -tenía una producción atrás mío de gente muy rica-. Aparte, rompían con la norma, no eran vestidos de tango, me inspiraba en otra época o en la moda de ese año. Mis vestidos todavía siguen bailando en los teatros, se siguen usando a pesar de que pasaron tantos años. Empecé a hacer los maillots transparentes con las aplicaciones arriba, que después me copiaron todos. Y las telas eran todas de primera calidad, seda natural, por ejemplo. Y la terminación a mano. Si agarrás un vestido mío está terminado “de mano”, el ruedo es de mano.

¿Por qué?

Porque es otra cosa, y porque lo veo yo. Los zapatos, lo mismo. ¡Toda la zapatería que había era una cosa! Los sombreros, perfectos, del mejor sombrerero de Buenos Aires. Todo fue hecho con ese nivel, entonces fue un cambio revolucionario en el mundo del tango. De ahí en más, todos tuvieron que empezar a poner plata para poder competir, para acercarse, asomarse, a lo que yo había hecho.

¿Y por qué creés que hoy ya no hay esas compañías girando por el mundo, como lo hacía la tuya, como Forever Tango, Tango Argentino, Tango Pasión, todas esas grandes compañías? ¿No hay público ya para un show de tango?

Para hacer esos grandes espectáculos necesitás mucho dinero. La pandemia terminó de liquidar todo, hasta lo que más o menos salía.

Esa es la respuesta típica, pero siempre hay inversores, sólo hay que presentarles un producto que gane dinero. ¿Qué es lo que está fallando del producto?

No logran el suficiente público porque la gente una vez que vio tango, le cuesta engancharse con un espectáculo de tango otra vez.

Pero el cascanueces se sigue representando en los mejores teatros y por los mejores ballets, no pasa de moda. ¿Está faltando algo para captar a otro público, no solo al tanguero? Porque si no atraes otro público parece difícil volver a llegar a Broadway.

Se llegó con “Tango Argentino” que fue una revolución. Un vestuario fantástico, todo negro. Los mejores bailarines, íconos en la Argentina. Por primera vez un show lujoso, de tango tango, con personajes multifacéticos. Ese fue el impacto de “Tango Argentino”. Y el de “Forever Tango”, que a mí me fascinó por su creatividad, pero hoy ya está viejo, también. Es un gran trabajo el que hay que hacer para que todo cambie.

¿Habría que reformular la idea?

Hay que reformular la idea. Si vos me preguntás cómo, yo te digo que todo esto no sirve más, está pasado de moda. Hasta el vestuario hay que tirarlo, quemarlo todo, ya no existe. Tenés que hacer algo, como yo hice en su momento en la “Esquina” (Esquina Carlos Gardel), que rompa absolutamente con todo. Y se puede hacer. Primero tenés que tener el libro. Yo tengo algunos, hice uno para Baryshnikov que me llamó antes de la pandemia para hacer algo, pero pasó todo eso y quedó en la nada. Era una cosa nueva, una historia nueva sobre un mundo moderno en el cual la gente se reconozca. Y con un tango también bastante moderno. E, inclusive, con participación vocal del bailarín. O sea que los bailarines tendrían que poder cantar, hablar, desarrollar otros talentos. No hay esos bailarines hoy. Es muy difícil que un bailarín pueda cuando le pedís dos o tres cositas así, habría que trabajarlo todo. Quizás, con los más artísticos, capaces de hacer una cosa entre lo teatral y el baile. No digo que hablen todo el tiempo, una palabra: “¡Silencio!” (actúa)… Lo que fuere, o algo que venga en eco. Al tango le falta eso, tiene que “chik, chik, chik” (chasquea los dedos para despabilar).

«…te digo que todo esto no sirve más, está pasado de moda. Hasta el vestuario hay que tirarlo, quemarlo todo, ya no existe. Tenés que hacer algo, como yo hice en su momento en la “Esquina” , que rompa absolutamente con todo. Y se puede hacer.»

Hay una cuestión casi de base, pareciera. De formación, más integral.

Sí, exacto.

¿Faltaría para el tango algo como es el “San Martín” para la danza contemporánea?

El San Martín es grandioso, su ballet me fascina, no hay obra que no me guste, me encanta. Siempre voy a verlo y siempre me sorprende. Esos bailarines tienen una formación increíble, trabajan ocho horas por día.

¿Vos pondrías esa escuela?

Ya estoy vieja para eso, pero sí apoyaría el proyecto y colaboraría con lo que yo imagino que debería ser.

También pasa que muchos de ellos te dicen que son bailarines porque son tímidos y expresan con el cuerpo lo que no podrían nunca expresar con las palabras.

Por lo que yo veo, muchas veces lo hacen coreográficamente y les falta un hilo que va por dentro. No lo saben explicar porque no lo sienten, lo aprendieron y les falta el correlato de lo aprendido. Por ejemplo, una vez uno me dice: “Doña, ¿pero por qué quiere que la huela?”, a la mujer. “Porque cuando vos hacés el amor con una mujer no solo la tocás, también sentís su sudor, su olor, y eso te provoca. Por eso tenés que olerla, porque es inspirador. Y en ese momento que estás inhalando el perfume de ella, el público siente esa sensación que vos estás sintiendo.” Imposible que no suceda, pero el momento tiene que ser perfecto, y para eso tenés que involucrarte y saber para qué lo estás haciendo y por qué. Por eso falta formación, falta en ellos este texto que te da la seguridad para gritar cuando necesitás gritar, llorar o decir alguna frase.

Una impresión que tengo, de hablar con ellos, es que, aunque la coreografía sea la misma, las intensidades, la respiración, cómo siente ese tango, pueden ser distintos. Como si el mismo tango les tocara en otro lugar. Quizás porque ellos vienen de una manera distinta cada día, o porque el público cambia y la energía es otra.

No estoy de acuerdo. Yo creo que siempre tiene que haber la misma intensidad. Es como una obra de teatro: tiene que provocar en el espectador eso. El bailarín no puede estar en otra cosa y venir alegre ese día y que haya una sonrisa en un lugar inesperado. En ese lugar él tiene que cerrar los ojos, o mirar para otro lado, o mirar el cuello. Esa mirada está marcada, es la que le produce una emoción al espectador. No puede haber una improvisación en el escenario, las improvisaciones suceden antes para construir la coreografía de una manera perfecta. Es como ver una película repetidas veces, siempre que la ves te llega de la misma manera porque es esa película, hecha con esos gestos, con el llanto o la alegría del momento. Y está perfecta como está. Decís ¡qué película, qué obra de arte! ¡¿Cómo pudo sacar este artista, en este momento, ese silencio que lo dijo todo?!

¿Cuándo descubriste que lo tuyo estaba detrás de escena? Porque vos empezás bailando. ¿Cuándo la bailarina decide bajarse del escenario?

Sí, empiezo bailando y me doy cuenta que no soy una buena bailarina, que soy una bailarina de salón. Que el “salón” lo bailo muy bien y que me gusta, pero que no tengo pinet para lo otro. Ahí me bajo. Pero advierto que tengo un ojo bárbaro. Como vi lo que yo podía hacer, los talentos que tenía, así podía ver los talentos de los demás. Entonces me bajé y empecé a trabajar en lo que era mi talento, que era sacar de los demás lo que necesitaban para lograr lo mejor de cada uno. Y que todos en la compañía sean absolutamente diferentes entre sí. Y eso lo logré.

¿Y cómo fuiste encontrando tus fases creativas? ¿La coreografía, la formación de los bailarines, el diseño del vestuario?

Fui haciendo, trabajando y confiando cada vez más en mí misma. En el vestuario al principio confiaba más o menos, tenía miedo de hacer una innovación tan grande. Empecé tímidamente, y después, al poco tiempo, me dije que lo mío era tibio.

Que la pasión que le pedías a los bailarines no la estabas poniendo vos. (Risas).

No, no la estaba poniendo en la costume. Así que tiré todo lo que había y empecé a hacer lo que creía que tenía que hacer para que cada personaje fuese creíble.

Y me costó mucho trabajo porque los chicos son difíciles. “No, esto no es para mí”. “No, acá se me ve esto”. “No, subirme allá arriba no porque eso se mueve, es peligroso”, como cuando armé unas torres gigantescas en el “Lola Membrives”. Costaban mucho dinero porque eran altas hasta el techo -tenían tres pisos-, y se iban juntando en el centro. Cada piso era un cubículo y en cada uno había una pareja. Era como si el espectador estuviera espiando su vida privada porque los cubículos estaban rodeados de espejos que mostraban el costado y la parte de atrás. Y en ese cubo, un poco más grande que esta mesa, ellos tenían que bailar. Y estaban ante un abismo de tres metros. La coreografía era muy sencilla porque era “Tango Diablo” que es chung, chung, chung… Las torres fueron muy bien construidas, pero oscilaban con el movimiento, de todas formas. Un poco, nada más, porque yo fui a bailar arriba.

Ese show me costó mucho trabajo, en lo empresarial y en lo artístico. Los empresarios, “¿Cómo resultará?”, y los bailarines, “Ay no, que es difícil”, había que convencerlos de la ropa, ninguno quería bailar arriba, todos querían la base o el segundo piso. Todas esas cosas te limitan. Les dije a los bailarines y a los empresarios: “Si no cierro el show con estas torres, no lo hago.” Es difícil imponer algo nuevo, algo transgresor, que implique un desafío como bailar en algo que oscila, un poco.

¿Ese fue el cuadro por el que te dieron el ACE (premio)?

Ese fue el ACE, sí.

«…yo siempre realcé a la mujer…Yo puse a la mujer arriba del hombre. La mujer era la joya, la atracción, y el hombre la acompañaba en este viaje femenino. Porque así me sentía yo, era mi viaje, soy mujer. Y las chicas empezaron a florecer, a mostrarse. El hombre empezó a acompañar, porque un buen bailarín, aun en la milonga, tiene que acompañarla, dejarle que la mujer se tome su tiempo, sentir su respiración, el ritmo de su cuerpo. No llevarla, traerla…»

¿Y vos como llegás a la danza y al tango? ¿Por qué te llamaba bailar o porque era lo que hacían las chicas?

Siempre bailé. Me crié en España, en Galicia y en Andalucía, y ahí todo el mundo bailaba en las fiestas populares, las sevillanas, por ejemplo. Por eso, yo bailaba desde chiquita, era algo natural, cotidiano, popular. Empecé bailando flamenco y después hice clásica con Angélica Marini durante muchos años. Después de eso empecé con una amiga que me llevó al tango y me pareció surrealista.

¿En Buenos Aires?

Sí, en Buenos Aires, de esto hace como cuarenta años. Todavía era un reducto de milongueros. Las mujeres tenían las uñas pintadas con medialunas, me acuerdo. Los tacos con pulseras, las polleras cortas, apretadas, los peinados batidos. Era casi como si se caracterizaran, porque se vestían así sólo para ir a bailar a la noche. Y los milongueros se predisponían, se arreglaban, se ponían sus corbatas, se perfumaban. Era un mundo surrealista, cuando lo vi me enamoré.

Es lo que se dice siempre de la milonga, que no sólo es el baile sino, también, toda la preparación previa, el ritual, lo que engancha. Aunque ahora cada vez menos.

Toda la preparación y estar dispuesta a ser tan audaz como para mirar a un tipo y jugártela a que no te mire, ¿no? Entonces necesitabas ser muy mujer y estar muy segura de vos misma. Y bailar bien, porque si no, no te sacaban, aunque fueras linda. Mirá que yo era joven y muy linda, y no te sacaban, tenías que aprender a bailar.

«…hoy desaprendés en la milonga. Y la gente baila con cualquiera por bailar. No, no, no. Mirá, la última vez que fui a una milonga fue el año pasado y fue tan terrible todo lo que vi: …No bailan a tierra, no hay peso, no hay densidad en el baile, es todo muy arriba, no tienen esa cosa densa del tango, ese abrazo, esos pies que están agarrados al piso. El tango es todo lento y en esa lentitud hay una cosita un poco más rápida, pero para volver a esa densidad… Yo creo que todo eso se perdió. Hoy las chicas dan esos pasos larguísimos…»

Mi primer profesor fue Pocho Pizarro, al que después traje a todos mis shows y recorrió el mundo conmigo. Él me enseñó a bailar el salón. Después tuve otros más, bailé con todos los milongueros de aquella época, hablé con todos, hice entrevistas, hice programas de televisión, nosotros teníamos el canal “Solo Tango”.

El ¡Solo Tango! ¿Cómo hacías para dirigir a aquellos milongueros para que transmitieran con tanta claridad su conocimiento, y además, por televisión? Porque según cuentan grandes bailarines que se formaron con ellos, estos milongueros te pasaban una información muy básica: “pibe, poné el pie acá”, “pibe, así no”.

Mirá, primero los grababa bailando, me llevaba los videos a mi casa y los ponía en cámara lenta, los analizaba. Con los milongueros me las ingeniaba bien porque los grababa de diez mil formas y cuando ellos me decían que no, yo “¡que sí!”, “lo hiciste distinto a la primera vez”, pim, cámara. Así. Y sabés que muchas veces pasábamos media hora haciendo el paso como lo habían hecho la primera vez, porque no lo sabían volver a hacer así. Con algún bailarín me llevó dos años de decodificar cada cosa: saco, entro, hago esto, lo otro. Inventar nombres para algunas cosas. Escribí todo. Y después lo grabé con una voz que era la de “la” Vernaci.

¿Y todo esto “por amor al arte”, como se dice, o por una visión de negocio? Quizás veías que la cosa crecía y había que…

No, yo de negocios nada. Lo mío era lograr un buen producto para que los empresarios lo vendieran. Las clases de tango se vendieron como pan caliente. Me copiaron miles: las desgrababan, las copiaban y vendían. Tuve miles de plagios, ¡una cosa…!

Estabas muy enamorada del mundo del tango. Organizaste también la milonga del club Almagro, una de las más recordadas y de la que se cuentan maravillas.

Fue un salón espectacular. Fue el primer salón coqueto de Buenos Aires. Lo hicimos con una amiga, Susana Miller. Por ahí pasaron todos los artistas que vinieron, Madonna, por ejemplo. La gente hacía cola para entrar. Tenía los mejores milongueros de acá a la China. Y aparte venía gente que estaba despuntando en el tango, y gente de otro palo, psicólogos por ejemplo, que quedaban flasheados como yo cuando fui a Canning la primera vez. Almagro abrió las puertas de todo. De hecho, el Pebete (Godoy) empezó ahí, era el disc-jockey, no bailaba todavía, así que imaginate cómo fue todo. Fue algo maravilloso.

Dolores con Roger Waters.

Y bueno, los milongueros siempre aconsejaron a los bailarines profesionales que fueran a la milonga a aprender “de verdad” a bailar tango, a adquirir su esencia.

Hoy en día es un desastre.

Había que ir a la milonga antes, hoy, no ¿no?

Antes, hoy no, hoy desaprendés en la milonga. Y la gente baila con cualquiera por bailar. No, no, no. Mirá, la última vez que fui a una milonga fue el año pasado y fue tan terrible todo lo que vi: gente en zapatillas… bueno, eso sería lo de menos. No bailan a tierra, no hay peso, no hay densidad en el baile, es todo muy arriba, no tienen esa cosa densa del tango, ese abrazo, esos pies que están agarrados al piso. El tango es todo lento y en esa lentitud hay una cosita un poco más rápida, pero para volver a esa densidad… Yo creo que todo eso se perdió. Hoy las chicas dan esos pasos larguísimos…

No sé si estoy vieja, porque viste que los viejos siempre dicen que los tiempos pasados fueron mejores, pero, en cierto punto, fueron tiempos mejores para los shows porque eran más grandiosos, teníamos mucho dinero para hacer cosas extraordinarias, crear nuevas ideas como esa torre -hoy haría otras cosas, pero en su momento eso fue una gran inversión-, y todos esos vestidos, trajes, zapatos… Esos bailarines tomando horas y horas de formación. Es un trabajo que se necesita mucha formación y se pagaban los ensayos, todo, para que vinieran y lo hicieran, a pesar de que estaban aprendiendo.

¿Y vos con qué nutrías tu creatividad? O ¿con qué la nutrís todavía?

¿Con qué la nutro? Con ver que todos los bailarines que yo hice son grandes bailarines.

Bueno eso te retroalimenta en todo caso, pero ¿de dónde sacás ideas?

Vienen. Las ideas vienen. Ahora hace tiempo que no escribo un libro, pero cuando escribo un nuevo show, digo: “¿Qué quiero mostrar? ¿De qué voy a hablar?” En su época hablé de distintas cosas. Ahora, armaría algo completamente distinto a todas las que hice porque estoy en otro momento de mi vida y porque el mundo es otro. Estamos necesitando justamente que alguien venga y haga lo que yo hice en su momento, que di vuelta todo.

«Todo esto requiere mucha gente que acompañe, no depende de uno, por eso es “compañía”. Hay un director, pero el iluminador es tan importante como él. El sonidista te puede matar, el stage manager, la gente de escenografía, la orquesta misma. (…) No se trata de decir “bueno, vamos a hacer una gira, vos bailás Gallo ciego, vos bailás Milongueando” y juntan todo y bailan. Ese es el problema, es un rejunte lo que hay ahora.»

¿Cómo ves las exhibiciones en festivales?

Pobre.

¿Desde el punto de vista de la técnica, del hecho artístico…?

Del hecho artístico, porque es una parejita ahí, todos alrededor mirando cómo bailan. Después la gente trata de hacer eso, cosa que no va a poder hacer nunca, o sea que los que aprenden con ellos aprenden mal, quieren hacer lo que ven y eso es imposible porque falta escuela. Además, no son movimientos propios para bailar en una milonga.

Están todos los valores confundidos, hay una gran confusión. Ahora bailan de esa forma en la milonga, haciendo esos giros, boleos. Una cosa es el show, otra es bailar. Y una cosa es hacer una exhibición, un festival, que son cosas más pequeñas, y otra una compañía. Ésta requiere grandes inversiones de dinero, muchísimo trabajo, distintos personajes a crear, un libro -“pasa tal cosa, viene tal otra, acá no hay blackout”-, una idea, una semilla que después se traduzca en un libro. Hoy día también es muy importante contar con la tecnología porque el público lo quiere, y eso es mucho dinero. Las luces que hay hoy son alucinantes, te pueden tirar abajo un espectáculo o hacértelo increíble. Hay que encontrar gente idónea que sepa manejarlas y que te entienda. Yo con el iluminador, Roberto, trabajo hace cuarenta años, ¡te imaginás! Yo pongo un número y él ya sabe cómo quiero las luces.

Todo esto requiere mucha gente que acompañe, no depende de uno, por eso es “compañía”. Hay un director, pero el iluminador es tan importante como él. El sonidista te puede matar, el stage manager, la gente de escenografía, la orquesta misma. ¿Qué personajes tenés en la orquesta? Yo siempre ponía la violinista ahí, una mujer con un vestido impactante, porque yo siempre realcé a la mujer. No se trata de decir “bueno, vamos a hacer una gira, vos bailás ‘Gallo ciego‘, vos bailás ‘Milongueando‘” y juntan todo y bailan. Ese es el problema, es un rejunte lo que hay ahora.

Cada uno hace lo que más o menos sabe hacer.

Y lo que más le aplauden.

Decías que vos realzaste a la mujer, ¿hasta entonces la mujer era sólo la compañera de turno del bailarín que era el reconocido?

Copes y María Nieves, ¿entendés? Yo puse a la mujer arriba del hombre. La mujer era la joya, la atracción, y el hombre la acompañaba en este viaje femenino. Porque así me sentía yo, era mi viaje, soy mujer. Y las chicas empezaron a florecer, a mostrarse. El hombre empezó a acompañar, porque un buen bailarín, aun en la milonga, tiene que acompañarla, dejarle que la mujer se tome su tiempo, sentir su respiración, el ritmo de su cuerpo. No llevarla, traerla. Todo es con el cuerpo y en un abrazo que lo dice todo y  te vas deslizando naturalmente alrededor de la pista. No es más que eso, es muy simple, tan simple que es complicado, como todo en la vida.

¿Qué momentos señalados de tu trayectoria recordás? De esos que se repiten en tu memoria, que te golpean en el cuerpo, que te emocionan.

Lo más emocionante que viví fue un desafío muy grande en Rusia. Me llamaron para hacer en el Teatro de la Comedia Musical, un show con bailarines y orquesta rusos. Lo único que yo podía llevarme de Argentina que ellos estaban dispuestos a pagar, era un bandoneonista porque allá no hay bandoneón, una primera pareja, y nada más. Después tenía que hacer todo el show con bailarines rusos que no sabían bailar tango.

Bailaron todo por coreografía, eran bailarines clásicos del ballet estable, te agarraban cualquier cosa en un minuto. Ponerles el personaje encima era lo complicado. Así que elegí los que me daban el physique du rôle. Hicimos todo el vestuario y la escenografía allá. Mientras yo iba describiendo cada cuadro tenía sentado al lado mío un hombre bajito que iba dibujando y después me preguntaba si me parecía bien. Le tuve que hacer dos o tres correcciones, nada más. Un artista. Eso solo me pasó allá y vi cómo trabajaban los rusos, con la emoción directa de lo que yo transmitía en ese momento.

¿Y qué te representó darle clases al príncipe Andrés de Inglaterra o a Julio Iglesias?

Cada artista con el que trabajé fue diferente, pero con todos me divertí porque tenían ganas de aprender a bailar tango. Fue lindo tener ese contacto, conocerlos, bailar con ellos y sentir su corazón. Si le palpita muy rápido porque está nervioso, si te agarra bien o duro, si sabe abrazar o no. Te das cuenta de todo. Eso de descubrir la intimidad de una persona en un solo abrazo me maravilló siempre. Yo soy de mucho abrazar, no es que porque era el príncipe lo mantenía a distancia, ni a Julio, todos abrazados. Yo les enseñé a caminar con una persona abrazada y eso fue, creo, lo que más les gustó. Después de ahí salían dos o tres cositas, dos o tres movimientos. Pero era simplemente caminar, así, abrazado con el otro y sintiendo el cuerpo del otro. Yo acompasaba mi paso a los pasos de ellos, entonces la historia se les hacía más fácil. Hay que entregarse a ese juego de ir los dos juntos, eso es lo más difícil.

Dolores con Flavia Mercier en Teatro Astor Piazzolla, después de la entrevista.

¿Dolores, algo más que quieras decir? ¿Transmitir a los que están ahora?

Creo que ya te conté todo. De los que están ahora, ya te dije lo que pienso, y los que fueron “míos”, son mis hijos que andan por el mundo. De alguna manera, siento eso como un legado. Yo no he tenido hijos, siempre estuve trabajando…

…pero pariste artistas.

Y ellos, todos, tienen su estilo, sus personalidades, y creo que van a transmitir lo que yo transmito. Y quizás alguno de ellos o de sus discípulos, en algún momento, haga algo totalmente nuevo. Porque va a pasar. Cada tanto sucede algo nuevo.

¿Qué es lo que lo impulsaría? Por lo que te escucho a vos hace falta “mucho”. Como dicen los españoles, “hay que dejarse la piel”. ¿De qué dependería? ¿De un deseo muy fuerte, de un deseo y una voluntad, de un deseo y una disciplina…?

Es un deseo, una voluntad, una disciplina y es acompañarlo con una muy buena producción. Porque si no está la raíz, el sostén, que es tener una buena idea y el tiempo para soportar que se vayan construyendo los personajes, la ropa, todo, todo, todo; el resultado es muy magro.

Bueno, Dolores, muchísimas gracias.

Por favor, me encantó, me divirtió, hacía tiempo que no hablaba de todo esto.

Dolores De Amo asevera que nadie puede mostrar en el escenario nada que no sea suyo, aunque quizás necesite valerse de una ficción para poder hacerlo. El arte tiene como función el “velamiento” de lo que puede generar horror, vergüenza o simple extrañeza para hacer soportable su develamiento.

Por otro lado, ella explica que es gracias a la escenografía y el vestuario, así como a la gestualidad de los bailarines, que se construye la verosimilitud del personaje. Sólo con esa visión completa coherente éste resulta creíble, tanto para el espectador como para el propio artista. Es en el compromiso con esa visión que el artista puede encontrar puntos de enlace con la expresividad de su personaje dentro de su bitácora emocional, tal que pueda habitar el traje o ‘costume’, haciendo que la sombra de la persona y del personaje se confundan.

También hablamos de cómo los gestos trasmiten una emocionalidad que el exceso de movimiento no logra atrapar. El gesto logra trasmitir algo de lo innombrable en tanto hay un resto de las emociones y afectos que escapa a cualquier descripción posible basada en el diccionario. Por eso también la importancia de todos los elementos que conforman una puesta en escena como la escenografía y el vestuario, ya que es a través de estos que se puede trasmitir algo de lo irrepresentable, de lo que no se puede actuar. Si el hábito hace al monje es porque la estética dice de una ética. La persona se viste como -consciente o inconscientemente- elige mostrarse, presentarse. Por eso, si estos elementos faltan o son incoherentes con el personaje, el espectáculo se reduce a pura exhibición o resulta surrealista. Salvo que se tratase de la puesta en escena, justamente, de un sueño.

Por último, cabe destacar lo que Dolores habla acerca de la necesidad de ajustar el personaje a cierto ‘phisique du rôle’, como así también a las habilidades innatas del bailarín -cierto ‘esprit du rôle’, podríamos decir-. Para alcanzar la verosimilitud, determinados rasgos del personaje tendrían que estar presentes en el artista. El ojo de Dolores sería el de ver aquellos que estaban ocultos para la propia persona y hacerlos aflorar en la representación, tal que para el artista sea como un reencuentro con lo que siempre estuvo allí, aunque latente. Y en ese punto ganar en confianza y en tranquilidad, porque se sabe quién se es, también en un escenario.

Flavia Mercier

Ariel Ardit: “Me hizo ver que podía animarme a cantar temas míos.”

Del “Boliche de Roberto” al “Colón” y al mundo. Del “Colón” a la cancha de River Plate, y desde el césped… ¿quién puede avizorar el próximo hito en la carrera artística de Ariel Ardit? Hace casi cinco años, en otra entrevista señalaba al espectáculo homenaje que realizó a Gardel en Medellín, “como el fin de una película” quedando en el aire la pregunta de si más que del fin de una etapa, no se trataba del inicio de una nueva. Su saber hacer con lo que la vida le presenta hacía presentir grandes desafíos. Y así lo confirma en esta entrevista en la que habla de la travesía que representaron estos últimos años hasta dejarlo en un nuevo comienzo.

Con casi 25 años de trayectoria, Ardit se ha presentado en más de 30 países, en los teatros de mayor prestigio, tales como el Teatro Colón de Buenos Aires, Lincoln Center de New York, Kennedy Center de Washington, Royal Carré de Ámsterdam, Teatro Real de Madrid, Châtelet de Paris, Concert Hall de Moscú, Orchard Hall de Tokio y Grieg Hall de Noruega, entre otros. Comenzó a cantar tango en «El Boliche de Roberto» en 1998 e inmediatamente, al año siguiente, se convirtió en el cantor de la “Orquesta El Arranque” hasta el 2005 y con gran éxito. Tiene, además, como solista, 8 discos editados, entre los que destaca sus homenajes a Gardel, Aníbal Troilo y a los grandes cantores de los 40, todos espectáculos de gran éxito de público. En 2015 obtuvo el Premio Konex como Mejor Artista Masculino de Tango de la década. En 2015 y 2017 ganó el Premio Carlos Gardel como Mejor Artista Masculino de Tango, y obtuvo también dos nominaciones a los Latin Grammy. En marzo fue convocado por tercera vez y a pedido de los jugadores por intermedio de la Asociación del Futbol Argentino para interpretar el Himno Nacional argentino en el estadio de River Plate antes del partido celebración del campeonato mundial ganado por la selección albiceleste, ante ochenta y cinco mil personas. ¿Le queda algo por hacer después de todos estos logros? Tras leer esta entrevista verán que la respuesta no puede ser otra que la reafirmación de un gran artista.

Contame, ¿qué se siente al escuchar a ochenta y cinco mil voces haciéndote los coros, al cantar “¡Oh, juremos con gloria morir!”

No sé, podemos hablar mil años de eso y no te lo voy a poder explicar. Te juro, no sé qué decirte, era una sensación muy hermosa en la que se junta que estás haciendo y a la vez disfrutando. Y tener a toda la gente cantando encima de uno: sentí que me retumbaba acá, en el pecho. Y luego cómo se venía para acá (asciende la mano por la garganta). Es una sensación incomparable, no lo puedo referenciar con nada.

¿En quién pensabas en esos minutos previos a entrar a una cancha de River llena a cantar el himno a capella? ¿Quién te acompañaba en el pensamiento en ese momento de suprema soledad?

La verdad que muchas personas. Ese día fue un raro. Si tengo que decirte alguien, pensé en mi abuela, porque fue quien me transmitió esta pasión por el himno. Cuando lo pasaban por televisión, ella lo cantaba y se emocionaba. ¡Lloraba! Y con mi hermano nos reíamos y decíamos “¡mirá la vieja cómo llora!”, para nosotros era cómico. Después se murió, y un día yo me vi emocionándome con nuestro himno por lo que dice. Y ahí decidí cantarlo y grabarlo, en el 2013.

¿Con quién estuve ese día, en la cancha de River? Pude invitar a Gustavo, el primer amigo que tuve cuando vine con 8 años de Córdoba a Buenos Aires. Él me llevó en su auto, y antes de salir a cantar estuve con él todo el tiempo, que no lo podía creer, porque todo fue una gran fiesta.

Desde luego todo un hito, casi un pliegue en el tiempo donde se juntaban pasado y futuro.

Sí, totalmente. Los dos futboleros, él hincha de River, además. La pasión que tenemos todos los argentinos por el fútbol, mezclada con el cantor de tango que entraba ahí al lado de los jugadores y delante de ochenta y cinco mil personas. Era una mezcla de tantas cosas que no te puedo decir ninguna. Era todo: el sueño del nene, del jugador de fútbol frustrado, del tipo que sigue jugando con amigos todas las semanas, del cantor de tango que casi heroicamente se para a cantar el himno con la garganta roja. Era tanto que un poco aturdía, como si vieras pasar las cosas en cámara lenta… Creo que con vos ya hablamos de eso una vez …

Sí, en la anterior entrevista en relación al homenaje que le hiciste a Gardel en Medellín. ¿Serían equiparable a aquella emoción?

Sí, sí. Para mí es como si inconscientemente intentaras retener ese momento para que no se te vaya. Con lo cual, si preguntás si me puse nervioso, no, nada, porque estaba como adormecido, como en una levitación emocional. ¡Cuando terminó me largué a llorar!, antes no quería quebrarme. Terminé de cantar y se escuchaba ese “ahhhh…” (con voz aspirada como imitando un clamor), me di vuelta y, ya saliendo de la cancha, miré a la tribuna buscando a mi amigo -porque sabía dónde estaba-, y todo ese trayecto hasta salir, fue llorar como un nene… Mirá, lo cuento y me dan ganas de llorar.

Ariel Ardit con la Orquesta Filarmónica de Medellín en el Homenaje a Carlos Gardel, en el aeropuerto Olaya Herrera de la misma ciudad.
Vista desde el público del Concierto Homenaje a Carlos Gardel en el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín.

¿Serían lo de River, junto con Medellín y el Colón, los tres momentos más señalados de tu carrera? (para más detalles sobre el homenaje a Gardel en Medellín o la actuación en el teatro Colón, pueden leer en nuestra revista la anterior entrevista: “Cada vez que te acercás, Gardel te dice: Pibe, retrocedé 500 casilleros.)

Sí, sin duda. Pasa que esto está en un lugar diferente, y ojalá me pase muchas veces más de vivir cosas como esas como cantante, pero esto involucra mucho más que un cantor, involucra lo personal. Es como si sos una réplica chiquitita de toda esa gente que está ahí.

¿Se trata más de una experiencia a nivel colectivo, aunque tengas cierto protagonismo?

Exacto. Los otros son logros como artista, de alguna manera trazados de forma más convencional: grabo un disco, lo presento acá, se lo dedico a este señor, la gente paga la entrada, te aplauden. Esto es ser parte de una celebración de todos, una parte muy deseada, pero, en realidad, sólo era un hincha más y la gente estaba cantando conmigo. La única diferencia es que yo tenía el micrófono.

Más allá de este momento tan especial, que llega después de haber celebrado hace unos años dos décadas de carrera. ¿Fueron una bisagra esos veinte años? ¿Hizo que te plantearas hacer lo que no habías hecho, o replantearte tu carrera, o todo sigue como era porque te gusta así?

No, los veinte años fueron para mí el final de una etapa, al que llegué con la intención de empezar otra. Eso fue en el 2019, lo que pasa es que después vino la pandemia, y quedé ahí, ¿viste la ruedita del teléfono cuando queda cargando? Yo ya tenía armado un disco y un repertorio nuevo, y la pandemia me hizo repensar todo. Tanto que ese disco que tenía casi listo, no lo grabé.

«El trabajo mayor siempre es con uno mismo. El mayor quilombo lo tengo conmigo, en buscar felicidad en lo que hago y sentir que me gusto a mí mismo. Esa crisis de la que estoy hablando fue mucho más allá del tango o de los formatos, fue más profunda. No me gustaba como estaba cantando, no encontraba placer conmigo mismo. ¡Y qué bueno que me pasó!, aunque en su momento lo sufrí. «

Sigo con la idea de hacer uno nuevo, pero me tomé mi tiempo. Porque, además, sentía que, después de esos veinte años, necesitaba como intérprete abordar otros desafíos, otros géneros musicales, siempre desde el tango, pero probarme también cantando otras cosas. Y la pandemia hizo que me decidiera a escribir cosas mías.

Ajá… ¿letra o música?

Letra. Y me propuse que en el próximo disco haya uno o dos temas míos, y, de hecho, ya hay dos.

¿Tango o melódico?

Vos sabés que un día la llamé a Agustina Leoni, porque me gustaba cómo hacía sus temas, para pedirle que me pasara algunos, le conté que estaba en la búsqueda de nuevos repertorios, y ella me despertó este bichito diciéndome: “¿Y por qué no escribís vos?” Le contesto. “Yo tengo cosas por ahí que nunca terminé, bocetos que nunca pensé como canciones, letras sueltas.” “Mándame lo que tengas y yo te hago la música”, me respondió. Le mandé una letra, y cuando ella me hace la devolución, ¡era una rumba! “Che, esto es una rumba.” “Bueno, lo cambio.” “No, no lo cambies, dejalo.” Y así resulta ser que lo primero que voy a grabar mío no es ni un tango ni una zamba, es una rumba. Y de hecho toca la guitarra Jesús Guerrero, el guitarrista de Miguel Poveda -entre muchos-, un monstruo. Y la segunda letra es un bolero.

Fue muy importante la aparición de ella porque cuando estaba buscando cantar temas de otros, ella me hizo ver que podía animarme a cantar temas míos.

¿Qué se siente?

Identidad, primero, porque al cantar vos le estás poniendo el cuerpo a algo que salió de ahí, que es tuyo. Entonces, el intérprete funciona desde otro lugar, con más autoridad y con más naturalidad, porque estás cantando algo que no tenés que pensar cómo lo escribió el autor.

«Siempre escribí, tengo hasta microprogramas de radio hechos con un amigo, cosas graciosas. Y escribí cuentos y otras cositas, pero el formato canción es nuevo, y me gusta porque me referencio con historias que me pasaron. No más tenés que abrir la puerta de lo que te pasó, y punto.»

