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El Indio Froilán y Tere Castronuovo: “Despierta Tierra al son de los bombos y marcha”.

El luthier de bombos legüeros, José Froilán González -más conocido como El Indio Froilán-, poseedor de una técnica ancestral y que ha ido perfilando artesanalmente, es reconocido más allá de las fronteras de Argentina por la sonoridad de sus bombos. Además, junto a su compañera Teresa Castronuovo, organizan cada domingo, desde hace más de 20 años, “El Patio del Indio”, típico patio santiagueño donde se escucha, se baila, se canta y se degusta folclore. Son también los organizadores de la Marcha de los Bombos que desde Santiago se va desarrollando en distintas ciudades de Argentina y del mundo. Una charla cálida, con ecos de otros tiempos, de una tierra regada de chacarera.

Foto de Portada: Favio Quiroga.

Les cuento que esta revista se llama Patio de Artistas -lo de Patio a ustedes les sonará- porque la idea era crear un espacio para que se expresaran los artistas populares. El patio es el lugar de la casa del que surgieron tantos de ellos, espontáneamente. Muchas vidas se salvaron gracias al arte porque han encontrado un cauce, una salida. Entonces, a modo de testimonio para otros que lo quieran intentar, me propuse investigar y difundir por qué alguien se dedica al arte y sostiene ese deseo a lo largo de su vida con las dificultades que conlleva. Y, desde un punto de vista más social, me impulsaba la utopía, si se quiere, de contribuir a valorizar aquello que nos sostiene como pueblo, porque, en general, las artes populares tienen que ver con el encuentro comunitario, la transmisión de una forma de vida y con valores humanistas como la hospitalidad y la solidaridad.

Si les parece, empezamos. ¿Cómo comienza tu labor como artesano del bombo?

Froilán: La historia empieza cuando nosotros vivíamos con mi papá muy cerca del río, alejados de la población, y un día, pescando, encontramos el tronco de un ceibo que había traído el río. El ceibo es un árbol tropical que no sirve para leña, ni para muebles, crece al borde de los canales, de las acequias del riego, todo tiene que ver con la humedad, y el agua lleva la semilla, hasta que por ahí para y nace un ceibo. Entonces, mi viejo mira ese tronco, tenía un metro veinte, más o menos, y le digo, “¿Para qué sirve?”. “Para hacer bombo.”, me dice, “Para que haga bombo tu tío”, que vivía como a tres kilómetros, en un barrio. Lo traíamos por el agua, flotando a la par nuestra, mientras veníamos pescando y cuando salimos a la superficie no lo podíamos levantar porque era un árbol que tenía unos cuarentaicinco centímetros de diámetro de boca, por casi un metro veinte, un metro cincuenta. Era imposible alzarlo, había que hacerlo rodar. Llegamos cansados, con la idea de que se lo llevábamos al tío Polo, que era el hermano de mi papá, y era músico y hacía bombos. Pero cuando llegamos a la casa, mi papá cambió de parecer y dice: “Lo vamos a hacer nosotros”. Pedimos una gubia, que es como una especie de cortafierro, pero con forma de cuchara y que sirve para ahuecar, para extraer el corazón, para cavar el tronco haciendo como una forma de mortero, sacando las astillas hasta unir las dos puntas. Y así empezó la historia, así hicimos el primer bombo. Yo tenía 10 años para 11. Empezamos a hacer bombos más chiquitos para el turismo, ya que pasaba mucha gente por Santiago. Yo los llamaba “el puchero”, porque lo vendíamos para comer. Con los pocos que hacíamos de esos antes alcanzaba para comer.

Así empezó. Después le iba encontrando cosas al instrumento, que iba aprendiendo con el transcurso del tiempo. Porque en esa época, como no existía la tecnología de sonido, nosotros hacíamos los bombos, pero no sabíamos si estaba bien el sonido o no. Sonaba.

¿Y, cómo los sacabas? ¿Por oído? Porque tus bombos son famosos. Todos los folcloristas importantes de Argentina tenían un bombo hecho por vos.

F: Había que poner un parche y ajustarlo. Y no sabíamos, no entendíamos nada. Hasta que un día apareció un músico que me pedía que le repare el bombo, que le cambie el parche. Entonces yo desarmé mis bombos que tenían una similitud de diámetro de boca y para ser más rápido le coloqué mis parches a sus bombos. Al hacerlo, su bombo no sonaba, se anulaba el sonido, y aquí en mi bombo sonaba. Vuelvo otra vez a cambiarlos y no sonaba. Entonces, hago que mi hermano Miguel golpeé el parche y yo miro por un agujerito como de un centímetro de espesor que todos estos bombos tienen que tener, una porosidad necesaria para que no se rompan los parches y que también permite una oxigenación. Entonces yo miro adentro mientras él me golpeaba el parche y veo que los bombos que hacían en una antigua fábrica de Santiago tenían por adentro como si fuera un vello. Nuestros parches estaban casi pelados y eso era lo que malograba los sonidos. El ceibo es un árbol esponjoso que tiene fibras y a la vez una madera absorbente. Ellos ahuecaban el árbol con las cadenas -que son unos filos- con las que de un tronco sacaban hasta varios bombos. Entonces, al trabajar en la máquina de compresión quedaba una fibra. Ahí descubro que el instrumento se afina, dejando en los cueros el pelo más largo para los sonidos graves y el pelo más corto para los sonidos altos. También aprendí que es mejor que los cueros, sean de cabra u oveja, sean de animales adultos, no el animal chico como el cabrito o el corderito, porque tiene espesor, o sea resistencia, para recibir los golpes. Y cuando el animal es chiquito, su grasa es muy suave, como el aceite para bebés —el aceite Johnson—, algo liviano y delicado, pero a medida que el animal crece, eso se vuelve una grasitud que nos sirve para los ecos porque ayuda a que el sonido rebote, y así se producen los sonidos graves. Y además ayuda a que el cuerpo siempre esté nutrido y no se rompa.

Y otra cosa importante es que, para que sea una buena caja sonora, el árbol tiene que superar los 25 o 30 años porque, si es una madera tierna, con el tiempo se consume y quedan grandes los aros y el bombo se desarma o se desafina.

«Lo que hoy es un instrumento musical, ha sido un medio de comunicación. Entonces podían transmitir, de acuerdo a los golpes, a la gente que vivía a leguas de distancia – de ahí viene la palabra “legüero”-, si había carne, si había baile o si había velorio.»

¡Impresionante! ¡Qué maravilla! Y todo esto lo aprendiste en una época que no había toda la tecnología de sonido que hay hoy. Es decir, la reparación de ese instrumento te inició también en el aprendizaje de la música y en un aprendizaje muy sensible.

F: Me llevo al mundo del músico sin ser músico. Por ejemplo, aprendí cómo para los de Salta que tienen otros estilos, diferentes a la chacarera -ellos cantan con tonos más altos-, los parches tienen que tener tonos más altos.

Y hoy la lista de artistas, no sólo del folclore, sino del rock que tiene un bombo tuyo es enorme. Todos los grupos de folclore conocidos…

F: Casi un 80% de los músicos profesionales del país, a partir de que les hice un bombo a Los Chalchaleros.

A Los Hermanos Ábalos, también.

Los Carabajal, Don Carlos…

Todo eso lo he ido haciendo. Y entrando en otro tipo de música como el rock. En De Ushuaia a La Quiaca se grabó en casa una vidala y le he hecho un bombo para Gustavo Santaolalla -semejante músico. Otro para León Gieco. Para la gente que tiene que ver con otros géneros musicales, también. Le he hecho un bombo a Shakira, a Lila Downs, a Rubén Blades y a Chayanne.

Y de todos ellos, ¿te acordás de alguno que te haya emocionado especialmente hacer? No quiero generar que parezca que valorás más a uno que a otro como artista, sino más bien, conocer un momento que haya sido especial por las circunstancias, o, quizás, por lo que el artista te haya dicho al recibirlo o después de tocarlo.

Sí, me acuerdo especialmente del que le hice a Alberto Cortez, que estuvo en mi casa. Tiene un poema, un escrito, muy lindo que hizo cuando fue para que le haga el bombo. Hay tantos músicos…

¿Alberto Cortez hizo un escrito sobre el bombo?

F: Sobre el bombo, la vida. Por eso yo siempre digo que si hacés un trabajo personal hay que hacerlo bien, con mucho amor. Para mí, cada bombo es un hijo, significa mucho. Cuando hacés un trabajo así, hay que hacerlo bien, y hay que pensar en la persona y no en el bolsillo.

En la persona a la que va dirigido ese bombo.

F: Claro.

José Froilán González, El Indio.

«Él no se deja seducir con nada por más que le vengan y le pongan diez millones de pesos para que les haga un bombo ya. Él dice: “No lo puedo hacer, son tres meses de espera”. Y son tres meses, y son tres meses.»

Teresa: Él no se deja seducir con nada por más que le vengan y le pongan diez millones de pesos para que les haga un bombo ya. Él dice: “No lo puedo hacer, son tres meses de espera”. Y son tres meses, y son tres meses.

Las cosas llevan su tiempo.

T: Claro, porque son bombos profesionales, personalizados. No es un negocio en el que vos sacás un bombo de adentro y lo entregás, sino, inclusive, él te pregunta qué utilidad le vas a dar, si es para la danza, si es para bombisto o si es para percusión. Y él lo trabaja desde ahí. Y utiliza hasta la física y la matemática para ajustarlo a tus necesidades, porque con sus manos hace como un compás o una escuadra. También los dibuja, los pinta.

¿Te acordás cómo era el poema de Alberto Cortez?

T: Si quieres, te lo leo.

Por favor.

T: Bueno.

El canto a la tierra

Santiago del Estero en noviembre aún se apiada de la gente o, al menos aquella mañana lo hacía, porque eran las once y la temperatura no sobrepasaba aún los cuarenta grados. Juan Carlos Carabajal, amigo por la guitarra y el canto, conocía mi intención de hacerme de un auténtico bombo legüero. Le llaman así porque se dice que se escucha a la distancia.

“Te llevaré a la casa de quien mejor los hace.”

“¿Queda muy lejos? Ya sabes que deseo partir a las doce.”

Antonio Marcos, compañero de escenario, Juan Carlos, y yo, dejamos las últimas calles de la ciudad a bordo de un destartalado taxi. Por un estrecho sendero bordeando una vía de agua en donde una pandilla de chiquillos disfrutaba alegremente chapoteando en aquella envidiable frescura, salimos a pleno campo. Allí nomás, en la ribera misma de la urbe, atravesamos la entrada sin tranquera y entramos de lleno a la magia de una tierra pródiga en leyendas populares, habitada por gente que tiene el humor necesario para sobrevivir a cualquier circunstancia adversa y una mística sensibilidad, capaz de traducir a música los más hondos sentires o los más simples y superficiales sucesos cotidianos.

Nos recibió Froilán a la sombra del algarrobo. Nos ofreció un trago de agua fresca y empezó para nosotros la danza de los asombros. El tronco original gigante es vaciado para que el espacio de sus entrañas se llene de resonancia. El cuero se estira para ser redondez sonora, tensado por los tientos y los aros, collares siderales del acento. Terminada la explicación sobre la construcción del instrumento, Froilán empezó a contarnos las trastiendas familiares.

“Fíjese en este cuaderno, Don. Aquí tengo anotados los nombres de los destinatarios de cada bombo. Cada uno es como un hijo porque le di mi identidad. Fíjese, los tengo repartidos por todo el mundo: por Francia, Noruega, Estados Unidos, y naturalmente aquí. Los hay en todas las provincias. La mayoría de los conjuntos folclóricos los tienen porque dicen que son los que mejor suenan.”

Amenizaba la charla el monótono canto de las chicharras en el apogeo del mediodía, mientras un par de perros se rascaban, empeñados en interrumpir la plácida vida de la colonia de pulgas que los habitaban. De pronto, por el centro soleado del patio, apareció una figura fantasmal como salida de un cuento de Juan Carlos Dávalos o de Horacio Quiroga. Apoyada en su bastón, deslizándose lentamente con la mirada perdida, sabe Dios en qué misterio, pasaba la abuela. La piel apergaminada, la cabellera escasa -lacia y completamente blanca-, su ropaje, su delgadez y su extravío al caminar, nos hizo pensar por un instante que presenciábamos una aparición.

“Ahí donde la ve, ya cumplió 116 años”, nos dijo orgulloso Froilán, “Y aún canta alguna que otra vidala, de vez en cuando”.

Para demostrar lo dicho, la llamó, le ofreció una silla y a la sombra majestuosa del algarrobo, con la complicidad de una caja vidalera, la cansada voz de la anciana comenzó a hilvanar el canto. Aquello fue como si de pronto todos los pájaros se hubieran puesto a cantar al mismo tiempo, como si la luz, la tierra, el fuego y el agua, en perfecta comunión, desembocaran desbordados en la temblorosa voz de la abuela. Las coplas vienen de antes, de mucho antes que ella, y van muy enteras, porque siguen el camino generacional hacia la eternidad.

Sentí una emoción prepotente abarcándome entero y me entendí nominado por los azares del destino por gozar de semejante privilegio. Cuando dejó de cantar solo atiné a decir: “Gracias”.

“Nadie como ella”, comentó Froilán. “Cuando era moza nadie como ella cantaba las vidalas, las chacareras, el canto a la tierra. No había tiempo de fiesta, ni tiempo de consuelo en que sus coplas no nos iluminaran. Es como este algarrobo centenario, también, está llena de pájaros por dentro. Todos la amamos porque es la imagen más cercana al amor que conocemos. Ella y su compañero inauguraron la saga familiar que usted ve ahora cuando por estos campos no anduvieron más que los diablos de la Salamanca. Ese muchacho, por ejemplo -y señaló un niño- es uno de los tantos tataranietos. Y él, como todos nosotros, hemos heredado su entereza y hemos aprendido a querer todo esto: la música, las leyendas, incluso esta pobreza que, aunque usted no lo crea, nos dignifica. Porque es pobreza de cosas y las cosas dejan con el tiempo de tener vigencia y desaparecen. No el espíritu, ni la alegría de sabernos gajos de este tronco con toda su sombra.”

La viejita, mientras Froilán hablaba, había retomado su camino por el patio. Como una fatamorgana deambulaba a pasito lento, como reconociendo las cosas de las que se había valido para sobrevivir tantos años, para despedirse, como cada día, de cada una de ellas. O, quizás, para agradecerle tanta paciencia. Quién sabe. Me imagino que llegar a semejante edad aparte de una gran destreza para vistear las puñaladas de las enfermedades y privaciones de todo tipo, debe requerir una enorme estatura moral para asumir la sabiduría y la impotencia. Es decir, saber finalmente cómo deben hacerse las cosas y no tener ya fuerzas para realizarlas.

“No vaya usted a creer que le cuento todas estas historias para cobrarle más mi trabajo. No, nada de eso, sólo quiero que sepa lo que va adentro de este bombo. Este bombo que usted vino a buscar. Piense, por favor, en todo esto cada vez que el legüero se encienda para acompañarlo en el canto. Si así lo hace, podrá sentir entonces que en Santiago del Estero, muy cerca de la ciudad y debajo de un gran algarrobo, usted ha dejado un puñado de amigos.”

Puse mi nombre en la ajada hoja del cuaderno bitácora de aquella buena gente, pagué mi deuda y el mismo taxi que me había llevado nos devolvió a la ciudad y a nuestra realidad. En el camino de regreso cada uno fue sacando su propia conclusión de lo vivido. Para Juan Carlos Carabajal aquello era algo normal, seguramente acostumbrado a codearse con las sorprendentes cosas de la tierra. Antonio Marco y yo tuvimos la sensación de haber participado de algo extraordinario. Han pasado varios años desde entonces y cada vez que tomo el bombo entre mis manos, para acompañar alguna zamba o alguna chacarera que la nostalgia reclama, vienen a mi mente las imágenes inolvidables de aquel luminoso mediodía, cuando tuve la oportunidad única de oír cantar a la tierra misma, con todo su dramatismo y con toda su magia, a la sombra más frondosa y poblada de pájaros que vieran jamás mis ojos.”

Alberto Cortez

Una maravilla.

T: Lo que Alberto Cortez dice ahí es todo lo que alguien se lleva dentro de un bombo. O sea, hay un proceso histórico, hay toda una vida de un ser humano y de una familia que sostienen eso. Lo que él pone en valor es algo como el origen y la génesis de lo que nadie quiere hablar, que es de la vida comunitaria.

El patio empieza como una idea de juntarse para un cumpleaños que le hacía Froilán a un sobrino. Se ha ido haciendo muy naturalmente, o sea, no ha sido una cosa pensada. Froilán con todos sus parientes tenían esta vida de familia desde el campo. Era el patio de la casa de sus padres. Eso lo ve Carlos Saavedra, el hermano de Juan, y le dice “Vamos a empezar a juntarnos todos los domingos con música y a recibir a la gente”. Y así empezó El Patio (El Patio de Froilán) en el año 97. Pero en el 98 se retira Carlos, con la señora, por razones de salud y queda la hermana de Froilán al frente y la madre. Le decían el Patio de Froilán, pero él no tenía nada que ver. Hasta que en el 2002 nosotros empezamos a vivir juntos y decidimos que, si iba a seguir con su nombre, nosotros teníamos que tomar las riendas del Patio. Y, entonces, yo veo que había que tejer otras urdimbres porque era muy importante lo que se vivía, y hacemos un proyecto de economía social del que hoy viven cincuenta familias. Hay una comunidad de los Torocotés, hay dieciocho familias que cocinan, no son chefs son familias que hacen su comida, cuatro puestos de la comunidad de los Torocotés, las hermanas de Froilán, sobrinos y otra gente también que nos ha ido pidiendo, hay treinta y cinco artesanos y personas que hacen manualidades. Ninguno de ellos paga alquiler, ponen una contribución para la luz y otra para dos familias que vienen a limpiar los domingos. El lunes a la mañana viene un reciclador y se lleva las botellas de plástico y de vidrio. Hay un grupo de chicos que cuidan los autos en los estacionamientos y hacen su dinero con el compromiso de que el lunes tienen que venir a limpiar para que, en la calle, ni el vecino sepa lo que ha pasado. Es también una cuestión de educación y el compromiso de saber que entre todos podemos generar otro tipo de organización, diferente a lo que te impone el sistema. Y el escenario es abierto, nadie les pregunta, no hay un parámetro de quién canta o baila mejor, el que tiene ganas de cantar mientras sea folclore, chamamé, pasodoble, milonga, tango, es bienvenido. Nosotros vemos que el patio se ha convertido en un lugar de salud mental…

El Indio Froilán y Tere Castronuovo.

A ver, explicame más sobre eso.

T: Es lo que siento, lo que percibo. Porque vos ves a la gente que se distiende, familias, jóvenes, niños… En lugar de que estén jugando con los celulares, ves los chiquitos jugando con tierra. Hay mucha gente con creencias, que viene. Por ejemplo, hay un matrimonio que tienen ochenta y pico de años que dicen que se han curado tocando el árbol del escenario. ¡Y lo sienten así! Hay mucha gente que nos dice eso, y vienen a tomar esa energía. Claro, es la energía de la esperanza y de la alegría de sostener. No quedarte en la tradición, no es que uno no acepte el avance de la tecnología y lo demás, sino que tiene que haber espacios como éste porque la gente necesita sostenerse.

¿Qué sería la tradición, no? Porque no es solamente la música, sino también una manera de compartir, que en otros países o en otros lugares o provincias puede ser otra.

T: Claro, claro. Cuando hablamos de tradición se trata de una costumbre que tiene generalmente la gente del norte en Argentina, de encontrarse los domingo,s si no es con la familia, con los amigos.

«El patio empieza como una idea de juntarse para un cumpleaños que le hacía Froilán a un sobrino. …Era el patio de la casa de sus padres. Eso lo ve Carlos Saavedra, el hermano de Juan, y le dice “Vamos a empezar a juntarnos todos los domingos con música y a recibir a la gente”. Y así empezó El Patio.»

El patio como lugar de encuentro, y a la vez de sostén, de punto de apoyo, que era en lo que yo pensaba cuando le puse el nombre a esta revista.

T: Claro, porque también depende de nosotros el objetivo y el norte que le damos al patio, porque en esta instancia uno también tiene contradicciones con lo que llamamos “cultura popular”. Dos palabras tan fuertes y tan contradictorias. Y diferentes según la perspectiva de donde se las mire. Porque si hablamos de popular desde el sistema capitalista, es otra cosa. Nosotros sabemos que el patio tiene que ser eso, un lugar de encuentro, de esperanza y un lugar en el que, a pesar de nuestras diferencias, todavía seamos capaces de sentarnos a conversar. Y el patio se sostiene por eso, porque nosotros caminamos con un objetivo en común que es de resistencia, de resistencia cultural.

¿Qué representa El Patio de lo que es la cultura santiagueña? Porque podríamos decir argentina, pero hay también algo muy específico de lo santiagueño. De hecho, el santiagueño añora mucho Santiago. ¿Qué es eso especial de Santiago que ustedes quieren de alguna manera valorizar y transmitir?

T: No es que nos hemos puesto un objetivo, nosotros seguimos con nuestra vida, esa es la vida nuestra de familia. No hay carteles de publicidad porque es el patio de nuestra casa. La gente llega y nosotros la saludamos, la invitamos a comer sin saber quién es, ni le preguntamos si tiene o si no tiene, sin importar quien sea, porque es nuestro modo, nuestra forma de vivir, como nos han criado, ¿se entiende?

«Nosotros sabemos que el patio tiene que ser eso, un lugar de encuentro, de esperanza y un lugar en el que, a pesar de nuestras diferencias, todavía seamos capaces de sentarnos a conversar. Y el patio se sostiene por eso, porque nosotros caminamos con un objetivo en común que es de resistencia, de resistencia cultural.»

De puertas abiertas… muy hospitalario. Abren el patio de la casa para que venga el que quiera: los amigos, los amigos de los amigos, y todos los que quieran venir.

T: Que no debería sorprendernos porque es lo que tendríamos que hacer, lo que pasa que sostenerlo en este tiempo, con los embates de todo lo que nos está pasando, no es fácil.  Y eso creo que hace la diferencia. Porque la gente lo compara con la peña y dice “No sabés ni quién es el dueño de la peña”. Jamás hemos pagado publicidad, nunca. Se sostiene de boca en boca. Nosotros abrimos y a veces decimos, “Bueno, hoy no viene nadie”.  Pero la gente llega. Aunque haga cuarentaicinco grados.

Tampoco cobramos entradas ni derechos de espectáculo, El Patio se sostiene con la venta de la bebida, no tiene otro ingreso. Ahora, con los tiempos que vivimos, estamos pasando la gorra solidaria porque los jóvenes artistas tienen que sostenerse de alguna manera.

¿Y qué busca la gente en El Patio?

T: Hay mucha gente que llega y te dice “Me acuerdo de mi abuela”. “Me acuerdo de mi familia cuando nos sentábamos debajo de un árbol.” “Me siento cobijada, siento afecto, siento que no está impostado, que es así, como si fuera al patio de mi abuela.” “Por esto de compartir en la mesa con otro que ni lo conozco, que ni sé quien es, y hacernos amigos”. Sienten la libertad de poderse encontrar, creo que eso es la identidad de El Patio.

F: Cuidamos mucho también los detalles sobre el flagelo de la droga. Por eso tenemos un servicio de seguridad, porque esto es un espacio para las familias. Y la gente humilde, por lo general, tiene muchos hijos. Entonces ellos con un mate, sol, y un poquito de comida, ya pasan el día y se divierten con los hijos. Para eso está hecho El Patio, para que la gente pueda disfrutar.

¿Y cómo llega un día la idea de hacer una Marcha de los Bombos? ¿Cuál era además el lema? ¿Por qué marchaban, digamos?

Ha nacido como algo que era para una celebración, para los 450 años de Santiago y lleva veintitrés años a pedido de la gente. Y se ha expandido, en Argentina tenemos dieciocho lugares.

Y fuera también, en Uruguay.

T: Sí, también.

Y ahora en Barcelona.

T: Sí.

¿Y cuál era el lema?

Despierta Ashpa -o sea, Tierra. Despierta Ashpa al son de los bombos y marcha.

Ponte en pie, que los bombos te despierten. Entonces, es una marcha de resistencia.

Última Marcha de los Bombos en Santiago del Estero. Ph.: Raúl Garrido

T: Es una marcha de resistencia y ha traspasado diferentes gobiernos, en Santiago del Estero y en el país. Y hemos llegado a acuerdos con los gobiernos de que, aunque nos den un subsidio a través de la fundación, porque la organización es inmensa, Santiago del Estero queda colapsado…

F: Tres meses antes no hay habitaciones.

Porque viene gente de todo el país.

T: Y de fuera también. En la última, la fila de personas eran dieciséis cuadras.

Entonces, hemos dicho que no haya ninguna bandera política, de nadie, porque sabemos que es una marcha a la que puede venir gente de diferentes partidos políticos. Y lo mismo con la religión. El mismo cura me ha dicho que no iba a llevar más a la Virgen del Valle para que no se convierta en una procesión “…porque a tu marcha -dice- pueden venir testigos de Jehová, evangelistas, ateos”.

Y la gente va, y se expresa. Creo que es el único momento en que la gente puede expresarse con tanta libertad. O sea, yo creo que es una manera de expresión…

…muy liberadora.

T: Muy liberadora.

Quizás por eso pidieron que se volviera a hacer. ¿Y por eso también se propaga hacia otras geografías?

T: Porque es tan contagiosa. Es algo que no se puede… Es tan difícil de describir. Es que la tienes que vivir.

Estas cosas son fuertes para nosotros. Por ejemplo, particularmente, estar mañana, un 12 de octubre, haciendo la marcha aquí es muy fuerte. Que nosotros podamos estar con nuestros instrumentos milenarios en las calles de Barcelona no es un mensaje simple.

Marcha de los Bombos en Barcelona el 12 de Octubre de 2024.

¿Qué estás afirmando al caminar aquí?

T: Que estamos vivos todavía a pesar de lo que nos ha pasado.

Que estamos vivos y marchamos.

T: Marchamos y no nos han podido doblegar, ni hacernos olvidar nuestra cultura. Estamos aquí.

Pero, bueno, más allá de todo eso, España también ha cobijado tanta gente de la Argentina y de Latinoamérica en los últimos años, así que creo que va a ser muy bueno el encuentro. No se trata de ir al choque sino de compartir y hacerles ver que estamos en el mismo camino de lucha.

Bueno, hay mucho argentino en Barcelona. Me pregunto, si estas iniciativas no representan también un modo de sostener una Argentina simbólica, más allá de lo territorial, ¿no? Una forma de ser, de pensar. Una forma de ser en el mundo.

«No es que nos hemos puesto un objetivo, nosotros seguimos con nuestra vida, esa es la vida nuestra de familia. No hay carteles de publicidad porque es el patio de nuestra casa. La gente llega y nosotros la saludamos y la invitamos a comer sin importar quien sea porque es nuestra forma de vivir, como nos han criado.»

¿Y qué me podés decir del bombo, del instrumento? ¿Con qué se conecta quien toca el bombo, qué expresa el bombo?

F: Te comunicás con la tierra, porque primero que nada el bombo, lo que hoy es un instrumento musical, ha sido un medio de comunicación. Un medio de comunicación como hoy es el celular. Eso es la base de toda la percusión, que se origina en el África y ha sido transmitido a América por los moros. Aunque también los aborígenes del sur hacían un instrumento de percusión que es el kultrum. Único, no hay en otra parte del mundo.

Pero, ¿cómo nace el cajón peruano? Porque los negros esclavos, en el puerto, cuando se retiraba el patrón, después de estar trabajando y trabajando, se sentaban en los puertos, entre el pescado, en los cajones… y empezaban a tocar. Así nace toda la percusión. El africano no necesita un instrumento de cuerda, todo es elemento de percusión. Cualquier maderita la transforman en percusión. El xilofón, el balafón… son tablas como para hacer una silla, y sin embargo es percusión.

Y en Santiago existió mucho negro. Por eso lo de la chacarera y también el bombo, porque hay influencia de la cultura negra. Pero, en esa época, los cueros eran totalmente pelados, entonces cuando lo ajustaban, con los calores elevaba mucho los tonos. Entonces podían transmitir, de acuerdo a los golpes, a la gente que vivía a leguas de distancia – de ahí viene la palabra “legüero”: leguas de distancia-, se comunicaba si había carne, si había baile o si había velorio.

Esperemos que el mensaje que traen con sus bombos llegue, entonces, a estas tierras, de este lado del mar. Muchas gracias a ambos.

«El sol finalizó su función. La luna alumbra las sillas que esperan a la vera de un patio en el que la vida fue río y a veces rió… Sentada, en penumbras, cierro los ojos y abro mi alma a los ecos de otros tiempos. El cuerpo hace de caja de resonancia. Se escuchan risas, cantos, guitarras, discos un poco rayados y aplausos que vienen de otros patios a los que se entra sin necesidad de golpear. Ecos que escriben en la pizarra de la noche una partitura de estrellas, para una nueva función. Otro invitado viene a contarme cómo lo hizo, cómo lo soñó…”  

Así comenzaba esta revista hace cuatro años atrás, bañada en una luz de luna azul y una nocturnidad de estrellas, mientras buscaba la complicidad del silencio para alojar el sagrado secreto del arte.

Hoy, el patio se llenó de día cuando Froilán y Tere hicieron resonar con sus bombos el latido eterno de una chacarera y los pañuelos soltaron al viento su secreto de alegría y fraternidad. Sentimientos templados al calor de una ronda solidaria que habita en su patio. Espejos de un pasado más humano y de otros patios que, todavía hoy, resisten en su intento de cobijar la memoria viva de un pueblo, y al hacerlo fraguan la patria.

Flavia Mercier

Peteco Carabajal: “Yo soy alguien que, con mucho miedo, me largo a la incertidumbre.”

De cuna de músicos del folclore santiagueño, Peteco Carabajal lleva cincuenta años de carrera artística, a pesar de que, según cuenta, en aquellos años rebeldes de la adolescencia era una idea que casi rechazaba. Comenzó en 1974, de una manera casi azarosa con Santiago Trío. Al tiempo, una vez más la suerte se conjuró para que integrara Los Carabajal durante diez años, hasta ingresar a MPA junto con Chango Farías Gómez, Verónica Condomí, Rubén Izaurralde y Jacinto Piedra. Más tarde formaría el grupo Santiagueños con Jacinto Piedra y Juan Saavedra. Finalmente, desde 1991 se lanzó como solista, compartiendo escenario con grandes de la música popular argentina como Mercedes Sosa o León Gieco, hasta convertirse él mismo en un referente. En los últimos años, además de su carrera como solista, integra el grupo Riendas Libres con sus hijos, Martina y Homero. Una entrevista que testimonia cómo el azar confluye con el deseo.

Ante todo, muchas gracias por la posibilidad de esta entrevista. La intención es explorar tu recorrido artístico, no para construir un currículum, sino para entender los porqués detrás de cada viraje en tu camino. ¿Qué deseo te impulsaba, como artista, a seguir?

En ese sentido, se dice que cumplís cincuenta años de trayectoria, pero para mí se queda corta esa cuenta, ya que tu viaje con la música viene desde la panza de tu mamá, más o menos. O sea, naciste en cuna de músicos.

Sí, sí.

¿Y cómo fue esa infancia, rodeado de música? ¿Cómo te marcó para que éste fuera tu camino y no otro?

Lo más antiguo que recuerdo es en la casa de mis abuelos, allá en La Banda. Mi abuelo era músico aficionado. Mi abuelo, mis tíos, en la casa… instrumentos. Recuerdo una vez que me estaban buscando… sentían un sonido… y finalmente me encontraron en un guardarropa donde yo estaba metido tocando una mandolina, que es un instrumento europeo, italiano, y que, por esas cosas, como el violín y el arpa, quedaron como instrumentos típicos para la música folclórica santiagueña. Andrés Chazarreta tenía una mandolina en su grupo, además de violín, flauta y arpa.

¿De qué edad estamos hablando?

Y, no sé… A lo mejor dos años y pico, tres.

Era algo muy íntimo, porque te encerraste en un armario para probar ese instrumento.

Sí.

¿O porque era una travesura?

Y, no lo recuerdo. Lo que recuerdo es que después todos lo contaban y a mí me quedó esa anécdota en la memoria para siempre.

Al tener todos esos instrumentos en tu casa ¿fuiste a hacer clases de música o tu aprendizaje fue más cercano a la experimentación, como esta anécdota?

Fue así. A los cinco años, más o menos, seis, aprendí a tocar la guitarra, las primeras notas, porque mi hermana más grande, Graciela, ya tocaba. Y lo tenía a mi papá que había empezado a hacer un trabajo con la música en Buenos Aires, integrando, formando grupos, componiendo también, siendo autor y cantor. Entonces, de un día para otro, ya estaba sabiendo tocar la guitarra.

Y de lo que me acuerdo es que allá por los siete años, más o menos, de alguna manera lo sorprendía a mi viejo, porque sacaba cosas que él no me enseñaba. Sacaba punteos de chacareras y esas cosas y se las hacía escuchar y él se sorprendía. Porque yo usaba mucho la lógica para darme cuenta mirando, con inteligencia, escuchando, poniendo toda la atención en poder sacar cosas.

Un autodidacta.

Sí, sí, autodidacta. Hasta el día de hoy. Por ejemplo, hoy en día puedo llegar a hacer cosas que el que las escucha dice “¡Uh, mirá qué arreglo que hizo!” Y a lo mejor lo grabé solo o lo hice grabar por músicos que conozco sus características, sus posibilidades, y hablando, les paso los arreglos. Las ideas más que los arreglos. No hay arreglos, pero después vos lo escuchás y decís “¡Mirá qué arreglos!”.

Y también, muchas veces grabé solo, producciones donde vos escuchás dos, tres guitarras bien armonizadas, bien puestas. Hay tipos que llegan a eso a través del estudio. Bueno, yo también. Esta es una forma de estudiar y de aprender, nada más que no fue académica.

No fue académica, pero tuviste tus maestros. ¿A quién llamarías maestro?

Y… a mi papá, al Chango Farías Gómez, a muchos compañeros que conocí en el camino artístico.

«Me acuerdo que allá por los siete años, más o menos, de alguna manera lo sorprendía a mi viejo, porque sacaba cosas que él no me enseñaba. Sacaba punteos de chacareras y esas cosas y se las hacía escuchar y él se sorprendía.»

¿Y cuándo llegó el escenario?

El escenario llegó a los 17 años. Una noche que salimos a bailar con mi primo Roberto y con un amigo del barrio de Morón. En ese momento yo era un chico que trabajaba en la encuadernación de libros y que con lo que ganaba me alcanzaba en una quincena para comprarme, a lo mejor, un pantalón y a la otra quincena recién un pullover, una camisa. Y después, un par de zapatos. También, cantaba y tocaba la guitarra, pero nunca se me había ocurrido que la música iba a ser mi vida o mi camino.

¿No?

No, no. Es más, yo lo rechazaba un poco.

¿Ah, sí?

Íntimamente fui un poco rebelde con mi papá. Pero nunca lo manifesté de manera que sea problemática, pero no me gustaba eso, me aburría soberanamente en las peñas. Yo quería estar con mis amigos en Morón, bailar.

En ese tiempo bailábamos en los asaltos, como les llamaban, en las casas de los amigos. Y cada tanto, como esa noche, nos animábamos e íbamos a bailar a Ramos Mejía, que estaba muy de onda. Todo Buenos Aires iba a bailar a Ramos Mejía. De la Capital, de todos lados. Bueno, anduvimos caminando hasta la madrugada y no entramos a ningún boliche. No sé si anda bien el recuerdo, pero creo que no teníamos plata para entrar, para sacar una entrada. El asunto es que, cuando volvíamos, ya como a las 4 de la mañana del domingo, en medio de ese ruido de boliches, del frenesí, imaginate la avenida Gaona llena de todos pibes jóvenes, felices, todos se reían, y nosotros tres nos íbamos medio vencidos, sin haber hecho nada, sin haber conocido a nadie, sin guita. Y escuchamos bombo y guitarra desde adentro, en ese lugar. Increíble. Lo que menos pensábamos escuchar.

En ese ambiente…

En ese ambiente. Y entramos a curiosear. Era una peña que ya había terminado y que estaban de guitarreada en una mesa. Se llamaba Gaucho’s House, bien típica también del lugar y de esa época. Era como un pub, lo que después se llamó pub. Entramos, saludamos, nos sentamos los tres en un costado, y en un momento se levantó uno de la mesa, vino y me dijo, “¿Vos sos Peteco, el hijo de Carlos?”. “Sí”. Y me dice, “Vos has estado en mi casa, yo soy hermano de Leo Dan”.

Ajá.

“Ah, sí, me acuerdo.” Era verdad, yo había estado con mi papá en la casa de Leo Dan, porque ellos eran amigos, habían hecho temas juntos.

Entonces, él ha pedido la guitarra y me la ha pasado y hemos cantado con Roberto, mi primo, cosas que teníamos sabidas por familia, no porque quisiéramos ser un dúo. Las chacareras de la familia, alguna de Los Hermanos Ábalos o de Julio Argentino Jerez, del repertorio santiagueño, cosas para animar un poco el fogón que se había armado. Un poquito, unas tres, cuatro chacareras. Y viene el dueño a hablar conmigo, a proponerme que vayamos a trabajar ahí. Y yo le digo que no, que nosotros no éramos un dúo constituido. Y el tipo dice, “Che, pero son buenos, lo hacen bien, ¿por qué no te animás a cantar?”. “Y, bueno, está bien”. Y dice, “¿Cuánto quieren cobrar?”. “No sé. Paganos lo que le estás pagando a los que trabajan aquí”. Y así a la semana siguiente empezamos a cantar ahí con mi primo Roberto, a dúo y cobrando. Ya cobrando.

Con 17 años.

Sí, sí, 17. Y a los tres, cuatro meses, más o menos, que empezamos a cantar los viernes y sábado, teníamos éxito con mi primo. Era un dúo distinto a todo lo que se escuchaba en esa peña, nadie tenía ese repertorio de chacarera. Porque esto era el año 73, la chacarera no era para nada lo que es hoy en día en todos lados. Ahí nadie la conocía y nosotros teníamos eso, justamente, ya en aquel momento.

Y la gente se volvía loca.

Sí, sí, sí, gustábamos mucho. Después nos enteramos que, enfrente, también había una peña. Ahí sobre Gaona, casi a la altura de la estación de Ramos Mejía, estaba Doña Manuelita, la otra casa, un poco más, si se quiere, conservadora (ríe). Gaucho’s House era más juvenil.

Y la otra más tradicional.

Sí, Doña Manuelita era más tradicional. Y nos cruzamos, y escuchamos cantar a un chango santiagueño que nos gustó y nos acercamos a él, más que nada por ser santiagueño. Empezamos a charlar, y nos empezamos a ver cada fin de semana y en un momento nos dice: “Che, estaría bueno armar un trío”. Y bueno, lo pensamos con Roberto, lo hablamos y, finalmente, empezamos a ensayar a trío y experimentamos en el Gaucho’s House, y en Doña Manuelita también, y en Morón, y empezamos a buscar trabajo como trío. Yo dejé de trabajar en la encuadernación y eso fue fatal e importante.

¿Por qué fatal?

Porque a partir de ahí ya no tuve la seguridad de ninguna plata.

Tenías que salir a buscar la comida.

Tenía que salir a buscar y era muy difícil, no era fácil en ese momento para nosotros ir y pedir que nos paguen. No teníamos discos, nada. Entonces, estuvimos así mucho tiempo, un año por lo menos, sin recibir más que lo que cobrábamos el fin de semana.

Pero, sin embargo, lo hiciste, te la jugaste, hiciste la apuesta. ¿Por qué? ¿Era lo que necesitabas para seguir creciendo o porque ya no te aguantabas más en la encuadernación?

Porque yo en ese tiempo era totalmente inconsciente. Por ejemplo, a la encuadernación no fui ni siquiera a saludar. Un domingo me fui a la peña, había poca gente, no había show, nada, pero nos quedamos hasta tarde. Y el lunes fui medio sin dormir, ¿viste? Y el sábado siguiente fui otra vez sin dormir. Y el domingo fui de vuelta a la peña y el lunes andaba en la máquina que me quedaba dormido. Y una vez no fui, al otro día no fui, falté tres días seguidos, y no fui más, ni a cobrar.

No es que lo decidí porque veía en la música el camino, nada. Lo decidí porque no quería ir más así, sin dormir, ¿viste?, ya me dio fiaca. Y después no me animé a ir a hablar, a explicar. Otro paso más que daba en mi vida, reimportante, pero que daba sin darme cuenta. O, no sé, escapándome, no sé cómo decirlo. ¿Vos que sos psicóloga qué decís?

Te dejabas guiar por aquello que te hacía sentir bien.

Te voy a contar una cosa para que veas, más o menos, cómo era. Yo terminé la primaria en un colegio de barrio y fui becado por el colegio de curas maristas del centro de Morón. Nosotros no podíamos ir a esa escuela, era imposible, pero ellos daban una beca para cada escuela y la de la mía la gané yo. Así que fui a estudiar la secundaria al colegio Hermanos Maristas. Dos años estudié. Cuando estaba en tercer año, un día subo al colectivo y me encuentro con un chango del barrio, Juan Carlos Quintero. “Hola, ¿qué hacés?” Y me dice, “Boludo, llego tarde”. “Yo también creo que llego tarde”. Yo iba a la escuela y él iba a trabajar. “¿Y si no vamos?”, me dice. “Bueno, dale”. Nos tomamos el tren en Morón, colados, por supuesto, y nos fuimos a Once. Empezamos a caminar por Corrientes, a conocer…

La capital.

La capital. Volvemos a Morón, vamos hasta Castelar donde la semana anterior habíamos estado en un cumpleaños de 15 de unas chicas, pero que no las conocíamos, no éramos amigos, habíamos entrado colados. Y a la semana estábamos ahí, de vagos, nos acordamos y dijimos “Vamos a la casa de las chicas”. Y nos reciben, che. Era ya cerca del mediodía y nos quedamos como hasta las nueve de la noche plomeando en esa casa. Nos vamos, llego a Morón, el barrio ya estaba oscuro, calle de tierra, ¿viste?, bajo del colectivo y estaba mi viejo en la parada. Ahí recién he caído que era tarde y que yo no había vuelto.

Y no había celulares para avisar.

“¿Qué hacés?”, me dice. “Nada.” “¿De dónde vienes?” “De pasear y andar con Quintero.” “¿Y la escuela?” “No he ido. Me fui a la Capital”. Primera vez en mi vida que hacía una cosa así. Yo no me hacía la rata (faltar al colegio sin permiso), como se dice comúnmente, o la cuca. Y bueno, vamos para la casa y mi viejo me dice, “¿Y tu mami?” “¿Y mi mami?” “Y, ahí anda, en la policía, en los hospitales.” Y era verdad, no estaba. Llegó tarde, llorando, y me encuentra a mí. Bueno, recibí de mi mami el llanto y los gritos, y de mi papi pocas cosas, pero fuertes también. Y en un momento me preguntan por qué no había ido a la escuela. No sabía qué decir, y pareció como que otra voz ha hablado con seguridad: “Lo que pasa es que no quiero ir más a esa escuela”. “¿Y por qué?” Y ahí he dicho algo que me pasaba. Porque en esa escuela… la beca me ha hecho ir, pero después yo no podía conversar con ninguno de mis compañeros porque ellos contaban viajes a Miami y todo, y no iban a mi barrio. Nunca he podido llevar a uno a mi barrio. Y una sola vez he ido a la casa de un compañero. Porque ellos vivían en el centro de Morón, en el centro Castelar. Casas, autos, qué sé yo. Una cosa social totalmente distinta y que yo no podía compartir. Y ahí me ha salido, ¿has visto? Y me he clavado en esa. Y no he vuelto a estudiar a esa escuela. Finalmente, me he salido con la mía. Pero sin… sin… El día anterior, si yo no me encontraba con Quintero, nunca hubiese dejado la escuela.

Sí, pero el azar trae lo que uno está buscando.

¿Ah, sí? (Ríe).

El azar trae muchas cosas, uno encuentra lo que está buscando.

Pero yo no lo sabía.

Pero vos no estabas bien, de alguna manera, inconsciente, quizás, buscabas una salida de ese malestar.

«Yo soy alguien que, con mucho miedo, me largo a la incertidumbre. Con mucho miedo.»

Y, ¿cómo siguió tu carrera después de Gauchos’ House y Doña Manuelita?

Bueno, a ese que encontramos con Roberto para formar Santiago Trío, lo convocan Los Huanca Huá, un conjunto famoso en ese momento, y él se va. Era difícil decirle que no a Los Huanca Huá. Entonces, con Roberto quedamos en banda. Y justo Los Carabajal volvían de una gira por Europa, y se desvinculan dos integrantes que no eran de la familia, entonces ellos hablan con nosotros, con Roberto y conmigo, para integrar nuevamente y ser los cuatro Carabajal. Con Kali, Cuti, Roberto y yo. Y esa formación anda por diez años.