Claro, porque normalmente tenés que intentar captar el sentimiento que el poeta quería trasmitir; pero ahora el sentimiento es tuyo.

Es muy lindo, incluso iba a decir “sanador”… no sé, al menos a mí me está pasando.

Siempre escribí, tengo hasta microprogramas de radio hechos con un amigo, cosas graciosas. Y escribí cuentos y otras cositas, pero el formato canción es nuevo, y me gusta porque me referencio con historias que me pasaron. No más tenés que abrir la puerta de lo que te pasó, y punto.

¡Claro que es sanador! La escritura permite, primero, una elaboración y, después, un desprendimiento. Además, puede llegar a ser un refugio.

¡Sí! Y en algunos momentos fue una forma de desahogo. Antes de estas canciones, yo había escrito para un amigo que falleció. Tengo, también, algo dando vuelta, medio escrito… ¡mirá vos! para otro amigo que falleció hace poco. No lo puedo terminar porque todavía me confunde el sentimiento de no aceptar que ya no está. Escribí cosas para mis hijas, para mi vieja, para mi abuela. Una vez me pidieron algo para la biografía de Héctor Larrea.

Ariel Ardit junto a un Lidia Borda en un ciclo de conciertos que continuará este año.

¿Qué otros proyectos tenés desde que cumpliste los veinte años con la música que con la pandemia quedaron “recalculando”?

Lo de recalculando tiene que ver conmigo, con mi “zanahoria” como artista, como intérprete. Ahora es muy distinto a ese 2019 cuando sentía que tenía que escapar un rato del tango. Por suerte, ya no tengo que escapar. Sí, necesito expresarme de otra manera.

¿Escapar?

Sí, fue horrible. La pasé mal. Sentía que había perdido, no la pasión de cantar porque soy el que mejor la pasa cuando me subo al escenario, pero había perdido el deseo de seguir con los mismos formatos. Me costaría mucho volver a grabar cualquier disco como lo hubiese hecho antes, en el formato de orquesta típica o cuarteto típico.

¿Por qué te costaría mucho?

Porque ya lo hice, y no encuentro placer en hacer lo mismo. Es como cuando terminás una relación en la que te quisiste mucho con el otro, pero hay un punto en el que uno dice: “Sí, sí, todo bien, pero no volvería nunca.”

¿No te condiciona el público, que no le guste lo nuevo que querés probar? ¿A quién es más importante contentar, a tu artista o a tu público? ¿Cómo hacés para conciliar entre ambos?

De una te digo que al que hay que contentar primero es al artista, porque si no, no podés, aunque uno sea un producto también. Obvio que nadie hace cosas para no vender entradas y para que a la gente no le guste, pero eso es una segunda instancia, cuando vos difundís tu trabajo -porque yo trabajo de esto- buscás el beneplácito del que te va a contratar o del que te va a pagar una entrada o te va a aplaudir. El trabajo mayor siempre es con uno mismo. El mayor quilombo lo tengo conmigo, en buscar felicidad en lo que hago y sentir que me gusto a mí mismo. Esa crisis de la que estoy hablando fue mucho más allá del tango o de los formatos, fue más profunda. No me gustaba como estaba cantando, no encontraba placer conmigo mismo. ¡Y qué bueno que me pasó!, aunque en su momento lo sufrí. Entonces, al que hay que contentar es a mí.

«…por ahí la gente me verá como el mismo, pero yo sé que internamente me pasaron un montón de cosas que me llevaron a que hoy esté en una búsqueda diferente a la que tenía hace algunos años.»

¿Puedo preguntar por qué o qué no te gustaba de vos cantando?

Sí, yo puedo sacar todo para fuera. Sentía que me había aburrido de mí mismo. Me escuchaba y pensaba: “la verdad es que podría cantar distinto”.

Me acuerdo que me estaban haciendo una biblioteca -mirá vos la historia que te voy a contar, estoy mirando el mueble ahora y me acuerdo-, y vino una amiga con un obrero que cuando me dio la mano casi me la arranca, un tipo muy rústico que hacía poco había de un pueblo en Paraguay donde no había luz; y mientras armaba el mueble, me dice mi amiga “Che, ¿vos cómo andás con el tango? Siempre te veo laburando” “¿Vos sabés que estoy un poco hinchado las bolas de mí, de mi trabajo? Quiero darle otro formato” “¿Cómo? Si te va bien” Parece que el que te vaya bien está asociado a que sos feliz con eso, y no siempre. Y le digo: “Sí, pero no, no la estoy pasando bien, estoy hinchado de hacer lo mismo, quiero hacer otras cosas. Necesito un cambio.” Y entonces el obrero, desde abajo, mientras acomodaba la cajonera, me dice: “Como el águila.” “¿Cómo, como el águila?” Y se puso todo colorado porque era muy tímido, y me dice: “Busque, busque ahí”, señalando el teléfono. “Pero decime qué es.” “No. Es la historia del águila”. Bueno, hay muchos videos que lo explican: resulta que las águilas, cuando cumplen cuarenta años, se arrancan el pico, golpean el pico contra una roca hasta que se les sale. Y se tienen que esconder porque corren el riesgo de que las cacen y no se pueden defender. Y tampoco pueden comer, así que algunas mueren. Cuando el pico nuevo les crece, con el pico nuevo se despluman, se sacan todas las plumas, para que les crezcan plumas nuevas. Algunas mueren de frío, no todas pasan esa prueba. Ahora, una vez que les crece el pico y las plumas nuevas, viven casi 40 años más. O sea que esa crisis tiene el riesgo de quedar en el camino para vivir 40 años más. Y para mí fue muy simbólico porque dije: “Claro, yo necesito desplumarme un poco. Arrancarme el pico y desplumarme un poco”. Y a la vista de los demás esa águila puede parecer la misma águila, pero, internamente, ella sabe que ese pico y esas plumas son otros, y sabe lo que significó cambiarlos, el riesgo que corrió, esa crisis que atravesó para afrontar el cambio. Entonces, pensando en mí, por ahí la gente me verá como el mismo, pero yo sé que internamente me pasaron un montón de cosas que me llevaron a que hoy esté en una búsqueda diferente a la que tenía hace algunos años.

«La pasé mal. Sentía que había perdido, no la pasión de cantar porque soy el que mejor la pasa cuando me subo al escenario, pero había perdido el deseo de seguir con los mismos formatos. Me costaría mucho volver a grabar cualquier disco como lo hubiese hecho antes, (…) no encuentro placer en hacer lo mismo. Es como cuando terminás una relación en la que te quisiste mucho con el otro, pero hay un punto en el que uno dice: “Sí, sí, todo bien, pero no volvería nunca”.»

¿Te importa cómo pueden influir en los tangueros estos temas nuevos? ¿Ya dejaste de rendir examen frente a ellos? Viste que es un público muy exigente.

Mirá, en todo caso, yo no voy a cambiar la mentalidad de los tangueros, porque mucha de esa mentalidad yo también la tuve. Y si te dijese ahora que no me importa nada, no te estaría mintiendo, porque me di cuenta que no tengo que rendir examen ni antes, ni después, ni nunca, eso es una presión que se pone uno.

Pero el ambiente tanguero es especialmente exigente: que si expresás bien el sentimiento, que si estás a la altura de ese tango, que si estás a la altura de los que interpretaron antes, etc., etc., etc..

Sí, sí, pero te digo algo: cuando vos estás convencido de lo que hacés, vencés todas esas barreras. Mirá, cuando invité a Miguel Poveda al Colón, mi amigo Horacio Pagani, comentarista de fútbol, tanguero recontra clásico, me dice: “Naaa, que venga alguien de afuera a cantar tango.” Pero cuando lo vio a Miguel, le gustó. Y después fuimos a comer a un boliche de Almagro, y un amigo guitarrista saca la guitarra y Miguel cantó “Sus ojos se cerraron” y lo mató a Horacio. Y estaba mi amigo, ya fallecido, Osvaldo Peredo, y también se emocionó, aunque Osvaldo siempre fue un tipo más abierto. Pero Horacio me dijo: “Me hizo emocionar este pibe. ¡Qué bárbaro!”. Cuando la emoción logra su cometido, no importa el género musical, no importa nada, se vencen todos los prejuicios. Entonces para mí hay que apuntar siempre a eso. A esa lanza que logra la emoción, no hay que estar pensando en el rótulo, en lo clásico o no clásico.

Jamás, jamás, me preocupé por eso. También porque nunca corrí riesgos, porque obviamente para el tanguero hacía tango tradicional, con lo cual, en todo caso, yo tuve muy buena aceptación de parte de ellos.

Ariel Ardit en el Concierto Celebración por los 20 años con la música (2019), junto a Miguel Poveda y Guillermo Fernández, a su izquierda, y a Antonio Carmona a su derecha.

¿Puede ser que en el pasado estuvieras más condicionado por la técnica y te dejaras llevar menos por la emoción? Tanto por tu admiración a Gardel, como tus estudios líricos, o tu madre que te dijo: “si querés cantar, estudiá”…?

No, de hecho, ahora estoy tomando clases con otra profesora y haciendo cosas distintas. Sí noto que hoy hay un compromiso mucho más cercano a lo emocional que a lo técnico. No es que antes no lo pensara, pero, con el paso de los años, uno va priorizando otras cosas. El cambio tuvo que ver con una necesidad de crecimiento.

¿Te tienen que pasar cosas en la vida para alcanzar ese nivel en la interpretación que, como decía Goyeneche, llega a la piel? ¿”El tango te espera” no sólo para que te guste sino para que lo puedas interpretar?

Sí, claro, pero después eso lo tenés que hacer musical. Porque yo conozco un montón de gente a la que le han pasado cosas bravísimas en la vida, y cantan mal o feo. Ahí justamente está la virtud del intérprete, en que pueda traducir sus vivencias en una manera musical, y, además, conmueva. Porque uno se puede conmover mucho cuando canta cosas de uno y que a los demás no les pase nada. Si no, todo el mundo sería cantante y todos serían buenos, o grandes intérpretes, y no es así.

¿Sigue siendo Gardel el Dios al que le rezás? (al respecto ver en la entrevista anterior)

Mirá, ahí está Gardel (señala un cuadro en su casa, y a continuación me muestra un tatuaje con la firma de Gardel) ¡Ahora tengo tatuajes, antes no tenía! (risas)

Sí, sigue siendo Gardel el referente máximo, eso no ha cambiado, cambió aquello en lo que encuentro placer, pero otras cosas, no. Como mi concepción a la hora de elegir un tema, que yo sé que es como comprarte una ropa con la que de repente vas andar toda tu vida. Sobre todo, cuando uno graba. Sabés que eso queda eternamente. Entonces cada vez me vuelvo más responsable de lo que canto y de lo que no.

¿En qué sentido te volvés cada vez más responsable?

En no elegir para cantar algo que me gusta ahora pero que en dos meses quizás no. Por eso me está costando tanto elegir nuevo repertorio. Antes, cuando pensaba en un disco nuevo, yo me brotaba y tenía cien temas que quería grabar. Ahora no hay nada que esté seguro que en dos meses me va a seguir gustando, y cuando vos grabás algo lo tenés que poder defender toda la vida.

«…cuando vos grabás algo lo tenés que poder defender toda la vida.»

¿Lo decís por “Mariposita”?

Claro, y me encanta haber grabado “Mariposita”, porque cada vez que lo canto me siguen pasando cosas. Evidentemente fue una buena elección. A mí me reconocen por eso. De hecho, lo he sacado de los shows ya hace años, y me lo piden y lo canto.

Ariel Ardit en la previa al concierto «Únicos» en el Teatro Colón de la Ciudad de Buenos Aires.

Para ir terminado, me llegó un rumor que te iban a nombrar “Personalidad destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires”, ¿es correcto?

Sí.

¿Cómo se siente eso?

Se siente hermoso porque Buenos Aires es la mujer de mi vida, yo amo a esta ciudad, aunque nací en Córdoba y viví ahí hasta los 8 años, pero ¡yo tengo una pasión por este Buenos Aires…! Aunque cuando me lo dijeron, primero pensé “Naaa. Que reconozcan a otro. Que me reconozcan cuando sea más viejo.” Me parecía que era algo para más adelante. Pero después, dije, “Bueno, está bien, yo vivo diciendo a todos que la ciudad más linda del mundo, a la que quiero siempre volver, es Buenos Aires.” La amo con toda mi alma. Y como se ha escrito en muchos tangos: a veces te da la espalda, a veces te hace sentir por un ratito que sos el amor de su vida, y después volvés a ser uno más.

¿Qué extrañás de Buenos Aires cuando te vas fuera, además de tus afectos?

Los olores, los ruidos, andar por sus calles con la indiferencia que tiene esta ciudad que parece que no te mira nadie, la impunidad que eso te da a veces, … ¡Extraño todo! Me gusta el desorden, me gusta el lío. Y mis afectos. Todo lo que palpito, todo lo que me vibra en el corazón… mis amigos, mis hijas …

¡El quilombo! ¡Ese lindo quilombo que te mantiene vivo!

Me mantiene vivo. Yo en Buenos Aires me siento más vivo que nunca y me siento parte.

Flavia Mercier entrevistando a Ariel Ardit.

¿Vos ya sabías que ibas a ser cantante antes de conocer a Gardel?

Yo con el duchador del departamento de Viamonte 1668, donde vivía mi abuela y mi tío cuando vinimos de Córdoba, cantaba el rock “Atmósfera pesada” de Sandro…

O sea que antes que Gardel fue Sandro.

Sí, claro, primero fue Sandro. Yo me sabía todos sus temas porque mis tíos tenían un trío que hacían imitaciones.

No sé si ser cantante era una meta, sí siempre supe que cantaba. Quise ser jugador de fútbol, quise ser muchas cosas, pero el tema del canto yo lo tenía incorporado. Siempre me imaginé en eso porque andaba con mi mamá en las peñas, y acompañaba a mis tíos. Ya entrar a un lugar y ver a la gente cómo mira y dice, “Ahí vienen los artistas”, me gustaba. Y yo sólo les llevaba la ropa. Después fui su plomo (sonidista).

Y el rock de Sandro “Atmosfera pesada”, lo quiero grabar, y lo voy a grabar.

¡Qué mutación de piel que estás viviendo!

Claro, el desplume del águila. Estoy como cuando se está haciendo un local nuevo y ponen esos carteles que dicen: «En construcción, estamos trabajando para usted”. Estoy en proceso de construcción y ya no es un sufrimiento, ahora lo estoy disfrutando.

Muchas gracias Ariel, por la entrevista y, sobre todo, por tu franqueza para responder.

Cuenta Ariel Ardit que al cumplir 20 años de carrera sintió que se aburría de escucharse hacer siempre lo mismo, de la misma manera. Este sentimiento le produjo una importante crisis que se precipitó durante la pandemia. El azar puso entonces en su camino a dos personas que le acercaron las herramientas para abrir la salida. Una cancionista le recordó que podía usar un lápiz para escribir sus propias canciones. Un carpintero le talló en su imaginario el reflejo del águila al llegar a los 40 años cuando, para poder vivir otros 40, arriesga su vida en renacer. Como el águila, Ariel decidió desplumarse de prejuicios y viejos corsés clásicos. Decidió arrancarse el pico y volvió a estudiar canto y coqueteó con nuevos géneros musicales, buscando, quizás, su propia voz. Una voz que luego podría dictarle las letras que el lápiz dibuja en el papel para desahogar su alma de aquellos dolores que agostan la garganta. Una voz que cuando entrevisté a Ariel hace casi cinco años atrás era su farol y su espejismo desde el día en que quedó hechizado por la voz de quien cada día canta mejor. Una voz que le alumbra el camino a seguir, y le nombra la huella del canto.

Flavia Mercier

Ariel Ardit: “Cada vez que te acercás, Gardel te dice: Pibe, retrocedé 500 casilleros.” (entrevista 19.10.2018)

Del “Boliche de Roberto” al Colón y al mundo. Así se podría resumir los casi veinte años de trayectoria de Ariel Ardit. Sin olvidar un alto en el camino en Medellín para rendirle un homenaje a su amado y venerado Carlos Gardel. Con casi 20 años de trayectoria, Ardit se ha presentado en los teatros de mayor prestigio del mundo, destacando entre sus espectáculos de más éxito de público el homenaje sinfónico a Gardel, el homenaje a Aníbal Troilo y el homenaje a los grandes cantores de la década del 40 del tango. En 2015 obtuvo el Premio Konex como Mejor Artista Masculino de Tango de la década. En 2015 y 2017 ganó el Premio Carlos Gardel como Mejor Artista Masculino de Tango, y obtuvo también dos nominaciones a los Latin Grammy. Una entrevista profunda en la que Ardit nos brinda los detalles de los detrás de la escena de su gran trayectoria.

Ariel Ardit en su presentación en Tango Vivo Barcelona, acompañado por Alejandro Di Constanzo en piano (octubre 2018).

Hola Ariel, buenos tardes. Te cuento que entre nuestros lectores hay muchos artistas, muchos amantes del tango, así que vamos a suponer que ya saben quién es Ariel Ardit, y en lugar de hacerte repasar toda tu carrera, vamos a intentar conocerte un poco más a fondo, a partir de ciertos detalles. 

¡Dale!

Te escuché decir muchas veces que vos cantás por Gardel, por tu admiración a Gardel…  Yo canto tango por Gardel.

¿Por qué Gardel? ¿Qué te atrapó de él?  

Yo vengo de una casa en la que son todos cantantes. Mi mamá (Adriana Oviedo) cantaba folklore, mis tíos que eran actores cómicos también cantaban folklore, seriamente, mi abuela cantaba, … incluso mi tío abuelo que fue contador y marino cantaba hermoso y tocaba la guitarra como un fenómeno. Entonces, un día, un viernes de esos que nos reuníamos en familia, jugando al truco, se escuchaba a Gardel de fondo, como tantos otros viernes, pero, en esa ocasión, yo ya estaba estudiando canto lírico y, de repente, pensé: “este hombre canta lo que yo estoy tratando de aprender con el profe”. Paré la oreja y ahí empecé a descubrirlo.

¿Ahí entendiste por qué cada día canta mejor? 

Ahí, empecé (lo dice con mucho énfasis) a darme cuenta, porque es hasta el día de hoy que le sigo descubriendo cosas. El que es fanático de Gardel, no termina de descubrirlo nunca.

¿Seguís descubriendo matices en Gardel cada vez que lo escuchás? ¡Sí! Lo dije cuando le hice el disco homenaje: Gardel es como un espejismo, uno siente que progresa mucho, pero cuando crees que ya lo estás haciendo muy bien, que ya estás ahí… entonces escuchás un tema de Gardel, medio tema no más, y sentís: “Pibe, ¡Mejor retrocedé 500 casilleros y volvé a empezar!”Es tan grande porque es muy sutil, no se ve, hasta que acercás la mirada, entonces ves que Gardel siempre es más, no un poquito, mucho más. Cuando lo desmenuzás podés ver que tiene cosas medio indescifrables que te parece que se escuchan de una forma, pero cuando las volvés a escuchar después de años, tenés una visión distinta. Con Osvaldo Peredo, mi amigo y cantor de tango, decimos que Gardel sigue grabando a escondidas, que está en algún lugar grabando y va cambiando las canciones. Siempre hay una posibilidad de escucharlo mejor, y esa posibilidad te hace crecer.La verdad es que el tango para mí es una consecuencia de Gardel. La gente del tango lo puede interpretar mal, no me molesta; pero yo canto tango porque él cantaba tango. Si Gardel hubiese sido un cantante de flamenco, yo hubiera cantado flamenco.

Lo que te atrapó fue Gardel, no el tango.

Seguro. Por supuesto que después descubrí el tango y es un género que a mí me justifica como cantante. No me saldría mejor ninguna otra música. Pero es por Gardel. Es que no te puede no gustar Gardel. Al tipo que no le gusta Gardel, en algo es mal tipo. Estoy seguro. Habla mal de él. Hay algo que no está bien.

Yo siento una fascinación por Gardel como por nadie. Mirá, yo soy católico, tomé la comunión, la confirmación, y creía en Dios, pero, poco a poco, dejé de ir a las iglesias. Para mí la religión es una manifestación necesaria de la fe. Mi abuelo decía que vos tener que creer en algo, aunque sea en un palito. Y tenía razón, vos la fe la tenés que depositar en algo, en alguien, porque si no te explota dentro, eso necesita tener un cauce, ese es el sentido de la religión. Bueno, sin darme cuenta, desde hace un tiempo, cuando deseo pedir algo se lo pido a un señor engominado que canta tango.

No sólo eso, sino que además te has encargado de saldar las cuentas pendientes que tenía la vida con Gardel. Le hiciste un concierto homenaje para el 80 aniversario de su muerte en el mismo aeropuerto de Medellín, y después llevaste ese homenaje al Colón, donde Gardel no pudo estar.

Exactamente, pero con mucho respeto. Pensá que yo no canté a Gardel hasta después de muchos años de trabajo. Cuando empecé a cantar con “El Arranque”, no hacía ninguno de sus temas. Después grabé un disco con guitarras y no es un disco homenaje a Gardel. Después grabé los discos con mi orquesta y tampoco hice alusión a Gardel…. Lo de hacerle un homenaje a Gardel vino cuando yo pude decir; “ahora me animo a hacerle este homenaje, ahora me la banco”.

¿Y ahora te plantearías cantar otra cosa que no fuera tango?

A veces me tienta cantar otra cosa que no sea tango.

¿Volverías a la idea del canto lírico u otro género?

Me gusta cantar folklore, me gusta cantar bolero y el canto lírico me encanta. De hecho, tengo pensado hacer un disco que se llamará “De punta a punta” en el que quiero cantar una zamba, una chacarera, una tonada, un tango, una canción, una balada…, un disco con los distintos ritmos de Argentina.Uno es inquieto y no puede quedarse haciendo siempre lo mismo. Yo siempre me pregunto dónde me quiero ver en 10 años. Imaginarme haciendo lo mismo, no me divierte mucho. A veces incluso siento que me aburro de seguir haciendo lo mismo y, me preocupa; porque cuesta tanto alcanzar un lugar, consolidarlo, pero yo necesito que las cosas se muevan. Aunque, a pesar de todo, cada vez me siento más del tango. Yo soy esto”, digo.

¿Necesitás probar cosas nuevas para que la capacidad creadora no se muera…?

Sí, si no uno se empieza a aburguesar, perdés el entusiasmo. A mí me encanta cuando me transpiran las manos. Cuando estoy preparando algo nuevo y tenés esa sensación que no te deja dormir. Esa adrenalina no la quiero perder.

¿Y cómo elegís las canciones? ¿Cómo decidís el próximo disco?

Primero pienso en un repertorio de una manera conceptual.

¿Cómo el mensaje que querés que el disco transmita como un todo?

Sí, exacto. Y a partir de ahí, una vez definido el concepto-disco, empiezo a elegir canciones. Hay algunas que te gustan hace, quizás, veinte años. Otras veces, necesitás empezar a buscar nuevas para completarlo, siempre dentro de un mismo concepto. Y también ocurre que hay muchos tangos que están ahí, que los escuchaste siempre por otros, y que hasta ahora no se te ocurrió que podías cantarlos vos, hasta quelavivencia te va acercando más. Por ejemplo, “Fuimos”, es un tango que siempre escuché por otros y, aunque me gustaba, me parecía que no era para mí, como que era algo que le pasaba a otro tipo, lo sentía lejano. Pero un día me separé. Me separé de la mujer que más amé en mi vida, y entonces empecé a cantar “Fuimos”. Y no es que dije “voy a cantar Fuimos”, me descubrí (con énfasis) cantando “Fuimos”, y me pregunté, ¿de dónde lo traje?… Y, claro, después me di cuenta.

De golpe -y como un golpe-, la letra resonó distinto dentro tuyo

Sí. Y como antes no, no me hacía falta cantarla. No cantaría nada que no me cause algo. No me gusta cantar por cantar, porque me aburro yo.

Necesitás conectar con la canción desde tu propia vivencia.

Sí, inclusive desde lo cómico o lo burdo. Puede ser algo que en principio parece que no tiene que ver con vos, pero en ese contraste algo tuyo encontrás. O tal vez aquello que no querés mostrar de vos mismo.

¿Y cómo hacés para cantar “Lejos de Buenos Aires”? Una vivencia que no tenés.

Lejos de Buenos Aires es una vivencia que yo no tengo todavía en carne propia, pero sí tengo grabado a fuego lo que me contaron todos los tipos grandes de cómo es estar lejos de Buenos Aires.

¿Cómo definirías ese sentimiento?

Es una nostalgia con cierto resentimiento porque se extraña algo que ya no existe, que ya no es así. Por ahí, ese mismo tipo que se siente nostálgico estando afuera, cuando está en Buenos Aires, está todo el tiempo renegando de Buenos Aires.

Yo cada vez la extraño más. Y mientras más conozco otras ciudades, más me siento parte de ella. Es un sentimiento muy porteño, y mirá que soy de Córdoba y adoro Córdoba, pero no siento esto. En Buenos Aires tengo mi vida, ahí me pasaron las cosas más lindas. Y las más feas, o las más tristes también… No me imagino viviendo en ningún lugar del mundo que no sea Buenos Aires. Así sea la peor situación histórica, yo quiero vivir en Buenos Aires

Juan José Saer decía: Signo, modo o cicatriz, lo arrastro y lo arrastraré conmigo donde quiera que vaya. Más todavía, aunque intente sacudírmelo como una carga demasiado pesada, en un desplante espectacular, o poco a poco y subrepticiamente, en cualquier esquina del mundo, incluso en lo más imprevisible, me estará esperando. Era mi lugar: en él muerte y delicia me eran inevitablemente propias…” 

¡¿Viste?!

¿Qué es lo que extrañas?

El famoso no sé qué

“Las tardecitas de Buenos Aires tiene ese ¿qué se yo? … ¿viste?…”

(risas)

¿Y cómo va el tango fuera de Buenos Aires? Parece que cada vez se escucha más tango, se baila más tango. Hay quienes dicen que el tango en los próximos años va crecer más fuera de Buenos Aires que en Buenos Aires… ¿Vos qué pensás de eso?

Mirá, a lo mejor puede resultar agresivo el que sea tan categórico, pero para mí el tango es Buenos Aires. Sucede en Buenos Aires, se vive en Buenos Aires, se hace, crece y se reproduce en Buenos Aires. Todo lo demás está buenísimo, es lindísimo ver crecer el tango en otros lugares del mundo, pero cuando una orquesta quiere crecer, se instala en Buenos Aires; porque quien justifica tu trayectoria, tu trascendencia en el tango, es el público de Buenos Aires. Así vos vivas todo el año de gira, y ganés un montón de plata y te llenés de euros, todo eso necesita justificarse en Buenos Aires. Yo no me voy a ir nunca de Buenos Aires. Puedo vivir de gira, pero la base es Buenos Aires. Porque además canto en este idioma y yo entiendo que, así como uno es lo que come, uno canta lo que vive y el tango se canta como se vive en Buenos Aires.

Hiciste un disco tributo a los cantores de la generación del 40. ¿Por qué un tributo a ellos? ¿Qué te gusta especialmente de ellos?

Hay un tango que dice: “Se ha quedado roto mi castillo de cristal, dejame hacer un Dios con sus pedazos”. Si Gardel fuese un dios de cristal y lo rompés, los pedacitos son todos los cantantes del ’40.Cuando me metí con los cantores del ’40 me volví loco. El cantor del ’40 tiene la mesura. No tiene ese histrionismo un tanto burdo que tuvieron después los cantores de tango, no lo necesitaban porque tenían la orquesta que ya daba el marco y, entonces, el cantor era la frutillita … y esa delicadeza a mí es la que más me gusta del canto y en eso, para mí, tienen algo de Gardel.

Sí, la misma sutileza que destacabas de Gardel… ¿Y por qué un homenaje a Troilo?

Yo admiro a todas las personas que admiran a Gardel y a Troilo lo siento muy, pero muy, cercano a Gardel. De hecho, en muchas biografías él decía que quería que su orquesta sonara como las guitarras de Gardel. Entonces, ¿Por qué Troilo? Porque es una consecuencia natural. Es Gardel, y después Troilo. No hay manera que alguien te diga “me gusta Gardel y no me gusta Troilo”. O al revés. Porque en estética, y en definición, te diría que son lo mismo.Troilo es para mí el Gardel de los músicos. Él logró que su orquesta, como ninguna otra, acompañara a los cantores como las guitarras a Gardel. La orquesta de Troilo, sobre todo en la primera mitad del ’40, le da un lugar al cantante para que comunique la letra. Ni siquiera la voz del cantor, la letra. Por eso con Troilo todos los cantores han logrado su mejor versión. Ninguno logró, fuera de la orquesta de Troilo, algo mejor. Diferente sí, pero así en ese punto de mesura, nadie. Por ejemplo, con Rivero, cuya fama vino mucho después; Troilo logró que cante como un elefante caminando en un piolín. Y de todos los cantantes que tuvo Troilo, el mejor, fue Troilo. Hay grabaciones de “La Cantina”, en Uruguay, en las que canta con una vocecita media disfónica que cuando la escuchás decís. “Claro, por eso cantaban bien todos sus cantantes. Él sabía cómo guiarlos”.

De todos los escenarios, en los que actuaste ¿cuál fue más el más conmovedor? ¿El Boliche de Roberto (donde debutó), el homenaje a Gardel en Medellín, ese homenaje en el Colón, o cantar con tu mamá en el escenario?

El Homenaje a Gardel. Sin dudarlo. De alguna manera es una pena, si me miro de afuera, ese es el final de la película.

Justificaba el camino.

¡Sí! No creo que como el artista que soy vaya a hacer nada más importante que eso. Los días previos no podía dormir, y además estaba muy sensible, hacía las entrevistas y me largaba a llorar, porque era muy fuerte.

Era toda tu trayectoria ahí.

Además, era sostener un producto como productor después de haber convencido a mucha gente. Convencer a los colombianos que justificaba gastar toda esa plata, movilizar la filarmónica de Medellín, a la Televisión Pública para que lo televisara en directo para Argentina, y a Telemedellín también. A Teresa Parodi que nos ayudó con una parte de los pasajes,… , todo por un producto que era yo, cantando. Y era toma única. Era una cosa tremenda, no lo había hecho nunca, en ningún otro lado. Yo no quería aflojar, pero cuando aflojaba, lloraba.

Te escuché decir una frase muy bonita de ese homenaje, que era “hacer despegar ese vuelo que nunca llegó a destino…”

Se me ocurrió que para homenajear a alguien que murió ahí, había que buscarle una vueltita, más romántica quizás, no pensar en la celebración de la muerte como algo terrible, sino transmitir que algo continúa…

Desde luego, Gardel pasó a la inmortalidad cuando su nombre es una metáfora de tantas cosas en el lenguaje.

Y sí, yo sentía eso, que Gardel no había muerto ahí. Si hubiese muerto ahí, nadie estaría hablando de Gardel hoy, y haciéndole un homenaje 80 años después. Entonces se me ocurrió hacer un pequeño montaje con una imagen del mismo tipo de avión en 3D, despegando, mientras se escuchaba el ruido del motor -conseguí el sonido del mismo motor, del mismo avión-, y yo decía que para mí Gardel sí había despegado en ese vuelo, y con él tomaba vuelo el tango. Se apagaban las luces, se escuchaba ese motor… brrrrmmm… y empezaba “Volver”… “¿Cómo hago para no llorar?”, pensaba yo antes, pero me pasó algo… fue como si todo ese show se me pasara en cámara lenta…

¿Y por qué sinfónico?

Y bueno, se remonta a varias situaciones que había vivido en mi pasado. Primero, en el año 95, cuando yo todavía no cantaba tango, vi un homenaje a Gardel transmitido desde Toulouse, en un lugar hermoso que el año pasado fui a conocer, con una sinfónica y Pane, Marconi y Garello como bandoneonistas, pero nadie que cantara. Y pensé: “¡Qué raro, un homenaje a Gardel y nadie que cante!”. Después, cuando conozco Medellín en el 2013 le pregunto a la directora del Aeropuerto “¿Cuál es el lugar dónde murió Gardel?” Y me dice que no lo tienen señalado porque eso era un aeropuerto y no se podían hacer señalizaciones fuera de las necesarias. Y yo le digo. “Disculpame, no lo tomés a mal, en el mundo a Medellín lo conocen por dos cosas: una es muy buena, Gardel; y la otra es muy mala… ¿No te parece que tendríamos que hacer algo para priorizar que a Medellín se le asocie más con algo bueno? …”Mucho no le gustó, y, entonces, le dije: “Si te animás a hacerlo, yo me ofrezco gratis a cantar en un homenaje a Gardel acá…”Y ahí fue donde yo mismo me dije ¿Y si le organizo yo el homenaje? Además, en las películas, Gardel aparecía con orquestas, en parte porque competía con películas en las que salían orquestas como las de Bill Crosby. Y también porque le encantaba la ópera. La primera vez que vine a Barcelona descubrí que había cantado como el segundo del gran tenor Miguel Fleta. Fui a conocer el teatro en el que había actuado Gardel; y tuve la suerte de conocer al dueño, que era el nieto del que había sido el dueño en la época que actuó Gardel, y me mostró los afiches de aquella actuación. Ahí vi que Gardel había sido el segundo Miguel Fleta. Y cuando junté todos estos recuerdos, lo vi claro: A Gardel le hubiese encantado cantar con una sinfónica. Un homenaje a Gardel tenía que ser sinfónico.

Ariel Ardit con Flavia Mercier en la previa a su concierto en Barcelona (octubre 2018), tras terminar la entrevista.

Digamos, que tu motor es tu deseo, pero lo vas reconociendo en cosas que te pasan, que te conmueven… Sí, yo ya lo tenía, pero es cierto que desde aquel homenaje que yo vi en el ’95 y ese viaje a Medellín en el 2013, pasó mucho tiempo. Es como que ese deseo estaba guardado, hasta que, al estar en Medellín, hizo click.

Bueno Ariel, lo dejamos acá, dejemos a ese “click” seguir resonando para nuestros lectores … Por mi parte sólo queda agradecerte por esta entrevista. Muchas gracias

Ariel Ardit canta tangos por Gardel. No por el mito, sino por aquello que, en sus palabras, simboliza una suerte de espejismo que cada vez que cree alcanzar se le escapa como el final de un camino que aún le resta por hacer. Preso de un verdadero encantamiento por la virtuosidad de Gardel, Ariel Ardit ama en Gardel, más que a Gardel, la voz de Gardel.

Por otro lado, consciente inconscientemente, es un artista que causa efecto. La gente resalta, al final de sus espectáculos, además de su voz, su cercanía y su saber hacer de cada tango un lugar donde reconocerse. Por la forma en que cuida cada detalle de sus presentaciones, parece encontrar placer en causar ese efecto. Quizás ese mismo placer es lo que le permite estar en posición de recibir los efectos de lo que encuentra por azar. Se encuentra con un afiche que testimonia el deseo de su ídolo por la lírica, y ese espejo refleja su propio deseo por la lírica que le anima a aportar a aquel concierto que había visto tantos años antes, la voz que le faltaba. Justamente la voz, aquel objeto de deseo que intenta atrapar al escuchar a su ídolo. Esa voz parece ser un objeto atrayente y enigmático a la vez, tal que enlaza su deseo cual un anzuelo, y al que va descubriendo capa a capa en cada vuelta que hace sobre el mismo, y sobre él mismo.