Bueno, ahí viene otra cosa de mi carácter. Diez años ando con ellos y me parecía que nunca me iría, que…

Que no ibas a salir nunca de ahí.

Nunca, nunca, porque amaba eso. Pero ya desde los años 80 me empiezan a aparecer cosas en mi vida que me iban de alguna manera abriendo otras. Lo conozco a León Gieco en relación con Mercedes Sosa, con Tarragó (Ros), con Teresa Parodi. Entonces, si bien seguía con Los Carabajal cantando en los festivales y poniéndome ropa de gaucho, de pronto aparecía en un concierto tocando el violín con Léon Gieco y ese público ya me conocía.

Resulta que sale un viaje a Libia y el día que vamos a la embajada a arreglar el viaje, me encuentro con Jacinto Piedra, con quien éramos compinches, cantor también. A mí me encantaba andar con él, andábamos todo el día juntos, a la noche quién sabe dónde terminábamos, a la madrugada, siempre cantando, era el único con el que yo podía hacer esa vida porque también estaba solo y los demás Carabajal tenían sus familias. Bueno, lo encuentro ese día y le digo, “Acompañame”. Y cuando ya teníamos arreglado el viaje le digo a la chica de la embajada, “Che, ¿habrá un pasaje más?”. Bueno, el asunto es que lo enganchamos a Jacinto, viene a Libia y a la vuelta pasamos por Italia porque desde ahí volábamos a Argentina que teníamos pendiente una actuación en Berazategui. Pero, el día que llegamos a Roma, a la mañana le digo a Jacinto “Vamos a pasear”. Anduvimos hasta la tarde, casi noche, y en un momento pasamos por una estación de trenes, y le digo: “Espera un cachito aquí”. Voy y me fijo, “Viena, 21:30 horas”, y eran las 20. Salgo, “Jacinto, ¡vamos! Vamos al hotel, vamos al hotel. Agarrá las cosas.” Dejo una nota, “Me voy a Viena, muchachos”. Yo tenía a mi hijo en Viena que había viajado hacía un mes, pero no sabía dónde estaba.

El asunto es que anduvimos casi dos meses porque, después, fuimos a Francia a buscar a Juan Saavedra, después a Holanda a ver a una hermana de Jacinto, así que, cuando vuelvo a Buenos Aires, ya no era de Los Carabajal, me habían sacado.

Ni siquiera ha habido necesidad de que yo les diga… Nunca les hubiese dicho…

“Me voy.” No era algo que vos podía decir.

No, no era algo que yo podía decir.

Entonces, no de una forma premeditada, pero quizás provocaste que te lo dijeran ellos.

Claro, y ni nos hemos peleado. Nos encontramos de vuelta a la semana y todo seguía como siempre y ahí yo he sentido que ya estaba en otro lado, y que me acomodaba.

¿Por qué te cuento todo esto? Porque son un montón de pasos imposibles que, si yo lo pensaba, los planificaba…

Imposibles de planificar.

Sí, imposibles de planificar, pero, sin embargo, han ocurrido.

Los Carabajal, 1978. De izq. a der.: Cuti, Roberto, Kali y Peteco Carabajal

Y te dejaste llevar… otra vez.

Me he dejado llevar, sí, pero, ¡mirá que cuando me he ido de Los Carabajal ha sido muy doloroso!

¿Para vos o para todos?

Para todos, para todos. Sin embargo, hoy todo el mundo reconoce que el que me haya ido ha provocado un montón de aperturas en ellos también, en Los Carabajal, en Cuti, en Roberto, después en Roxana. O sea, todo el mundo ha podido manifestarse y ocupar su lugar. Algo que no iba a pasar si yo seguía con Los Carabajal.

¿Y cuándo dirías que empezaste a ser Peteco Carabajal?  ¿Fue una lucha ser Peteco y no ser uno de Los Carabajal? ¿O fue algo que también se dio?

Ahí entramos a MPA (Músicos Populares Argentinos) con Jacinto, después hicimos Los Santiagueños con Jacinto Piedra y Juan Saavedra. Recién en el 91 arranco como solista.

¿Vos te sumás con Jacinto a MPA, o lo hacen entre todos?

En el año 83, 84, aparece el Chango (Farías Gómez) porque yo lo invito a grabar con Los Carabajal. Y en el 84 seguimos encontrándonos, y una vez que me invita a quedar, vuelve a pasar lo mismo: me encuentro con Jacinto Piedra y le digo “Acompañame.”

Siempre con tu compañero de aventuras.

Sí, Jacinto lo ha sido por mucho tiempo. Vamos. Era en una sala de ensayo y ahí estaban el Chango, Verónica Condomí y El Mono Izaurralde. Ni lo conocían a Jacinto, pero ese día ha quedado conformada la juntada que después ha sido MPA, porque, cuando Jacinto ha cantado, todos han quedado enloquecidos con él. Cómo será que a Chango le han dado ganas de invitarnos a su concierto, que iba a ser una semana después en Córdoba. Vamos los cinco con un ratito que hemos tocado juntos, sin ser MPA todavía, nadie había hablado de nada todavía, y es tal el impacto que produce el sonido que nosotros forjamos esa noche, lo que pasó ahí en el Teatro San Martín de Córdoba -estaba lleno- que era obvio que nos teníamos que juntar de vuelta a ver qué había pasado.

¿Qué querés decir con “lo que pasó”? ¿Lo que se vivió a nivel del público, a nivel de ustedes?

Sí, nosotros y el público. Nosotros increíblemente sorprendidos de lo que estábamos produciendo en ese sonido y cómo parecía que hubiésemos tocado toda la vida juntos y la reacción del público que era una química impresionante, un grupo impresionante estéticamente, tenía todo, algo que no existía, lo teníamos ahí nosotros en la mano. Y eso nos dimos cuenta en la próxima juntada ya en Buenos Aires. El Chango ahí habló de MPA, él ya lo venía maquinando, y hemos estado todos de acuerdo en el nombre y también en las ganas de seguir juntándonos y así hemos hecho dos discos, viajes, cosas.

Hasta que aparece Juan Saavedra, que volvía de Francia a la Argentina y llega cuando nosotros estábamos por hacer una presentación en el Teatro Alvear, en la calle Corrientes. Estábamos en el escenario, tocando, en un momento del concierto que era muy místico y se aparece allá en la punta, Juan Saavedra, che, bailando.

¿Improvisadamente?

Improvisadamente. Ha aparecido de golpe, sin que nosotros supiéramos que estaba en la Argentina. Él ha llegado ese día y a la noche ha ido a vernos ahí y se ha ido por el costado y en el momento justo ha entrado directamente a bailar. ¡No sabés lo que ha sido el teatro!

Lástima que no había celulares.

La bomba nuclear.

¿Te acordás qué tema era?

Creo que “Te voy a contar un sueño”, el de Jacinto. Y al otro día volvíamos a estar en el teatro y Juan ha intervenido, también, y ha vuelto a producir lo mismo, y a nosotros también. Era obvio que con alguien como Juan Saavedra hubiese sido la sensación, el grupo. Una cosa increíble. Imaginate Juan Saavedra a los 45 años. Era todos los chamanes juntos que te puedas imaginar, los budas y los jesucristos, todos juntos en él y el diablo encima.

Yo me moría por que Juan se integrara. Si lo hubiera hecho, hasta el día de hoy seguíamos, porque era una bomba única. Pero no pudo ser. Así que a fin de año hemos viajado a Santiago con Jacinto para poder estar libres nosotros de hacer lo que quisiéramos con Juan.

MPA, Músicos Populares Argentino, 1985. De izq. a der.: Rubén «Mono» Izaurralde, Jacinto Piedra, Peteco Carabajal, Chanco Farías Gómez, Verónica Condomí.

O sea, ahí se termina MPA y ustedes dos se van.

Antes nos fuimos de gira a Perú y en los dos últimos días que estábamos en Perú apareció un chango que nos ha invitado a Jacinto y a mí a la montaña, a Marcahuasi, un lugar donde hay ruinas y es mágico. Y bueno, cuando volvemos a Lima, era el día antes de viajar, yo los convoco a MPA a una charla y ahí les aviso que me iba a fin de año a Santiago del Estero. Cuando yo he llegado al hotel sentía que ya estaba fuera.

Que ya había terminado ese tiempo.

Sí, sí, sí. Como si hubiese entrado en una máquina del tiempo que me ha hecho una cosa y cuando he vuelto ya era otra persona.

Era otra dimensión.

Sí, otra dimensión.

Como un extraño en el sitio habitual.

Incluso cuando llegaba a Buenos Aires estaba con la mamá de Homero y yo me estaba mirando en el espejo y ella me miraba de allá y me dice que me veía viejo.

Bueno, el asunto es que nos vamos a Santiago, se viene Jacinto, Juan vuelve nuevamente a la Argentina desde Francia, nos encontramos en Santiago y armamos Los Santiagueños. Que ha sido un grupo que ha hecho un trabajo de movilizar la cosa en Santiago. Hasta el día de hoy se podría decir que la influencia está.

¿Qué te llevó a querer volver a movilizar la cosa en Santiago cuando estabas en pleno apogeo? ¿Qué impulso sentiste dentro que dijiste “Tengo que producir algo ”?

Había varias cosas. Una era el gusto, por ejemplo, de cantar con Jacinto. Me gustaba mucho cantar con él porque no sólo era la voz sino también era la composición, las ideas. Y con Juan ni qué hablar.

Se entendían como hermanos.

Claro, nos entendíamos como hermanos y vivíamos de una manera muy… que poníamos en práctica muchas cosas… que después uno debe pasar a otro estado, pero en ese momento estábamos los tres predispuestos. Por ejemplo, no sé, por decirte: nosotros nos íbamos a la orilla del río y nos quedábamos hasta la madrugada conversando, mirando las estrellas, encontrando las constelaciones.

Apreciando las pequeñas cosas de la vida.

Sí, cosas que nadie hace y eso lo poníamos en práctica y conversábamos sobre sueños, sobre qué podemos hacer. Vivíamos así, vivíamos intensamente la cosa de andar en la calle de Santiago, andar en las calles, en las casas de los amigos. Un poco así porque también era nuestra realidad, ninguno de nosotros tenía casa cuando hemos vuelto a Santiago. Entonces andábamos a pleno como en la bohemia artística.

¿Qué edad tenías en esa época?

30 años.

Los Santiagueños. De izq. a der.: Peteco Carabajal, Jacinto Piedra y Juan Saavedra.

«Yo cambié, cambié para bien, para mí, ¿no? Cambié y acepté este camino aún antes de comprenderlo del todo, aún antes de tomar decisiones ya sí bien conscientes, pero lo viví, lo viví a full.»

Y de todos los escenarios en los que estuviste, ¿cuál es el que a vos más te emocionó? Más allá de que sea el más grande, el más importante.

Los escenarios, por ejemplo, de teatros en Buenos Aires, el teatro Astral donde grabamos con MPA y el Ópera dondepresentamos cosas también importantes. Esos escenarios… el teatro Alvear… También he estado en el Luna Park en acontecimientos muy fuertes y de mucha gente. Ninguno solamente mío, pero sí en noches gloriosas de música y de presencia. En el Teatro Colón, también. Dos veces he estado en el Teatro Colón tocando el violín y cantando.

¿Qué se siente? ¿Te produce algún tipo de viaje, como pensar “Yo que empecé en esto casi sin querer, ahora estoy acá en el Teatro Colón”?

Eso, a lo mejor, lo puedes pensar en el momento del camarín o cuando vas hacia el escenario, pero en el escenario ya no. Ahí en el Colón sentí un poco de nervios de equivocarme. No quería equivocarme en nada. No quería que nada salga mal. Entonces estaba un poco tenso, con mucha atención en todo lo que estaba haciendo.

Y por supuesto que actuar en Santiago, siempre. Y si tuviese que elegir un lugar en el que me he sentido así muy, muy bien, es en el Patio del Indio. Un día domingo que hay mucha gente, que subo solo con la guitarra y hay un acompañamiento de bombos, y empieza como un ritual ahí de recuerdos y de emociones, y de gente cantando, y las canciones que van saliendo… es increíble.

Lo mismo en Cosquín también me pasa eso, que es un escenario que lo quiero mucho, que lo respeto mucho, porque ahí han estado los más grandes de la música popular y todos lo han honrado y lo han prestigiado. Entonces a mí me gusta verlo y jugar desde ahí. O sea, no ir y no darme cuenta de que estoy en un lugar sagrado.

¿Y cuándo te vio por primera vez tu papá, tocando en público?

Cuando tenía 16 años, estaba en Santiago, andaba de vaguito, y a mi papá le ha salido un trabajo en el Festival de la Tradición Añatuya, y me ha dicho, “Acompañame con el bombo”. Entonces el tío René me ha prestado un traje azul, camisa blanca, corbata, zapatos. Y he ido y he tocado el bombo en un festival, en un escenario, con mi papá. Y si yo hubiese querido, hubiese subido con él muchas veces al escenario, pero nunca he subido con mi papá salvo esa vez para tocar el bombo.

Porque vos no querías.

Yo no quería, no me interesaba, estaba lejos de eso.

«Yo me callaba, escuchaba, escuchaba, absorbía, absorbía, y en un momento dado empezó a salir todo ese bagaje de aprendizaje de mucha gente, de muchas ideas…»

¿Y Mercedes?

Y Mercedes (Sosa) ha sido muy importante para mí, muy importante en mi vida, grabándome temas, cantando canciones mías, hablando de mí, haciendo giras, dándome trabajo, dándome consejos, cariño, amor.

¿Hay alguna anécdota especial con ella que quieras compartir?

Y, por ejemplo, cuando le fui a pedir si me podía llevar de gira, porque había localizado a mi hijo en Kenia, hacía un año y pico, y le venía escribiendo a la mamá, entonces a mí se me ocurrió ir a Europa para de ahí poder viajar, porque averiguaba y todos los viajes a Kenia eran desde Europa. Entonces, un día se me ocurrió que con Mercedes lo podía hacer, y fui a hablar con ella y le dije: “Mirá, Mercedes, tengo que ir, mi hijo está viviendo en Kenia y yo vengo a ofrecerte mis condiciones como músico, toco la guitarra, el violín, la quena, el charango, percusión, puedo cantar”. “A ver, esperá un poquito. Fabián -al hijo- vení, anotalo a Peteco que va en la gira con nosotros”. Ni siquiera le ha preguntado si era posible o nada, se lo ha dicho directamente.

¿Y qué aprendiste estando a su lado, algún consejo, alguna sabiduría que Mercedes te haya transmitido, que creas que valga la pena compartir?

Muchas cosas que son muy difíciles de explicar, cosas que he sentido en el escenario con ella, silencios, actitudes, o fuerzas que cuando estás en una gira completa escuchándola casi todos los días y vuelves a sentir lo mismo en el mismo lugar, vos te das cuenta que aquí hizo algo técnico con la voz, que pasa imperceptible, pero que te llega. Ese tipo de cosas así. Verla cantar sin que se le mueva un músculo de la cara y todo lo que estaba diciendo es contundente y es clarito. Todo ese tipo de cosas yo las pongo en práctica conmigo también. De cantar en lo posible ahí, con el micrófono bien cerquita, diciendo que lo importante es el color de voz, no lo que yo intelectualizo con respecto a una interpretación, sino el color de voz natural.

Mercedes Sosa y Peteco Carabajal.

Hace unos meses decidiste apoyar que se hiciera la Casa de Santiago del Estero en Barcelona, después la primera Marcha de los bombos en Barcelona. ¿Cuál es el tesoro que tiene Santiago que querés que se transmita al mundo?

La Casa de Santiago del Estero me pareció un vehículo importante para poder tener alguna conexión, alguna ayuda, por mínima que sea, hacia una comunidad artística o hacia ideas o proyectos artísticos que tengan que ver con la Argentina, con Santiago. Entonces, una vez que ha aparecido esta posibilidad a través de Sergio (Lorenzo) -con quien hemos estado hablando casi nueve años- cuando estaba la casa ya para inaugurarse, he dicho que para mí la primera tarea era empezar a ver la posibilidad de compartir, de traer y dar a conocer cosas que allá tienen vigencia. No cosas que pertenecen a una tradición de museo o viejas tradiciones, sino algo que está vivo y que tiene práctica y que convoca a muchísima gente, muchos turistas. Miles de personas vienen a Santiago por esto, pagan hotel, conocen un montón de otras cosas de Santiago, solo por la Marcha de los Bombos, por ejemplo. Para mí era lo más lógico. Y lo más fácil también, porque soy amigo con ellos, somos hermanos (El Indio Froilán y Tere Castronuovo organizadores de El Patio del Indio Froilán en Santiago del Estero y de la Marcha de los Bombos). Me han dicho que sí inmediatamente, nos hemos sacado los pasajes nosotros y la marcha se ha concretado. Ahora estamos soñando con el Primer Festival Internacional de la Chacarera en el Mediterráneo.

Peteco Carabajal junto al Indio Froilán en La Marcha de los Bombos.

Es eso, es empezar a traer cosas posibles. No puedo, por ejemplo, decir que vamos a traer las leyendas y esas cosas porque ojalá. Eso se va a dar naturalmente. O que ahora la Casa Santiago del Estero va a estar en condiciones de traer a todos los artistas antiguos, tampoco. Pero, sí, vamos a tratar de que sea una herramienta como para que los artistas santiagueños tengan una pequeña ayuda, una conexión, algo que los movilice.

Y, también, porque cuando yo empecé a viajar, en el 2015-2016, empecé a venir solo. Después ya vine con Riendas Libres y en el 2020 con la pandemia se cortó -lástima, porque había viajado cuatro años seguidos- cuando estaba a punto de concretar lo que para mí hace falta concretar, que es consolidar un poco la seriedad y el conocimiento real sobre la chacarera aquí en Europa.

Digamos, entonces, que lo que te moviliza con todo este proyecto es, sobre todo, transmitir la esencia de la chacarera.

La verdadera esencia de la chacarera. Porque, cuando yo empecé a venir a Europa, dábamos un taller sobre chacarera -yo incluso lo he dado, sin ser bailarín- para que bailen, con mi propia música. Les tocaba Puente Carretero y les indicaba cómo tenían que bailar y en una clase lo que terminaban aprendiendo era la coreografía. Y a lo mejor a los dos meses de ese taller, alguno que estuvo ya andaba dando talleres también en otros lados. Entonces, se va desvirtuando. Porque también pasa que han venido muchos argentinos, y que aquí por una necesidad de trabajar…

Se han hecho maestros o profesores.

Sí, se han hecho maestros y profesores, sin haberlo sido.

No por vocación.

No es que yo me ponga en juez y que vaya a condenar, pero mientras yo pueda voy a tratar de clarificar un poco el panorama.

¿Y cómo definirías la verdadera esencia de la chacarera?

No sé si la verdadera. Sí, lo he dicho yo… En este momento, yo tengo la conexión de los grandes maestros, del linaje de maestros que hemos tenido desde Andrés Chazarreta, Los Hermanos Ábalos, Los Hermanos Simón, Los Hermanos Toledo, Los Hermanos Juárez, Los Hermanos Díaz, Los Hermanos Ríos, Los Manseros Santiagueños, Los Carabajal, Sixto Palavecino, Cristóforo Juárez, Raúl Truyenque, Juan Carlos Carabajal, toda la familia Carabajal, mi papá, Agustín, Cuti, Alfredo Ábalos, bailarines, la familia Saavedra, los grandes maestros bailarines, los nuevos, las chacareras de antes, las nuevas, los cambios que ha habido, los grupos como MPA, Santiagueños, las grabaciones, los éxitos, todo todo lo voy manejando. Esa ha sido mi pasión y es como mi tesoro.

Lo cuidás como un tesoro. Y te preocupa que se cuide.

Lo cuido como un tesoro, claro.

¿Qué de aquel pibe que no quería, pero se dejó llevar, todavía está vivo en vos, todavía te guía, te orienta? ¿Cuánto cambiaste? ¿Cuánto seguís siendo el mismo?

No, yo cambié, cambié para bien, para mí, ¿no? Cambié y acepté este camino aún antes de comprenderlo del todo, aún antes de tomar decisiones ya sí bien conscientes, pero lo viví, lo viví a full, ¿viste? Pero nunca fui alguien que… no sé… A lo mejor es una cuestión de carácter, pero yo me callaba, escuchaba, escuchaba, absorbía, absorbía, y en un momento dado empezó a salir todo ese bagaje de aprendizaje de mucha gente, de muchas ideas…

Se articuló como en un caudal y salió.

Sí, sí. Y, por ejemplo, nunca he sido muy lector, y, sin embargo, me parece que hubiese leído todos los libros importantes que hay que leer.

¿Porque escuchaste hablar de ellos?

Los escuché, a lo mejor alguien hablando de un libro o contándome… Tuve compañeros muy importantes, el Chango Farias Gómez te quemaba la cabeza. Entonces, con él aprendí muchísimo. León Gieco, Mercedes, gente muy fuerte que han aguantado y han pasado por cosas muy fuertes. Todo ese tiempo que estaba con ellos y que yo no hablaba, pero iba absorbiendo, hoy en día lo pongo en práctica. Es como honrarlos, también, un poco.

«¿Por qué te cuento todo esto? Porque son un montón de pasos imposibles que, si yo lo pensaba, los planificaba… imposibles de planificar, pero, sin embargo, han ocurrido.»

¿Y cómo ha sido la transición de haber tocado con los adultos de tu familia a pasar a integrar un grupo con tus hijos? ¿Tomar vos ese rol de acompañarlos, de pasarles lo que a vos te pasaron?

Sí, fue de a poco y también asumir que ese camino me pertenecía, me correspondía y que tenía que asumirlo. Y por suerte hoy puedo estar con ellos.

¿Te lo pidieron ellos o …

No, no, no.

…fue una propuesta tuya?

Sí, sí, una propuesta mía. Porque yo he hecho casi 20 años como solista y en los últimos años ellos formaban parte del grupo que me acompañaba, Homero y Martina. Y pasaba que, por ejemplo, terminamos de tocar en algún lado, subíamos al micro para viajar, y yo sacaba la guitarra e iba tocando así en la oscuridad, despacito, tres, cinco de la mañana… Y todos los demás, auriculares y a dormir. Y Homero era el único que se quedaba despierto y también sacaba la guitarra y me acompañaba. Entonces digo, “Homero es de los míos”. Por ese tipo de cosas uno a veces decide, ¿no?

Riendas Libres. De izq. a der.: Martina Ulrich, Homero Carabajal y Peteco Carabajal.

¿Y qué sacás de la experiencia como solista y de la experiencia en grupo? ¿Cuál es la riqueza de cada una?

Yo tenía la experiencia de grupo como Los Carabajal, donde éramos familia. Ahí todo se hacía bajo esa órbita, familia. Después MPA, que ha intentado ser un grupo donde se valorizaba lo individual dentro de ese continente que era MPA. Con nuestros nombres en los afiches, cosa de no ser después un ex MPA. Con Santiagueños, fue lo mismo

El grupo sería un encuentro de artistas, donde cada uno tiene su valor.

Claro. Después la próxima experiencia fue la juntada de tres artistas distintos, los Coplanacu (Dúo Cloplanacu), Raly y yo, nos juntamos para hacer un repertorio, sin saber si íbamos a seguir o no, sin hablarlo mucho. Pero nos comprometimos e hicimos uno de los trabajos -para mí- más grandes que se ha hecho en la música popular.

Y, después llega Riendas Libres, donde yo ahora puedo, con mi experiencia, ya no cometer los mismos errores. Entonces, en Riendas Libres, yo constantemente hablo con ellos sobre la necesidad de saber cómo separarnos y cómo dejar ir. Yo les estoy enseñando que no tenemos que sufrir, que no tenemos que separarnos por no poder cumplir un sueño ni sentirnos frustrados y en silencio. No, aquí vamos a hacerlo todo. Por ejemplo, ahora Homero está por sacar su disco y charlamos sobre el proceso. Y si no tocamos más, ¿qué problema hay?

Como todo en tu vida, dejándote llevar.

Sí.

«Para mí eso es la gran tarea de la vida. Que llegue un momento donde vos posibilites el desprenderte, el poder desprenderte de las cosas que más amás.»

En ese dejándote llevar, ¿cómo definirías la fuerza que te fue llevando? ¿Es una fuerza en vos, fuera, fuera y en vos?

Yo la defino así: Yo soy alguien que, con mucho miedo, me largo a la incertidumbre. Con mucho miedo.

Un paso atrás ni para tomar envión.

Nada. Con mucho miedo, pero me largo a un terreno que sé que es incertidumbre. Porque vos te puedes largar con mucho miedo…

Pero sabiendo de qué se trata.

… pero sabiendo de qué se trata. En cambio, yo, aunque no sepa de qué se trata, igual me largo. Aún con mucho miedo.

Y lo seguirías haciendo.

Sí.

Si no hubieras nacido entre los Carabajal, ¿te imaginás que pudieras haber sido alguna otra cosa? ¿O esto estaba dentro tuyo?

Evidentemente estaba. Lo único que me ha distraído en la vida ha sido en algún momento soñar que podía ser futbolista.

Otra gran pasión.

Sí. Después he hecho trabajos, porque era lógico: cuando he dejado de estudiar, tenía que trabajar. Así que ahí he andado trabajando un poquito. Pero, mirá, ahora con esta Marcha de los Bombos y la Casa de Santiago, yo me río, y lo digo un poco en broma, pero también veo que pasa algo así… No sé si vos conoces la historia de Carlos Castaneda y Don Juan (Las enseñanzas de Don Juan, de Carlos Castaneda).

El primer libro lo leí, los otros, después, no. Un libro mítico para una generación.

Sí, sí, sí. Bueno, en un momento Don Juan le habla de algo que está con mayúsculas y entre comillas, que es el “No hacer”. Le habla del no hacer. Bueno, yo ahora, por ejemplo, estoy sintiendo que de alguna manera me ha llegado el momento de practicar eso y que me dé cuenta qué es no hacer. Por ejemplo, aquí en la Marcha de los Bombos yo no he hecho nada. Te quiero decir, nada que sea trámite, nada que sea ir a hablar con alguien.

No estar empujando, sino dejando que se produzca.

Sí, dejando que se produzca. Y para llegar a eso, no se llega así nomás a que todo se produzca, pero lo voy logrando en muchos aspectos de mi vida y de mi trabajo. Riendas Libres fluye. No ensayamos, sin embargo, subimos al escenario y fluye, y cada vez fluye más. El disco, lo que estoy grabando ahora, también, lo están haciendo otros y va.

Peteco Carabajal, homenajeado y celebrando sus 50 años de trayectoria en el último festival de Cosquín.

Volviendo a lo que contabas de Homero y su nuevo disco solista, ¿podríamos decir que acompañás hasta que están a punto para asumir su propio camino? Hay algo no productor, pero muy progenitor en eso. En el sentido del que habilita el crecimiento.

Sí, para mí eso es la gran tarea de la vida. Que llegue un momento donde vos posibilites el desprenderte, el poder desprenderte de las cosas que más amás. De tu vieja, de tu viejo.Ellos también te tienen que ayudar. Te ayudan con una forma de ser, con una crianza, no sé, con una alegría. Yo siento eso.Yo siento que mis viejos han ayudado con su forma de ser a que cuando nos desprendemos no sea tan doloroso.

A que tuvieras la libertad de desprenderte, para volar, probar y comprender. Y de errar, incluso, en el sentido de ir errante, ¿no? de ir probando caminos.

Bueno, te agradezco enormemente que hayas compartido con nosotros ese recorrido, hasta aquí, y ¡Buenos viajes!

Si temiera alejarse de su esencia, el manantial nunca sería río. Éste encuentra su cauce en la posibilidad abierta de perder hasta su nombre en su desembocadura. Una fuerza le empuja a recorrer la tierra. Errante va buscando paso entre valles y montes, vegetaciones y yermos, accidentes que le señalan por dónde, mientras la vida se domicilia en sus orillas.

Desde el nacimiento estamos marcados por el azar: podríamos haber nacido de otros padres, en otro lugar, con otra familia, y otra sería nuestra historia. Nuestro futuro tampoco está escrito, según qué encontremos en el camino será la biografía que escribiremos.

El deseo es la fuerza que impulsa a la escritura, y que sólo se revela a través de lo que somos capaces de reconocer, o de encontrar, en la contingencia. El tropiezo recurrente da pistas al baqueano avezado, enseñándole por dónde no volver a pisar. El infortunio, el encuentro con lo imprevisto e, incluso, imprevisible, traumático, sin sentido, es siempre un llamado a inventar una palabra que permita decir algo de eso que ha ocurrido. Palabras con las que se va elaborando un nuevo saber que abre un mundo inédito. De repente, la intuición hace un guiño, y se produce el encuentro afortunado: ese viaje, esa señal, esa frase, esa mirada, en el lugar y en el tiempo precisos, y la letra puede ser canción. Un canto divino que se nutre del eco de voces de otros tiempos y se prodiga en notas para el futuro con las que el baqueano sigue, en busca de ese canto que lo haga inmortal.

Flavia Mercier

Víctor Lavallen: “Esto te da vida, también, ¿no?”.

Eximio bandoneonista, compositor, arreglador y maestro, Víctor Lavallen porta sobre sus espaldas una trayectoria de más de 75 años. Empezó muy joven, con apenas 14 años, en una orquesta llamada Los Serranos. Y en apenas dos años ya estaba trabajando con Miguel Caló. Luego vinieron Enrique Francini, Ángel Domínguez, Joaquín Do Reyes, Atilio Stampone, Mariano Mores, entre otros, y el gran Maestro Osvaldo Pugliese, donde conformó la “delantera” de bandoneones junto a Ruggiero, Julián Plaza e Ismael Spitalnik. Tras diez años como músico y arreglador del maestro Pugliese, destacando sus arreglos de “Gallo ciego” y “El Pañuelito”, muchas giras internacionales y memorables grabaciones, se fue de la orquesta para conformar “Sexteto Tango” junto a Osvaldo Ruggiero, Julián Plaza, Emilio Balcarce, Oscar Herrero, Alcides Rossi y Jorge Maciel como cantor, cosechando grandes éxitos y prestigio. Diecinueve años después, participó en la Orquesta Municipal del Tango de la Ciudad de Buenos Aires, entonces dirigida por Carlos García y Raúl Garello, y en la orquesta “Color Tango” junto a Roberto Álvarez. Fue, también, músico y director de la compañía de Luis Bravo, “Forever Tango”, durante dieciocho años. Finalmente, al cabo del tiempo, formó un trío junto a Pablo Estigarribia y Horacio Cabarcos y dirige la orquesta escuela de tango “Emilio Balcarce”. Hoy, a sus casi 90 años, continúan componiendo, grabando y actuando en vivo, porque todo esto, confiesa, lo mantiene vivo. ¡Ojalá esta entrevista sirva para contagiar ese deseo de vida y de arte que a Víctor lo habita!

Maestro, la idea de estas entrevistas es intentar descifrar el deseo detrás de una trayectoria artística. Es decir, ¿qué hizo que tomaras algunas decisiones, qué te impulsó a elegir algunas opciones, qué fuerza te ayudó a enfrentar a los problemas?

En ese sentido, quisiera comenzar por preguntarte por qué el bandoneón, un instrumento tan ligado al tango. ¿Qué fue primero, el bandoneón o el tango?

Bueno, te cuento, el primero no fue el bandoneón, sino la trompeta.   En mi familia son todos músicos: mi padre, mi tío… En Rosario eran muy conocidos.

¿Músicos de tango?

Había de tango, de jazz, de todo, era una mezcla, pero siempre prevalecía más el tango. Cuando mis padres se separan, nos vinimos con mi mamá y mis hermanas a vivir acá (Buenos Aires). Siete, ocho años, tendría. Vivía en Gorriti y Bustamante, pleno Palermo. Ahí, nomás, vivía Pichuco, Aníbal Troilo, a una cuadra, pero a mí el tango todavía no…  Yo miraba mucho cine, películas musicales que tenían mucho jazz, y me gustaba la trompeta.

Había muchas orquestas. Y a mí me gustaba, todavía me gusta, el jazz. Así que empecé a estudiar trompeta, pero después me dijeron “¡No… que es peligroso para los pulmones!” Y qué se yo… Entonces, fue cuando me mandaron a Rosario -mi tío quería que fuera a Rosario-, y empecé a estudiar bandoneón con él.

Y, ¿qué te atrajo del bandoneón? ¿O fue el tango?

No, yo no le daba bolilla al tango. Fue mi tío, él quería que estudiara el bandoneón, y después me gustó el sonido y todas esas cosas. Estudiaba mucho.

¿Qué son “todas esas cosas” que te gustaron?

El sonido y las orquestas. Yo pensaba “¡Cómo me gustaría tocar con esas orquestas que estoy escuchando! ¡Me gustaría tocar con Pugliese!”.

¡Y tocaste con Pugliese!

Y, bueno, a mí siempre me gustó Pugliese. Ya de pibe nos íbamos a los bailes con mi mamá, mis hermanas que eran mayores que yo y ya iban a bailar, y Pugliese iba por los barrios, ¿viste? Yo vivía acá en Villa Ortuzar. Tenía doce años, trece.

¡Trabajábamos un montón! Me acuerdo que había una foto de la orquesta y en el reverso estaban todos los lugares donde íbamos a estar en el año. Un fixture, todo lleno. Estaba todo programado, giras, carnavales… Con Pugliese, impresionante, pero con todas las orquestas era así. 

Víctor Lavallen formando parte de la orquesta de Osvaldo Pugliese. De izq. a der, bandoneones: Julián Plaza, Víctor Lavallen, Osvaldo Ruggiero, y Arturo Penón. Violines: Norberto Bernasconi y Emilio Balcarce. Violoncello: Quique Lanoo. Piano: Osvaldo Pugliese. Fuera de la foto: Julio Carrasco y Oscar Herrero (violines) y Alcides Rossi (contrabajo).

En una entrevista contaste que Piazzolla había dicho que eran todos un poco locos los que tocaban el bandoneón porque era muy complicado.

Es verdad, es muy complejo. El bandoneón es un instrumento que tiene treinta y ocho teclas de un lado y treinta y pico del otro, y abriendo es una forma y cerrando es otra. No es como el acordeón que abriendo y cerrando es siempre la misma nota. Hay unos bandoneones en Alemania que al principio eran cromáticos, y que abriendo y cerrando eran la misma nota, entonces no tenés problema. Acá hay que estudiar dos veces, porque la mano izquierda es distinta a la mano derecha, o viceversa: abriendo y cerrando son dos cosas distintas. Es muy complicado para independizar las manos. Tuve que estudiar mucho.

¿Puede ser que algo de esa complejidad te atrapara, también? Por el desafío.

No, yo no me daba cuenta que era difícil.

Pero, entonces, tenías facilidad.   

No, facilidad no, yo estudiaba, estudiaba mucho porque me gustaba, pero facilidad no tenía.

¿Y cómo fue que empezaste a trabajar con catorce años?

Porque había pocos músicos y mucho trabajo, entonces empezábamos todos jóvenes. Había chicos que empezaban con quince, dieciséis, diecisiete, todos más o menos… y yo empecé a los catorce, muy joven. ¡Aunque parecía que tenía como veinte! Se confundía la gente, decían “Uh, que grande este pibe”.

«¡Ah, trabajábamos un montón! Se trabajaba mucho en la radio.  En Radio El Mundo, Radio Nacional, y Radio Belgrano, las tres más famosas… Yo me levantaba a las diez de la mañana, llegábamos a la radio a las once y media, tocábamos un par de horas… De ahí, me iba a la confitería Richmond de Suipacha -también trabajé en la Richmond de Esmeralda-. Y después nos íbamos al cabaret. Llegaba a mi casa a las cinco de la mañana y a las diez me tenía que levantar para estar en la radio a las once y media…»

Pero, ¿cómo fue?

Resulta que yo estudiaba bandoneón con un maestro que tocaba con D’Arienzo y él me metió a los catorce años en una orquesta que se llamaba Los Serranos.  Estaba en Picadilly, ¿viste el teatro Picadilly?  Era una confitería bailable. Al principio me echaron porque no sabía nada, pero como faltaba gente me dejaron volver. Trabajé un par de años, y empecé a conocer músicos, -yo ya tocaba más o menos bien, me la rebuscaba- y empezaron a aparecer las orquestas: Francini, Stamponi. Hasta que a los 16 años empecé con Miguel Caló.

¿Cómo era Caló? ¿Qué me podés contar de él?

Miguel Caló era un tipo fenómeno. Era una figura importante en todos lados. Para mí era un orgullo estar ahí con grandes músicos, yo era un chico.

¿Y qué te transmitió?

Transmitir como músico, no, porque él no tocaba ningún instrumento, él dirigía la orquesta. Los que me transmitieron como músicos fueron los que estaban ahí, por ejemplo, Julián Plaza, Simón Bajour que era un pianista que escribía. Esos tipos eran de primera, yo aprendí mucho con ellos, me gustaba como tocaba Julián Plaza y me copiaba mucho de él.

Y ellos, ¿qué secretos te trasmitieron?, ¿cuál era el yeite?

Los secretos se aprendían cuando uno tocaba y ensayaba. Los secretos están ahí, para eso están los ensayos. Uno va adquiriendo experiencia y va tomando conocimientos. Porque todas esas orquestas eran muy de primer nivel, se tocaba muy bien. Por ejemplo, con Pugliese ensayábamos lunes, martes y miércoles. Jueves, viernes, sábado y domingo; baile. Así, siempre, todo el año.

¿Qué te gustaba de Julián Plaza? ¿En qué sentido era distinto que otro?

Cada uno era distinto, cada uno tenía su estilo. Después toqué con otro maestro que se llama Máximo Mori, que era muy bueno también. Estuve con Héctor María Artola, también. Y no sé si te suena Joaquín Do Reyes… Y bueno, yo tocaba con esos maestros que tocaban muy bien, todos eran primeras figuras. Tuve la suerte de estar al lado de ellos y ahí aprendí. No puedo decir específicamente qué es lo que aprendí… aprendí un montón de cosas que se iban incorporando solas. No te puedo definir qué era lo que me llegaba, me llegaba todo, me gustaba la forma del fraseo, lo que hacía uno distinto a otro, ¿viste? No son todos iguales.

Después cuando ya estaba con Francini, también, otro muy importante era Julio Ahumada, otro gran bandoneonista, primer bandoneón, también. Y yo estaba ahí, al lado de él y aprendí un montón. Al lado de Francini, Juan José Paz, también, pianista. Con Francini hablábamos mucho, él era un gran músico. Y yo tuve la suerte de estar al lado de ellos, pero no puedo definir si me gustaba esto o lo otro. Me gustaba estar en esa orquesta, porque era una orquesta buena, y entonces era muy famosa, y, ¿viste?, cuando uno es joven quiere estar con los famosos.

«Cada uno era distinto, cada uno tenía su estilo… Y bueno, yo tocaba con esos maestros que tocaban muy bien, todos eran primeras figuras. Tuve la suerte de estar al lado de ellos y ahí aprendí. No puedo decir específicamente qué es lo que aprendí… aprendí un montón de cosas que se iban incorporando solas. No te puedo definir qué era lo que me llegaba, me llegaba todo, me gustaba la forma del fraseo, lo que hacía uno distinto a otro, ¿viste? No son todos iguales.»

¿Y cómo era la vida del músico en aquel momento?

¡Ah, trabajábamos un montón! Se trabajaba mucho en la radio.  En Radio El Mundo, Radio Nacional, otra radio muy famosa, y Radio Belgrano, las tres más famosas de Buenos Aires, de Argentina. Ahí estaban las mejores orquestas, tenían que dar una prueba antes. Y yo tuve la suerte de estar ahí con Francini, con Miguel Caló. Después estuve con muchos músicos que no eran muy conocidos, o no muy famosos, pero que tocaban muy bien: Julio Ahumada, Julián Plaza, Leopoldo Federico. Con Stampone estábamos Leopoldo Federico, Julián Plaza y yo. ¡¿Qué tal?! Y después había otro que se llamaba Atilio Corral, que tocaba una barbaridad… Simón Bajour, un capo…

Estuve también con Armando Laborde y Alberto Echagüe. Trabajé un montón con ellos, con la orquesta de Alberto Di Paulo.  Alberto Di Paulo era gerente de un banco, muy buen músico, arreglador y todo, pero les salió un viaje a Chile y, como yo tenía muchos amigos en esa orquesta, me dicen: “Che, ¿No querés venir a Chile? Porque Di Paulo, por el banco, no puede viajar”. Ahí empecé y me quedé como tres años, trabajé un montón. Estábamos en la radio, en las confiterías, muchísimos bailes.

¿Alguna anécdota especial que te acuerdes de ellos, de estar con ellos?

No, porque trabajábamos mucho. Mirá, yo me levantaba a las diez de la mañana, llegábamos a la radio a las once y media, tocábamos un par de horas: quince minutos, otra orquesta, después, a la hora, tocábamos otra vez. De ahí, me iba a la confitería Richmond de Suipacha -también trabajé en la Richmond de Esmeralda-. Y después nos íbamos al cabaret. Llegaba a mi casa a las cinco de la mañana y a las diez me tenía que levantar para estar en la radio a las once y media, así que no tenés tiempo ni de pensar, vos tocás.

Quizás lo más raro fue la vez que se decidió quitarle algunas cosas a Pugliese para dárselas a Osvaldo Ruggiero. Hicieron una reunión y dijeron “Bueno, mire Osvaldo, como usted no hizo ningún mérito en todo este tiempo le vamos a sacar el puntaje suyo y se lo vamos a dar a Ruggiero…”. No todo el porcentaje, pero Ruggiero ganaba más que todos, que el director, eso es una cosa rara… “Y bueno, está bien”, dijo Pugliese, no protestó.

Es decir, Pugliese era Pugliese, pero es cierto que todo se decidía como cooperativa.

Claro, porque había que hacer méritos.

¿Qué quiere decir que había que hacer méritos, cómo era?

Y, por ejemplo, con mi arreglo de Gallo Ciego no pasó nada, pero hice El Pañuelito y me subieron el puntaje porque había sido un éxito.

¿Y cobrabas en función del puntaje?

Claro, pero no había mucha diferencia, había siete puntos, ocho, nueve, nadie llegaba a diez.

¿Y cuáles eran los criterios de méritos? ¿Qué era lo que ustedes evaluaban?

Y bueno, la actitud del tipo tocando, si tiraba mucho para adelante y la orquesta salía bien por él. Después hacías un arreglo y si gustaba era un mérito. O también, en el caso del cantor, si gustaba mucho un tema que cantaba, se le reconocía.  Entonces te subían el puntaje y te daban un poco más de lo que ganabas. Pero siempre estábamos ahí, bastante parejos. Era para incentivar, más que nada.

¿Y cuál sería el secreto del bandoneón? Si vos tuvieras que transmitirle a alguien que le estás enseñando, algo que no sea solo la técnica.

Y… el sonido. El sonido es muy personal y particular de cada uno. A veces se dice “Uy, qué bandoneón feo”, pero el bandoneón no es feo, es el tipo que le da el sonido, depende de quién lo toca. Hay músicos que lo tocan bien, pero tienen un sonido fulero.

Hay, también, muchos que imitan. A Piazzolla, por ejemplo. Muchos quieren tocar como él. Los que imitan no van, uno tiene que tocar como lo siente, yo nunca traté de imitar a nadie. Yo podía sacar como tocaba Osvaldo Ruggiero -otro capo fraseando, en todo-, pero no, yo siempre toqué a mi forma, sólo saqué algunas cosas de ellos.

¿Y cómo definirías tu sonido?

Lo tendría que decir otro músico, yo no lo puedo decir.         

Pero, ¿qué es lo que vos buscás? ¿Qué es lo que a vos te emociona cuando tocás?

Y bueno, el fraseo, por supuesto, los matices, hay un montón de detalles… una cosa fraseada, una cosa sentida, expresiva.    

¿Y eso es algo que lo decidís vos por tu cuenta o lo acordás con el director de la orquesta, sobre todo con aquellos grandes directores?  Por ejemplo, Pugliese ¿te dejaba hacer lo que vos querías o te marcaba lo que él quería?

No, no, había un estilo. Hay un estilo, con Pugliese, con Caló. Cada uno tiene su estilo, no es que tocábamos cualquier cosa, ¿viste?

¿Y cómo cuadra el estilo de la orquesta con tu sonido? ¿Cómo ensamblan eso? ¿Cómo lográs vos poner, ahí, tu sonido?

La orquesta tiene un estilo y el solista le da su personalidad. Después de tantos años de tocar juntos parece que hay que tocar así, pero se toca así porque él lo impuso. Cuando nosotros nos fuimos para hacer el Sexteto Tango, la orquesta de Pugliese siguió con otros músicos y ya no era el mismo sonido el del primer bandoneón. Tocaban bien, todos tocan bien, pero no es lo mismo Osvaldo Ruggiero que Julián Plaza, no es lo mismo Julián Plaza que Ismael Spitalnik o que Mario Demarco. Si vos prestás atención a todos esos que te nombro, por ejemplo, en el Sexteto Mayor a Luis Stazo, gran orquestador, vos escuchas y decís “Ése es Stazo”. Escuchás a Libertella y decís “Éste es Libertella”. No es lo mismo Libertella que Stazo, cada uno tiene su estilo. Ernesto Baffa también, se notaba que era él. Y Julián Plaza se notaba que era Julián Plaza. Y Julio Ahumada, también. Todos tienen su personalidad.