¿Hasta dónde estará dispuesto Ariel Ardit a llevar estos efectos, o, a dejarse llevar por los efectos del azar que le conmueven? ¿Fue el Homenaje a Gardel, el final que debía tener su película -como él dijo-, o estamos ante el comienzo de una nueva? En ese homenaje levantaba vuelo un avión que en el pasado no había llegado a destino. Esa forma de transformar un duelo en producción artística nos dice que hay un artista y que, como tal, sabrá reinventarse, junto con su deseo, para recibir los efectos del azar que está esperando sorprenderle en cualquier esquina.

Flavia Mercier

Eduardo Arquimbau: “Me atreví siempre a todo, soy investigador.”

Nacido y criado entre Boedo y Parque Patricios, barrios de tango, el Maestro Eduardo Arquimbau aprendió el tango en las calles de su barrio y desde allí lo llevó al mundo. Quien junto a su esposa Gloria formó una de las parejas más emblemáticas del tango escenario, puso siempre mucho empeño en estudiar las raíces del tango como danza. Desde muy jóvenes, la pareja bailó junto a todas las grandes orquestas como las de Canaro, D’Airenzo, Pugliese, Troilo, Mores y Sassone, entre otras. Fueron figuras, coreógrafos y directores de un número importante de programas de televisión como “Grandes Valores del Tango” y “La Botica de Bergara Leuman” o el programa en Canal 13 llamado «Yo soy porteño», dirigido por el afamado director de cine, televisión y teatro, David Stivel, y que luego pasó a Canal 9 como “Yo soy del ‘30”. Se presentaron por primera vez en Japón en 1961 de la mano de Francisco Canaro, y se convirtieron en referentes del tango en el país nipón. Brillaron en “Tango Argentino” y fueron coreógrafos y primeras figuras de “Forever Tango” en sus inicios. Armaron su propia compañía, creando espectáculos que recorrieron el mundo. Fueron invitados hasta por Ed Sullivan a participar de su show de televisión en la última noche que actuaba Louis Amstrong. En 2006 fueron nombrados Ciudadanos Ilustres de la Ciudad de Buenos Aires por su larga y exitosa carrera y su contribución al tango argentino.

Eduardo Arquimbau en una exhibición en Salón Canning, a la edad de 82 años. En la esquina derecha de la pista se ve a Gloria. Agosto 2018.

¿Naciste acá, en Boedo, pero te criaste en Parque Patricios? (estamos en el bar “Esquina Homero Manzi”, esquina San Juan y Boedo)

Cinco cuadras para allá. Ahora vivo a dos cuadras de acá, porque este es un barrio donde nació el tango

¿Y tus amigos fueron los que te llevaron a la milonga?

Me llevaban al “Marabú”. Porque ellos bailaban (profesionalmente) con Di Sarli, uno, otro con D’Arienzo, y otro con Troilo.

¡Al Marabú! En esa época era un cabaret ¿Con qué edad?

Y… tenía 16, 17 años. Era chico, no podía entrar si no iba con ellos. Yo en el “Marabú” (Histórico cabaret, posteriormente tanguería, donde debutó Troilo y tocaron todas las grandes orquestas) después, en los años ’80 y pico, di clases.

¿Quiénes eran esos amigos?

Uno se llamaba Poché y bailaba en el Marabú con una chica que se llamaba Blanquita . El otro era el Tin que bailaba con Troilo. Tin y Sarita era la pareja.

¿Ellos te enseñaron a bailar a vos?

No, no me enseñaban, me llevaban porque yo pagaba los cafés (risas) y era socio con el Tin para dar bailes (organizar bailes), porque yo llevaba muchos chicos. Como yo iba a todas las prácticas de todos los clubes de barrio, y gané un concurso en el Club “Unidos Pompeya” me conocían en todos lados. Cuando gané el concurso el Tin quiso que me quede. Ahí conocí a Troilo (Aníbal), con unos 19 años.

Un joven Eduardo Arquimbau.

¿Por qué ibas a “todas las prácticas”, “de todos los clubes”? ¿Qué buscabas?

Aprender a bailar.

¿Tanto, como para ir a “todos los clubes de todos los barrios”?

Lo que pasa es que cada barrio tenía su estilo. Y si a mí me gustaba como bailaba este o aquel, preguntaba: ¿De qué barrio es? “De aquel, de allá.” Y entonces iba a mirar.

«Yo soy un estilo milonguero, bien barrial, más histórico que eso de tirar la mina “pa’rriba”. Todo lo que yo hago tiene que ver con la historia del tango, porque soy un investigador. Yo tengo los nombres de todos los bailarines, de todas las bailarinas, sé cómo bailaba uno, cómo bailaba otro, y por qué bailaba así.»

¿Ibas a aprender el estilo del barrio o ibas detrás de un bailarín en particular, para ver su estilo, o sacarle algún paso, quizás?

No, no, mis amigos no me dejaban hacer eso. Yo quería. “¡Mirá, mirá, lo que me enseñó Márquez!”, les decía. Pero mis amigos me dijeron: “Vos tenés que ganar o perder con lo tuyo. Si no, perdés la personalidad.” Y tenían razón. Tiempo después, yo le hice un homenaje a Márquez, y ese día bailé todo lo que él me enseñó, y era como si bailara con un traje que no fuera mío. Ahí me di cuenta que mis amigos tenían razón.

¿Por qué empieza esa locura por el baile, porque era lo que hacía la juventud?

Claro, en esa época jugábamos al fútbol, bailábamos, y algunos también hacíamos boxeo. Yo practicaba boxeo por acá cerca, en Parque Patricios, en el Club Charleston. Y todos bailábamos tango, porque en las casas, en todas, se escuchaba tango. Y a mí en las prácticas me gustaba pasar música, porque yo tenía los discos de mi papá. Mi papá era muy tanguero y hacía bailes con orquesta en la terraza de mi casa. Yo tenía unos 7 u 8 años y me llamaba la atención los jugadores de futbol que venían a bailar.

Y, entonces, ¿cómo aprendiste? ¿Mirando? ¿O alguien te pasó pasos?

No, yo aprendí porque un vecino de mi casa quiso aprender y empezó a hacerlo con un pibe de 18, 20 años que ya bailaba, y que venía a enseñarle a mi casa. Y, mientras, yo le pasaba la música y miraba. Yo no quería aprender, ¡tenía 11 años! Con el tiempo, me convencieron para que aprenda, y ahí descubrí que de mirar ya sabía todo. Entonces, el que hacía de maestro me dijo: “Pero vos tenés que venir a las prácticas, ya sabés bailar”. Y me empezó a llevar a la práctica del club “Paciencia”.

¿Estamos hablando de practicar entre hombres, no?

Sí, las chicas aprendían en su casa, con su papá, su hermano o algún amigo. Y los chicos aprendíamos en las prácticas entre muchachos, que había dos veces por semana en todos los clubes. Tenías que tener 14 años o pantalones largos, y yo no tenían ninguno de los dos, porque aprendí a bailar a los 12 años. Estoy hablando de los años ’40, en la década de oro del tango, cuando más tango hubo.

Gloria y Eduardo con la orquesta de de Aníbal Troilo

¿Te acordás cómo fue la primera vez que entraste a una milonga?

No había entrado nunca a la milonga hasta el cumpleaños de la hermana del muchacho este que le enseñaba al otro -me parece que se llamaba Andrés-. La primera vez que bailé con una chica fue con su hermana, porque era su cumpleaños y entonces me vi obligado a bailar con ella. ¡Y me olvidé todo! (risas) Porque una cosa es lo que vos pensás que sabés y otra cosa es cuando lo tenés que hacer. No me acordaba de nada. Caminaba, hacía la salida, lo más simple, ninguna cosa rara.

¡Pánico escénico! ¡Quién te ha visto y quién te ve!

Tendría unos 16 años. Y cuando mis amigos vieron que bailaba bien y que era un loco del tango, del baile, me empezaron a llevar a todos lados. ¿Me llevaban a los cabarets! (En voz baja, como contando un secreto). Yo tengo una historia con los cabarets, …

«Yo quería que se vieran todos. Siempre les decía que tenían que salir y romper todo. En el escenario vos tenés que hacer una cosa “¡Bum! Para afuera”. En una pista vos podés bailar un tango con tu personalidad, tu estilo personal, pero cuando salís al escenario tenés que bailar para el público, para afuera, resaltando tu baile.»

¿Cuando en los cabarets todavía tocaban las orquestas de tango?

Claro. Yo fui dueño de los últimos cabarets que hubo.

¿Cuáles?

El primero fue “King” en la calle Córdoba. Después tuve “Rugantino” en Marcelo T. de Alvear y Florida, en frente a la plaza San Martín. Y el último que se lo regalé a mi socia, era el “Playboy”, arriba de “Caño 14” (tanguería). Se lo regalé a cambio de que me firmara que yo no tenía nada que ver, ni antes, ni después, porque me iba a “Tango Argentino” y después no se sabe lo que pasa con esas cosas. Sería en el año ’83.

“Alguien” me contó que en una época allí cantaba Hugo del Carril…

Claro, lo contrataba yo. Éramos muy amigos. Ese fue el último que tuve.

Gloria y Eduardo en Canal 13 en el programa de tango dirigido por David Stivel, «Yo soy porteño.»

Y volviendo a las milongas ¿Cómo era la milonga en esa época?

Esa era la verdadera milonga, ustedes no conocen una verdadera milonga.

Ahora son “puro cuento” (risas).

Sí, sí. Primero, que no había mesas. Estaban las chicas alrededor con las madres -en algunos casos podía haber cuatro o cinco chicas amigas con la madre de una- y los muchachos en el medio. Después estaba el cabeceo. Esas eran las milongas de los años ’40 o ’50, después empezaron a poner mesas.

«Veo que no saben bailar. Y no saben bailar porque hay muchos “maestros” que se tienen que ganar la guita, pero no son maestros. Entonces no enseñan a ir con la música, a llevar los tiempos musicales, enseñan pasos que no sirven para nada. Lo mejor es pisar con los tiempos musicales, caminar bien, tener elegancia…. Tendría que haber una escuela para que los bailarines se reciban de maestros. Yo estaba haciéndola, pero tuve que dejarlo…»

¿Cuál o cuáles eran la o las milongas que más te gustaban, a las que más ibas?

Yo iba a dos milongas. Una era el “Buenos Aires” (club), en Parral y Gaona, cerca del Cid Campeador. ¡Esa era una milonga! ¡Para bailar ahí tenías que tener un nivel! También a la del “Huracán”. Toda eran buenas y lindas, pero esas eran las que más me gustaban. Eran muy famosas. Huracán tenía las mejores orquestas: un día estaba Pugliese (Osvaldo), otro Di Sarli (Carlos), otro D’Arienzo (Juan). Y la jazz (orquesta de jazz que solía combinarse con una orquesta típica de tango), podía ser Oscar Alemán.

También había otra en la calle Independencia: el club “Oeste”. Una vez fui con un traje muy “modernoso” que me había comprado en Japón, y cuando llego a la entrada, me dice la chica de la puerta: “Perdón, pero con campera no puede entrar.” “Es un saco”, pero la piba no sabía que era un saco japonés. Y yo que tenía dos o tres chicas esperándome para bailar, le dije “¡Buscame un saco! Y no, no había. Nunca me olvido.

¿Y no te dejaron entrar? ¿No alcanzaba con un “elegante sport”?

¡No, no! ¡¿Vos sabés cómo vestíamos?! ¡¿Sabés cómo se vestían las pibas?! ¡Espectacular! Nosotros hasta usábamos pañuelito. Una, para no tener traspiración en la mano. Ahí donde nos daba la mano la chica, poníamos el pañuelito. Y cuando terminábamos de bailar con el pañuelito nos perfumábamos porque tenía perfume.

¿Cómo conociste a Gloria?

A mi señora yo la tuve en brazos cuando nació, porque era amigo de su hermano y estábamos jugando a la pelota. Y como en esa época se tenían los bebés en casa, cuando nació, nos llamaron: “Vení que nació tu hermanita, vení.”

¡Flechazo a primera vista!

Un milagro, casi.

O el destino ¿Y por qué empezaron a bailar juntos?

Porque hicimos una exhibición de zapateo americano con otros dos pibes en el “Club Primaveral” y el maestro de Gloria nos vió. Él era un famoso bailarín. Le decían “El Chavalillo de Granada”, había sido bailarín de Carmen Amaya. Ese día había hecho la fiesta de fin de año, con todos los bailarines y madres y padres. Y cuando vio a tres pibes jóvenes, bailarines profesionales, nos invitó a sus clases. Porque en aquella época había muchas chicas que querían aprender y pocos chicos.

¡Eso sigue igual! (risas)

Sí, me imagino que sí.

¿Entonces Gloria estaba estudiando “baile español” (danzas folclóricas españolas: sevillanas, jotas, etc.)?

Claro. Mi señora tenía 7 u 8 años y ya bailaba de todo.

Igual que vos, estabas haciendo una exhibición de zapateo americano.

Porque antes estaban las películas de Fred Astaire y de Gene Kelly, entonces todos queríamos zapatear americano como ellos. Me acuerdo que iba enfrente de la AFA (Asociación de Fútbol Argentino), que había un maestro de eso.

«Yo me atreví siempre a todo…

…Porque soy investigador. Estudié toda la historia del tango e investigo, todo, todo, todo. ¡Todavía estoy leyendo! (Eduardo tiene 84 años en este momento, baila hace 70 años) Entonces, pruebo.»

¿Y, entonces? El Chavalillo los invita a sus clases ¿y qué pasó?

Fuimos los tres a las clases y bailábamos con todas las chicas. Y cuando el Chavalillo vio que yo tenía muy buena relación con la mamá de Gloria -que era como un sargento y no quería que bailara con ningún muchacho-, pensó que ya tenía pareja para Gloria.

¡Así que la culpa es de él!

Sí. Él nos puso de pareja y empezamos a bailar.

¿Español?

Español, folclore, música moderna. Después, empezamos a ir también a un maestro de danza rusa. Vladimir Potoski se llamaba. Y así empezamos a bailar, a bailar y a bailar.

¿Y tango?

Si bailábamos un tango, era un tango fantasía y nos hacía la coreografía el profesor. ¡Era cualquier cosa! Hasta que en el año ’57, ’58, me empezó a enseñar el maestro Jorge Márquez porque no le gustó una cosa que me hizo el Tin. Como yo ganaba siempre, el Tin le empezó a enseñar a otro chico que competía conmigo. Y Márquez dijo: “eso no lo puede hacer el que organiza el campeonato”. Me citó y me dijo: “Te están haciendo algo que no me gusta. Decime dónde practicás que te voy a enseñar todo lo que sé.” Y vino a enseñarme al club Everton. ¡Un maestro espectacular! Me empezó a pasar todas las “verduritas” (firuletes) y todo lo que hacía ¡espectaculares!

¿Qué estilo bailaba él?

Fantasía, fue uno de los creadores del tango fantasía.

Gloria y Eduardo con Francisco Canaro detrás.

¿Y vos cómo definirías tu estilo?

Yo soy un estilo milonguero, bien barrial, más histórico que eso de tirar la mina “pa’rriba”. Todo lo que yo hago tiene que ver con la historia del tango, porque soy un investigador. Yo tengo los nombres de todos los bailarines, de todas las bailarinas, sé cómo bailaba uno, cómo bailaba otro, y por qué bailaba así.

También aprendí mucho con David Stivel, que fue un director de cine y teatro fabuloso y uno de los mejores directores de televisión. Yo hacía con él “Yo soy porteño”. Trabajé muchos años con él y me enseñó cómo trabajar en televisión. A sentir la luz en la piel, a trabajar con las diagonales de las cámaras, a mostrar la escenografía, a manejar los frentes. Porque cuando vos bailás en una pista tenés cuatro frentes, y cuando bailás en un teatro tenés uno, entonces tenés que acomodar todo a ese frente. Todas esas cosas la aprendí con Stivel. Después estudié fotografía, de todo, para manejar los ballets.

«…mis amigos me dijeron: “Vos tenés que ganar o perder con lo tuyo. Si no, perdés la personalidad.” Y tenían razón. Tiempo después, yo le hice un homenaje a Márquez, y ese día bailé todo lo que él me enseñó, y era como si bailara con un traje que no fuera mío.»

Volvamos a la historia ¿Qué pasó cuando ganaste el concurso de “Unidos Pompeya?

Después de ese concurso gané 3 o 4 concursos más en la provincia. Me anotaban mis amigos. Un día me fueron a anotar al club “Arsenal”, y el organizador les dice que yo no me podía apuntar porque era profesional. Y yo no era profesional. Fui a hablar con el organizador y me dice: “Mirá, te voy a decir la verdad, pibe. Si yo te anoto a vos, no puedo hacer el concurso, se borran todos.” Porque yo había ganado 3 o 4 concursos. ¿Sabés lo que hizo? Me dijo: “Tomá, acá tenés la guita (del lunfardo, “dinero”) del primer premio.” Pero yo pensé: “¿cómo me voy a llevar la guita sin bailar?”. Entonces le pedí al Tin un traje para dar una exhibición. Me dio traje, zapatos, todo. Después se lo quise devolver, pero me dijo que no. Años después, cuando bailaba con Canaro (Francisco), todavía lo usaba y el Tin lo había usado en una película con Troilo.

¡Cuánta historia lleva ese traje! ¿Esa fue tu primera exhibición?

No, como yo había ganado los concursos yo ya daba exhibiciones por todos lados. Daba también exhibiciones de zapateo americano.

¿Qué sentías?

Me divertía.

¿Y tu orquesta preferida?

Cuando era joven D’Arienzo (Juan). En esa época yo bailaba con Canaro (Francisco) en el Teatro Astral y con D’Arienzo en “Radio El Mundo”. Y el que me contrataba para trabajar con D’Arienzo era Rufino (Roberto), que tenía una agencia de representación.

¡Pavada de representante! (risas) ¿Y de mayor?

Di Sarli, porque era una orquesta milonguera, y cuando yo fui mayor fui milonguero. ¡Soy todavía! (risas)

Gloria y Eduardo con Francisco Canaro y su orquesta en Japón.

¿Cómo era trabajar con D’Arienzo?

D’Arienzo era un fenómeno. Hacía muecas todo el tiempo. Cuando bailábamos nos dirigía las piernas (risas). ¡Era una cosa de locos! La primera vez que bailamos en “Radio El Mundo”, éramos unos pibes, Gloria tendría unos 14 años. Sería en el año ’60. Nos anunciaba Carrizo (Antonio, afamado locutor de radio y presentador de televisión).

¡Ah, bueno, nadie! Otro pibe que no sabía nada (con tono sarcástico).

(risas) ¡Sí! Al terminar, nos gustaba quedarnos hablando con D’Arienzo. “¡Estos son unos plomos!”, decía. D’Arienzo fue el que inventó la palabra “plomo” (en lunfardo, aburridos, cansinos). “¿Sabés qué? Si yo un día me enfermo, la gente llama y pregunta por qué no está D’Arienzo. Porque estos no saben qué hacer.” No era eso. ¡Era el “quilombo” (del lunfardo, lío) fenomenal que él armaba! (risas). La gente se daba cuenta que él no estaba, ¡por la radio, no por la televisión!

¿Cuándo empezás a bailar profesionalmente con Gloria?

En el año ’58, en Canal 7, en el “El Patio de la Paloma”. Gloria tendría unos 12 o 13 años. Yo ya había bailado en el canal 7 con Pugliese, cuando salí campeón, pero el que consiguió el trabajo era el Tin, y él me preguntó si yo podía poner la coreografía porque él era muy buen bailarín, pero no era coreógrafo. Ese fue mi primer ballet como coreógrafo. La figura era el Tin, pero él me dijo: “No, no. Si vos ponés la coreografía, hacemos de figura una semana cada uno”. “¡No! ¡La figura es usted!” “Hacemos como yo digo, una semana cada uno”.

¿De dónde sacabas vos, en aquella época, las ideas para las coreografías? ¿Cómo se te ocurren las primeras coreografías?

Como yo siempre fui tanguero y estudioso, las coreografía que yo hago siempre son históricas. Tengo cuadros sobre cómo se bailaba en un conventillo o en los corralones. Y lo hacía a través de distintos personajes: cómo bailaba un vigilante (del lunfardo, «policía»), cómo bailaba un pibe, o sobre una chica que se llamaba “Juana Rebenque” y hacía los bailes en los corralones, y si alguien se portaba mal lo sacaba a rebencazos. Yo hice el “baile del cuchillo” sobre la historia de la calle Caseros, que era la calle de los viejos corrales o mataderos, y le decían la calle de la muerte o del puñal porque iban todos con cuchillo -era su herramienta de trabajo-, y se peleaban.

¿Y de dónde sacaste la información para estudiar cómo bailaba cada uno?

Eso te va pasando. Por eso yo iba a todas las prácticas, hasta en la provincia.

«…las coreografía que yo hago siempre son históricas. Tengo cuadros sobre cómo se bailaba en un conventillo o en los corralones. Y lo hacía a través de distintos personajes: cómo bailaba un vigilante, cómo bailaba un pibe, o sobre una chica que se llamaba “Juana Rebenque” y hacía los bailes en los corralones, y si alguien se portaba mal lo sacaba a rebencazos. Yo hice el “baile del cuchillo” sobre la historia de la calle Caseros, que era la calle de los viejos corrales o mataderos, y le decían la calle de la muerte o del puñal porque iban todos con el cuchillo -era su herramienta de trabajo- y se peleaban.»

¿O sea que arrancaste basándote en lo que veías?

Claro, yo nací en un barrio de tango. Y me costaba mucho cuando tenía que poner al Tin, que era una figura, atrás mío. “¿Cómo lo acomodo?” Tenía que darle un lugar especial.

¿Para que también se lo viera?

¡Claro! Yo quería que se vieran todos. Siempre les decía que tenían que salir y romper todo. En el escenario vos tenés que hacer una cosa “¡Bum! Para afuera”. En una pista vos podés bailar un tango con tu personalidad, tu estilo personal, pero cuando salís al escenario tenés que bailar para el público, para afuera, resaltando tu baile.

Por ejemplo, cuando nos vienen a buscar de “Tango Argentino” para que bailemos un tango del ’40, les digo que “yo bailo Milongueando en el ’40, que es un tangazo, pero  no tiene variación. Y como ahí bailan 6 o 7 parejas, yo tengo que salir y romper todo. Así que hay que hablar con Libertella para que haga la variación.” (José Libertella, bandoneonista de “Tango Argentino”, compositor y director de orquesta, del Sexteto Mayor y con Stazzo de “Tango Pasión”). Ni Troilo la toca con variación final, ni Pontier.

El elenco de «Tango Argentino» en el teatro Châtelet de París. De izq. a der Gloria y Eduardo, Carlos y María Rivarola, en el centro Virulazo y Elvira, los Dinzel y a la der. Mayoral y Elsa María.

Yo bailaba milongueando en el ’40 porque cuando estaba con Pontier (Armando) en el Teatro Astral – que también estaba Hugo del Carril- le dije “Mire Maestro, usted tiene unos tangazos bárbaros y nadie le baila un tango. Yo le quiero bailar un tango.” “¿No me digas, Negrito?” “¿Qué tango te gustaría?” Miramos, miramos, y al final elegimos “Milongueando en el ‘40”. Entonces me dijo: “¿Sabés qué Negrito? Te voy a regalar la orquestación.” Y me hizo la orquestación, pero no tenía variación.

¿Libertella le hace la variación a “Milongueando en el ‘40”?

Libertella le hizo la variación a “Milongueando en el ‘40” y fue ¡una locura! (con énfasis) ¡No te podés imaginar! Se venía el teatro abajo. Y ahora muchos de los chicos que bailan “Milongueando en el ‘40” bailan esa versión que ya tiene la variación.

Fue un éxito ¡tan grande! No fue Juan (Carlos Copes), pero yo reventaba el teatro. Era el Châtelet de Paris. Hice que cambiara todo el espectáculo. No es que me guste competir, no era por mí que lo hacía, sino porque así se trabaja en el teatro. Y como yo reviento el teatro, cada uno que sale tiene que reventar el teatro también. Así el espectáculo fue un éxito increíble. Por eso nos llevaron a Broadway. Primero nos llevaron a un teatro “off-Broadway” y la prensa decía: “¿Cómo este espectáculo no está en Broadway? ¿Cómo no está en Broadway?” A los 3 meses estábamos en Broadway. Por eso a los bailarines siempre les decía que tenían que salir y romperla.

Leí que al comienzo Gloria y vos se presentaban en cines. ¿Había shows en los cines?

Era lo que se llamaba “número vivo” de los cines. Ahí empezamos a trabajar con Oscar Fuentes. Creo que en el Ópera. Estaba la orquesta de Pontier, pero sin Pontier, la dirigía Cicchetti (Ángel, pianista). Había un cómico que hacía glosas y chistes, Cobián, y la locutora era Carmencita, que era muy famosa. Fue un éxito bárbaro. Pasa que te obligaban a entrar antes porque estaban dando la película “Psicosis”, nadie podía entrar una vez empezada. Entonces, todo el mundo miraba el espectáculo.

Gloria y Eduardo con Francisco Canaro.

Y un día cae (del lunfardo “llega por sorpresa”) Canaro.

Como el dueño del Ópera tenía varios cines, cuando se terminó de dar la película, nos fuimos al “Metropolitano”, que estaba muy cerca del teatro Astral, donde estaba Canaro con Marrone (Pepito, afamado cómico). Y un día vino a vernos. Era un día de lluvia, había poca gente, pero nos aplaudían como locos. Al rato viene el acomodador y me dice “Está Canaro y quiere hablar con ustedes”.

¿Y vos que sentiste?

Y yo le dije a Gloria, “está Canaro”, y Gloria me dijo ¿Quién es Canaro?

¡Claro, tenía 14 años! ¿Pero no era ya “grande” Canaro?

No, no era “grande” en aquella época. Después se hizo grande, cuando fue a Japón.

¿Y qué pasó? ¿Se fueron a Japón?

A los 15 días ya estábamos bailando con Canaro en el Astral. Después nos fuimos a Japón, pero pasó casi un año. Gloria ya tenía 15 años.

¡15 años y ya de gira por Japón!

¿Te cuento cómo fue? Cuando estábamos con él en el Astral, él me decía todos los días que nos iba a llevar a Japón. Entonces yo, que conocía a la madre de Gloria, le decía a Miguel Caballero, nuestro representante: “Che, vos sabés que Gloria si no va con la madre no va a ningún lado. Mejor lleven a otra pareja, ¿para qué nos vamos a meter en quilombos?”. “No, Negrito, quédate tranquilo, si Canaro te dice que vas a ir a Japón, vos vas a ir a Japón. Él se encarga.” Cuando llegamos a Japón, en el programa decía que yo bailaba con Gloria y con su madre, Carmen, ¡la había puesto como bailarina! (risas). Canaro hacía cosas increíbles.

¿Y cómo le surgió ese viaje a Japón a Canaro?

Lo contrató el Agregado Cultural de la Embajada Argentina porque iba Frondizi (Arturo, presidente de Argentina). Así todo el mundo hablaba de Canaro, del tango, de Argentina, antes que llegara Frondizi. Ese tipo, era un fenómeno. Todo lo que hizo por el tango no se ha reconocido todavía y él fue el que movió todo Japón para el tango. Antes ya había hecho mucho el barón Megata. El barón Megata era un bailarín que se fue a curar una enfermedad a París, ahí conoció el tango y se volvió loco. Cuando volvió a Japón, llevó muchos discos de tango desde París, y después hizo que la Víctor y otras discográficas llevaran los discos argentinos a Japón. Empezó a dar clases gratis y los hizo a todos tangueros. Nos fue a ver cuando fuimos con Canaro porque lo conocía de París. También estuvieron el príncipe Akihito y su esposa. Cuando muere el barón, justo yo había ido con Sassone, y un tal Nakanishi, -que manejaba todas las clases del barón Megata- me hizo darles clases. ¡Se llenó todo! ¡Qué se yo cuántos eran!

Gloria y Eduardo con Francisco Canaro y su orquesta, rumbo a Japón.

Así que la gira de Canaro a Japón ¡fue una campaña de marketing para Frondizi!

Sí, eso fue. Frondizi nos vino a ver al teatro y yo fui a bailar a la embajada.

¿Podríamos decir que desde esa gira de Canaro, Japón se abrió para el tango?

Mirá, Canaro y aquel Agregador Cultural, fueron los que movilizaron todo. Antes había ido Juan Canaro, en el año ’54, pero hasta el año ‘61 que va Francisco, no fue ninguna orquesta. Y desde el ’61, empezaron a ir dos o tres orquestas por año.

Entonces, con Canaro empieza la carrera internacional de ustedes. ¿Cómo sigue?

Después de Japón nos fuimos con la orquesta japonesa “Sakamoto” a Puerto Rico y de ahí a New York. Ahí le cambié hasta el nombre a la orquesta (Fujiyama). Porque hicimos una prueba en el “Chateaux Madrid” (teatro de New York), y el dueño me dice: “Los japoneses son todos iguales. Los únicos que resaltan son ustedes”. “Porque está comparándolo con el espectáculo que usted tiene”(teatro de revista o “vairetés”). “Esto es una orquesta de tango.” “¿Usted podría hacer algo así?” “Si lo japoneses quieren, claro.” “Bueno, si lo hace, firmamos el contrato.” Lo hicimos. Nosotros bailábamos tango y tap, a los japoneses los vestí de kimono, contaban chistes.

De ahí a Texas, a la feria internacional de San Antonio, “Hemisfaire ‘68”, y después a las Olimpiadas de México del ‘68. Y un día estábamos en Acapulco y yo vi un avión, y le dije a mi señora “¡Qué ganas de volverme a Buenos Aires!”. ¡Llevábamos dos años!

Gloria y Eduardo con Florindo Sassone y su orquesta.

En el ’71 volvimos a Japón con Florindo Sassone que Gloria cantaba en japonés. De ahí nos fuimos a México a trabajar con Mariano Mores. Y después en México abrimos una casa muy bacana con un espectáculo con Hugo del Carril y el grupo “Los Santos”, que se llamaba “The five latin show”. Y fue tal éxito que nos llamaron de todos lados, entre ellos de Rusia, que nunca habíamos ido. Así que nos fuimos a Rusia, que no era Rusia, era la Unión Soviética. Fue tal éxito que fuimos por 15 días y nos quedamos por 7 meses. Siete meses porque Gloria quedó embarazada. Le abrían las cartas y le sacaban los anticonceptivos que le mandaba la madre. ¡Por eso mi señora quedó embarazada!

Eduardo Arquimbau y Hugo del Carril (2do. por la izq.) entre otros.

Entonces, ¿Tango Argentino cuando llega?

Nosotros fuimos en el segundo viaje a París, en el año ’83. En el primer viaje estábamos en el “Café de los Angelitos” y venía Segovia (Claudio) y Orezzoli (Héctor) a pedirnos que fuéramos y bailáramos un tango de los años ’40, y yo les dije “Milongueando en el ‘40” pero que necesitaba una variación, como te conté. Pero, ahí Gloria vuelve a quedar embarazada y tiene una pérdida bailando en el show con Pontier, así que nosotros a ese primer viaje, que eran unos 15 o 20 días, no pudimos ir.

Nos vuelven a llamar para el segundo viaje, pero tampoco podíamos ir, la nena tenía 4 meses. Y Libertella me insistía “Convencela a Gloria.” Un día la llama él: “Ya hablé con los directores, les ponen una habitación doble para que puedan llevar a los pibes”. Gloria se puso a llorar, porque, para colmo, ella estaba con eso que llaman “depresión post parto”. Llega el nene de la escuela: “¿Qué te pasa mamá, por qué llorás?” “¡Quieren que vaya a Paris con una nena de 4 meses y un nene de 10 años ¡¿Cómo voy a hacer?!” Y el nene empezó a gritar: “¡Yo quiero ir a Paris, yo quiero ir a Paris!” (risas)

El elenco de «Tango Argentino» en Broadway. Primera fila de izq. a der. Virulazo y Elvira, Juan Carlos Copes y María Nieves, Elsa María y Mayoral, Gloria y Eduardo. Por detrás podemos ver entre otros a Elva Berón, Luis Stazo, José Libertella y Raúl Lavié.

¡En esa época no paraban!

Mirá, yo era el director de una Casa de tango en la que bailaba Copes (Juan Carlos). Los dueños querían hacer una trasnoche, pero María (Nieves Rego) no quería, decía que tenía mucho trabajo, que estaba cansada. Yo hacía tres shows por noche en el “Café de los Angelitos”, y como María no quiso hacer la trasnoche, tuve que ir a bailar yo, después de tres shows. ¡Imaginate!

También estábamos con Bergara (Leuman, conductor del programa de televisión “Botica de tango”), y cuando el doctor le pide a Gloria que no baile por la pérdida, yo le digo a Bergara que nosotros no vamos a poder seguir yendo. Pero Bergara me dijo: “Vení igual, aunque sea solo. Te hago bailar con todas las chicas”. ¡Y bailé hasta con la pareja de Gardel, una noche que estaba invitada! ¡Con Mona Maris!

«… yo sé cómo nos robaron el tango. Fue en el ’55, en la revolución “libertadora”. Entraron las empresas de afuera y se compraron las grabadoras, los teatros, las casas de discos, compraron todo y nos vendieron la música de ellos. Ahora en radio o televisión escuchás toda música de afuera, no hay nada de tango. Después nos vendieron las zapatillas, los jeans, y nos dejaron a todos vestidos como el culo. Antes íbamos de primera a bailar. Tiene que venir una época en que se reconozca el tango como música nacional. Por eso lucho para ponerlo en las escuelas. Después, tenés el derecho de elegir lo que quieras, pero sabiendo cuál es tu música nacional.»

Estuvieron en la “Botica”, en “Grandes Valores del Tango”, en el programa de Stivel ¿Hicieron mucha televisión, no?

¡Hice televisión toda la vida! “La Botica” debe haber sido en el ’82 u ’83. “Grandes Valores del Tango” fue mucho antes, años ‘60. Y antes de “Grandes Valores”, cuando echaron al Stivel de Canal 13 por una cuestión política, nos fuimos a Canal 9 y “Yo soy porteño” pasó a llamarse “Yo soy del ‘30”, y cambió mucho. A Canal 13, nos había llevado Sabino (Oscar) que era el pianista de Canaro y fue el primer director musical de Canal 13. Stivel también nos llamó para “La familia Mores” (telecomedia sobre la familia de Mariano Mores), en los años ’60 en Canal 9. Y en el ’63 tuve un programa llamado “Yo te canto Buenos Aires”, en el que las orquestas estaban dos meses cada una y había dos orquestas por programa. Creo que fue el mejor programa de tango. Y, después reemplazamos a Tito Lusiardo en “Grandes Valores”, hasta el final de programa. Cuando nos fuimos a “Tango Argentino”, la dejé a Graciela Cabrera, que era la primera bailarina que yo tenía en varios ballets, con su hermano Luis.

Gloria y Eduardo en el programa de Canal 13, «Yo soy porteño», dirigido por David Stivel

Yo siempre tuve muchos ballets. Fui el único bailarín que tuvo tres espectáculos en Japón siendo el director, el coreógrafo y la figura. Todos los demás espectáculos que fueron a Japón, tenían como director al músico. Yo y mi señora, cuando digo “yo” siempre somos los dos. Yo siempre puse primero a la mujer, por eso mi pareja se llamaba “Gloria y Eduardo”. Toda la vida, yo empecé eso con Canaro.

¡Qué adelantado! Eso se hace ahora pero antes se nombraba al revés. Otro tema ¿Vos llevaste a Roberto y Vanina (Herrera y Bilous) a Japón, también?

Los llevé yo también. Yo los llevé a todos. Algunos fueron conmigo y otros con el ballet de Mariano Mores, pero el coreógrafo era yo, yo elegía las parejas. La pareja de Roberto y Vanina la hice yo. La de Geraldin y Javier también (Rojas y Rodríguez). Lo hice en “La Galería”.