¿Lo notás en la intensidad, la pausa, el fraseo, cómo acentúa…?

Claro, el sonido y fraseo, más que nada el sonido. El sonido se lo saca uno en la intensidad que le da a un solo, a una melodía. Por ejemplo, un tipo está tocando un solo de violín y vos lo escuchás y decís pero qué raro que suena, porque el tipo se quedó, y el otro está adelante, o se adelantó y el otro quedó atrás. La armonización ¿viste?, lo que te tiene que acompañar. Y el canto es lo mismo, si vos no fraseás a tiempo… Vos ves los cantantes de antes, cómo fraseaban. Floreal Ruíz, Alberto Marino, Alberto Morán… todos eran de primera, se lucían ellos y la orquesta. Porque tenés que escuchar también a la orquesta, tenés que dejar los descansos a la orquesta. A veces hay grandes cantantes, pero que tienen un fraseo que va para atrás, entonces vos escuchás la orquesta que va adelante y él va atrás. O viceversa, la orquesta queda atrás y él va a adelante. Y es horrible, la gente no lo escucha, se emploma, ¿viste? Goyeneche no, él tenía un fraseo adelante, el bandoneón y los violines también, todo adelante. Vos escuchás a Roberto Goyeneche, cuando estaba con Salgán tenía una voz hermosa, pero después cuando fue con Troilo, cuando salió de Troilo, era otro tipo. Se hizo famoso porque el tipo era expresivo, llegaba. Porque el cantante, como el músico, tiene que llegar…

«Yo tuve mucha suerte de estar en una época en que se trabajaba un montón. Ya te digo, empecé joven porque había mucho trabajo… Ahora hay un montón de buenos músicos, pero poco trabajo, desgraciadamente. Pero, qué va a ser, hay que remarla, a lo mejor cambia. Si les gusta, hay que meterle para adelante… Conozco un montón de casos, uno, por ejemplo, que le decían que no servía y el tipo siguió y tuvo un éxito bárbaro.  Hay un montón de detalles, no se sabe por qué a veces hay tipos que tienen un éxito bárbaro, impresionante. Si a vos te gusta, tenés que seguir. Yo iba a seguir igual. Yo seguí igual.»

¿Y por qué Pugliese siempre te emocionó?

Y bueno, Pugliese era un tipo que tocaba. Me impresionaban los tipos que tocaban, que se despeinaban todos.

Bueno, pero con D’Arienzo también se despeinaban todos.                  

No, no, no, con D’Arienzo no. Con Pugliese, el único… Osvaldo Ruggiero, Jorge Caldara, la gente se volvía loca. Me acuerdo que cuando iba a ver a Pugliese también me gustaba Ruggiero porque se despeinaba. Estaban todos con él, era más famoso que Pugliese. Y con Caldara, Jorge, el otro bandoneonista, también. Eran los dos, la gente tiraba mucho para ellos dos y no tanto para Pugliese. A ver, Pugliese sí, era Osvaldo Pugliese, era el director, pero los otros tiraban mucho y eso se notaba. Eran Mick Jagger y compañía.

¿Eran un poco como los roqueros de la época?

Exacto, exactamente igual. ¿Viste a los roqueros, con los pelos? Igual, igual. La gente se volvía loca y a mí eso me gustaba… Me llegaban… me llegaban. Y también me gustaba que la orquesta sonaba fenómeno. “¡Cómo me gustaría tocar acá!”, pensaba.

¿Cómo llegaste a Pugliese?                       

Porque era amigo de un pianista que había tocado con Gobbi, que se llamaba Romero, Ernesto Romero, y estaba con Pugliese. En esa época, Pugliese no quería trabajar tanto, entonces puso un pianista. Primero a Osvaldo Manzi, uno que estuvo con Troilo, y cuando Manzi se fue, vino Romero. Un día, me encuentro con él en la radio, “Romero, ¿cómo te va?”. Y me dice, “Che ¿sabés que se va un bandoneón de Pugliese?”, “No me digas, ¿quién se va?”, “Fulano”, “Uy, que raro que se va, con Pugliese laburaba un montón”, le digo. “¿Y quién va en su lugar?” “Y, mirá, está Julián Plaza, Baffa, Stazo, Libertella, hay unos cuantos…”, eran todos famosos…  Y me dice “Che, ¿querés que tire tu nombre?”, y le digo “Sí, total… ¡qué me van a dar bola con los tipos esos!”. Yo tocaba con varias orquestas, pero no era famoso como ellos. Pero hete aquí que Pugliese y los músicos no querían figuras grandes, conocidas… Entonces, como Demarco conocía a mi papá de Rosario, porque era orquestador, y qué sé yo… Romero fue y tiró mi nombre. “¿Quién es este Lavallen?” dice Pugliese. “Es un pibe que toca bandoneón… toca bien, yo lo conozco al padre, vive en Rosario”. Y me llaman.

¿Y te hicieron una prueba?

No, no, antes no te hacían prueba.

¿Directamente a la cancha?       

Directamente a tocar. Y cuando me ve, me dice Pugliese: “¿Usted escribe, no?”. Le digo que sí, total si me echan… -porque en la primera orquesta que estuve me rajaron por no tener experiencia-. Yo escribía muy poco, en mi casa, y menos para Pugliese, pero ¿qué iba a decir? Empecé a estudiar mucha armonía porque tenía que estudiar, “si no acá me van a sacar a patadas, otra vez”, pensé, ¿viste? “Vamos a empezar a estudiar para escribir”, dije.  Estudié con uno, con otro, así. Con el tiempo agarré el estilo bien, porque yo estuve diez años con Pugliese, mucho.

¿Habías hecho algún arreglo ya, con Francini o con Caló?

No, nada, la primera orquesta para la que escribí fue para Pugliese. Y entonces me dice “¿Qué querés hacer?”, y le digo “Gallo ciego”. “Ah, bueno, métale”.

¡Ah, bueno! ¡Gallo ciego! Para lanzarse a la piscina que sea en lo más hondo.

Pero pregunté un montón, “Che, ¿cómo hago esto?”, les preguntaba ¿viste?. “No, mirá, poné así, asá”, y bueno, quedó.  Yo siempre aprendí mucho de todos los músicos que estaban ahí: Emilio Balcarce, Julián Plaza, Ismael Spitalnik, Osvaldo Pugliese. 

¿Preguntabas cómo escribir el arreglo?

Claro, para no perder tiempo y no meter la pata, a ver qué es lo que escribirían ellos. “No, poné esto. Así está bien”, “Bueno, ésto dejalo que está bien”.  Y después se ensayaba. Y, a veces, te borraban unos cuantos compases.

Hiciste algunos arreglos de temas emblemáticos de Pugliese: Gallo ciego, El pañuelito

Gallo Ciego fue el primero que hice, después hice El pañuelito que fue un éxito bárbaro, lo cantó Maciel. Estábamos grabando y nos íbamos afuera, a Rusia, y Pugliese me dice “Che, pibe, ¿por qué no me hacés el arreglo de El pañuelito porque falta grabar otro más y voy a grabar ese?”. “Bueno”. Y salió fenómeno, les gustó a todos.  Después, cuando volvimos de Rusia, El Pañuelito era un éxito, en los bailes teníamos que repetirlo. Y con Gallo ciego no pasaba nada. Mirá vos cómo es.

«… haber estado con Pugliese, eso me impactó mucho. Al principio, no me di cuenta, pero después cuando uno piensa “¡Uy, ¿cómo estoy acá?, yo era admirador de todos estos tipos y ahora estoy tocando con ellos!”. Pero esas cosas las pensás después, de entrada, no. (…) ¡La pasé fenómeno! Yo tengo una carrera bastante impresionante… Tuve suerte, también, ¡eh!»

Te escuché en una entrevista que decías algo así como que el arreglo puede cambiar según la época, para que le guste a la gente.

También hay arreglos que se han hecho hace cincuenta años que vos los escuchás ahora y parece que lo hicieron ayer, parecen nuevos, porque son muy buenos… estaban adelantados a la época.

¿Cómo percibís esa temporalidad de la música? ¿Cómo te das cuenta que algo es de esta época o de una época antigua?

Porque te llega, te hace vibrar algo.

Porque te sigue llegando. ¿Si sigue llegando al público hoy, es porque es actual, y, si no, hay que cambiarlo?

Para mí sí, claro. Cuando vos escuchás cosas muy antiguas, por ejemplo De Caro, está bueno, sí, pero no es actual y no te llega tanto.

¿Qué orquestas te suenan actuales?                      

Francini. Vos escuchás a Francini y es de ahora. Escuchas cosas de Troilo de antes y parece que fueran de ahora. Alfredo Gobbi, Osvaldo Pugliese, Osvaldo Fresedo, yo escucho ahora lo de Osvaldo Fresedo del año 40 y me gusta, me encanta. Gobbi. Hay una similitud entre Gobbi y Pugliese, hay algo… la forma, el marcado, bien milonga, una forma bien compacta, el ritmo, eso llega. A mí Gobbi me gusta mucho.

Y, bueno, ¡de Piazzolla ni hablar! Piazzolla está siempre vigente. Hay un montón de cosas de él que parece de una orquesta nueva, de ahora. Piazzolla era muy bailable y muy musical. Vos escuchas su orquesta del 46 y es muy bailable, cien por ciento, no es que no se podía bailar, mentira, lo que pasa es que empezó a hacer melodías muy complicadas, muy modernas para esa época, entonces la gente tenía el oído de las otras orquestas y ésta era una cosa nueva, y las cosas nuevas son jorobadas de imponer.

«Si en el tango no hay melodía, para mí no existe. El tango es melodía, ritmo, síncopa y todas esas cosas que tiene el tango. Si no tiene eso… Por ejemplo, hace un tiempo que hay mucha gente que toca fusión -a mí no me gusta la fusión- y como le ponen un bandoneón se creen que están tocando tango. No, es música urbana. El tango es muy melódico, la melodía tiene que estar, si no, ¿esto qué es?»

¿Y cómo fue tu experiencia con Forever?

Yo estuve en Forever (Forever Tango) dieciocho años, ¡un montón! De entrada, no quise ir porque estaba con Marconi en televisión, en un programa que se llamaba “El gran debut”, eran todos cantantes nuevos, pero la orquesta salía fenómeno. Entonces estaba Adrover en la radio y me dice “Che, Víctor, ¿no querés venir a Los Ángeles? Bravo tiene un laburo para hacer”, y le digo “No, estoy con Mores”, Mariano Mores. Ellos fueron e hicieron un éxito impresionante, así que se quedaron más tiempo, se fueron a San Francisco y al final estuvieron como dos años.  Entonces se decidió hacer otra compañía para llevar Forever a Londres. Y ahí me llaman a mí.  “Che, Víctor, ¿no querés venir a Londres porque…?”, Walter Ríos que estaba de director se quedaba en San Francisco. Tres meses y medio estuve en Londres, un montón.

Entonces Walter Ríos decide irse y el director musical, Luis Bravo, me dice: “Che, Víctor, ¿no querés dirigir la orquesta en San Francisco que nosotros tenemos que hacer la gira por todo Estados Unidos?”. “Sí, cómo no”. Me quedé ahí un montón. Y después estuve como un año y pico en Nueva York.

¿Y cómo fue vivir toda esa época, qué te acordás?

Me acuerdo de todo: estaba fenómeno, estaba bárbaro. Me gustaba, vivía en Nueva York, ganaba buena plata. Yo vivía en 47 y Broadway, ahí en el epicentro de todo.

Y cuando vos llegás a Broadway, ¿qué efecto te produce? ¿En algún momento, en toda tu carrera, te paraste y miraste para atrás, y dijiste “¡Guau!”?

No, yo nunca miro para atrás, yo vivo el momento, ése que pasaba ahí. No me fijo lo de atrás y digo “¡Uy, ¿cómo llegué acá?!”. Llegué porque tenía que llegar, porque sucedió, ¿viste? Estuve un año y pico ahí en pleno Broadway. Me gustaba porque caminaba, iba al Central Park, comíamos, conocí gente, y es lindo, ganábamos buena plata, nos pagaban bien, vivíamos bien, diez puntos. Forever, diez puntos. La verdad, la pasé fenómeno.

¿Y qué pasó con las grandes compañías como Forever ? Ya no hay compañías tan potentes ni giras tan grandes. ¿Qué pasó?

Pero hay muchos que salen. Por ejemplo, el mes pasado, unos chicos amigos que estaban en la orquesta escuela se fueron y estuvieron un mes y medio en Europa, y ganaron un buen dinero.

Sí, pero van por separado, “sueltos”, no van compañías. 

No, compañías, no.  Sí, las parejas de baile. Antes era distinto… ahora se descuidó mucho por ahorrar, ¿viste?, la orquesta ahora no es una orquesta, es un quinteto.

Claro, pero si no hay presupuesto debe ser porque no hay negocio como antes. ¿Puede ser que a la gente en el exterior ya no le atraen estos shows?  

Bueno, pero lo que pasa es que la gente veía una orquesta grande, siete u ocho parejas de baile… Era distinto.

O sea los shows de tango antes gustaban porque tenían una producción importante.

Claro, vos vas a Las Vegas a ver un espectáculo y te volvés loco, de primera.

¿Cuándo fue la primera vez que te sentiste, no sé si la palabra es orgulloso o emocionado, de cómo te salió un tema en público, tal que dijiste “Hoy la rompí”? ¿Te acordás?

Mirá, por ejemplo, a mí me trajo mucha satisfacción una vez que estaba con Mariano Mores y teníamos que tocar Canaro en París y yo le mostré un solo de bandoneón que escribí yo, para mí, y le digo “Mariano, ¿qué te parece? Si no, hacé el tuyo,” porque él había escrito otra cosa.  “No, hacé el tuyo que va mejor. Hagamos eso que está fenómeno.” Así que hice el mío ¡y gustaba un montón!  Mariano Mores, un capo, también.   

¿Y en qué otros teatros o lugares especiales estuviste?

 Moscú, estuvimos trabajando en el Teatro Bolshoi de Moscú.

¿Qué sentiste estando ahí? 

Y…, yo tenía veintitrés años. Después, ahora pienso qué importante haber estado ahí, con Pugliese.  En Rusia estuvimos un montón, en todos los lugares importantes, en Leningrado que ahora se llama San Petersburgo estuve seis meses. Después estuvimos unos meses en China cuando estaba Mao Tse Tung. Y el primer ministro nos vino a ver, Zhou Enlai. Era el primer ministro y nos vino a ver. 

Y cuando estábamos en Nueva York también iban muchos artistas, gente conocida. En Londres vino Brian May, viste, el de Queen. Después, cuando estábamos en Estados Unidos, venía mucho Duval, que le gustaba bailar tango. Venía Tonny Bennet. Bueno, a Tony Bennet lo vi acá, me saludó cuando estábamos en el Caño. Un tipo macanudo. Caño 14 estaba fenómeno. Ahí debutamos con el Sexteto Tango.  

Sexteto Tango en Caño 14 en tiempos de su debut. De izq. a der.: Víctor Lavallen, Emilio Balcarce, Alcides Rossi, Julián Plaza, Oscar Herrero, Jorge Maciel, y Osvaldo Ruggiero.

¿Qué tenía Caño 14 que no tuviera otro?

Y, no había otro. No había otro, era el único. Después apareció El Viejo Almacén y después Michelangelo, y después aparecieron un montón.   El primero fue Caño 14. ¿Pero sabés que era lo bueno? Que era todo para la gente de la Capital, no era para el turismo. Entonces iban muchos artistas, también. Yo me acuerdo que iban Leonardo Favio, Norma Leandro, los padres de ella, que eran actores, también.

La historia empieza con un boliche entre Stampone, Atilio, Martino -un jugador de fútbol muy famoso de la época de oro- y Fiasche -los que serían los dueños del Caño, después-; y en este boliche se servía locro y empanadas, y tocaba Héctor Stamponi, “Chupita”. Y como éramos amigos con Atilio, yo estuve mucho con él, nos invitaba a comer e íbamos mucho. Pero un día dijeron: “Esto así no va”. Entonces hicieron un bolichito para copas, a la noche, y llamaron a Troilo y a Rivero para el show. Se llamaba Caño 14 porque era muy chiquito, y entonces cuando un departamento era muy chico se decía “¿Dónde vivís? ¿En un caño?”.  Y la dirección era Uruguay y el número 714, u 814. Se empezó a llenar y, entonces, se mudaron a Talcahuano al 900, y ese sí fue el mítico Caño 14. El Caño fue un éxito impresionante. Ahí estaban Aníbal Troilo, Goyeneche, Leopoldo Federico con Grela, cuarteto, Stampone tocaba el piano y acompañaba a los cantores.

¿Años 60 estamos hablando? 

Año 67.

¿Y ahí debutaron con Sexteto Tango?

Claro, pero no queríamos empezar porque no teníamos temas, “No, pero empiecen igual”, nos decía el dueño. “No, igual, empiecen, empiecen”, y nos pusieron atrás y empezamos. Maciel cantaba uno, dos, y nosotros tocábamos dos. Y bueno, después empezamos a grabar, empezamos a hacer arreglos, y siguió el Sexteto su carrera.

¿Y qué momento de toda tu trayectoria -o momentos quizás- te acordás especialmente, que te emocionaron mucho, o que te dejaron una marca?

Y… haber estado con Pugliese, eso me impactó mucho. Al principio, no me di cuenta, pero después cuando uno piensa “¡Uy, ¿cómo estoy acá?, yo era admirador de todos estos tipos y ahora estoy tocando con ellos!”. Pero esas cosas las pensás después, de entrada, no. Porque de entrada está todo confuso, tenés que mirar el repertorio, tenés que tocar, ver cómo es la forma, escribir, qué se yo… Pero después, cuando te relajás, pensás “¡Uy!, ¿cómo llegué hasta acá?!”. Y también, después de un par de años ya estás asentado ahí, y ya sos de la orquesta, ya no te llama más la atención, ya estás acostumbrado a estar con los grandes, ya sos uno de ellos. ¡La pasé fenómeno! Yo tengo una carrera bastante impresionante… Tuve suerte, también, ¡eh! 

Sí, claro, por supuesto. ¿Y algún momento que digas “Aquello fue impresionante, un antes y un después”?

Cuando estuvimos en el Colón con Sexteto Tango fue impactante, impresionante. En el año 72. Nunca había ido ninguna orquesta al Colón. Orquesta típica, folclore, nada, era la primera vez. Estaba Pichuco, Troilo, con la orquesta. Estaba Piazzolla, Sassone, Horacio Salgán, de cantantes Rivero y Goyeneche, y nosotros, Sexteto Tango. Nosotros abrimos la segunda parte, tocamos sólo seis temas, pero impresionante. En las revistas salía que al que más habían aplaudido era a Sexteto Tango.  

«Quizás lo más raro fue la vez que se decidió quitarle algunas cosas a Pugliese para dárselas a Osvaldo Ruggiero. Hicieron una reunión y dijeron “Bueno, mire Osvaldo, como usted no hizo ningún mérito en todo este tiempo le vamos a sacar el puntaje suyo y se lo vamos a dar a Ruggiero…”. “…Y bueno, está bien”, dijo Pugliese, no protestó.»

¿Con quiénes hiciste Sexteto Tango?

Osvaldo Ruggiero, Julián Plaza, Emilio Balcarce, Oscar Herrero, Alcides Rossi en contrabajo y Jorge Maciel. Los seis y el cantor hicimos el Sexteto Tango.

Sexteto Tango en Trottoirs de Buenos Aires, París, década del 80. De izq. a der.: Emilio Balcarce, Víctor Lavallen, Osvaldo Ruggiero, Alcides Rossi, Oscar Herrero y Julián Plaza.

¿Por qué se fueron?

Porque empezó a decaer un poco el trabajo. Osvaldo no quería trabajar mucho… Se ve que había algún problema con alguno de los músicos… no sé, Osvaldo era muy reservado, muy metido para adentro, pero después que nos fuimos empezó a laburar otra vez un montón. Ahí empezó Álvarez, Mederos, estuvo Binelli, un montón de buenos músicos. Y bueno, él laburaba un montón, y nosotros, también, no nos podíamos quejar. Y antes perdíamos mucho trabajo por ser tan… ¿Cómo te puedo decir?, tan de Pugliese…

¿Tan del estilo de Pugliese?

No por el estilo de tocar, sino por la forma de la gente, cómo eran. Porque ellos, por ejemplo, no querían saber nada de hacer concesiones. Y, a veces, tenés que hacerlo para agarrar un lugar lindo, hasta que te metés y después, chau. Y bueno, había cosas que… digamos que comerciantes no éramos. Éramos buenos músicos, todos, pero, por ejemplo, salió el Sexteto Mayor y nos pasó por arriba. Porque los tipos laburaban bien y laburaban por menos, había diferencia. ¡Pero está bien!, cada uno pelea con las armas que tiene. ¡Ojo, que eran amigos míos, todos! Así se metieron, y después pasaron al frente. Ellos con Tango Argentino fueron los pioneros, digamos.

Tango Argentino y Tango Pasión después.

Tango Pasión, ¡qué lindo! Y, bueno, estaba Libertella. Libertella se murió porque trabajaba mucho, tendría que haber descansado, no paraba. El médico le dijo “Tiene que descansar un poco”.

¿Y cómo es que vos llegás a dirigir la orquesta escuela?

Porque yo a la orquesta escuela de Emilio Balcarce iba de invitado.

¿Era de Emilio Balcarce…?

No, no, él era el director, la orquesta era de Ignacio Varchausky, él fue el que inventó todo. Balcarce fue uno de los pioneros que estaba ahí y dirigía. Y, a veces, invitaban directores, entre ellos a mí, con mis arreglos. Un día se fue Balcarce y vino Marconi, y cuando se fue Marconi, me llamaron a mí.  Empecé en el año 2011, 2012, y hasta ahora estoy. Y los chicos que tengo ahora, los chicos, las chicas, diez puntos, tocan bárbaro. Hay un montón de muchachos, todos quieren estar en la orquesta esta porque salen bestias de ahí. Hay como treinta bandoneonistas, como cuarenta violinistas. Hace veintidós años que está la escuela y la conocen en todo el mundo. Vienen de Francia, de Japón, de Corea, de Estados Unidos, de Brasil, de todo el mundo.

Víctor Lavallen con la Orquesta Escuela de Tango «Emilio Balcarce».

¿Y a vos que te enganchaba más, el escenario o la música?              

Y, las dos cosas, porque la música te lleva al escenario y en el escenario transmitís a la gente lo que uno hace, lo que uno interpreta. El escenario es importante porque tenés contacto con la gente, si no tenés contacto con la gente, por más que grabes… tenés que tener contacto con la gente.           

¿Por qué? ¿Qué te enseña el contacto con la gente?

Porque personalmente te expresás mejor. Se pueden escuchar los discos, pero no es lo mismo. Muchos de los que iban a ver a Pugliese no bailaban porque la orquesta llamaba la atención y querían verla. Igual que con D’Arienzo. Bueno, con todas las orquestas, Salgán también. Yo iba a escuchar a Salgán y yo ya tocaba, pero iba a verlo. Vi a Piazzolla, vi a todos los músicos en vivo, me gustaba escucharlos personalmente porque así te llega todo lo que ellos hacen.

¿Te gusta ir, todavía, a bares de tango?

Sí, me gusta ir. Me gusta ir a escuchar a los colegas. Y a veces aprendo algo.

¿Todavía puede ser que aprendas algo?

Y, ¿por qué no? Siempre se aprende algo, siempre hay algo para aprender.

Bueno, de hecho, cuando seguís componiendo, seguís buscando cosas nuevas. Eso habla de una apertura a lo nuevo que explica la apertura a aprender siempre algo.

Sí, lo importante es eso. Y eso es lo que a uno le da vida, me parece, todo lo que hace que tengas ganas de hacer cosas. Para conformar a la gente, también, a uno mismo, a los colegas. Porque tiene que ser para que llegue a todos, no es para mí solo, lo mío le tiene que llegar más a la gente que a mí.

¿Cómo elegís entre lo que te gusta a vos y lo que le gusta a la gente?

Ah, no sé lo que le gusta a la gente, yo hago lo que me gusta a mí.

Pero si querés llegar a la gente…

Bueno, pero con lo mío, tenemos que coincidir en el gusto, yo no puedo trabajar pensando en la gente, inventar cosas para la gente, no. Yo hago lo mío, si le gusta a la gente, fenómeno. Yo hago lo que me sale y nada más, no estoy pensando. Sí, es lindo, es una satisfacción, cuando hacés algo tuyo y les gusta o te lo piden… qué se yo… Lo importante es que les guste a los músicos y a los cantantes, por ahí empezamos. Después se lo doy a una empresa para que le llegue a la gente.

Bueno, pero vos recién decías que si no llega no sirve… Entonces, ¿cómo se hace?

¿Sabés cómo? Con difusión. Sin difusión, ¿cómo haces para que lo mío o lo de otro colega le llegue a la gente? Si no le llega, no le puede gustar. ¿Por qué antes gustaban tanto las cosas de calidad -que son todas de calidad-? Porque había difusión. Si no hay difusión, olvidate, no va.

O sea, ¿vos lo que decís es que si hubiera difusión siempre se encontraría un público al que le guste lo que vos hacés?

Exacto. Cuando vamos con el trío se llena en todos lados a los que vamos. ¡Y la gente paga, eh, no es gratis! Pero va un montón de gente. Si fuese gratis, más se llenaría todavía, ¿no? Y la otra vez con la orquesta escuela había mil personas.  Mil personas, un montón. O sea, que el género interesa, si no, no irían. No se van a molestar en ir a ver una cosa que no les gusta. Les gusta, lo que pasa es que no hay difusión, para mí viene todo de ahí.

«Tiene que cambiar porque hay muy buenos músicos, hacen cosas buenas, no imitan a otros, los tipos tienen su personalidad, hay cuatro o cinco tipos que son buenos músicos. Pero falta difusión, si hubiera difusión está todo solucionado. Surgirían nuevos valores, cantantes, habría más cantantes.  No difunden la música nuestra como corresponde. La gente no tiene la culpa, la gente escucha la música que le dan, si le dan una porquería, le gusta una porquería.»

¿Y cómo es tu proceso para componer?

Yo todo lo que hago me emociona. Hace poco hice un tema, todavía lo tengo inédito, un día me levanté y empecé a escribir. Y no es un tango, es una melodía, pero a mí me llega, que sé yo, me emociona. Ahora estoy buscando que alguien me haga una buena letra porque es para ponerle letra, pero tiene que ser una letra que me guste, que me llegue, porque el arreglo tiene que coincidir con la música.

Si te inspiraste en alguna situación, ¿se la contás al letrista?

Yo creo que al letrista le tiene que llegar. Yo no le puedo decir “Mirá, acá yo quiero que me hagas…”, porque yo no sé escribir, sino lo escribiría yo.

Y cuando escribiste ese tema, ¿vos te inspiraste en alguna situación o fue el placer del sonido que te fue llevando y la melodía fue saliendo sola?

No, me salió. Hice una melodía que vos decís “¿De dónde vino?” Me salió todo así, brum, volando.

¿Habitualmente tu proceso creativo es así?

No, a veces lo pienso, digo “¿A ver cómo va esto…? No, esto no me gusta”, y voy buscando, pero ésta me salió así.

¿Empezás a “jugar” con el bandoneón hasta que sale?

No, jugar con el bandoneón, no. Yo me pongo, es un trabajo. Yo me pongo y digo “Voy a componer algo. Vamos a escribir, al menos, cuatro compases”. Entonces, después, vas hilando todo, vas haciendo una composición de todo lo que escribiste antes, todos los pedacitos, los juntás como un rompecabezas, y de ahí salen cosas después.

Tu fuente de inspiración es siempre el sonido.

La melodía. Si en el tango no hay melodía, para mí no existe. El tango es melodía, ritmo, síncopa y todas esas cosas que tiene el tango. Si no tiene eso… Por ejemplo, hace un tiempo que hay mucha gente que toca fusión -a mí no me gusta la fusión- y como le ponen un bandoneón se creen que están tocando tango. No, es música urbana. El tango es muy melódico, la melodía tiene que estar, si no, ¿esto qué es?

¿Cuándo empezaste a escribir? ¿Cuándo fue tu primera composición?

Cuando empecé con Pugliese. Hasta entonces tenía cosas, pero con Pugliese empecé a armar los temas. Un día Caldara me dice “Che, pibe, pero vos estás en la orquesta de Pugliese, no estás con cualquiera, ¿Qué haces que no escribís cosas tuyas?”. Y le digo “Sí, tenés razón”. Y ahí empecé a escribir para mí. Para Pugliese hacía los arreglos.

Víctor Lavallen en el trío que forma con Pablo Estigarribia (piano) y Horacio Cabarcos.

¿Qué hubieras hecho si no hubieras tenido la suerte de entrar en todas estas orquestas, si te hubiera tocado una época como la actual que no hay tanto trabajo?

No sé, la verdad que no se me ocurre qué podría haber sido, qué hubiera pasado, no tengo la menor idea.

¿Hubieras insistido en tocar o te imaginás haciendo otra cosa?

Y, si te gusta lo que hacés, sí. Por ejemplo, a mí a veces me decían “Usted es músico, pero ¿de qué trabaja?”. “Soy músico, trabajo de músico, viví toda mi vida de músico, no hago otra cosa”, la gente se cree que es un hobby la música. Fito Páez no va a la oficina a escribir a máquina o con la computadora, el tipo es músico.

Lo preguntaba porque tuviste la suerte de estar en una época que había mucho trabajo, pero hoy por hoy ya no es así…

Eso es verdad. Yo tuve mucha suerte de estar en una época en que se trabajaba un montón. Ya te digo, empecé joven porque había mucho trabajo. A mí me vino bárbaro. Pero ahora es distinto. Ahora hay un montón de buenos músicos, pero poco trabajo, desgraciadamente.

Pero, qué va a ser, hay que remarla, a lo mejor cambia. Si les gusta, hay que meterle para adelante. Por ejemplo, muchos maestros dicen: “No, usted no está para esto, dedíquese a otra cosa”, mentira. Conozco un montón de casos, uno, por ejemplo, que le decían que no servía y el tipo siguió y tuvo un éxito bárbaro.  Hay un montón de detalles, no se sabe por qué a veces hay tipos que tienen un éxito bárbaro, impresionante. Si a vos te gusta, tenés que seguir. Yo iba a seguir igual. Yo seguí igual.

«Componer, escribir, tocar… Tocar también, porque me gusta estar en contacto con la gente, que escuche lo que hago yo, lo que hacemos, bah. Estamos en eso, yo estoy en eso, me gusta eso. Esto te da vida, también, ¿no? Y te ayuda a sobrellevar los momentos fuleros. Yo los he pasado, pero me ha ayudado, de verdad.»

Mirá, por ejemplo, yo era amigo de Expósito, entonces una vez le digo a Homero, “Tengo un tema que se llama Vigilia” -no sé si lo escuchaste, un tango mío cantado, a todos los cantantes les gusta-. “¡Uy que linda melodía!”. “¿Qué te parece? ¿Podés hacerme la letra?”. “Sí, ¡qué lindo!… Bueno, dámelo”. Y, entonces, me dice: “Mirá, yo lo voy a cambiar”. “No, si me cambias la melodía, no. Yo quiero que me hagas la letra sobre esta música.” “Ah, bueno, bueno”, dijo y no me dio bola. Me echó Flit, no le gustó.   Después, había uno que se llamaba Majul y me dice “No, ésto no lo puedo hacer porque yo escribo con Demare”. Y otro también, Julio Camiloni. ¿Viste el tango La última de Troilo? Bueno, yo lo conocía, un hombre grande ya, y me dice “No, ¿sabes qué pasa? si lo hago con vos, Gobbi se va a enojar”, porque él trabajaba mucho con Gobbi. ¡Pero, después hizo con otros! Se ve que como yo era joven, no me daban pelota. A lo mejor, si me hubieran dado pelota me hubiera incentivado más, y todo esto que hago ahora lo hubiera hecho antes.

Lo que pasa es que veo que ahora no le dan bola a la música que hacemos, pero diría que es una cosa pasajera -esperemos que sea pasajera-. A lo mejor cambia, nunca se sabe.

¿La gente no le da bola al tango?, decís.

Claro, al género en general. Tiene que cambiar porque hay muy buenos músicos, hacen cosas buenas, no imitan a otros, los tipos tienen su personalidad, hay cuatro o cinco tipos que son buenos músicos. Pero falta difusión, si hubiera difusión está todo solucionado. Surgirían nuevos valores, cantantes, habría más cantantes.  No difunden la música nuestra como corresponde. La gente no tiene la culpa, la gente escucha la música que le dan, si le dan una porquería, le gusta una porquería.   

Pero es un círculo vicioso, ¿no?, no dan otra cosa porque dicen que la gente no la escucha.

Mentira, la gente escucha todo, por ejemplo, vos escuchás una cosa y pensás “Che, pero esto no me gusta”. Lo escuchás una vez, dos, y después “y… no está tan mal”. Hasta a mí me pasaba. Y después te gusta, te acostumbrás. Eso es lo malo, te acostumbrás a lo malo, por eso la gente perdió el gusto, no tiene la culpa. Son los medios, son todos tipos que no saben nada de nada. Mirá, yo escucho algunos programas a veces en la televisión cuando estoy al divino botón, y veo el programa ese de preguntas y respuestas y se me caen las medias cuando escucho a tipos que son abogados, ingenieros, y que se yo, y no saben nada de lo elemental, nada. Y ni hablar de la música, de escritores argentinos, no saben nada.

Tenés un disco que ganó un Gardel al mejor álbum de tango. ¿Cómo se siente eso?

Si, pero no sólo, con el trío, con Estigarribia (Pablo) y Cabarcos (Horacio). Hay un tema mío, un tema de Estigarribia, hay arreglos míos, arreglos de él… Pero, ¿querés que te diga una cosa? Yo no creo nada en los premios, los premios para mí no existen. Porque no te da ningún valor por haberlo ganado. No trabajás más por haber ganado el Martín Fierro, el Grammy, el Gardel o el que sea. Para mí, son todo mentira esos premios. Es un negocio de las grabadoras, para mí.

Bueno, ahora las grabadoras están listas, no se puede grabar. ¿Sabés lo que sale grabar un disco? Es mucha plata para acá. Antes, en la época en que yo empecé a trabajar, a todas las orquestas las contrataban las compañías de discos y te pagaban la música, los arreglos y después regalías. Aunque hay que decir que ahora cobran todos los músicos. Eso va mejorando, dentro de todo. Antes de la venta de discos cobraba sólo el director, y a los músicos le pagaban un cheque según tarifa, y al arreglador le pagaban el arreglo y después se encargaban ellos de promocionar. Y vendían un montón de discos.

De izq. a der. Pablo Estigarribia, Horacio Cabarcos y Víctor Lavallen.

¿Qué cosas te dio la música o el tango? ¿Qué conseguiste gracias a la música, al tango?

Un montón de gente amiga, conocimientos, conocí el mundo, otro mundo que no conocía. La música te ayuda a todo eso también, a estar en contacto con la gente.

¿Y qué te quitó la música? ¿Perdiste algo por dedicarte a esto?

No, para nada, yo siento que no, al contrario.

¿Hay algo que harías de otra manera de como lo hiciste?  

No, haría lo mismo. Exactamente lo mismo, porque me gusta.

¿Te gustaría transmitir algo en especial a los jóvenes?

No, sólo que lo que hago yo no quede en el vacío, por lo menos que lo tomen los jóvenes. Lo toman, porque hay muchos que hacen las cosas que hago yo. Que hacía yo, bah.

¿Por ejemplo?

Por ejemplo, la forma de escribir, la forma de cantar. Por ejemplo, Pablo Estigarribia, cuando escribe, como estuvo mucho conmigo, entonces se le pegó mi forma… Bruschini también.

¿Es especial tu manera de escribir? ¿Hay un estilo Lavallen de escribir?

Según ellos, sí. Yo no lo noto, pero ellos dicen que sí. Yo escribo, no sé si es una forma nueva o de otro, no se sabe, es una mezcla de todo, de toda la trayectoria. Y después sale lo tuyo.

¿Querés decir algo más, algo que quieras contar, algo que haya sido especial?

No, está bien, me parece que es todo, ¿no? Te agradezco mucho haberme escuchado tanto, nada más. Que me gustaría seguir en esto, siempre, forever.

¿Es lo que te mantiene vivo?

Exacto. Sí, para mí, sí.

¿El componer, el tocar, todo junto? ¿Qué de todo te mantiene vivo?

Componer, escribir, tocar… Tocar también, porque me gusta estar en contacto con la gente, que escuche lo que hago yo, lo que hacemos, bah. Estamos en eso, yo estoy en eso, me gusta eso. Esto te da vida, también, ¿no? Y te ayuda a sobrellevar los momentos fuleros. Yo los he pasado, pero me ha ayudado, de verdad.

Muchas gracias, Maestro, por compartir tu experiencia con tanta generosidad. Ha sido un placer escucharte.

Víctor Lavallen nos narra sus experiencias, sin grandes estridencias. En su relato se percibe un ritmo acompasado, como el de aquel que ya sabe dónde pisa. Insisten palabras como estudio, ensayo, aprendizaje, trabajo… Una nota de color, de repente, salpica la historia, casi al pasar, “¡La pasé fenómeno!”. Los cambios de ritmo introducen la pausa reflexiva: “Tuve suerte, también, ¡eh!”… “Había mucho trabajo”… Son los pasos -y pases- de un hombre sereno que parece haber empatado con la vida. Y una se pregunta, esa serenidad, ¿es una conquista o una herramienta que siempre lo acompañó?

Para Epicuro, la serenidad era una conquista. El filósofo del hedonismo -una filosofía tan mal entendida como banalizada- iba en búsqueda de la “ataraxia” o la imperturbabilidad, como forma de alcanzar la felicidad. Una tarea que implica identificar lo estrictamente necesario para desprenderse de todo lo que genere dependencia y, por tanto, perturbaciones; y las vivencias de las que se puede obtener placer sin quedar dependiente. Se trata de un placer experimentado con pequeñas cosas que hacen grandes diferencias cotidianas. Nada tiene que ver con el consumismo -de hecho, éste, esclaviza-, sí con la satisfacción de las necesidades fundamentales, en tanto son aquellas que fundan la vida, y con el modo con el que se satisfacen.

La entrevista nos retrotrae a una cotidianidad construida a través de largas jornadas plenas de trabajo y experiencias, en las que cada hora contaba. A diferencia de lo que ocurre en estos tiempos de aceleración en los que los individuos corren escapando de un reloj implacable, mientras las horas se les escapan como agua entre los dedos al no poder encontrar un cauce -o causa- que les dé profundidad. Por otro lado, el sistema de méritos bajo el que trabajaba el entrevistado premiaba a quien contribuía a un mayor éxito de la orquesta. Se trataba de un buen desempeño personal -contando con el apoyo de los otros músicos- para un triunfo colectivo, a diferencia de lo que hoy se conoce como meritocracia, que carga sobre el individuo la responsabilidad de su propia suerte eximiéndosela a lo social.

Justamente, para Epicuro, una de las claves para alcanzar la ataraxia son los otros, los amigos, porque reconoce la dependencia originaria del ser humano: nacemos prematuros, necesitamos de otros para sobrevivir. En ese sentido, el amigo es aquel capaz del altruismo que generosamente brinda asistencia sin reclamar nada a cambio. Es, también, con quien todo se disfruta más y mejor. Y, por eso, quizás, uno de los beneficios que Víctor Lavallen destaca de su carrera son los amigos ganados.

En síntesis, la serenidad sería una conquista que se alcanza a lo largo del camino, de manera particular, y andando en compañía de otros.

Flavia Mercier

Polly Ferman: “Toco el piano porque sigo amando lo que sale del piano.”

Pianista, directora musical y maestra, Polly Ferman es responsable de una frondosa trayectoria artística mundial de más de 75 años, que incluye presentaciones en los más destacados teatros del planeta como el Carnegie Hall de Nueva York, el Lincoln Center, el Takemitsu Hall de Tokio, el St. Martin in the Fields de Londres, el Teatro Colón de Buenos Aires, el Centro Nacional de Artes Escénicas de Beijing y el Centro de Arte Oriental de Shanghai, entre otros. Nacida en Uruguay tiene una larga relación con la Argentina, donde también vivió, habiendo sido elegida por dos grandes maestros de la música, Horacio Salgán y Ariel Ramírez, como destinataria de sus legados musicales. Concertista de música clásica, abraza el tango cuando conoce a Daniel Binelli y pasa a formar parte de su quinteto para la compañía Tango Metrópolis, y por su labor con el tango fue recientemente galardonada como Presidenta de la Academia Valenciana de Tango, correspondiente de la Academia Nacional del Tango de Buenos Aires. Emprendedora y promotora cultural aprovechó su residencia en Nueva York para fundar la Pan American Musical Art Research, una ONG dedicada a la difusión de las culturas latinoamericanas, desde la cual organiza la Semana de la Cultura Latinoamericana desde hace 40 años. Durante su estancia en Japón realizó una gira por veinticinco instituciones para personas con discapacidad, que fue reconocida por el príncipe Tomohito de Mikasa como “el broche de oro al corazón de Japón”. Es creadora, directora y partícipe de la compañía de mujeres y espectáculo de tango Glamour Tango que, en la actualidad, cuenta con tres elencos: uno en Buenos Aires, otro en Nueva York y otro en Valencia. Infatigablemente inquieta incursionó también en el periodismo, habiendo tenido una columna de viajes en el diario El Día de Uruguay y habiendo sido corresponsal y presentadora del recordado noticiero argentino 60 minutos. Impulsada siempre por la emoción y con el afán inagotable de emocionar, Polly nos comparte su prolífera experiencia con el deseo de contagiar sus inagotables ganas de vivir.

Polly, ¿Vos sos uruguaya, no?

Yo soy uruguaya, sí.

¿Y empezás a estudiar piano a los tres años?

Empiezo a estudiar a los cuatro años.

¿Y cómo fue que empezaste tan pequeña?

Porque iba a un jardín de infantes donde tenían una orquestita con instrumentos de percusión, pero a mí me dieron el xilofón, que era el único que hacía sonidos. Entonces la maestra llama a mi mamá y le dice que consideraba que yo tenía que aprender música porque tenía buen oído, porque era capaz de seguir con el xilofón. Entonces mi mamá me lleva a un conservatorio que se llama Juan Sebastián Bach con un profesor con muchísima paciencia. Tengo recuerdos muy vívidos y hermosos de esa época.

¿Y qué sentías al tocar el piano a los cuatro años? ¿Era un juego para vos?

Era algo más que mis padres me hacían estudiar, así como estudiaba inglés. Yo nunca pensé que iba a llegar a hacer nada con el piano porque no era la intención de mi familia tampoco.

Era como una formación más.

Exacto, era una formación más. Pero mi profesor, Santiago Baranda Reyes, me dice de hacer un concierto a los siete años en la Sala Verdi, en Montevideo. Yo tenía buena memoria, y podía hacer un repertorio que incluía a Mozart, Bach, Scarlatti.

«Recuerdo que la gente me decía que había llorado de la emoción. Eso sí era algo que, si bien a nivel intelectual yo no lo entendía, me estaba diciendo que podía llegar con mi mensaje musical a un lugar que desconocía. ¿Por qué la gente lloraba cuando yo tocaba?, me preguntaba.»

¿Algo en especial que te acuerdes de este primer concierto?

Me acuerdo que me habían hecho ¡un vestido! … En esa época en el conservatorio me llamaban “Repollo” por los vestidos arrepollados que me hacían, con muchas enaguas y un moño grande atrás. Y me habían mandado cantidad de canastos de flores y, cuando empiezo a tocar, un gladiolo me rozaba y me picaba, me picaba… Estaba desesperada. Hasta que, por primera vez, hice intuitivamente algo que después he utilizado toda mi vida, y he ayudado a gente con esto, algo que tiene que ver con la visualización: yo saqué esa flor con mi mente. Visualicé que el canasto no estaba y pude terminar el concierto. Te digo que hasta hoy siento cómo me picaba desesperadamente ese gladiolo mientras no sabía qué hacer.

Polly Ferman en su exhibición en la Sala Verdi de Montevideo a la edad de 7 años.

Decís “intuitivamente”. ¿Cómo se te ocurrió?

No sé… A veces se me ocurren cosas… Mi intuición ha tenido que ver con muchas decisiones en mi vida. Cuando aparece algo no lo pienso, lo hago. Y siempre he probado que tenía razón en creer en la intuición.

¿Aparece dónde? ¿Te aparece como una sensación? ¿Como una “cosa” en el estómago?

Aparece como un mensaje. Hay algo, una parte de mi intelecto que me dice qué es lo que tengo que hacer. Y cuando no lo he seguido me ha costado salir. Así que he aprendido a creer en mi intuición. No me pregunten qué es… no es intelectual, es como una fuerza que viene de algún lado que no pasa por las creencias. No pasa por las creencias intelectuales, pero sí es una creencia en esa voz que aparece. Una fe en esa voz.

Una apuesta por esa voz.

¡Esa voz es la mía!, ¡¿eh?!, que me está dictando “Tenés que hacer tal cosa”.  Como cuando empieza la pandemia: yo estaba con mi elenco argentino ensayando en Buenos Aires y, un día, siento, repentinamente, que tenemos que irnos a Uruguay. Le digo a Daniel: “Me voy a comprar los pasajes.” “Pero si tenemos visita en el médico”, me dice. Nos fuimos en el último Buquebus que dejaron salir para Montevideo. ¿Entendés?

¿Y qué experimentabas por el hecho de tocar en público?

Nada en especial. Lo único que recuerdo que me gustaba es que, cuando yo tocaba, la gente me decía que había llorado de la emoción. Eso sí era algo que, si bien a nivel intelectual yo no lo entendía, me estaba diciendo que podía llegar con mi mensaje musical a un lugar que desconocía. ¿Por qué la gente lloraba cuando yo tocaba?, me preguntaba.

¿Trabajaste con Ariel Ramírez y con Horacio Salgán? Dos grandes compositores y pianistas de la música popular argentina.

Ariel Ramírez me dio su música y por eso yo he podido grabar dos CDs con música suya que no ha grabado nadie en piano solo. Y Horacio Salgán me entregó toda su obra. Yo tengo toda la obra de Horacio, y el diecisiete de marzo hice un estreno mundial a cuatro manos con un pianista y compositor argentino que se llama Claudio Méndez de obras de Horacio Salgán, que él arregló para cuatro manos.

¿Inéditas?

No inéditas, pero que nunca antes fueron arregladas para dos pianistas en un mismo piano.

Polly con Horacio Salgán.

¿Y qué te transmitió Salgán?

Salgán era un personaje, se casó cuatro veces, como yo. A mí me encantaba. Cada vez que venía de Japón a la Argentina a visitar a la familia iba a tomar café con él. Era muy prolijo, su casa era impecable. A mí me decía “¿Le di ya a usted esta música?” y si le decía que no, “ah, bueno”, iba y la traía. Se acordaba perfectamente de todo. Me acuerdo que tenía un piano eléctrico, de cola, y una rosa de plástico encima. Unos sillones con una mesa de plástico donde nos sentábamos siempre, y tomábamos café ahí o íbamos a tomar café a una confitería. Viajar no le gustaba mucho, aunque fue a Japón en un momento.

Para mí Salgan es un músico impecable, muy pulcro, su forma de escribir… No hay forma de equivocarse porque él lo escribe bien. Lo llamaban, el Scarlatti del tango (Domenico Scarlatti, compositor barroco reconocido por la virtuosidad que exigen sus composiciones), porque tenía la mano derecha articulada y la izquierda rítmica, de tango, como si fuera un contrabajo. Era muy modesto. Una vez me dijo “Yo no sé para qué me siguen dando tantos diplomas, no me sirven los reconocimientos. Mejor que me den más dinero para sobrevivir”. Al final se fue a vivir con el hijo menor que es pianista también. La verdad es que yo celebro la amistad con Salgán.

¿Y qué te transmitió o te enseñó Ariel Ramírez?

Para mí es de esos genios que han traspasado fronteras, pero con mucha modestia. Nunca lo escuché decir “Porque yo, porque yo”, nada de eso. Y él hizo cosas impresionantes como la Misa Criolla, o Alfonsina y el mar.

¿Y te acordás de alguna frase que te haya dicho Ariel Ramírez u Horacio Salgán, alguna enseñanza de la que todavía te agarrás, en alguna actuación, o que querés trasmitir a otros, porque sentís que eso que te dijo es como “oro en polvo”?

No, no me parece que ellos me hayan dicho nada en especial… El hecho de que confiaran en darme todo su repertorio fue para mí una manera de decirme que estaban contentos con cómo yo los podía interpretar interpretar. Nunca me dijeron cómo tenía que hacer las cosas, nunca. Y eso era maravilloso porque, por un lado, me dejaron libre, y por otro, por ejemplo Salgan, creo que nunca hubiera ido al concierto de alguien que tocara su música si no estuviera de acuerdo con cómo lo hacía. Y él vino al Maipo cuando hicimos unas funciones de Glamour Tango a escuchar A fuego lento. Yo siempre incluyo en mi repertorio música de Horacio Salgán y de Ariel Ramírez.

Y en cuanto a Ariel Ramírez, además de darme todo su repertorio para piano solo; le dijo al periodista Vargas Vera en una entrevista que yo era la mejor intérprete de su música.

«Mi intuición ha tenido que ver con muchas decisiones en mi vida. Cuando aparece algo no lo pienso, lo hago. Y siempre he probado que tenía razón en creer en la intuición… es como una fuerza que viene de algún lado que no pasa por las creencias. No pasa por las creencias intelectuales, pero sí es una creencia en esa voz que aparece. Una fe en esa voz.»

¿Y cómo llegás a Nueva York donde viviste muchos años y fundaste una ONG muy importante para difundir la música latinoamericana?

Cuando me separo de mi segundo marido, un amigo de Francia que yo había conocido en la casa de Carlos Páez Vilaró -porque mi segundo marido era mecenas de Páez Vilaró- me invita a hacer un concierto en Francia, en un programa de televisión de un periodista muy conocido, Michel Druker. Yo no tenía plata, así que, para comprarme el pasaje, vendo la primera de las alhajas que me había regalado mi segundo marido. En esa época vivía como una reina, tenía mayordomo, chofer, él era rico y me llenaba de todo lo que te imagines, pero, por razones que no vienen al caso, decido terminar el matrimonio. Así que un día agarro a mis hijos, agarro las alhajas y me voy a un cuarto de hotel. Y dejo todo lo demás, hasta el piano. Y a partir de ese viaje a Francia empiezo a vender todas las joyas para construirme una carrera con el piano. Pero me doy cuenta que desde Montevideo no iba a poder, ni desde Argentina. Ya me había costado todas las alhajas y no tenía nada más. Entonces, otra vez la voz de la intuición me dijo “tenés que irte, tenés que irte, tenés que irte”. Tenía que irme a un lugar desde donde pudiera proyectarme. Y ese lugar a mí se me apareció como Nueva York. Mis hijos ya estaban grandes, así que un día les dije: “Ustedes perdónenme, pero yo me tengo que ir a Nueva York porque quiero ver qué pasa con la música”.

¿Antes habías vivido en Argentina, también, no?

Cuando me separé de mi primer marido. Yo me casé cuatro veces. La primera vez con 16 años. En esa época, casarme significaba ser libre. Y a los dieciocho tuve a mi hija, a los diecinueve tuve a uno de mis hijos, a los veintiuno al otro, y a los veintidós me divorcié.

¿A los veintidós años te quedaste sola con tres chicos?

Y mi hijo menor tenía nueve meses. Nueve meses, dos años y tres años. Y sola porque yo dije “Tengo veintidós años y toda la vida por delante. ¿Esto es lo que me va a tocar vivir por el resto de mi vida?”. Otra vez la intuición. Me fui y empecé a trabajar en un colegio privado de Montevideo, donde enseñaba el método Orff que es un método de introducción a la música. Y, como a mí siempre me gustó el periodismo, al mismo tiempo, escribía para un diario de Uruguay que se llamaba El Día. Y también producía un programa de televisión que se llamaba Las tres tareas de la buena voluntad.

Pero como la situación con mi ex era muy difícil, tras una dura negociación, consigo una autorización para vivir en la Argentina con mis hijos. A cambio, cada tres meses los chicos tenían que volver a Uruguay. Hasta que, al terminar un verano que mis hijos pasan con él en Uruguay, no los deja volver a la Argentina y los anota en una escuela. Así que yo dejé todo en Argentina y volví a Uruguay porque si no me iban a acusar de abandono del hogar. Y recuperé a mis hijos a prueba. Me los dieron seis meses a prueba. Tenía que demostrar que podía ser buena madre.

¿Y en Argentina continuaste dando clases de música?

No, todos esos años dejé de tocar. En total estuve ocho años sin tocar el piano. Hasta que me casé con mi segundo marido. Ahí volví a tocar.

En Argentina, conseguí un trabajo en Oficentro, como relaciones públicas y, si me iba bien, llevaba a los clientes como consultora.

¿Y sobre qué escribías en el diario El Día? ¿Sólo sobre viaje o algo más?

Escribía mucho… A partir de mi segundo matrimonio, cuando volví al piano, tenía una columna que se llamaba De viaje, porque empiezo a viajar y a tener experiencias no sólo como pianista sino como esposa de un millonario…

También trabajaste en 60 minutos ¿Cómo fue esa experiencia?

Y, por ejemplo, te puedo contar que yo hice la primera nota a color de 60 Minutos. Todo empezó durante un verano en el que me habían enviado del diario a Punta del Este a hacer una entrevista de lo que encontrara, de lo que fuera, y ahí me conoce alguien del programa. Descubre mi columna de viaje y me invita a trabajar con ellos. Entonces, por ejemplo, me iba a Estados Unidos con un camarógrafo, daba conciertos y hacía notas. Le hice una entrevista a Ginastera. Y también estaba en las noticias.

Polly Ferman y Daniel Binelli con la orquesta del 46 de Astor Piazzola en el Festival de Tango de Buenos Aires 2017.

Hasta acá, pareciera que tu “voz interior” lo que hacía era arrancarte de todo aquello que te podía robar libertad. ¿Dónde aparece la voz para decirte “Es por acá”? ¿Cuándo aparece el piano como vocación?

Cuando mi amigo me invitó a participar de ese programa en Francia. El hecho de tener una oportunidad afuera me dio a entender que eso era lo que me gustaba: viajar con la música.

Y, hasta ese momento, ¿qué representaba para vos la música? ¿Para qué te sentabas al piano?

Era como volver a esa historia que yo tuve de niña.

Pero, ¿qué te vertebra a vos: la música o el piano?

Yo tenía que volver a emocionar; todavía no sabía que ésta era la palabra, hoy ya sí.

O sea, lo que te causaba para volver era el enigma de por qué la gente lloraba al escucharte tocar.

Quizás si no me hubiera pasado de niña, y simplemente me hubieran aplaudido porque era chiquita y tocaba bien, no hubiera seguido con el piano. Pero a mí me había impactado eso de que la gente llorara. “¿Qué pasa con mi música que la gente llora?”

Pero, cuando retomo el piano, al principio la gente no lloraba, entonces tengo que volver a conectarme con mis emociones para emocionar. Porque eso fue, y sigue siendo, lo único que me interesa con el piano.

Emocionar.

Emocionar, es lo único. No me interesa que me digan que toco rápido o que toco bien. Nada. Para mí, a esta altura de la vida, como persona que ha vivido muchas experiencias, hay una sola respuesta válida: “Emocionar y emocionarse”. Eso es lo que para mí tiene sentido en la vida. Por eso yo toco el piano, por eso sigo a pesar de que este año cumplo ochenta y empecé a los cuatro -con ocho que no toqué-, porque sigo amando lo que sale del piano cuando emociono. Yo me emociono, porque si yo no me emociono, no puedo emocionar. Para mí el piano es como si tuviera una voz con la que expresar con sonidos, pero sin palabras, las emociones.

Y por eso hago un curso para pianistas y no pianistas, sobre piano y las emociones. Y por eso hago proyectos en instituciones de discapacitados, para ver si, a través de mi música, de la emoción que proyecto con mi música, puedo ayudar a visitar lugares que están en la mente de algunas personas, de algunos chicos, fundamentalmente jóvenes, que no se animan a expresar, que tienen miedo de sentir. Porque yo creo que uno tiene que hacer cosas, sea a través del piano, de la comida, o con lo que se te ocurra, que sirvan para crear vínculos a través de esos hilitos invisibles que te conmueven.

«Hacer las cosas sólo para uno es una soledad terrible, la vida es para compartir. Compartir emociones, experiencias, tiempo.»

Conmover o “mover-con”, movilizar al otro con las sensaciones, el afecto, es decir, lo que afecta. Justamente ahí radica la potencia del arte, del objeto de arte. ¿Te llevó mucho tiempo volver a emocionar? ¿Cómo fue el proceso?

Al principio fue una cuestión, incluso, de recuperar la técnica. Digamos que, cuando yo vuelvo al piano, mis dedos y mi mente eran dos cosas distintas: yo tenía la música en mi cabeza, pero mis dedos no tenían la agilidad necesaria. El primer paso es tomar velocidad, recuperar el movimiento de los dedos. Recuperar esa técnica me llevó un tiempo. Es como el que corre carreras y deja de correr, se acuerda de lo que tiene que hacer, pero hasta que toma velocidad, pasa un tiempo. Y uno está tan ocupado, o preocupado (con énfasis) por poner los dedos en el lugar que corresponde, que la mente está desconectada de lo emocional. Fue tiempo, no fue mucho, el necesario hasta volver a ser la pianista que era. O sea, la que podía emocionar.

«Emocionar, es lo único. No me interesa que me digan que toco rápido o que toco bien. Nada. Para mí, a esta altura de la vida… hay una sola respuesta válida: “Emocionar y emocionarse”. Eso es lo que para mí tiene sentido en la vida. Por eso yo toco el piano, por eso sigo a pesar de que este año cumplo ochenta… porque sigo amando lo que sale del piano cuando emociono. Yo me emociono, porque si yo no me emociono, no puedo emocionar.»

Entonces, habíamos quedado en el momento en que te ibas a Nueva York, ¿y?

Yo estaba en Nueva York, en un lugar que me habían prestado para vivir, y todos me preguntaban de dónde era. Les decía que era de Uruguay, y mucha gente no sabía ni dónde quedaba. Ahí viene la vocecita de nuevo, que me dijo: “Tengo que mostrar que Uruguay es un país que queda en un continente rico en música”. Así empiezo a investigar sobre compositores de principios del siglo XX que habían estudiado en Europa, pero que habían captado el folklore, los ritmos de América Latina como Ginastera, Villalobos, o Cluzeau Mortet. Abandono la música clásica europea que había tocado siempre y me dedico a tocar sólo esos compositores referentes de cada país latinoamericano.

Empiezo a hacer conciertos y me va bien, empiezo a grabar, y un día llega un chico que era egresado de estudios latinoamericanos y me dice “¿Por qué no creás una ONG?”. Y yo le digo “Porque no tengo plata”. “No precisás plata, necesitás un directorio”. Y como yo había conocido gente relacionada con el Metropolitan, les cuento que me gustaría crear una organización sin fines de lucro para que se conozca -en ese momento- la música y las danzas latinoamericanas, y todos me prestan los nombres. Inclusive hay una colombiana que me trae a Plácido Domingo, quien, desde la creación de mi ONG hace cuarenta años -este año los cumple-, es el presidente honorario. 

¿Estamos hablando de la Panamerican Musical Art Research Organisation?

Exacto.

¿Y cuál es su misión?

Abrirles puertas a colegas pianistas con la condición de que incluyeran en su repertorio un ochenta por ciento de compositores latinoamericanos. Pero no de la música popular, porque mi objetivo era llegar a la gente que va al Carnegie Hall o que va a los conciertos sinfónicos.

Y ahí ocurre que hago el lanzamiento de mi ONG en el Consulado Argentino en Nueva York. Y después doy un concierto por Uruguay en Naciones Unidas, y vuelvo a encontrarme con el cónsul argentino. Y bueno, empezamos a salir y, te la hago corta, es mi tercer marido. Y cuando nos casamos, él se convierte en embajador argentino en Japón, así que fui la esposa del embajador argentino en Japón durante ocho años. Sigo siendo pianista, sigo viajando, y además toda esa parte social que te toca como esposa del embajador, aunque yo siempre ponía la excusa que tenía que estudiar piano, y muchas veces me borraba. Pero, por estas circunstancias, me pasaron cosas increíbles, como que toqué a cuatro manos, sentada en la misma banqueta, en encuentros secretos, con la emperatriz. Ella iba a tres embajadas dónde había músicos profesionales y a mí siempre me pedía música argentina para cuatro manos.

Fue muy lindo, la verdad, pero lo que me llamaba siempre la atención era que yo veía todo preparado para sillas de ruedas y nunca veía una silla de ruedas. Todo preparado para no videntes y nunca veía a un no vidente. No veía discapacitados en Japón. Pregunto dónde están, pregunto en las iglesias, y nadie me daba una respuesta. Hasta que en el 98 nos invitan a un concierto de distintas bandas musicales -de niños, de la policía, etc.- y veo que la planta baja está llena de sillas de rueda y digo “¿Y esto?”. Me explican que estaba el príncipe Tomohito de Mikasa, primo del emperador, que era una suerte de patrono de instituciones para discapacitados, y que no había conocido porque no le interesaba lo social. Entonces yo dije “Este hombre es mío”. “Voy a hacer algo que no va a poder decir que no.

Hago que le llamen, llamo yo, hasta que un día me llama él y me pregunta si era verdad que yo quería tocar en alguna de las instituciones. Y le digo que sí, y me pregunta “¿por qué?” “Porque soy egoísta y sé que voy a recibir más de lo que voy a poder dar”. Y me dice “¿Cuándo?”.

«…yo creo que uno tiene que hacer cosas, sea a través del piano, de la comida, o con lo que se te ocurra, que sirvan para crear vínculos a través de esos hilitos invisibles que te conmueven.»

¿En búsqueda de qué ibas?, ¿De volver a emocionar?

Que yo me iba a emocionar de verlos. Sabía que sería un viaje de ida y vuelta, porque hasta entonces era un viaje de ida, el de emocionar, pero la emoción que yo iba a recibir de poder estar tocando para esta gente era muy fuerte, era algo que yo quería vivir.

¿Los discapacitados estaban ocultos en Japón, por eso nunca los veías?

Estaban en islas en el medio del Pacífico. Nunca habían visto o escuchado música más que por televisión. Entonces el príncipe organizó una gira de cinco semanas, veinticinco instituciones, la fundación Yamaha donó pianos para todas porque, por supuesto, no tenían. Fui a leprosarios. Tocar en los leprosarios con gente muy mayor, algunos que no tenían parte de la cara o en instituciones donde había gente conectada con tubos… Aprendí japonés para poder comunicarme con ellos. Aprendí mucho con el príncipe. Él me decía que cuando uno ve a un discapacitado da vuelta la cara porque tiene miedo de impresionarse o que el discapacitado piense que lo están mirando mal. Por eso me decía: “Tenés que mirarlos a los ojos, tomarlos de la mano, preguntarles cómo están, qué les pasó”. Fue un viaje de aprendizaje, y el príncipe me regaló un documental de todo ese viaje. Me costó diez años verlo, no me animaba; pero ese documento me sirve para darme cuenta de lo que hice. Y al final del documento habla el príncipe -está en español y en japonés- y dice que yo había hecho más por Japón que cualquiera de los países con los que Japón había mantenido relaciones por años, porque nunca a nadie se le había ocurrido hacer llegar lo que él llamó el “broche de oro al corazón de Japón”. Te lo estoy contando y me estoy quedando sin aire, ¿me entendés?, se me cierra la garganta porque ahí me di cuenta que por eso soy pianista. Ahí va cerrando el círculo que empieza cuando yo era niña y me emocionaba que me dijeran que lloraban.

Polly durante la gira en Japón por instituciones para personas con discapacidad.

Escuché en alguna entrevista, que vos aprendés lo que es un músico de verdad con Daniel Binelli (su actual marido y reconocido bandoneonista y compositor), que fue él quien te lo enseñó. ¿Qué quiere decir un “músico de verdad”?

Porque él es música, de cualquier lado que lo mires es música. A mí, si me pasa algo -me quedo manca, por ejemplo-, tengo plan B y plan C. Pero Daniel sólo tiene plan A, que es la música. Y no es que me ponga contenta eso de que no tenga plan B, porque considero que no tener otro plan en la vida es muy peligroso. Porque si no podés hacer una cosa que vos pensás que es lo único que podés hacer, te quedás sin nada. Yo después que me separé del embajador pensaba “Si no consigo trabajo como pianista, me puedo emplear en otra embajada para hacer ese trabajo que hacía como señora del embajador”. O, como me gusta cocinar, “me puedo emplear como cocinera”. O trabajar con la discapacidad, o promover a través de las visualizaciones, la emociones.

Yo si me comparo con otras vidas, creo que soy una vida vieja, no porque tengo ochenta sino porque vengo de otro lado donde me tocó aprender todas estas cosas. Y creo que los que no son así es porque todavía les toca volver para aprender e ir creciendo y madurando en otras oportunidades. Yo estoy agradecida de haber podido comprobar que todos esos valores relacionados con el príncipe azul que eran la profesión, el dinero, el prestigio, no eran para mí. Y agradecida que Daniel, cuando me conoce, me propone que sea la pianista de su quinteto. Y que cuando le digo que no sé tocar tango -porque una cosa es tocar música clásica, pero tocar tango es tan diferente-, él me responde “Ya vas a aprender”. 

Y no fue fácil porque nadie te explica mucho. Tenés que escuchar, saber escuchar, y saber copiar las cosas que hacen otros y saber las que van contigo. Nadie me decía nada de cómo tenía que hacer las cosas. Yo tenía que aprehender, como decís vos, y dejar la muleta de la música clásica. Porque vos estas caminando apoyado y de repente te sacan las muletas, y tenés que aprender a caminar sola. No sólo caminar, sino correr, y de repente parar y moverte para un lado a bailar, hacer todo eso, pero ya sin el sostén. ¡Vos sos el sostén! Y yo pensaba: “Si yo soy el sostén, ¿por qué me critican? ¡Síganme a mí!”

¿Por qué no te explican?

Porque lleva tiempo, en especial cuando venís de una estructura totalmente diferente.  Yo tocaba el piano de una manera y de repente poder distinguir las acentuaciones… Si todavía, muchas veces, protesto cuando me toca el marcato, es decir, que me toca hacer los acordes en determinado momento. Porque a mí me gustaría que me permitieran mostrar que soy una pianista que puede emocionar, y si vos estás en un quinteto o en una orquesta, el piano es una base rítmica, como el contrabajo, entonces, ¿cómo hacés para demostrar que además emocionás? Muchas veces lo hago porque para mí es un honor tocar con Daniel.

Yo sufría al principio, hasta que en el 2006 dejo Tango Metrópolis y me voy a San Francisco.

Y entonces en el 2008 aparece Glamour Tango como respuesta.

Antes me llama un productor americano y me dice que él está creando un proyecto que se llama “Leading Ladies of Tango” porque quería que yo fuera la pianista y Daniel Binelli el director musical. Entonces le dije “Si Daniel Binelli es el director musical, conseguite otra pianista”. Estuvo dos meses sin contestarme y a los dos meses me dijo “Vas a hacerla vos”.

Ahí soy directora musical por primera vez, y aunque en ese momento estábamos separados, Daniel viene a escucharme y recomienza nuestra relación. Entonces pensé: “Bueno, me va a tocar bajarme del caballo y aprender porque yo soy nueva en esto.” Porque nuestro problema había sido de personalidad, ¡de ego! Porque él era el director, pero yo no tenía ni idea quién era de verdad Daniel Binelli. Yo pensaba: “¿Qué se cree? Él es director, pero yo soy pianista”. Hasta que entendí que me tocaba aprender algo nuevo.

Y hoy Daniel está en mi música. En mi espectáculo todo lo que está coreografiado es suyo. Porque yo estoy orgullosa de su música y le rindo homenaje como compositor para que se la crea, porque él piensa que sólo es reconocido por el bandoneón. ¡Y, no, él puede hacer composiciones maravillosas! ¿Sabés que Binelli también escribió una misa que se va a estrenar en Estados Unidos?

Polly Ferman y Daniel Binelli.

¿Qué cambio hiciste ahí, que aprendiste?

Me gustó la libertad del tango -y de Daniel-, que no tenés que seguir las notas o el ritmo escrito, sino que podés darle rienda suelta a tu creatividad dentro de lo que la partitura te permita. Para lo cual, tenés que saber las distintas posibilidades que tienen los compositores. Esa libertad ya me la había empezado a dar la música latinoamericana.

«Para mí el piano es como si tuviera una voz con la que expresar con sonidos, pero sin palabras, las emociones.»

Pero, ¿cómo te daba libertad? Si antes habías comentado que todavía hoy protestás cuando te toca el marcato.

Porque si había una nota que yo no tocaba justo lo que había escrito Villalobos pero que sonaba bien, no había nadie ahí que me dijera “Estás haciendo las cosas mal”. Pero la libertad armónica que tuve con el tango era compensada por la falta de libertad que tenía el aprendizaje de los estilos: tenés que aprender un estilo y ahí no podés improvisar, porque si no se desbarata todo. Podés improvisar dentro de esa estructura. El contrabajo y el piano marcan el ritmo, los instrumentos como el violín o el bandoneón tienen la libertad de entrar y salir, pero las paredes de la casa tienen que estar firmes porque, si no, hay un derrumbe.

Pero sin embargo no es lo mismo escuchar a Salgán que escuchar a Pugliese. Entonces, ¿dónde está el secreto?

Claro, Pugliese tiene ese ritmo especial que tiene La yumba, por ejemplo: “pa, pa, pa”. Salgán es más rígido en la interpretación, tiene momentos más fuertes y más suaves, pero Salgán es como Scarlatti, todo más derechito. Pero es maravilloso lo que hace con la síncopa. La síncopa es Piazzolla con el bandoneón y Salgán con el piano. Es salirse, pero volver. La síncopa es algo que está a destiempo.

Para después entrar a tiempo. ¿Pero, entonces, dónde queda inscripto el estilo del pianista?

En mi caso, creo que lo que me diferencia, un poco, es la musicalidad. Por venir de donde vengo, por toda esta experiencia con las emociones, quizás, en algún momento en que la partitura me lo permite, yo puedo demostrar mi sonido. Yo creo que tengo un sonido particular.

¿Y “tu sonido” tiene algo de tu voz, de esa voz que te ha acompañado siempre?

Yo hablo con mis dedos. Mis dedos están recreando palabras mías, por eso el sonido. Uno no habla todo igualito, uno habla con emoción.

Y según la emoción, está donde le ponés el acento. 

Y en la forma de apretar los dedos, también. El dedo no golpea. El dedo acaricia y penetra los sonidos de acuerdo a lo que estás pensando en ese momento. Aunque sea el mismo tema, apretás siempre diferente porque depende del estado de ánimo -y también a quién le estoy rindiendo homenaje-, cómo te sale. Y así tendría que ser siempre con la música, poder crearte una historia con tu imaginación o que tiene que ver contigo. Una historia que transmitís a través de los dedos.

Que ese tema represente para vos una historia que estás contando.

Exacto, y que no siempre es la misma, porque contar siempre la misma me aburriría.

«Yo hablo con mis dedos. Mis dedos están recreando palabras mías… El dedo acaricia y penetra los sonidos de acuerdo a lo que estás pensando… Aunque sea el mismo tema, apretás siempre diferente porque depende del estado de ánimo -y también a quién le estoy rindiendo homenaje-, cómo te sale. Y así tendría que ser siempre con la música, poder crearte una historia, con tu imaginación o que tiene que ver contigo. …que transmitís a través de los dedos.»

Y entonces, ¿cómo empieza Glamour Tango?

Porque me quedé con la idea de hacer algo sólo entre mujeres, después que me llamó aquel productor de San Francisco. Y en el año 2008, mi hija que estaba al frente en Uruguay de una empresa que había creado su abuelo, contrata el Teatro Solís de Montevideo para celebrar los ochenta años de la empresa, y me dice “¿Qué te gustaría hacer?” “A mí me gustaría presentar una compañía de mujeres.” “Hacela.” O sea que fue mi hija la que me dio la base para que yo pueda hacer Glamour Tango.

Y esta compañía lo tiene todo para mí. Yo soy la mamá, la abuela de mis artistas, a pesar de que, al tener una base en Buenos Aires, una en Nueva York y una acá por el tema de los pasajes, las llevo a distancia, pero hay un vínculo afectivo. Algo no tan común cuando tenés un quinteto. Normalmente sólo tenés un vínculo profesional, pero para mí, mis chicas son parte de mi familia. Yo agrando mi familia con Glamour Tango.

¿Desde dónde las maternás?, ¿Qué le buscás transmitir de toda tu experiencia, de todo tu recorrido?

Glamour Tango es mi espectáculo con mujeres, que creo para demostrar que las mujeres podemos hacer todo solas, aun el tango. Pensá que lo tengo desde el 2008, cuando todavía no se hablaba del empoderamiento de la mujer. Por eso, si bien yo soy la directora y pianista, disfruto dándole lugar a cada una de las artistas que están, ya sea música, cantante o bailarina. No me interesa que me aplaudan a mí más, porque si todas se lucen me luzco yo porque elegí bien, porque pude pasar mis ideas bien, y porque todas somos un equipo.

Polly Ferman con Glamour Tango.

Trabajar en equipo para mí es lo mejor que te puede pasar. Por ejemplo, este proyecto que hice recientemente en España es totalmente distinto a lo que hice en Nueva York con una compañía de danza contemporánea, mientras que el de ahora va a tener contemporáneo, jazz y algo de tango, más tres escenas teatrales. Son cinco mujeres diferentes, una ambiciosa, una tímida, una ama de casa, y mostrar cómo al principio están las rivalidades entre todas y cómo al final surge la hermandad, porque lo que yo quiero mostrar con el espectáculo es que estamos todas en la misma. En ese sentido, la igualdad. No importa que seamos diferentes, lo importante es el punto de vista afectivo o de relaciones. O sea, ayudémonos, colaboremos entre todas para llegar al mismo lugar. En mi caso yo aprendo porque de danza no entiendo, pero voy aprendiendo, que también es lo que quiero.

Glamour Tango.

Entonces se te ocurre armar un grupo de mujeres queriendo demostrar que las mujeres pueden solas ¿Por qué te resultaba necesario demostrar eso?

Porque yo sentía que en el tango todo el tiempo estaban dándome órdenes. Yo sentía que el hombre daba órdenes. Yo nunca pude bailar tango porque a mí me gustaría ser la que lleva.

Bueno, ahora podés aprender porque ahora sí podés ser la que lleva.

Pero, antes, cuando me sacaban a bailar, encima me echaban la culpa. “No sabés bailar.” Entonces me entró un complejo espantoso y dije “No bailo nunca más”.

En realidad, lo del tango era un ejemplo de algo que no se acostumbraba a hacer, porque era muy visible que las grandes orquestas de tango eran de hombres. Incluso algunas compositoras de principio de siglo se habían tenido que cambiar los nombres, ponerse nombres de hombre para que se tocara su música. O el caso de Paquita Bernardo, que vivió por el 1900, 1925, y fue la primera bandoneonista mujer, y fue muy exitosa. Dicen que en la calle Corrientes no pasaba el tranvía de la gente que hacía cola para ir a verla tocar. Un día hizo una audición, porque estaba buscando un pianista, y audiciona un chico con pantalones cortos, que toca muy bien, y ella le dice “Tocás muy bien, te contrato, pero ponete pantalones largos”. Ese chico era Pugliese. Bueno, Paquita Bernardo murió y nadie sabe que existió, porque era mujer.

¿Por qué a las mujeres les costó tanto estar en el tango? ¿Por qué tanto (con énfasis)? Porque es una mentalidad y a mí me gusta ir contra esa mentalidad. Yo creo más en Glamour Tango que en las manifestaciones de mujeres con estandarte. Por ejemplo, a mí me gustaría llegar con Glamour Tango a las cárceles de mujeres. Lo intenté en Uruguay, pero no funcionó. Ir a hogares donde están mujeres que fueron maltratadas. Ir a hogares de ancianos, porque las mujeres muchas veces envejecen antes de tiempo – a pesar de que somos más supervivientes que los hombres- porque no tienen proyectos, no tienen motivaciones. Entonces, yo quiero llegar a esos lugares, a las residencias, para decirles a las mujeres: “Escucháme, hacé algo, motivate, no te quedés mirando televisión”.

«Yo estoy agradecida de haber podido comprobar que todos esos valores relacionados con el príncipe azul que eran la profesión, el dinero, el prestigio, no eran para mí.»

Lo que es llamativo es que no hay ningún otro Glamour Tango. Hay cosas que se hacen como una orquesta de mujeres o un ballet de mujeres; pero un concepto con proyecciones, con teatralidad, con un mensaje, no. ¿Por qué no hay? A mí me gustaría que hubiera, para que no sea un trabajo solitario. Yo no lo hago para ser la única a la que contratan, sino para que sirva de ejemplo y que, de repente, lo que estoy haciendo en el tango se pueda hacer en alguna otra cosa también.

Pero, ¿para demostrárselo a quién?, ¿a los hombres del tango, al público en general?

A la mujer.

«A mí me gustaría llegar con Glamour Tango a las cárceles de mujeres. …a hogares donde están mujeres que fueron maltratadas. Ir a hogares de ancianos, porque las mujeres muchas veces envejecen antes de tiempo porque no tienen proyectos, no tienen motivaciones. …yo quiero llegar a esos lugares… para decirles a las mujeres: “Escucháme, hacé algo, motivate, no te quedés mirando televisión”.»

¿Vos sentías que la mujer necesitaba saber eso?

Sí, digamos que el tango era la excusa. Era la herramienta. Si vos tenés que levantar una mesa -la mesa era el tango- éramos las mujeres que teníamos que levantar la mesa y darnos cuenta que podíamos sostenerla. Eso era para mí. No era a nivel de la competencia con el hombre porque el hombre hace muy bien el tango.

A mí siempre me gustó ser creativa con mis proyectos, y por eso lo de la ONG y por eso organizo también, desde el 2006, un festival en Nueva York que se llama La Semana de la Cultura Latinoamericana.

¿Lo hacés a través de la fundación, de la ONG, o lo hacés aparte?

No, no, no, es parte de la ONG. Pero igual que la ONG, la Semana de la Cultura no tiene plata. Han venido artistas, consiguiéndose los pasajes, de música venezolana, cubana… Además de música, también presentaba artes plásticas, cine, teatro, todo. Es la cultura, que se conozca la cultura, ese era mi objetivo

¿Y la gente te siguió, sin poner vos un mango?

Me siguió porque para muchos es una puerta abierta, decir: “Tuve mi debut en Nueva York”. Más el prestigio de una institución.

Al principio lo que hacía era como una revista por internet que programaba a otros, aprovechando la temporada de subastas que se hacen en noviembre. Iba a todas las organizaciones que alguna vez había presentado algo latinoamericano y les preguntaba si querían participar y todas me dijeron que sí. Así, hasta que, en el tercer año, una chica me donó el logo y empecé a conectarme con la ciudad de Nueva York, lo que me permitía conseguir teatros en mantenimiento, iglesias, que cobran poco. Con eso les mandaba una invitación a los artistas -lo sigo haciendo- aclarándoles que yo no les puedo pagar ni pasaje, ni alojamiento, pero que les puedo dar un lugar donde actuar y hacerles la promoción. ¡Llegamos a tener hasta cuarenta y siente presentaciones en una semana! Fue durante la pandemia, eran virtuales y podían cobrar sus entradas.

Glamour Tango

Y este año cumplimos 40 años. Nunca he parado, aunque cada vez es más complicado porque no estoy ahí y no tengo plata para pagarle a nadie y, lo que estoy viendo, es que yo puedo desaparecer y yo quisiera que eso siguiera… dejarlo como legado. En realidad, estoy buscando a alguien que lo quiera heredar porque es un proyecto con una reputación bárbara. Vos sabés que me avisaron que en el Empire State de Albany, que es la capital del estado de Nueva York, con motivo del Latin American Heritage Month -que se hace siempre en octubre-, hay una exposición con fotos y curriculums de personas que habían aportado a la cultura latinoamericana, y estaba yo. De alguna manera reconocen lo que estoy haciendo. Así que estoy viendo qué puedo hacer a raíz del festejo de los 40 años, para que se sepa que estoy buscando a alguien que siga con el aporte a la cultura latinoamericana. Hablé en universidades de arte, a ver si lo podrían tomar como experimento, o qué se yo. Espero que sí… espero que sí, porque, seguimos de milagro.

¿Querés decir algo para terminar, Polly, algo al final que te surja o algo que te quedó sin decir o algo que quieras nombrar, a alguien?

Quiero agradecerte por esta oportunidad de contar todas estas cosas, porque más que por el ego yo lo que espero es que mi experiencia pueda servir de ejemplo. Fundamentalmente, para que no piensen tanto y se animen a hacer cosas. La gente piensa mucho y entonces se queda sin hacer las cosas. Cuando te ponés a pensar “lo debo hacer, no lo debo hacer, debo ir, no debo ir”, te quedas mirando la tele y no haces nada. Para mí hay que creer en lo que te va dictando la intuición, porque no te vas a equivocar. No te equivocás, aun cuando tengas que empezar de cero, porque la intuición te va a indicar hacia donde tenés que ir.

«Yo si me comparo con otras vidas, creo que soy una vida vieja, no porque tengo ochenta sino porque vengo de otro lado donde me tocó aprender todas estas cosas. Y creo que los que no son así es porque todavía les toca volver para aprender e ir creciendo y madurando en otras oportunidades.»

Lo peor para mí es quedarse sentado en un sillón mirando la tele, hay que seguir activo, hay que darle cuerdita a la mente, pero para cosas positivas.

Para crear, para inventar, imaginar.

Sí, inventar, imaginar, pero que ese invento sea para que te puedas emocionar y transmitir esa emoción. O sea, si estás haciendo un guiso de lentejas, que quien lo pruebe diga “mmm, esto me hace acordar cuando era niño y mi mamá me hacía guiso de lentejas”. ¡Qué sé yo!, algo de eso. Porque hacer las cosas sólo para uno es una soledad terrible, la vida es para compartir. Compartir emociones, experiencias, tiempo.

Bueno, Polly, un gusto esta conversación, como ese guiso de lentejas de las mamás.

El sonido nos escolta desde el vientre materno hasta el último de nuestros suspiros. Tiene a la oreja como puerta principal, aunque muchas veces se abre paso mediante los temblores de la carne o, sigilosamente, erizando la piel. Puede adormecernos, pero también hacernos despertar.

En este sentido, la música propicia las condiciones para una escucha sensible. Al conmover al cuerpo, contribuye a que éste haga de caja de resonancia de decires silenciados. Con un cuerpo que se deja afectar por el rumor de lo que pulsa por ser oído, el sentido de las palabras adquiere la disonancia armónica de un canon coral, hasta que se alcanza a escuchar un recitado en las rojeces de la piel y el temblor de la carne. 

Con el despertar de esa oreja íntima, callar se vuelve activo. Es la acción necesaria para silenciar esa voz del afuera que aturde con sus mandatos, para que la voz propia alumbre un andar menos ambicioso y más deseante. Hasta que el milagro que el poeta del azar, Paul Auster, anticipó, se entone a viva voz:

“He llegado tan lejos
por ti: la voz
cuyo eco resuena en mí
ya no es la mía.”

Entonces, el pentagrama de los sueños puede incluir síncopas que habiliten un giro inesperado, hasta componer una nueva melodía que acalle las viejas cantinelas.

Flavia Mercier

Pancho Martínez Pey: “El tango te desnuda, ves a la gente bailar y ves cómo es.”

Bailarín, milonguero, coreógrafo, maestro de tango danza, cantor de tango y actor, Pancho Martínez Pey es hoy miembro del Consejo Internacional de la Danza, tras una trayectoria de casi 40 años con la danza, que empezó con el folclore. Con maestros como Héctor Falcón y Susana Rojo, Rodolfo Dinzel, y Petaca -entre tantos otros maestros milongueros-, Pancho no ha dejado nunca de estar entre las primeras figuras del tango tras debutar en el show de Michelangelo dirigido por Eduardo y Gloria Arquimbau. Destaca su rol protagónico en “Tanguera, el Musical”, o su paso por el musical de Nacha Guevara, “Tita: una vida en tiempo de tango”. Ha trabajado en las Casas de tango más afamadas, desde el mítico Caño 14 hasta Rojo Tango. Ha sido además jurado del Mundial de Tango desde prácticamente sus inicios. Participó en varias películas, entre ellas “Un tango más” el documental sobre la vida de María Nieves Rego y Juan Carlos Copes. Y es desde hace más de 20 años la pareja de baile de la gran María de Buenos Aires, María Nieves Rego. Una entrevista en la que Pancho además de compartirnos su historia, reflexiona a fondo sobre la actualidad de la práctica del tango, tanto social como escenario.

Ph. portada: terrygalindo

Pancho Martínez Pey. Ph.: terrygalindo

Pancho, vos venís de una familia de músicos con raigambre en el folclore. ¿Qué despierta en vos lo que vivías en tu casa? ¿O simplemente te dejaste llevar por eso?

Fue lo que se vivía en casa porque mi papá y mi tío son músicos y tocaban juntos desde los 18 años. Mi papá era muy buen guitarrista, era arreglador también, compositor; de hecho, hizo la música de un par de danzas folclóricas de proyección. Además de la guitarra, tocaba el contrabajo, y tocaba el requinto muy bien, ¿viste la guitarrita de los boleros? En casa todos los fines de semana había reunión familiar, y era tocar, bailar. Antes de los 8 años yo ya empezaba a bailar con mi mamá en las peñas folclóricas. El 2 de abril del 82 mi papá debutó con el grupo de folclore, el día que se recuperaron las Malvinas, y yo me acuerdo de ser parte y de bailar con mi mamá.

¿Tu mamá también era bailarina o bailaba informalmente?

No, no era bailarina, aunque quiso serlo, pero por esas cosas de la época que no la dejaban, que no podía, que no sé qué… A mi vieja le gustaba mucho bailar folclore y de chica había hecho danzas españolas. Se conoce con mi papá, y acá estoy.

¿Tocás algún instrumento, también?

Empecé como percusionista. Por el folclore, tocaba el bombo y aparte en el ballet hacíamos malambo, boleadoras, bombo, todo percusión.

¿Qué ballet era?

El Ballet Argentino Zupay, de Juan Cáceres, “Zupay”, y Elba Maceira quienes desde hace unos cuantos años están en Tenerife. Yo arranqué en el ballet a los 12 años. Antes iba a las peñas y tomaba algunas clases de folclore en Ramos Mejía -porque yo soy de Ciudadela-. Y al mismo tiempo arranqué también con el ballet de la Escuela Nacional de Danzas que se llamaba Tiempo de Folclore. Pero yo iba a todas las peñas, así como ahora soy milonguero, porque milonguero es el que sale todas las noches y va a todos lados a bailar.

Eras peñero.

Yo era peñero, iba con mi papá y mi tío, cargábamos los equipos, bailaba toda la noche hasta que terminaba la peña, y volvíamos a casa. Así me las pasaba todas las semanas. ¡Ni te cuento la primera vez que me compré las botas! Todo el día zapateando.

Pancho Martínez Pey bailando con el Ballet Argentino Zupay.

Y en tus primeras exhibiciones con los ballets ¿ya sentías alguna “cosita” por estar frente al público o te daba igual quién estaba delante y era sólo el placer de bailar?

Era el placer de bailar, a mí siempre me gustó bailar. De hecho, de cierta manera, ese brillo, o ese ángel, o lo que sea, la gente lo veía en mí, los que me conocían de chiquito hablaban bien de mí, pero yo no lo sentía. Yo era chico y lo único que quería era bailar.

¿Y cuándo pasás del folclore al tango? ¿Cómo llegás al tango?

Porque en el ballet empezamos a hacer coreografías de tango. Los primeros maestros que tuve fueron Héctor Falcón y Susana Rojo.

¡Ah! ¡Nada más ni nada menos! ¿Y qué sentiste la primera vez que los viste?

Me encantaron, eran geniales. La presencia, la impronta. Se agarraban, bailaban y era: “¡Uuuh!”, ¿viste? Te dejaban estupefacto.

Entonces ahí empezás.

Ahí arranco, coreográficamente. Después, en el 92, me llama un muchacho que había estado integrando el conjunto de folclore de mi papá, y que había encontrado trabajo en el circuito de Verbenas de España. Y yo que estaba trabajando en un banco, en tarjetas de crédito, y que justo había tomado algunas clases con Copes, le dije que sí y largué todo a la mierda y me fui. Un año y medio estuve recorriendo toda España. Tocábamos desde “Paquito, el chocolatero” hasta Los Lunes o Los Rodríguez, de todo para que la gente baile. Yo tocaba la batería, cantaba, y en los intervalos bajábamoscon la tecladista del grupo, ybailábamos tango y folclore para la gente, mientras él cantaba con la guitarra. Y yoterminaba haciendo un malambo.

¿Y?

Y… la gente se moría, ¡se moría! No me olvido más, en una localidad del norte, yendo para Galicia, que se llama Toreno, estábamos en la plaza -que era enorme-, nosotros y una orquesta de vientos, habría como tres mil personas, ¡una cosa de locos!; y cuando tocamos y bajamos y bailamos, la gente se murió.

¿Y vos qué abrochaste en esa vuelta para tu historia?