«…Que tienen que estudiar. Si es un chico del escenario, le diría que el tango se aprende en una pista. Si no aprendés tango en una pista, no sabés tango, sabés bailar. Y los chicos que aprendieron en una pista para subir al escenario también tienen que estudiar. Siempre hay que estudiar.»

Contame de “La Galería” (“Galería del tango argentino” escuela y milonga que organizaba Eduardo Arquimbau y con Carlos Gavito durante un tiempo).

Eso lo hice porque después de “Tango Argentino” en Broadway, todo el mundo quería aprender a bailar tango. Todos los artistas, todos. Imaginate que yo hice los primeros videos en el año ’86. Me acuerdo que Gloria decía: ¿Para qué vas a meter tanta plata en eso? Y lo recuperé todo con los 1.000 videos que hice en japonés que me los compró un japonés y después los vendían 7 veces más caros. Los de inglés y castellano los llevaba al teatro, y muchos me los chorearon (del lunfardo, robar)

Gloria y Eduardo con Osvaldo Pugliese y su orquesta.

¿Y qué más me podés contar de la “Galería”? Cuentan que era increíble.

¡Sí, sí! Mirá, en un salón podía estar sonando D’Arienzo y en otro Pugliese. Había orquestas en vivo y había orquesta de jazz. Le hice homenajes en vida a Pugliese. Había muchos maestros, no solamente nosotros. Ahí aprendieron a bailar muchos. De ahí salió Chicho (Frumboli), Olga Besio y Naveira (Gustavo). Enseñaban muchos maestros ahí.

Pero, Olga Besio y Naveira ¿eran maestros o alumnos?

No, Maestros.

¿Y Chicho?

Chicho primero empezó aprendiendo y después fue maestro.

¡Realmente increíble! ¡Qué lujo!

«Hay muy buenos bailarines, pero tienen que bailar lo que tienen que bailar, que no es tirar la mina para arriba. Yo se lo dije a varios del Mundial: “Tenés que poner en el reglamento que tienen que hacer la base, que es la salida, giro a la derecha, giro a la izquierda, ochos, y cinco o seis cosas que pertenezcan al tango”. Después si la quieren tirar a la mina para arriba, que la tiren. Pero no que la tiren para arriba sin hacer ninguna cosa de tango

Otro tema: ¿ustedes pasaron también por “Forever Tango” como figuras y coreógrafos, no?

Fuimos los creadores de “Forever Tango”, en el año ’90. Fuimos bailarines y coreógrafos. Fue un éxito bárbaro. Lo repetimos en el ’94 para el mundial de Estados Unidos. Ahí, se muere el tío de Luis Bravo (productor de “Forever Tango”), que era su socio y nosotros nos fuimos a los meses.

¿Llegaron a hacer Broadway?

No, ya no estábamos.

¿Hay alguien con quien no hayas trabajado?

No, trabajé con todos. Menos con Di Sarli, porque se murió antes.

¿Qué fue aquello que te hizo decir “no puedo creer que me esté pasando esto”?

Cuando estuvimos en Estados Unidos con la orquesta japonesa en el programa de Ed Sullivan. Habrá sido en el año ’68, ’70. Teníamos pactado hacer sólo un tema, pero se venía abajo el público, así que Ed Sullivan le pedía a Gloria que bailáramos otro. Él le hablaba a Gloria porque como era rubia pensaba que entendía inglés, ¡y Gloria no entendía ni un pepino! (risas). Así que hicimos otro tema, con permiso del director japonés. Ese día era el último que trabajaba Louis Armstrong, y yo le decía a Gloria: “No nos va a aplaudir nadie, nos toca salir después de Louis Armstrong”. Yo era fanático de Louis Armstrong. Pero resulta que se vino todo abajo y cuando terminamos vino al camarín a saludarnos y ¡sacarse una foto con nosotros! Yo no lo podía creer.

¿Louis Armstrong?

Sí, Louis Armstrong, nos vino a saludar a nosotros. Yo no lo podía creer.

Gloria y Eduardo en el show televisivo de Ed Sullivan, a quien se ve a la izquierda.

¡Cuántas cosas les debe el tango a vos y a Gloria! Ahora entiendo por qué los nombraron Ciudadanos Ilustres de la Ciudad de Buenos Aires

Y yo también hice el “Museo Casa Carlos Gardel”, con dos o tres amigos más, no como está ahora, pero lo arreglé todo. Primero lo inauguré cuando cantaban Mauré (Héctor), Floreal (Ruíz). Después cuando se hizo cargo Machado Ramos, fuimos con Gago y todos los músicos de “Grandes Valores” y le dimos un vuelco. Hasta que un día Machado me pide que me haga cargo del show. “No voy a hacer un show, voy a hacer un museo”, porque yo tenía muy buena relación con todas las compañías de turismo, porque había trabajado en “El Mangrullo” más de 30 años y por ahí pasaban todas.

Nunca un paso atrás. ¿Nunca sentiste “esto me queda grande, no me atrevo”?

No, nunca, nunca. Yo me atreví siempre a todo.

Sí, es lo que veo. ¿Qué era? ¿Inconsciencia o Ganas?

Aprendizaje. Porque soy investigador. Yo estudié toda la historia del tango e investigo, todo, todo, todo. ¡Todavía estoy leyendo! (Eduardo tiene 84 años en este momento, baila hace 70 años) Entonces, pruebo.

Gloria y Eduardo con Aníbal Troilo.

¿Por qué ya no se hacen espectáculos como “Tango Argentino”?

La gente no conoce eso, porque la gente que baila bien viene de otros ritmos. No tienen la profundidad del tango, no lo entienden. Tiran para arriba a la mina (del lunfardo, “mujer”), y eso no tiene nada que ver con la historia del tango.

«¿Qué hay de tango ahora? ¡Si no hay ni un programa! Si no hay tango en la Argentina, ¿qué van a vender? No hay nada, ni nadie entiende de tango. Si no entendés, ¿qué vas a hacer? Cualquier cosa. ¿Y la cualquier cosa a dónde va? A ningún lado.»

Pero mi pregunta apuntaba más a entender por qué hoy no se venden al mundo espectáculos de tango como “Tango Argentino”. ¿Qué está faltando?

En este momento, los que manejan el país no entienden nada de tango. El último presidente que entendía de tango era Menen. Yo no digo si era bueno o malo como presidente, esto no es una cuestión política, yo de política no entiendo nada, pero él fue el último que era tanguero. Antes de ser presidente, él ya estaba en todos los espectáculos de tango. Todos los demás compraron lo que les vendieron de fuera. Él hizo una ley con Horacio Ferrer para que el tango estuviera en las escuelas.

Gloria y Eduardo con el «Clan Mores». De izq. a der. Mariano, Claudia, Nito y Silvia Mores Eduardo y Gloria

¿Está faltando un apoyo institucional?

Claro.

¿Ustedes lo tuvieron?

No, pero era otra época. Había tango en Argentina, había como 20 programas. ¿Qué hay de tango ahora? ¡Si no hay ni un programa! Si no hay tango en la Argentina, ¿qué van a vender? No hay nada, ni nadie entiende de tango. Si no entendés, ¿qué vas a hacer? Cualquier cosa. ¿Y la cualquier cosa a dónde va? A ningún lado.

Pero hay muy buenos bailarines

Hay muy buenos bailarines, pero tienen que bailar lo que tienen que bailar, que no es tirar la mina para arriba. Yo se lo dije a varios del Mundial: “Tenés que poner en el reglamento que tienen que hacer la base, que es la salida, giro a la derecha, giro a la izquierda, ochos, y cinco o seis cosas que pertenezcan al tango”. Después si la quieren tirar a la mina para arriba, que la tiren. Pero no que la tiren para arriba sin hacer ninguna cosa de tango.

Gloria y Eduardo haciendo su célebre «Milongueando en el ’40» en el show de «Tango Argentino» en el Obelisco.

¿Te preocupa?

Sí, claro que me preocupa. Por eso se los digo. Y otra cosa más: Yo quiero poner el tango en las escuelas, para que ya desde chiquito vos sepas cuál es tu música. El tango y el folclore son nuestra música nacional. Porque si no te roban por todos lados.

Porque yo sé cómo nos robaron el tango. Fue en el ’55, en la revolución “libertadora”. Entraron las empresas de afuera y se compraron las grabadoras (discográficas), los teatros, las casas de discos, compraron todo y nos vendieron la música de ellos. Ahora ponés la radio o la televisión y escuchás toda música de afuera y no hay nada de tango. Después nos vendieron las zapatillas, los jeans, y nos dejaron a todos vestidos como el culo. Antes íbamos de primera a bailar. Tiene que venir una época en que se reconozca el tango como música nacional. Por eso lucho para ponerlo en las escuelas. Después, tenés el derecho de elegir lo que quieras, pero sabiendo cuál es tu música nacional.

Gloria y Eduardo saludando en Salón Canning el 3 de agosto de 2018, después de una exhibición.

¿Y qué ves ahora cuando vas a la milonga?

Veo que no saben bailar. Y no saben bailar porque hay muchos “maestros” que se tienen que ganar la guita (del lunfardo, “dinero”), pero no son maestros. Entonces no enseñan a ir con la música, a llevar los tiempos musicales, enseñan pasos que no sirven para nada. Lo mejor es pisar con los tiempos musicales, caminar bien, tener elegancia.

Aunque tengo que decir que hay lugares que bailan bien. Yo, por ejemplo, voy a una milonga en Pedro Echagüe, “Gente amiga”, ahí hay chicos que bailan bien, ahí me gusta como bailan los chicos. Pero ahora hay mucha gente que baila mal.

¿Y qué hacemos?

Y bueno, cuando yo era el presidente de la Asociación de bailarines -que ayudé a crear también- estaba haciendo una escuela para que los bailarines se reciban de maestros, pero tuve que dejarlo porque tuve un ACV (Accidente Cerebro Vascular). Tendría que haber una escuela para que se reciban de maestros.

¿Y quienes enseñarían? Porque, perdón, voy a ser dura, todos ustedes que vivieron la época gloriosa les queda poco y muchos ya no están. ¿Entonces?

Bueno, yo y otros formamos a muchos alumnos que hoy pueden tomar la posta.

Flavia Mercier y Eduardo Arquimbau durante la entrevista en el bar «Esquina Homero Manzi», situado en la esquina de San Juan y Boedo, inmortalizada por el tango «Sur»

No todo está perdido, entonces. Y qué le dirías a los pibes que están empezando.

Que tienen que estudiar. Si es un chico del escenario, le diría que el tango se aprende en una pista. Si no aprendés tango en una pista, no sabés tango, sabés bailar. Y los chicos que aprendieron en una pista para subir al escenario también tienen que estudiar. Siempre hay que estudiar. Cuando yo era pibe, en mi barrio había un milonguero que era el mejor bailarín orillero. Al principio nos miraba como diciendo: “Estos no van a aprender nunca”. Pero, cuando yo salí campeón, él me quería enseñar. Y mis amigos me decían: “¿Para qué querés aprender eso que no se baila más? ¿No ves que te baila un estilo que ya no se baila?” Pero yo era un estudioso y lo quería aprender. Yo era un loco. Y después muchas de esas cosas las usé en mis coreografías.

Bueno Maestro, sólo queda decir ¡Gracias por el tango!

Con sus seductoras formas, el tango conquistó tierras lejanas ligando aquellos pueblos a cierta mística tanguera, mientras que el tango se iba paulatinamente desligando del sentir del pueblo argentino. Quizás, entonces, esta vuelta a las bases por la que lucha Eduardo Arquimbau, pueda ser valorada como la última cruzada de quien cruzó todos los mares para llevar el tango a otros territorios, casi como los conquistadores que llevaban su religión a otros pueblos, en su afán de religar el tango a su pueblo.

Hoy Eduardo se lamenta por la sobrevalorización de lo foráneo en detrimento de lo nacional; y clama revalorizar el tango como música nacional, revindicando un lugar en las escuelas para su enseñanza, y advirtiendo sobre la necesidad de un retorno a lo histórico que respete ciertos movimientos del tango que a la vez constituyen su estructura y sus señas de identidad.

Cierto es que sin sus cortes y quebradas, este abrazo danzado que enrosca el brazo como una serpiente en el talle, adquiere una peligrosa similitud a “cualquier otra danza”, desdibujando sus ochos en vanos contorneos. Por otro lado, muchos bailarines y más aún los coreógrafos, puede sentirse atrapados en una paradoja, con el corazón tironeado por un impulso a expresar lo que sienten como verdadero y el alma amarrada por lo que puede parecer rígido de la estructura.

Es sabido que lo estético tiene una vertiente epocal, que los gustos cambian casi como las modas, influidos por las corrientes o discursos que imperan en una época. Así también parecen hacerlo los públicos y sus beneplácitos. Es necesario advertirse que la época en su tendencia a la uniformidad y universalización, produce falsas oposiciones con el afán de dejar exiliados los deseos particulares, los modos de expresar singulares.

Hoy “se lleva” la fusión de las danzas o la danza fusión, ¿Por qué no pensar en una conversación con otras danzas? Del latín, conversar hace referencia a un “reunirse para dar vueltas” ¿Por qué no una reunión de elementos de distintas danzas para una vuelta al barrio y al barro? ¿Por qué no pensar lo histórico como lo que sirve no sólo de cimiento, sino de cimiente? ¿Por qué no pensar la estructura como la casa de lo común donde alojarse? ¿Por qué no pensar lo sagrado no sólo como intocable, sino como aquello fuera de lo inmediato que representa una vía a lo trascendente?

Hay que cuidar que “lo que se lleva” no se lleve consigo lo sustancial y sustancioso. Al fusionar se produce una mezcla -y a veces una mescolanza- que borra las sustancias. En una fusión dejan de contarse los componentes porque, en lugar de reunirse, todos se unen en uno solo, suerte de caldo con sabor a nada, especie de tintura que lo tiñe todo de gris. En esa liquidez contagiosa se puede ver la tendencia a la uniformidad y la universalización de la época. El para todos lo mismo, o peor aún, el uno para todos. Una conversación implica un intecambio que puede enriquecer a las partes, cuando se cambian unas a otras por lo valioso que se dan.

Quizás si volvemos al origen de la danza como ritual podemos pensar en ella como una vía de invocación a lo divino, de comunicación con lo sagrado. En este punto lo sagrado en lo popular anidaría en la tierra natal, aquello que sirve de suelo desde donde desplegarse y darse vuelo.

Flavia Mercier

Néstor Fabián: “Se aprende en el escenario”

Es un verdadero honor recibir como invitado en nuestro Patio de Artistas, al Maestro Néstor Fabián. Según insiste en varias instancias de la entrevista, él “solo quería cantar”, y vaya si lo ha hecho hasta convertirse en un referente de la canción y del tango. Justamente en estos días se cumplen 62 años de su debut en televisión junto al Maestro Mariano Mores. Luego cantó también con Armando Pontier, con Aníbal Troilo, Atilio Stampone y Osvaldo Berlingeri, por destacar algunos de los tantos nombres propios con mayúsculas que pueblan su curriculum. Hizo cine y televisión con gran éxito. Trabajó en las Casas de tango más afamadas, destacando su paso por“El Viejo Almacén” junto a Edmundo Rivero, como por “Caño 14”. Compartió escenario con todos los grandes cantores del tango, formando una pareja única e inolvidable con su pareja en la vida, Violeta Rivas. Y como él “solo quería cantar”, hoy a sus 84 años, sigue maravillando al público en el show de tango de «Michelangelo», tanto por su virtuosismo como por su gran manejo del escenario y una enorme capacidad para emocionar. Sencillo, franco, divertido y, sobre todo, generoso al compartir sus vivencias, así se muestra Néstor Fabián, Pichi para los amigos.

Nésto Fabián en la actualidad, en el show de Michelangelo.

¿Hasta dónde se remontan los inicios de esta historia con la música y el tango?

La música viene del barrio donde nací. Estamos acá, frente a Michelangelo, en Balcarce entre Belgrano y Venezuela, y yo nací en Bernardo de Irigoyen y Tacuarí.

Por acá cerca. ¿Y qué música se escuchaba por el barrio?

Se escuchaba serenata. Muchas serenatas. No había folclore, salvo en una medida muy pequeña. Se escuchaba tango, tango, y algo de jazz. Porque antes era muy común una especie de dúo: una orquesta de tango con una de jazz. Eso era el complemento perfecto. Por ejemplo: “La orquesta de Aníbal Troilo” y la “Santa Anita”.

¿Eso es lo que se escuchaba en los bailes populares en los clubes?

Claro, en los clubes.

Y ¿cuál era el club más importante o de moda cuando vos eras joven?

El club más importante era “Comunicaciones”, en la avenida San Martín. Ahí iban todas las orquestas. Yo no podía entrar porque era menor. Además, estaba siempre solo, sin un mayor. Me gustaba la noche y andaba dando vueltas, escuchando a las orquestas, aunque siempre desde fuera. “Desde la vidriera”.

Con “la ñata contra el vidrio” (del lunfardo, “ñata”, nariz, verso del tango “Cafetín de Buenos Aires”, letra de Enrique Santos Discépolo).

(risas)

¿Te atraían las orquestas?

Sí, sí, me atraían mucho las orquestas. Era muy normal entonces. Todo local de tango tenía una orquesta estable. Después había otros que tenían dos o tres orquestas, como el “Tango Bar” de calle Corrientes, entre Libertad y Talcahuano.

Siempre atraído por las orquestas, por la música, nunca por el baile.

No, el baile no. La verdad es que nunca aprendí a bailar tango por no dar un paso atrás (el primer movimiento para el hombre de los 8 pasos que componen el básico del tango, es un paso atrás). (risas).

Sí, me atraía mucho la música. Me apasionaba cuando alguien hacía un solo en una orquesta, me gustaban los solos de violín. Porque uno a medida que pasa el tiempo ya sabe cómo va la instrumentación del tango. Después tuve la suerte de cantar con muchos de ellos.

«Cuando yo era pequeño iba siempre a mirar las orquestas que actuaban en el club “Comunicaciones”. Desde afuera, porque siendo pequeño no podía entrar. Y siempre le decía al concesionario ¡Qué lindo lugar! Te podés imaginar lo que sentí cuando me convierto en una persona un poco conocida, y voy a cantar al Club “Comunicaciones”. Fue algo extraordinario.»

¿Con quién fue el primero que cantaste? ¿Con Mariano Mores?

Con Mariano, sí.

¿Y cómo fue que llegaste a él?

Mirá, cuando la gente dice “tiene que tener talento”, yo digo: tiene que tener talento y muchas veces tiene que tener suerte. Resulta que yo voy a dar una prueba con Mariano Mores en Canal 7, que me lleva Norberto Aroldi, el actor, autor, director, en fin… Mariano me dice “¡Qué lindo color de voz! Ya te voy a llamar.” ¡Y me llamó, al día siguiente! Porque el sábado tenía un programa. Es decir, la prueba había sido un miércoles y me llamó el jueves porque le habían conseguido un programa en Canal 7 para el sábado. En aquel entonces, tener un programa de televisión era muy importante. Y él no tenía cantante porque, habitualmente, era Carlos Acuña que en ese momento estaba en España. Tenía también a su hermano, Enrique Lucero, pero estaba en Uruguay. Tenía a Horacio Deval, pero estaba en Venezuela. Tenía también la posibilidad de llamar a Sergio Cansino, un tenor chileno con una voz espléndida, que había hecho con él “Tan solo un loco amor”, pero estaba en Chile. Así que me llamó y no canté ningún tango, canté “La noche de mi amor”. Y la suerte fue que después de eso vinieron los carnavales en Rosario, en el “Club Provincial”. Estaban Susi Leiva, Enrique Dumas, y él (Mariano Mores) me dice: “Yo te voy a llevar a vos”. Después me enteré que la gente de Club Provincial pedía por mí. Eso es tener suerte.

Porque habías estado en televisión.

¡Claro! Porque había estado en Canal 7 y Canal 7 llegaba a todo el país.

“¡Qué tiempos aquellos!” (estrofa del tango “Tiempos viejos” que Néstor Fabián cantara en la película “Los muchachos de antes no usaban gomina”, una de sus más célebres interpretaciones) ¡Cuánto trabajo para todos!

Mirá, cuando yo era pibe, como a mí me gustaba cantar, muchas veces cantaba en el “Tango Bar”, porque con Luis Formento -que no es el de la 2X4 (radio) sino el que escribía en el diario “La Razón”-, éramos vecinos y yo siempre lo acompañaba al “Tango Bar”. En frente, cruzando Corrientes, había un lugar de folclore donde actuaba el dúo “Martínez Ledesma”. Una cosa curiosa: actuaban con smoking, no con vestimenta de gaucho. Te podés imaginar en aquel entonces ¡folcloristas con smoking!” En este show figuraba como acompañamiento: “Carlos García” (músico, pianista, compositor y arreglista, director). Un ser divino, músico, folclorista, tanguero, director de orquesta, unos arreglos impresionantes… Pasa el tiempo, yo ya estoy en “El Viejo Almacén”, me hago amigo de él y le cuento: “¿Sabe Carlitos que yo era pibe y usted estaba enfrente del Tango Bar que yo iba?” Y me dice: “¿Usted sabe una cosa? En esa época había tanto trabajo, tanto trabajo, que cuando yo no podía ir porque tenía radio, o grabar en Odeón, quien me reemplazaba era el “Mono” Villegas (Enrique Mono Villegas, reconocido pianista de jazz). ¿Y sabe una cosa, Pibe? Que cuando faltaba yo y faltaba el “Mono” Villegas, ¿sabe quién venía? Horacio Salgán.”

¡Qué recambios que tenía!

¡El trabajo que había! ¡El trabajo que había!

¿Qué significó para vos Mariano Mores?

Mariano Mores me enseñó todo.

¿Recordás alguna enseñanza de las que te dejó que haya marcado tu carrera? O que quizás vos aprendiste viéndolo a él, trabajando con él.

Él siempre decía que lo más importante que tenía el espectáculo era el público. El público te lleva a lo más alto, o te hace caer directamente al abismo. ¿Cómo me lo enseñaba? Íbamos con el coche a la Costanera y la gente lo paraba y él se paraba, se sacaba fotografías, firmaba autógrafos. Él me enseñó eso. La música, el respeto, todo eso es importante, y lo más importante, el público.

Néstor Fabián y Mariano Moreno junto a «Los Jets» como parte del elenco del espectáculo «Buenas Noches Buenos Aires» en el Teatro Astral, en el que también actuaban Hugo del Carril, Virginia Luque, Beba Bidart, Susy Leiva, Juan Verdaguer, Maribel Marcel y Víctor Ayos. De izq. a der.: Héctor Ziblat, Néstor Fabián, un bailarín del ballet de Víctor Ayos, Héctor «Memmo» Campione , Guillermo Fuertes, Martín «Chivo» Etchemendy, Mariano Mores y Jorge «Jackie» Álvarez

¿Estuviste un tiempo en el “Club del Clan”?

No, no estuve en el “Club del Clan”. Lo que pasa es que, en una oportunidad, dijeron que yo pertenecía al “Club del Clan”, y ahí quedó.

¿Y de dónde viene la confusión por la que se te asocia al “Club del Clan”?

Como a mí me gustaba a cantar, me iba a las cantinas a cantar, y había un acordeonista que tocaba fenómeno, que le decíamos Fatiga, que pasaba la pandereta entre los turistas -que eran muchos, de Uruguay, Brasil, de todas partes-, y decía “para el músico que es huérfano”. Un fuera de serie en aquel momento y hoy sería un genio, porque nunca escuché a nadie tocar el acordeón como este hombre, era impresionante. Entonces, a veces era yo el que “tiraba la manga” (del lunfardo, “pedir dinero”) y les dejaba la plata a él, a los músicos o a los “mozos” (camareros), porque todos ayudaban. Yo, por suerte, no necesitaba nada, felizmente mi mamá me lo daba todo. Era un amor de persona.

En una oportunidad había un trío que se llamaban “El Trío Caribe” y a los que mi mamá, quien me adoptó, Rosita de Avellaneda, y que era una persona muy solidaria, les había dado un sitio para que vivieran en otra casa que tenía, cerca de donde vivíamos nosotros. Ellos estaban en el programa “La Cantina de la Guardia Nueva” que conducía Dino Ramos, un ser maravilloso, el letrista de muchas de las canciones de Palito Ortega. Un día, los chicos me dicen: “Vení, vení. Vení a Canal 11. Acompañanos y cantate algo. Dale, dale. Nosotros como trío te hacemos el acompañamiento.” “No, yo no quiero cantar. No.” Al final canto con ellos “La noche de mi amor”, en tiempo de bolero. Después toda la gente que estaba en ese programa pasa a Canal 13 con Ricardo Mejías, que era ejecutivo de RCA Victor, y ahí se llaman “El Club del Clan”. Fue la gente que le puso “El Club del Clan”. Luego pasan a Canal 9, “Sábados continuados”, con Antonio Carrizo. Después se fueron a Canal 7, “Bienvenido Sábado”, y de ahí a Canal 13, “Sábados Circulares de Mancera”, el programa de Nicolás Mancera (reconocido conductor de programas musicales). Se la fueron ganando de a poco.

¿Trabajaste con Antonio Carrizo? (locutor, presentador, valorado entrevistador)

¡Sí!

¿Cómo era trabajar con Antonio Carrizo?

Para hablar de Carrizo, hay que sacarse el sombrero. Le podía hacer reportajes a quién quieras. A Borges (Jorge Luis), a Favaloro (René) (reconocido cardiocirujano), y los hizo.

Yo no sé qué hubiera sido de José Cotelo sin Ana María, pero ¿qué hubiera sido de Néstor Fabián sin Violeta Ribas (ambos formaron una de las más afamadas parejas de la escena argentina)?

Ah, no sé, no sé. Lo nuestro fue bastante jocoso. Cuando yo estaba en Canal 13 en el programa “Aquí arriba”, ella estaba en otro con Marty Cosens (cantante), con el mismo director de cámara. Un día yo tenía que hacer un parlamento y estaba buscando el libro, y me dicen. “Ah, no, tenés que ir a buscarlo al otro estudio.” Voy y la veo a Violeta (con voz y gesto de admiración). La saludo, estaba también mi amigo Marty Cosens, y me ignoró totalmente. Me ignoró…

¡…mal!

No mal, pero me ignoró. Con el tiempo me explicó que estaba ensimismada en estudiar su parte. Pasa el tiempo y me llama Cacho Fontana (Jorge “Cacho” Fontana, reconocido locutor de radio y televisión) para hacer un reportaje en “Radio El Mundo”. “Cacho, voy para allá, y punto.” Y entonces me encuentro con Violeta Rivas. Yo ya estaba en Televisión y demás … “Hola, que tal, …” (con voz suave de mujer), me dice. “Nosotros nos conocemos”, le digo. “¿Cómo que nos conocemos?” Entonces, le conté. Ahí comenzó todo, comenzamos a salir. Después, estando en Canal 9, Romay nos juntó para hacer el programa “Todo es amor”.

Néstor Fabián y Violeta Ribas.

¿Y cómo llevaste eso de ser un “galán”?

No, galán no, yo nunca me dediqué a eso. Me llamaban de todas partes, pero yo lo que quería era cantar, a mí no me hablen de eso. Películas sí.

Y del cine que hiciste, ¿qué recordás especialmente?

Me gustó mucho “Pasión dominguera” porque salieron todos los jugadores de los clubes más importantes que tiene el país. Llámese River, Rosario Central, Boca, Racing, San Lorenzo. Huracán. Estaban todos. Una película que vuelta y vuelta la pasan en televisión. Lo mismo que “Los muchachos de antes no usaban gomina”

¿Ahí cantabas, no? ¿Cantabas el tema principal?

Cantaba “Tiempos viejos”

Néstor Fabián cantando «Tiempos Viejos» en al película «Los muchachos de antes no usaban gomina»,

“¿Te acordás hermano…?” (Primer verso de la canción) Vos la cantabas al final de la película, cuando ellos dos (Rodolfo Bebán y Osvaldo Miranda) ya son mayores…

¡Claro! Uno de los momentos más emocionantes que viví fue en un programa de Canal 7 que hacían como homenaje a Osvaldo Miranda. Pasan la escena de la película. “Te acordás hermano, qué tiempos aquellos, eran otros hombres más hombres los nuestros…” Cortan la película y salgo yo en vivo,  “…no se conocía cocó ni morfina…” Osvaldo no lo podía creer, miraba para todas partes, no entendía lo que pasaba. ¡Muy emocionante! 

«Me llamaban de todas partes, pero yo lo que quería era cantar…» «…cuando la gente dice “tiene que tener talento”, yo digo: tiene que tener talento y muchas veces tiene que tener suerte.»

¿Hiciste también una película con Hugo del Carril, no?

¡Dos! Dos donde él era el director. Y también actúe en “¡Viva la vida! (película dirigida por Enrique Carreras, reconocido director, y actuaban entre otros Hugo del Carril y Tita Merello). Y otra con Arnaldo André, “Balada para un mochilero”. Seis películas hice en total.

¿Como afrontabas todos esos papeles? ¿Estudiaste teatro?

No, no, para nada. Lo que pasa es que yo antes tenía mucha memoria. Ahora, algunas cosas se me escapan. Además, cuando me dijeron “Vas a hacer ‘Todo es amor’”, yo dije: “Está bien, no hay ningún problema. Pero yo quiero elegir los actores. Nuestros padres, José Cibrián y Ana María Campoy.” (reconocido actor, director de teatro y dramaturgo, y reconocida actriz y comediante, ambos perteneciente a familia de actores, y padres del reconocido director de teatro musical José Cibrián Campoy)

¡Ah, bueno! ¡Elegiste mal! ¡A nadie!

Yo elegía, era mi forma de ser. Muchas veces hacía eso. Me salió bien como también me salió mal. Por otro lado, temas de cartel, yo nunca pido nada. Acá (actual show de Michelangelo) pusieron “Nestor Fabián y 30 artistas más”, pero yo no lo pedí. Yo arreglo mi “cachet” (remuneración de un artista) y después vamos para adelante. En el escenario te veo. Es mi forma de pensar. Me la hicieron muchas veces, de cobrar menos para ser primera figura. Me ha sucedido mil veces, ¡Pero, mil veces, eh! Sobre todo cuando intervenía un agente de prensa.

«Él (Mariano Mores) siempre me decía que lo más importante que tenía el espectáculo era el público. El público te lleva a lo más alto, o te hace caer directamente al abismo.»

¿En qué momento dijiste: “Uy, esto va en serio. Soy Néstor Fabián”?

Nunca. Yo siento respeto por todos los demás. Yo soy mejor aplaudidor que cantante. Cuando veo una obra, si hay alguien al lado mío que habla o critica, no se lo permito.

Pero ¿en qué momento dijiste: “Soy artista, puedo vivir de esto. Voy a tener una carrera”? ¿O nunca la tuviste segura y simplemente seguiste?

Con Alejandro Romay (importante productor de teatro y televisión) y Nicolás Mancera (importante conductor de programas musicales de televisión). Como yo vivía en el mismo edificio que Alejandro, siempre nos veíamos. A los hijos los llevaba en mi moto. Un día me dijo (imitando la voz de A. Romay): “¿Cuánto estás ganando allá con Mancera?” “Escuchame Alejandro, él por cuatro programas me está pagando tanta plata.” “Yo te pago esa plata por dos programas.” Voy y le digo a Mancera: “Mirá que me da por dos programas la plata que vos me das por cuatro.” “No te hagás ningún problema. Yo te doy por un programa toda esa plata.” Y vos no sabías dónde meterte, porque yo no sé decir que no. A mí me llaman para una entrevista, y yo voy agradecido, no tengo ningún problema. Otros tipos dicen: “No, lo que pasa que en estos momentos yo tengo que estar en tal lugar…” (con voz engolada) ¡Pará hermano!

¿Qué momento, o momentos, de tu carrera te acordás que te hayan especialmente emocionado, que te conmovieran mucho?

Cuando yo era pequeño iba siempre a mirar las orquestas que actuaban en el club “Comunicaciones”. Desde afuera, porque siendo pequeño no podía entrar. Y siempre le decía al concesionario (titular de la explotación del bar) ¡Qué lindo lugar! Te podés imaginar lo que sentí cuando me convierto en una persona un poco conocida, y voy a cantar al Club “Comunicaciones”. Fue algo extraordinario.

¡Qué viaje! ¡Volver como artista y figura al sitio que mirabas desde fuera durante tanto tiempo!

Me ocurrió también en la cancha de San Lorenzo, cuando fueron todos los grandes artistas y yo fui representando al tango. Y como eso, muchas cosas. Soy un agradecido de la vida.

Otro momento puede ser mi casamiento, porque fue muchísima gente, la gente me respetó. Además, yo no recibí un centavo. Yo no quise recibir un centavo de ninguna índole, yo no quería nada. Fuimos de luna de miel y yo pagué todo. Aunque hoy la gente no valora eso. Ahora parezco un estúpido que podía haber sacado mucha plata. Parece que no, pero hoy mucha gente diría “Yo quiero esto, quiero esto, quiero esto, y lo otro, lo otro, y lo otro.” Yo no quiero nada.

Vinieron muchos amigos, gente que yo admiro y quiero: Y la que siempre se quejaba cuando nos hacía un reportaje era Mirta Legrand (reconocida actriz y conductora de televisión) porque a ella no la invitamos. Igualmente, ella nos adoraba porque cuando ella estuvo prohibida y hacía su programa en los hoteles, a los que llamó fue a Violeta Ribas y Néstor Fabián. Y además, en cuanto había un cumpleaños de ella o celebración, nos llamaba. Una vez para festejar un aniversario juntó 100 artistas, y los únicos cantantes fuimos nosotros. “Los cantantes son Violeta Ribas y Néstor Fabián”, dijo.

Decías que a tu boda fue mucha gente que admirabas ¿Por ejemplo?

Una persona que yo admiraba muchísimo era Enrique Mario Francini. Cuando me caso, lo invito a tocar el “Ave María”. “Maestro quiero que toque el Ave María en mi casamiento”, y él me responde “¿Cuándo?”. Y yo, medio titubeando, le aclaro: “Pero Maestro, mire que yo me caso en Santa Fe.” “Yo te dije cuándo, no dónde.”

Enrique Mario Francini tocando el violín durante la boda de Néstor Fabián y Violeta Ribas, toma televisada en el programa «Sábados Circulares de Mancera».

Y como cantante ¿con quién actuaste o compartiste escenario?

Uff (suspira y mira para arriba).

Con todo el mundo

Con todos, con todos. En “El Viejo Almacén” con Edmundo Rivero. Era cuando yo cantaba a viva voz y una vez él me dice: “Cante con el interés, no con el capital”. Por eso muchas veces empleo la media voz, que es muy difícil porque se requiere más aire. De la otra manera uno larga todo, pero cuando uno hace media voz hay que controlar el aire que despide.

“Cante con el interés y no con el capital…” ¡Buenísimo!

Tenía también a Alberto Marino que me aconsejaba y que era un estudioso del canto. Él, por ejemplo, siempre me decía: “Mirá que la garganta en cualquier momento hace clic y ¡chau! Así que comportate como corresponde. Tené cuidado en las noches, en las madrugadas.” “¿Qué estuviste haciendo anoche?”, me decía, porque a veces me chequeaba.

Claro, eras joven.

Y…, uno es joven y no se pueden negar (risas).

Pero nosotros tuvimos la suerte de tener buenos equipos de sonido, ellos no. Incluso, ellos tenían que superar a la orquesta. Porque la orquesta salía con todo, eran 13, 14 músicos y solamente la voz con un microfonito que no tenía retorno.