Yo me fui con muchas ilusiones, como todo chico joven: “Me voy afuera, puedo ganar plata… Cuando vuelva voy a poner un bar, tipo karaoke, con una pista para show y para que la gente baile, con músicos…” y ta ta tá. ¡Y volví con menos plata que con la que me fui! (Risas).

Ganaste en satisfacción, aunque el dinero no acompañó.

Total. Y ese viaje me marcó, me hizo crecer mucho como persona. A lo mejor, si yo hubiese estado acá, no hubiese visto lo que vi estando afuera, en cuanto a mí, a la relación con mi familia, a un montón de cosas. También, a lo que yo quería. No me olvido más, estaba muy triste, porque, aparte, en esa época era todo más difícil: ¡me mandaban VHS!, mis compañeros me mandaban cassettes y me decían “¿Qué hacés allá? ¿Por qué te fuiste? Volvé.” Yo estaba redeprimido. Todos estábamos medio tristes. Y un día, que volvíamos de una presentación…

¿Te acordás por qué estabas redeprimido?

Por la melancolía… Nos faltaban los códigos, que son diferentes. Los amigos, llamarte en dos segundos para juntarte a tomar un café, cagarte de risa de las mismas cosas.

Lo que te nutre.

Lo que te nutre. Tener que explicarle a un español cómo lo pensamos para que se pueda divertir con nosotros. Y porque yo, mentalmente, todavía era bastante chico, ese viaje me ayudó a madurar mi cabeza.

Pancho Martínez Pey con Lorena Ermocida en Salón Canning.

¿Y, entonces? Volvían de la presentación ¿y…?

En la radio había un programa que tenía Alberto Cortés que escuchábamos más o menos siempre, y ese día cierra hablando de estas cosas, ¿no?, de la nostalgia, no sé qué, y termina con un tango. Estábamos los tres en la cabina de la camioneta, viajando, y ¿viste cuando sentís que se hace un vacío, que no hay aire, no hay nada, y solamente escuchás ese tema? Sentía como el cristal cuando se rompe, como cuando se empieza a resquebrajar todo.

Se empezaba a resquebrajar la película, la pantalla de la película.

Exactamente. Fue como un punto nostálgico muy fuerte. Yo siento que fue ahí cuando el tango vino, me tocó y me hizo: “ping”.

Digamos que “el tango te esperó” hasta ahí, que fue cuando te llegó.

Total, porque es el tango el que te busca, vos no buscás al tango. Porque vos podés escuchar todo el día, todo lo que quieras, y no entender una goma. Pero cuando estás listo, el tango viene, te toca y te dice: “Pum, vos sos mío”, y entra.

¿Te acordás con qué tango entró?

Creo que fue «Volver». No quiero mentir, sé que fue Gardel, pero no me acuerdo específicamente qué tango, si fue «Volver» o «El día que me quieras», pero, a partir de ese momento, en lo único en lo que mi cabeza pensaba era en volver. Y me volví.

«…es el tango el que te busca, vos no buscás al tango. Porque vos podés escuchar todo el día, todo lo que quieras, y no entender una goma. Pero cuando estás listo, el tango viene, te toca y te dice: “Pum, vos sos mío”, y entra.»

¿Volviste ya con la idea de que querías seguir en algo de eso que habías vivido?

Me volví con la idea ya definida de ser artista de tango, así que llegué con una búsqueda específica. Porque, aparte, cuando volví, la mayoría de mis compañeros bailarines estaban recontraavanzados, y yo me había quedado con las cosas coreográficas que sabía, así que estaba desesperado. Entonces, me recomiendan tomar clases con diferentes personas, así que al mismo tiempo me meto a tomar clases con Celia Blanco y con Dinzel. Y, además, como antes de irme tomé clases con Pepito Avellaneda, y gracias a eso empecé a conocer a milongueros como Rodolfo Cieri y otra gente, cuando volví, llegué específicamente buscando todo eso. Me enganché con Dinzel, estuve en su estudio un año y medio a la vez que iba a bailar.

¿Dónde ibas a bailar?

El primer lugar donde fui a bailar era la práctica Cochabamba, donde daba clases Mingo (Pugliese) y hacía la práctica y también daba clases Gustavo Naveira. En esa época ahí iban todos a bailar: Fabián Salas, Pablo Verón, también. Y también empezaba a ir a bailar a las milongas: al Akarense, al Almagro. Cuando fui a Almagro, yo… flasheé. Flasheé.

¿Por qué flasheaste?

Porque pensaba que sabía bailar y la verdad de la pista de baile la conocí en Almagro. Fue la primera vez que entré a un lugar y vi la marea de gente moviéndose toda junta.

Esa famosa marea que ahora no se ve, ahora es una cosa muy caótica.

Ahora son todos remolinos. Y la pista de Almagro no era grande, era como la pista de Canning, ponele, pero se circulaba de una manera tremenda.

¿Y cómo te volvió eso como lectura sobre tu propio baile? ¿Por qué decís: “Yo pensé que sabía bailar hasta que entré a Almagro”?

Porque me di cuenta que no sabía caminar.

¿Te referís a circular en la rueda o a pisar bien?

A caminar, a caminar, porque yo cuando iba a las clases de Dinzel como eran en un cuarto, todo lo hacíamos en el lugar. Y todas eran cosas muy enroscadas y técnicamente muy buenas, aprendías un montón del dominio del cuerpo, pero no tenía nada que ver con hacer una figura desplazada, con caminar cuatro metros. Así que empecé a ir a Almagro a ver. Me sentaba en una mesa y miraba, me daba vergüenza salir a bailar porque cuando lo hacía me chocaba con todo el mundo.

«El tango te desnuda, vos ves a la gente bailar y la ves cómo es: ves el que se comunica, el que es frío, el que es distante, el que no se deja atravesar, el que se muere bailando un tango. Te desnuda.»

Además, habría que ver “si te salían”, ¿no?

Total. Yo tuve la suerte que desde el principio tuve un baile aceptable y generoso. Siempre me rescataron eso, que bailar conmigo era lindo.

¿Generoso, sabés por qué?

Me parece porque me adapto mucho al cuerpo del otro. Es un tema de adaptabilidad, en cierta manera, y al mismo tiempo, más allá de que hasta ese momento yo todavía no tenía definido mi estilo o lo que sea, porque tenía un baile desarrollado técnicamente. Y siempre me ayudó que nunca tuve una compañera fija.

Tuviste que desarrollar especialmente como talento el poder adaptarte.

Porque había pocas casas de tango y pocos bailarines, y la mayoría venía del folclore por lo que la mayoría eran bailarines coreográficos. No había bailarines que de verdad les pudieras decir: “Te veo bailando en la milonga”. Pocos sabían realmente las dos cosas. Yo tuve la suerte que arranqué con la milonga y el escenario al mismo tiempo.

¿De dónde crees que te viene esa capacidad para adaptarte, ya en aquella época, después obviamente la trabajaste?

Yo creo que tiene que ver principalmente con el amor y las ganas que yo tenía de hacer las cosas, ¿no? Y por otra condición natural que tengo, que por eso me dicen Pancho. Porque a mí me dicen Pancho por ser pancho. Yo luché para ponerme mi nombre… pero Pancho ganó siempre.

Entonces, ¿es lindo bailar con vos porque hacés sentir a tu compañera más tranquila, más contenida…, como si vos le pasaras tu tranquilidad natural?

No sé por qué… A lo mejor, porque me gusta pasarla bien, siempre. Yo hago lo que amo, lo que me gusta y, haciéndolo, soy feliz y esa felicidad, esa buena onda, se irradian.

Pancho Martínez Pey con Alejandra Gutty en Salón Canning.

¿Dónde arrancaste? Tanto el escenario como el salón.

En el 97, bailando en Michelangelo con Gloria y Eduardo, y dando clases en Almagro con Dolores (De Amo), porque me llamó Daniel Vicio para que lo reemplace porque le había salido un trabajo estable. Teníamos setenta alumnos cada domingo, era una locura. Y yo voy a caer ahí y ¡boom! Explotó todo y no paré nunca más.

Y, ¿cómo fue que aprendiste a caminar, sentado en la milonga, mirando?

El mirar te enseña también, si vos sabés mirar. Yo miraba cómo caminaban, cómo iban circulando y desplazándose todos juntos. Además, empecé a conocer a todos los milongueros -Pedro Monteleone, El Alemancito, Portalea, Poroto, El Gordo David, El Tano Nicola, Carlitos Moyano, un montón de gente… ¡Petaca!, que fue mi gran maestro- y todos ellos te cagaban a pedos.

O sea, vos bailabas en la milonga y venían y te decían…

Te cagaban a pedos. Venían y te decían: “Eso no se hace.” “¿Qué está haciendo?, eso no lo haga.” Los milongueros te miraban todo el tiempo, no se les escapaba una. Petaca venía todos los domingos a ver cómo yo daba la clase, y me decía: “Vos a la gente le tenés que decir la verdad, no le mientas con un paso que no sabés hacer. A la gente mostrale cómo vos bailás y enseñale lo que vos bailás. No le hagás caso a la gilada”, me decía. Y así arranqué, esas cosas también te empiezan a moldear, ¿viste?

¿No tendría tu generación que tomar el relevo de esa función de cuidador de la milonga? Porque de aquellos milongueros ya no quedan muchos, y además, es otra época, quizás no los escucharían, pero a ustedes como maestros, quizás sí.

Mirá, para mí se produjo un agujero negro en el tango que tiene que ver con la crisis del 2001. En el 2001, el maestro que bailaba se fue, el asistente del maestro se fue, el que mejor bailaba en la clase se fue, y el que no bailaba bien, pero tenía dos dedos de frente y era un poco vivo, se fue. Acá no quedó nadie, prácticamente. Los milongueros, la mayoría, los que podían, se fueron todos, también. Acá quedaron solamente los principiantes y unos pocos maestros que enseñaban. Y la mayoría no se fue por amor al tango y para expandir nuestra cultura… se fueron a ganar plata. Entonces, como se fueron a ganar plata, empezaron a aparecer los cursos de gancho, los cursos de barrida, los cursos de sacada, los cursos de esto y del otro, pero nadie enseñaba a circular o a caminar, nadie enseñaba el tango con un sentido social. Eran pocos lo que lo hacían. Casi te diría que el único que rompía con eso -yo me acuerdo porque lo conozco- era Pedro Monteleone que se fue a Italia y trató de llevar esa línea, en cierta medida. Pero, después, la mayoría de los que se fueron afuera, se fueron a facturar.

«…si todos hiciésemos las cosas para ser mejores y no especulativos, y no sólo tratar de rascar, a todos nos iría mucho mejor. …todos tenemos que ganar plata. Pero podemos ganar plata y enseñar bien.»

Pero todos, de alguna manera, en algún momento u otro van volviendo, vienen cada tanto. Y algunos están acá, como vos.

Sí, hoy por hoy hay mucha gente que está haciendo eso, pero también somos muy cuidadosos en la manera en la cual lo decimos. Los milongueros no tenían ningún tacto. “¿Viste el paso, pibe?”, “Sí, pero ¿me lo puede enseñar?”, te lo mostraba, “Ahí está, ¿lo viste? Hacelo”. Y vos lo tenías que sacar como podías. Hoy en día tenés YouTube, tenés el maestro que te explica cómo tenés que mover el músculo del metacarpo para poder llegar con el psoas a la utilización del eje y llegar al encéfalo para tener pensamientos positivos en cuanto a la relación con tu compañera de baile, ¿entendés? O sea, ochenta millones de pelotudeces que se agregaron al merchandising del tango. El tango se convirtió en un merchandising, y con la aparición del Campeonato mundial el interés por vender “el tango” se acrecentó mucho más, provocando esta cosa de que en todas las milongas tengan que haber una exhibición, una orquesta o algo para que la gente vaya. Antes la gente iba a bailar. Cuando se abrieron las restricciones después de la pandemia, fue un flash. Como no había ningún turista, los que bailaban, iban a la milonga ¡a bailar! Eso es genial, me hizo acordar a cuando yo iba a Almagro. Porque la gente iba a bailar por bailar, no había nadie a quien venderle nada, viste.

«…empezaron a aparecer los cursos de gancho, los cursos de barrida, los cursos de sacada, los cursos de esto y del otro, pero nadie enseñaba a circular o a caminar, nadie enseñaba el tango con un sentido social. …el maestro que te explica cómo tenés que mover el músculo del metacarpo para poder llegar con el psoas a la utilización del eje y llegar al encéfalo para tener pensamientos positivos en cuanto a la relación con tu compañera de baile, ¿entendés? O sea, ochenta millones de pelotudeces que se agregaron al merchandising del tango. El tango se convirtió en un merchandising…»

Duró poco.

Duró poco, se hizo el campeonato mundial 2021, vino todo el mundo, y se empezó otra vez con la zaraza, y todo el mundo a viajar de vuelta y a ganar plata. ¡Y está bien!, todos tenemos que ganar plata. Pero podemos ganar plata y enseñar bien.

Pancho Martínez Pey como jurado de la final del Campeonato mundial de tango escenario,
en 2021.

Y antes, si no me equivoco, si había alguna jerarquía era por bailar bien o no. Si no bailabas bien no salían a bailar con vos, con lo cual te obligaban a mejorar tu baile para poder bailar con Fulana o con Fulano. No como ahora que bailan con vos que sos un maestro y tenés un montón de tango y detrás bailan con alguien que no sabe ni pisar ni abrazar, total, todo da igual.

Claramente, pero quisieron romper con eso y empezaron a aparecer las milongas relajadas donde el cabeceo dejó de existir, o estás sentado hablando con alguien y viene cualquiera a sacarte a bailar.

Ah, sí, y te interrumpe la charla sin inmutarse.

Y no solo que te interrumpen, sino que la persona a la que la interrumpen sale a bailar, o sea, avala a quien vino a interrumpir… Eso está pasando mucho afuera, porque afuera la gente va a bailar, y a bailar, y a bailar, en un sinsentido, como si fuesen al gimnasio. Y las veces que he ido afuera y te invitan a bailar, si vos decís: “No, no tengo ganas de bailar”, te miran mal porque dicen: “¿Este quién se piensa que es…”

¡Pancho Martínez Pey!

 …una estrella?” (Risas). No, no soy una estrella, pero vos no estás entendiendo lo que significa ir a bailar. Bailás cuando tenés ganas de bailar, pero también te podés sentar y disfrutar la noche hablando con tus amigos o escuchando tango porque te gusta, y no estás obligado a bailar. La cuestión es que no entienden el tema de la elección, confunden la falta de elección con el rechazo. La gente no se banca no ser elegida, no se lo banca. Y, al contrario, tienen que entender que el cabeceo está para que vos no te sientas mal. Pero se lo toma como… “Ah, es un agrandado”, o no sé qué.

«La cuestión es que no entienden el tema de la elección, confunden la falta de elección con el rechazo. La gente no se banca no ser elegida, no se lo banca. Y, al contrario, tienen que entender que el cabeceo está para que vos no te sientas mal. Pero se lo toma como… “Ah, es un agrandado”, o no sé qué.»

Se confunde lo democrático con que vos tengas la obligación de abrazarte a todo el mundo. Y lo democrático se funda en el derecho a elegir, lo cual implica respetar el derecho que tiene todo el mundo a decir que no, sin necesidad de dar razones.

Totalmente, si no te lo están imponiendo y eso es violento. Cuando yo iba al Almagro había una chica que siempre me gustaba verla bailar y yo quería bailar con ella, pero no me miraba, y no me miraba, y no me miraba, hasta que no me aguanté más, me levanté y fui a su mesa, y le digo: “¿Bailás?”. Me mira con su mejor cara de culo y me dice: “Y, ahora que viniste hasta acá, voy a tener que salir”, se levantó enojada y fuimos a bailar. Después se ablandó, le gustó como bailaba, empezamos a hablar y con el tiempo nos hicimos amigos. Pero esa primera vez no me la olvido más. Nunca más fui a una mesa a sacar a una chica, jamás. Así son las enseñanzas. Lamentablemente, la mayoría de las cosas importantes uno no las aprende con dulzura, como las cosas de la vida uno las aprende golpeándose.

Lo mismo que cuando yo bailaba, tenía la costumbre de tironear con el brazo antes de moverme para que se mueva, eso me lo curó Natalia Games. Estábamos en una clase en el Canning, y le digo: “¿Puedo marcar con vos?”. “Sí, sí”, y apenas la agarro y hago esto ¡Me pegó un grito! “¡Ay, ¿qué haces?!” Yo me asusté como si la estuviera matando, pero nunca más tironeé a nadie, ¿entendés?

Y, una vez, estaba en La Viruta en una de esas noches que no tenía ganas de bailar y esquivaba todas las miradas. Había una bailarina -con la cual he bailado y somos grandes amigos- que me miraba y me miraba, hasta que no se aguantó más, se dio vuelta y me dijo: “¿Y vos, en qué momento me vas a sacar a bailar?”. “Disculpame, pero hoy no, en otro momento, cuando crucemos las miradas, y estemos los dos de acuerdo, vamos a salir a bailar”. Creo que fue al otro fin de semana o la otra vez que fui a La Viruta, pero esas situaciones, que en el fondo son graciosas, son necesarias. Esos códigos le daban calidad al tango. Ahora no se valora todo eso y se pierde calidad.

La verdad es que las mujeres siempre pudimos sacar a bailar con el cabeceo, no yendo a la mesa como se hace ahora.

Siempre. Es que el poder lo tienen las mujeres. Siempre lo tuvieron, te lo cuentan todas las milongueras. Ellas no le iban a aceptar a un tipo si no lo veían bailar primero -y tenía que bailar bien. Hoy en día las mujeres salen a bailar… con tal de no planchar.

Con tal de moverse.

Con tal de ir al gimnasio. Y salir a bailar con alguien que vos no elegiste sólo porque no querías perderte bailar ese tango, es muy egoísta, también. Lo principal que tiene esto es el encuentro con otra persona para disfrutar del tango o de la tanda que querés bailar, y si te da lo mismo salir a bailar con cualquiera es que la otra persona realmente te chupa un huevo, no te interesa ni cómo se mueve, ni cómo siente; o sea, que si salís a bailar con una columna es lo mismo. Insisto, eso es muy egoísta.

«…afuera la gente va a bailar, y a bailar, y a bailar, en un sinsentido, como si fuesen al gimnasio.»

Volviendo a tu trayectoria profesional, ¿cómo fue esa experiencia con Arquimbau?

Fantástica. Pensá que yo pasé del ballet de folclore a bailar ¡con Gloria y Eduardo! O sea, entré allá arriba, y ellos me reaceptaron. Unos divinos, la verdad. Y Eduardo, un capo, un maestro, no sólo de baile, de vida, de vida milonguera. De lo que es el tango. El tango sos vos.

¿Qué quiere decir sos vos?

El tango sos vos y cómo te relacionás con las personas, cómo lo vivís, cómo te expresás. El tango te desnuda, vos ves a la gente bailar y la ves cómo es: ves el que se comunica, el que es frío, el que es distante, el que no se deja atravesar, el que se muere bailando un tango. Te desnuda.

¿Y cómo hacía Arquimbau para hacerte poner eso en el escenario?

Porque Eduardo es historia. Es lo mismo que con María o con Copes. Vos aprendías historia cuando te contaban cómo ellos iban a bailar en los corralones de Mataderos, o todas esas cosas que nosotros no vivimos nunca, que las viste en fotos, pero no las entendés. Y cuando te contaban todas esas historias empezabas a entender, en cierta manera, el principio de las cosas y qué era lo que pasaba. Entonces vos ves “Sucesos Argentinos” y flasheás acordándote de lo que ellos te contaban de cuando eran pibes e iban al club de barrio, e iban las orquestas y había quinientas personas bailando en la pista, y era una cosa de locos. Todo eso te enseña, también.

Pancho Martínez Pey – Ph.: Pilar Bustelo

¿Y cuáles fueron, digamos, los hitos o los umbrales, en tu carrera de escenario a modo de cuando llegaste a Almagro y dijiste: “No sé caminar, no sé circular”?

El primero fue cuando hice el casting para estar en el ballet del Parque de la Costa, en la misma época que arranqué en Michelangelo, y fui pasando, pero en la última selección, no quedé. Aunque, por esas cosas de la vida -que son causales, nada es de casualidad-, a Jesús Velázquez, que había quedado, le sale una gira a China y me llama a mí para que lo reemplace, porque Patricio Touceda que había quedado con su compañera le había dicho de mí y le habían pasado mi teléfono. En esa época yo estaba trabajando en los trenes. Entraba a las cinco de la mañana y salía a la una de la tarde….

¿Un trabajo administrativo?

Era boletero de la estación de Floresta y al año me ascendieron a jefe de estación en Moreno por la mañana. Pasé de vender cincuenta boletos con toda la furia en todo el día, a vender mil doscientos y ser el jefe de estación. Tenía a cargo una caja de tres mil dólares y tres pibes que eran mi responsabilidad, más los que estaban en los trencitos, en la chanchita que iba a Luján y Mercedes. Una locura. De ahí pasaba por casa, me cambiaba, comía, y tipo tres de la tarde me iba a lo de Dinzel hasta las diez de la noche. Yo cerraba el estudio.

¡Siete horas de ensayo diario! ¡No está mal! ¡Una jornada laboral! O sea, tenías jornada doble, una de tren y otra de baile.

Y así me pasé dos años hasta que me salió lo del Parque de la Costa.

¿Supiste por qué no habías quedado en aquel casting, más allá de que luego te llamaran? ¿Ubicaste qué tenías que mejorar?

Tenía que ver con cosas técnicas de ballet. Yo pasé de bailar folclore a bailar tango, y no tenía ni idea de lo que era hacer una barra. Yo giraba y en el segundo giro ya me empezaba a caer, y el primero me salía de casualidad. Con el tiempo y clases, mejoré.

«…entre bailar tango y ser un bailarín hay una diferencia enorme. …Hay mucha gente que es muy talentosa para bailar, pero no puede ser artista, porque no es para el escenario. Y hay gente que es muy buena artista y baila tango muy bien en el escenario, pero no puede bailar en la milonga, o hace una exhibición y no pasa nada. Son tan opuestas y es tan difícil hacer ambas cosas, tenés que entender lo que se necesita en cada lugar.»

¿Y cuál fue el siguiente umbral o desafío que te hizo crecer artísticamente?

Cuando debutamos en Tanguera, Junior que hacía el protagónico, se corta el dedo mal en la pelea de cuchillos y tengo que salir al toro, a cubrirlo. Así me fui ganando el puesto de cover; a los tres meses Junior se va y quedé como protagonista. Ese fue el otro umbral porque subí veinte escalones de un cachetazo. Tanguera me hizo evolucionar mucho como bailarín. O, mejor dicho, me ayudó a desarrollar mis talentos.

Pancho Martínez Pey y Gabriela Amalfitani en «Tanguera, el Musical».

¿Qué te exigió ese umbral?

Todo, porque entre bailar tango y ser un bailarín hay una diferencia enorme. Y yo me hice bailarín ahí. Y Tanguera me exige, una porque era el protagónico, y dos porque tenía que actuar, si bien no tenía texto, pero tenía que actuar.

¿Ahí descubrís tu vertiente hacia la actuación o vos ya sabías que querías actuar?

Yo siempre fui payaso. En casa, cuando venían a tocar los fines de semana, o nos juntábamos en una reunión familiar, yo siempre me disfrazaba, o hacía un sketch imitándolo a mi papá volviendo del laburo. En los actos del colegio siempre me ponían a actuar. Tenía fijo el papel de San Martín.

Para la época de Tanguera ¿ya habías hecho la película con Copello?

Sí, lo primero que yo hice escénicamente fue la película que filmé con Copello, Tango Fatal, y eso fue antes de Tanguera. En realidad, yo empecé a hacer las primeras cosas con una amiga que se llama Marina Vázquez. Ella fue la que me dijo: “Vos sos actor”.

Pancho Martínez Pey con María Nieves Rego.

¿Por qué te lo dijo? ¿Por cómo interpretabas?

Por cómo interpretaba, cómo entendía las consignas, cómo podía expresar. “Bueno, enséñame”, le dije y empezamos a probar algunas cosas. Pero nunca tomé un curso de actuación fuerte, nosotros nunca tenemos tiempo, ¿viste cómo es nuestro laburo? La agenda es un cocoliche, no sólo cambia de día a día, ¡sino que en el mismo día!

Y después en realidad hice cosas más de estudio con Gaia Rosviar, que es una amiga bailarina y cantante que estuvo en Cabaret, y con ella sí fui a tomar cursos.

¿Y leí que te gusta escribir, o estudiaste narrativa, también?

Siempre me llamó la atención porque siempre quise armar un guión, o algo así. Empecé a escribir algunas cosas, pero quedaron inconclusas. Porque lo que yo tengo son más bien algunas ideas que llegué a bajar al papel, para desarrollarlas tendría que hablar con alguien que sepa de verdad cómo hacerlo.

Porque también me canso de ver gente que… aunque está bien, me parece bárbaro, que todo el mundo haga cosas porque todo aporta. La verdad, es más lo que se critica que lo que se hace, y hace falta gente que haga. Cuando en el 2017 me tocó trabajar en la producción de Mundiales, me pidieron que buscara espectáculos de tango y ¡no había! Para esa época ya se habían caído Tango Pasión, Tango X2, Forever Tango.

«¿Cuál es para vos la explicación de por qué se cayeron ese tipo de giras o shows? En cierta manera por la crisis mundial que hizo que cayera la inversión de las productoras y también porque los espectáculos de tango no evolucionaron. …Porque no hay comedia musical, una historia hablada, cantada y bailada…»

¿Cuál es para vos la explicación de por qué se cayeron ese tipo de giras o shows?

En cierta manera por la crisis mundial que hizo que cayera la inversión de las productoras y también porque los espectáculos de tango no evolucionaron.

¿Y en qué sentido se debió a que los espectáculos de tango no evolucionaran?

Porque no hay comedia musical, una historia hablada, cantada y bailada. De hecho, el suceso de Tanguera se debió a que, aunque era una historia simple -el malo, el bueno y la chica en el medio-, con la magia que le supo aportar Omar Pacheco te tenía atrapado todo el tiempo, tipo, “¿Qué carajo está pasando?” Más que por el guión, por cómo estaba narrada e iba llevándose la historia, por una buena dirección. La hemos hecho en lugares que no estaban para nada preparados para poner el escenario y la gente aplaudía de pie.

Cuando hicimos “Tita: Una vida en tiempo de tango”, con Nacha (Guevara), Julio (Balmaceda) y Corina de la Rosa, ese era un musical. Pero, sin embargo, de una sala de unas mil localidades, se laburaba el cincuenta por ciento, no había consumo de tango.

Pancho Martínez Pey con Julio Balmaceda en el backstage de
«Tita: una vida en tiempo de tango».

Dolores de Amo planteaba una visión similar en su entrevista: la necesidad de pasar del show tradicional de tango a algo más guionado, en el que los artistas no sólo bailaran, sino que tuvieran que actuar, hablar, cantar. Pero, a su vez, ella advertía que para ese tipo de show a los bailarines de tango les falta una formación más integral. ¿Vos qué opinás?

Estoy de acuerdo. En general, el bailarín de tango primero es autodidacta y segundo no somos nunca coucheados. Una vez que aprende, el bailarín de tango empieza con eso a armar sus coreografías y a generar su camino, y ya no toma clases nunca más. ¿Por qué?, porque el trabajo siempre puede más que la evolución personal. Principalmente, porque no abunda el trabajo, y además no está bien pago. Si una persona que gana un sueldo fijo la está arañando, ¡imagínate un bailarín de tango! O se tienen que ir a bailar a la calle Caminito, o pasársela todas las noches haciendo Taxi Dancer, o lo que sea. Y eso hace que le des prioridad al trabajo antes que a la evolución como artista.

¿Echás de menos ese tipo de show?

Sí, claro que sí, porque yo soy tipo de escenario. Yo nunca dejé de ser un artista, más allá de que me hice milonguero y siempre fui milonguero.

Pero la exhibición que podés hacer en una milonga no es lo mismo, no te llena igual.

No, no es lo mismo; en cierta manera, ir a bailar a una exhibición es más sencillo. Subirte al escenario es otra cosa. Por todo lo que conlleva la preparación, el ensayo, las luces, el clima, la gente, la butaca… Y más allá de todo eso porque te pone en otro lugar como artista: subirte a un escenario… es subirte a un escenario.

Hay mucha gente que es muy talentosa para bailar, pero no puede ser artista, porque no es para el escenario. Y hay gente que es muy buena artista y baila tango muy bien en el escenario, pero no puede bailar en la milonga, o hace una exhibición y no pasa nada. Son tan opuestas y es tan difícil hacer ambas cosas, tenés que entender lo que se necesita en cada lugar. Una vez Pablo Verón dijo: “A mí me encantan todos los que hacen fusión, pero para fusionar, primero tenés que saber: tenés que saber lo que es el jazz, lo que es el tango, lo que es el folclore”.

Sergio Cortazzo hizo un comentario similar en su entrevista, cuando dijo: “Piazzolla, antes de revolucionar el tango, tocó con Troilo”.

“Tocó con Troilo”, total, total.

Y Pepe Colángelo, compartía la misma idea: “Para revolucionar algo, primero tenés que conocer bien las bases”.

Tenés que saber bien lo que estás haciendo y por qué. Cada paso tiene un por qué. Y eso la mayoría de la gente, aun los profesionales, no lo sabe explicar.

¿Qué se quiere expresar con ese paso o secuencia?

“¿Por qué lo hacés? Explicámelo, justificámelo. La mayoría no tiene idea, o no te lo puede explicar. Como hoy es tan fácil rascarla con el tango, todo eso se pasa por arriba y todo pierde sentido.

«En general, el bailarín de tango primero es autodidacta y segundo no somos nunca coucheados. Una vez que aprende, el bailarín de tango empieza con eso a armar sus coreografías y a generar su camino, y ya no toma clases nunca más. ¿Por qué?, porque el trabajo siempre puede más que la evolución personal. Principalmente, porque no abunda el trabajo, y además no está bien pago. Si una persona que gana un sueldo fijo la está arañando, ¡imagínate un bailarín de tango! O se tienen que ir a bailar a la calle Caminito, o pasársela todas las noches haciendo de Taxi Dancer, o lo que sea. Y eso hace que le des prioridad al trabajo antes que a la evolución como artista.»

La verdad es que sí… ¡El tango es muuuy generoso!

Total. Porque aparte todo se tergiversa. Los festivales no llevan a los jurados a dar clases, llevan a los campeones y los campeones a lo mejor hace un año que arrancaron a bailar, y los pibes enseñan lo que pueden. Imaginate lo que es para los pibes: llegan, son campeones, y de un día para el otro los llaman de todos lados. Yo también estaría chocho saltando en una pata. El problema no es de los pibes, sino del criterio de los organizadores. ¿Qué generás, por qué y para qué?

Es que en la sociedad del rendimiento -como llama a nuestra época Byung-Chul Han-, todo se mide por los resultados o los likes.

Vende más la estética que un paso bien dado. Vende más el vestido que te pusiste que cómo movés las piernas.

«Yo creo que, si la gente se la jugara más por lo que ama hacer, seríamos todos más felices. En mi caso personal, si bien tengo trayectoria, no siempre me fue bien económicamente, pero siempre tuve momentos maravillosos que valieron más que cualquier cosa.»

Contame algún momento especial de tu trayectoria, de esos que se miden en latidos del corazón y no en likes.

Yo tuve una maestra durante tres grados -que era la maestra amada por todos nosotros y la que me ponía en todos los actos-, que después de un tiempo de terminar el secundario, me la encuentro y me dice: “¿Cómo estás, Bombón?” -porque ella siempre me decía Bombón-, “¿Qué vas a hacer?”. “Y, estoy viendo si me meto a hacer algún curso de computación o me meto en económicas porque me gustaría hacer administración de empresas o algo de eso, qué sé yo.” “Ah, mirá vos. Yo pensé que ibas a ser actor”. Boom, se me sacudió el marote. Pasó mucho tiempo, no la volví a ver, y, un día, en Esquina Homero Manzi, Gavito no viene, por lo cual nosotros teníamos que bailar más para cubrir todos los temas. Terminamos el show y bajan los mozos del Homero Manzi y me llaman: “Pancho”, “¿Qué?”, “Tomá, me dieron una carta, esto es para vos de una persona de arriba”.

¡Ay, me muero!

Abro la carta, y decía: “Hola, Bombón, yo que vine a ver a Gavito, te encontré bailando en el escenario como el mejor de los mejores. Te espero arriba, tu señorita Elisa”. Yo no lo podía creer, me cambié rápido, subí corriendo y me senté. La miraba y no podía emitir voz, nada. La miraba y sonreía y ella se cagaba de risa. No podía creer que había ido a ver el show. A partir de ahí, seguimos en contacto, la invité a Tanguera, y siempre que se enteró de que yo daba clases o hacía un show, y ella pudo, vino.

Pancho Martínez Pey con su «Señorita» Elisa Norma Vázquez de Pesca,
frente a la Usina del Arte, en 2015.

¿Cómo fue la experiencia de trabajar con María Nieves?

Con María tuvimos ¡una química!, desde el principio, pegamos una onda brutal. La primera vez que bailamos en una milonga fue en Madrid, en el 2003, en medio de una gira con Tanguera, en una milonga que tenían Julio Luque y Leo Calvelli. Y a partir de ese día fue… un matrimonio. Me dice: “¿Bailamos otra?”, y: “¿Querés otra?, dale”, y: “Esperá, vamos a escuchar lo que viene y depende de lo que sea, seguimos bailando”. Y así nos pasamos la noche, al punto de que nos invitaron para que el siguiente fin de semana hiciéramos una exhibición. Y la hicimos.

Pancho Martínez Pey con María Nieves Rego en «Tanguera, el Musical».

¿Qué se siente como bailarín y como milonguero de emocionar así, bailando, a la gran María Nieves?

Uff… tremendo… emocionante… ella es el tango hecho persona… y te lo hace sentir. Mucha emoción. ¡Y adrenalina también! Y esa química que tenemos es lo que se disfruta, aunque tenemos mucha diferencia de edad somos dos chicos jugando, lo pasamos muy bien.

¿Y en el escenario? ¿Cómo es María?

María es…

Pancho Martínez Pey y María Nieves Rego en «Viva la Pepa» milonga.

Esa mirada… que parece que te perfora.

Tremendo. La primera vez que bailé con ella me temblaron las piernas. En el momento en que ella se dio vuelta, se plantó y me miró… y… a mí se me cayeron las medias.

Y vos ya con algunos años de profesión, no eras un recién empezado.

No, yo ya tenía cinco años de profesional, trabajando fuerte. Pero María es María. Ella se para arriba del escenario y derrumba un edificio. Es tremenda.

¿Se puede enseñar eso o viene de fábrica?

Eso viene de fábrica y se potencia.

¿Con la vida?

Con la vida, con las experiencias, con el trabajo. Porque en realidad uno el talento lo tiene innato, no se aprende, lo tenés o no lo tenés. Si lo tenés.. y si te mueve. Como cuando María contaba que de chica se ponía a bailar con la escoba, con eso te das cuenta que te mueve o no te mueve. Hay gente que a lo mejor lo tiene y lo niega porque no acepta que su talento es ese o no sabe que lo tiene.

«Era el placer de bailar, a mí siempre me gustó bailar. De hecho, de cierta manera, ese brillo, o ese ángel, o lo que sea, la gente lo veía en mí, los que me conocían de chiquito hablaban bien de mí, pero yo no lo sentía. Yo era chico y lo único que quería era bailar.»

¿Y qué otros momentos señalados que te hayan dejado huella, como el que me contaste de tu profesora, podés contarnos?

Tiene que ver con mi papá y mi vieja. Más allá de que a mi vieja le gustaba bailar y que mi papá era un artista, él nunca se dedicó al cien por ciento. Porque cuando quiso hacerlo, y dejó de trabajar para ser un artista, pasó que, cuando ya estaba en el aeropuerto, se entera de que se le había caído el trabajo. Entonces dijo: “Nunca más dejo un trabajo por el arte, por la música”. Así que fue una lucha interna poder lograrlo. Traté un montón de veces con mi terapeuta el tema de superar a mi papá. Y fue un momento muy fuerte para mí mostrarles a mis viejos que lo logré.

Te tenías que autorizar a llegar a lo que él no pudo llegar.

Exactamente. Pero, bueno, mi viejo era un divino, siempre con la mejor onda, siempre me apoyó en todo. Como él decía: cuando yo era chico, yo era el hijo de Cacho, y después él pasó a ser el papá de Pancho.

Y si mirás para atrás y ves al pibe que bailaba con su mamá en las peñas, que escuchaba tocar al papá, al tío, ¿imaginabas algo de esto o te lo fuiste encontrando?

Mirá, tengo otra anécdota. Cuando termino el secundario, me meto a vender cursos para manejar ultralivianos. Nunca gané un mango, más bien perdí un montón de plata. Pero en la empresa había un tipo que llevaba recursos humanos, el manager, digamos. Era un bocho, sabía psicología y no sé qué más. Un día él nos hizo grabar en un cassette cuáles eran nuestros sueños. Yo hice todo lo que había dicho el tipo: me encerré en mi baño, cerré los ojos y soñé que viajaba, que me recibía gente importante, que me subía a un escenario y que en la primera fila estaban mis viejos. Eso soñé.

Y ocurrió.

Y ocurrió.

¿Y cómo empezó el Pancho cantor de tangos?

La principal culpable de que yo esté cantando es Roxana Fontán.

Pancho Martínez Pey cantando con la orquesta «La Gran Gobbi», en la milonga «El Bilongón».

¡Ah, bueno! Alguien que no canta…

Que no canta nada. Estábamos laburando con Gloria y Eduardo en el 97 o 99, y Roxana me escuchaba siempre cantar en los camarines, hasta que me dice: “¿Cuándo vas a empezar a tomar clases de canto?”, y yo le digo: “Cuando vos me enseñés”, “Bueno, mañana venite a casa”, y así arranqué. Así como tuve la amiga que me dijo: “Vos sos actor”, Roxana me dijo: “Vos sos cantante”, y tomé clases con Roxana. Después, cuando estuve en Tanguera, me hice amigo de Lidia Borda y tomé clases con ella. Y después tomé clases con otra gente, de a poquito, paulatinamente, pero no de una manera disciplinada. La pandemia me ayudó para volver a reforzar eso y disciplinarme.

Y, con el tiempo, uno también aprende que una cosa es lo que uno quiere hacer y otra cosa lo que le llega a la gente, no tiene nada que ver. Un día voy a cantar, una de las primeras veces, cantaba lindo, pero no tenía una técnica depurada, y fue uno de los días que peor canté en mi vida. Uno de esos días donde vos terminás el show y decís: “Hoy no me pagués porque fue un desastre”. Pero, al final salimos a saludar a la gente, y vino un tipo llorando, emocionado por cómo yo había cantado. Ese día aprendí que muchas veces uno tiene el crítico muy alto y que mi crítico tiene que dejarle lugar a la crítica “externa”, y que tengo que valorar lo que me dicen de afuera, porque el crítico propio nunca va a estar conforme.

«…las cosas llegan porque la gente ve y elige. Y cuando te elige, es porque estás haciendo las cosas bien. Yo creo que todo lo que me llegó fue porque yo estaba haciendo las cosas bien.»

¿Querés decir algo más, ya sea en relación al arte, al escenario, o al tango?

Yo creo que, si la gente se la jugara más por lo que ama hacer, seríamos todos más felices. En mi caso personal, si bien tengo trayectoria, no siempre me fue bien económicamente, pero siempre tuve momentos maravillosos que valieron más que cualquier cosa. Por ejemplo, en el peor momento de mi vida, cuando me estaba separando, dejando mi casa, mis hijos, me toca bailar con María en el Luna Park. Fue uno de los primeros homenajes fuertes que le hicieron a María y ella estaba reemocionada. Yo estaba viendo el video y me empiezo a emocionar. Pienso: “Si aflojo ahora, se va todo a la mierda”. Así que subí, bailamos, y la rompimos mal, nos aplaudieron ocho mil personas.Yo después volvía en mi auto para mi casa…

De la que te estabas yendo…

De la que me estaba yendo, y no paraba de llorar, no paraba de llorar.

Flavia Mercier con Pancho Martínez Pey en el Café Tortoni, delante de la sala Alfonsina,
donde realizaron la entrevista.

¿Eso le da sentido a todo?, momentos como ese.

Eso le da sentido a todo.

Porque es lo que te agarra a la vida, ¿no?, en los peores momentos.

Es lo que te agarra a lo que vos sos, o a lo que vos decidiste ser o jugártela. Esos son tus triunfos. Uno los busca inconscientemente, no porque digas: “Quiero lograr esto…”, sino porque todo el tiempo querés ser mejor en lo que hacés. Y las cosas llegan porque la gente ve y elige. Y cuando te elige, es porque estás haciendo las cosas bien. Yo creo que todo lo que me llegó fue porque yo estaba haciendo las cosas bien.

Por eso decís que si la gente se jugara…

Totalmente, si todos hiciésemos las cosas para ser mejores y no especulativos, y no sólo tratar de rascar, a todos nos iría mucho mejor.

Muy bien, Pancho, lo dejamos ahí, “picando”, para ver si pasa el mensaje, incluso si sucede. Gracias por tu tiempo y por esta charla tan linda. Un placer, Pancho.

Pancho Martínez Pey plantea que el tango se plagó de “merchandising”, a riesgo de convertirse en un objeto más de mercado, como consecuencia de la mercantilización de su enseñanza. A esta realidad se le suma que la sociedad actual, regida por los cánones del rendimiento, empuja a la hiperactividad y al utilitarismo. Las cosas están obligadas a tener un “para qué”. Al tiempo se lo considera como un capital que se invierte a cambio de una ganancia, y si no es usado con un fin, es percibido como una pérdida de tiempo. Bajo el influjo de esta concepción utilitarista, el encuentro social que originalmente era una milonga se parece cada vez más a un gimnasio, al decir de Pancho, en tanto ya no basta escuchar un tango o conversar con amigos para disfrutar. Resulta tan disonante como concurrir a un banquete pretendiendo servirse como en un tenedor libre. La paradoja es que, en ese frenesí, la vida se escurre como agua entre los dedos. Sin una parada no hay posibilidad de habitar, hay que demorarse lo suficiente para construirse una morada. Además, en la cuenta de tandas bailadas por noche, nadie es tenido en cuenta, como bien señala Pancho.

Por otro lado, el mercado ha calado en el seno mismo del tango, no sólo en su enseñanza, sino en su práctica cuando se pretende obtener un rendimiento por el dinero invertido en clases o en la entrada, valorando la milonga o el evento por el número de tandas bailadas o el “nivel” de los bailarines o bailarinas a los que se accede. En la búsqueda de asegurarse un momento satisfactorio, se pierde la posibilidad de lo extraordinario.

Es efecto del mercantilismo y utilitarismo que la cultura sufre y se deteriora, en tanto ella nace en el seno de una comunidad, cuando la vida se despega de la mera supervivencia. La imaginación y la creatividad florecen en el errar más que en ese andar sin parar que dificulta el encuentro y el hallazgo. Es en la pausa cuando resuenan en el cuerpo los ecos de lo sentido hasta dejar una huella que procreará experiencia adhiriéndose al mero recuerdo. Después de todo, la emoción está compuesta por cosas del ayer y es en la resonancia donde encontrará su compás.

Así, la vida cobra otra dimensión a medida que los episodios que la componen van adquiriendo peso. Y cuando la vivencia es colectiva, su celebración periódica construye una memoria afectiva común que va tejiendo lazos entre sus protagonistas a la vez que una tradición cultural, sobre todo cuando se hace lugar a la evocación en una charla compartida. Entonces, la eterna fiesta de los que viven al ritmo de un gotán podrá ser lugar de reunión y reencuentro que ilumine la vida con alegría y amortigüe sus golpes con afectos, tal que ésta no se reduzca a una herida absurda en la que todo, todo es tan fugaz.

Flavia Mercier

Ariel Ardit: “Me hizo ver que podía animarme a cantar temas míos.”

Del “Boliche de Roberto” al “Colón” y al mundo. Del “Colón” a la cancha de River Plate, y desde el césped… ¿quién puede avizorar el próximo hito en la carrera artística de Ariel Ardit? Hace casi cinco años, en otra entrevista señalaba al espectáculo homenaje que realizó a Gardel en Medellín, “como el fin de una película” quedando en el aire la pregunta de si más que del fin de una etapa, no se trataba del inicio de una nueva. Su saber hacer con lo que la vida le presenta hacía presentir grandes desafíos. Y así lo confirma en esta entrevista en la que habla de la travesía que representaron estos últimos años hasta dejarlo en un nuevo comienzo.

Con casi 25 años de trayectoria, Ardit se ha presentado en más de 30 países, en los teatros de mayor prestigio, tales como el Teatro Colón de Buenos Aires, Lincoln Center de New York, Kennedy Center de Washington, Royal Carré de Ámsterdam, Teatro Real de Madrid, Châtelet de Paris, Concert Hall de Moscú, Orchard Hall de Tokio y Grieg Hall de Noruega, entre otros. Comenzó a cantar tango en «El Boliche de Roberto» en 1998 e inmediatamente, al año siguiente, se convirtió en el cantor de la “Orquesta El Arranque” hasta el 2005 y con gran éxito. Tiene, además, como solista, 8 discos editados, entre los que destaca sus homenajes a Gardel, Aníbal Troilo y a los grandes cantores de los 40, todos espectáculos de gran éxito de público. En 2015 obtuvo el Premio Konex como Mejor Artista Masculino de Tango de la década. En 2015 y 2017 ganó el Premio Carlos Gardel como Mejor Artista Masculino de Tango, y obtuvo también dos nominaciones a los Latin Grammy. En marzo fue convocado por tercera vez y a pedido de los jugadores por intermedio de la Asociación del Futbol Argentino para interpretar el Himno Nacional argentino en el estadio de River Plate antes del partido celebración del campeonato mundial ganado por la selección albiceleste, ante ochenta y cinco mil personas. ¿Le queda algo por hacer después de todos estos logros? Tras leer esta entrevista verán que la respuesta no puede ser otra que la reafirmación de un gran artista.

Contame, ¿qué se siente al escuchar a ochenta y cinco mil voces haciéndote los coros, al cantar “¡Oh, juremos con gloria morir!”

No sé, podemos hablar mil años de eso y no te lo voy a poder explicar. Te juro, no sé qué decirte, era una sensación muy hermosa en la que se junta que estás haciendo y a la vez disfrutando. Y tener a toda la gente cantando encima de uno: sentí que me retumbaba acá, en el pecho. Y luego cómo se venía para acá (asciende la mano por la garganta). Es una sensación incomparable, no lo puedo referenciar con nada.

¿En quién pensabas en esos minutos previos a entrar a una cancha de River llena a cantar el himno a capella? ¿Quién te acompañaba en el pensamiento en ese momento de suprema soledad?

La verdad que muchas personas. Ese día fue un raro. Si tengo que decirte alguien, pensé en mi abuela, porque fue quien me transmitió esta pasión por el himno. Cuando lo pasaban por televisión, ella lo cantaba y se emocionaba. ¡Lloraba! Y con mi hermano nos reíamos y decíamos “¡mirá la vieja cómo llora!”, para nosotros era cómico. Después se murió, y un día yo me vi emocionándome con nuestro himno por lo que dice. Y ahí decidí cantarlo y grabarlo, en el 2013.

¿Con quién estuve ese día, en la cancha de River? Pude invitar a Gustavo, el primer amigo que tuve cuando vine con 8 años de Córdoba a Buenos Aires. Él me llevó en su auto, y antes de salir a cantar estuve con él todo el tiempo, que no lo podía creer, porque todo fue una gran fiesta.

Desde luego todo un hito, casi un pliegue en el tiempo donde se juntaban pasado y futuro.

Sí, totalmente. Los dos futboleros, él hincha de River, además. La pasión que tenemos todos los argentinos por el fútbol, mezclada con el cantor de tango que entraba ahí al lado de los jugadores y delante de ochenta y cinco mil personas. Era una mezcla de tantas cosas que no te puedo decir ninguna. Era todo: el sueño del nene, del jugador de fútbol frustrado, del tipo que sigue jugando con amigos todas las semanas, del cantor de tango que casi heroicamente se para a cantar el himno con la garganta roja. Era tanto que un poco aturdía, como si vieras pasar las cosas en cámara lenta… Creo que con vos ya hablamos de eso una vez …

Sí, en la anterior entrevista en relación al homenaje que le hiciste a Gardel en Medellín. ¿Serían equiparable a aquella emoción?

Sí, sí. Para mí es como si inconscientemente intentaras retener ese momento para que no se te vaya. Con lo cual, si preguntás si me puse nervioso, no, nada, porque estaba como adormecido, como en una levitación emocional. ¡Cuando terminó me largué a llorar!, antes no quería quebrarme. Terminé de cantar y se escuchaba ese “ahhhh…” (con voz aspirada como imitando un clamor), me di vuelta y, ya saliendo de la cancha, miré a la tribuna buscando a mi amigo -porque sabía dónde estaba-, y todo ese trayecto hasta salir, fue llorar como un nene… Mirá, lo cuento y me dan ganas de llorar.

Ariel Ardit con la Orquesta Filarmónica de Medellín en el Homenaje a Carlos Gardel, en el aeropuerto Olaya Herrera de la misma ciudad.
Vista desde el público del Concierto Homenaje a Carlos Gardel en el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín.

¿Serían lo de River, junto con Medellín y el Colón, los tres momentos más señalados de tu carrera? (para más detalles sobre el homenaje a Gardel en Medellín o la actuación en el teatro Colón, pueden leer en nuestra revista la anterior entrevista: “Cada vez que te acercás, Gardel te dice: Pibe, retrocedé 500 casilleros.)

Sí, sin duda. Pasa que esto está en un lugar diferente, y ojalá me pase muchas veces más de vivir cosas como esas como cantante, pero esto involucra mucho más que un cantor, involucra lo personal. Es como si sos una réplica chiquitita de toda esa gente que está ahí.

¿Se trata más de una experiencia a nivel colectivo, aunque tengas cierto protagonismo?

Exacto. Los otros son logros como artista, de alguna manera trazados de forma más convencional: grabo un disco, lo presento acá, se lo dedico a este señor, la gente paga la entrada, te aplauden. Esto es ser parte de una celebración de todos, una parte muy deseada, pero, en realidad, sólo era un hincha más y la gente estaba cantando conmigo. La única diferencia es que yo tenía el micrófono.

Más allá de este momento tan especial, que llega después de haber celebrado hace unos años dos décadas de carrera. ¿Fueron una bisagra esos veinte años? ¿Hizo que te plantearas hacer lo que no habías hecho, o replantearte tu carrera, o todo sigue como era porque te gusta así?

No, los veinte años fueron para mí el final de una etapa, al que llegué con la intención de empezar otra. Eso fue en el 2019, lo que pasa es que después vino la pandemia, y quedé ahí, ¿viste la ruedita del teléfono cuando queda cargando? Yo ya tenía armado un disco y un repertorio nuevo, y la pandemia me hizo repensar todo. Tanto que ese disco que tenía casi listo, no lo grabé.

«El trabajo mayor siempre es con uno mismo. El mayor quilombo lo tengo conmigo, en buscar felicidad en lo que hago y sentir que me gusto a mí mismo. Esa crisis de la que estoy hablando fue mucho más allá del tango o de los formatos, fue más profunda. No me gustaba como estaba cantando, no encontraba placer conmigo mismo. ¡Y qué bueno que me pasó!, aunque en su momento lo sufrí. «

Sigo con la idea de hacer uno nuevo, pero me tomé mi tiempo. Porque, además, sentía que, después de esos veinte años, necesitaba como intérprete abordar otros desafíos, otros géneros musicales, siempre desde el tango, pero probarme también cantando otras cosas. Y la pandemia hizo que me decidiera a escribir cosas mías.

Ajá… ¿letra o música?

Letra. Y me propuse que en el próximo disco haya uno o dos temas míos, y, de hecho, ya hay dos.

¿Tango o melódico?

Vos sabés que un día la llamé a Agustina Leoni, porque me gustaba cómo hacía sus temas, para pedirle que me pasara algunos, le conté que estaba en la búsqueda de nuevos repertorios, y ella me despertó este bichito diciéndome: “¿Y por qué no escribís vos?” Le contesto. “Yo tengo cosas por ahí que nunca terminé, bocetos que nunca pensé como canciones, letras sueltas.” “Mándame lo que tengas y yo te hago la música”, me respondió. Le mandé una letra, y cuando ella me hace la devolución, ¡era una rumba! “Che, esto es una rumba.” “Bueno, lo cambio.” “No, no lo cambies, dejalo.” Y así resulta ser que lo primero que voy a grabar mío no es ni un tango ni una zamba, es una rumba. Y de hecho toca la guitarra Jesús Guerrero, el guitarrista de Miguel Poveda -entre muchos-, un monstruo. Y la segunda letra es un bolero.

Fue muy importante la aparición de ella porque cuando estaba buscando cantar temas de otros, ella me hizo ver que podía animarme a cantar temas míos.

¿Qué se siente?

Identidad, primero, porque al cantar vos le estás poniendo el cuerpo a algo que salió de ahí, que es tuyo. Entonces, el intérprete funciona desde otro lugar, con más autoridad y con más naturalidad, porque estás cantando algo que no tenés que pensar cómo lo escribió el autor.

«Siempre escribí, tengo hasta microprogramas de radio hechos con un amigo, cosas graciosas. Y escribí cuentos y otras cositas, pero el formato canción es nuevo, y me gusta porque me referencio con historias que me pasaron. No más tenés que abrir la puerta de lo que te pasó, y punto.»

Claro, porque normalmente tenés que intentar captar el sentimiento que el poeta quería trasmitir; pero ahora el sentimiento es tuyo.

Es muy lindo, incluso iba a decir “sanador”… no sé, al menos a mí me está pasando.

Siempre escribí, tengo hasta microprogramas de radio hechos con un amigo, cosas graciosas. Y escribí cuentos y otras cositas, pero el formato canción es nuevo, y me gusta porque me referencio con historias que me pasaron. No más tenés que abrir la puerta de lo que te pasó, y punto.

¡Claro que es sanador! La escritura permite, primero, una elaboración y, después, un desprendimiento. Además, puede llegar a ser un refugio.

¡Sí! Y en algunos momentos fue una forma de desahogo. Antes de estas canciones, yo había escrito para un amigo que falleció. Tengo, también, algo dando vuelta, medio escrito… ¡mirá vos! para otro amigo que falleció hace poco. No lo puedo terminar porque todavía me confunde el sentimiento de no aceptar que ya no está. Escribí cosas para mis hijas, para mi vieja, para mi abuela. Una vez me pidieron algo para la biografía de Héctor Larrea.

Ariel Ardit junto a un Lidia Borda en un ciclo de conciertos que continuará este año.

¿Qué otros proyectos tenés desde que cumpliste los veinte años con la música que con la pandemia quedaron “recalculando”?

Lo de recalculando tiene que ver conmigo, con mi “zanahoria” como artista, como intérprete. Ahora es muy distinto a ese 2019 cuando sentía que tenía que escapar un rato del tango. Por suerte, ya no tengo que escapar. Sí, necesito expresarme de otra manera.

¿Escapar?

Sí, fue horrible. La pasé mal. Sentía que había perdido, no la pasión de cantar porque soy el que mejor la pasa cuando me subo al escenario, pero había perdido el deseo de seguir con los mismos formatos. Me costaría mucho volver a grabar cualquier disco como lo hubiese hecho antes, en el formato de orquesta típica o cuarteto típico.

¿Por qué te costaría mucho?

Porque ya lo hice, y no encuentro placer en hacer lo mismo. Es como cuando terminás una relación en la que te quisiste mucho con el otro, pero hay un punto en el que uno dice: “Sí, sí, todo bien, pero no volvería nunca.”

¿No te condiciona el público, que no le guste lo nuevo que querés probar? ¿A quién es más importante contentar, a tu artista o a tu público? ¿Cómo hacés para conciliar entre ambos?

De una te digo que al que hay que contentar primero es al artista, porque si no, no podés, aunque uno sea un producto también. Obvio que nadie hace cosas para no vender entradas y para que a la gente no le guste, pero eso es una segunda instancia, cuando vos difundís tu trabajo -porque yo trabajo de esto- buscás el beneplácito del que te va a contratar o del que te va a pagar una entrada o te va a aplaudir. El trabajo mayor siempre es con uno mismo. El mayor quilombo lo tengo conmigo, en buscar felicidad en lo que hago y sentir que me gusto a mí mismo. Esa crisis de la que estoy hablando fue mucho más allá del tango o de los formatos, fue más profunda. No me gustaba como estaba cantando, no encontraba placer conmigo mismo. ¡Y qué bueno que me pasó!, aunque en su momento lo sufrí. Entonces, al que hay que contentar es a mí.

«…por ahí la gente me verá como el mismo, pero yo sé que internamente me pasaron un montón de cosas que me llevaron a que hoy esté en una búsqueda diferente a la que tenía hace algunos años.»

¿Puedo preguntar por qué o qué no te gustaba de vos cantando?

Sí, yo puedo sacar todo para fuera. Sentía que me había aburrido de mí mismo. Me escuchaba y pensaba: “la verdad es que podría cantar distinto”.

Me acuerdo que me estaban haciendo una biblioteca -mirá vos la historia que te voy a contar, estoy mirando el mueble ahora y me acuerdo-, y vino una amiga con un obrero que cuando me dio la mano casi me la arranca, un tipo muy rústico que hacía poco había de un pueblo en Paraguay donde no había luz; y mientras armaba el mueble, me dice mi amiga “Che, ¿vos cómo andás con el tango? Siempre te veo laburando” “¿Vos sabés que estoy un poco hinchado las bolas de mí, de mi trabajo? Quiero darle otro formato” “¿Cómo? Si te va bien” Parece que el que te vaya bien está asociado a que sos feliz con eso, y no siempre. Y le digo: “Sí, pero no, no la estoy pasando bien, estoy hinchado de hacer lo mismo, quiero hacer otras cosas. Necesito un cambio.” Y entonces el obrero, desde abajo, mientras acomodaba la cajonera, me dice: “Como el águila.” “¿Cómo, como el águila?” Y se puso todo colorado porque era muy tímido, y me dice: “Busque, busque ahí”, señalando el teléfono. “Pero decime qué es.” “No. Es la historia del águila”. Bueno, hay muchos videos que lo explican: resulta que las águilas, cuando cumplen cuarenta años, se arrancan el pico, golpean el pico contra una roca hasta que se les sale. Y se tienen que esconder porque corren el riesgo de que las cacen y no se pueden defender. Y tampoco pueden comer, así que algunas mueren. Cuando el pico nuevo les crece, con el pico nuevo se despluman, se sacan todas las plumas, para que les crezcan plumas nuevas. Algunas mueren de frío, no todas pasan esa prueba. Ahora, una vez que les crece el pico y las plumas nuevas, viven casi 40 años más. O sea que esa crisis tiene el riesgo de quedar en el camino para vivir 40 años más. Y para mí fue muy simbólico porque dije: “Claro, yo necesito desplumarme un poco. Arrancarme el pico y desplumarme un poco”. Y a la vista de los demás esa águila puede parecer la misma águila, pero, internamente, ella sabe que ese pico y esas plumas son otros, y sabe lo que significó cambiarlos, el riesgo que corrió, esa crisis que atravesó para afrontar el cambio. Entonces, pensando en mí, por ahí la gente me verá como el mismo, pero yo sé que internamente me pasaron un montón de cosas que me llevaron a que hoy esté en una búsqueda diferente a la que tenía hace algunos años.

«La pasé mal. Sentía que había perdido, no la pasión de cantar porque soy el que mejor la pasa cuando me subo al escenario, pero había perdido el deseo de seguir con los mismos formatos. Me costaría mucho volver a grabar cualquier disco como lo hubiese hecho antes, (…) no encuentro placer en hacer lo mismo. Es como cuando terminás una relación en la que te quisiste mucho con el otro, pero hay un punto en el que uno dice: “Sí, sí, todo bien, pero no volvería nunca”.»

¿Te importa cómo pueden influir en los tangueros estos temas nuevos? ¿Ya dejaste de rendir examen frente a ellos? Viste que es un público muy exigente.

Mirá, en todo caso, yo no voy a cambiar la mentalidad de los tangueros, porque mucha de esa mentalidad yo también la tuve. Y si te dijese ahora que no me importa nada, no te estaría mintiendo, porque me di cuenta que no tengo que rendir examen ni antes, ni después, ni nunca, eso es una presión que se pone uno.

Pero el ambiente tanguero es especialmente exigente: que si expresás bien el sentimiento, que si estás a la altura de ese tango, que si estás a la altura de los que interpretaron antes, etc., etc., etc..

Sí, sí, pero te digo algo: cuando vos estás convencido de lo que hacés, vencés todas esas barreras. Mirá, cuando invité a Miguel Poveda al Colón, mi amigo Horacio Pagani, comentarista de fútbol, tanguero recontra clásico, me dice: “Naaa, que venga alguien de afuera a cantar tango.” Pero cuando lo vio a Miguel, le gustó. Y después fuimos a comer a un boliche de Almagro, y un amigo guitarrista saca la guitarra y Miguel cantó “Sus ojos se cerraron” y lo mató a Horacio. Y estaba mi amigo, ya fallecido, Osvaldo Peredo, y también se emocionó, aunque Osvaldo siempre fue un tipo más abierto. Pero Horacio me dijo: “Me hizo emocionar este pibe. ¡Qué bárbaro!”. Cuando la emoción logra su cometido, no importa el género musical, no importa nada, se vencen todos los prejuicios. Entonces para mí hay que apuntar siempre a eso. A esa lanza que logra la emoción, no hay que estar pensando en el rótulo, en lo clásico o no clásico.

Jamás, jamás, me preocupé por eso. También porque nunca corrí riesgos, porque obviamente para el tanguero hacía tango tradicional, con lo cual, en todo caso, yo tuve muy buena aceptación de parte de ellos.

Ariel Ardit en el Concierto Celebración por los 20 años con la música (2019), junto a Miguel Poveda y Guillermo Fernández, a su izquierda, y a Antonio Carmona a su derecha.

¿Puede ser que en el pasado estuvieras más condicionado por la técnica y te dejaras llevar menos por la emoción? Tanto por tu admiración a Gardel, como tus estudios líricos, o tu madre que te dijo: “si querés cantar, estudiá”…?

No, de hecho, ahora estoy tomando clases con otra profesora y haciendo cosas distintas. Sí noto que hoy hay un compromiso mucho más cercano a lo emocional que a lo técnico. No es que antes no lo pensara, pero, con el paso de los años, uno va priorizando otras cosas. El cambio tuvo que ver con una necesidad de crecimiento.

¿Te tienen que pasar cosas en la vida para alcanzar ese nivel en la interpretación que, como decía Goyeneche, llega a la piel? ¿”El tango te espera” no sólo para que te guste sino para que lo puedas interpretar?

Sí, claro, pero después eso lo tenés que hacer musical. Porque yo conozco un montón de gente a la que le han pasado cosas bravísimas en la vida, y cantan mal o feo. Ahí justamente está la virtud del intérprete, en que pueda traducir sus vivencias en una manera musical, y, además, conmueva. Porque uno se puede conmover mucho cuando canta cosas de uno y que a los demás no les pase nada. Si no, todo el mundo sería cantante y todos serían buenos, o grandes intérpretes, y no es así.

¿Sigue siendo Gardel el Dios al que le rezás? (al respecto ver en la entrevista anterior)

Mirá, ahí está Gardel (señala un cuadro en su casa, y a continuación me muestra un tatuaje con la firma de Gardel) ¡Ahora tengo tatuajes, antes no tenía! (risas)

Sí, sigue siendo Gardel el referente máximo, eso no ha cambiado, cambió aquello en lo que encuentro placer, pero otras cosas, no. Como mi concepción a la hora de elegir un tema, que yo sé que es como comprarte una ropa con la que de repente vas andar toda tu vida. Sobre todo, cuando uno graba. Sabés que eso queda eternamente. Entonces cada vez me vuelvo más responsable de lo que canto y de lo que no.

¿En qué sentido te volvés cada vez más responsable?

En no elegir para cantar algo que me gusta ahora pero que en dos meses quizás no. Por eso me está costando tanto elegir nuevo repertorio. Antes, cuando pensaba en un disco nuevo, yo me brotaba y tenía cien temas que quería grabar. Ahora no hay nada que esté seguro que en dos meses me va a seguir gustando, y cuando vos grabás algo lo tenés que poder defender toda la vida.

«…cuando vos grabás algo lo tenés que poder defender toda la vida.»

¿Lo decís por “Mariposita”?

Claro, y me encanta haber grabado “Mariposita”, porque cada vez que lo canto me siguen pasando cosas. Evidentemente fue una buena elección. A mí me reconocen por eso. De hecho, lo he sacado de los shows ya hace años, y me lo piden y lo canto.

Ariel Ardit en la previa al concierto «Únicos» en el Teatro Colón de la Ciudad de Buenos Aires.

Para ir terminado, me llegó un rumor que te iban a nombrar “Personalidad destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires”, ¿es correcto?

Sí.

¿Cómo se siente eso?

Se siente hermoso porque Buenos Aires es la mujer de mi vida, yo amo a esta ciudad, aunque nací en Córdoba y viví ahí hasta los 8 años, pero ¡yo tengo una pasión por este Buenos Aires…! Aunque cuando me lo dijeron, primero pensé “Naaa. Que reconozcan a otro. Que me reconozcan cuando sea más viejo.” Me parecía que era algo para más adelante. Pero después, dije, “Bueno, está bien, yo vivo diciendo a todos que la ciudad más linda del mundo, a la que quiero siempre volver, es Buenos Aires.” La amo con toda mi alma. Y como se ha escrito en muchos tangos: a veces te da la espalda, a veces te hace sentir por un ratito que sos el amor de su vida, y después volvés a ser uno más.

¿Qué extrañás de Buenos Aires cuando te vas fuera, además de tus afectos?

Los olores, los ruidos, andar por sus calles con la indiferencia que tiene esta ciudad que parece que no te mira nadie, la impunidad que eso te da a veces, … ¡Extraño todo! Me gusta el desorden, me gusta el lío. Y mis afectos. Todo lo que palpito, todo lo que me vibra en el corazón… mis amigos, mis hijas …

¡El quilombo! ¡Ese lindo quilombo que te mantiene vivo!

Me mantiene vivo. Yo en Buenos Aires me siento más vivo que nunca y me siento parte.

Flavia Mercier entrevistando a Ariel Ardit.

¿Vos ya sabías que ibas a ser cantante antes de conocer a Gardel?

Yo con el duchador del departamento de Viamonte 1668, donde vivía mi abuela y mi tío cuando vinimos de Córdoba, cantaba el rock “Atmósfera pesada” de Sandro…

O sea que antes que Gardel fue Sandro.

Sí, claro, primero fue Sandro. Yo me sabía todos sus temas porque mis tíos tenían un trío que hacían imitaciones.

No sé si ser cantante era una meta, sí siempre supe que cantaba. Quise ser jugador de fútbol, quise ser muchas cosas, pero el tema del canto yo lo tenía incorporado. Siempre me imaginé en eso porque andaba con mi mamá en las peñas, y acompañaba a mis tíos. Ya entrar a un lugar y ver a la gente cómo mira y dice, “Ahí vienen los artistas”, me gustaba. Y yo sólo les llevaba la ropa. Después fui su plomo (sonidista).

Y el rock de Sandro “Atmosfera pesada”, lo quiero grabar, y lo voy a grabar.

¡Qué mutación de piel que estás viviendo!

Claro, el desplume del águila. Estoy como cuando se está haciendo un local nuevo y ponen esos carteles que dicen: «En construcción, estamos trabajando para usted”. Estoy en proceso de construcción y ya no es un sufrimiento, ahora lo estoy disfrutando.

Muchas gracias Ariel, por la entrevista y, sobre todo, por tu franqueza para responder.

Cuenta Ariel Ardit que al cumplir 20 años de carrera sintió que se aburría de escucharse hacer siempre lo mismo, de la misma manera. Este sentimiento le produjo una importante crisis que se precipitó durante la pandemia. El azar puso entonces en su camino a dos personas que le acercaron las herramientas para abrir la salida. Una cancionista le recordó que podía usar un lápiz para escribir sus propias canciones. Un carpintero le talló en su imaginario el reflejo del águila al llegar a los 40 años cuando, para poder vivir otros 40, arriesga su vida en renacer. Como el águila, Ariel decidió desplumarse de prejuicios y viejos corsés clásicos. Decidió arrancarse el pico y volvió a estudiar canto y coqueteó con nuevos géneros musicales, buscando, quizás, su propia voz. Una voz que luego podría dictarle las letras que el lápiz dibuja en el papel para desahogar su alma de aquellos dolores que agostan la garganta. Una voz que cuando entrevisté a Ariel hace casi cinco años atrás era su farol y su espejismo desde el día en que quedó hechizado por la voz de quien cada día canta mejor. Una voz que le alumbra el camino a seguir, y le nombra la huella del canto.

Flavia Mercier

Ariel Ardit: “Cada vez que te acercás, Gardel te dice: Pibe, retrocedé 500 casilleros.” (entrevista 19.10.2018)

Del “Boliche de Roberto” al Colón y al mundo. Así se podría resumir los casi veinte años de trayectoria de Ariel Ardit. Sin olvidar un alto en el camino en Medellín para rendirle un homenaje a su amado y venerado Carlos Gardel. Con casi 20 años de trayectoria, Ardit se ha presentado en los teatros de mayor prestigio del mundo, destacando entre sus espectáculos de más éxito de público el homenaje sinfónico a Gardel, el homenaje a Aníbal Troilo y el homenaje a los grandes cantores de la década del 40 del tango. En 2015 obtuvo el Premio Konex como Mejor Artista Masculino de Tango de la década. En 2015 y 2017 ganó el Premio Carlos Gardel como Mejor Artista Masculino de Tango, y obtuvo también dos nominaciones a los Latin Grammy. Una entrevista profunda en la que Ardit nos brinda los detalles de los detrás de la escena de su gran trayectoria.

Ariel Ardit en su presentación en Tango Vivo Barcelona, acompañado por Alejandro Di Constanzo en piano (octubre 2018).

Hola Ariel, buenos tardes. Te cuento que entre nuestros lectores hay muchos artistas, muchos amantes del tango, así que vamos a suponer que ya saben quién es Ariel Ardit, y en lugar de hacerte repasar toda tu carrera, vamos a intentar conocerte un poco más a fondo, a partir de ciertos detalles. 

¡Dale!

Te escuché decir muchas veces que vos cantás por Gardel, por tu admiración a Gardel…  Yo canto tango por Gardel.

¿Por qué Gardel? ¿Qué te atrapó de él?  

Yo vengo de una casa en la que son todos cantantes. Mi mamá (Adriana Oviedo) cantaba folklore, mis tíos que eran actores cómicos también cantaban folklore, seriamente, mi abuela cantaba, … incluso mi tío abuelo que fue contador y marino cantaba hermoso y tocaba la guitarra como un fenómeno. Entonces, un día, un viernes de esos que nos reuníamos en familia, jugando al truco, se escuchaba a Gardel de fondo, como tantos otros viernes, pero, en esa ocasión, yo ya estaba estudiando canto lírico y, de repente, pensé: “este hombre canta lo que yo estoy tratando de aprender con el profe”. Paré la oreja y ahí empecé a descubrirlo.

¿Ahí entendiste por qué cada día canta mejor? 

Ahí, empecé (lo dice con mucho énfasis) a darme cuenta, porque es hasta el día de hoy que le sigo descubriendo cosas. El que es fanático de Gardel, no termina de descubrirlo nunca.

¿Seguís descubriendo matices en Gardel cada vez que lo escuchás? ¡Sí! Lo dije cuando le hice el disco homenaje: Gardel es como un espejismo, uno siente que progresa mucho, pero cuando crees que ya lo estás haciendo muy bien, que ya estás ahí… entonces escuchás un tema de Gardel, medio tema no más, y sentís: “Pibe, ¡Mejor retrocedé 500 casilleros y volvé a empezar!”Es tan grande porque es muy sutil, no se ve, hasta que acercás la mirada, entonces ves que Gardel siempre es más, no un poquito, mucho más. Cuando lo desmenuzás podés ver que tiene cosas medio indescifrables que te parece que se escuchan de una forma, pero cuando las volvés a escuchar después de años, tenés una visión distinta. Con Osvaldo Peredo, mi amigo y cantor de tango, decimos que Gardel sigue grabando a escondidas, que está en algún lugar grabando y va cambiando las canciones. Siempre hay una posibilidad de escucharlo mejor, y esa posibilidad te hace crecer.La verdad es que el tango para mí es una consecuencia de Gardel. La gente del tango lo puede interpretar mal, no me molesta; pero yo canto tango porque él cantaba tango. Si Gardel hubiese sido un cantante de flamenco, yo hubiera cantado flamenco.

Lo que te atrapó fue Gardel, no el tango.

Seguro. Por supuesto que después descubrí el tango y es un género que a mí me justifica como cantante. No me saldría mejor ninguna otra música. Pero es por Gardel. Es que no te puede no gustar Gardel. Al tipo que no le gusta Gardel, en algo es mal tipo. Estoy seguro. Habla mal de él. Hay algo que no está bien.

Yo siento una fascinación por Gardel como por nadie. Mirá, yo soy católico, tomé la comunión, la confirmación, y creía en Dios, pero, poco a poco, dejé de ir a las iglesias. Para mí la religión es una manifestación necesaria de la fe. Mi abuelo decía que vos tener que creer en algo, aunque sea en un palito. Y tenía razón, vos la fe la tenés que depositar en algo, en alguien, porque si no te explota dentro, eso necesita tener un cauce, ese es el sentido de la religión. Bueno, sin darme cuenta, desde hace un tiempo, cuando deseo pedir algo se lo pido a un señor engominado que canta tango.

No sólo eso, sino que además te has encargado de saldar las cuentas pendientes que tenía la vida con Gardel. Le hiciste un concierto homenaje para el 80 aniversario de su muerte en el mismo aeropuerto de Medellín, y después llevaste ese homenaje al Colón, donde Gardel no pudo estar.

Exactamente, pero con mucho respeto. Pensá que yo no canté a Gardel hasta después de muchos años de trabajo. Cuando empecé a cantar con “El Arranque”, no hacía ninguno de sus temas. Después grabé un disco con guitarras y no es un disco homenaje a Gardel. Después grabé los discos con mi orquesta y tampoco hice alusión a Gardel…. Lo de hacerle un homenaje a Gardel vino cuando yo pude decir; “ahora me animo a hacerle este homenaje, ahora me la banco”.

¿Y ahora te plantearías cantar otra cosa que no fuera tango?

A veces me tienta cantar otra cosa que no sea tango.

¿Volverías a la idea del canto lírico u otro género?

Me gusta cantar folklore, me gusta cantar bolero y el canto lírico me encanta. De hecho, tengo pensado hacer un disco que se llamará “De punta a punta” en el que quiero cantar una zamba, una chacarera, una tonada, un tango, una canción, una balada…, un disco con los distintos ritmos de Argentina.Uno es inquieto y no puede quedarse haciendo siempre lo mismo. Yo siempre me pregunto dónde me quiero ver en 10 años. Imaginarme haciendo lo mismo, no me divierte mucho. A veces incluso siento que me aburro de seguir haciendo lo mismo y, me preocupa; porque cuesta tanto alcanzar un lugar, consolidarlo, pero yo necesito que las cosas se muevan. Aunque, a pesar de todo, cada vez me siento más del tango. Yo soy esto”, digo.

¿Necesitás probar cosas nuevas para que la capacidad creadora no se muera…?

Sí, si no uno se empieza a aburguesar, perdés el entusiasmo. A mí me encanta cuando me transpiran las manos. Cuando estoy preparando algo nuevo y tenés esa sensación que no te deja dormir. Esa adrenalina no la quiero perder.

¿Y cómo elegís las canciones? ¿Cómo decidís el próximo disco?

Primero pienso en un repertorio de una manera conceptual.

¿Cómo el mensaje que querés que el disco transmita como un todo?

Sí, exacto. Y a partir de ahí, una vez definido el concepto-disco, empiezo a elegir canciones. Hay algunas que te gustan hace, quizás, veinte años. Otras veces, necesitás empezar a buscar nuevas para completarlo, siempre dentro de un mismo concepto. Y también ocurre que hay muchos tangos que están ahí, que los escuchaste siempre por otros, y que hasta ahora no se te ocurrió que podías cantarlos vos, hasta quelavivencia te va acercando más. Por ejemplo, “Fuimos”, es un tango que siempre escuché por otros y, aunque me gustaba, me parecía que no era para mí, como que era algo que le pasaba a otro tipo, lo sentía lejano. Pero un día me separé. Me separé de la mujer que más amé en mi vida, y entonces empecé a cantar “Fuimos”. Y no es que dije “voy a cantar Fuimos”, me descubrí (con énfasis) cantando “Fuimos”, y me pregunté, ¿de dónde lo traje?… Y, claro, después me di cuenta.

De golpe -y como un golpe-, la letra resonó distinto dentro tuyo

Sí. Y como antes no, no me hacía falta cantarla. No cantaría nada que no me cause algo. No me gusta cantar por cantar, porque me aburro yo.

Necesitás conectar con la canción desde tu propia vivencia.

Sí, inclusive desde lo cómico o lo burdo. Puede ser algo que en principio parece que no tiene que ver con vos, pero en ese contraste algo tuyo encontrás. O tal vez aquello que no querés mostrar de vos mismo.

¿Y cómo hacés para cantar “Lejos de Buenos Aires”? Una vivencia que no tenés.

Lejos de Buenos Aires es una vivencia que yo no tengo todavía en carne propia, pero sí tengo grabado a fuego lo que me contaron todos los tipos grandes de cómo es estar lejos de Buenos Aires.

¿Cómo definirías ese sentimiento?

Es una nostalgia con cierto resentimiento porque se extraña algo que ya no existe, que ya no es así. Por ahí, ese mismo tipo que se siente nostálgico estando afuera, cuando está en Buenos Aires, está todo el tiempo renegando de Buenos Aires.

Yo cada vez la extraño más. Y mientras más conozco otras ciudades, más me siento parte de ella. Es un sentimiento muy porteño, y mirá que soy de Córdoba y adoro Córdoba, pero no siento esto. En Buenos Aires tengo mi vida, ahí me pasaron las cosas más lindas. Y las más feas, o las más tristes también… No me imagino viviendo en ningún lugar del mundo que no sea Buenos Aires. Así sea la peor situación histórica, yo quiero vivir en Buenos Aires

Juan José Saer decía: Signo, modo o cicatriz, lo arrastro y lo arrastraré conmigo donde quiera que vaya. Más todavía, aunque intente sacudírmelo como una carga demasiado pesada, en un desplante espectacular, o poco a poco y subrepticiamente, en cualquier esquina del mundo, incluso en lo más imprevisible, me estará esperando. Era mi lugar: en él muerte y delicia me eran inevitablemente propias…” 

¡¿Viste?!

¿Qué es lo que extrañas?

El famoso no sé qué

“Las tardecitas de Buenos Aires tiene ese ¿qué se yo? … ¿viste?…”

(risas)

¿Y cómo va el tango fuera de Buenos Aires? Parece que cada vez se escucha más tango, se baila más tango. Hay quienes dicen que el tango en los próximos años va crecer más fuera de Buenos Aires que en Buenos Aires… ¿Vos qué pensás de eso?

Mirá, a lo mejor puede resultar agresivo el que sea tan categórico, pero para mí el tango es Buenos Aires. Sucede en Buenos Aires, se vive en Buenos Aires, se hace, crece y se reproduce en Buenos Aires. Todo lo demás está buenísimo, es lindísimo ver crecer el tango en otros lugares del mundo, pero cuando una orquesta quiere crecer, se instala en Buenos Aires; porque quien justifica tu trayectoria, tu trascendencia en el tango, es el público de Buenos Aires. Así vos vivas todo el año de gira, y ganés un montón de plata y te llenés de euros, todo eso necesita justificarse en Buenos Aires. Yo no me voy a ir nunca de Buenos Aires. Puedo vivir de gira, pero la base es Buenos Aires. Porque además canto en este idioma y yo entiendo que, así como uno es lo que come, uno canta lo que vive y el tango se canta como se vive en Buenos Aires.

Hiciste un disco tributo a los cantores de la generación del 40. ¿Por qué un tributo a ellos? ¿Qué te gusta especialmente de ellos?

Hay un tango que dice: “Se ha quedado roto mi castillo de cristal, dejame hacer un Dios con sus pedazos”. Si Gardel fuese un dios de cristal y lo rompés, los pedacitos son todos los cantantes del ’40.Cuando me metí con los cantores del ’40 me volví loco. El cantor del ’40 tiene la mesura. No tiene ese histrionismo un tanto burdo que tuvieron después los cantores de tango, no lo necesitaban porque tenían la orquesta que ya daba el marco y, entonces, el cantor era la frutillita … y esa delicadeza a mí es la que más me gusta del canto y en eso, para mí, tienen algo de Gardel.

Sí, la misma sutileza que destacabas de Gardel… ¿Y por qué un homenaje a Troilo?

Yo admiro a todas las personas que admiran a Gardel y a Troilo lo siento muy, pero muy, cercano a Gardel. De hecho, en muchas biografías él decía que quería que su orquesta sonara como las guitarras de Gardel. Entonces, ¿Por qué Troilo? Porque es una consecuencia natural. Es Gardel, y después Troilo. No hay manera que alguien te diga “me gusta Gardel y no me gusta Troilo”. O al revés. Porque en estética, y en definición, te diría que son lo mismo.Troilo es para mí el Gardel de los músicos. Él logró que su orquesta, como ninguna otra, acompañara a los cantores como las guitarras a Gardel. La orquesta de Troilo, sobre todo en la primera mitad del ’40, le da un lugar al cantante para que comunique la letra. Ni siquiera la voz del cantor, la letra. Por eso con Troilo todos los cantores han logrado su mejor versión. Ninguno logró, fuera de la orquesta de Troilo, algo mejor. Diferente sí, pero así en ese punto de mesura, nadie. Por ejemplo, con Rivero, cuya fama vino mucho después; Troilo logró que cante como un elefante caminando en un piolín. Y de todos los cantantes que tuvo Troilo, el mejor, fue Troilo. Hay grabaciones de “La Cantina”, en Uruguay, en las que canta con una vocecita media disfónica que cuando la escuchás decís. “Claro, por eso cantaban bien todos sus cantantes. Él sabía cómo guiarlos”.

De todos los escenarios, en los que actuaste ¿cuál fue más el más conmovedor? ¿El Boliche de Roberto (donde debutó), el homenaje a Gardel en Medellín, ese homenaje en el Colón, o cantar con tu mamá en el escenario?

El Homenaje a Gardel. Sin dudarlo. De alguna manera es una pena, si me miro de afuera, ese es el final de la película.

Justificaba el camino.

¡Sí! No creo que como el artista que soy vaya a hacer nada más importante que eso. Los días previos no podía dormir, y además estaba muy sensible, hacía las entrevistas y me largaba a llorar, porque era muy fuerte.

Era toda tu trayectoria ahí.

Además, era sostener un producto como productor después de haber convencido a mucha gente. Convencer a los colombianos que justificaba gastar toda esa plata, movilizar la filarmónica de Medellín, a la Televisión Pública para que lo televisara en directo para Argentina, y a Telemedellín también. A Teresa Parodi que nos ayudó con una parte de los pasajes,… , todo por un producto que era yo, cantando. Y era toma única. Era una cosa tremenda, no lo había hecho nunca, en ningún otro lado. Yo no quería aflojar, pero cuando aflojaba, lloraba.

Te escuché decir una frase muy bonita de ese homenaje, que era “hacer despegar ese vuelo que nunca llegó a destino…”

Se me ocurrió que para homenajear a alguien que murió ahí, había que buscarle una vueltita, más romántica quizás, no pensar en la celebración de la muerte como algo terrible, sino transmitir que algo continúa…

Desde luego, Gardel pasó a la inmortalidad cuando su nombre es una metáfora de tantas cosas en el lenguaje.

Y sí, yo sentía eso, que Gardel no había muerto ahí. Si hubiese muerto ahí, nadie estaría hablando de Gardel hoy, y haciéndole un homenaje 80 años después. Entonces se me ocurrió hacer un pequeño montaje con una imagen del mismo tipo de avión en 3D, despegando, mientras se escuchaba el ruido del motor -conseguí el sonido del mismo motor, del mismo avión-, y yo decía que para mí Gardel sí había despegado en ese vuelo, y con él tomaba vuelo el tango. Se apagaban las luces, se escuchaba ese motor… brrrrmmm… y empezaba “Volver”… “¿Cómo hago para no llorar?”, pensaba yo antes, pero me pasó algo… fue como si todo ese show se me pasara en cámara lenta…

¿Y por qué sinfónico?

Y bueno, se remonta a varias situaciones que había vivido en mi pasado. Primero, en el año 95, cuando yo todavía no cantaba tango, vi un homenaje a Gardel transmitido desde Toulouse, en un lugar hermoso que el año pasado fui a conocer, con una sinfónica y Pane, Marconi y Garello como bandoneonistas, pero nadie que cantara. Y pensé: “¡Qué raro, un homenaje a Gardel y nadie que cante!”. Después, cuando conozco Medellín en el 2013 le pregunto a la directora del Aeropuerto “¿Cuál es el lugar dónde murió Gardel?” Y me dice que no lo tienen señalado porque eso era un aeropuerto y no se podían hacer señalizaciones fuera de las necesarias. Y yo le digo. “Disculpame, no lo tomés a mal, en el mundo a Medellín lo conocen por dos cosas: una es muy buena, Gardel; y la otra es muy mala… ¿No te parece que tendríamos que hacer algo para priorizar que a Medellín se le asocie más con algo bueno? …”Mucho no le gustó, y, entonces, le dije: “Si te animás a hacerlo, yo me ofrezco gratis a cantar en un homenaje a Gardel acá…”Y ahí fue donde yo mismo me dije ¿Y si le organizo yo el homenaje? Además, en las películas, Gardel aparecía con orquestas, en parte porque competía con películas en las que salían orquestas como las de Bill Crosby. Y también porque le encantaba la ópera. La primera vez que vine a Barcelona descubrí que había cantado como el segundo del gran tenor Miguel Fleta. Fui a conocer el teatro en el que había actuado Gardel; y tuve la suerte de conocer al dueño, que era el nieto del que había sido el dueño en la época que actuó Gardel, y me mostró los afiches de aquella actuación. Ahí vi que Gardel había sido el segundo Miguel Fleta. Y cuando junté todos estos recuerdos, lo vi claro: A Gardel le hubiese encantado cantar con una sinfónica. Un homenaje a Gardel tenía que ser sinfónico.

Ariel Ardit con Flavia Mercier en la previa a su concierto en Barcelona (octubre 2018), tras terminar la entrevista.

Digamos, que tu motor es tu deseo, pero lo vas reconociendo en cosas que te pasan, que te conmueven… Sí, yo ya lo tenía, pero es cierto que desde aquel homenaje que yo vi en el ’95 y ese viaje a Medellín en el 2013, pasó mucho tiempo. Es como que ese deseo estaba guardado, hasta que, al estar en Medellín, hizo click.

Bueno Ariel, lo dejamos acá, dejemos a ese “click” seguir resonando para nuestros lectores … Por mi parte sólo queda agradecerte por esta entrevista. Muchas gracias

Ariel Ardit canta tangos por Gardel. No por el mito, sino por aquello que, en sus palabras, simboliza una suerte de espejismo que cada vez que cree alcanzar se le escapa como el final de un camino que aún le resta por hacer. Preso de un verdadero encantamiento por la virtuosidad de Gardel, Ariel Ardit ama en Gardel, más que a Gardel, la voz de Gardel.

Por otro lado, consciente inconscientemente, es un artista que causa efecto. La gente resalta, al final de sus espectáculos, además de su voz, su cercanía y su saber hacer de cada tango un lugar donde reconocerse. Por la forma en que cuida cada detalle de sus presentaciones, parece encontrar placer en causar ese efecto. Quizás ese mismo placer es lo que le permite estar en posición de recibir los efectos de lo que encuentra por azar. Se encuentra con un afiche que testimonia el deseo de su ídolo por la lírica, y ese espejo refleja su propio deseo por la lírica que le anima a aportar a aquel concierto que había visto tantos años antes, la voz que le faltaba. Justamente la voz, aquel objeto de deseo que intenta atrapar al escuchar a su ídolo. Esa voz parece ser un objeto atrayente y enigmático a la vez, tal que enlaza su deseo cual un anzuelo, y al que va descubriendo capa a capa en cada vuelta que hace sobre el mismo, y sobre él mismo.

¿Hasta dónde estará dispuesto Ariel Ardit a llevar estos efectos, o, a dejarse llevar por los efectos del azar que le conmueven? ¿Fue el Homenaje a Gardel, el final que debía tener su película -como él dijo-, o estamos ante el comienzo de una nueva? En ese homenaje levantaba vuelo un avión que en el pasado no había llegado a destino. Esa forma de transformar un duelo en producción artística nos dice que hay un artista y que, como tal, sabrá reinventarse, junto con su deseo, para recibir los efectos del azar que está esperando sorprenderle en cualquier esquina.