En ese sentido, fijate lo increíble de Gardel ¿Cómo puede ser, que en aquel entonces en que el sonido, las grabaciones, eran muy diferente a ahora, la voz salía fenómeno y las guitarras no? Las guitarras podían tocar bien, pero tenían sonido de lata. ¿Y cómo él salía con esa voz? ¿Qué misterio había? Si uno escucha a otras personas de aquella época y todos cantan: “Era rubia y sus ojos celestes, la Pulpera de Santa Lucía” (canta con estilo de los primeros tangos canción, con la voz un poco aflautada). Y él tenía una voz impresionante.

«En “El Viejo Almacén” con Edmundo Rivero. Era cuando yo cantaba a viva voz y una vez él me dice: “Cante con el interés, no con el capital”.»

Y además de recibir consejos ¿cómo te formaste como cantante?

Fui a tomar clases con tres profesores de canto. El primero no me gustó porque hacía clases grupales. Con el otro había que emitir de una forma bastante extraña. Después fui a un profesor que se llamaba Hugo y que me dijo: “Vos podés estudiar canto, pero se aprende en el escenario.”

Con el rodaje.

¡Claro! A veces cantan hoy y cantan en 15 días. Tenés que cantar todas las noches, recién ahí te vas a dar cuenta cómo tenés que hacer para seguir subsistiendo.

¿Qué es lo que se puede escuchar de vos mismo en el escenario que te enseña? ¿Cómo vas encontrando tu voz en el escenario?

En principio, el sonido. Luego, influye mucho la orquesta. Dice la gente que conocía a mi mamá -yo perdí a mis padres muy temprano-, que tenía una voz muy potente. Por otro lado, escuché a mi papá cuando yo era muy chico, en una pieza que teníamos de 4×4, cantar canciones españolas muy suavemente. Entonces yo considero que tengo voz potente que me viene de mi madre y cierta delicadeza que heredo de mi padre. Y me adapto a la orquesta. Vos me escuchás cantar con una orquesta y canto de una forma, me escuchás con otra y canto de otra forma.

¿Y tenés tus arreglos?

Ya no. Yo tenía 60 arreglos. Eran tres carpetas. La gente decía: “¡Las carpetas que tiene Fabián! ¡No te podés imaginar! ¡Esto es maravilloso!” Pero me las pedían prestadas para hacer copias, y empezaron a faltarme una carpeta, otra, y, al final, desaparecieron todas. “Prestame el piano.” “Prestame el violín.” Yo tenía arreglos para violín, bajo, bandoneón, guitarra y piano. Un desastre.

¡Qué pena! ¡Serían una joyita! (asiente y me explica cómo estaban hechos caligrafiados a mano, maravillosamente encuadernado por Úber Enrique Casellas, esposo de la cantante de tango Ana Medrano)

«Tenía también a Alberto Marino que me aconsejaba y que era un estudioso del canto. Él, por ejemplo, siempre me decía: “Mirá que la garganta en cualquier momento hace clic y ¡chau! Así que comportate como corresponde. Tené cuidado en las noches, en las madrugadas.” “¿Qué estuviste haciendo anoche?”, me decía, porque a veces me chequeaba.»

¿Qué fue lo que te llevó a mantenerte permanentemente ahí en el cartel? Porque es difícil sostenerse en el cartel tantos años.

Me llaman.

Pero ¿cuál es tu encanto, tu carta mágica, porque vos y no otro?

No sé. No sé.

Porque cantar, hay muchos que cantan. Buena voz, también hay muchos que la tienen. Algo hiciste vos que te hizo único y te hizo tener esta carrera.

Flavia, no sé decirlo. Yo cuando escucho a gente que habla, “No, porque yo estuve en el Colón”, o “Yo estuve en Cosquín”; bueno, yo estuve en el Colón con la orquesta de Héctor María Artola, y fui uno de los primeros cantantes en Cosquín.

¿De qué edad estamos hablando? ¿Qué edad tenías cuando estuviste en el Colón?

Tendría 25, 26 años.

¿Qué sentiste? Porque el Colón sabes lo que es a cualquier edad.

¿Querés que te cuente cómo fue? Yo quería cantar “Sus ojos se cerraron”. A mí ese tema me emociona mucho, Gardel…, me hace llorar, no puedo verlo. A lo mejor, si lo escucho, … pero si veo la película, me mata. Ensayo a la tarde sin gente, pocas luces… ahí fue una cosa, pero, cuando llega la función, una orquesta que ya te podés imaginar ¡Una sinfónica! Me anuncian con todo, “Néstor Fabián”, veo todo eso… y comienzo: “Sus ojos se cerraron…” (entona con voz muy “aflautada”). Menos mal que estaba Colangelo (José) y me dio el tono, que si no iba a ser un desastre.

¿Y decís que también fuiste uno de los primeros en ir a Cosquín?

Sí, a Cosquín fui tres veces.

¿Cómo ves al tango ahora?

Mal. En principio, no hay medios de comunicación. La televisión cero, fatal. Hay “mojones” por ahí. A mí me ocurrió varias veces que me dijeran: “Ché, vení a cantar tal cosa, bla, bla, bla”. Y en mitad de la canción la cortan. O la vez pasada fui a un lugar, y ya “en el aire” me entero que yo cantaba para homenajear a otra persona. “¿Cómo es esto? Si a mí no me dijeron nada”, pensás. Pero, te tenés que callar la boca. Después cuando viene la revancha se lo tenés que decir.

Otra cosa. Cuando hay un programa de tango, pasan sobre todo temas de gente que ya no está entre nosotros, y que quizás estando en vida, no los pasaban tanto. Así pasan ocho temas de gente que lamentablemente desapareció, grandes cantantes, maestros de todos nosotros, yo los admiro a todos, pero solo pasan “un” tema de gente que está todavía trabajando, entre nosotros.

Lo que más se escucha es la década del ’40 del tango.

Lo mejor de todo. Hay cada versión, ¡mamita mía! Por ejemplo, Horacio Salgán con el Polaco Goyeneche haciendo “Margarita Gauthier”, eso es una obra maestra. Cada vez que pienso que estoy cantando fenómeno pongo a Goyeneche con Horacio Salgán, y tengo que volver …

«Vos podés estudiar canto, pero se aprende en el escenario… A veces cantan hoy y cantan en 15 días. Tenés que cantar todas las noches, recién ahí te vas a dar cuenta cómo tenés que hacer para seguir subsistiendo.»

¡…a practicar! ¡A repasar! (risas)

¿Quiénes fueron los cantores que más admirabas?

¡Marino! (Alberto) Yo cuando era pibe cantaba como hacía él. Otro de los más queridos y preferidos por mí, era Floreal Ruíz. Un señor cantante, como persona, como todo. Otro, Oscar Alonso, su versión de “Che bandoneón”, ¡Ahhh! Jorge Casal, Enrique Campos, Horacio Deval. A mí me gustan todos los cantantes. Hugo del Carril, me apasiona. Cuando yo cantaba en “Caño 14”, al lado había un bolichito (de “boliche”, club nocturno). Ahí cantaba Hugo del Carril. Las vueltas de la vida… Eso a mí me impresionaba mucho, Hugo del Carrill cantando en ese boliche, ¿cómo explicarte?…

¿Bolichón?

Era un cabaret. Y al lado, en “Caño 14”, cantando yo… Bue’, dejalo ahí.

También cantaba Amelita Baltar, pero no cantaba tango, cantaba folclore. Y ahí Piazzola la conoce. Cuando el tango dice (lo canta) “Por las noches, cara sucia, de angelito con bluyín. Vende rosas por las mesas, del boliche de Bachín …”, no era Bachín. El Pibe ese vendía rosas comenzando por ese local y por “Caño 14”. Y después venía una mujer muy mayor que también vendía flores.

¿Y de las orquestas? ¿Qué momentos especiales me podés contar?

Otro que admiraba muchísimo, junto con Francini (Enrique Mario), era Armando Pontier. No he sido su amigo porque ellos eran de una generación anterior, y tenían sus amistades, sus códigos y yo recién comenzaba, así que cuando ellos tenían que hablar algo “importante” (con énfasis), me decían: “Usted, retírese”, directamente. No me decían ni “Che”, ni “Pibe”, ni nada. Directamente, “Usted, retírese”.

Con Pontier canté en Estados Unidos. Y entonces pasó algo curioso porque coincidimos que también estaba Aníbal Troilo que me dice “Pibe, ¿no puede cantar conmigo “La última curda”, “Garúa” y “Una Canción”?” “Sí, Maestro, pero yo vengo con Pontier. Espere que le pido permiso.” Y cuando se lo digo a Pontier, me dice: “¿Y usted, me tiene que pedir permiso? ¡Por favor! Vaya tranquilo.”

Con Tito Reyes, rodeado de Hippies, tras la presentación con Aníbal Troilo y con Armando Pontier y sus orquestas, en el Hunter College de New York.

Era una cuestión de códigos.

¡Claro, claro! En eso yo siempre fui muy respetuoso.

¿Sabés qué pasaba? Que Tito Reyes, el cantante que llevó Troilo en esa gira no se sabía ninguno de esos tangos. Y “Una Canción” a la postre era la canción más querida de Troilo, y la que más le emocionaba como autor. ¡Un tema precioso!

¿Cómo hacía Troilo (Aníbal) para lograr, según se dice, la mejor versión de todos los cantantes?

Porque él cantaba. Tenía una voz media ronca… “Alguien dijo una vez que yo me fui de mi barrio. ¿Cuándo? Pero ¿cuándo? …”  (recita imitando la voz de Troilo).

La primera prueba que doy fue con Troilo a mis 16 años. Me llevó a la calle Callao 11, donde había salas de ensayo. “¡Qué lindo color de voz!”, me dice. La gente siempre me decía “¡qué lindo color de voz!” “Mañana te espero en el Hospital Fernández”. Fui allá y me vio un otorrinolaringólogo. Yo siempre cantando con voz potente, y este médico me puso una cucharita en el paladar, con la lengua afuera, y dije “A” y … (empieza a emitir la voz con gran dificultad) “No, no. No va. Es muy joven. Puede cantar donde quiera, no puede tener un trabajo permanente.”

Roberto Grela también cantaba. Cuando yo cantaba con él “Las cuarenta”, yo me hacía el olvidadizo. Muchas veces cuando quiero que alguien cante, yo me hago el olvidadizo, como si se olvidara la letra… y entonces alguien “se arranca” (del lunfardo, “empieza a cantar”).

Néstor Fabián y Atilio Stampone.

¿También trabajaste con Atilio Stampone, no?

Sí, estuve con Atilio en el viejo “Caño 14” de la calle Uruguay, porque después fue a la calle Talcahuano. Estuve también con él dos meses en Rusia. Además, grabé dos longplay. Atilio un fuera de serie, un ser maravilloso como persona.

También actué con Osvaldo Berlingeri. En estos momentos, se me van algunos nombres de la mente. Es que son muchos, son 62 años.

¿Qué soñabas en esas noches de joven que mirabas las orquestas, con la “ñata” contra el vidrio”? ¿Qué imaginabas?

No, nada. A mí me gustaba cantar.

Y si vos hoy le hablaras al pibe que vos mismo eras cuando empezabas a escuchar a esas orquestas, ¿qué le dirías?

¿La verdad? Que soy un fenómeno. Lo que he hecho, soy un fenómeno.

No imaginabas hacer todo lo que hiciste.

¡No! Además, jamás pedí trabajo.

Flavia Mercier con Néstor Fabián después de la entrevista en Michelangelo.

¿Querés decir algo más?

No, pregúntame lo que vos quieras.

¡No nos vamos más! Te preguntaría tantas otras cosas más, y tenés que actuar. Muchísimas gracias Maestro, por la entrevista, por la pasión y la entrega al público, y al tango.

Más allá de los estudios de canto, a cantar se aprende en el escenario al darse cuenta qué es necesario hacer para “seguir subsistiendo” como cantante, nos dice Néstor Fabián con 62 años de trayectoria.

Saber hacer algo no es solo cuestión del aprendizaje de una técnica que permite lograr una destreza, sino, también, de “aprehendizaje” de un medio – en tanto instrumento, lugar y entorno- que tiene más que ver con lo que se capta con los sentidos y no con “el” sentido. El escenario sería el medio más adecuado para captar cómo usar la voz como instrumento a fin de conmover al entorno. Hay un “saber hacer ahí”, que no se puede adquirir en ningún otro lado, porque tampoco está a la venta “prêt-a-porter” (listo para llevar), sino que hay que pagar por su adquisición con la propia presencia, con un “saber estar ahí” del que también el artista va adueñándose con el hacer. Hay en ese “ahí” algo del orden de lo espontáneo, lo imprevisible e, incluso, inconcebible, en tanto no puede explicarse con palabras. Por eso mismo, tampoco es maestro quien solo habla desde la “cathedra”, sino quien por haber hecho de su arte su tarima, muestra cómo se está “ahí” y cómo se hace “ahí”.

Por otro lado, Néstor Fabián cree que no solo hay que tener talento, sino también suerte. Cabe señalar que, así como la inspiración solo llega a quien está trabajando, según diría Picasso, el azar solo llega a quien está buscando. La geografía al abasto no es infinita, viene signada desde “los tiempos aquellos”. Hay también piedras en el camino, desvíos y encrucijadas, pero es la lumbre del deseo lo que alumbra como presente lo que se presenta en los meandros de la vida. Es el calor de su aliento lo que puede templar la roca en piedra angular de la propia existencia, permitiendo así construirse un lugar, y no terminar “perdido por las calles del mundo, como un duende errabundo, en su afán por llegar”.

Flavia Mercier

José Colangelo: “La música nuestra tiene una particularidad: no se puede tocar solo lo que está escrito.”

Hoy este Patio de Artistas se engalana para recibir a un grande de la música porteña. El maestro José Colangelo, el “Pepe” Colangelo como le llaman sus amigos y colegas. Eximio pianista, prolífero compositor y director, con más de 65 años con el tango, Colangelo formó parte de la vanguardia del tango que encabezara Astor Piazzola tras haber desarrollado una extensa, e intensa, carrera, junto a verdaderos íconos de la música ciudadana porteña. Él fue el último pianista de Aníbal Troilo y antes fue el pianista de Leopoldo Federico acompañando a Julio Sosa. Integró también la formación de Ángel Domínguez y la orquesta de Ricardo Malerba en Radio Splendid. Realizó una cifra verdaderamente “impresionante” de grabaciones -llegó a realizar más de 100 grabaciones en un año-, entre los cuales destacan la que realizó con Juan de Dios Filiberto y el último disco de Pedro Laurenz. Además de Julio Sosa, acompañó a grandes voces de la escena tanguera como a Elba, José y Raúl Berón, Mario Bustos, Néstor Fabián, Jorge Falcón, Roberto Florio, Roberto Goyeneche, Libertad Lamarque, Alberto Marino, Héctor Mauré, Edmundo Rivero, Floreal Ruíz, Alba Solís y Nelly Vázquez, entre otros. Con Susana Rinaldi realizó una temporada en el Olympia de Paris junto a Leopoldo Federico, y después él continúo una extensa gira mundial por más de 3 años junto a la señora Rinaldi. Fue figura en Japón con múltiples giras al país nipón. Armó sus propias agrupaciones como el “Cuarteto Colangelo”, insignia de la vanguardia tanguera. Hoy a sus 82 años derrocha energía y pasión por el tango, amarrado a un piano que, como él mismo destaca, “le salvó la vida”; y nos regala una entrevista en la que nos permite conocer un poquito más, no sólo de él, sino de verdaderos íconos del tango.

José Colangelo y el Quinteto Colangelo en La Usina del Arte – 2013. En la foto de izq. a der. José Colangelo (piano), Daniel Falasca (contrabajo), Horacio Romo (bandoneón), Humberto Ridolfi (violín) y Ariel Russoniello (violoncello).

¿Qué fue primero, la música, el tango, o el piano?

Yo creo que fue todo junto, fue todo a la vez. Por un lado, heredo de un tío abuelo, Salvador Colangelo, que había tocado con Divasto (Julián) y Sureda, y había compuesto. Después, de mi viejo. Mi viejo había tocado el bandoneón en las comparsas “Los Marinos Unidos del Plata” y en “Los Verduleros”. Pero ¿qué pasa con mi viejo? Cuando se casa con mi vieja, Antonia le dice: “Nardo, tenés que dejar la música. ¿No vas a seguir con la milonguita? Ahora tenés que seguir en la “Dunlop””. Así que mi viejo dejó la música y siguió en la “Dunlop”.

También me influyó mi abuela coruñesa que fue un ángel y que bailaba y cantaba todo el día. Doña Manola, como le gustaba que le llamaran aunque su nombre era Manuela. Yo nací en una casa con mucha alegría. Además, fijate vos, mi casa quedaba en una calle con nombre de músico: “Donizetti”. En aquella época, en las casas se hacían las fiestas, los velorios, los partos, todo se hacía en casa. Fuimos muy hogareños. Tuve la suerte de nacer en una época en la que no había televisión, lo cual significó que tuviéramos diálogo. Teníamos una radio vieja, puesta allá arriba, sin que nos impidiera conversar. Mi viejo traía a escondidas “La Vanguardia” y la discutíamos. Aunque lo perdí muy joven -él tenía 50 años y yo 20-, tuve muchas charlas con mi viejo.

Y, por otro lado, mi vieja. Una muchacha con sexto grado y con todas las ganas que sus hijos fueran importantes, por lo que se ocupaba de averiguar todo lo que teníamos que estudiar: “Vas a ir a la Pitman (antiguas escuelas de mecanografía, y dactilografía o estenografía), y vas a hacer mecanografía y estenografía”. Y aunque ella no quería que me dedicara a la música, fue la que averiguo que a cinco cuadras de mi casa había una profesora de piano, Margarita Echetto. Un amor la “profe”.

Un día, a los cinco o seis meses de estudiar, la “profe” me dice: “Josecito, ¿No te estás aburriendo con tanto Hanon, Doupond y Kolher? (libros de estudio de música) ¿No tenés algunas cosas populares?” “¡Mi viejo, tiene! Mi viejo y mi tío tienen.” Entonces levé una ranchera, “La Cumparsita”, “Desde el alma”, “El Garrón”, y empecé a tocarlas. Con mucho sacrificio mis viejos me habían comprado un pianito de estudio con arpa simple, un “Pleyer”, y, ¿sabés qué pasó? mi viejo, al escucharme tocar esas cosas, fue a buscar el “fueye” (bandoneón), le sacó el polvo, y abrió la ventana de la sala que daba a la calle Donizetti. La gente pasaba y decía “Mirá, está el Nardo tocando con el nene”. Con el primero que yo toqué fue con mi viejo, a los 7 u 8 años.

«El otro día a un chico que me preguntó “¿Cuándo voy a tocar bien Maestro?” “Cuando tengas callos en el culo”. Y además no empieces con Piazzolla, empezá por la A, empezá haciendo “parrilla” . Hoy hay un poco de desprecio por parte de algunos jóvenes que no tienen ni idea ni quién fue Troilo … A mí eso me enerva y por eso estoy haciendo muchas “masterclass” sobre compositores. (…) ¡Es impresionante la cantidad de compositores que hay! Somos muy afortunados los tangueros, tenemos un gran repertorio y muy valioso.»

¿Y por qué piano y no otro instrumento?

No sé, pero era tanta la locura que me despertaba en mitad de la noche y me ponía a tocar. ¡Me cagaban a pedos! ¡Te imaginás!

¡Qué linda locura!

¡Que por suerte me dura! “Este” (señalando al piano) me salvó la vida en los momentos más difíciles. Yo venía de una herencia jodida, mi abuelo murió a los 62, mi papá a los 50. Cuando pasé esas dos edades no lo podía creer. Yo superé un cáncer.

¡Le torciste el codo al destino!

Además, soy viudo de la madre de mis dos hijos. Después tuve un segundo matrimonio que terminó en un divorcio complicado, quedé mal parado económicamente, tenía más de 60 años, era el 2001 (año de la crisis económica en Argentina que derivó en la restricción de los depósitos bancarios que se conoció como el “corralito”), … me acuerdo que pensé: “Y, bue’…, tendré que ir a jugar a las bochas (petanca) con los muchachos.” ¿Sabés qué me salvó? La música y mis hijos. Me dio otra vez ganas de vivir y entonces conocí a mi actual mujer, con la que llevamos 22 años. Además, aprendí algo: ¡Ojalá todo en la vida se pueda pagar con plata! ¡Es lo más barato!

«Para mí el incentivo siempre fue estar acá con “la novia” (el piano). El escenario te produce algo muy lindo que es la gran adrenalina cuando no sabés si a un público lo podés. A veces los podés de entrada, pero a veces no y tenés que buscarlos. Y eso es hermoso, es una lucha muy linda. Una vez que lo lograste, todo va a ser hermoso.

… este me salvó la vida en los momentos más difíciles.»

¿Puede ser, también, que, más allá de esa fatídica herencia genética, tu viejo te dejó su deseo como legado cuando volvió a tocar con vos? Ese deseo te sostuvo. Y tu vieja te ayudó a realizarlo, porque fue la que buscó la profesora de piano.

Claro, mi viejo vuelve a tocar conmigo, … (se le entrecorta la voz) … me emociona mucho hablar de mi viejo porque fue el que me dio el gran impulso. Gracias a él llegué a este hoy. Él me vio ensayar con orquestitas de barrio durante 6, 7, u 8 meses, para hacer un programa de radio gratis. Cuando empecé a los 17 años en Radio Splendid con un tal Ángel Genta, para aceptarme me hizo ir a ensayar 30 noches seguidas, y mi viejo me acompañó cada una. Él vio los comienzos de todo, fue un gran entusiasta aun teniendo una enfermedad terminal terrible como un cáncer en la tráquea.

La familia Colangelo. De izq. a der.: Su madre, Pepe, su hermano y su padre.

Mi vieja con el tiempo se tuvo que resignar. Porque, claro, una cosa era cuando venían las tías. “Tocale un vals a las tías”, decía. Pero otra muy distinta era cuando yo decía “tengo que hacer un cambio en el “Tabaris” “(emblemático teatro de burlesque y music hall). “¡Noooo! ¿No lo vas a dejar, no?”, le decía a mi viejo. Aun así,  averiguó dónde había una profesora de piano. ¿Qué quería mi mamá que fueran sus hijos? Contador público y después gerente de banco. Por lo tanto, estudiamos “Perito Mercantil” (equivalente al bachiller con especialización en teneduría de libros contables), y después Ciencias Económicas. Ya había hecho 1 año, y empiezo a tocar de noche teniendo que ir a la facultad a las 6, 7 de la mañana. “Vieja, ya no aguantó más…”, le dije. Y para que me dejara seguir con la música, le hice una apuesta. “…Vamos a hacer un trato. Dame 1 año, si me va mal con la música, “largo” (en lunfardo, “dejo”), sigo la facultad, y me empleo en un banco”. Y bueno, me fue bien (risas).

Contame más de aquellos comienzos.

¿Sabés una cosa? Yo tengo una debilidad: los sándwiches de miga. Entonces, ¿qué hacía? Averiguaba quién se casaba para hacer serenatas. Como no podía llevar el piano, un amigo, Fontana, me prestaba un acordeón. “¡Fontana!” “Ya sé, tenés serenata.” “Sí, tengo que tocar para la novia.” Llevaba conmigo a un hombre grande, Alfredo González, que tocaba la guitarra y era un personaje; y a otro, César, que llevaba las maracas… ¡Escuchá bien! ¡Mirá qué trío que hacíamos! Entonces, al terminar, el padrino te daba unos cinco “mangos” (pesos), pero, lo más importante, ¡te invitaba a la fiesta y comías sándwiches de miga!

En esa época pasó otra cosa muy graciosa: recibo mi primer premio arriba de un camión, dando la vuelta en el corso (comparsas de carnaval). Era la UCA – Unión Comerciantes de Alberdi-, unas 10 o 12 cuadras, e íbamos tres acordeonistas tocando.

Así fueron los comienzos, antes de lo profesional. Yo cuento siempre lo profesional, a partir de los 17 años, en Radio Splendid, cuando ya me pagaban, aunque antes me pagaron algunas cosas.

¿Y qué de ese momento, no “tan” profesional, pero en el que nace el artista, cuando tu papá saca el fueye y abre las ventanas para el público del barrio? ¿Qué sensaciones quedaron en tu cuerpo de aquellos momentos?

Me ponía muy feliz. Ver la cara de mi viejo fue muy lindo. Esa mirada de complicidad que tenía conmigo cuando me veía ensayar me ponía muy feliz. Y, a la vez, era muy emotivo porque yo sabía que tenía los días contados. De hecho, falleció en mis brazos. Esa imagen de mi viejo cuando yo ensayaba, todavía hoy me acompaña, todavía hoy me sirve, todavía hoy me ayuda, todavía hoy me dice lo qué tengo que hacer.

«El estilo Colangelo es Colangelo. Es lo que siente Colangelo. Es lo que le pasa a Colangelo (…) Y Colangelo es un tipo que es feliz tocando tango.»

Entonces, tus inicios profesionales fueron en Radio Splendid.

Sí, en Radio Splendid. Después trabajé con Ángel Domínguez, en su agrupación. El Gallego fue un tipazo y un gran compañero. Me ayudó muchísimo y tocaba muy bien (con énfasis)el bandoneón. Y conocía muy bien (con énfasis)el género del tango. ¡Gracias, Gallego!, allá donde estés. ¡Te quiero mucho!

En esa época no había televisión, así que la radio lo copaba todo. Y en cada radio había lo que se llamaban “Estables” (orquestas): la “Estable de tango” y la “Estable clásica”. Había orquestas en cada radio, que después pasaron a la televisión. Estaban Los Marafioti, Artola (Héctor) en Radio “El Mundo”, Ferrucho Marsán, y otros más.

¿Estamos hablando de la década de los ‘50, ‘60? ¿Cómo era esa época?

Viví cosas muy lindas. Códigos que ya no están. Una noche hermosa que ya no existe, aunque había que saberla caminar. En ese momento, a la noche no la caminaba cualquier “gil” (en lunfardo, ingenuo). Un gil se tenía que ir, porque nosotros teníamos idiomas y cosas especiales. Terminábamos a las 4 de la mañana, y nos encontrábamos en “Zümbier”, en “Arturito”, o en algún otro, con los compañeros de trabajo. Venían las chicas del alterne y las invitábamos a comer. Entonces esperábamos hasta las 5 y media de la mañana para ir a buscar las medialunas calientes por el costado de la panadería. Todas esas cosas no las va a entender nadie si no las vivió. Fueron muy importantes y muy lindas, y a mí no me las contaron, yo las viví.

José «Pepe» Colangelo junto a Aníbal Troilo, «Pichuco», entre otros.

¿Por qué fueron importantes? ¿En qué los hacía diferente el vivirlas, o el compartirlas? Quizás se tratase de esto último…

El compañerismo que había. A mí me ayudó mucha gente. Nadie se hace solo en esto, ni nadie inventa nada en esto. Además, siempre había gente en la calle Corrientes. Hoy más allá de las 11 de la noche no hay nadie, ni el vigilante. Y hoy todo es turismo. Traen quinientos tipos, los tiran ahí en el boliche, se comen el bife de chorizo, la mayoría bosteza, no tienen ni idea de quién está tocando, aplauden más o menos, y se van. Hoy no tenés que dar ninguna prueba, pero en la época que yo te digo, a “Caño 14”, “El Viejo Almacén” y “Michelangelo” no iban los turistas, iba la clase media y sabía de tango. Estaba el habitué del martes, del miércoles, del jueves… Ahí vos tenías que demostrar que verdaderamente eras músico.

¿Qué te influyó más, escuchar tocar a otros músicos, o escucharlos contar su experiencia?

Las dos cosas, pero fundamentalmente escucharlos tocar. Yo soy de los que creen que era importante escuchar a otros músicos. Todas las influencias son válidas. Vos escuchás a todos, y, al final, terminás siendo vos. Yo tuve la suerte que nací en una época en la que existían dos cafés en los que con 1 peso te pagabas un café y te veías tres orquestas. La “Richmond” de Suipacha y la “Richmond” de Esmeralda. Después, cuando llegaba a casa, imitaba a cada uno hasta cómo ponían los codos, ya sea al “Tano” Berlingeri (Osvaldo), al Negro Romero, a Juan José Paz, a Osvaldo Manzi, y, por supuesto, a mi ídolo, Horacio Salgán.

¿Por qué era tu ídolo Salgán?

Ya en los ’50 Salgán tenía una orquesta hermosa que hoy todavía suena actual. Él tuvo la virtud de darle un “swing” muy especial al tango sin restarle tango. A mí me tenía podrido eso de que el tango es triste. No es verdad, el tango se puede tocar con mucha alegría. Alguien me dijo una vez: “Pibe, usted toca con alegría. No la pierda. No deje que le roben el moño de comunión.” Eso me lo dijo el Gordo Pichuco (Aníbal Troilo).

«Tenés que acompañar a esos con los cuales vas a tener piel. Porque la música se siente por ósmosis, pasa por la piel. Hay tipos que no te gusta como cantan, no tenés ganas de acompañarlos. Y bailarines de esos que quieren todo corriendo, menos. Yo les escapo.»

Tocaste con algunos de los músicos de Salgán que formaron “Los Embajadores”.

Sí, tenés razón. Con Alegre, Bodas, Alfonsín y Navarro, que fue el primero en poner una guitarra eléctrica en el tango. Con ellos, y Carlitos Nogués como cantor, hicimos radio. Esa época yo hago mucha radio y grabo cualquier cantidad de discos porque tuve una suerte enorme: Berlingeri -que para mí era el pianista más importante-, tenía mal carácter, estaba peleado con todos; entonces, no lo llamaban. Por ejemplo, Garello (Raúl) no lo llamaba. Y Garello grababa todas las semanas. Con él grabé con Goyeneche (Roberto), con la Orquesta Típica Porteña, con su orquesta, con Juárez (Rubén), con Rosanna Falasca, con Maribel Marcel, con Julia Sandoval. E instrumental en “Odeón” (discográfica). Y me pasó también que yo fui el pianista que acompaña a Pedro Laurenz, que estaba en el Quinteto Real, cuando Pedro graba su último disco; y Pedro me toma mucho cariño. Y cuando Horacio (Salgan) ya no quería tocar más de noche,  Pedro me sugiere a mí, pero Francini dijo: “No, es muy joven”.

¡Era impresionante la cantidad de grabaciones que había en ese momento! ¡Llegué a hacer más de 100 grabaciones por año! Por eso cobro muy bien en ADI (Asociación Argentina de Intérpretes). Bueno, además soy el secretario de ADI (risas).

¿Y cómo llegaste a ser el pianista de Leopoldo Federico?

Cuando tenía 21 años, un día tocan el timbre de mi casa, atiende mi vieja, y el Gordo Federico le pregunta “¿Está su hijo?” “¡¿Qué hizo mi hijo?! ¡¿Qué hizo mi hijo?!” (con voz de angustia), “No, no se asuste señora, soy Leopoldo Federico, lo vengo a probar. Porque si anda bien, va a empezar con mi orquesta y con Julio Sosa a partir de mañana.” ¡Yo no lo podía creer! Salí enseguida. “Quédese tranquila señora, lo voy a llevar acá cerquita, a Ciudadela, a lo de un bandoneonista amigo -era Rossini-, que tiene piano y ahí lo voy a probar”. Me prueba y me dice “Ya está, mañana empezás.” “¡¿Qué?!”, digo yo. ¡Fue un flechazo! Para mí fue algo muy, muy importante.

«El Gordo (Federico) fue una cosa increíble, ¡lo amé al Gordo! …De él tomé algo muy bueno que tenía: el Gordo tocaba como si fuera la última vez que iba a tocar. ¡Tenía unas ganas! Estuviera mal, estuviera bien, subía el escenario, y nada, tapaba a todo el mundo, no necesitaba a nadie, los otros bandoneones desaparecían.»

¿Cómo llega él a vos?

Porque averigua. Averigua por intermedio de José Dames que era muy amigo de un tío mío, el Tito, que hacía teatro independiente. Él estaba buscando un pianista porque el Negro Flores (Manuel) ya estaba muy mayor y se había casi retirado, y Robertito Grela -muy amigo mío-, me recomienda. Increíble lo que hizo Leopoldo conmigo, yo le debo mucho. El Gordo fue un amor de tipo. Lo amé, lo sigo extrañando todavía.

De izq. a der., abajo, Atilio Stampone, Leopoldo Federico, y Horacio Ferrer; arriba, Hugo Marcel, José Colángelo y Hugo Rivas, todos reunidos con motivo de la celebración de los 55 años de la Orquesta de Leopoldo Federico.

Y trabajar con él era también trabajar con Julio Sosa. Cuando hablamos de Julio Sosa hablamos del número más importante de tango que había. Es más, era el único número de tango que todavía trabajaba, porque esa era la época del “Club del Clan” que había eclipsado todo lo demás, y para los tangueros, ¡minga, nada, cero! El único que competía con el “Club del Clan” era Julio. Él hacía cinco shows los sábados, cinco los domingos, salíamos un jueves y volvíamos el lunes, un día estábamos en el Teatro Comedia de Córdoba, y al siguiente en el Teatro Comedia de Rosario, grabaciones, tele, radio. ¡Impresionante! Estaba más tiempo con él que con mi familia. Tres años y medio estuve con Julio, hasta que murió en Noviembre del ‘64. ¡Nunca vi un velorio igual!

¿Fue muy multitudinario, no?

Yo vi dos velorios así: ese y el de Eva (Perón). ¿Sabés que Julio era de Las Piedras (Uruguay), no? Prácticamente, no tenía familia acá (Argentina), así que nos hicimos cargo con la Orquesta. Empezamos en el “Salón Argentina”, ahí en Rodríguez Peña casi Corrientes, pero fue tanta gente, que el salón no daba abasto y se aglomeraban. Se enteró Tito Lectoure y nos dijo: “Muchachos, vengan al Luna Park” (estadio a cubierto que alberga muchos shows y conciertos por su gran capacidad). Allá fuimos. El desfile fue incesante. Al otro día, a las 9 de la mañana, lo llevamos a pulso entre los músicos desde el Luna Park, por Corrientes (emblemática avenida del circuito teatral porteño), hasta el cementerio de la Chacarita (más de 9 km, un trayecto de 2 horas a pie). ¡Impresionante! ¡La gente que se acercó! ¡Y cómo tiraban flores desde los balcones! Llegamos a las 8 de la noche a Chacarita (11 horas después).

Contame más de Julio Sosa. ¿Qué destacarías de él como artista?

Julio tuvo grandes virtudes. Primero: a todos lados iba con toda la orquesta. Segundo: llevaba todo el equipo de sonido, su locutor y su “plomo” (responsable del traslado y montaje de los equipos de sonido). Tercero: cuando grababa no quería hacerlo con “play-back”. En esa época los cantores ya empezaban a grabar en play-back. Él no, él se metía en el medio de la orquesta, tenía necesidad de sentir a los músicos alrededor para que lo “contagiaran”. Y cuarto, para mí, fue un “sex-simbol”: las mujeres estaban locas por él. Y cuando subía al escenario no se escuchaba ni el sonido de una mosca.  Además, había aprendido a gesticular muy bien, con lo cual daba muy bien en televisión. Hacíamos “Copetín de tango” todas las semanas, todas.

José Colangelo acompañando a Julio Sosa como pianista de la Orquesta de Leopoldo Federico.