Flavia Mercier

El arte bajo el imperio del dedo pulgar

Cuando la obra logra alcanzar lo sublime, el espectador puede quedar embelesado por la belleza que esta desprende y que lo invita a “de-morarse”. Como un bordado en el alma, el hechizo produce ecos en la interioridad que traen un más allá en un silencio, cerrando los ojos. La experiencia que los artistas nos trasmiten dice que esto ocurre cuando la estética apunta al acontecimiento y no al impacto inmediato de lo evidente. La danza se vuelve sublime cuando el artista no sucumbe, sino que incluso se resiste, al empuje al movimiento, porque es en la retención de ese gesto o paso deseado donde se expresa lo que no fue, pero pulsa por hacerse presente. El despliegue acrobático llama la atención, produce impacto, puede, incluso, capturar la mirada, pero falla la mayoría de las veces en producir una imagen. Esa imagen es la que se anida -y se anuda- en la interioridad del espectador. El gesto tiene esa potencia. Él es una representación de un cúmulo de afectos, “la suma de una historia”, como alguna vez la definió Jaques Lacan. Es un movimiento perfecto en tanto conforma un decir, englobando lo que las palabras no alcanzan a nombrar. De allí la dificultad para producir un gesto que conmueva, porque ha de ser signo privilegiado de la extimidad, aquello que en el exterior se reconoce como el más fiel reflejo de la interioridad de quien lo recibe, pero no sin que quien lo produce ponga en juego lo íntimo de sí.

En el imperio del “me gusta”, hoy se torna imperioso ofrecer lo que puede agradar e, incluso, satisfacer al público, con efecto inmediato. Se persigue producir efecto más que afecto. Esto constituye un problema para el arte porque, por otro lado, la seña de identidad de la época -como bien señala Byung-Chul Han- es lo pulido, aquello que desliza fácilmente sin oponer ningún obstáculo ni reparo. Se deprecia el obstáculo, desestimando su función como lo que evita pasar de largo, sin afectarse, porque, justamente, la sobrevaloración de lo pulido persigue la no resistencia. Bajo la tiranía del like, el “objeto” de arte tiende a desprenderse de lo que puede hacer “objeción”, lo que puede ofrecer una resistencia a las modas y producir un punto de ruptura en la cultura, porque incomoda.

Por otro lado, tomar como tutela del quehacer artístico a plataformas digitales que acumulan videos que se reproducen hasta el infinito impulsados por oscuras fórmulas que privilegian los pulgares erectos, tapona la emergencia de lo original. La obra de arte, o la composición coreográfica, no es más que un objeto desprendido de lo verdadero para el artista. Podríamos pensar el estilo como aquellos matices que el artista le imprime a su obra por lo que le afecta, instándole a desplegar eso afectado en arte. El estilo resulta, entonces, de una serie de elecciones, en tanto se prefiere algún rasgo, gesto, forma o modo, entre otros. Se trataría de una elección que pone en juego lo íntimo y que se expresa en una manera propia de sí. Por añadidura, su público se va conformado por quienes se conmueven con esos detalles destacados.

Podríamos definir el estilo artístico en términos de un “destilado de aromas y gustos” que le da un sabor singular al baile o a la interpretación musical, una atmosfera al cuadro, un regusto al poema. Cabe recordar que es gracias a los tiempos de cocción y de reposo que el sabor resulta de la amalgama de ingredientes, destilando un aroma que despierta el apetito. De igual manera, un conjunto de elementos técnicos, por excelentes que sean no serán suficientes para generar un estilo propio si no se le da el tiempo para que este decante. Es en el trayecto que el artista irá encontrándolo, cuando las dificultades le hagan conocer sus límites y pongan a prueba su deseo. Es el obstáculo, la piedra en el camino, lo que materna la creatividad.

La función del maestro será la de dar apoyo mientras acompaña, a modo de un andamio que podrá retirarse cuando la casa de los conocimientos se asiente sobre unos cimientos sólidos y la estructura se disponga de tal manera que sea un sitio habitable, un lugar donde habitar. En sus orígenes, la figura del pedagogo era la del que acompañaba al niño o niña a la escuela. Esa mano que guía no la podrá dar nunca una plataforma digital cargada de videos. Lo pedagógico, es el acompañamiento por parte del maestro de un recorrido que el discípulo tiene que realizar por sí mismo.

En definitiva, cuando el arte rinde vasallaje al dedo pulgar, la obra queda expuesta al riesgo de transformarse en un mero objeto de consumo, y las artes escénicas como la danza, quedan desprovistas de aquello que jalona el alma del espectador, reduciéndose a la pura exhibición, al puro espectáculo. La encrucijada es cómo sostener la apuesta artística en este mundo que se rige por baremos que le son tan contrarios.

Flavia Mercier

(Estas ideas resulta del entretejido de las reflexiones oportunamente publicadas en Patio de Artistas, con motivo de las entrevistas a Sergio Cortazzo y Silvia Carlino, Javier Gardella, Fabián Irusquibelar y Fernando Rodríguez y Estefi Gómez)

Néstor Fabián: “Se aprende en el escenario”

Es un verdadero honor recibir como invitado en nuestro Patio de Artistas, al Maestro Néstor Fabián. Según insiste en varias instancias de la entrevista, él “solo quería cantar”, y vaya si lo ha hecho hasta convertirse en un referente de la canción y del tango. Justamente en estos días se cumplen 62 años de su debut en televisión junto al Maestro Mariano Mores. Luego cantó también con Armando Pontier, con Aníbal Troilo, Atilio Stampone y Osvaldo Berlingeri, por destacar algunos de los tantos nombres propios con mayúsculas que pueblan su curriculum. Hizo cine y televisión con gran éxito. Trabajó en las Casas de tango más afamadas, destacando su paso por“El Viejo Almacén” junto a Edmundo Rivero, como por “Caño 14”. Compartió escenario con todos los grandes cantores del tango, formando una pareja única e inolvidable con su pareja en la vida, Violeta Rivas. Y como él “solo quería cantar”, hoy a sus 84 años, sigue maravillando al público en el show de tango de «Michelangelo», tanto por su virtuosismo como por su gran manejo del escenario y una enorme capacidad para emocionar. Sencillo, franco, divertido y, sobre todo, generoso al compartir sus vivencias, así se muestra Néstor Fabián, Pichi para los amigos.

Nésto Fabián en la actualidad, en el show de Michelangelo.

¿Hasta dónde se remontan los inicios de esta historia con la música y el tango?

La música viene del barrio donde nací. Estamos acá, frente a Michelangelo, en Balcarce entre Belgrano y Venezuela, y yo nací en Bernardo de Irigoyen y Tacuarí.

Por acá cerca. ¿Y qué música se escuchaba por el barrio?

Se escuchaba serenata. Muchas serenatas. No había folclore, salvo en una medida muy pequeña. Se escuchaba tango, tango, y algo de jazz. Porque antes era muy común una especie de dúo: una orquesta de tango con una de jazz. Eso era el complemento perfecto. Por ejemplo: “La orquesta de Aníbal Troilo” y la “Santa Anita”.

¿Eso es lo que se escuchaba en los bailes populares en los clubes?

Claro, en los clubes.

Y ¿cuál era el club más importante o de moda cuando vos eras joven?

El club más importante era “Comunicaciones”, en la avenida San Martín. Ahí iban todas las orquestas. Yo no podía entrar porque era menor. Además, estaba siempre solo, sin un mayor. Me gustaba la noche y andaba dando vueltas, escuchando a las orquestas, aunque siempre desde fuera. “Desde la vidriera”.

Con “la ñata contra el vidrio” (del lunfardo, “ñata”, nariz, verso del tango “Cafetín de Buenos Aires”, letra de Enrique Santos Discépolo).

(risas)

¿Te atraían las orquestas?

Sí, sí, me atraían mucho las orquestas. Era muy normal entonces. Todo local de tango tenía una orquesta estable. Después había otros que tenían dos o tres orquestas, como el “Tango Bar” de calle Corrientes, entre Libertad y Talcahuano.

Siempre atraído por las orquestas, por la música, nunca por el baile.

No, el baile no. La verdad es que nunca aprendí a bailar tango por no dar un paso atrás (el primer movimiento para el hombre de los 8 pasos que componen el básico del tango, es un paso atrás). (risas).

Sí, me atraía mucho la música. Me apasionaba cuando alguien hacía un solo en una orquesta, me gustaban los solos de violín. Porque uno a medida que pasa el tiempo ya sabe cómo va la instrumentación del tango. Después tuve la suerte de cantar con muchos de ellos.

«Cuando yo era pequeño iba siempre a mirar las orquestas que actuaban en el club “Comunicaciones”. Desde afuera, porque siendo pequeño no podía entrar. Y siempre le decía al concesionario ¡Qué lindo lugar! Te podés imaginar lo que sentí cuando me convierto en una persona un poco conocida, y voy a cantar al Club “Comunicaciones”. Fue algo extraordinario.»

¿Con quién fue el primero que cantaste? ¿Con Mariano Mores?

Con Mariano, sí.

¿Y cómo fue que llegaste a él?

Mirá, cuando la gente dice “tiene que tener talento”, yo digo: tiene que tener talento y muchas veces tiene que tener suerte. Resulta que yo voy a dar una prueba con Mariano Mores en Canal 7, que me lleva Norberto Aroldi, el actor, autor, director, en fin… Mariano me dice “¡Qué lindo color de voz! Ya te voy a llamar.” ¡Y me llamó, al día siguiente! Porque el sábado tenía un programa. Es decir, la prueba había sido un miércoles y me llamó el jueves porque le habían conseguido un programa en Canal 7 para el sábado. En aquel entonces, tener un programa de televisión era muy importante. Y él no tenía cantante porque, habitualmente, era Carlos Acuña que en ese momento estaba en España. Tenía también a su hermano, Enrique Lucero, pero estaba en Uruguay. Tenía a Horacio Deval, pero estaba en Venezuela. Tenía también la posibilidad de llamar a Sergio Cansino, un tenor chileno con una voz espléndida, que había hecho con él “Tan solo un loco amor”, pero estaba en Chile. Así que me llamó y no canté ningún tango, canté “La noche de mi amor”. Y la suerte fue que después de eso vinieron los carnavales en Rosario, en el “Club Provincial”. Estaban Susi Leiva, Enrique Dumas, y él (Mariano Mores) me dice: “Yo te voy a llevar a vos”. Después me enteré que la gente de Club Provincial pedía por mí. Eso es tener suerte.

Porque habías estado en televisión.

¡Claro! Porque había estado en Canal 7 y Canal 7 llegaba a todo el país.

“¡Qué tiempos aquellos!” (estrofa del tango “Tiempos viejos” que Néstor Fabián cantara en la película “Los muchachos de antes no usaban gomina”, una de sus más célebres interpretaciones) ¡Cuánto trabajo para todos!

Mirá, cuando yo era pibe, como a mí me gustaba cantar, muchas veces cantaba en el “Tango Bar”, porque con Luis Formento -que no es el de la 2X4 (radio) sino el que escribía en el diario “La Razón”-, éramos vecinos y yo siempre lo acompañaba al “Tango Bar”. En frente, cruzando Corrientes, había un lugar de folclore donde actuaba el dúo “Martínez Ledesma”. Una cosa curiosa: actuaban con smoking, no con vestimenta de gaucho. Te podés imaginar en aquel entonces ¡folcloristas con smoking!” En este show figuraba como acompañamiento: “Carlos García” (músico, pianista, compositor y arreglista, director). Un ser divino, músico, folclorista, tanguero, director de orquesta, unos arreglos impresionantes… Pasa el tiempo, yo ya estoy en “El Viejo Almacén”, me hago amigo de él y le cuento: “¿Sabe Carlitos que yo era pibe y usted estaba enfrente del Tango Bar que yo iba?” Y me dice: “¿Usted sabe una cosa? En esa época había tanto trabajo, tanto trabajo, que cuando yo no podía ir porque tenía radio, o grabar en Odeón, quien me reemplazaba era el “Mono” Villegas (Enrique Mono Villegas, reconocido pianista de jazz). ¿Y sabe una cosa, Pibe? Que cuando faltaba yo y faltaba el “Mono” Villegas, ¿sabe quién venía? Horacio Salgán.”

¡Qué recambios que tenía!

¡El trabajo que había! ¡El trabajo que había!

¿Qué significó para vos Mariano Mores?

Mariano Mores me enseñó todo.

¿Recordás alguna enseñanza de las que te dejó que haya marcado tu carrera? O que quizás vos aprendiste viéndolo a él, trabajando con él.

Él siempre decía que lo más importante que tenía el espectáculo era el público. El público te lleva a lo más alto, o te hace caer directamente al abismo. ¿Cómo me lo enseñaba? Íbamos con el coche a la Costanera y la gente lo paraba y él se paraba, se sacaba fotografías, firmaba autógrafos. Él me enseñó eso. La música, el respeto, todo eso es importante, y lo más importante, el público.

Néstor Fabián y Mariano Moreno junto a «Los Jets» como parte del elenco del espectáculo «Buenas Noches Buenos Aires» en el Teatro Astral, en el que también actuaban Hugo del Carril, Virginia Luque, Beba Bidart, Susy Leiva, Juan Verdaguer, Maribel Marcel y Víctor Ayos. De izq. a der.: Héctor Ziblat, Néstor Fabián, un bailarín del ballet de Víctor Ayos, Héctor «Memmo» Campione , Guillermo Fuertes, Martín «Chivo» Etchemendy, Mariano Mores y Jorge «Jackie» Álvarez

¿Estuviste un tiempo en el “Club del Clan”?

No, no estuve en el “Club del Clan”. Lo que pasa es que, en una oportunidad, dijeron que yo pertenecía al “Club del Clan”, y ahí quedó.

¿Y de dónde viene la confusión por la que se te asocia al “Club del Clan”?

Como a mí me gustaba a cantar, me iba a las cantinas a cantar, y había un acordeonista que tocaba fenómeno, que le decíamos Fatiga, que pasaba la pandereta entre los turistas -que eran muchos, de Uruguay, Brasil, de todas partes-, y decía “para el músico que es huérfano”. Un fuera de serie en aquel momento y hoy sería un genio, porque nunca escuché a nadie tocar el acordeón como este hombre, era impresionante. Entonces, a veces era yo el que “tiraba la manga” (del lunfardo, “pedir dinero”) y les dejaba la plata a él, a los músicos o a los “mozos” (camareros), porque todos ayudaban. Yo, por suerte, no necesitaba nada, felizmente mi mamá me lo daba todo. Era un amor de persona.

En una oportunidad había un trío que se llamaban “El Trío Caribe” y a los que mi mamá, quien me adoptó, Rosita de Avellaneda, y que era una persona muy solidaria, les había dado un sitio para que vivieran en otra casa que tenía, cerca de donde vivíamos nosotros. Ellos estaban en el programa “La Cantina de la Guardia Nueva” que conducía Dino Ramos, un ser maravilloso, el letrista de muchas de las canciones de Palito Ortega. Un día, los chicos me dicen: “Vení, vení. Vení a Canal 11. Acompañanos y cantate algo. Dale, dale. Nosotros como trío te hacemos el acompañamiento.” “No, yo no quiero cantar. No.” Al final canto con ellos “La noche de mi amor”, en tiempo de bolero. Después toda la gente que estaba en ese programa pasa a Canal 13 con Ricardo Mejías, que era ejecutivo de RCA Victor, y ahí se llaman “El Club del Clan”. Fue la gente que le puso “El Club del Clan”. Luego pasan a Canal 9, “Sábados continuados”, con Antonio Carrizo. Después se fueron a Canal 7, “Bienvenido Sábado”, y de ahí a Canal 13, “Sábados Circulares de Mancera”, el programa de Nicolás Mancera (reconocido conductor de programas musicales). Se la fueron ganando de a poco.

¿Trabajaste con Antonio Carrizo? (locutor, presentador, valorado entrevistador)

¡Sí!

¿Cómo era trabajar con Antonio Carrizo?

Para hablar de Carrizo, hay que sacarse el sombrero. Le podía hacer reportajes a quién quieras. A Borges (Jorge Luis), a Favaloro (René) (reconocido cardiocirujano), y los hizo.

Yo no sé qué hubiera sido de José Cotelo sin Ana María, pero ¿qué hubiera sido de Néstor Fabián sin Violeta Ribas (ambos formaron una de las más afamadas parejas de la escena argentina)?

Ah, no sé, no sé. Lo nuestro fue bastante jocoso. Cuando yo estaba en Canal 13 en el programa “Aquí arriba”, ella estaba en otro con Marty Cosens (cantante), con el mismo director de cámara. Un día yo tenía que hacer un parlamento y estaba buscando el libro, y me dicen. “Ah, no, tenés que ir a buscarlo al otro estudio.” Voy y la veo a Violeta (con voz y gesto de admiración). La saludo, estaba también mi amigo Marty Cosens, y me ignoró totalmente. Me ignoró…

¡…mal!

No mal, pero me ignoró. Con el tiempo me explicó que estaba ensimismada en estudiar su parte. Pasa el tiempo y me llama Cacho Fontana (Jorge “Cacho” Fontana, reconocido locutor de radio y televisión) para hacer un reportaje en “Radio El Mundo”. “Cacho, voy para allá, y punto.” Y entonces me encuentro con Violeta Rivas. Yo ya estaba en Televisión y demás … “Hola, que tal, …” (con voz suave de mujer), me dice. “Nosotros nos conocemos”, le digo. “¿Cómo que nos conocemos?” Entonces, le conté. Ahí comenzó todo, comenzamos a salir. Después, estando en Canal 9, Romay nos juntó para hacer el programa “Todo es amor”.

Néstor Fabián y Violeta Ribas.

¿Y cómo llevaste eso de ser un “galán”?

No, galán no, yo nunca me dediqué a eso. Me llamaban de todas partes, pero yo lo que quería era cantar, a mí no me hablen de eso. Películas sí.

Y del cine que hiciste, ¿qué recordás especialmente?

Me gustó mucho “Pasión dominguera” porque salieron todos los jugadores de los clubes más importantes que tiene el país. Llámese River, Rosario Central, Boca, Racing, San Lorenzo. Huracán. Estaban todos. Una película que vuelta y vuelta la pasan en televisión. Lo mismo que “Los muchachos de antes no usaban gomina”

¿Ahí cantabas, no? ¿Cantabas el tema principal?

Cantaba “Tiempos viejos”

Néstor Fabián cantando «Tiempos Viejos» en al película «Los muchachos de antes no usaban gomina»,

“¿Te acordás hermano…?” (Primer verso de la canción) Vos la cantabas al final de la película, cuando ellos dos (Rodolfo Bebán y Osvaldo Miranda) ya son mayores…

¡Claro! Uno de los momentos más emocionantes que viví fue en un programa de Canal 7 que hacían como homenaje a Osvaldo Miranda. Pasan la escena de la película. “Te acordás hermano, qué tiempos aquellos, eran otros hombres más hombres los nuestros…” Cortan la película y salgo yo en vivo,  “…no se conocía cocó ni morfina…” Osvaldo no lo podía creer, miraba para todas partes, no entendía lo que pasaba. ¡Muy emocionante! 

«Me llamaban de todas partes, pero yo lo que quería era cantar…» «…cuando la gente dice “tiene que tener talento”, yo digo: tiene que tener talento y muchas veces tiene que tener suerte.»

¿Hiciste también una película con Hugo del Carril, no?

¡Dos! Dos donde él era el director. Y también actúe en “¡Viva la vida! (película dirigida por Enrique Carreras, reconocido director, y actuaban entre otros Hugo del Carril y Tita Merello). Y otra con Arnaldo André, “Balada para un mochilero”. Seis películas hice en total.

¿Como afrontabas todos esos papeles? ¿Estudiaste teatro?

No, no, para nada. Lo que pasa es que yo antes tenía mucha memoria. Ahora, algunas cosas se me escapan. Además, cuando me dijeron “Vas a hacer ‘Todo es amor’”, yo dije: “Está bien, no hay ningún problema. Pero yo quiero elegir los actores. Nuestros padres, José Cibrián y Ana María Campoy.” (reconocido actor, director de teatro y dramaturgo, y reconocida actriz y comediante, ambos perteneciente a familia de actores, y padres del reconocido director de teatro musical José Cibrián Campoy)

¡Ah, bueno! ¡Elegiste mal! ¡A nadie!

Yo elegía, era mi forma de ser. Muchas veces hacía eso. Me salió bien como también me salió mal. Por otro lado, temas de cartel, yo nunca pido nada. Acá (actual show de Michelangelo) pusieron “Nestor Fabián y 30 artistas más”, pero yo no lo pedí. Yo arreglo mi “cachet” (remuneración de un artista) y después vamos para adelante. En el escenario te veo. Es mi forma de pensar. Me la hicieron muchas veces, de cobrar menos para ser primera figura. Me ha sucedido mil veces, ¡Pero, mil veces, eh! Sobre todo cuando intervenía un agente de prensa.

«Él (Mariano Mores) siempre me decía que lo más importante que tenía el espectáculo era el público. El público te lleva a lo más alto, o te hace caer directamente al abismo.»

¿En qué momento dijiste: “Uy, esto va en serio. Soy Néstor Fabián”?

Nunca. Yo siento respeto por todos los demás. Yo soy mejor aplaudidor que cantante. Cuando veo una obra, si hay alguien al lado mío que habla o critica, no se lo permito.

Pero ¿en qué momento dijiste: “Soy artista, puedo vivir de esto. Voy a tener una carrera”? ¿O nunca la tuviste segura y simplemente seguiste?

Con Alejandro Romay (importante productor de teatro y televisión) y Nicolás Mancera (importante conductor de programas musicales de televisión). Como yo vivía en el mismo edificio que Alejandro, siempre nos veíamos. A los hijos los llevaba en mi moto. Un día me dijo (imitando la voz de A. Romay): “¿Cuánto estás ganando allá con Mancera?” “Escuchame Alejandro, él por cuatro programas me está pagando tanta plata.” “Yo te pago esa plata por dos programas.” Voy y le digo a Mancera: “Mirá que me da por dos programas la plata que vos me das por cuatro.” “No te hagás ningún problema. Yo te doy por un programa toda esa plata.” Y vos no sabías dónde meterte, porque yo no sé decir que no. A mí me llaman para una entrevista, y yo voy agradecido, no tengo ningún problema. Otros tipos dicen: “No, lo que pasa que en estos momentos yo tengo que estar en tal lugar…” (con voz engolada) ¡Pará hermano!

¿Qué momento, o momentos, de tu carrera te acordás que te hayan especialmente emocionado, que te conmovieran mucho?

Cuando yo era pequeño iba siempre a mirar las orquestas que actuaban en el club “Comunicaciones”. Desde afuera, porque siendo pequeño no podía entrar. Y siempre le decía al concesionario (titular de la explotación del bar) ¡Qué lindo lugar! Te podés imaginar lo que sentí cuando me convierto en una persona un poco conocida, y voy a cantar al Club “Comunicaciones”. Fue algo extraordinario.

¡Qué viaje! ¡Volver como artista y figura al sitio que mirabas desde fuera durante tanto tiempo!

Me ocurrió también en la cancha de San Lorenzo, cuando fueron todos los grandes artistas y yo fui representando al tango. Y como eso, muchas cosas. Soy un agradecido de la vida.

Otro momento puede ser mi casamiento, porque fue muchísima gente, la gente me respetó. Además, yo no recibí un centavo. Yo no quise recibir un centavo de ninguna índole, yo no quería nada. Fuimos de luna de miel y yo pagué todo. Aunque hoy la gente no valora eso. Ahora parezco un estúpido que podía haber sacado mucha plata. Parece que no, pero hoy mucha gente diría “Yo quiero esto, quiero esto, quiero esto, y lo otro, lo otro, y lo otro.” Yo no quiero nada.

Vinieron muchos amigos, gente que yo admiro y quiero: Y la que siempre se quejaba cuando nos hacía un reportaje era Mirta Legrand (reconocida actriz y conductora de televisión) porque a ella no la invitamos. Igualmente, ella nos adoraba porque cuando ella estuvo prohibida y hacía su programa en los hoteles, a los que llamó fue a Violeta Ribas y Néstor Fabián. Y además, en cuanto había un cumpleaños de ella o celebración, nos llamaba. Una vez para festejar un aniversario juntó 100 artistas, y los únicos cantantes fuimos nosotros. “Los cantantes son Violeta Ribas y Néstor Fabián”, dijo.

Decías que a tu boda fue mucha gente que admirabas ¿Por ejemplo?

Una persona que yo admiraba muchísimo era Enrique Mario Francini. Cuando me caso, lo invito a tocar el “Ave María”. “Maestro quiero que toque el Ave María en mi casamiento”, y él me responde “¿Cuándo?”. Y yo, medio titubeando, le aclaro: “Pero Maestro, mire que yo me caso en Santa Fe.” “Yo te dije cuándo, no dónde.”

Enrique Mario Francini tocando el violín durante la boda de Néstor Fabián y Violeta Ribas, toma televisada en el programa «Sábados Circulares de Mancera».

Y como cantante ¿con quién actuaste o compartiste escenario?

Uff (suspira y mira para arriba).

Con todo el mundo

Con todos, con todos. En “El Viejo Almacén” con Edmundo Rivero. Era cuando yo cantaba a viva voz y una vez él me dice: “Cante con el interés, no con el capital”. Por eso muchas veces empleo la media voz, que es muy difícil porque se requiere más aire. De la otra manera uno larga todo, pero cuando uno hace media voz hay que controlar el aire que despide.

“Cante con el interés y no con el capital…” ¡Buenísimo!

Tenía también a Alberto Marino que me aconsejaba y que era un estudioso del canto. Él, por ejemplo, siempre me decía: “Mirá que la garganta en cualquier momento hace clic y ¡chau! Así que comportate como corresponde. Tené cuidado en las noches, en las madrugadas.” “¿Qué estuviste haciendo anoche?”, me decía, porque a veces me chequeaba.

Claro, eras joven.

Y…, uno es joven y no se pueden negar (risas).

Pero nosotros tuvimos la suerte de tener buenos equipos de sonido, ellos no. Incluso, ellos tenían que superar a la orquesta. Porque la orquesta salía con todo, eran 13, 14 músicos y solamente la voz con un microfonito que no tenía retorno.

En ese sentido, fijate lo increíble de Gardel ¿Cómo puede ser, que en aquel entonces en que el sonido, las grabaciones, eran muy diferente a ahora, la voz salía fenómeno y las guitarras no? Las guitarras podían tocar bien, pero tenían sonido de lata. ¿Y cómo él salía con esa voz? ¿Qué misterio había? Si uno escucha a otras personas de aquella época y todos cantan: “Era rubia y sus ojos celestes, la Pulpera de Santa Lucía” (canta con estilo de los primeros tangos canción, con la voz un poco aflautada). Y él tenía una voz impresionante.

«En “El Viejo Almacén” con Edmundo Rivero. Era cuando yo cantaba a viva voz y una vez él me dice: “Cante con el interés, no con el capital”.»

Y además de recibir consejos ¿cómo te formaste como cantante?

Fui a tomar clases con tres profesores de canto. El primero no me gustó porque hacía clases grupales. Con el otro había que emitir de una forma bastante extraña. Después fui a un profesor que se llamaba Hugo y que me dijo: “Vos podés estudiar canto, pero se aprende en el escenario.”

Con el rodaje.

¡Claro! A veces cantan hoy y cantan en 15 días. Tenés que cantar todas las noches, recién ahí te vas a dar cuenta cómo tenés que hacer para seguir subsistiendo.

¿Qué es lo que se puede escuchar de vos mismo en el escenario que te enseña? ¿Cómo vas encontrando tu voz en el escenario?

En principio, el sonido. Luego, influye mucho la orquesta. Dice la gente que conocía a mi mamá -yo perdí a mis padres muy temprano-, que tenía una voz muy potente. Por otro lado, escuché a mi papá cuando yo era muy chico, en una pieza que teníamos de 4×4, cantar canciones españolas muy suavemente. Entonces yo considero que tengo voz potente que me viene de mi madre y cierta delicadeza que heredo de mi padre. Y me adapto a la orquesta. Vos me escuchás cantar con una orquesta y canto de una forma, me escuchás con otra y canto de otra forma.

¿Y tenés tus arreglos?

Ya no. Yo tenía 60 arreglos. Eran tres carpetas. La gente decía: “¡Las carpetas que tiene Fabián! ¡No te podés imaginar! ¡Esto es maravilloso!” Pero me las pedían prestadas para hacer copias, y empezaron a faltarme una carpeta, otra, y, al final, desaparecieron todas. “Prestame el piano.” “Prestame el violín.” Yo tenía arreglos para violín, bajo, bandoneón, guitarra y piano. Un desastre.

¡Qué pena! ¡Serían una joyita! (asiente y me explica cómo estaban hechos caligrafiados a mano, maravillosamente encuadernado por Úber Enrique Casellas, esposo de la cantante de tango Ana Medrano)

«Tenía también a Alberto Marino que me aconsejaba y que era un estudioso del canto. Él, por ejemplo, siempre me decía: “Mirá que la garganta en cualquier momento hace clic y ¡chau! Así que comportate como corresponde. Tené cuidado en las noches, en las madrugadas.” “¿Qué estuviste haciendo anoche?”, me decía, porque a veces me chequeaba.»

¿Qué fue lo que te llevó a mantenerte permanentemente ahí en el cartel? Porque es difícil sostenerse en el cartel tantos años.

Me llaman.

Pero ¿cuál es tu encanto, tu carta mágica, porque vos y no otro?

No sé. No sé.

Porque cantar, hay muchos que cantan. Buena voz, también hay muchos que la tienen. Algo hiciste vos que te hizo único y te hizo tener esta carrera.

Flavia, no sé decirlo. Yo cuando escucho a gente que habla, “No, porque yo estuve en el Colón”, o “Yo estuve en Cosquín”; bueno, yo estuve en el Colón con la orquesta de Héctor María Artola, y fui uno de los primeros cantantes en Cosquín.

¿De qué edad estamos hablando? ¿Qué edad tenías cuando estuviste en el Colón?

Tendría 25, 26 años.

¿Qué sentiste? Porque el Colón sabes lo que es a cualquier edad.

¿Querés que te cuente cómo fue? Yo quería cantar “Sus ojos se cerraron”. A mí ese tema me emociona mucho, Gardel…, me hace llorar, no puedo verlo. A lo mejor, si lo escucho, … pero si veo la película, me mata. Ensayo a la tarde sin gente, pocas luces… ahí fue una cosa, pero, cuando llega la función, una orquesta que ya te podés imaginar ¡Una sinfónica! Me anuncian con todo, “Néstor Fabián”, veo todo eso… y comienzo: “Sus ojos se cerraron…” (entona con voz muy “aflautada”). Menos mal que estaba Colangelo (José) y me dio el tono, que si no iba a ser un desastre.

¿Y decís que también fuiste uno de los primeros en ir a Cosquín?

Sí, a Cosquín fui tres veces.

¿Cómo ves al tango ahora?

Mal. En principio, no hay medios de comunicación. La televisión cero, fatal. Hay “mojones” por ahí. A mí me ocurrió varias veces que me dijeran: “Ché, vení a cantar tal cosa, bla, bla, bla”. Y en mitad de la canción la cortan. O la vez pasada fui a un lugar, y ya “en el aire” me entero que yo cantaba para homenajear a otra persona. “¿Cómo es esto? Si a mí no me dijeron nada”, pensás. Pero, te tenés que callar la boca. Después cuando viene la revancha se lo tenés que decir.

Otra cosa. Cuando hay un programa de tango, pasan sobre todo temas de gente que ya no está entre nosotros, y que quizás estando en vida, no los pasaban tanto. Así pasan ocho temas de gente que lamentablemente desapareció, grandes cantantes, maestros de todos nosotros, yo los admiro a todos, pero solo pasan “un” tema de gente que está todavía trabajando, entre nosotros.

Lo que más se escucha es la década del ’40 del tango.

Lo mejor de todo. Hay cada versión, ¡mamita mía! Por ejemplo, Horacio Salgán con el Polaco Goyeneche haciendo “Margarita Gauthier”, eso es una obra maestra. Cada vez que pienso que estoy cantando fenómeno pongo a Goyeneche con Horacio Salgán, y tengo que volver …

«Vos podés estudiar canto, pero se aprende en el escenario… A veces cantan hoy y cantan en 15 días. Tenés que cantar todas las noches, recién ahí te vas a dar cuenta cómo tenés que hacer para seguir subsistiendo.»

¡…a practicar! ¡A repasar! (risas)

¿Quiénes fueron los cantores que más admirabas?

¡Marino! (Alberto) Yo cuando era pibe cantaba como hacía él. Otro de los más queridos y preferidos por mí, era Floreal Ruíz. Un señor cantante, como persona, como todo. Otro, Oscar Alonso, su versión de “Che bandoneón”, ¡Ahhh! Jorge Casal, Enrique Campos, Horacio Deval. A mí me gustan todos los cantantes. Hugo del Carril, me apasiona. Cuando yo cantaba en “Caño 14”, al lado había un bolichito (de “boliche”, club nocturno). Ahí cantaba Hugo del Carril. Las vueltas de la vida… Eso a mí me impresionaba mucho, Hugo del Carrill cantando en ese boliche, ¿cómo explicarte?…

¿Bolichón?

Era un cabaret. Y al lado, en “Caño 14”, cantando yo… Bue’, dejalo ahí.

También cantaba Amelita Baltar, pero no cantaba tango, cantaba folclore. Y ahí Piazzola la conoce. Cuando el tango dice (lo canta) “Por las noches, cara sucia, de angelito con bluyín. Vende rosas por las mesas, del boliche de Bachín …”, no era Bachín. El Pibe ese vendía rosas comenzando por ese local y por “Caño 14”. Y después venía una mujer muy mayor que también vendía flores.

¿Y de las orquestas? ¿Qué momentos especiales me podés contar?

Otro que admiraba muchísimo, junto con Francini (Enrique Mario), era Armando Pontier. No he sido su amigo porque ellos eran de una generación anterior, y tenían sus amistades, sus códigos y yo recién comenzaba, así que cuando ellos tenían que hablar algo “importante” (con énfasis), me decían: “Usted, retírese”, directamente. No me decían ni “Che”, ni “Pibe”, ni nada. Directamente, “Usted, retírese”.

Con Pontier canté en Estados Unidos. Y entonces pasó algo curioso porque coincidimos que también estaba Aníbal Troilo que me dice “Pibe, ¿no puede cantar conmigo “La última curda”, “Garúa” y “Una Canción”?” “Sí, Maestro, pero yo vengo con Pontier. Espere que le pido permiso.” Y cuando se lo digo a Pontier, me dice: “¿Y usted, me tiene que pedir permiso? ¡Por favor! Vaya tranquilo.”

Con Tito Reyes, rodeado de Hippies, tras la presentación con Aníbal Troilo y con Armando Pontier y sus orquestas, en el Hunter College de New York.

Era una cuestión de códigos.

¡Claro, claro! En eso yo siempre fui muy respetuoso.

¿Sabés qué pasaba? Que Tito Reyes, el cantante que llevó Troilo en esa gira no se sabía ninguno de esos tangos. Y “Una Canción” a la postre era la canción más querida de Troilo, y la que más le emocionaba como autor. ¡Un tema precioso!

¿Cómo hacía Troilo (Aníbal) para lograr, según se dice, la mejor versión de todos los cantantes?

Porque él cantaba. Tenía una voz media ronca… “Alguien dijo una vez que yo me fui de mi barrio. ¿Cuándo? Pero ¿cuándo? …”  (recita imitando la voz de Troilo).

La primera prueba que doy fue con Troilo a mis 16 años. Me llevó a la calle Callao 11, donde había salas de ensayo. “¡Qué lindo color de voz!”, me dice. La gente siempre me decía “¡qué lindo color de voz!” “Mañana te espero en el Hospital Fernández”. Fui allá y me vio un otorrinolaringólogo. Yo siempre cantando con voz potente, y este médico me puso una cucharita en el paladar, con la lengua afuera, y dije “A” y … (empieza a emitir la voz con gran dificultad) “No, no. No va. Es muy joven. Puede cantar donde quiera, no puede tener un trabajo permanente.”

Roberto Grela también cantaba. Cuando yo cantaba con él “Las cuarenta”, yo me hacía el olvidadizo. Muchas veces cuando quiero que alguien cante, yo me hago el olvidadizo, como si se olvidara la letra… y entonces alguien “se arranca” (del lunfardo, “empieza a cantar”).

Néstor Fabián y Atilio Stampone.

¿También trabajaste con Atilio Stampone, no?

Sí, estuve con Atilio en el viejo “Caño 14” de la calle Uruguay, porque después fue a la calle Talcahuano. Estuve también con él dos meses en Rusia. Además, grabé dos longplay. Atilio un fuera de serie, un ser maravilloso como persona.

También actué con Osvaldo Berlingeri. En estos momentos, se me van algunos nombres de la mente. Es que son muchos, son 62 años.

¿Qué soñabas en esas noches de joven que mirabas las orquestas, con la “ñata” contra el vidrio”? ¿Qué imaginabas?

No, nada. A mí me gustaba cantar.

Y si vos hoy le hablaras al pibe que vos mismo eras cuando empezabas a escuchar a esas orquestas, ¿qué le dirías?

¿La verdad? Que soy un fenómeno. Lo que he hecho, soy un fenómeno.

No imaginabas hacer todo lo que hiciste.

¡No! Además, jamás pedí trabajo.

Flavia Mercier con Néstor Fabián después de la entrevista en Michelangelo.

¿Querés decir algo más?

No, pregúntame lo que vos quieras.

¡No nos vamos más! Te preguntaría tantas otras cosas más, y tenés que actuar. Muchísimas gracias Maestro, por la entrevista, por la pasión y la entrega al público, y al tango.

Más allá de los estudios de canto, a cantar se aprende en el escenario al darse cuenta qué es necesario hacer para “seguir subsistiendo” como cantante, nos dice Néstor Fabián con 62 años de trayectoria.

Saber hacer algo no es solo cuestión del aprendizaje de una técnica que permite lograr una destreza, sino, también, de “aprehendizaje” de un medio – en tanto instrumento, lugar y entorno- que tiene más que ver con lo que se capta con los sentidos y no con “el” sentido. El escenario sería el medio más adecuado para captar cómo usar la voz como instrumento a fin de conmover al entorno. Hay un “saber hacer ahí”, que no se puede adquirir en ningún otro lado, porque tampoco está a la venta “prêt-a-porter” (listo para llevar), sino que hay que pagar por su adquisición con la propia presencia, con un “saber estar ahí” del que también el artista va adueñándose con el hacer. Hay en ese “ahí” algo del orden de lo espontáneo, lo imprevisible e, incluso, inconcebible, en tanto no puede explicarse con palabras. Por eso mismo, tampoco es maestro quien solo habla desde la “cathedra”, sino quien por haber hecho de su arte su tarima, muestra cómo se está “ahí” y cómo se hace “ahí”.

Por otro lado, Néstor Fabián cree que no solo hay que tener talento, sino también suerte. Cabe señalar que, así como la inspiración solo llega a quien está trabajando, según diría Picasso, el azar solo llega a quien está buscando. La geografía al abasto no es infinita, viene signada desde “los tiempos aquellos”. Hay también piedras en el camino, desvíos y encrucijadas, pero es la lumbre del deseo lo que alumbra como presente lo que se presenta en los meandros de la vida. Es el calor de su aliento lo que puede templar la roca en piedra angular de la propia existencia, permitiendo así construirse un lugar, y no terminar “perdido por las calles del mundo, como un duende errabundo, en su afán por llegar”.

Flavia Mercier

José Colangelo: “La música nuestra tiene una particularidad: no se puede tocar solo lo que está escrito.”

Hoy este Patio de Artistas se engalana para recibir a un grande de la música porteña. El maestro José Colangelo, el “Pepe” Colangelo como le llaman sus amigos y colegas. Eximio pianista, prolífero compositor y director, con más de 65 años con el tango, Colangelo formó parte de la vanguardia del tango que encabezara Astor Piazzola tras haber desarrollado una extensa, e intensa, carrera, junto a verdaderos íconos de la música ciudadana porteña. Él fue el último pianista de Aníbal Troilo y antes fue el pianista de Leopoldo Federico acompañando a Julio Sosa. Integró también la formación de Ángel Domínguez y la orquesta de Ricardo Malerba en Radio Splendid. Realizó una cifra verdaderamente “impresionante” de grabaciones -llegó a realizar más de 100 grabaciones en un año-, entre los cuales destacan la que realizó con Juan de Dios Filiberto y el último disco de Pedro Laurenz. Además de Julio Sosa, acompañó a grandes voces de la escena tanguera como a Elba, José y Raúl Berón, Mario Bustos, Néstor Fabián, Jorge Falcón, Roberto Florio, Roberto Goyeneche, Libertad Lamarque, Alberto Marino, Héctor Mauré, Edmundo Rivero, Floreal Ruíz, Alba Solís y Nelly Vázquez, entre otros. Con Susana Rinaldi realizó una temporada en el Olympia de Paris junto a Leopoldo Federico, y después él continúo una extensa gira mundial por más de 3 años junto a la señora Rinaldi. Fue figura en Japón con múltiples giras al país nipón. Armó sus propias agrupaciones como el “Cuarteto Colangelo”, insignia de la vanguardia tanguera. Hoy a sus 82 años derrocha energía y pasión por el tango, amarrado a un piano que, como él mismo destaca, “le salvó la vida”; y nos regala una entrevista en la que nos permite conocer un poquito más, no sólo de él, sino de verdaderos íconos del tango.

José Colangelo y el Quinteto Colangelo en La Usina del Arte – 2013. En la foto de izq. a der. José Colangelo (piano), Daniel Falasca (contrabajo), Horacio Romo (bandoneón), Humberto Ridolfi (violín) y Ariel Russoniello (violoncello).

¿Qué fue primero, la música, el tango, o el piano?

Yo creo que fue todo junto, fue todo a la vez. Por un lado, heredo de un tío abuelo, Salvador Colangelo, que había tocado con Divasto (Julián) y Sureda, y había compuesto. Después, de mi viejo. Mi viejo había tocado el bandoneón en las comparsas “Los Marinos Unidos del Plata” y en “Los Verduleros”. Pero ¿qué pasa con mi viejo? Cuando se casa con mi vieja, Antonia le dice: “Nardo, tenés que dejar la música. ¿No vas a seguir con la milonguita? Ahora tenés que seguir en la “Dunlop””. Así que mi viejo dejó la música y siguió en la “Dunlop”.

También me influyó mi abuela coruñesa que fue un ángel y que bailaba y cantaba todo el día. Doña Manola, como le gustaba que le llamaran aunque su nombre era Manuela. Yo nací en una casa con mucha alegría. Además, fijate vos, mi casa quedaba en una calle con nombre de músico: “Donizetti”. En aquella época, en las casas se hacían las fiestas, los velorios, los partos, todo se hacía en casa. Fuimos muy hogareños. Tuve la suerte de nacer en una época en la que no había televisión, lo cual significó que tuviéramos diálogo. Teníamos una radio vieja, puesta allá arriba, sin que nos impidiera conversar. Mi viejo traía a escondidas “La Vanguardia” y la discutíamos. Aunque lo perdí muy joven -él tenía 50 años y yo 20-, tuve muchas charlas con mi viejo.

Y, por otro lado, mi vieja. Una muchacha con sexto grado y con todas las ganas que sus hijos fueran importantes, por lo que se ocupaba de averiguar todo lo que teníamos que estudiar: “Vas a ir a la Pitman (antiguas escuelas de mecanografía, y dactilografía o estenografía), y vas a hacer mecanografía y estenografía”. Y aunque ella no quería que me dedicara a la música, fue la que averiguo que a cinco cuadras de mi casa había una profesora de piano, Margarita Echetto. Un amor la “profe”.

Un día, a los cinco o seis meses de estudiar, la “profe” me dice: “Josecito, ¿No te estás aburriendo con tanto Hanon, Doupond y Kolher? (libros de estudio de música) ¿No tenés algunas cosas populares?” “¡Mi viejo, tiene! Mi viejo y mi tío tienen.” Entonces levé una ranchera, “La Cumparsita”, “Desde el alma”, “El Garrón”, y empecé a tocarlas. Con mucho sacrificio mis viejos me habían comprado un pianito de estudio con arpa simple, un “Pleyer”, y, ¿sabés qué pasó? mi viejo, al escucharme tocar esas cosas, fue a buscar el “fueye” (bandoneón), le sacó el polvo, y abrió la ventana de la sala que daba a la calle Donizetti. La gente pasaba y decía “Mirá, está el Nardo tocando con el nene”. Con el primero que yo toqué fue con mi viejo, a los 7 u 8 años.

«El otro día a un chico que me preguntó “¿Cuándo voy a tocar bien Maestro?” “Cuando tengas callos en el culo”. Y además no empieces con Piazzolla, empezá por la A, empezá haciendo “parrilla” . Hoy hay un poco de desprecio por parte de algunos jóvenes que no tienen ni idea ni quién fue Troilo … A mí eso me enerva y por eso estoy haciendo muchas “masterclass” sobre compositores. (…) ¡Es impresionante la cantidad de compositores que hay! Somos muy afortunados los tangueros, tenemos un gran repertorio y muy valioso.»

¿Y por qué piano y no otro instrumento?

No sé, pero era tanta la locura que me despertaba en mitad de la noche y me ponía a tocar. ¡Me cagaban a pedos! ¡Te imaginás!

¡Qué linda locura!

¡Que por suerte me dura! “Este” (señalando al piano) me salvó la vida en los momentos más difíciles. Yo venía de una herencia jodida, mi abuelo murió a los 62, mi papá a los 50. Cuando pasé esas dos edades no lo podía creer. Yo superé un cáncer.

¡Le torciste el codo al destino!

Además, soy viudo de la madre de mis dos hijos. Después tuve un segundo matrimonio que terminó en un divorcio complicado, quedé mal parado económicamente, tenía más de 60 años, era el 2001 (año de la crisis económica en Argentina que derivó en la restricción de los depósitos bancarios que se conoció como el “corralito”), … me acuerdo que pensé: “Y, bue’…, tendré que ir a jugar a las bochas (petanca) con los muchachos.” ¿Sabés qué me salvó? La música y mis hijos. Me dio otra vez ganas de vivir y entonces conocí a mi actual mujer, con la que llevamos 22 años. Además, aprendí algo: ¡Ojalá todo en la vida se pueda pagar con plata! ¡Es lo más barato!

«Para mí el incentivo siempre fue estar acá con “la novia” (el piano). El escenario te produce algo muy lindo que es la gran adrenalina cuando no sabés si a un público lo podés. A veces los podés de entrada, pero a veces no y tenés que buscarlos. Y eso es hermoso, es una lucha muy linda. Una vez que lo lograste, todo va a ser hermoso.

… este me salvó la vida en los momentos más difíciles.»

¿Puede ser, también, que, más allá de esa fatídica herencia genética, tu viejo te dejó su deseo como legado cuando volvió a tocar con vos? Ese deseo te sostuvo. Y tu vieja te ayudó a realizarlo, porque fue la que buscó la profesora de piano.

Claro, mi viejo vuelve a tocar conmigo, … (se le entrecorta la voz) … me emociona mucho hablar de mi viejo porque fue el que me dio el gran impulso. Gracias a él llegué a este hoy. Él me vio ensayar con orquestitas de barrio durante 6, 7, u 8 meses, para hacer un programa de radio gratis. Cuando empecé a los 17 años en Radio Splendid con un tal Ángel Genta, para aceptarme me hizo ir a ensayar 30 noches seguidas, y mi viejo me acompañó cada una. Él vio los comienzos de todo, fue un gran entusiasta aun teniendo una enfermedad terminal terrible como un cáncer en la tráquea.

La familia Colangelo. De izq. a der.: Su madre, Pepe, su hermano y su padre.

Mi vieja con el tiempo se tuvo que resignar. Porque, claro, una cosa era cuando venían las tías. “Tocale un vals a las tías”, decía. Pero otra muy distinta era cuando yo decía “tengo que hacer un cambio en el “Tabaris” “(emblemático teatro de burlesque y music hall). “¡Noooo! ¿No lo vas a dejar, no?”, le decía a mi viejo. Aun así,  averiguó dónde había una profesora de piano. ¿Qué quería mi mamá que fueran sus hijos? Contador público y después gerente de banco. Por lo tanto, estudiamos “Perito Mercantil” (equivalente al bachiller con especialización en teneduría de libros contables), y después Ciencias Económicas. Ya había hecho 1 año, y empiezo a tocar de noche teniendo que ir a la facultad a las 6, 7 de la mañana. “Vieja, ya no aguantó más…”, le dije. Y para que me dejara seguir con la música, le hice una apuesta. “…Vamos a hacer un trato. Dame 1 año, si me va mal con la música, “largo” (en lunfardo, “dejo”), sigo la facultad, y me empleo en un banco”. Y bueno, me fue bien (risas).

Contame más de aquellos comienzos.

¿Sabés una cosa? Yo tengo una debilidad: los sándwiches de miga. Entonces, ¿qué hacía? Averiguaba quién se casaba para hacer serenatas. Como no podía llevar el piano, un amigo, Fontana, me prestaba un acordeón. “¡Fontana!” “Ya sé, tenés serenata.” “Sí, tengo que tocar para la novia.” Llevaba conmigo a un hombre grande, Alfredo González, que tocaba la guitarra y era un personaje; y a otro, César, que llevaba las maracas… ¡Escuchá bien! ¡Mirá qué trío que hacíamos! Entonces, al terminar, el padrino te daba unos cinco “mangos” (pesos), pero, lo más importante, ¡te invitaba a la fiesta y comías sándwiches de miga!

En esa época pasó otra cosa muy graciosa: recibo mi primer premio arriba de un camión, dando la vuelta en el corso (comparsas de carnaval). Era la UCA – Unión Comerciantes de Alberdi-, unas 10 o 12 cuadras, e íbamos tres acordeonistas tocando.

Así fueron los comienzos, antes de lo profesional. Yo cuento siempre lo profesional, a partir de los 17 años, en Radio Splendid, cuando ya me pagaban, aunque antes me pagaron algunas cosas.

¿Y qué de ese momento, no “tan” profesional, pero en el que nace el artista, cuando tu papá saca el fueye y abre las ventanas para el público del barrio? ¿Qué sensaciones quedaron en tu cuerpo de aquellos momentos?

Me ponía muy feliz. Ver la cara de mi viejo fue muy lindo. Esa mirada de complicidad que tenía conmigo cuando me veía ensayar me ponía muy feliz. Y, a la vez, era muy emotivo porque yo sabía que tenía los días contados. De hecho, falleció en mis brazos. Esa imagen de mi viejo cuando yo ensayaba, todavía hoy me acompaña, todavía hoy me sirve, todavía hoy me ayuda, todavía hoy me dice lo qué tengo que hacer.

«El estilo Colangelo es Colangelo. Es lo que siente Colangelo. Es lo que le pasa a Colangelo (…) Y Colangelo es un tipo que es feliz tocando tango.»

Entonces, tus inicios profesionales fueron en Radio Splendid.

Sí, en Radio Splendid. Después trabajé con Ángel Domínguez, en su agrupación. El Gallego fue un tipazo y un gran compañero. Me ayudó muchísimo y tocaba muy bien (con énfasis)el bandoneón. Y conocía muy bien (con énfasis)el género del tango. ¡Gracias, Gallego!, allá donde estés. ¡Te quiero mucho!

En esa época no había televisión, así que la radio lo copaba todo. Y en cada radio había lo que se llamaban “Estables” (orquestas): la “Estable de tango” y la “Estable clásica”. Había orquestas en cada radio, que después pasaron a la televisión. Estaban Los Marafioti, Artola (Héctor) en Radio “El Mundo”, Ferrucho Marsán, y otros más.

¿Estamos hablando de la década de los ‘50, ‘60? ¿Cómo era esa época?

Viví cosas muy lindas. Códigos que ya no están. Una noche hermosa que ya no existe, aunque había que saberla caminar. En ese momento, a la noche no la caminaba cualquier “gil” (en lunfardo, ingenuo). Un gil se tenía que ir, porque nosotros teníamos idiomas y cosas especiales. Terminábamos a las 4 de la mañana, y nos encontrábamos en “Zümbier”, en “Arturito”, o en algún otro, con los compañeros de trabajo. Venían las chicas del alterne y las invitábamos a comer. Entonces esperábamos hasta las 5 y media de la mañana para ir a buscar las medialunas calientes por el costado de la panadería. Todas esas cosas no las va a entender nadie si no las vivió. Fueron muy importantes y muy lindas, y a mí no me las contaron, yo las viví.

José «Pepe» Colangelo junto a Aníbal Troilo, «Pichuco», entre otros.

¿Por qué fueron importantes? ¿En qué los hacía diferente el vivirlas, o el compartirlas? Quizás se tratase de esto último…

El compañerismo que había. A mí me ayudó mucha gente. Nadie se hace solo en esto, ni nadie inventa nada en esto. Además, siempre había gente en la calle Corrientes. Hoy más allá de las 11 de la noche no hay nadie, ni el vigilante. Y hoy todo es turismo. Traen quinientos tipos, los tiran ahí en el boliche, se comen el bife de chorizo, la mayoría bosteza, no tienen ni idea de quién está tocando, aplauden más o menos, y se van. Hoy no tenés que dar ninguna prueba, pero en la época que yo te digo, a “Caño 14”, “El Viejo Almacén” y “Michelangelo” no iban los turistas, iba la clase media y sabía de tango. Estaba el habitué del martes, del miércoles, del jueves… Ahí vos tenías que demostrar que verdaderamente eras músico.

¿Qué te influyó más, escuchar tocar a otros músicos, o escucharlos contar su experiencia?

Las dos cosas, pero fundamentalmente escucharlos tocar. Yo soy de los que creen que era importante escuchar a otros músicos. Todas las influencias son válidas. Vos escuchás a todos, y, al final, terminás siendo vos. Yo tuve la suerte que nací en una época en la que existían dos cafés en los que con 1 peso te pagabas un café y te veías tres orquestas. La “Richmond” de Suipacha y la “Richmond” de Esmeralda. Después, cuando llegaba a casa, imitaba a cada uno hasta cómo ponían los codos, ya sea al “Tano” Berlingeri (Osvaldo), al Negro Romero, a Juan José Paz, a Osvaldo Manzi, y, por supuesto, a mi ídolo, Horacio Salgán.

¿Por qué era tu ídolo Salgán?

Ya en los ’50 Salgán tenía una orquesta hermosa que hoy todavía suena actual. Él tuvo la virtud de darle un “swing” muy especial al tango sin restarle tango. A mí me tenía podrido eso de que el tango es triste. No es verdad, el tango se puede tocar con mucha alegría. Alguien me dijo una vez: “Pibe, usted toca con alegría. No la pierda. No deje que le roben el moño de comunión.” Eso me lo dijo el Gordo Pichuco (Aníbal Troilo).

«Tenés que acompañar a esos con los cuales vas a tener piel. Porque la música se siente por ósmosis, pasa por la piel. Hay tipos que no te gusta como cantan, no tenés ganas de acompañarlos. Y bailarines de esos que quieren todo corriendo, menos. Yo les escapo.»

Tocaste con algunos de los músicos de Salgán que formaron “Los Embajadores”.

Sí, tenés razón. Con Alegre, Bodas, Alfonsín y Navarro, que fue el primero en poner una guitarra eléctrica en el tango. Con ellos, y Carlitos Nogués como cantor, hicimos radio. Esa época yo hago mucha radio y grabo cualquier cantidad de discos porque tuve una suerte enorme: Berlingeri -que para mí era el pianista más importante-, tenía mal carácter, estaba peleado con todos; entonces, no lo llamaban. Por ejemplo, Garello (Raúl) no lo llamaba. Y Garello grababa todas las semanas. Con él grabé con Goyeneche (Roberto), con la Orquesta Típica Porteña, con su orquesta, con Juárez (Rubén), con Rosanna Falasca, con Maribel Marcel, con Julia Sandoval. E instrumental en “Odeón” (discográfica). Y me pasó también que yo fui el pianista que acompaña a Pedro Laurenz, que estaba en el Quinteto Real, cuando Pedro graba su último disco; y Pedro me toma mucho cariño. Y cuando Horacio (Salgan) ya no quería tocar más de noche,  Pedro me sugiere a mí, pero Francini dijo: “No, es muy joven”.

¡Era impresionante la cantidad de grabaciones que había en ese momento! ¡Llegué a hacer más de 100 grabaciones por año! Por eso cobro muy bien en ADI (Asociación Argentina de Intérpretes). Bueno, además soy el secretario de ADI (risas).

¿Y cómo llegaste a ser el pianista de Leopoldo Federico?

Cuando tenía 21 años, un día tocan el timbre de mi casa, atiende mi vieja, y el Gordo Federico le pregunta “¿Está su hijo?” “¡¿Qué hizo mi hijo?! ¡¿Qué hizo mi hijo?!” (con voz de angustia), “No, no se asuste señora, soy Leopoldo Federico, lo vengo a probar. Porque si anda bien, va a empezar con mi orquesta y con Julio Sosa a partir de mañana.” ¡Yo no lo podía creer! Salí enseguida. “Quédese tranquila señora, lo voy a llevar acá cerquita, a Ciudadela, a lo de un bandoneonista amigo -era Rossini-, que tiene piano y ahí lo voy a probar”. Me prueba y me dice “Ya está, mañana empezás.” “¡¿Qué?!”, digo yo. ¡Fue un flechazo! Para mí fue algo muy, muy importante.

«El Gordo (Federico) fue una cosa increíble, ¡lo amé al Gordo! …De él tomé algo muy bueno que tenía: el Gordo tocaba como si fuera la última vez que iba a tocar. ¡Tenía unas ganas! Estuviera mal, estuviera bien, subía el escenario, y nada, tapaba a todo el mundo, no necesitaba a nadie, los otros bandoneones desaparecían.»

¿Cómo llega él a vos?

Porque averigua. Averigua por intermedio de José Dames que era muy amigo de un tío mío, el Tito, que hacía teatro independiente. Él estaba buscando un pianista porque el Negro Flores (Manuel) ya estaba muy mayor y se había casi retirado, y Robertito Grela -muy amigo mío-, me recomienda. Increíble lo que hizo Leopoldo conmigo, yo le debo mucho. El Gordo fue un amor de tipo. Lo amé, lo sigo extrañando todavía.

De izq. a der., abajo, Atilio Stampone, Leopoldo Federico, y Horacio Ferrer; arriba, Hugo Marcel, José Colángelo y Hugo Rivas, todos reunidos con motivo de la celebración de los 55 años de la Orquesta de Leopoldo Federico.

Y trabajar con él era también trabajar con Julio Sosa. Cuando hablamos de Julio Sosa hablamos del número más importante de tango que había. Es más, era el único número de tango que todavía trabajaba, porque esa era la época del “Club del Clan” que había eclipsado todo lo demás, y para los tangueros, ¡minga, nada, cero! El único que competía con el “Club del Clan” era Julio. Él hacía cinco shows los sábados, cinco los domingos, salíamos un jueves y volvíamos el lunes, un día estábamos en el Teatro Comedia de Córdoba, y al siguiente en el Teatro Comedia de Rosario, grabaciones, tele, radio. ¡Impresionante! Estaba más tiempo con él que con mi familia. Tres años y medio estuve con Julio, hasta que murió en Noviembre del ‘64. ¡Nunca vi un velorio igual!

¿Fue muy multitudinario, no?

Yo vi dos velorios así: ese y el de Eva (Perón). ¿Sabés que Julio era de Las Piedras (Uruguay), no? Prácticamente, no tenía familia acá (Argentina), así que nos hicimos cargo con la Orquesta. Empezamos en el “Salón Argentina”, ahí en Rodríguez Peña casi Corrientes, pero fue tanta gente, que el salón no daba abasto y se aglomeraban. Se enteró Tito Lectoure y nos dijo: “Muchachos, vengan al Luna Park” (estadio a cubierto que alberga muchos shows y conciertos por su gran capacidad). Allá fuimos. El desfile fue incesante. Al otro día, a las 9 de la mañana, lo llevamos a pulso entre los músicos desde el Luna Park, por Corrientes (emblemática avenida del circuito teatral porteño), hasta el cementerio de la Chacarita (más de 9 km, un trayecto de 2 horas a pie). ¡Impresionante! ¡La gente que se acercó! ¡Y cómo tiraban flores desde los balcones! Llegamos a las 8 de la noche a Chacarita (11 horas después).

Contame más de Julio Sosa. ¿Qué destacarías de él como artista?

Julio tuvo grandes virtudes. Primero: a todos lados iba con toda la orquesta. Segundo: llevaba todo el equipo de sonido, su locutor y su “plomo” (responsable del traslado y montaje de los equipos de sonido). Tercero: cuando grababa no quería hacerlo con “play-back”. En esa época los cantores ya empezaban a grabar en play-back. Él no, él se metía en el medio de la orquesta, tenía necesidad de sentir a los músicos alrededor para que lo “contagiaran”. Y cuarto, para mí, fue un “sex-simbol”: las mujeres estaban locas por él. Y cuando subía al escenario no se escuchaba ni el sonido de una mosca.  Además, había aprendido a gesticular muy bien, con lo cual daba muy bien en televisión. Hacíamos “Copetín de tango” todas las semanas, todas.

José Colangelo acompañando a Julio Sosa como pianista de la Orquesta de Leopoldo Federico.

Aparte Julio era un tipo sin grises, o te gustaba o lo odiabas. Me acuerdo de una vez que lo estaba esperando una comisión de chicas para discutir unos temas con él, que yo pensé: “¡Uy! ¡¿Cómo va a terminar esto?!” A los cinco minutos estaban muertas de risa. En cambio, otra vez tuvimos que salir corriendo de un pueblo porque le pegó al diariero y “el que le pega al diariero le pega al pueblo entero”. “¡A la miércoles!” Todos subimos corriendo al micro y “¡rajemos!” (en lunfardo, “huyamos”).

Gracias a Julio conocí el interior del país -para entonces ya lo habíamos hecho todo- porque, como buen porteño, no conocía nada más allá de la General Paz (avenida que hace de límite entre la Ciudad de Buenos Aires, y las provincias). Ahí aprendí lo lindo que es el interior del país, su gente, cómo te cargan las “pilas”. ¡Hoy, todavía es así!

Y Julio era un tipo muy inteligente. Tanto que empezó haciendo “Cambalache”, “Padrino pelado” -cosas más “en joda” (en lunfardo, en broma)-, y terminó haciendo “Nunca tuvo novio”, “María”. Es decir, ¡se pudo permitir cambiar su repertorio! Hizo lo que quiso. Me acuerdo que lo último que grabamos fue “Siga el Corso”, “Milonga del 900” y “En esta tarde Gris” que cantó prácticamente llorando.

Trabajar con Julio fue una experiencia muy linda. Lo viví tan inconscientemente que recién ahora tomo consciencia de lo que fue.

¿Cómo era Federico (Leopoldo)?

El Gordo era muy juguetón, era un nene grande. Además, era joven, yo tendría 21 años y él tendría 30 y pico. Llegabas a un hotel y te había decorado la araña de la habitación con papel higiénico. O te aflojaba la puerta para que cuando la abrieras se cayera. O se disfrazaba de mina y te golpeaba la puerta haciéndose pasar por una mina. El Gordo fue una cosa increíble, ¡lo amé al Gordo! (con énfasis)

José Colangelo con Leopoldo Federico.

Con él también viví una experiencia muy linda en París. Fuimos al “Olympia” (probablemente el más importante teatro de París) junto con la “Tana” Rinaldi (Susana) a hacer 9 conciertos. Estamos hablando del año ’80 u ’81. En ese momento nosotros éramos socios en un 60% y 40%. “La Orquesta de Leopoldo Federico con la participación especial de José Colangelo”. Pero como en ese viaje solo él y yo acompañábamos a la Tana, él me dice: “Acá somos 50 y 50”. ¡Fijate vos la decencia! Yo de Leopoldo sólo puedo decir cosas buenas.

José Colangelo (izq.), Susana Rinaldi (cent.), y Leopoldo Federico (der.) en el Teatro Olympia de París.

¿Qué te trasmitió Federico de tango, cómo te influyó?

Todo, todo. De él tomé algo muy bueno que tenía: el Gordo tocaba como si fuera la última vez que iba a tocar. ¡Tenía unas ganas! (con énfasis). Estuviera mal, estuviera bien, subía el escenario, y nada, tapaba a todo el mundo, no necesitaba a nadie, los otros bandoneones desaparecían. Tuvimos la suerte que su última grabación la hizo con nosotros, con ella (en alusión a Gabriela Rey, cantante y su pareja) graba dos temas y conmigo graba un tema mío, “Japón Tango”, que le dediqué a Japón porque me había ido muy bien allá. Hice 10 viajes casi seguidos con mi propia compañía y tengo más de 6 CD’s editados en Japón. Y tengo muy buenos amigos.

Después de ese viaje a Paris, ¿Seguiste con Susana (Rinaldi) mucho tiempo, no?

Después del Olympia de Paris, el Gordo (Federico) no quiere saber nada con seguir con la gira, él quiere volver con su orquesta. Entonces la Tana me dice: “Vos no me podés abandonar, Pepe.” Se lo digo al Gordo: “Te voy a tener que abandonar. Te busco un pianista y te lo ensayo, pero te voy a tener que abandonar.” “Es como si me cortaran un brazo”, me dice. “No seas guacho, no seas turro, no me quites esta posibilidad. Me voy a la isla de Creta, a Israel.” Iba como director ganando 500 dólares por show.” Tres años años con Susana, del ‘80 al ’82, recorriendo todo el mundo como su director musical. Después del Olympia de Paris, estuvimos en la “Philarmonie” de Berlín, en el “Mann Auditorium” de Tel-Aviv, el “Binyaney Ha’ouna” de Jerusalén, vamos a la isla de Creta a la fiesta de Heraklion, ahí nos encontramos con Piazzolla, y después casi todo América, empezando por México. De acá (Argentina) solo llevabámos el bandoneón, a lo sumo el baterista, tenía que encontrar todos los músicos allá. ¡Conocí cada músico!

Y como el tiempo siempre da revancha, a la vuelta actué otra vez con el Gordo (Federico) haciendo actuaciones especiales.

¡De Donizetti al mundo! Tu papá no podía imaginar que cuando abría las ventanas de tu casa no las abría solamente a la calle Donizetti sino ¡al mundo!

Y eso que no te conté cuando estuve como director invitado del “Café de los Maestros” (gira del documental homónimo dirigido por Miguel Kohan y coescrito y coproducido por el ganador de un Oscar, Gustavo Santaolalla). El “Café de los Maestros” significó estar en Hong Kong, Singapur, Emiratos Árabes, el Golfo de Omán, Seúl, Bélgica y todo Brasil. En fin, por todo el mundo. Para mí fue muy importante, además porque era muy joven todavía. De repente se habían muerto muy rápido, Salgán, Mores (Mores), …, ya no quedaban pianistas de aquella época.

Por cierto ¿hiciste cine, también? La banda sonora de un par de películas, ¿no?

Sí, hice dos películas con Sergio Renán: “La Tregua” y “Sentimental”. Y después una con Lucas Demare y Susana Rinaldi, que se llamó “Solamente ella”.

¡Nada más y nada menos que “La Tregua”! ¡Peliculón!

José Colangelo (der) junto a Héctor Alteiro (cent.), protagonista de la película «La Tregua», y Oscar del Piore. (izq.)

¿Y por dónde corrían tus “ansias”, cuál era tu enganche: el piano o el escenario?

Para mí el incentivo siempre fue estar acá con “la novia” (el piano). El escenario te produce algo muy lindo que es la gran adrenalina cuando no sabés si a un público lo podés. A veces los podés de entrada, pero a veces no y tenés que buscarlos. Y eso es hermoso, es una lucha muy linda. Una vez que lo lograste, todo va a ser hermoso.

¿Cuál es el arte de acompañar a un cantante? ¿Captarle el estilo?

Claro, hacer arreglos para ese cantante, que le vengan bien a ese cantante. Esa sería la virtud necesaria. Además, cuando toca acompañar, el músico tiene que saber ubicarse. Ahí ya dejó de ser protagonista. Eso Pichuco (Aníbal Troilo) lo tenía “re” claro. Cuando iba el instrumental: “Muchachos, ¡arriba!, ¡con todo!”. Y cuando venía el cantante: “Ahora, cuerpo a tierra, va el cantor. Bajamos, dejamos que se luzca el cantor.”

Vos decís: “el músico tiene que saber ubicarse” ¿Y el ego del músico como artista? ¿Cómo se maneja eso? ¿Cuál sería tu satisfacción en ese rol secundario?

Y la verdad es que a mí no me gusta acompañar a cantantes. Por ahí, si acompañas al Negro Lavié (Raúl), tal vez sí tenés una satisfacción. Tenés que acompañar a los grandes, a los muy grandes, esos con los cuales vas a tener piel. Porque la música se siente por ósmosis, pasa por la piel. Hay tipos que no te gusta como cantan, no tenés ganas de acompañarlos. Y bailarines de esos que quieren todo corriendo, menos. Yo les escapo. Hoy tengo de cantante a mi mujer (Gabriela Rey) porque además de que me gusta como canta, también es cierto que en estos 22 años le pude enseñar muchas cosas para que las cosas se hagan bien.

José Colangelo junto a su esposa, la cantante Gaby Rey.

El Olympia de Paris fue una segunda etapa con Federico, ¿no? En medio tocaste con Troilo (Aníbal), ¿correcto?

Tuve varias etapas con Federico. Lo que pasa es que cuando vuelvo a tocar con él, ya Troilo había muerto. Troilo murió en el ’75, aunque ¡el Gordo va a existir toda la vida!

¿Y cómo fue que empezaste a trabajar con Pichuco (Aníbal Troilo)?

Empiezo a trabajar con él reemplazando a un pianista tremendo que era el Tano (Osvaldo) Berlingeri, en el 68’, a los 27 años. La noche que debuto en “Relieve”, yo no había tocado prácticamente nada porque cuando fui a buscar la música no estaba, se la había llevado el Tano. Cuando lo vi le dije “sacate los anteojos que te voy a cagar a trompadas”, y entonces me contesta: “Escuchame en esta orquesta todos los pianistas se tuvieron que hacer la música, así que bancátela”. Eran un poco los códigos de lo que rodeaba al Gordo (Aníbal Troilo, “Pichuco”). Con lo cual sólo tenía los bajos que me había pasado el contrabajista diciéndome: “Tomá, por lo menos podés tocar con la mano izquierda, con la derecha hace lo que puedas.” Entonces, cuando bajo del escenario, una pareja me dice: “¿Usted es el nuevo pianista?” “Sí.” “¡Qué lástima! Nos gustaba más el otro.” “A mí también, ¿qué quiere que le diga?”. Me voy a ver al Gordo, casi llorando y le digo: “Gordo, yo me voy”. Y me dice: “¿A dónde va pibe? Venga, vamos a tomar un whisky.” “¿Por qué cree que lo elegí?” Y me convenció que me quedara. Y me ayudó mucho. El Gordo era un tipo fenomenal.

José Colangelo junto a Aníbal Troilo, en «El Viejo Almacén», formando parte de su cuarteto. De izq. a der.: Colangelo (piano), Troilo (bandoneón), Aníbal Arias (guitarra) y Rafael del Bagno (contrabajo).

¿Y por qué te eligió?

Me dijo “Yo confío mucho en usted”. ¿Sabés por qué? Hay un por qué. Dos años antes en el ‘66, el Tano (O. Berlingeri) se va 10 días a trabajar a la embajada argentina en Estados Unidos y entonces me llama a mí para hacer un cambio (reemplazo): “Che, tendrías que cubrirme con el Gordo”. “¡Nooo!” (con tono de disparate), le contesto. Pero me pasó todo e hicimos con el Gordo un programa de radio y alguna cosa más. “Gracias, pibe.” “Gracias, Maestro.” “Ya nos veremos”, me dice.

Después, cuando se van Baffa (Ernesto) y Berlingeri, el Gordo dice: “No traigan bandoneón, voy a volver a tocar yo. Y vayan a buscar a aquel pibe que me hizo el cambio hace dos años.” Había 10 pianistas con más cartel que yo. Estaba Atilio (Stampone), el Flaco Paz (Juan José), Manzi (Osvaldo), Requena (Osvaldo)…

Una pregunta capciosa, dejame hacer de abogado del diablo. Cuando el Tano te propuso que hicieras el cambio, ¿fue justamente porque eras el que tenía menos cartel, y le salió el tiro por la culata? ¿O ustedes colaboraban habitualmente?

Teníamos una muy buena relación y él sabía que, dentro de todo, yo era uno de los músicos más dúctiles que había, porque, como grababa tanto, grababa con todos los estilos y era muy fácil grabar conmigo. Yo grababa muy bien con Di Paulo (Alberto), con Domingo Federico, con Leopoldo (Federico), con Juárez (Rubén), hasta con Hugo Díaz, como ya te conté. Y al Tano yo le tenía una profunda admiración. La sigo teniendo. Sigo pensando que fue uno de los grandes pianistas que hubo, pero era un tipo difícil.

José Colangelo con Ruben Juárez.

Contame cómo te enteraste que Troilo te había elegido.

Yo estaba trabajando en un “bolichón” (en lunfardo, de “boliche”, club nocturno, con terminación que indica poco prestigio), “Mattinata”, en Palermo Viejo. Estaba Ciriaco Ortíz, bandoneonista y uno de esos personajes que antes había en el tango; y Ubaldo de Lío, el guitarrista que tenía el dúo con Salgán (Horacio), y Andrés Falgás y Ricardito Ruiz como cantores. Viene un señor, se sienta al lado mío, y me dice: “¿Usted es Colangelo?” “Sí.” “¿Quiere empezar con Troilo?” “¿Usted me está “cargando”?” (en lunfardo, bromeando) “No, le estoy hablando en serio. El maestro me manda porque quiere hablar con usted” Ciriaco, dejó el bandoneón, se rascó la cabeza y me dijo: “Pibe, decile a tu mujer que compre otra olla. Vas a comer todos los días.”

Dicen que Troilo lograba la mejor versión de los cantores, ¿con los músicos, también?

Es cierto lo de los cantantes. El Gordo cantaba muy bien y con él cantaron todos muy bien. Fue lo más inteligente que vi en mi vida. El Gordo decía “van dos”, van dos, “van cuatro”, van cuatro. Sabía lo que quería. No era el arreglador, pero era la “goma” más importante que había en ese momento y el arreglador trabajaba con lo que él quería. La orquesta siempre sonó bien. Y con los músicos el Gordo tuvo algo que no tuvo nadie: fue lo más generoso que yo vi en mi vida. Él era feliz cuando aplaudían a los músicos, y a los cantores también. Yo cuando toqué en el “Teatro Colón”, me había puesto un piano como de una cuadra, miré para arriba y me parecía que se me caían los palcos encima. ¡Impresionante! Y cuando me aplaudieron el solo de la “Cumparsita” y el de “Danzarín”, el Gordo ¡feliz! (con énfasis). Y cuánto más gustaban al público sus músicos, o cantores, él te decía: “Bueno, Mi’jo, ahora váyase y no vuelva. Ya llegó el momento de volar.” El único que nunca lo entendió fue Goyeneche que siempre buscaba algo para volver y cantar algún tango con el Gordo.

Pero él (Roberto Goyeneche) contó que Troilo le dijo que se tenía que ir.

Sí, señor. Sí, señor.

José Colangelo junto a Aníbal Troilo en «Caño 14″. Foto con dedicatoria firmada por Troilo: » A José, con mi cariño. Pichuco, 1971.»

¿Qué fue lo más importante que te trasmitió Troilo?

El Gordo fue muy importante en mi vida. Y sigue siéndolo. Cuando el Gordo se nos fue yo dije: “Se nos va un gran sol. Ojalá que alguno de sus rayos nos ilumine a nosotros que somos sus hijos artísticos. Y hoy tengo que decir: “Gracias Gordo, porque nos seguís ayudando.” Además, era mi ídolo. No va a volver a haber un tipo con todo eso, producto de la Capital, producto de Buenos Aires. No vendía gran número de discos -D’Arienzo vendía más que él-, pero el carisma del Gordo, lo que el Gordo provocaba.

Y, además, tuve la satisfacción más hermosa con él. Él empezó con Orlando Goñi como primer pianista, y cuando yo empecé en el 68’, 69’ estábamos haciendo el “Dante” de La Boca y me dijo: “Pibe, usted es la versión de Goñi ‘69”. Es como que dio toda una vuelta y volvió. Como empezó, termina. Yo tenía que hacer esa, porque pelear con la del Tano (Berlingeri) era imposible, porque la tenía muy clara. ¡Increíble! ¡Increíble, para mí! Me quedan cosas grabadas para toda la vida del Gordo.

¿Por ejemplo?

Enseñanzas. Verlo a Pichuco, ensayar con él, ya era una emoción. Tuvo cosas ¡tan lindas! conmigo. Un día le digo: “Maestro, tengo este solo ¿Cómo quiere que lo haga?” “Pibe, usted tiene, ponga.” ¡Mirá qué sencillo! Podía hacerlo como yo quería. Entonces pensé: ¡Qué felices todos los pianistas! Hicieron los solos como ellos quisieron” Por eso fue Goñi, Baso, Figari, Manzi, el Tano y yo. Somos seis pianistas distintos.

¡Y las anécdotas del Gordo! Hay algunas muy lindas para contar. Una vez Floreal Ruiz le dice: “Maestro lo voy a tener que abandonar.” “¿Por qué?” “Porque hay un director que me ofreció cuatro sueldos suyos.” “Decile si no necesita un bandoneón.” (risas)

«El Gordo (Troilo) cantaba muy bien y con él cantaron todos muy bien. Fue lo más inteligente que vi en mi vida. El Gordo decía “van dos”, van dos, “van cuatro”, van cuatro. Sabía lo que quería. No era el arreglador, pero era la “goma” más importante que había en ese momento y el arreglador trabajaba con lo que él quería. La orquesta siempre sonó bien. Y con los músicos el Gordo tuvo algo que no tuvo nadie: fue lo más generoso que yo vi en mi vida. Él era feliz cuando aplaudían a los músicos, y a los cantores también. (…) Y cuánto más gustaban al público sus músicos, o cantores, él te decía: «Bueno, Mi’jo, ahora váyase y no vuelva. Ya llegó el momento de volar.” »

José Colangelo (izq.), Aníbal Troilo (cent.), y un joven Joan Manuel Serrat, quien era habitué en sus viajes de las presentaciones de la Orquesta de Troilo en aquella época.

Entre las cientos de grabaciones que hiciste, destaca especialmente la que hiciste con Juan de Dios Filiberto, por quién era él y porque lo hiciste siendo muy joven ¿Cómo fue que se te presentó semejante oportunidad siendo tan joven?

17 años tenía. Resulta que el pianista que tenía en su orquesta era Azcárate (Ariel) que tocaba clásico como los dioses y no quería tocar tango. Menos, grabar tango. Entonces había un chelista que tocaba conmigo en la orquesta con Ángel Domínguez, que me dice: “Che, Cola’, ¿No querés venir a grabar con de Dios?” “¡Sí, voy! No tengo problemas” Así que fui a los ensayos en el Teatro Cervantes. ¡Un personaje!

“¿No tengo problemas?” ¿Dimensionabas lo que significa esa oportunidad o te empujaba un poco la inconsciencia de la juventud?

Un poco las ganas. Yo lo viví todo con mucha adrenalina, sintiendo que cada cosa me aportaba. Y fue lo mejor que me pudo pasar para conocer a esos grandes personajes como Filiberto. Cuando llego al ensayo, hago un solo de piano. Entre la primera y la segunda parte de los tangos de Filiberto había una especie de puente de 3 o 4 compases de piano solo. “Hágalo de vuelta”, me dice. “Sí, claro Maestro.” Lo hago ¡igual! “Ahora está bien”, me dice. Así era. Tenía un carácter terrible, se quería pelear con todo el mundo siempre. Me acuerdo de un programa que hicimos con Romay (Alejandro) (locutor, reconocido director y productor de televisión) en Canal 9, y yo le pedía: “Juan de Dios, no vayas a putear, por favor. Por favor, pórtate bien.”

¿Qué rescatás de su estilo?

Él había compuesto muy bien porque con tres notas había hecho cosas muy importantes, tangos muy lindos como “Quejas de bandoneón”, “Malevaje”. Hoy reconozco que se pueden hacer muy buenos tangos con muchas notas como los podía hacer Piazzola (Astor) o con tres notas como Filiberto. Hasta casi que creo que eso es una virtud. En los últimos tiempos, el Gordo Pichuco ya no necesitaba hacer variaciones, le bastaba poner la cara de “pucherito”, la mano izquierda, tres notas y llegaba hasta donde nadie podía llegar ¡Impresionante!

¿Llegaba, en qué sentido? ¿Llegaba a la gente? ¿Por la emoción que provocaba?

¡Claro! Mirá, la música nuestra tiene una particularidad: no se puede tocar solo lo que está escrito. Nadie te va a enseñar el fraseo, nadie te va a enseñar el “yeite” (el asunto de qué se trata, el truco) ni la “mugre” (con énfasis). Tenés que aprenderla.

¿Aprenderla o aprehenderla, con h, es decir, que se te pegue haciendo experiencia?

Un poco las dos. Pero, fundamentalmente, ¿sabés qué? Que tengas callos en el culo de tanto taburete. Se lo dije el otro día a un chico que me preguntó “¿Cuándo voy a tocar bien Maestro?” Eso, “cuando tengas callos en el culo”. Y además no empieces con Piazzolla, empezá por la A, empezá haciendo “parrilla” (tocar clásicos en sus versiones originales sin arreglos). Hoy hay un poco de desprecio por parte de algunos jóvenes que no tienen ni idea ni quién fue Troilo y lo desestiman por historias que se cuentan. A mí eso me enerva y por eso estoy haciendo muchas “masterclass” sobre compositores. Hablo desde Villoldo (Ángel Villoldo, compositor, entre otros, de “El Choclo) en 1861, hasta mí en nuestros días. ¡Es impresionante la cantidad de compositores que hay! Somos muy afortunados los tangueros, tenemos un gran repertorio y muy valioso.

«Mirá, la música nuestra tiene una particularidad: no se puede tocar solo lo que está escrito. Nadie te va a enseñar el fraseo, nadie te va a enseñar el “yeite” ni la “mugre”. Tenés que aprenderla.»

Hablando de valor: Ganaste un Gardel con Franco Luciani recientemente.

¡Sí! Con Franquito tuvimos la suerte de ganar el Gardel de Tango en el 2021, como mejor álbum de tango, en la categoría instrumental. ¡Fue una satisfacción enorme! Imaginate para mí que yo no había ganado nunca ¡un Gardel! La verdad es está siendo una hermosísima etapa. Fue muy importante este acercamiento que tuvimos. Ya en su día había tenido un acercamiento con otro armonicista que fue Hugo Díaz, un grande. Pero lo de Franco es muy, muy valioso. Además, es un amigo.

José «Pepe» Colangelo junto a Franco Luciani.

Formás parte de lo que se llamó “La Vanguardia” y que al milonguero mucho no le gusta porque la música siguió una evolución que pareció escindirse del baile ¿Fue así? ¿Dejaron de preocuparse por el que baila para dar rienda suelta a la creación y hacer volar al tango?

Sí, sí (con énfasis). Por ejemplo, en paralelo a mi entrada con Troilo, yo formo el “Cuarteto Colangelo”. Ese Cuarteto todavía hoy es moderno y se hizo para los músicos, como un desafío. Un productor me dice: “Necesito hablar con usted, Maestro. Quiero saber qué puede hacer Colangelo, no el pianista de Troilo.” “Tengo poca plata, ¿vió? Va a tener que hacerlo con un cuarteto.” “¿Y qué nombre le vamos a poner?” “Yo voy a poner mi sello, “Tonodisc Prodisa” y se va a llamar “Cuarteto Colangelo”.

El primer “longplay” me agarra un poco desarmado, así que les pido un tema a todos los amigos. “Tarantino dame un tema”, que es “Bajofondo”. “Montes dame un tema”, “Actual”. “Marconi dame un tema”, “Romántico Bohemio”. Yo compongo tres o cuatro temas: “¿Te das cuenta?”, “Fortín Cero”, “Todos los sueños”. Y me va muy bien, a tal punto que cuando le llevo el longplay al Gordo (Troilo), me dice: “Pibe ¿me va a abandonar?” “No, Maestro. Si puedo hacer algo con el Cuarteto mientras usted no trabaja, lo haré, pero si usted trabaja, no. Usted primero que nadie. Yo a usted lo voy a seguir respetando toda la vida.” Y así fue.

La verdad es que el “Cuarteto Colangelo” fue una cosa impresionante. Fue muy moderno, incluso hoy lo es. ¡Hasta Piazzolla habló bien de él! ¡Imagináte! ¡Para que Piazzolla hable bien! El gringo era jodido, aunque yo tenía muy buena relación con él. Mirá, yo no dejo de reconocer que Piazzolla nos reventó un poco la cabeza a todos. Reconozco que el tango había llegado a un lugar y Piazzolla lo llevó mucho más adelante. ¿Por qué? Porque era un atrevido, pero era un atrevido con talento. Y permitió que muchos de nosotros nos atreviéremos también. Hablo de Atilio Stampone, Federico, Pane, Binelli, yo. Que nos atreviéramos sin ser Piazzolla, y sin hacer Piazzolla, siendo nosotros. Yo siempre voy a preferir un mal estilo que una buena imitación. Él con lo que hizo nos permitió que nos atreviéramos a ser nosotros mismos, quizás si no hubiera estado, no sé si nos hubiéramos atrevido.

«Hoy reconozco que se pueden hacer muy buenos tangos con muchas notas como los podía hacer Piazzola, o con tres notas como Filiberto. Hasta casi que creo que eso es una virtud. En los últimos tiempos, el Gordo Pichuco ya no necesitaba hacer variaciones, le bastaba poner la cara de “pucherito”, la mano izquierda, tres notas y llegaba hasta donde nadie podía llegar. ¡Impresionante!»

Flavia Mercier con José «Pepe» Colangelo, durante la entrevista.

¿Y cómo definirías el estilo Colangelo?

Es Colangelo. Es lo que siente Colangelo. Es lo que le pasa a Colangelo. Y yo creo que Colangelo es hoy por hoy el músico que más sabe de tango, que mejor frasea. Tal vez no tendrá la digitación que tenía hace unos años, pero tiene el “sabor” que solamente se le puede dar al tango. Y Colangelo es un tipo que es feliz tocando tango.

¿Y dónde Colangelo adquirió ese sabor?

Tocando. Amando a éste (señala el piano).

¿Hace falta “noche” para tocar tango?

Vos sos un poco lo que sos por todo lo que has vivido. No sería yo si no hubiera vivido todo lo que viví, toda esta historia en la que ha pasado ya mucha agua bajo el puente. O si no hubiera tenido todas las posibilidades que tuve de hacer tantas cosas como hice. Te advierto que también hice muchas locuras y muchas cagadas, no tengo por qué negarlo. Pero también hice aciertos.

“Confieso que he vivido”. Infinitas gracias Maestro, por la entrevista y por el tango.

Cuenta José Colangelo que un día Aníbal Troilo le dijo: “Usted toca con alegría, no la pierda. No se deje robar el moño de comunión”. Su estilo está marcado por la alegría. Él mismo cuenta que este se define por lo que a él le pasa, lo que él siente, y que él es un tipo “que es feliz tocando tango”.

El filósofo que más ponderó la alegría fue Spinoza. Para él, los afectos -la forma en que nuestras acciones o pasiones nos hacen sentir- son alegres cuando aumentan la potencia del ser. Los hijos de Colangelo y el piano que “le salvaron la vida”, son un ejemplo perfecto de cómo las pasiones alegres dan “ganas de vivir”.

No todo fue “jolgorio” en el camino, también hubieron lágrimas y piedras, y alguna que otra amarronada inmundicia que él mismo reconoce haber producido. Si Spinoza alentaba a dejarse guiar por “lo que hace bien”, en un camino que llamó “ética”, Freud vino a descubrir que, por inexplicable que parezca, el ser humano muchas veces pierde esa brújula porque no puede dejar de tropezar con la misma piedra. Su gran aporte fue abordar estos “tropiezos” sin la lógica de la contradicción, sino como una paradoja. El ser humano no es bueno o malo, como el tango no es triste o alegre, el ser humano puede a la vez hacer bien y mal, como el tango puede a la vez trasmitir nostalgia teñida de alegría, o señalar las miserias humanas con ironía. ¿Oyen resonar aquel tango en la voz de Julio Sosa y la orquesta de Leopoldo Federico con un joven Colangelo al piano?

“Yo he vivido dando tumbos
rodando por el mundo
y haciéndome el destino…
Y en los charcos del camino,
la experiencia me ha ayudado
por baquiano y porque ya
comprendo que en la vida
se cuidan los zapatos
andando de rodillas…”

Cansado de oír que el tango era triste, José Colangelo admiraba de Horacio Salgán ese “swing” especial que había logrado darle al tango sin restarle esencia tanguera. Dicen los que saben de música, que el swing es lo que “anima” una composición, e, incluso, lo que anima al oyente a bailar. Se dice que alguien tiene “swing” cuando se muestra “animado” o divertido. Animar es infundir vida, en tanto viene de ánima o alma. Ponerle “swing” sería ponerle alma a la música.

Además, hay una alegría que deviene de nuestras acciones. Transformar el dolor en algo bello mediante el arte, opera ante todo sobre el artista hasta el punto de recuperar las ganas de vivir, y también sobre quien recibe su arte que se anima al escuchar, cantar o bailar su composición. Si como dice el Maestro, al igual que otros artistas, hay un más allá del tango que no puede dejarse plasmado en un pentagrama (o en una coreografía, según muchos bailarines), un “sabor a tango” que se interpreta cuando se adquiere la “mugre” y el “yeite” necesarios, el tango como arte popular es reflejo de la vida misma. Un camino en el que se aprende andando de qué va este asunto de vivir, cuál es el “yeite”, y de paso se colorea con un poco de mugre la inocencia que aún se lleva bordada en un moño de comunión. Y de tanto en tanto uno se encuentra con una joya dentro de sí cuyo brillo alumbra el camino. “Joie de vivre”, alegría de vivir. Alegría de estar vivos, todavía y a pesar de todo.

Flavia Mercier