Aparte Julio era un tipo sin grises, o te gustaba o lo odiabas. Me acuerdo de una vez que lo estaba esperando una comisión de chicas para discutir unos temas con él, que yo pensé: “¡Uy! ¡¿Cómo va a terminar esto?!” A los cinco minutos estaban muertas de risa. En cambio, otra vez tuvimos que salir corriendo de un pueblo porque le pegó al diariero y “el que le pega al diariero le pega al pueblo entero”. “¡A la miércoles!” Todos subimos corriendo al micro y “¡rajemos!” (en lunfardo, “huyamos”).

Gracias a Julio conocí el interior del país -para entonces ya lo habíamos hecho todo- porque, como buen porteño, no conocía nada más allá de la General Paz (avenida que hace de límite entre la Ciudad de Buenos Aires, y las provincias). Ahí aprendí lo lindo que es el interior del país, su gente, cómo te cargan las “pilas”. ¡Hoy, todavía es así!

Y Julio era un tipo muy inteligente. Tanto que empezó haciendo “Cambalache”, “Padrino pelado” -cosas más “en joda” (en lunfardo, en broma)-, y terminó haciendo “Nunca tuvo novio”, “María”. Es decir, ¡se pudo permitir cambiar su repertorio! Hizo lo que quiso. Me acuerdo que lo último que grabamos fue “Siga el Corso”, “Milonga del 900” y “En esta tarde Gris” que cantó prácticamente llorando.

Trabajar con Julio fue una experiencia muy linda. Lo viví tan inconscientemente que recién ahora tomo consciencia de lo que fue.

¿Cómo era Federico (Leopoldo)?

El Gordo era muy juguetón, era un nene grande. Además, era joven, yo tendría 21 años y él tendría 30 y pico. Llegabas a un hotel y te había decorado la araña de la habitación con papel higiénico. O te aflojaba la puerta para que cuando la abrieras se cayera. O se disfrazaba de mina y te golpeaba la puerta haciéndose pasar por una mina. El Gordo fue una cosa increíble, ¡lo amé al Gordo! (con énfasis)

José Colangelo con Leopoldo Federico.

Con él también viví una experiencia muy linda en París. Fuimos al “Olympia” (probablemente el más importante teatro de París) junto con la “Tana” Rinaldi (Susana) a hacer 9 conciertos. Estamos hablando del año ’80 u ’81. En ese momento nosotros éramos socios en un 60% y 40%. “La Orquesta de Leopoldo Federico con la participación especial de José Colangelo”. Pero como en ese viaje solo él y yo acompañábamos a la Tana, él me dice: “Acá somos 50 y 50”. ¡Fijate vos la decencia! Yo de Leopoldo sólo puedo decir cosas buenas.

José Colangelo (izq.), Susana Rinaldi (cent.), y Leopoldo Federico (der.) en el Teatro Olympia de París.

¿Qué te trasmitió Federico de tango, cómo te influyó?

Todo, todo. De él tomé algo muy bueno que tenía: el Gordo tocaba como si fuera la última vez que iba a tocar. ¡Tenía unas ganas! (con énfasis). Estuviera mal, estuviera bien, subía el escenario, y nada, tapaba a todo el mundo, no necesitaba a nadie, los otros bandoneones desaparecían. Tuvimos la suerte que su última grabación la hizo con nosotros, con ella (en alusión a Gabriela Rey, cantante y su pareja) graba dos temas y conmigo graba un tema mío, “Japón Tango”, que le dediqué a Japón porque me había ido muy bien allá. Hice 10 viajes casi seguidos con mi propia compañía y tengo más de 6 CD’s editados en Japón. Y tengo muy buenos amigos.

Después de ese viaje a Paris, ¿Seguiste con Susana (Rinaldi) mucho tiempo, no?

Después del Olympia de Paris, el Gordo (Federico) no quiere saber nada con seguir con la gira, él quiere volver con su orquesta. Entonces la Tana me dice: “Vos no me podés abandonar, Pepe.” Se lo digo al Gordo: “Te voy a tener que abandonar. Te busco un pianista y te lo ensayo, pero te voy a tener que abandonar.” “Es como si me cortaran un brazo”, me dice. “No seas guacho, no seas turro, no me quites esta posibilidad. Me voy a la isla de Creta, a Israel.” Iba como director ganando 500 dólares por show.” Tres años años con Susana, del ‘80 al ’82, recorriendo todo el mundo como su director musical. Después del Olympia de Paris, estuvimos en la “Philarmonie” de Berlín, en el “Mann Auditorium” de Tel-Aviv, el “Binyaney Ha’ouna” de Jerusalén, vamos a la isla de Creta a la fiesta de Heraklion, ahí nos encontramos con Piazzolla, y después casi todo América, empezando por México. De acá (Argentina) solo llevabámos el bandoneón, a lo sumo el baterista, tenía que encontrar todos los músicos allá. ¡Conocí cada músico!

Y como el tiempo siempre da revancha, a la vuelta actué otra vez con el Gordo (Federico) haciendo actuaciones especiales.

¡De Donizetti al mundo! Tu papá no podía imaginar que cuando abría las ventanas de tu casa no las abría solamente a la calle Donizetti sino ¡al mundo!

Y eso que no te conté cuando estuve como director invitado del “Café de los Maestros” (gira del documental homónimo dirigido por Miguel Kohan y coescrito y coproducido por el ganador de un Oscar, Gustavo Santaolalla). El “Café de los Maestros” significó estar en Hong Kong, Singapur, Emiratos Árabes, el Golfo de Omán, Seúl, Bélgica y todo Brasil. En fin, por todo el mundo. Para mí fue muy importante, además porque era muy joven todavía. De repente se habían muerto muy rápido, Salgán, Mores (Mores), …, ya no quedaban pianistas de aquella época.

Por cierto ¿hiciste cine, también? La banda sonora de un par de películas, ¿no?

Sí, hice dos películas con Sergio Renán: “La Tregua” y “Sentimental”. Y después una con Lucas Demare y Susana Rinaldi, que se llamó “Solamente ella”.

¡Nada más y nada menos que “La Tregua”! ¡Peliculón!

José Colangelo (der) junto a Héctor Alteiro (cent.), protagonista de la película «La Tregua», y Oscar del Piore. (izq.)

¿Y por dónde corrían tus “ansias”, cuál era tu enganche: el piano o el escenario?

Para mí el incentivo siempre fue estar acá con “la novia” (el piano). El escenario te produce algo muy lindo que es la gran adrenalina cuando no sabés si a un público lo podés. A veces los podés de entrada, pero a veces no y tenés que buscarlos. Y eso es hermoso, es una lucha muy linda. Una vez que lo lograste, todo va a ser hermoso.

¿Cuál es el arte de acompañar a un cantante? ¿Captarle el estilo?

Claro, hacer arreglos para ese cantante, que le vengan bien a ese cantante. Esa sería la virtud necesaria. Además, cuando toca acompañar, el músico tiene que saber ubicarse. Ahí ya dejó de ser protagonista. Eso Pichuco (Aníbal Troilo) lo tenía “re” claro. Cuando iba el instrumental: “Muchachos, ¡arriba!, ¡con todo!”. Y cuando venía el cantante: “Ahora, cuerpo a tierra, va el cantor. Bajamos, dejamos que se luzca el cantor.”

Vos decís: “el músico tiene que saber ubicarse” ¿Y el ego del músico como artista? ¿Cómo se maneja eso? ¿Cuál sería tu satisfacción en ese rol secundario?

Y la verdad es que a mí no me gusta acompañar a cantantes. Por ahí, si acompañas al Negro Lavié (Raúl), tal vez sí tenés una satisfacción. Tenés que acompañar a los grandes, a los muy grandes, esos con los cuales vas a tener piel. Porque la música se siente por ósmosis, pasa por la piel. Hay tipos que no te gusta como cantan, no tenés ganas de acompañarlos. Y bailarines de esos que quieren todo corriendo, menos. Yo les escapo. Hoy tengo de cantante a mi mujer (Gabriela Rey) porque además de que me gusta como canta, también es cierto que en estos 22 años le pude enseñar muchas cosas para que las cosas se hagan bien.

José Colangelo junto a su esposa, la cantante Gaby Rey.

El Olympia de Paris fue una segunda etapa con Federico, ¿no? En medio tocaste con Troilo (Aníbal), ¿correcto?

Tuve varias etapas con Federico. Lo que pasa es que cuando vuelvo a tocar con él, ya Troilo había muerto. Troilo murió en el ’75, aunque ¡el Gordo va a existir toda la vida!

¿Y cómo fue que empezaste a trabajar con Pichuco (Aníbal Troilo)?

Empiezo a trabajar con él reemplazando a un pianista tremendo que era el Tano (Osvaldo) Berlingeri, en el 68’, a los 27 años. La noche que debuto en “Relieve”, yo no había tocado prácticamente nada porque cuando fui a buscar la música no estaba, se la había llevado el Tano. Cuando lo vi le dije “sacate los anteojos que te voy a cagar a trompadas”, y entonces me contesta: “Escuchame en esta orquesta todos los pianistas se tuvieron que hacer la música, así que bancátela”. Eran un poco los códigos de lo que rodeaba al Gordo (Aníbal Troilo, “Pichuco”). Con lo cual sólo tenía los bajos que me había pasado el contrabajista diciéndome: “Tomá, por lo menos podés tocar con la mano izquierda, con la derecha hace lo que puedas.” Entonces, cuando bajo del escenario, una pareja me dice: “¿Usted es el nuevo pianista?” “Sí.” “¡Qué lástima! Nos gustaba más el otro.” “A mí también, ¿qué quiere que le diga?”. Me voy a ver al Gordo, casi llorando y le digo: “Gordo, yo me voy”. Y me dice: “¿A dónde va pibe? Venga, vamos a tomar un whisky.” “¿Por qué cree que lo elegí?” Y me convenció que me quedara. Y me ayudó mucho. El Gordo era un tipo fenomenal.

José Colangelo junto a Aníbal Troilo, en «El Viejo Almacén», formando parte de su cuarteto. De izq. a der.: Colangelo (piano), Troilo (bandoneón), Aníbal Arias (guitarra) y Rafael del Bagno (contrabajo).

¿Y por qué te eligió?

Me dijo “Yo confío mucho en usted”. ¿Sabés por qué? Hay un por qué. Dos años antes en el ‘66, el Tano (O. Berlingeri) se va 10 días a trabajar a la embajada argentina en Estados Unidos y entonces me llama a mí para hacer un cambio (reemplazo): “Che, tendrías que cubrirme con el Gordo”. “¡Nooo!” (con tono de disparate), le contesto. Pero me pasó todo e hicimos con el Gordo un programa de radio y alguna cosa más. “Gracias, pibe.” “Gracias, Maestro.” “Ya nos veremos”, me dice.

Después, cuando se van Baffa (Ernesto) y Berlingeri, el Gordo dice: “No traigan bandoneón, voy a volver a tocar yo. Y vayan a buscar a aquel pibe que me hizo el cambio hace dos años.” Había 10 pianistas con más cartel que yo. Estaba Atilio (Stampone), el Flaco Paz (Juan José), Manzi (Osvaldo), Requena (Osvaldo)…

Una pregunta capciosa, dejame hacer de abogado del diablo. Cuando el Tano te propuso que hicieras el cambio, ¿fue justamente porque eras el que tenía menos cartel, y le salió el tiro por la culata? ¿O ustedes colaboraban habitualmente?

Teníamos una muy buena relación y él sabía que, dentro de todo, yo era uno de los músicos más dúctiles que había, porque, como grababa tanto, grababa con todos los estilos y era muy fácil grabar conmigo. Yo grababa muy bien con Di Paulo (Alberto), con Domingo Federico, con Leopoldo (Federico), con Juárez (Rubén), hasta con Hugo Díaz, como ya te conté. Y al Tano yo le tenía una profunda admiración. La sigo teniendo. Sigo pensando que fue uno de los grandes pianistas que hubo, pero era un tipo difícil.

José Colangelo con Ruben Juárez.

Contame cómo te enteraste que Troilo te había elegido.

Yo estaba trabajando en un “bolichón” (en lunfardo, de “boliche”, club nocturno, con terminación que indica poco prestigio), “Mattinata”, en Palermo Viejo. Estaba Ciriaco Ortíz, bandoneonista y uno de esos personajes que antes había en el tango; y Ubaldo de Lío, el guitarrista que tenía el dúo con Salgán (Horacio), y Andrés Falgás y Ricardito Ruiz como cantores. Viene un señor, se sienta al lado mío, y me dice: “¿Usted es Colangelo?” “Sí.” “¿Quiere empezar con Troilo?” “¿Usted me está “cargando”?” (en lunfardo, bromeando) “No, le estoy hablando en serio. El maestro me manda porque quiere hablar con usted” Ciriaco, dejó el bandoneón, se rascó la cabeza y me dijo: “Pibe, decile a tu mujer que compre otra olla. Vas a comer todos los días.”

Dicen que Troilo lograba la mejor versión de los cantores, ¿con los músicos, también?

Es cierto lo de los cantantes. El Gordo cantaba muy bien y con él cantaron todos muy bien. Fue lo más inteligente que vi en mi vida. El Gordo decía “van dos”, van dos, “van cuatro”, van cuatro. Sabía lo que quería. No era el arreglador, pero era la “goma” más importante que había en ese momento y el arreglador trabajaba con lo que él quería. La orquesta siempre sonó bien. Y con los músicos el Gordo tuvo algo que no tuvo nadie: fue lo más generoso que yo vi en mi vida. Él era feliz cuando aplaudían a los músicos, y a los cantores también. Yo cuando toqué en el “Teatro Colón”, me había puesto un piano como de una cuadra, miré para arriba y me parecía que se me caían los palcos encima. ¡Impresionante! Y cuando me aplaudieron el solo de la “Cumparsita” y el de “Danzarín”, el Gordo ¡feliz! (con énfasis). Y cuánto más gustaban al público sus músicos, o cantores, él te decía: “Bueno, Mi’jo, ahora váyase y no vuelva. Ya llegó el momento de volar.” El único que nunca lo entendió fue Goyeneche que siempre buscaba algo para volver y cantar algún tango con el Gordo.

Pero él (Roberto Goyeneche) contó que Troilo le dijo que se tenía que ir.

Sí, señor. Sí, señor.

José Colangelo junto a Aníbal Troilo en «Caño 14″. Foto con dedicatoria firmada por Troilo: » A José, con mi cariño. Pichuco, 1971.»

¿Qué fue lo más importante que te trasmitió Troilo?

El Gordo fue muy importante en mi vida. Y sigue siéndolo. Cuando el Gordo se nos fue yo dije: “Se nos va un gran sol. Ojalá que alguno de sus rayos nos ilumine a nosotros que somos sus hijos artísticos. Y hoy tengo que decir: “Gracias Gordo, porque nos seguís ayudando.” Además, era mi ídolo. No va a volver a haber un tipo con todo eso, producto de la Capital, producto de Buenos Aires. No vendía gran número de discos -D’Arienzo vendía más que él-, pero el carisma del Gordo, lo que el Gordo provocaba.

Y, además, tuve la satisfacción más hermosa con él. Él empezó con Orlando Goñi como primer pianista, y cuando yo empecé en el 68’, 69’ estábamos haciendo el “Dante” de La Boca y me dijo: “Pibe, usted es la versión de Goñi ‘69”. Es como que dio toda una vuelta y volvió. Como empezó, termina. Yo tenía que hacer esa, porque pelear con la del Tano (Berlingeri) era imposible, porque la tenía muy clara. ¡Increíble! ¡Increíble, para mí! Me quedan cosas grabadas para toda la vida del Gordo.

¿Por ejemplo?

Enseñanzas. Verlo a Pichuco, ensayar con él, ya era una emoción. Tuvo cosas ¡tan lindas! conmigo. Un día le digo: “Maestro, tengo este solo ¿Cómo quiere que lo haga?” “Pibe, usted tiene, ponga.” ¡Mirá qué sencillo! Podía hacerlo como yo quería. Entonces pensé: ¡Qué felices todos los pianistas! Hicieron los solos como ellos quisieron” Por eso fue Goñi, Baso, Figari, Manzi, el Tano y yo. Somos seis pianistas distintos.

¡Y las anécdotas del Gordo! Hay algunas muy lindas para contar. Una vez Floreal Ruiz le dice: “Maestro lo voy a tener que abandonar.” “¿Por qué?” “Porque hay un director que me ofreció cuatro sueldos suyos.” “Decile si no necesita un bandoneón.” (risas)

«El Gordo (Troilo) cantaba muy bien y con él cantaron todos muy bien. Fue lo más inteligente que vi en mi vida. El Gordo decía “van dos”, van dos, “van cuatro”, van cuatro. Sabía lo que quería. No era el arreglador, pero era la “goma” más importante que había en ese momento y el arreglador trabajaba con lo que él quería. La orquesta siempre sonó bien. Y con los músicos el Gordo tuvo algo que no tuvo nadie: fue lo más generoso que yo vi en mi vida. Él era feliz cuando aplaudían a los músicos, y a los cantores también. (…) Y cuánto más gustaban al público sus músicos, o cantores, él te decía: «Bueno, Mi’jo, ahora váyase y no vuelva. Ya llegó el momento de volar.” »

José Colangelo (izq.), Aníbal Troilo (cent.), y un joven Joan Manuel Serrat, quien era habitué en sus viajes de las presentaciones de la Orquesta de Troilo en aquella época.

Entre las cientos de grabaciones que hiciste, destaca especialmente la que hiciste con Juan de Dios Filiberto, por quién era él y porque lo hiciste siendo muy joven ¿Cómo fue que se te presentó semejante oportunidad siendo tan joven?

17 años tenía. Resulta que el pianista que tenía en su orquesta era Azcárate (Ariel) que tocaba clásico como los dioses y no quería tocar tango. Menos, grabar tango. Entonces había un chelista que tocaba conmigo en la orquesta con Ángel Domínguez, que me dice: “Che, Cola’, ¿No querés venir a grabar con de Dios?” “¡Sí, voy! No tengo problemas” Así que fui a los ensayos en el Teatro Cervantes. ¡Un personaje!

“¿No tengo problemas?” ¿Dimensionabas lo que significa esa oportunidad o te empujaba un poco la inconsciencia de la juventud?

Un poco las ganas. Yo lo viví todo con mucha adrenalina, sintiendo que cada cosa me aportaba. Y fue lo mejor que me pudo pasar para conocer a esos grandes personajes como Filiberto. Cuando llego al ensayo, hago un solo de piano. Entre la primera y la segunda parte de los tangos de Filiberto había una especie de puente de 3 o 4 compases de piano solo. “Hágalo de vuelta”, me dice. “Sí, claro Maestro.” Lo hago ¡igual! “Ahora está bien”, me dice. Así era. Tenía un carácter terrible, se quería pelear con todo el mundo siempre. Me acuerdo de un programa que hicimos con Romay (Alejandro) (locutor, reconocido director y productor de televisión) en Canal 9, y yo le pedía: “Juan de Dios, no vayas a putear, por favor. Por favor, pórtate bien.”

¿Qué rescatás de su estilo?

Él había compuesto muy bien porque con tres notas había hecho cosas muy importantes, tangos muy lindos como “Quejas de bandoneón”, “Malevaje”. Hoy reconozco que se pueden hacer muy buenos tangos con muchas notas como los podía hacer Piazzola (Astor) o con tres notas como Filiberto. Hasta casi que creo que eso es una virtud. En los últimos tiempos, el Gordo Pichuco ya no necesitaba hacer variaciones, le bastaba poner la cara de “pucherito”, la mano izquierda, tres notas y llegaba hasta donde nadie podía llegar ¡Impresionante!

¿Llegaba, en qué sentido? ¿Llegaba a la gente? ¿Por la emoción que provocaba?

¡Claro! Mirá, la música nuestra tiene una particularidad: no se puede tocar solo lo que está escrito. Nadie te va a enseñar el fraseo, nadie te va a enseñar el “yeite” (el asunto de qué se trata, el truco) ni la “mugre” (con énfasis). Tenés que aprenderla.

¿Aprenderla o aprehenderla, con h, es decir, que se te pegue haciendo experiencia?

Un poco las dos. Pero, fundamentalmente, ¿sabés qué? Que tengas callos en el culo de tanto taburete. Se lo dije el otro día a un chico que me preguntó “¿Cuándo voy a tocar bien Maestro?” Eso, “cuando tengas callos en el culo”. Y además no empieces con Piazzolla, empezá por la A, empezá haciendo “parrilla” (tocar clásicos en sus versiones originales sin arreglos). Hoy hay un poco de desprecio por parte de algunos jóvenes que no tienen ni idea ni quién fue Troilo y lo desestiman por historias que se cuentan. A mí eso me enerva y por eso estoy haciendo muchas “masterclass” sobre compositores. Hablo desde Villoldo (Ángel Villoldo, compositor, entre otros, de “El Choclo) en 1861, hasta mí en nuestros días. ¡Es impresionante la cantidad de compositores que hay! Somos muy afortunados los tangueros, tenemos un gran repertorio y muy valioso.

«Mirá, la música nuestra tiene una particularidad: no se puede tocar solo lo que está escrito. Nadie te va a enseñar el fraseo, nadie te va a enseñar el “yeite” ni la “mugre”. Tenés que aprenderla.»

Hablando de valor: Ganaste un Gardel con Franco Luciani recientemente.

¡Sí! Con Franquito tuvimos la suerte de ganar el Gardel de Tango en el 2021, como mejor álbum de tango, en la categoría instrumental. ¡Fue una satisfacción enorme! Imaginate para mí que yo no había ganado nunca ¡un Gardel! La verdad es está siendo una hermosísima etapa. Fue muy importante este acercamiento que tuvimos. Ya en su día había tenido un acercamiento con otro armonicista que fue Hugo Díaz, un grande. Pero lo de Franco es muy, muy valioso. Además, es un amigo.

José «Pepe» Colangelo junto a Franco Luciani.

Formás parte de lo que se llamó “La Vanguardia” y que al milonguero mucho no le gusta porque la música siguió una evolución que pareció escindirse del baile ¿Fue así? ¿Dejaron de preocuparse por el que baila para dar rienda suelta a la creación y hacer volar al tango?

Sí, sí (con énfasis). Por ejemplo, en paralelo a mi entrada con Troilo, yo formo el “Cuarteto Colangelo”. Ese Cuarteto todavía hoy es moderno y se hizo para los músicos, como un desafío. Un productor me dice: “Necesito hablar con usted, Maestro. Quiero saber qué puede hacer Colangelo, no el pianista de Troilo.” “Tengo poca plata, ¿vió? Va a tener que hacerlo con un cuarteto.” “¿Y qué nombre le vamos a poner?” “Yo voy a poner mi sello, “Tonodisc Prodisa” y se va a llamar “Cuarteto Colangelo”.

El primer “longplay” me agarra un poco desarmado, así que les pido un tema a todos los amigos. “Tarantino dame un tema”, que es “Bajofondo”. “Montes dame un tema”, “Actual”. “Marconi dame un tema”, “Romántico Bohemio”. Yo compongo tres o cuatro temas: “¿Te das cuenta?”, “Fortín Cero”, “Todos los sueños”. Y me va muy bien, a tal punto que cuando le llevo el longplay al Gordo (Troilo), me dice: “Pibe ¿me va a abandonar?” “No, Maestro. Si puedo hacer algo con el Cuarteto mientras usted no trabaja, lo haré, pero si usted trabaja, no. Usted primero que nadie. Yo a usted lo voy a seguir respetando toda la vida.” Y así fue.

La verdad es que el “Cuarteto Colangelo” fue una cosa impresionante. Fue muy moderno, incluso hoy lo es. ¡Hasta Piazzolla habló bien de él! ¡Imagináte! ¡Para que Piazzolla hable bien! El gringo era jodido, aunque yo tenía muy buena relación con él. Mirá, yo no dejo de reconocer que Piazzolla nos reventó un poco la cabeza a todos. Reconozco que el tango había llegado a un lugar y Piazzolla lo llevó mucho más adelante. ¿Por qué? Porque era un atrevido, pero era un atrevido con talento. Y permitió que muchos de nosotros nos atreviéremos también. Hablo de Atilio Stampone, Federico, Pane, Binelli, yo. Que nos atreviéramos sin ser Piazzolla, y sin hacer Piazzolla, siendo nosotros. Yo siempre voy a preferir un mal estilo que una buena imitación. Él con lo que hizo nos permitió que nos atreviéramos a ser nosotros mismos, quizás si no hubiera estado, no sé si nos hubiéramos atrevido.

«Hoy reconozco que se pueden hacer muy buenos tangos con muchas notas como los podía hacer Piazzola, o con tres notas como Filiberto. Hasta casi que creo que eso es una virtud. En los últimos tiempos, el Gordo Pichuco ya no necesitaba hacer variaciones, le bastaba poner la cara de “pucherito”, la mano izquierda, tres notas y llegaba hasta donde nadie podía llegar. ¡Impresionante!»

Flavia Mercier con José «Pepe» Colangelo, durante la entrevista.

¿Y cómo definirías el estilo Colangelo?

Es Colangelo. Es lo que siente Colangelo. Es lo que le pasa a Colangelo. Y yo creo que Colangelo es hoy por hoy el músico que más sabe de tango, que mejor frasea. Tal vez no tendrá la digitación que tenía hace unos años, pero tiene el “sabor” que solamente se le puede dar al tango. Y Colangelo es un tipo que es feliz tocando tango.

¿Y dónde Colangelo adquirió ese sabor?

Tocando. Amando a éste (señala el piano).

¿Hace falta “noche” para tocar tango?

Vos sos un poco lo que sos por todo lo que has vivido. No sería yo si no hubiera vivido todo lo que viví, toda esta historia en la que ha pasado ya mucha agua bajo el puente. O si no hubiera tenido todas las posibilidades que tuve de hacer tantas cosas como hice. Te advierto que también hice muchas locuras y muchas cagadas, no tengo por qué negarlo. Pero también hice aciertos.

“Confieso que he vivido”. Infinitas gracias Maestro, por la entrevista y por el tango.

Cuenta José Colangelo que un día Aníbal Troilo le dijo: “Usted toca con alegría, no la pierda. No se deje robar el moño de comunión”. Su estilo está marcado por la alegría. Él mismo cuenta que este se define por lo que a él le pasa, lo que él siente, y que él es un tipo “que es feliz tocando tango”.

El filósofo que más ponderó la alegría fue Spinoza. Para él, los afectos -la forma en que nuestras acciones o pasiones nos hacen sentir- son alegres cuando aumentan la potencia del ser. Los hijos de Colangelo y el piano que “le salvaron la vida”, son un ejemplo perfecto de cómo las pasiones alegres dan “ganas de vivir”.

No todo fue “jolgorio” en el camino, también hubieron lágrimas y piedras, y alguna que otra amarronada inmundicia que él mismo reconoce haber producido. Si Spinoza alentaba a dejarse guiar por “lo que hace bien”, en un camino que llamó “ética”, Freud vino a descubrir que, por inexplicable que parezca, el ser humano muchas veces pierde esa brújula porque no puede dejar de tropezar con la misma piedra. Su gran aporte fue abordar estos “tropiezos” sin la lógica de la contradicción, sino como una paradoja. El ser humano no es bueno o malo, como el tango no es triste o alegre, el ser humano puede a la vez hacer bien y mal, como el tango puede a la vez trasmitir nostalgia teñida de alegría, o señalar las miserias humanas con ironía. ¿Oyen resonar aquel tango en la voz de Julio Sosa y la orquesta de Leopoldo Federico con un joven Colangelo al piano?

“Yo he vivido dando tumbos
rodando por el mundo
y haciéndome el destino…
Y en los charcos del camino,
la experiencia me ha ayudado
por baquiano y porque ya
comprendo que en la vida
se cuidan los zapatos
andando de rodillas…”

Cansado de oír que el tango era triste, José Colangelo admiraba de Horacio Salgán ese “swing” especial que había logrado darle al tango sin restarle esencia tanguera. Dicen los que saben de música, que el swing es lo que “anima” una composición, e, incluso, lo que anima al oyente a bailar. Se dice que alguien tiene “swing” cuando se muestra “animado” o divertido. Animar es infundir vida, en tanto viene de ánima o alma. Ponerle “swing” sería ponerle alma a la música.

Además, hay una alegría que deviene de nuestras acciones. Transformar el dolor en algo bello mediante el arte, opera ante todo sobre el artista hasta el punto de recuperar las ganas de vivir, y también sobre quien recibe su arte que se anima al escuchar, cantar o bailar su composición. Si como dice el Maestro, al igual que otros artistas, hay un más allá del tango que no puede dejarse plasmado en un pentagrama (o en una coreografía, según muchos bailarines), un “sabor a tango” que se interpreta cuando se adquiere la “mugre” y el “yeite” necesarios, el tango como arte popular es reflejo de la vida misma. Un camino en el que se aprende andando de qué va este asunto de vivir, cuál es el “yeite”, y de paso se colorea con un poco de mugre la inocencia que aún se lleva bordada en un moño de comunión. Y de tanto en tanto uno se encuentra con una joya dentro de sí cuyo brillo alumbra el camino. “Joie de vivre”, alegría de vivir. Alegría de estar vivos, todavía y a pesar de todo.

Flavia Mercier

Patio de Artistas: Un año de entrevistas

Hace 1 año atrás, la luna alumbraba unas sillas y una mesa redonda de patas de hierro y tapa de cerámica, que esperaban a la vera de un patio en el que la vida fue río y a veces rió. La nocturnidad bañada de luna teñía todo de color azul. En el fondo, una parra trepaba uvas por una columna y se extendía por unas guías de pared a pared, frondosa como un toldo natural.

Sentada, en penumbras, con los ojos cerrados, el alma se abría a los ecos de otros tiempos. El cuerpo hacía de caja de resonancia a risas, cantos, guitarras, discos un poco rayados y aplausos que llegaban desde de otros patios a los que se entraba sin necesidad de golpear. Ecos que escribieron en la pizarra de la noche una partitura de estrellas, para una nueva función.

Y entonces, hace 1 año atrás, este patio se abrió para empezar a recibir artistas. Uno tras otro, fueron llegando invitados, para contar cómo lo hicieron, cómo lo soñaron. Hoy va para ellos nuestro agradecimiento por la generosidad con la que compartieron con nosotros su experiencia, su saber hacer, sus sueños y sus dolores. Y en honor a tal presente, hoy redoblamos la apuesta “en obra” de este tapiz que hilvana entre preguntas y respuestas, de qué se trata el deseo de un artista. Gracias infinitas a todos los artistas que lo hicieron y lo hacen posible.

Patricia La Sala: “Meterse en la piel del poeta no es tan fácil.”

Patricia La Sala hizo su primera grabación con el maestro Osvaldo Pugliese, luego vinieron Berlingeri, Armando Caló y otros. Estudió canto con el mismo maestro de Carlos Gardel, Eduardo Bonessi. Actuó desde muy pequeña en tradicionales tanguerías donde se encontraba con grandes nombres del tango como Alberto Castillo o la orquesta de Leopoldo Federico. Formó parte de elencos, o compartió shows, con todos los grandes: Alberto Morán, Alberto Podestá, Alberto Belusi, el Polaco Goyeneche, Alba Solís, Elba Verón, “el Alemancito” Reynaldo Martín, “el Paya” Díaz, Jorge Falcón, Néstor Fabián, Chiqui Pereyra, Raúl Lavié y Alberto Del Solar, entre “tantos” otros. Integró el elenco de shows internacionales como el de Juan Carlos Copes y María Nieves, y el de Rodolfo y Gloria Dinzel y junto a Mayoral y Elsa María, o a Miguel Ángel y Osvaldo Zotto, Milena Plebs y Guillermina Quiroga, y la orquesta formada entre otros por Mario Arolaza en piano, Daniel Binelli en bandoneón y Fernando Suárez Paz en violín, en “Tango X2. Fue la voz femenina de “Tango Pasión” durante 4 años, acompañada por el Sexteto Mayor de Stazo y Libertella en bandoneón, Palermo en piano, Abramovich y Walczak en violín y Osvaldo Audicino, en contrabajo. También formó parte del elenco en los shows “Esquina Homero Manzi” y de los shows y giras de “Esquina Carlos Gardel” y durante casi 18 años.

Patricia La Sala, una gran artista que habiendo recorrido algunos de los teatros más importantes del mundo y habiendo trabajado al lado de los más grandes de la escena tanguera, sin embargo, cómo ella misma dijo, nunca se olvidó de su barrio.

Patricia La Sala junto al Sexteto Mayor en la final del último Campeonato Mundial de Tango – 17 de septiembre de 2022.

¿Por qué tango?

En realidad, comencé cantando boleros siendo muy chica. En casa siempre estuvimos rodeados de música. Mi papá tocaba la guitarra y era bandoneonista. Se escuchaba todo tipo de música, sobre todo boleros. Pero el tango siempre estaba presente, igual que el rock and roll. Un día, había un concurso en el Club de San Miguel y mi papá me dice: “Negrita, ¿querés que te apunte para cantar boleros?”. Le dije que sí, porque yo me prendía en todas. Pero cuando llegó el momento, le dije: “No, voy a cantar tangos”. Por decisión propia. ¡Mis viejos se sorprendieron de una manera! (con énfasis) ¡Increíble! Porque yo tenía en ese momento unos once años, pero ya escuchaba tangos en mi habitación. Me acuerdo de que ponía el “Winco” (tocadiscosWincofon”) y escuchaba a Montero (Miguel), Rufino (Roberto), Belusi (Alfredo), al “Paya” Díaz (Ángel), a Goyeneche (Roberto – “El Polaco”), a Valdéz (Jorge) … qué se yo…

A “nadie” escuchabas… (sarcásticamente)

¿Viste? Y sí, ellos fueron los que me nutrieron de “puro” tango. Yo me emocionaba mucho a pesar de mi corta edad. Los boleros, el tango. Los dos están muy relacionados en la poesía, los dos le cantan al amor. Bueno, en el tango el abanico es muy amplio. Está el tango que canta el amor de pareja, pero también el amor al barrio, a una madre. Siempre relacionado con el amor. Y a mí me emocionaban mucho esas letras.

¿Te emocionaban las letras del tango tan chiquita? Hace falta vida para que algunas letras te emocionen. ¿Qué papel jugaba en esa emoción la sonoridad del tango?

Era el conjunto, porque las letras a mí me llegaban a través de la melodía. La melodía me atrapaba y eso hacía que yo prestara atención a las letras y, de alguna manera, las analizara. Eso era lo maravilloso. Y lo que no entendía se lo preguntaba a mi papá. Él me ayudó muchísimo. Como vivíamos todo el tiempo escuchando música, hablando de música, éramos carne y uña. Mis viejos me apoyaron de manera incondicional. Si he logrado algo en esta carrera, se lo debo a mis viejos que me dieron las herramientas para que yo pudiera volar. Con mucho sacrificio, porque éramos una familia humilde, me pagaban las clases de canto, las de repertorio. En una época también estudié piano e hice unas clases de bandoneón. Y después las cosas llegaron de una manera inesperada. Yo quería cantar, pero jamás me imaginé -y creo que mis viejos tampoco-, que iba a llegar a hacer una carrera.

Nunca te imaginaste que ibas a llegar a ser Patricia La Sala.

(risas) No, no. Por lo menos no en ese momento. Ceo que fui una persona con suerte porque las cosas se me dieron de una manera natural. No fueron buscadas.

«…mi ego nunca estuvo demasiado elevado, en ese sentido. Sí, arriba del escenario, porque sin ego nadie podría subirse a un escenario. Debajo del escenario, no. …debajo del escenario soy una compañera más… Yo siempre fui una persona sencilla. No me considero más que nadie, tampoco menos. Hay que buscar un equilibrio. Arriba del escenario doy mi vida, y eso es lo que importa.»

¿En qué sentido? ¿Te fuiste encontrando con oportunidades, con gente, …?

Sí, con todo eso y, sobre todo, con gente muy linda, gente que apostó por mí, que me puso todas las fichas, y me dieron oportunidades. Como Osvaldo Pugliese.

Patricia La Sala con el maestro Osvaldo Pugliese.

Nada más y nada menos que el maestro Pugliese apostó por vos. Por eso crees que tuviste suerte. Te protege “San Pugliese”, el “antimufa”, el protector de los músicos.

Con Osvaldo Pugliese, fue mi primera grabación, en el ’82. Después en el ‘86 grabé con Osvaldo Berlingeri y con el Dúo Diapazon, ese mismo año, para Japón. Después con Armando Caló en España cuando fui de gira con “Tango Review”. Fue la grabación de todos los temas del espectáculo del show. En el ’90 saqué mi CD con Aníbal Berraute. Grabé también con Osvaldo Requena, para Japón, creo que fue en el 2000 y un año después ese material se editó para Argentina. No quiero olvidarme de nadie. Y con Juanjo Domínguez y “Las Guitarras Argentinas”. La verdad es que tuve muy lindas grabaciones.

Contame más de esa experiencia con el maestro Osvaldo Pugliese.

Yo estudiaba repertorio con Mario De Carlo en una sala de ensayos que se llamaba “Estudio Paraná” y Pugliese ensayaba a dos cuadras en la sala “APO”. Y un día De Carlo se entera que Osvaldo Pugliese estaba buscando de una voz femenina para su disco “Futuro”, y le dice a mi viejo que me tendría que presentar. Y empiezan a insistirme que me presentara a la audición. Y yo le decía: “Pero papá, ¿vos te pensás que Osvaldo Pugliese me va a dar bola a mí?”. Pero vi los ojitos de ilusión de mi viejo y fui. Me presenté así como estaba, en jeans y zapatillas, no como las otras chicas que estaban todas arregladas. Me acuerdo que fui la última en entrar y saludé como si nos conociéramos de toda la vida. Me hizo unas preguntas y me hizo cantar un tema. Y canté “Tarde”, y yo noté que él me dejó cantar el tema entero, y me pidió que cantar otro tema más, y canté “Pasional”. Entonces el se puso a comentar con los músicos, porque Osvaldo siempre hacía opinar a toda la orquesta. Después los músicos me hacían pregunta, pero yo, la verdad, no era consciente de lo que estaba pasando. Hasta que un momento Pugliese me da una partitura y me dice que vaya a sacar el tono a ese tema. Y me mandó a otra sala con Alejandro Prevignano (bandoneonista). Y yo le digo: “Pero Maestro, yo este tema no lo conozco”. Mirá vos qué inconsciencia la mía. Y yo insistía en que no lo podía cantar porque no lo conocía. Y él me dice: “Escúchame, este tema es el que vas a grabar.”. Y ahí me cayó la ficha. Ahí me agarró toda la emoción, todo el miedo. Y cuando salgo de esa sala de ensayo, veo a mi viejo, levanto la partitura para mostrársela y mi viejo, no sabés, la emoción que le dio. No lo podíamos creer. Y a los dos meses grabé. Fue, increíble, como tocar el cielo con las manos.

Y a partir de ahí me apadrinó, me presenté un par de veces con su orquesta en la “Casa del Tango”, y se me abrieron muchas puertas, me llegaron muchas oportunidades. Una fue la gira con Berlingeri a Japón.

Patricia La Sala con Osvaldo Pugliese en el Teatro Colón.

¡Impresionante! ¿Y cómo llegaste hasta ese momento desde aquel concurso en San Miguel?

Aquel concurso fue algo maravilloso. En mi segunda presentación me sacaron del concurso, me eligieron “mascota” del certamen, y me contrataron para cantar. Yo iba como invitada en cada presentación que hacían los participantes. Cantaba y ¡me pagaban! Eso era lo maravilloso.

Más tarde comencé a trabajar como solista con la orquesta de Amancio López, un director musical que tenía, a su vez, una tanguería (“Tanguería Amancio” de San Miguel). Con unos 12 o 13 años empecé a trabajar en Buenos Aires en distintas casas de tango -que había muchas, para argentinos incluso, no solo para turistas-. Una de las primeras casas en la que trabajé fue “La Balear” y allí estaba Alberto Morán, (Héctor) Pacheco y María Garay.

Ah, bueno, ¡y lo contás así!, como si nada.

Y lo lindo era que ellos me apoyaban mucho. Viste que los chicos provocan siempre mucha ternura. Yo los escuchaba con admiración.

Después se fueron dando otras casas, que ahora no recuerdo, porque había muchas. “El Viejo Almacén”, “Taconeando”, “Michelangelo”, “Casablanca”, “Casa Rosada”, «El Querandi». En «El Querandi» era cantante estable junto con Carlos Gari, que a su vez era el cantor estable de Leopoldo Federico. Tuve la suerte de trabajar en todas. Y lo maravilloso que se trabajaba todas las noches, no solo los fines de semana. Hubo una en la que trabajé, que estaba sobre la avenida San Juan, que tenía como actuación especial a Alberto Castillo que entraba desde la calle, acompañado por los negros tocando y bailando candombe, y cantando: “Siga el baile, siga el baile, …”.

¡Cómo en las películas! ¿Y actuabas por la noche? ¿Cómo lo compaginabas con la escuela? Porque eras muy chica.

Y, ahora que lo pienso, tengo que decir que era un sacrificio. Era un esfuerzo porque, además, yo vivía muy lejos, en José C. Paz y tenía tres horas de viaje. Cuando yo comencé a estudiar canto, repertorio y todo eso, yo viajaba tres horas hasta Capital (Ciudad de Buenos Aires), volvía a José C. Paz, y volvía a salir otra vez a la noche para el show. Era un sacrificio grande, pero yo no lo sentía así. Yo lo hacía con mucho gusto.

Mirá, te voy a contar algo muy íntimo. En esa época yo tenía dos vestidos para trabajar, que eran de verano. Yo me ponía alguno de mis vestiditos para el show y después para volver en el tren o el “bondi” (en lunfardo, colectivo o autobús de corta distancia), tenía un abrigo de piel sintética. En invierno ¡hacía un frío con esos vestiditos y el tapadito! Entonces mi viejo me ponía papeles de diario en los zapatos y en el pecho para calentarme. Viajábamos abrazaditos e íbamos hablando del espectáculo, con una felicidad tan grande, ¡tan grande!, que no te lo puedo explicar. Llegábamos a mi casa a la madrugada y estaba mi vieja esperándonos con el matecito para que le contáramos todo. Y yo muerta de frío. Pero el broche de oro para mí era acostarme en la cama de ellos y sentir el olorcito de papá y mamá. Esas cosas no tienen precio. Si las tuviese que volver a hacer, lo haría, porque fui muy feliz.

«Lo cierto es que las oportunidades que a mí me dio el tango, las puertas que se me abrieron, no me hicieron olvidar de mi esencia, de quién soy. Siempre tuve los pies sobre la tierra… Tal vez todo eso que viví de chica, el esfuerzo de mis viejos, no me permite olvidar quién soy. Y me ha tocado estar en lugares maravillosos y en teatros alucinantes y en hoteles increíbles, pero yo no me olvido de mi barrio. Como dijo Troilo: ‘¿Quién dijo que me fui si siempre estoy llegando? ‘ «

¿Y con qué otros “padrinos” te encontraste en ese camino con “suerte” como vos decís? ¿Quién más te dio qué otras oportunidades?

A la persona que le estoy muy, muy, muy agradecida es a Juan Carlos Copes. En el ’79 él me dio una oportunidad muy linda de integrar su elenco en mi primer show de tango internacional. Él fue el creador, con María Nieves, de ese tipo de shows. Y en aquel momento tenía un elenco muy lindo. Trabajábamos en un cabaret, en “King”. De cantor estaba Carlitos Morel, que en ese momento se llamaba Víctor Daniel. Creo que Varela (Héctor) lo había bautizado así, y luego él se cambió a Carlos Morel. La verdad es que después que trabajé con Juan Carlos Copes trabajé en muchísimos, ¡muchísimos!, lugares. Con el tiempo, además, hicimos varias giras. Yo le estoy muy, muy, agradecida a Juan Carlos Copes.

Patricia La Sala con Juan Carlos Copes y Cardenal Dominguez en Líbano.

A los Dinzel (Rodolfo y Gloria), también les estoy muy agradecida. Ellos me propusieron trabajar en su show en otro cabaret, “Karina”, otro show internacional. Estaban muy de moda los shows internacionales en esos lugares hasta las 12 de la noche, después empezaba la “juerga” (risas). Los Dinzel también me presentaron en “Casa Rosada”, otra casa de tango para el turismo. Los dueños fueron los mismos que después abrieron “Casablanca”. Así que una época, cuando abrieron, hacíamos doblete entre “Casa Rosada” y “Casablanca”. Y con el elenco de “Casablanca” hicimos gira en Holanda, con grandes artistas como Mayoral y Elsa María, Fernando Soler, Viviana y Omar Mazzei, y el cuarteto de Osvaldo Rizzo “Pichuquito”.

Y entre los directores de orquesta tengo que agradecer también al Tano Berlingeri (Osvaldo) Con él hice mi primer viaje a Japón. Yo había empezado en el ’75 y esto fue en el ’86.

¿Y llegaste a la tele, también, no?

Sí, sí. Como parte del elenco en “Grandes Valores del Tango”, conducido por Silvio Soldán, “La Botica del Tango”, conducido por Edgardo Bergara Leuman, “La noche con amigos”, conducida por Lionel Godoy, y “Los amigos del tango” conducido por Juan Carlos Mareco. Y como invitada en muchos programas como “Sábados de la bondad”, “Domingos para la juventud”, “Argentinísima”, … no sé, alguno me olvido seguro…

Patricia La Sala y Lionel Godoy en el programa de televisión «La Noche con amigos»

En “Grandes Valores” hiciste un dúo muy reconocido con Jorge Falcón. ¿Qué sentiste al cantar con Falcón?

Sí, en uno de los programas canté “La Flor de la Canela” con Jorgito Falcón. Lo que pasa es que a nosotros nos unía una amistad de antes porque yo estudié mucho con Mario Marmo y él era el cantante estable del “Quinteto Buenos Aires Cinco“ que dirigía Mario y que yo integré luego. Años más tarde, Mario formó otro grupo que se llamaba “Voces de Buenos Aires” y que integré con varios cantantes, entre ellas Silvia Nieves y Jorge Soler. Y además con Jorgito Falcón estábamos los dos en “Casa Rosada” cuando también estaba la Orquesta de Leopoldo Federico, el cuarteto de Pichuquito, Fernando Soler, Graciela y José Luis Cabrera, el grupo de folclore de Marian Ramírez y el grupo “Ecos Andinos”. ¡Un elenco maravilloso!

Patricia La Sala estudiando con Mario Marmo.

¡Qué tiempos aquellos! ¡Doblete todas las noches! ¡Y qué lujo de shows!

Sí, y había días que nos tocaba doble show en cada casa. O sea, cuatro shows por noche. ¡La verdad es que yo viví una época muy linda! Había muchas casas de tango, no solo para extranjeros, sino para argentinos. Muchas de esas casas para los argentinos se perdieron. Que yo sepa, después de la pandemia, solo quedaron “Catedral Tango” y “Quintino”. Antes de la pandemia, estaba todavía “Candilejas”, pero ahora, que yo sepa, solo quedaron esas dos.

Y algo parecido pasó con los programas de televisión. Porque además de “Grandes Valores”, “La Botica” en esa época estaba también “Sábados de la bondad”, “Domingo para la juventud. Después vino “La noche con amigos”, “Los amigos del tango”. Había un montón de programas y de casas donde la gente te podía ver. Hoy no hay espacios para las voces nuevas. Bueno, para ninguno. Así, el argentino que no está vinculado al tango no tiene la más pálida idea de cómo está el tango. Se quedaron en el tiempo. Se quedaron con la imagen de la chica con el tajo y el pañuelito al costado. Faltan más programas en los que se haga una difusión más masiva del tango.

¿Y en milongas te has presentado?

No he hecho muchas milongas. Me gustan, pero nunca fui de frecuentarlas demasiado. Hice algo muy lindo en “Gricel”, una vez, con mi marido, Alberto (Del Solar) y con Nito y Elba. Cantamos dos temas cada uno y después hicimos un dúo con “Romance de barrio” que bailaron Nito y Elba.

¡Cuánto talento junto!

«La meta del intérprete es poder trasmitir lo que el poeta quiso decir, poder contar esa historia en tres minutos con todo el sentimiento, con toda la emoción con la que el poeta hizo esa obra. Y meterse en la piel del poeta, no es tan fácil. «

«´…Goyeneche dijo, en una oportunidad, que el tango tiene que pasar… por la piel. Hay que apuntar a la piel con la voz. Y para eso primero te tiene que conmover a vos para poder transmitirlo. No es hacer una demostración de voz. La dificultad del tango está en la interpretación.» 

Antes mencionaste a Juanjo Domínguez, ¿Qué diferencia hay entre cantar con una orquesta o cantar sola acompañada por un piano o una guitarra?

Quizás con una guitarra uno es más libre. Con una orquesta hay un arreglo musical que uno tiene que respetar. En cualquier caso, hay que adaptarse. Yo cuando tuve que cantar con dos guitarras, me adapté, y cuando tuve que cantar con el Sexteto Mayor, también lo hice, y cuando tuve que cantar con la orquesta de Osvaldo Pugliese, también.

El tema es entregarse y dar lo mejor, porque el tango son emociones y contar una historia en tres minutos. Y en esos tres minutos tenés que meter un gol. En el fondo el cantante siempre está muy solo, muy expuesto, más allá del apoyo que te da la orquesta que tenés detrás.

No es fácil cantar tango. Hoy estaba leyendo una frase de Carlos Gardel que decía que no basta con tener una voz melodiosa para entonar un tango, sino que hay que sentirlo, hay que vivir el espíritu de ese tango. Y también Goyeneche dijo en una oportunidad que el tango no solo tiene que pasar por el oído, sino también por la piel. Hay que apuntar a la piel con la voz. Y para eso primero te tiene que conmover a vos para poder transmitirlo. No es hacer una demostración de voz. La dificultad del tango está en la interpretación.

La meta del intérprete es poder trasmitir lo que el poeta quiso decir, poder contar esa historia en tres minutos con todo el sentimiento, con toda la emoción con la que el poeta hizo esa obra. Y meterse en la piel del poeta, no es tan fácil.  

Después están los cantantes. Yo por ejemplo cuando comencé lo cantaba todo. Cantaba, cantaba, cantaba, y no me detenía ni en un silencio ni en una pausa. O me comía una coma o un punto importante. Y así le cambiaba la intención. Entonces, cualquiera podría cantar tango, hay que ver si debe. Yo misma cuando elijo un repertorio, podría cantar cualquier tango, pero ¿debo hacerlo? ¿Estoy a la altura? También puede ocurrir que, a lo mejor, el estilo de ese tango no va con el mío.

Patricia La Sala con Alberto y Betina Podestá en Viña del Mar.

Cantaste con Falcón (Jorge), con Alberto Del Solar, con (Ricardo) “el Chiqui” Pereyra, con Néstor Fabián ¿Con quién más?

¡Uff! ¡Canté con todos! Bueno, “integré elencos”, sería más correcto decir. Canté con Alberto Podestá, Belusi (Alfredo), Oscar Ferrari, Gariel Reynal, “el Alemancito” Reynaldo Martín, con “el Paya” Díaz (Ángel), con “el Chino” Hidalgo (Alberto), ¡Alba Solís!, ¡Elba Berón!, Raúl Lavié, Carlos Gari. Me acuerdo cuando estaba trabajando, allá por el ’86, en el “Piano Bar de José Basso” en el Hotel Bauen, se le hizo un homenaje a Homero Expósito, y estuvieron Goyeneche (“el PolacoRoberto), el Chupita Stamponi (Héctor), Atilio Stampone, Homero y Virgilio. Yo tenía una gran amistad con Virgilio Expósito.

¿Cantaste, también, con Goyeneche, o solo fue esa noche?

Sí, sí, en varios shows. Esa noche fue algo maravilloso, porque fue algo muy íntimo, y estaban todos los grosos, y verlo a Goyeneche con esa humildad hablando del tango y de lo que significa, fue inolvidable. Después coincidimos en varios lugares más.

Patricia La Sala con Roberto «Polaco» Goyeneche y Virgilio Expósito en el Piano bar de José «Pepé» Baso en el Hotel Bauen. Homenaje a Homero Expósito

Siempre al lado de todos esos grosos ¿Cuándo te diste cuenta que vos eras Patricia La Sala? Es decir, que también tenías un nombre, un peso en el ambiente.

Nunca me creí eso. Y no sé si no creérmelo fue tan bueno para mí. Pero creo que mi ego nunca estuvo demasiado elevado, en ese sentido. Sí, arriba del escenario, porque sin ego nadie podría subirse a un escenario. Debajo del escenario, no. Había un periodista muy importante, Jorge Göttling (premio “Rey de España”, máximo galardón para el periodismo Iberoamericano y uno de los fundadores de la Academia Nacional del Tango) que tenía una columna en el diario “Clarín”, titulada “2X4”, en la que escribía sobre los espectáculos de tango, y  que me decía: “Gorda, usted es demasiado humilde. No está bueno ser tan humilde”. Y yo no entendía por qué me lo decía. Pugliese me lo decía también, y eso que él era una persona muy humilde. Yo siempre fui una persona sencilla. No me considero más que nadie, tampoco menos. Hay que buscar un equilibrio. Arriba del escenario doy mi vida, y eso es lo que importa.

Lo cierto es que las oportunidades que a mí me dio el tango, las puertas que se me abrieron, no me hicieron olvidar de mi esencia, de quién soy. Siempre tuve los pies sobre la tierra, nunca me creí nada. ¡Sí, arriba del escenario! Pero debajo del escenario soy una compañera más. Tal vez todo eso que viví de chica, el esfuerzo de mis viejos, no me permite olvidar quién soy. Y me ha tocado estar en lugares maravillosos y en teatros alucinantes y en hoteles increíbles, pero yo no me olvido de mi barrio. Como dijo Troilo: “… ¿Quién dijo que me fui si siempre estoy llegando? …”

Me contó un pajarito que estudiaste con el profesor de canto de Gardel ¿Cómo fue esa experiencia?

¡Eduardo Bonessi! Sí, Eduardo Bonessi fue el profesor de canto de Carlos Gardel. Él ya estaba grande, habré estudiado un año con él. ¡Fue maravilloso! Me acuerdo que nos ponía una maderita en la boca y con eso nos hacía vocalizar. Estaba muy pendiente de la afinación, de la respiración.

Mi primera profesora de canto fue Carmen Palazón. Después vinieron otros, como Guillermo Galvé. Se llamaba igual que el cantante, viste. Y después de Bonessi, estudié con Guillermo Parmigiani que era foniatra y profesor de canto y que fue un maestro espectacular para mí. La verdad es que he aprendido un montón de él.

Y después dejé de estudiar muchos años, y eso no está bueno. El cantante es como un jugador de fútbol que tiene que entrenar todos los días, que tiene que calentar sus músculos para estar con una afinación perfecta, listo para salir en cualquier momento a la cancha.

Además, el cantante no deja de aprender nunca, todos los días se aprende algo nuevo, nadie se las sabe toda en esta profesión. ¡Pugliese estudiaba todos los días! Me acuerdo que a veces yo iba a su casa a tomar mate cocido con él, charlábamos un poco y después se sentaba al piano a estudiar. Porque él lo hacía todos los días, y ya era una persona mayor.

¿Cómo ves a las nuevas generaciones en el canto?

Hay muy buenas voces, pero me parece que no terminan de lograr una personalidad definida. No quiero que nadie se ofenda, yo si no me piden la opinión no la doy, porque soy muy respetuosa de los artistas, pero me parece que tienen que buscar definir más su personalidad como artistas. Se parecen demasiado entre todos. Así como está pasando en el baile, en el canto también. Antes estaba Podestá, “el Tano” Marino, Montero, Belusi, Oscar Ferrari, Goyeneche, Rosita Quiroga, Elba Berón … y todos, cada uno, con su personalidad. Una personalidad muy fuerte. Cada uno tenía su “sello”. Yo no siento eso ahora. El sello es muy importante, que te escuchen y te identifiquen no solo por tu voz sino por tu forma de decir. Eso es maravilloso.

Y la otra cuestión es que no se pierda la esencia. Ayer lo hablaba con otros colegas, siempre lo hablamos. Ojalá que los chicos jóvenes no pierdan la esencia, que investiguen, que estudien, que intenten entender qué quiso decir el poeta. Eso se trabaja con un repertorista. Yo he estado hasta un mes trabajando un tema. Entiendo que no siempre se puede, … (pausa) pero es importante estudiar. Hay gente que monta un espectáculo solo porque le gusta cantar y tiene o encuentra los recursos económicos para hacerlo. Por momentos, me da la sensación que el público se subió al escenario.

«…Entonces, cualquiera podría cantar tango, hay que ver si debe. Yo misma cuando elijo un repertorio, podría cantar cualquier tango, pero ¿debo hacerlo? ¿Estoy a la altura? También puede ocurrir que, a lo mejor, el estilo de ese tango no va con el mío.»

«…Hay gente que monta un espectáculo solo porque le gusta cantar y tiene o encuentra los recursos económicos para hacerlo. Por momentos, me da la sensación que el público se subió al escenario.»

Y después de semejante carrera, ¿Cuál o cuáles son los recuerdos que más te emocionan?

Y… haber grabado con Pugliese… fue… como haber tocado el cielo con las manos.

Mi experiencia con cada director de orquesta que me tocó. Con “el Tano” Berlingieri (Osvaldo), con Spitalnik (Ismael), con Armando Caló. Todos estilos diferentes. ¡Cantar con José (Pepe) Colangelo es maravilloso! En una ocasión, Graciela Cabrera organizó un show en el Salón Dorado de la Casa de la Cultura y el marco musical fue de Colángelo con un sexteto, tres parejas de bailarines y yo. Y fue algo muy lindo, muy lindo.

También fue muy maravilloso haber trabajado con el Sexteto Mayor en “Tango Pasión”.

En la época de oro.

¡Sí! En la época que estaban Luis Stazo y José “Pepe” Libertella en los bandoneones, Oscar Palermo en piano, Mario Abramovich y Eduardo Walczak en violín, y Osvaldo Audicino, en contrabajo. Y de apoyo musical estaban Juan Carlos Zunini en teclados y Jorge Orlando en percusión. O sea que en realidad era un octeto, más que un sexteto. ¡Era maravilloso! ¡Lo he disfrutado tanto, tanto!

Patricia La Sala con los integrantes del Sexteto Mayor y Alberto Del Solar en Marbella con motivo de la gira por España de «Tango Pasión».

También he disfrutado mucho de la época que trabajé con Miguel Ángel Zotto en “Tango X2”. Esa fue una experiencia muy linda para mí.

¿De qué época de “Tango X2” estamos hablando?

Te hablo de la época que comenzó. Cuando estaba Milena (Plebs) con Miguel  y Osvaldito (Zotto) con Guillermina Quiroga, esas dos parejas. Y de los músicos estaba Marito Arolaza en piano, Daniel Binelli en bandoneón, Suárez Paz (Fernando) en violín, Bernardo Baraj en saxo y flauta y Fernando Galmarini en bajo.

Recientemente te vi actuando en el homenaje a “Tango Pasión” en la final del Campeonato Mundial de Tango, en la calle Corrientes, pero llevabas mucho tiempo sin presentarte en público.

Pasa que después que falleció Alberto, lo que para mí fue como un mazazo en la nuca, perdí la voz por completo, estaba muda. En realidad, en un segundo, en un instante, perdí todo. Perdí el trabajo porque se había clausurado dos meses antes “Esquina Carlos Gardel” (donde Patricia fue parte del elenco durante casi 18 años). Después pasó lo de Alberto. Eso fue terrible. Y después perdí la voz.

Y cuando lo intentaba (cantar) -tuve varios intentos- para mí era muy feo lo que hacía. Así que pensaba cerrar mi ciclo como cantante, pero mi hija -que lloraba un montón, la vi llorar como nunca- me dijo: “Mamá, no cierres ningún ciclo. Date tu tiempo. Esperá, porque vos vas a volver a cantar”. Y después también me agarró la pandemia, que a mí me llevó a aislarme mucho más y que mi angustia creciera. Pero, bueno, es la vida. Y la vida golpea duro. Y la única que se puede realmente ayudar es una misma.

Fueron dos duelos muy importantes, quedarse sin trabajo y perder el amor de tu vida. Y el cuerpo desde luego acusó el golpe -o los golpes, porque fueron dos-, en tu zona más sensible. Quizás `porque en un duelo uno no solo duela al que perdió, o lo que perdió en el caso del trabajo, sino la parte de sí mismo que perdió con ese o eso que se fue.

Totalmente, Alberto fue…. Ahhh (se emociona y no puede continuar).

Patricia La Sala con Alberto Del Solar en «Esquina Homero Manzi».

Se te anuda la garganta… dejalo. Cambiemos de tema.

…Fue mi mitad. Tal vez suene a frase hecha, pero sin duda fue mi mitad. Éramos muy compinches, lo compartíamos todo. Ahora me encuentro con mi soledad. Alguien dijo, no recuerdo quién, “es terrible sentir que te amputaron el alma y no hay prótesis para eso”.

Estuvieron, por supuesto, todos los amigos que no dejaron de alentarme. Chiqui Pereyra me llama siempre. Néstor Fabián, también, porque “Pichi” quiere que yo grabe. Y lo voy a hacer. La verdad es que estoy muy agradecida porque siempre tuve el apoyo incondicional de todos los amigos. Pero es difícil…

Patricia La Sala con Alberto Del Solar en «Tango Pasión».

Y sí, es un dolor muy grande y como tal una experiencia que, por momentos, como vos dijiste, solo uno puede atravesar, más allá de los apoyos.

Es muy difícil explicar el dolor que siente uno, trasmitírselo a otra persona, y que lo pueda entender. Salvo que haya vivido algo parecido, y entonces, quizás, puede llegar a entenderlo.

Por eso, justamente, también es difícil, como vos dijiste, “meterse en la piel de un poeta”. El dolor, la forma de vivenciarlo, es una de las marcas de la singularidad de cada uno.

Hay gente que lograr cantar a pesar de un duelo porque hacerlo los libera, les ayuda a superar el dolor A mí la emoción me ganaba. Siempre fui una persona muy emocional, desde muy chica. Es tremendo sentir que no puedo controlar esa emoción y que me gana. Me cuesta encontrar el punto justo de emoción y me quiebro…

«Mirá, ese 17 de septiembre va a quedar marcado en mí para siempre. Me movilizó de una manera increíble. Me temblaban las piernitas y al mismo tiempo me parecía escuchar la voz de Alberto decirme en el oído: “Vamos Negrita, vos podés.” Te lo juro que lo sentí en ese momento. Fue un placer salir y ver a tanto público, y también el reencuentro con los compañeros. Fue hermoso, realmente hermoso. …fue una «inyección de ganas.»

Pero volviste a cantar en público después de mucho tiempo y a lo grande. Me imagino que habrá sido tremendo estar ahí parada ante tantos miles de personas, en medio de calle Corrientes, con el Obelisco detrás…

Sí, esa noche volví a cantar en público después de mucho tiempo porque “Tango Pasión” cumplía 30 años. Mirá, ese 17 de septiembre va a quedar marcado en mí para siempre. Me movilizó de una manera increíble. Me temblaban las piernitas y al mismo tiempo me parecía escuchar la voz de Alberto (Del Solar) decirme en el oído: “Vamos Negrita, vos podés.” Te lo juro que lo sentí en ese momento. Fue un placer salir y ver a tanto público, y también el reencuentro con los compañeros. Fue hermoso, realmente hermoso. Después me cayó la ficha. Viste, que uno a veces no toma dimensión de las cosas en el momento, después se da cuenta. Y, además, esa noche hice doblete, porque después del Obelisco me fui a “La Nacional” (Tradicional salón de tango donde se organizan varias milongas) donde tuve show con el quinteto “Derecho Viejo”. Fue una noche tremenda para mí, hermosa, maravillosa. Al otro día no me podía levantar de tantas emociones (risas).

Pero a la noche, cuanto te tocó actuar, le ganaste vos la pulseada a la emoción, o quizás sería mejor decir a la “turbación” o angustia.

¿Sabés qué pasa? Yo las letras me las apropio, y me pegan fuerte. Las siento muy mías. Y eso me hace cruzar una línea. Me pone sobre el filo.

Pero la verdad es que ese 17 de septiembre fue una «inyección de ganas». Y me entusiasmé mucho con la propuesta que me hizo Leandro Gómez, que me presentó en el “Complejo Belgrano”, y se me ocurrió hacer un show con Silvia Nieves, mi amiga de toda la vida. Y le dije: “¿Por qué no festejamos 42 años de amistad y despedimos el año?” Y a ella la propuesta le gustó muchísimo y lo vamos a hacer el 9 de diciembre, con el quinteto “Derecho Viejo”, en el “Complejo Belgrano”. Y de esa manera volver a estar en carrera.

Patricia La Sala con el elenco del Homenaje a «Tango Pasión – 30 años» en la final del último Campeonato Mundial de Tango.
Patricia La Sala con el quinteto «Derecho Viejo» en el salón «La Nacional».

En ese ponerte “sobre el filo” está tu arte. Vos misma dijiste que “… hay entregarse porque el tango son emociones…” Tu don no solo es tu voz, sino tu sensibilidad. Se puede decir que “te dejas la piel en el escenario”, y eso te hace no solo una cantante sino una artista.

Gracias. La verdad es que lo único que nos vamos a llevar de esta vida son los afectos, es el amor. Yo no me voy a llevar ni el vestuario, ni la plata, ni los zapatos, ni nada. Pero todo lo que viví, lo tengo grabado en mi retina, en mi mente y en mi corazón. Eso no me lo puede quitar nadie. Nadie me quita lo bailado. Eso y el amor, los afectos, es lo único que nos llevamos de este plano. Aunque suene reiterativa, pero es así.

¿Te viene algún tango a tu mente, en este momento?

Sí, muchos… Sí… y me emociono mucho… Algunos temas que interpretaba siempre, o los que hacía Alberto (Del Solar). A mí me pegaba mucho su versión de “Afiches”. ¡Era increíble!

Homero Expósito… tremendo… Si tuvieras que “extraer” como con una pinza alguna frase de “Afiches”, ¿cuál elegirías?

“…restregarse con arena el paladar y ahogarse sin poder gritar”. Es tremendo.

(y canturreando a media voz…) “Yo te di un hogar. Siempre fui pobre, pero yo te di un hogar. Se me gastaron las sonrisas de luchar…” (pausa)

Y pensar que yo era amiga de Homero y de Virgilio (Expósito). Más de Virgilio, nos veíamos todas las semanas. Él siempre me decía que para interpretar el tango hacía falta ese poquito de “barro” que se va adquiriendo con experiencias, con lo que vivís, y que te ayuda a entender la poesía, porque la vivís, porque decís “esto lo viví yo”.

Patricia La Sala con Flavia Mercier durante la entrevista en «Esquina Homero Manzi.»
Patricia La Sala y Flavia Mercier en el bar y restaurante «Esquina Homero Manzi», donde tantas veces Patricia actúo junto a Alberto Del Solar.

Dijo Atahualpa Yupanqui: “…Si tú no crees en tu pueblo, si no amas, ni esperas, ni sufres, ni gozas con tu pueblo, no alcanzarás a traducirlo nunca.»

Exacto, todo lo que te vengo diciendo, nada más que resumido en unas palabras maravillosas de Atahualpa Yupanqui. Te digo, lo que a mí me ha enseñado toda esa gente, no tiene nombre. Lástima que no hubiese la tecnología que hay ahora, porque los habría filmado. Si yo hubiese podido registrar todo lo que viví con ellos, sería para hacer una película en este momento. Una pena no tenerlo. Lo tengo acá (señala su cabeza) y acá (señala su corazón).

¡Los tenés en tu voz! ¡Muchísimas gracias, Patricia! Un verdadero placer y un honor haberte entrevistado.

El intérprete de tango es aquel que logra llegar a la piel del oyente con su voz, para lo cual primero necesita ponerse en la piel del poeta, defiende Patricia. En su caso, al prestarse al mensaje del poeta, en ocasiones la emoción le ha ganado anudándose en su garganta. A ese «angostamiento», a esa angustia, el saber popular lo nombra como un nudo en la garganta, ese que a veces no deja pasar bocado y otras no deja salir palabra. Homero Expósito la definió como «…restregarse el paladar con arena y ahogarse sin poder gritar…”, como Patricia lo recuerda. ¡Benditos los Homeros de la historia que nos reconcilian con el sinsentido de la vida cubriéndolo de belleza!

A los artistas se les suele decir que, pase lo que pase, “el show debe continuar”, cuando se trataría más bien de sostener el acto que de mantener, a cualquier costo, la demanda de show que hace el  mercado. Abrir la boca para decir, en lugar de tragar o tragarse la angustia, es tan nutritivo como ingerir un buen alimento. La puesta en acto alimenta el fuego del deseo, el que da sentido a una vida – ser cantante, ser bailarín, ser médico, ser maestro, …- , el que impulsa a hacer camino al andar, la “inyección de ganas” que el 17 septiembre recibió Patricia.

Ella advierte que el cantante está muy solo en el escenario, más allá de la orquesta que la acompaña. Todos estamos solos en ese «más allá «, tanto en el detrás de escena cuando se apagan las luces como cuando hay que salir a la palestra como protagonista.

Pero ¿acaso no se encuentra el intérprete, cuando está bajo el cenital, con sus vivencias que hacen de caja de resonancia para que el decir del poeta haga eco en su cuerpo, y desde allí se proyecte a quien la escucha? ¿Acaso no encuentra en el recuerdo de esas vivencias a sus propios seres queridos?

¿Acaso Patricia no encuentra en las notas que entona, el consejo de alguno de sus maestros, la nota que le devolvió aquel partenaire, el esfuerzo de sus padres como signo privilegiado de su amor, o el aliento al oído de su hija y de quien fue su gran amor que le susurra: «Negrita, vos podés»?

Caminante son tus huellas y las voces amorosas que alumbraron tu camino, la inyección de vida en tu andar.

Flavia Mercier

Fernando Rodríguez y Estefanía Gómez: “El secreto es trabajar”.

De sus Pergamino y San Antonio Oeste natales Fernando Rodríguez y Estefanía Gómez llegaron a Buenos Aires tras muchos años de bailar folclore argentino, habiendo comenzado muy pequeños. Una vez en la capital del tango mundial ambos comenzaron su andadura por el tango, recorriendo muy diferentes caminos. El de Estefanía con un paso previo por la UNA y el de Fernando formándose con Roberto Herrera y Vanina Bilous y siendo parte de importantes compañías, como “Tango Pasión” y “Tango Seducción”, con las que realizó numerosas giras, así como en las más renombradas Casas de tango como “Esquina Carlos Gardel”, “Rojo Tango” (Hotel Faeno). Comenzaron su andadura conjunta hace casi 10 años, trabajando en “Tango Porteño”, “Rojo Tango” y “Piazzola Tango”. Destaca su paso por el Campeonato Mundial de Tango en el 2019, momento en el que se consagraron campeones mundiales en la categoría de tango escenario. Y más allá de todo este currículo a Fernando y a Estefanía cabe presentarlos como dos “trabajadores” del tango, ya que el único secreto que destacan detrás de su trayectoria es “Trabajar”.

Fernando Rodríguez y Estefanía Gómez. Fotografía de Federico Paleo.

¿Qué los llevó a ser bailarines? ¿Qué hizo que a lo largo de su trayectoria nunca dijeran “hasta acá llegué, no sigo”?

Fernando: No sé, no te podría decir cómo arrancó, porque yo tenía tres años. Pero nunca me planteé hacer otra carrera. Sí me planteé quizás sumar una carrera por una cuestión económica. Creo que no podría hacer algo fuera de esto, no me imagino una vida sin esa adrenalina del escenario. Una gran prueba fueron estos dos años de pandemia.

¿Cómo lo pasaron?

F: A nivel emocional no tan bien porque me sentía angustiado por esa no actividad. Me sentía hasta inútil porque con 42 años de golpe estaba obligado a parar casi dos años.

Estefanía: Yo en lo personal pasé por todos los estados. Al principio fue como un descanso. Durante 7 años habíamos trabajado todas las noches y lo máximo que nos habíamos tomado de descanso había sido 1 semana. Y como soy muy exigente conmigo, me siento menos culpable de descansar si para todo el mundo. Como fue el mundo el que paró, al principio casi que lo disfrutamos, hasta que ya estábamos descansados y empezamos a estar más inquietos y a sentir más la necesidad de hacer cosas.

Además, replantearse si no hago esto qué haría, cuando estamos tan acostumbrados a hacer esto porque lo hicimos desde siempre, desde pequeños. En la pandemia todo el mundo encontró como una segunda fase de sí mismo y empezaron a hacer otras cosas: uno empezó a pintar, el otro a lo que sea… Y para nosotros como que no había otra cosa que nos llenara de la misma manera. De hecho, empezamos un emprendimiento para vender mates que quedó ahí.

¿Tuvieron miedo de no poder volver a bailar?

F: Miedo no, sentí más desesperación. Quería salir ya. Claramente una desesperación. Miedo, no, porque la globalización no permite que se pare por mucho tiempo.

La verdad es que nunca existió en mi vida la idea de hacer otra cosa. Siempre digo “el día que no me pueda dedicar más a bailar seré stage manager, sonidista o iluminador, o algo relacionado con el arte”. Sé que ese día va a llegar, pero hasta ahora nunca me planteé hacer otra cosa. De hecho, nos vinimos de provincia a Buenos Aires a bailar. Yo me vine de Pergamino a los 20 años, tengo 42.

E: Igual nosotros trabajamos un montón online durante la pandemia. La realidad fue que se nos abrió una posibilidad de armar coreografías para parejas del interior o de otros países, que aún hoy continua. Dimos algunas clases también, pero es un medio tan frío, y el tango es algo tan perceptivo, tan sensorial -necesitás tocar a la persona y ver lo que le produce-, que vimos que no servía y decidimos no hacerlo más.

Fotografía de Federico Paleo.

Vos, Fer, venías del folclore, ¿no?

F: Sí, los dos. Yo empecé a bailar folclore a los 3 añitos y hasta los 19 que empecé a bailar tango y me vine (a Buenos Aires). Y al poco tiempo de llegar empecé a tomar clases con Roberto (Herrera) y Vanina (Bilous).

¡Pavadita de maestros para empezar! (risas)

¡Sí! Me acuerdo cuando los vi por primera vez. Estaba en el living de mi casa viendo un programa que ya no existe, “La noche con amigos” de Lionel Godoy, y veo una pareja bailando “Recuerdos” y dije: “A mí me encantaría hacer algo así”.

¿Y cómo fueron esos primeros tiempos cuando llegaste a Buenos Aires?

Vine con una compañera que después se volvió. Ahí conocí a Dolores de Amo (Directora artística de “Esquina Carlos Gardel” y “Piazzola Tango”). Dolores fue la primera persona que me dio un trabajo en Buenos Aires. Dolores de Amo junto a Juan Fabri (Productor General de “Esquina Carlos Gardel” y “Piazzola Tango”). Juan y Dolores tenían una milonga en el Club Almagro, una de las más viejas que ya no existe más, y ella me invitó a trabajar y a bailar ahí. Ahí hice mi primera exhibición. Después, cuando mi compañera se volvió pasó de todo. Dormí en la calle, me recontra re mil cagué de hambre. Dormí en la cochera de un estacionamiento en un auto que no era mío. Dormí en una pensión con mucha humedad y mucho frío.

Se complicó un poco la cosa…

F: Se complicó porque yo me vine sin trabajo. Es decir, cuando trabajábamos en la milonga de Dolores y Juan, yo no vivía acá (Buenos Aires), yo venía de Perganimo. Después cuando decido venir a vivir, me vine sin trabajo. Son cosas que no me dan pena contarlas, porque me da satisfacción haber visto de dónde vengo. Hasta que me cansé de vivir así.

¿La pasaste mal?

F: Mirá Fla, ahora me cabe un montón decirte que la pasé mal, pero la verdad es que yo no sé si fue así. Porque sé que eso me fortaleció para saber que lo que venía no era fácil. No sé si la pasé mal. Capaz que me volví porque me acobardé un poco.

«…Dormí en la calle, me recontra re mil cagué de hambre. Dormí en la cochera de un estacionamiento en un auto que no era mío. Dormí en una pensión con mucha humedad y mucho frío… Son cosas que no me dan pena contarlas porque me da satisfacción haber visto de dónde vengo…»

Fernando Rodríguez

¿Habías llegado a hacer algún trabajo en ese período?

F: Había trabajado en “La Cumparsita” y después hice un reemplazo en “El Querandí” aunque terminé renunciando al mes. Creo que no llegué a hacer ni cinco shows y me volví a casa. Al tiempo me fui tres meses a dar clases a Brasil y de ahí volví para irme a Rosario a terminar el secundario, aunque terminé haciendo de todo menos el secundario. Y después de casi dos años sin trabajar en la danza, me dije: “Quiero volver a bailar”. Justo en Rosario había una audición de “Tanguera”, el musical, y de 200 bailarines quedé yo solo. Eso fue una pauta para decir: “Ah, puedo vivir de esto”. Tenía 24 años. “Me vuelvo”, dije. Y desde ahí cuando me vuelvo (a Buenos Aires), empiezo a trabajar, a trabajar, a trabajar, y no paré.

¿Te fuiste de gira con Tanguera?

No, aunque llegué a ensayar y todo, cuando todos iban a firmar el contrato, me dicen “Bueno, vos no, porque llegaste más tarde a los ensayos.” Yo llegué con dos semanas de ensayo y ellos ya hacía un mes que estaban ensayando. “Pero, ¿cómo? Me vine a Buenos Aires”. “Bueno, sí, pero no. Quedás afuera.” Así que viendo como todos mis compañeros se iban de gira a China tuve que salir a que buscar trabajo.

Y ahí me presentaron a Silvana Allievi que era bailarina de “Carlos Gardel” (“Esquina…”) y empecé a prepararme para bailar con ella. En esa época Jorge Pahl que era bailarín también de “Esquina” supo hacerme de hermano mayor y me aguantó incluso unos días en su casa.

¿Y vos Estefy?

E: Yo nací en Río Negro, en San Antonio Oeste, y me vine a los 18 a estudiar al IUNA, lo que ahora es la UNA (Universidad Nacional de las Artes). Me recibí, soy licenciada en folclore, mención danzas folclóricas y tango, y ahí empecé a bailar tango. En el IUNA había hecho algunas materias, pero recién cuando me recibí empecé a bailar tango, hasta entonces siempre había bailado folclore, desde los 8 años que empecé. Bailaba en una agrupación de San Atonio, “Martín Fierro”. Pero el IUNA te lleva a conocer otros ambientes, otra gente, y me gustó más el tango, y empecé a meterme más y más, hasta que lo conocí a Fer, empezamos a trabajar y no paré más.

¿Y cómo fue que se conocieron?

F: Nos presentó un compañero en común, Nicolás Shell. Yo estaba bailando con Karina Piazza en el Faena, pero haciendo un reemplazo, así que necesitaba buscarme una compañera. Un día me fui a tomar una cerveza con Nico, que era compañero mío del Faena, y le pregunté: “Che, Nico, vos que trabajás ahí en el IUNA ¿no conocés alguna bailarina que pueda llamar?” Y me dio el teléfono de dos. Una no me atendió y la otra era Estefy.

¡Se lo perdió!

F: No sé, ¡o ganó!, todavía no lo sabemos (risas). Me acuerdo que la llamé un domingo, el miércoles nos juntamos, al otro miércoles estábamos audicionando, y al otro miércoles ya estábamos trabajando. Y desde entonces hasta ahora.

¿Así, sin más? ¿O vos confiabas que la “podías preparar” como se dice?

F: Mirá Flavia, yo no creo mucho en “el circo” de “dejá, yo te manejo…” Naah, naah. Esto es un 50 y 50, hay que sacarse los anillos y trabajar. No hay “un” secreto, para mí es todo mentira. El secreto es trabajar ¿viste?

«Cuando ella me dijo: “Yo quiero ir a Cosquín y al Mundial”. Yo le dije: “A Cosquín puede ser, al Mundial, no.” “¿Al Mundial voy a ir después de que estuve en “Tango Pasión”, “Tango Seducción”, y en varias otras compañías, y viajo hace un montón?” Y después pensé: “¡Qué chiquita mi cabeza! ¡Qué chiquita mi cabeza! (con énfasis)” ¡¿Cómo me iba a perder esta situación?! No sabés lo feliz que fui atrás del escenario.»

«Muchos colegas me lo dijeron: “¡Pero, no! ¿Cómo te vas a presentar en el Mundial?” Y yo decía: “¿Qué tengo que perder?»

Fernando Rodríguez

E: La cosa fue así. Los primeros ensayos probamos un par de trucos y él dijo.: “Listo. Sabés hacer un par de trucos. Ya está.” Yo le dije: “Yo quiero presentarme en Cosquín, en el Mundial. Quiero un compañero para hacer todo.” Y él me dijo lo mismo: “Yo estoy buscando una compañera. No quiero un trabajo con una, otro con otra.”

F: Yo reniego mucho de los que pululan con todas las mujeres. Y sé que somos los hombres.

Algunas bailarinas también lo hacen…

F: Una, dos. Al menos que yo conozca. Hombres… puff  (su gesto implica “muchos”).

Entiendo que es por trabajo. Tal vez, no sé, hay quien elige eso. Aunque también veo que cuesta jugarse por alguien. Yo lo prefiero siempre.

E: A mí me pasó que empecé a bailar con él y él venía con su carrera y su historia detrás -había bailado en un montón de compañías y había hecho un montón de cosas- y yo venía como recién llegada del folclore y con muy poco tango y sin conocer a nadie, y él nunca me hizo sentir menos. Dejó que yo colaborara en la creación de las coreografías, siempre pude decir mi punto de vista, siempre fue muy 50 y 50. Nunca me trasmitió algo así como: “Vos que recién empezás, haceme caso a mí”. Nunca, jamás. Ni ahora ni el primer día.

F: Igual no me lo hubieras permitido (risas). Tiene mucho carácter (dirigiéndose a mí).

«…Yo no creo mucho en “el circo” de “dejá, yo te manejo…” Naah, naah. Esto es un cincuenta y cincuenta, hay que sacarse los anillos y trabajar. No hay “un” secreto,… El secreto es trabajar ¿viste?»

Fernando Rodríguez

E: De hecho, en el primer lugar que audicionamos nos dijeron que no, porque yo era muy petisa. A mí me dijeron que no, a él lo querían. Estaban buscando bailarinas altas.

F: Muy altas.

E: Yo creo que otro bailarín en su lugar me hubiera dicho: “Bueno, gracias”, y se buscaba otra chica para entrar a laburar ahí. Hubiera dicho: “Mirá yo necesito este laburo…”, que es lo que hace la mayoría, y listo. Y él dijo: “Bueno, ya está. Si ella no entra, no entramos ninguno de los dos y nos vamos a buscar otro lugar”.

F: Nos fuimos, y después terminamos trabajando en esa casa. 

¿Dónde fueron?

E: Fuimos a “Carlos Gardel” (“Tango Carlos Gardel”) y Dolores (de Amo) nos dijo: “¡Empiezan ya!” Y nosotros llevábamos tres ensayos juntos.

¿Y después fueron al Faena, para al final volver con Dolores y Fabri al Piazzola?

F: Cuando entramos a “Carlos Gardel” Dolores nos envió a “Tango Porteño”. “Tango Porteño necesita frescura. Váyanse para allá”, nos dijo. Pero entramos para hacer un reemplazo hasta el 23 de abril, justo un año. Y, entonces, tres semanas antes del 23 de abril yo empecé a buscar otra cosa y el Faena nos llamó. Y ahí Fabri nos dijo: “Pero, ¿cómo? Si yo quería que se quedaran.” “Juan, vos me dijiste hasta el 23 de abril” “Pero no te dije más nada y ahora quiero que se queden.” “Juan, mi palabra es mi palabra, y yo la dí. Nosotros nos vamos…” Y nos fuimos.

E: Pero después empezamos a salir mucho de gira y el Faena nos dijo: “Necesitamos una pareja que se quede”. Así que terminamos nuestras giras y volvimos a trabajar con Juan (Fabri) y Dolores (De Amo) que siempre nos abrieron las puertas de sus casas.

Fernando Rodríguez y Estefanía Gómez en Rusia. Fotografía de Olga Akimicheva.

¿Cuáles serían los momentos más mágicos que recuerdan de su carrera?

F: Yo la otra vez tiré una frase que me gustó ¿Puedo hacerme el “artista” y decirla otra vez? “El mejor momento está por venir.”

Pero, si me dejo de hacer el artista y contesto como el del barrio, creo que uno es el haber entrado con muy poco tiempo de baile y muy jovencito -yo tenía 24 años- a “Tango Pasión”. No me fue fácil para nada, pero aprendí muchísimo de esos gauchos, de compartir escenario con ellos. Me tocó un elenco con gente con mucha experiencia. También el haber ganado el mundial. Y muchos lugares hermosísimos en los que estuve.

E: Yo siento que recién empiezo.

Que lo mejor está por venir, entonces (risas)…

E: Sí, aunque, obviamente, el Mundial fue muy importante. Era algo que yo quería hacer hace muchísimo. También cuando entré a la primera Casa de tango. La primera gira, que también era algo que yo quería hacer hace muchísimo. La primera gira que hicimos solos…

«Nosotros tenemos siempre muy presente que uno baila lo que es. Uno baila con la historia que trae. Puede ser que bailemos tango, pero bailamos más interpretativamente porque venimos del folclore… Estamos muy convencidos -mucho, mucho, mucho- que bailamos lo que somos. Muchos bailarines nos dicen que hay mucho folclore en el tango que hacemos y al revés. Ahora que estamos intentando volver a bailar algo de folclore, cuando lo hacemos delante de alguien que se dedica a eso, nos dice: “Ay, se les re ve lo tanguero que tienen.”»

Estefanía Gómez

¿No se la jugaron un poco participando del Mundial cuando ya tenían una carrera? ¿Qué pasaba si les iba mal?

F: Muchos colegas me lo dijeron: “¡Pero, no! ¿Cómo te vas a presentar en el Mundial?” Y yo decía: “¿Qué tengo que perder?”

¿Una imagen?

F: ¿Y eso qué es? Eso es ego, y el ego es el peor defecto que tenemos. Es el ego por lo que a veces le cuesta decir a la gente ¡Qué lindo que bailás! O ponerte un comentario en el Instagram o en el Facebook. Por supuesto que no a todos, pero a muchos.

Cuando ella me dijo: “Yo quiero ir a Cosquín y al Mundial”. Yo le dije: “A Cosquín puede ser, al Mundial, no.” “¿Al Mundial voy a ir después de que estuve en “Tango Pasión”, “Tango Seducción”, y en varias otras compañías, y viajo hace un montón?” Y después pensé: “¡Qué chiquita mi cabeza! ¡Qué chiquita mi cabeza! (con énfasis)” ¡¿Cómo me iba a perder esta situación?! No sabés lo feliz que fui atrás del escenario.

E: Yo siempre digo que Fer parecía un perrito cócker atrás del escenario. De hecho, en un momento sentí la necesidad de decirle: “Vení, vení. Conectemos un poquito entre nosotros.” Porque él estaba en Disney.

¿Y qué fue lo que produjo ese cambio Fer? ¿Qué encontraste detrás del escenario?

F: Gente buena, gente fresca, gente que estaba como nosotros atrás de una ilusión. Yo me ilusioné con el Mundial en el 2018 cuando salieron campeones Sagdiana y Dimitry (Sagdiana Xamzina y Dimitry Vasin). En un momento me toqué y tenía traspiradas las axilas -yo nunca transpiro las axilas, yo transpiro sólo el pecho y la espalda-, y pensé: “Esto es adrenalina. Me encanta, quiero esto.” Así fue que era enero de 2019 y yo ya me quería anotar en el Mundial. Salió la inscripción y al toque fuimos y nos inscribimos en la Plaza del Congreso. Y así viví todos los días. Mágicamente no hubo un día que nos peleáramos. Ni uno. Todas las parejas de tango nos peleamos en algún momento para ensayar. Hubo días que no salieron tan bien las cosas, y hubo un día que dijimos: “Che, hoy nos vamos a pelear, no vamos a estar bien. Paguemos la sala y vámonos.”

Fotografía de Federico Paleo.

¿Cuando se subieron al escenario estaban “re pilas” entonces?

E: La verdad es que yo siento que el Luna Park nos comió un poco.

F: Lo que pasa es que vos estabas atrás y escuchabas después de que bailaba cada una de las parejas anteriores que se caía el Luna Park. Y vos decías ¿Tan bien bailaron estos hijos de puta? ¿Qué tenemos que hacer nosotros? Claro, todo eso te avasalla, te come crudo. Todo lo que aprendiste hasta ahí, no vale. Todo lo que bailaste, todo el teatro, no vale. Hacés un reset de tu disco duro. Te morfa, te morfa.

Lo disimularon bien, no se notó. Más bien lo contrario.

E: De hecho, ¿viste que cuando ganás te hacen volver a bailar? Yo sentí que nunca había bailado tan mal. Me temblaban las piernas. No podía dejar de sonreír, así que mis gestos eran medio raros. Nos sentimos mucho mejor al otro día, en la exhibición, más relajados, lo disfrutamos.

F: A mí en lo personal me pasó algo un poco distinto. Porque, aunque esta es una experiencia de a dos, te mueve cosas muy profundas para cada uno. En la final, se le desprende el cinto a ella, hago un cuarta y se lo arranco, como si fuera parte de la coreografía. La gente aplaudió, pero nosotros nos fuimos re mal. Ella se quería ir del certamen, yo estaba re angustiado. Y entonces dijimos: “Pará. Vamos adentro, que se nos pase un poco la angustia.” Yo me fui muy angustiado, hasta que dije: “No, basta. Yo tengo que ganar esto. Me merezco ganar (con énfasis)”, como si los otros no se lo merecieran. “Yo me merezco ganar porque le puse mucho amor. Porque hasta acá yo tuve sólo esta meta.” Lo declaré, lo sentí, me veía campeón. No por una cuestión de ego, no con un afán de quedar por encima pisoteando cabezas, sino por un deseo profundo (con énfasis). Un deseo profundo y mucho amor, no sé si me logro explicar… Fue como un decreto del universo, creo.

E: La verdad es que toda la experiencia, como balance, fue cien por ciento positivo. Porque ensayamos sin pelearnos -que es un re logro-, porque disfrutamos un montón, porque estuvimos en cada detalle, en la música, en el pelo, en la ropa, y como broche de oro, el premio. Y después obviamente el reconocimiento de la gente, de los pares que vienen y te felicitan. Ese fue también uno de los mejores premios.

«Yo me fui muy angustiado, hasta que dije: “No, basta. Yo tengo que ganar esto… Lo declaré, lo sentí, me veía campeón. No por una cuestión de ego, no con un afán de quedar por encima pisoteando cabezas, sino por un deseo profundo (con énfasis). Un deseo profundo y mucho amor, no sé si me logro explicar… Fue como un decreto del universo, creo.»

Fernando Rodríguez

¿Qué les impulsa más como artistas? ¿El bailar o el escenario?

F: No sé, creo que el escenario tiene una magia que no existe en otro lugar. Para mí es lo que se pone en juego en el escenario. La adrenalina. La adrenalina que te provoca saber que alguien está mirando y no sabés quién. Aunque suene medio cursi, esa cosa cuando se prenden las luces, se logra un silencio…

E: Ah, sí. Eso se me había olvidado. Eso nos pasó también. No sé si es el tema o qué, pero, por lo general, siempre que bailábamos Kicho (el tema con el que ganaron el Mundial de Tango Escenario) se producía un silencio total. Silencio, silencio, silencio. Y eso nos pasó en el Mundial, que con las otras parejas el Luna Park explotaba cuando hacían algún truco, y con nosotros fue silencio (con énfasis) hasta que terminamos.

¿Y qué lectura hace ustedes de ese silencio?

F: Seamos positivos. Creo que logramos ese imán, que la gente mire y se calle.

¿No será porque ustedes estaban contando algo además de moverse? Mientras que en los otros casos, como ustedes decían, el público explotaba con los trucos ¿No será eso que lo que hace que la gente mire y se calle sea que está siguiendo un hilo?

E: Bueno, fue uno de nuestros disparadores para hacer la coreo. Nosotros dijimos: “¿Qué podemos ofrecer al Mundial, que no tenga o que tenga menos?

F: Contar algo, un hombre y una mujer.

E: Sabíamos que coreográficamente podíamos hacer 50.000 ganchos pero nunca lo íbamos a hacer igual de perfecto que otros. O sí, capaz que sí, pero sabíamos que corríamos con desventaja con eso. Que quizás ensayando un montón íbamos a poder hacerlo pero no nos íbamos a distinguir. Entonces ¿Cuál era nuestro fuerte? Nuestro fuerte es más lo actoral, aguantar las quietudes. Por ejemplo, una de las cuestiones que nos planteamos fue: “Quedémonos quietos, a ver qué pasa”.

F: Hay un plano en el que ella se va sola hacia adelante y yo me voy solo hacia atrás, la vuelvo a buscar y pienso: “Uy pasaron tres ochos y ella no hizo nada.”

E: Eso fue lo que más tuve que trabajar: caminar hacia el frente sin hacer nada.

F: Sola.

E: Pensar: “Ay, ¿cómo pongo el cuerpo? ¿cómo pongo las manos? ¿y los hombros?, …”

«Nosotros creemos que somos una sociedad con la música… Ni competir con la música, ni sobreactuar nada, para que no se vea algo puesto. Por eso en nuestras clases,… les proponemos a los alumnos trabajarla desde el lado interpretativo. Para nosotros se trabaja desde el momento cero, porque los movimientos tienen que ver con lo interpretativo. Si vos aprendes un movimiento y después le querés dar una significación, no te va a salir nunca. Y te puedo asegurar que al final de la clase, si hay diez parejas, ninguna la hace igual.»

Estefanía Gómez
Fotografía de Federico Paleo.

¿Hay diferencias, a nivel de emocional, entre bailar tango o folklore?

F: Yo en lo personal me considero un bailarín. No sé si hay diferencias. Porque en mi casa no les gustaba el árabe y el flamenco, porque lo hubiera hecho con el mismo amor. A mí me gusta sentirlo al baile, me gusta bailar descalzo, me emociono tanto con una música de tango, como con una de folclore. Pero no sé si es más, menos, mejor o peor. Es como si nos preguntáramos ¿Qué es más importante, mamá o papá?

E: Nosotros tenemos siempre muy presente que uno baila lo que es. Uno baila con la historia que trae. Puede ser que bailemos tango, pero bailamos más interpretativamente porque venimos del folclore que siempre le busca un por qué o un significado a lo que hacemos. Yo hice también algo de contemporáneo y entonces creemos que lo que hacemos también tiene que ver con algo medio desarmado, porque venimos de ahí. Estamos muy convencidos -mucho, mucho, mucho- que bailamos lo que somos. Muchos bailarines nos dicen que hay mucho folclore en el tango que hacemos y al revés. Ahora que estamos intentando volver a bailar algo de folclore, cuando lo hacemos delante de alguien que se dedica a eso, nos dice: “Ay, se les re ve lo tanguero que tienen.”

¿Cómo ven hoy tanto al tango como al folclore?

F: Al tango lo veo re positivo, hay chicos por todos lados bailando muy bien, muy bien (con énfasis). Creo también que el tango está en un momento de receso, que hay un montón de información y cada uno la maneja cómo puede. Y creo que como todo receso hay que seguir alimentándolo, pero lo veo positivo.

Y el folclore también. Los certámenes de folclore son tremendos, cada vez más llenos. Cosquín está tremendo. A veces me pasa con el folclore que se ponen de moda cosas que no me gustan, y lo mismo me debe pasar con el tango, pero todo lo que suma, aunque a mí no me guste, es positivo.

E: Lo que está bueno es que en general hay mucho más estudio, de todo.

F: Sí, pero, si bien rescato el tema de tomar clases, clases, clases, porque eso es buenísimo, es el único secreto, no me gusta que algunas parejas bailen parecido a otras, que no busquen su identidad. Que las clases no sean para nutrirse sino para copiar al maestro. A mí me gustaría que no haya diez parejas de bailarines bailando igual que Juan y Mónica, ponele. Quisiera que haya diez parejas que vayan a la clase de Juan y Mónica pero que busquen su identidad, su estilo. Creo que hoy hay muchas más herramientas para poder forjar mejor tu estilo que hace unos 15 años. Nosotros lo encontramos cuando ensayábamos para el Mundial, eso fue otra de las cosas positiva.

La pregunta obligada es entonces ¿Cómo se logra un estilo propio?

E: Para mí tiene que ver primero con una investigación y después con no querer hacer de eso que le agrada a la mayoría.

F: Lo que está de moda.

¿Lo que vende?

E: Lo que vende tiene su lado bueno, porque nos da de comer. Nosotros trabajamos en una Casa de tango donde justamente se nos pide que hagamos tal cosa porque es lo que la gente quiere ver. Ahora, fuera de eso, cuando podemos ser más libres, nos juntamos con Fer, ensayamos y buscamos, primero, qué es lo que va más con nuestra personalidad, y después, si tomamos alguna clase, qué herramientas vamos a usar, y cuáles no, cómo sí y cómo no. En parte tiene que ver con una búsqueda de la energía de la pareja. Con lo que yo reacciono y él me devuelve. Porque yo, Estefanía, con Fer bailo de una manera. pero mañana con otro bailarín, será otra cosa.

Nosotros creemos que somos una sociedad con la música. Cuando escuchamos un tema primero pensamos qué nos dice para poder ir, más o menos, por ese lado. Ni competir con la música, ni sobreactuar nada, para que no se vea algo puesto. Por eso en nuestras clases, cuando enseñamos una secuencia les proponemos a los alumnos trabajarla desde el lado interpretativo. Para nosotros se trabaja desde el momento cero, porque los movimientos tienen que ver con lo interpretativo. Si vos aprendes un movimiento y después le querés dar una significación, no te va a salir nunca. Y te puedo asegurar que al final de la clase, si hay diez parejas, ninguna la hace igual.

«A mí me gustaría que no haya diez parejas de bailarines bailando igual que Juan y Mónica, ponele. Quisiera que haya diez parejas que vayan a la clase de Juan y Mónica pero que busquen su identidad, su estilo. «

Fernando Rodríguez

Retomando en este punto lo que decías antes de que “renegás” mucho con el hecho que en la actualidad se cambia mucho de pareja ¿Lo podrías ampliar a la luz de todo esto que venimos charlando?

F: Creo que lo que pasa es que a mí me gustan mucho las parejas de tango, mucho. Me gusta ver cómo los bailarines se entrelazan y llevan adelante un producto tan lindo. Son muchas las parejas que me gustan. Me pongo más grande y me gustan cada vez más parejas.

Bueno, empezaste con Roberto (Herrera) y Vanina (Bilous)

F: Y, sí. Y en ese sentido me da pena ver bailarines que “pululan” entre varias bailarinas, porque muchas veces hay unas bailarinas excelentes que no tienen compañeros porque los hombres al saber que son menos, bailan con esta, con esta y con esta. Y obvio que hay una cuestión económica, con la que no me meto ni opino.

E: También tiene que ver con una cuestión de trabajo de pareja que no es fácil. Hoy estamos tan acostumbrados (la sociedad) a que, en cuanto se puso un poquito difícil: “Chau, chau, nos vemos”.

«…Si a uno le cuesta coincidir con una pareja de vida, esto es arte, y el arte es re difícil de coincidir, que lo que me guste a mí le guste al otro. Y me temo que hoy al menor chispazo, la gente deja a esa pareja y se va a trabajar con otro. Y sin decirle a nadie “bancátela” o no, creo que sí hay que saber que para construir una pareja hay que poder pasar por esas diferencias.»

Estefanía Gómez

Bueno esa es la impronta que marca todas las relaciones o vínculos en la actualidad. Al más mínimo problema se acusa al otro de “tóxico” y se recomienda “soltar”…

F: Y entonces yo me pregunto ¿Dónde está el compromiso?

El compromiso con qué, habría que añadir. De lo que ustedes están diciendo se deduce que es con la pareja de baile porque lo es con la danza, con el arte, y por consiguiente con ustedes mismos. Es un compromiso con la pareja de baile porque esa es la forma que ustedes entendieron que pueden dar lo mejor de sí como artistas. De esto se trata dejarse guiar por una ética orientada por el deseo. O sea, tomar decisiones en función de lo que más se acerca a lo que uno desea devenir.

E: Efectivamente. Son decisiones y yo no soy quien para juzgar a nadie. Pero yo creo que no hay una pareja que esté más de 6 y 7 años juntos que lo haya hecho sin ninguna pelea, sin ninguna discusión. Si a uno le cuesta coincidir con una pareja de vida, esto es arte, y el arte es re difícil de coincidir, que lo que me guste a mí le guste al otro. Y me temo que hoy al menor chispazo, la gente deja a esa pareja y se va a trabajar con otro. Y sin decirle a nadie “bancátela” o no, creo que sí que hay que saber que para construir una pareja hay que poder pasar por esas diferencias.

Mi impresión es, sin la experiencia de formar una pareja de baile aunque sí la de intentar llegar al “máximo” de una expresión, que sin ese esfuerzo uno se pierde alcanzar una especie de “destilado” de su arte. Una especie de arte “depurado” de lo que no realiza el deseo que lo impulsa.

F: Totalmente, y por eso, repito: “Me da pena” ver pulular a bailarines entre bailarinas. Ahora, como dijo Estefy, no soy juez de nadie, ni le estoy pidiendo a nadie que se aguante a nadie, ni las ínfulas de nadie, ni el ego del otro. Para mí el compromiso consiste en poner las energías y las ganas necesarias para trabajar con el otro.

Flavia Mercier con Estefanía Gómez y Fernando Rodríguez después de asistir a su función en «Piazzolla Tango», tras la entrevista.

¿Qué perdieron en el camino? Si lo quieren contar.

F: Sí, miles de momento con mi papá, mi mamá, mi hermano, mi sobrino. No sé por qué está de moda ahora que cuando les pregunta a los famosos si se arrepienten de algo, contestan “no”. Y yo digo “¡la puta madre, qué vida tan perfecta!”. Yo sí me arrepiento enormemente de esos momentos perdidos, sobre todo con mi papá que ya no está conmigo, o con mi sobrino que ya no está conmigo

También está de moda decir “para ganar, uno tiene que perder”. Tal vez con la danza yo gané muchísimos buenos momentos, pero perdí tantísimos otros con mi familia. Sé que es una elección y no es que me arrepienta, pero si me duelen enormemente.

¿Y vos Estefy?

E: Siento parecido a lo que dijo Fer, pero siento también que son elecciones. Así que, la verdad, no siento que me arrepienta de nada.

F: Somos un poco mártires los artistas ¿viste? (risas)

Flavia Mercier con Fernando Rodríguez y Estefanía Gómez en «Piazzolla tango».

¿Quieren decir algo más para terminar? ¿Les quedó alguien por nombrar?

E: La verdad Fla es que yo siento que recién empiezo. Y cuando empecé a formarme simplemente fui a todas las clases que pude. Clase que había, clase que iba.

F: Mirá, salvo algunos nombres que en la charla se nos escaparon, yo al menos prefiero no nombrar a nadie, porque tampoco sé si esa persona quiere que la nombre y me da mucho miedo olvidarme de alguien. Lo que te puedo decir es que del maestro que más aprendí y que más admiro fue Roberto Herrera; y que mis primeros pasos me los enseñó Oscar Bacigaluppi.

Bueno, muchísimas gracias a ambos, ha sido un placer aprender de ustedes y con ustedes de su arte y su camino para realizarlo.

Tras toda una vida dedicada a la danza al haber dado los primeros pasos de baile casi al mismo tiempo que los primeros pasos en la vida, Fernando Rodríguez concluye que el único secreto para permanecer más de 20 años en la escena tanguera es trabajar. Junto a Estefanía Rodríguez platean el ensayo como forma de experimentación y exploración que les permite arribar a aquello que mejor expresa la música y su sentir artístico, y, en este sentido, también les permite descubrir su estilo de baile. Se desprende así la idea de que el estilo es una suerte de destilado. Impulsado por la potencia de un deseo se llegaría a las fronteras del propio mundo de posibilidades, que decantan en un estilo cual cadena de decisiones.

Estefanía añade que para hacer ese viaje eligen tomar la vía interpretativa. Se adentran así en los meandros del curso afectivo que dibuja la música sobre su bitácora de afectos, hasta que sobre la misma se perfila una escena. Por eso la coreografía se ve distinta según la pareja que la realiza, como explica Estefanía. Tal como dice, en la danza el movimiento expresa lo interpretativo, sin esa brújula estaríamos reduciéndola a una mera secuencia de movimientos por muy espectaculares que sean.

La danza – y el arte, en general- desprovista de aquello que jalona el alma del espectador, se reduce a pura exhibición, puro espectáculo. En el imperio del “me gusta” se torna imperioso ofrecer lo que puede agradar e, incluso, satisfacer. Pero el hechizo se produce cuando la obra de arte se engancha al alma de quien la contempla y lo invita a “de-morarse”. Porque ese “más allá” de lo evidente e inmediato que persigue el arte, suele atraparse en un después, en un silencio, cerrando los ojos, en tanto hace eco en la interioridad. Cuando la estética apunta al acontecimiento y no al impacto, el espectador puede quedar embelesado por efecto de la belleza que desprende la obra. Ahí está ese imán del que hablábamos con Fernando y Estefanía.

El problema es que la seña de identidad de la época -como bien señala Byung-Chul Han- es lo pulido, aquello que desliza fácilmente sin oponer ningún obstáculo ni reparo. Esto conlleva a una depreciación del obstáculo desestimando su función como lo que puede evitar el pasar de largo, sin afectarse, porque justamente la sobrevaloración de lo pulido persigue la no resistencia. Bajo la tiranía del “like”, el “objeto” de arte tiende a desprenderse de lo que puede hacer “objeción” como lo que puede ofrecer una resistencia y un punto de ruptura a “las modas”. A la vez, persigue producir efecto más que afecto. En definitiva, cuando el arte rinde vasallaje al dedo pulgar, la obra queda expuesta al riesgo de transformarse en un mero objeto de consumo. La encrucijada es cómo sostener una apuesta artística en este mundo que se rige por baremos que tan contrarios a la misma…

Flavia Mercier